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domingo, 17 de septiembre de 2023

LUIS ALBERTO ROMERO


Luis Alberto Romero: “No está perdida la posibilidad de que en el país haya un voto consciente”
El historiador dice que la sociedad argentina “todavía funciona” y advierte sobre los riesgos de que el viejo discurso K mute en “una nueva versión distinta en sus contenidos, pero con una función parecida”
Astrid Pikielny

Luis Alberto Romero
Como todo historiador, Luis Alberto Romero (Argentina, 1944) se siente cómodo en el pasado, en el análisis de las grandes corrientes de la historia. A eso se dedicó durante décadas como docente en la Universidad de Buenos Aires, como investigador principal del Conicet y como autor de tantos libros, entre ellos, Breve historia contemporánea de la Argentina y La larga crisis argentina. Del siglo XX al siglo XXI.
El estudio de la historia, con sus pliegues y ondulaciones, es, también, parte de la tradición familiar. Es hijo de José Luis Romero, uno de los más importantes historiadores e intelectuales públicos de la Argentina del siglo XX. Y desde hace un tiempo, Luis Alberto se dedica a mantener vivo el legado de su padre en un valioso archivo digital (jlromero.com.ar) que incluye una edición crítica de sus obras completas y testimonios de su vida pública y diversos estudios.
De los caminos que trajeron al país hasta este presente conversará con LA NACION. El problema histórico, el principal, el nudo en donde confluyen todos los temas que hoy están en la conversación pública, es lo que lo sucesivos gobiernos han hecho con el Estado, una herramienta imprescindible de la sociedad. Desde los años 70 y desde el Estado, dice Romero, “los gobernantes se han dedicado a limarlo, serrucharlo, neutralizarlo, anestesiarlo o liquidarlo”. De eso hablará: de las relaciones “impropias y espurias” entre el Estado y las corporaciones.
Parece que Milei ignora cómo se gestiona, para lo cual se necesita equilibrio emocional. Lo curioso es que muchos confían en que El Señor lo iluminará
La colonización del Estado y la corrupción, afirma, dio un salto en escala y profundidad con la llegada del kirchnerismo, a la que no duda en llamar una “cleptocracia”.
Y es en la foto de este Estado, saqueado y desguazado, e incapaz de cumplir con sus funciones, que se recorta y magnifica la ascendente figura de Javier Milei y sus diatribas contra el Estado y “la casta”.
“Milei, con su estilo grosero, hizo que la gente pensara para qué corno queremos un Estado con un déficit como el que tiene si en realidad no recibe nada de todo eso. Eso no estaba en la conversación pública y ahora lo está”, afirma Romero.
Aunque el candidato presidencial de La Libertad Avanza pretende diferenciarse de “la casta”, para Romero, Milei utiliza un formato similar al peronismo: la utilización de consignas básicas sobre problemas complejos, la idea del Mesías que opera sin intermediarios y la apelación a los sentimientos y a la dimensión religiosa de la política.
“Está la idea de que Milei es muy peligroso para la democracia. Yo diría, en primer lugar, que Milei es muy peligroso para la gobernabilidad. El conflicto va a estallar antes de que Milei llegue a hacer cosas que pongan en peligro la democracia”, dice Romero, miembro de la Academia Nacional de Historia.
A pesar de un panorama inquietante, y en el marco de los 40 años de recuperación democrática, insiste en recordar que la Argentina tiene instituciones que han resistido embates y una sociedad civil que todavía funciona. “No está perdida la posibilidad de que en el país haya un voto consciente”.
-¿Qué ve cuando ve la Argentina hoy?
-La Argentina tiene infinidad de problemas y en este momento están todos en agenda. Lo cual es un progreso porque estamos hablando de las cosas que importan y hay un punto en donde esos caminos se entrecruzan. Todo confluye en una mala relación, una relación impropia y espuria entre el Estado y los distintos grupos de intereses, vulgarmente llamados corporaciones y que pueden ser grandes, medianas, pequeñas o ínfimas. El problema no es el Estado porque el Estado es una herramienta imprescindible de la sociedad. El problema es lo que los sucesivos gobiernos han ido haciendo con ese Estado. El Estado es el producto de las políticas de los gobiernos, con lo cual pasamos a uno de los temas de moda que es cómo ha funcionado la clase política en la historia. Y deberíamos incluir en la historia al sector militar para que quede completo.
-¿Pero hay problemas nuevos o son los mismos viejos problemas, con otros ingredientes y ropajes?
-No hay Estados puros, pero yo diría que mientras las cosas funcionaban aceptablemente bien en la Argentina, estos conflictos no eran decisivos. La Argentina empezó a ir barranca abajo a mediados de la década del 70, un poco por la conmoción social producida por los métodos políticos y la reacción, y otro poco por las políticas militares, que son las políticas donde yo veo más claramente el comienzo de este ciclo en el que desde el Estado los gobernantes se dedican a limarlo, serrucharlo, neutralizarlo, anestesiarlo o liquidarlo. El beneficio de todo esto para los que están gobernando es sacarse de encima todas las trabas y controles que tiene el Estado. En mayor o menor medida este proceso se puede detectar desde los militares hasta hoy. Decir esto siempre obliga a hacer un paréntesis con Alfonsín. En este caso, sentimental.
-¿Cree que con Alfonsín esto que describe no sucedió?
-Creo que Alfonsín de ninguna manera se propuso hacer eso con el Estado, pero tampoco tomó conciencia de lo grave que era ese problema o decidió, a lo mejor con buen criterio, que otras cosas eran prioritarias y dejó hacer. No hizo nada específico para invertir la tendencia hasta 1987, cuando incorpora a (Rodolfo) Terragno al gabinete.
-Entonces, salvo ese paréntesis usted advierte una continuidad en la colonización del Estado.
-Sí, más en chiste al estilo de Menem o más dramático al estilo de los Kirchner, hubo una continuidad anestesiando o colonizando todas aquellas partes del Estado donde hay una restricción a la acción gubernamental. Y en este segundo ciclo yo creo que hay una profundización muy fuerte con los Kirchner. El desgaste del Estado tiene una expresión muy clara en el hecho de hacer negocios a costa del Estado: negocios que hacen las corporaciones y negocios que hacen los que intermedian con las corporaciones, como el funcionario que pone la firma. Con Menem había que poner el 15% y luego seguía el trámite. Pero, en cierto modo, el gobierno era el actor pasivo de la iniciativa de muchas corporaciones. Lo asombroso en el caso de los Kirchner es que ese grupo político, los famosos pingüinos, que ocupó el gobierno en el 2003, se transformó en el actor activo de esto: inventaron negocios para luego cobrar. Las causas judiciales de las obras públicas y las de los Cuadernos tienen una claridad asombrosa.
-Usted dice que a partir de ese momento hubo un cambio de escala, de naturaleza y de profundidad del saqueo y desguace.
Absolutamente. Y esto obliga a poner una nueva denominación porque la palabra corrupción es demasiado amplia. Yo soy de los que se sumaron a llamar este régimen como una cleptocracia. Cuando uno se pregunta por qué la Argentina, como decía Nino, es un país al margen de la ley, debe responderse que en buena medida lo es porque nadie se siente obligado a cumplir la ley porque el de arriba no la cumple. Todo es deterioro. Las normas de administración funcionan cuando hay normas. Y las normas funcionan cuando alguien las vigila. Una cosa curiosa es cómo el kirchnerismo se ocupó mucho en cooptar y neutralizar los organismos de control. Avanzaron enormemente en desarmar el Estado como administración y la verdad es que no hay sociedad sin Estado.
"El kirchnerismo avanzó enormemente en desarmar el Estado como administración y la verdad es que no hay sociedad sin Estado, que aquí fue colonizado"
-¿Cree que en esta larga agonía del Estado que usted describe se encuentra alguna de las razones del crecimiento de la figura de Javier Milei?
-Sí. Usaste las palabras del libro de Halperín Donghi: La larga agonía de la Argentina peronista. Fue un precursor porque lo vio en 1990. En realidad, todavía no se produjo la muerte. A mí y a otros Milei nos suscita un rechazo visceral, pero a la vez, si uno logra superar esa sensación, creo que ayudó a colocar esos temas en la agenda. Milei, con su estilo grosero, hizo que la gente pensara para qué corno queremos un Estado con un déficit como el que tiene si en realidad no recibe nada de todo eso. Es una pregunta muy elemental. Claro, no necesariamente uno lo vota por eso porque para votarlo tiene que pensar en otras cuestiones, otras partes de su diagnóstico y, sobre todo, de su instrumentación, pero creo que ha cumplido un papel. Bueno, ojalá pudiera decir “ha cumplido” porque entonces eso significaría que uno se lo sacó de encima. Estamos a poco de una decisión electoral fundamental y dramática. Pero cumplió un papel: todo el mundo habla del problema del Estado, de su corrupción. En vísperas de las elecciones de 2015 escribí una nota que se llamó “Los establos de Augías”. El trabajo de Hércules fue limpiar el estiércol que el rey Augías acumuló durante décadas y décadas. Entonces a Hércules se le ocurre desviar el curso de los ríos, hacerlos pasar por el establo para que luego esté limpito, sacar la suciedad. El Estado en este momento es eso: es una cantidad de excrementos acumulados que hay que, no diría barrer, porque eso sería muy malo políticamente, pero por lo menos proponerse que desaparezca. Eso no estaba en la conversación pública y ahora lo está. Es un avance y creo que Milei tiene que ver con eso.
-Desde su surgimiento en 1945, el peronismo sintonizó con el sentir popular. ¿Cree que Milei adquirió ese olfato político que el peronismo parece haber perdido?
-Sí. No se me había ocurrido decirlo así, pero está muy bien realmente. Lo perdió abrumado por las consecuencias de todo lo que había hecho antes. Pensaron “que otros se arreglen”, pero esta vez les tocó a ellos arreglar las cosas y, además, mantener la mística de que “estamos incluyendo, estamos redistribuyendo, estamos igualando”. No pudieron. Es insostenible. Y la evidencia es demasiado contundente. Milei habló de otra cosa, pero el formato con el que trabaja Milei se parece mucho al que habitualmente usa el peronismo.
"En la Argentina nadie se siente obligado a cumplir la ley, ya que el de arriba no la cumple. Aquí los organismos de control fueron cooptados"
-¿En qué sentido?
-En el sentido, por ejemplo, de reducir el problema a una consigna: dolarización y casta. Ahí está todo resumido. Y luego rodea ese slogan de esa cosa mágica que tiene la política de masas, que tiene que ver con las palabras fuertes, con los gestos, con la forma en que se trata a los rivales, que a mí y probablemente a vos nos choca, pero a mucha gente la conmueve. Me acordaba de la campaña de Menem en 1989. Una vez pasé por un acto en el Gran Buenos Aires y de lejos vi la escena: el público a oscuras, los reflectores iluminando a Menem con una especie de manto, de largo poncho blanco. Era un santón, era un mesías que venía a proponer la fórmula simple por la cual se salía de todos los problemas sin mayores traumas. Me parece que Milei trabaja en ese sentido.
-Se refiere a la idea de una grey, una iglesia y el salvador.
-Claro. Sin intermediarios. Tampoco los tenía Perón cuando empezó. La apelación a los sentimientos, la apelación a lo básico, la dimensión religiosa de la política. Eso Milei lo hace muy bien. Juntos por el Cambio, en cambio, interpela a un votante que puede entender la complejidad de las cosas y así le va. Así le va porque eso nos remite a que, finalmente, los políticos quieren ganar las elecciones, no son ONG. En el estado en que está nuestra ciudadanía, ese discurso religioso, mágico, sentimental funciona mucho mejor que el discurso racional. La ciudadanía que creíamos que teníamos en 1983 no existe más.
-Es revelador que esta elección tan crucial, en la que muchos creen que Milei pondría en peligro la democracia sea en el año en que se cumple el cuadragésimo aniversario dela recuperación democrática.
-Sí. A veces hay que parar la máquina y recordar todo lo que sí está. La Argentina tiene muchas instituciones que han resistido el intento de quitarlas. Lo vemos mucho en algunos niveles de la Justicia. Tiene una sociedad civil que todavía funciona y no está aniquilada la posibilidad de que en la Argentina salga un voto consciente. Pero parecería que hay muchas posibilidades de que del viejo discurso K salga una nueva versión distinta en sus contenidos, pero con una función bastante parecida.
-Usted se ha referido al kirchnerismo como “una franquicia del peronismo”. ¿Cree que esa franquicia caducará y transmutará en otra forma?
-El peronismo es un movimiento que tiene 70 años de historia y tiene garantizada la supervivencia, sobre todo porque ha cambiado tantas veces que demuestra que tiene una capacidad de adaptación muy grande. Entonces, si lo que armó el kirchnerismo deja de funcionar, habrá dentro del peronismo un período de crisis y alguien aparecerá mostrándole un nuevo camino. Lo que me parece muy probable es que sea un formato distinto del kirchnerista. Un componente esencial del kirchnerismo es esa capacidad discursiva para empalmar tanto en el discurso de los derechos humanos como en el discurso de la tradición revisionista de la historia y hacer una mezcla nueva, con elementos que ya estaban y darle un vigor muy grande. Es una obra muy talentosa. No sé si habrán sido personas específicas o si fue la suma de colaboraciones. Estoy seguro de que la intuición de Néstor Kirchner funcionó ahí con golpes muy eficaces como captar a las organizaciones de derechos humanos, algo espantoso desde el punto de vista de los derechos humanos pero muy útil para él. Ahora, si eso está agotado, seguramente va a aparecer gente dentro del peronismo que se pregunte, con toda frialdad, cuáles son los datos de la realidad y “qué tenemos que hacer o decir para eso”.
-En sus expresiones Milei muestra un desprecio por las instituciones y la prensa, su admiración por Bolsonaro y la lista podría seguir. ¿Cree, como creen muchos, que Milei puede poner en riesgo la democracia?
Sí, son todas cosas desagradables. En estos días, mucha gente que conozco firmó una declaración en la que recomienda que, según las opciones de cada uno, en las próximas elecciones elija a aquella que más pueda frenar a Milei. Por supuesto que si Patricia Bullrich entrara al balotaje sería una mejor opción, pero sino está la abstención y hasta, eventualmente, votar por Massa. O sea que está la idea de que Milei es muy peligroso para la democracia. Yo diría, en primer lugar, que Milei es muy peligroso para la gobernabilidad y no creo que pueda pasar ese escalón de hacerse cargo del país: a los tres meses el caos sería enorme. Puede pasar algo parecido a lo que pasa en Perú. Acá pueden elegir a un presidente que creen maravilloso para descubrir después que no solo no sabe, sino que, además, tiene metido en su movimiento a los mismos agentes de la casta que Milei denuncia. Es muy divertido ver cómo se van subiendo al tren de Milei gente que andaba suelta. En ese sentido, es muy parecido a lo que pasó en 1945 cuando Perón decidió competir electoralmente. Se sumó gente muy variada y Perón la recibió porque nadie desprecia eso. Tiempo después se dedicó a depurar, a expulsar a los que no encajaban, pero obtuvo el empujón inicial de mucha gente, de un estilo y de una variedad parecida a la de Milei. Lo mismo pasó en el comienzo de los Kirchner.
Usted dice que Milei no tiene capacidad ni poder para poner en peligro la democracia porque todo entraría en crisis enseguida.
Exacto, el conflicto va a estallar antes de que Milei llegue a hacer cosas que pongan en peligro la democracia. Para poner en peligro la democracia hay que tener consistencia, hay que saber… Por ejemplo, Cristina Kirchner es una mujer consistente y perseverante, y se propuso ciertas cosas que fueron minando el futuro institucional y no abandonó nunca la idea de hacerlo, y lo sigue haciendo todavía. En Milei no veo esa garra para llevar adelante un proyecto. Más bien, parece todo una enorme confusión.
Por su admiración por Menem y Cavallo y las figuras que ha convocado, algunos hablan de “neomenemismo”. ¿Qué similitudes y qué diferencias advierte entre Milei y Menem?
Durante la presidencia de Menem yo formaba parte de los que lo odiaban. En esa época estaba escribiendo mi libro sobre la Breve Historia de la Argentina e hice un capítulo con todas las cosas que en la época se decían. Gradualmente descubrí que había sido un presidente muy respetable con un talento político muy grande que puso al servicio no de las peores cosas. Reservó un área para sus amigos y sus negocios, ¿no? Pero mucho de su esfuerzo lo dedicó a esta transformación del Estado, que me parece que es el problema central de la Argentina. Y mirando todas las cuestiones que se impulsaron sobre todo hasta el 95, es bastante asombrosa la audacia de los proyectos de reforma laboral. Ojalá tuviéramos ahora en vigencia esos proyectos. Menem demostró ser un político muy bueno, ya desde cuando le ganó la elección a Cafiero. Tenía sus cosas, pero tenía olfato de lo que se podía hacer, de lo que no se podía hacer y qué había que hacer para hacer lo que se podía.
¿Y Milei?
Da la impresión de que Milei ignora cómo se gestiona. Ignora la cantidad de cosas que tiene que manejar simultáneamente, para lo cual se necesita equilibrio emocional, que aparentemente le falta. Lo curioso es que parece que hay mucha gente que esto no le importa, que confía en que El Señor lo iluminará o algo así. El problema es confiar en alguien que no conocemos. Es, realmente, una inmadurez muy grande.


UN HISTORIADOR DE VOZ RECONOCIDA
PERFIL: Luis Alberto Romero
■ Uno de los historiadores más destacados del país, Luis Alberto Romero nació en Buenos Aires en 1944.
■ Ha sido profesor titular de la Universidad de Buenos Aires y del doctorado en Historia de la Universidad Torcuato Di Tella, además de enseñar en otras altas casas de estudio del país y del extranjero. También ha sido investigador principal del Conicet.
■ Actualmente es miembro de las Academias Nacionales de la Historia y de Ciencias Morales y Políticas, y dirige el sitio web “José Luis Romero-Obras completas”, archivo digital que mantiene vivo el legado intelectual de su padre.
■ Ha sido director académico de la colección “Historia Visual Argentina”, publicada por el diario Clarín, y de la colección “Los nombres del poder”, de Fondo de Cultura Económica. Publica artículos de análisis y opinión en distintos medios, entre ellos la nacion.
■ Entre otros líbros, escribió Volver a la historia; Breve historia contemporánea de la Argentina 1916-2016; La Argentina que duele. Historia, política y sociedad. Conversaciones con Alejandro Katz; y La larga crisis argentina. Del siglo XX al siglo XXI.
■ Entre otras distinciones, obtuvo la beca Guggenheim y fue reconocido como Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

jueves, 9 de agosto de 2018

LUIS ALBERTO ROMERO DE UNA SERIE DE CHARLAS EN EL CLUB DEL PROGRESO


Gran Bretaña, un socio controvertido
Denunciada por unos y reivindicada por otros, la intervención inglesa tuvo un papel clave en la transformación que vivió el país a fines del siglo XIX
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Luis Alberto Romero 

El ferrocarril, un símbolo de lo inglés en la Argentina
"Los ingleses son todos piratas". Aunque absurda, la frase sintetiza un sentimiento y una idea de nuestro pasado ampliamente arraigados. Se cree que, de un modo u otro, Gran Bretaña siempre nos ha perjudicado. La invasión de 1806, la apropiación de las Malvinas en 1833, el bloqueo de 1845, la injerencia en la Guerra del Paraguay habrían sido los jalones de ese designio.
Ninguno de estos episodios fue tan decisivo como la participación británica en la gran transformación de la Argentina de fines del siglo XIX. Los críticos han señalado el carácter deformado de aquel crecimiento y el enorme beneficio obtenido por Gran Bretaña, la que logró mantenerlo luego de 1930, cuando la crisis acabó con la prosperidad. Por entonces comenzó a popularizarse la idea del "imperialismo" británico, difundida por el revisionismo histórico.
El nacionalismo antibritánico está en el núcleo de una tradición ideológica amplia y diversificada que llega a nuestros días y que puede asociar componentes tan dispares como el tradicionalismo católico y el moderno populismo. Es una cuestión que vale la pena tratar de desentrañar. Ese fue el propósito de la conversación que, en el ciclo del Club del Progreso, mantuvieron dos calificados historiadores: Roberto Cortés Conde y Eduardo Zimmermann.
¿Gran Bretaña explotó al país en esas décadas de expansión? ¿La perjudicó de algún modo? Cortés Conde lo niega enfáticamente. Fue un acuerdo de conveniencia mutua, asegura, en un contexto mundial que por entonces premiaba la especialización y las ventajas comparativas, aprovechadas por ambas partes "con habilidad y sabiduría".
Europa demandaba cereales y carne. La tierra apta disponible y la mano de obra inmigrante que la puso en producción fueron dos factores fundamentales. Cortés Conde pone el acento en el tercero: el capital, inexistente en el país y provenientes de inversiones británicas. Los ferrocarriles permitieron acercar, a bajo costo, los granos a los puertos. El trazado -el tan criticado "embudo"- fue el único razonablemente posible. La inversión necesaria era muy grande, de lenta maduración y de rendimiento incierto, lo que explica las ventajas adicionales que se concedieron.
Es cierto que hubo mucha corrupción y despilfarro, sobre todo por parte de los bancos de inversión, como Baring. Pero nada muy distinto de los "barones ladrones" de Estados Unidos o de la estafa de la Compañía del canal de Panamá en Francia.
Los resultados fueron espectaculares. La Argentina se convirtió en uno de los grandes exportadores agropecuarios, y una nueva y pujante sociedad se formó en la "pampa gringa" y en las ciudades, estimulando también la industria. Fue una asociación mutuamente conveniente: los inversores británicos ganaron mucho, pero el mayor beneficio fue para los argentinos.
Pese a estos logros evidentes, ya en la época de bonanza comenzaron a manifestarse críticas a la asociación con Gran Bretaña. Zimmermann mostró que no faltaron quienes cuestionaron su influencia económica, y sobre todo la cultural. El diario la nacion, de posición liberal, reclamó en 1906 la nacionalización de las empresas de servicios públicos y la exclusión del capital extranjero, para acabar con una "dependencia económica tal que ni aún los asuntos internos podemos dirimir por nosotros mismos". José Luis Cantilo criticó la pretendida superioridad cultural de los "anglosajones". El católico Manuel Gálvez la emprendió con los misioneros protestantes y propuso expulsarlos del país, y así erradicar el "cosmopolitismo".
Contradicciones
En este nacionalismo tradicionalista, hispanista y católico, Zimmermann encuentra una precoz reacción contra el proceso de movilidad de la sociedad aluvial, la creciente presencia de los inmigrantes en las pujantes actividades comerciales y la postergación de los "argentinos viejos". La crisis de 1929 aportó nuevos motivos de decepción, y desde entonces toda la experiencia de la asociación con Inglaterra fue considerada un gran fracaso.
En La Argentina y el imperialismo británico, un libro de enorme influencia publicado en 1934, los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta reprocharon a los ingleses no solo su papel en la economía sino, sobre todo, su pretensión de eliminar las "influencias ancestrales" hispanas. Pero el principal responsable no fueron ellos, sino la "oligarquía argentina", una élite que, obnubilada por el cosmopolitismo, no supo desempeñar su papel dirigente. Los grandes responsables de su extravío fueron Rivadavia y sobre todo Sarmiento, que ya era la bête noire del hispanismo católico.
Un buen ejemplo de servilismo ante los ingleses lo habría dado Julio A. Roca (h), que encabezó la misión a Londres y gestionó el Tratado Roca Runciman, calificado por otra pluma fértil, Arturo Jauretche, como el "estatuto legal del coloniaje". La crítica al Tratado, y posteriormente el demoledor balance que Raúl Scalabrini Ortiz hizo en 1940 sobre los ferrocarriles británicos, fueron los pilares de la nueva idea de un imperialismo británico responsable de todos los males argentinos, que otros desarrollaron en clave antiimperialista y hasta leninista. Hoy está instalada en el sentido común. También lo está la convicción de que en 1948, al nacionalizar los ferrocarriles, Perón habría desanudado esos lazos, fundando la soberanía económica.
Para Cortés Conde estas interpretaciones, como otras similares, se basan en verdades a medias, tergiversaciones y simplificaciones, y en el desconocimiento de la complejidad de estas cuestiones.
Los críticos del tratado Roca Runciman, que ponen el acento en los intereses de la "oligarquía vacuna", ignoran el aspecto principal del problema. Desde 1929, con el fin de la convertibilidad, fue imposible para las empresas británicas enviar a Londres sus ganancias en libras. Los "pesos congelados" eran un problema tanto para las empresas como para el país. En 1933, Roca (h) logró que un consorcio bancario inglés comprara la deuda en pesos y emitiera, bajo su responsabilidad, títulos de deuda en libras. Quid pro quo: a cambio de esto, las empresas británicas obtuvieron ventajas arancelarias y cambiarias. Según The Economist, colocar en Londres deuda en pesos argentinos fue algo "extraordinario". También lo sería hoy.
Cortés Conde también corrige la versión corriente sobre la nacionalización de los ferrocarriles. Desde 1920, el negocio ferroviario comenzó su declinación, debido a la competencia de las rutas y los camiones. En el largo plazo, no había sido un buen negocio, y las empresas comenzaron a gestionar su venta al Estado. Las cosas se precipitaron al fin de la Segunda Guerra Mundial, pues Gran Bretaña estaba endeudada con sus proveedores -las "libras congeladas- y quebrada. Ofreció a los países acreedores cambiar su deuda por activos, como los ferrocarriles, con éxito variable. En la Argentina, cuando Perón los compró, obtuvieron el mejor resultado posible, que celebraron con alborozo. "¡Lo logramos!", telegrafió la embajada a Londres.
De modo que el denostado "Estatuto del coloniaje" quizá fue un éxito nacional, y la nacionalización ferroviaria, un pésimo negocio para el país. "Las cosas no siempre son lo que parecen", concluyó el moderador, Eduardo Lazzari, resumiendo así el propósito del ciclo "Temas polémicos de la historia argentina".

martes, 13 de marzo de 2018

OPINA LUIS ALBERTO ROMERO


LUIS ALBERTO ROMERO

El Gobierno debe combatir la corrupción y construir un Estado eficiente, sin ceder ante los demagogos de la transparencia

136 de marzo de 2018
Un vendaval ético sacude hoy a la Argentina. Quizá se asemeje al pampero, que aleja los nubarrones y refresca el ambiente. Quizá, también, al viento que cruza el Río de la Plata y sacude al velero, mientras su piloto, a golpes de timón, trata de no hundirse y de avanzar.
En la masa de aire en movimiento se confunden distintas corrientes. Una nos revela una democracia republicana afirmada y pujante. Sus ciudadanos, hombres rectos y justos, reclaman por la transparencia de los actos de gobierno, empleando con seguridad el lenguaje de la virtud republicana, su semántica, su retórica y su pragmática. Muchos de ellos se dedican a investigar y denunciar, no solo las groseras tropelías del gobierno anterior, sino los desvíos del actual, pues es mejor prevenir que curar. Con ese viento a favor, la barca de la república navega con brío.
Pero no todo es oro en este vendaval ético. Quienes sienten amenazados sus intereses, a menudo provenientes de espurias prebendas, se defienden empleando el mismo lenguaje de la virtud. Los responsables de las antiguas tropelías buscan ansiosos la paja en el ojo ajeno, que disimule la viga en el propio.
Muchos nos identificaremos con los primeros, los rectos y virtuosos, y valoramos lo que hacen, desde su puesto. Pero ¿querríamos verlos gobernando? No creo; no suele ser agradable vivir gobernados por los hombres justos. Podemos recordar muchos casos en el pasado -la Ginebra de Calvino, la Inglaterra de los puritanos y Cromwell-, pero ninguno tan elocuente como el gobierno de los jacobinos durante la Revolución Francesa. Sus jefes, el bien llamado Saint Just y el incorruptible Robespierre, eran justos, rectos y virtuosos, y también implacables ante la impureza de cualquier ciudadano.
Son casos extremos. Hay otras formas más corrientes de este celo ético, como la dictadura de una opinión pública dirigida por quienes se sienten depositarios únicos de la virtud y la corrección y con derecho a imponer su vara al resto. Es fácil reconocerlos. Suelen emplear un tono elevado, altisonante, y alzar admonitoriamente el dedo índice, como Dios en el Juicio Final. No hay guillotinas, pero están los escraches de todo tipo.
Cuando su voz monopoliza la opinión, genera un problema político. Para quien está en la arena pública, es fácil defender una convicción a ultranza. Este es un lujo que pocas veces puede darse un gobernante, cuya responsabilidad es mantener el barco a flote y llegar al puerto. No siempre es posible tomar decisiones de acuerdo con el libro de las convicciones. Hay veces en que el gobernante necesita apartarse un poco, o dar un rodeo, para llegar a la meta. En comprensible. Aunque también es peligroso que gobernantes y gobernados se acostumbren a las excepciones, las transgresiones, los atajos, los medios dudosos, justificados por los fines. Entre la convicción y la responsabilidad, el gobernante debe encontrar un punto de equilibrio, que es indefiniblea priori, pues depende de los casos y las circunstancias.
¿En qué consiste nuestro caso hoy? La Argentina es un país predominantemente impuro y decadente, cuyos males se relacionan, de una u otra manera, con el Estado. El más reciente de ellos es la cleptocracia: su expoliación en gran escala, organizada por el grupo político que lo condujo hasta hace poco. Más antiguas, y menos llamativas, son las organizaciones de tipo mafioso instaladas en los lugares en que el Estado entra en contacto con intereses articulares. Estas organizaciones son el decantado de un estilo más general y más tradicional de nuestro Estado: el prebendarismo. Todos los que defienden un interés, grande o chico, le piden algo al Estado, quien de manera pendular reparte sus beneficios entre unos y otros. Cada beneficiado convierte la prebenda en su derecho, en "lo suyo", y se organiza para defenderla.
El resto, los no prebendados, son verdaderos sobrevivientes. Acostumbrados a ser la variable de ajuste en las pujas corporativas, se han hecho diestros en tácticas defensivas, que van desde guardar sus ahorros en el exterior hasta esconder sus ingresos a un fisco exigente y derrochador. No solo se desarrolló la economía "en negro"; también se deterioró el aprecio por la ley y el Estado de Derecho. Según un excelente estudio hecho algunos años atrás, una mayoría de los argentinos creen en la importancia de la ley, pero están dispuestos a no cumplirla si, en su caso, la consideran injusta.
Componer este Estado, cuyas prácticas arraigan finalmente en las actitudes de sus ciudadanos, es una tarea equivalente a la limpieza de los establos del rey Augías. Fue uno de los doce trabajos de Hércules, quien desvió el curso de un río, para que arrastrara el barro y la bosta acumulados durante décadas. El gobierno actual tiene una finalidad definida, que marca su rumbo: un Estado transparente y eficiente, con una burocracia profesional y meritocrática, formada en instituciones especializadas, como la que tiene la Cancillería. Pero estamos en un proceso de transición y, por ahora, hay que lidiar con el barro y la bosta acumulados.
Macri no es Hércules. Su fuerza política es insuficiente: no tiene mayoría en las cámaras ni controla las agencias estatales, incluyendo las fuerzas de seguridad. Por otra parte, ¿quiénes apoyarían una reforma estatal profunda? Muchos, seguramente; pero cada uno haría reserva de "lo suyo", su derecho adquirido. ¿Por qué empezar por nosotros?, dicen hoy los dueños de laboratorios medicinales, los sindicalistas docentes, los empresarios de Tierra del Fuego, los gobiernos provinciales.
El vendaval ético ha puesto en la agenda otro aspecto del problema. ¿Con quiénes cuenta el Gobierno para realizar esta hercúlea tarea? Con lo que hay: gente que ha vivido o sobrevivido en los establos de Augías. Algunos lo hicieron con más dignidad que otros, pero todos son sobrevivientes y, por ello, vulnerables al archivo, a la AFIP, a la UIF y al carpetazo, que a veces viene de los virtuosos, pero más frecuentemente de los corruptos.
El Gobierno asumió la política de la transparencia, lo que es excelente. Pero al hacerlo ofrece un flanco. Quien se propone limpiar debe ser, él mismo, impecablemente limpio. No hay matices. Así lo entiende la opinión cuando se deja conducir por los demagogos de la ética, narcisistas autosuficientes, y se desentiende de la complejidad del gobernar. Este vendaval ético tiene una consecuencia probablemente no querida por quienes lo impulsan: puede hacer que el Gobierno pierda el rumbo. Es algo que hay que tener en cuenta.
En los episodios recientes, el Gobierno ha hecho concesiones a esa opinión. Algunas sin consistencia lógica ni eficacia, pero lo suficientemente demagógicas como para desarticular uno de los frentes de tormenta. Mientras tanto, me parece, va logrando mantener el rumbo general de esta etapa transicional. Se trata de reconstruir el Estado con lo que hay. Al fin de cuentas, como decía un viejo general, mezclando barro y bosta se hace un buen adobe.

Historiador. Fundación Universidad de San Andrés

lunes, 26 de febrero de 2018

LA OPINIÓN DE LUIS ALBERTO ROMERO

Luis Alberto Romero





Campo de batalla. El Estado argentino quedó atrapado en medio de la puja de corporaciones que piensan sólo en provecho propio
El Estado argentino se parece a Gulliver en Liliput. Grande y fuerte, está atado e inmovilizado con mil hilos, anudados por los pequeños liliputienses. En nuestro caso, se trata de cientos o miles de corporaciones en las que los argentinos nos agrupamos para defender nuestros intereses y reclamarle algo al Estado. Nuestro Estado gulliveriano es grande y puede hacer muchas cosas; pero una y otra vez queda paralizado por intereses que le reclaman "lo suyo" y rara vez se preocupan por lo que solíamos llamar el interés general.
En otros tiempos, la Argentina supo tener un Estado potente, con oficinas y dependencias especializadas, pobladas por funcionarios capaces y con saberes que se conservaban y transmitían. En las décadas finales del siglo XIX, cuando la nueva sociedad aluvial recién comenzaba a conformarse, el flamante Estado pudo lanzar, sin grandes resistencias, políticas estatales fundamentales como la ley de educación de 1884 o la ley Sáenz Peña de 1912, que se sostuvieron en el tiempo. Esa potencia perduró durante varias décadas: allí está la reestructuración del Estado liberal de 1933, la legislación social de Perón, la de promoción industrial de Frondizi e incluso las disposiciones de Krieger Vasena. Más allá de las opiniones sobre ellas, no puede negarse la potencia, voluntad y capacidad del Estado a lo largo de casi un siglo.
Sin embargo, esta capacidad se fue reduciendo a medida que la sociedad aluvial, magmática y desorganizada fue cobrando forma y los diferentes intereses se organizaron. A fines del siglo XIX aparecieron las organizaciones obreras y poco después la Federación Agraria, mientras maduraban las Sociedad Rural y la Unión industrial. Progresivamente aparecieron las corporaciones medianas -como la de los médicos o los ingenieros- y finalmente las pequeñas, como las de psicólogos o podólogos. Últimamente, sobresalen las organizaciones de desocupados. Cada una le reclamó algo al Estado: reglamentar su actividad, obtener una franquicia, una exención, un subsidio, un privilegio. Muchas reclamos podían justificarse por el "interés general" -regular el ejercicio de la medicina, fomentar la fabricación nacional, amparar a los pobres-, pero en otros casos se trató de verdaderos privilegios, como la temprana y perdurable protección a la producción azucarera de Tucumán.
El conflicto social se fue concentrando en infinidad de reclamos al Estado, que debió desarrollar una capacidad de intervención creciente. En los años 30 se diseñaron las bases del Estado regulador, pero el gran salto se produjo en 1943. Perón legalizó los sindicatos e instituyó el sistema de contratos colectivos. Solucionó así un gran problema, pero creó un actor corporativo privilegiado. Fue parte de un vasto intento organizativo, cuya expresión ideal era la Comunidad Organizada, inspirada en la encíclica Quadragesimo Anno y la Carta del Lavoro fascista. En su seno, reguladas por el Estado, las demandas parciales se trasmutarían en bien común.
La ficción de la Comunidad Organizada duró mientras la "fiesta peronista" permitió satisfacer a un tiempo a empresarios industriales y sindicatos obreros, aunque cargando los costos en el sector agrario y, sobre todo, en las generaciones futuras. También había una condición política: el fuerte liderazgo de Perón y la comunidad de fe peronista. Esto desapareció en 1955, cuando la "fiesta" ya era un recuerdo, las obligaciones recíprocas desaparecieron y llegó la hora de la factura.
¿Quien la pagaría? El "lo mío no se toca" fue general. Comenzó una dura puja por la distribución del ingreso, en la que el Estado debía conformar al más poderoso de cada día. En medio de la inestabilidad política, perdió iniciativa y autonomía, y sus oficinas fueron ocupadas por burócratas provenientes de las principales corporaciones. Colonizado, el Estado fue el campo de batalla de los intereses que, con cada golpe afortunado, obtenían una prebenda importante. Los sindicatos arrancaron la ley de obras sociales a un Onganía debilitado por el Cordobazo, y un Lanusse en retirada le hizo a Gelbard, Madanes y algunos brigadieres el gran regalo de Aluar.
Las cosas no cambiaron mucho con el gobierno electo en 1973. El Pacto Social, que apelaba a una responsabilidad compartida, fracasó. Los argentinos se habían acostumbrado a reclamar todo del Estado y medrar con él cuando podían, y el propio Estado, débil y colonizado, había perdido la capacidad para disciplinar a los grupos de interés, como lo evidenció la crisis política que culminó en marzo de 1976. El tajo de la espada militar fue un intento, particularmente torpe, de cortar ese nudo gordiano.
Con la dictadura comenzó otra historia. Hasta entonces, la idea de un Estado fuerte y providente constituía un ideal compartido. Los militares instalaron la idea de que los males argentinos se debían a un Estado demasiado grande y que achicarlo era agrandar la nación. La consigna sirvió para una transformación más simple e inició una serie de amputaciones de los instrumentos estatales que retomaron casi todos los gobiernos siguientes.
Los militares iniciaron el descalce jurídico del Estado, haciendo tabla rasa con las nociones de normatividad e instaurando prácticas decisionistas retomadas luego por Menem y los Kirchner. No achicaron el gasto fiscal, pero iniciaron la privatización de empresas estatales y la reducción de los órganos de control, profundizada en los años 90. Los militares purgaron la burocracia de disidentes, eliminando funcionarios valiosos y profundizando su desjerarquización. Luego, los políticos de la democracia cayeron en el tradicional spoils system y abrieron paso a una nueva colonización estatal, esta vez realizada por mafias, mayores y menores. Por fin, la expoliación directa del Estado, iniciada por los militares, avanzó con Menem y con los Kirchner. Así se llegó a la fase superior del saqueo del Estado, la cleptocracia, realizada sistemáticamente por sus gobernantes.
En este proceso, la democracia aportó, junto con muchas otras cosas buenas, una que está resultando deletérea: la sobredimensión de la noción de "derechos", aplicada a todo lo que cada grupo, grande o chico, consiguió asegurar en este proceso de liquidación sistemática del Estado. Los derechos están bien, en tanto se equilibren con los deberes, entre ellos pagar los impuestos, pero sobre esto no suele manifestarse tanta conciencia militante.
En diciembre de 2015 el nuevo gobierno se encontró con un Estado débil, saqueado y colonizado por mafias. Es grande en todo lo que no debe serlo y escuálido en lo necesario. Junto con él, existe un conjunto de actores corporativos, atrincherados en la defensa de lo que han conquistado, y una súper corporación de los Derechos -humanos, civiles, sociales- que con lenguaje elevado reclama todo del Estado. La tarea del gobierno que asumió en diciembre de 2015 es tan inmensa como difícil. Tiene mucho que limpiar, sin saber exactamente con cuánto poder cuenta. Hay mucha institucionalidad que reconstruir, sin saber quiénes quieren realmente hacerlo. Hay que proyectar políticas de largo plazo, pero también rehacer los instrumentos para desarrollarlas.
Y también, hay que equilibrar derechos con deberes, conquistas con obligaciones, lo que implica un verdadero cambio cultural. Por ahora, no se escucha que alguien quiera ceder algo en favor del interés general. Gulliver no logra desatarse.


viernes, 15 de diciembre de 2017

EN "EL ESPACIO MENTE ABIERTA"; LUIS ALBERTO ROMERO Y EL PERONISMO


Como ha ocurrido antes, el PJ resurgirá
En otra versión. Expresión de una parte importante de la sociedad argentina, a lo largo del tiempo el partido creado por Perón ha demostrado una gran capacidad de adaptación a las más diversas circunstancias sociales y políticas

Luis Alberto Romero
"Tantas veces me mataron. sin embargo estoy aquí, resucitando". Lo de María Elena Walsh viene a muy a cuento para quienes dudan de que el peronismo, hoy debilitado, resurgirá. Surgirá un nuevo peronismo, adaptado a los nuevos tiempos, y fortalecido, como ha ocurrido otras veces a lo largo de su historia. Así será, sobre todo porque expresa una porción importante de la sociedad argentina, que se define no tanto en términos sociales como actitudinales. Como me comentó hace poco Ezequiel Gallo, una de estas actitudes -son varias- es la "bronca" social, visceral, imprecisa, que encuentra en el peronismo su cabal de salida.
El primer gran desafío fue el de 1955: entre las dictaduras y la proscripción, pasó 18 años fuera del poder, con un conductor estratégico exiliado, que debió delegar las cuestiones tácticas en los dirigentes locales. En esa larga travesía del desierto hubo dos momentos. Hasta 1966 el sindicalismo se convirtió en su columna vertebral. Una dirigencia renovada sacó ventajas de la proscripción -que disimulaba la pérdida de su mayoría absoluta-, y jugó con habilidad en dos frentes: el electoral, cuando se podía, y el corporativo, que reunía a los grandes jugadores.
La dictadura militar de 1966 y la radicalizada movilización social que la siguió cambiaron el juego. El peronismo desplegó dos alas, cubriendo todas las posibilidades. El sindicalismo y el renacido partido Justicialista jugaron en el escenario de la salida política y la conciliación de los viejos opositores. Montoneros y la JP -imposible entender al uno sin la otra- se insertaron en la movilización social y la condujeron. Entre ambos lograron la vuelta de Perón, plebiscitado como presidente.
Luego de que el Proceso colocara a todos en el llano, en 1983 se le planteó al peronismo un desafío novedoso: la política democrática en un contexto institucional y definidamente pluralista, ajeno a su experiencia fundadora. Lo tomó mal preparado, sin cuadros ni discurso adecuados. La derrota ante Raúl Alfonsín fue muy dura, no tanto por alejarlos del poder -conservaron buenas porciones- cuanto por romper el mito de expresar a las mayorías populares.
La reconstitución fue prolongada y finalmente exitosa. Un jalón inicial fue el peronismo renovador de 1987, conducido por Cafiero, capaz de vencer a los radicales en su mismo terreno. Pero la verdadera transformación vino dos años después, con Carlos Menem, que derrotó a Cafiero y luego conquistó la presidencia de un país asolado pro la hiperinflación. Aquí comenzó la gran transformación y la emergencia de un nuevo peronismo, capaz de renunciar a muchas de sus banderas, para aferrar firmemente el poder y ofrecer una salida al país desesperado.
No se debe tomar a la ligera a Menem, sorpresivamente convertido en el Mesías del Mercado y el gran reformador de un Estado que reclamaba a gritos cambios urgentes, no asumidos por nadie. Al principio los hizo a los tumbos y de manera muy corrupta; luego, con Cavallo, fue más ordenado y prolijo, y finalmente hizo la plancha, buscando otra reelección.
Lo más notable fue la manera de convencer a las bases peronistas de que lo acompañaran en la construcción de algo tan apartado de la tradición peronista. Usó el poder presidencial para disciplinar a sus bases, condujo las reformas con flexibilidad, asoció con beneficios espurios a los posibles opositores y distribuyó abundante vaselina en las zonas dolorosas. Muchos protestaron, pero nadie pudo cuestionar su liderazgo.
La crisis arrasó con muchas de las reformas de Menem y con buena parte de la institucionalidad y el pluralismo construidos en 1983. La derrota de 1999 hizo que la Alianza cargara con la inevitable crisis de la convertibilidad. Pese a haber quedado mejor parado que otras fuerzas políticas, al peronismo no le fue fácil adecuarse a la nueva situación y encontrar un nuevo líder. La consolidación de Néstor Kirchner fue gradual: primero el "dedazo" de un presidente débil y desconcertado, luego una elección azarosa en 2003, y finalmente la ratificación en 2005. En esa coyuntura emergió un nuevo peronismo, vigente hasta 2015.
Kirchner traía de Santa Cruz un modelo descarnado de gobierno peronista de provincia: manipulación del sufragio, concentración del poder y aplastamiento de la oposición. También un descarnado método de saqueo del Estado desde el gobierno. Uno de sus talento residió en encontrar la forma de extenderlo a todo el país, incorporar en posiciones subordinadas a quienes eran sus pares y nacionalizar y diversificar el aparato saqueador.
Hubo un factor circunstancial decisivo: la soja, maná que permitió durante varios años crecer a altas tasas, con superávit en la cuentas fiscal y de comercio exterior. Otro factor novedoso fue la incorporación del paquete de los "derechos humanos", que le sumó una importante base de activistas y seguidores y le permitió organizar un discurso de eficacia abrumadora. La ilusión que supo generar, y que se acentuó con los años, fue un componente esencial de su fórmula.
Como Menem, Kirchner fue un artista, un creador de un producto nuevo para una franquicia bien establecida. ¿Fue diferente de Menem? Esto es opinable, y puede desagregarse en tres cuestiones. ¿Con Kirchner hubo más Estado o menos? ¿Sus políticas sociales fomentaron la inclusión o consolidaron la pobreza? ¿Su política de derechos humanos los fortaleció o los desprestigió?
Personalmente, me inclino por las segundas opciones. Aunque los Kirchner construyeron su imagen en contra de Menem y su versión del peronismo, veo el ciclo kirchnerista como una nueva versión del ciclo menemista. Más en general, le veo como una fase del peronismo de la democracia, de efectos más catastróficos que la menemista, la cual con el paso del tiempo parece merecer una reconsideración. Porque, como solía decir Perón, "ya vendrá quien te mejore".
Las discusiones sobre el pasado son inacabables, y en el fondo no tan importantes. La gran pregunta es cómo será la próxima versión del peronismo.

El autor es historiador. Fundación Universidad San Andrés

miércoles, 25 de octubre de 2017

PROFESORES INOLVIDABLES....JOSÉ LUIS Y LUIS ALBERTO....ROMERO



Cuando se instaló en su casa de Adrogué, el historiador José Luis Romero transformó un viejo gallinero en su taller de carpintería. Allí, rodeado de herramientas, trabajaba sobre un banco de carpintero que había hecho él mismo. Había adoptado el berretín durante sus años en el profesorado del Mariano Moreno, donde aprendió el oficio. Dedicaba dos mañanas por semana al trabajo manual. Su otra pasión era la jardinería. Él mismo cuidaba ese jardín en el que, a principios de los años 50, conversaba con Jorge Luis Borges, cuya hermana vivía a una cuadra. En esas tardes, historiador y poeta empezaron a escribir juntos un cuento policial del que no queda noticia.


Luis Alberto, único hijo varón, era muy apegado a su padre. Le huía a las tareas del jardín, pero desde muy chico amaba pasar el tiempo en la carpintería, donde ejercía de aprendiz en medio de los olores de la cola y el aserrín. Al principio su aporte se limitaba a sentarse sobre la madera que la morsa sujetaba desde el otro extremo, para fijarla mientras su padre serruchaba. Pero pronto desarrolló habilidades con el martillo, el taladro y otras herramientas. Trabajaban juntos a la par. "Para hacer carpintería él se ponía ropa muy vieja -dice Luis Alberto-. Tenía un aspecto deplorable pero feliz, y cantaba. Tango, folclore, arias de ópera."


Allí se producía: la casa tenía siete bibliotecas y todas habían salido de aquel gallinero devenido carpintería. El gran desafío, el emprendimiento mayor, llegó cuando José Luis compró una casa en Pinamar. No le había quedado plata para amoblarla y hubo que hacer los muebles indispensables para poder estrenarla. Era el verano del 58. Con 14 años, Luis Alberto ayudó a su padre a hacer una mesa de comedor, dos bibliotecas y cinco camas para los miembros de la familia. Además, una sexta para huéspedes. Ironías de la historia, ese primer verano la usaría un joven Ernesto Laclau, futuro defensor de los populismos, por entonces discípulo de José Luis.
Su padre compensaba el trabajo intelectual con el manual, dice Luis Alberto. Pero no era sólo eso: por entonces el historiador estudiaba los orígenes de la burguesía, que se remontan al siglo XI, cuando se afirma un mundo empírico en el que el hombre empieza a modificar la naturaleza para adecuarla a sus fines. Con la carpintería, en la que debía resolver problemas prácticos usando tanto las manos como la razón, José Luis se sentía más cerca del período de la historia que buscaba comprender. "Y así fue ese verano en Pinamar. Por la mañana mi padre se ocupaba de convertir un médano en un jardín, y por la tarde, tras un poco de playa y la siesta, se sentaba a leer y pensar. Era expansivo y conversador, pero con la caída del sol le venía una especie de melancolía vespertina que él equilibraba con un whisky."

A los 26 años, Luis Alberto dejó la casa de Adrogué para instalarse en un lugar propio. Como no podía ser de otro modo, padre e hijo, que ya habían escrito a cuatro manos los fascículos de la Gran historia de Latinoamérica, hicieron juntos una nueva biblioteca. A la hora de la despedida, el padre le entregó al hijo dos cosas que acaso creía imprescindibles para todo el que sale a encarar la vida: el Pequeño Larousse Ilustrado y un serrucho. Pensar y hacer. "Los usé a ambos", comenta Luis Alberto.
Unos años más tarde, en febrero de 1977, moría José Luis Romero. La casa de Adrogué se vendió y hubo que vaciarla. "Tuvimos que sacar todas las cosas que habían formado parte de nuestra vida de los lugares recónditos donde habían quedado. Entre ellas, mi colección de revistas El Gráfico." Ese día, Luis Alberto cruzó el jardín y entró en la carpintería. Estaba intacta. Entonces tomó la tenaza negra que ahora pone sobre la mesa y que, cuarenta años después, convoca estos recuerdos.

miércoles, 8 de marzo de 2017

EN HONOR A JOÉ LUIS ROMERO

TUVE EL HONOR DE SER SU ALUMNA
José Luis Romero, el dilema del historiador ciudadano



A cuarenta años de la muerte del gran intelectual argentino, su hijo y colega repasa su pensamiento y su obra
Luis Alberto Romero



"Antes de disgregarnos", tituló José Luis Romero el artículo publicado en noviembre de 1975 en el mensuario Redacción. Iniciaba así una serie de notas en las que la angustiada preocupación del ciudadano se combinaba con el "optimismo de largo plazo" del historiador, siempre capaz de encontrar un sentido en el caos.
Un poco antes, en julio de 1975, volcó estos encontrados sentimientos en una carta a su amigo René Balestra. El historiador -le dice- tiene una deformación profesional, que consiste en establecer los procesos en largo plazo. Las actitudes políticas, por el contrario, exigen una percepción de los procesos de corto plazo. Y quien se habitúa a manejarse en ciertos niveles de abstracción tiene, a veces, ciertas dificultades para ajustar las dos perspectivas. Creo que es esto lo que me pasa a mí.

Es cierto. Entre el historiador y el ciudadano hay una tensión constitutiva. Marc Bloch dijo que el historiador debe comprender y no juzgar; paradójicamente, esto lo escribió en 1941, cuando ya militaba en la Resistencia francesa, y poco antes de ser fusilado por los alemanes. No hay solución lógica para la disyuntiva. Donde el historiador encuentra tendencias y matices, el ciudadano tiene certezas e imperativos. El historiador percibe la relatividad de los valores y de las razones; el ciudadano actúa movido por una certeza moral. Ser hombre vivo e historiador es algo que conduce a una suerte de constante esquizofrenia, si, como yo, quiero vivir tanto la historia como la vida.
José Luis Romero había elaborado una forma singular de comprensión histórica. El tema reiterado de toda mi obra -le dice a Balestra- ha sido el de las relaciones entre las sociedades y las ideologías. Me apasionan los procesos sociales, pero en relación con las interpretaciones de la realidad y los proyectos o modelos que juegan en ellos. El complejo juego entre la realidad fáctica y las ideologías, mediado por las experiencias, las formas de vida y las mentalidades, está presente en sus trabajos iniciales sobre el mundo grecorromano y en su madura reconstrucción de "la revolución burguesa en el mundo feudal", cuyas proyecciones lo llevaron hasta la crisis de la cultura burguesa en el siglo XX.

La misma aproximación se encuentra en su libro seminal Las ideas políticas en Argentina, que instaló la inmigración masiva y la sociedad "aluvial" en el centro de nuestra historia contemporánea. La ciudad, gran creación de la burguesía medieval, proyectada en Iberoamérica, fue el eje de su magistral interpretación de la historia latinoamericana. Estas ideas iluminan cada uno de sus muchos trabajos, que habrán de reunirse en www.jlromero.com.ar.
La profesión de historiador organizó su vida, su trabajo y sus ocios. Al fin de cuentas, yo no soy sino un hombre de estudio, y a eso he dedicado mi vida, sigue diciendo a Balestra. Pero en otra parte de esa misma vida estaban el ciudadano y su imperativo moral. Algo de infatigable militancia había en su permanente disposición para dar conferencias y en su capacidad, casi apostólica, de suscitar entusiasmo por la aventura intelectual de comprender el pasado y el presente.

Sus preocupaciones ciudadanas se nutrieron de la cultura liberal y progresista de la entreguerra, donde se definieron sus convicciones socialistas. Inicialmente las estimularon su hermano y mentor Francisco, y también Alfredo Palacios, vecino del barrio, cuya casa y biblioteca frecuentaba en la adolescencia. Se desarrollaron a la par de su certidumbre sobre la íntima relación entre el pasado vivido, el futuro proyectado y el presente, instante a la vez efímero y vitalmente decisivo. Allí encontraba la articulación, lógica y necesaria, entre el historiador y el ciudadano. Con el mismo método he procurado definir mi posición frente a la vida de mi tiempo y de mi país. Y llegué al socialismo, evolucionista y reformista, siempre que la reforma conduzca al socialismo, le dice al socialista Balestra.
Historiador y ciudadano confluyen en su libro El ciclo de la revolución contemporánea, un ensayo libre en la forma y riguroso en el análisis. Allí explica su opción por el socialismo, en el que entonces veía una alternativa frente a los dos grandes desafíos de la democracia liberal: el fascismo y el comunismo.
Su militancia activa fue coyuntural, y sólo se activó cuando creyó que la gravedad del momento justificaba postergar al historiador. En tiempos de la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial militó en el antifascismo. En 1945 se afilió al Partido Socialista -una decisión postergada por su escasa afinidad con los dirigentes locales-, pero no hizo vida de partido hasta 1956. Ese año, de manera sorpresiva, fue impulsado al más alto nivel de su conducción por una corriente que trataba de superar el antiperonismo cerril del viejo partido y ofrecer una alternativa socialista a los trabajadores peronistas. Acompañó esta experiencia hasta 1962, cuando la radicalización de sus últimos fragmentos se tornó incompatible con su socialismo reformista.
El mismo impulso a la acción -que el historiador vivía con algo de culpa- lo llevó a aceptar, en octubre de 1955, el conflictivo cargo de rector interventor de la Universidad de Buenos Aires. Repitió la experiencia en 1962, como decano de la Facultad de Filosofía y Letras. Comenzó a percibir entonces que su mundo empezaba a marchar por un camino que le resultaba extraño.
Ese año renunció a la Universidad y se jubiló. Comenzó la etapa más productiva de su vida: terminó sus libros más importantes y concibió otros, que proyectó escribir en los veinte años siguientes. Pero en ese tiempo tan productivo comenzó a pesarle su creciente marginalidad, debida no tanto a la dictadura de Onganía cuanto a la extraña radicalización que en los años setenta sufrió su mundo más cercano. Me quedé sin discípulos y casi sin amigos, y pasé a la categoría de fósil liberal, confió a Balestra. Fue entonces cuando más lo angustió la incompatibilidad entre el historiador y el ciudadano; entre la perspectiva de largo plazo y la contingencia del presente.
A mediados de 1975, cuando decidió escribir para Redacción, creyó que su intervención podía volver a ser útil. Una foto de Martha Campos, hoy muy difundida, lo muestra conversando con los redactores, jovial, distendido y alerta. Ante la disgregación en avance -había escrito en aquella nota- hay que elaborar una política para el nuevo país, que es la Argentina. El golpe de 1976 lo afectó mucho -temió por la seguridad de los suyos y hasta por la propia-, pero también le confirmó que otra vez tenía algo que decir a una Argentina que recuperaba el valor de los derechos humanos, otro "fósil liberal".
José Luis Romero probablemente habría encontrado entonces un lugar para su vocación ciudadana. Debió haber sido una referencia muy importante en una Argentina en crisis, tan huérfana de maestros y de modelos. No fue así, pues murió prematuramente, a fines de 1977, a los 67 años. A medida que se apaga el recuerdo de su persona crece el interés de su obra, que sigue hablando del pasado, el presente y el futuro.
Director de www.jlromero.com.ar

martes, 13 de septiembre de 2016

ALBERTO MANGUEL,LUIS ALBERTO ROMERO......DE LUJO

miércoles, 6 de julio de 2016

LUIS ALBERTO ROMERO...BICENTENARIO


En 1983 se plasmó una utopía democrática. En la campaña electoral, Raúl Alfonsín recitó el preámbulo de la Constitución, esencia de la institucionalidad republicana, y aseguró que con la democracia se comía, se curaba y se educaba. En suma, la panacea. La promesa de la felicidad futura se unía a la execración del pasado dictatorial y el compromiso de juzgar y condenar a los máximos responsables. Era el bien contra el mal, sin términos medios.
La democracia de Alfonsín interpeló exitosamente a un actor político nuevo: la ciudadanía, presente en todo el arco político; en ellos encarnó la utopía, y ellos la sostuvieron con fidelidad hasta 1987. ¿Qué democracia era aquella? Liberal, sin duda, y fundada en los derechos humanos, una doctrina del siglo XVII que los horrores de la dictadura habían sacado del olvido. Institucional también, fundada en el Estado de Derecho que el Juicio a las Juntas habría de consolidar. Y finalmente, plural, fundada en el valor de la diferencia, en la discusión de argumentos y en el acuerdo. ¿Recuperada? No exactamente. Nunca la habíamos conocido.
Una dictadura con votos


Democracia es una voz con muchos sentidos y una raíz común: la legitimidad derivada de la voluntad del pueblo, ese pueblo cuyos representantes hablan en el Preámbulo constitucional. El sufragio universal masculino se estableció en 1821 en la provincia de Buenos Aires. No era un salto al vacío; el disciplinado voto rural -manejado por hacendados y jueces de paz- equilibraba los humores cambiantes de los votantes urbanos. Rosas combinó su larga dictadura personal con un cuidadoso respeto por las elecciones, vigilando tanto la concurrencia de los ciudadanos como que votaran por la lista gubernamental. La suya fue una dictadura democrática y plebiscitaria, un poco arcaica y a la vez muy moderna.
El sufragio universal masculino se generalizó con la Constitución de 1853. Los gobernantes continuaron manipulándolo, como en todo el mundo por entonces, y por eso pocos se tomaban el trabajo de ir a votar; pero en cambio había una activa vida cívica, con animados debates y una opinión pública sobre la cual se asentaba la legitimidad de la República. La situación cambió a fines del siglo XIX. Con la inmigración masiva y el crecimiento, comenzaron a aflorar tensiones y protestas de todo tipo -chacareros, obreros, estudiantes, empresarios-, y entre ellas una específicamente política, que demandó el sufragio libre y la vigencia de la Constitución, violentada por el "régimen". Con este reclamo surgió en 1891 el primer partido moderno, la Unión Cívica Radical.
La suma de conflictos y demandas impulsó a un sector de la élite gobernante a una sustancial modificación electoral. La ley Sáenz Peña de 1912 estableció el voto secreto y el uso del padrón militar, libre de manipulaciones. Fue también obligatorio, para impulsar imperativamente a los habitantes a asumir los deberes de la ciudadanía. La compleja operación buscaba restablecer la legitimidad política, encauzar las protestas por un camino institucional y contribuir al arraigo de los inmigrantes y sus hijos. La primera elección presidencial llevó al gobierno al jefe de la oposición, el radical Yrigoyen.
El origen de la utopía
En 1916 comenzó la primera experiencia democrática plena, la que se legitimó en el sufragio amplio, la que generó esperanzas y acunó la utopía democrática. Se prolongó, con intermitencias, hasta 1955. Sus dos protagonistas, Hipólito Yrigoyen y Juan Domingo Perón, fueron diferentes en muchas cosas, como lo fue el país que gobernaron y el Estado con que lo hicieron. Pero tuvieron algo en común: encarnaron la voluntad y la esperanza popular. Vistos en perspectiva, dieron forma a una experiencia social y política y trazaron el camino para lo que siguió.
Ambos gobernaron una sociedad democrática, que sumó la exitosa incorporación de sectores nuevos -migrantes externos e internos- con una tendencia sostenida a la movilidad social. La Argentina babélica de 1900 fue convirtiéndose en otra integrada y nacionalizada, cuyos mayores conflictos surgían de la aceleración en las demandas de integración. Uno de sus rasgos fue el vigor de las asociaciones voluntarias, desde las mutuales a los sindicatos o las sociedades de fomento barriales. En ellas se formaron y adquirieron sus herramientas -hablar, organizar, gestionar- los cuadros convocados por la nueva política democrática.
Muchas cosas diferenciaron a Yrigoyen de Perón -una de ellas, el respeto a rajatabla del primero por las garantías constitucionales-, pero ambos coincidieron en un estilo de gobierno y una concepción de la democracia que en 1920 Max Weber había definido como liderazgo carismático de masas. Ambos se llevaron mal con la normativa republicana y particularmente con la división de poderes, que Yrigoyen salteó a menudo y Perón subordinó a la autoridad del jefe. Ambos se identificaron con la nación y el pueblo, concebido como un cuerpo homogéneo y unánime que se expresaba a través de su líder. Ambos desconocían la legitimidad de la oposición: el "otro" político era para Yrigoyen el "régimen falaz y descreído" y para Perón, "la antipatria". Ambos alimentaron una política facciosa, de enfrentamientos, a la que Perón sumó la dura represión política.
Pero, a la vez, ambos expresaron las demandas sociales de democratización y de igualdad, así como la confianza en que el Estado haría su parte para ayudar a cada uno a avanzar en la carrera del ascenso. Ésa fue la esencia de aquella utopía democrática, que se expresó en un régimen político democrático pero no republicano, y crecientemente autoritario. Nada muy extraño si se considera la situación de las democracias en el mundo de la entreguerra.
En 1955 se inició un interludio que se prolongó hasta 1983. La proscripción del peronismo, que condenó las salidas democráticas, y una sucesión de dictaduras militares, cada vez más intensas, acompañaron a una sociedad que expresó sus conflictos por vías democráticas. Hubo entonces todo tipo de utopías, pero todas ajenas a la democracia.
Fin de la ilusión
En 1983 la sociedad se enamoró de la democracia, con mucho voluntarismo y una enorme ilusión; pero el choque con la realidad terminó generando una desilusión similar. El punto de ruptura fue la crisis militar de Semana Santa de 1987 y la constatación de que toda la civilidad democrática era insuficiente para torcer el brazo de la corporación militar. Se sumaron otros fracasos similares -con los sindicatos, los empresarios y la Iglesia- y, sobre todo, la evidencia de que el Estado no podía hacerse cargo de sus promesas iniciales. La civilidad democrática se replegó, y además la dividió el tema de los Derechos Humanos, que había sido como el Arca de la Alianza de la democracia. A la intransigencia de sus activistas, exacerbada por la ley de Obediencia Debida, se sumó la prédica de nuevos militantes que unieron los derechos humanos con el discurso de los años setenta.
La desilusión democrática estuvo pautada por las sucesivas crisis económicas, cada vez más agudas. Carlos Menem llegó al gobierno a caballo de la hiperinflación de 1989, mientras que la crisis de 2001 barrió con los partidos -cuya reconstrucción había sido uno de los logros de la democracia- y con la confianza en los políticos de la democracia, abriendo así el camino a Néstor Kirchner.
Menem inició el desvío hacia la "democracia delegativa". El poder se concentró en el Ejecutivo, a costa del Congreso, que resignó sus atribuciones, y del Poder Judicial, que aceptó ser manipulado. El poder presidencial fue desmontando los mecanismos del Estado que lo limitaban. Profundizando en ese rumbo, los Kirchner construyeron un régimen de decisionismo discrecional, que agregó un argumento digno de C. Schmitt: democratizar las instituciones significaba someterlas a la voluntad de la mayoría. Con esa idea, Cristina Kirchner propuso en 2011 el "vamos por todo".
La polarización de la sociedad, iniciada a mediados de los años setenta, terminó conformando un mundo de la pobreza ajeno a las ideas de ciudadanía sobre las que se había fundado la utopía democrática. En los años de los Kirchner, esto derivó en una transformación del sentido del sufragio. El gobierno organizó un partido informal, sobre la base de las autoridades locales y el uso de los recursos fiscales; volcados en el mundo de la pobreza, estos recursos se trasmutaban en votos. Invirtiendo la lógica democrática, era el gobierno quien producía los sufragios que lo legitimaban.
El uso de recursos públicos fue parte de un mecanismo que excedía la finalidad electoral. La corrupción de los gobiernos, un mal endémico, comenzó a crecer durante la dictadura militar, se expandió en los años de Menem y se transformó cualitativamente con el kirchnerismo, que organizó el saqueo sistemático del Estado. Los efectos sobre la ética democrática fueron demoledores.
Lo llamativo fue el apoyo militante que este "proyecto" concitó. Fue nuestra utopía democrática más reciente, surgida del cruce entre la fantasía revolucionaria, el ideal de los derechos humanos y el usufructo del maná infinito, repartido por el Estado. El discurso, que hablaba de la lucha del pueblo unido contra sus enemigos, remitía al yrigoyenismo y al primer peronismo. En uno de sus corsi e ricorsi la historia trajo también la faccionalización de la política y el inicio de un autoritarismo que, esta vez, pudo ser frenado por la sociedad civil.
El pesimismo de la razón
A principios del siglo XX, ante la emergencia de la democracia, Gaetano Mosca vio en ella el mecanismo por el cual, cada cierto tiempo, la sociedad se sacaba de encima una élite fatigada y desgastada y la remplazaba por otra pujante y optimista. Sólo que -en su experiencia de estudioso y de ciudadano en la Italia fascista-, las nuevas élites caían en manos de los aprovechadores de siempre, los sfrutattori. Quien examine los avatares de nuestra experiencia democrática, y sobre todo, la reciente encontrará razonable la fórmula de Mosca y su pesimismo.
En realidad, no sabemos exactamente qué tipo de democracia quieren los argentinos ni, sobre todo, si están dispuestos a asumir las pesadas responsabilidades ciudadanas o, como señaló Tocqueville a mediados del siglo XIX, se conforman con un nuevo déspota benévolo y corrupto. Se trata del pesimismo de la razón. Sarmiento, que apelaba al optimismo del corazón, habría dicho que "las contradicciones se vencen a fuerza de contradecirlas". Hoy el futuro está razonablemente abierto a lo que cada uno de nosotros haga. Entre tanto por reconstruir, está nuestra democracia. Debemos recuperar la utopía, pero esta vez moderada por la razón y el saber.

El autor es historiador y miembro del Club Político Argentino