Mostrando las entradas con la etiqueta LUNFARDO. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta LUNFARDO. Mostrar todas las entradas

lunes, 13 de noviembre de 2017

CUESTIONES DEL LUNFARDO


Acerca de voces y expresiones del box
Ringsai (Ringside): zona de los asientos ubicados más próximos al cuadrilátero.
Cuadrilátero o ring: lugar en el que se llevan a cabo las peleas o combates, con cuatro lados y cuerdas que lo delimitan.
Asalto o round: cada una de las fases de un combate. Son periodos de un par de minutos seguidos de pausas en las que los boxeadores descansan. / Cualquiera de los períodos de tres o dos minutos que comprenden un combate. Cada asalto es separado por un minuto de descanso.
El tercer hombre: es una forma coloquial de llamar al árbitro, ya que es la tercera persona que hay dentro del cuadrilátero o ring.
Pelea limpia: se dice de los combates en los que no se infringen las normas. En los que no hay ‘golpes bajos’ ni artimañas.
Contra las cuerdas: cuando el boxeador es acorralado contra las cuerdas que delimitan el ring, no pudiendo escapar: / “Estar contra las cuerdas” significa estar en apuros, en aprietos; es una metáfora que hace referencia a un boxeador arrinconado entre las cuerdas del ring y su oponente.
Dar un golpe bajo: se trata de un golpe dado por debajo de la cintura. / Acción malintencionada con la que se pretende dañar a alguien.
Salvado por la campana: expresión usada para decir que uno de los contrincantes, en clara desventaja, ha evitado perder porque sonó la campana señalando el final de un asalto. / Cuando ha comenzado la cuenta a un boxeador noqueado y la campana interrumpe el conteo para dar término a ese asalto, librándolo así de ser declarado perdedor.
Tirar la toalla: acción de admitir, por parte de una de las “esquinas”, que un boxeador ha sido superado y por tanto debe finalizarse el combate. Es lo que se llama Nocaut Técnico. / Rendirse; dar, automáticamente, la victoria al oponente.
Besar la lona: expresión, que alude a la situación de nocaut en el boxeo, en el que el boxeador ‘besa la lona’ al caer tras el golpe de su oponente. La frase se utiliza popularmente para referirse a un fracaso o a una derrota.
Colgar los guantes: abandonar la práctica del boxeo o de cualquier otra actividad.


Acerca de los fueyes picados
La tuberculosis, más exactamente la localización pulmonar de esta enfermedad, se traduce al lunfardo como “tener los discos o los fueyes picados”. Muchas heroínas de novelas de la época victoriana padecían de esta enfermedad, lo cual se explica por la frecuencia de la tisis en aquellos tiempos. Las tuberculosas más célebres de la literatura fueron Margarita Gauthier, Mimí, la esposa de David Copperfield y la pequeña Eva de La Cabaña del Tío Tom. No menos famosa, entre nosotros, fue la obrerita que tosía por las noches mientras pasaba un hombre pregonando con una cotorrita.
En el libro de Carlos de la Púa o el Malevo Muñoz, que es lo mismo, La Crencha Engrasada, encontramos un solo caso de tuberculosis y no se trata precisamente de una jovencita grácil, de cutis fresco y ojos brillantes, sino que esta vez el personaje es “El vago Amargura”:

“Y volvió de Ushuaia con la conocida
tos envenenada que atrapa el canero,
y olvidando todo se engrupe la vida
mandando a bodega su troli cabrero”.

Y casi con seguridad, el mencionado Vago padecía también su buena cirrosis hepática:

“Mandando a bodega su troli de vino
junto con la mugre de un bar mishiadura,
está siempre escabio el vago Amargura,
que en tiempos pasados fue un gran malandrino”.

Acerca de la poesía de Xiul Lasopat
Xiul Lasopat, a quien bien puedo considerar mi “negativo”, mi “otro yo” a la hora de ponerse “él” a escribir, es alguien a quien puedo convocar frente a un espejo y verlo en el límite de lo borroso sin llegar a desestructurar su imagen.
Su poesía es lógica y es no-racional, para no emplear el término equívoco de irracional. Confinado al espejo, Xiul Lasopat, que viene ser “el otro”, podrá parecer el poeta del apartamiento, de la soledad o el de la existencia incumplida, cuando, en realidad, es alguien que buceando en lo desconocido pretende vivir una nueva experiencia poética. Lo que “él” busca es el lenguaje de lo inexpresable y la única norma que acepta es la de la libertad total, la de una poesía sin cánones.
Y es en ese ir y venir de imágenes frente al espejo que, para “el otro”, que es el que escribe los poemas, el “Otro él” soy yo. Y como yo soy el que después los termina firmando y da la cara, tengo la sensación de que, en alguna medida, soy alguien que está consumando un plagio.
“Otro él”
Su realidad
y el eco del silencio
en un espejo cóncavo.


Acerca del cafishio, el bacalao y un soneto de antología


La palabra cafishio, con la que designamos al rufián o proxeneta, proviene del italiano stoccafisso, que significa bacalao seco. Digamos de paso que el italiano tomó este término del alemán stockfish, literalmente pez palo, o sea, bacalao seco. En italiano se dice que un individuo “parece un stoccafisso” cuando es rígido y delgado y nosotros, por comparación, comenzamos a usarlo a fines del siglo XIX para designar a los rufianes por su andar tieso y duro. Y de la comparación pasamos a la metáfora. En lugar de decir “fulano parece un stoccafisso” comenzamos a decir “fulano es un stoccafisso”. Después, el término se aclimató y devino en cafishio. Y de cafishio derivan cafiolo, fiolo, cafirulo, canfinflero, canfle, canfunfa, canflinfa, caferata. Y las formas vésricas: shiofica y fioca. Y fioca le dio título a este soneto de Celedonio Flores:

Ha de vestir de negro, si no, no vale. / Camambuses de hule, medias de seda, / un lengue en el bolsillo que sobresale / y un moño que bastante grande le queda.
El mate bien peinado, con una onda / que es el gheite, sin grupos, de sus hazañas… / ¡Si por su cabellera sedosa y blonda / es que tiene los records de su campaña!
Esperando las cinco de la matina / aguanta hasta que sale la pobre mina / rengueando descolada del cabaret.
Se mandan un completo si sale sola; / pero si la percanta sale con cola / él dice: “¡Que paponia, me hizo un mishé!”…

Acerca de una filmación de Gardel poco difundida
El jueves 25 de abril de 1935 Gardel llega al Puerto de la Guaira (Venezuela), procedente de Puerto Rico, en la motonave “Lara”. Era un jueves inolvidable para millares de venezolanos. Una multitud, calculada en más de 3.000 personas, esperaba en los muelles desde las 9 de la mañana a “El Divino Carlos”, como lo había bautizado la prensa desde días antes.
A las once y siete minutos bajó Gardel del vapor “Lara” Fue recibido por Luis Plácido Pisarello. Este ciudadano argentino, con muchos años radicado en Venezuela, fue el gestor directo de la visita. Una limousine estaba preparada para trasladar al ilustre visitante y en ella partió junto a sus guitarristas: Riverol, Barbieri y Aguilar, así como también de Le Pera. Tras sortear las dificultades que produjo el hacinamiento ocasionado por la multitud de admiradores, los viajeros lograron ser trasladados al hotel “Miramar” en Macuto. Fue allí donde se realizó esta filmación que, muy gentilmente, me hizo llegar Hernán Sotullo. Fue difundida por un canal de TV rosarino y el presentador, uno de los más populares locutores de esa ciudad, es Raúl Granados, padre del cantor y humorista Pablo Granados.

Acerca de una chacarera lunfa
La tradición oral nos dice que la chacarera nació en Santiago del Estero, más precisamente en Salavina. El hecho de que haya algunas con letras escritas en quichua santiagueño es algo no desestimable a la hora de atender a esta teoría.
La mención más antigua que se registra sobre esta danza fue hallada por Isabel Aretz en las Memorias de Florencio Sal, publicadas en Tucumán en abril de 1913. En este libro se dice que la chacarera se comenzó a bailar en el noroeste de la Argentina, especialmente en la provincia de Santiago del Estero, y que hacia 1850 se bailaba en Tucumán.
Su nombre proviene del vocablo chacarero, “trabajador en una chácara o chacra” (chakra: “maizal”, en quichua santiagueño), porque generalmente se bailaba en el campo, aunque lentamente hizo avance y llegó a las ciudades.
Pero aquí la historia que nos ocupa es otra.Fue hace treinta y un años y en Coghlan, como respuesta a la sugerencia de un vecino que me invitó a escribir una chacarera “en lunfardo”. Y la escribí. A través de ella, un santiagueño nos habla de su viaje, de su aclimatación al ambiente tanguero de Buenos Aires y de su fidelidad al pago.
El vecino de la sugerencia fue Horacio Guarany.

Chacarera lunfa
Aunque mi parla es diquera / -lo está anunciando el rasguido-, / junen que a la chacarera, / muchachos, nunca la olvido.
En un tren de trote tardo / a Buenos Aires bajé, / y entre el gotán y el lunfardo / debute me aquerencié.
“Recuerdo fue en Balvanera” / (aunque suene conocido) / donde hablé por vez primera /
en lunfardo de corrido.
No piensen que es un renuncio / si es que cambié de tonada, / que igual las “eses” pronuncio / y aquí no ha pasado nada.
Siempre recuerdo a mi gente / y el canto de los coyuyos, / aunque role en otro ambiente / y hoy bata mosca y piguyos.
En el amor no ando en llanta. / Transito la misma costa. / Sigue siendo mi percanta / una santiagueña posta.
Cuando estoy con la viaraza / y empiezo a darme manija, / la bombacha bataraza / la saco de la valija.
Y si mi parla es canchera / y un poco me aporteñé, / junen que a la chacarera, / muchachos, no la olvidé.

Letra: Luis Alposta (1986)
Música: Aldo Videla

martes, 18 de octubre de 2016

DE LUNFARDOS, TAITAS Y MALEVOS


Entrevista al poeta, escritor, profesor y lunfardista, miembro de la Academia Porteña del Lunfardo, y autor del Diccionario Etimológico del lunfardo y Lunfardo
Hay que viajar en el tiempo hacia más o menos 1880 y quedarse en los primeros años del siglo XX, para encontrar los orígenes del lunfardo, al amparo de la llegada de cientos de miles de inmigrantes europeos, principalmente italianos y españoles.
Hasta allí nos lleva Oscar Conde, poeta, escritor, profesor. Y lunfardista. Miembro de la Academia Porteña del Lunfardo, es autor del Diccionario Etimológico del lunfardo y Lunfardo: un estudio sobre el habla popular de los argentinos. Con él hablamos del lunfardo, de sus orígenes, de su presente. Del por qué, de los por qué.

El maestro José Gobello decía que el lunfardo es un vocabulario de las clases populares ¿está de acuerdo?, ¿por qué?
Oscar Conde: –Sí, claro que estoy de acuerdo. El nombre lunfardo –palabra que entre 1870 y 1930 significaba principalmente ‘ladrón’– deriva del modo en el que entendieron este vocabulario aquellos primeros que se pusieron a compilarlo.
Como se trataba de policías, penalistas y criminólogos, ellos pensaron que el lunfardo era una jerga propia de los ladrones y esa idea se extendió y llevó a mucha gente a pensar que se trataba de un lenguaje carcelario.
Sin embargo, dicha creencia estaba profundamente equivocada. Es evidente que dentro del lunfardo hay campos semánticos relacionados con el robo, la mala vida, la prostitución o el juego, pero esas voces no llegan a cubrir ni el diez por ciento del vocabulario lunfardo total.
La prueba más contundente de que se trata de un vocabulario popular (y no una mera y cerrada jerga ladronil) es la cantidad de distintos campos semánticos que abarca y que nada tienen que ver con el delito: el comer, el dormir, el sexo, el turf, el fútbol, etc.
Por otra parte, la expansión de este léxico en los diarios y revistas de la última década del siglo XIX y las dos primeras del XX revela el conocimiento que los eventuales lectores tenían acerca de este argot.
¿Cómo se encontró con el lunfardo? ¿Influyó el tango en ese hallazgo?
OC: –Por mi parte, el encuentro con el lunfardo fue a través del tango, sí. En 1985, recién recibido de profesor en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, me propuse dar un curso privado sobre la poética de Enrique Santos Discépolo.
Al leer sus letras tuve necesidad de recurrir a diccionarios de lunfardo y, para mi sorpresa, comprobé que los varios que existían –con la excepción del de Gobello– dejaban mucho que desear.
Es decir, eran trabajos amateurs, que no respetaban prácticamente ninguna de las reglas de la lexicografía y que mostraban, por parte de sus autores y a la par de su entusiasmo, un desconocimiento lingüístico casi absoluto.
En ese momento empecé a proyectar mi Diccionario etimológico del lunfardo, cuya primera versión pude hacer entre 1991 y 1992, gracias a un subsidio otorgado por el gobierno español
La primera edición recién se editó en 1998, en Perfil Libros, y podría decirse que tuvo un relativo éxito, pues agotó 10.000 ejemplares en dos tiradas.
¿Tiene una estética el lunfardo? ¿Cómo es?
OC: –Es muy buena esta pregunta. Yo creo que sí: una estética y, en cierto modo, una ética también. En ese sentido, hay algo que escribieron Luis Soler Cañas y Gobello en el prólogo a su Antología Lunfarda; ellos dicen que Pascual Contursi salvó al lunfardo del destino caricaturesco al que parecía haberlo condenado el sainete. Y es cierto.
El uso que hace Contursi del lunfardo no es humorístico, ni canchero ni irónico. Es dramático. Cuando en el primer verso de “Mi noche triste” escribe: “Percanta que me amuraste” utiliza dos lunfardismos que no tienen nada de paródico o de jodón: son necesarios para que la voz poética plasme su pérdida y al mismo tiempo ubique al auditor respecto de sus parámetros vitales, de su condición socio-económica, etcétera.
A partir de entonces, si bien existen muchísimas letras de tango en las que no se utiliza el lunfardo, el lunfardo se ha sentido como una suerte de marca de fábrica del tango canción.
En literatura la forma lo es todo, y si la letra de “El ciruja” careciera de los lunfardismos que tiene estaría contando directamente otra historia. Una más sosa, menos intensa; más pequeña, menos inmortal.
Los más jóvenes utilizan palabras que creen nuevas, y sin embargo son muy antiguas. ¿Qué le incorporó el lunfardo, con el paso de los años, al idioma español?
OC: –Bueno, yo no diría de modo tan absoluto que el lunfardo le aportó palabras al idioma español. Es cierto que algunas decenas de lunfardismos se usan en distintos países de Latinoamérica, como Uruguay, Chile, Colombia, Perú, Paraguay y Brasil, e incluso en España, donde entre los jóvenes se escuchan pibe y piba y en los últimos tiempos escrache, por ejemplo.
Lo que sí me animo a afirmar es que el lunfardo ha sido crucial para darle identidad al español rioplatense, es decir, al dialecto del español que hablamos los argentinos, principalmente los bonaerenses, los rosarinos, los porteños, pero no solo nosotros.
El vocabulario lunfardo se suma a otras características fonéticas, morfológicas y léxicas para otorgarle una identidad propio a nuestro modo de hablar, de escribir y de entender el español.
El lunfardo está repleto de curiosidades, seguramente (por ejemplo, que jermu quiere decir esposa y no mujer). ¿Nos puede contar alguna curiosidad?
OC: –Hay muchas, en verdad. En esa misma línea, si bien telo es el vesre de la palabra hotel no sirve para hablar de cualquier hotel.
Luego están las palabras cuya etimología popular está equivocada: sarparse es el vesre de pasarse (por eso debe escribirse con s inicial) y no tiene nada que ver con el verbo español zarpar; colimba de ninguna manera es el acrónimo de corre-limpia-barre, como se fraguó en los cuarteles para los conscriptos, sino que es el vesre irregular de milico; atorrante no tiene nada ver con unos supuestos caños A. Torrent o A. Torrant –cuya existencia nunca nadie pudo probar–, sino que es simplemente el participio presente del verbo español torrar o atorrar, que quiere decir ‘quedarse quieto’ y, por lo tanto, ‘dormir’.
Otra curiosidad es que cana y encanar no tienen el mismo origen: cana ‘policía’ viene del argot francés canne, con el mismo significado, pero encanar procede de incaenar, que en véneto significa ‘encadenar’ y, en consecuencia, ‘apresar’.
¿Cómo se renueva el lenguaje?
OC: –Gracias a los jóvenes. En mi opinión el 99 % de las palabras nuevas son creadas por menores de 30 años. Lo que ocurre es que no todas permanecen; muchas de ellas se usan un tiempo, o en medios muy reducidos, y no pasan al habla general.
Por supuesto que otra manera de renovar el lenguaje es a través de palabras relacionadas con adelantos científicos o con darle un nombre a cosas que antes no existían, y esas palabras no pertenecen al lunfardo.
Son vocablos que entran en el español en todos los países. Pienso en términos como googlear, likear, postear o microhondear, compartidos por hablantes del español de todo el mundo.
¿Qué es La muerte del Pibe Oscar? ¿Cómo descubrió ese material?
OC: –La muerte del Pibe Oscar es una novela, la primera novela lunfarda (por la cantidad enorme de lunfardismos que aparecen en ella), que Luis C. Villamayor comenzó a publicar por entregas en 1913 en la revista Sherlock Holmes. Pero la publicación se discontinuó y solo salieron entonces los primeros cinco capítulos.
Con el tiempo, Villamayor la publicó por sus propios medios entera en 1926, pero con tanta mala suerte que la imprenta donde estaba la tirada se incendió y sobrevivieron poquísimos ejemplares.
Yo sabía de su existencia gracias a José Gobello, que la mencionaba a menudo. Un día, hace unos años me decidí a leerla y se la pedí prestada, pero él no la encontraba en su biblioteca.
De modo que no me preocupé y fui a buscarla a la Academia Porteña del Lunfardo. Cuando nuestro bibliotecario, Marcos Blum, me dijo “nunca la tuvimos”, comprendí que la cosa no sería sencilla.

Recorrí las grandes bibliotecas de la Argentina, me comuniqué telefónicamente y por correo electrónico con bibliotecas del interior y del exterior. Y nada. No aparecía.
Fue allí cuando leyendo el prólogo a otro libro de Villamayor, El lenguaje del bajo fondo, Enrique del Valle me daba el dato del incendio.
Esa misma tarde lo llamé por teléfono a Gobello y le dije dramáticamente: “Si usted no encuentra La muerte de El Pibe Oscar, me parece que la perdimos para siempre”. A la mañana siguiente me llamó. Su hijo la había encontrado caída detrás de un estante de la biblioteca.
¿Cómo influyó la vida carcelaria y las crónicas policiales en el lunfardo de principios del siglo pasado?
OC: –Personalmente, no veo una relación tan estrecha entre la vida carcelaria y el lunfardo. La mayor parte de los presos utilizaba el lunfardo, porque era el argot de las clases populares, y no porque estuviesen presos.
La jerga carcelaria en general no es conocida ni utilizada por las personas que jamás estuvieron en la cárcel. ¿Quién sabe que al azúcar se le dice brillo? ¿A la esposa, verduga? ¿Que a la cama de arriba se la llama zorzalera?
¿Que a un rumor se le dice bemba? ¿O que carpusear es mirar insinuantemente a otra persona? Estas son voces de la jerga carcelaria, pero no son lunfardismos. La mayoría de los hablantes no utilizamos ni conocemos esas palabras.
Una rareza es la palabra gato, que dentro de la cárcel significa ‘sirviente’, ‘persona de cualidades inferiores’ y desde hace unos años se utiliza profusamente como lunfardismo también.
En cuanto a la relación entre las crónicas policiales y el lunfardo, es sumamente revelador el estudio sobre la página policial del diario Crítica, no solamente porque allí la mitad son noticias reales y la otra mitad son poemas, relatos, es decir, literatura, sino también porque el lunfardo aparece en todos los textos. Una noticia no dice, por ejemplo, “Dos ladrones le robaron diez pesos a un almacenero español”, sino “Dos lunfas le hicieron diez nales a un gaita almacenero”. Es muy curioso eso.
Usted dijo “No elegí voluntariamente el lunfardo. Creo más bien que el lunfardo me eligió a mí”. ¿Por qué sigue en la búsqueda? ¿Qué lo motiva a no dejar de investigar el lunfardo?
OC: –Mi apasionamiento por las palabras, por el lenguaje, por la literatura viene de toda la vida. Pero yo entré a la facultad con el anhelo de ser profesor de literatura argentina, y el primer día me encontré con un Maestro, el Dr. Lorenzo Mascialino, que me torció el rumbo por 25 años, en los que básicamente me consagré a enseñar lenguas clásicas y a investigar sobre literatura y filosofía griega.
Mascialino, que era un brillante profesor de griego y de latín, me enseñó el amor por las palabras y por la etimología. Y fuera del aula hablábamos muchísimo de tango y de lunfardo.
Lo que yo he tratado de hacer hasta aquí ha sido integrar el conocimiento sobre lunfardo legado por estudiosos como José Gobello, Mario Teruggi, Enrique del Valle y Luis Soler Cañas, entre muchos otros.
Todo eso que sabemos sobre el lunfardo, visto desde mi óptica, claro está, se incluye en mi libro Lunfardo (Taurus, 2011), con el que gané el primer premio especial de ensayo Eduardo Mallea que otorga el gobierno de la ciudad de Buenos Aires.
Mi primer impulso fue, cuando hice el diccionario, actualizar los diccionarios anteriores con las nuevas palabras surgidas en las últimas décadas.
Pero luego comprendí que también faltaba hacer un relevamiento de la literatura lunfardesca, de la que no hay prácticamente ediciones anotadas, con estudios preliminares útiles.
Buena parte de esa literatura está en riesgo de perderse, pues fue publicada en diarios y en revistas de fines del siglo XIX y comienzos del XX, que no se encuentran disponibles para la consulta en la mayor parte de los repositorios que cuentan con dicho material, y que tampoco son muchos. La política argentina en materia de hemerotecas y de archivos es desastrosa.
En gran medida, porque falta personal para encargarse de la limpieza, catalogación y digitalización del material. Es lastimoso que no exista en nuestro país un inventario completo de bienes culturales. Sería importante iniciar cuanto antes ese proceso, que tan cuidadosamente han realizado en Italia y en España, por ejemplo.
G. G.

sábado, 13 de agosto de 2016

LUNFARDÍAS


Acerca de la cocina de un poema
En La Filosofía de la Composición, Edgard Allan Poe nos explica cómo escribió su poema El Cuervo. La consideración inicial fue no pasarse de las cien líneas y tratar de elegir la impresión o el efecto que el poema habría de producir. 

Después de considerar que la belleza es el único dominio legítimo, su preocupación se orientó hacia la búsqueda de un tono adecuado, llegando a la conclusión de que éste era el de la tristeza y la melancolía. Luego pensó en algo que, con sentido teatral, pudiera servirle como idea fundamental en la construcción del poema.
De inmediato se dio cuenta de que lo más efectivo para tal fin era el uso continuo y monótono de un estribillo. Y el primero que se le ocurrió encerraba, además, una sentencia: ¡Nunca más! Y ese ¡Nunca más! tenía que estar en boca de una criatura no razonable, pero capaz de hablar. Pensó entonces en un loro, al que inmediatamente reemplazó por un cuervo, pájaro que siendo igualmente capaz de hablar iba más en consonancia con el tono elegido.
Ahora, en tren de explicar cómo escribí yo mi poema “…que te sacarán los ojos”, sólo diré que me propuse no pasar de los diez versos, que son estos:

“…que te sacarán los ojos”

Yo también tengo un cuervo en la sabiola
revoloteando en ella noche y día,
que cada tanto y sin pasarme bola
me dicta alguna negra poesía.

Lo crié de pichón. ¡Flor de gilastro!
Y ya ves… hoy, metido a poetastro,
le pido en verso que me deje en paz.

Y el muy turro, creyéndose Allan Poe,
abre el pico, sabiendo que me jode,
para sólo decirme: “Nunca Más”.


Acerca de la palabra bragueta


En La Ilíada, escrita hace dos mil ochocientos años, se mencionan con gran precisión heridas producidas por flechas, espadas, lanzas y piedras. Homero supo reflejar las ideas médicas de los antiguos griegos, demostrando al mismo tiempo conocer las características de este tipo de lesiones.



Carlos de la Púa, que parece no haber quedado corto en esta especialidad, nos dice en “El feite”:

Recuerdo de un amuro ranfañoso,
luce tajo de guapo, marca rea,
un feite en refasí, meticuloso,
que un cacho de nariz le escolasea.

Y ya que hablamos de feite, recordemos al “terror del hampa”, a uno de los principales protagonistas del crimen organizado, a alguien que, luciendo una cara tajeada, en la ciudad de Chicago en tiempos de la Ley Seca, mojó en sangre a más de cuatro. Me refiero a Scarface o Caracortada. Al que Paul Muni y Al Pacino le dieron rostro en el cine.


Pero los tiempos cambian y ciertas palabras, en ciertos ámbitos, cuando no en todos, se renuevan. Hoy feite, en el vocabulario carcelario o tumbero, se le llama al filo. Un cuchillo o cualquier metal con filo es un feite.
Y a un feite en la cara se le dice bragueta, palabra a la que ahora los internos le dan el significado de cicatriz en el rostro, de cara cortada.
Le quedó una “re–bragueta”, se dice.

Acerca de los bifes
La deformación que les damos a algunas de las palabras inglesas que terminamos adoptando, responden, por lo general, a la necesidad de arrimarlas fonéticamente a los sonidos que nos son familiares. Al cantito nuestro de cada día. Así, high life pasó a ser jailaife; cowboy combói; jumper devino en chomba y sandwich en sánguche. La palabra que nos ocupa, beefsteak, castellanizada como bistek, entre nosotros se reduce a bife, el que puede ser de costilla, angosto o ancho; de chorizo; a caballo, si es que viene con dos huevos fritos; a medio caballo si viene con uno, o, simplemente, a la plancha.


El bife, el que sí está bien cocido y además hay ragú, pasará automáticamente a ser un bifacho. El que va más allá de los platos y origina el ir o el irse a los bifes, con el significado de lanzarse precipitadamente sobre una ocasión favorable, de apresurar una gestión.

 El que también equivale a cachetada, sopapo, golpe dado en la cara con la mano abierta. Y eso, tal vez, por cruce con la palabra bofetada o por la marca roja -comparable al color de la carne cruda- que se deja en el rostro.
Y aquí, vienen a cuento, una vez más, aquellos versos de Celedonio Flores que dicen:

 Los bifes, los vecinos me decían,
parecían aplausos, parecían,

de una noche de gala en el Colón
LUIS ALPOSTA