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miércoles, 29 de abril de 2020

NOTICIAS FALSAS


Coronavirus: el megáfono siempre suena más fuerte en manos de los líderes
Hasta ahora les hemos endosado las noticias falsas sobre Covid-19 a las redes sociales -¿cuándo no?- y a una cantidad de personas más o menos anónimas, en ocasiones deliberadamente anónimas, que, por una larga lista de motivos (desde una sociopatía flagrante hasta la más cándida de las ingenuidades), han estado produciendo y repitiendo ridiculeces a los cuatro vientos. Los cuatro vientos serían Facebook, Instagram, Twitter y WhatsApp. Para empezar.
No le han hecho bien a nadie y posiblemente han causado bastante daño, pero, con todo, en nuestro diagnóstico nos ha venido faltando algo. Los ingenuos y los trolls, los canallas de la pantalla táctil y los conspiranoicos de la línea de tiempo no son los únicos que han instalado ideas peligrosas.
Tech Tent: Social media fights a fresh flood of fake news - BBC News
Empecemos por Inglaterra. Fue el primer caso en el que una nación sostenía que lo mejor era que la vida siguiera como siempre y que se contagiara todo el mundo, para acorralar, digamos, el incendio y, de este modo, extinguirlo. El jefe médico del gobierno inglés -y Johnson dio todo su apoyo a este concepto- se mostró además preocupado por la "fatiga en la conducta" de los ciudadanos, si se aplicaban tempranamente medidas más estrictas (como el aislamiento social severo). Si los oyera Winston...
Del hecho de que no se sabe si Covid-19 otorga inmunidad y del tendal de personas que iba a dejar este distópico experimento no se habló ni media palabra. De paso, por entonces no se tomaba en cuenta los asintomáticos, algo sobre lo que escribí hace casi dos semanas y, por supuesto, me llamaron alarmista. Respecto de las personas con mayor riesgo de fallecer por este coronavirus, es cierto que son los mayores y los que sufren ciertas patologías adicionales. Pero siguen siendo seres humanos; noté, y tal vez fue solo una impresión mía, un cierto tufillo a discriminación cuando se mencionaba a los pacientes de riesgo. Las estadísticas pueden confundirnos, en ese sentido.
Últimas noticias sobre Fake news | Cadena SER
Tal simplificación darwiniana (se llama "inmunidad de la manada") no era en rigor el plan del gobierno inglés, que en los papeles resultaba más razonable, aunque excesivamente tibio. Pero la comunicación resultó muy confusa y la idea de que Covid-19 no era tan grave se instaló al principio de la pandemia; cuando todavía no era pandemia. Ahora Inglaterra ya tiene más de 13.700 muertos (casi la misma cantidad que los civiles muertos durante la Batalla de Inglaterra), y su primer ministro, abogado último de la visión del "no pasa nada", debió ser hospitalizado. Con Covid-19. Eso fue después de invertir por completo la estrategia de defensa, pero para entonces ya era tarde.
Antes de eso, había calificado a Covid-19 como de "riesgo moderado" y se había mostrado dándole la mano a personal de hospitales donde había pacientes con este coronavirus. En un tweet de febrero, poco antes de dar marcha atrás y empezar a recomendar con sonora insistencia el aislamiento social, dijo que la principal manera de evitar el contagio era lavarse las manos .
Desinformación y 'fake news' durante el COVID-19 | Compromiso ...
Estados Unidos, con el liderazgo lenguaraz y, de nuevo, reduccionista, de Donald Trump, que calificó a Covid-19 como una gripe irrelevante, hoy está al frente en todas las horribles estadísticas de la enfermedad, con más de 600.000 infectados y más de 35.500 muertos. Todas estas cifras son del viernes 17 de abril de 2020, anoto para la posteridad. Pasado mañana estarán obsoletas, y ni hablar el próximo año.
Dicho un poco más claro: los líderes de dos de las naciones más poderosas de la Tierra fueron muy claros en las redes sociales sobre su posición respecto de lo que por entonces era un brote en un país lejano (anoten, ya no existen países lejanos), que luego se tornó epidémico y que al final estalló en una pandemia de la que se conocen pocos antecedentes.
Ninguno de estos dos líderes ventiló sus opiniones en la intimidad de su gabinete, ni lo conversó primero a puertas cerradas con un equipo variado de científicos y médicos, ni les prestó oídos a los que conocen las insondables complejidades de cualquier virus y, al parecer, de este en particular (a propósito, no se pierdan esta nota excepcional sobre el genoma de este coronavirus en The New York Times ). No, señor. Luego de esparcir calumnias contra la libertad de expresión, como si todos los seres humanos fuéramos trolls o repetidores seriales de tonterías, recurrieron a las redes sociales para implantar una idea errada y, lo que es más grave, para traer tranquilidad.
Noticias falsas: noticias perversas | Unión Romaní
En mi opinión, está muy bueno que un líder traiga tranquilidad. Al menos, en dos escenarios. Cuando la tranquilidad está justificada y cuando la intranquilidad podría causar más daño que la crisis. Si estás en el Titanic, acabás de chocar contra un iceberg y es el 14 de abril de 1912, bueno, señores líderes, decir que es una "gripecita" no parece ser la mejor idea del mundo. ¿Por qué? Porque durante días preciosos los ciudadanos de Estados Unidos creyeron en que el Titanic no se iba a hundir y los ingleses que alcanzaba con lavarse bien las manos. En cambio, si se incendia un cine, lo mejor es tratar de calmar los ánimos y salir ordenadamente. Cosa que, como sabemos, no va a ocurrir.
Así que, en el primer ejemplo, traer tranquilidad es muy peligroso. En el segundo (el incendio), es inútil. De modo que en ningún escenario podría haber salido algo bueno de minimizar el brote de Wuhan. Pero el que lo hayan hecho por las redes sociales le da una vuelta de tuerca adicional. ¿Qué piensa un número importante de personas -no creo que la mayoría- de lo que lee en las redes sociales? Que es cierto. De otro modo, no lo replicarían sin reflexionar.
Ahora, si lo dice el presidente de un país como Estados Unidos o el primer ministro de Inglaterra, bueno, es absolutamente obvio que no solo es verdad, sino que el servidor público lo ha verificado con las mejores mentes que se pueden pagar.
How The Right Co-Opted 'Fake News'
Ojalá. En la práctica, y como nos tienen acostumbrados, fueron opiniones desde las entrañas. Les pareció. Tuvieron la impresión. Oyeron al asesor que más les gustaba. Y después propalaron su opinión -no verificada, no consensuada con un equipo grande y variado de expertos (es un virus, no una pizza)- por las redes sociales. Eso solo alcanza en el mundo en el que estamos viviendo para legitimar tal opinión, convertirla en verdad revelada e, incluso, politizarla y transformar al que advierte sobre este coronavirus en enemigo del Estado. Como pasó en China.
A partir de entonces, y gracias, entre otros factores, al megáfono de Internet, fue todo barranca abajo. El virus, que tiene como principal arma el ser extremadamente contagioso, empezó a circular localmente, se escapó de las manos y se transformó en un desastre nacional. Casi con entera certeza le costará las elecciones a Trump.
Fake news y el nuevo fascismo: todo es verdad - Diario16
Así que habría que preocuparse menos respecto de lo que los particulares opinamos en las redes sociales, donde nos asiste el derecho a la libertad de expresión, y habría que bajarse de los patrullajes virtuales. En lugar de eso, sería mejor sentarse con los líderes de las naciones para hacerles entender que las redes sociales son mucho más peligrosas en sus manos que en las de todos los trolls del mundo. El poder otorga una inmensa responsabilidad. Responsabilidad significa (traduzco, para que no quede ni la más mínima duda) que tienen que medir cada palabra, cada verbo, cada sustantivo, cada adjetivo que profieren en las redes. Porque si muchas personas le creen a un anónimo que dice que el coronavirus se previene tomando vodka o té con leche, ¿cuánto más le creerán a un sujeto que preside la nación más poderosa del mundo? (A propósito, y porque los presidentes y primeros ministros no son los únicos líderes que no comprenden el peso de sus dichos en las redes sociales, lo del vodka no es una exageración. La Federación Española de Enología publicó el 23 marzo un ambiguo comunicado , luego viralizado ad nauseam como video, donde no se llegaba a entender si querían decir que el coronavirus (técnicamente se llama Sars-CoV-2) no sobrevive en una copa de vino, si beber vino con moderación previene la infección o ambas cosas a la vez; luego tuvieron que dar marcha atrás , porque les llovieron las críticas, lógicamente.)
Coronavirus: las fake news y los mitos sobre la pandemia | El Cronista
Hay un asunto más, sobre el que me gustaría poner la lente. Al parecer, hay una relación directa y estrecha entre la supresión de las libertades civiles (o la simple aversión a tales libertades, algo demasiado normal estos días) y el mal uso de las redes sociales y de la comunicación en general. De alguna forma, el que gobierna con mano dura, el que se cree portador de la verdad revelada, el que se percibe como infalible e inmune a todo, el que funciona como el engranaje más grande (pero engranaje al fin) de un mecanismo que supone que solo somos engranajes, todos ellos están también haciendo un mal uso de las redes sociales. No las llamamos fake news, tal vez por pudor. O tal vez porque terminan siendo mucho más dañinas que las fake news.

A. T.

lunes, 14 de octubre de 2019

NOTICIAS FALSAS


El escepticismo es una epidemia que se agrava con las fake news

Adriana Amado
La desconfianza generalizada y el cinismo disfrazado de pensamiento crítico, que invita a no creer nada, dañan más a la democracia que la desinformación
Tanto agitar los fantasmas de las noticias falsas en tiempos electorales y al final resultó que, tras las PASO, la conmoción la trajo la noticia cierta de unos resultados que no pueden asociarse a ninguna campaña. Ni de propaganda ni de desinformación, como confirma el modesto alcance de las noticias verificadas. El diagnóstico de las fake news pone el remedio en el síntoma, no en la enfermedad.
La obsesión por bajar la fiebre de noticias falsas resulta en sobredosis de paliativos que, sin erradicar el mal de la desinformación, agravan una enfermedad más peligrosa: el escepticismo generalizado. Se trata de una epidemia devastadora para los medios y el sistema político, principales implicados en la acusación de que todos mienten y los primeros que las sociedades escépticas ponen en cuarentena. La desinformación es un problema, pero el escepticismo es el mal de época.
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Las noticias son producto de una industria que procesa una materia prima que muchos proveedores ofrecen oficiosamente, aunque con calidad dispar. Transformar esa información en noticias confiables requiere de un sistema de producción de alta complejidad y mantenimiento. Los medios que cuentan con controles de calidad antes de la publicación conviven con oportunistas que aprovechan el contexto digital para publicar sin garantías de verificación previa. Son los principales beneficiados con la confusión entre noticias genuinas y versiones adulteradas, entre medios serios y operadores disimulados.
Como remedio aparecieron verificadores externos que aleatoriamente toman una muestra del aluvión de noticias bajo sospecha y ofrecen una versión mejorada, con la esperanza de que el ejemplo corrija a los adulteradores y advierta del error a los incautos. El problema es que las personas que acceden a la noticia verificada suelen ser menos, y distintas, que las que consumieron el producto en mal estado. Con el daño colateral de que las alertas repetidas de noticias contaminadas terminan confirmando a los escépticos que es mejor seguir refugiados en sus propias certezas.
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El sistema informativo se encierra así en una paradoja. En nombre de la confiabilidad de las noticias, no cesa de ratificarle a la sociedad que la desinformación está al acecho en cualquier pantalla. Medios y periodistas se pasan hablando de noticias falsas, de fuentes que mienten, de datos espurios, de instituciones poco confiables. Al final, terminan coincidiendo con los políticos en que es mejor no creer en nada, advertencia que algunos académicos ratifican, confundiendo irresponsablemente cinismo con pensamiento crítico. Así y todo, esperan que la ciudadanía vaya y consuma noticias, dando por sentado que va a distinguir a las puras de las espurias. La paradoja es que cuando los informados hablan de la imposibilidad de las certezas confirman a los desinformados su decisión de prescindir de las noticias. Así se cierra la espiral de desconfianza que enrosca a la sociedad, asfixia a los medios y va mellando la democracia.
El lado bueno del escepticismo generalizado es que no hay riesgos de manipulación por las noticias en una sociedad que no las lee. Las noticias falsas no representan más que una ínfima parte de la dieta informativa (que de por sí es magra), como demostraron varios estudios, entre ellos, el de Brendan Nyhan, para EE.UU., y el del Reuters Oxford Institute, para Europa. No importaría que las falacias circulen más rápidamente que las certezas, que los tuits repliquen más el bulo que la desmentida, cuando una gran mayoría pasa de todo. Pero el desinterés sí importa para la democracia, que necesita más información de calidad que desmentidas.
Los diagnósticos confirman una mitad de la sociedad descreída de los medios, según el Edelman Trust Report, y de cuatro de cada cinco latinoamericanos atacados de desconfianza, según el Latinobarómetro. No es casual que en tiempos de posverdad resurgieran los extremismos, populismos y demás fanatismos. Cuando no se puede confiar, muchos se conforman apenas con creer.
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En un artículo en The New York Times, Yuval Noah Harari argumentó que, si la verdad es la potestad de dar la explicación del mundo en la que hay que creer, poderoso es el que tiene la capacidad de manipular las realidades objetivas y hacer creer a muchas personas explicaciones sobre Dios, la economía o la raza. Cuanto más difícil sea creer en una falacia, cuantas más las evidencias fácticas la desmientan, más funcional será para demostrar las lealtades militantes. Dice Harari que "los líderes astutos algunas veces dicen insensateces a fin de identificar los devotos confiables de los seguidores condicionales". Pero la información no puede ser un asunto de verdad o mentira decidida por una autoridad, política o moral, con poder para dar la explicación aceptada del mundo.
No es extraño que las noticias falsas circulen principalmente en los grupos fanatizados, que encontraron en la lealtad al relato una nueva forma de militancia política y periodística. La trampa es que cuando se magnifican esos fenómenos de las minorías intensas se los saca de las burbujas de fanatismo para ponerlos a la vista de todos. Es ahí cuando medios, periodistas y verificadores terminan prestando un servicio inestimable a difundir versiones del mundo que de otra manera quedarían encerradas en los guetos de fanáticos. Este es el dilema ético de la verificación ex post.
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El otro dilema es qué hacer con esa información que están produciendo y distribuyendo instituciones, organizaciones, la ciudadanía toda. Ninguna ley puede menoscabar ese derecho humano consagrado a mediados del siglo pasado y perfeccionado con las tecnologías, que permiten sumar voces a la conversación pública. Pero lo que hoy perciben como una competencia amenazante puede transformarse en cooperación que alivie parte de los problemas que enfrentan medios y periodistas. Las voces públicas detectan rápidamente las falacias de la información que las involucra y su competencia en el asunto puede apuntalar la información y acortar los ciclos de la desinformación. Fortalecer los canales de escucha ayudará también a constatar que la sociedad cree bastante poco las patrañas a juzgar por la rapidez con que las transforma en mofa y meme.
Una conversación abierta y transparente es la base de una ética colaborativa para la información. Para los medios, la verificación cruzada de la ciudadanía atenta es más expedita que los antiguos comités de disciplina. Para la sociedad, fortalecer el diálogo con los periodistas puede ser una vía para reconstruir la confianza entre la información y sus destinatarios. El valor social percibido de la información colectiva es más fuerte que la lealtad a la verdad de una parte.
La información es un insumo vital para el funcionamiento social. Como pasa con los recursos naturales, a la conciencia de los daños derivados de su manejo negligente hay que sumar el compromiso de todos para su recuperación. Un trabajo colaborativo entre fuentes responsables, periodistas conscientes, ciudadanos atentos y verificadores integrados a los nuevos flujos informativos puede recuperar la integridad de la información a partir de una nueva ética de la conversación responsable.

Doctora en Ciencias Sociales, investigadora de medios y periodismo

lunes, 8 de mayo de 2017

TECNOLOGÍA; NOTICIAS FALSAS

Las redes sociales pueden emplearse para difundir toda clase de mentiras. Con la misma ciega pertinacia con que resuelven una celda de Excel, las máquinas y los bots se dedicarán a replicar un embuste hasta que una porción significativa de la sociedad empiece a darle crédito.
Lamentablemente para Facebook, Google y otras compañías que rigen los destinos de Internet, las máquinas se van a ver en figurillas para diferenciar las noticias falsas de las verdaderas. Es interesante. Pueden replicar los engaños sin cansarse, pero son incapaces de detectar una campaña sucia. O que una campaña que parece sucia no lo es. (¿No es campaña o no es sucia?)
Por supuesto, Watson, la super computadora diseñada por IBM para participar en el juego de preguntas y respuestas Jeopardy, sabrá si una afirmación geográfica, química, matemática, física, biológica, botánica o astronómica es acertada o no. Pero pongámosla frente a un dilema ético. A una polémica histórica. Entonces no sabrá qué hacer.
El problema de las noticias falsas es que no distorsionan verdades enciclopédicas. Manchan o ensalzan la imagen de un candidato (o de un individuo) con dichos que la pobre máquina, simplemente, no puede ir a verificar. Tendría que llamarlo por teléfono y preguntarle; y luego tratar de determinar si la respuesta que recibió es verdadera.
No sería imposible incorporar a una supercomputadora todos los signos físicos y lingüísticos que delatan al mentiroso. Pero saber que te mienten no prueba nada. Supongamos que la supuesta víctima miente al decir que lo que se dice en las redes sociales es falso. ¿Acaso eso significa que realmente hizo lo que dice la campaña sucia? No, ni cerca.
Bienvenidos al mundo de los periodistas, los detectives y los fiscales. Incluso los médicos, cuando diagnostican, se enfrentan a encrucijadas de esta naturaleza.
Luego de más de una década de repetir esa sonsera monumental de que el periodismo ha muerto -desatino que empieza por confundir canal con contenido-, los colosos de Internet quizá empiecen a darse cuenta de que hay dilemas que la fuerza bruta de los cerebros electrónicos y la astucia de los sistemas expertos no puede resolver. Porque el problema con el que se enfrentan de ninguna manera es la mentira. El problema es la verdad.
La posta y la pos-verdad
Observemos la mentira un poco más de cerca. A ningún ideólogo se le ocurriría inventar el término "pos-mentira". Porque después de la mentira no podría haber nada más. La mentira sirve a un fin, y lo hace hasta que alguien descubre que se trata de un engaño. La verdad no sirve a ningún fin, ése es el primero y más característico de sus rasgos. Por eso tampoco tiene sentido llamar "relato" a la enumeración de verdades comprobables. Eso se llama realidad, y ya.
La verdad, que no busca ningún fin, posee sin embargo una función social clave; relacional, si se quiere. Si alguien miente su edad es para que los otros no sepan que ya traspasó, digamos, los 50. En cambio, si dice su edad verdadera, no gana nada; pero gracias a esta revelación comprobable, lo siguiente que diga será también tomado por cierto. La función de la verdad tiene nombres diversos, como "confianza" y "credibilidad". De forma menos abstracta, significa que es imposible organizar nada (una pareja, una empresa, una sociedad, una civilización) sobre la base de la mentira.
Soy consciente, desde luego, de que el exaltado discutirá todo con tal de justificar su mentira, su relato. Incluso descartará el concepto galileano de la comprobación experimental e inventará este desvarío delirante de la pos-verdad. Esa es la razón por la que evito polemizar con fanáticos. Parafraseando a José Ingenieros, sus prejuicios son como los clavos, cuanto más se los golpea, más se adentran.
En un panorama de muy largo aliento, por otro lado, la verdad es también un acuerdo entre partes. El tiempo fue una dimensión absoluta hasta que don Albert demostró que no era exactamente así. Quizás dentro de 300 años veamos la Teoría de la Relatividad como una explicación ingenua o, por lo menos, incompleta del universo. Pero eso no tiene nada que ver con mentir la edad. O con lanzar el rumor de que el gobierno va a subir el IVA al 25 por ciento.
Paradojas
Más inconvenientes con la verdad. Es cierto, toda mentira sirve a un fin. Pero eso no significa que la verdad sea inútil. Puedo demostrar mi verdadera edad para refutar a los que me atribuyen más años, por ejemplo.
Otro conflicto para la máquina: la mentira intenta parecerse a la verdad tanto como sea posible. Tal empeño pone la mentira en disfrazarse de verdad que en ocasiones hace falta un polígrafo. No siempre son infalibles. Viceversa, hay verdades tan increíbles que pueden parecer mentiras. Lo sufrió don Albert, ya que estamos.
Para los filósofos la verdad ha sido un tema de estudio durante milenios. Pero para periodistas, detectives, fiscales y médicos es el asunto central de su labor cotidiana. No hay demasiado tiempo para filosofar a la hora de cierre o si el paciente empeora. La pregunta acuciante es: ¿qué diferencia la mentira de la verdad? Que la verdad puede probarse, mientras que la mentira no. He ahí el dilema de poner a una computadora a tratar de verificar si una noticia es falsa. Equivale a poner el caballo delante del carro, porque sólo puede probarse lo que es cierto. Si no hay pruebas, es posible que sea mentira, pero no podemos afirmarlo.
Nuestro trabajo, ese que con tanta ligereza los idólatras de la tecnología han relativizado, no consiste en verificar mentiras, sino en verificar verdades. La razón es cristalina: una mentira no puede verificarse. En el mejor de los casos, y eso ocurre a menudo (pero no siempre, así que no puede postularse una ley universal), verificamos una verdad que refuta alguna mentira. Por ejemplo, el acta de nacimiento del sujeto, que certifica que tiene más de 50 años. Una escritura. Un contrato. Una factura trucha. El Boletín Oficial.
Detectar noticias falsas, como pretenden Google y Facebook (más sobre esto enseguida), es buscar pruebas que no existen. Está muy bien, hagámoslo, ¿pero durante cuánto tiempo pondremos a la máquina a buscar esas pruebas? ¿Quince minutos de una supercomputadora (son cientos de miles de años de trabajo humano)? ¿Una hora? Da lo mismo, porque todo lo que la máquina podría concluir es que no ha encontrado pruebas de que esa noticia es verdadera, pero eso tampoco significa que sea falsa.
Bullshimeter
Nos ocurre todo el tiempo en una Redacción. Nos llega un rumor. Pongamos, que el papa Francisco respaldó a Donald Trump. ¿Qué es lo primero que hacemos, en ese caso? ¿Llamamos a nuestro corresponsal en el Vaticano? Bueno, sí, posiblemente, porque es de rigor. Pero mucho antes de eso se activa nuestro instinto o, como lo suelo llamarlo puertas adentro, el bullshimeter. Mucho antes de llamar al corresponsal se pone en marcha una destreza que hemos cultivado durante décadas, el escepticismo sistemático.

Este escepticismo sistemático va en contra de la forma en que funciona la consciencia. Puesto que sería imposible probar que todo a nuestro alrededor no es falso, la mente humana acepta lo que oye y lo que ve como algo cierto. De forma predeterminada, cree. Lo opuesto sería inviable. Es fácil imaginarlo. Conocés a una chica en una fiesta y le preguntás su nombre.
-Josefina -te responde. Y vos, entrecerrando los ojos con suspicacia, replicás:
-Probalo.
No podemos funcionar dudando de todo todo el tiempo. Por lo tanto, creemos. Que es exactamente lo que no debe hacer un periodista o un detective. Lleva muchos años habituarse a que la primera reacción frente a una noticia, un rumor, un dato sea: "¿Será cierto?" No sólo porque somos humanos, sino porque si el titular es muy atractivo queremos que sea verdad. Nuestros primeros errores en el oficio suelen tener que ver con que todavía no hemos desarrollado este olfato para los embustes. Nos los llamamos así, pero bueno
¿Puede programarse este instinto? Uno querría pensar que no, que es uno de esos rasgos humanos que las máquinas nunca podrán emular. Pero es más complicado, en mi opinión. Ese olfato se podría simular, tal vez mediante técnicas de aprendizaje automático profundo. La inteligencia artificial podría darse cuenta de que Larry Page no va a poder convencer a los accionistas de Google de invertir la descomunal cantidad de dinero que se necesitaría para colonizar Marte y que las ideas del papa Francisco no están precisamente alineadas con las de Trump. Pero la cuestión no es esa.
La duda sistemática funciona razonablemente bien en las mentes humanas, que están diseñadas para creer. ¿Pero podemos construir una mente sintética que, de forma predeterminada, confíe, pero que ante ciertos estímulos dude? ¿Cómo definiríamos esos estímulos? ¿Cuáles serían los disparadores? ¿O deberíamos mejor diseñarla para que no crea en nada? En tal caso, ¿cómo reaccionaría ante los axiomas?
Un paréntesis: que la máquina no crea en nada plantea otro problema sin solución. Comprobarlo todo requeriría un consumo de energía prácticamente infinito. Así, a la larga, uno vuelve a un viejo postulado: la verdad es siempre más económica.
Verdad, verosimilitud e ideología
¿Cómo le explicamos la verosimilitud a una computadora? Hay verdades inverosímiles y mentiras de lo más aceptables, que es una de las bases para fabricar esos rumores que se viralizan explosivamente. Incluso el discurso cotidiano es fecundo en disparates. Por ejemplo, decimos que el sol se pone. La verdad es que la que se mueve es la Tierra. Pero tu novio te miraría bastante raro si frente a un hermoso crepúsculo observaras: "Increíble este fenómeno de rotación terrestre". Muy Amy Farrah Fowler.

Y algo más, para nada menor: por obvias razones, las noticias falsas están impregnadas de ideología. ¿Cómo le hacemos entender esto a una máquina? ¿Le hacemos leer a Kant, a Hegel, a Foucault o a Baudrillard? Con Baudrillard por ahí la inteligencia artificial se va a poner un toque nerviosa, ¿no? O quizá considere su filosofía una verdad revelada. ¿Verdad revelada dije? Chan.
Estas pocas líneas, como pueden imaginarse, apenas rozan la superficie del antiguo y enredado problema de la verdad. Quizá por eso Facebook, astutamente, ha optado por educar a sus miembros en la sutil destreza de detectar noticias falsas. Una suerte de curso acelerado de periodismo.
En todo caso, el abanico social de Internet en su conjunto tiene un bonito problema con las noticias falsas. La intención es, como siempre, usar inteligencia artificial para detectarlas. Con entera sinceridad, les deseo suerte.
A. T.