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lunes, 12 de agosto de 2024

SILENCIO TOTAL, OLIVOSGATE


El hermetismo en Madrid y la asesora estratégica que la acompaña
Fabiola no quiere que se conozcan sus movimientos, está sin trabajo y aguarda la difusión de un documental sobre sus días cerca del poder
Iván Ruiz
MADRID.– Una vez que pase este escándalo, Fabiola Yañez quiere caminar tranquila por esta ciudad. No quiere escuchar insultos ni reproches, como le pasaba las pocas veces que salía a la calle en Buenos Aires. Los reproches públicos se acentuaron después de haber festejado su cumpleaños en la quinta de Olivos mientras afuera regía una dura cuarentena por el Covid. “Quiere vivir en paz, en todo sentido”, dijo una fuente de su entorno a la nacion.
Aunque el torbellino mediático desatado después de que se hiciera público que habría sido víctima de violencia de género tuvo poco eco entre los españoles, el acento argentino se escucha en cada esquina de Madrid.
Todavía no es un buen momento para que Yañez salga a caminar por el barrio de Salamanca. Quizás por eso la ex primera dama haya decidido evitar para sus entrevistas a los medios españoles, el lugar donde piensa construir su futuro.
El hermetismo de su entorno es el resultado de sus días más tensos en esta ciudad. Su domicilio es apenas conocido por un puñado de personas. Sus allegados, la gente que la acompaña a diario, se cuentan con los dedos de una mano.
Además de su madre, que la ayuda en el cuidado cotidiano de su hijo Francisco, siempre aparece al lado suyo una amiga con experiencia en medios de comunicación, aunque también la asesoraría en otros aspectos estratégicos. Ella está atenta a cada uno de los movimiento de Yañez por estas horas, según pudo reconstruir la nacion.
El Ministerio de Seguridad reforzó su custodia con más agentes de la Policía Federal para que la cuiden tras la denuncia contra Alberto Fernández por violencia de género física y virtual. Al menos dos policías llegaron el sábado a esta ciudad para ponerse a su disposición.
Ella misma había pedido a la Justicia un cambio en su custodia porque –dijo– tenía poca confianza en el agente que había sido designado durante la época en que ella todavía estaba en pareja con Fernández. Los policías ya están en Madrid, pero ella no está tranquila, insisten las fuentes. “Cuantas más personas sepan de sus movimientos, menos segura se siente”, remarcaron.
“Vivir en paz”, como dicen desde su entorno, significa también una reinserción laboral y, sobre todo, un bienestar económico estable.
Alberto Fernández y Yañez se instalaron a fines de 2023 en un departamento cerca de la sede general del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), en el barrio de Argüelles. Pero tras el regreso de Fernández a Buenos Aires Yañez habría dejado esa vivienda para mudarse a otro departamento en el barrio de Salamanca junto a su hijo.
Yañez se había mudado a España incluso antes que Fernández. Dijo que venía a Madrid con propuestas laborales, y hasta se especuló que podía volver a alguna actividad relacionada con el periodismo, pero nunca consiguió trabajo. Fernández, por su parte, dijo que sería profesor universitario.
Pronto empezaron los cuestionamientos sobre el nivel de vida del matrimonio. Como cuando decidieron pasar la cena de Año Nuevo en el restaurante Dani, en el Hotel Four Seasons, cuyo menú tenía un costo inicial de 600 euros por persona.
“Comé las uvas”, le dijo Fernández, la típica costumbre española para recibir el nuevo año, en un video que publicó la nacion. El video se hizo viral en minutos y puso los primeros interrogantes sobre cómo financiaba el expresidente su nivel de vida.
Pero la historia dio un vuelco en los últimos meses. Aunque se separó de Fernández, en su entorno aseguran que ella no tiene problemas económicos. Sin embargo, otras fuentes aseguran que el detonante del problema ha sido precisamente el económico. Ella hizo mención ayer al tema al hablar por primera vez en público y dijo que lleva una vida austera. No está claro con qué ingresos sustenta su nivel de vida en el barrio más caro de la ciudad.
Tras la separación, Fabiola comenzó la filmación de un documental autobiográfico enfocado en sus cuatro años como primera dama, una publicación que le permitiría, además, obtener jugosos beneficios económicos.
Aunque ese testimonio nunca tuvo difusión, la filtración de los chats de la secretaria privada de Fernández expuso el lado más oscuro de su historia.

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Yañez chateó sobre los golpes cuando estalló el Olivosgate
Entre el 12 y el 13 de agosto de 2021 el escándalo dominó la agenda y puso contra las cuerdas a Fernández
Federico G. del SolarLa revelación de esta foto coincide con las denuncias de violencia
Dos hechos se superponen sugestiva y temporalmente: las fotos que le dieron estado público al escándalo del “Olivosgate” y los golpes por los que ahora Fabiola Yañez acusa a Alberto Fernández en la Justicia.
En los mensajes, incorporados como prueba en la causa, la ex primera dama no señala una relación causaefecto entre los hechos, pero el marco temporal, reducido solo a 48 horas, ofrece algo más que un indicio respecto de las presuntas agresiones. Todo fue a mediados de agosto de 2021.
Junto a las imágenes que muestran a Yañez con un moretón cerca de la axila y otro en el ojo derecho, se anexaron una serie de mensajes. Uno de ellos lleva por fecha el 13 de agosto de 2021, apenas un día después de que la periodista Guadalupe Vázquez diera a conocer en LN+ la foto que destapó el escándalo y puso contra las cuerdas a Fernández.
“Esto es cuando me zamarreaste” y “Esto es cuando me pegaste sin querer”, le dice la ex primera dama a Fernández en los mensajes correspondientes a aquel día, según se visualiza en la captura de pantalla. En la parte inferior, recortado por la foto y con una clara referencia temporal, aparece otro mensaje: “Entre ayer y hoy me golpeaste”. Es decir, entre el 12 y el 13 de agosto.
¿Qué ocurría por aquellos días en 2021? Tras la difusión primero de un listado y luego de unas fotos, el Olivosgate se enraizaba en la agenda pública y comenzaba a torcer de manera inexorable el rumbo de la gestión de Fernández.
El tamborileo en torno al cumpleaños celebrado en julio de 2020 comenzó un año después, a fines de julio de 2021, cuando se difundió la lista que daba cuenta de los ingresos a la quinta presidencial de quienes celebraron con Yañez su cumpleaños número 39. Regía por aquel entonces una estricta cuarentena por la pandemia del Covid.
Poco más de una semana después de esa filtración surgió la primera de las fotos que amplificaron la controversia. Para el 12 de agosto de 2021 –un día antes de que Yañez le enviara el mensaje a Fernández, con el que ahora lo acusa– circulaba en redes la imagen que marcó un punto de inflexión en la relación del entonces presidente con la opinión pública: un grupo de cinco personas, entre ellas Pacchi, se ubicaba entre Fernández, al fondo de la foto, y el primer plano de Yañez. Todo en abierta violación de las medidas impuestas por el propio expresidente.
Sin embargo, fue la foto que dio a conocer la periodista Vázquez en LN+ la que terminó por darle cuerpo definitivo al escándalo. La imagen, ampliada, mostraba a todos los participantes del festejo de Yañez, el 14 julio de 2020. Un total de 11 personas, sin barbijos ni distancia social, en una reunión que, por sí sola, se apartaba de lo permitido.
Fueron horas de desconcierto para el oficialismo. “Alberto está muy caliente con el asunto. Están viendo si es trucha”, señalaron por aquel tiempo a desde la nacion su entorno.
Un mes después, se celebrarían las primarias de las elecciones legislativas en las que el Frente de Todos quedó a casi 10 puntos de distancia de Juntos por el Cambio. A los pocos días llegó la carta de la entonces vicepresidenta Cristina Kirchner con la que dinamitó internamente al gobierno de Fernández. A la par, los funcionarios camporistas pusieron a disposición de Fernández sus renuncias.
Sepultados los intentos del gobierno por degradar la trascendencia del cumpleaños, Fernández se refirió al hecho en un acto en Olavarría. “El 14 de julio [de 2020], día del cumpleaños de mi querida Fabiola, ella convocó a una reunión, un brindis con amigos que no debió haberse hecho”. Fue el fatídico viernes 13, hoy revisitado por los chats que aluden a los graves hechos de violencia.
Redes sociales
En los cuatro años de Gobierno de Fernández, Yañez mostró una sostenida actividad en su cuenta de Instagram: de manera más o menos uniforme, repartió un total de 435 publicaciones a lo largo de 45 meses. Sin embargo, la costumbre de la ex primera dama de exhibir sus actividades sufrió algunas interrupciones llamativas.
Uno de estos apagones se dio, justamente, en agosto de 2021. La ex primera dama casi no realizó publicaciones; apenas dos, muy por debajo de la media en su recorrido como primera dama (casi 10 publicaciones mensuales).
Algo similar ocurrió en abril del mismo año, cuando Fernández contrajo Covid: Fabiola no publicó imágenes, solo un texto dando a conocer la noticia, ensimismada con el cumpleaños de su expareja. Por 40 días, no hay rastros de Yañez en su cuenta de Instagram. Lo mismo sucede entre el 31 de diciembre de 2021 hasta mediados de febrero de 2022.
El apagón, definitivo, se dio en noviembre de 2023 con una foto del día de las elecciones que llevaron al entonces ministro de Economía Sergio Massa (Unión por la Patria) a disputarse la presidencia con Javier Milei en el balotaje. Yañez luce un vestido blanco y una sonrisa debajo de unos anteojos negros. No subiría más fotos, y un mes después se echarían a correr las versiones de su separación.


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miércoles, 1 de junio de 2022

OLIVOSGATE


La vergüenza y la culpa

Diana Sperling

¿ Qué hace que ciertos episodios retornen, una y otra vez, a la consideración pública? ¿A qué se debe su persistencia, más allá del momento y la circunstancia puntual de lo sucedido? Algunos dirán que es la intención aviesa de los medios que fogonean la noticia, y tal vez haya algo de cierto en eso. Pero también puede ser que la permanente actualidad de ciertos hechos tenga otros motivos. Para entenderlo es preciso ir más allá del árbol (la anécdota) que tapa el bosque (la estructura) y advertir que ese suceso pone sobre el tapete cuestiones de fondo que trascienden la fecha y el lugar de lo ocurrido. Que comprometen nuestra vida social, nuestros valores y nuestros lazos con la palabra y con el prójimo.
La fiesta de Olivos podría haber sido un “tropezón” más o menos intrascendente si no hubiera sido protagonizada por la más alta autoridad de la República, con la enorme envergadura simbólica que ello implica. Lo que profundiza la gravedad del hecho –ya de por sí muy serio– es la actuación posterior, los reiterados intentos de “zafar”, como un chico que ha cometido una travesura y siente temor ante la posibilidad del castigo de sus padres. Indignación, bronca, enojo fueron, y siguen siendo, las reacciones más inmediatas de la gente. Pero no solo de aquellos que padecieron un daño directo –la imposibilidad de despedir a un ser querido, la pérdida del trabajo, el descalabro que el prolongado encierro produjo en la convivencia familiar…–, sino de la ciudadanía en general. Para entender tan hondos dolores sirve remitirse a las antiguas tradiciones, los textos fundantes de nuestra cultura donde, a través de mitos y ritos, se establecen criterios nucleares para la vida en común que, lo sepamos o no, moldean nuestro pensamiento y nuestra sensibilidad.
Uno de esos mitos figura en la República de Platón: un pastor llamado Giges halla, en el fondo de un barranco, un cadáver que lleva un anillo de oro. Giges toma el anillo y se lo calza, feliz por la inesperada fortuna. Descubre, al poco tiempo, que al girar el anillo él se vuelve invisible. Protegido por esa condición, comete crímenes terribles y queda a salvo de ser descubierto y, por ende, castigado. Esa fábula es uno de los hitos que darán lugar, muchos siglos después, a la distinción entre las culturas de la culpa y las de la vergüenza. Ambos afectos se refieren a la relación del individuo con su falta y con los otros. Ruth Benedict, etnóloga inglesa, describe a las segundas como aquellas donde la sanción proviene de la mirada exterior, mientras que en las primeras el individuo experimenta en su interior la carga del delito cometido y la necesidad de una expiación acorde. Muy cuestionada por comentaristas posteriores, tal clasificación sin embargo ilumina aspectos esenciales de nuestra humanidad. Culpa y vergüenza, lejos de ser sentimientos por completo diferentes y separados, constituyen –en sujetos mínimamente sanos– dos aspectos de la responsabilidad. Quien ha delinquido teme la sanción social que conlleva que su acto se visibilice; pero el ocultamiento no debería bastar para aliviarlo de la carga, el remordimiento y el malestar que implican la conciencia de haber faltado no solo a la ley, sino básicamente al pacto social, a la confianza que sostiene la vida en común. La palabra “descuido” que eligió el Presidente para “explicar” el episodio parecería referirse, más que al hecho en sí, a su difusión. Como Giges, tal vez supuso que si nadie lo veía, el delito dejaba de existir. Ninguna culpa ahí, como si no existiera responsabilidad para con el prójimo, independientemente de la cámara que denuncia. Para colmo, su manera de intentar reparar el daño (que todavía no podemos dimensionar) es mediante un pago… con dinero.
Apelo a otra fuente antigua: la Torá (Pentateuco), y la tan distorsionada y mal entendida ley del Talión. “Ojo por ojo y diente por diente” aparece tres veces en el texto bíblico. Lejos de ser –como la vulgata buenista ha difundido– una expresión de venganza, se trata por el contrario de un criterio de justicia que sienta, en tiempos muy remotos, dos principios fundamentales: la proporcionalidad entre el crimen y el castigo, y la imposibilidad de “lavar” con dinero la culpa por un crimen (algo que estaba permitido en otros códigos, como el de Hammurabi). Ambos principios apuntan, en épocas de desigualdades sociales inconmensurables, a equiparar las posiciones, independientemente del poder y la riqueza de los involucrados. Tramos iniciales de lo que será el más preciado fundamento de la justicia, la igualdad ante la ley. El primero de esos principios intenta acotar el dominio de los amos sobre sus siervos: un hombre poderoso podía “escarmentar” a un esclavo, aun por una falta menor, cortándole un brazo o matando a sus hijos. El segundo principio, en la misma línea, evita que el adinerado quede a salvo del castigo que le corresponde mediante una “indemnización” –léase coima– que implica, siempre, una manipulación perversa de la justicia. Privilegio que el pobre no puede ejercer. Como se ve, un avance enorme que dejará huella y tendrá efectos en todos los sistemas jurídicos posteriores.
Llama la atención que el Presidente reclame un pago multimillonario a una dirigente de la oposición por haber ofendido –dice él– su honor. Pero que no advierta que es él mismo quien ha pisoteado esa virtud, imprescindible para todo humano y, mucho más, para quien debería ser modelo de conducta y guía de valores para la sociedad. Nadie puede quitarle al otro lo que el otro no tiene. •

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miércoles, 1 de septiembre de 2021

OLIVOSGATE, "práctica de forma descarada, impúdica y deshonesta algo que merece general desaprobación."


La fiesta del cínico
30 de agosto de 202103:57
Marcelo Gioffré....Juan José Sebreli

La foto del cumpleaños de Fabiola Yañez en Olivos, el 14 de julio de 2020

Durante más de un año Alberto Fernández repartió amonestaciones a todos los argentinos: desde decirle idiota a un surfer que simplemente intentaba volver a su domicilio hasta criticar a uno de los autores de este artículo por llamar a la desobediencia civil a los comerciantes que se estaban fundiendo. Hubo argentinos que, por el simple hecho de salir a la calle, aparecieron ahorcados en calabozos o fueron arrojados por un barranco. Hubo miles de argentinos varados por el mundo sin ninguna asistencia. Miles de ciudadanos murieron solos, puestos en bolsas selladas, rotulados y enterrados de manera casi anónima. Miles de personas sufrieron suspensiones de prácticas médicas indispensables por la gravedad de sus diagnósticos. Miles de comercios quebraron. Hasta le recomendaban a la gente tener sexo virtual antes que incurrir en el infeccioso contacto cuerpo a cuerpo. El propio Presidente dijo que a él le habían dado el poder para llevar adelante ese plan tan implacable como ineficaz por las buenas o por las malas. Lograron infiltrar el miedo en la sociedad: infinidad de personas se mantuvieron encerradas y atónitas en sus casas por meses y cuando salían lo hacían aterrorizadas, equipadas con herméticas escafandras. Hubo candorosos delatores que, vampirizados por esa narrativa perversa, denunciaban a vecinos como si se tratara de temibles criminales. Todo esto ya lo destacamos en nuestro libro Desobediencia civil y libertad responsable (Sudamericana, 2020) como una grotesca escenificación del absurdo.
La imagen que todos hemos visto del señor Fernández participando tranquilamente de una fiesta el día 14 de julio de 2020, en plena vigencia de la norma que él había dictado, se contrapone con aquellas advertencias que nos infligía: su presencia junto a un manojo de contertulios, embotellados sin barbijo ni distanciamiento, mide la distancia entre lo que decía y lo que hacía. Nos recomendaba adoptar cuidados sanitarios que él no adoptaba en absoluto. Más allá de la impunidad con la que actuaba por detentar poder, había un pliegue, una entretela: decía una cosa y hacía otra. Hay un salto ético insalvable entre gobernar mal y mentir deliberadamente. Sólo hay aquí dos posibilidades: o no tomaba en serio el virus y nos mentía al alarmarnos, por el placer morboso de mantenernos encerrados, o creía en la peligrosidad del virus pero lo desafiaba. En el primer caso era mentiroso; en el segundo, temerario. Ni la mentira ni la temeridad suelen ser atributos de un buen gobernante.

En la novela Un mundo feliz, de Aldous Huxley, los interventores que implantan mundialmente una distopía tecnológica y totalitaria recomiendan una felicidad mínima pero segura, que lleva a no demostrar los sentimientos o a tener sexo mediante un aséptico sistema electrónico. Sin embargo, en cierto momento se ve al jefe leyendo libros de Shakespeare, abrumado por los nudos de los sentimientos que plantean las obras. Quien recomendaba cínicamente no enredarse en cuestiones sentimentales sí lo hacía.

Consecuente con su historia, Alberto Fernández no actuó como un hombre común sino como un cínico. Con las fotos quedó al descubierto, quedó desnudo frente a una sociedad asqueada, de lo que dan cuenta sus sucesivas y contradictoras coartadas defensivas. Entonces llegó Cristina Kirchner y le dijo que se tranquilizara y pusiera orden. Tan luego ella, que fue quien lo impuso allí como una prótesis, le dedica una admonición pública, desnudándolo por segunda vez. ¿Qué es el orden? El orden no es otra cosa que la forma en que nuestra mente organiza la realidad. Una biblioteca ordenada alfabéticamente está desordenada para el que la piensa por temas o materias y también para el que la imagina organizada por el tamaño o el color de los libros. Cuando Cristina habla de orden habla de su orden. Habla de preparar el terreno para su plan político: la monarquía hereditaria familiar. El orden de Cristina es sepultar la democracia.

Quedó corroborada así aquella frase premonitoria dicha por uno de los autores de este artículo, durante la campaña electoral de 2019: sería el gobierno de un cínico que no cree en nada y de una persona que solo cree en sus propios delirios. En manos de ese dúo está el país.

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