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lunes, 27 de noviembre de 2017

ANARQUISMO; PASIONES Y MUERTE


CARTAS DE AMOR

La ejecución
Son las 5 de la mañana del 1ro de febrero de 1931 y en el patio de la Penitenciaría de Las Heras va a tener lugar una ceremonia lúgubre: se va a proceder al fusilamiento de un condenado a muerte. Roberto Arlt presencia la escena con un nudo en la garganta, ve como el reo avanza con marcha de pato debido a que tiene los tobillos engrillados. Se dirige hacia una silla junto al muro cubierto de orificios producidos por las descargas de los pelotones de fusilamiento. Algunos espectadores ríen, ¿será de nervios?



Roberto Arlt (1900-1942)
El reo se sienta en el banquillo y rechaza categóricamente que le venden los ojos. Él quiere mirar fijamente a sus verdugos, varios de los cuales, esa noche no dormirán en su afán por convencerse de que cumplen órdenes.
Segundos antes de la orden de fuego, el prisionero grita ¡Viva la anarquía! Y su cuerpo se desploma muerto y se desliza de la silla al suelo. Lo que sigue es la descripción de Arlt: “Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero quita los remaches de los grilletes. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y con zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra."
”Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios; son: Gauna, de La Razón, Álvarez, de Última Hora, Enrique González Tuñón, de Crítica y Gómez deEl Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la Penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara:
- Está prohibido reírse.
- Está prohibido concurrir con zapatos de baile.”
Severino Di Giovanni (1901-1931)

Severino Di Giovanni arribó a la Argentina con la última oleada de inmigrantes huyendo del fascismo y de la miseria que reinaba en Italia. El último recuerdo que traía de su país era la Marcha sobre Roma de los Camisas Negras. Tenía 23 años y llegaba a Buenos Aires con su esposa Teresa Masciulli y tres hijos que debería mantener. Fue autodidacta, maestro sin título y tipógrafo, también era un convencido anarquista.
Severino formaba parte de la línea dura del anarquismo, lo cual significaba que no se quedó en la teoría y en los panfletos. No se destacó por sus escritos sino por sus acciones violentas que generaron muchas controversias y tuvieron en jaque a la policía durante varios años. En su nota escrita en la celda antes de morir señaló: “No busqué afirmación social, ni una vida acomodada, ni tampoco una vida tranquila. Para mí elegí la lucha. Vivir en monotonía las horas mohosas de los resignados, de los acomodados, de las conveniencias, no es vivir, es solamente vegetar y transportar en forma ambulante una masa de carne y de huesos. A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita del brazo y de la mente. Enfrenté a la sociedad con sus mismas armas, sin inclinar la cabeza, por eso me consideran, y soy, un hombre peligroso”.
Su primera actuación pública resonante fue en junio de 1925 enel Teatro Colón, en circunstancias en que se realizaba una función celebrando el ascenso de Vittorio Emanuele III al trono Italia. Ante la presencia del presidente Alvear y el embajador fascista, irrumpió en la sala con un grupo de compañeros gritando "¡Asesinos, ladrones!" El incidente terminó con el encarcelamiento de Severino y sus compañeros.
El grado de violencia de sus acciones fue en aumento. Cuando la justicia de Estados unidos envió a la silla eléctrica a Sacco y Vanzetti, colocó una bomba en la embajada de ese país, haciendo volar parte de sus instalaciones. A este atentado le siguió una bomba en el City Bank en el centro porteño, una en el consulado italiano de Buenos Aires donde murieron 7 fascistas y generó el rechazo de la línea menos combativa de sus compañeros anarquistas. También participó en robos y en uno de ellos hirió gravemente a un policía desfigurándole la cara de un tiro. El mayor asalto fue a un camión pagador donde se alzó con 286.000 pesos, que le permitieron realizar el sueño de abrir su propia imprenta libertaria.
Severino se había convertido en el enemigo público número uno y la policía estuvo detrás de él durante meses hasta que logró atraparlo junto con su amante América Scarfó y el hermano de ésta, Paulino Scarfó en una quinta de Burzaco donde vivía y tenía la imprenta.
Su huida por las calles de Buenos Aires quedó como algo legendario. En el tiroteo cayó una niña, y por supuesto le adjudicaron a él esa muerte cuando fue notorio que recibió balas policiales. Los tres fueron encarcelados, pero América fue inmediatamente liberada por ser menor de edad. Paulino Scarfó fue brutalmente torturado y fusilado un día después de Severino.
América

América Scarfó (1913-2006)
América Josefina Scarfó, tenía 14 años cuando conoció al amor de su vida. Alumna sobresaliente del segundo año del Liceo de Señoritas "Estanislao Zeballos", de familia católica y siciliana, vivía con sus padres y 7 hermanos en una casa de Floresta.
Los Scarfó tenían un vecino misterioso, del cual solo sabían que vendía flores al por mayor en el Mercado de Abasto, pero por sus idas y venidas y su aire enigmático llegaron a la conclusión de que podría estar en las filas anarquistas. En eso no se equivocaron, aunque les faltó saber que Severino era el más peligroso de todos ellos.
Sin embargo, ese personaje vengador e implacable poseía un alma poética y romántica y América apenas una adolescente se enamoró sin concesiones de Severino. En el medio de ellos flotaban los sueños de un mundo libertario y detrás de ellos una cacería que haría todo lo posible para separarlos hasta lograrlo.
América y Severino tuvieron un amor pasional, pero también breve lo que no impidió que hubiera un frondoso intercambio epistolar. Cuando se produjo el allanamiento de la quinta de Burzaco, la policía confiscó las cartas que para América constituían el tesoro más preciado.
El resto de su vida América lo dedicó a formar una librería con material y publicaciones anarquistas. De ella no se habló más hasta que durante el gobierno de Menen se puso en contacto con Osvaldo Bayer. Cuando este la fue a visitar, aquella anciana de pelo blanco como la nieve, le manifestó que estaba cerca de la muerte y quería recuperar las cartas que Severino le escribiera. El siguiente es un relato de Osvaldo Bayer:
“Lo fui a ver a Unamuno, el director del Archivo General de la Nación. Siempre dispuesto a la ayuda me preguntó dónde había visto esas cartas la última vez. Le dije: "en el Museo Policial, en un archivo aislado". Me respondió: "Bueno, quien quizás pueda ayudarte es el ministro del Interior, Corach."
Pedí la entrevista junto con América. Nos recibió a los dos días. Le expresé el deseo de América y me dijo que haría las averiguaciones pertinentes. A los dos días nos llama el jefe de la Policía Federal que me esperaba en su despacho. Fui con América. Nos recibieron el jefe y el subjefe. El jefe me escuchó con forzada benevolencia y me contestó: "usted me pide algo que pertenece a la Policía Federal." Entonces tomó la palabra América que con voz suave pero firme le expresó: "señor, son cartas de amor que me escribieron a mí, me pertenecen a mí. No es un documento policial o que sirva como prueba de algún delito. Las cartas me pertenecen sólo a mí". El oficial se sintió molesto y dictaminó: "pongan un abogado, se resolverá".
La gestión del abogado fue exitosa y días más tarde fueron citados a la Casa de Gobierno y América pudo recuperar las cartas de su amado Severino. Poco tiempo después falleció a la edad de 93 años habiéndose cumplido su último deseo.

Felipe Pigna. Los Mitos de la Historia Argentina 3, Buenos Aires, Planeta, 2006.
Roberto Arlt. El fusilamiento de Severino Di Giovanni. Aguafuertes de Buenos Aireshttp://www.elhistoriador.com.ar/articulos/decada_infame/fusilamiento_severino_di_giovanni_por_roberto_arlt.php
Felipe Pigna. Anarquistas y socialistas.http://www.elortiba.org/severino.html
He visto morir: la ejecución de Severino Di Giovanni.http://www.taringa.net/posts/offtopic/7293469/He-visto-morir-La-ejecucion-de-Severino-di-Giovanni.html
Osvaldo Bayer. América. Página 12 27/08/2006
R. el. M. 

domingo, 5 de febrero de 2017

AMORES, PASIONES Y AMORÍOS


Ciñámonos a los hechos puros y duros. En 1274, en Florencia, un niño de nueve años llamado Dante, hijo de un tal Alighiero di Bellincione d’Alighiero, se cruza con una niña de ocho años llamada Bice, hija de un tal Folco Portinari.
Puede que los dos niños intercambiaran una sonrisa o se miraran con cara de pocos amigos; en cualquier caso, el
encuentro termina ahí.
Sin embargo, ese instante fugaz arraigará en la memoria del niño, se agigantará y se dilatará en el tiempo.
En 1277, Dante, que cuenta apenas doce años, queda prometido por orden de su padre con Gemma di Manetto Donati.
En 1283 Dante, con dieciocho años, vuelve a cruzarse con Bice. La saluda y ella responde amablemente, preguntándose sin duda quién será ese joven.


El encuentro, al igual que el primero, no tiene continuidad. Pero para él ese saludo se convertirá no solo en un
acontecimiento personal, sino en el origen de una nueva manera de hacer poesía y de ver a la mujer.
Tan noble y tan honesta parece la dama mía cuando a otro saluda, que las lenguas, temblando, enmudecen, y los ojos a mirar no se atreven.
¿No es un poco excesivo para un simple saludo? Y si la muchacha hubiera hablado, si hubieran cruzado alguna frase, ¿qué habría ocurrido?
¿Habría cundido el pánico en la ciudad?¿Estarían todos temblando, mudos y con los ojos cerrados?
Cuatro años después, Bice se casa con Simone di Geri de’ Bardi. Y muere el 8 de junio de 1290. Dante, por su
parte, se casará con Gemma, probablemente en 1295. Del matrimonio nacerán tres hijos varones y una niña.
Es seguro que Dante y Beatriz —así rebautizará a Bice el poeta— nunca tuvieron ocasión de encontrarse cara a
cara ni, por lo tanto, de intercambiar una sola palabra.
Es decir, siguieron siendo dos perfectos desconocidos el uno para el otro. No obstante, Beatriz será para
siempre «la dama mía» de Dante, que la amará durante toda la vida y al final la sublimará como su guía al Paraíso.


Debo confesar mi absoluta y congénita incapacidad para comprender esta historia, a la que suele calificarse
de sublime aventura amorosa.
¿Acaso el amor no es siempre un juego de dos? La pobre Bice es del todo ajena al revuelo que Dante provoca en su nombre, se halla muy lejos de considerarse un ángel o nada por el estilo, es una fiel esposa y una buena madre de familia.
Ignora, hablando claro, ser el objeto ya no del amor, sino del vicio solitario y totalmente imaginario de Dante, quien, cuando tenía una fijación, era incapaz de sustraerse a ella.
Francesco Petrarca, en una carta a su amigo Giovanni Boccaccio, explica que vio a Dante una sola vez, de niño, cuando este fue a su casa a visitar a su padre, con quien más tarde partiría al exilio.
A pesar de los desmesurados elogios que dedica al poeta supremo, Petrarca insinúa aquí y allá que Dante era «tenaz en su propósito, que de nada se cuida sino de procurarse gran nombre» y que nada en el mundo habría podido desviarlo «del camino emprendido».


Dante, pues, se obstina en recrear a una mujer que en la realidad no existió jamás, superponiendo este andamiaje
fantástico a la figura de la Bice auténtica hasta anularla y hacerla desaparecer.
Habrá que esperar a la llegada de la poesía de Petrarca para que la mujer sea considerada en su indivisible unidad de alma y cuerpo.
La «forma verdadera», como la llama el poeta. Ironías del azar, mientras que de Beatriz lo sabemos todo, de la Laura petrarquesca lo ignoramos todo.
Una cosa, sin embargo, es cierta: que la mujer existió en realidad, que el poeta la vio por primera vez el 6 de abril de 1327 en la iglesia de Santa Clara de Aviñón y que entre los dos nació una pasión fulgurante.


Sea como fuere, no cabe duda de que habrá que esperar aún hasta el Decamerón de Boccaccio para encontrar por fin un catálogo completo de mujeres tal cual eran y tal cual son, sin necesidad de exaltarlas ni denigrarlas, con sus defectos y virtudes.
Yo también tuve una Beatriz, pero se llamaba Bice. No obstante, mi historia con ella se ajusta al patrón de la
narrativa de Boccaccio, no al de la poesía de Dante.


La guerra acabó en Sicilia a finales del verano de 1943. Pasados unos meses, todos experimentamos unas inmensas ganas de vivir.



Nuestro grupo, formado en los años del instituto y más tarde dispersado durante el período del desembarco aliado, volvió a reunirse, si bien con algunas ausencias que pronto quedaron suplidas.
Éramos una docena de chicos y chicas de casi veinte años que no dejaban pasar un fin de semana sin organizar un baile, que duraba desde las ocho de la tarde hasta pasadas las tres de la madrugada.
Las reuniones tenían lugar por turnos en segundas residencias, en el campo o a orillas del mar, sin padres.
Siempre por turnos, uno de nosotros se ocupaba de las provisiones: teníamos suficiente con tres cuddriruni grandes y olorosos, encargados expresamente en la panadería, que se cortaban en varios pedazos, y una botella de buen vino.


En realidad, éramos bastante austeros, y no nos emborrachábamos. Entre nosotros no hubo nunca historias de amor, solo algún que otro caso de simpatía muy acentuada.
Estas ganas de estar juntos, bailando, bebiendo, confiándonos nuestras esperanzas, se consolidaron todavía más con la llegada del verano de 1944. Nos veíamos todos los días, al caer el sol, y dábamos largos paseos.
Para nosotros era el primer verano de paz. Y era también, lo presentíamos oscuramente, un adiós a la juventud.
Entonces un día —era, lo recuerdo bien, el primero de julio—, Bice y Filippo nos sorprendieron a todos anunciándonos que iban a casarse.
Confesaron que desde hacía tiempo se veían a escondidas.
No nos habíamos dado cuenta de nada. Para resarcirnos de lo que juzgábamos una traición, condenamos a Filippo, que con veintiún años era el mayor del grupo, además del más rico por familia, a pagar la comida y la bebida de todo el mes.
Poco después, empecé a notar que la relación de Bice conmigo había cambiado por su parte. Hasta entonces yo había sido para Bice, y ella para mí, un amigo de verdad.
Tenía dieciocho años y era una muchacha guapa, luminosa, más alta que yo, de largo cabello rubio rojizo y piernas esbeltas y bien torneadas. Daba gusto verla en traje de baño.


A menudo bailábamos juntos, y lo que mejor se nos daba era el boogiewoogie. Desde que se prometió con Filippo, me pareció normal que solo bailara con él.
Pero un sábado de finales de julio se me acercó diciendo que le apetecía bailar conmigo.
—¿Ponemos un boogie?
—No, una lenta. Pon Stardust.
Mientras bailábamos, con la mano que apoyaba en mi espalda me estrechó contra sí mirándome con insistencia. De
pronto me susurró:
—Te lo digo solo a ti. Me caso a principios de octubre.
Al terminar el disco volvió con Filippo. A él no le gustaba mucho bailar, prefería secuestrar a una víctima, chico
o chica, llevársela aparte y hablar de filosofía.
Por eso, cuando poco después Bice volvió a la carga conmigo, no se mostró molesto.
En esta ocasión el cuerpo de Bice se pegó abiertamente al mío. Tanto que me sentí algo turbado.
—Bice, ¿qué te pasa? —le pregunté, sorprendido e incómodo.
—No hagas preguntas, estúpido.
Si eso era lo que ella quería…Durante el último baile me murmuró al oído:
—No hagas planes para el sábado.
El viernes siguiente, durante el paseo de la tarde, Bice nos dijo que sus padres se habían ido y que la casa de la
playa estaba disponible.
Ella sería la encargada de organizar el baile del día siguiente.
Añadió que Filippo y ella irían por la mañana, y entonces, dirigiéndose a mí, me preguntó:
—¿Vienes con nosotros?


Estuve tentado de decir que no. ¿Qué pintaba yo allí, de carabina? Pero su mirada me persuadió. Asentí. Partimos al día siguiente por la mañana en bicicleta, Bice, Filippo y yo, además de Marina, la hermana de diecisiete años de Filippo, que era el perro guardián de la pareja.
Al llegar a la casa, nos pusimos el traje de baño y bajamos a la playa. El sol era casi insoportable, era como estar sobre una parrilla. Filippo abrió la sombrilla que había traído de la casa y se refugió debajo con Marina.
Bice y yo nos fuimos al agua. Nadamos un buen rato y finalmente nos quedamos quietos. De pronto, Bice entrelazó sus piernas con las mías bajo la superficie. No podíamos besarnos, nos habrían visto desde la arena.
Al cabo de un rato se puso nerviosa, se apartó y echó a nadar hacia la orilla. Nada más llegar a la sombrilla, le
dijo a Filippo en tono perentorio:
—Me apetece mucho comer erizos.¿Me acompañas?
Aquello significaba caminar un kilómetro por la arena bajo el sol, hasta la Scala dei Turchi. Filippo dijo que no
y me miró.
Me di cuenta de que Bice había previsto aquella negativa. Saqué el cuchillo del morral y nos pusimos en
camino.


En cuanto nos hubimos perdido de vista, echamos a correr; el deseo quemaba más que el sol. La playa estaba
desierta. Jadeando, nos desplomamos ala sombra de un espolón de marga blanca.
Durante dos horas hicimos el amor furiosa e ininterrumpidamente, sin intercambiar ni una palabra, olvidándonos de los erizos, del tiempo y del mundo.
Ni siquiera al volver abrimos la boca. No nos rozamos ni las manos. Esa noche bailó solo con Filippo, y conmigo
volvió a ser la amiga que había sido siempre.
Y puesto que entonces no le pregunté por qué, tampoco voy a preguntármelo hoy, a setenta años de
distancia.

Cuento extraído del libro Mujeres de Andrea Camilleri.