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sábado, 4 de noviembre de 2017

4 3 2 1 .......IMPERDIBLE PAUL AUSTER




4 3 2 1: la nueva novela de Paul Auster.
En busca de todas las vidas de un personaje
La flamante y ambiciosa novela del escritor neoyorquino, que alcanza casi el millar de páginas, narra las peripecias vitales de un mismo personaje, aunque en cuatro versiones, según donde lo lleven las vueltas del destino y los pliegues del tiempo
Desde el mismo comienzo los libros de Paul Auster se mostraron cautivados por las fuerzas azarosas que nos gobiernan. No sólo, como ya ocurría en Dickens, por las coincidencias que impulsan la trama. Había algo más. Una inocente fotografía terminaba revelando sin buscarlo un tremendo secreto familiar, como ocurre en el autobiográfico La invención de la soledad. En Ciudad de cristal, una de las novelas que forman Trilogía de Nueva York (cuando el estilo de Auster era más minimalista y recordaba un poco a Beckett), el personaje principal podía terminar delante de la puerta del autor, tocándole el timbre. En Leviatán, se forzaba la aparición de lo que de otra manera nunca habría ocurrido. Hay una famosa escena en que una artista performática, inspirada en Sophie Calle, encuentra una agenda perdida, descubre que su dueña trabaja de prostituta y decide ponerse en esa piel ajena. Lo azaroso también podía ser lo puramente contingente, irrepetible: en Smoke, guión basado en un uno de sus cuentos, el protagonista fotografiaba cada día a cierta hora la misma esquina de siempre, frente a su tabaquería de Brooklyn, el barrio donde vive Auster. El resultado nunca era el mismo.

Desde la publicación de aquellas obras de fines de los años ochenta y noventa pasó mucha agua bajo el puente. En sus últimos libros, Auster llegó a bañarse más de una vez en el mismo río. ¿Cómo evitar la repetición? Quizás con un artilugio como 4 3 2 1, ambicioso y difícil de inventariar. La flamante novela, que salió en enero en inglés y se conoce ahora en español, editada por Seix Barral, aborda cuatro posibles destinos de un único y mismo personaje. El experimento narrativo del escritor neoyorquino es cualquier cosa menos conciso: 4 3 2 1 alcanza las 957 páginas. Resulta, por lejos, la novela menos austera de Auster.
¿Quién es, a fin de cuentas, Archibald Ferguson, ese personaje mutante al que el lector sigue durante su infancia, adolescencia y juventud, las etapas que contempla el libro, para descubrir su parábola vital multiplicada por cuatro? "Archie" nació en Nueva Jersey, en 1947: año y lugar coinciden con los del propio escritor, aunque nada de eso convierte al personaje en un necesario álter ego. También es de ascendencia judía, como Auster, a pesar de ese clásico apellido escocés, Ferguson, que deriva de un erróneo registro inmigratorio. Hasta la identidad que se esconde en el sello de un nombre depende de los caprichos de la suerte, parece apuntar Auster con ironía.
El punto de partida es idéntico; el nacimiento, uno solo, pero a partir de esa célula madre (el capítulo 1.0) las peripecias vitales de Ferguson comienzan a divergir. La novela -para dejar en claro su estructura- está dividida en apartados (1.1, 1.2, 1.3, 1.4; 2.1; 2.2, etc.) donde las vidas de los cuatro posibles Ferguson van siendo afectadas por los lisos y llanos hechos que se le cruzan en el camino, las personas con las que interactúa o los sentimientos que lo dominan.
Un prestidigitador norteamericano posmoderno como John Barth, el autor de The Tidewater Tales, hubiera aprovechado las diferencias y correspondencias entre un Ferguson y otro para construir una relojería narrativa indestructible. Auster es más tradicional, evita las pirotecnias. Los capítulos son extensos y minuciosos. Cuando se llega al final de uno y se pasa al siguiente, el lector, como un maratonista que todavía no alcanzó a cambiar de aire, se olvida de que el personaje, aunque es el mismo, es también otro. Sólo queda aceptar la confusión momentánea cuando alguien que ya se había esfumado de la vida de Ferguson vuelve a plantarse delante de él con la confianza del que nunca se fue.
La estructura de 4 3 2 1 permitiría leer cada una de esas vidas de manera individual, como si se tratara no de una sino de cuatro novelas paralelas. En un chat con sus lectores organizado por The New York Times, Auster reveló que la novela fue escrita en el exacto orden en que terminó siendo publicada y que en los vericuetos de la trama hubo, consecuentemente, mucha más improvisación de lo que podría haberse imaginado para una obra de semejante longitud. Quizá por eso 4 3 2 1 tienda al exceso y la deformidad. Y también por eso convenga seguir el complejo orden de lectura que propone el libro, que propicia su efecto clave ya bien avanzada la narración: cuando el lector descubre que cada una de las encarnaciones de Ferguson difiere más en el carácter que en las diferencias biográficas. 4 3 2 1 funciona, para tomar una imagen con la que la novela define un amor imposible, como "un campo magnético de iones positivos y negativos con la misma carga", no tanto como un firme edificio clásico.


La figura del padre es una de las variables de ajuste, que afecta de manera decisiva el destino de cada "Archie". En una de las versiones, es traicionado por un hermano ludópata (que en una versión vecina es el feliz ganador de la lotería, lo que lo lleva a morir en el auto de lujo que de otra manera nunca hubiera comprado). En otra, el padre fallece trágicamente; en otra más, es un comerciante de electrodomésticos tan exitoso que no tiene tiempo para interesarse en el hijo. La madre se dedica en más de una de las historias a la fotografía profesional. En la que quedó viuda se casa en segundas nupcias con un crítico musical, fundamental para Ferguson, que, en la narración contigua, es apenas un amable conocido. Hay un amor clave y frenético para "Archie", el de Amy Schneiderman, que unas cuantas páginas más allá sólo es una amiga entrañable. Niño rico con tristeza (Ferguson 4) o chico retraído (Ferguson 3), Archie se dedicará a la escritura, al periodismo o la crítica de cine. Las disgresiones abundan. De pronto, el insólito cuento sobre un par de zapatos habladores (distractivo, pero muy divertido) se lleva varias páginas. No faltan los accidentes, símbolo de lo azaroso por excelencia. En alguna de las variantes, Ferguson pierde dos dedos; en otra, la vida más breve, reaparece un rayo, que refiere a una experiencia personal que Auster ya contó en algunos de sus otros libros.
Hacía siete años -desde Sunset Park, en 2010- que el escritor estadounidense no publicaba una novela. Entre aquella ficción y 4 3 2 1, dio a conocer Diario de inviernoe Informe del interior, dos libros autobiográficos. Tal vez sea un error tomar la nueva obra como un simple juego con las coordenadas del tiempo y los horizontes de posibilidades que abre su manipulación. Más conviene -como señaló algún crítico anglosajón- leerla como un Bildungsroman, una novela de formación a cuatro bandas en la que aparecen, en trasfondo, algunos hechos históricos, contemporáneos de la juventud del propio autor, como la era de Kennedy o la agitación universitaria de los años sesenta.
Auster reconoció que 4 3 2 1 nunca podría haber sido escrita por un narrador joven. Y es cierto. Hay mucha experiencia condensada en sus páginas, aunque no sea materia estrictamente autobiográfica. A la par que narra las vicisitudes de los diversos Ferguson, el libro va dando forma a lo que parece ser una enciclopedia personal privada, un refugio donde salvarguardar para siempre gustos y recuerdos.
Más de una vez, por ejemplo, Auster escribió sobre lo importante que habían sido para él Laurel y Hardy. En 4 3 2 1, el dúo cómico, hoy algo olvidado, es redimido a lo largo de muchos párrafos. Cuando al menos uno de los posibles Ferguson se aficiona a ver películas no se nombra una sino largas listas que, todo lo indica, replican la cinefilia del joven Auster. Algo similar ocurre cuando alguno de ellos lee libros o hace referencia a la música. Incluso el sabor de una golosina merece rescatarse del fondo de los tiempos. O la fascinación por los deportes. La recurrencia del béisbol no sólo refleja un entusiasmo deportivo: parece convocado para poder describir viejas jugadas de las que ya no quedan testigos, excepto las palabras que ayudan a conservarlas.
Auster siempre confesó que no le gustaba Borges. Le atribuía una supuesta frialdad, una presunta falta de emoción. Es llamativo, porque el estadounidense comparte más de una inquietud con el argentino, desde el azar hasta el desconcierto ante las figuraciones de la identidad. 4 3 2 1 a su manera permite entender qué los distancia. Borges necesitó unas pocas páginas para "El jardín de senderos que se bifurcan". Auster es casi su negativo. Para sus vidas que se bifurcan necesitó todo el espacio del mundo.
Anticipo
Aquí, reproducimos un fragmento del comienzo de una de las versiones que Auster imagina para su protagonista en 4 3 2 1
Cuando Ferguson tenía seis años, su madre le contó la historia de cómo había estado a punto de perderlo. No perderlo en el sentido de no saber dónde se encontraba sino en el sentido de estar muerto, de abandonar este mundo y subir volando al cielo como un espíritu incorpóreo. Aún no tenía año y medio, le explicó, y una noche le entró fiebre, poca al principio, que pronto le subió a más de cuarenta y uno, una temperatura alarmante incluso para un niño pequeño, así que su padre y ella lo abrigaron bien y lo llevaron al hospital, donde empezaron a darle convulsiones, lo que fácilmente podía haber acabado con él, porque incluso el médico que le extirpó las amígdalas aquella noche dijo que se encontraba en situación crítica, refiriéndose a que no sabía si Ferguson se salvaría o moriría, que ahora todo estaba en manos de Dios, y a su madre le entró tal pavor, le dio tanto miedo de quedarse sin su hijito que estuvo a punto de perder el juicio.Aquél fue el peor momento, prosiguió ella, la única vez que creyó que el mundo podía acabarse realmente, pero también había habido otras situaciones difíciles, toda una lista de sobresaltos y contratiempos, y entonces empezó a enumerarle los diversos accidentes que le habían ocurrido de pequeño, varios de los cuales podían haberlo matado o dejado lisiado, atragantándose con un fino trozo de filete sin masticar, por ejemplo, o la esquirla de cristal que le atravesó la planta del pie y requirió catorce puntos, o la vez que tropezó y se cayó sobre una piedra que le abrió la mejilla izquierda y tuvieron que darle once puntos, o la abeja que le hinchó los ojos de tal manera que no podía abrirlos, o el día del verano anterior en que estaba aprendiendo a nadar y casi se ahogó cuando su primo Andrew lo sumergió de un empujón debajo del agua, y cada vez que su madre volvía a contarle esos acontecimientos se callaba un momento y preguntaba a Ferguson si se acordaba, y el caso era que sí se acordaba, los recordaba casi todos como si acabaran de ocurrir ayer mismo.
Fue a mediados de junio cuando mantuvieron esa conversación, tres días después de que Ferguson se cayera del roble del jardín y se rompiera la pierna izquierda, y lo que su madre intentaba demostrar repitiendo la letanía de pequeñas catástrofes era que las otras veces que se había hecho daño en el pasado siempre se había puesto bien, que había tenido el cuerpo dolorido durante un tiempo pero luego se le había pasado el dolor, y que eso era precisamente lo que iba a ocurrirle ahora con la pierna. Una pena que tuviera que estar con el yeso, desde luego, pero al final se lo quitarían y quedaría como si nada. Ferguson quería saber cuánto tiempo tardaría en pasar eso, y su madre le contestó que un mes o así, lo que era una respuesta sumamente vaga y poco satisfactoria (...) Antes, sin embargo, de que pudiera enfadarse del todo por la injusticia de la situación, su madre le hizo una pregunta, una pregunta extraña, quizá la más rara que nadie le había hecho nunca.
¿Estás enfadado contigo mismo, Archie, o con el árbol? Vaya cosa tan desconcertante para decir a un niño que aún iba al parvulario. ¿Enfadado? ¿Por qué tendría que estar enfadado por algo? ¿Por qué no podía estar triste, simplemente?
Su madre sonrió. Se alegraba de que no estuviera resentido con el árbol, le dijo, porque a ella la encantaba el árbol, y habían comprado aquella casa en West Orange sobre todo por el gran jardín trasero, y lo mejor y más bonito del jardín era el imponente roble que se elevaba justo en medio. Hacía tres años y medio, cuando su padre y ella decidieron dejar el piso de Newark y comprar una casa en las afueras, miraron en varios municipios, Montclair y Maplewood, Millburn y South Orange, pero como en ninguno de esos sitios vieron la casa adecuada para ellos, se hartaron de buscar y se desanimaron, pero entonces dieron con aquélla y supieron que era la que buscaban. Se alegraba de que no estuviera enfadado con el árbol, le dijo, porque de haberlo estado se habría visto obligada a talarlo. ¿Por qué a talarlo?, preguntó Ferguson, echándose a reír al imaginarse a su madre cortando un árbol tan grande, su preciosa madre vestida con ropa de trabajo mientras atacaba al roble con un hacha enorme y destellante. Porque estoy de tu parte, Archie, le contestó, y cualquier enemigo tuyo es enemigo mío.
Al día siguiente, su padre volvió de 3 Brothers Home World con un aparato de aire acondicionado para la habitación de Ferguson. Aquí hace calor, dijo, refiriéndose a que su hijo tenía que estar cómodo mientras languidecía enyesado en la cama, y también le vendría bien para la alergia, prosiguió, al evitar la presencia de polen en la habitación, porque Ferguson tenía la nariz muy sensible a las partículas irritantes transmitidas por el aire que se desprendían de la hierba, el polvo y las flores, y cuanto menos estornudase durante la convalecencia, menos le dolería el hueso roto, porque los estornudos tenían una fuerza poderosa (...).
El Ferguson de seis años observó cómo su padre instalaba el aparato de aire acondicionado en la ventana a la derecha del escritorio, una operación más complicada de lo que había imaginado, que empezó con la retirada de la mosquitera y requirió cosas tales como cinta métrica, lapicero, taladro, tubo de masilla, dos tablas de madera sin pintar, destornillador y varios tornillos, y a Ferguson le impresionó la rapidez y precisión con que trabajaba su padre, como si sus manos supieran lo que hacer sin instrucción alguna del cerebro, manos autónomas, por así decir, dotadas de un especial conocimiento propio, y luego llegó el momento de levantar del suelo el enorme cubo metálico y montarlo en la ventana, un objeto demasiado pesado para alzarlo a pulso, pensó Ferguson, pero su padre lo consiguió sin esfuerzo aparente, y mientras concluía el trabajo con el destornillador y el tubo de masilla, canturreaba la canción que solía tararear cuando arreglaba cosas de la casa, un viejo éxito de Al Jolson titulado Sonny Boy: No puedes saber / imposible hacerte entender / lo que eres para mí, hijo mío.



Cuatro libros fundamentales de Auster
La invención de la soledad
En este libro autobiográfico, Auster cuenta la conflictiva relación con su padre y, con suspenso, un inesperado misterio familiar.
La trilogía de Nueva York
Ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada son las tres novelas de moderno aire kafkiano que labraron su fama.
El Palacio de la Luna
El viaje iniciático es uno de los temas que el escritor neoyorquino exploró en novelas como El Palacio de la Luna.
Leviatán
En tiempos del Unabomber, Leviatán indaga de manera precisa la destrucción y la creación, y cómo narrar una historia antes de que las versiones oficiales establezcan la suya.

P. B. R.

jueves, 9 de marzo de 2017

ESCRITOR MUY RECOMENDADO; PAUL AUSTER





Cuando Paul Auster tenía catorce años, un chico que estaba a centímetros de él cayó muerto fulminado por un rayo. “Nunca pude superarlo”, dice. Fue durante un campamento de verano.
“Éramos una veintena de chicos y la tormenta eléctrica nos sorprendió ahí, en medio del bosque. Alguien propuso ir hasta un claro entre los árboles, y para llegar había que pasar cuerpo a tierra en fila india por debajo de un alambrado. Cuando le tocó al chico que estaba delante de mí, cayó un rayo sobre la cerca. Yo estaba ahí nomás, mi cabeza casi rozaba su pie.”
Auster no advirtió que el chico había muerto al instante. “Así que lo arrastré hasta el claro y le sostuve la lengua durante una hora para que no se asfixiara.
Había otros dos o tres que también habían sido alcanzados por el rayo y se quejaban de dolor. Parecía una escena de guerra. De a poco, la cara del chico se fue poniendo azul, tenía los ojos entornados.”
Auster tardó un tiempo en asimilar que si el rayo hubiese caído unos segundos más tarde, le habría tocado a él. “Es un hecho que siempre me persiguió, por ese carácter aleatorio de la fatalidad”, reflexiona Auster. “Creo que fue el día más importante de mi vida.”
En 4321, la nueva novela de Auster, se produce un incidente similar. Archie Ferguson, un prometedor chico de 13 años fascinado con El guardián en el centeno y con dar su primer beso, se refugia de la tormenta bajo un árbol durante un campamento de verano.
Cae un rayo y se desprende una rama que lo mata: “Su cuerpo inerte yacía sobre el suelo empapado, mientras el cielo seguía tronando, y de un extremo al otro de la tierra los dioses guardaban silencio”.
Pero éste es el destino de uno solo de los cuatro Archie Ferguson de la novela.
La ficción de Auster siempre exploró esos momentos en los que la vida toma un rumbo distinto por intervención del azar o de las circunstancias, y 4321 nos presenta esa idea en su forma más pura.
La novela empieza con el nacimiento de Ferguson, el 3 de marzo de 1947, y lo que sigue son cuatro versiones distintas de su historia.
Los cuatro Archies tienen el mismo punto de partida –“los mismos padres, el mismo cuerpo y el mismo material genético”–, pero a medida que atraviesan la infancia y la adolescencia van tomando caminos distintos.
Cada uno de ellos vive en un pueblo distinto de Nueva Jersey y tiene una composición familiar y amigos diferentes.
Los capítulos alternan entre uno y otro Ferguson, y a medida que la historia se despliega, ellos se van convirtiendo en personas cada vez más distintas: son los efectos del dinero o de la falta de di- nero, de un divorcio, de la educación, y de todos los demás factores que moldean los primeros años de una vida.
Todos los Archies derrochan inteligencia y son aspirantes a escritores. Y todos se enamoran de la cautivadora Amy Schneiderman, pero cada relación se desarrolla de una manera distinta.
Uno de los Ferguson tiene un accidente de auto y pierde varios dedos; otro es bisexual; uno tiene un amigo que se le muere de repente; hay otro que vive en un ático en París haciendo cuenta de que va a la universidad, y el padre de uno de ellos muere en un incendio.
Está claro que algunas de las cuatro vidas son más cortas que otras: después de la tormenta en el campamento, de los cuatro Archies quedan tres, y cuando el lector mira hacia atrás, el título del libro empieza a cobrar sentido.
“Hasta donde sé, nadie había escrito una novela con esta estructura”, dice Auster.
Mientras conversamos en su casa de Brooklyn, intentamos establecer algún paralelismo con textos anteriores: a mí se me ocurre Una y otra vez, de Kate Atkinson, y él menciona una película de Krzysztof Kieślowski.
Pero en ninguno de esos casos la comparación es exacta. “Al principio no sabía cuántos Ferguson quería que hubiese”, sigue Auster. “Es una idea que me dio vueltas en la cabeza toda la vida.”
La novela no sólo habla del papel de la casualidad y de lo inesperado, sino de esos “y si…” que nos persiguen, esas vidas imaginarias que tenemos en nuestra mente y que corren paralelas a nuestra existencia real.
La publicación de 4321 coincide con los 70 años que Auster acaba de cumplir. Lo considera “el libro más grande de su vida”, y no sólo porque, con 900 páginas, es tres veces más largo que cualquiera de sus otras dieciséis novelas.
En cuanto a su reputación, está convencido de que este libro se va a imponer sobre todo lo anterior. “Siento que esperé toda mi vida para escribir este libro.”
De hecho, escribirlo se transformó en una urgencia. “Me quedaba abajo, en mi búnker [el sótano de su casa], y trabajaba casi los siete días de la semana. Quería vivir para terminarlo. Empecé el libro a los 66, la edad que tenía mi padre cuando murió de un ataque al corazón. Y una vez que pasé ese límite, empecé a vivir en un mundo aterrador. Ahora ya me acomodé mentalmente, pero al principio tenía la idea de la muerte súbita metida en la cabeza.”
Nadie es profeta en su tierra
Auster ha sido una presencia estelar de la escena literaria internacional durante décadas, desde que, a mediados de los años 80, su Trilogía de Nueva York lo impuso como un escritor de moda que podía ofrecer tramas de buen ritmo con toques de existencialismo y de teoría literaria.
Se convirtió en el mejor ejemplo de un escritor de vanguardia que había encontrado un público comercial.
Venerado en Francia y best seller en el resto de Europa, fue menos reconocido en su país natal, pero eso cambió a mediados de los noventa, cuando realizó, junto con Wayne Wang, la película Cigarros y participó en varias otras
A partir de entonces, sus delicadas y reflexivas obras autobiográficas y sus novelas, como La música del azar, empezaron a llamar más la atención.
Auster publica con frecuencia y fue amasando una obra inconfundible por sus temas y la amenidad de su forma. Está casado con la escritora Siri Hustvedt, y sus amigos literarios más cercanos, Don DeLillo, Salman Rushdie y Peter Carey, integran las ligas mayores.
La pareja de Auster y Hustvedt incluso apareció en una publicidad de Gap como la encarnación de lo más cool de la literatura neoyorquina.
Auster tampoco tuvo miedo de hacer oír su voz en el terreno político, como vocero de la corriente de izquierda del mundo literario, y dadas las actuales circunstancias resulta casi inevitable tocar el tema del nuevo presidente de los Estados Unidos: “No puedo pensar en otra cosa. El mensaje de Trump de «devolverle a Estados Unidos su grandeza», en realidad es «volver a hacerlo blanco». Estoy desesperado como nunca antes por nuestra identidad y nuestro destino”, señala Auster.
“Creo que esta elección fue lo más atroz que vi en política en toda mi vida”, afirma Auster, en referencia a la reciente victoria de Trump. “No sé cómo voy a hacer para soportar estos años.”
Así que ha decidido pasar a la acción: “Llegué a la conclusión de que tenía que aceptar lo que me vienen ofre- ciendo insistentemente desde hace años: a partir de 2018, voy a ser presidente del PEN American Center. Voy a decir lo que pienso todas las veces que haga falta, o no podría vivir conmigo mismo”.
Estrategias y artilugios
La adolescencia de los Ferguson, al igual que la de Auster, transcurrió durante la década de 1960: “Quise dar una idea de cómo fue crecer en esa época”, dice el escritor.
La nueva novela “es una historia de crecimiento humano… y trabajé mucho pensando en las distintas etapas de la vida de una persona joven”.
La historia del primer Ferguson empieza: “El nombre de su madre era Rosa, y cuando él pudiese atarse los cordones y dejase de mojar la cama, iba a casarse con ella”.
4321 es el intento de transmitir la manera en que Archie, en todas sus encarnaciones, es moldeado tanto por las circunstancias personales como por los acontecimientos públicos.
El día que le disparan a Kennedy también es el día en que Ferguson 1 tiene sexo con Amy por primera vez: se quedan horas mirando las noticias por televisión hasta que terminan en la cama.
La urgencia de Auster por transmitir la intensidad de la juventud en 4321 lo llevó a cambiar de estilo (en el pasado se le había criticado su excesivo apego a una fórmula).
Él la describe como la “novela más realista que haya escrito”. El libro no tiene nada de novela negra, no se ajusta a las convenciones del género ni hay rastros de lo que supo ser su marca registrada: el minimalismo.
4321 no sólo abunda en detalles, sino que está escrito con oraciones largas, que quitan el aliento y a veces se extienden por varias páginas.
Aun así, no se puede decir que en esta nueva novela abandone sus temas ni su arsenal de artimañas de metaficción.


En el relato de la participación de Ferguson en una sentada en la Universidad de Columbia, por ejemplo, aparecen otros personajes de las novelas de Auster: Marco Stanley Fogg, de El palacio de la luna; David Zimmer, de El libro de las ilusiones; Peter Aaron, de Leviatán; Adam Walker, de Invisible. “Están todos ahí”, confirma Auster. “Quise traer de vuelta a mis chicos y tenerlos a todos juntos al mismo tiempo… por diversión.”
Del mismo modo, en las últimas páginas de la novela hay un pasaje crucial que habla de “los senderos que eternamente se bifurcan y que una persona tiene que enfrentar mientras camina por la vida”.
Es una referencia a Jorge Luis Borges y su cuento “El jardín de senderos que se bifurcan”, que gira en torno a una novela interminable y extraordinaria en la que todos los resultados posibles de un suceso ocurren a la vez.
Al estar basada en experiencias personales, 4321 es también una típica novela de Auster. A partir de la lectura de sus textos autobiográficos sabemos que, como Ferguson 3, Auster de joven vivió en París en un cuarto de servicio de un último piso, y que también frecuentaba prostitutas. “Tomé algunas cosas de mi vida –admite Auster–. ¿Qué novelista no lo hace?”
Auster suele señalar que su vida de escritor empezó aquel día, cuando tenía 8 años, en que conoció a su héroe del béisbol Willie Mays en un partido de los Giants de Nueva York, y reuniendo todo su valor le pidió un autógrafo.
Pero ni su padre ni su madre tenían un lápiz, así que finalmente el jugador se encogió de hombros y se fue. Auster lloró y se odió a sí mismo por haber llorado.
Sin embargo, desde ese día –y así sigue la historia– nunca más salió de su casa sin un lápiz: “Si tenés un lápiz en el bolsillo, hay muchas chances de que un día sientas la tentación de empezar a usarlo”.
Cincuenta y dos años después de aquel partido, Mays le regaló una pelota autografiada.
Auster se convirtió en revelación con Trilogía de Nueva York cuando ya pisaba los cuarenta años: hasta entonces, diecisiete editores habían rechazado Ciudad de cristal.
Pero antes del éxito ya llevaba muchos años comprometido con la escritura, sobre todo con su novela autobiográfica A salto de mata, crónica de un fracaso precoz.
Desde 1971, vivió en Francia con la escritora Lydia Davis, a quien había conocido en la universidad. Ambos se ganaban la vida como críticos y traductores, y compartieron una visión romántica de la pobreza hasta que la situación se volvió desesperante.
Finalmente, volvieron a los Estados Unidos con nueve dólares en el bolsillo, y en 1974 se casaron. Al año siguiente, y a la espera de un bebe –su hijo Daniel–, la pareja compró una casa antigua en el condado de Dutchess, Nueva York.
Los años siguientes fueron los más sombríos. “Me había pasado la vida escapándole al tema del dinero –escribe en A salto de mata– y de pronto ahora no podía pensar en otra cosa.”
Su turbulento matrimonio con Davis terminó en 1978 y pasó por “una crisis muy fea”, según sus propias palabras. “El suelo se abría bajo mis pies… las cosas a las que me aferraba hasta entonces de pronto ya no estaban.”
Al año siguiente, la muerte de su padre, Sam, fue el disparador de un cambio. No sólo porque su pequeña herencia le permitió seguir escribiendo, sino también porque enseguida se embarcó en un libro sobre la búsqueda de aquel padre ausente y lejano y que se convirtió en la espléndida novela autobiográfica La invención de la soledad.
En 1981, el año anterior a la publicación de La invención de la soledad, Auster conoció a Hustvedt en una lectura de poesía.
“La broma familiar –cuenta ella– es que a mí enamorarme me llevó 60 segundos y a él, un par de horas. Todo el asunto fue muy rápido.”
Auster suele decir que ella lo salvó: “Suena sentimental, porque ya hace 36 años que estamos juntos, pero es la persona más inteligente que he conocido”.
Ella siempre es su primera lectora, “y nunca me hizo una sugerencia que yo no siguiera”. Recientemente, Hustvedt publicó una colección de ensayos que lleva como título A Woman Looking at Men Looking at Women (“Una mujer que mira a un hombre que mira a las mujeres”).
Le pregunto a Auster si alguna vez su esposa lo confrontó por el modo en el que representa a las mujeres en sus libros. “Nunca”, contesta él.
“Con el correr de los años aprendí muchísimo de ella. Es una feminista apasionada y estoy de acuerdo con ella en todas sus posturas, que también son las mías.”
Para Auster, el cambio de vida que experimentó al conocer a Hustvedt es el perfecto ejemplo del “desconcertante” modo en el que operan las contingencias.
En la misma línea, dice que si no hubiera recibido (dos veces) la llamada equivocada de un hombre que preguntaba por la agencia de detectives Pinkerton, nunca habría escrito Ciudad de cristal.
Tal vez interpretar los hechos de esa manera sea ir demasiado lejos, pero Auster tiene una profunda afinidad con las historias de coincidencias y con lo inesperado.
El novelista trabajó en 4321 manteniendo sus costumbres de la vieja escuela, especialmente por su fidelidad con la escritura a mano y el uso de su fiel máquina de escribir Olympia, que está sobre su escritorio desde 1974 y a la que incluso le dedicó un libro llamado La historia de mi máquina de escribir, en colaboración con el artista Sam Messer.
Auster confiesa que le gusta el sonido de las teclas, pero que recién acude a su Olympia cuando el párrafo que estuvo trabajando en su libreta de notas parece terminado.
Le desagradan las computadoras y cree que Amazon es “el enemigo”. Todos los días, después de trabajar seis horas en una nueva novela, se siente “vaciado”. Dice que escribir libros es “física y mentalmente extenuante”. Para relajarse, suele mirar alguna película clásica junto con su esposa.
Según Auster, “solamente alguien que de verdad siente la obligación de hacerlo es capaz de encerrarse todos los días en un cuarto… Cuando pienso en todas las alternativas, en lo hermosa que puede ser la vida, me parece una locura vivir así”.
Volviendo a su obsesión con Trump y con el estado del país, señala que suele atormentarse con la misma pregunta que pone en boca de Ferguson 4: “Si el mundo está en llamas, ¿para qué servirían las obras de ficción?”.
Pero ahí sigue “esa hambre de escribir, de intentarlo nuevamente, por más que las buenas frases se nieguen a salir”, insiste Auster. “La emoción y la lucha son alentadoras y vivificantes. Cuando escribo, simplemente me siento más vivo.”
T. G. 

miércoles, 19 de octubre de 2016

REPORTAJE A PAUL AUSTER ¡¡CONOCELO!!!....VALE


El escritor estadounidense Paul Auster, al que siempre le han fascinado los incomprensibles giros del azar, un signo de sus novelas, ensayos y memorias, se siente más desconcertado que nunca frente al futuro político de su país.El autor de La trilogía de Nueva York no oculta su angustia ante la posible llegada de Donald J. Trump a la Casa Blanca.
Pero no todas son preocupaciones. Acaba de terminar 4321, su última novela, que será publicada en enero de 2017 y no mucho después traducida a más de 30 idiomas.


Desde su casa de Brooklyn  para hablar sobre coyunturas políticas y cinematográficas, sobre su aversión a googlearse a sí mismo, y sobre las pulsiones emocionales que pone en funcionamiento según escriba ficción o no ficción.
–¿Qué pasará en las elecciones presidenciales de noviembre?
–No estoy muy seguro. Imagino que ganará Hillary Clinton pero nada está garantizado. He pasado por tantos eventos inesperados en mi vida y ahora las cosas parecen estar volviéndose todavía más impredecibles. Aunque los números se inclinen por ella, no me atrevería a decir que son definitivos. Cuando los británicos votaron por el Brexit, las encuestas decían otra cosa. Y fue un shock. Ahí fue cuando me dije que todo es posible, que Trump puede ganar.
–¿Imaginaba que Donald Trump llegaría tan lejos?
–No, creo que nadie se lo imaginó, ni siquiera él. Trump no es un accidente; surge de una larga cadena de eventos y de formas de pensar el mundo y es el resultado natural de 50 años de pensamiento de derecha en los EE.UU.. El Partido Republicano ha sido siempre un partido racista. Nunca hablan de eso abiertamente, pero siempre ha sido su mensaje secreto. Por eso ganaron en el Sur durante la “estrategia sureña” de Nixon. Una vez que el movimiento por los derechos civiles se fortaleció a principios de los 60, el sur demócrata se volvió republicano por una sola razón: el racismo. Y desde entonces lo han desplegado de distintas maneras. Trump no es nada en lo que la derecha no haya estado pensando todo este tiempo. La diferencia es que es más descarado, tiene menos miedo y se atreve a decir lo que otros no. Yo creo que es peligroso, inestable, que no sabe nada sobre política, ni sobre el mundo de hoy, ni sobre la situación en los Estados Unidos. Sería un desastre como presidente, no sólo para mi país sino para el mundo entero. Habrá que rezar (ríe).
–¿Cuál ha sido el rol de los escritores estadounidenses frente a estas elecciones?
–Esto es algo que a la gente de otros países en general le cuesta captar. Aquí los escritores no tenemos lugar en la gran cultura. Somos seres marginados. Eso no quiere decir que la gente no lea, pero nuestro papel en la cultura es mucho menor que en América del Sur o en Europa. Nadie quiere escuchar lo que tenemos para decir (ríe). Aquí tenemos otro tipo de “realeza”: las estrellas de cine. Ellas hablan para la izquierda o para la derecha y la gente las escucha porque son nuestra clase noble, los bendecidos, los queridos, los reconocidos por todos. Si salgo a tocar puertas por Brooklyn y a preguntar quién es Philip Roth o quién fue Scott Fitzgerald, muy pocos sabrán de qué estoy hablando. Lo que los escritores pensamos no es de interés para nadie en este país.
–Cambiando de tema, su inexistente relación con el mundo digital es famosa. ¿Sigue sin tener computadora?
–Así es, pero ha habido algunas modificaciones. Mi esposa, Siri Hustvedt, me regaló un iPad para mi penúltimo cumpleaños. Sólo lo uso para buscar cosas. Acabo de terminar una novela muy larga que saldrá en enero en Estados Unidos, y con el iPad podía buscar, por ejemplo, qué día de la semana fue el 22 de junio de 1970 o cómo se escribe correctamente el apellido de alguien. Fue de mucha ayuda, pero no lo uso fuera de mi trabajo y nunca me he buscado a mí mismo en Internet.


–¿Nunca?
–No, no quiero saber lo que la gente dice. Es un modo de protegerme, de evitar malos sentimientos. Con los años aprendí que es mejor no leer las críticas. Si dicen algo bueno, no tiene realmente mucho efecto sobre vos, y si dicen algo horrible, duele mucho. Y como no quiero que me hieran más, me protejo así.
–¿Ve series de televisión?
–Rara vez. Lo cierto es que en los EE.UU. las películas no están pasando por un buen momento. La mayoría están hechas para niños de nueve años; son tecnológicamente increíbles, pero no puedo verlas. Me aburro. Creo que el trabajo que solían hacer las películas se ha mudado al reino de la televisión, lo que es a la vez sorprendente e interesante y está lleno de posibilidades, por ejemplo, la de adaptar novelas. Las novelas son muy complejas como para meterlas en las dos horas de duración de una película. Es mejor hacerlas en 16 horas.
–De hecho hay quien dice que las series son las novelas de nuestro tiempo, publicadas por entregas, como “Crimen y castigo”.
–No creo que sea una manera incorrecta de pensarlo. Porque todos necesitamos historias, queremos historias, y no podemos vivir sólo con aventuras de súper héroes. Y si el cine estadounidense ya no quiere hacerse cargo de esto, entonces lo hará la televisión.
–¿Le han propuesto adaptar alguna obra suya a la TV?
–No, siempre han sido proyectos cinematográficos. Pero quién sabe qué pase en el futuro, todavía estoy vivo.
–¿Diría que pone a trabajar distintas “habilidades” al escribir ficción y no ficción?
–El esfuerzo que hay que poner para escribir una buena oración es el mismo. Las demandas y los desafíos ante la página son idénticos. Yo he escrito novelas y memorias. En un caso, desde luego, tenés toda la libertad para inventar lo que quieras; para crear un mundo distinto. Con un trabajo autobiográfico, en cambio, lo esencial es decir la verdad. Nunca he distorsionado voluntariamente nada en ninguna de mis memorias. Pero por supuesto, la memoria puede ser falible; nos puede, digamos, prestar un mal servicio, engañarnos. Por lo que sé, he escrito lo que creí cierto. Y no diría que lidiar con la verdad sea una limitación sino, simplemente, una forma diferente, y hay que entrar de lleno en ella porque el libro no va a funcionar si se rompe el pacto que hiciste con el lector de que estás diciendo la verdad tal como la conocés. Si mentís, ya no es interesante.
–Su próximo libro, “4321”, es su primer trabajo de ficción en cinco o seis años…
–El último fue Sunset Park, que salió en 2010. Fue una experiencia muy intensa para mí, y no pude escribir ficción por un tiempo. Ahí fue cuando trabajé en Diario de invierno, en Informe del interior y en las cartas que escribí con John Coetzee. Así que hubo tres libros en el medio. Pero en 2013 empecé a escribir esta novela, de modo que en realidad hubo una pausa de tres años en la que no escribí ficción.
–¿Y en ese tiempo sólo se dedicó a su nueva novela?
–Sí, y en realidad quedé muy sorprendido por haberla escrito tan rápido, porque el manuscrito tuvo cerca de mil páginas y eso, para mí, es tremendamente rápido. Pero lo cierto es que en ese tiempo no hice nada salvo escribir. Viajé a la Argentina y poco más. Aparte de eso, me quedé en casa y trabajé siete días a la semana en mi habitación, sintiéndome como si estuviera en un bunker y viviendo solo para ese libro. Así fue como salió en tres años.
–¿Escribir “Diario de invierno” e “Informe del interior” hizo alguna diferencia en la manera en que abordó “4321”?
–Sí, me parece que fueron un puente muy importante para mi mente porque hay una gran cantidad de material en esos dos libros que tiene que ver con mi infancia, y la novela también trata sobre la infancia. Creo que las memorias me prepararon para el tipo de trabajo emocional y mental que tenía que poner en 4321. De modo que sí, todo está conectado de alguna manera. Todo es parte de cierta evolución interna que siempre está ocurriendo.