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jueves, 3 de mayo de 2018

PENSALO BIEN


Durante cientos de años en el mundo anglosajón se usó la expresión cisne negro como metáfora de cualquier cosa inexistente. Esto fue así hasta que en 1770 el Capitán James Cook llegó por primera vez a Australia y se encontró con que allí los cisnes negros abundaban. El famoso explorador llevó un par de ejemplares de regreso a Inglaterra y forzó a redefinir el sentido de la frase. Desde ese momento, un cisne negro no simboliza algo inexistente, sino a una cosa extremadamente rara.
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Diez años atrás, el notable académico y ensayista libanés Nassim Taleb recuperó del olvido esta expresión, y en su libro, del mismo nombre, popularizó el concepto de cisne negro para referirse a fenómenos con muy baja probabilidad de ocurrir pero de un enorme impacto si suceden. De acuerdo a Taleb, la tendencia humana a ignorar los escenarios muy improbables hace que los cisnes negros nos tomen siempre por sorpresa y mal preparados para sus devastadores efectos.
Sin embargo, en mi actividad como divulgador científico y tecnológico me encuentro constantemente con un fenómeno distinto, mucho más generalizado y peligroso que el descripto por Taleb. ¡Quiero presentarles hoy al pato negro!
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Desde mi libro Pasaje al futuro, mi columna de radio en Basta de todo y este espacio hace años me dedico a intentar concientizar a personas y organizaciones sobre el profundo impacto que la tecnología tendrá en todos los planos de nuestra vida en los próximos años. No estoy solo en esta cruzada. Tomemos como ejemplo el impacto que la inteligencia artificial y otros avances tendrán sobre el mundo del empleo, la próxima desaparición de muchos de los trabajos actuales y la incertidumbre respecto de las nuevas profesiones por surgir. Seguro en el último tiempo leyeron o escucharon reiteradamente sobre esto. Más allá de mis columnas y notas en el cuerpo principal de este diario, el tema fue tapa de las más prestigiosas publicaciones del mundo como The Economist o Time Magazine, fue objeto de un detallado reporte por el Banco Mundial y se menciona con frecuencia en casi todos lados.
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Lo curioso es que, pese a la reiteración de advertencias y la profundidad de la disrupción, la gran mayoría de las personas continúa con su vida exactamente igual, sin prepararse de modo alguno para este escenario. Y este es precisamente el pato negro: un fenómeno de ocurrencia probable, relativamente cercano, profusamente anunciado y para el cual, pese a ello, nadie se prepara.
La razón para este aparente contrasentido es que existe un sesgo cognitivo psicológico mucho más fuerte que "ignorar lo improbable", como menciona Taleb. El verdadero villano no es otro que la "resistencia al cambio", que nos hace ignorar siempre que sea posible todo aquello que nos confronta con la necesidad de cambiar. No importa cuán probable sea, si el problema no nos golpeó todavía en la nariz elegimos mantener la guardia baja. Y, para hacer las cosas peores, la repetición de advertencias nos va insensibilizando hacia los temas, dándonos la impresión errada de haber ya reaccionado y tomado cartas en el asunto.
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"No hay peor sordo que el que no quiere oír", dice el popular refrán, y es cierto que es difícil que un mensaje llegue al que se rehúsa a recibirlo. Pero hay un tipo de sordo aún peor: el que no acusa recibo de lo que oye y sin embargo está convencido de que ya escuchó. Te invito a cuidarte de los patos negros y pensar: ¿cuáles son los cambios que afectarán tu vida, tu carrera o tu organización y la resistencia al cambio te está impidiendo ver?

S. B.

miércoles, 25 de abril de 2018

PENSALO. BIEN...

El deseo (o la necesidad) de sacar el teléfono celular de la habitación trae de vuelta el despertador, en muchos casos con el extra del diseño
Arrinconados durante años en las estanterías de los negocios de electrónica de barrio, los relojes despertadores están de vuelta. Y no es una película de terror clase B, sino un regreso con gloría. Es que ya sea haciendo gala de diseños vanguardistas o como sofisticados exponentes de la más minimalista tecnología, los relojes despertadores salen hoy al rescate de aquellos que buscan sacar el teléfono celular de la mesita de luz -y, si es posible, de la habitación-, y que necesitan en primera instancia algo que los despierte.
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"Por motivos laborales, mi celular suena todo el día (literal). Como no podía concentrarme y focalizarme, lo primero que hice fue silenciarlo de día. Luego lo silencié de noche también y, por último, decidí que tampoco me despertaría y que no sería lo primero en ver a la mañana", relata Andrea  de 34 años, y completa: "Ahora me despierto con el reloj y lo primero que hago es encender la radio; recién a los 45 minutos de levantarme comienzo a chequear el celular".
Paula Suárez, de 32 años, notó como dato curioso la cantidad de relojes despertadores que vio durante un reciente viaje al Reino Unido: "Los vendían en locales de diseño, en locales de electrónica y en el aeropuerto, y me pregunté por qué, para luego recordar que varios amigos, en distintas situaciones, me habían comentado que habían reemplazado el celular por el despertador".
Hasta ahora, Paula se despierta todos los días con su celular, que a la hora señalada hace sonar "Nine Out of Ten", de Caetano Veloso. "Puse esa canción porque quería comenzar el día con algo que me guste, pero ahora terminé asociando la canción con el momento de despertar, y no está bueno -asegura-. Estoy planeando comprar un despertador que solo haga bip-bip, bip-bip para no seguir arruinando canciones".

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Ondas afuera
Relojes despertador con aspecto de reloj despertador (redondos, con agujas y campanillas arriba), otros que asumen el aspecto de un amigable robot, otros más con forma de cubo que proyectan sobre el techo de la habitación la hora, algunos más minimalistas que se cargan mediante cable USB... los hay de todo tipo. Basta entrar en cualquier plataforma de venta de objetos o darse una vuelta por Palermo para darse cuenta de que el reloj despertador está de vuelta con el firme objetivo de desbancar al celular en su tarea de levantarnos de la cama.
"Estoy tratando de usar lo menos posible el celular -cuenta Marcelo de 42 años-. Incluso me bajé una aplicación para medir cuánto uso el celular por día para llevar un control y tomar conciencia de cuánto tiempo ocupa. Pero creo que el verdadero disparador fue descubrir que lo primero que hacía a la mañana, después de apagar la alarma, era agarrar el celular y meterme en WhatsApp, leer las noticias, chusmear Facebook y Twitter. Y en frío diría que no quiero eso".
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Pero el destete del celular no siempre resulta tan inmediato como uno espera. "No le agarré la mano todavía al despertador y están ahí uno al lado del otro en la mesa de luz. No le descubrí aún la función de snooze y está funcionando como reloj por el momento. Pero si bien sigo usando el celular como alarma, al menos no lo consulto durante la noche para ver la hora. Es un paso. El definitivo será sacarlo de la mesa de luz y reemplazarlo definitivamente".
En el caso de Federico , de 39 años, fueron dos los motivos para sacarle roja al celular y volver al reloj despertador: "Yo no soporto que durante la noche se prenda y apaguen las luces, que me entren notificaciones o empiece a sonar, y a mi mujer le preocupa el tema de las ondas' que emite el aparato. La realidad es que no sabemos en un 100% qué tipo de daños puede generar la emanación de ondas permanentes a las que estamos expuestos. Pero cuando podemos evitarlo, en casa tratamos de hacerlo. Por eso primero expulsamos a ese integrante tan entrometido del cuarto, como es el celular, y a la noche en casa apagamos el Wi-Fi", dice Federico y agrega: "Tampoco me gusta despertarme con el celular cuando estoy de viaje: pido que me llamen desde la recepción al teléfono de la habitación".
S. A. R.