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martes, 25 de julio de 2023

PENSAMIENTO


De derechas, izquierdas y pusilánimes
El marketing del desprestigio ha hecho que casi ningún opositor a las políticas marxistas se atreva a encuadrarse a la diestra del espectro político
Carlos Manfroni

Tal vez muchos candidatos políticos, en América Latina y en una parte de Europa, deberían comprar un cuaderno de cien hojas y tapa dura, como los que usábamos en la escuela, y escribir de comienzo a fin: “¡Y qué!”. Frase cortísima pero sumamente importante, una verdadera vacuna contra la pusilanimidad y la “corrección política” y un sano ejercicio de fortalecimiento de la voluntad.
La izquierda, esa gigantesca y multimillonaria maquinaria de marketing en beneficio de sí misma, se ocupó de desprestigiar tanto a la derecha que casi ningún opositor a las políticas marxistas se atreve a encuadrarse a la diestra del espectro político. Para ese fin, la izquierda no necesitó emplear demasiadas calumnias; solo algunas. Lo que más resultado le dio, en realidad, fue acusar reiteradamente a sus rivales de pertenecer a la derecha, sin decir más. Tantas veces los acusó con esa simple expresión que la mayoría de ellos comenzaron a negar la orientación de su pensamiento.
“No soy de derecha”, contestan simplemente algunos. “La clasificación en izquierdas y derechas es anticuada”, responden otros. “Estoy en la centroderecha”, se atreven unos pocos más.
Puede ser que la clasificación en izquierdas y derechas sea anticuada; pero en la medida en la que exista una izquierda, y nadie duda de su realidad, la versión opuesta debe recibir algún nombre y tiene cierta lógica semántica que se llame “derecha”.
Un autor indudablemente encuadrado en la derecha francesa, Jean Madiran, ha sostenido que la derecha es una invención de la izquierda para generar un enemigo contra el cual combatir y dividir así a la sociedad en una confrontación dialéctica. No nos convence esta tesis sobre la inexistencia de la derecha. De hecho, el mismo escritor se refiere reiteradamente en su obra a “la derecha” como una realidad que opera de tal o cual manera. En lo que sí podemos coincidir es en que la izquierda se define a sí misma y define a la derecha.
No se trata, entonces, de que la derecha no exista, sino de que la gente suele imaginarla de acuerdo con el relato de la izquierda. ¿Y cuál es ese relato?
En primer lugar, una pintura de la derecha como un grupo egoísta, desenfrenadamente ambicioso y avaro, que no reconoce otra regla que la del mercado. Todo eso lo resume en el término “capitalista” o “procapitalista”.
La izquierda tendría, por el contrario, el monopolio de la solidaridad; no por el esfuerzo personal de sus adherentes –y aquí viene la contradicción que nadie le enrostra–, sino por la intervención del Estado en la confiscación del patrimonio de los demás. ¡Extraña solidaridad la que se ejerce con el bolsillo de los otros y no de sí mismo!
En contraste con ese apotegma, podemos ver a numerosos direclo tores o gerentes de corporaciones, así como a empleados y emprendedores individuales, partidarios del libre mercado, cooperando activamente con dinero propio en causas de bien público. Esto sucede en todas partes del mundo y, especialmente, en los países capitalistas. Difícilmente encontremos a un socialista, expresado esto en forma genérica para cualquiera de sus versiones, colaborando con los pobres a costa de su billetera. Lo había expresado Adam Smith en su
Teoría de los sentimientos morales,cuando escribió que los hombres que persiguen honestamente el beneficio individual han hecho grandes cosas por el bien común y, en cambio, pocas veces quienes dicen luchar por el pueblo han producido importantes avances en favor de la comunidad.
Si esa parte del relato sobre la derecha tiene una contradicción con la realidad, lo que sigue adolece de una contradicción lógica; es decir, de una contradicción en sí misma.
La derecha son los liberalescapitalistas; pero la ultraderecha son los nazis y los fascistas. Esto no es coherente, porque si el parámetro para la clasificación es la mayor o menor adhesión a la intervención del Estado, el fascismo y el nacionalsocialismo fueron intervencionistas y no precisamente partidarios del libre mercado. Si la izquierda fuera consistente en su clasificación, la ultraderecha debería estar formada por los libertarios, siguiendo el criterio con el que la izquierda encuadra en la derecha a los liberales.
Luego, existen varias características aisladas que, con mayor o menor coherencia, separan a la derecha de la izquierda. Una de ellas, supuestamente, es el antisemitismo o, para expresarlo con mayor precisión, el antijudaísmo. Y es verdad que, especialmente en el siglo XX, no pocas posiciones de derecha estuvieron irracionalmente unidas al antijudaísmo. Pero también es cierto, como lo señala el escritor Marcelo Birmajer –en cuyo último libro, La remera del Che, se burla de los revolucionarios–, que la izquierda marxista revolucionaria, y especialmente la trotskista en la Argentina, son antijudías. “Cuando desde la izquierda revolucionaria o marxista radical se reclama la destrucción del Estado de Israel, que se está reivindicando es el ideal nazi de exterminar al pueblo judío”, suele señalar el autor.
Otro patrón que separa a la izquierda de la derecha es la rigurosidad del sistema penal. La izquierda propicia teorías minimalistas, que tienden a suprimir la pena o volverla insignificante, mientras la derecha es partidaria del orden, que no se sostiene sin sanciones adecuadas a su alteración. Esa concepción de la izquierda no es coherente con las severísimas penas que se aplican en Cuba o en Nicaragua, por ejemplo, y que se ejecutaron en la Unión Soviética. Tampoco es coherente con las sanciones que la propia izquierda reclama aquí cuando el imputado es un miembro de las fuerzas de seguridad o un ciudadano civil que se defiende. Es que toda la izquierda es una gran incoherencia; el problema es que se la tome en serio.
La política migratoria es otra de las caretas con las que la izquierda restriega su supuesta solidaridad en la cara de la derecha. Y es verdad que las derechas son más restrictivas respecto de la inmigración; pero, como Santo Tomás lo enseña, existe un “orden de la caridad”, según el cual estamos obligados a amar en mayor medida a quienes por algún motivo están más ligados a nosotros. Nadie adopta cinco hijos si no puede dar salud y alimento a tres que son propios. A la izquierda con medicina prepaga eso no le importa mucho. Y no vamos a negar que existen también otras motivaciones en la derecha, como el temor a la “suplantación cultural” a consecuencia de la migración de los países islámicos, especialmente en Francia, Gran Bretaña o Alemania. Pero eso es verdad y Europa está muriendo a consecuencia de desatender esa realidad, como lo viene denunciando el escritor español Arturo Pérez-Reverte.
Pero ¿qué es entonces la derecha y qué es la izquierda, si es que existen? No existieron siempre como tales y la denominación procede de la Revolución Francesa. Pero una semilla de una y otra la encontramos en el comienzo de la Historia, con el relato bíblico de Caín y Abel. Una es la filosofía del esfuerzo individual, el reconocimiento a Dios y el amor a la familia. La otra es la envidia y el resentimiento, la reacción violenta ante el reconocimiento ajeno, el engaño al hermano, la ingratitud y la negación de los lazos familiares.
Caín y Abel no eran políticos, pero eran humanos
Difícilmente encontremos a un socialista, expresado esto en forma genérica para cualquiera de sus versiones, colaborando con los pobres a costa de su billetera

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martes, 16 de mayo de 2023

PENSAMIENTO


John Rawls: libertad, justicia y liberalismo
Alejandro Poli Gonzalvo
La obra de John Rawls (19212002) representó un notable intento de conciliar libertad e igualdad en una teoría de justicia, sobre dos grandes premisas: la primacía del right sobre el good, de la justicia sobre el bien que persigue cada persona, y la constitución de una sociedad que distribuya equitativamente los beneficios de la cooperación social. Por la primera premisa, Rawls sostendrá que la defensa de la libertad es el primer principio de su teoría y que “las violaciones de las libertades básicas no pueden ser justificadas ni compensadas mediante mayores ventajas sociales y económicas”. Por la segunda, afirmará: “La justicia es la primera virtud de las instituciones sociales, como la verdad lo es de los sistemas de pensamiento”.
Sobre estas premisas, en su clásico Teoría de la justicia (1971), Rawls desarrolló su concepción de la justicia en un marco teórico abstracto. En él, la cuestión clave será determinar cómo se eligen los principios de la justicia en una posición original, un procedimiento propio de las doctrinas contractualistas a las que adhiere. Para eso apela al “velo de ignorancia”, recurso intelectual en el que “nadie sabe cuál es su lugar en la sociedad, su posición, clase o estatus social; nadie conoce tampoco cuál es su suerte con respecto a la distribución de ventajas y capacidades naturales, su inteligencia, su fortaleza, etc.”. Los individuos eligen a priori los principios de la justicia sin conocer cuál es su identidad y posición social.
¿Cómo se las ingenia Rawls para que estos individuos sin subjetividades establezcan los principios de la justicia? Asumiendo que actuarán según la teoría de la elección racional y que buscarán que todos reciban la mayor cantidad de bienes sociales primarios. Según Rawls, los bienes sociales primarios son los que todo ser racional desea e incluyen derechos, libertades, oportunidades, ingreso y riqueza. Por eso afirma que las expectativas de justicia que surgen del “velo de ignorancia” son una atribución equitativa de los bienes sociales primarios que los individuos racionales pueden esperar de un sistema de justicia. Rawls llama a su teoría “justicia como imparcialidad”.
Acto seguido, pasa a definir su concepción general de la justicia: “Todos los bienes sociales primarios –libertad, igualdad de oportunidades, renta, riqueza, y las bases de respeto mutuo– han de ser distribuidos de un modo igual, a menos que una distribución desigual de uno o de todos estos bienes redunde en beneficio de los menos aventajados”. Esta es una fórmula más amplia que se deriva de su célebre principio de diferencia. Según este principio de justicia, las desigualdades se justifican mientras maximicen la situación de los individuos más postergados, cuyo corolario es que la pretensión de eliminarlas provocaría un deterioro mayor en su calidad de vida.
En las conferencias compiladas en El liberalismo político (1993), Rawls ajustó su teoría inicial de la justicia para compatibilizarla con la realidad de las sociedades occidentales, con individuos separados por doctrinas religiosas, filosóficas y morales y su visión de los fines de la vida. Rawls afirmará que la teoría de la justicia ya no debe ser concebida en abstracto como una teoría moral, sino como una propuesta política donde es posible un consenso entre ciudadanos que adoptan diferentes concepciones morales y religiosas. Es una forma remozada del liberalismo político, cuya diferencia con el liberalismo clásico es que estará en armonía con una concepción igualitaria según el principio de diferencia. Traducida a la Argentina, su propuesta implicaría un pacto social para que el esfuerzo y la creatividad de quienes se encuentran en una posición aventajada no sean obstruidos por gobiernos con consignas populistas, porque eso impediría lograr mejores condiciones de vida para los sectores más postergados de nuestra sociedad.

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sábado, 10 de octubre de 2020

PENSAMIENTO, ANÁLISIS Y CONCLUSIONES




Alberto Fernández, entre Cristina Kirchner y el Fondo

Carlos Pagni
Alberto Fernández, entre Cristina Kirchner y el Fondo Monetario Internacional
Desde que llegó a la Casa Rosada, Alberto Fernández adaptó su conducta a una premisa superior: mantener unida a la coalición que ganó las elecciones. Fue tan respetuoso de ese mandamiento que, por momentos, menoscabó la calidad de su gestión con tal de no provocar discordias en el Frente de Todos. Esa escala de valores se está volviendo cada vez más problemática. Sobre todo porque, a medida que se agravan los problemas económicos, queda al desnudo su carácter ilusorio. 
Para que una fuerza política se mantenga unida alrededor de un gobierno que fracasa hace falta un milagro. En especial cuando el líder no está en la presidencia. El oficialismo está sometido cada vez más a esa tensión. Hay un termómetro que indica el aumento de la fiebre: la creciente diferenciación de Sergio Massa.
En la última semana hubo tres episodios que desnudaron el problema ante el que está Fernández. Ayer ocurrió uno. Alicia Castro renunció a la embajada en Rusia en repudio a la política exterior del Gobierno. Castro criticaba con frecuencia a la Cancillería. Pero ayer rompió. El motivo era previsible. Federico Villegas, el embajador en la ONU, cumpliendo instrucciones de sus superiores, votó a favor de los informes que condenan los crímenes de lesa humanidad de la dictadura de Nicolás Maduro, que se trataron anteayer en la Comisión de Derechos Humanos, en Ginebra. Se trata de dos documentos. Uno fue elaborado en julio por la alta comisionada para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet. El otro, más duro todavía, se originó en el trabajo de una Misión de Reconocimiento de Hechos (FFM por su nombre en inglés: Fact Finding Mission). En este último se describe un plan para reprimir a la oposición y aterrorizar a la sociedad organizado por Maduro y sus ministros de Defensa e Interior. El reporte identifica 45 responsables de esos delitos. Esos detalles son gravísimos porque abren la puerta a un eventual proceso contra los jerarcas venezolanos en la Corte Internacional de Justicia.
Carlos Raimundi, el embajador ante la OEA, en contra de las órdenes recibidas, tomó distancia del informe de la FFM. Raimundi milita en el Frente Grande, uno de los integrantes del Frente de Todos. Castro se solidarizó con Raimundi. Y esperó al pronunciamiento de Villegas en la comisión para renunciar. Al hacerlo, activó una ola de disidencia. La conducción del Frente Grande, que ejerce Eduardo Sigal, rechazó la posición oficial. Hebe de Bonafini, siempre dramática, se declaró avergonzada por Felipe Solá y pidió perdón a Néstor Kirchner, a Hugo Chávez, a Maduro y al pueblo venezolano. "Le ahorró el trabajo al Presidente", ironizaron en el Instituto Patria. Para Bonafini, no fue un buen día: "Es tiempo de dar a nuestras Fuerzas Armadas el reconocimiento social que se merecen", dijo ayer el Presidente. Ya vendrán las aclaraciones sobre lo que quiso decir.
Estos rechazos desbarataron la estrategia con que Fernández venía disimulando el giro frente al régimen de Maduro. Él explicó a varios amigos que el Gobierno adhería al informe Bachelet, pero no al de la FFM. Llegó a contar los pormenores de una charla en la que la expresidenta de Chile criticó el trabajo de la FFM. Castro, Bonafini y Sigal no aceptaron la excusa. En realidad, es imposible discernir entre los dos documentos, porque lo que se votó fue una resolución que incluye a ambos. No hace falta aclarar la importancia del entredicho sobre Venezuela. La evaluación sobre el régimen de Maduro es una contraseña de alineamiento ideológico en toda la región. Un pormenor significativo: el mexicano Andrés Manuel López Obrador, con quien el Presidente iba a cambiar el mundo, se abstuvo en la votación de Ginebra.
El segundo caso que exhibe el desajuste entre la gestión de Fernández y el catecismo de la señora de Kirchner es la modificación de las retenciones agropecuarias anunciada por MartínGuzmán el jueves pasado. El ministro de Economía modificó el enfoque con que el presidente del Banco Central, Miguel Pesce, abordaba la caída de reservas. En vez de establecer más restricciones a la demanda, como hacía Pesce, Guzmán intentó estimular la oferta de divisas. Por eso bajó las retenciones a la soja de 33% a 30%. Y llevó las del aceite de soja del 33% al 27%. La primera medida parece inocua: los productores seguirán sin vender su mercadería mientras la brecha cambiaria sea superior a la reducción de la retención. Es decir: sigue siendo más negocio esperar a que una devaluación mejore el precio del producto.
Por eso el campo sigue irritado con el oficialismo. La manifestación más evidente del enojo fue el llamado de varias entidades a boicotear el Banco Credicoop en venganza por el impuesto a la riqueza ideado por Carlos Heller, su gerente general. La intolerancia que anima esa reacción es condenable. Tiene un aire de familia con aquellas presiones que ejercía Guillermo Moreno sobre los supermercados para que desistieran de anunciar en los diarios que criticaban al Gobierno. Por eso ese ataque al banco que dirige Heller fue repudiado por todos los bloques de la Cámara de Diputados.
La modificación de las retenciones al aceite es más llamativa. Beneficia a las grandes cerealeras, que muelen el grano y fabrican el producto. En realidad, Fernández restableció una ventaja que había eliminado Mauricio Macri. Las aceiteras, que son casi todas multinacionales (Cargill, Bunge, Nidera, Dreyfus), siempre se quejaron de la decisión de Macri. Alegaron que achicaba la rentabilidad hasta volver inviable la operación. Lo que parece increíble es que el kirchnerismo se haya hecho eco del reclamo. Aun cuando tiene entre los exportadores a amigos tan cercanos como el exsenador Roberto Urquía y su cuñado, Miguel Acevedo, el presidente de la UIA. Cuando Fernández invitó a varias cámaras empresarias para celebrar el 9 de julio, la vicepresidenta aconsejó, vía Twitter, una nota de Página 12 en la que Alfredo Zaiat advertía los supuestos peligros que anidan en una alianza con el sector exportador. Fernández acaba de rebelarse ante esa recomendación. Otorgó a las grandes cerealeras lo que les había quitado Macri. Para el mapa del "Patria", un mundo al revés.
La tercera diferencia se refirió a las relaciones con la Corte. La diputada y consejera de la Magistratura Vanesa Siley reactivó un pedido de juicio político contra el presidente del tribunal, Carlos Rosenkrantz. El juez acababa de impulsar el tratamiento del per saltum solicitado por los camaristas Leopoldo Bruglia, Pablo Bertuzzi y Germán Castelli. Siley pertenece a la pléyade de juristas acunados en Mercedes. Un grupo que encabeza el ministro del Interior y operador judicial que el Presidente no iba a tener, Eduardo "Wado" de Pedro; su medio hermano y representante del Ejecutivo en el Consejo, Gerónimo Ustarroz, y el trío Mahiques: papá Carlos, el procurador de Horacio Rodríguez Larreta; Juan Bautista, y el fiscal Ignacio.
Fernández intentó frenar la agresión a Rosenkrantz a través del legislador porteño Leandro Santoro, quien relativizó la importancia y, en especial, la oportunidad del ataque de Siley. Desde el Instituto Patria respondieron a Santoro con una voz autorizada: la de su exsuegro Leopoldo Moreau. El diputado radical-kirchnerista descalificó, con nombre y apellido, a todos los miembros de la Corte.
El problema de esta censura de Moreau no es que estimule un pronunciamiento adverso en el caso del traslado de los jueces. Del tribunal se ha vuelto hermético. Pero los antecedentes del problema, más algunos indicios apenas perceptibles, vaticinarían que la balanza comienza a inclinarse en contra del Gobierno. Hay otras incógnitas. ¿Qué derivaciones tendrá este fallo sobre el encuadramiento de los tribunales nacionales, es decir, la Justicia ordinaria, no federal? Es decisivo, porque supone una definición sobre el estatus institucional de la ciudad que se proyectará sobre el pleito por los recursos que le quitaron a Larreta. Otra incógnita: ¿la Corte resolverá el problema de los tres jueces o fijará criterios programáticos sobre el modo en que deben realizarse, o suprimirse, los traslados? La raíz del problema está en el Consejo de la Magistratura. En el Poder Judicial existen 988 cargos. 294 están vacantes. De esas vacantes, 45 dependen de un pronunciamiento del Senado; 116 esperan el nombramiento del Poder Ejecutivo, y 113 dependen de los 57 concursos que se tramitan en el Consejo.
El ajuste será el eje de la discusión más relevante entre Alberto Fernández y Cristina Kirchner
El enojo que expresan Siley y Moreau es comprensible. La Corte podría estar anticipando la suerte de Cristina Kirchner en muchas causas sobre corrupción. El problema es que, para el Presidente, ese tribunal tiene otro significado. Es la instancia donde pueden fracasar innumerables iniciativas administrativas: desde la coparticipación porteña hasta la constitucionalidad del impuesto a la riqueza, pasando por el recorte a las jubilaciones o un hipotético aumento de tarifas. Dicho de otro modo: de la Corte depende, al fin y al cabo, cualquier acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. Es una dificultad que a Moreau y a Siley parece tenerlos sin cuidado. Ellos miran la política por la cerradura de las pesadillas penales de su jefa.
La negociación con el Fondo Monetario, que comenzó ayer, es el ordenador de todos los conflictos oficiales. Hay un mundo soñado en el que ese organismo es internacional. Pero en la vida real, entenderse con el Fondo significa entenderse con el gobierno de los Estados Unidos. Y en esa relación el alineamiento respecto de la dictadura de Maduro es una variable principal.Gane Joe Biden o se reelija Donald Trump, la diferencia en ese punto es de matices. Este es el condicionamiento que desató el conflicto con la embajadora Castro, Bonafini y Sigal.
La baja de retenciones también es un capítulo de las tratativas con el Fondo. Supone un punto de vista más racional sobre la presión sobre el dólar. Todavía falta lo principal: una política sobre el exceso de pesos. Es decir, una discusión sobre las condiciones monetarias y fiscales del problema económico. Guzmán se detiene ante ese asunto. Y se zambulle en la incongruencia: promete recomponer la curva de tasas en pesos, mientras emite papeles dólar-linked. Detrás de este desajuste palpita la pregunta esencial de los enviados de KristalinaGeorgieva a Pesce y a Guzmán: ¿por qué camino piensa el Gobierno financiar el déficit sin insistir en una emisión descomunal? Hay una sola respuesta: por el camino del ajuste. Es verdad, el Fondo dice que no pedirá un ajuste. Pero pedirá "un programa sustentable". Es decir, ajuste. Este será el eje de la discusión más relevante entre Alberto Fernández y Cristina Kirchner. El mayor desafío que enfrenta el Presidente es que la líder del oficialismo no volvió ni mejor ni peor. Volvió anacrónica. Los criterios operativos de la vicepresidenta hacen juego con un mundo en el que la tonelada de soja valía 600 dólares; existía un superávit fiscal que permitía prescindir del crédito externo; al Fondo no se le pedía plata, sino que se le devolvía; los Estados Unidos solo miraban hacia Medio Oriente, porque recién habían sufrido el ataque a las Torres Gemelas; en Iberoamérica gobernaban Chávez, Lula, Bachelet, Mujica, Evo Morales, Correa y Zapatero, y lo más importante: el principal opositor había sacado 17% y no 41% de los votos.
Esta visión desfasada del momento histórico de Cristina Kirchner es un cepo cada vez más ajustado para las posibilidades de Fernández. El que mejor advierte la incongruencia es Massa. Por eso se diferencia. Dijo que Venezuela es una dictadura. Condenó los ataques a los silobolsas y la liberación de presos. Defendió el uso de pistolas Taser. Aconsejó acelerar el acuerdo por la deuda. Se anticipó a la baja de retenciones y a la reapertura de las aulas. Solo mantuvo silencio durante el levantamiento policial: ¿en qué andaría? Cuando se sumó al frente, Massa insistió en que debía respetarse la identidad de cada grupo. En cualquier momento se vuelve Alicia Castro. Pero a la menos uno. La creciente disidencia de Massa es un mensaje para Fernández: no se le puede pedir unidad a la coalición de un gobierno que desilusiona.

martes, 26 de marzo de 2019

PENSAMIENTOS

Elogio de la lectura
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ALBERTO MANGUEL
¿En qué consiste ese extraño sentimiento de intimidad compartida, de sabiduría regalada, de maestría del mundo a través de un mero juego de palabras? Éste es un paseo por la historia de los libros y por las obras de algunos de esos grandes hechiceros responsables del paraíso de la lectura. Memoria, intimidad, imaginación, sentimientos, inteligencia, aventura y descubrimiento son algunas de las palabras que reivindican el estatus de un placer que nos hace más humanos.
Como la experiencia muestra, la debilidad de nuestra memoria olvida fácilmente no sólo los actos ocurridos hace mucho tiempo, sino también los recientes de nuestros días. Es, pues, muy conveniente y útil poner por escrito las hazañas e historias antiguas de los hombres fuertes y virtuosos para que sean claros espejos, ejemplos y doctrina para nuestra vida, según afirma el gran orador Tulio".
Así comienza la novela que, entre los pocos libros perdonados de la biblioteca de Don Quijote, el cura rescata por ser "un tesoro de contento y una mina de pasatiempos": el Tirant lo Blanc de Joanot Martorell y Martí Joan de Galba. "Llevadle a casa y leedle", le dice a su compadre el barbero, "y veréis que es verdad cuanto dél os he dicho".
El Tirant justifica su propia existencia como un remedio a nuestra flaca memoria, como depósito de nuestra experiencia pasada, como espejo de valores antiguos y de enseñanza meritoria. Eso quiso su autor, pero sus lectores, menos ambiciosos, como aquel cura de La Mancha, no se preocuparon por tales noblezas y lo recomendaron por razones más sutiles y menos graves: por dar contento, proveer pasatiempo, provocar deleite. El censorio cura y el ensañado barbero condenaron a las llamas aquellos libros de Don Quijote que, a sus ojos, pecaban de revueltos, disparatados, arrogantes, duros, secos -es decir, libros que no les gustaban-. Porque en el momento de la verdad, frente a la salvación o a la hoguera, para un verdadero lector lo que importa es el placer.
Pero ¿qué es este placer? ¿En qué consiste ese extraño sentimiento de intimidad compartida, de sabiduría regalada, de maestría del mundo a través de un mero juego de palabras, de entendimiento adquirido como por acto de magia, de manera profunda e intraducible? ¿Por qué nos lleva a rechazar ciertos libros sin misericordia y a coronar a otros como clásicos de nuestra devoción si algo en ellos nos conmueve, nos ilumina, pero por sobre todo nos deleita?
Como lectores, nuestro poder es aterrador e inapelable. No nos enternecen ni las súplicas de los críticos ni las lágrimas de los lectores que nos han precedido. Implacables, a través de los siglos, juzgamos y volvemos a juzgar a los libros que ya se creían a salvo. Por puras razones de gusto, en el paraíso de la lectura, Cervantes ocupa el lugar que Martorell y Galba han perdido a pesar del juicio del mismo Cervantes. ¿Nuestros abuelos adoraban a Anatole France y a Mazo de la Roche? A nosotros no nos gustan: al infierno con ellos. ¿Melville fue despreciado y Kafka vendía apenas unos pocos ejemplares? Hoy Melville está sentado a la diestra de Dante y una primera edición de La metamorfosis de Kafka vale unos seis mil euros. Si debemos justificarnos, inventamos razones estéticas, culturales, filológicas, históricas, filosóficas, morales. Pero la verdad es que, a fin de cuentas, nuestros juicios son casi todos refutables fuera del campo hedonista.
El lema de todo verdadero lector es De gustibus non est disputandum. "De gustos no se discute", o, como se dice en castellano, "sobre gustos no hay nada escrito". El proverbio latino dice la verdad; la traducción castellana miente. Nuestro placer no admite argumentos; admite en cambio una infinidad de escritos, los exige. Al fin y al cabo ¿qué son las bibliotecas sino archivos de nuestros gustos, museos de nuestros caprichos, catálogos de nuestros placeres?
El placer de la lectura, que es fundamento de toda nuestra historia literaria, se muestra variado y múltiple. Quienes descubrimos que somos lectores, descubrimos que lo somos cada uno de manera individual y distinta. No hay una unánime historia de lectura sino tantas historias como lectores. Compartimos ciertos rasgos, ciertas costumbres y formalidades, pero la lectura es un acto singular. No soñamos todos de la misma manera, no hacemos el amor de la misma manera, tampoco leemos de la misma manera.
Para ciertos lectores, el placer de la lectura es uno de intimidad. Ese espacio amoroso que un lector crea con su libro no admite otra presencia. El niño que lee bajo la manta a la luz de una linterna cuando se le ha ordenado dormir, el adolescente acurrucado en el sillón para quien el único tiempo que transcurre es el del cuento que está leyendo, el adulto aislado de sus congéneres en un atiborrado vagón de tren o en un bullicioso café, encuentra su placer en un mundo creado sólo para él. Proust volvía al comedor una vez que la familia había salido a pasear para hundirse en el libro que estaba leyendo, rodeado solamente de los platos pintados colgados en la pared, del almanaque, del reloj, todos objetos, nos dice, "muy respetuosos de la lectura" que "hablan sin esperar respuesta y cuya jerga, a diferencia de la de los humanos, no trata de reemplazar el sentido de las palabras leídas con un sentido diferente". Dos horas de placer hasta la entrada de la cocinera que, con sólo decir "así no puede estar cómodo. ¿Y si le traigo una mesita?", lo obligaba a detenerse, a buscar su voz desde muy lejos, a sacar las palabras de su escondite detrás de los labios y a responder, "no, gracias", con lo cual el encanto quedaba roto. El placer de la lectura no admite terceros.
Pero hay lectores para quienes la experiencia compartida prolonga y profundiza el placer de la intimidad. Acabo de leer un párrafo que me encanta y, antes de cerrar el libro o pasar a otra página, quiero leérselo a otros, regalar a un amigo el nuevo placer descubierto, formar un pequeño ruedo de admiradores de ese texto. Dar un libro a otro lector es decirle: "Éste fue mi espejo; ojalá sea el tuyo". Es así como creamos asociaciones de lectores que tienen algo de sociedades secretas, y es gracias a ellas que ciertos autores no han desaparecido de nuestras bibliotecas canónicas. He regalado innumerables ejemplares de Su mujer mona de John Collier, de la autobiografía de Henry Green, de Contra la corriente de James Hanley, de Rosaura a las diez de Marco Denevi, para poder hablar de lo que me gusta, para que mi placer tenga un eco. En su diario, Hervé Guibert cuenta que compró las Cartas a un joven poeta de Rilke para leer al mismo tiempo que su amigo el libro que éste se había llevado de viaje.
Intimidad solitaria y comparti-
da. La lectura nos ofrece también el placer de la inteligencia. ¿Qué otro arte nos permite pensar con Pascal, razonar con Montaigne, meditar con Unamuno, seguir los vericuetos de la mente de Vila-Matas o de Sebald? No se trata de dejarse convencer con argumentos ajenos, lo que se ha llamado "terrorismo intelectual". Se trata de ser invitados a un momento de reflexión, de convertirnos en testigos de la creación de una idea, como ocurre en los diálogos de Platón o en las novelas de Gombrowicz. Se trata de escuchar y pensar. El resultado puede o no ser compartido; poco importa, ya que el recorrido intelectual no prevé ni conclusión ni destino preciso. Cerramos ciertos libros y nos sentimos más inteligentes, resultado que el autor no puede nunca prever. "El arte alcanza una meta que no es la suya" escribió Benjamin Constant. Lo mismo puede decirse de la lectura.
El placer de la inteligencia significa al menos dos cosas: disfrutar del uso de la razón y disfrutar del reconocimiento del mundo. Es banal recordar que la lectura nos lleva a regiones insospechadas; menos banal es recordar que nos hace ciudadanos de tales regiones. Para un lector, todo libro es un museo del universo y, a veces, el universo mismo. Los lectores habitamos El Cairo de Naguib Mahfouz, las islas de Conrad, el Madrid de Galdós, pero también la luna de Wells y de Verne, los universos soñados por Lovecraft y Ursula K. Le Guin, el País de las Maravillas de Lewis Carroll. Hay un cuento (ya no sé quién lo escribió) en el que un hombre leyendo las aventuras de otro que se pierde en el desierto muere de hambre y de sed en su cama, rodeado de comida y de bebida. De forma algo más moderada, todo lector conoce el placer de habitar el mundo creado por otros, de ser su explorador y su cartógrafo.
Un auténtico explorador goza de lo que encuentra, sea bueno o sea malo; un lector también. Que un libro nos parezca pésimo, no significa que no nos pueda dar placer. Los grandes poetas nos deleitan; otros menos agraciados también son capaces de hacerlo. El inglés Charles Waterton, famoso conocedor de las selvas de Suramérica, se extasiaba ante los animales más feos de la creación, como por ejemplo el sapo de Bahía, repugnante criatura que el Dr. Waterton cogía tiernamente en su mano y acariciaba con cariño, mientras hablaba emocionado de la profunda mirada y espléndido brillo de los ojos del batracio. Igual hacen los lectores con cierta mala literatura. Parafraseando a Wilde, yo diría que hay que tener un corazón de piedra para no morirse de risa ante ciertas páginas de Azorín o de Ángeles Mastreta. O ante este verso del poeta mexicano Díaz Mirón: "Tetas vastas como frutos del más pródigo papayo". Tales abominaciones tienen la marca de un genio.
Tom Stoppard escribió que para saber si un escritor es bueno o malo, hay que preguntarle a su madre. Más interesante, más entretenido, más placentero es descubrir si es un visionario. Quiero decir, si es capaz de revelarnos en su obra esos pequeños secretos que misteriosamente dan sentido al universo, diciéndonos lo que no sabíamos que sabíamos. Elijo una frase al azar, de la novela de Ana María Moix Las virtudes peligrosas: "La experiencia, en contra de lo que la gente suele opinar, no es ninguna forma de sabiduría
... La experiencia, créame, amigo, no es más que una forma de nostalgia".
Tales revelaciones resultan menos insólitas que verdaderas. El lector sabe que, en tales casos, el placer no resulta de la sorpresa, que es obra del azar, sino de la confirmación de algo que ya ha intuido vagamente. La orden de Diaghilev a Cocteau -Étonnez-moi! "¡sorpréndame!"- es el deseo de un empresario, no el de un auténtico lector. El lector acepta las sorpresas del texto como un preámbulo amoroso -descubrir que alguien toma café en lugar de té, que duerme del lado izquierdo de la cama, que tararea La violetera en la ducha- pero luego busca un conocimiento más íntimo, más profundo del texto, una familiaridad que se extiende y se renueva con cada relectura. "Cuando diseño un jardín", dice un personaje de Thomas Love Peacock, "distingo lo pintoresco y lo hermoso, y agrego una tercera calidad que llamo lo inesperado". "¿Ah sí? Entonces dígame", responde su interlocutor, "¿qué nombre le da usted a esa calidad cuando alguien recorre el jardín por segunda vez?".
Tampoco debemos olvidar el placer de la memoria. Leer es recordar. No solamente esos "actos ocurridos hace mucho tiempo" sino también "los actos recientes de nuestros días". No solamente la experiencia ajena contada por el autor sino también la nuestra, inconfesada. Y no solamente las páginas del texto que vamos leyendo, memorizando las palabras a medida que adquirimos otras nuevas que olvidaremos en la página siguiente, sino también los textos leídos hace tiempo, desde la infancia, componiendo así una antología salvaje que va creciendo en nuestro recuerdo como la obra fragmentaria de un monstruoso autor único cuya voz es la de Andersen, la de San Agustín, la de Quevedo, la de Javier Cercas, la de Cortázar. Leer nos permite el placer de recordar lo que otros han recordado para nosotros, sus inimaginables lectores. La memoria de los libros es la nuestra, seamos quienes seamos y estemos donde estemos. En ese sentido, no conozco mayor ejemplo de la generosidad humana que una biblioteca.
Leer nos brinda el placer de una memoria común, una memoria que nos dice quiénes somos y con quiénes compartimos este mundo, memoria que atrapamos en delicadas redes de palabras. Leer (leer profunda, detenidamente) nos permite adquirir conciencia del mundo y de nosotros mismos. Leer nos devuelve al estado de la palabra y, por lo tanto, porque somos seres de palabra, a lo que somos esencialmente. Antes de la invención del lenguaje, imagino (y sólo puedo imaginarlo porque tengo palabras), imagino que percibíamos el mundo como una multitud de sensaciones cuyas diferencias o límites apenas intuíamos, un mundo nebuloso y flotante cuyo recuerdo renace en el entresueño o cuando ciertos reflejos mecánicos de nuestro cuerpo nos hacen sobresaltar y darnos vuelta. Gracias a las palabras, gracias al texto hecho de palabras, esas sensaciones se resuelven en conocimiento, en reconocimiento. Soy quien soy por una multitud de circunstancias, pero sólo puedo reconocerme, ser consciente de mí mismo, gracias a una página de Borges, de Jaime Gil de Biedma, de Virginia Woolf, de un sinnúmero de autores anónimos. La lombriz de la conciencia (como la llamó Nicolà Chiaromonte en otra página que me define) denota la incisiva, constante, obsesiva búsqueda de nosotros mismos. La lectura añade a esta obsesión la consolación del placer.
El placer ha sido denigrado en
nuestra época al entretenimiento superficial, a la distracción, a la facilidad, a la satisfacción egoísta. Confundimos información con conocimiento, terrorismo con política, juego con habilidad manual, valor con dinero, respeto mutuo con tolerancia altiva, equilibrio social con comodidad personal. Creemos que estar contentos (o creer que estamos contentos) es ser felices. Quienes están en el poder nos dicen que para sentir placer tenemos que olvidarnos del mundo, someternos a normas autoritarias, dejarnos subyugar por míseros paraísos, deshumanizarnos. Pero el auténtico placer, el que nos alimenta y nos anima, tiende a lo contrario: a tomar consciencia de que somos humanos, que existimos como pequeños signos de interrogación en el vasto texto del mundo. Quienes tenemos la fortuna de ser lectores sabemos que es así, puesto que la lectura es una de las formas más alegres, más generosas, más eficaces de ser conscientes.
Si debemos justificarnos inventamos razones estéticas, culturales, filosóficas o morales. Pero la verdad es que nuestros juicios son casi todos refutables fuera del campo hedonista
La memoria de los libros es la nuestra, seamos quienes seamos y estemos donde estemos
Intimidad solitaria y compartida. La lectura nos ofrece también el placer de la inteligencia

miércoles, 13 de marzo de 2019

PENSAMIENTOS


Cambiar uno para transformar el mundo
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Sergio Sinay
Si no nos conforman ni el aire de los tiempos ni el estado de las cosas en el mundo, no esperemos un cambio milagroso. Como señalaba Hannah Arendt (1906-1975) en La promesa de la política, el mundo tal como lo concebimos es el producto de las acciones e interacciones humanas. Otra cosa es el universo, cuya existencia es independiente de la presencia humana, y además la trasciende. Cuando decimos mundo nos referimos al mundo humano. La diferencia es importante, y, si la tomáramos en cuenta, podríamos reenfocar nuestras expectativas. Quizá no se trate de cambiar el mundo, como solemos pretender para mejorar las cosas, sino de que cambie el ser humano. Es cierto que lo primero, desde esta perspectiva, es imposible. Pero, a la luz de los hechos, lo segundo no es fácil.
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Aunque la reflexión de Arendt está relacionada con la política y su función necesaria para la convivencia humana, bien podría vincularse a una consigna de la física cuántica. Según esta, el observador es siempre, e inevitablemente, parte del fenómeno que observa. Eso que vemos en el mundo y que no nos gusta, no es ajeno a nosotros. En El orden del tiempo, su obra más reciente, el italiano Carlo Rovelli , figura decisiva en la física contemporánea, se ocupa de recordarlo: "Toda experiencia del mundo es interna; cada mirada que posamos sobre el mundo, parte, en cualquier caso, de una perspectiva concreta". Esa perspectiva es la propia de cada persona y comprende su situación y sus relaciones con otros acontecimientos (así llama Rovelli a todo lo que existe en el universo).
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¿Qué es, entonces, la realidad que desearíamos o nos propondríamos cambiar, o que otros (desde políticos hasta gurúes de distintos tipos) nos prometen transformar? Nada que pueda unificarse ni definirse de una manera única e inamovible. La "realidad", o llamémosle el mundo, es un conjunto de eventos (una ley, una piedra, un vínculo amoroso, un país, una guerra, el protagonista de una película, la película misma, un número, una religión, una idea, un árbol) que existen cada uno a su manera, en un tiempo y un espacio propio. Ese conjunto está intervenido siempre por la mirada de quien lo describe. Y esa ni siquiera es toda la realidad, sino apenas la que nos rodea y nos incluye. Somos pequeños pedazos de la Naturaleza, una piecita entre muchas otras en el gran espacio del cosmos, explica Rovelli con un estilo depurado que se desliza con claridad y exquisita sensibilidad en el corazón de complejas cuestiones científicas. Interactuamos con otras piezas en la pequeña fracción del universo a la que pertenecemos.
Cambiar el mundo, más aún si es para mejor, resulta un propósito tan plausible como ambicioso. Y puede resultar también un abono a la decepción. Pero, a la luz de lo que expone el físico italiano, un proyecto parece posible. El de transformar esa modesta porción del universo en la que nos toca vivir. Sacándola de la ciencia y transportándola a la cotidianidad, la idea podría expresarse así: preguntate cómo es la sociedad en la que te gustaría vivir, y comenzá por vivir de esa manera en los espacios que habitás y transitás. Es decir, tu pareja, tu familia, tu trabajo, tu vecindario, tu círculo de amigos, la calle, los espacios públicos y comunes. Cada pieza interactúa con otras y en esa interacción ambas se modifican. Por otra parte, esa parcela de la vastedad en la que existís es apenas una pieza de un engranaje mayor, y al modificarse es probable que incida en este. Pero paremos ahí, porque quien mucho abarca poco aprieta. Si el mundo es el mundo humano, y si nuestra mirada sobre él nos incluye, antes que esperar cambios mágicos, milagrosos o providenciales, acaso lo mejor sea empezar por cambiar lo posible. Nosotros. Ya se dijo que como es adentro es afuera, que como es en pequeño es en grande y que como es adentro es afuera.

domingo, 4 de marzo de 2018

ASOMBRO, PREGUNTA, INQUIETUD, PENSAMIENTO, CREACIÓN


El asombro como motor del aprendizaje



Comienza otro año lectivo y en unos días las escuelas volverán a llenarse de chicos. Muchos estarán felices de reecontrarse con sus amigos. Casi todos vivirán ese regreso con resignación, sintiendo que "se terminó la diversión" que implican las vacaciones y comienza el tedio de la escuela. Hace unos meses, en una provocadora charla en TEDxRíodelaPlata llamada "Zombies en la escuela", Julián Garbulsky comenzó su exposición sentado en silencio, de espaldas a la audiencia, mirando hacia la pantalla del escenario como si fuera un pizarrón. Después de unos segundos que parecieron minutos, todavía de espaldas, rompió el silencio y dijo: "Si egresaste de la secundaria, viviste 10 segundos como estos 3 millones de veces". Seguramente puedas recordar esa sensación apesadumbrada de fin de vacaciones, que probablemente hayas experimentado durante tu propia infancia.
En el extremo opuesto del espectro está otra sensación, muchísimo más infrecuente y esquiva. Tal vez la hayas sentido alguna vez al mirar el cielo y pensar que vivimos apenas en un ínfimo planetita, orbitando una estrella cualquiera, pero que esos puntos de luz que ves son las señales emitidas en general miles de años atrás por todos los otros incontables sistemas estelares en la vastedad del cosmos. Un cosmos que es, a la vez, finito en infinito, porque definitivamente tiene un fin pero si fueras indefinidamente en una dirección jamás llegarías a un borde. Y en un punto, menos mal que no hay tal borde, porque si no deberíamos dilucidar desde aquí qué diablos puede haber al otro lado. Un universo que además está compuesto de una cantidad abismalmente grande de materia, que se creó básicamente de la nada hace 14.300 millones de años en un instante imposible de imaginar.



O podemos poner la lupa sobre nosotros mismos. Y pensar que cada uno de nosotros estamos hechos de 7000 cuatrillones de átomos (¡un siete seguido de 27 ceros!) y que esos átomos son 99.9999999999996% espacio vacío. Como referencia, si un átomo fuera del tamaño del planeta Tierra, su núcleo apenas ocuparía unos cientos de metros en su centro. Si elimináramos toda esa nada y amucháramos todos los protones, neutrones y electrones que nos forman, la humanidad entera entraría en un cubo de azúcar. Pero más perturbador aún es que, siendo esencialmente puro vacío, cuando la nada de nuestra mano se encuentra con la nada de otra mano, gracias a la repulsión de las cargas eléctricas negativas de nuestros electrones, se tocan pero no se atraviesan ni se mezclan.
Finalmente, esa enorme cantidad de átomos completamente carentes de vida o cualquier forma de consciencia, acomodados de la manera correcta dan lugar a un vos o a un yo, seres que no solo estamos vivos sino que ¡sabemos que lo estamos! Y que podemos preguntarnos por nuestro origen y descubrir que estamos hechos de esos cuatrillones de átomos creados en aquel inimaginable instante del big bang.


La física y la biología, igual que todas las demás disciplinas y materias, están repletas de belleza y de asombro y pueden regalarnos montones de momentos extraordinarios. Pero todo eso se pierde si nos limitamos solamente a memorizar las fórmulas del "movimiento rectilíneo uniforme" o las "fases de la mitosis". La sensación mágica de maravillarse ante el asombro de la existencia nos ocurre muy pocas veces en la vida. Y sin embargo aprovechar ese asombro y maravilla en el aula son el antídoto perfecto al tedio que describe Julián en su charla y que estarán sintiendo la mayoría de nuestros chicos en estos días.

S. B.