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lunes, 26 de junio de 2023

PSICOLOGÍA


Ni mudarse ni casarse. La incertidumbre electoral pone en pausa las decisiones personales
Se procrastinan proyectos individuales o familiares; la angustia y el temor por gastar ahorros o afectar la calidad de vida llegan a los consultorios de psicólogos y especialistas
Evangelina Himitian

Astrid y Eduardo venían hace tiempo con ganas de hacer un viaje para conocer Egipto y la India y pasear por Europa. Pensaron que el cumpleaños de 50 de los dos (en enero y en julio) era una buena ocasión. Los chicos están grandes, ellos tienen los ahorros y las ganas. Sin embargo, cuando se acercó la hora de sacar los pasajes, empezaron a dudar. “Está todo tan incierto...”, dijo Eduardo. Astrid estuvo de acuerdo. “¿Y qué sabemos qué puede pasar? La idea era viajar para septiembre, pero en medio están las elecciones. Y con este clima social, tanta conflictividad, pensamos esperar un tiempo más. Tal vez el año que viene”, cuenta ella, que es diseñadora y su marido, médico.
Algo similar les pasó a Daniela F. y Martín C.: tenían en venta su departamento en Caballito, porque querían mudarse a algo más grande. Estaban dispuestos a mudarse a provincia para tener algo de verde para sus mellizos de 7 años, Ignacio y Augusto. “Estuvo tres meses a la venta y no pasó nada. Y decidimos no renovar, mejor esperar a ver qué pasa”, relata Daniela. Luana de Felipe (31) y Federico S. (30) llevan dos años de convivencia y habían hablado de casarse si todo seguía bien para 2023. “Tenemos re ganas, pero los dos pensamos que por ahí, en este momento que está todo tan volátil, gastar todos nuestros ahorros en una boda como la que nos gustaría tal vez no sea la mejor idea, mejor guardar los dólares y ver más adelante cómo sigue. Lo que uno teme es no poder volver a juntar esa plata”, dice Federico.
Relatos como estos son cada vez más frecuentes en los últimos meses, sobre todo a partir del incremento de la conflictividad social y de estallidos como los que se vieron en la última semana en Chaco y en Jujuy, con un aumento de la sensación de inestabilidad previa a las elecciones.
Son cada vez más las personas que deciden poner en un compás de espera proyectos personales, sobre todo aquellos que implican una decisión económica, para esperar a ver qué ocurre en la previa a las elecciones presidenciales y después. Como si la órbita de las decisiones personales también hubiera quedado marcada por el enrarecido clima preelectoral. “Acampar hasta que amanezca”, como dice la sabiduría parece ser la estrategia de muchos.
“Estamos viviendo un clima sostenido de incertidumbre, que en este contexto parece haberse incrementado. En el plano político, venimos de líneas discursivas que no fueron acompañadas por hechos. Estas tienen un telón de fondo muy agudo que son las crisis económicas continuas y profundas, la inseguridad, la inflación, la pobreza, la crisis educativa. Este contexto, sumado a un historial de crisis en las que el que toma una mala decisión pierde, hace que nos volvamos más cautos y eso impacta en las decisiones y en las relaciones humanas”, apunta Mónica Cruppi, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina, especialista en vínculos.
“Razones no faltan: los discursos en un contexto electoral que carecen de claridad para enunciar sus proyectos, la fragmentación de los partidos, los candidatos que no resisten archivos, la ausencia de líderes con trayectoria, la fragilidad que sienten los ciudadanos ante situaciones como las que se ven en algunas provincias. Se ha hecho constante la incertidumbre. La pregunta es si como argentinos nos acostumtexto bramos a la incertidumbre. Uno no se acostumbra. Es vivir bajo niveles elevados y constantes de estrés. Tiene efectos para la salud en general y para la salud emocional en particular. Y la dificultad para tomar decisiones relevantes en este contexto es un indicador”, agrega.
Más que un imponderable
“La incertidumbre es inherente a la condición humana: es esa cuota de imprevisibilidad que está siempre presente, aunque en un porcentaje menor. Sin embargo, cuando la incertidumbre no tiene que ver con esa variable de lo imponderable, sino que afecta toda la vivencia, se experimenta con mucha soledad, se siente desprotección ante una amenaza permanente, un sentimiento de desamparo, que lleva a que tomar una decisión sea muy difícil”, explica el psiquiatra y ensayista José Eduardo Abadi.
“El sentido etimológico de la palabra decisión es corte. Uno deja algo porque decide algo que tiene que ver con el mañana. Cuando el mañana parece nublado, cuando la vivencia de soledad tiene que ver con un sentimiento de desprotección, hay una retracción. Se posterga: aparece la procrastinación de las decisiones, para cuando se pueda tener una respuesta. O cuando haya un orden de previsibilidad”, apunta Abadi. “Si bien es cierto que nunca vamos a dominar todas las variables, hoy nuestro país nos genera más que una duda sana. Nos genera una cuota de angustia. Hay inhibición, hay angustia, hay espera. Y todo lo que es proyecto queda postergado para más adelante”, agrega.
“Ante la decisión de no tomar una decisión hay un trasfondo. Tenemos experiencias catastróficas que nos condicionan. No es de la nada. En base a eso, tomamos decisiones. Esperar es una toma de decisiones. Venimos con un escenario cambiante y de un trasfondo que indica que hay que ser cautos en momentos de mucho cambio. Y la inflación, que marca que no se puede planificar de una semana para otra”, aporta Cruppi.
Los relatos de quienes decidieron postergar alguna decisión se parecen: el temor, la sensación de poder equivocarse feo. O de lamentarse después. También la tristeza de tener que vivir en espera, o de postergarse a ellos mismos por un contexto imprevisible. También pesan experiencias como la dolarización de la economía, a fines de los 90, frases como “quien apuesta al dólar pierde”, durante el gobierno de Eduardo Duhalde, a la pérdida de los ahorros en el corralito en 2001. “La experiencia nos dice que en la previa a las elecciones se produce el momento de mayor inestabilidad. Esos recuerdos condicionan la toma de decisiones. Aparece el famoso, en algún momento esto ya pasó. El desgaste es grande”, detalla Cruppi.
El gran laboratorio
Por estos días, los consultorios de psicólogos, psiquiatras y psicoanalistas son escenario de planteos como estos, donde la dificultad de tomar decisiones se ve incrementada por el nivel de inestabilidad y crispación social. “Hoy, el consultorio es un gran laboratorio de psicología social. Lo que se ve que el nivel de incertidumbre de los conductores es tan alto como el de los conducidos”, apunta Martín Wainstein, director de la carrera de especialización en Psicología Clínica de la Universidad de Buenos Aires y director de la Fundación Bateson de Buenos Aires. “Hay muchas angustias. La gente no sabe si casarse o no. Irse de viaje. Los centennials dicen ‘no quiero una pareja estable, no pienso en una familia, no sé en qué quiero trabajar, o no quiero algo que me obligue a la territorialidad’. Están entre irse a juntar naranjas a Nueva Zelanda o hacer la maestría. Más cerca de lo primero. ¿La casa propia? Ya pertenecen a un mundo donde comprar una casa no es viable. Te dicen: ‘alquilar ya no es viable’”, apunta.
Pero no se trata solo de una procrastinación en las decisiones: “La moneda tiene un valor psicológico: es un ordenador cognitivo del orden social. Vos y yo sabemos cuánto vale un par de anteojos. Hoy todos esos parámetros están alterados. No tenemos idea de dónde estamos parados en términos de expectativa del orden social. Esto destruye la trama social, y los valores, que son popular,
aquello que ordena cognitivamente a la sociedad. Reconstruir un sistema de valores es más difícil que recomponer la economía. Los valores son aquello que orienta tu conducta: si estudio, progreso. Si trabajo tendré más recursos. Hoy, los valores de los centennials son otros”, dice. Y cita: “Hay que comprar bitcoins porque es la única manera de comprar una casa. Hay que buscar con desesperación una startup que me saque del pozo. La expectativa es pegarla, ser Galperin. El trabajo formal está por debajo de la canasta básica, ya no es atractivo”, apunta.
La crisis que hay por debajo
“Si lo pensamos bien, no tenemos problemas económicos, sino de construcción de la realidad social. Es una crisis más grande. No somos un país que desde el punto de vista económico sea problemático. Tenemos una población relativamente chica en relación con los recursos, que es estable, la conflictividad social no es tan alta como en otros países de la región. Lo que no tenemos es una conducción, una clase política que entienda la expectativa social y le pueda dar curso. Falta el timonel. Y arreglar un poquito el timón”, opina Wainstein.
El especialista en psicología social considera que, en realidad, la cuestión electoral agrega combustible a la situación general de crisis. “Las personas nos manejamos con expectativas, tenemos un horizonte, que en general es de un año y medio a dos. Hay gente que planifica más a largo plazo, pero no es tan frecuente. Cerca de los 30 años sí se piensa en decisiones más a futuro, por ejemplo, formar una familia. Pero el horizonte de decisiones de las personas es más corto. Cuando hay una inestabilidad tan grande, las personas tienen expectativas de supervivencia. No pueden planificar”, asegura.
Los economistas dicen, según apunta Wainstein, que la inflación es un desorganizante de la función económica. “El problema es que los economistas saben poco de psicología. La economía es una ciencia social. Con las matemáticas se equivocan siempre. Las personas organizan sus conductas en función de sus expectativas. Si son inciertas, no organizan sus conductas ni toman decisiones, por los riesgos que perciben. Si tengo que cambiar el coche, no lo hago, no me arriesgo. No me mudo. No se vende ni se compra. Quien lo entendió bien fue el Nobel de Economía, el israelí Daniel Kahneman, que en realidad es psicólogo y explicó la economía del comportamiento, la psicología del juicio y la toma de decisiones”, dice.
“Quienes nos gobiernan no saben mucho de psicología. Conocen la psicología folk, que es la que conoce todo el mundo. Los programas políticos de los candidatos, en muchos casos son cuasi religiosos, amplios, genéticos, basta de sufrir. Pero no entienden los valores de la gente. El líder es un psicólogo, es decir, alguien que sabe interpretar cuál es la expectativa de la gente y moldear la conducta propia en función de moldear la conducta de la gente con un objetivo. Y, a la vez, sabe interpretar cuáles son los valores que movilizan a la gente a la toma de decisiones”, concluye Wainstein

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domingo, 14 de mayo de 2023

PSICOLOGÍA


¿Es posible regular el porno? La batalla para proteger a los menores
Los expertos apuntan a la pornografía violenta como un elemento problemático en la educación afectiva y en el aumento de agresiones sexuales entre adolescentes
Isabel Valdés Hoy no existen protocolos para evitar el acceso de menores a páginas web con contenido pornográfico
MADRID.– Poner puertas al campo, tapar el sol con un dedo, vaciar el Atlántico con un balde. Cualquiera de esas frases hechas vale para explicar cómo de posible es restringir completamente el porno en internet para los menores. Móviles, tabletas, videojuegos, televisiones. Está en todas partes. Y donde hay conexión, hay porno. Salta en ventanas emergentes, aparece en los resultados de los buscadores con las palabras clave más inverosímiles, en publicidades que no se han pedido, en redes sociales. ¿El problema? Hay varios. Que la mayoría de esos clips muestran un sexo violento –en su práctica totalidad hacia las mujeres–, en lo físico y lo verbal, carente de toda empatía, consentimiento, reciprocidad y, obviamente, afecto. Que es eso y prácticamente ninguna otra cosa lo que sirve de educación sexual a muchos niños, niñas y adolescentes: bofetones, mujeres arrastradas por el pelo, asfixia, simulaciones de violación, y a veces, también, violaciones reales. Y que ya, desde hace varios años, los especialistas apuntan a ese tipo de porno –el llamado mainstream, no toda la pornografía es igual– como uno de los factores a tener en cuenta en el aumento de la violencia sexual entre los menores.
Supone una contradicción dictar normas reguladoras de los contenidos de esta clase en los medios, mientras que, a la par, no existen protocolos para tratar de impedir el acceso de los menores a páginas web pornográficas. Si se abre cualquiera de ellas por primera vez, aparece una ventana con una advertencia: “Solo para adultos”. Y un botón: “Aceptar”. Con pulsarlo basta para tener delante millones de videos. Cuando vuelve a haber acceso desde el mismo dispositivo, la advertencia ni siquiera saltará, la memoria (las cookies) de la página reconoce que ya se entró antes y da vía libre.
Fuentes de la Agencia de Protección de Datos recuerdan que sus competencias se ciñen a la protección de la información personal, que son “muy conscientes de que el acceso por menores de edad a contenidos online para adultos y el uso adictivo de las nuevas tecnologías son hábitos que pueden comportar graves riesgos para su desarrollo y salud mental y serias consecuencias en su ámbito familiar, educativo y social”.
Un debate necesario
El debate sobre cómo seguir el camino para proteger a los menores de cierto tipo de pornografía es para el doctor en Sociología Lluís Ballester, experto en la relación entre juventud y pornografía, necesario: “Ese mismo debate lo tuvimos respecto de otros productos que se identificaban con la libertad, como el tabaco. Socialmente, hemos llegado a aceptar fuertes restricciones al acceso y consumo porque la investigación demostró los efectos que producía. Ahora mismo, la evidencia en relación al consumo habitual de pornografía es casi del mismo nivel que la que teníamos antes de las restricciones al tabaco”.
Ballester cree que en este sentido hay medidas posibles que podrían tomarse, como “establecer por ley que todos los dispositivos con conexión a internet que se pongan a la venta tengan activados controles parentales y establecer líneas telefónicas de denuncia y asesoramiento a menores y familias, fijar un consejo asesor de expertos sobre menores y riesgos del entorno audiovisual de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia, o poner en funcionamiento el Consejo Audiovisual en todas las comunidades autónomas, para trabajar sobre este tema”.
Tanto Valero como Ballester apuntan hacia un objetivo claro: la prevención. Para este último, “el mejor enfoque es el de la educación de las emociones, los afectos, las relaciones, la sexualidad; así como la educación digital”. Además, dice que hay que activar mecanismos de protección para las personas que están en riesgo y las que ya han sufrido daños y “procesos de participación e investigaciones que permitan entender mejor qué está pasando, por ejemplo, con el riesgo en redes sociales y videojuegos, donde también llega la pornografía”.
Ambos proponen que se hagan “filmaciones de la sexualidad sin mostrar violencia, sumisión, bien guionadas, que sirvan para contestar la curiosidad sexual que tenemos los humanos”. Contenidos que podrían desarrollarse a través de la educación afectivo-sexual que se ha incluido como obligatoria para todas las etapas educativas.
José Luis García, doctor en Psicología y codirector del primer curso universitario de experto en prevención de los efectos de la pornografía, dice que es “más partidario de capacitar a los chicos para que aprendan a tomar decisiones de forma argumentada, y que sepan qué y dónde buscar si tienen inquietudes o necesidades de estímulos eróticos”. Sin eso, sin educación, en las aulas y en casa, coincide el director de la asociación Dale Una Vuelta, Jorge Gutiérrez, niños y adolescentes están expuestos a efectos en su salud sexual, mental y emocional. No se pueden hacer desaparecer los millones de resultados que aparecen si se introduce la palabra “porno” en el buscador, pero se puede enseñar a niños, niñas y adolescentes qué se van a encontrar entre esos millones de resultados. Que sepan por qué no tienen que ver con la realidad. Y con qué sí tiene que ver el sexo. “Con lo que no aparece en el porno mainstream”, dice Ana Valero, “el cuidado, la reciprocidad, el consentimiento, la empatía”

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martes, 7 de febrero de 2023

PSICOLOGÍA


Mundo interno. Es hora de hablar con uno mismo
Sergio Sinay


Quizás, contra lo que normalmente se cree, las personas que hablan solas no están mal de la cabeza. Por supuesto, depende de lo que digan. Hay soliloquios (monólogos destinados a uno mismo) y hay diálogos internos (conversaciones con o entre aspectos que nos habitan y conforman nuestro mundo psíquico). Cabe preguntarse quién habla cuando decimos “yo”. Porque puede y suele ocurrir que esa voz se haya apoderado de nuestra personalidad en detrimento de otras partes que nos constituyen, que están silenciadas y que piden la palabra, pero no la obtienen.
Somos universos ambulantes, constituidos por múltiples aspectos que orbitan en torno de lo que presentamos como nuestra identidad, ese ropaje psíquico con que nos presentamos y deseamos ser vistos por los otros. Adentro de cada persona hay un valiente y un cobarde, un generoso y un mezquino, un sincero y un mentiroso, un honesto y un tramposo. Por cada aspecto existe su opuesto complementario. Adoptamos uno de ellos, el más favorable, como carta de presentación, y ocultamos, negamos o rechazamos el opuesto. Lejos de desaparecer, éste permanece en lo que el médico y psiquiatra suizo Carl Jung (1875-1961), padre de la psicología arquetípica, llamó la Sombra. Desde allí lo proyectamos hacia otros, son ellos y no nosotros los que tienen esa característica indeseada. Este proceso no es consciente ni voluntario, pero es real y nadie está exento de él.
De manera que hablar a solas puede ser un modo de hacer que nuestros aspectos emerjan y dialoguen. Y que se abran puertas necesarias en nuestro mundo interno, porque el acallamiento de las subpersonalidades que nos habitan, no solo nos empobrece, sino que genera malestares y presiones silenciosos en los que fermentan neurosis variopintas. Algo de esto había sospechado hace veinte siglos el emperador romano Marco Aurelio y lo dejó asentado en sus Meditaciones (una lectura muy recomendable), en las que hacía un balance de su vida y de lo que había aprendido a lo largo de ella.
Como advierte la psicóloga social Ariana Orvell, catedrática en el Bryn Mawr College, de Pensilvania, en muchas de sus reflexiones Aurelio evita el pronombre yo. Usa, en cambio, el plural nosotros o prefiere la segunda persona (tú) para referirse a sí mismo. “El uso de pronombres en segunda persona por parte de Aurelio refleja su tendencia a considerar su vida como si estuviera en un diálogo consigo mismo, es decir, dirigiéndose a sí mismo directamente”, escribe Orvell en un ensayo publicado en la revista digital Psyche. En efecto, al abordar una cuestión que lo afecta, el emperador no se pregunta “¿Por qué me molesta esto?”, sino “¿Qué le molesta de esto?”, y habilita así a esa parte de sí mismo que está fastidiosa a que se exprese. Abre espacio al diálogo interno, al sonido de las voces que están silenciadas en nuestro interior, mucho más en tiempos, como los actuales, en los que, secuestrados por el bullicio externo, hipnotizados e imantados por el afuera, visitamos poco a nuestros paisajes internos y sus necesidades, y escuchamos aún menos las voces que desde allí claman. Acaso sea el momento de hablar más solos y a solas como signo de salud, sin temer lo que vamos a escuchar, ya que por doloroso que pudiera ser, resultará en nuestro beneficio.
Orvell llama a esto Diálogo Interno Distanciado y, a la luz de su investigación, sostiene que “cuando usamos el pronombre de segunda persona ‘tú’ para reflexionar sobre nosotros mismos, podemos ir más allá de nuestra perspectiva egocéntrica predeterminada y considerar nuestros pensamientos y sentimientos desde la postura de un observador más objetivo. Esta perspectiva distanciada de uno mismo abre nuevas formas de pensar, que pueden marcar la diferencia en nuestros sentimientos y comportamiento en una variedad de situaciones emocionales”. Menos chateo externo, pues, y más diálogo interno.

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lunes, 18 de octubre de 2021

PSICOLOGÍA, Y OBJETOS DE CULTO


¿Hay que preocuparse? Hasta dónde llegan los tentáculos de El juego del calamar
Fascinación por la muerte o sublimación de la angustia a través del arte: bueno, nada de eso

Miguel Espeche

El juego del calamar se ha convertido en un éxito en la plataforma Netflix
El juego del calamar es una serie violenta como tantas. Algo especial debe tener sin embargo, ya que gana sobre otras y se entroniza como una de las producciones más vistas de la plataforma Netflix.
El argumento trata de gente caída en desgracia que, ante la posibilidad de ganar una enorme cantidad de dólares, se deja reclutar para participar de un juego siniestro en el que la muerte es el destino de todos los perdedores.
Dicen que la serie en sí misma es mala. Sin embargo, acá hablamos de ella no tanto por sus (dis)valores artísticos, sino por lo que representa en clave simbólica. Es que, en ese sentido, alguna fibra ha tocado como para tener un éxito tan masivo.
En Europa se preocupan porque en los recreos los chicos empiezan en sus juegos a imitar la crueldad de ese mundo cerrado de la serie, en el que los ganadores viven y los perdedores mueren violentamente. Posiblemente esos chicos vean en El juego del calamar la representación del mundo tal como se lo muestran los grandes: un duro universo darwiniano en el que solo se redime el vencedor de un juego perverso y arbitrario.
Muchos entienden que la vida es así: que hay reglas crueles y sádicas que se imponen y obligan a jugar brutalmente, como si ese poder manifestado por los diseñadores del juego representara un Dios arbitrario y perverso que goza mientras que “la gilada” se degrada en la desesperación.
El tema da para profundizar mucho, pero no es la idea ponerse muy sesudo en estas líneas. Sabemos que la muerte fascina, que sin algún contacto con ella no nos damos cuenta de que estamos vivos y que hay aspectos de nuestra vida diaria en la que estamos adormecidos en rutinas y zonceras. A ese nervio existencial llega el Juego del Calamar con sus tentáculos, representando una de las versiones del mundo (la más cínica tal vez) que subyace bajo el manto del día a día.
Es verdad que hay otros juegos que se juegan y no siempre tienen series que los representen. Juegos más colaborativos e inteligentes, jugados en clave de eficacia grupal y no tan individualistas o desesperados. En esa línea podemos imaginar que los colegios que tengan una manera menos competitiva y más entusiasmante y cercana de educar no deberían preocuparse tanto en los recreos porque los chicos no apuntarían a imitar un juego en el que reina la rabia y la agresividad competitiva, y sin dudas encontrarían otras formas de divertirse.
La sublimación de la angustia a través de algún tipo de arte o juego es algo esencial para los humanos. Si el Juego del Calamar sirviera para poder “exorcizar demonios” y pasar a jugar a otra cosa sería maravilloso. Pero difícilmente sea así porque no es esa la intención del espectáculo.
Sabemos que no solo de “emociones fuertes” está hecha la vida, sino también de lo que hacemos con esas emociones tras experimentarlas. Y en ese hacer está el principio de la historia, no su final.

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El whisky más valioso



Una invitación inesperada, un esmoquin conseguido de apuro y un viaje relámpago a Londres como invitado especial de Queen Elizabeth forman parte de la historia detrás de la botella de whisky más valiosa que puede encontrarse en Argentina. ¿A quién pertenece? A Miguel Ángel Reigosa, creador de la Whisky Malt Argentina y del Museo Nacional del Whisky. “De mi colección de 3150 botellas, sin dudas la que más valor tiene es la Royal Salute 62 Gun, que es la que me obsequió la reina Isabel II cuando fui a su cumpleaños en 2010. Me la entregó en mano. No tiene precio, es incalculable”, reconoce Miguel Ángel, que la atesora en un lugar especial del Museo.


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martes, 7 de noviembre de 2017

PSICOLOGÍA: MENTE EN BLANCO

¿Y qué me dicen de esa casa sola que se ve desde un avión? Quizá en la soledad no haya dolor. de pensar en nada. No es sólo una canción: es un ejercicio, y quizás uno de los más difíciles que existan. ¿Probaron alguna vez poner la mente en blanco? Sin entrenamiento previo es casi imposible: los pensamientos comienzan a atacarnos por todos lados (las cuentas por pagar, el ruido de la calle, el informe que debemos). Pero como se sabe, el Lejano Oriente viene en nuestra ayuda con sus técnicas milenarias de meditación limpiadoras de cabezas. No hablaremos aquí de esas técnicas ni sus historias, pero sí de esas cabezas. La neurociencia ha estudiado el efecto de diversas formas de meditación sobre el funcionamiento cerebral y, de yapa, sobre el resto del cuerpo, y si bien es un camino largo lleno de interrogantes, hay algunas certezas para comentar.
Ahora que podemos ver el cerebro desde afuera, a través del análisis de imágenes cerebrales, tenemos una buena oportunidad de espiar los posibles efectos de la meditación. Uno de los problemas, claro, es que hay tantas y tan diversas técnicas como maestros, y no siempre son muy comparables a la hora de diseñar un experimento. Más allá de este escollo, es claramente un tema de investigación fascinante, que hasta ha acercado al mismísimo Dalai Lama a los congresos internacionales de neurociencias, en donde se intenta encontrar un terreno común para charlar y experimentar.
Además del interés de conocer, también se busca ahondar en potenciales aplicaciones: la meditación parece ayudar en el tratamiento del estrés y la ansiedad, así como otros trastornos, como la depresión o el dolor crónico, y hasta puede mejorar la función inmune. Ojo: no todos estos trabajos están bien validados o son aceptados sin chistar; es difícil determinar los efectos de una técnica meditabunda sobre el cuerpo separándola de otros factores, como el estilo de vida, la alimentación y demás. Pero el común denominador de los estudios es que sí, algo hace, y algo bueno (basta mirar a los miles de Budas sonrientes que hay por el mundo para convencerse).
Veamos algunos ejemplos concretos y bastante investigados. Nuestro cerebro se activa en forma de ondas: la actividad eléctrica sube y baja con distintas velocidades. Cuando abrimos los ojos al mundo, esta frecuencia sube mucho en lo que se denominan ondas beta (que, convengamos, suena de lo más científico). Varios trabajos apuntan que con la meditación esta frecuencia se aquieta y se puede inducir el pasaje a las llamadas ondas alfa, más lentas y, quizá, más calmadoras para el músculo y la ambición. Ver esas ondas (literalmente, visualizar la actividad eléctrica en una computadora) puede ayudar a controlarlas y, en el camino, influir en otras funciones corporales, como la presión arterial. Los meditadores también parecen estar más al tanto de lo que les pasa al propio cuerpo y al cerebro; un experimento muestra que pueden reconocer cierta actividad inconsciente del cerebro mejor que los sujetos controles. Esto tiene implicancias que van más allá de la neurociencia y llegan hasta el libre albedrío., pero de eso hablaremos otro día.
Otros estudios indican que la meditación entrenada puede modificar la expresión de algunos genes relacionados con la inflamación, que, recordemos, es de las primeras respuestas del sistema inmune frente a una infección. 
Todo bien y necesario, pero si la inflamación se exagera o se vuelve crónica puede tener consecuencias no muy queridas. Las intervenciones sobre la mente (tenemos nuestrrrros métodos.) pueden limitar ese proceso inflamatorio crónico y reducir el riesgo de otras enfermedades.
Aclaración importante: acá el asunto es encontrar efectos de la meditación que puedan ser investigados en laboratorio, más allá de su valor personal, espiritual o religioso, que les dejamos a otros expertos. Pero sí, algo hay, y merece seguir siendo estudiado. Entender y entendernos. de eso se trata.

D. G.

sábado, 21 de octubre de 2017

PSICOLOGÍA; LAS CALIFICACIONES, LOS NIÑOS Y LOS PADRES


Boletín al rojo: ¿los chicos son los únicos culpables de las malas notas?
Muchos padres se sorprenden cuando su hijo aparece con calificaciones por debajo de las que esperaban; los expertos dicen que el contexto define el desempeño de los alumnos
No se enojaron. No hubo reproches ni pedido de explicaciones. Pero el gesto de decepción que se dibujó en el rostro de sus padres lo decía todo. Después de recorrer con la mirada la libreta celeste, llegó el silencio. Un incómodo silencio que se extendió por apenas unos segundos, pero que a él le parecieron horas. "No sé qué pasó", fue lo que atinó a decir Nico luego de que los padres leyeran su boletín. Las malas notas son un punto de inflexión para padres e hijos. En general se suele culpabilizar a los más chicos del flojo rendimiento escolar, pero la realidad es que un boletín que está por debajo de las expectativas familiares suele ser, casi siempre, una responsabilidad compartida entre padres, hijos y docentes. "A veces los chicos no pueden rendir de acuerdo a las expectativas de papá y mamá, y eso también lo deben aceptar los adultos, ya sean padres o maestros", sostiene la psicopedagoga Elvira Giménez de Abad, autora de varios libros, entre ellos, Niños con déficit de atención.
No bien Nico mostró su boletín, esperó algún reto. Porque en general las malas notas no llegan solas. Lo hacen acompañadas de reproches, enojos, frustración y de algún que otro castigo del tipo "si no levantás el promedio te saco la tablet o la Play". Pero no hubo nada de eso. Pasado ese primer momento de decepción, los padres trataron de encontrar junto a su hijo la respuesta a ese boletín. "Más allá del enojo y la decepción, ayuda muchísimo que juntos reflexionasen acerca de las razones por las que las calificaciones están tan bajas", sugiere Giménez de Abad.
Sucede que las altas expectativas paternas, pesan y mucho en el rendimiento del chico, según la psicopedagoga y psicóloga especializada en crianza Alejandra Libenson, autora del libro Los nuevos padres: "Frente a un hijo, muchos padres tienen una expectativa que puede no coincidir con la realidad. La clave es cómo manejamos como adultos esa frustración -sostiene-. Para un niño, el peor castigo es la decepción paterna, sentir que no cumplió con lo esperado de él. En muchos casos se tiende a equiparar ser un mal alumno con ser un mal hijo o un mal padre justamente por no cumplir con ese supuesto ideal. Y no es así, acá no está en juego el amor ni la relación".
Por eso, para Libenson es preferible no hablar de culpas, sino de responsabilidades. "Es recomendable pensar la educación y la crianza en términos de responsabilidades y diferencias de roles y funciones. No en buscar culpables de las conductas propias o de los hijos. El gran desafío de los padres de hoy es transformar la famosa culpa en responsabilidad -plantea-. Dejar de lado las certezas y en lugar de rotular o etiquetar a un hijo, poder preguntarse ?qué tengo que ver yo con esto que está sucediendo y lo que le pasa a mi hijo'. Salir del lugar de víctimas con el famoso ?me lo hizo a mí' y convertirnos en protagonistas. ¿Cómo podemos ayudarlo y mejorar y ser mejores padres nosotros?"

La realidad es que detrás de una (o varias, claro) mala nota hay diferentes lecturas. Puede ser que el chico no se haya esforzado lo suficiente, puede ser que no haya comprendido algo o le cueste prestar atención en clase, o incluso puede ser que tenga algún problema de aprendizaje y no se anime a contarlo. En todos los casos, el acompañamiento paterno y del docente es fundamental.
"Es sumamente importante el acompañamiento de los padres en las tareas escolares. Pero esto no quiere decir que realicen las tareas por ellos -aclara Giménez de Abad-. A veces tendrán que reforzar una explicación, otras simplemente acompañarlos mientras completan lo que no han terminado en el colegio. O tal vez haya que reacomodar y reorganizar la manera en que se realizan las tareas en casa. Acompañarlos, pero que ellos sean los protagonistas. En cuanto a los docentes, es importante que también tengan en cuenta los ritmos de trabajo de los chicos, que comprendan que no todos entienden y aprenden de la misma manera y que algunos necesitan una mirada diferente y una palmadita de aprobación en el hombro", destaca la psicopedagoga.
A esta edad, cuando los chicos están transitando la escuela primaria, en general les cuesta organizarse con la tarea y manejar sus tiempos de estudio. Y no suelen calcular bien cuánto les demandará una asignación: creen que pueden resolver en minutos cuestiones que les llevan más de media hora. Ahí es donde los padres deben intervenir, aunque obviamente dependerá de cada chico.
"Cada niño necesita un acompañamiento distinto. Hay chicos muy autónomos y otros que necesitan que el padre esté ahí. Es recomendable que los adultos puedan estar disponibles y atentos para acompañarlos a que generen el hábito del estudio y que realicen a tiempo las famosas tareas, pero no encima persiguiéndolos y haciéndolas con ellos o por ellos", sostiene Libenson.
Claudia la mamá de Nico, reconoce que jamás se preocupó por estas cuestiones escolares con su hijo mayor. Y que con Nico siguió la misma política. "Fede solo hacía la tarea en casa o la adelantaba en el colegio, en algún recreo. Jamás tuve que decirle estudiá' o hacé' la tarea. Siempre sacó excelentes notas -cuenta-. Con Nico hice lo mismo, pero no resultó porque él es mucho más disperso. De hecho me enteré de que traía tarea a casa por una nota de la maestra en el cuaderno de comunicaciones donde decía que no había entregado ninguno de los trabajos. Ahí caí que con él tenía que ponerme más firme".
De premios y castigos
A pesar de que el boletín no era el esperado, Claudia asegura que no le impuso ningún castigo a Nico. "Hablamos con él y nos comprometimos todos a levantar las notas. Pero la verdad no creo que sacarle la Play o la tablet sea la solución al problema. Más bien creo que puede ser contraproducente", admite Claudia, que confía en que su hijo revierta las malas notas que trajo.
Así como Libenson prefiere no hablar de culpas, tampoco alude a la idea de castigo. "El chico debe hacerse responsable, pero sin sumarle frustración. Debe saber que hay consecuencias, no castigos. Los límites los va poniendo la vida. Hay padres que les sacan la Play, la tablet. Pero no sólo eso no sirve y suele ser un comportamiento reactivo, sino que no lo pueden sostener en el tiempo y es peor", sostiene la especialista, que también critica los "premios" que se le dan a un hijo ante las buenas notas.
"Es un sistema basado más en una ética del poder que en la del amor, y además el chico va a hacer algo no por él, sino por un otro, por el premio prometido o para evitar el castigo. Si lo que queremos como padres es que aprenda. ¿qué aprende un hijo de esto? Que lo que hace es para buscar aprobación de los demás y no para sí mismo, para superarse", plantea Libenson.
Aunque Giménez de Abad tampoco cree en los castigos, sí ve con bueno ojos premiar pequeños progresos. "Sinceramente, no creo que con un castigo se modifique la conducta -sostiene-. Con lo que sí estoy de acuerdo es con darle un premio cuando obtenga un logro. Pero sin avisarle ?si hacés esto te compro o te regalo' porque eso sería una coima. Una vez que el niño obtuvo una buena calificación, o realizó un esfuerzo para lograr algo, ahí lo premiamos. Ya sea con un gran abrazo y beso o un pequeño presente".
El próximo bimestre Claudia espera poder darle a Nico un gran abrazo. Y, por qué no, también un lindo regalo.

L. R.

lunes, 24 de octubre de 2016

PSICOLOGÍA....LA INFELICIDAD TRATÁNDOSE; SE SUPERA


¿Cuáles son las características de las personas infelices?



 Según los expertos las personas que por alguna razón son infelices tienen determinadas características. Para comprender mejor qué comportamientos tienen, los psicólogos crearon una lista de seis características.
1- Los objetivos distorsionados es algo muy común. La psicóloga Dafne Cataluña explica la cuestión: “Los problemas son realmente nuestros, ¿o están motivados por nuestra necesidad de aprobación de los demás? Esta segunda opción produce frustración”.
2-Para los expertos, las personas infelices “tienden a hacer una atribución interna de incapacidad y una atribución externa de mala suerte“. Esto quiere decir que piensan que son incapaces para hacer algo y por otro lado, cuando algo no les sale como querían le culpan a la mala suerte.
3- Otro rasgo que los define, según el psicoterapeuta Antonio Semerari, es que “no se permiten reflexionar sobre los estados mentales propios ni reconocer las emociones que surgen”.
4-El lamento es algo que los caracteriza. “La queja es el centro de su vida. Lo ven todo como una profecía autocumplida”, cuenta el psicoterapeuta Rueda.
5-“Sienten envidia y dificultad para admirar al otro, y el egoísmo es la base de su personalidad”, expone el psicoterapeuta. Y detalla que “la gente negativa es egoísta porque habla de sus problemas, de sus dificultades, de sí misma y de su mala fortuna, y de esa forma de pensar hace que se cumplan sus expectativas”. De esta manera, son propensos a ser más enfermizos, más pobres y a estar más solos.
6-Para finalizar, los expertos dieron a conocer ciertas “etiquetas mentales poco realistas” que demuestra el “pensamiento distorsionado y lleno de ideas falaces que poseen”. Como “tengo que caer bien”, “me lo merezco”, “si valgo, tengo que conseguir tal cosa”.

viernes, 21 de octubre de 2016

EL PENSAMIENTO DE LA LIC. MARITCHÚ SEITÚN


Los beneficios de pensar "en borrador"
Maritchu Seitún



Los seres humanos no podemos pensar, sentir, desear, imaginar, incluso pedir "en limpio". Inevitablemente lo hacemos desprolija y desordenadamente, en borrador y luego, casi sin darnos cuenta, vamos eliminando algunas partes y nos quedamos con una versión mejorada, es decir aceptable para nosotros, de pensamientos, ideas, sentimientos, deseos, fantasías...
Los borradores son necesarios, en realidad, indispensables. Si uno tuviera que hablar (o tejer, leer cocinar, trabajar, etcétera) "en limpio", no podríamos hacer casi nada en la vida, nos pasaríamos el tiempo mirando a aquellos que ya lo lograron hasta estar muy seguros de lo que estamos haciendo, y no quedaría espacio para ser creativos, originales, para investigar, inventar o experimentar, incluso equivocarnos y aprender de esos errores. El borrador nos habilita a alejarnos de lo habitual, de lo que estamos acostumbrados, y puede salirnos bien? o mal. Los inventores famosos son los que tuvieron éxito, pero cuántos intentos de volar infructuosos hicieron falta para que hoy podamos cruzar el océano en un avión?
En relación con nuestros hijos es también muy importante dejarlos pensar y hablar con nosotros en borrador: a los chicos se les suelen ocurrir ideas disparatadas, imposibles o atolondradas. Cuando los adultos las inhibimos apenas surgen, complicamos el rico proceso de selección que tienen que ir aprendiendo a hacer medida que crecen. Les decimos: "¿Cómo vas a decir esa tontería?" "¡Qué maleducado!" "No seas malo, ¿cómo vas a pensar eso?" "¡Qué egoísta!" , y éstas son sólo algunas de las frase educativas que solemos usar, son preguntas y comentarios que cortan la comunicación con ellos y les hacen sentir que nos desilusionan, nos enojan, nos entristecen?

La realidad en nuestra vida es que las ideas buenas y las geniales llegan entremezcladas con muchas otras, algunas tontas, otras impracticables, otras que no nos gustan , otras aburridas, o poco interesantes? es importante habilitar ese flujo de ideas primero en nosotros y después en nuestros chicos de modo que junto a nosotros, al comienzo, y luego solos cuando crecen, vayan descartando y despidiéndose con dolor de las que no son viables, realizando las que sí lo son y aprendiendo con la práctica a distinguir unas de otras. Hay tiempo para ir conversando con ellos hasta que descubran ,por ejemplo, que una idea es tentadora pero irrealizable, que un juguete es lindísimo pero no podemos pagarlo porque excede nuestro presupuesto? En el caso de que no quisieran despedirse de esas ideas (inaceptables en nuestra cosmovisión porque sabemos que atentan contra la salud, la ética o la seguridad) siempre nos queda el recurso de decirles que no, de imponer un límite. Podríamos en ese caso responder: "Sería genial ir a la fiesta de egresados de tu primo este año que tenés trece, pero no podés ir porque sos chico". Pretender que no se le ocurra la idea o no tenga ganas de ir sería una utopía. Los padres estamos para, entre muchas otras tareas, ir acompañándolos a procesar esas ideas .
Nos cuesta imponer el no: no queremos que se enojen con nosotros por lo que no los dejamos soñar y queremos convencerlos del disparate de su anhelo, que nunca es disparatado como tal, quizás sea impracticable, pero ¡soñar es gratis!
De hecho a la noche soñamos "en borrador" porque nuestra mente consciente y controladora duerme y no realiza su tarea diurna. Al despertar algunas veces recordamos nuestro sueño, pero a los pocos instantes desaparece de nuestra mente, ella logra que lo olvidemos, no vaya a ser que ese sueño nos dé alguna pista acerca de un mundo interno que nos cuesta reconocer como propio.
La autora es psicóloga y psicoterapeuta

sábado, 5 de marzo de 2016

¿POR QUÉ NO HACEMOS LO QUE QUEREMOS ?


Ya sabés bien que las ganas e intenciones para lograr un cambio en tu vida y la realidad de que suceda es muy diferente. Para la mayoría de nosotros familiaridad es seguro y cambio significa peligro. Por todo esto, el proceso de inspirar, querer, promover y mantener el cambio es tan difícil y lleva tanto tiempo.
Una forma sencilla de imaginar el proceso de cambio es bajo un contexto de "resolución de un problema". El estado actual es el problema; el cambio sería el proceso y la solución a ese problema, es decir, el estado futuro. Esto implica alterar la manera de pensar en pos de nuevos beneficios a nivel individual.



Uno de los costos más importantes es el de no poder convertir tus intenciones en acciones, que son las que determinan tu productividad en cuanto al cambio. ¿Cuántas veces tuviste intenciones de hacer algo nuevo, diferente y, sin embargo, que eso suceda y sea mantenido en el tiempo, no ocurrió?

El desajuste cerebral entre las intenciones y la acción sucede en ciertas personas con lesiones en el lóbulo frontal del córtex. Pero en personas sanas es conocido como el "objetivo desatendido". Para que la nueva acción sea exitosa, las intenciones y la acción deben estar siempre relacionadas en el cerebro.



Por ejemplo, si tu intención es cambiar y hablarle a tu mujer o a tu marido, y antes no lo hacías así, en un tono tranquilo, empático y pausado, esas intenciones tienen que ser siempre parte de vos -y de tu cerebro-, estando asociadas a cada vez que te encuentres con ella o él.

Para tu cerebro cambiar una acción del pasado por una nueva tiene un costo o detrimento del desempeño. Estos costos incluyen además tiempo, miedo a lo no familiar, desorientación, imprecisión, inexactitud, etcétera. Pero sólo ocurren cuando entra en juego la acción literal de hacer otra cosa, pero no influyen con tus intenciones de hacerlo de manera diferente. Tenés la intención de bajar unos kilitos, sin embargo, no pasás a la acción: cuidarte en las comidas. Es debido al costo de pasar de la fase de intención a la fase de acción.
Tus intenciones son gratis; tus acciones nuevas, muy caras. Por esto el cerebro se siente tan bien el domingo a la noche cuando te proponés la dieta, porque a nivel biológico la intención no tiene ningún costo energético. Además, los costos de cambiar acciones nos quitan el sentido de expertise, del saber. Es por esto que pueden ser reducidos enormemente en el cerebro si los tomás como oportunidades para dominar algo nuevo, para aprender.



Otra forma de reducir esos costos es, además de enfatizarte los beneficios y la importancia de la nueva acción, demostrarte por qué tus viejas acciones ya no te sirven. También es de extrema utilidad que practiques las nuevas acciones advirtiéndote qué errores, fallas o frustraciones aparecerán en el camino hasta que vuelvas a dominar esa nueva tarea. Las fallas son parte del costo de cambiar acciones. No sos más débil por sentir dolor, miedo o frustración. Justamente eso es lo que te hace humano.

En resumen, tus circuitos cerebrales y sus conexiones tienen que trabajar más arduamente cuando se trata de cambiar y, además, deben inhibir el repetir formas familiares y cotidianas de hacer las cosas. Las intenciones son fundamentales para ayudarte a encontrar oportunidades de cambio. Si sabés dónde vas o dónde querés ir, más fácil de llegar. Pero recordá que pasar de la intención a la acción tiene un costo para el cerebro. Y por eso te cuesta tanto.

E. B.