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miércoles, 18 de abril de 2018

RECORRÉ ARGENTINA; UNO DE LOS MÁS BELLOS PAÍSES DEL MUNDO

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En Chubut, cerca de El Hoyo,
Alejandro Chaskielberg retrató un rincón mágico y natural a la luz de la luna, el fuego y linternas de colores; "el día oculta lo que la noche muestra", creen en el lugar
En la Patagonia hay un laberinto al que muchos viajan. Y ahora hay también un libro tan mágico como esos senderos que lo retrata.
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A 3,7 kilómetros del pueblo El Hoyo, en la provincia de Chubut, se encuentra uno de los laberintos más grandes de Sudamérica: son 8000 metros cuadrados de cerco vivo, en un circuito de 2200 metros con nueve puertas para perderse y encontrarse. Por ahí anduvo el fotógrafo argentino Alejandro Chaskielberg descifrando sus secretos.
Se trata del sueño de dos lectores y aventureros, Claudio Levi y Doris Romera, que desde hace 22 años lo riegan por el placer de verlo crecer. En cinco hectáreas en una loma del valle del río Epuyén, plantaron arbustos que compraron en el vivero del INTA de Trevelin, dispuestos con algunas nociones básicas de trigonometría y siguiendo un gran ovillo de hilo.
"Como el hilo rojo de Ariadna, iba conectando un punto con otro y eso me permitió volver -luego de enfrentarme con mi propio Minotauro interior- y conquistar mi sueño", dice Levi en el texto de la lujosa edición del sello India presentada la semana pasada en el Senado de la Nación. Levi habla de noches en vela dibujando un plano quimérico, de la gesta heroica de la poda y de un combo de kabbalah, historia, geometría sagrada, mitología, filosofía y magia, además del encuentro fortuito en el Museo Leleque con un hacha tehuelche que enraizaba el mito en esas tierras.
Cuando se conocieron -ella, 20 años; él, 32-, Claudio tenía ya esa meta. Durante dos años limpiaron a machete y pala el terreno, un monte arrasado en el gran incendio del 87. El primero de mayo de 1996 empezaron a plantarlo. Y tuvieron paciencia. Recién 16 años más tarde, cuando el cerco estuvo grande, vinieron los hijos. "Somos de esas parejas que trabajan y viven juntos. Hacemos todo de a dos", dice Doris. Hoy, Laberinto Patagonia es un destino turístico próspero, abierto al público desde hace cinco años, que recibe 15000 visitantes por temporada.

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Un mundo dentro de otro mundo, en esta toma del Laberinto
Desde la casa de té se disfruta el faldeo del cerro Pirque, la cima del cerro Plataforma, chacras vecinas y el gran atractivo borgeano, mientras se degustan delicias caseras. En la tienda, faltaba algo que llevara el laberinto más allá de la Comarca Andina del Paralelo 42. "Pensamos en un libro mágico, con la mística y la mítica del laberinto", dice Eugenia Rodeyro, editora de este volumen junto con Victoria Blanco, quienes encararon el proyecto con Romero.
De tapas azul nocturno, con el laberinto serigrafiado en plata, el se trata de un objeto atrayente para niños y adultos, viajeros y locales, con algo de los tomos de conjuros y hechizos. Adentro están las fotos de Chaskielberg, un fotógrafo con sello y estilo propios. Realiza un ensayo sobre la naturaleza en relación con el hombre, que muestra el laberinto con sus propias leyes: dentro de páginas desplegables con frases que describen la sensación de recorrer el laberinto, hay panorámicas del sendero con luces oníricas. Sus imágenes están en exhibición en el Senado hasta el jueves en la muestra "Camino de fuego".
Chaskielberg ya estaba rendido a su encanto: "Fue un encuentro casual mientras estaba viajando por la Patagonia. Un amigo me habló de un laberinto y quedé fascinado al conocerlo: los visitantes se transformaban al recorrerlo y perderse en sus largos corredores. El lugar es un microuniverso fuera del tiempo. Pedí permiso para fotografiar a mi hija dentro del laberinto y la retraté durmiendo entre unos cedros, y así conocí a Doris y Claudio. Al poco tiempo, ella me contactó con la idea de hacer un libro en colaboración", cuenta.
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Tomas de larga duración
La noche cerrada y fría en la laguna, con el rugido de luz de la cascada
Las estrellas caen como una lluvia y los colores, los personajes y las escenas parecen algo alucinados. Chaskielberg repite su método de tomas nocturnas de larga duración, utilizando la luz de la luna y linternas para iluminar, tal como hizo en sus otros dos libros, La creciente y Otsuchi Future Memories. "En Laberinto utilicé la luz de forma más plástica, más evidente, dibujando líneas y formas en el espacio, iluminando caminos con diferentes colores y también con fuego. Hice acciones performáticas como invitar a habitantes de la zona a dormir en los bosques quemados por incendios forestales y fotografié elementos primordiales como el agua, el hielo y el fuego. También fotografié árboles nativos poniéndolos en contraste con plantaciones de pino, que representan un peligro para la flora y el ecosistema del lugar".
"A la Patagonia hay que respirarla", retoma Romera, nieta de pioneros, nacida en elflower power de los años 70 en El Bolsón, cuando no había televisión, la radio era chilena y la ruta no llegaba hasta el pueblo, que parecía salido de El señor de los anillos. "Las imágenes tienen que ver con ese mundo de mi infancia. Vi la obra de Alejandro y encontré que era de la forma en que yo quería contar la historia". Suele decir Levi: "La luz del día oculta lo que la noche muestra".
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El fotógrafo estuvo cuatro meses trabajando en el lugar, en diferentes etapas, entre 2015 y 2017. "La Patagonia es un lugar único y asombroso que recorro desde chico, con lo cual este libro es un sueño cumplido. Además entablé una amistad muy linda con la familia del laberinto, que me recibió con mi hija Lara y Sombra -mi perra- en cada uno de los viajes. Con ellos fuimos ideando las imágenes y creando los dispositivos necesarios para fotografiar, como por ejemplo cuando creamos el andamióvil, que es un andamio anclado sobre una vieja camioneta, que nos posibilitó iluminar el laberinto desde arriba", dice.
Chaskielberg continúa en viaje: "Ahora voy a recorrer la Argentina de punta a punta para crear una nueva serie de imágenes y también para educar. Hace poco recibí la beca de formadores que otorga el Fondo Nacional de las Artes, donde presenté un proyecto de educación móvil y gratuita. Me iré asociando con diferentes agrupaciones, centros culturales y museos para dar talleres y crear imágenes en colaboración, indagando sobre la idea de la identidad y la frontera".
Hay más secretos en lugares recónditos por descubrir. La Argentina es tierra fértil para todo tipo de epopeyas.

M. P. Z.

lunes, 22 de agosto de 2016

LA ARGENTINA QUE POCO MIRAMOS VALE LA PENA


Muy cerca de Areco, el pequeño pueblo todavía conserva el estilo de vida de la época de los inmigrantes y ofrece buenas opciones para comer y descansar

 A 22 kilómetros de San Antonio de Areco, Villa Lía tiene 1200 habitantes y un puñado de manzanas. Basta caminar 800 metros hacia cualquier dirección para caerse del mapa. El pueblito tiene dos calles asfaltadas. La principal se llama San Martín y termina en la estación del ferrocarril. La otra es Tucumán y llega hasta la unidad sanitaria. Justo en la intersección de San Martín y Tucumán se encuentra la Panadería del Sol, esas panaderías de antes que hasta hoy siguen cocinando el pan en horno de leña. La panadería era de Fernández, el panadero del pueblo. Hoy la atienden sus dos hijas, las Fernández. La mayoría de las casas se calefaccionan con salamandras, hay olor a leña y a tierra húmeda.
Hace un tiempo que Villa Lía, junto con otros pueblos vecinos del pago como Duggan y Vagues, promete convertirse en parada alternativa al turismo rural que cada vez más se acerca a las tradiciones de Areco.
En 2012 abrió el boliche Lo Pascual, un restaurante de campo que ocupa la esquina de un antiguo almacén de ramos generales de 1923, completamente restaurado. El local todavía conserva los pisos de madera, los mostradores y las estanterías originales, altísimas hasta el techo, donde se acopiaban bolsas de alimentos y artículos de ferretería, recados, tientos para los caballos y tantísimos artículos de todo tipo y tamaño.
Hasta hace poco todavía despachaban combustible con un surtidor en la vereda, que aún sigue ahí, aunque fuera de servicio. También había palenque para los caballos. "Los parroquianos llegaban del campo y se apeaban para hacer sus compras, bebían una ginebra y se jugaban una partida a los naipes", cuenta Julia Manso, sobrina de su antiguo propietario Raúl Pascual, hoy a cargo del restaurante.
"En realidad el almacén pasó por varias manos -sigue Manso-. Los primeros fueron unos colonos suizos. Incluso muchas piezas que quedaron en las estanterías tienen los sellos del antiguo ferrocarril. Cuando se formó la Colonia Suiza en Baradero ellos se fueron a vivir allá y en 1940 vendieron el fondo de comercio a unos gallegos. Luego mi tío, Raúl Pascual, comenzó a trabajar como empleado en el almacén. Primero les compró una parte, luego compró otras partes y se quedó solo. Funcionó hasta 2010. Y en 2012 arrancó el restaurante".
Los almacenes de ramos generales fueron muy importantes en Villa Lía, especialmente cuando aún no había ruta para ir hasta Areco y muchos pobladores que vivían en el campo llegaban hasta aquí una vez por semana a hacer sus compras. "La época de apogeo fue la década de 1950. Llegó a haber cinco almacenes sólo en Villa Lía. En los últimos 30 años quedaron dos: El Almacén de Pascual y el Almacén de Caunedo, que en los últimos tiempos se convirtió en un autoservicio, aunque la fachada se mantiene intacta", cuenta por su parte Luz Argibay Pascual, también sobrina de Pascual? y de Caunedo, que hacia fin de año abrirá su propio restaurante frente a la plaza José Hernández.

Objetos de antes
A sólo una cuadra del boliche de Pascual puede visitarse, además, la antigua casa de los Barnetche, una familia de vascos franceses que eran los carniceros del pueblo, convertida en museo. "Rostros de la pampa hace foco en los inmigrantes que poblaron estas tierras a principios del siglo pasado. El 70 por ciento de los primeros habitantes de Villa Lía eran inmigrantes que tomaban el tren en Retiro -en ese momento Central Córdoba-, y se bajaban en la estación de Villa Lía para comenzar una nueva vida", cuenta Laura Carugati, fundadora del museo. La visita permite recorrer la antigua casa, desde el local donde funcionaba la carnicería hasta el interior de la vivienda, la cocina, los cuartos y la galería, a través de diferentes objetos en exposición como baúles, un antiguo sillón de barbero o herramientas de distintos oficios, un viejo gramófono, un lavarropas manual y otros objetos típicos de la vida rural entre 1870 y 1930. Además tiene un anexo a pocas cuadras de allí: una colección de 40 máquinas rurales, arados, extractores de papa o antiguas cosechadoras, en el campo recreativo La Segunda.
Frente a la plaza José Hernández se puede apreciar la capilla San José, de 1929.
La primera casa construida en el pueblo se remonta a 1910 y todavía está en pie en la esquina de Corrientes y San Martín, donde funcionaba otra antigua carnicería, Las dos Esther. La segunda casa se encuentra sobre la calle Mendoza 678, frente a la plaza, donde próximamente se abrirá el segundo restaurante de Villa Lía. Siempre alrededor de la plaza, también se destaca el cuartel de los bomberos voluntarios y su viejo autobomba que se luce en la puerta. "Es un Ford modelo 1938, el primero de Villa Lía. Puede cargar 3000 litros de agua y todos los sábados lo sacamos a dar una vuelta", asegura Julio Troussel, uno de los bomberos del destacamento.
Al final del recorrido, frente a la estación del ferrocarril, se accede a la antigua Casa Bellavista construida en 1928 por Mariano Ustáriz, un importante acopiador de cereales de principios del siglo pasado, muy ligado a los orígenes del pueblo.
"En esta esquina funcionaron las oficinas de la firma Ustáriz y Cía. Ltda., que al lotear y vender en remate público estos campos empezó a dar forma a Villa Lía. La firma ofrecía también diez mil ladrillos a los compradores de cada fracción, para que pudieran construir su casa y se pudieran afincar definitivamente", cuenta Sebastián Madina, a cargo de la hostería que hoy funciona en el lugar.
Ustáriz donó además los terrenos para la plaza y edificios públicos, y la capilla San José, que construyó en 1929 en homenaje a su fallecido hijo José.ß
Datos útiles
Cómo llegar. En auto: desde Buenos Aires, tomar la Panamericana y seguir Acesso Norte Ramal Pilar (Ruta 8) hasta el cruce con la 41 (rotonda). Doblar por la 41 hacia la derecha en dirección a Baradero. A los 12 km se encuentra a mano derecha el acceso a Villa Lía. A los 5 km el acceso se convierte en San Martín (la calle principal). Peajes (45 pesos).
Dónde dormir. Casa Bellavista. En San Martín y Santa Fe (frente a la estación Villa Lía). El módulo de dos habitaciones, comunicadas, para 4 personas, cuesta $ 2800 con desayuno. Para 2 personas, $ 1800. Salón de juegos, parrillas, sala de estar y biblioteca. Reservas: 15 6054 3442; (02326) 498 244 o por mail: casa@casabellavista.com.ar; www.casabellavista.com.ar
Campo recreativo La Segunda. En calle San Luis s/n, zona rural (a 800 m de la plaza). Estadía de un día y una noche en casa de campo, para cuatro personas (2000 pesos); vagón rural para dos personas, 600 pesos. También se puede acampar por 200 pesos por día. Incluye piscina, bicicletas y cabalgata. En el mismo predio funciona el anexo del museo, donde se exhiben antiguas máquinas rurales. Entrada, 30 pesos. Reserva 4799-1106; www.crlasegunda.com.ar
Dónde Comer
Almacén de Pascual. Sarmiento y Tucumán. Los menús cuestan desde 130 a 210 pesos. Incluyen entrada, plato principal y postre a elección. Abre los viernes a la noche, sábados al mediodía y por la noche; y domingos al mediodía. Reservas: (02326) 498338; (02326) 498014.

A. R.