Mostrando las entradas con la etiqueta RISA. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta RISA. Mostrar todas las entradas

martes, 19 de septiembre de 2017

LA RISA SANADORA.... JA JE JI

¿Cuándo nos reímos? La respuesta inmediata es que lo hacemos cuando algo nos divierte o cuando nos cuentan un chiste Pero. no. Fundamentalmente la risa parece ser un pegamento social: nos reímos con otros, y no de sus bromas. Es una de las actividades más comunitarias que existen, y sin duda promueve vínculos entre las personas. Podríamos decir que la risa es una serie de acciones rítmicas, vocalizadas, espiratorias e involuntarias. Se contraen unos 15 músculos faciales y se estimula el músculo cigomático mayor, que nos mueve el labio superior. El aire entra de manera interrumpida. Y a veces se activan las glándulas lagrimales. Todo eso. Y con ruidos para todos los gustos: sonidos que se repiten en promedio cada 210 milisegundos.
Lo que es seguro es que es algo raro: hay risas - y sonidos - para todos los gustos. A ver.


Ríanse. ¿Qué se mueve: la lengua, el paladar, la mandíbula? Nada de eso: lo que más se mueve son las costillas (sí, de ahí debe venir el descostillarse de risa). Reírse no tiene que ver con hablar sino, más bien, con producir sonidos; se trata de una expresión muy básica de las emociones que, como todo bebé sabe, es muy previa a las palabras. Es más: seguro que reconocemos la risa de donde venga, aunque sean culturas muy diferentes. ¡Y a veces es lo único que reconocemos! También podemos reírnos como buenos primates, al igual que los chimpancés, los orangutanes o los gorilas. ¡Hasta hay investigadores que afirman que las ratas de laboratorio también se ríen!
Como buena ciencia, la de la risa admite categorizaciones, desde la más espontánea, pasando por la estimulada por el cosquilleo o ciertas drogas, hasta la fingida. Algunas se pueden reconocer estudiando el cerebro, el verdadero órgano de la tragedia y la comedia. Sabemos algo, pero no todo, sobre los circuitos neurales de la risa, que obviamente tienen que ver con las zonas emocionales del cerebro. Claro que también hay zonas que deben inhibirse para que podamos disfrutar de una buena carcajada: las áreas de la solemnidad, de las decisiones, del control.


A veces no es tan bueno reírse: hay enfermedades en las que así, de la nada, se producen ataques de risa. También hay palabras difíciles en todo esto, como la gelotología (el estudio científico de la risa), la gelotofobia (miedo a que se rían de nosotros), o el katagelasticismo (el placer de reírse de otros). Excelentes para los crucigramas y el Scrabble.


Pero como bien dice el lema, la risa es salud: puede mejorar la función cardiovascular y hasta apoya a nuestro sistema inmune, además de ponernos de mejor humor con los que nos rodean.
¿Y qué pasa con los comediantes? Resulta que se ríen mucho más que su público. Y la risa de este mismo público no siempre refleja los chistes, sino que aparece casi al azar (incluso como separando las frases). De nuevo, la risa como cuestión social: aparece mucho más frecuentemente (¡unas 30 veces!) en grupos que en solitario. La risa es una señal para otros, no para nosotros.
Las mujeres se ríen un poco más que los hombres. ¿Será prueba de que son más sabias? En los avisos de búsqueda de pareja las mujeres suelen poner que buscan a alguien con buen sentido del humor y que las haga reír. Y si se ríen. todo va bien en la eventual pareja.
Hay casos de risa contagiosa de verdad. Como la epidemia de risa que ocurrió en 1962 en una escuela de Tanzania. Comenzó con tres chicas, infectó a 95 (el colegio tuvo que cerrar) y al cabo de dos años había más de 2000 reidores que no podían parar.
Pero. ¿qué nos resulta gracioso? Una teoría dice que es la incongruencia, cuando una narración pierde el sentido de la lógica, pero hasta ahí nomás. La anticipación de lo que vendrá también juega un rol. También podemos reírnos sintiéndonos superiores cuando alguien comete errores absurdos. O usar la risa para aliviarnos de una situación de tensión.
En fin. Nos reímos, en promedio, unas 17 veces al día. Por algo será. A reír que se acaba el mundo.
D. G. 

domingo, 10 de septiembre de 2017

PRACTIQUEMOS....QUE ANDA FALTANDO

Está bueno reírse. Los conocedores del cerebro, de las hormonas y todas esas cuestiones tan interesantes que hacen a la salud física, sabrán decir qué beneficios trae al cuerpo el poder generar "eso" que llamamos risa, que se produce más a menudo entre aquellos dados a tomarse la vida con cierta alegría y capacidad de asombro.
A su vez, aquellos dados al estudio de la salud emocional y sus adyacencias no dejan de alabar a la risa, viéndola como causa y consecuencia de una sana actitud vital. Dicen estos conocedores que es importante reír lo que se pueda, incluso valoran hacerlo en relación con avatares supuestamente negativos, que, al no ser tomados demasiado en serio, disminuyen su capacidad de daño al toparse con un ánimo dado a evitar el exceso de dramatismo.
Es verdad que hay risas y risas. Como ejemplo de esa variedad está aquella risa sarcástica, casi envenenada, del que se descarga de sus frustraciones a través de burlar o humillar a alguien. Otro ejemplo, que se encuentra en las antípodas, es la risa pura de un chiquito que se asombra ante la aparición (y desaparición) del rostro de su madre, en el clásico juego del "¿dónde está?, ¡acá está!" que llevan adelante los humanos desde tiempos inmemoriales.
Reír desde la panza, con lágrimas en los ojos, sin parar? no pasa a menudo por nuestros pagos. Somos más dados al sarcasmo, al doble sentido, que si bien genera un reír no llega a la carcajada que cobra vuelo propio y dobla en dos al que la vive en plenitud.
La risa emerge a partir de diferentes niveles de sorpresa, de asociaciones inesperadas, de irrupciones de lógicas distintas a las que se venían dando? y, sobre todo, aparece en clave de vitalidad, sobre todo cuando se habita la alegría. Difícil es que cuando reina el miedo aparezca la risa. También es casi imposible que aparezca cuando se está en un ambiente en el que lo esencial es controlar las cosas.
Reír es una descarga, sí, pero es más que eso. Significa un atisbo de complicidad con esa cósmica forma que tiene el destino de tallar su propio devenir. A la vez, es una celebración (mejor cuando es compartida) que aparece al entender una suerte de texto subyacente que existe en lo cotidiano, ese pensamiento o sentimiento oculto que se expresa en clave de parodia por debajo de tantas circunstancias "serias".
Añoramos esa risa del bebe que ríe desde la barriga, la carcajada sin mediación del doble sentido o de la "inteligencia" de los chistes ilustrados y plagados de sobreentendidos. A veces la risa aparece cuando se toca el puro instinto, como esos chistes escatológicos que, de perdurar excesivamente, arruinan momentos y hacen sentir mal.
La risa y el humor no siempre van de la mano, pero son hermanos. El humor ríe pero, sobre todo, sonríe, lo que es maravilloso pero tiene aristas distintas de aquello que genera carcajada. Es verdad que esa capacidad de tomar con humor las cosas ayuda a ubicarnos en un lugar más grande que nuestra circunstancia, esa que a veces nos abruma y asfixia y que, cuando nos podemos reír de ella (al menos un poco), podemos ubicar en su justa dimensión. Tomarse demasiado en serio es algo desaconsejable, por cierto.
No todo es risa en la vida, lo sabemos bien. Pero no reír no nos hace más inteligentes o profundos. La seriedad genuina a veces va con risa incluida, como ese reír del Buda o de los sabios que incluyen la alegría en su menú existencial.
Vale entonces reírse, poco o mucho, pero hacerlo cada tanto. No soluciona los problemas propios o los dramas del mundo, pero les da una perspectiva adecuada, sacándole el poder a los demonios de la mente, como para que vivir sea interesante, y no solamente una misión amarga, de la que no tenemos escapatoria.


El autor es psicólogo y psicoterapeuta
Miguel Espeche

martes, 11 de octubre de 2016

UN ADELANTADO....TOTALMENTE COMPROBADO


La terapia de la risa

Entre los espíritus más inquietos de hace cien años figuraba el de José Ingenieros. Médico, psicólogo, psiquiatra, sociólogo, filósofo, docente y escritor serían algunos de los casilleros tildados en la ficha personal de este gran hombre nacido en Palermo, Italia (se llamaba Giuseppe Ingegneri), que se entusiasmó con una terapia clave para la salud: la de la risa. Estudió con detenimiento esta expresión facial y clasificó, desde una casi imperceptible sonrisa -como la de la Mona Lisa-, hasta la carcajada de larga duración

En 1915 convocó a algunos amigos más unos pocos alumnos de confianza y creó una logia particular. Una especie de Academia de la Risa a la que llamó “Omnia”. El grupo fue creciendo porque los integrantes podían presentar nuevos socios. La admisión se establecía una vez que el presentado respondía ante una mesa examinadora un cuestionario redactado con buen humor. Los escritores Oliverio Girondo, Vicente Martínez Cuitiño, Evar Méndez (director de la revista Martín Fierro) y Horacio Ramos Mejía (hijo del padre de la psiquiatría en la Argentina) fueron algunos de los “hermanos” de esta divertida logia. 



La actividad de los académicos de la risa consistía en hacer bromas. Las víctimas se buscaban entre los propios integrantes de la cofradía o entre incautos ajenos al proyecto. Las había simples y complejas. Entre las muchas que hacían, hubo una que quedó en la historia. Los “hermanos” quisieron engañar al mismísimo Ingenieros, presentándole a una de las personalidades políticas de Brasil, Ruy Barbosa. Pero el fundador de Omnia se dio cuenta. Se trataba de un empleado de la Aduana. De inmediato, Ingenieros organizó una conferencia del Ruy Barbosa trucho. Acudieron periodistas, legisladores, sacerdotes, docentes, abogados. La sala -fue en una biblioteca céntrica- estaba colmada. Ingresó la eminencia y recibió la primera ovación de la noche. Uno de los confabulados dio un discurso de bienvenida. Luego el homenajeado se largó a hablar en un portuñol bastante convincente. Tan entusiasmada se mostraba la audiencia, que la presentación se extendió hasta la madrugada. Las preguntas del público fueron rigurosamente respondidas por el falso Ruy Barbosa. Hay que tener en cuenta que entre el público había muchos integrantes de Omnia participando activamente para darle credibilidad al acto. 


Recién al día siguiente, mediante llamados telefónicos, los inocentes supieron que habían aplaudido el discurso de un empleado de Aduana que se sumó, por esa noche, a la corriente de la Academia de la Risa, de José Ingenieros.

domingo, 14 de agosto de 2016

¿DE QUÉ SE REÍA BORGES?



Por Juan Cruz Ruiz 



Reía en medio del paso de peatones de Londres, seguido de Guillermo Cabrera Infante. Llevaba en la mano un tique, en la otra el bastón repujado. Ante él, el muñequito verde del semáforo, y Guillermo iba detrás, comprobando que quizá Borges veía. El traje impecable, el pelo bien peinado. Ahí estaba riendo; Cabrera Infante decía que quizá reía porque mientras caminaba sabía el camino, veía el final, no estaba en un túnel. 



En  otra fotografía está mirando el mango de su bello bastón oscuro; el tacto es la mejor manera de ver las sombras de las cosas, y ríe. Con él está, en Sevilla, su compañero de sombras, Gonzalo Torrente Ballester. Ríe con él, hablan; en realidad, en la fotografía parece que están hablando, pero cantan. A Torrente le gustan los tangos, se los sabe de memoria, y le canta a Borges canciones de los compadritos, cuchilleros feroces que habitan las esquinas de las calles que abundan en los cuentos del argentino. A éste no le queda más remedio que reír. Le pregunta Torrente por qué ríe:

—Porque estaba pensando en cómo se reiría usted si me pongo a cantar coplas islandesas.
No se puede saber cómo supo que Torrente asentía con la cabeza, pero lo cierto es que empezó a cantar, como un niño. Nunca lanzaba carcajadas, pero otra vez rió Borges al terminar de cantar.
En este otro retrato está cansado, sobre un estrado, en Santander. Le acompaña Juan Cueto, su amigo asturiano, con quien ha ido hablando, en el coche, sobre el diccionario de Covarrubias, que Cueto conserva junto a los últimos inventos de la tecnología. La gente que le escucha hablar, desde ese estrado, cree que Borges ha dicho que está “muy jodido”; cuando le dicen a Borges que eso es lo que escuchó el auditorio él se ríe y trata de aclarar: “No, no, he dicho que estoy muy conmovido”. Otros dicen que lo aclaró de otro modo: “Y qué, mejor que piensen que estoy muy jodido”. 



En esta ocasión viaja por Madrid, un coche pequeño, un 127, unos acompañantes ocasionales, un poeta y una niña. Él pide que le expliquen las calles, los contornos por donde vivió Ortega, qué se come. En la mesa pide vichyssoise, “para hacerlo más difícil”, y en el viaje de vuelta canta, como hizo ante Torrente, canciones islandesas, que va traduciendo, como si pusiera subtítulos. Al llegar al hotel baja muy diestro, pone un pie y luego otro, como en esa secuencia famosa y divertida del cuento de Cortázar, y afirma, riendo, “y hasta aquí puedo llegar”. El poeta se baja también y lo acompaña hasta donde Borges le indica. En algún momento dice: “Perdone que usted también sea mi bastón”.

En el mismo sitio, algún tiempo después, requiere a uno de sus acompañantes para que lo sitúe bajo la mejor luz de Madrid. ¿Qué luz, Borges? “Venga conmigo”. Están en el hotel Palace y él se sabe esa geografía. El acompañante cree que lo va a llevar al Prado, o a Recoletos, o a las Vistillas, la mejor luz de Madrid. “No, está acá nomás”. Bajo el cenit del hotel, esa cúpula magnífica, elige un sitio en concreto y dice: “Acá, sentémonos acá. Es donde veo mejor los amarillos”. Un poco después es cuando pide que le cierren las maletas, “pero por favor, dejen unas pequeñas ranuras para que respiren las camisas”. Pero eso ya es muy conocido.

Mario Vargas Llosa fue su capitán en Lima. ¿Su capitán? Es lo que le dijo Borges. Estaban en la casa del escritor peruano y al argentino le entraron ganas de ir a orinar. Entonces se dirigió a Mario, era su casa y lo tenía al lado, y le pidió esa ayuda con esas palabras:

—¿Puede ser usted mi capitán?

Mientras satisfacía sus necesidades, ayudado por el autor de Conversación en la catedral, el autor de El Aleph dijo:

—¿Cuál cree usted que será el porvenir del catolicismo?
Fue una pregunta así, no hay confirmaciones, pero lo cierto es que esta vez el gesto de Borges era serio, no emitió ni una sonrisa.
Y reía en cualquier circunstancia, es cierto. Con María Kodama, que lo acompañó siempre, hasta el fin en Ginebra, hizo un famoso viaje en globo. Hace un año le pregunté a ella en un hotel frío de Madrid qué fue lo primero que dijo al subir en ese aerostato: “Ah, fue muy divertido. Cómo reía. Le habían dicho que tenía que pisar un estribo. Y él dijo: ‘Ah, cuando era joven yo era un excelente jinete…’ Pero ya estaba preparado: ¡había visto a los astronautas por televisión! Y allá arriba, en el globo, estaba fascinado”. Estaba como en su medio. La sensación con él era que en todas partes ya había estado; como no se sorprendía, se fascinaba y se reía.
Esto ocurrió en un desierto egipcio al que fue con Kodama. Se olía en el aire como una atmósfera sangrienta, en cualquier momento podían aparecer bandidos. Y Borges le dijo a María: “No nos preocupemos, disfrutemos este momento antes de que nos maten”.
Quienes los conocieron a ambos dicen que no hubo escritores más simpáticos y risueños que Borges y Onetti. Los dos tenían en sus apellidos el apellido Borges.

J. F. D.

viernes, 29 de enero de 2016

LA RISA; UNA MUECA ANTE EL RIDÍCULO DEL OTRO



La risa es siempre involuntaria, pero hay una hilaridad nerviosa que pronto se vuelve perplejidad y termina por causarme inquietud, incluso malestar. En el zapping de fin de jornada, en busca de noticias o una breve distracción, siempre termino enganchado momentáneamente por un frecuente anzuelo televisivo: los programas que reciclan, uno detrás de otro, videos absurdos que se viralizaron antes por otros canales, ya sea YouTube o mensajes de WhatsApp. La pregunta del final, antes de apagar, algo saturado, el televisor, es siempre la misma: ¿de qué nos reímos cuando nos reímos?
El repertorio de imágenes es variado. Se entreveran ingenuas escenas con mascotas (un cachorro baila con gracia, un pájaro le come la comida a un perro) con algunas raras habilidades humanas (un adolescente dispara con perfecta eficacia cartas de naipe a cualquier objetivo que se proponga, un pianista toca una pieza sentado de espaldas al teclado). También abunda el ridículo: una sección de vientos mariachis, por ejemplo, que no le presta atención a la desafinada cantante que acompañan o un señor entrado en años que baila como un poseso.

 Lo notable, en todo caso, es el altísimo promedio de torpezas cotidianas que incitan a la risa, por mucho que el espectador sospeche para esos percances consecuencias dolorosas. Parece haberse vuelto natural atestiguar con la distancia que impone la pantalla cómo algún arriesgado amateur se atreve a una acrobacia en la que probablemente se haya roto la crisma o cómo se incendia la cabellera de una pobre cumpleañera a la que, mientras sopla las velitas de la torta, le arrojan con sprays (la combinación es flamígera) espuma de carnaval.


A la risa se la suele asociar con un valor positivo. Se supone que revela diversión o alegría, alguna forma de regocijo provechoso. La ciencia lo confirma cuando sostiene que produce endorfinas y sugiere que podría ayudar a prolongar la vida. Esas risas de medianoche, contenidas por una vaga sensación de culpa, tienen un correlato canalla porque responden a incidentes nada cómicos, se supone que reales. Algo es seguro: lo último que uno querría es estar en el pellejo de sus protagonistas.



Hay una palabra de origen alemán que se usa globalmente para sintetizar esa alegría ante el mal ajeno: Schadenfreude, que reúne en un solo concepto el júbilo y el daño, tan contradictorios en apariencia. El fenómeno no es nada contemporáneo: al fin de cuentas el éxito inmediato de El Quijote se debió a los estrafalarios percances del Caballero de la Triste Figura con, entre tantas cosas, molinos de viento. Es una ficción, pero seguramente refleja que esos regodeos eran una moneda de cambio tan habitual como hoy, si no más. Henri Bergson, el filósofo que escribió el más famoso tratado sobre la risa, inaugura su reflexión (en 1900) considerando la más elemental de sus variantes: «Un hombre que va corriendo por la calle pisa una banana, tropieza y cae; los transeúntes ríen. No se reirían de él si pudiesen suponer que le ha dado la humorada de sentarse en el suelo. Se ríen porque se ha sentado contra su voluntad. No es pues su brusco cambio de actitud lo que hacer reír, sino lo que hay de involuntario en ese cambio, su torpeza». Lo que despierta el alborozo en ese caso, sugiere Bergson, es la modificación abrupta del orden natural de las cosas.



La explicación sigue siendo válida, pero un rápido paneo por algunas teorías científicas más recientes permite descubrir también que en la risa puede esconderse algo mucho más ancestral: que quizá se vincule a los reflejos de alivio ante el peligro superado o que, en su versión más instintiva, oculte un componente secretamente agresivo, que se retrotrae a nuestros orígenes más remotos. Nuestra coartada para esa equívoca Schadenfreude nocturna y televisiva, tan poco civilizada, serían nuestros resabios más primitivos.A algunas de esas secuencias, sin embargo, se les puede conceder una cuota de humor sin pecar de insensibilidad excesiva. Los contratiempos inesperados de una boda funcionan a veces -sobre todo cuando también lo ven así los implicados- como una jocosa nota al pie del festejo mayor. En la Red hay un caso imperdible: Chloe y Keith se casan en un gran jardín al aire libre, junto a una pileta. Después de dar el sí, el párroco pide los anillos. El testigo del novio los busca en el bolsillo de su saco, da un paso adelante y... todo termina en un gag de Buster Keaton.

¿es la vida la que imita al arte mucho más que el arte a la vida, como quería Oscar Wilde, o estamos ante una gloriosa puesta en escena que se burla de nuestra candidez, se ríe, sin que lo sepamos, de nuestra risa