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lunes, 21 de diciembre de 2020

TRAGEDIAS....

CASO LOS MONOS
Cuando la calle se convirtió en el territorio de las balas
Basado en un régimen violento, fragmentado e impune, el narcotráfico mostró en Rosario su capacidad para desafiar el poder del Estado
Estaba agachado y abrazaba a su novia, la consolaba. Era la hermana del hombre que hacía pocos minutos acababan de acribillar dentro de un BMW blanco, donde iba con su pareja y su hija bebé. A ellas no les rozó ninguna bala.


Claudio Cantero, en ese momento el líder de Los Monos, miraba la escena del crimen como si estuviese en otro lugar. Vestía una chomba piqué gris con rayas negras y un jean gastado. Su pelo oscuro enrulado, herencia de su padre, estaba como siempre, domado con antifrizz.
Pájaro estaba ahí y casi nadie lo había percibido, a unos tres metros del cadáver de su cuñado, que se presume que Los Monos, su banda, había mandado a ejecutar con dos sicarios. Se lo veía aplomado, tratando de dar tranquilidad a su pareja, después de que acribillaran a Martín Paz ese 8 de setiembre de2012 en el macrocentro de Rosario.
El único rasgo que rompía ese perfil infranqueable no era su mirada, que parecía remontarse más allá del cuerpo que yacía dentro del auto, sino el gesto de morderse el labio en silencio, como si las palabras sobraran.
La escena mostraba por primera vez las cicatrices que iba a dejar el narcotráfico en las calles de Rosario, una ciudad donde la sangre fue el único árbitro para ordenar un negocio millonario como la venta de drogas, cuyos dividendos no quedan en los suburbios donde se libran las batallas, sino que se multiplican en fondos de inversión, bonos, dólares blue, bolsas de billetes y ladrillos.
Ese rasgo era novedoso y a la vez despiadado, porque hasta la aparición de Los Monos los que habían mandado en el negocio de la droga nunca se habían manchado con sangre. Los Monos habían cambiado el negocio y desafiaban al propio Estado con una violencia implacable que se valía de algo simple: un chico subido a una moto que disparaba, mataba y huía. Cuántos querían ser ese pibe rabioso que liberaba su bronca con una pistola 9 milímetros contra alguien que ni sabía quién era.
La muerte del Fantasma Paz se inscribía como prólogo de una guerra que se había declarado en ese instante aunque nadie fuera consciente de ello, ni siquiera el policía que le pidió aquella tarde soleada al líder de Los Monos que firmara como testigo el acta de la pericia balística, que se adjuntaría al expediente 913/12, que llevó a sus hermanos a la cárcel. Luis Paz, el papá del muerto, recuperó entre la ropa ensangrentada de su hijo una libretita que contenía nombres y montos de dinero que le daban indicios claros sobre a quiénes tenía que cobrar las acreencias que había generado su hijo narco y prestamista. Hacía unos años Paz había intentado encarrilar al Fantasma. Lo mandó al campo de un pariente en Pueblo Esther para alejarlo de ese mundo.
La imagen de su hijo destrozado a balazos garantizaba que ni la penitencia ni los consejos habían funcionado para nadie, ni para su hijo ni para él. Porque esa libretita se transformaría para el exmanager de box en el pasaporte para convertirse en uno de los narcos más pesados y desatar una guerra que aún no terminó. Pájaro Cantero está sepultado en una tumba en el cementerio de Villa Gobernador Gálvez. Lo asesinaron ocho meses después en la puerta de un boliche. Como ocurrió con el crimen del Fantasma, la justicia nunca detectó a los autores del asesinato del líder de Los Monos. La propia familia se encargó de matar a todos aquellos sobre los que tenía una mínima sospecha. Familias enteras, como los César o los Bassi. El Pájaro no pudo disfrutar los beneficios de la construcción de ese imperio, ni sus hermanos Guille y Monchi, que estarán presos por décadas. Paz también está en la cárcel, lejos de Rosario, en Rawson. Pero la sangre corre igual que siempre, alimentada por el “orden” que aplican las balas. La muerte perdió valor hasta para vengarse. Se hizo banal.
Ocho años después del crimen del Fantasma Paz, que podría servir como un mojón en la historia reciente del narcotráfico en Rosario, la violencia es lo único estable. Esa élite que comandaba el negocio se derramó en “emprendedores” armados. Jóvenes nacidos y criados con autos lujosos y una pistola 9 milímetros en la cintura se consagran como el molde del triunfador que tiene el poder fragmentado y momentáneo, pero que en su pequeño territorio es el que manda frente al “gil” –como lo llaman–, aquel que trabaja, por ejemplo, en una obra de construcción, señala el psicólogo Horacio Tabares, de la fundación Vínculos.
Ese protagonista manda de manera efímera porque su vida es corta. La carrera termina de manera abrupta en la cárcel o con la muerte.
La historia de Jorgelina Selerpe es un caso testigo. Junto a su exnovio Alan Funes, ambos procesados por asociación ilícita y tráfico de drogas, se ajustan a ese perfil. Chipi, como la llaman, es la tercera generación Selerpe en el narcotráfico. Su abuelo y su padre fueron pioneros en la instalación de las cocinas de cocaína en Rosario. Allí trabajaba su tío Domingo y también Rosa, la madre de esta joven que se crió junto a los bidones de ácidos clorhídrico y sulfúrico, éter y acetona, los precursores químicos que usaban en esa casa para transformar en cocaína la pasta base que les llegaba de Bolivia. Esta nueva generación de narcos tiene otra matriz que sus antecesores. No vivieron en la pobreza ni la marginación. La herencia es seguir siendo el más malo del barrio. Y mostrar ese poder con violencia. El Estado es débil para competir con ese submundo que salió de las sombras de la clandestinidad.
La política entra de prestado en los territorios dominados por el narcotráfico. El rol del antiguo puntero mutó en el narco que es hoy quien habilita el ingreso pacífico al barrio, teje acuerdos de convivencia con la policía y controla parte del tejido social. La investigadora mexicana Lilian Paola señala en Las fronteras de la narcocultura que “el narco” no es solo una imagen identificada por el conjunto social, sino que pasó a ser una categoría social objetiva. Esta relación aparece en un escenario de impunidad e ilegalidad, que se configura en un orden paralelo al poder legitimado. “La mezcla de impunidad, armas de fuego y sensación de poder generan contextos de transgresión inadmisibles”, advierte.
La relación entre el narcotraficante y puntero Daniel Celis con el exintendente de Paraná Sergio Varisco muestra cómo esa relación detectada por la justicia federal, que terminó con la condena al dirigente radical a seis años y seis meses de prisión, envuelve ese vínculo por fuera del esquema de un negocio criminal y alcanza otros horizontes, como el despliegue territorial de la política. El peligro radica en que en este esquema ambos se necesitan.
El Estado llega con dinero a través de programas sociales, pero no tiene capital propio ni decisión para enfrentar un problema que trasciende una cuestión de seguridad pública. Asoma así la mirada de que romper ese esquema hoy puede generar más tensiones que soluciones, sobre todo en conurbanos populosos como Buenos Aires, Rosario y Córdoba.

G.d.l.S.
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

sábado, 19 de diciembre de 2020

TRAGEDIAS....


Un patio cubierto de cuerpos que no respiran
La autora, parte de la generación que vivió la tragedia de Cromañón, la revive tiempo después
CAMILA FABBRIFragmento de El día que apagaron la luz, de Camila Fabbri (Seix Barral)
Una sala blanca con luces de tubo que parpadean porque se les adhieren bichos atontados. Es un viernes cerca de las once de la noche. Hay guardapolvos blancos y verdes, en algún que otro momento se ve la ráfaga de un ambo azul. No son solo especialistas de guardia, hay muchos más. Llegaron de barrios alejados porque debían estar acá. Algunos ya se estaban quedando dormidos y recibieron llamadas de urgencia que los sacaron de sus camas.
Ahí afuera, en el patio descubierto, un perro lobo aúlla como si se le fuera a salir la garganta. Se puede oír su lamento recostado al lado de un plato de arroz frío que alguien le dejó. Es un perro de nadie. El patio cubierto y el descubierto del hospital Ramos Mejía está plagado de gente que probablemente no esté respirando. Muchos llevan remeras con inscripciones de bandas de rocanrol. Algunas estampas son frases en relación al amor y a la supervivencia: “Inoxidable pasión, Luchando sin atajos los invisibles, Vivir solo cuesta vida, Todo pasa”. Las remeras están mojadas y recubiertas de una pasta negra parecida a pomada para lustrar zapatos. [...]
Los camilleros descargan jóvenes que parecen embarrados, así como luciría un velocista que corrió su primera carrera y se deshidrató. Los cuerpos jóvenes no deberían inundar los hospitales, pero eso es lo que pasa esta noche de treinta y cinco grados de calor.
Médicas ponen máscaras de oxígeno y cánulas nasales sobre los rostros de unos quinceañeros, enfermeros toman pulsos en cuellos y mentones. Que todo parezca lo mismo, una y otra vez: un campo de batalla de caballos jovencitos que corrieron poco, recostados en el pasto a la luz de una luna pobre, de ciudad.
Si uno detiene el oído un instante, si uno logra despejar el sonido de las ambulancias, del perro lobo, del diálogo de los especialistas, de los canales de televisión; si uno realmente logra ese nivel de desprendimiento sonoro, se encuentra con que suenan varios teléfonos celulares. Primero uno, después otro, sin interrupción. Algunos ringtones se parecen entre sí, o quizás sea el mismo, los modelos de estos celulares no varían mucho sus funciones. Los Nokia 1600, los 1100 o los Motorola C200 están en sus bolsillos. Nadie atiende esas llamadas.
En otro plano, esta misma noche, un cúmulo de familiares disca un código numérico una y otra vez para saber si su hijo, hija, amigo, amiga, está bien. De vez en cuando algún enfermero o camillero logra captar una llamada pero es inútil. No hay nada que decir. El cuerpo médico no puede nombrar. El sonido de los teléfonos en aumento es una especie de orquesta, una banda musical, un grupo de rock.

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viernes, 18 de diciembre de 2020

TRAGEDIAS....


La noche trágica que se llevó 194 almas
A 16 años, todavía siguen las heridas abiertas por las irregularidades en el fatídico recital de Callejeros
Hace unos meses desaparecieron los objetos de las víctimas y sobrevivientes que habían quedado dentro del boliche
Lejos de terminar el 30 de diciembre de 2004, la tragedia en el boliche República Cromañón, sigue viva. Ni los casi 16 años que pasaron desde el incendio, ni las condenas contra quince acusados por su responsabilidad en la mayor catástrofe por causas no naturales de la historia argentina, lograron cicatrizar las heridas de los familiares de las 194 víctimas fatales y las lesiones sufridas por los 1432 sobrevivientes.
En los últimos meses, hubo un hecho que reabrió las heridas provocadas por la tragedia ocurrida durante el recital del grupo de rock Callejeros. Se trató de la desaparición de los objetos de las víctimas y sobrevivientes que habían quedado dentro del boliche.
Nada quedó de los cientos de zapatillas, mochilas y prendas de vestir que constituyeron el símbolo de la tragedia y que tenían dueños. Tampoco nada quedó de las marcas de las manos que aquellos que intentaron huir del infierno de gases letales y oscuridad, dejaron en las paredes del boliche situado en Bartolomé Mitre al 3300, en Once. Con una hidro-lavadora, los operarios que trabajan para el dueño del local borraron para siempre las huellas que se habían fijado a los muros con hollín y sudor.
Eran marcas de arrastre y de manos que se abrieron como surcos en las paredes. Esas huellas resaltaban a primer golpe de vista cuando, en 2009, el Tribunal Oral N° 24, permitió que los periodistas ingresaran en el local antes de dictar la sentencia que condenó a Omar Chabán, a su colaborador, Raúl Alcídes Villarreal, al jefe de la comisaría 7a., Carlos Díaz, a los ocho integrantes del grupo Callejeros y a tres funcionarios del Gobierno porteño por su responsabilidad en el trágico incendio.
Según denunciaron familiares de las víctimas, esos objetos fueron retirados del local por el dueño del inmueble, Rafael Levy, que recibió la posesión de la propiedad luego de cumplir la condena de cuatro años y medio de prisión que le impuso el Tribunal Oral N° 24. La propiedad está a nombre de La Nueva Zarelux, una sociedad offshore con sede en Uruguay, que pertenece a Levy.
Durante el juicio que terminó con la condena contra Levy, se determinó la existencia de un vínculo sólido entre el dueño de la propiedad donde funcionaba República Cromañón y Chabán, el organizador del recital de Callejeros. Uno de los testigos indicó que la documentación de los eventos que se organizaban en Cromañón se guardaba en el hotel Central Park, instalado en el predio donde se realizaban los recitales y que pertenece a Levy.
Nada hizo la Justicia para restituir esos objetos a sus dueños: los familiares de las 194 víctimas y los 1432 sobrevivientes. En la actualidad, nadie sabe tampoco dónde fueron llevados esos objetos.
Entre esos objetos estaban mi dni y mi credencial de periodista que habían quedado en Cromañón cuando, la noche de la tragedia, ingresé en el boliche y encontré a dos jóvenes que arrastraban a una chica hacia la salida. Los ayudé a levantarla y llegamos a la vereda. Volví a entrar y me crucé con dos muchachos que, como podían, alzaban a un chico. Tomé del brazo al adolescente, lo pasé por encima de mis hombros y entre los tres logramos sacarlo.
Había llegado a Cromañón minutos después de las 23, cuando Fernando Rodríguez, uno de mis compañeros del diario, me alertó sobre el incendio en un boliche de la zona de Once. En esa época vivía en Rivadavia al 2500, a pocas cuadras.
La decisión de ingresar en el local fue la reacción a la respuesta de una pareja de jóvenes a la que le pregunté qué habían visto. Me dijeron que tenían un amigo que había quedado adentro del local; estaban desesperados. Contagiado por la angustia de esos chicos ingresé en el boliche para buscar a su amigo. Aunque no lo conocía.
Para entonces, ninguna ambulancia o móvil policial podía llegar hasta la puerta de Cromañón. La calle Bartolomé Mitre desde Plaza Miserere hasta Jean Jaurès, estaba cubierta de cuerpos. Eran tantos y tan pocos los médicos que no se podía saber quien estaba vivo y quien había fallecido.+
Como las ambulancias no alcanzaban, aquellos que pretendían ayudar cargaban los cuerpos en los tablones que una empresa de servicios había colocado para tapar los pozos que habían hecho en las veredas. Esos cuerpos, en improvisadas camillas eran subidos a colectivos de la línea 68 cuyos choferes los llevaban al centro de atención más cercano: el hospital Ramos Mejía.
Media cuadra más adelante, un camión de bomberos de la Policía Federal, marca MAN, era el único móvil que había logrado llegar al lugar del incendio. Fue vandalizado por los primeros jóvenes que habían escapado de la trampa mortal en la que se había convertido República Cromañón y que requerían oxígeno.
A unos metros del camión, en lo que parecía el acceso a un estacionamiento, un grupo de socorristas hacía fuerza hacia afuera para abrir una puerta de dos hojas. Detrás de la puerta se apilaban decenas de cuerpos que eran empujados y pisados por aquellos que pugnaban por salir.
En la parte superior de esa puerta, amurado en el techo, sobresalía un cartel con la leyenda “salida de emergencia”. Cuando se cortó la luz por el incendio provocado por una bengala que hizo arder la media sombra colocada como elemento de ornamentación, parte de las más de 3500 personas se dirigieron hacia ese cartel que se había convertido en un llamador en medio de la oscuridad y la nube de humo gris plomo que había comenzado a bajar desde el techo.
Además, durante la investigación se pudo saber que los planos presentados ante el Gobierno porteño por los dueños de la propiedad no coincidían con la arquitectura del salón. Los matafuegos estaban vencidos, la manguera de incendio no funcionaba y no había plano de evacuación. En la planta superior donde debía estar una puerta, la gente que intentaba escapar chocó contra una pared.
Todos estos elementos figuran en la lista de pruebas que los jueces usaron para fundar la sentencia condenatoria. Además, Cromañón tenía una habilitación en la que se indicó que la capacidad máxima era de 1031 personas. La noche de la tragedia, ingresaron 3500 espectadores.
A pesar que se demostró que la habilitación de Cromañón había vencido debido a que no se renovó el certificado de Bomberos, un elemento imprescindible para que funcionaran los locales de baile clase “C”, la cadena de responsabilidades en el proceso penal se agotó en funcionarios de tercera línea del Gobierno porteño. Los responsables políticos nunca fueron condenados.
“Callejeros, vivimos y morimos por vos: Piky y Cary. Budge presente”, rezaba uno de los trapos que colgaban del pullman, situado de espaldas a la calle Bartolomé Mitre. El incendio había consumido cientos de vidas, pero dejó intactas las banderas que habían llevado los fanáticos del grupo de rock.
Con un golpe de vista se podía advertir que el incendio no había quemado el local. La loza estaba desnuda y en el techo solo quedaban los alambres que sostenían la media sombra y el revestimiento que, al quemarse, despidieron el monóxido de carbono y el ácido cianhídrico. En pocos minutos la gente murió por esos gases letales.
“Si no hubiera estado colocada la media sombra y la bengala hubiera impactado en el centro de un cuadrado de espuma de poliuretano, el lugar hubiera tardado 13 minutos en incendiarse y la gente hubiera tenido tiempo para escapar. Pero como estaba la media sombra, el fuego tardó mucho menos en expandirse. La media sombra actuó como acelerante”, señaló el informe del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI), incorporado en la causa. A esta circunstancia hay que agregar el hecho de que la puerta señalizada como “salida de emergencia” había sido cerrada con cadenas.
Afuera, en entre los edificios de la calle Jean Jaurès comenzaban, a retumbar los gritos desesperados de los padres que llamaban a sus hijos.
A 16 años de la tragedia, todavía me despierto en algunas madrugadas escuchando esas súplicas.

G.C.
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TRAGEDIAS....


La historia de un asalto a un banco que saltó del libro al cine
Publicada en 1997, la novela policial del escritor argentino tuvo una premiada adaptación dirigida por Marcelo Piñeyro; está basada en un caso real
RICARDO PIGLIAFragmento del capítulo dos de la novela Plata quemada, de Ricardo Piglia (Anagrama)
El día del asalto amaneció limpio y claro. A las 15.02 del miércoles 27 de setiembre de 1965, el tesorero Alberto Martínez Tobar entró en el tesoro de la sucursal del Banco de la Provincia de Buenos Aires en San Fernando. Era un tipo alto, de cara enrojecida y ojos saltones, que recién había cumplido cuarenta años y al que sólo le quedaban dos horas de vida. Hizo bromas con las chicas de contaduría y fue hacia el subsuelo donde estaban las cajas de seguridad y la mesa negra con las bolsas llenas de plata. Los empleados en mangas de camisa contaban billetes, bajo la luz artificial y el ruido de los ventiladores. Una tumba bajo tierra, una cárcel llena de dinero, había pensado el tesorero. Había vivido toda su vida en San Fernando y su padre también había trabajado en la Municipalidad. Tenía una hija con problemas nerviosos y atenderla le costaba una fortuna. Varias veces había pensado que era posible robar el dinero que le entregaban todos los meses. Incluso se lo había comentado a su mujer.
A veces piensa que habría que llevar un portafolios igual y llenarlo de plata falsa. Sustituir uno por el otro y salir tranquilamente. Tenía que arreglar con el cajero que era un amigo de la infancia. Se dividían la plata y seguían viviendo una vida normal. La fortuna era para los hijos. Se imaginaba la plata guardada en un cajón secreto del ropero, la plata invertida con nombre falso en un banco suizo, la plata escondida en el colchón, se imaginaba que dormía con los billetes bajo el cotín, que los sentía crujir al darse vuelta en las noches de insomnio. Esas noches, cuando no podía dormir, le contaba a su mujer cómo pensaba hacer el cambio. Hablaba en la oscuridad y ella lo escuchaba subyugada. Era una idea que lo ayudaba a vivir y le agregaba cierto espíritu de aventura y cierto interés personal al traslado de dinero que hacía todos los meses.
Esa tarde puso el portafolios arriba de la mesa y el empleado con la visera verde miró la nota de pago con las firmas y los sellos y empezó a separar fajos de diez mil. Eran una pila de plata, 7.203.960 pesos para pagar los sueldos del personal y los gastos de las obras del desagüe del municipio. Fueron colocando los fajos de billetes nuevos en el portafolios de cuero negro, ajado por el uso, con fuelle y bolsillos laterales.
Antes de salir del Banco, Martínez Tobar respetó las medidas de seguridad y se enganchó el maletín a la muñeca izquierda con una cadenita cerrada con un candado. Después alguien dijo que esa precaución inútil le había costado lo que le había costado.
Cuando salió a la calle no vio nada; nadie ve nada en los momentos previos a un asalto. Hay un viento que se levanta de golpe y el tipo está tirado, con un cachiporrazo en la cabeza, sin saber qué pasó. Cuando alguien ve movimientos sospechosos, es un asustado al que ya antes le pasó algo y ahora se imagina que le está por volver a pasar.
Martínez Tobar miró lo que siempre miraba sin ver, la mujer con el carrito de la feria, el chico que corría con el perro, el almacenero que abría el negocio después de la siesta, pero no vio al Chueco que hacía de campana en el bar, parado contra el mostrador, tomando una ginebrita y relojeando las piernas de la chica embarazada que salía del negocio de al lado. Lo calentaban las embarazadas al Chueco y se acordó de la señora que se movía cuando era conscripto, en una casa en Saavedra, cuando el marido estaba en la oficina. Se la había levantado en un subte porque le cedió el asiento y la señora le empezó a
 agradecer. Tenía la edad del Chueco, veinte años, y un embarazo de seis meses y la piel tirante, parecía transparente y había que buscar poses raras para poder hacérsela, la paraba con un pie sobre la cama y ella daba vuelta la cara y le sonreía. Lo distrajo pensar en la mujer embarazada de Saavedra, que se llamaba Graciela o Dora, pero enseguida volvió a ponerse tenso porque vio al tipo salir del banco con el portafolios y la guita. Miró el reloj. Cronometrado y exacto.

Los dos policías de custodia conversaban en la vereda y el otro empleado de la Municipalidad, Abraham Spector, enorme y pesado, se ataba con dificultad los zapatos apoyado en el guardabarros de la rural IKA. La plaza estaba quieta, todo tranquilo.

–¿Qué hacés, gordo? –dijo el tesorero y después saludó a los de seguridad y subió a la camioneta.

En el asiento de atrás iban los custodios, tipos con cara de dormidos, pesados, con las armas sobre las piernas, ex gendarmes, antiguos tiras, suboficiales retirados, siempre cuidando la plata ajena, las mujeres ajenas, los coches importados, las mansiones, perros fieles, de toda confianza, fierreros, siempre calzados para custodiar el orden, uno se llamaba Juan José Balacco, tenía sesenta años y era un ex comisario, y el otro era un cana legal de la Primera de San Fernando, un grandote de dieciocho años, Francisco Otero, al que decían Ringo Bonavena porque quería ser boxeador y se entrenaba todas las noches en el gimnasio del club Excursionistas con un japonés que le había prometido sacarlo campeón argentino.

Tenían que recorrer los doscientos metros que separaban el local del Banco (en una esquina de la plaza) de la Municipalidad (que está en la otra esquina).

–Estamos un poco atrasados –dijo Spector.

El tesorero puso en marcha el motor. La camioneta avanzó por Tres de Febrero a paso de hombre y cuando dobló la esquina hubo un ruido de gomas contra el asfalto y se oyó un motor que aceleraba. Un coche se les vino encima, a contramano, bandeado, como sin rumbo y se detuvo en seco.


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