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jueves, 8 de octubre de 2020

VOLVER A LA NORMALIDAD


La cultura del trabajo, resentida por la cuarentena
En tantos meses de parálisis, es inevitable que se hayan atrofiado algunos músculos sociales; volver a ponerlos en marcha no resulta fácil ni se logra inmediatamente



Luciano Román


Hace unas semanas, cuando se autorizó la práctica de deportes individuales, miles y miles de argentinos descubrieron que estaban “fuera de estado”. Después de cinco meses de parálisis habían perdido competitividad, agilidad, capacidad de reacción y hasta reflejos .¿ Fue un anticipo (acaso metafórico) de lo que le ocurrirá a la sociedad argentina cuando salga otra vez a la cancha después de una infinita cuarentena? En tantos meses de parálisis, es inevitable que se hayan atrofiado algunos músculos sociales. Se han perdido energía, vitalidad, impulso y concentración. Como ocurre también con los motores cuando pasa mucho tiempo sin que se los encienda, volver a ponerlos en marcha no resulta fácil ni se logra inmediatamente. Es un impacto que cuesta dimensionar, pero que, probablemente, implicará un alto costo económico-social en el corto y en el mediano plazo. Es, además, una secuela que se conecta con un interrogante de fondo: ¿se está resintiendo –como consecuencia de la cuarentena– la cultura del trabajo en aquellos sectores que la tenían incorporada?

Las escuelas, las universidades, los organismos públicos y la Justicia, pero también muchos comercios, fábricas e industrias viven desde marzo entre la parálisis o el funcionamiento a media máquina. Algunos se han adaptado con agilidad a nuevas formas de trabajo, y en varios casos lo han hecho con éxito. Pero otros atraviesan la cuarentena como una especie de letargo indefinido del que no será fácil salir. Hay gente a la que le cuesta imaginar la vuelta al trabajo, ya sea porque se ha amoldado a una nueva vida, porque ha encontrado otras maneras de generar ingresos o porque, simplemente, ha extraviado el hábito y la disciplina. En ámbitos del pequeño y el mediano empresariado vislumbran un escenario traumático. Temen un incremento de pedidos de licencias, de retiros anticipados y planteos unilaterales de reformulación de compromisos laborales. Algunos imaginan un aluvión de litigios judiciales. ¿Y en el Estado? Las oficinas públicas, en general, llegarían a fin de año cerradas a cal y canto. Cuando reabran, ¿aumentarán los índices de ausentismo y licencias prolongadas, que ya son muy altos en toda la administración?

La pérdida de vitalidad y de energía social tal vez sea un costo subestimado y no debidamente cuantificado. Pero vale la pena, a esta altura, ponerlo sobre la mesa y plantear algunos interrogantes. ¿Cuánto tiempo llevará recuperar un ritmo de actividad parecido al normal en ámbitos como el de las escuelas, por ejemplo? No se tratará solo de volver a funcionar, sino de lidiar con una enorme sobrecarga de asuntos y tareas pendientes. Si la psicología ya ha diagnosticado las dificultades de retomar la rutina después de unas vacaciones, no es difícil imaginar el estrés social que implicará el reinicio después de un año de cuarentena. Hay que computar, además, el impacto que implicará volver a actividades resentidas, golpeadas y achicadas como consecuencia de una parálisis tan extensa. En muchos rubros, habrá que volver a empezar, no solo con protocolos, sino también con nuevas estructuras y pautas de funcionamiento.

Tal vez debamos prepararnos para una especie de proceso de rehabilitación similar al que deben encarar los pacientes que sufrieron un reposo prolongado. Y asumir que implicará un tránsito dificultoso, que iniciaremos con alguna debilidad, con notorias limitaciones y con las inevitables secuelas de una parálisis o semi-parálisis que se ha hecho eterna. No se habla mucho del efecto anestésico que ha provocado la cuarentena y de las secuelas que eso podría dejar sobre el tejido social y productivo del país. En estos días de orfandad para Mafalda, tal vez sea oportuno recordar una de sus tantas frases geniales: “En la vida no hay premios ni castigos, hay consecuencias”. Y las consecuencias de un año a media máquina serán inevitables. La sociedad, en estos meses, ha tenido que poner la cabeza en otra cosa; ha incorporado temores que no tenía; ha debido asimilar restricciones y limitaciones traumáticas, además de adaptarse a cambios muy abruptos en su vida cotidiana. Todo eso le ha absorbido energías, ha hecho mella en su ánimo y hasta en su equilibrio emocional. Con esa mochila sobre las espaldas se deberá intentar, algún día, volver a la normalidad.

Nada de esto será gratis en términos simbólicos, emocionales y psicológicos, para no hablar –una vez más– de las pérdidas afectivas y materiales que nos dejarán heridas profundas. No es inocuo, para una sociedad, recuperarse de un trauma como el que estamos atravesando ni superar alegremente las marcas que dejan los discursos del miedo enarbolados desde el poder. Enfrentamos un riesgo nuevo: el de una sociedad fuera de estado, desentrenada para esas cosas fundamentales como son el trabajo, el estudio, el esfuerzo de ganarse la vida todos los días. Se ha repetido tanto “quedate en casa” que hay muchos que no quieren volver a salir. Hay actividades y personas que no han aflojado, no se han paralizado; algunas –incluso– han crecido o se han reinventado durante el encierro. El teletrabajo ha mantenido activos ciertos músculos laborales y hasta ha implicado una mayor exigencia. Pero hay una polea productiva que se ha detenido, hay rutinas laborales que han desaparecido, hay un flujo de actividades que se ha frenado casi por completo. Volver a ponerlo en marcha será, seguramente, muy difícil. ¿Cuánto tiempo y qué medidas demandará la recuperación de hábitos, rutinas y disciplinas perdidas? Son preguntas que quizá necesiten una especial planificación y hasta un monto excepcional de esfuerzos individuales y colectivos.

Es probable que en algunos sectores la vuelta a la normalidad se produzca con ímpetu y con naturalidad, mientras que en otros quizá cueste mucho volver a mover los engranajes y recobrar un ritmo fluido. Las familias también han perdido su rutina y se han visto obligadas a elaborar otras sobre la marcha. Retomar el ritmo pre-cuarentena será a la vez un desafío en el ámbito hogareño, donde los chicos y las parejas se quedaron también sin su propia normalidad.

No hay antecedentes de ajustes tan acelerados y repentinos en el funcionamiento de una sociedad. De un día para el otro desapareció nuestra rutina tal como la conocíamos y hubo que adaptarse a marcha forzada a nuevos mecanismos de trabajo, de organizacióndoméstica, de interacción social, de comunicación. ¿Cuánto de todo eso va a permanecer? ¿Cuánto volverá a ser como antes? ¿Cuánto se habrá perdido definitivamente? Son preguntas que todavía no encuentran respuesta, pero que exigen, a escala social e individual, prepararse para lo desconocido. Es probable que el modelo de la oficina sufra una transformación con la irrupción del teletrabajo y el Zoom. Y que muchos empleos se modifiquen al ritmo de una digitalización acelerada.

Tal vez llegue un tiempo en el que los infectólogos les deban ceder protagonismo a los psicólogos. En cualquier caso, la adaptación a lo nuevo dependerá de las dosis de flexibilidad, razonabilidad y fortaleza de la propia sociedad, tanto en los ámbitos familiares como en los laborales, así como en los espacios de la interacción social. El país y el mundo no serán los mismos. Nosotros tampoco. Esa “nueva normalidad” de la que hablamos sin saber del todo qué alcances y qué contornos tendrá nos pondrá a prueba una vez más. Como a las sociedades de posguerra, nos tocará lidiar con las secuelas de un trauma que ha trastocado nuestras vidas. Serán nuestras reservas de ética y de buena voluntad las que nos ayuden para volver a empezar.

Se deberá intentar volver a la normalidad

lunes, 1 de abril de 2019

VOLVER A LA NORMALIDAD


Calles libres de manteros

En el barrio porteño de San Telmo, la calle Defensa volvió a ser un paseo agradable y vistoso. Los manteros han sido reubicados, obligados a abandonar la mencionada arteria entre las avenidas San Juan e Independencia, gracias a un acuerdo firmado entre el gobierno de la ciudad y El Adoquín, la cooperativa de trabajo que reúne a los 220 artesanos que ocupaban el referido espacio público.
Se trata de un ejemplo de que mucho puede hacerse frente a un problema como el de la venta ilegal callejera, que, según la Cámara Argentina de Comercio, sigue teniendo enormes proporciones.
Esta medida llega cuando ya era preocupante la pérdida de identidad característica de los alrededores de la Plaza Dorrego, reino de las antigüedades para los turistas. En cambio, hasta no hace mucho, sobre las calles de adoquines se vendían mayormente indumentaria y comida, entre otros muchos productos.
Este conflicto fue expuesto en reiteradas ocasiones por la Asociación de Anticuarios y Amigos de San Telmo, quienes durante 11 años reclamaron ante el uso ilegal del espacio público. Incluso, la entidad denuncia que en ese tiempo, la constante usurpación de veredas ha llevado a que 200 locales de antigüedades cerraran sus puertas. A principios de este mes, un grupo de feriantes quiso volver por la fuerza a vender sus productos allí. Intervinieron la Justicia y la policía, que los desalojó.
Los puestos callejeros y las mantas sobre veredas y calles no solo entorpecen el tránsito de vecinos y turistas, sino que dificultan el acceso a los locales debidamente habilitados. Además, se genera una competencia desleal, pues mientras los comerciantes tributan, gran parte de los manteros solo acrecientan la economía en negro, con pérdidas para el Estado como ente recaudador y también para los trabajadores, que ven vulnerados sus derechos. Como reiteradamente hemos expresado desde estas columnas, estas prácticas ilegales deben ser desterradas, sus actores registrados y reubicados convenientemente en nuevos espacios, desactivando así los negocios mafiosos muchas veces asociados a estas operatorias. Tal el caso de la red de tráfico de inmigrantes senegaleses explotados como manteros que la Policía Federal y la Dirección de Inmigraciones desbarató en la ciudad.
Con la firma de este compromiso se erradica la venta ilegal en el casco histórico de este emblemático barrio. La medida incluso tuvo en cuenta la tarea de los artesanos, quienes los domingos contarán ahora con un espacio habilitado para la venta sobre las calles Chile, entre Defensa y Balcarce, y Defensa, entre Independencia y Chile. Como corresponde, los manteros deberán contar con documentación habilitante para trabajar.
A lo largo de un kilómetro, la calle Defensa concentra a más de 500 anticuarios. Es el lugar de América Latina más importante en esa actividad y el segundo a nivel mundial, luego de Francia. En estos locales, que son verdaderos museos, se pueden encontrar piezas exquisitas, importadas durante los siglos XVIII y XIX como vajilla inglesa, francesa y alemana, arañas checoslovacas, cristales, bronces, sillas americanas y muebles italianos, entre otros valiosos elementos.
Estas medidas apuntan a recuperar el esplendor de la zona, dándoles prioridad a aquellas actividades que protejan y mejor representen el acervo histórico. Celebramos que el Estado continúe abocado a embellecer la ciudad y a hacerla más eficiente para sus habitantes y visitantes, respetando a quienes cumplen con sus obligaciones tributarias y generando mejores condiciones de circulación y de trabajo para todos.