viernes, 30 de diciembre de 2016

THE BEATLES EN DVD


Se acaba de editar en la Argentina Eight Days A Week - The Touring Years en formato DVD, la película de Ron Howard sobre los años de las giras de The Beatles
La banda más popular del planeta en una de sus visitas al programa de televisión más visto de los EE.UU., The Ed Sullivan Show
"¿Por qué gritan? No lo sabemos, pero cuando movemos la cabeza es cuando más gritan." La sincera respuesta de John Lennon durante una de las primeras conferencias de prensa de The Beatles en los Estados Unidos funciona como síntesis de Eight Days A Week - The Touring Years, el documental dirigido por Ron Howard que acaba de editarse en el país en formato DVD. La historia de los primeros años de la banda, cuando Paul, John, George y Ringo se subían a los escenarios con un único y firme objetivo: conquistar al mundo con sus canciones, su desparpajo y sus flequillos al viento.
El DVD va desde los inicios en The Cavern hasta su último concierto público en San Francisco en 1966, pasando por la mítica residencia en Hamburgo y enfocándose, especialmente, en su gira por los Estados Unidos, la que impulsó como ninguna otra la idea de "beatlemanía".
Con más de 100 horas de material inédito y declaraciones de artistas de la música y el cine que vivieron el fenómeno Beatles en vivo y en directo, Howard logra no sólo un fiel retrato de la banda de Liverpool arriba de los escenarios (¡sí, cómo tocaban en vivo!), sino también un viaje por la intimidad de los músicos durante las giras, el estudio de grabación y los sets de filmación de sus primeras películas; un documental sobre una época bisagra en la historia de los Estados Unidos, en donde se mezclan la guerra de Vietnam, la Guerra Fría, la aparición de los jóvenes como motor del consumismo, el asesinato de John F. Kennedy y la lucha contra el racismo, y por último, una mirada a los días en los que se inventó el show business en la industria de la música.
"Miren cómo mueven los dedos", relata un locutor radial como si se trataran de extraterrestres, mientras las imágenes muestran a los Beatles pisando por primera vez suelo norteamericano. "No es Presley, no es Sinatra ni John F. Kennedy... Son The Beatles y mueven multitudes", reflexiona otro mientras el operativo policial dispuesto en los EE.UU. es sobrepasado por miles de jóvenes al borde de un ataque de nervios.
El mundo Beatles antes de Sgt. Peppers y, especialmente, antes de la muerte de su manager y amigo, Brian Epstein. "Él fue el que nos hizo famosos", reconoce McCartney, y se lo puede ver a Epstein manejando los hilos detrás de escena, en algunas imágenes conocidas y otras no tanto.
Una de las conferencias de prensa de los Beatles en EE.UU.
Así como las famosas presentaciones en The Ed Sullivan Show se cruzan con una de las imágenes menos conocidas y más potentes del documental, que ni tiene a los Beatles como protagonistas: las tribunas repletas del estadio de fútbol Anfield, en Liverpool, en 1964, durante el entretiempo de un encuentro, con miles de hombres y niños (ninguna mujer) que se unen para entonar a capella "She Loves You", mientras se mueven para acá y se mueven para allá, en lo que bien podría pensarse como el primer pogo de la historia.
"Además de dar al público una gran experiencia de lo que fueron los Beatles en vivo, espero que también ofrezca un recordatorio, de modo centrado e intenso, de quiénes fueron antes de «la beatlemanía», en qué se convirtieron en el curso de la misma, y cómo crecieron y evolucionaron artística y personalmente, además de su papel en aquel monumental cambio cultural", aseguró Howard.
Pero la subida de "estos" Beatles, los que fueron entre 1962 y 1966, tiene sobre el final de la película, su debida caída. La desazón de no escucharse en escena por el griterío, el tedio del encierro durante las giras, el acoso de la prensa tras la famosa frase de Lennon en la que comparó a los Beatles con Jesucristo y la necesidad de escapar de ese tsunami que los envolvió por esos años llamados "la beatlemanía".

S. R. 

LIBROS CON IMÁGENES....LECTURA RECOMENDADA


Dúos entre escritura y artes visuales
Una serie de proyectos editoriales recupera la convivencia de texto e imagen en objetos que admiten ser leídos y mirados por igual; de Alberti y Ferrari a los autores más jóvenes
Los libros ilustrados no siempre estuvieron dedicados exclusivamente a los niños, sobre todo porque la niñez, como un destinatario específico del mercado editorial, tiene aún pocos siglos de vida. Desde el antiguo Egipto hasta las experimentaciones gráficas de los surrealistas, pasando por los bestiarios medievales y los libros de viajeros del siglo XIX, la convivencia ente textos e imágenes era armónica. Pese a los frecuentes ataques iconoclastas que despojaban la imagen de valores cognitivos, la coexistencia entre ambos códigos -escribir, dibujar- perdura en el tiempo más allá del arte de tapa.
En la Argentina, la publicación de libros con autor de dos cabezas (un escritor y un artista o un escritor-artista, como, solo en la cima, Hugo Padeletti) tiene su tradición. El Martín Fierro quizá mantenga el récord: Carlos Alonso, Juan Carlos Castagnino, Adolfo Bellocq, Ricardo Carpani y hasta Roberto Fontanarrosa aportaron sus creaciones al poema nacional por antonomasia, escrito por José Hernández. Cuentos de Borges y de Cortázar fueron transpuestos a historietas por artistas destacados del género: José Muñoz, Alberto Breccia y Carlos Nine. Pocas semanas atrás, el lanzamiento de un nuevo sello, Leteo, sorprendió con un libro de cuentos de Pedro B. Rey acompañados por dibujos de Eduardo Stupía.
Muchos Libros Felices apuesta a la amistad.
¿Cómo se produce esa amalgama entre artes? La serie Muchos Libros Felices, que lleva adelante el diseñador Fabián Muggieri, brinda algunas pistas sobre esa alianza. En la primavera de 2016, ese proyecto editorial creado en 2013 editó tres pequeños libros, en los que se entrecruzan poemas, crónicas, canciones y narrativa con artes visuales. MDF había nacido en la Web en 2011 y aún conserva su espíritu, definido por los lazos de amistad y la apuesta a la creación. "No hay un cronograma editorial, sino la intención de editar en diversos formatos cuando las ganas de ver el material en la calle lo requieran", dice Muggieri. Aún sigue en pie el proyecto de editar el libro de aquellos días felices de la página web. "2017 quizá sea el año de la concreción", adelanta Muggieri. "Mientras tanto, por una cuestión de energía y costos, las ediciones son de pequeño formato." En 2014, el primer título de la editorial fue Morón, el cuarto libro del poeta Juan Fernando García, acompañado por fotos de Muggieri, y este año, la colección de tres títulos de la serie Qué Suerte que Viniste.


Lo pequeño no quita lo cortés. En los tres libros, el eje es el amor. En Zoológico. Poemas, dibujos, animales, García preparó una antología de poemas y la artista chilena Francisca Yáñez sumó un elenco de animales coloreados de manera lisérgica. Los poetas de ese volumen son figuras clave de la poesía contemporánea local: desde el gran Francisco Madariaga hasta Alicia Genovese. Oleaje reúne prosas poéticas inéditas de la poeta cordobesa-fueguina Niní Bernardello, con grabados que se superponen con los textos. Al estar impresos en el sistema Risograph, se logra un resultado similar a la serigrafía. El tercer libro, Viernes de chicas, concreta en libro otra forma del amor: los poemas de Andi Nachon están ilustrados por su hija.
De a dos
La Marca Editora lanzó una nueva colección, bautizada Dúo. Un Escritor & Un Artista, compuesta por ahora por dos libros binarios: textos de poetas o filósofos, como Rafael Alberti y Jean-Luc Nancy, y dibujos o reproducciones de obras de, respectivamente, León Ferrari y Antonio Seguí. Los libros están impresos de manera impecable con tapas de cartón y un papel de primera calidad. Sobre todo en el caso del tándem Alberti-Ferrari (que fueron amigos durante años), la coexistencia de imágenes, cartas, poemas y "dibujos alfabéticos" constituye una unidad. Alberti vivió exiliado en la Argentina durante más de veinte años. Con Ferrari, editaron en 1964 Escrito en el aire, que incluye poemas de Alberti y dibujos de Ferrari. La edición actual añade además las cartas de Alberti a su amigo argentino.

Rafael Alberti por León Ferrari, y viceversa
Otra editorial, con sede en La Plata, acaba de publicar No tenemos apuro, un conjunto de cuentos de Carolina Bruck con dibujos que se intercalan entre las historias, urbanas y alocadas, de la narradora platense. "La inclusión de las ilustraciones surgió como una idea de la autora -dice Francisco Magallanes, del sello Club Hem-. Propusimos a Gabriel Lamoretti, con quien habíamos trabajado en otras oportunidades y de quien conocemos muy bien su obra. Se le propuso que se hiciera su propia lectura de los cuentos y generara metarrelatos a partir de los relatos de Bruck." Para Magallanes, ése es el principal aporte de los artistas: proponer lecturas de los textos.
Maximiliano Masuelli y Ana Wandzik, editores del sello rosarino Iván Rosado, publicaron Nuestra difícil juventud, con poemas de Francisco Garamona y dibujos de Vicente Grondona. Ambos coinciden con sus colegas de Club Hem. "No pensamos mucho en el formato de libro ilustrado -dicen-. En las publicaciones que hacemos el dibujo no aparece como ilustración del texto, sino como otro elemento narrativo que puede intervenir con independencia, abriendo otros órdenes de lectura."

Laura Haimovichi tiene experiencia en trabajar con artistas. Con el rosarino Adolfo Nigro publicaron cuatro libros de poemas y grabados. Este año, Haimovichi hizo lo propio (escribir) en Laetitia, el libro en que comparte autoría con el pintor entrerriano Julio Lavallén. "Lo conocí a través de un amigo común que quiso reunirnos para que hiciéramos algo juntos -cuenta-. Surgió la idea de compartir una experiencia: Laetitia es el nombre de la modelo y su cuerpo sin ropa fue el disparador de una maratón plástica, textual, fílmica y fotográfica que cinco años después se convirtió en el libro homónimo."
En uno de los poemas de Un bosque oriental, el libro de Silvina Mercadal publicado por Alción, un verso parece aludir a la conjunción creativa: "Manjares duplicados". El libro de Mercadal incluye en su interior ilustraciones en tinta de Mauro Cesari. "Con Mauro un día comenzamos a desplegar los poemas con los grafismos, mientras buscábamos una estructura." Para la poeta cordobesa, lo enriquecedor del proceso fue que de momentos disociados se produjo en conjunto el corpus textual. "Escribí los poemas, Mauro ofreció mestizar palabra-grafía, un día hicimos el juego de composición", resume. De procesos creativos semejantes están hechas las búsquedas actuales más interesantes de escritores, artistas y editores.

FOTOGRAFÍA; CURSO GRATUITO




Curso gratuito de Fotografia

www.nuevaescuela.net - info@nuevaescuela.net
•Av. Callao 67 - Caba - 4371-4540 - Whatsapp 011 4147 1139•


LOLA MORA

“Lola Mora padeció lo mismo que muchos otros artistas argentinos: su obra sufrió el castigo por los supuestos pecados del autor y, a la inversa, su nombre fue vapuleado por el carácter provocativo de su obra.”
“Cuántas veces nos detuvimos a mirar los detalles de la Fuente de Las Nereidas, ahí en costanera sur, y nos preguntamos cómo habrá sido la vida de Lola Mora, esa mujer que a fines del siglo XIX y principios del XX talló el mármol con sus propias manos dejándonos una obra tan maravillosa y potente.


Lola Mora tal vez sea la artista plástica más notable que haya dado este país. Y hoy quiero traer la apasionante historia de Dolores Mora de la Vega, que ese el nombre completo.
Las polémicas y escándalos alrededor de su vida y su obra son muchísimos; atacada desde distintos sectores, en algunos casos opuestos entre sí, fue objeto de diversos reproches por sus esculturas cargadas de una sensualidad pagana, contraria a la iconografía promovida por la Iglesia Católica.
Lola Mora también fue acusada por los presuntos «excesos» de su vida privada de la que, en rigor, bastante poco se sabía.
Sin embargo, Lola Mora, una artista excepcional, no obtuvo, tampoco, el favor ni el afecto de los sectores progresistas a causa de su cálida relación con el general Julio Argentino Roca.


Lola Mora padeció lo mismo que muchos otros artistas argentinos: su obra sufrió el castigo por los supuestos pecados del autor y, a la inversa, su nombre fue vapuleado por el carácter provocativo de su obra. Una costumbre argentina, por cierto, muy extendida.
Lola Mora nació el 17 de noviembre de 1866 en la finca El Dátil, departamento de La Candelaria en la provincia de Salta, pero fue inscripta y bautizada en la iglesia de San Joaquín, en la localidad de Trancas, provincia de Tucumán. Más allá de cuestiones administrativas, lo cierto, es que ella siempre se consideró tucumana.
El escándalo la acompañó desde su más tierna infancia, cuando, al morir su madre, Regina Vega, se hizo público el hecho de que además de los cinco hijos que tuvo con su marido Romualdo Mora, tenía un hijo natural con otro hombre.
Basta imaginarse lo que significaba semejante cosa en aquella época y en un pueblo chico del interior.
Al dolor de la muerte temprana de su madre y, al poco tiempo, de su padre, se sumó la condena pública de la sociedad que, por lo bajo, llamaba a los huérfanos «hijos de mala madre». Este estigma determinó su carácter rebelde.


Hubo un hecho en la vida de Lola que marcó su vocación: cuando ella tenía veinte años llegó a Tucumán un prestigioso maestro de pintura italiano: Santiago Falcucci.
Lola, se acercó tímidamente al artista para mostrarle sus dibujos. Esperaba la opinión del maestro como si se tratara de una sentencia de vida o muerte.
Falcucci no solamente le dijo que tenía un gran potencial, sino que la admitió como discípula. En poco tiempo, Lola se convirtió en su mejor alumna. Sin embargo, un hecho lamentable habría de empañar su entusiasmo: Lola Mora presentó sus primeras obras en una exposición organizada por la Sociedad de Beneficencia de Tucumán, pero, habida cuenta de su pasado familiar marcado por la «indecencia» de su madre, la fundación decidió rechazar sus cuadros con un argumento humillante:
“La Srta. Mora no armoniza con el apellido de las demás expositoras.”
Lola Mora estaba indignada. El maestro Falcucci, en un gesto valiente y desafiando a la poderosa fundación, salió en defensa de su discípula: si no aceptaban la obra de Lola, retiraría la de todos sus alumnos. También sus compañeros mostraron una conducta ejemplar al solidarizarse con Lola.
Fue aquélla la primera y decisiva gran victoria de Lola Mora contra la prepotencia del poder ya que, al fin, le permitieron exponer sus cuadros. Pero más temprano que tarde le harían pagar caro su osadía.

 Todavía no había concluido la muestra, cuando empezó a circular el rumor de que la encendida defensa de Falcucci hacia Lola tenía un fundamento dudoso: tal vez, decían, la relación que los unía no fuese sólo la de un maestro con su alumna. La obra de Lola era juzgada ya no con la vara de la estética, sino con la balanza adulterada de la moral.
Dos años más tarde Lola Mora decidió redoblar la apuesta contestando a los rumores sobre su vida privada con una nueva y elocuente producción artística; presentó para la exposición los retratos de los sucesivos gobernadores de Tucumán. La obra, desde el punto de vista artístico, era sencillamente deslumbrante; y aunque alguien se hubiese atrevido a poner en duda aquel pincel magistral, nadie se habría animado a rechazar una muestra con tan insignes retratados. ¿Qué iban a decir ahora las damas de la sociedad, que la pintora se había acostado con todos los mandatarios de la provincia?


Lola Mora descubrió que para poder abrirse camino en el tortuoso mundo del arte había que moverse con inteligencia. Fue una jugada maestra: no sólo consiguió exponer nuevamente en el salón de la Sociedad, sino que el gobierno provincial compró la colección completa, pagando a la autora una suma formidable para la época: cinco mil pesos.
Aquella venta le permitió a Lola Mora dar el primer gran salto de su carrera.
Ella sabía que para poder avanzar debía seguir estudiando, perfeccionado sus técnicas y abrirse a otras disciplinas. Dolores Mora de la Vega resolvió entonces viajar a la meca del arte: Italia.


Esta es apenas la introducción que nos acerca a la vida de esta artista formidable que hasta hoy no se ha valorado en su verdadera dimensión.

F. A. 

jueves, 29 de diciembre de 2016

MI 1º VEZ COMO LECTOR


Era hora de dejar las historietas y empezar a leer libros. Así que, en el verano de 1968, depositaron en mis manos Tarzán de los monos. Juro que lo intenté. Pero, ¿qué podía tener de interesante, para un chico de 7 años de la ciudad de Buenos Aires, la historia del hijo de dos aristócratas británicos criado por una tribu de primates en el África? Nada. Peor aún, el volumen era grueso y pesado, y estaba impreso con tipografía diminuta. Seis meses después, volvieron a la carga, esta vez con Veinte mil leguas de viaje submarino. El argumento prometía, pero el francés, ¡ay!, no es fácil de traducir, y aquella versión era tan suave como un piedrazo. Tampoco pude con él.
Empezaba a asustarme. En casa los libros eran venerados, veía a mis padres leer durante horas e incluso teníamos un cuarto repleto de volúmenes al que llamábamos La Biblioteca. Era evidente, sin embargo, que yo no había nacido para las letras.
Mi curiosidad siempre fue un incordio. Mi etapa de los por qué había causado varias crisis familiares, lo mismo que mis insolentes averiguaciones sobre casi todo, desde la creación del mundo hasta la rara costumbre que tenían las mujeres de engordar justo antes de que llegaran las cigüeñas (cuya misión, claro, me inspiraba numerosas dudas).
Esa curiosidad me llevaba con frecuencia al desván, en el rellano de la escalera que iba a la terraza. Había allí tal variedad de objetos que, confiaba, nunca terminaría de explorarlo. Una tarde apareció, soterrada bajo cajas de azulejos franceses, utensilios en desuso y herramientas de jardín, una gran lata de como metro y medio de alto. Me costó abrirla, pero, cuando lo logré, el hallazgo fue decepcionante.

 Paquetes de cartas y de fotos, imprecisos compendios de billetes antiguos, de postales y de caracolas marinas, manuales insondables, una máquina para encorchar botellas, sombreros agobiados y almanaques vencidos. Estuve a punto de cerrarla y declararla territorio conquistado, pero, a último momento, vi algo en el fondo que llamó mi atención. Cavé y escarbé, como un arqueólogo de lo baladí, hasta que logré exhumar una colección de libritos pulp, ediciones bien rústicas de no más de 120 páginas, tipografía grande y tapas con naves espaciales, guerreros galácticos, pistolas de rayos, ondulantes princesas marcianas y monstruos extraterrestres. ¡Al fin! ¡Esos eran libros!
Con la convicción de que esa colección no había sido exiliada por error, tentado de husmear una obra que presumía prohibida, la dejé donde estaba e instalé mi espacio de lectura en la terraza. La táctica me permitía acceder a los libritos y leerlos sin que nadie se enterara.
Pura aventura y con una prosa despojada, tenían el formato perfecto para entrenar el cerebro infantil en esa endemoniada tarea de convertir hileras de dibujitos en imágenes, en escenas, en historias. Recuerdo como si fuera hoy cuando traspuse la página 100. Y cuando terminé mi primer libro. Estaba orgulloso y feliz. Pero, luego de muchos meses, ocurrió lo inevitable. La colección se terminó. Me sentía desolado, y esa desolación era lo mejor que podía estar pasándome. Ahora no estaba obligado a leer. Necesitaba leer.


Con alguna aprensión volví a La Biblioteca, pero esta vez busqué los lomos más coloridos. Allí habitaban Bradbury, Clarke, Asimov, Sturgeon, Van Vogt, Heinlein, Lem. Serían ellos los que, años más tarde, me conducirían a Cervantes, Flaubert, Cortázar, Dostoievski, Kafka. En ese momento, mientras acariciaba mi nuevo tesoro, se me ocurrió una idea. Fui hasta mi madre y le pregunté:
-Mamá, ¿cómo se escribe un libro? -Tras recuperarse de la conmoción, me explicó que simplemente te sentabas y lo escribías.
-Y ponen tu nombre en la tapa -razoné. Mi madre asintió, preocupada. Me quedé pensando un par de días y luego fui al bazar de mi abuelo y le pedí un cuaderno de 100 hojas con tapa dura y una birome azul de trazo grueso. Profético, don Manuel me dijo:
-Venga, llévate varias.

A. T. 

HAY QUE BESARSE MÁS.....PREFIERO AL NATURAL PERO.....


Así es Kissenger, el videochat que permite transmitir besos reales a distancia
Sus creadores aseguran que su curioso sistema de mensajería permite experimentar nuevas formas de expresión gracias a un accesorio que reproduce, a distancia, los movimientos y la presión de los labios

Kissenger, una mezcla entre kiss y messenger, busca desarrollar las tecnologías táctiles para emular el efecto de un beso a distancia. Foto: Gentileza kissenger.mixedrealitylab.org
Las distancias pueden acortarse de forma virtual mediante los servicios de chat, pero aún así, las muestras de afecto se limitan al texto, video y voz. A su vez, expresiones como un abrazo o un beso por el momento sólo están limitados a los célebres emojis.
Sin embargo, un grupo de investigadores de la Universidad de Londres planea resolver este inconveniente con Kissenger, el primer sistema móvil para transmitir las sensaciones que genera un beso mediante un accesorio de hardware que se conecta a un smartphone. El dispositivo registra los movimientos de los labios (posición, presión, duración), envía las instrucciones por Internet y reproduce el mismo movimienot en el receptor que tiene el destinatario del beso.
Según Emma Yann Zhang, una de las creadores del servicio e investigadora de la Universidad de Londres, Kissenger emplea una serie de sensores de alta precisión que están instalados debajo de un molde que emula ser unos labios artificiales.
El dispositivo Kissenger, en detalle. Gentileza kissenger.mixedrealitylab.org
Por el momento la aplicación está en una etapa de pruebas, pero sus creadores planean lanzar una versión de la aplicación para teléfonos iPhone.
"Kissenger puede ser utilizado por parejas a distancia, familias e incluso como recurso de marketing. Las celebridades o ídolos pop podrían enviar besos a sus fans de todo el mundo", dijo Zhang en su blog.

MADURO Y LA P.Q.T.P.


Kevin Lara murió el día que cumplía 16 años; su familia no tenía comida y se intoxicó con mandiocas que recolectó de un baldío; en el hospital faltaban insumos básicos para salvarle la vida
Yamilet Lugo visita la tumba de su hijo, en Maturín.

MATURÍN, Venezuela.- Se llamaba Kevin Lara Lugo y murió el día en que cumplía 16 años.
El día anterior lo había pasado hurgando en busca de comida en un terreno baldío, porque en su casa no había nada para comer, y más tarde en el hospital, luego de enfermar gravemente por lo que había encontrado para comer.
Un par de horas después yacía muerto sobre una camilla que pasó rodando empujada por los médicos ante los ojos impotentes de la madre de Kevin. La mujer dice que en el hospital faltaban hasta los insumos más elementales para salvarle la vida aquel día del mes de julio.
"En casa la tradición es que el día del cumpleaños de mis hijos, yo los despierto cantándoles -dice Yamilet Lugo, madre del chico-. ¿Cómo iba a hacer eso si mi hijo estaba muerto?"
Las desgracias sufridas por Venezuela a lo largo de este año han sido innumerables. La inflación obligó a los empleados de oficina a abandonar las ciudades y a meterse en pozos de minas en medio de la selva, exponiéndose a las bandas armadas y los brotes de malaria con tal de ganar algo para sobrevivir.
Los médicos se prepararon para operar en mesas con sangre ante la escasez de agua para higienizar los quirófanos. En los hospitales psiquiátricos, los pacientes debieron ser atados a las sillas por falta de medicación contra las alucinaciones.
El hambre ha hecho que muchos se dediquen al saqueo y que otros se lancen al mar en botes destartalados para escapar de Venezuela.
Pero esta historia de un chico que no tenía comida, fue a arrancar raíces silvestres para comer y terminó intoxicándose parece encarnar todas las penurias juntas de Venezuela.
Hacía meses que la crisis económica rondaba a la familia, hasta que se cobró como víctima al segundo de los hijos mayores de la casa.
El barrio donde viven los Lugo está ubicado en los márgenes de la que alguna vez fue una próspera ciudad petrolera, pero que desde hace tiempo carece de lo más básico, como el pan o la harina de maíz.
La fábrica de cubiertos descartables donde trabajaba Yamilet cerró en mayo por falta de materia prima importada, una más de las empresas que quedaron ociosas en todo el país. La familia Lugo se quedó desde entonces sin fuente de ingresos.
Yamilet dice que en el hospital no había respiro. Al igual que tantas clínicas en Venezuela, la de Maturín carece de insumos básicos, como el suero, y la familia debió recorrer toda la ciudad y lidiar con los traficantes del mercado negro para conseguirlo en las horas previas a la muerte de Kevin.
"Este chico murió así sin ninguna razón", dice Lilibeth Díaz, su tía, parada frente a la tumba del joven, donde el nombre Kevin fue escrito con el dedo sobre el cemento fresco por uno de sus amigos.
Yamilet se queda mirando en su celular una foto del año pasado en la que está abrazada a su hijo en el porche de la casa, que Kevin había pintado de amarillo. Ha cambiado mucho desde esa foto, y las clavículas sobresalen notoriamente de su cuello.
"Ahora peso 40 kilos", dice la mujer.
Kevin también estaba perdiendo peso. De hecho, ya en marzo de este año, toda la familia había adelgazado.
Fue entonces cuando José Rafael Castro, novio de Yamilet y el único otro ingreso que tenía el hogar, llegó con malas noticias: la fábrica de bloques de cemento para la construcción donde trabajaba lo había despedido por falta de materias primas para seguir produciendo.
Al principio, la familia comía mangos. Cuando llegó el verano, a mediados de año, ya estaban sobreviviendo a base de la mandioca que crecía en una parcela que les quedaba relativamente cerca en colectivo. "Comíamos eso mañana, tarde y noche", dice Yamilet. Pero en julio ya no tenían plata ni para el colectivo, así que empezaron a buscar en otras partes.
Ya se acercaba el cumpleaños de Kevin. La familia sabía que éste sería el primero sin torta ni regalo, pero había surgido una solución: un vecino de la cuadra cumplía años esa semana y había ofrecido guardar una porción de torta para Kevin.
Pero de todos modos esa noche con algo iban a tener que engañar el estómago: hacía tres días que la familia no comía nada y ya todos se sentían débiles.
Kevin y Castro habían oído hablar de una parcela abandonada a unos 45 minutos a pie de su casa, donde algunos de sus vecinos iban a arrancar mandioca amarga.
Apenas salieron del terreno, cuatro hombres armados los rodearon y les quitaron los celulares, cuenta Castro. Fue un roce con la tragedia, pero Kevin y Castro se fueron contentos porque no les quitaron la mandioca. No sabían que lo peor estaba por venir.
La familia sabía de los riesgos de la mandioca amarga y había intentado secarla para extraerle las toxinas, una práctica usada para hacer un pan seco típico de la región.
"No teníamos otra cosa que comer", dice Castro.
Pero a eso de las 23.30 del 25 de julio, víspera del cumpleaños de Kevin, toda la familia estaba enferma. Castro vomitaba y Kevin se revolcaba en el piso. La intoxicación con mandioca se trata con un lavaje intestinal, suero y otras medidas terapéuticas. Pero la familia de Kevin dice que el joven estuvo horas esperando ser atendido en los pasillos del atestado hospital Manuel Núñez Tovar.
El director del hospital, el doctor Luis Briceno, dice que es una situación que se repite en una institución colapsada: en la sala de emergencias, con capacidad para 200 personas, por momentos hay 450 pacientes necesitados de atención médica.
"Siempre hay alguien que se queda sin ser atendido", dice Briceno.
El médico dice que la escasez de insumos es crónica y que los pacientes tienen que salir a buscarlos y comprarlos ellos mismos, como la solución fisiológica que le faltó a Kevin.
Según Yamilet, una enfermera les dijo que salieran a conseguir el suero ellos mismos, y la familia lo encontró en el mercado negro a cuatro dólares la unidad, mucho más de lo que podían pagar.
Finalmente, otra familia que tenía dos unidades de solución de más se solidarizó con ellos y se las dio para Kevin, pero su estado apenas mejoró, y hacia las 4 de la mañana del 26 de julio, día de su cumpleaños, el chico apenas podía hablar.
"Tenía el estómago como piedra", dice su madre, que recuerda que en los últimos momentos a su hijo le salía un líquido negruzco por la boca.
A las 4.45, Kevin estaba muerto.
El día del entierro, el ataúd de Kevin fue escoltado por una larga hilera de amigos y parientes a lo largo de un camino que su madre vuelve a recorrer todos los domingos cuando va a visitar su tumba al cementerio.
"Cuando cumplía años, mi madre me despertaba cantándome el «Feliz cumpleaños», y yo seguía la misma tradición con mis hijos", dice Yamilet.
El día del entierro de su hijo, Yamilet le cantó a su hijo mientras bajaban el cajón.

N. C.