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viernes, 21 de agosto de 2020

LIBROS INFANTILES,


El libro salvaje
Por JUAN VILLORO
EL LIBRO SALVAJE | JUAN VILLORO | Comprar libro 9786071600011
Fragmento de la novela publicada por el Fondo de Cultura Económica
Un chico con un raro poder, despertar una atracción irresistible en los ejemplares de una biblioteca, atiende la advertencia de su tío Tito: “Es el libro el que escoge a su lector”; esta obra del autor mexicano está narrada desde el punto de vista de Juan, de 13 años, que deberá buscar un secreto escondido entre las páginas
Cuando el correo llegaba a mi casa siempre esperaba que hubiera una carta para mí, pero toda la correspondencia era para mi padre. Ahora, por primera vez, recibía un sobre con una estampilla que mostraba a Napoleón en los tiempos en que era un soldado joven y usaba melena.
El sobre contenía una tarjeta postal. Vi la imagen de la torre Eiffel y, al reverso, la letra de patas de mosca de mi padre y su firma de alambre torcido.
La postal decía:
Hijo amado
Sé que son momentos difíciles para ti, pero te voy a querer siempre. Estoy construyendo un puente muy grande. Cuando termine, regresaré e iremos al zoológico y al fútbol.
Te adora, Papá
En esos momentos yo no quería ir al zoológico ni al fútbol.
Estuve a punto de romper la postal. La torre Eiffel me hizo recordar el frasco de hierro que yo debía tomar y me sabía asqueroso. Eufrosia había apagado la aspiradora y el tío me miraba con mucha curiosidad. Me dio vergüenza estar tan alterado. No podía romper la postal como si fuera un loco en una película. Para calmarme, le pedí que siguiera hablando de los libros que cambiaban de sitio.
El libro Salvaje - Juan Villoro - Capitulo Primero - YouTube
–Justamente quería volver a ese tema –dijo él, muy entusiasmado–. Hay dos formas de que un libro llegue a ti: la normal y la secreta. La normal es que lo compres, te lo presten o te lo regalen. La secreta es mucho más importante: en ese caso es el libro el que escoge a su lector. A veces las dos se confunden. Crees que tú decidiste comprar un libro, pero en realidad él se puso ahí para que lo vieras y te sintieras atraído. Los libros no quieren ser leídos por cualquier persona, quieren ser leídos por las mejores personas, por eso buscan a sus lectores. Vamos a respirar un poco de aire fresco.
Pensé que saldríamos al jardín que rodeaba la casa, pero no fue así. Para el tío, el “aire fresco” era un sitio con menos libros de los habituales. Fuimos a uno de los muchos salones que volvían rara la casa y al que yo no hubiera podido llegar sin perderme. Era una habitación con alfombras de dibujos complicados (como serpientes entrelazadas) y macetas con helechos que recibían el sol de un tragaluz. Sólo había libros en un escritorio y en la mesa de centro.
Tuve la extraña sensación de haber estado ahí antes. Por eso me sorprendió tanto que tío Tito dijera:
–Hace diez años, cuando apenas tenías dos, estuviste aquí conmigo. Tus padres te dejaron durante unas horas porque tenían un asunto pendiente en esta parte de la ciudad. Te portaste bien, no voy a decir que no. Jugaste un rato con un cochecito de bomberos y luego te quedaste dormido. Tus padres volvieron por ti y todo pareció una visita común y corriente. Soy distraído, ya lo sabes, y tardé en darme cuenta de que algo había pasado.
Juan Villoro “POR LO PRONTO, YA ESTAMOS AQUÍ” * | Ideas de Babel
–¿Qué pasó
–Tengo que ir al baño.
–Aguántate, tío, esto es muy emocionante. –Te lo diré a toda prisa: después de tu visita, muchos libros se revolvieron. Nunca antes me había pasado. Despertaste las almas de la biblioteca. Tienes un raro poder. ¡Eres un lector prínceps!
–¿Un lector prínceps?
–Un lector único. En la vida normal eres mi sobrino Juan, simpático y un poco barrigón. Para los libros eres un príncipe. Por eso te necesitaba aquí. Ahora sí voy al baño.
El tío salió a toda prisa. Vi los helechos y me parecieron plantas fabulosas, surgidas de una selva en miniatura. ¿Habría arañas ahí? El ambiente anunciaba algo extraño. El tío regresó minutos después.
–Esta biblioteca te necesita, sobrino –dijo con entusiasmo–. No sabes el trabajo que me dio convencer a tu madre de que vinieras. Hace años que se lo pido.
Ella cree que estoy medio loco –hizo una pausa, como si calculara con cuidado lo que iba a decir–. La verdad es que normal-normal no soy, ¿pero quién quiere ser común como un trapo? La gente que vale la pena se distingue por algo.
Entonces me di cuenta de la casualidad que había hecho posible que yo estuviera ahí. Después de la partida de mi padre, mi madre necesitaba estar sola para arreglar sus asuntos y al fin le había hecho caso al tío.
Sus ojos brillaban más que nunca cuando dijo: –Cada vez que has venido a esta casa, los libros han sentido tu presencia –esto me dio un poco de miedo; luego añadió–: no sé qué clase de lector prínceps eres. Tendremos que averiguarlo.
–¿Los libros se han movido desde que llegué? –Eso es lo raro. En esta ocasión están muy quietecitos, como si prepararan algo. Supongo que saben que vives aquí y no quieren precipitarse. –Hablas de ellos como si fueran personas. –Son algo más: son súper personas. Viven para siempre, buscando lectores.
No quería desilusionar al tío, pero tampoco quería darle falsas esperanzas, 
El libro salvaje : Juan Villoro con ilustraciones de Gabriel ...
así que le sugerí:
–Tal vez ya no atraigo a los libros.
–Eso puede suceder, desde luego. Hay niños geniales que maduran como idiotas y los libros dejan de interesarse en ellos. No me refiero a ti, claro está. Me parece que los libros te están estudiando.
–Me gusta leer, pero no tanto –comenté–. Prefiero ver la tele, andar en bicicleta o jugar con la Pinta, mi perra, o con mi amigo Pablo.
–No importa: los libros sienten que tú puedes leerlos mejor que otras personas. Un lector prínceps no es el que lee más libros sino el que encuentra más cosas en lo que lee.

jueves, 29 de diciembre de 2016

MI 1º VEZ COMO LECTOR


Era hora de dejar las historietas y empezar a leer libros. Así que, en el verano de 1968, depositaron en mis manos Tarzán de los monos. Juro que lo intenté. Pero, ¿qué podía tener de interesante, para un chico de 7 años de la ciudad de Buenos Aires, la historia del hijo de dos aristócratas británicos criado por una tribu de primates en el África? Nada. Peor aún, el volumen era grueso y pesado, y estaba impreso con tipografía diminuta. Seis meses después, volvieron a la carga, esta vez con Veinte mil leguas de viaje submarino. El argumento prometía, pero el francés, ¡ay!, no es fácil de traducir, y aquella versión era tan suave como un piedrazo. Tampoco pude con él.
Empezaba a asustarme. En casa los libros eran venerados, veía a mis padres leer durante horas e incluso teníamos un cuarto repleto de volúmenes al que llamábamos La Biblioteca. Era evidente, sin embargo, que yo no había nacido para las letras.
Mi curiosidad siempre fue un incordio. Mi etapa de los por qué había causado varias crisis familiares, lo mismo que mis insolentes averiguaciones sobre casi todo, desde la creación del mundo hasta la rara costumbre que tenían las mujeres de engordar justo antes de que llegaran las cigüeñas (cuya misión, claro, me inspiraba numerosas dudas).
Esa curiosidad me llevaba con frecuencia al desván, en el rellano de la escalera que iba a la terraza. Había allí tal variedad de objetos que, confiaba, nunca terminaría de explorarlo. Una tarde apareció, soterrada bajo cajas de azulejos franceses, utensilios en desuso y herramientas de jardín, una gran lata de como metro y medio de alto. Me costó abrirla, pero, cuando lo logré, el hallazgo fue decepcionante.

 Paquetes de cartas y de fotos, imprecisos compendios de billetes antiguos, de postales y de caracolas marinas, manuales insondables, una máquina para encorchar botellas, sombreros agobiados y almanaques vencidos. Estuve a punto de cerrarla y declararla territorio conquistado, pero, a último momento, vi algo en el fondo que llamó mi atención. Cavé y escarbé, como un arqueólogo de lo baladí, hasta que logré exhumar una colección de libritos pulp, ediciones bien rústicas de no más de 120 páginas, tipografía grande y tapas con naves espaciales, guerreros galácticos, pistolas de rayos, ondulantes princesas marcianas y monstruos extraterrestres. ¡Al fin! ¡Esos eran libros!
Con la convicción de que esa colección no había sido exiliada por error, tentado de husmear una obra que presumía prohibida, la dejé donde estaba e instalé mi espacio de lectura en la terraza. La táctica me permitía acceder a los libritos y leerlos sin que nadie se enterara.
Pura aventura y con una prosa despojada, tenían el formato perfecto para entrenar el cerebro infantil en esa endemoniada tarea de convertir hileras de dibujitos en imágenes, en escenas, en historias. Recuerdo como si fuera hoy cuando traspuse la página 100. Y cuando terminé mi primer libro. Estaba orgulloso y feliz. Pero, luego de muchos meses, ocurrió lo inevitable. La colección se terminó. Me sentía desolado, y esa desolación era lo mejor que podía estar pasándome. Ahora no estaba obligado a leer. Necesitaba leer.


Con alguna aprensión volví a La Biblioteca, pero esta vez busqué los lomos más coloridos. Allí habitaban Bradbury, Clarke, Asimov, Sturgeon, Van Vogt, Heinlein, Lem. Serían ellos los que, años más tarde, me conducirían a Cervantes, Flaubert, Cortázar, Dostoievski, Kafka. En ese momento, mientras acariciaba mi nuevo tesoro, se me ocurrió una idea. Fui hasta mi madre y le pregunté:
-Mamá, ¿cómo se escribe un libro? -Tras recuperarse de la conmoción, me explicó que simplemente te sentabas y lo escribías.
-Y ponen tu nombre en la tapa -razoné. Mi madre asintió, preocupada. Me quedé pensando un par de días y luego fui al bazar de mi abuelo y le pedí un cuaderno de 100 hojas con tapa dura y una birome azul de trazo grueso. Profético, don Manuel me dijo:
-Venga, llévate varias.

A. T. 

domingo, 27 de marzo de 2016

LOS LIBROS INFANTILES PROHIBIDOS POR LA DICTADURA


Los libros infantiles prohibidos por la dictadura militar en Argentina
Fragmentos del fascículo Un golpe a los libros (1976-1983)
Textos extraídos, con autorización de los editores, del fascículo Un golpe a los libros (1976-1983). Buenos Aires, Secretaría de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Dirección General del Libro y Promoción de la Lectura, 2001.
Agradecemos a Judith Gociol, coordinadora del equipo de trabajo que realizó el fascículo, las facilidades proporcionadas para la publicación de estos textos en Imaginaria.
Lecturas aptas para todo público
Si bien las prohibiciones se instalaron en todos los frentes, hubo un espacio que el ojo del censor vigiló con firmeza: el de la literatura infantil. Los militares se sentían en la obligación moral de preservar a la niñez de aquellos libros que —a su entender— ponían en cuestión valores sagrados como la familia, la religión o la patria. Gran parte de ese control era ejercido a través de la escuela, tal como demuestran las instrucciones de la "Operación Claridad" (firmadas por el jefe del Estado Mayor del Ejército, Roberto Viola), ideadas para detectar y secuestrar bibliografía marxista e identificar a los docentes que aconsejaban libros subversivos. Las indicaciones incluían:

(1) Título del texto y la editorial.

(2) Materia y curso en el cual se lo utiliza.

(3) Establecimiento educativo en el que se lo detectó.

(4) Docente que lo impuso o aconsejó.

(5) De ser posible se agregará un ejemplar del texto. Caso contrario, fotocopias de algunas páginas, en las que se evidencie su caracter subversivo.

(6) Cantidad aproximada de alumnos que lo emplean.

(7) Todo otro aspecto que se considere de interés.

Testimonios

La Torre de Cubos: Copias a mimeógrafo

"Del análisis de la obra La Torre de Cubos se desprenden graves falencias tales como simbología confusa, cuestinamientos ideológicos-sociales, objetivos no adecuados al hecho estético, ilimitada fantasía, carencia de estímulos espirituales y trascendentes", sostiene la resolución N° 480 del Ministerio de Cultura y Educación de Córdoba que prohíbe la obra de Laura Devetach. Entre otros argumentos se aduce que el libro critica "la organización del trabajo, la propiedad privada y el principio de autoridad".
Los cuentos de la autora cordobesa hablaban de la vida cotidiana —los padres que trabajan, las familias a las que no les alcanza la plata— en una época en que la literatura infantil recién comenzaba a consolidarse. Desarrollo que la dictadura intentó encorsetar. Hasta había palabras desaconsejadas por el poder militar: calzado en lugar de alpargatas, por citar un ejemplo recordado en un ensayo por Devetach.
"La Torre de Cubos se prohibió primero en la provincia de Santa Fe, después siguió la provincia de Buenos Aires, Mendoza y la zona del Sur, hasta que se hizo decreto nacional. A partir de ahí la pasé bastante mal. Porque no se trataba de una cuestión de prestigio académico o de que el libro estuviera o no en las librerías. Uno tenía un Falcon verde en la puerta. Yo vivía en Córdoba y más de una vez tuve que dormir afuera. Finalmente nos vinimos con mi marido a Buenos Aires en busca de trabajo y anonimato. Durante todo ese período quise publicar y no pude."
"Maravillosamente el libro siguió circulando pero sin mi nombre: era incluido en antologías, los maestros hacían copias a mimeógrafo y se los daban para leer a los alumnos. Muchos lectores se me acercaron después y me dijeron que habían leído mis cuentos en papeles sueltos, sin saber de quién eran. Recuerdo varias Ferias del Libro en las que las maestras me acercaban esas hojas mimeografiadas para que se las firmara."
"Me consta que en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Córdoba muchos colegas y estudiantes hicieron denuncias con nombre y apellido nada más que para ocupar el lugar de los destituidos. Yo, además, trabajaba en un profesorado al que un colega entró como observador de mis clases. Hizo ciertas objeciones y, para concluir, sacó de la biblioteca libros de Cortázar, de Piaget, de gramática estructural y de matemática moderna."
"Tengo grabadas imágenes bastante alucinantes de los atardeceres en la ciudad de Córdoba: gente que deambulaba por las calles con paquetitos, con valijas donde llevaban los libros, cuando se iban a dormir de un lado al otro. Parecían caracoles con sus caparazones a cuestas. Así era todo, silencioso y sórdido."

Laura Devetach, escritora
Un elefante ocupa mucho espacio: Prohibidas las huelgas

En 1976, Un elefante ocupa mucho espacio, el libro de Elsa Bornemann, (fue elegido para integrar la Lista de Honor) del Premio Internacional "Hans Christian Andersen", otorgado por International Board on Books for Young People, con sede en Suiza. Un año después era prohibido en la Argentina por relatar una huelga de animales. El decreto, fechado el 13 de octubre de 1977, incluía también a El nacimiento, los niños y el amor, de Agnés Rosenstiehl, editado —junto al de Bornemann— por Librerías Fausto.
(Señalaba el decreto militar:) "En ambos casos se trata de cuentos destinados al público infantil, con una finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria a la tarea de captación ideológica del accionar subversivo (...) De su análisis surge una posición que agravia a la moral, a la Iglesia, a la familia, al ser humano y a la sociedad que éste compone."
"A lo largo de seis meses no pude escribir. Superado ese lapso, compuse la nouvelle titulada Bilembambudín o El último mago —publicada enseguida por Editorial Fausto— y a partir de ahí continué con la escritura, contra viento y marea. Pero la prohibición afectó particularmente mi relación con la existencia. En especial, debido a la gran cantidad de personas que decían apreciarme, quererme y que se borraron por completo a causa del decreto militar. Por extensión arbitraria del mismo tuve vedado el acceso a todo establecimiento de educación pública (de cualquier lugar de la Argentina y de cualquier nivel) hasta que terminó la dictadura."
Elsa Bornemann, escritora.

La ultrabomba: Literatura sin prejuicios

Poco antes del Golpe, el recién estrenado sello Rompan Filas, de Augusto Bianco, había publicado dos libros infantiles que buscaban acercarse a los chicos con adultez y sin prejuicios. En El pueblo que no quería ser gris, la gente se opone a la decisión del rey de pintar todas las casas de un mismo color y empieza a teñirlas de rojo, azul y blanco mientras que en La ultrabomba, un piloto se niega a cumplir la orden de arrojar una bomba. Ambos fueron prohibidos por el decreto N° 1888, del 3 de septiembre de 1976.
El siguiente libro de la colección fue imposible venderlo y para el cuarto les costó encontrar un lugar donde imprimirlo. Sólo aceptó una persona, a condición de que su nombre no figurara en el colofón.
"Un día venía caminando por la calle Matienzo y vi que estaban haciendo un allanamiento. Yo —de prepotente y de odio que tenía— miré fijo al militar. El tipo me mandó un soldado con un arma que me abrió el bolso y encontró tres libros. Me dijo: —Ahá, cuántos libros tenés vos, pibe. —Yo me había olvidado que los llevaba, de lo contrario no hubiera mirado fijo al militar. El soldadito se detuvo en una foto de Marx que aparecía en un catálogo y en una del Che Guevara. —Qué cosas jodidas tenés, pibe —me encaró justo cuando lo llamaron por el handy. —Esta vez zafaste, pero dejate de embromar con esas cosas jodidas —repitió. Ese era el clima que se vivía: tener un libro era peligroso."
Augusto Bianco, editor y traductor

SIC

(...) 3. NIVELES PREESCOLAR Y PRIMARIO

a. El accionar subversivo se desarrolla a través de maestros ideológicamente captados que inciden sobre las mentes de los pequeños alumnos, fomentando el desarrollo de ideas o conductas rebeldes, aptas para la acción que se desarrollará en niveles superiores.

b. La comunicación se realiza en forma directa, a través de charlas informales y mediante la lectura y comentario de cuentos tendenciosos editados para tal fin. En este sentido se ha advertido en los últimos tiempos una notoria ofensiva marxista en el área de la literatura infantil.

Subversión en el ámbito educativo (conozcamos a nuestro enemigo). Ministerio de Cultura y Educación, Buenos Aires, 1977.

De la Flor: A disposición del Poder Ejecutivo

Cinco dedos es un libro infantil -escrito en Berlín Occidental- en el que una mano verde persigue a los dedos de una roja que, paa defenderse y vencer, se une y forma un puño colorado. Publicado en la Argentina por Ediciones de la Flor, el cuento fue prohibido el 8 de febrero de 1977 —según la fecha del Boletín Oficial— por tener "finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria a la tarea de captación ideológica, propia del accionar subversivo".
La orden de censura fue transmitida por radio y, poco después, un decreto disponía el arresto de los editores Daniel Divinsky y Kuki Miler, que estuvieron 127 días detenidos a disposición del Poder Ejecutivo. Estaban todavía en prisión cuando también fue prohibido Ganarse la muerte, de Griselda Gambaro, otro de los libros de su sello.
"Un ejemplar de Cinco dedos fue comprado por la esposa de un coronel de Neuquén, que cuando vio el libro que tenían sus hijos se horrorizó. Una de las cosas que le había molestado era que la mano derrotada fuera verde, el color del uniforme de fajina del Ejército Nacional. De ahí surgió la prohibición."
"En la Feria de Frankfurt de 1976 me encontré con Osvaldo Bayer, quien me contó que un agente de la Side –que le debía un favor- le avisó que dejara el país en 48 horas. Entre otras cosas argumentó que en la Argentina se quería subvertir a los chicos, y para ejemplificarlo le mostró un ejemplar de Cinco dedos. Bayer me dijo que tuviera cuidado y yo pensé para mis adentros que, a lo sumo, no dejarían circular el libro, pero que más de eso no iba a pasar."
"Con la restauración de la democracia presenté un recurso jerárquico ante la Justicia para que se revocara la prohibición. Lo contesta, por el Estado, el mismo abogado que había redactado el decreto de prohibición, diciendo que el libro había sido censurado en virtud del Estado de Sitio y que, como esa medida ya no regía, no hacía falta levantar la prohibición. Habían llegado al disparate, al argumentar que el Estado de Sitio autoriza también a prohibir libros, hecho que no está escrito en ningún lado."
"De los colegas editores nacionales no tuvimos ningún tipo de solidaridad. Entre los escritores había empezado a circular una carta que nadie se animó a firmar hasta que lo hizo Silvina Ocampo, insospechable de comunismo. Y entonces algunos otros firmaron. El apoyo fue del exterior, capitaneado por Rogelio García Lupo, que se instaló en la editorial y consiguió la respuesta de distintas asociaciones de editores del extranjero. Salimos del país gracias a una invitación de la Feria de Frankfurt, que si bien se hacía varios meses después, puso a nuestra disposición pasajes para que los usáramos cuando lo creyéramos conveniente. Salimos con esos pasajes y pasamos gran parte del exilio en Venezuela."

Daniel Divinsky, responsable de Ediciones de la Flor

Centro Editor de América Latina: Libros que ardieron durante días

"Más libros para más" era la consigna del Centro Editor de América Latina, Ceal, el sello fundado por Boris Spivacow que repartió cantidad y calidad a través de colecciones memorables como Capítulo, Historia del movimiento obrero, Biblioteca Política Argentina, La historia popular, Cuentos del Chiribitil, Siglomundo, Nueva Enciclopedia del Mundo Joven y Transformaciones, entre centenares de entregas en fascículos o volúmenes económicos.

"El 30 de agosto de 1980 la policía bonaerense quemó en un baldío de Sarandí un millón y medio de ejemplares del sello, retirados de los depósitos por orden del juez federal de La Plata Héctor Gustavo de la Serna. Fueron llevados a la fuerza dos testigos para que presenciaran y fotografiaran la pira. El objetivo era demostrar que nadie se robaba libros. Para qué andar con rodeos: lisa y llanamente se prendía fuego.

"Boris Spivacow salvó por milagro su vida. Pero el Ceal nunca pudo reponerse de los golpes del Golpe."

"Al principio tuvimos mucho miedo; yo, cada vez que me iba para el Ceal, le decía a mi vecina de arriba que si a determinada hora no volvía se llevara a mis tres hijos a la casa de mi mamá. Pero, a la vez, nos acostumbramos a trabajar en ese contexto de terror. El escritorio donde yo me sentaba —por ejemplo— tenía un agujero, que fue dejado por el impacto de una de las bombas que tiraron a la editorial, y yo apoyaba los papeles al lado. De repente llamaban de un depósito, nos avisaban que había habido un allanamiento y que venían para la redacción. Nosotros nos preparábamos, tirábamos carpetas, escondíamos agendas en el jardín, incinerábamos papeles. Les decíamos a los vecinos que íbamos a hacer un asado y quemábamos papeles en la bañera, que quedaba negra del humo."

"También las bañeras de nuestras casas estaban negras. Yo rompí y quemé muchos libros, y fue una de las cosas de las que nunca me pude recuperar. Lo hacía y lloraba porque no quería que mis hijos me vieran, porque no quería que lo contaran en la escuela, porque no quería que supieran que su madre era capaz de romper libros... Porque sentía mucha vergüenza."

"Los libros del depósito de Sarandí ardieron durante tres días, algunos habían estado apilados y se habían humedecido, así que no prendían bien. La colección que yo dirigía, Nueva Enciclopedia del Mundo Joven (1), fue quemada íntegra. Me acuerdo de que en uno de los fascículos, de historia del feudalismo, había un príncipe que no se terminaba de quemar. El pobrecito era un príncipe medio afeminado y lleno de flores que se resistía a la hoguera."

"Simultáneamente, pasaban cosas tragicómicas. Una vez, por ejemplo, llaman de un depósito y dicen: —Viene la policía —y cortan. Y nosotros empezamos toda la movida. Al rato, vuelve a sonar el teléfono y nos avisan que en realidad era un agente que había ido a comprar un libro de Alfonsina Storni. Nosotros nos habíamos imaginado cualquier cosa, pero el pobre tipo necesitaba unos poemas para que la hija llevara a la escuela.

"Más allá de lo que ocurría, nosotros siempre organizábamos fiestas. Festejábamos las fiestas patrias con chocolate, con torta, con carpetitas, tazas, cucharitas... todo. Era nuestro modo de mantener la dignidad, a pesar de los embates."

Graciela Cabal, escritora

(1) Nota de Imaginaria (16/4/2001): Con posterioridad a la publicación de esta página, Graciela Cabal no escribió rectificando la información: "(..) Por una confusión de la persona que me entrevistó, Judith Gociol (con quien ya hablé), aparecí como directora de una publicación que formó parte de los libros quemados: Nueva Enciclopedia del Mundo Joven, del Centro Editor de América Latina. Pues no: yo era la secretaria de redacción de esa magnífica enciclopedia, y la directora era la profesora Amanda Toubes (con quien también aclaré ese tema)."