domingo, 2 de septiembre de 2018

LA LEGISLATURA RECOMIENDA,

NOSOTRAS PRESAS POLITICAS 1974-1983 CON CD NOSOTRAS PRESAS POLITICAS 1974-1983 CON CD
El libro "Nosotras, presas políticas"
Tapa del libro NOSOTRAS PRESAS POLITICAS 1974-1983 CON CD

Este libro es una obra colectiva de 112 mujeres que fueron presas políticas y estuvieron en cárceles de distintos puntos del país entre 1974 y 1983. Se trata de un intento de contar la vida cotidiana de esas mujeres a través de los recuerdos, cartas y dibujos que fueron gestándose entre rejas.
Poco tiempo después del golpe de Estado de 1976, los militares concentraron en el penal de Villa Devoto a mujeres detenidas en las unidades penitenciarias de todo el país. A partir de ese momento esa cárcel, por estar situada en la Capital Federal, fue utilizada por la dictadura para mostrar una imagen de legalidad frente a las presiones que ejercían en ese entonces los organismos internacionales de derechos humanos. Por esta razón la llamaron "cárcel vidriera". En este lugar, bajo condiciones extremas, llegaron a habitar casi 1200 mujeres provenientes de Capital Federal, provincias del interior del país y países limítrofes. De diversas edades, desde 14 hasta 70 años, y diferentes condiciones sociales.
El primer grupo de presas, detenidas en los años 74 y 75, estaba conformado por militantes de distintas organizaciones políticas. Inmediatamente después del golpe militar el destino de muchas fue el de los campos de concentración, la desaparición y la muerte. Desde entonces, en la cárcel convivieron estudiantes universitarias y secundarias, obreras, campesinas, empleadas, profesionales, amas de casa, artistas, docentes, maestras rurales, con diferentes niveles de compromiso y militancia. Esta composición fue el inicio de la construcción de una convivencia solidaria en la que la represión se instauró sin pausa, y se profundizó a partir del 76. Tuvieron que pasar varios años para que les dieran el carácter de presos políticos "legales" a quienes no se encontraban detenidos en las cárceles del país. Y esto sucedió a partir de la visita realizada por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la OEA en el año 1979, que visitó las cárceles, las entrevistó y exigió la publicación de la totalidad de los nombres de los que estaban encarcelados.
Obra colectiva de 112 prisioneras políticas entre 1974 y 1983
En estas páginas cuentan cómo se fue construyendo esa vida, año a año; las múltiples formas de organización a las que debieron recurrir para sobrevivir, para enfrentar dificultades y situaciones críticas, y cómo tuvieron que apelar a su capacidad individual y colectiva con el objetivo de salir íntegras. Se trata de un libro que fue el producto de reuniones de quienes seleccionaron las cartas, de las que escribieron sus testimonios, de las más de cien ex presas políticas que entregaron sus cartas, poemas, dibujos, relatos, y de los innumerables mensajes por correo electrónico que recorrieron no sólo nuestro territorio sino también otros países. Esta red de recuerdos individuales y grupales permitió reconstruir su memoria de lo que fue la vida en la cárcel.
En síntesis, este libro es el relato de un momento histórico; de la cantidad de mujeres detenidas por razones políticas y concentradas en un mismo penal y su resistencia. Con esta publicación, las autoras dicen querer transmitir los valores que emergen de esa experiencia, que no tienen tiempo ni lugar, que pueden aplicarse y vivirse en cualquier circunstancia por más dura que ésta sea, y que permiten que, hasta en las situaciones más adversas, sea posible vivir con alegría.

sábado, 1 de septiembre de 2018

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VÍCTOR YOHAI....CIENTÍFICO....ORGULLO


El Premio Bunge y Born será por primera vez para un matemático
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Víctor Yohai, recibe este año el prestigioso premio Bunge y Born a la ciencia
Se recuerda como un chico de "rioba": cursó el ciclo primario y secundario en escuelas del Estado y obtuvo su licenciatura en la universidad pública. Su padre era casi analfabeto -afirma- y su madre había completado la escuela primaria. Pero esto no le impidió a Víctor Yohai, de 79 años, ser internacionalmente reconocido en su especialidad, la estadística. El martes próximo recibe el Premio Bunge y Born, que por primera vez se otorga a un matemático.
Formado en la Universidad de Buenos Aires y doctorado en la de Berkeley, en California, Estados Unidos, Yohai, actualmente investigador del Conicet, es docente emérito de la UBA y también fue profesor de la Universidad de La Plata. "Estuve en la Noche de los Bastones Largos, renuncié como muchos de mis compañeros, y pasé un año en Venezuela -recuerda-. Elegí doctorarme en estadística en Berkeley porque había grandes profesores. Allí aprendí una fórmula que usé toda mi vida: trabajar en problemas que requieren mucha matemática, pero que al mismo tiempo tengan utilidad para el análisis de datos, que es lo que le importa a la estadística".
Con un doctorado hecho en tiempo récord (dos años), porque habiendo muerto su padre debía volver a Buenos Aires, a su regreso dudó entre dedicarse a la consultoría o a la investigación. Eligió la segunda opción y se destacó en un campo de amplias aplicaciones. Hace algunas semanas recibió la llamada comunicándole la distinción.
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"Me da vergüenza -se ríe-, pero sonó el teléfono, estaba muy dormido y no entendía muy bien lo que me anunciaban. Hablé con cada uno de los miembros del jurado, me felicitaron, pero no sabía de dónde me estaban llamando. Después empecé a recapacitar. ¿Quién iba a traer a Luis Caffarelli [un matemático, también argentino, que es considerado un líder en sus campos de investigación y es ampliamente reconocido en el mundo] a la Argentina para entregar un premio? ¡Tenía que ser la Fundación Bunge y Born! Estoy muy contento. Fue una gran alegría y una sorpresa múltiple, porque eligieron por primera vez a la matemática y, habiendo tantas ramas con cultores de muy alto nivel, se lo dieron a la estadística".
-Doctor Yohai, muchos científicos afirman que fue un docente notable el que los ayudó a descubrir su vocación. ¿Usted tuvo profesores que influyeron en su decisión?
-En primario, tuve durante cuatro años un maestro excelente, de esos que ya no existen. En la secundaria, eran malísimos... con excepción de la profesora de matemática, que a mí me resultaba fácil. Pero había muchas materias que me interesaban. Solamente en una me iba mal y casi me fui a examen: dibujo y trabajo manual, eran mis puntos débiles.
-¿Lo inspiró alguien de su familia?
-No... mi padre era prácticamente analfabeto. Fue un inmigrante judío sefardita de Turquía, que hablaba ladino, así que se integró rápidamente en el país. Había empezado a trabajar a los ocho años. Aquí, comenzó como vendedor ambulante, le fue bien y puso una tienda muy exitosa. Hacía cuentas mentales perfectamente, más rápido que yo. Y mi madre tenía educación primaria bastante buena, y también tenía facilidad para hacer cuentas, pero interés en la matemática, ninguno. Cuando anuncié lo que iba a estudiar pusieron el grito en el cielo: "¿Qué carrera es esa? ¿De qué vas a vivir?", me contestaron. Ellos querían que fuera farmacéutico o escribano. Esas eran las carreras con las que uno tenía la vida asegurada.
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-¿Qué es lo que lo atrajo de esta materia que tantos estudiantes temen?
-A mí me interesaban muchas disciplinas, como la filosofía, la historia... Pero lo que me atraía de la matemática era el criterio de verdad. Que las cosas que eran verdaderas, eran verdaderas...
-Para toda la eternidad...
-[Una vez que un teorema está demostrado] no hay manera de que alguien lo discuta. En cambio todo lo demás estaba muy influido por creencias, ideologías, y a veces era difícil decir quién tenía razón. Incluso las ciencias biológicas, al ser demostrables experimentalmente, se van refutando todo el tiempo.
-Es bello que algo sea verdad por los siglos de los siglos...
-La matemática es bella. Y esa belleza a veces es difícil transmitirla. Cuando terminé la secundaria entré en la licenciatura, en 1957, donde tuve maestros maravillosos. Era la renovación de una universidad caduca y había docentes realmente notables, como Misha Kotlar y Gregorio Klimovsky, ambos casi autodidacta. Klimovsky era un profesor extraordinario, nunca tuve otro igual, ni en los Estados Unidos. Me entusiasmé mucho. La carrera era toda de matemática pura, no se veía nada de aplicaciones, y a mí me encantaba.
-¿Y por qué se inclinó hacia la estadística?
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-Porque en un momento sentí la necesidad de que mi trabajo tuviera una aplicación rápida a la sociedad. Es cierto que la matemática pura muchas veces tiene aplicaciones importantísimas y revolucionarias. Pero no hay garantías y el tiempo que hay que esperar puede ser muy largo. Yo quería tener resultados rápidos, sentir que la sociedad se beneficiaba. Pero siempre digo que fue una suerte que tuviera una formación muy buena, porque me fue muy útil en la estadística. Utilísima. Por dos razones: por un lado los conocimientos que había recibido los aplicaba continuamente y a veces tenía que estudiar más matemática pura, porque me faltaba. Y por otro, porque de alguna manera estructuró mi forma de pensar. Empecé a comprender y aplicar el razonamiento deductivo, que es básico en matemática. Cuando quería ver alguna propiedad de los procedimientos estadísticos, recurría a mi pensamiento lógico. Por eso pienso que es tan importante la enseñanza de la matemática en la secundaria: porque enseña a pensar.
-¿Por qué se discute tanto sobre los resultados estadísticos?
-Las dudas que surgen no tienen nada que ver con la estadística, sino con los manipuladores de la estadística. Algunos lo hacen de manera vergonzosa, otros más sutilmente.
-En esta época en la que circula enorme cantidad de datos acerca de los temas más diversos y que puede llevar a conclusiones completamente erróneas, ¿es imprescindible tener nociones de estadística, aunque sean elementales?
-Cuando se quiere mentir, se miente; siempre hay maneras, algunas muy burdas, y otras más sofisticadas. Uno puede envolver una mentira de mucha matemática. Y eso no lo va a poder descubrir el público general, porque no es fácil encontrar dónde está la mentira. En general, uno no tiene que creer todo lo que se dice. Tiene que haber una autoridad que sea verdaderamente solvente. Es decir, una universidad prestigiosa, por ejemplo, no una persona. La única manera de protegerse de las fake news, como se les dice ahora, es esa: fijarse en quién lo dice, qué antecedentes tiene.
-¿Como experto en estadística, encuentra muchos errores cuando lee el diario?

-A veces, digo: "esto sospecho que no es cierto", pero no me pongo a hacer una investigación. No es mi tarea mezclarme con los datos, me dedico a otra cosa. Por suerte, mi área de investigación es la estadística robusta. ¿Y qué es eso? La estadística clásica trabaja con modelos muy específicos y supone que todos los datos que uno tiene se ajustan perfectamente a ese modelo. Por ejemplo, el modelo de regresión: cuando quiero relacionar una variable con otras, para predecir, supongamos, la inflación. Busco las variables relacionadas: el gasto del gobierno, el precio del dólar y muchas otras. Entonces les pongo pesos a cada uno de esos factores, pero siempre hay algo que queda sin explicar. Un errorcito. Y ese error en general se supone que es "normal". A partir de esos supuestos, se deducen procedimientos que son óptimos. Claro que estos procedimientos son óptimos, si todo es cierto. Pero si hay alguna observación que por alguna razón no sigue el modelo, porque es un año particular, el año de la debacle financiera mundial, por ejemplo, puede llevar a conclusiones totalmente falsas. Entonces, lo que nosotros tratamos de hacer son procedimientos robustos; es decir, que si hay unos pocos datos que no se ajustan al modelo, o si los errores se desvían de la curva normal, igual den buenos resultados.
-¿En qué se aplican sus investigaciones?
-Los primeros procedimientos robustos se hicieron para regresión, que es el modelo para predecir la inflación. Eran robustos, no cambiaban mucho si había unas pocas observaciones medio disparatadas. Pero cuando todo iba bien, eran un poco ineficientes; es decir, que se requerían muestras más grandes para obtener la misma precisión. Mi trabajo fue conciliar la eficiencia con la robustez. Desarrollar procedimientos que, si hay estos datos atípicos o anómalos, no sean afectados. Pero si no los hay, es tan eficiente como los procedimientos óptimos cuando todo está bien. Los modelos que hago se aplican en todo, desde la agricultura, hasta la industria, la economía, la geología, la medicina, la ingeniería...
-¿Disfruta de la docencia?
-Me gusta mucho, pero me pone nervioso, ¿eh? Todavía me pone nervioso.
-¿Prepara las clases?
-¡Por supuesto! Las tengo que preparar hasta el último detalle. No dejo nada sin revisar. Si no, puede salir cualquier cosa. Ahí, por lo menos para mí, no hay modelo que exista para predecir qué es lo que va a ocurrir. Uno puede tener una clase muy preparada, después la da y no le gusta nada. Y a veces va un poco "a poncho" y da una clase magnífica. Esas cosas pasan. En este momento, tengo alumnos de doctorado, porque ya me cansaba mucho. Lo que más me cansó fue cuando en la Universidad San Andrés me tocó enseñarles a los economistas, que me daban mucho miedo. Y... sí. Porque a los matemáticos uno les enseña algo que les interesa. En cambio, para un economista la matemática es tangencial. Puede haber algunos a los que les interese mucho, pero en general no es la materia que más los atrae. Entonces tenía que hacer todo un show para que se interesaran. Llegaba a mi casa muerto, cansado. (No sé cómo hacen los actores de teatro...) Pero parece que les gustaba, porque en los rankings de profesores que se hacían todos los semestres aparecía primero.
-¿Hay un entorno especial en el que se le ocurren las ideas más afortunadas?
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-¡Qué pregunta! Me acuerdo de dos situaciones especialmente exóticas. Una fue en oportunidad de uno de los trabajos, para mi gusto, más interesantes que hice, pero al que nadie le dio mucha importancia (esas cosas pasan). Trabajaba con otros dos colaboradores y había un punto al que no había manera de encontrarle la vuelta, había que mostrar algo, inclusive lo consulté con el doctor [Alberto] Calderón, [considerado uno de los más importantes del Siglo XX] una eminencia. Le pareció un tema muy interesante, pero no pudo responderme. Y un día estaba manejando cuando de pronto dije "¡ah!", se me había ocurrido cómo resolverlo. Y la segunda fue cuando estaba haciendo la tesis. Habían venido unos primos míos a San Francisco, entonces los invité a mi departamento en Berkeley y, muy generoso, les ofrecí mi cama y me fui al living a acostarme en una bolsa de dormir. Mientras trataba de conciliar el sueño resolví los problemas que no podía resolver para mi tesis. ¡Todo puede pasar!
-¿Qué consejo le daría a un matemático en ciernes?
-La carrera de matemático es muy dura, pocos llegan. Uno puede ganarse la vida dando un curso acá y otro allá, pero no hay que amilanarse.Lo importante es insistir. En general, cuando uno insiste insiste e insiste, resuelve los problemas.
-¿Todavia se divierte y se apasiona haciendo matemática?

-Es muy divertida... Sigo investigando, por supuesto, es mi vida. Y quiero subrayar que se escuchan muchas voces sobre que hay que priorizar únicamente la investigación en las áreas tecnológica y descuidar un poco la ciencia básica. Me parece un error esencial, porque no puede haber buena matemática aplicada, en particular la estadística, sin buena matemática pura. Yo veo a las ciencias como un entramado, como un sistema ecológico. A veces uno elimina a un miembro de ese entramado y elimina muchos otros miembros que no pueden sobrevivir sin él. Lo mismo pasa con la ciencia. Tiene que tener un desarrollo armónico en todas sus expresiones, tanto aplicadas como teóricas, básicas, tecnológicas.
Premio estímulo
La Fundación Bunge y Born entregará sus premios científicos de este año en el CCK. Junto con Víctor Yohai, recibirá el Premio Estímulo el doctor Pablo Shmerkin, investigador adjunto del Conicet y profesor de la Universidad Torcuato Di Tella. Su trabajo está centrado en la geometría fractal, rama de la disciplina que estudia objetos con una misma estructura en todas sus escalas.
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Como de costumbre, la elección de los premiados estuvo a cargo de un jurado de excelencia. En este caso, integrado por Luis Caffarelli, de la Universidad de Texas en Austin, Estados Unidos (presidente); Roberto Miatello, de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina; Marco Avellaneda, de la New York University, Estados Unidos; Liliana Forzani, de la Universidad Nacional del Litoral, Argentina, y Fernando Rodríguez Villegas, de The Abdus Salam International Centre for Theoretical Physics, en Italia.
Asimismo, ha sido reconocido en numerosas ocasiones. Recibió el Mahalanobis International Award, otorgado por el Gobierno de la India, y el Premio Konex de Platino; y fue nombrado Fellow por el Institute of Mathematical Statistics, y Doctor Honoris Causa por la Universidad Carlos III de Madrid.Ese día también será distinguido con el Premio Estímulo Pablo Shmerkin, investigador adjunto del Conicet y profesor de la Universidad Torcuato Di Tella, que trabaja en geometría fractal, rama de la disciplina que estudia objetos con una misma estructura en todas sus escalas.

N. B.

HISTORIAS DE VIDA


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Milagros, Valentín, Agostina, Ailín, dan un salto y aparecen en pantalla gigante. No son estrellas de cine: son promesas del ballet. Un nuevo documental, que se estrenará en septiembre, se dedica a contar un hito en la breve pero intensa historia de los chicos que sueñan con ser bailarines: el ingreso al primer año de la carrera de danza del Teatro Colón . Desde el comienzo, la película los muestra con un número en el pecho frente a la mirada exigente de una larga mesa examinadora en las pruebas para entrar al Instituto Superior de Arte (ISA), y los sigue durante ese primer año hasta la función que, en diciembre, los llevará a pisar el escenario mayor al que puede aspirar un artista en el país. Además de adquirir el abecé de la técnica clásica, en esos meses, aprenden música y francés. "Je m'appelle Fiona" -practica una nena en cámara-. "Et toi?" Pero en Un año de danza hay mucho más de lo que aparece en primer plano; el film de Cecilia Miljiker deja planteada la irrupción de una vocación que tiene alas y cómo ese primer éxito -superar el examen- impacta en la infancia: la familia, el colegio, los amigos, las rutinas, la alimentación, todo se baraja y da de nuevo en la vida de un pequeño bailarín.
Desde 1960, el ISA forma con simbólica garantía de excelencia a cantantes, músicos y bailarines que idealmente nutrirán los cuerpos estables del teatro, aunque no sea esta una consecuencia directa. Julio Bocca , Maximiliano Guerra e Iñaki Urlezaga ; Paloma Herrera , Marianela Núñez y Ludmila Pagliero , por nombrar un puñado de figuras de diferentes generaciones, crecieron en esas aulas antes de conquistar el mundo. También la gran mayoría de los integrantes de la compañía oficial pasaron por las manos de los maestros formadores de la casa. Muchos ya no están y el desafío, como ocurre también fuera del Colón, es mantener el nivel de los docentes para sostener la calidad de los artistas.
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Entre diez y quince chicos ingresan al primer año de la carrera de Danza cada temporada; en 2018, ese número representó el 11% de los aspirantes que rindieron los exámenes que comienzan a tomarse en octubre. Tras una primera evaluación física, en noviembre y diciembre se miden otros objetivos: ejercicios específicos en la barra, condiciones rítmicas, improvisación. Muchos intentan pasar los filtros más de una vez, hasta lograrlo, siempre que su edad se ajuste a los requisitos: entre 8 y 11 años, para las mujeres, y de 9 a 12, para los varones. Si bien no hay estadísticas que permitan analizar la evolución de la carrera de los alumnos ni comparar promociones, Marcelo Birman, director musical que desde enero está al frente del ISA, cuenta  que trabajan en el procesamiento de datos sobre ingresos, egresos y reinserción, con el fin, también, de apuntar a un sistema de becas. Vale el ejemplo ilustrativo que en el documental -que se rodó entre finales de 2014 y comienzos de 2016- comenta Luciano García: de su camada solamente egresaron dos además de él, quien es hoy un profesional en las filas del Ballet Estable.

Cumplir un deseo


Los doce de Milagros Perrella quedaron inmortalizados por la cámara: su grupo de amigos le canta que los cumplas feliz junto a una barra en el salón. A su fiesta de quince asisten muchos de los niños de esa escena, aunque ya no sigan todos juntos ni sean tan niños. Algunos, como Mili -que por sus aptitudes ha llegado a cursar dos años en uno y ya está en sexto-, siguen en la escuela del Colón; pero otros, por diferentes razones, no pudieron o no quisieron continuar en la ruta. Es el caso del carismático Juan Martín di Bene, que había venido a la gran ciudad con la complicidad y en compañía de su abuela Martha para cumplir su sueño. "El día que me decís nos volvemos a Venado Tuerto, preparamos las valijas", le prometió ella, antes de embarcarse en la misión. Fue cuando iba por el tercer año del ISA cuando Juan dijo que extrañaba, que quería terminar el colegio con sus amigos en Santa Fe y, aunque no abandonó la danza (sigue tomando clases mientras piensa si lo suyo es el teatro, el baile o el cine), quiso volver a casa. "Los del Colón no lo podían creer -recuerda Martha Actis- y yo lloré tres o cuatro días seguidos, pero él estaba feliz, feliz de volver". Ahora tiene 16 y terminará la secundaria el año que viene.

"¿Qué es lo que más te llamó la atención después de 80 horas de grabación?" Miljiker, la directora del film, no duda. "El cansancio que veía en los chicos cada mediodía". Las clases empiezan a las 7.30, para lo cual los alumnos tienen que madrugar, más o menos, según el viaje que les tome llegar hasta el centro porteño. Y a las 12, cuando suena el timbre, lo que termina es apenas la primera parte de un rally diario: los que asisten a la escuela de manera regular corren para llegar al turno tarde y, a la salida, la mayoría irá con su profesor de danzas particular a continuar la faena. Bien entrada la noche, ducha mediante, se abren los cuadernos para ponerse a estudiar.


"Te cambia absolutamente todo: desde levantarte muy temprano hasta aprender a manejarte con independencia -reflexiona ahora Agostina Lomba Sabatini, con 16 años a estrenar-. El primer año iba a una escuela normal y después ya empecé a estudiar sola. Nunca lo sentí como una carga, porque no es una obligación, y aunque es cierto que te volvés madura, no creo que se trate de 'perder la niñez'". Ella, como muchos otros, hace el secundario en el Sistema de Educación a Distancia del Ejército (Seadea). "Un día le dieron un texto de Borges y le preguntaron qué le había parecido. Me di cuenta de que la hacían leer para pensar y me gustó", comparte Laura, su mamá, que como buena psicóloga analiza un factor social que se juega en la experiencia de estos chicos de vocación precoz: "Su vida y la mayoría de lo que hacen pasa por la danza, por eso establecen grupos de mucha pertenencia; son amigos muy amigos".
Si para nadie es fácil el camino, para Agos, que en el film aparece varias veces al borde del llanto de la emoción por haber logrado finalmente entrar al Colón en su segundo intento, tampoco lo es. Dos temporadas más tarde se lesionó la cadera, la operaron y se rehabilitó, pero durante largos meses tuvo que "aprender de mirar" y hasta repetir el año. "Fue un momento difícil. Conocí más sobre mi cuerpo y ahora sé mejor cómo cuidarlo, desde el calentamiento hasta la alimentación", dice la joven bailarina, a la que le gustaría comenzar una carrera profesional en el Estable como antesala al Royal Ballet de Londres.
Repetir el año es una posibilidad que, ya sea por razones académicas o de salud, está contemplada solamente una vez, y no parecería una variable tan extraordinaria. También Valentín Di Giorgio Minico, el chiquito de flequillo en la película, atravesó ese trago amargo. Tenía fresca la experiencia de su hermano mayor, Luciano, que volvió a hacer tercero. "Si querés seguir, vamos", le dijo su mamá, Silvia, maestra de danza y preparadora, además, de otros niños que entraron al ISA. Ella puede mirar estos casos con un plus de experiencia por sobre la famosa tolerancia a la frustración con la que deben lidiar padres e hijos. "Empiezan con mucha expectativa -advierte- y hay que tener constancia y paciencia. Ingresar a la escuela del Colón es como ser tocado por una varita mágica, aunque a ellos les parece algo normal, porque no ven aún que están en un lugar de privilegio. Antes de que entren, les mostré a mis hijos otras opciones y nunca dejaron de ir a un cumple ni de comer una Tita. Los acompaño como mamá".
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Queda claro que es fundamental el rol de la familia en este proceso. En Las bailarinas no hablan, novela de raíces autobiográficas que publicó Florencia Werchowsky -una nena rionegrina tiene el anhelo de ser bailarina del Colón y viaja a Buenos Aires para cumplirlo-, se retrata a esas madres que pasan horas en la puerta del teatro y que viven la metamorfosis profunda de sus hijos como si fuera la propia. O "un objetivo de equipo". Algo parecido le quedó resonando a Paloma Herrera después de ver Un año de danza en una función privada que se organizó para sus protagonistas. "¡Qué importantes son los padres y la contención que ellos brindan!", exclama la directora del Ballet Estable, y enseguida distingue: "Ellos tienen que acompañar, pero sin meterse", y una vez más da testimonio con su ejemplo. "Mi familia me apoyó de la forma adecuada; no funcionan esos padres que quieren vivir la vida de los bailarines. Me shockea verlo, pero está bien, hay que mostrarlo".
De frente a la pantalla, la exfigura del American Ballet de Nueva York recordó experiencias que la "marcaron a fuego" en sus años de formación, y destaca "el valor de la enseñanza gratuita y accesible para todos", no sin un dejo de nostalgia. "Tuve la increíble dicha de hacer el instituto cuando estaba adentro el teatro. Era chiquita y esas escaleras enormes que tenía que subir para ir al aula del cuarto piso me quedaron grabadas. En esa época entrar al Colón era 'entrar al Colón' de verdad. Una experiencia muy única".
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Tras el máster plan edilicio que atravesó al teatro en la primera década de este siglo, el ISA pasó por varias mudanzas. Ya no están más en La Casona que se ve en el film, sino en un flamante edificio vidriado de nueve pisos sobre la avenida Corrientes al 1600, que Birman adelanta que se inaugurará oficialmente pronto. Del sexto al noveno piso son para Danza y los alumnos de los años superiores de la carrera pasan prácticamente la mitad del tiempo en el propio teatro.
De todos los caminos que se abren a la hora de elegir cómo seguir, Ailín Zafra Vignola, una de las más chicas en el documental, tomó la senda internacional. Ya con 14 cumplidos, transcurrió un año y medio desde que se mudó a Joinville, en Santa Catarina, para continuar los estudios en el Bolshoi de Brasil, sede del coloso de Moscú. "Entramos en 2016 y en 2017 empezó la escuela, que es método Vaganova puro, muy exigente", dice Viviana, mamá y exbailarina, quien confirmó el buen nivel que el Colón le dio a su hija cuando en medio de unas vacaciones se probó en la escuela rusa y quedó. En el Bolshoi, cuenta, les dan almuerzo, asistencia médica, indumentaria y viáticos. Y por la tarde asisten a una escuela pública vecina, con la que trabajan de forma mancomunada.
Un aspecto -el de la educación- nada tangencial en la vida del bailarín, sobre el que Julio Bocca había intentado avanzar sin éxito con un proyecto de escuela integral para artistas que ofreciera una solución a las rutinas agotadoras de estos chicos, que a veces terminan en deserción. Al respecto, la primera bailarina Nadia Muzyca, que a esta altura podría recorrer con los ojos cerrados la ruta Quilmes-Teatro Colón, alza la voz con su buen consejo: "Terminé el secundario en una nocturna. Fue una experiencia genial salir un poco del mundo de las bailarinas. Mi compañera de banco era enfermera, había un taxista, toda gente que la luchaba y que quería estudiar. Como yo, que era grande, pero iba llorando cada vez que había prueba de Matemática. Para mí es fundamental transmitir que los bailarines terminen sus estudios. Las nenas bailarinas y las madres a veces se confunden un poco".
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PROTAGONISTAS DE SU PROPIA PELÍCULADespués de un preestreno la semana pasada en la Biblioteca Nacional, los jueves de septiembre, a las 21, en el Centro Cultural de la Cooperación (Corrientes 1543), se proyectará el documental Un año de danza, de la realizadora y periodista Cecilia Miljiker. El film, que expone los entretelones del proceso de selección de la prestigiosa escuela de danza del Teatro Colón, se rodó hace tres años. Esos chicos, ya adolescentes, siguieron su camino de diferentes formas, pero hace poco participaron de una proyección privada que los reencontró con sus primeras experiencias. "Pasamos un momento muy emotivo todos juntos otra vez", comenta Milagros Perrella. Sobre la reacción en la sala, la directora del film cuenta que "los chicos pensaban que se iban a aburrir y se mataron de risa", y advierte que a algunas personas les choca la exigencia o las correcciones que les hacen en clase. "Yo de tanto ir me acostumbré a esto de la rigidez con los chiquitos".
Las claves: Preguntas y respuestas sobre el ingreso a la carrera de Danza en el Colón
-¿Cuántos alumnos tiene el Instituto Superior de Arte (ISA) y cuántos la carrera de Danza?
-Actualmente son 385 alumnos de los cuales 153 pertenecen a la carrera de Danza. La formación de todos los alumnos es gratuita.
-¿Cuántos chicos ingresaron en 2018 en primer año de Danza?
-Se presentaron 114 aspirantes, de los cuales ingresaron 13 (10 mujeres y 3 varones): 6 provienen de la provincia de Buenos Aires, 5 de la ciudad de Buenos Aires, 1 de Tucumán y 1 de Santa Cruz.
-¿Qué días asisten a clases, en qué horarios y en qué sedes?
-Los alumnos de 1° año de Danza asisten de lunes a viernes, de 7.30 a 12, en el edificio de Av. Corrientes 1681. Todos los días cursan Técnica de la Danza Clásica y durante la semana se dictan las asignaturas complementarias Francés y Preparación Física.
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-¿En qué momento del año se toman los exámenes de ingreso a la carrera?
-La primera prueba es a mediados de octubre; la segunda, entre noviembre y diciembre. Los requisitos de edad son para mujeres, de 8 a 11 años; para varones, de 9 a 12. Se evalúa aptitud física, con carácter eliminatorio, y no se solicitan conocimientos previos. También condiciones específicas, rítmicas y auditivas de carácter eliminatorio.
-¿Los chicos repiten si no alcanzan las metas anuales?
-Pueden repetir el año por motivos académicos o de salud, solo una vez.
-¿Cómo se ensambla la formación en el ISA con la escuela primaria y secundaria?
-La vocación de los bailarines se presenta precozmente y su formación específica para ser profesionales se lleva a cabo paralelamente a la educación obligatoria. En el ISA existen dispositivos internos para la contención de los alumnos, que resulta eficaz y protectora, tanto de la vocación artística como la del estímulo hacia la escolaridad obligatoria.

C. B.

UCEMA SEMINARIOS


UCEMA [ Versión web ]
Universidad del CEMA
CICLO DE SEMINARIOS DE EDUCACIÓN
becas
Miércoles 5 de septiembre, 18:30 h.
Educare y Ex ducere: Conocimiento disperso versus planificación central
En los últimos años la extensión de las tecnologías nos deja ver el mundo de las interrelaciones humanas vastamente enriquecido. Facebook, Mercado Libre, UBER, Airbnb, TripAdvisor o Wikipedia son revelaciones irrefutables del modo en que se relacionan y cooperan en el día de hoy, de manera descentralizada, millones de personas distantes entre sí. Si advirtiéramos que, esencialmente la educación o los aprendizajes forman parte de ese mundo de relaciones interpersonales, es dable caer rápidamente en la cuenta (gracias a las aportaciones del Profesor Hayek) de que un sistema de educación cooperativo y descentralizado posiblemente tenga mucho más que aportar en términos de innovación y de enriquecimiento que un sistema educativo centralmente planificado, como el que rige en nuestro país cuando además, el mismo asume una posición monopólica y excluyente sobre tantas otras posibles nuevas formas de enseñanza o aprendizaje.
La intención del seminario es intentar instalar una provocación con la idea de poder discutir si el sistema educativo actual, con sus rigideces y fallos, puede convertirse más en un factor de retroceso que una herramienta de progreso y, debatir además, si posiblemente dado el curso vertiginoso de los actuales acontecimientos presenciaremos o no prontamente su implosión frente al surgimiento espontáneo de otras posibles formas de cooperación descentralizada, que en materia educativa emergerían como soluciones o respuestas a las nuevas demandas del mercado.
Entrada libre y gratuita. Realice su inscripción aquí.
EXPOSITOR
Walter Castro : Dr. En Economía, ESEADE. Se desempeña como Profesor Titular de grado y posgrado en la UNR, en la UCA y en la UCEL en la ciudad de Rosario. Director Académico de la Escuela de Negocios de Fundación Libertad. Coordina en Argentina el programa ideas de la Libertad coorganizado por Liberty Fund en EEUU y la Fundación Libertad de Rosario. Consultor de empresas especializado en Reingeniería y desarrolla actividad periodística desde hace más de 25 años.
Duración aproximada: 90 minutos.
Universidad del CEMA
Ciclo de Seminarios | Universidad del CEMA
Av. Córdoba 374, (C1054AAP) Ciudad de Buenos Aires, Argentina
Tel.: (54-11) 6314-3000
© UCEMA | Universidad del CEMA
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LECTURA RECOMENDADA,

La señora Osmond, de John Banville
Una novela con estilo, en la estela de Henry James
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Solo Jeffrey Eugenides, el autor de Las vírgenes suicidas, se atrevió a discutir qué significa que esta nueva novela de John Banville (Irlanda, 1945) sea la prueba infalible de que el autor es un "experto ventrílocuo". Hasta entonces, la frase, surgida entre los críticos británicos y repetida después en casi todas las solapas y traducciones, pretendía sintetizar la cualidad de Banville para recobrar las mejores habilidades de Henry James (1843-1916) a la hora de hacer hablar y pensar a sus personajes. En el caso de La señora Osmond, ese ejercicio de ventriloquia es doble. Imaginada como si fuera una "remake" de Retrato de una dama, novela publicada por James en 1881, Banville no solo recrea a los personajes de una de las historias más famosas de la literatura anglosajona, sino que además repite con la más absoluta nitidez el estilo de su autor.
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"Es divertido visitar a esas personas que todavía viven y se visten como en la era victoriana -escribió Eugenides- pero después de algunas horas, uno puede sentirse tentado de preguntar si no conocen la electricidad". Basta una lectura rápida de La señora Osmond para entender hacia dónde apunta el escritor estadounidense con la comparación: cumplida la enorme proeza técnica de imitar a James, uno de los estilistas más celebrados de la lengua inglesa, ¿qué otro mérito le ofrece la novela de Banville al lector?
Heredera de una gran fortuna, Isabel Osmond, como Isabel Archer en la historia original de James, necesita resolver su vida para huir de Gilbert Osmond, quien ha conspirado junto a la condesa Gemini, su hermana, para dejar a Isabel sin nada a través de un triste matrimonio. A partir de ahí, Banville recrea la época, el clima social e incluso los paisajes urbanos europeos de finales del siglo XIX, y aunque resta algún espacio fugaz para las excepciones -como "la señorita Janeway", que sorprende a Isabel en Londres con manifestaciones para que las mujeres voten-, el resto del camino solo repite que estamos ante una historia ya contada, narrada mediante la reproducción de un estilo magnífico. La única inquietud restante es clave: ¿dónde queda el entretenimiento?
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El escritor irlandés John Banville
Por supuesto, es imposible que el esfuerzo de un gran prosista como Banville, en constante posición de homenaje a James, defraude a los amantes de la belleza de las palabras. Esta es la característica más notable de La señora Osmond, e incluso se trasluce a través de la traducción al español. Isabel, escribe Banville, "era muy consciente del peligro de sucumbir al amor secreto por uno mismo con el que el pecador se regodea en su penitencia, por leve que sea". Y al conversar sobre el poder del dinero, Isabel dice: "El dinero, es decir, su falta, es por supuesto un aspecto de la libertad, si no, en ciertos momentos y en determinadas circunstancias, la libertad en sí misma". "Creo que no valoramos lo suficiente la fuerza del aburrimiento en los asuntos humanos. O, más bien, debería decir, el terror de los seres humanos a aburrirse", se oye también en uno de esos salones señoriales de París "que daban la sensación de llevar siglos sumidos en una meditación altanera y malhumorada".
La decisión de elaborar frases tan dotadas de un cuidado estético y que tampoco descuidan el sentido narrativo es un ejercicio constante en cada página. Detrás de la huella permanente de James, la única lógica posible es la de "la palabra justa en el momento justo", lo cual alcanza también al oscuro Gilbert Osmond, para quien "el tiempo no solo cura un error sino que al final exonera, aunque sea mediante un proceso de desensibilización", por lo que "estaba convencido de que guardar los secretos tenía un efecto regenerador similar al que trae consigo el paso del tiempo". Con el correr de las páginas, sin embargo, es notable cómo las frases bellas se acumulan con una gracia melancólica, muy parecida a la que traslucen las computadoras que juegan al ajedrez aún mejor que los grandes maestros.

La señora Osmond
Por John Banville
Alfaguara. Trad.: Miguel Temprano García. 378 páginas. $ 355

N. M.

TEMA DE REFLEXIÓN


La historia de la ciencia es profusa en grandes talentos que se fueron demasiado jóvenes. Los matemáticos Évariste Galois (francés), Abel (noruego) y Ramanujan (indio) murieron a los 20, 26 y 32 años, respectivamente; Ada Lovelace, considerada la primera programadora, a los 37; la cristalógrafa Rosalind Franklin, una de las descubridoras de la estructura del ADN, a los 37, y el filósofo y polímata Blaise Pascal, a los 39.
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Pero afortunadamente (y más en estos tiempos), lo contrario también es cierto.
Rita Levi-Montalcini, la neurobióloga italiana que recibió el premio Nobel por haber descubierto el factor de crecimiento nervioso, siguió yendo diariamente a su laboratorio y al Senado italiano, donde tenía una banca vitalicia, hasta casi los 103. Un año antes de morir, en 2012, fue investida con un doctorado honoris causa de la Universidad Mc Gill, de Canadá. Víctor Yohai, el matemático argentino que la semana próxima recibirá el Premio Bunge y Born, una de las más prestigiosas distinciones a la actividad científica que se otorgan en el país, mantiene a los 79 la pasión y el entusiasmo que lo atrajeron a esta disciplina cuando era adolescente.
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En estos días uno no puede menos que maravillarse ante un caso para el asombro, la admiración y hasta la incredulidad. Es el de
Mario Bunge, físico y filósofo argentino radicado desde hace muchos años en Canadá, que el mes próximo cumple ¡99!, y que sigue trabajando y produciendo con el ritmo de vértigo al que nos tiene acostumbrados. Acaba de finalizar un extenso ensayo y de sumar un nuevo libro, Doing Science. In the light of philosophy ( Haciendo ciencia. A la luz de la filosofía, World Scientific, 2017).
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En una visita a Buenos Aires, después de la publicación de su extensa autobiografía
(Memorias. Entre dos mundos, Eudeba y Gedisa, 2014), confirmó que es, sin duda, un prodigio. A los 19 ya había fundado la Universidad Obrera Argentina. Graduado de físico en la Universidad Nacional de La Plata, más tarde se dedicó a la filosofía y la epistemología, y escribió, entre otras obras, un tratado en ocho tomos ( Treatise on Basic Philosophy). Le concedieron veintiún doctorados honoris causa y, en 1982, el Premio Príncipe de Asturias de Humanidades. Se jubiló como profesor a los 90, solo porque ciertas dificultades auditivas hacían que sus clases ya no fueran tan dinámicas como le hubiera gustado.
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Agudo y ameno al conversar, sorprende a quienes lo conocen por su memoria prodigiosa y las anécdotas de una precisión desconcertante (con fechas, nombres y todo tipo de detalles) con que salpica la charla.
Baste con mencionar que recordó su vida de casi un siglo sin la ayuda de libretas de notas ni correspondencia. "El pequeño archivo que tenía lo doné hace algunos años a la Facultad de Ciencias [de la universidad Mc Gill]. Nunca conservé cartas propias. No tenía tiempo", contó en esa oportunidad.
Proezas semejantes me hacen recordar una de mis historias favoritas, leída hace mucho en un librito diminuto. En el prólogo de la serie de grabados
Cien vistas del Fuji, el artista japonés Hokusai escribió: "Desde los dieciséis años tomé la manía de dibujar la forma de las cosas. A los cincuenta años había publicado gran número de dibujos, pero todo lo producido antes de los setenta no debe tenerse en cuenta. A los setenta y tres creo haber adquirido algún conocimiento de la estructura verdadera de los seres naturales, animales, plantas, árboles, peces o insectos. Opino que cuando haya cumplido los ochenta habré progresado notablemente. A los noventa penetraré el misterio de las cosas; a los cien haré una obra asombrosa, y a los ciento diez, cuando dibuje, aunque solo sea un punto o una línea, poseerá el soplo de la vida". Y firmaba: "El viejo loco por el dibujo".


Ejemplos como estos hacen que uno no pueda menos que plantearse: "Cuando sea grande, yo también quiero ser así"

N. B.