sábado, 29 de septiembre de 2018

HISTORIAS DE MUCHAS VIDAS

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La vi desde el auto; era como un aguijón de dolor. Una mujer de unos 60 años, el pelo corto y canoso, un cartel en la mano. "Ayúdeme -decía el mensaje escrito a mano-, necesito volver a mi país".
Pasé otra vez, a pie, por el mismo lugar. No la encontré ni pude, en el vértigo anónimo de una esquina porteña, descubrir quién era o qué había sido de ella.
Inevitablemente, pensé en mi madre y el año riguroso -noche tras noche, llanto tras llanto- que le llevó aceptar que había llegado a un país llamado Argentina y que España quedaba, definitivamente, muy lejos. Pensé también en mi padre y en el tramo de sus recuerdos que menos solía frecuentar: la Retirada, filas interminables de derrotados en la Guerra Civil Española pisando la nieve cruda de los Pirineos, rumbo a la frontera con Francia. Y él, un niño entre tantos, aprendiendo a decir las palabras de un primer destierro.
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Quienes desean vivir experiencias, viajan; quienes, por las razones que sean, descubren que su lugar de origen se tornó irrespirable, migran. Algunos, cuando pueden, regresan. Otros echan raíces en algún nuevo lugar y guardan la memoria de aquella tierra a la que nunca hubieran querido dejar como un secreto hondo, triste, acariciado. Pero también están los que no encuentran reparo en el lugar hacia donde huyeron, ni brazos que los reciban allí de donde partieron; difícil medir la dimensión de su soledad, lo abismal de su desamparo.
Quizá la mujer del cartel perteneciera a este último grupo. Se me desdibujan el rostro, la voz que nunca escuché, las palabras que hubieran delatado parte de su historia: ¿habrá venido de Venezuela? ¿Colombia, quizá Paraguay? ¿Europa del Este? Allá quedó su relato, naufragando en el apuro que me impidió conocerlo. A la deriva.
Y ocurre que más que su rostro, fue su cartel lo que se me volvió a aparecer de improviso, mientras miraba publicaciones periodísticas, hace unos días. Diario El País, una foto, un título ( La hora azul), un pequeño texto. A primera vista, la imagen de unas cuantas barcazas arrumbadas en una playa. La periodista Naiara Galarraga Gortázar aclara: se trata de un cementerio de pateras, utilizadas para trasladar migrantes a través del Mediterráneo y ahora amontonadas en el puerto de Cádiz. Embarcaciones más bien desvencijadas que, uno sospecha, no deben haber estado en mucho mejor estado a la hora de portar su doliente carga humana.
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"Fueron construidas a conciencia -escribe Galarraga Gortázar-, como diseñadas para cruzar esa línea donde los dos continentes casi se tocan". Construidas para salvar la distancia entre África y Europa; ni demasiado veloces ni aptas para sostener largas jornadas; apenas "suficientemente sólidas para transportar a un centenar de migrantes hacinados". Los nuevos condenados de la tierra. Los que -¿hay que volver a decirlo?- no dejan sus países ni exponen sus vidas, a veces junto a las de sus hijos, porque lo deseen, sino porque permanecer donde están es aún peor que todo lo que les pueda esperar del lado de lo desconocido. Condenados por las tragedias (políticas, ambientales, bélicas) que hicieron añicos sus proyectos de vida. Condenados por quienes -y son legión- descubrieron la mina de oro que yace bajo mayor tragedia del siglo XXI. Porque los actuales refugiados y migrantes no solo son parte de la más descomunal ola de desplazamientos que haya conocido la humanidad; son también víctimas de quienes lucran con la promesa de un traslado, una frontera; alguna mínima, escuálida y carísima facilidad. Condenados, en fin, por miles y miles de personas que, de diversos modos y en distintas partes del mundo, no ven en ellos desesperación, sino amenaza.
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Hace mucho, mucho tiempo, un señor llamado Immanuel Kant previó alguna que otra cosa y habló de la "hospitalidad universal". Derecho de todos y deber para todos. Siempre es bueno, dicen, volver a las fuentes.

D. F. I.

EL ANÁLISIS DE MARTÍN TETAZ,


Educación pública, la mejor inversión

MARTÍN TETAZ

En otras palabras, los números comprueban lo obvio; la gente que estudia tiene más chances de conseguir empleo y cuando lo hacen ganan mucho mas.
Pero los únicos beneficiados no son los que se educan, porque en el caso de los trabajadores de ingresos medios altos y altos, el Estado se queda, según el último estudio de Instituto Argentino de Análisis Fiscal (IARAF), con una porción que va entre el 52 y el 55 por ciento.
Contrario a lo que mucha gente piensa, tampoco es el Estado el único que financia la educación pública. De hecho, los principales insumos del proceso educativo son el tiempo del alumno y el del profesor, pero mientras que el Presupuesto reconoce dinero para remunerar el costo de oportunidad del docente, nadie le paga al estudiante lo que cuesta su tiempo, que según los cálculos más conservadores es del doble de lo que destina el Estado. Pensemos que el aporte del Tesoro es de unos 70.000 pesos anuales por alumno, mientras que el salario de un trabajador con secundario completo, que se corresponde con el valor aproximado del tiempo de los estudiantes es de $14.700, de suerte tal que, en 10 meses de estudios, un alumno que cursa o prepara materias 40 horas a la semana, podría ganar 147.000 pesos trabajando.
En resumen; el Estado financia una tercera parte del costo del proceso educativo, pero se alza con mas de la mitad de los beneficios directos. A esto sumémosle las externalidades; el conjunto de beneficios que van mas allá del salario de la persona que se educa y que tienen que ver, por ejemplo, con las mayores posibilidades de recibir inversiones de un país con buen capital humano, o la mejor calidad de las políticas públicas que resultan con ciudadanos mejor educados, por mencionar dos ejemplos.
Por esta razón, el dinero destinado a la educación es el mejor invertido y cualquier país que apueste al largo plazo debe procurar sostener e incrementar ese tipo de inversiones.
Por supuesto, los promedios a veces esconden los extremos. El hecho de que las inversiones en educación sean en general una buena idea, no quiere decir que todo dinero gastado en las universidades esté bien gastado. Claramente no es la misma la tasa de retorno social de formar buenos maestros (altísima), que la de capacitar periodistas o economistas, que seguramente es mas baja. Tampoco da igual invertir el dinero del presupuesto en docencia, que hacerlo en investigación, o construir un laboratorio, que ponerle escaleras mecánicas al edificio o pintar la sala de profesores.

LLAMEMOS A LAS COSAS POR SU NOMBRE
Esta semana asistimos a la escalada de un conflicto gremial, que fue manipulado políticamente por sectores de la oposición, que con la pretensión de defender la universidad pública pusieron su granito de arena para seguir destruyéndola.
La consigna en las redes sociales fue “Defendamos la universidad pública”, como si la institución estuviera en peligro de sufrir un ataque de extraterrestres macrocefálicos, de cuerpos verdes, o como si un conjunto de funcionarios microcefálicos vestidos de amarillo hubiera hecho un recorte presupuestario selectivamente dirigido al sector.
El reclamo de los docentes es justo, igual, exactamente igual de justo que el de cualquier otro trabajador que en un año de inflación creciente está perdiendo capacidad adquisitiva por culpa de unas paritarias que corren por detrás de los precios. El problema de fondo no es el riesgo de un ataque a la universidad publica; un muñeco de paja que no existe, sino la inflación, que nos afecta a todos los trabajadores por igual, sin discriminar entre profesores y policías, entre choferes y empleados administrativos, entre científicos y burócratas.
Claro, es mas fácil aglutinar voluntades en torno a una bandera cara a los sentimientos de la comunidad, que marchar en reclamo de austeridad fiscal y combate contra la inflación. Seguramente es mas difícil reconocer que durante años, con el anterior gobierno y con este también, miramos para otro lado mientras se imprimían billetes sin respaldo para financiar un elefante cada vez mas gordo y menos efectivo.

LA MEJOR MANERA DE DEFENDER LA UNIVERSIDAD ES HACIÉNDOLA FUNCIONAR
Es paradójico que en el seno de la Universidad se sostenga una consigna que no resiste la verificación empírica; que no pasa tres preguntas simples:
¿El presupuesto universitario subió, se mantuvo igual o bajo, en relación con el resto del presupuesto? ¿Los salarios docentes subieron, se mantuvieron iguales o cayeron en relación con el resto de los salarios públicos? ¿Hay algún proyecto concreto para recortar el presupuesto educativo o para arancelar los estudios?
Pero lo mas contradictorio es que se pretenda defender la Universidad parándola, como si la huelga afectara las ganancias de algún empresario, u obligara una negociación por paralizar el funcionamiento de la sociedad, como ocurre con un paro en el transporte.
La mejor manera de defender la universidad pública es haciéndola funcionar y garantizando que los recursos de la sociedad se defiendan con mejor calidad, investigando, formando mejores graduados y combatiendo el abandono estudiantil.

LECTURA RECOMENDADA,


Cameron, de Hernán Ronsino
El sonido y la furia de una memoria
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Dice Hernán Ronsino (Chivilcoy, 1975) en Notas de campo, una colección de artículos, que escribir es desenredar una madeja. Es lo que hace el narrador deCameron. Se sabe poco del hombre con una pierna ortopédica que vive apegado a las rutinas de su vejez en una ciudad con nieve, un lago y un club de jazz. Pero los detalles del mundo apacible que lo rodea se vuelven signos inquietantes de su pasado.
Como si Cameron intentara borrar las huellas del enigma a medida que resurgen en su presente, las escenas insinúan lo que ocurre con la ambigüedad de la verdad a medias. Toda referencia se vuelve incierta y la intriga acerca de los sucesos va en aumento. Algo similar ocurre con temas trascendentales como la dictadura militar o la justicia; no se mencionan pero aparecen como un sonido de fondo imposible de ignorar.
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Ya no es Chivilcoy el escenario, como sucedía en las anteriores novelas del autor -La descomposición, Glaxo y Lumbre- sino un pueblo que podría asociarse al paisaje de la Patagonia. Sin embargo, algo de su estilo reaparece en la multiplicidad de historias mínimas que forman una constelación alrededor del protagonista.
"Descubrir una idea, cristalizada o sostenida por un buen ritmo, me despierta el deseo furioso de contar", piensa Cameron. La narración fluye con un fraseo preciso, de respiración saereana, que impulsa a seguir en busca de ese sentido que se insinúa en los recuerdos fragmentarios. Son las imágenes las que terminan conformando la materia de esa memoria enterrada que hacia el final de Cameron da un giro inesperado.

Cameron
Por Hernán Ronsino
Eterna Cadencia. 79 páginas$ 290


V. B.

AMIGOS DE LA UNIVERSIDAD DE TEL AVIV, Y PILAR RAHOLA



AMIGOS DE LA UNIVERSIDAD DE TEL AVIV EN ARGENTINA 
adhiere a la conferencia de
PILAR RAHOLA
"Israel, termómetro del mundo. Inmigración en Europa y antisemitismo"
Conducción: Roman Lejtman
Miércoles 3 de octubre 20 Hs
Comunidad Amijai
Arribeños 2355- CABA
Actividad arancelada
15 % de descuento para Socios de
Amigos de la Universidad de Tel Aviv en Argentina
Más información en el siguiente link
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ANTEOJOS PARA DALTÓNICOS

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"¿Pero de qué color ves las cosas?", es la pregunta más frecuente y difícil de contestar que nos hacen a los daltónicos. Es algo tan imposible de responder como al resto le resultaría explicar qué es el color rojo. Y ahora que acabo de probar en Buenos Aires unos novedosos anteojos para daltónicos, me encuentro de pronto tratando de ponerle nombre a colores que jamás había visto en mi vida. ¿Cómo se llamará el color de ese cartel que estoy viendo en la calle y que mi cerebro no logra informarme qué color es? "¡Eso es rojo!", me informa mi esposa.
"¡Qué emoción! ¡Qué lindo se ve todo!", fue mi primera reacción. De pronto fue como si la ciudad se hubiera llenado de colores por todos lados. No podría decir si veo lo mismo que el resto, pero de pronto fue como si la ciudad se hubiera llenado de colores.
En el mundo ya hay varias empresas que implementaron tecnologías que, mediante lentes que no difieren en su apariencia externa de un anteojo para sol (también hay lentes de contacto), permiten que los daltónicos perciban los colores. Entre otras compañías cuyos sitios se pueden encontrar en Internet están: Enchroma, Golden Mermaid, VINO Optics y Color Correction System. Los precios de los anteojos varían entre los 7000 y 15.000 pesos si son sin graduación, y entre los $20.000. y $40.000 si se les agrega corrección óptica.
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El ingeniero Matías Acerbi, de Óptica Foucault, explicó de qué forma percibe los colores el ojo humano, qué es lo que sucede en casos de daltonismo y de qué manera funcionan los nuevos anteojos. "En la retina hay un tipo de células llamadas conos que reciben la luz y la convierten en impulsos que son enviados al cerebro. Existen tres tipos de conos: los especializados en luz azul, los más eficientes para recibir luz verde y los que mejor reciben el rojo. El cerebro usa la información que envían los conos para determinar el color", señaló.
Diferentes grados
Los daltónicos tienen desde su nacimiento una deficiencia de un tipo o más de conos y entonces el cerebro no recibe la misma información que el resto de las personas. Pero hay diferentes grados de daltonismo (discromatopsia), y son muy raros los casos de acromatopsia (visión en blanco, negro y grises). Mientras padecen acromatopsia una de cada 30.000 personas, la discromatopsia afecta a uno de cada 12 hombres y una de cada 200 mujeres.
Eso daría que en la Argentina hay más de dos millones de daltónicos que aprendieron a identificar las cosas por parámetros que les resultan más confiables que los colores.
Nos alegramos cuando el resto dice que el atardecer está increíble, aunque jamás podríamos ponerle nombre a las tonalidades que vemos""
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Sabemos que la luz de arriba del semáforo es color rojo -odiamos los semáforos horizontales-, reconocemos un colectivo solo cuando vemos el número, nos ponemos nerviosos cuando el resto identifica las cosas por su color (¿cuál será el suéter verde?... ¿Cuál de todas será la lucecita roja que titila en el equipo electrónico?), combinamos la ropa que nos ponemos porque nos han informado su color, y nos alegramos cuando el resto dice que el atardecer está increíble, aunque jamás podríamos ponerle nombre a las tonalidades que vemos, aunque nos demos cuenta de que no es blanco y negro.
La explicación que mejor se entiende es que los daltónicos vemos los colores tal como el resto los percibe cuando hay poca luz.
De todas maneras, precisamente la cuestión de los colores del cielo sirve a los técnicos para explicar que la realidad es infinitamente mayor que lo que cualquier ojo humano puede percibir. "El cielo no es intrínsecamente celeste ni dorado ni negro", señala el ingeniero Acerbi. "El ojo capta un espectro muy pequeño de colores en una longitud de onda que abarca desde los 380 nanómetros del color violeta hasta los 780 nanómetros del rojo. Pero no percibe por ejemplo el ultravioleta, por debajo de 380 nanómetros, ni el infrarrojo, de 800 o más nanómetros", explica.
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Puestos los anteojos, hay que aprender a decodificar la nueva información
Decodificar la nueva información
"Lo que hacen entonces los anteojos para daltónicos es realzar los tres colores principales (azul, verde y rojo) a partir de los cuales el cerebro humano forma una infinidad de colores. Al mismo tiempo, se aplacan los colores intermedios que producen confusión al paciente que presenta alteración de la visión de los colores".
Puestos los anteojos, un segundo proceso que debe realizar el cerebro del paciente, y que puede llevar desde horas hasta varios días, es aprender a decodificar la nueva información y ponerle nombre a cada color, según la referencia que va recibiendo de los otros.
De todas formas, no hay dos daltónicos que tengan exactamente las mismas deficiencias. Desde el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, que solo tiene problemas para percibir el rojo y el verde y por eso el color predominante en su sitio es el azul, hasta el actor Paul Newman que directamente fue reprobado en el examen de colores cuando intentó ingresar como piloto de avión.
Y entre aquellos que convirtieron su debilidad en su fortaleza, ¿quién sabe qué pensaría de sus cuadros el daltónico más famoso, Vincent Van Gogh, si pudiera ver los colores que realmente usó?

R. G.

viernes, 28 de septiembre de 2018

OPINA LUIS ALBERTO ROMERO,


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Luis Alberto Romero
En la historia argentina, los años entre 1930 a 1943 fueron de una gran riqueza. El renacimiento cultural y político del catolicismo, el último esplendor del liberalismo reformista, la reformulación del papel del Estado, el impulso a la industrialización y el crecimiento de la cultura popular de masas, entre tantas otras cosas, indican que fue un período tan creativo como cualquier otro. Pero, en el sentido común vulgar todo esto suele resumirse en una frase concluyente: fue la "década infame".
La descalificación se apoya en sucesos de indudable impacto, como el golpe del 30, el tratado Roca-Runciman, el fraude electoral y varios casos de corrupción. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿fue una década globalmente "infame"? ¿Lo fue más que otras décadas? Para analizar este tema polémico, el Club del Progreso convocó, dentro de un ciclo de charlas sobre el pasado nacional, a dos reconocidos historiadores: Pablo Gerchunoff y Luciano de Privitellio.
Para Gerchunoff, la crisis mundial de 1929 creó en la Argentina una situación inédita, de la que surgió un régimen económico nuevo. Las políticas fueron pensadas sobre la marcha, discutidas ampliamente y luego seguidas con firmeza, al punto que sus orientaciones básicas -como la participación activa del Estado en la economía- perduraron hasta hace apenas unas décadas.
Década infame. 6 de septiembre de 1930. Fuerzas del Escuadrón de Seguridad impiden el avance de manifestantes hacia Plaza de Mayo
Década infame. 6 de septiembre de 1930. Fuerzas del Escuadrón de Seguridad impiden el avance de manifestantes hacia Plaza de Mayo 
Al crack de la Bolsa de Nueva York de 1929 siguió el derrumbe del sistema bancario estadounidense en 1931 y, al año siguiente, el abandono del patrón oro por Gran Bretaña. Era un mundo nuevo mucho más difícil para la Argentina. Cayeron el volumen y los precios de las exportaciones agrarias y las divisas se hicieron escasas. Luego de suspender la Conversión del peso, el gobierno de Agustín P. Justo, que siguió al del general José Félix Uriburu, estableció el control de cambios: el Estado concentraba las divisas disponibles y las asignaba a los distintos sectores a precios diferentes, de acuerdo prioridades que, día a día, le permitían desarrollar una vigorosa intervención en el rumbo económico.
Estímulo a la industria
Cumplir con la deuda externa fue una de las prioridades. Otra fue el estimulo a la industria interna, que al sustituir importaciones aliviaba la balanza de pagos. Además, la industria ofrecía empleo a los trabajadores que migraban a las ciudades, expulsados por un agro en crisis. Federico Pinedo y Raúl Prebisch, artífices de esta reestructuración estatal, se propusieron favorecer especialmente aquellas industrias más competitivas que pudieran exportar hacia los países vecinos, una línea que se abandonó en 1946.
Un factor coyuntural le permitió a la Argentina salir rápido de la crisis: la larga sequía estadounidense, iniciada en 1932, mejoró nuestras exportaciones cerealeras. Hubo beneficios para los productores rurales y, gracias al control de cambios, más ingresos para un gobierno que desarrolló una gran política de obras públicas, especialmente viales. Fue entonces cuando los camiones comenzaron a desplazar a los trenes.
Pero esos positivos cambios de largo plazo -señala De Privitellio- no fueron percibidos por la opinión pública, que en cambio criticó los términos del Tratado Roca Runciman (una "entrega" a Gran Bretaña), y se escandalizó por los privilegios a los grandes ganaderos y las empresas británicas o por el salvataje estatal de bancos quebrados.
Se trata de una interpretación simplista, opinó Gerchunoff. Sin duda el Tratado arrojó un magro resultado para la exportación de carnes, pero en realidad pudo haber sido mucho peor, dada la decisión británica de privilegiar la relación con Australia y Nueva Zelanda. En cambio, Gran Bretaña concedió un excepcional préstamo en libras para que las empresas inglesas pudieran remitir sus beneficios acumulados en pesos; sin esa ayuda hubieran quebrado, arrastrando a muchas empresas y bancos locales y produciendo un descalabro generalizado. Una decisión parecida tomó el gobierno al sostener al Banco Español; su salvataje impidió una quiebra de bancos en cadena como la ocurrida en los Estados Unidos.
La voluntad de conjurar el riesgo de todo el sistema -puntualizó Gerchunoff- explica una política que, vista desde otro punto de vista, significó un beneficio para determinados grupos. El excepcional equipo técnico encabezado por Pinedo y Prebisch, que logró lo que se proponía, gozó de una ventaja importante: por un tiempo pudo despreocuparse del problema de las elecciones.
El "fraude" es el otro gran estigma de la "década infame". La frase fue acuñada en 1944 por el periodista José Luis Torres, quien, recuerda De Privitellio, era nacionalista, pronazi y partidario del golpe castrense de 1943. Según creía, el fraude demostraba la podredumbre de la democracia liberal, que quedó en evidencia con el "escándalo de la Chade" de 1936. Para lograr que se renovara la concesión por el suministro eléctrico de la Capital, la poderosa empresa sobornó a periodistas, funcionarios, concejales de todos los partidos y hasta a Marcelo T. de Alvear, entonces jefe del radicalismo, y Justo.
Sentidos múltiples
La "década infame" resultó una frase exitosa, pero su sentido fue variando. Los radicales la usaron para reivindicar la pureza de la democracia anterior al golpe de 1930; los peronistas, para condenar el pasado anterior al golpe de 1943. Luego de 1955, la consagró Arturo Jauretche en una versión nacionalista, populista y antiimperialista en la que el villano era Gran Bretaña. Es conocido el lugar que este tópico ocupa hoy en el "relato".
Muchos historiadores han tratado de tomar distancia de la "década" y del parteaguas del golpe del 30 para reflexionar sobre el período entre las dos guerras mundiales. De Privitellio recuerda las continuidades de los años 20 y 30, en lo social y lo cultural, e invita a reflexionar también sobre la política de entreguerras, signada por la ley Sáenz Peña de voto secreto y obligatorio y por el gradual descubrimiento de sus dificultades, tanto teóricas como prácticas.
Perón junto al auto que lleva al general Uriburu al poder, el 6 de septiembre de 1930, día del golpe
Perón junto al auto que lleva al general Uriburu al poder, el 6 de septiembre de 1930, día del golpe 
Desde 1920 hubo sucesivos proyectos de modificación de la ley, buscando una forma de representación distinta, por ejemplo la corporativa, en boga en Europa. Pero predominó una solución más práctica: retornar al uso del poder gubernamental para modificar un poco los resultados electorales. Lo hizo Yrigoyen, moderadamente. Justo no tuvo necesidad al principio, debido a la abstención radical, pero lo hizo de forma masiva desde 1936, cuando los radicales volvieron a las urnas. Entonces, las elecciones fueron sistemáticamente falseadas, pero con el tácito consentimiento de los derrotados.
¿Fue infame, en definitiva, la década del 30? Ambos historiadores coinciden en que el problema no es demasiado relevante. Gerchunoff habló de cambios estructurales en la economía. De Privitellio, de un largo proceso de discusión y de adecuación de la ley Sáenz Peña, anterior y posterior a los años 30. Pero el sentido común se concentra en tópicos más llamativos -la intervención británica, la corrupción o el fraude-, generalmente mal entendidos e hilvanados en un relato simplificado, con una matriz entre nacionalista y populista, que ha calado hondo.
¿Puede modificarse el sentido común? Los expositores fueron escépticos, y con razones. Yo creo que siempre se puede abrir una discusión, sembrar una duda, mostrar que hay diversas versiones del pasado y que entre ellas puede entablarse un diálogo civilizado y provechoso. Hoy estamos lejos de eso. Pero, parafraseando a Sarmiento, las contradicciones se vencen a fuerza de contradecirlas.
Investigación de Archivo fotográfico: Juan Trenado

OPINA AXEL RIVAS


Apostar al conocimiento, la materia prima del siglo XXI
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Axel Rivas
Solo protegiendo la educación y la investigación en ciencia y tecnología podremos avanzar en el camino del desarrollo
Lo que más protege a los más débiles. Lo que más cuesta reconstruir. Lo que más efectos tiene a largo plazo. Lo que funciona. Esto es lo que hay que defender hoy antes que nada en un tiempo de crisis y ajuste.
Si se busca crear confianza en los mercados, hay que mostrar un proyecto de país sostenible en el largo plazo. ¿Quién puede apostar a invertir en un país que baja el salario de los científicos, disparando contra su propio futuro? ¿Quién puede invertir en un país extremadamente desigual en su distribución de la riqueza que no corrige su sistema impositivo para hacerlo más progresivo, como el de todos los países desarrollados?
No podemos olvidar el mapa del desarrollo en la oscuridad del corto plazo. En el mundo de hoy, lo único que sabemos es que todo va a cambiar. Los países que apuestan a una ventaja comparada en el agro, la industria o los servicios quizás solo están cavando su foso para cuando esta ventaja desaparezca (o cuando un año toque una gran sequía). Hay que fortalecer diversas cadenas de valor, pero sobre todo apostar al conocimiento, el único caudal seguro en un mundo incierto, la única "materia prima" adaptable a todo.
La gran teoría del desarrollo hoy es una apuesta de construcción de conocimiento a gran escala, mediante el sistema educativo, y especializado, mediante la investigación y el desarrollo científico-tecnológico asociado a diversas cadenas de valor productivo.
Los casos de éxito asiáticos lo descubrieron hace varias décadas cuando comenzaron a apostar todo a la educación (aun con discutibles modelos de presión extrema para los estudiantes). Los países que lograron modificar su estructura productiva invierten una proporción cada vez más importante de su PBI en ciencia y tecnología.
Basta ver el modelo de negocios de las mayores empresas del mundo, que no casualmente son hoy emporios tecnológicos. IBM invierte 16% de su presupuesto en investigación y desarrollo; Microsoft, un 15%, y Google, un 12%. Su fórmula es adaptarse, aprender, inventar, modificar, iterar, rediseñar. Viven en un mundo complejo y para entenderlo invierten buena parte de sus ingresos en conocimiento.
El gobierno argentino se comprometió a invertir el 1,5% del PBI en ciencia y tecnología. Sin embargo, en 2016 esa inversión bajó al 0,53%, frente al 0,61% de 2015. Este año todo hace prever que seguirá bajando al ritmo del ajuste del gasto público. Se trata de una inversión muy baja en un país con un PBI bajo. Apenas tenemos un investigador cada mil de habitantes. Los países nórdicos europeos tienen siete veces más, con condiciones de trabajo muy superiores. Sin ir tan lejos, Brasil invierte el 1,3% del PBI en ciencia y tecnología.
Toda la inversión en ciencia que realiza el Estado debería ramificarse con políticas de impulso a la investigación y el desarrollo en el sector privado, que en la Argentina invierte muy poco. Hay que desarrollar un ecosistema de múltiples puntos, como lo hicieron los países que hoy crean ciencia, tecnología y valor agregado en toda su cadena productiva.
Necesitamos instituciones científico-tecnológicas fuertes, como lo demuestra el extraordinario ejemplo del Invap. El capital público tiene allí un modelo para replicar. Hay que ramificar una carrera científica prestigiosa, con equipamiento, buenos salarios y proyectos de articulación público-privados. Cada instituto de investigación que se paraliza o que pierde investigadores es una amenaza al futuro. La inversión estatal en ciencia y tecnología debería ser sagrada para mostrarle a todo aquel que quiere ser científico que en la Argentina ese lugar es el más prestigioso del país y donde será protegido incluso en los momentos más críticos.
Esto afecta todos los planos de formación del conocimiento. En las universidades se plantea una propuesta de aumento salarial en torno del 15%, cuando la inflación superará el 30%. En el resto del sistema educativo, en casi todas las provincias se ajusta el salario docente a la baja. La meta vigente de la ley de educación de llegar al 6% del PBI destinado a Educación se incumplió en 2016 y todo indica que se volverá a incumplir en 2017 y 2018.
Los efectos de estos ajustes son palpables. Faltan estudiantes para la docencia. Jóvenes brillantes con quienes converso para pensar su futuro me dicen que aspirar a hacer su doctorado por el Conicet no les permitiría mantener un mínimo nivel de vida. Los que ya están adentro sienten los ajustes y comienzan a pensar en migrar a otros países. Hay jóvenes científicos extraordinarios que están haciendo sus valijas para irse del país. Esto es un suicidio colectivo como sociedad.
El mapa nos debe permitir mirar cómo se llega al futuro sin quemar los puentes más vitales del desarrollo en las urgencias fiscales de corto plazo. En la oscuridad de la emergencia también necesitamos una linterna para iluminar los rostros de los más desaventajados. Las sociedades que más crecen son las que tienen más equidad, como lo demuestran los estudios de Kate Pickett y Richard Wilkinson. En los momentos de crisis hay que proteger a los más débiles.
¿De dónde deberían entonces salir los recursos para evitar la crisis fiscal y económica? Esta es una tarea que exige una desnaturalización de cualquier posición dogmática por izquierda o por derecha. Basta mirar comparativamente a la Argentina en el mundo con ojos rigurosos: es un país con alta carga impositiva, con una desigualdad social extrema (está en el puesto 112 del mundo en el coeficiente de Gini) y con un sistema impositivo no progresivo. En los países desarrollados se cobran muchos más impuestos a los ingresos y al capital que al consumo. América Latina es la región más desigual de la Tierra y no casualmente tiene el esquema opuesto.
¿Es tan difícil ver esto? En la urgencia, lo evidente: necesitamos una redistribución que aumente (de manera viable y responsable) impuestos como Ganancias, retenciones, Inmuebles, Bienes Personales y disminuya Ingresos Brutos, impuesto al cheque, IVA en los sectores más pobres. Necesitamos un gasto público más eficiente, racional y transparente, que defienda más a los que menos tienen y que garantice condiciones sostenibles a los que invierten. Necesitamos instituciones públicas coherentes y prestigiosas con continuidad. Necesitamos aumentar drásticamente la calidad de nuestras políticas públicas, porque en eso somos muy débiles en cualquier comparación mundial. Y necesitamos proteger la inversión en educación, ciencia y tecnología, porque solo así podremos construir un país que produzca a partir del conocimiento, la materia prima del siglo XXI.
Es tiempo de generar grandes acuerdos en la sociedad argentina, donde apoyar las bases del crecimiento. Podemos moldear ahora mismo una sociedad más equitativa, más previsible, con instituciones que miren el largo plazo y apuesten al conocimiento.

Profesor y director de la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés