domingo, 2 de junio de 2019

EDUARDO LEVI- YEYATI, ...SOLUCIONES ECONÓMICAS


Eduardo Levy Yeyati: "Ninguna reforma pendiente será posible si no encontramos un espacio en común donde negociar nuestras disidencias"
Azul, Buenos Aires 
Eduardo Levy Yeyati opina que no es improbable que la Argentina de 2030 siga como hoy, con crecimiento modesto o nulo, mala distribución y baja movilidad social, debatiendo el subdesarrollo y la falta de dólares. Aun así, el hombre que hoy es decano de la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT) no pierde el optimismo y dice que hay un país posible de crecimiento e integración, donde el horizonte se alargue y los incentivos sean estudiar e invertir en la economía real, y donde se vean los frutos de las reformas que deberían iniciarse en 2020. De todos modos, advierte: "Ninguna reforma pendiente será posible si no encontramos un espacio en común donde negociar nuestras disidencias".
-¿Cuáles son para usted las reformas estructurales imprescindibles para encaminar la economía y el país?
-Si partimos de una crisis asociada a nuestra fragilidad financiera, la secuencia necesariamente comienza en el corto plazo. Para generar espacio para el crecimiento, necesitamos garantizar la solvencia fiscal, es decir, mejorar el acceso al financiamiento para no seguir recurriendo al ajuste. No basta con refinanciar la deuda con el FMI, algo que el Fondo ya da por descontado; hay que reducir el costo financiero para poder renovar deuda en el exterior. A su vez, para que nos presten, es necesario mostrar un recorrido de sostenibilidad fiscal a futuro, y dado que más de la mitad del gasto fiscal está ligado a un déficit previsional creciente, una de las primeras reformas a definir es la previsional. Acá valen dos aclaraciones: primero, la reforma ya se pautó en la ley de Reparación Histórica de 2016; segundo, la Argentina es de los países donde mayor es la relación entre transferencias a los adultos mayores y a los niños y jóvenes. La reforma, más que una coyuntura fiscal, tiene que debatir una transferencia intergeneracional que hoy va en el sentido contrario al de la mayoría de los países desarrollados.
-Pero la previsional es solo una reforma e imagino que deben ser necesarias algunas más.
-Exacto. Es sólo una de las 4 reformas esenciales del debate sobre nuestro "contrato social". Está pendiente una reforma tributaria que grabe más el patrimonio y menos el trabajo y la producción. Y una reforma laboral que se adapte a los cambios en el mundo del trabajo, que garantice la formación profesional y extienda sus beneficios al trabajador antes que a los puestos de trabajo. Y una reforma del Estado que jerarquice la carrera del funcionario profesional con concursos y formaciones. Ninguna es nueva, todas fueron propuestas y postergadas muchas veces en pos de la política.
-En relación con este último punto ¿Cree posible que alguna vez como sociedad estaremos dispuestos a hacer un esfuerzo en el corto plazo en pos de un futuro mejor?
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-El futuro es un concepto abstracto, fácil de explicar pero difícil de vender. Tomemos el caso de la educación. Si miramos, por ejemplo, el milagro israelí, vemos que el crecimiento se explica menos por productividad y capital físico y más por aumento del capital humano, por la inmigración rusa de los 90, y por la integración social y laboral de los árabes y los religiosos en los 2000. Todo eso es educación, cuyos frutos reducen el gasto fiscal y suma fuerza laboral productiva, es decir, resuelve el problema fiscal y el de crecimiento a la vez, además de mejorar el bienestar social.
Eduardo Levy Yeyati
-¿Por qué entonces los docentes ganan tan poco en relación a la enorme externalidad que generan? ¿Por qué no hay manifestaciones pidiendo que lo que se podría ahorrar con la reforma previsional se destine en parte al gasto en educación?
-Parte de la respuesta es que quien paga la educación no percibe directamente sus beneficios. Por eso es importante explicar estas externalidades: hay que mostrar que si bien lo que hace una persona no genera un futuro mejor, si lo hacen muchas, nos cambia la vida. Por eso el discurso meritocrático es tan nocivo para el desarrollo: porque, contra toda la evidencia, niega la externalidad, ningunea la solidaridad del esfuerzo, achica el ángulo visual. Para convocar el esfuerzo colectivo hay que mostrar el cuadro completo, en el espacio y en el tiempo.
-Lo consulto sobre otra clave para el futuro económico del país: ¿cómo se podrá combatir eficazmente la inflación?
-Nuestra inflación es hoy fundamentalmente de costos: el productor o el vendedor ajusta precios pensando en cuánto le va a salir reponer la mercadería, prefiere no vender a perder en la rotación. Y al hacerlo incorpora expectativas de inflación (que reproducen la inflación pasada, más un margen, para cubrirse se nuevas aceleraciones) y de depreciación, mirando el dólar futuro. Todo esto quiere decir que la política monetaria tradicional pierde efectividad: salvo por su efecto en el tipo de cambio, una suba de la tasa de interés puede incluso generar inflación, porque eleva el costo financiero y porque sube por arbitraje el dólar futuro que usa el vendedor para cubrir costos dolarizados.
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-Dado ese panorama que usted describe, ¿qué se puede hacer, entonces?
-En este contexto, el único camino es una política de coordinación directa con formadores de precios y sindicatos, las viejas políticas de precios y salarios que fracasaron en Latinoamérica en los 80 por la presencia de un déficit fiscal crónico, pero que tuvieron éxito en países con menos déficit, como Israel, Australia y Dinamarca. Es lo que muchos venimos sugiriendo desde hace una década, y lo que debió haber hecho este gobierno a principios de 2016. Ahora es más difícil, pero es el único camino.
-Otro tema recurrente en este país es el dólar ¿Los argentinos podrán dejar de pensar en dólares de acá a diez años y seguir el ejemplo de países como Israel, por poner solo un caso?
-Hay que distinguir entre la dolarización de ahorros y la de precios.En la Argentina, ahorramos en dólares por razones obvias: la inflación es volátil, el valor real de la moneda es errático, y el dólar sube cuando los ingresos bajan, lo que lo hace un seguro natural. Pero, mientras en Israel y otros países inflacionarios de los 70 y 80 la dolarización financiera fue combatida con políticas de estabilización y con opciones como las unidades indexadas, en la Argentina en los 90 se la promovió como política de Estado, en los 2000 se destruyó el único instrumento alternativo en pesos, el CER, mediante la manipulación de la inflación, y en 2016 se pusieron a competir tres unidades indexadas, el CER, la UVA y la UVI, con el resultado de que ninguna de las tres terminó de consolidarse.
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 Lo que se suele plantear como un problema cultural tiene raíces económicas. Si logramos contener la inflación sin atrasar el tipo de cambio, algo inédito en la historia argentina moderna, la unidad indexada y luego el peso deberían recuperar terreno.
-¿Qué modelo económico considera el más viable para la Argentina 2030?
-Esa pregunta presume que uno entra a una modelería, con estantes que exhiben diferentes modelos y talles de "modelos", y elige el que mejor le viene en función del peso, la edad y la ocasión. En la práctica, hay varias opciones para cada uno de los problemas del desarrollo, pero sobre todo es necesario un trabajo de customización al contexto local. Por ejemplo, la flotación es efectiva si el sistema financiero no está dolarizado, el impulso fiscal sirve cuando el país cuenta con financiamiento externo, la promoción de actividades es útil cuando está orientada a ganar competitividad, etc. Todo lo importante en las políticas públicas está debajo del título: la adaptación y calibración y el timing son críticas.
-¿Qué sectores ve con más potencial para el país futuro que se imagina?
-Los sectores con mayor potencial son aquellos que tienen capacidad de ser exportadores o de competir sin protección con los importados. Dejando de lado el campo, que es el sector más moderno y competitivo del país, y la energía, que tiene mucho para crecer, pero aún responde a un esquema subsidiado, me vienen a la mente actividades y pequeñas producciones asociadas al turismo, algunos productos agroindustriales que podrían imitar el recorrido de agregación de valor del vino (el "modelo Malbec").
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-Esos, más o menos, son imaginables, pero ¿hay algún sector que no ni siquiera está en el radar y que puede despegar en una década?
-Sí, hay algunos sectores de la economía del conocimiento que aún no han dado todo su potencial (recordemos que las exportaciones de este sector están relativamente estables en los últimos años). Y luego están los sectores incipientes o que aún no existen: hay un gran stock de conocimiento científico de gran calidad, en ciencias de la vida, física, informática, a la espera de la vinculación tecnológica que lo vuelva productivo, y hay algunos pocos ejemplos exitosos de fondos y aceleradoras privadas que prueban que es posible. Y la Argentina tiene ventajas en salud y educación que hoy no aprovecha. Ningún país grande se salva con un sector, pero por suerte la lista de candidatos es larga.
-¿Cuántas chances tiene el país de subirse a la industria 4.0?
-En el futuro, las chances de subirnos a esa ola son altas. La industria argentina es heterogénea y sufre de cierto enanismo en el sentido de que hay muchas empresas pequeñas de baja productividad y escasean las empresas medianas y las grandes, pero hay una base de empresas modernas de alta productividad que podrían integrarse a una plataforma 4.0, siempre que la logística y la conectividad lo permitan.
¿Cómo imagina a esa industria 4.0 argentina en 2030?
-Si es difícil predecir el futuro en economías desarrolladas estables, más lo es en países con crisis quinquenales que distorsionan los precios relativos y los incentivos de inversión. Con esta salvedad, a futuro imagino una profundización de la heterogeneidad de nuestra industria, con un sector moderno que crece con incorporación de tecnología y poca generación de empleo, y otro de baja productividad, intensivo en trabajo, protegido o implícitamente subsidiado por el fisco por su rol de amortiguador laboral. La Argentina tiene un déficit de creación de empleo que ninguna política de desarrollo productivo puede soslayar.
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-Lo llevo al terreno laboral ¿cómo se podrá atacar el desempleo en un mundo en el que más de la mitad de los trabajos que hoy se conocen dejarán de existir?
-Acá hay que hacer algunas salvedades. Primero, no son las ocupaciones las que dejarán de existir, sino algunas tareas que las componen: todos seremos parcialmente automatizados, pero en muchos casos seguiremos al mando. Segundo, se crearán nuevas ocupaciones, y el efecto neto sobre las demanda de horas de trabajo está por verse. Lo que sí representa un desafío es el desplazamiento de la demanda laboral: algunas habilidades se demandarán menos y otras más, y las habilidades no son inmediatamente transferibles: el trabajador que pierde su empleo en una actividad no necesariamente tiene lo que hace falta para conseguir uno nuevo en otra actividad. El peligro es enfrentar bolsones de desempleo y probreza, aun cuando haya empresas que no logren satisfacer su demanda de trabajo.
-Claro, por eso el gran desafío será cómo resolver la problemática de aquellas personas mayores que no puedan ser reubicados o no logren adaptarse. ¿Qué sugiere usted al respecto?
-La respuesta a este problema no es sencilla, ya que no es fácil reconvertir a trabajadores adultos con una larga experiencia intransferible en una actividad en declinación. Por eso, lo mejor es combinar: por un lado, la formación profesional para recapacitarlos; por el otro, políticas que incorporen la creación de empleo como un objetivo, por ejemplo, la promoción de empresas con capacidad en crecimiento; o subsidios transitorios a los nuevos empleos o a la mudanza de trabajadores, en vez de subsidiar los viejos empleos.
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En el CEPE, el centro que dirijo en la Universidad Torcuato Di Tella, hicimos el año pasado un meta análisis de todas estas políticas para distinguir cuáles sirven y cuales no, y elaboramos una suerte de manual de uso. Ninguna de ellas es la panacea contra el desplazamiento laboral; por eso hay que probarlas todas, y hay que calibralas bien.En el análisis que hicimos en el CEPE nos basamos en experiencias prácticas recientes en todo el mundo.
-Siempre se habla en la Argentina de un acuerdo general, al estilo Pacto de La Moncloa, que nunca termina de concretarse. ¿Lo ve posible en un horizonte de 10 años?
- El pacto de la Moncloa no fue la firma de un plan económico, sino el tratado de paz de una sociedad polarizada por la guerra civil y la tiranía de Franco. Nunca nos vamos a poner de acuerdo en las políticas, entre otras cosas porque el político precisa distinguirse para competir. Pero sí creo que es esencial ese tratado, una suerte de reconocimiento de que el desarrollo es un ejercicio de cooperación, y de que ninguna de las reformas pendientes, ni la coordinación de expectativas imprescindible para estabilizar, invertir, innovar, crecer, serán posibles si no encontramos un espacio en común donde negociar nuestras disidencias.
Eduardo Levy Yeyati opina que no es improbable que la Argentina de 2030 siga como hoy, con crecimiento modesto o nulo, mala distribución y baja movilidad social, debatiendo el subdesarrollo y la falta de dólares. Aun así, el hombre que hoy es decano de la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT) no pierde el optimismo y dice que hay un país posible de crecimiento e integración, donde el horizonte se alargue y los incentivos sean estudiar e invertir en la economía real, y donde se vean los frutos de las reformas que deberían iniciarse en 2020. De todos modos, advierte: "Ninguna reforma pendiente será posible si no encontramos un espacio en común donde negociar nuestras disidencias".
-¿Cuáles son para usted las reformas estructurales imprescindibles para encaminar la economía hacia la próxima década?
-Si partimos de una crisis asociada a nuestra fragilidad financiera, la secuencia necesariamente comienza en el corto plazo. Para generar espacio para el crecimiento, necesitamos garantizar la solvencia fiscal, es decir, mejorar el acceso al financiamiento para no seguir recurriendo al ajuste. No basta con refinanciar la deuda con el FMI, algo que el Fondo ya da por descontado; hay que reducir el costo financiero para poder renovar deuda en el exterior. A su vez, para que nos presten, es necesario mostrar un recorrido de sostenibilidad fiscal a futuro, y, dado que casi la mitad del gasto fiscal está ligado a un régimen previsional con déficit creciente, una de las primeras reformas por definir es la previsional. Acá valen dos aclaraciones: primero, la reforma ya se pautó en la ley de reparación histórica de 2016; segundo, la Argentina es de los países donde mayor es la relación entre transferencias a los adultos mayores y a los niños y jóvenes. La reforma, más que una coyuntura fiscal, tiene que debatir una transferencia intergeneracional que hoy va en el sentido contrario al de la mayoría de los países desarrollados.
-¿Qué otras reformas son necesarias, además de la previsional?
-Esa es solo una de las cuatro reformas esenciales del debate sobre nuestro "contrato social". Está pendiente una reforma tributaria que grave más el patrimonio y menos el trabajo y la producción. Y una reforma laboral que se adapte a los cambios en el mundo del trabajo, que garantice la formación profesional y extienda sus beneficios al trabajador antes que a los puestos de trabajo. Y una reforma del Estado que jerarquice la carrera del funcionario profesional con concursos y formaciones. Ninguna es nueva, todas fueron propuestas y postergadas muchas veces en pos de la política.
-En relación con este último punto, ¿cree posible que alguna vez como sociedad la Argentina estará dispuesta a hacer un esfuerzo en el corto plazo en pos de un futuro mejor?
-El futuro es un concepto abstracto, fácil de explicar, pero difícil de "vender". Tomemos el caso de la educación. Si miramos, por ejemplo, el milagro israelí, vemos que el crecimiento se explica menos por productividad y capital físico y más por aumento del capital humano, por la inmigración rusa de los noventa, y por la integración social y laboral de los árabes y los religiosos en los 2000. Todo eso es educación, cuyos frutos reducen el gasto fiscal y que suma fuerza laboral productiva, es decir, resuelve el problema fiscal y el de crecimiento a la vez, además de mejorar el bienestar social.
-¿Por qué entonces los docentes ganan tan poco en relación con la enorme externalidad que generan? ¿Por qué no hay manifestaciones pidiendo que lo que se podría ahorrar con la reforma previsional se destine en parte al gasto en educación?
-Parte de la respuesta es que quien paga la educación no percibe directamente sus beneficios. Por eso es importante explicar estas externalidades: hay que mostrar que, si bien lo que hace una persona no genera un futuro mejor, si lo hacen muchas, nos cambia la vida. Por eso, el discurso meritocrático es tan nocivo para el desarrollo: porque, contra toda la evidencia, niega la externalidad, ningunea la solidaridad del esfuerzo, achica el ángulo visual. Para convocar el esfuerzo colectivo, hay que mostrar el cuadro completo, en el espacio y en el tiempo.
-Otra variable clave es la inflación. ¿Cómo se la podrá combatir eficazmente?
-Nuestra inflación es hoy fundamentalmente de costos: el productor o el vendedor ajusta precios pensando en cuánto le va a salir reponer la mercadería, prefiere no vender a perder en la rotación. Y, al hacerlo, incorpora expectativas de inflación (que reproducen la inflación pasada, más un margen, para cubrirse de nuevas aceleraciones) y de depreciación, mirando el dólar futuro. Todo esto quiere decir que la política monetaria tradicional pierde efectividad: salvo por su efecto en el tipo de cambio, una suba de la tasa de interés puede incluso generar inflación, porque eleva el costo financiero y porque sube por arbitraje el dólar futuro que usa el vendedor para cubrir costos dolarizados.
-Dado ese panorama, ¿qué se puede hacer?
-En este contexto, el único camino es una política de coordinación directa con formadores de precios y sindicatos, las viejas políticas de precios y salarios que fracasaron en América Latina en los ochenta por la presencia de un déficit fiscal crónico, pero que tuvieron éxito en países con menos déficit, como Israel, Australia y Dinamarca. Es lo que muchos venimos sugiriendo desde hace una década, y lo que debió haber hecho este gobierno a principios de 2016. Ahora es más difícil, pero es el único camino.
-Otro tema recurrente en este país es el dólar. ¿Los argentinos podrán dejar de pensar en dólares de acá a diez años?
-Hay que distinguir entre la dolarización de ahorros y la de precios.En la Argentina, ahorramos en dólares por razones obvias: la inflación es volátil, el valor real de la moneda es errático y el dólar sube cuando los ingresos bajan, lo que lo hace un seguro natural. Pero, mientras en Israel y otros países inflacionarios de los setenta y ochenta la dolarización financiera fue combatida con políticas de estabilización y con opciones como las unidades indexadas, en la Argentina en los noventa se la promovió como política de Estado, en los 2000 se destruyó el único instrumento alternativo en pesos, el CER, mediante la manipulación de la inflación, y en 2016 se pusieron a competir tres unidades indexadas (el CER, la UVA y la UVI) y ninguna terminó de consolidarse. Lo que suele plantearse como un problema cultural tiene raíces económicas. Si logramos contener la inflación sin atrasar el tipo de cambio, la unidad indexada y luego el peso deberían recuperar terreno.
-¿Qué modelo económico considera el más viable para la Argentina de 2030?
-Esa pregunta presume que uno entra a una modelería, con estantes que exhiben diferentes modelos y talles de "modelos", y elige el que mejor le viene en función del peso, la edad y la ocasión. En la práctica, hay varias opciones para cada uno de los problemas del desarrollo, pero sobre todo es necesario un trabajo de customización al contexto local. Por ejemplo, la flotación es efectiva si el sistema financiero no está dolarizado, el impulso fiscal sirve cuando el país cuenta con financiamiento externo y la promoción de actividades es útil cuando está orientada a ganar competitividad. En políticas públicas, la adaptación, la calibración y el timing son críticos.
-¿Qué sectores ve con más potencial para el país del futuro?
-Los sectores con mayor potencial son aquellos que tienen capacidad de ser exportadores o de competir sin protección con los importados. Dejando de lado el campo, que es el sector más moderno y competitivo del país, y la energía, que tiene mucho para crecer, pero aún responde a un esquema subsidiado, me vienen a la mente actividades y pequeñas producciones asociadas al turismo, algunos productos agroindustriales que podrían imitar el recorrido de agregación de valor del vino.
-Esos son imaginables, pero ¿hay algún sector que ni siquiera está en el radar y que puede despegar en una década?
-Sí, hay algunos sectores de la economía del conocimiento que aún no han dado todo su potencial (las exportaciones de este sector están relativamente estables en los últimos años). Y luego están los sectores incipientes o que aún no existen: hay un gran stock de conocimiento científico de gran calidad, en ciencias de la vida, física e informática, a la espera de la vinculación tecnológica que lo vuelva productivo. Y hay algunos pocos ejemplos exitosos de fondos y aceleradoras privadas que prueban que es posible. La Argentina tiene ventajas en salud y educación que hoy no aprovecha. Ningún país grande se salva con un sector; por suerte acá la lista es larga.
-¿Cuántas chances tiene el país de subirse a la industria 4.0?
-En el futuro, las chances de subirnos a esa ola son altas. La industria argentina es heterogénea y sufre de cierto enanismo en el sentido de que hay muchas empresas pequeñas de baja productividad y escasean las empresas medianas y las grandes, pero hay una base de empresas modernas de alta productividad que podrían integrarse a una plataforma 4.0, siempre que la logística y la conectividad lo permitan.
¿Cómo imagina a esa industria 4.0 en la Argentina de 2030?
-Si es difícil predecir el futuro en economías desarrolladas estables, más lo es en países con crisis quinquenales que distorsionan los precios relativos y los incentivos de inversión. Con esta salvedad, a futuro imagino una profundización de la heterogeneidad de nuestra industria, con un sector moderno que crece con incorporación de tecnología y poca generación de empleo, y otro de baja productividad, intensivo en trabajo, protegido o implícitamente subsidiado por el fisco por su rol de amortiguador laboral. La Argentina tiene un déficit de creación de empleo que ninguna política de desarrollo productivo puede soslayar.
-Lo llevo al terreno laboral. ¿Cómo se podrá atacar el desempleo en un mundo en el que más de la mitad de los trabajos que hoy se conocen desaparecerán?
-Acá hay que hacer algunas salvedades. Primero, no son las ocupaciones las que dejarán de existir, sino algunas tareas que las componen: todos seremos parcialmente automatizados, pero en muchos casos seguiremos al mando. Segundo, se crearán nuevas ocupaciones, y el efecto neto sobre la demanda de horas de trabajo está por verse. Lo que sí representa un desafío es el desplazamiento de la demanda laboral: algunas habilidades se demandarán menos y otras más, y las habilidades no son inmediatamente transferibles, es decir, el trabajador que pierde su empleo en una actividad no necesariamente tiene lo que hace falta para conseguir uno nuevo en otra actividad. El peligro es enfrentar bolsones de desempleo y pobreza, aun cuando haya empresas que no logren satisfacer su demanda de trabajo.
-Por eso, el gran desafío será cómo resolver la problemática de aquellas personas mayores que no puedan ser reubicadas. ¿Qué sugiere usted?
-La respuesta a este problema no es sencilla, ya que no es fácil reconvertir a trabajadores adultos con una larga experiencia intransferible en una actividad en declinación. Por eso, lo mejor es combinar: por un lado, la formación profesional para recapacitarlos; por el otro, políticas que incorporen la creación de empleo como un objetivo, por ejemplo, la promoción de empresas con capacidad en crecimiento; o subsidios transitorios a los nuevos empleos o a la mudanza de trabajadores en vez de subsidiar los viejos empleos.En el CEPE, el centro que dirijo en la Universidad Torcuato Di Tella, hicimos el año pasado un metaanálisis de todas estas políticas para distinguir cuáles sirven y cuáles no, y elaboramos una suerte de manual de uso. Ninguna de ellas es la panacea contra el desplazamiento laboral; por eso hay que probarlas todas, y hay que calibrarlas bien.En el análisis que hicimos en el CEPE, nos basamos en experiencias prácticas recientes en todo el mundo.
-Siempre se habla en la Argentina de un acuerdo general, al estilo Pacto de la Moncloa, pero nunca se concreta. ¿Lo ve posible en la próxima década?
- El Pacto de la Moncloa no fue la firma de un plan económico, sino el tratado de paz de una sociedad polarizada por la guerra civil y la tiranía de Franco. Nunca nos vamos a poner de acuerdo en las políticas, entre otras cosas porque el político precisa distinguirse para competir. Pero sí creo que es esencial ese tratado, una suerte de reconocimiento de que el desarrollo es un ejercicio de cooperación y de que ninguna de las reformas pendientes, ni la coordinación de expectativas imprescindible para estabilizar, invertir, innovar y crecer, serán posibles si no encontramos un espacio en común donde negociar nuestras disidencias.
-¿Cómo imagina la economía argentina en 2030?
-El problema de la prospectiva es que suele ser una extensión del presente porque, por definición, cuesta imaginar lo disruptivo. Así, diría que no es improbable que la Argentina de 2030 siga como hoy, con crecimiento modesto o nulo, mala distribución y baja movilidad social, debatiendo las causas del subdesarrollo y la falta de dólares. Pero, como ya dije, pienso que el país está para mucho más y que las sociedades aprenden. Creo que están dadas las condiciones para discutir cambios profundos de manera constructiva y que la sociedad entienda esto mejor que muchos políticos que se han quedado a la zaga de su tiempo. Hay una Argentina posible de crecimiento e integración, donde el horizonte se alargue y los incentivos sean a estudiar e invertir en la economía real, donde se vean los frutos de las reformas que deberían iniciarse en 2020. Un país con crecimiento previsible y pausado que no deje a nadie afuera. No es un destino, sino un camino, un ejercicio de negociación y reforma permanente.
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* Es decano de la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT). Es ingeniero civil por la Universidad de Buenos Aires y doctor en Economía por la Universidad de Pensilvania

Tres propuestas
Innovación. Crear una agencia nacional de innovación que supla la vinculación tecnológica hoy ausente
Formación profesional. Instalar un instituto de formación profesional para los trabajadores más expuestos a los cambios laborales
Nuevo régimen. Instrumentar un régimen del trabajador independiente, basado en el actual monotributo, pero más amplio
C. M.

UNIVERSIDAD DEL CEMA, CICLO DE SEMINARIOS DE EDUCACIÓN





[ Versión web ]
Universidad del CEMA
CICLO DE SEMINARIOS DE EDUCACIÓN


Miércoles 5 de junio, 12:30 h.
Todos decimos que lo más importante es la educación. Pero, ¿por qué no avanzamos?
Héctor Masoero
En general todos coincidimos en la Argentina que lo más importante es la educación. Pero luego no avanzamos ¿Por qué?
¿Qué significa que lo más importante es la educación? Algunos asociamos educación a desarrollo económico, a mayor productividad, a generación de riqueza, a mejores empleos, a mayor nivel de calidad de vida. Esto se da por dos caminos: (a) La formación de personas con las competencias necesarias para insertarse en el mundo productivo y aportar valor para competir internamente y en el mundo. (b) La generación de nuevo conocimiento que luego impacta en la economía. Aquí el actor principal del sistema educativo es la Universidad, que no sólo transmite, sino que también debe producir nuevo conocimiento. Pero no basta con generar nuevo conocimiento: hay que vincularlo luego con el Estado y los ámbitos productivos. De lo contrario, no tiene impacto en el desarrollo. Otros asocian educación a desarrollo humano. Más allá del impacto económico, la educación tiene un impacto en el desarrollo de las personas. Las hace más dignas, más libres, más autónomas.
¿Por qué no avanzamos? Ponemos más recursos, pero no mejoramos en calidad. Tenemos problemas de gestión de los recursos, dada una adecuación incorrecta de medios afines. Tenemos “vicios académicos”, propios del sistema educativo (que impiden la transformación al perpetuar prácticas que perjudican al sistema educativo). Es imprescindible adecuar medios a fines de manera racional, escuchando las voces del sistema educativo. Es necesario instalar incentivos, pero también dar autonomía.
Si todos estamos de acuerdo en que la solución es la educación, entonces prioricémosla. Si lo logramos, podemos dar un salto como país en el marco de un contexto global signado por la economía y la sociedad del conocimiento. La educación está en el centro de la discusión sobre el futuro que queremos. ¿Le vamos a dar la importancia que “todos” decimos que tiene? ¿Vamos a acompañar el discurso con la acción?
Entrada libre y gratuita. Realice su inscripción aquí.
EXPOSITOR
Héctor Masoero: Contador Público, Universidad de Belgrano. Estudios de posgrado en Harvard Business School, Stanford University Graduate School of Business. Doctor Honoris Causa por la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES). Presidente del Consejo de Administración de la Fundación UADE. Académico de número de la Academia Nacional de Educación y de la Academia Nacional de Ciencias de la Empresa. Fue presidente de Harvard Club de Argentina y miembro del Comité Estratégico del T20 Argentina. Fundador del Observatorio para la Prevención del Narcotráfico (OPRENAR) y colabora con la Fundación Pastoral San Lucas. Es miembro del Consejo Asesor del Ministerio de Modernización de la Nación.
Duración aproximada: 90 minutos.


Sede Central
Av. Córdoba 374 - CABA

www.ucema.edu.ar/conferencias

conferencias@ucema.edu.ar
(011) 6314-3000

90 minutos.

Ciclo de Seminarios | Universidad del CEMA
Av. Córdoba 374, (C1054AAP) Ciudad de Buenos Aires, Argentina
Tel.: (54-11) 6314-3000
© UCEMA | Universidad del CEMA


HISTORIAS VERDADERAS,


Idioma y clima difícil, razones por las que hay pocos argentinos en Rusia
Son apenas 300, según la embajada argentina en Moscú; en cambio, se estima que unos 350.000 inmigrantes de esa nación se instalaron en nuestro país
Argentinos y rusos juegan al bingo en el Parque Máximo Gorky, de Moscú
MOSCÚ.– Nicolás  llegó a Moscú cuando los argentinos que habían viajado al Mundial de Rusia comenzaban a replegarse. “Más de uno habrá creído que vine para alentar a la selección y me quedé sin pasaje de vuelta, pero no fue así”, bromea. Lo cierto es que hoy Nicolás es uno de los apenas 300 argentinos que viven en la Federación Rusa, según confirman en la embajada argentina en ese país.
“No es frecuente encontrarse con otros argentinos. Y los pocos que hay nos conocemos, nos juntamos y nos encargamos de abastecernos entre todos de yerba y dulce de leche”, cuenta Nicolás, de 26 años, nacido en Coronel Dorrego. ¿Qué lo llevó hasta las tierras de Lenin? “El amor y el tango”, sintetiza.
Aunque enseguida explica que el orden fue al revés. Cuando daba clases de tango en La Viruta, en Palermo, una tarde se cruzó con Alexandra  una rusa que bailaba casi tan bien como él. Los dos estaban en pareja, así que fue al año siguiente, cuando se volvieron a cruzar en la pista de baile y ambos estaban solos, y no tardaron en formar un tándem, en la milonga y en la vida. Cuando Alexandra, de 47 años, decidió volver a Moscú, donde vive su hija y da clases de tango, Nicolás no lo dudó. Sacó pasajes y decidió probar suerte. Hoy, a casi un año, está feliz. “Una hora de clase acá se cobra unos 100 dólares, y en Buenos Aires, con suerte 20 o 30”, resume.
Se le abrió un mundo de posibilidades porque los rusos aman el tango, y como hay tan pocos argentinos la pista quedaba casi libre para él. Se dedica a dar clases y espectáculos en distintos espacios de Moscú, en los que se arman milongas. Incluso lo invitan de la universidad a dar clases y allí va con su bandera argentina.
¿Por qué son tan pocos los argentinos en Rusia? Nicolás no sabe la respuesta. Pero imagina que el idioma es una gran barrera. Porque ni siquiera en Moscú saber inglés significa poder comunicarse. “Aquí se habla ruso o ruso”, bromea. “En ocasiones, podés sentirte muy incomunicado. La llamo a Alexandra a veces desde el supermercado para preguntarle cosas básicas. Si no la tuviera a ella, sería mucho más difícil todo”, dice.
Horacio Lazzari Mathieu, cónsul argentino en Rusia, confirma que los residentes argentinos matriculados son 324: de ellos, 234 viven en Moscú. En San Petersburgo, la capital cultural del país, son 15, y en el resto del país, apenas 51. En el número total se incluye a los argentinos que residen en países que pertenecieron a la Unión Soviética, como la república de Belarús, donde viven siete argentinos; la de Kazajstán, donde hay tres, y Kirguistán, con 14, donde no hay representación diplomática.
La ecuación es llamativa. En la Argentina se estima que hay unos
350.000 rusos. En cambio, en Rusia hay apenas unos 300 argentinos. ¿Por qué son tan pocos?
“Perfil migratorio de la Argentina”, es el último informe de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) sobre argentinos en el exterior. Es de 2012 y dice que son casi un millón: 971.698 personas. El 97% viven en 30 países, entre los que no figura Rusia. La lista la encabeza España, con casi 300.000, y sigue Estados Unidos. En Japón hay casi 4000, y en Filipinas, unos 800. En cambio, Rusia se inscribe entre los países del mundo donde viven menos argentinos.
Entre 1881 y 1914, unos 160.000 rusos llegaron a la Argentina. Fueron la cuarta migración más importante que recibió en esos años el país, después de los dos millones de italianos, los 1.400.000 españoles y los 170.000 franceses. Se estima que los nietos de esa migración rusa hoy se convirtieron en una diáspora de 350.000 personas.
El informe de la OIM señala que el 65% de los argentinos que viven hoy en España se instalaron después de 2000. ¿Por qué durante la última crisis los descendientes de esa nacionalidad no fueron a probar suerte a la tierra de sus abuelos? El idioma, el invierno crudo, la idiosincrasia y la distancia son las principales explicaciones.
En el consulado en Rusia los tienen censados por profesiones: hay 52 ingenieros, 41 estudiantes, 40 profesores, 24 religiosos, 19 médicos, 12 periodistas, ocho cocineros, ocho gerentes, dos veterinarios, seis arquitectos, en una larga y dispersa lista de ocupaciones y apenas un relacionista público.
Ese vendría a ser Daniel, que dejó Neuquén, donde trabajaba en la industria petrolera, para instalarse en Moscú hace nueve años. El recorrido fue más largo que eso. Cuando, en 2008, se quedó sin trabajo en la Argentina, una empresa brasileña lo contrató y envió a El Cairo. Allí, conoció a Elena, su actual mujer, que es rusa, que estaba de vacaciones en ese lugar. Cuando cayó el gobierno de ese país, lo trasladaron a Brasil y entonces le propuso matrimonio.
Pero ella no soportó el calor de Río de Janeiro y se volvió a Moscú para estudiar Medicina. Un tiempo después, Daniel consiguió que lo enviaran a Angola, donde podía viajar cada seis semanas. Otra crisis lo dejó sin trabajo y se mudó a Rusia, para siempre. A casi una década, recién ahora logra manejar más o menos el ruso, pero casi nada le resultó tan difícil en la vida. La primera vez que llegó a Moscú, el termómetro marcaba -20°C, pero con el tiempo terminó por habituarse. Trabaja en relaciones públicas y promociona eventos del mundo del deporte. Hace poco más de un mes visitó la Argentina, ya que trabaja en la promoción de la Copa América y del Mundial de rugby en Japón. Aprovechó para abastecerse de yerba y dulce de leche. Aunque con el tiempo descubrió que en un almacén ruso se vende yerba de Misiones: es el hijo de una mujer argentina que llegó hace tiempo y que se encarga de que en ese país nunca falte.
Una misión similar encara Andrés, de 43 años, porteño que vive en Rusia desde que tenía 12 años. Administra un “mate-inn bar” llamado La Reserva del Che. Organiza encuentros de argentinos y rusos para acercar la cultura de unos y otros. A los rusos les hace probar el mate y a los argentinos, el borsch, tradicional sopa de remolacha. Llegó a Moscú poco después de la caída de la Unión Soviética. El padre era descendiente de húngaros y su madre, de italianos. Pero en los 60 habían logrado ingresar en la universidad pública de Moscú. Cuando volvieron a la Argentina, durante el último gobierno militar, lo acusaron de activista soviético y lo detuvieron. Apenas recuperó la libertad, prometió irse del país.
Varios años después, cuando cayó la Unión Soviética, se mudaron a Moscú. Andrés habla con más acento ruso que porteño. Y dice que los rusos no le creen que no es local. Todos los años, visita a su familia: tíos y primos que viven en Misiones. En Rusia, se recibió de sociólogo y psicólogo social.
“Hay pocos argentinos porque el idioma es una gran barrera. Además, los descendientes de los rusos que migraron a principios del siglo XX sienten que el país que quedó después de la Unión Soviética no es la Rusia de sus abuelos. Los que migraron eran los rusos de la vieja escuela. Hasta la manera de hablar es distinta”, apunta.

E. H.

LECTURA RECOMENDADA,


Breve historia de la globalización, de Jürgen Osterhammel y Niels Petersson
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"Los libros de Osterhammel han transformado mi visión del mundo": la cita es promocional pero su impacto está sobre todo en el contenido de ese "mi". La enunciadora es Angela Merkel, quien invitó a Jürgen Osterhammel a dar un discurso en su festejo de los 60 años. El volumen que la había encantado es un trabajo de 2009 sobre la historia del siglo XIX, de nada menos que 1500 páginas, traducido al español en 2015 como La transformación del mundo.
Breve historia de la globalización. De 1500 a nuestros días es anterior (se publicó en alemán en 2003), está escrito en coautoría y, sí, es breve. Corresponde celebrar la traducción porque ayuda a completar la obra de un autor importante y pone a disposición un tratado accesible y riguroso para pensar el presente con perspectiva y matices.
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En Breve historia..., Osterhammel, profesor emérito en la Universidad de Constanza, da el marco y Niels P. Peterson, su coequiper, también alemán pero más joven, pone el énfasis en el comercio. Ambos tienen trabajos previos en cuestiones de colonización y descolonización, y una mirada sobre el mundo que incluye a China como actor de peso.
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No se debe hablar de una globalización sino de varias, dicen los autores. Por dos razones: porque la historia mundial conoció períodos de integración y de separaciones; y porque estos procesos deben estudiarse en múltiples dimensiones.
Un posfacio de 2018 revisa algunas discusiones y evalúa los cambios más importantes de los últimos quince años, revitalizando una obra rica, clara y compacta.

Breve historia de la globalización
Jürgen Osterhammel y Niels P. Petersson
Siglo XXI
Trad.: M. Fernández Polcuch
158 págs./ $ 480


A. M. V.

sábado, 1 de junio de 2019

PENSAMIENTOS,

YO TRABAJO POR UN PAÍS MEJOR. #YONOPARO
Defensores del cambio - Yo No Paro
Sacar al país adelante depende de todos nosotros.
Defensores del cambio - Yo No Paro Yo No Paro

Seminario de Prensa / De y por Silvina Pizarro





OPINIÓN


María Eugenia Estenssoro: "En 10 años la Argentina puede convertirse en el polo de empresas de base científica y tecnológica de América Latina"
Estenssoro: "La cuarta Revolución Industrial puede convertir a la Argentina en una protagonista relevante en América latina"
La disputa del poder global es por el conocimiento, asegura la exsenadora María Eugenia Estenssoro. Es por eso por lo que hoy están a un paso de una guerra comercial China y Estados Unidos, y es también el motivo por el que los países se convierten en líderes o quedan rezagados en el orden económico internacional. La Cuarta Revolución Industrial, en la que la robótica, la inteligencia artificial, la nanotecnología e internet de las cosas (IoT) -entre otros sistemas- cambian la forma de producir, recién está mostrando sus primeras consecuencias. Y si las naciones no se preparan para lo que se viene, entonces, su fuerza laboral será la primera perjudicada.
"Si se lo propone, la Argentina podría convertirse en 10 años en el polo de desarrollo de empresas de base científica y tecnológica de América Latina", dijo la coautora de Argentina innovadora, un libro donde propone la tesis del potencial del país como centro de innovación y donde estudia a los emprendedores tecnológicos que quieren "realizar el sueño de una nación innovadora y creativa, reconocida por su talento en el resto del mundo".
La propuesta de Estenssoro para el sector privado es dejar de pensar en maximizar ganancias todo el tiempo y abandonar ese modelo "extractivo" para armar uno donde se reinviertan las ganancias en pos de un desarrollo tecnológico y de los recursos humanos que permita a las compañías argentinas ir mucho más allá del mercado doméstico. Asegura que hoy es un tema difícil entre los empresarios argentinos, pero que las firmas que ocupan los primeros puestos en los rankings de crecimiento aplicaron esta estrategia a pesar de los vaivenes económicos del país.
-¿Cómo analiza el nivel de preparación del sector público para la economía del conocimiento?
-La Cuarta Revolución Industrial puede convertir a la Argentina en una protagonista relevante desde América Latina. El problema es que no hay ni hubo decisión política de avanzar en este sentido. El gobierno de Cristina Fernández de Kirchner destacó la relevancia de la inversión en ciencia y tecnología, y el de Mauricio Macri ha llevado a la mesa a los unicornios tecnológicos [las compañías cuya valuación de mercado supera los US$1000 millones], pero en realidad no hay una política integral. Hoy le damos a la economía del conocimiento la misma importancia que a la obra pública o que a Vaca Muerta . Sin dudas, el conjunto de yacimientos nos va a dar la energía fósil para lograr el autoabastecimiento, pero nuestro futuro no está ahí, porque el mundo está yendo hacia otro tipo de fuentes. En nuestro país, aún no se tomó la decisión de poner la ciencia y la innovación como centro de la estrategia donde converja con la educación, con las fuentes de trabajo y con el modelo exportador, entre otras cosas. Así como fuimos el granero del mundo, hoy podemos ser el polo de desarrollo tecnológico de la región.
-¿Y la del sector privado?
-Hoy tenemos un sector productivo con muchos tipos de compañías y, salvo algunas excepciones, la mayoría tiene una mirada muy endogámica reservada al mercado interno y con ideas de protección estatal. No tenemos una cultura empresarial que quiere salir a competir al mundo, y no estoy hablando de cuando el tipo de cambio favorece o de cuando el mercado interno se pone imposible, sino de una estrategia de crecimiento para ser firmas regionales y luego globales. En la economía que se viene, las oportunidades son grandes, pero las amenazas también. Y el cambio de paradigma necesario para poder aprovechar la transformación no puede ser algo cosmético ni un plan que solo incluya empresas líderes. Es importante que haya consenso entre dirigencia política, empresarial y sindical para ponernos de acuerdo ante los desafíos.
-Cuando hablamos de la economía del conocimiento, por los ejemplos que circulan, parece que solo se mencionara a aquellas empresas que no tienen activos físicos, como Facebook o Uber. ¿Qué lugar tienen las compañías manufactureras, que son grandes generadoras de empleo?
-El año pasado estuve en Rafaela, Santa Fe, donde hay una muy buena articulación entre el sector público y el privado. Conocí una empresa fabricante de válvulas, Basso, que ya estaba trabajando con el Instituto Nacional de Tecnología Industrial para hacer una transformación de su planta y poder hacer impresiones 3D. Ese es un caso de una compañía industrial que incorpora nuevas tecnologías. Hoy hay miles de posibilidades para estas empresas: desde la automatización hasta el control de variables con ayuda de sensores e internet de las cosas. A inicios de este año, se juntaron Emmanuel Macron [presidente de Francia] y Angela Merkel [canciller alemana]: estaban preocupados porque, de las 10 empresas líderes del mundo, había siete estadounidenses y ninguna europea, y eso que Alemania tiene una industria poderosísima. Su idea es hacer una estrategia para que la Unión Europea no quede rezagada. Si están preocupados los europeos, ¿nosotros qué deberíamos hacer?
-En la economía del conocimiento, para lo que antes se necesitaban tres puestos de trabajo hoy se necesita uno. ¿Cómo puede hacer la Argentina, un país donde uno de cada tres habitantes es pobre, para hacer este pasaje y que en la ecuación no se desestime la fuerza laboral actual?
-La Argentina no podrá ser una protagonista del siglo XXI con un 30% de la población por debajo de la línea de pobreza. La pobreza estructural del país va en aumento desde hace casi 30 años porque tenemos políticas de contención, pero no planeamos medidas que tengan que ver con una mejora cualitativa de la educación y la salud. Eso nos da como resultado una baja productividad y, en la actualidad, si no hay una buena cosecha, el país colapsa. Lograr una sociedad más integrada es fundamental.
-En este sentido, también hay una brecha tecnológica entre los distintos niveles socioeconómicos que podría complicar la fuerza laboral necesaria para girar hacia un modelo más basado en el conocimiento.
-Si como país querés tener una estrategia de ser una nación pujante, tenés que contar con las mejores escuelas donde estén los más pobres. Hoy la idea de que el trabajo y el esfuerzo es lo que nos va a sacar adelante casi no está presente en la cabeza de las personas. La mayoría de los chicos de los sectores bajos no termina la escuela; entonces, tampoco ve cómo mejora su situación laboral. Cuando yo estaba en la Legislatura de la Ciudad trabajé mucho para que hubiera jardines maternales con docentes al frente para chicos desde los 45 días hasta los tres años. ¿Por qué con educadoras? Porque, de ese modo, esa familia que deja los chicos va entrando en otro sistema cultural, en otro orden, en la cultura del esfuerzo y de la superación. La economía del conocimiento empieza con una educación de altísima calidad.
-Hace poco se aprobó la ley de economía del conocimiento. ¿Este tipo de incentivos son suficientes para el desarrollo de estas compañías?
-Es una señal positiva porque se están priorizando sectores como la biotecnología o la industria aeroespacial, por ejemplo. Pero, por otro lado, se está desfinanciando el sistema científico. Me parece que, así como no se tocan los planes sociales a pesar de la crisis porque hay que dar contención, hay ciertas cosas que no se pueden recortar porque en la innovación simplemente perdés el tren. Muchos científicos se van a ir afuera, así como sin la ley de economía del conocimiento seguramente se habrían ido muchas empresas: los emprendedores se ven ante una realidad tan hostil que eligen otros países para establecer sus negocios. En ese sentido, China tenía 1200 millones de pobres cuando dijo que empezaría en el camino de la inversión en ciencia y tecnología. Primero fueron la fábrica barata de Occidente y hoy le disputan a Estados Unidos el reinado por la innovación.
-¿Esta desinversión en ciencia y tecnología también tiene su correlato en el sector privado?
-Priorizar estratégicamente la ciencia y la tecnología es una deuda enorme que tiene la Argentina. En el sector farmacéutico es donde mejor se puede ver: tenemos una ley de patentes que no respeta los estándares internacionales para proteger a nuestros laboratorios, que muchas veces compran las patentes y no desarrollan productos propios. El país en general tiene poca tradición de patentes y siempre se piensa más en el mercado interno. Sin embargo, hoy hay ejemplos que demuestran que desde acá se puede y que hay un modelo que puede cambiar. La agricultura es potente a pesar de todos sus problemas porque hoy es un sector que compite con el mundo, que se aggiornó, que hizo una gran inversión en innovación tecnológica. No hemos visto lo mismo en el sector industrial y la Argentina fue perdiendo posiciones. Hasta este momento, entre empresarios y científicos ha habido un gran recelo. Por un lado, los científicos desconfían de investigar para el lucro de un privado; por otro lado, el sector privado se cuestiona qué puede inventar el sistema científico que aún no haya sido inventado. Hoy la innovación es muy dinámica: la economía del conocimiento y la ciencia son sistemas donde hay mucho lugar para la cooperación y, hasta el momento, no ha habido un aprovechamiento productivo de esto. Hay un camino que deben caminar todos, hasta el Gobierno, que tiene que pensar cómo reorientar parte de la investigación científica hacia donde tengamos ventajas competitivas, pero eso no significa desinvertir masivamente. La amenaza es muy grande: la decadencia que ya experimentamos se va a acentuar si no cambiamos la dinámica.
-¿Cuál es el principal cambio cultural que están haciendo las compañías para prepararse para esta Argentina innovadora?
-Lo más importante es saber que uno tiene que tener una mirada en la coyuntura, que acá es apremiante, pero también en el largo plazo. Una buena mirada es querer ser la mejor empresa del sector, ya sea en la ciudad, en el país o en la región. Sin embargo, acá siempre te quedás mirando la coyuntura en vez de invertir en recursos humanos, mejores productos y mejor tecnología. Hay una gran medianía donde se invierte poco en estas variables, y en realidad hay que tener esta capacidad de mirar con lentes bifocales. Las empresas que invirtieron ganancias en los años de vacas gordas con el fin de completar sus sistemas productivos luego fueron las más fortalecidas cuando vinieron momentos difíciles, pero esta mentalidad nos cuesta.
-¿Imagina, en diez años, un sector privado argentino mucho más integrado a cadenas de valor globales?
-La mirada de "vivir con lo nuestro" no va más en una economía global. Si hoy no invertís en capacitar a tu gente, cuando llega el momento no lo aprovechás. La Argentina tiene un modelo extractivo en su cultura empresarial, política y sindical: se trata de maximizar ganancias en todo momento sin reinvertir, lo que lleva al decrecimiento en algún momento. Hay otro modelo, más inclusivo, en el que se reinvierten las utilidades para crear grandes compañías regionales o globales, que se ve mucho en empresarios tecnológicos sub-50.
-¿Qué empresas o referentes del sector privado hoy están mirando esta Argentina innovadora que podría desarrollarse?
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-Hace poco se habló del nuevo unicornio, Auth0, una compañía dedicada a la ciberseguridad. Sin dudas, estas tecnologías informativas tienen una gran capacidad de crecer, así como las fintech [las compañías que mezclan finanzas con tecnología]. Es indudable que también crecerá todo lo que sea biotecnología y las industrias metalúrgicas modernizadas para el agro. La Argentina debería proponerse ser un país líder en energía más allá de las fuentes fósiles, pero para eso se necesita gran innovación tecnológica, como está haciendo YPF con el litio y las renovables. Ya que estamos en un año de elecciones, me gustaría ver que los candidatos a presidente y a gobernador también hablen de estos temas. Siempre hablamos de déficit, de recesión, de pobreza creciente; esas son las únicas discusiones que hemos tenido, y cada vez nos va peor. Ojalá que haya un consenso en que el paradigma que se viene es el conocimiento y que debe ser un ecosistema que involucre a todos los sectores, no solo un sistema en el que las compañías se vuelven más competitivas.
-A quienes están dentro del circuito de esta economía del conocimiento, o al menos en camino hacia este modelo como empleados o empleadores, ¿qué les recomendarías a nivel personal y profesional?
-Algo que yo he visto mucho en todos los emprendedores y todas las emprendedoras es que, si bien tienen un gran amor por lo que hacen por el país y hacerlo desde la Argentina los motiva, también tienen mucha conciencia de lo que pasa en el mundo. Muchos miran conferencias globales porstreaming porque lo ven como una forma de capacitarse y de saber lo que está ocurriendo en otras naciones. No se quedan con escuchar solo nuestro debate local, sino que abren la cabeza. Luego, creo que es muy útil una vocación de aprender, de estar abiertos, de saber trabajar en equipo. Porque uno puede ser muy talentoso, pero si es una persona difícil o refractaria, es complicado. Cuando hablamos de un "ecosistema innovador", es justamente lo contrario al "egosistema". Se trata de no estar tanto a la defensiva, sino de pensar de manera más colaborativa.
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* María Eugenia Estenssoro es periodista y política. Fue senadora de la Nación y legisladora porteña. Coescribió el libro Argentina innovadora, donde estudió a los emprendedores tecnológicos.

Tres propuestas
Reinvertir ganancias.Para Estenssoro, las compañías deberían dejar de pensar en maximizar ganancias todo el tiempo y pasar a un modelo en el que se reinvierte constantemente
Educar con calidad.Para que todos queden dentro del nuevo modelo económico, propone tener las mejores escuelas en los lugares donde están los más pobres
Tener una mirada estratégica.Nada de esto podrá lograrse si el Gobierno no impulsa la economía del conocimiento como prioridad, dice
S. T.