martes, 31 de marzo de 2020

MIEDO Y SOLIDARIDAD


De los temores más profundos al coraje de la solidaridad
Al ser invisible y viajar en el cuerpo del prójimo, el coronavirus activa un sentimiento de incertidumbre que despierta miedos hondos y atávicos
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Le tememos a lo desconocido. Es decir, a casi todo. Sabemos algo de la Tierra que habitamos y del tiempo que nos es dado pasar en ella. Más allá de los márgenes de ese tiempo, lo desconocemos todo. No sabemos de dónde venimos al nacer, si es que hay un antes, y no sabemos adónde iremos en caso de que haya un después. La inmensidad de lo desconocido, tal como esa oscuridad absoluta que no podíamos soportar de chicos, representa una amenaza, un riesgo. Sin embargo, el riesgo es una condición esencial de la existencia. Vivir es estar expuesto. Somos vulnerables. Aunque a veces, subidos a la suficiencia del poder tecnológico, lo olvidemos. De allí que los miedos, en sus distintas formas, sean algo así como una segunda naturaleza que aflora cada vez que algo externo a nosotros pone en jaque nuestra integridad o nuestra supervivencia. En estos días, la humanidad entera está recorrida al unísono por este sentimiento del que no habría por qué avergonzarse, pues bien encauzado, utilizado como parte del sistema defensivo (individual y de la especie, dos caras de una sola moneda), permite ofrecer una reacción lúcida ante la amenaza que se presenta.
Además de ser una emoción que se suele ocultar, acaso confundiéndola con la cobardía, el miedo puede llevar a la parálisis. También, a una reacción diametralmente opuesta. Las largas colas de changuitos repletos en los supermercados y las peleas desesperadas por quedarse con los paquetes de papel higiénico o los frascos de alcohol en gel, junto con la imagen de las góndolas vacías, se repitieron en decenas de países. En esos casos, quizá como un reflejo atávico, el miedo viró en pánico. Y, emancipado de la realidad, el pánico convocó el fantasma del apocalipsis y anuló así toda posibilidad de respuesta racional y efectiva.
Miedo y angustia no son lo mismo. Los filósofos Charlotte Casiraghi y Robert Maggiori establecen las diferencias: "Ambas están sostenidas por la inquietud, pero se diferencian por el carácter indeterminado de la amenaza en la angustia, cuya causa cuesta elucidar, porque nos demora en la reflexión de nuestros temores y deseos, mientras que el miedo enfrenta un peligro que juzgamos inminente, pues la amenaza es clara y real, aunque incierto su resultado", escriben en Archipiélago de pasiones. El virus que mantiene en vilo al mundo es tan claro como real, especialmente para los de mayor edad, pues su contagio en estos casos puede resultar letal. Pero también, al ser invisible y viajar de incógnito en el cuerpo del prójimo, al propagarse en una pandemia silenciosa de alcances todavía desconocidos, activa en la gente un sentimiento de incertidumbre que provoca un temor más indeterminado y corrosivo.
Ese desasosiego por la fisonomía inasible del mal, y el miedo que despierta su avance, viajan también a través del sistema mediático de la Web, con las redes sociales al rojo. La necesidad de dar cifra y rostro a la amenaza mediante relatos y versiones particulares, autorizadas o no, provoca una suerte de gran catarsis colectiva que busca, precisamente, conjurar el miedo. Sin embargo, el ida y vuelta que la gente establece desde las redes con las noticias e historias que publica la prensa se convierte al mismo tiempo en una usina de temores que, en lugar de esclarecer, muchas veces enturbia la realidad. La cultura digital no tolera el vacío. Hoy el vacío que dejan muchas preguntas que aún no tienen respuesta se llenan con rumores y conjeturas de imposible verificación, cuando no con fake news deliberadas. Así, la suma de "relatos" que se multiplican en progresión geométrica como un virus impactan ya no en el universo inmaterial y despersonalizado de la Web, sino en el orden real de nuestros propios cuerpos físicos, inoculándoles más miedo. Pero todo tiene otra cara: la velocidad a la que hoy viaja la información permite tener una dimensión de la pandemia en tiempo real, y en consecuencia los distintos gobiernos pueden tomar medidas de prevención con los últimos datos disponibles a nivel global y a la luz de la experiencia de otros países.
El virus viaja de una persona a la otra y eso despierta el miedo al otro. Ese temor natural se adivina en la incomodidad que se interpone en las relaciones presenciales cotidianas que, aunque restringidas por el distanciamiento, se mantienen por fuerza mayor. Sin embargo, que el virus se transmita como lo hace sugiere que todos somos un solo cuerpo o partes interdependientes de un solo cuerpo (incluso en el sentido más literal: globalización mediante, el hombre que come murciélagos en China los come por todos).
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 A causa de la pandemia, estas partes ahora tienen que tomar distancia, separarse, para evitar el contagio y la propagación del mal. Deben aprender a estar solas. En tiempos de conexión virtual, el virus nos obliga a estar desconectados en la dimensión real. Cuando la vida y el comportamiento humano se han automatizado mediante el frío compás que imponen los algoritmos, en una conexión mecánica y sin alma centrada en el consumo, el aislamiento forzado es una oportunidad para revalorizar la empatía y el calor de un abrazo real, ese que ahora falta. La otra cara: esa conexión virtual es también la que nos permite estar cerca de aquellos que queremos y están lejos; en días de cuarentena, además, ofrece la posibilidad de seguir adelante con nuestras tareas.
Hay otra causa profunda del miedo en estos días. Más allá de sus efectos concretos, el virus se ha transformado en la representación de aquello que más tememos: la muerte. Desconocemos ese gran misterio y solemos darle la espalda, negándolo. La confianza ciega en el poder del hombre y su técnica ha despertado la absurda ambición de suprimirlo. Algunos lo intentan entregándose a los estímulos epidérmicos del presente instantáneo. Otros, como algunos gurúes de Silicon Valley, apuestan a la tecnología para alcanzar la fórmula de la inmortalidad, reactualizando así algunas lecturas del mito de Prometeo, aquel que quiso robar el fuego sagrado de los dioses para dárselo a los hombres. El virus le recuerda al hombre su condición vulnerable. También, que es parte, y no dueño o amo, de algo que está por encima de él y lo contiene acaso como una especie más, en un delicado equilibrio que no debe romper.
A los miedos se los vence enfrentándolos. Al mismo tiempo que hacemos lo posible para preservar y salvar vidas -desde quienes respetan el distanciamiento y la cuarentena hasta los trabajadores de la salud que luchan en la trinchera-, no está mal recordar nuestra condición de huéspedes del tiempo. Al menos, es un antídoto contra la soberbia y la megalomanía. "Un hombre libre no piensa en nada menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la vida", escribió Baruch Spinoza. En esta apuesta por la vida, que no niega la muerte, está la clave para afrontar ese miedo mayor.
Más acá, la buena información es otra clave para evitar el pánico. Conocer, dar rostro y contexto a las cosas, ayuda a mantener a raya los desvaríos de la imaginación. Lo hizo por ejemplo el periodista y científico Javier Sampedro en un análisis publicado en el diario El País, donde recordó una regla que manejan los epidemiólogos en esta crisis: 80/15/5. Puede que el 80% de la población se infecte, señala Sampedro. "Para ellos, la enfermedad será tan leve que ni le prestarán atención más allá de un ocasional paracetamol . El 15% puede sufrir neumonía y necesitará tratamiento. Y el otro 5% tendrá que ingresar en la unidad de cuidados intensivos". El objetivo es aplanar la curva de contagio para evitar que ese 5% necesite ayuda en un período concentrado de tiempo, lo que desbordaría el sistema sanitario. "Tu aislamiento no es para ti, sino para los demás. Pórtate bien", interpela Sampedro a todos.
Hay que evitar el contagio del pánico. Y al miedo, hay que responderle con el coraje de la solidaridad.

H. M. G.

EL HOMENAJE DE ALFREDO SÁBAT


La credibilidad necesaria para hacer brotar una carcajada con un dibujo
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Alfredo Sábat

Alos 8 años conocí a Astérix. En las páginas de la revista Anteojito anunciaron la colección “Nueva Historieta” y su primer lanzamiento, el libro La Hoz de Oro. Para entonces yo venía con tinta en las venas de fábrica y ya había arrancado con los libros de Mafalda y Tintín. Así que entré en la historia de unos antiguos galos que resistían al Imperio Romano con astucia, porrazos y mucho humor.
Con Astérix descubrí algo nuevo: que la carcajada podía venir de un dibujo rico, detallado, expresivo y hasta históricamente documentado. Los dibujos de Astérix y Obélix (a diferencia de los de Lucky Luke o Iznogud, otros lanzamientos de la misma colección que tenían el mismo guionista) nunca representaban un personaje equis en un lugar intercambiable: eran personajes creíbles en un sitio específico. Era, por ejemplo, Gracus Pleindastus, igualito a charles Laughton. Era Roma, con sus mármoles veteados. Era la antigua París, o Lutecia, con embotellamientos aún 50 años antes de cristo. Podemos discutir, como con el huevo o la gallina, qué vino primero en esa risa, si el texto de René Goscinny o el dibujo de Albert Uderzo. Juntos llegaron a niveles de genialidad que, con la desaparición de Goscinny, en 1977, ya no se repitieron. Pero la credibilidad necesaria para esa risa la dio Uderzo. A eso sumémosle un don para la narración visual que en muchos casos era el remate del chiste, o mejor todavía, el chiste en sí mismo.
Los estudiosos dirán cuánta influencia hay de Walt Disney o hasta de Patoruzú en esos dibujos (dicen que el grandote y panzón Obélix es una referencia a Upa, a quien Goscinny conoció en su juventud en Buenos Aires). Lo que es seguro es que muchos de sus cuadritos se grabaron en mi memoria y me influyen al día de hoy: cleopatra llegando de visita “informal” en una carroza con forma de esfinge arrastrada por cientos de esclavos, cada uno con su expresión individual (a todo esto, cuando los egipcios hablaban, sus globitos eran jeroglíficos). Astérix pegando un mamporro a un romano, cuyas sandalias quedaban en el piso mientras el romano entraba en órbita. Obélix comiéndose un jabalí entero como si fuera una galletita, dejando los huesos pelados en el plato.
Ayer nos enteramos de que Albert Uderzo, el autor de esos recuerdos, nos dejó a los 92 años. Ya lo sabemos: quien deja una obra vence a la muerte. Quien lo hace y además deja una carcajada, también vence a la tristeza.

AUTOR Y LECTURA RECOMENDADA,


El colgajo, de Philippe Lançon
Sobrevivir a la masacre de Charlie Hebdo
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"Nada de lo que te dicen es, cuando entras en un mundo en el que lo que es no puede en verdad decirse", afirma en El colgajo Philippe Lançon (Vanves, 1963), uno de los sobrevivientes del atentado contra el semanario satírico Charlie Hebdo , que se produjo en París el 7 de enero de 2015 y causó la muerte de doce personas. Esta frase enigmática intenta expresar la dificultad de narrar la terrible experiencia vivida. Su crónica, que se inicia con el ataque, abarca una larga y penosa estadía en el hospital. A lo largo de unos dos años el autor fue sometido a diecisiete operaciones para reconstruirle el maxilar inferior, que había sido despedazado.
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Pasó casi más de un mes antes de que pudiera volver a hablar y dos meses para que pudiera usar de nuevo la boca para comer. Hasta entonces se había alimentado exclusivamente por una sonda gástrica. Para la reconstrucción del maxilar le extrajeron un peroné y se lo insertaron en lo que quedaba de mandíbula, además de trasplantarle una vena, un trozo de arteria y piel de la pantorrilla.
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El escritor y periodista francés cuenta todo esto con un estoicismo prolijo y paciente. En su lenta recuperación lo acompañan la literatura, el cine y la música de Bach como bálsamos espirituales. El parte médico -junto con las sensaciones físicas y los vaivenes emocionales- ocupa el centro del relato, y las reflexiones socioculturales sobre el atentado son pocas ("No soporto los discursos antimusulmanes ni tampoco los discursos promusulmanes", se queja en un momento).

Habla del vínculo fundamental que establece con su cirujana y del apoyo afectivo de los suyos. Describe también los conflictos con una novia que tiene problemas de dinero y le dice ante su cara desfigurada: "¡Tus problemas solo son estéticos!".
El colgajo no busca transmitir el optimismo desmesurado de ciertos libros de autoayuda. La sobria entereza de Lançon contrasta con el voluntarismo vociferante de aquellos sobrevivientes "modélicos" -según su propia definición- que transforman "la superación de una desgracia en un show evangélico". Su testimonio es mucho más afín a la sensibilidad de Kafka, inspirador "de una forma de modestia y de sumisión irónica a la angustia". Precisamente de él cita, como si fuera una contraseña para iniciados, esta conclusión: "Solo en la muerte puede lo vivo conciliarse con la nostalgia".

EL COLGAJO
Por Philippe Lançon
Anagrama. Trad.: Juan De Sola. Anagrama. 443 páginas. $ 1950
F. F. 

lunes, 30 de marzo de 2020

EL ECONOMISTA....NOTICIAS,