jueves, 1 de julio de 2021
FAMILIAS....LA DIMENSIÓN EMOCIONAL
La familia contra las cuerdas, después de un año encerrados
Recién ahora empieza a verse en los hogares la magnitud que tienen las secuelas del encierro, la pérdida de escolaridad y la reconfiguración de los vínculos en el marco de la crisis sanitaria
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Luciano Román
Después de un año y medio en el que la vida se desacomodó por completo, las familias se enfrentan a traumas y desafíos desconocidos. Han tenido que lidiar con desajustes de todo tipo, y recién ahora empieza a hacerse el “recuento de daños”: millones de chicos con problemas de adaptación, trastornos alimentarios y alteraciones del sueño, cuadros de ansiedad y depresión, pérdida de concentración y desinterés por la escuela. La problemática adolescente se ha exacerbado y las energías de los padres están al límite. Pero los efectos son mucho más amplios, y no solo afectan a las familias con hijos chicos o adolescentes. Los abuelos también sufren las consecuencias del aislamiento y la alteración de sus rutinas sociales; las parejas solas lidian con las consecuencias de una convivencia sin válvulas de escape; los jóvenes se encuentran con las secuelas de la incertidumbre y la imposibilidad de hacer proyectos. Todo esto pone a las familias en una suerte de olla a presión, cuyos efectos y dimensiones son difíciles de medir. “Lo que empezamos a ver ahora -coinciden varios especialistas- es la punta de un iceberg” que emerge como un gigantesco daño social.
La estructura familiar sufre una suerte de estrés postraumático como consecuencia de la pandemia. En la casa repercuten -por supuesto- el miedo a enfermarse y el desasosiego de convivir con el virus, pero también la ansiedad que provocan la pérdida de ingresos, la falta de escolaridad, la desaparición de los pilares que ordenaban y equilibraban la rutina familiar y las dificultades para hacer planes y proyectar el futuro. Es un cóctel complejo que ya registra consecuencias: el año pasado, por primera vez, en la Ciudad de Buenos Aires hubo más divorcios que casamientos. Se acentúa, además, la conflictividad en la relación de padres e hijos, crecen las adicciones y las consultas a psicólogos y psiquiatras, así como el consumo de ansiolíticos y antidepresivos. Algunos especialistas ya hablan de una suerte de “bancarrota emocional” en millones de hogares de clase media. Es un fenómeno que pasa por debajo del radar de la política, pero que empiezan a registrar los estudios de opinión pública, donde se detectan altos índices de “cansancio psicológico”.
La estructura familiar sufre una suerte de estrés postraumático como consecuencia de la pandemia. En la casa repercuten -por supuesto- el miedo a enfermarse y el desasosiego de convivir con el virus, pero también la ansiedad que provocan la pérdida de ingresos, la falta de escolaridad, la desaparición de los pilares que ordenaban y equilibraban la rutina familiar y las dificultades para hacer planes y proyectar el futuro
“La verdad es que, después de un año y medio, sentimos que se nos ha venido el mundo abajo. Los chicos están desanimados y nosotros también. Sentís que la rutina familiar es como remar en dulce de leche”, dice Dolores Cassina (46), madre de dos adolescentes, de 17 y de 14, y de una nena de 8. “Yo tuve que cerrar el negocio (tenía con una socia una casa de fiestas infantiles); mi marido estuvo un año trabajando desde casa y tuvimos que convertir el comedor en su oficina. Mi suegra, que participaba mucho del día a día con los chicos, se tuvo que recluir y tuvo un bajón. La chica que me ayudaba en casa dejó de venir. Al principio nos pareció que podía ser una oportunidad para bajar un cambio, pero ahora vemos que todo se ha hecho muy pesado. Hay días que no doy más: hago de mamá, de maestra, de ama de casa, de psicóloga; de administradora de un negocio que no genera ingresos pero sí complicaciones. Siento que es agotador”.
Matías Muñoz: la importancia de no confinar los sentimientos
“A nosotros -cuenta Carolina del Barco- se nos rompió la organización y la estructura que teníamos armada”. Es abogada y madre de dos varones de 6 y 12 años. Casada con Emiliano Monteagudo, que trabaja como productor de seguros, cuenta que antes de la pandemia “teníamos una rutina que nos ordenaba; de repente nos encontramos todos en casa, sin horarios; todo se desajustó, desde las comidas hasta la hora de irnos a dormir. Además, vivimos en un departamento que, si bien es cómodo, no tiene espacios separados para trabajar, estudiar y jugar. Todo eso nos provocó mucho estrés”.
Las realidades de Dolores y Carolina describen la de millones de familias que, con particularidades y matices, se enfrentan a las consecuencias de haber estado un año encerrados, con un horizonte todavía incierto y con el peso de una segunda ola que ha tenido efectos devastadores en el plano sanitario. El cierre de escuelas durante todo el 2020 y parte de este primer semestre ha tenido un enorme impacto en los hogares: con el colegio, desapareció un eje central de la organización cotidiana. “La escuela es educación, pero también es rutina, es sistema, es un engranaje crucial en la vida de los chicos y en la convivencia familiar”, explican los especialistas. Al desaparecer ese eje vertebral, se desarma la organización hogareña. Los chicos se quedan sin horarios, sin un marco de referencia, sin una mirada y una evaluación externa. No se trata de algo abstracto: esos desajustes se pueden traducir en problemas de conducta, en sedentarismo, sobrepeso o desórdenes alimentarios, falta de motivación o desgano crónico.
Muchos padres encuentran en sus hijos síntomas de esas problemáticas, al mismo tiempo que sufren preocupaciones vinculadas a su situación laboral, a su propia salud y a la relación de pareja. Todo su entorno está teñido de angustia e incertidumbre. “Nos hemos quedado sin socialización y nos sentimos solos; tenemos menos libertad y más miedo”, dice la socióloga Lucrecia Arceguet.
“A todos hoy nos atraviesa la incertidumbre. Los chicos buscan certezas en nosotros, y no se las podemos dar”, dice Agueda Figueroa, una médica neonatóloga que es madre de tres adolescentes. En las conversaciones entre matrimonios de clase media, de entre los 40 y los 50 años, domina la angustia frente al futuro. “Los chicos han dejado de ver el horizonte; solo viven el presente, con objetivos muy cortos; nos miran a los padres, y se encuentran con la falta de confianza frente al porvenir. El país no ayuda a construir certezas y la pandemia profundizó esa sensación de precariedad”, dice Agueda. “En los hogares se están produciendo implosiones silenciosas cuyas consecuencias dejarán cicatrices queloides”, escribió en La Nación Guillermo Olivetto, especialista en consumo y sociedad. “La salud emocional está prácticamente quebrada. El conflicto, la tensión, el deterioro y la degradación son vectores que cruzan desde los vínculos afectivos hasta la capacidad de dormir una noche de corrido”, dice Olivetto.
“Mis hijos han perdido el entusiasmo. Estamos preocupados, porque viven encerrados en su cuarto. Antes se quejaban de que no podían salir, pero ahora parecen habituados al aislamiento. Se les alteró el ritmo del sueño; aunque están todo el día en casa, hablamos y nos vemos cada vez menos”. Amalia lo cuenta con inquietud y tristeza; también con una carga de impotencia. Sus hijos tienen 13 y 16. Por primera vez ha buscado ayuda psicológica, “porque ya no sé cómo ayudarlos. Siento, además, que yo tampoco tengo muchas fuerzas: el año pasado me separé; mi madre murió por Covid en enero y acabo de empezar un pequeño emprendimiento porque la empresa en la que trabajo se tuvo que achicar mucho en medio de la cuarentena”. La de Amalia no es una historia excepcional. Esa combinación de pérdidas, desafíos, angustias y preocupaciones traza el mapa emocional de muchas familias. Para las mujeres que son jefas de hogar, la sobrecarga acentúa la desigualdad de género. Pero aún en estructuras con roles más balanceados, la mujer lleva muchas veces la carga más pesada de la logística hogareña.
“Todo esto ha implicado un desgaste; uno está más cansado y la paciencia ya hace tiempo no es la misma. Y este desgaste se da en todas las relaciones: lo ves en la calle y en tu casa también. Estamos todo el tiempo amontonados: uno con zoom, el otro hace ruido, otro grita y uno necesita hablar por teléfono. Muchas veces es caótico. Todos estamos menos tolerantes y los chicos más sensibles”, dice Carolina del Barco.
En el caso de parejas separadas, se tuvieron que revisar a la fuerza los esquemas preestablecidos de los días con cada uno. Eso también ha potenciado desafíos y tensiones.
Cada familia es un mundo. Por supuesto que no se puede generalizar, y las situaciones son muy distintas según el contexto socio-económico, la escuela a la que vayan los chicos, las edades y personalidades que tengan, las características de la organización doméstica y la situación en la que cada uno se haya encontrado con la pandemia.
Una inmensa diferencia también tiene que ver con la mayor o menor proximidad que haya tenido cada familia con la tragedia sanitaria. Sin embargo, hay indicadores -tanto locales como internacionales- de que la familia, como estructura y organización, se enfrenta a un estrés y una presión de dimensiones desconocidas para varias generaciones. Hay que remontarse a periodos de guerra para encontrar otro tiempo en el que la vulnerabilidad y la muerte hayan estado tan cerca de los jóvenes. “Nunca nos habíamos sentido tan frágiles y vulnerables. Si lo miramos con optimismo, creo que nos ayudó a tomar conciencia de lo esencial: la importancia de los afectos, de la solidaridad, de la empatía. Creo que si hiciéramos una encuesta, confirmaríamos que lo que más extrañamos son los abrazos y los besos”, dice Irene Bianchi, actriz y profesora de inglés. De ese modo pone el acento en otro ingrediente de la angustia familiar: se limitaron los encuentros, las celebraciones, las reuniones. “Es el segundo cumpleaños que paso sola”, dice Teresa Augustoni, una docente jubilada a la que siempre le gustó festejarlo con su familia. La soledad y el distanciamiento también forman parte de la angustia colectiva que repercute en los hogares. “Pasé más de un año sin ver a mi hijo y a mis nietos”, cuenta Viviana. Ella vive en Neuquén y su único hijo en La Plata: “Nunca pensé que eso me iba a afectar tanto. Pero hoy siento que ese año me pesa como si fueran diez. Es una pérdida que siento en el alma y en el cuerpo; además sé que, a mi edad, es un tiempo que ya no podré recuperar”.
En muchos hogares se sufre, además, un deterioro de la salud y de la calidad de vida que excede a la pandemia. “Dejé de ir a los médicos; no pude operarme las cataratas ni renovar la licencia de conducir. Las limitaciones físicas se acentuaron. Mi marido, que hace unos años sufrió un ACV, tuvo que interrumpir la rehabilitación. Se acentuó la dependencia de nuestros hijos, hasta para sacar plata del cajero”, cuenta con franqueza María Marta Paunero (72). De ese modo describe otro fenómeno que ha sumado desafíos en los núcleos familiares. En muchos casos, se profundizó y se aceleró la falta de autonomía de las personas mayores. Los abuelos no solo tuvieron que dejar de ayudar con sus nietos sino que, ellos mismos, empezaron a necesitar, en forma prematura, una ayuda que antes no necesitaban. Muchas parejas de edad intermedia vieron cómo, al mismo tiempo, se desarticulaba la organización de su propio hogar y también el de sus padres, que perdían autonomía y espacios fundamentales de su vida. “Dejé de ir a yoga; suspendimos el encuentro de los jueves con mis amigas; mis nietos tuvieron que dejar de venir a comer y a dormir a casa y, durante meses, ni siquiera pude hacer mi caminata diaria. La verdad es que mi vida se desarmó”, cuenta Teresa Barrios (74). En la otra punta de la ansiedad y la depresión adolescente, están los cuadros de angustia y soledad de sus abuelos. En el medio hay una generación que trata de hacer equilibrio y que, al mismo tiempo, lidia con sus propias pérdidas.
Con las restricciones para el esparcimiento, la recreación y el deporte, también se han roto equilibrios de la organización familiar: “Para mí, el fútbol de los sábados era un cable a tierra. Me despejaba, me motivaba para el resto de la semana, me desconectaba… Ahora hace un año que no juego, y me doy cuenta de que eso afecta el ánimo en mi casa”, cuenta Pablo (41). Parecen datos secundarios, pero esos espacios de socialización y distracción son ingredientes esenciales de la vida familiar. “Con mi mujer teníamos, desde hace años, el hábito de ir los sábados al cine y a comer. Dejábamos a los chicos con los abuelos, y era un programa para todos. Al no poder hacerlo, perdimos un espacio fundamental para la pareja. Ahora intentamos retomarlo, pero nos pesa todo lo que ha pasado; ha sido un año muy duro, y no tenemos la misma energía”, confiesa Agustín (43), padre de León y Camila. Los chicos tienen 7 y 9 años. “Se perdieron un año clave de la escuela. Nosotros tratamos de ayudarlos con la lectura y las cuentas, pero la psicopedagoga nos explicó que a esa edad es fundamental que los chicos distingan el espacio de la escuela del de la casa. No es bueno que duerman, jueguen y aprendan en el mismo lugar. Este año se les mezcló todo, y ahora el más chico tiene una especie de fobia al colegio”. Esas fobias y regresiones también deben computarse en la problemática que desafía a las familias.
Distinguir espacios para cada cosa, no es solo una necesidad de los chicos. Para los adultos, las fronteras entre lo público y lo privado, entre lo laboral y lo familiar, lo social y lo íntimo, también son fundamentales. “Al principio, trabajar en casa me parecía ideal. Hoy extraño la oficina, el encuentro con mis compañeros, la charla personal. El teletrabajo te termina aislando. Además, a la larga invade el espacio familiar”, opina Rafael Guidi desde su experiencia personal. Es sabido: la transformación de la casa en oficina, aula y gimnasio ha multiplicado las demandas y exigencias en la logística hogareña.
“Al principio, trabajar en casa me parecía ideal. Hoy extraño la oficina, el encuentro con mis compañeros, la charla personal. El teletrabajo te termina aislando. Además, a la larga invade el espacio familiar”, opina Rafael Guidi
La vida de pareja también se ha visto afectada. Se debilitaron los espacios de intimidad y la rutina se volvió más plana, más monótona. Sin viajes, sin salidas de fines de semana ni reuniones sociales, muchas parejas descubren, por ejemplo, que hace un año y medio que no se visten para una salida nocturna. Frente al deterioro en la salud y en la economía, ese parece un aspecto insignificante si se lo toma de manera aislada. Pero forma parte de ese entramado que ha incorporado una suerte de presión multidimensional sobre la esfera familiar.
“Muchas parejas se sienten asfixiadas; se ha estrechado el espacio de aire y respiración que necesitan todos los vínculos”, precisa el psicólogo Miguel Espeche. “Depende mucho del capital anímico y de los recursos simbólicos de cada uno, pero todos hemos tenido que enfrentar un combo difícil. No es inexorable una debacle, pero son situaciones muy desafiantes para las familias”, dice Espeche.
La tensión en los hogares ha disparado también los índices de violencia intrafamiliar en distintas escalas. Sin llegar a casos extremos, muchos especialistas advierten un aumento de la conflictividad en los vínculos de pareja y en el de padres e hijos. “Se acentúan la irritación, la impaciencia y la violencia explícita”, apunta Espeche. Destaca, además, que “el estado de ánimo de los chicos es un espejo del de sus padres. Con padres ansiosos y alterados, se arma un espiral complejo”.
Cuesta dimensionar los efectos a largo plazo. Tenemos cuantificada la tragedia sanitaria, pero es difícil medir el impacto emocional y psicológico de algo que ha alterado nuestras vidas. A diferencia de otras crisis, esta parece combinar ingredientes desconocidos. Sin embargo, en los mismos testimonios que describen un mapa de angustias, preocupaciones y pérdidas, aparece la esperanza. Dolores Cassina lo dice de este modo: “Creo que, a pesar de todo, quizá salgamos fortalecidos. Hemos sufrido mucho, pero también hemos sobrevivido. Y hemos comprobado que el amor de la familia, siempre te ayuda a sobreponerte”.
Con la colaboración de Silvina Vitale
Cuesta dimensionar los efectos a largo plazo. Tenemos cuantificada la tragedia sanitaria, pero es difícil medir el impacto emocional y psicológico de algo que ha alterado nuestras vidas. A diferencia de otras crisis, esta parece combinar ingredientes desconocidos. Sin embargo, en los mismos testimonios que describen un mapa de angustias, preocupaciones y pérdidas, aparece la esperanza. Dolores Cassina lo dice de este modo: “Creo que, a pesar de todo, quizá salgamos fortalecidos. Hemos sufrido mucho, pero también hemos sobrevivido. Y hemos comprobado que el amor de la familia, siempre te ayuda a sobreponerte”.
Con la colaboración de Silvina Vitale
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PROBLEMAS DE ALIMENTACIÓN EN PANDEMIA
Encierro y redes: los nuevos disparadores de trastornos alimentarios en los chicos
Los especialistas advierten que hubo una suba de consultas por este tipo de desórdenes e incluso, de internaciones; la desorganización de la rutina familiar, la mayor exposición a las pantallas y la suspensión de la presencialidad impulsaron la tendencia
E. H.
Las redes tienen un rol fuerte en la construcción de la identidad de los chicos
Como ocurrió en muchos hogares, los hábitos de la familia de Roma, de 14 años, quedaron alterados por la pandemia. La hora del almuerzo, antes no existía, porque nadie comía en casa. Por los horarios cruzados y por los Zoom, la madre optó por dejar un buffet de opciones en la mesada para que cada uno coma en su horario y lave su plato. Por eso, pasaron varios meses hasta que la familia descubrió por lo que estaba pasando Roma. A veces, su almuerzo era un tomate cherry, dos rodajas de pepino y un vaso de agua. Y eso era todo lo que comía al día, frente a la computadora, en su cuarto. Otros días, sucedían los atracones. Podían ser diez alfajores o una docena de empanadas. Y después la culpa, y la compulsión por salir a entrenar. Los buzos enormes le sirvieron por un tiempo para disimular. Un día, su madre entró a su habitación y la vio en corpiño. Los brazos eran palitos y las costillas, pentagramas. Cerró la puerta y al día siguiente la llevó al pediatra. Había bajado siete kilos. Y lo peor: se veía gorda. El medico dijo “anorexia severa”. Estuvo internada por dos semanas en una clínica y ahora sigue un tratamiento ambulatorio, en un centro de día. Tantos meses de encierro, lejos del colegio y de sus amigos, viéndose casi exclusivamente por las pantallas habían dejado su huella.
Las redes tienen un rol fuerte en la construcción de la identidad de los chicosComo ocurrió en muchos hogares, los hábitos de la familia de Roma, de 14 años, quedaron alterados por la pandemia. La hora del almuerzo, antes no existía, porque nadie comía en casa. Por los horarios cruzados y por los Zoom, la madre optó por dejar un buffet de opciones en la mesada para que cada uno coma en su horario y lave su plato. Por eso, pasaron varios meses hasta que la familia descubrió por lo que estaba pasando Roma. A veces, su almuerzo era un tomate cherry, dos rodajas de pepino y un vaso de agua. Y eso era todo lo que comía al día, frente a la computadora, en su cuarto. Otros días, sucedían los atracones. Podían ser diez alfajores o una docena de empanadas. Y después la culpa, y la compulsión por salir a entrenar. Los buzos enormes le sirvieron por un tiempo para disimular. Un día, su madre entró a su habitación y la vio en corpiño. Los brazos eran palitos y las costillas, pentagramas. Cerró la puerta y al día siguiente la llevó al pediatra. Había bajado siete kilos. Y lo peor: se veía gorda. El medico dijo “anorexia severa”. Estuvo internada por dos semanas en una clínica y ahora sigue un tratamiento ambulatorio, en un centro de día. Tantos meses de encierro, lejos del colegio y de sus amigos, viéndose casi exclusivamente por las pantallas habían dejado su huella.

Omar Tabacco, presidente de la SAP, establece una vinculación directa entre la suspensión de clases presenciales con la explosión de trastornos alimentarios. “Hizo al aumento. Cuando analizamos los casos vemos un factor recurrente: la falta de contención social. La escuela no solo alfabetiza. Es el espacio social del adolescente que trata de construir su identidad. Necesita del contacto entre pares. Estos trastornos se desarrollan con mayor frecuencia en chicos con personalidades depresivas, obsesivas o perfeccionistas. Pero cuando ellos pueden compartir esas emociones con pares, los afecta menos. Cuando las emociones no se comparten, explotan”, describe. Y agrega: “Nunca hubo tantas pacientes con anorexia internadas en las terapias”.
“Dejar de comer es un síntoma de ‘a esto no me puedo adaptar’. Los chicos cruzaron ese límite”, dice Mabel Bello, directora médica de la Asociación de Lucha contra la Bulimia y la Anorexia. Si antes de la pandemia recibían tres casos nuevos por semana, ahora son todos los días. De hecho, debieron adaptar su hospital de día para hacerlo presencial. Y allí cientos de adolescentes desayunan, almuerzan y meriendan y se conectan a clases virtuales de sus colegios desde allí. Otros centros optan por diferentes modalidades, que involucran a las familias y trabajan de forma virtual, pero todos enfatizan en la necesidad de trabajar interdisciplinariamente, en equipos que incluyen pediatras, psicólogos, psiquiatras y nutricionistas. Justamente porque la causa de estos trastornos nunca es una. E involucra a la familia y a los amigos en la recuperación.

“No cualquier chico puede desarrollar un trastorno de la conducta alimentaria. Tiene que haber dificultad en las herramientas psíquicas, tiene que haber un factor familiar y social que producen una distorsión de la imagen. Y durante la pandemia lo que ocurrió fue que la familia se desestructuró y la vida social se desarticuló”, explica la pediatra Alejandra Ariovich, una de las autoras del informe de la SAP, especialista en adolescencia y responsable de las internaciones por trastornos alimentarios en el Hospital Ricardo Gutiérrez. Allí también los casos se multiplicaron. La anorexia tiene una mayor incidencia en chicas de entre 10 y 14 años, durante la transformación corporal y la bulimia, entre los 29 y los 24 años. La vigorexia, que es el trastorno vinculado a una figura musculosa es más frecuente en varones, en función de los estereotipos sociales. Pero hay otros factores predisponentes, como crecer en un entorno donde se sobrevalore la imagen, y los padres sean demasiado exigentes o perfeccionistas.
“Sólo el 10% de las personas tienen una predisposición a desarrollar estos trastornos. La pandemia incrementó la angustia y la incertidumbre en una edad en la que se construye la identidad. Los casos que se activaron están relacionados con la angustia del encierro, al miedo al virus y al aumento de los conflictos intrafamiliares. Les faltó un grupo para poder manejar la angustia”, explica Bello.
“La pandemia ofreció un caldo de cultivo perfecto para que se desarrollaran los trastornos de la alimentación”, explica la pediatra Rut Vanesa Mariñas, médica del hospital de niños de La Plata Sor María Ludovica. “Incluso en las guardias empezamos a recibir muchas consultas. Y lamentablemente muchos llegaban de forma tardía, cuando la única opción es una internación”, explica la médica que también participó del reporte de la SAP. “Las redes sociales tuvieron un impacto muy grande en una edad en la que la construcción de la identidad se define en la relación con los pares. Al estar limitados en su vida social y escolar, se convirtieron en lo que mostraban en las redes. Y la obsesión por la imagen y la distorsión de la propia imagen se incrementó”, apunta.
Alteración
“Se alteró mucho el ritmo de la dinámica familiar por la virtualidad. Dentro de casa, cada uno tenía que tener un espacio para trabajar y estudiar y si no coincidían había que evitar interrumpirse. Y este ritmo facilitó el evitar las comidas comunes. Por otro lado, el hecho de estar el mediodía en casa hizo para algunos padres evidente algo que antes no veían. Se juntaron muchas cuestiones. Los chicos estuvieron conectados muchas horas a redes como Instagram o TikTok. Lo que ven ahí es exposición de figuras perfectas. Más que nunca se convirtieron en su avatar. Su imagen digital distorsionó su imagen corporal”, dice Marina Manzione, psicóloga especialista en adolescencia, que formó parte de Equipo Pionero, un grupo interdisciplinario que realizó un diagnóstico de la situación emocional de los adolescentes en cuarentena. “Hoy el 80% de mis pacientes llegan por trastornos de la alimentación. Antes eran el 30%”, completa.
Siempre tuvo muchos pacientes, pero nunca había tenido lista de espera, cuenta la psicóloga Alicia Alemán, especializada en trastornos de la alimentación, que forma parte del equipo del Centro de Atención y Prevención La Casita, en Belgrano. Su agenda de pacientes no se cierra hasta los sábados a las 20. “El tema de lo vincular impactó mucho en los adolescentes. Con la imposibilidad de salir, fueron condenados a cambiar su estilo de vida. Y eso se sostuvo en el tiempo y se transformó en desmotivación, aun los que tienen jornadas largas de educación virtual”, dice.
“La construcción de la vida social y escolar desde las pantallas implicó cambios. Por ejemplo, una exposición permanente a la propia imagen, durante las clases por Zoom. “Los papás deberíamos revisar nuestros estereotipos. Si criticamos los cuerpos de otros. Si tenemos una vara muy alta de exigencia. Todo eso condiciona la mirada de nuestros hijos sobre otros y sobre ellos mismos”, recomienda Alemán.
Detrás de la explosión de casos, indica la especialista, hay familias agotadas y debordadas por la nueva normalidad. “Ante este aumento de casos, es importante que lleguemos antes, tanto pediatras como padres. Que estemos atentos a los síntomas que pueden alertar sobre el comienzo de un trastorno y que no se demore la consulta”, apunta Tabacco.
Señales
Algunos de los síntomas de alerta son más conocidos:
Que los chicos eviten comidas u ocasiones donde haya comida
Que su alimentación sea a base de snacks.
Que coman únicamente cuando están solos
Que se pesen con demasiada frecuencia
Que eviten los espejos. O por el contrario, que se miren todo el tiempo.
Otros, menos conocidos, por ejemplo:
“Hay que estar atentos al entusiasmo del adolescente. Cuán motivados están para hacer lo que les gusta”, dice Matto.
También hay que acompañarlos en su vida digital, propone Manzione. Ver con ellos lo que siguen y ayudarlos a hacer una lectura crítica de los estereotipos de belleza que aparecen.
En ocasiones, cuestiones como contar las calorías o adoptar conductas de restricción alimentaria, que en sí pueden parecer sanas, como evitar aceites o frituras, incorporadas de forma obsesiva pueden ser un indicativo.
También hay que evaluar las pautas alimentarias de la familia, y el nivel de exigencia y demanda de perfección al que son sometidos los hijos.
“Prestemos atención a cómo construyen su propia imagen en redes. Quizás suben fotos, pero para encontrar una que les gusta se sacaron 100. Eso habla de una disconformidad”, apunta Alemán.
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AMIA CULTURA
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¡En Julio tenemos un concierto de lujo!


VÍCTOR HEREDIA presenta TODAVÍA CANTAMOS – 35 AÑOS
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CADA VEZ MÁS DUDAS
Una medida que suma desconfianza
Diego Cabot
El avance arrollador del Estado como gran actor y gestor, ya no solo de la economía, sino del mundo de los negocios y hasta de la salud y la libertad de los argentinos, está a punto de dar otro paso más. Se trata de la estatización de los tres ramales ferroviarios de cargas. O mejor, de lo que quedó en manos privadas después de la rescisión contractual de los trenes que corrían por el Litoral y de las fallidas privatizaciones del Belgrano Cargas.
La medida estaba escrita desde hace tiempo, desde 2015. Entonces se aprobó una ley que le devolvía al Estado el manejo de las vías –antes estaban concesionadas a las operadoras– y la posibilidad de que cualquiera se suba y corra sus ferrocarriles a cambio de un peaje. El esquema conformó a todos, a tal punto que fue aprobado con acuerdo de los bloques opositores. Tanto que hasta los privados se guiñaron un ojo entre ellos: no era para menos, se sacaban de encima la inversión en infraestructura.
El punto es que ahora los tiempos cambiaron y la medida se encuadra entre otras arremetidas contra el sector privado y, puntualmente, en una nueva disputa contra el campo. A nadie escapa que cuando el esquema esté completo toda la carga del país, en este caso de cereales, estará sobre las ruedas que mueva Hugo Moyano con sus camiones o en manos de la Casa Rosada. Y algo más, los cereales que lleguen al Puerto de Rosario deberán salir a navegar por la Hidrovía del Paraná, ahora también manejada por un comité de gobernadores y el Estado nacional.
La pregunta es: ¿qué hay de malo en ese protagonismo público? Nada, en principio, salvo los antecedentes de corto y largo plazo donde las huestes de la burocracia estatal no se han mostrado eficientes, aunque sí ideológicas y corruptas.
Las concesiones tenían 30 años de plazo y aquel contrato original, al que las sucesivas crisis y los cambios del dólar convirtieron en poco más que un papiro, establecía 10 años más. Pero el Gobierno decidió no otorgar ese plazo y avanzar en una estatización.
“Hace tiempo que se hablaba del tema”, coincidieron tres fuentes consultadas, dos de ellas de las empresas concesionarias y un exfuncionario del área. La duda de varios es si los acuerdos con las áreas técnicas de los ministerios no terminarán por entregar formidables herramientas a los políticos. Solo el tiempo y el correr de los trenes darán una respuesta.
Estos interrogantes se inscriben en la oportunidad en que se produce la novedad y en los actores que tendrán que poner en práctica el guion.

Desde ahora, o por lo menos desde que se haga operativo el cambio, los hilos de un enorme porcentaje de la carga los tendrán los mismos que avanzaron contra Vicentin o los que amenazan con estatizar el sistema privado de salud. Serán quienes ya estatizaron todos los corredores viales o los que declararon servicio esencial a las telecomunicaciones para poner un pie encima de un sector que necesita inversiones como agua.
La ecuación no incomoda a nadie. Las empresas están fuera del financiamiento internacional como para poder mejorar la infraestructura ferroviaria; ¿qué mejor que desprenderse de semejante rubro en momentos en que no vendrán dólares prestados? Mientras, confían en el ala técnica del Gobierno e imploran que no se impongan los más ideologizados. Sacan cuentas y parten de un común denominador: a nadie le conviene que la cosecha no llegue a puerto.
Finalmente, por estas tierras, la ideología se rinde ante los dólares.
La ecuación no incomoda a nadie. Las empresas están fuera del financiamiento internacional como para poder mejorar la infraestructura ferroviaria; ¿qué mejor que desprenderse de semejante rubro en momentos en que no vendrán dólares prestados? Mientras, confían en el ala técnica del Gobierno e imploran que no se impongan los más ideologizados. Sacan cuentas y parten de un común denominador: a nadie le conviene que la cosecha no llegue a puerto.
Finalmente, por estas tierras, la ideología se rinde ante los dólares.
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CIENCIA FICCIÓN....MUY INTERESANTE
Ciencia ficción feminista. Desembarco en el mercado editorial
La adaptación a novela gráfica de El cuento de la criada y la reedición de La mano izquierda de la oscuridad de Ursula Le Guin, entre otras, son parte del fenómeno
N. S.
El cuento de la criada, en novela gráfica
La reedición de dos libros esenciales para el desarrollo del pensamiento feminista La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula Le Guin y El cuento de la criada, de Margaret Atwood, invita a revisar una vez más la productividad de la ciencia ficción para pensar ciertos aspectos del funcionamiento de la sociedad y, particularmente, de las cuestiones de género.
La reedición de dos libros esenciales para el desarrollo del pensamiento feminista La mano izquierda de la oscuridad, de Ursula Le Guin y El cuento de la criada, de Margaret Atwood, invita a revisar una vez más la productividad de la ciencia ficción para pensar ciertos aspectos del funcionamiento de la sociedad y, particularmente, de las cuestiones de género.


Algo similar sucedió con la publicación de la novela de Margaret Atwood, El cuento de la criada, que a mediados de los años ’80 volvió a poner la maternidad en el centro de la discusión. Esta temática que durante un tiempo había sido relegada por los feminismos antimaternalistas, vuelve con fuerza a través de un universo distópico donde las mujeres son forzadas a tener hijos para entregárselos a familias de clase alta que no pueden procrear. La potencia visual de esta historia impulsó la creación de una serie televisiva que ya va por la cuarta temporada y la novela gráfica que Salamandra Graphic publicó hace unos meses. Adaptada e ilustrada por la dibujante canadiense Renée Nault, la historia original se potencia con planos que refuerzan la idea de encierro y control social y una paleta cromática que genera climas y sensaciones diversas.

Por ese camino transita Banzai, el tercer libro de Julia Inés Mamone (Femimutancia).

En esta novela gráfica publicada por Feminismo Gráfico, Jules vuelca las experiencias personales que vivió en el proceso de transición hacia el género no binario pero filtrándolas con una estética visual extrañada que bordea el surrealismo. De ahí que los sueños extravagantes que tiene la protagonista o los vitrales de un café antiguo puedan decir más sobre sus procesos identitarios que el guión propiamente dicho.
Otra prueba de la vitalidad del género la encontramos en las últimas publicaciones de la editorial Ayarmanot, dirigida por la escritora de Laura Ponce. Con El fin de la era farmocopornográfica, de Paula Irupé Salmoiraghi y Siamesas, de María Belén Aguirre –ganador del premio del Fondo Nacional de las Artes 2020–, la autora de Cosmografía profunda apuesta a la poesía como modo privilegiado de ponerse en contacto con historias y sensaciones que se corren de la realidad de todos los días. “Creo en la necesidad de textos mutantes e híbridos, en recuperar la potencia metafórica del lenguaje para pensar de nuevo la realidad, en formas emancipadoras del decir para otro modo de habitar el mundo y de construir el futuro -explica Ponce-. El libro de poemas de Salmoiraghi es ciencia ficción clásica en su vertiente utópica, es decir, la que piensa modos deseables del futuro. Además, como es una utopía feminista, piensa un futuro no patriarcal, libre de capitalismo, la posibilidad para toda la humanidad de volver a empezar. La utopía es un no-lugar, pero nos habita bajo la forma del deseo. Este libro habla de ese deseo”, concluye.
Otra prueba de la vitalidad del género la encontramos en las últimas publicaciones de la editorial Ayarmanot, dirigida por la escritora de Laura Ponce. Con El fin de la era farmocopornográfica, de Paula Irupé Salmoiraghi y Siamesas, de María Belén Aguirre –ganador del premio del Fondo Nacional de las Artes 2020–, la autora de Cosmografía profunda apuesta a la poesía como modo privilegiado de ponerse en contacto con historias y sensaciones que se corren de la realidad de todos los días. “Creo en la necesidad de textos mutantes e híbridos, en recuperar la potencia metafórica del lenguaje para pensar de nuevo la realidad, en formas emancipadoras del decir para otro modo de habitar el mundo y de construir el futuro -explica Ponce-. El libro de poemas de Salmoiraghi es ciencia ficción clásica en su vertiente utópica, es decir, la que piensa modos deseables del futuro. Además, como es una utopía feminista, piensa un futuro no patriarcal, libre de capitalismo, la posibilidad para toda la humanidad de volver a empezar. La utopía es un no-lugar, pero nos habita bajo la forma del deseo. Este libro habla de ese deseo”, concluye.
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miércoles, 30 de junio de 2021
LOS COMICIOS DE MEDIO TIEMPO SON FUNDAMENTALES...PENSÁ ANTES DE VOTAR
Un peligro real que no debe ser relativizado
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Jorge Fernández Díaz
El poeta, que leía muy temprano los periódicos, se asomó a su balcón del hotel Grand Saint Michel y gritó a los cuatro vientos: “¡Se cayó el hombre!”. Y todos los exiliados que pernoctaban en los alrededores se removieron nerviosos, en la esperanza de que fuese su propio dictador y no otro el que acababa de ser depuesto. Esto acontecía a mediados de la década del 50 en París, ciudad a la que habían ido a parar ilustres asilados de diferentes dictaduras latinoamericanas: la crème de la crème de la izquierda literaria de la Patria Grande. El poeta que voceaba las buenas nuevas era Nicolás Guillén y quien evocó el momento fue García Márquez. En sus famosas Notas de prensa, Gabo exclama: “Éramos tantos los fugitivos de tantos patriarcas simultáneos”. Se refiere a Odría de Perú, Batista de Cuba, Somoza de Nicaragua, Rojas Pinilla de Colombia, Pérez Jiménez de Venezuela, Trujillo de República Dominicana. Y al general Perón de la Argentina, considerado todavía por aquellos escritores como un admirador del Eje y un fascista criollo a pesar de haber sido validado por las urnas. De la nefasta entronización de aquellas dictaduras militares y de la amarga experiencia de sus desterrados surge la “novela del tirano”, parte fundante de aquel “boom latinoamericano” que conmovió a la literatura universal.
Hay un anzuelo para cada campaña electoral, donde es necesario engañar perejiles y pescar votos en el centro
Las coordenadas de entonces eran muy claras, o así lo creíamos de jóvenes: la derecha se servía del partido militar e imponía a crueles y ridículos déspotas, y la izquierda y el progresismo se empeñaban en denunciarlos y en darles batalla cultural. Tras la caída del Muro de Berlín, el advenimiento de la globalización y el abandono de los Estados Unidos de sus siniestras intromisiones, los tiranos cambiaron de ropaje y de bando: por medio del voto, en saco y corbata, se introdujeron en las democracias, limaron el sistema republicano desde adentro e instalaron autocracias más o menos violentas con disfraces izquierdosos. Se supone que un progresista es un rebelde frente a los poderes avasallantes; alguien que no acepta autoritarismos y a quien repugnan el poder omnívoro y los crímenes ideológicos: encarcelamientos, torturas, censuras y persecuciones por el solo hecho de pensar distinto. Pero resulta que en estos infaustos tiempos el progresismo mira para otro lado mientras los verdugos de la hora toquen su melodía o, al menos, una canción pegadiza que traiga ecos nostálgicos de aquella revolución romantizada. El folclore antiyanqui y “emancipador”, que huele a oxidado y que además es puro verso en este nuevo mundo multipolar, se encuentra por encima de los derechos humanos. “Por algo será” era una funesta frase que se usaba para justificar durante el reinado de Videla las desapariciones y los tormentos a disidentes. Hoy esa misma modulación sirve para habilitar los asesinatos y las atrocidades de los gobiernos de Caracas y Managua, donde ya hay una “dictadura clásica”, como la denomina sin ambages un destinado a escribir la gran novela de los Ortega: el premio Cervantes Sergio Ramírez, exdirigente sandinista a quien nadie podría catalogar como derechista o conservador. La llamada “izquierda” se quedó en el siglo XX, se volvió profundamente inhumana y reaccionaria, o en todo caso desnudó su verdadera vocación cesarista: recordemos que aquellos antiguos ideales setentistas no propendían a la democracia, sino a las “dictaduras populares”, que salvo en Cuba nunca se habían llegado a consumar. Hoy esos “ideales”, reciclados por el nacionalpopulismo, ganan territorio y engendran monstruos y decadencias sin piso, y revelan la infame complicidad criminal de la grey progre. En el siglo XXI un nuevo boom latinoamericano acaso sería posible; solo que ya no se trataría de retratar literariamente la maldad de los generales, sino que debería abocarse esta vez a la perversión sin límite de estos flamantes autócratas. Con todos y cada uno de ellos se ha asociado el cuarto gobierno kirchnerista: por mi política exterior me reconoceréis.

Aunque, claro está, ya no se trata como parece ni siquiera de una pulseada heroica por el socialismo; apenas es una puja entre capitalismo de amigos y capitalismo abierto. El influyente hijo de Nicolás Maduro, pegando bruscamente la vuelta, lo aclara ahora mismo: las expropiaciones fueron una gran equivocación; se necesita de urgencia una ley para agilizar las inversiones en la república bolivariana. El ataque a la propiedad privada “no nos hace bien –dijo el vástago, que es diputado nacional–. Hay que reconocer los errores de cada uno”. Venezuela ni siquiera aparece en el mapa elaborado esta semana por MSCI. La Argentina pasó directamente de emergente a standalone: no estamos tan mal como Caracas, pero ya no somos ni siquiera “país frontera”, y compartimos el subsuelo con Zimbabwe y Botsuana.
Sugerir que los comicios de medio término no son cruciales es un acto de ingenuidad inusitada o una imperdonable irresponsabilidad civil
En ese contexto indiscutible que insólitamente muchos discuten, nuestra nación está siendo piloteada por una facción afín a la moda más inquietante: el kirchnerismo lleva a cabo un copamiento sistemático del Estado, busca una hegemonía y planea fundar un Nuevo Orden. Y ha logrado, aun con sus actuales limitaciones parlamentarias, avanzar sobre instituciones y derechos aprovechando el estado de excepción de la pandemia. Sugerir, por lo tanto, que los comicios de medio término no son cruciales implica un acto de ingenuidad inusitada o de una imperdonable irresponsabilidad civil. Y sin embargo, este discurso fofo va ganando consenso en la oposición y en cierta dirigencia del peronismo troncal, entente amigable y comunitaria donde el peligro de una radicalización es subestimado para desdramatizar la política y poder dedicarse a una tranquila conversación de socios. Una rosca. Las visiones coincidentes y el uso de algunos sondeos –insustanciales en un escenario volátil e imprevisible– les permiten crear un mueble mágico: esa mesa común e ilusoria lo arreglará todo. A condición, por supuesto, de que “los dos demonios” se jubilen. En el caso de Macri quizá no sea difícil; sus amigos solo deberán convencerlo de que ya no es competitivo. En el caso de la arquitecta egipcia, persuadirla de que debe pasar a cuarteles de invierno no parece una tarea fácil. En esa misma mesa utópica, Massa asegura que Máximo es mucho más moderado que su madre, nueva versión de “Cristina cansada”: hay un anzuelo para cada campaña electoral, donde es necesario engañar perejiles y pescar votos en el centro. En esa misma mesa se dice también que probablemente el oficialismo sufra un voto castigo y que la nueva generación justicialista comenzaría entonces a relevarlo. El problema es que los Kirchner siempre han logrado levantarse de esa clase de derrotas y que no lo han hecho bajando el copete, sino redoblando apuestas, y también que el peronismo ha demostrado las mismas premuras y eficacias que el general Alais en aquel alzamiento carapintada.
Sugerir que los comicios de medio término no son cruciales es un acto de ingenuidad inusitada o una imperdonable irresponsabilidad civil
En ese contexto indiscutible que insólitamente muchos discuten, nuestra nación está siendo piloteada por una facción afín a la moda más inquietante: el kirchnerismo lleva a cabo un copamiento sistemático del Estado, busca una hegemonía y planea fundar un Nuevo Orden. Y ha logrado, aun con sus actuales limitaciones parlamentarias, avanzar sobre instituciones y derechos aprovechando el estado de excepción de la pandemia. Sugerir, por lo tanto, que los comicios de medio término no son cruciales implica un acto de ingenuidad inusitada o de una imperdonable irresponsabilidad civil. Y sin embargo, este discurso fofo va ganando consenso en la oposición y en cierta dirigencia del peronismo troncal, entente amigable y comunitaria donde el peligro de una radicalización es subestimado para desdramatizar la política y poder dedicarse a una tranquila conversación de socios. Una rosca. Las visiones coincidentes y el uso de algunos sondeos –insustanciales en un escenario volátil e imprevisible– les permiten crear un mueble mágico: esa mesa común e ilusoria lo arreglará todo. A condición, por supuesto, de que “los dos demonios” se jubilen. En el caso de Macri quizá no sea difícil; sus amigos solo deberán convencerlo de que ya no es competitivo. En el caso de la arquitecta egipcia, persuadirla de que debe pasar a cuarteles de invierno no parece una tarea fácil. En esa misma mesa utópica, Massa asegura que Máximo es mucho más moderado que su madre, nueva versión de “Cristina cansada”: hay un anzuelo para cada campaña electoral, donde es necesario engañar perejiles y pescar votos en el centro. En esa misma mesa se dice también que probablemente el oficialismo sufra un voto castigo y que la nueva generación justicialista comenzaría entonces a relevarlo. El problema es que los Kirchner siempre han logrado levantarse de esa clase de derrotas y que no lo han hecho bajando el copete, sino redoblando apuestas, y también que el peronismo ha demostrado las mismas premuras y eficacias que el general Alais en aquel alzamiento carapintada.
Dentro de Pro crece una especie de “panperonismo”. Por la mala gestión de Alberto, la Pasionaria del Calafate debería ser pan comido, pero todos pueden terminar hechos pan rallado. Las elecciones son difíciles y si el kirchnerismo las gana puede aspirar a su ansiado punto de no retorno, ese accidente geográfico donde un señor feudal consagra un partido único y logra quedarse con todo y para siempre. Desconocer la voluntad y la ideología del “proyecto” y relativizar sus chances es hacerles un enorme favor a quienes tienen en agenda construir aquí el mismo modelo de neopopulismo autoritario que Bachelet y Ramírez denuncian y que nuestra cancillería protege.
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