Panorámica. Mensajes de un mundo que también es el nuestro
Saqqara, Egipto. Esta semana se realizó un impactante hallazgo arqueológico
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Diana Fernández Irusta
Fue una de las grandes noticias de la semana, y en la foto se ve a los periodistas, fotógrafos y camarógrafos que, entreverados con especialistas, arqueólogos e investigadores, se ocuparon de difundirla al mundo.
Se lo considera uno de los mayores hallazgos arqueológicos de Egipto, realizado en un lugar de por sí particular: en Saqqara, ciudad donde se encuentra la que quizás sea la primera pirámide del mundo, se encontraron 250 sarcófagos con momias bien conservadas y 150 estatuas de bronce.
Da vértigo observar la permanencia de los materiales, el trazo de los dibujos, el color definido de buena parte de los sarcófagos; el piso se mueve aún más al confirmar el desmesurado viaje temporal de cada una de esas piezas. Fueron realizadas en el 500 a. C, cinco siglo antes de nuestra era, en un lugar custodiado por un monumento –la pirámide escalonada de Zoser– levantado en el 2700 a.C.
Hablemos de vértigo. Incluso de baño de humildad. Dos milenios y medio antes de que nuestra era comenzara, había manos capaces de trazar diseños refinados, pinturas sofisticadas, proyectos arquitectónicos capaces de transformarse en monumentales construcciones con la mirada puesta en el cielo. De hecho, entre las estatuas descubiertas está la del arquitecto Imhotep, inventor de la construcción en piedra tallada e impulsor de lo que habría sido una revolución en los sistemas de construcción de aquel tiempo.
De hecho, entre las estatuas descubiertas está la del arquitecto Imhotep, inventor de la construcción en piedra tallada e impulsor de lo que habría sido una revolución en los sistemas de construcción de aquel tiempo
No eran muy distintos a nosotros ésos que esculpieron y delinearon tan bellamente inscripciones, ataúdes y esculturas.
Están del otro lado de un abismo de tiempo, pero también están aquí, próximos en su devoción estética, sus obras y artefactos, su descomunal necesidad de dejar siquiera una huella en un mundo para el que –lo sabían ellos, ¿lo sabremos nosotros?– no eran más que fugaces, diminutos y prescindibles granitos de arena.
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Apuntes al paso. La belleza está en la mirada
Entre las muchas cosas que nos pueden enseñar los hijos, está la posibilidad de abrir más plenamente los ojos al mundo
Diana Fernández Irusta
Era verano, él tendría unos cuatro años y habíamos ido de paseo a Temaikèn. Aunque había mucha gente en el sector de los murciélagos, no nos desanimamos y, pacientes, nos sumamos a la fila de gente que a paso lento iba ingresando al lugar. Al costado, detrás de los vidrios, asomaban las extrañas siluetas de esos seres como en siesta eterna, rigurosamente suspendidos boca abajo.
“¡Qué feos son!”, exclamó la mujer que avanzaba delante nuestro. Mi hijo me miró, sus ojazos más enormes que nunca. “No son feos”, me dijo, y en su voz no había ni protesta, ni indignación, ni asomo de intención de ir a discutir la cuestión con nadie. Simplemente, compartía conmigo una observación, quizás una sorpresa al descubrir que no todos veían el mundo como él lo estaba viendo. Fue eso: con tres palabras me hizo partícipe de su mirada, la dejó establecida y se dio vuelta tan tranquilo, la nariz otra vez contra el cristal, a seguir observando los enigmáticos capullos vivientes que pendían suspendidos en su escuálido bosquecito artificial.
Tengo a mi lado un libro que, como todos los de Editorial Leteo, es un primor de edición. Se llama Criaturas dispersas, lo escribió Natalia Gelós y viene acompañado de una suerte de postal que reproduce una de las imágenes que aparecen al interior del volumen. Es una serpiente enorme y tiene la magia de aquellos grabados con los que los viejos naturalistas intentaban trazar cierta cartografía del mundo.
Hay gente que les tiene pavor a las serpientes: no son seres con buena prensa. Algunos les tienen pánico; otros, repugnancia; la mayoría, quizás, rechazo.
En su libro, compuesto de pequeños textos y organizado en cuatro campos –Tierra, Agua, Aire, Fuego– Gelós va trazando su propio mapa del mundo. Mientras lo leía, recordé aquel día en Temaikèn junto a mi hijo. Entendí por qué ella le dedica el libro a su propio hijo, el que, dice, le recordó “cómo mirar”.
Por supuesto, en el apartado Tierra hay una historia que involucra a una serpiente. La pitón de Birmania. Entre las muchas opciones para describir su fuerza, aspecto o comportamiento, Gelós elige contarnos que sus movimientos tienen “la calidad de los buenos silencios” y que ella misma, la pitón, es “silenciosa, elegante, una joya que respira”.
Cuestión de mirada. Incluso algo más: la actitud de quien acepta al mundo tal cual es, pleno y terrible, bello y atroz.
Cuestión de mirada. Incluso algo más: la actitud de quien acepta al mundo tal cual es, pleno y terrible, bello y atroz. Porque la “joya que respira” puede elegir una presa, abrazarla hasta romperle los huesos y luego digerirla “con paciencia”; un ciervo supuestamente abatido puede destrozar, de una cornada certera, al cazador que se acerca desprevenido; un pájaro reventar al chocar con una superficie vidriada; dos leones rescatados de un circo y recuperados para la sabana, amanecer un día destrozados sobre esa misma tierra de promisión.
Como en el mundo, en los relatos que componen Criaturas dispersas la belleza y la crueldad, lo humano y lo animal se entreveran. Bicho de departamento, me dejo hipnotizar por esta cartografía en absoluto edulcorada. Me pregunto por mi mirada; por mi propio pánico a salir del mundo custodiado –la cajita de cristal– de la ciudad.
En la misma época en que me informó que la fealdad no es un atributo de los murciélagos, teníamos un pequeño ritual con mi hijo. Cuando hacía calor y la noche estaba medianamente clara, nos tirábamos los dos en el balcón, a mirar las estrellas. Debo aclarar: a mirar el cachito de cielo nocturno que asomaba por entre los otros edificios y allí, como quien pesca en un pozo, encontrar algún que otro puntito brillante.
Bicho de departamento, no pude evitar que él también lo fuera. No lo sabe, pero en cada planta nueva que traigo al balcón intento inventarme ese cielo abierto que no le pude dar, el verde que nunca estuvo. Y no pierdo la esperanza –nativas en maceta mediante– de que el próximo sea un verano con mariposas y devolverle, a mi modo, un poco de todo ese mundo que su mirada me brindó.
“¡Qué feos son!”, exclamó la mujer que avanzaba delante nuestro. Mi hijo me miró, sus ojazos más enormes que nunca. “No son feos”, me dijo, y en su voz no había ni protesta, ni indignación, ni asomo de intención de ir a discutir la cuestión con nadie. Simplemente, compartía conmigo una observación, quizás una sorpresa al descubrir que no todos veían el mundo como él lo estaba viendo. Fue eso: con tres palabras me hizo partícipe de su mirada, la dejó establecida y se dio vuelta tan tranquilo, la nariz otra vez contra el cristal, a seguir observando los enigmáticos capullos vivientes que pendían suspendidos en su escuálido bosquecito artificial.
Tengo a mi lado un libro que, como todos los de Editorial Leteo, es un primor de edición. Se llama Criaturas dispersas, lo escribió Natalia Gelós y viene acompañado de una suerte de postal que reproduce una de las imágenes que aparecen al interior del volumen. Es una serpiente enorme y tiene la magia de aquellos grabados con los que los viejos naturalistas intentaban trazar cierta cartografía del mundo.
Hay gente que les tiene pavor a las serpientes: no son seres con buena prensa. Algunos les tienen pánico; otros, repugnancia; la mayoría, quizás, rechazo.
En su libro, compuesto de pequeños textos y organizado en cuatro campos –Tierra, Agua, Aire, Fuego– Gelós va trazando su propio mapa del mundo. Mientras lo leía, recordé aquel día en Temaikèn junto a mi hijo. Entendí por qué ella le dedica el libro a su propio hijo, el que, dice, le recordó “cómo mirar”.
Por supuesto, en el apartado Tierra hay una historia que involucra a una serpiente. La pitón de Birmania. Entre las muchas opciones para describir su fuerza, aspecto o comportamiento, Gelós elige contarnos que sus movimientos tienen “la calidad de los buenos silencios” y que ella misma, la pitón, es “silenciosa, elegante, una joya que respira”.
Cuestión de mirada. Incluso algo más: la actitud de quien acepta al mundo tal cual es, pleno y terrible, bello y atroz.
Cuestión de mirada. Incluso algo más: la actitud de quien acepta al mundo tal cual es, pleno y terrible, bello y atroz. Porque la “joya que respira” puede elegir una presa, abrazarla hasta romperle los huesos y luego digerirla “con paciencia”; un ciervo supuestamente abatido puede destrozar, de una cornada certera, al cazador que se acerca desprevenido; un pájaro reventar al chocar con una superficie vidriada; dos leones rescatados de un circo y recuperados para la sabana, amanecer un día destrozados sobre esa misma tierra de promisión.
Como en el mundo, en los relatos que componen Criaturas dispersas la belleza y la crueldad, lo humano y lo animal se entreveran. Bicho de departamento, me dejo hipnotizar por esta cartografía en absoluto edulcorada. Me pregunto por mi mirada; por mi propio pánico a salir del mundo custodiado –la cajita de cristal– de la ciudad.
En la misma época en que me informó que la fealdad no es un atributo de los murciélagos, teníamos un pequeño ritual con mi hijo. Cuando hacía calor y la noche estaba medianamente clara, nos tirábamos los dos en el balcón, a mirar las estrellas. Debo aclarar: a mirar el cachito de cielo nocturno que asomaba por entre los otros edificios y allí, como quien pesca en un pozo, encontrar algún que otro puntito brillante.
Bicho de departamento, no pude evitar que él también lo fuera. No lo sabe, pero en cada planta nueva que traigo al balcón intento inventarme ese cielo abierto que no le pude dar, el verde que nunca estuvo. Y no pierdo la esperanza –nativas en maceta mediante– de que el próximo sea un verano con mariposas y devolverle, a mi modo, un poco de todo ese mundo que su mirada me brindó.
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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