Trampas, lo que los populismos heredaron de las dictaduras
Dictadores como Pinochet o Trujillo, populistas de derecha como Kaczynski u Orban, y de izquierda como Chávez o los Kirchner emplean engaños análogos
Marcelo Gioffré
Durante 1974 la embajada de Italia en Chile pasó a ser un refugio. Llegó a albergar a 250 perseguidos y debieron armar carpas en el gran parque de la casona. El 4 de noviembre de ese año, a la madrugada, los asilados que estaban en el jardín oyeron un ruido: desde la calle y por sobre el muro habían tirado un cuerpo dentro de la embajada. Se trataba de una joven estudiante de sociología: Lumi Videla. Había muerto en una sesión de tortura el día anterior, después de haber sido detenida por un comando de la DINA y haber estado desaparecida durante un mes y medio. Pero la sorpresa mayor llegó cuando los principales diarios chilenos pusieron el hecho en sus tapas, señalando que había habido una orgía entre los refugiados y que la chica había muerto como consecuencia del descontrol y las peleas. La diplomacia italiana aclaró que Lumi Videla no estaba asilada allí y que habían arrojado el cadáver, pero nadie le creyó. La opinión pública aceptó la versión de Pinochet. La dictadura buscaba escarmentar así a los italianos, por darles cobijo a los perseguidos, y modelar el imaginario colectivo.
Mario Vargas Llosa cuenta en La fiesta del Chivo la forma de operar del dictador Rafael Trujillo en República Dominicana: cuando querían deshacerse de alguna persona que estorbaba su auto fallaba súbitamente y la crónica luego lo definía como “accidente fatal”. La Argentina de los gobiernos militares pasó de antedatar un decreto para “legalizar” fusilamientos en los años 50 al siniestro sistema de las desapariciones forzadas y campos clandestinos de detención en los 70.
Todas estas bajezas calaron como una pedagogía secreta en los demagogos de izquierda y de derecha que hoy, en todo el mundo, acceden al poder mediante el voto. Son los hijos putativos de aquellos déspotas. No es raro que coincidan en enmascarar la realidad porque su origen es paritariamente espurio: aquellas dictaduras intrusaban el poder empleando las armas que la sociedad les había confiado, estos populismos engañan con placebos y sentimentalismo.
La periodista norteamericana Anne Applebaum cuenta en El ocaso de la democracia el caso de la familia Kurski en Polonia. Uno de los hermanos, Jaroslaw, era brillante: fue secretario de Lech Walesa y luego fundó un periódico muy exitoso; su hermano Jacek era opaco y operó contra Walesa porque no recibió el puesto que creía merecer. Pero al llegar al poder un demagogo de deNisman recha, Kaczynski, lo rescató de la oscuridad y lo designó director de la televisión pública. ¡Qué mejor que un resentido para ejecutar eficazmente bullying y linchamientos mediáticos! Pronto con Jacek Kurski la prensa oficial emprendió campañas difamatorias contra opositores. Durante meses acusaron de corrupción al alcalde de Gdansk, Pawel Adamowicz, hasta que el 13 de enero de 2019 un televidente, enfurecido por los argumentos que escuchaba, fue hasta un concierto benéfico donde estaba Adamowicz y le clavó un cuchillo en el pecho. Casos parejamente infames han ocurrido en la Hungría de Orban (que agita la xenofobia a pesar de que casi no hay extranjeros) y en la Rusia de Putin (donde periodistas y opositores aparecen misteriosamente envenenados).
En la campaña argentina para las elecciones de 2005, tres días antes de los comicios estalló una denuncia nacida del propio gobierno kirchnerista contra uno de los candidatos opositores, Enrique Olivera, acusándolo de tener cuentas no declaradas en el exterior. Días después Olivera pudo probar que se trataba de una patraña, pero ya era tarde. Otro caso curioso, por la misma época, fue el fugaz “secuestro” de un albañil llamado Luis Gerez, que reapareció tras un encendido discurso del presidente Néstor Kirchner en el que exigía su liberación. Tan raro fue el caso que la TV Pública, que nunca daba ninguna primicia, esa vez llegó antes que nadie al lugar de la liberación, lo que abrió paso a la verosímil sospecha de que el propio oficialismo estuvo involucrado en la doble maniobra (secuestro y reaparición) para capitalizar el éxito de un desenlace rápido y favorable. Lección uno de Maquiavelo. Y en 2007 comenzó la falsificación de las estadísticas públicas para desdibujar la inflación y estafar bonistas. Lo llamativo es que el jefe de Gabinete durante esos episodios era Alberto Fernández; una década después, ¿nadie se acordaba o se acordaron e hicieron la vista gorda?
Pero las dos simulaciones más escandalosas fueron los casos de y Maldonado. Con el malogrado fiscal intentaron fingir un suicidio, cuando todos los indicios y pruebas permitirían inferir que se trató de un asesinato perpetrado desde los ominosos sótanos de los servicios de inteligencia, conclusión a la que los jueces están llegando a pesar de los sucesivos obstáculos que trabaron la investigación. Sin que cause estupor, dos de los espías implicados en el crimen están hoy en el núcleo del poder. De modo inversamente proporcional, en el caso de Santiago Maldonado se urdió una imaginaria desaparición forzada por parte de la Gendarmería, con testigos falsos y periodistas militantes que exigían perentorias renuncias. Miles de ingenuas maestras empuñaban la foto emblemática del joven nómade, mientras coreaban su grito de guerra: “Macri basura vos la dictadura”. La verdad era más simple: se había ahogado solo, tal como lo probaron innumerables peritajes. Pero aún hoy los kirchneristas fetichizan a Maldonado –como lo hizo un escritor al inaugurar la Feria del Libro–, explotando la credulidad pública. Repiten la mentira para que sedimente. Tan desfondado está el listón moral que la última trampa institucional de Cristina Kirchner, desdoblando el bloque de senadores para quedarse con el miembro por la minoría en el Consejo de la Magistratura ya parece una minucia de carterista.
Lo relevante es seguir el pespunte, la ilación que une estos tres arquetipos aparentemente antagónicos y secretamente hermanados. Dictadores como Pinochet o Trujillo, populistas de derecha como Kaczynski u Orbán, y de izquierda como Chávez o los Kirchner, emplean engaños análogos.
Los populismos de derecha, que se presentan como la novedad que viene a barrer la corrupción y el derroche, ponen peligrosamente en entredicho la viabilidad del sistema y producen mitos de exclusión (llaman “ciencia” a sus opiniones y “burros” a los adversarios). No son más que el viejo conservadurismo que algunos jóvenes incautos rescatan de los tachos de basura: autoritarios y antiderechos. En estos aventureros la absolutización del libre mercado devieneunareligión(¿nollaman“comunistas” a los socialdemócratas?). Son, en verdad, iliberales. Los populistas de izquierda, como el kirchnerismo o el chavismo, lucran también con el hartazgo y la desesperación de la gente, pero abandonan la idea de autonomía individual y, siguiendo a Laclau y su cadena equivalencial, se concentran en reclamos sectarios. Demagogos de derecha e izquierda suelen ser personajes bufonescos, encantadores de serpientes cargados de promesas facilistas, cuyos inevitables fracasos serán después justificados con acusaciones a inciertos poderes internacionales, o directamente tapados con asesinatos y fraudes.
Las dictaduras militares, la derecha antisistema y las cantinflescas izquierdas latinoamericanas explotan los desencantos con la democracia liberal. Las tres se escurren por los pliegues del fastidio que provoca la lentitud de los progresos económicos, las tres abrevan en la usura de las simplificaciones, las tres ejercen el curanderismo político. Con matices, son todas variaciones del nacional-populismo. Del otro lado está el gran liberalismo que va de John Stuart Mill a John Rawls: sin trampas, institucionalista, con igualdad de oportunidades, alérgico a los gritones, poroso a la conversación pública. Rabia o argumentos, manosantas o constructores, esas son las desafiantes encrucijadas que plantea nuestro tiempo de hojarasca y furia.
Durante 1974 la embajada de Italia en Chile pasó a ser un refugio. Llegó a albergar a 250 perseguidos y debieron armar carpas en el gran parque de la casona. El 4 de noviembre de ese año, a la madrugada, los asilados que estaban en el jardín oyeron un ruido: desde la calle y por sobre el muro habían tirado un cuerpo dentro de la embajada. Se trataba de una joven estudiante de sociología: Lumi Videla. Había muerto en una sesión de tortura el día anterior, después de haber sido detenida por un comando de la DINA y haber estado desaparecida durante un mes y medio. Pero la sorpresa mayor llegó cuando los principales diarios chilenos pusieron el hecho en sus tapas, señalando que había habido una orgía entre los refugiados y que la chica había muerto como consecuencia del descontrol y las peleas. La diplomacia italiana aclaró que Lumi Videla no estaba asilada allí y que habían arrojado el cadáver, pero nadie le creyó. La opinión pública aceptó la versión de Pinochet. La dictadura buscaba escarmentar así a los italianos, por darles cobijo a los perseguidos, y modelar el imaginario colectivo.
Mario Vargas Llosa cuenta en La fiesta del Chivo la forma de operar del dictador Rafael Trujillo en República Dominicana: cuando querían deshacerse de alguna persona que estorbaba su auto fallaba súbitamente y la crónica luego lo definía como “accidente fatal”. La Argentina de los gobiernos militares pasó de antedatar un decreto para “legalizar” fusilamientos en los años 50 al siniestro sistema de las desapariciones forzadas y campos clandestinos de detención en los 70.
Todas estas bajezas calaron como una pedagogía secreta en los demagogos de izquierda y de derecha que hoy, en todo el mundo, acceden al poder mediante el voto. Son los hijos putativos de aquellos déspotas. No es raro que coincidan en enmascarar la realidad porque su origen es paritariamente espurio: aquellas dictaduras intrusaban el poder empleando las armas que la sociedad les había confiado, estos populismos engañan con placebos y sentimentalismo.
La periodista norteamericana Anne Applebaum cuenta en El ocaso de la democracia el caso de la familia Kurski en Polonia. Uno de los hermanos, Jaroslaw, era brillante: fue secretario de Lech Walesa y luego fundó un periódico muy exitoso; su hermano Jacek era opaco y operó contra Walesa porque no recibió el puesto que creía merecer. Pero al llegar al poder un demagogo de deNisman recha, Kaczynski, lo rescató de la oscuridad y lo designó director de la televisión pública. ¡Qué mejor que un resentido para ejecutar eficazmente bullying y linchamientos mediáticos! Pronto con Jacek Kurski la prensa oficial emprendió campañas difamatorias contra opositores. Durante meses acusaron de corrupción al alcalde de Gdansk, Pawel Adamowicz, hasta que el 13 de enero de 2019 un televidente, enfurecido por los argumentos que escuchaba, fue hasta un concierto benéfico donde estaba Adamowicz y le clavó un cuchillo en el pecho. Casos parejamente infames han ocurrido en la Hungría de Orban (que agita la xenofobia a pesar de que casi no hay extranjeros) y en la Rusia de Putin (donde periodistas y opositores aparecen misteriosamente envenenados).
En la campaña argentina para las elecciones de 2005, tres días antes de los comicios estalló una denuncia nacida del propio gobierno kirchnerista contra uno de los candidatos opositores, Enrique Olivera, acusándolo de tener cuentas no declaradas en el exterior. Días después Olivera pudo probar que se trataba de una patraña, pero ya era tarde. Otro caso curioso, por la misma época, fue el fugaz “secuestro” de un albañil llamado Luis Gerez, que reapareció tras un encendido discurso del presidente Néstor Kirchner en el que exigía su liberación. Tan raro fue el caso que la TV Pública, que nunca daba ninguna primicia, esa vez llegó antes que nadie al lugar de la liberación, lo que abrió paso a la verosímil sospecha de que el propio oficialismo estuvo involucrado en la doble maniobra (secuestro y reaparición) para capitalizar el éxito de un desenlace rápido y favorable. Lección uno de Maquiavelo. Y en 2007 comenzó la falsificación de las estadísticas públicas para desdibujar la inflación y estafar bonistas. Lo llamativo es que el jefe de Gabinete durante esos episodios era Alberto Fernández; una década después, ¿nadie se acordaba o se acordaron e hicieron la vista gorda?
Pero las dos simulaciones más escandalosas fueron los casos de y Maldonado. Con el malogrado fiscal intentaron fingir un suicidio, cuando todos los indicios y pruebas permitirían inferir que se trató de un asesinato perpetrado desde los ominosos sótanos de los servicios de inteligencia, conclusión a la que los jueces están llegando a pesar de los sucesivos obstáculos que trabaron la investigación. Sin que cause estupor, dos de los espías implicados en el crimen están hoy en el núcleo del poder. De modo inversamente proporcional, en el caso de Santiago Maldonado se urdió una imaginaria desaparición forzada por parte de la Gendarmería, con testigos falsos y periodistas militantes que exigían perentorias renuncias. Miles de ingenuas maestras empuñaban la foto emblemática del joven nómade, mientras coreaban su grito de guerra: “Macri basura vos la dictadura”. La verdad era más simple: se había ahogado solo, tal como lo probaron innumerables peritajes. Pero aún hoy los kirchneristas fetichizan a Maldonado –como lo hizo un escritor al inaugurar la Feria del Libro–, explotando la credulidad pública. Repiten la mentira para que sedimente. Tan desfondado está el listón moral que la última trampa institucional de Cristina Kirchner, desdoblando el bloque de senadores para quedarse con el miembro por la minoría en el Consejo de la Magistratura ya parece una minucia de carterista.
Lo relevante es seguir el pespunte, la ilación que une estos tres arquetipos aparentemente antagónicos y secretamente hermanados. Dictadores como Pinochet o Trujillo, populistas de derecha como Kaczynski u Orbán, y de izquierda como Chávez o los Kirchner, emplean engaños análogos.
Los populismos de derecha, que se presentan como la novedad que viene a barrer la corrupción y el derroche, ponen peligrosamente en entredicho la viabilidad del sistema y producen mitos de exclusión (llaman “ciencia” a sus opiniones y “burros” a los adversarios). No son más que el viejo conservadurismo que algunos jóvenes incautos rescatan de los tachos de basura: autoritarios y antiderechos. En estos aventureros la absolutización del libre mercado devieneunareligión(¿nollaman“comunistas” a los socialdemócratas?). Son, en verdad, iliberales. Los populistas de izquierda, como el kirchnerismo o el chavismo, lucran también con el hartazgo y la desesperación de la gente, pero abandonan la idea de autonomía individual y, siguiendo a Laclau y su cadena equivalencial, se concentran en reclamos sectarios. Demagogos de derecha e izquierda suelen ser personajes bufonescos, encantadores de serpientes cargados de promesas facilistas, cuyos inevitables fracasos serán después justificados con acusaciones a inciertos poderes internacionales, o directamente tapados con asesinatos y fraudes.
Las dictaduras militares, la derecha antisistema y las cantinflescas izquierdas latinoamericanas explotan los desencantos con la democracia liberal. Las tres se escurren por los pliegues del fastidio que provoca la lentitud de los progresos económicos, las tres abrevan en la usura de las simplificaciones, las tres ejercen el curanderismo político. Con matices, son todas variaciones del nacional-populismo. Del otro lado está el gran liberalismo que va de John Stuart Mill a John Rawls: sin trampas, institucionalista, con igualdad de oportunidades, alérgico a los gritones, poroso a la conversación pública. Rabia o argumentos, manosantas o constructores, esas son las desafiantes encrucijadas que plantea nuestro tiempo de hojarasca y furia.
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