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martes, 20 de junio de 2023

ARTURO PÉREZ-REVERTE ESCRIBE



Por qué no escribo sobre política
ARTURO PÉREZ-REVERTE 
Patente de corso


Érase una vez un desgraciado país, violentado por ocho siglos de guerra entre dos maneras de entender a Dios —a mi entender, venció la menos mala—. Una tierra ingrata regada con sudor y sangre, poblada por infelices sometidos a reyes, curas, espadones y sinvergüenzas. Una nación que hizo cosas portentosas para destruirlas después, costumbre secular aquí, donde la envidia siempre fue pecado nacional y donde el rencor, tóxico destilado de siglos, envenenó cualquier intento hecho por hombres y mujeres buenos que acabaron, como no podía ser de otro modo, en el cadalso, la cuneta, la tapia del cementerio o el exilio. Este lugar donde, como escribió Julio Camba, el anhelo de un español no es conseguir un coche como el de su vecino, sino que su vecino no tenga coche.
Tras este simpático comienzo pueden ustedes, con razón, reprocharme excesivo pesimismo en el modo de abordar el asunto. Pero lo veo así y no de otra forma, de manera que no sé por qué debo meterle esperanzas, parajitos y arcoíris. Quizá sean la edad, las lecturas o la vida que uno vivió, pero da lo mismo: en los últimos tiempos, algunos lectores —y un lector es siempre un amigo—, preguntan por qué ya no escribo casi nunca sobre política. Por qué, a diferencia de antes, no repaso la actualidad diaria y después de treinta años en esta página me enroco cada vez más en mi mundo, mis recuerdos, mis amigos, mi biblioteca. Por qué, o sea, acabó el tiempo en que llamaba soberbio arrogante a Aznar, idiota solemne a Zapatero, cobarde acomplejado a Rajoy, pistolero sin escrúpulos a Sánchez, o hijos de la gran puta a tantos golfos, ladrones y sinvergüenzas —en esto ellas no son mejores que ellos— que convierten la política en negocio donde todos trincan y medran.
Estoy cansado, oigan. Muy cansado. El tiempo me ha hecho llegar a ciertas conclusiones poco agradables. Una es la inutilidad del esfuerzo; y no hablo de mí, sino de gente mejor que yo. Si repasan las hemerotecas, verán que unos pocos periodistas y escritores contaron en sus páginas y artículos lo que pasaba e iba a pasar. Hicieron de Laocoontes y Casandras, labor ingrata que nunca sirve para prevenir nada —la gente adora los Titanic aunque se incline la cubierta, sobre todo si oye tocar a la orquesta—, pero sí para ganarse innumerables enemigos. Sin embargo, muchas de aquellas sombrías predicciones se han cumplido. No porque quienes las hacían fueran genios de la anticipación, sino porque era evidente que iba a ocurrir así, y no de otra forma. Y ahora, para justificar su infame gestión, para eludir la responsabilidad, para ponerse de perfil ante la contaminación, desprestigio o demolición de las instituciones y estructuras que hacen posible un Estado, la sucia clase política, liberada al fin de la necesidad elemental de guardar una mínima compostura, nos aturde con un populismo y una demagogia que insultan la inteligencia, desentierran fantasmas olvidados y los agitan sin pudor, olvidando —o ignorando, iletrados como son— que todo eso ya ocurrió muchas veces en nuestra historia y nos llevó a lugares oscuros. A navajeo entre vecinos y hermanos. A bien nutridas fosas comunes.
Rencor, es la palabra. En España, por razones históricas, sociales, culturales, no hace falta demasiado estímulo para resucitar, o utilizar, el viejo e indestructible rencor nacional: el nosotros y ellos, conmigo o contra mí. El no reconocer una virtud en el bando adversario ni un defecto en el propio. Y ese rencor, manipulado por quienes en su limitación intelectual, cobardía o vileza no disponen de otras herramientas, infecta las redes sociales, el periodismo, la vida. Y un público cada vez menos dispuesto a identificar la manipulación y la mentira compra gozoso, sin cuestionarlo, el dudoso producto que esa chusma pregona como si se tratara de crecepelo, recetas milagrosas o muñecas de tómbola.
¿De verdad quieren que emplee los años que me quedan en escribir sobre eso y la gentuza que lo hace posible?… Pues disculpen si no lo hago más a menudo. Es natural que de vez en cuando se me suba la pólvora al campanario, pero prefiero dedicar esta página a otras cosas. A buscar y describir, por ejemplo, pequeños reductos defensivos donde aún sea posible atrincherarse para seguir respetando, aunque se ponga muy cuesta arriba, esta triste España en que vivimos, tan incapaz de respetarse a sí misma. Quisiera mantenerme ajeno, en lo posible, a lo que un periódico republicano, en plena Guerra Civil y refiriéndose al bando propio, definió hace casi un siglo con un lúcido titular en primera página: Cuánto cuento y cuánta mierda.

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martes, 14 de febrero de 2023

ARTURO PÉREZ-REVERTE


Patente de corso. Un biberón en el puticlub

Arturo Pérez-Reverte

Siempre que podía, viajaba de noche. Me refiero a hace muchos años, cuarenta o más. Y a viajar en moto, o automóvil.
Las carreteras no eran tan buenas como ahora, los viajes eran más lentos y cuando tenías uno o varios camiones delante y muchas curvas, podía ser horroroso. Por eso prefería salir de Madrid hacia la medianoche para llegar a mi destino al amanecer. Me gustaba la carretera desierta, la cinta negra de asfalto con las marcas centrales iluminadas por los faros, la cabeza despejada para pensar. Cuando dejé la moto y me pasé al automóvil, escuchaba música de la que contaba historias –canciones de Juanita Reina, Carlos Gardel, Los Chunguitos– en la soledad de la noche, manteniendo a raya el sueño con los cafés solos dobles que tomaba en las ventas de carretera, en mostradores con llaveros, navajas de Albacete, cassettes del Fary y de Bambino, habitados a esas horas sólo por algún camionero insomne o una pareja de la Guardia Civil.
Anduve así muchos años, antes de que se doblaran las carreteras en tramos de opuesta dirección, se multiplicaran las autopistas, y los trayectos en automóvil, al poder hacerse con más comodidad y en menos tiempo, cambiasen la forma de viajar. Pueblos y ventas de carretera por donde antaño solía pasar quedaron fuera de las rutas principales, o desaparecieron, sustituidos a menudo por esos espacios sin vida y sin alma adosados a gasolineras que, al menos en mi caso, invitan poco a detenerse. De aquella lejana época viajera conservo nostalgias y recuerdos agradables. También anécdotas divertidas, como la del biberón de mi hija Carlota.
Viajaba con la cría, que tenía seis meses, y con su madre, de Madrid a Cartagena. Le habíamos hecho, como acostumbrábamos, un nido con cojines y colchones en la trasera del automóvil, para que durmiera bien protegida. Y a eso de las dos o tres de la madrugada, en mitad de La Mancha, la enana se despertó llorando, pues reclamaba su biberón. Llevábamos uno preparado, en previsión de calentarlo en alguna venta, pero esa noche todas estaban cerradas. Ni un lugar abierto, ni una luz. Nada de nada. La cría reclamaba a pleno pulmón sus derechos, mas no había manera. Y entonces vi, a un lado de la carretera, unas luces rojas, verdes y azules y un cartel luminoso. Club Paraíso, ponía. Mi mujer, que me vio la intención, dijo: «Ni se te ocurra». Pero yo ya estaba aparcando en la puerta.
Y ahora háganme el favor de imaginar la escena. Era un club de los de antes, con luz violeta y mujeres –españolas todas, eran otros tiempos–. más bien maduras y con aire fatigado, vestidas de largo en plan elegante. Una barra con un camarero que parecía un salteador de caminos de tiempos de Curro Jiménez, un cliente aburrido conversando con él y con una de las damas, y media docena de presuntas animadoras de una noche escasamente animada. Y ahí entramos, yo de explorador, y detrás la madre con la cría en brazos, envuelta en una manta. «Buenas noches –saludé–. ¿Podrían calentarle el biberón a mi hija?».
Se volcaron. Las mujeres rodearon solícitas a la criatura y a la madre, acomodándolas en un sofá tapizado de rojo, bajo un infame cuadro erótico –una Venus que habría causado un derrame cerebral a Velázquez–. Se movilizaron para atendernos, y hasta el cliente y el camarero patibulario pusieron de su parte. Mientras éste calentaba el biberón al baño María, ellas le hacían monerías a Carlota, se la pasaban unas a otras con cuidado y la mecían para que dejara de llorar. Una abrió el bolso y nos enseñó fotografías de su hija y su nieta. Y cuando nos devolvieron el biberón ya templado, mirando a la cría zampárselo con verdadera ansia, otra quiso tranquilizarnos. «No se preocupen –dijo–, que aquí está todo muy limpio».
Cuando mi hija despachó el biberón nos despedimos para seguir viaje, y nos acompañaron a la puerta. Yo le había dado al camarero un billete de quinientas pesetas, agradeciéndole el servicio; pero la que nos había mostrado las fotos se lo quitó de las manos y me lo devolvió. «Faltaría más –zanjó, rotunda–. Todas tenemos hijos o familia ». Y ya en la puerta, cuando nos dirigíamos al coche, añadió: «Que la críen ustedes con salud».
Y así fue. Carlota tiene hoy 38 años, se crió con salud, y cuando le cuento aquella historia, sonríe. Y cada vez que paso en coche cerca del lugar donde estuvo el puticlub –un solar ahora en ruinas, invadido por las zarzas y con la valla rota–, también yo sonrío recordando aquella extraña noche. Y en cada ocasión pienso lo mismo: estén donde estén, si es que todavía están, gracias, señoras.

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jueves, 1 de febrero de 2018

JORGE FERNANDEZ DÍAZ Y SU AMIGO PÉREZ-REVERTE


Fernández Díaz y Pérez-Reverte, dos literaturas paralelas

En la presentación del best seller La herida, hablaron de la amistad y la influencia de la realidad
MADRID.- El respaldo plegable de las butacas del auditorio debía permanecer bajo, inútil en su razón de ser, para que la capacidad de la sala pudiera multiplicarse y albergar a más lectores sentados. Además, algunas sillas se sumaron en el hall de la Fundación Telefónica, ubicada en la peatonal de la calle Fuencarral, a centímetros de la Gran Vía. "Somos amigos, colegas y hermanos. Él es polémico, incisivo y valiente", comenzó anoche el anfitrión de la velada, Arturo Pérez-Reverte. El huésped era Jorge Fernández Díaz, cuya novela La herida, la ficción más vendida en la Argentina desde hace diez semanas, acaba de editarse en España por Destino.
Con calor de hogar, este narrador y periodista nacido en la Argentina volvió a ser recibido en el país que vio nacer a sus padres, asturianos, retratados en la novela autobiográfica Mamá, el mismo país que lo condecoró con la medalla de la Hispanidad y la cruz de la Orden de Isabel la Católica.

"Así como Osvaldo Soriano era el escritor fundamental para entender la Argentina de los ochenta, Jorge es el escritor necesario para comprenderla hoy", comenzó Pérez-Reverte, quien además confesó que su famoso héroe Falcó tiene influencias claras de Remil, el protagonista creado por Fernández Díaz, y precisó que el Almirante, criatura de la saga española, es un homenaje a Cálgaris, el mandamás de La Casita.
De modo involuntario, pero como argumento inconsciente que reforzó aquella afirmación, el autor español cometió varios actos fallidos en su discurso y pronunció "Falcó" cuando en realidad quería referirse a Remil.
En primera persona, este espía que presentó algunas de sus credenciales en El puñal(2014) y regresó con La herida (2017) dice en la última aventura: "Hace más de treinta años que no utilizo mi verdadero apellido (ya casi ni me suena), y que en el ambiente de Inteligencia todos me llaman Remil. En honor a que sigo siendo, claro está, un reverendo hijo de remil putas".
Fernández Díaz reflexionó sobre su "gladiador", un mago de trucos tumberos: "Quería crear un personaje verosímil y, por lo tanto, tenía que ser un canalla. Es un héroe del siglo XXI, alguien políticamente incorrecto en un mundo donde las luchas no parecen ser entre malos y buenos, sino entre malos y peores. Es un lobo vulnerable sin miedo a morir, pero que sufre por amor". Los escritores compartieron un debate que mantuvieron hace un tiempo en el que Pérez-Reverte aseguraba que Remil se había enamorado en la entrega La herida. "Amor no es una palabra que entre en su cabeza, pero es posible que haya experimentado algunos de los síntomas de la pasión", ensayó Fernández Díaz.
"Llevé al periodismo y a la literatura como si fueran una esposa y una amante que se odian, hasta que me convertí en un bígamo", bromeó el también miembro de la Academia Argentina de Letras. En esta sana convivencia aparece Remil: "Estas novelas están basadas en cosas que me han contado fuentes importantes, que he leído en expedientes, porque necesito ese sabor a realidad".
Remil, excombatiente de Malvinas, fascina a los lectores españoles por su experiencia y su voz tan cínica sobre la historia reciente y el presente argentino. Pérez-Reverte le consultó a su amigo cuándo escribiría "la novela" de esta guerra. "El único que puede hacerlo eres tú", lo animó el autor de Eva.
En la celebración estaba también presente otro periodista y escritor, Martín Caparrós ("nuestro Kapuciski", lo elogió su compatriota. "El único que está aquí que escribe naturalmente rápido y lo hace bien") y Javier Marías. Y también, para los demás invitados a esta fiesta sin esnobismos literarios, adelantó Fernández Díaz la suculenta noticia de que es él mismo quien trabaja en el guion de la próxima película de El puñal, ante varios intentos frustrados de otros guionistas.
El honor, que gravita las novelas del capitán Alatriste, también emergió en la conversación, al analizar otro escenario muy diferente. "A mí me hacían eso que hoy llaman bullying, hasta que mi mamá, que no había leído a Piaget, me mandó a judo. Si tuviese que defender mi honor frente a todo lo que me dicen en las redes sociales, debería andar a los tiros. Cualquiera puede decirte cualquier cosa y no pasa nada. Hemos perdido el sentido del honor, hemos tirado la honra a la cloaca. A la vez, las redes sociales son un gran avance para la democracia. Todo viene junto", reflexionó Fernández Díaz ante su amigo, siempre activo en su cuenta de Twitter, mientras ambos, sin saberlo, se convertían en aquel momento en trending topic de la capital española.

L. V.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

LA PÁGINA DE ARTURO PÉREZ REVERTE

Acabo de conseguir otro sable de caballería. Se trata de una herramienta soberbia y peligrosa, de combate. Da miedo verla. Como hago siempre, he pasado muchos días redactando su ficha, estudiando sus cuños y marcas, reconstruyendo su historia. Y la de este sable es, como siempre, fascinante: hoja inglesa del modelo 1796, llegada a España como parte de la ayuda militar británica en la guerra contra Napoleón, montada en 1815 en Toledo con empuñadura fabricada en Éibar, viajada a América para actuar allí en las guerras de independencia, posiblemente llevada a Texas -El Álamo- por las tropas de Santa Anna, para acabar en manos de un anticuario norteamericano y, al fin, en las mías. Y a las que llegue después. Porque un sable no es sólo un objeto antiguo, o de colección. Nada que se coleccione lo es. Y no hablo de huevos de Fabergé o cuadros carísimos, sino de cosas a menudo sencillas. Incluso humildes. Un sable, una pistola, un sello, una vitola de habano, una chapa de refresco, una moneda, una colección de cajas de cerillas, insectos, folletos de cine, fósiles, uniformes, estilográficas o ceniceros antiguos, de lo que sea, además de ser motivos de placer personal son puertas para aprender. Para mirar atrás en la historia, en la ciencia, en la vida propia o ajena. En la memoria.
Si hablo de felicidad de cazador, de instinto predatorio, de ese hormigueo que recorre la punta de los dedos ante la pieza codiciada, todo coleccionista auténtico sabrá a qué me refiero: a esa pulsión casi infantil, o sin casi, de posesión, de querer hacerte a toda costa con el objeto anhelado. De conseguirlo al fin y ponerlo junto a otros similares para saborear la contemplación, el orgullo íntimo, la felicidad que sólo quien ama algo de forma tan especial puede experimentar.
Mientras escribo esto, caigo en la cuenta de que el de coleccionista es un instinto más frecuente en hombres que en mujeres. Sin que esto, naturalmente, las excluya a ellas. Quizá tenga que ver con el lado lúdico, infantil, que los varones solemos conservar por más tiempo; mientras que ellas, con su abrumador instinto práctico, con su realismo lúcido, dedican aficiones y energías a aspectos más funcionales. Quizá una excepción notable a eso, entre mujeres, sean los libros. Si consideramos, con todo rigor, coleccionismo la pasión de lectores compulsivos obsesionados por acumular libros leídos o -lo más frecuente- por leer, sin duda hay más mujeres coleccionistas de libros que hombres. Lo que, con lectura de por medio, no deja de tener su lógica. Ellas leen más, creo, porque miran la vida cara a cara. Porque necesitan interpretar mejor. Su naturaleza les exige descifrar códigos que los hombres, en nuestra simpleza congénita, ignoramos o nos son indiferentes.

En cualquier caso, los coleccionistas son seres afortunados. Poseen una gracia friki casi divina. En algunos casos la afición se atenúa con el paso del tiempo; pero en otros, los vocacionales, lo que hace es intensificarse. Pasa igual con quienes, coleccionistas o no, tienen aficiones que los apasionan; los que construyen maquetas de barcos -yo hice eso durante muchos años-, los que aman la música, el cine, alistarse en recreaciones históricas o en una legión de la Guerra de las Galaxias; los que construyen torres Eiffel con mondadientes, adiestran palomas o crían hormigas para estudiar cómo viven. Lo que sea. Todos ellos conocen una clase de goce particular negado a otra clase de gente. Su afán de coleccionistas, sus intensas aficiones, su fascinante pasión, los elevan por encima de muchas cosas, a veces incluso más allá de la mediocridad y la grisura de sus -o nuestras, de ustedes y mía- propias vidas. Les permiten refugiarse en el ámbito maravilloso de un mundo singular, controlable, de reglas y límites definidos, donde son posibles la felicidad y el respeto hacia sí mismos. La propia estima. Los hacen, o nos hacen, seres especiales en algo, al fin.
Y así es como sucede un hermoso milagro. Cuando alguien consigue evadirse de las trampas que la vida nos tiende cada día, y dispone de tiempo para, en vez de atornillarse frente al televisor o el dispositivo electrónico, mirar sellos con una lupa, pintar soldaditos de plomo, pasar revista a una colección de dedales de coser, de tebeos antiguos, de ex libris conseguidos en librerías de viejo. Cuando ocurre algo de eso, el territorio hostil que nos rodea se difumina por un rato, o adquiere contornos soportables. Y el ser humano vuelve, en ese momento de íntima felicidad, a lo que nunca debe dejar de ser: la materia maravillosa donde germinan los sueños.

ARTURO PÉREZ REVERTE Y SUS HISTORIAS


ARTURO PÉREZ REVERTE

.- Fue uno de aquellos veranos lejanos de atardeceres tranquilos, cielos cárdenos y playas mediterráneas todavía despobladas -hablo de hace casi cincuenta años- que olían a salitre y resina de pinos, con la arena aún caliente y el agua, casi inmóvil, lamiendo con suavidad en la orilla conchas vacías y pequeñas madejas de algas. Yo aún no había cumplido dieciocho años y estaba a punto de echarme al hombro una mochila llena de libros para viajar a la isla de los piratas, sin saber que iba a pasar en ella más tiempo del que suponía. Miraba la playa, el mar y la vida con los ojos ávidos del joven que desde hace poco tiempo camina solo. Y con esos ojos la miraba a ella.
Era norteamericana. De Santa Bárbara, California. Su padre trabajaba cerca del mío, y ella había venido a pasar con él unas vacaciones. Hablaba español con resonancias mexicanas. Conservo de ella una bonita fotografía en blanco y negro. Está en bikini, echada atrás la cabeza, bebiendo vino de un porrón del que le cae el vino por la barbilla, el pecho y la cintura. Era rubia y muy guapa, con algunas pecas. Su nombre sólo es asunto mío y de los amigos de entonces que la recuerdan. Tenía una risa sonora, contagiosa. Sana. Una risa de muchacho.
Fue una historia de verano, corta y perfecta. Miradas jóvenes, pieles jóvenes. Carne joven. Un mundo delicioso por descubrir. Y parte de ese mundo lo descubrimos juntos. Yo hacía mis primeras incursiones serias -no éramos tan precoces, entonces- por ciertos fascinantes territorios, y ella también. O al menos se comportó con la suficiente osadía por su parte. Aquellas playas entre acantilados, aquellos bosques de pinos donde cantaban enloquecidas las cigarras, contribuyeron adecuadamente al asunto. Fueron sólo unos días, pero de su intensidad es buena prueba la nitidez con que los recuerdo.
Alguna vez la llevé a navegar con Paco, el piloto. Se quedaba a bordo del barco del viejo patrón mientras mi hermano, mi amigo Roge y yo nos poníamos el equipo de buceo y nos sumergíamos en busca de ánforas romanas. Eran otros tiempos, como digo. Tiempos donde el mar aún era coto de los audaces que lo tenían por suyo. Tiempos de aventura y libertad. Al regreso de una de esas inmersiones le regalé a ella un cuello muy bonito de ánfora. Como buena gringa anglosajona, no podía creer que aquello tuviera veinte siglos de antigüedad. Se la llevó a California sin problemas -ya digo que eran otros tiempos- y meses después me envió una foto del cuello de ánfora puesto en una vitrina, en el salón de su casa. Después, la vida nos borró a uno del otro.
Hace un año estuve en San Francisco, California, presentado una novela. Isabel Allende tuvo la cortesía de acompañarme aquella tarde, y también estaba allí Daniel Sherr, mi intérprete y amigo neoyorquino del que ya he escrito aquí alguna vez. Mi inglés de viejo reportero es demasiado elemental para floripondios, así que cuando debo hablar allí en público lo tengo siempre a mano. En el curso de la charla salió a relucir la historia del cuello de ánfora. "Se lo regalé -dije- a una joven californiana, bellísima, que estaba de vacaciones en Cartagena, España, en el verano del 69." Entonces, entre el público, una señora levantó la mano. "Yo estaba en Cartagena ese verano", dijo.
Soy un tipo templado, o eso creo. Pero se me paró el corazón. Literalmente. Me quedé muy quieto mirándola durante un largo silencio mientras la gente nos observaba, sonriente y divertida. Algunos aplaudieron. La señora era rubia, muy bien vestida, y era evidente que había sido muy guapa, porque lo era todavía. Debí de estar callado como diez segundos, estudiándola con extrema fijeza. "Es imposible -dije-. Esas casualidades sólo existen en las novelas." Rio el público, y aplaudieron otra vez. Ella sonreía, sin responder, disfrutando del efecto. "¿Vive usted en Santa Bárbara?", pregunté asombrado. Aún guardó silencio un momento. "Nunca estuve en Santa Bárbara, pero sí en Cartagena, como he dicho. Mi padre estaba en la Armada norteamericana y vivimos un tiempo allí", repuso. "Entonces -concluí inseguro, observándola aún desconcertado- usted no puede ser ella." Y era menos una afirmación que una pregunta. Volvió a quedarse callada unos instantes. Su sonrisa era enigmática y deliciosa. "No, no soy ella -respondió al fin-. Y lo lamento, porque ésta habría sido una bonita historia."

lunes, 6 de noviembre de 2017

ARTURO PÉREZ REVERTE Y SUS HISTORIAS


El capitán Kamiros de Grecia
Arturo Pérez-Reverte
MADRID
Nunca supe cómo se llamaba de verdad. Cuando el 2 de julio de 1982 pregunté por su barco en Larnaca, Chipre, lo llamaron capitán Kamiros. Muchos años después, en La carta esférica, le cambié el nombre por capitán Raufoss, pero a mí me lo presentaron como Kamiros. Que tal vez tampoco era su verdadero nombre. El capitán Kamiros era un griego bajito y pulcro, de mediana edad, hombros anchos, con el pelo rizado muy escaso y un frondoso bigote negro. Llevaba camisas caqui muy bien planchadas y fumaba a todas horas en una boquilla de ámbar. Fui a verlo al puerto, en una oficina cochambrosa con moscas aplastadas en las paredes. Le dije que quería ir a Junieh, Líbano, porque el aeropuerto de Beirut estaba cerrado por los combates. "La marina israelí bloquea el mar", dijo. Le respondí que ya lo sabía, y también que él burlaba el bloqueo llevando contrabando. Y que también sabía que lo habían llamado por teléfono unos amigos comunes, para hablarle bien de mí. Estuvo mirando, impasible, como iba poniendo billetes de 20 dólares sobre la mesa. Al fin sonrió, se los metió doblados en un bolsillo y me ofreció un café.
Fue una noche muy larga. Salimos a media tarde en su barco, el Glaros, o al menos ése era el nombre que llevaba pintado, sospechosamente reciente, sobre el casco herrumbroso donde se adivinaban otros nombres anteriores. El Glaros era un pequeño mercante con el puente a popa y la cubierta corrida. La tripulación consistía en una docena de griegos e italianos, de los que el más inofensivo tenía cara de haber cumplido condena por matar a su madre. Me miraron mal, pero el capitán cambió unas palabras con ellos, repartí cigarrillos como si me sobraran, y al final hasta me dieron un shawarma frío para cenar y una taza de café turco espeso como el barro. No tenían camarotes para pasajeros, o al menos eso dijeron; así que me acomodé en cubierta, sobre el saco de dormir, usando mi reducido equipaje como almohada. Íbamos sin luces de navegación, pues las apagaron en cuanto quedó atrás la costa chipriota -No smoke, no lights, me dijeron-, así que podían verse de maravilla las estrellas. Por suerte no hacía frío, pero al llegar la noche el relente empapó la cubierta y mis ropas. Yo tenía 31 años, estaba en buena forma. Pero aquellas cien millas no fueron un viaje cómodo.
Sobre las tres de la madrugada, el Glaros detuvo las máquinas y se quedó parado, balanceándose en la marejada. Al cabo de un rato subí al puente y pedí permiso para entrar. Las caras del capitán, su segundo y el timonel se veían débilmente iluminadas desde abajo por el radar y la luz suave de la bitácora. Kamiros escudriñaba la noche con los prismáticos. Me señaló un eco en la pantalla de radar y volvió a mirar por los Zeiss: "Un patrullero israelí, en el límite de las aguas libanesas", dijo. "¿Nos ven?", pregunté. "Pues claro-respondió-. Como nosotros a ellos. Pero aún estamos en aguas libres". Quise saber cuál era el siguiente paso, y dijo muy tranquilo: "Ser más pacientes que los israelíes y buscar otro agujero en la red". El resto de la escena lo describí diecisiete años después en La carta esférica: "Viró despacio, todo a estribor, avante poca y ni un cigarrillo encendido a bordo, para alejarse discretamente en la oscuridad".

Por la mañana, fondeados en Junieh, Kamiros se fumó conmigo un cigarrillo y me ofreció otra taza de café parecido al barro antes de hacerme, con mi cámara Pentax, una foto que aún conservo: sentado en cubierta, sobre mi petate de lona, con la ciudad al fondo. Quise hacerle una a él; pero no quiso, por razones obvias. Me despidió fumando en su boquilla de ámbar, recién afeitado y con la camisa impecablemente planchada, como si la noche no hubiera pasado por ella ni para él. Lejos, hacia Beirut, se alzaba una columna de humo. "Debe usted de estar loco", me dijo sonriente -no lo había visto sonreír desde los dólares del día anterior-. "Tampoco usted parece muy cuerdo, capitán", respondí, y se rio. Nos estrechamos la mano y descendí por la escala de gato hasta la lancha que aguardaba abajo.
No sé qué fue de él, ni del Glaros, si es que se siguió llamando así. Nunca volví a verlos. Pero cuando estoy en el mar y veo un mercante pequeño, de esos con nombre repintado y matrícula de conveniencia, no puedo evitar recordarlos, y reconocerlos. Pese a la tecnología, a los satélites, a cuanto las leyes terrestres inventan para controlar lo incontrolable del ser humano, el capitán Kamiros, su risa y su barco siguen navegando imperturbables, como desde hace siglos, por el viejo Mediterráneo. Buscando, siempre, agujeros en la red.

viernes, 27 de octubre de 2017

HABÍA UNA VEZ....... DE ARTURO PÉREZ-REVERTE



Querida Daisy, my darling. Prometí contarte, al término de la campaña, cómo habían ido las cosas. Y aquí me tienes. Cumpliendo mi palabra.
Al alba y con viento de Levante, como sabes, zarpó la flota británica para defender Gibraltar de esa España poblada por sucios meridionales -follaburros, según nuestro tabloide The Sun- que en las novelas marítimas de Dudley Pope siempre son cobardes y huelen a ajo.
Fue emotivo, si eras inglés. Allí estabas tú, ondeando el Victoria's Secret a modo de despedida. Daba gusto vernos: el portaaeronaves Dumbo hacia las nuevas Malvinas ibéricas, y la flota cargada de blindados y de gurkas, con toda Gran Bretaña despidiéndonos, tremolando banderas como en los buenos tiempos. Y mientras, en el Peñón, con el casco puesto y los dientes apretados, los llanitos miraban desde sus trincheras hacia el mar, esperando ver aparecer nuestro socorro. Resueltos a vender cara su independencia. Con dos cojones.
Durante la navegación veíamos la tele para analizar los preparativos del enemigo. Respirar su ambiente bélico. Y la verdad que fue sorprendente. Ese diputado de Podemos argumentando su rechazo a tomar las armas porque la guerra es un acto fascista. Esa diputada del Pesoe afirmando que repeler una agresión británica era violencia de género, pues entre las tropas británicas había mujeres soldado. Ese diputado de Ciudadanos condicionando su apoyo a la defensa nacional a que dimitiera la ministra de Defensa. Un zumbado joven y con barba, de Ezquerra -sospecho que hasta las trancas de sherry- pronunciando un discurso confuso en el que me pareció entender algo así como Gibraltar me la sopla y nos veremos en el infierno. Y el presidente Rajoy asegurando que España debía defenderse, pero lo mismo no debía, y mientras el Tribunal Supremo y el Tribunal de Estrasburgo decidían la cosa, pues quizá, o tal vez, o ya veremos. Y en el ayuntamiento de Madrid, una pancarta grande colgada: Welcome refugees and british troopers. Así todo el rato, querida. Te lo aseguro. Amazing, o sea. Pintoresco.
Debo confesar que mis camaradas de armas y yo empezamos a mosquearnos cuando, al llegar a las aguas territoriales españolas, nos salió su flota al encuentro. En realidad lo que salió fue una fragata de segunda mano -según nuestro servicio de inteligencia, montada con piezas tomadas de otros barcos en desguace- que se mantuvo a distancia, sin disparar un cañonazo, ni nada. Pudimos interceptar sus comunicaciones con el mando. "Permiso para atacar", decía su comandante. "Observe e informe", le respondían. "Son un huevo de ingleses -insistía el marino-. Solicito permiso para atacar". "Observe e informe", le decían los otros. Y así todo el rato. Al fin, colmada su paciencia, el comandante transmitió a Madrid: "Me voy a cagar en vuestra puta madre". Y Madrid respondió: "Vuélvase al puerto, Manolo. Y no joda". Y eso fue todo.
Y así llegamos a la zona de desembarco, que era una playa cercana a Gibraltar. Allá fuimos, arma en ristre, dispuestos a dar la vida por Gran Bretaña, y en vez de encontrarnos con el enemigo nos encontramos a dos guardias civiles mirando de lejos, tomándose una cerveza en un chiringuito de la playa, y a toda la colonia inglesa en España, o sea, unos setecientos mil fresadores de Manchester jubilados, amontonados allí para recibirnos, agitando banderas británicas y borrachos hasta las patas, ofreciéndonos vasos de sangría y taquitos de jamón y queso. Y, encima, resultó que todas las compañías lowcost británicas habían desviado sus vuelos a la zona para celebrar el evento, y las playas y los hoteles cercanos estaban petados de turistas y hooligans vomitando cerveza y bailando música discotequera, haciendo calvos y tirándose por los balcones a las piscinas, desnucándose en su mayor parte, los hijoputas.
Así que, mi amor, lamento comunicarte que fuimos a la guerra pero no encontramos contra quién. La Legión, que es lo mejor que tienen, estaba en Málaga a las órdenes de un tal Antonio Banderas, sacando a no sé qué Cristo en procesión. Y el resto estaba apagando incendios forestales o en misiones humanitarias. Así que me acerqué a los guardias civiles del chiringuito, más que nada por cubrir el expediente bélico. Y cuando les dije: "Vengo a invadir", el más viejo, un cabo, me miró con guasa y replicó: "Pues tú mismo, compadre", y me ofreció un botellín fresquito. Y las cosas como son, my darling. Era una cerveza cojonuda.

martes, 24 de octubre de 2017

ARTURO PÉREZ-REVERTE Y SUS HISTORIAS...ESTA ES PARA ENVIDIAR

ARTURO PÉREZ-REVERTE


Emilio es todo un personaje. Acaba de cumplir 67 tacos y lleva varios de jubilata. Me toca de refilón por vínculos familiares y lo conozco desde hace mucho. Es un fulano de inteligencia extraordinaria, con una formación intelectual que ya quisieran para sí muchos econopijos pasados por Harvard, o por donde pasen. Y además, de izquierdas como ha sido siempre -de izquierdas culto, que no es lo mismo que de izquierdas a secas, y más en España-, posee una formación dialéctica marxista impecable. En su día, paradojas de la vida, fue uno de los más eficaces comerciales de una multinacional donde ganaba una pasta horrorosa, pero currar con traje y corbata nunca le gustó. Así que se jubiló de forma anticipada, para vivir de una modesta pensión. No necesita más. Lee cinco periódicos diarios, oye la radio, fuma, se toma su café en el bar y pasa de todo. No creo que para la vida que lleva necesite más de trescientos euros al mes. A veces pienso que habría sido un mendigo de los que ni siquiera mendigan, perfecto y feliz, con su cartón de Don Simón y sus colegas. Por eso, en plan cariñoso, lo llamo Emilio el Perroflauta.
Como pasa de todo, Emilio es un desastre. Va sin dinero en el bolsillo, entre otras cosas porque odia los bancos -siempre se negó a tener tarjetas de crédito- y cree que el mejor rescate para un banco es un cartucho de dinamita. Sus hermanas son quienes le vigilan la modesta cuenta corriente, hacen los pagos de agua y luz y le entregan el poco dinero de bolsillo que necesita. Pero, el otro día, se vio sin sonante. Pasaba cerca del banco, así que entró a pedir cincuenta euros de su cuenta. Había una cola enorme ante la ventanilla -todos los empleados tomando café menos una joven cajera- y aguardó con paciencia franciscana. Llegado ante la joven pidió cincuenta euros, y ella respondió que para cantidades menores de 600 euros tenía que salir afuera, al cajero automático. "No tengo tarjeta", respondió Emilio. "Te haremos una", dijo ella. "No quiero tarjetas vuestras ni de nadie", opuso él. La joven lo miraba con ojos obtusos. "Te la hacemos sin problemas". Acodado en la ventanilla, Emilio la miró fijamente. "Te he dicho que no quiero una tarjeta. Lo que quiero son cincuenta euros de mi cuenta". La chica dijo: "No puedo hacer eso". Y Emilio: "¿No puedes darme cincuenta euros de mi cuenta porque no tengo tarjeta?. Que salga tu jefe".
Salió el jefe. "¿En qué puedo ayudarte?", dijo. Era un jefe de sucursal joven, estilo buen rollito. "Puedes ayudarme dándome cincuenta euros de mi dinero", respondió Emilio. "Tienes que comprender las normas -razonó el otro-. La tarjeta es un instrumento muy práctico para el cliente". Emilio miró atrás, como buscando a quién se dirigía el otro: "¿Me hablas a mí? -respondió al fin-. Porque, mira, soy viejo pero no soy gilipollas". El director tragaba saliva, insistiendo en que el interés del público, la comodidad, etcétera. "¿La comodidad de quién? -inquiría Emilio-. ¿La vuestra?". El otro siguió en lo suyo: "Te hacemos una tarjeta ahora mismo, sin comisiones". Pero ya he dicho que la formación marxista de Emilio es perfecta; así que, tras cinco minutos de argumentación metódica -el otro, abrumado, no sabía dónde meterse-, acabó así: "Además, eres tonto del haba. Porque el dinero, aunque sea poco, es mío y seguirá aquí. Pero con tanta tarjeta, tanta automatización y tanta mierda, al final quien sobrarás serás tú -señaló a la cajera- y todos estos desgraciados, porque os sustituirán las putas máquinas".
A esas alturas, la cola ante la caja era kilométrica; y la gente, la cajera y el director escuchaban acojonados. Emilio dirigió a éste una mirada con reflejos de guillotina que lo hizo estremecerse. Entonces el director tragó saliva y se volvió a la cajera. Dale sus cincuenta euros, balbució. Y en ese momento, Emilio el Perroflauta, erguido en su magnífica e insobornable gloria, miró con desprecio al pringado y le soltó: "¿Pues sabes qué te digo?. Que ahora tu banco, tú, la cajera y los empleados que tienes a estas horas tomando café podéis meteros esos cincuenta cochinos euros en el culo. Ya volveré otro día". Tras lo cual se fue hacia la puerta con paso firme y digno. Y al pasar junto a la gente que esperaba en la cola, sumisa -nadie había despegado los labios durante el incidente-, los miró con altivez de hombre libre y casi escupió: "¿Estáis ahí, callados y tragando como ovejas?. Si esta cola fuera en la Seguridad Social, ya la habríais quemado". Y después, muy tranquilo, fue a tomarse un carajillo a un bar donde le fiaban.

martes, 17 de octubre de 2017

LA PÁGINA DE ARTURO PÉREZ-REVERTE

Arturo Pérez-Reverte


Atardece mientras estoy fondeado cerca de tierra, al pie de un acantilado de mediana altura. El lugar es tranquilo, pues la playa está lejos y en las proximidades sólo hay una antigua torre vigía medio en ruinas, como la de El pintor de batallas, y una urbanización a lo lejos, medio oculta por las rocas. El mar está muy quieto y estoy sentado a popa, leyendo por enésima vez Juventud, de Joseph Conrad. En la pared rocosa que tengo a menos de un cable hay tallada una escalera que lleva a un pequeño mirador, y de vez en cuando oigo los chapuzones de una docena de muchachos que se arrojan al agua desde allí, suben y vuelven a arrojarse. A veces dejo de leer, levanto la vista y los observo. Son una pandilla, chicos y chicas entre los doce y los quince años, de ésas que suelen formarse en verano. Sin duda son de la urbanización cercana. Cuando se cansan del agua se sientan en el repecho, con las piernas colgando, a mirar el mar. A ratos, el incipiente terral trae el eco de sus voces y sus risas.
Cierro un momento el libro y los observo con más atención. La pareja, chico y chica sentados un poco aparte, que charla en voz baja. El que parece líder del grupo. El tímido algo marginado. El que les arranca carcajadas. El audaz que se lanza al agua desde más arriba que los otros. Las tres jovencitas hablando en voz baja de sus cosas. Los reconozco tan fácilmente como si yo mismo fuera uno de ellos. Cualquiera de ustedes los reconocería, supongo. No hay nada de extraño en eso, pues también fuimos ellos alguna vez: veranos que parecían interminables, atardeceres cárdenos, rumor suave del agua en la orilla, sabor de sal, juegos, chapuzones, reuniones al atardecer en lugares como éste, primeros ensayos de libertad, de amistad, de amor. El roce de una mano, las miradas reveladoras de sentimientos, el primer atisbo de la zona no bronceada en una piel morena, el calor de un cuerpo cercano, o el primer beso. El despertar al mundo, al sexo, a la vida, gracias al mar cercano y cómplice.
Sigo mirando a los chicos del acantilado. Los conozco bien, como digo. Cada año desde hace muchos, cuando aferro las velas y echo el ancla en este lugar, ellos siguen ahí sin envejecer nunca, en el mirador tallado en la roca. Siempre distintos y siempre idénticos. Se van relevando a sí mismos y siempre tienen entre doce y quince años, y la pareja se sienta un poco aparte, y el líder de la pandilla sugiere tal o cual cosa, y el tímido mira de lejos a la muchacha que le gusta, y el gracioso los hace reír a todos, y el audaz se lanza al agua desde más arriba, y las tres jovencitas siguen sentadas un poquito aparte, mirando a hurtadillas a los chicos mientras hablan de sus cosas.
Y aunque todos ellos, los que fueron y los que fuimos, ya se encuentran lejos de allí, o quizá son padres y abuelos que ahora están en esa urbanización cercana, sentados viendo la tele, o la vida los llevó a lugares distintos, o los borró de ella hace muchos años, esa pandilla de chicos tostados por el sol y con sal en la piel, con las piernas colgando del repecho del mirador, obra el milagro de mantener intacto el bucle de la memoria y de la vida que se renueva a sí misma. Y ustedes, y yo, y cuantos nos precedieron junto al mar impasible, seguimos sentados ahí arriba, despertando cada verano al mundo, al amor, al sexo y a la vida mientras alguien nos observa desde lejos, quizá desde un velero solitario anclado en la bahía, con un libro en las manos. Y ese alguien sonríe, porque comprende, y de ese modo, con la sonrisa aún en la boca, vuelve al viejo Conrad y lee:

"Lo más maravilloso de todo es el mar, o eso creo. El mismo mar. ¿O es sólo la juventud? ¿Quién sabe? Todos habéis logrado algo en la vida; dinero, amor, cuanto se consigue en tierra. Pero decidme: ¿no fue el mejor de los tiempos cuando éramos jóvenes y no teníamos nada, en el mar que no daba más que duros golpes y a veces una oportunidad para ponernos a prueba, sólo eso? ¿No es lo que echáis de menos?"
"Y todos asentimos: el financiero, el contable, al abogado, asentimos sobre la mesa pulida que, como una lámina de agua parda e inmóvil, reflejaba nuestras caras con surcos y arrugas, marcadas por la fatiga del trabajo, las decepciones, los éxitos, el amor; nuestros ojos fatigados que buscaban todavía, buscaban siempre, buscaban ansiosos ese algo de vida que mientras se espera ya se ha ido, que ha pasado sin ser visto, en un suspiro, en un instante, junto con la juventud, con la fuerza, con el ensueño de las ilusiones."

martes, 26 de septiembre de 2017

ARTURO PÉREZ-REVERTE

Pérez-Reverte: "Las redes sociales están llenas de gente con ideología, pero sin biblioteca"
Autor de 25 novelas y ex corresponsal de guerra, el narrador español dice que todos encuentran pretextos para aliviar su conciencia, afirma que las redes sociales "son formidables pero están llenas de analfabetos" y augura que el mundo que viene será audiovisual
En burdeles de Bangkok, lejos del olor a pólvora y el repiqueteo de las balas, hubo un tiempo en que el joven corresponsal de guerra les prestaba el oído a veteranos colegas. Entre copas y desahogos vivenciales, esos tipos curtidos por la barbarie, marcados por el desarraigo y la soledad, eran hábiles periodistas de trincheras. Siempre urgidos por llegar primeros para contarle al mundo cómo muta la vida bajo el asedio, a aquellos viejos reporteros los años de guerras "los hacían envejecer muy mal". Desorientados en tiempos de paz, la lucidez para interpretar el mundo en aguas serenas los hundía incluso en una suerte de vacío existencial.
Arturo Pérez-Reverte no quería terminar como ellos. Lo olfateó rápido, en esas tertulias de madrugada y cigarrillos entre historias de mil batallas: "El periodismo de guerra es bueno -dedujo- mientras uno sepa salirse a tiempo." Igual que cuando se renuncia a un amor que jamás llegará a buen puerto. Los años y las revueltas armadas se sucedían y el avezado corresponsal -firma descollante del diario Pueblo y más tarde de la TVE-, no había urdido siquiera su retirada.
El reposo del guerrero, aquel que lo estrenó como novelista, sobrevino tras la guerra civil angoleña en los años 80: "Una enfermedad tropical, de las muchas que he tenido, aunque nunca una venérea", se confiesa, lo mantuvo meses en Madrid lejos del ruedo. Para matar el tiempo, por placer y divertimento, se impuso escribir una novela. El húsar, el soldado imberbe de la caballería ligera, ávido por entrar en combate y repeler a las huestes napoleónicas, pasó sin pena ni gloria. Tras el golpe de Estado en Túnez en 1987, al reportero lo acechó otro ímpetu literario: nació, así, de un tirón, El maestro de esgrima, una suerte de reescritura de las novelas de Dumas.
Aunque sin ansias de fama -después de todo, era un periodista de fajina, un outsider de las letras-, su tercer libro, tal vez, sosegaría su inventiva. Pero con La tabla de Flandes, éxito descomunal en toda Europa, se fraguaba el Pérez-Reverte novelista.
"Soy un escritor accidental, nunca tuve vocación de ser escritor", evoca este Athos de las letras, temido articulista y prolífico autor de 25 novelas imperecederas. El cartaginés exhibe los modos de un dandy. Conversa con paciencia de orfebre en un ámbito que desentona con sus recuerdos bélicos. Entre mármoles de arabescato, copas de cristal y una vista soberbia al Río de la Plata, el décimo piso del Hotel Alvear perfila, sin embargo, su presente como megaestrella literaria.
"Es un caballero, pero no es un caballero", dirá el rey Arturo, al citar a la actriz Gloria Swanson en un film de los años treinta, Esta noche o nunca, sobre su último personaje, Falcó. Una descripción elíptica que también proyecta (o deforma) al audaz ex reportero de guerra, al novelista encumbrado, marino insomne y díscolo académico de la Lengua, que una semana más tarde firmará parado y estoico ejemplares de su obra hasta que las velas se apaguen en la Feria del libro.
Para saber quién es Pérez-Reverte y conocer sus vivencias en la guerra, ¿hay que leer El pintor de batallas?
Mi biografía está repartida en todas mis novelas, porque les presto a mis personajes la mirada que mi vida y mis lecturas me han dejado. Pero El pintor de batallas es una novela autobiográfica. Tiene un cinco por ciento de novelesco: todo lo que cuento, lo que ocurre, las circunstancias, y hasta la mirada del protagonista, son reales.
¿Por qué nunca volviste a abordar ese registro, entre filosófico y confesional, que para muchos es tu obra más deslumbrante?
No fue una novela feliz; pero era lo que necesitaba escribir. Durante un año y medio ajusté cuentas con mis recuerdos. Usé los que no eran agradables, casi como un ejercicio de reflexión personal. Todo ese álbum de fotos oscuras en 21 años de guerra pesaba demasiado y pensé que escribiendo sobre eso, ordenaría la memoria. Si Territorio comanche había sido un libro más lúdico, sobre cómo se vive en ese mundo, El pintor... fue algo mucho más duro y profundo que decía: "Mirad como se ve este mundo". Esa gimnasia cumplió su cometido y a partir de allí mi vida como novelista cambió. Cerré una puerta y abrí otras. No hubo ni habrá otro libro igual. Escribo para pasarlo bien. Soy un escritor feliz, pero lo soy aún más cuando escribo las historias que quiero y que me faltan contar.
Esa novela contiene una de las escenas sexuales más magistrales de la literatura contemporánea ¿Es un desafío abordar ese terreno?
No, cada novela tiene su exigencia. En Hombres buenos el almirante lee literatura erótica y hay mucha delicadeza. En Falcó, el sexo es más brutal. En El pintor... esa escena en Venecia es intensa, porque su historia de amor lo es. Intento que lo erótico esté en sintonía con el contexto general del libro. Jamás me autocensuro, aunque puedo equivocarme. Y muchas veces dejo que el lector complete las escenas.
Olvido, el gran amor que acecha al protagonista, ¿existió?
Ya no recuerdo si existió o no. Tampoco importa: vida y literatura son una misma cosa.
¿Umberto Eco te marcó como novelista?
No, fue clave por otras razones. Él entendía a la literatura como yo. Cuando empecé a escribir se hacían novelas aburridas; la trama no importaba pero sí el estilo. En la Argentina hay mucho de eso, escritores que no tienen nada que decir. Esa literatura onanista, vaciada de ideas, que se mira al espejo. ¡Y a mí qué coño me importa! Estaba escribiendo La tabla de Flandes y al leer El nombre de la rosa tuve la certeza de que no estaba solo ni equivocado: Que hace falta haber leído mucho para poder escribir. Que el teatro griego, Homero, Virgilio, Dante, Cervantes, Montaigne, Stendhal, todo es un mismo lugar y que El asesinato de Roger Ackroyd de Agatha Christie es tan obra maestra como La marcha de Radetzky de Joseph Roth. Es como cuando luchas contra un temporal: estás mojado, llevas días sin dormir, tratando de no perderte y, de pronto, ves un puntito en el radar. Otro velero con las velas izadas, peleando como tú. Lo ves, le mandas un mensaje de radio y luego observas cómo se va perdiendo en el temporal hasta desaparecer. Ahí te dices: "No estoy solo". Así me hizo sentir Eco. "No soy yo el raro, los raros son ellos."
¿Cuál es el momento de mayor inseguridad al escribir?
Cuando voy por la mitad de la novela. Te pongo otro ejemplo del mar: trazas un rumbo hacia el cabo Spartivento, y de golpe todo se va al carajo: no te funciona la electrónica, sólo tienes la carta náutica, el piloto automático y el compás. Calculas el rumbo, pero llevas navegando un día y ya no sabes si vas bien o vas mal, pero ruegas haber hecho bien los cálculos. Pasa igual en la novela: en la mitad dejo de verla desde afuera y pierdo la conciencia de la calidad de mi trabajo. "Espero haber hecho bien los cálculos -me digo-, porque ya no puedo ver si voy bien o mal y tengo que seguir." Ese es el momento de incertidumbre que, como todo, se sobrelleva con cojones.
¿Nunca te hunde?
Es estresante, claro, pero a mí no me hunde nada. Si no lo hizo la guerra, me hundirán los años, pero no la vida.
¿Volverías a elegir esa vida?
Sin duda. La guerra es una forja estupenda para quien sobrevive a ella. Esos años con libros en la mochila me ayudaron a interpretar la guerra, a digerirla de una manera intelectualmente razonable. Les debo todo. Sin eso, no sería escritor ni sería nada. Pero la guerra también es útil y sirve mucho para la paz. Te inyecta realidad en dosis muy intensas y si tienes estómago y una buena constitución, la soportas. Ves lo peor y ves lo mejor. Gente solidaria que se sacrifica, que tiene fe, valor, dignidad, orgullo. La guerra tiene una parte horrible y una parte nutritiva para quien sabe o puede mirarla con lucidez. Pero si eres cirujano de casos extremos, abogada de mujeres violadas, bombero o policía, también te acercas al horror.
¿Te dejó traumas?
No visibles, al menos. Pero no todos logran sobrevivirla emocionalmente. Soy un tipo estable, duermo bien. Cuando los recuerdos se hacen demasiado presentes, cojo un libro o voy a navegar y todo se sitúa de nuevo en su sitio.
¿La imaginación no basta para escribir, hay que vivir primero?
Sí. Hice bien en priorizar eso. Yo quería ir a la guerra y navegar; ver cómo era eso. Siempre elegiría la experiencia. Escribir es secundario. Haber tenido una vida intensa te mantiene vivo como escritor. Muchos están muertos sin saber que lo están. Porque en la vida todo se agota. La ventaja es tener la mochila llena y seguir siendo lector, porque tus viejas lecturas se resignifican con tu biografía.
¿La de los Balcanes fue tu guerra más atroz?
En todas vi lo peor. En El Salvador daba la vuelta por los basureros y contaba siete cadáveres de niños atados con alambre, quemados con cigarrillos. En el Líbano vi matar prisioneros. Pero los Balcanes fueron muy fatigosos: tres años de continua barbarie.
Nunca quedó claro si usaste armas.
Sólo una vez, por necesidad, en el 77, en Eritrea. No me gusta contarlo. Fue una derrota devastadora. Las fuerzas etíopes atacaron, hubo una matanza y había que huir hacia la frontera con Sudán. "Toma un arma y búscate la vida -me dijeron-. No podemos cuidar de ti". Luchamos con un grupo para abrirnos paso hasta cruzar la frontera. No recuerdo si llegué a tirar. Sí que como iba armado, los sudaneses me confundieron con un mercenario y me encarcelaron una semana en Sudán. Además, tenía disentería; podría haber muerto. Si hay que ir al infierno, ya sé cómo es.
En tus novelas asoma cierta mirada indulgente hacia aquel que comete atrocidades.
No es eso. He visto a gente infame hacer cosas maravillosas y a amigos hacer canalladas. En Eritrea, durante los combates, me asignaron un soldado, Boldai, que me cuidaba cuando enfermé. Boldai atravesaba el fuego etíope para buscarme agua. Cuando su ejército tomó la ciudad, lo vi matar prisioneros y violar mujeres delante de mí. Sé cómo ellas gritan cuando las violan y cómo luego se resignan. Y ese tipo era mi amigo.
¿Cuál fue tu reacción?
Imagínate una ciudad ardiendo, llena de muertos, donde se remataban a los heridos y yo diciéndole al eritreo: "Oye, no, eso está mal". ¿Qué podía hacer salvo negarme a participar? Ellos insistían. Muy pocas certezas sobreviven a eso. No puedes pedirme que vea el mundo como alguien que no ha estado allí. Tampoco se lo puedes pedir a un ex combatiente de Malvinas. Otra cosa que he aprendido es que el remordimiento es muy raro y es fugaz. Por higiene mental, siempre se encuentra un justificativo para no sufrir. Y al final todo el mundo -desde aquel que va borracho y atropella a un niño al que mata para robarte el reloj- encontrará un pretexto para alivianar esas cargas en la conciencia.
¿Cuáles son las tuyas?
No te las voy a contar a ti. Más que cosas malas en mi vida como reportero fueron las cosas que podría haber hecho y no hice. Son imágenes que me revisitan y que, como todos, también necesito justificar: tenía que transmitir, no era mi guerra, me hubieran matado. Las chicas violadas que gritaban en Eritrea, ¿qué iba a hacer? Por poco me matan a mí también. Pero los gritos siguen aquí [se toca la cabeza]. El niño herido que me miraba en Nicosia [Chipre] con el oso de peluche; el chico en Paso de Las Yeguas [Nicaragua] que me pedía ayuda cuando diez tíos de Somoza se lo llevaban y lo iban a matar; el perro en Beirut con la pata rota. ¿Pude hacer algo? Hasta yo mismo me busco coartadas morales. Imagínate ahora al hijo de puta de la ESMA. Ninguno tiene remordimientos. Todos dirán que hacían su deber y cumplían órdenes.
Un concepto muy revertiano, el hombre como ángel y bestia.
Nadie es ciento por ciento hijo de puta. Hasta el más miserable es capaz de un acto de grandeza, lo cual no lo excusa de ser un hijo de puta. Mira, en el año 78 viajé a la Antártida en un barco de la Armada, el Bahía Buen Suceso, hundido por los ingleses después de la guerra de Malvinas. Era un viaje científico a las bases argentinas y ahí conocí a varios oficiales jóvenes encantadores de la marina. Tipos elegantes, brillantes, divertidos y nos hicimos muy amigos. Me daban información, viajamos a varios sitios y cenábamos en la Costanera. Algunos fueron mis contactos durante la guerra de Malvinas. Años después, abro el periódico y reconozco sus fotos. El titular decía: "Detuvieron a los represores de la ESMA". Eran Ricardo Cavallo, a quien conocía como Marcelo, y otros. Esto demuestra que no siempre identificas el mal cuando lo tienes cerca. Y eso que soy experto en detectar hijos de puta. A éstos ni los olí.
¿Cómo fue tu experiencia en Malvinas?
Cubrí la guerra desde Buenos Aires, me quedé seis meses y una vez me llevaron en un Hércules a Puerto Argentino por el día. Mi experiencia no fue halagadora para la Argentina. Vi chicos desorientados en una guerra imposible de ganar. Recuerdo menos el hecho de haber estado en las islas aquel día que lo que sucedía aquí. Trasmitía cada noche para el diario Pueblo desde un Entel de la calle Florida y días antes del fin de la guerra venía por la calle y oí que en los bares todos gritaban goool. Mientras los chicos están muriendo -pensaba-, éstos celebran el gol de Maradona. Ese día comprendí que la Argentina iba a perder y que merecía perder. Siempre he procurado no tomar partido en las guerras, ya que todos los bandos tienen motivos para hacer lo que hacen. Pero en Malvinas sin querer lo tomé. Esos pilotos llamados Sánchez, Pérez, de bigotes, peinados para atrás, que iban con esos cojones contra la flota inglesa, eran italianos, españoles, eran mis primos, mis hermanos. No podía evitar tener esa proximidad psicológica con ellos. ¿Y si ganan? -pensaba-. Estos hijos de puta de la Junta Militar van a estar reforzados. Un día llamé exultante al diario: "Le hemos dado a la Invencible", dije. "Le habrán dado, querrás decir", me corrigió. Era mi guerra también, algo rarísimo. Al margen de que los ingleses me caen bastante mal.
¿Por qué dejaste El bar de Lola, tu espacio de debate los domingos en Twitter?
Porque me cansé de que un simple tuiteo se convirtiera en titular de prensa todos los lunes. Era ridículo que una cosa dicha en tono relajado se tradujera luego en Pérez Reverte insultó a una feminista. Mis lectores saben quién soy, no se guían por un tuit. Y para el que no entienda, que lea y aprenda. Era fatigoso tener que explicar cosas obvias. Las redes son formidables, pero están llenas de analfabetos, gente con ideología pero sin biblioteca, y pocos jerarquizan. Es el lector el que debe discernir e interpretar. Dan igual valor a una feminista de barricada que a un premio Nobel.
¿Tiene utilidad hacerse de enemigos?
Es inevitable. Sin querer vas haciéndolos, porque la vida significa tomar opciones. Pero el enemigo es útil. Es como el mar, que es muy hijo de puta. Saber que lo es, que está ahí esperando que cometas un error para acabar contigo, te da, como decía Conrad, una saludable incertidumbre. No te duermes nunca. Cuando navego solo, pongo el piloto automático y un despertador cada 15 minutos. Duermo en cubierta atento a los mercantes. El saber que estoy en peligro, me mantiene vivo. La vida es igual: saber que hay enemigos te ayuda a cuidarte más. A recordar que el mundo es un lugar peligroso y que debes estar alerta, adiestrado, listo para combatir.
¿No es extenuante?
No para un guerrero. El mundo se divide entre sacerdotes y guerreros: los que manipulan sin correr riesgos y los que los asumen. A mí me gusta pelear.
Las feministas te asedian.
Las más radicales, que como los fundamentalistas de cualquier tipo, son muy folclóricas. Es ahí cuando la estupidez me enfada. Si me hubieran leído, sabrían que en mis novelas las mujeres superan al hombre. El único tipo de mujer que me interesa, literaria o personalmente, es la mujer valiente. No es el amor ni el sexo lo que las perfila, sino la lealtad. Es gente a la que consideras un igual.
¿Fuiste un niño feliz?
Muy feliz. Crecí con la biblioteca de mis abuelos y de mi padre, con libertad, junto al Mediterráneo. Era una época en la que se podía correr sin peligro por el campo, ir a las montañas, a la playa. Andaba horas por los montes jugando a lo que había leído. Esa mezcla de libertad infantil y de lecturas -era muy imaginativo- fueron mi forma de comprender el mundo. Estudié con los hermanos maristas, pero casi todo lo aprendí en casa.
¿Quién te enseñó a navegar?
Mi tío era capitán de la marina mercante y desde muy pequeño mi padre, que era ingeniero, me llevaba a navegar. Trabajaba en una refinería de petróleo y se embarcaba hacia Arabia Saudita, Irak para comprobar la calidad del crudo en los pozos. Crecí entre cuentos de mar y ajedrez. Ya de chico no veía al mar como un límite, sino como un camino. Nunca me sentí tan bien como el día en que conseguí ser capitán de yate, el título máximo para un civil. Más que los libros que escribí, ése es mi mayor orgullo.


¿Qué tipo de travesías hacés?

Hace poco fui a Cerdeña y volví. Como no tengo jefes, me voy a Alicante y zarpo desde allí. Puede ser un par de días hasta un mes. Navego todo el año, con buen o mal tiempo, me da igual. El mar limpia la cabeza y allí todo deja de tener importancia: Rajoy, la capa de ozono, el fin del mundo. Sólo eres libre de verdad en ese desierto que es el mar.

¿Tenés hermanos?

Sí, un hermano y dos hermanas, soy el mayor. Nunca hablo de la retaguardia.
¿Por qué?
Porque, como decía un amigo: "Que los divierta su puta madre".
¡Qué lástima! Tus novelas y relatos tuvieron 13 adaptaciones al cine y a la TV. ¿La literatura está condenada a migrar hacia la pantalla?
Sí. La narrativa, como la novelística, en una generación estarán muertas. Si fuera un joven escritor, con ambición literaria, escribiría guiones para series. El guión tiene el mismo valor literario que la novela, sólo que en él interviene más gente. Ya quisiéramos tener en literatura la misma calidad que hoy tienen muchas series. El mundo que viene es audiovisual. La letra impresa está condenada a desaparecer. Tardará más o menos. Pero no hay que dramatizar.
¿La alta cultura volverá a ser para una elite?
Creo que habrá una diferenciación clara: una cultura popular de masas, más mediocre, diluida, pasteurizada y otra de elite, de consumo personal, fragmentada en individuos. Una suerte de gueto de culto individual como en plan monacal: el individuo con su biblioteca, su música y sus consumos personales. La cultura tal y como la hemos entendido desde Homero hasta ahora, como mecanismo que tira de la sociedad, como referencia moral, intelectual y salvación del hombre, está condenada a muerte. Creo que trasmutará en una especie de híbrido, donde se mezclarán Borges con la telenovela mexicana; la Mona Lisa y la Venecia de turistas. Será una cultura sin jerarquización, donde para la gente tendrá igual importancia una selfie en la torre Eiffel que asistir a un concierto en la Ópera de Viena. La paradoja es que la cultura ha accedido a lugares impensados, pero todo ha debido devaluarse para tornarse accesible, con lo cual lo positivo de la cultura se pierde.
¿La salvación es entonces individual?
Sí. La salvación colectiva es imposible. Lo he visto, no es teoría. ¿Quiénes se salvan? Los más listos, más egoístas, hábiles y rápidos. Eso también lo aprendí en el mar: el primero que muere es el idiota. Y si el estúpido es el que promueve el nivel de salvación, estamos todos condenados. Hay que apartarse de él y buscar tu propia salida.
Como España, la Argentina tiene un pasado traumático no resuelto. ¿Es una entelequia aspirar a una historia más neutral para las próximas generaciones?
Eso se logra con cultura, entendiendo que todos tienen muertos en el armario. No hay que negarle al malo que hable. Si Hitler diera hoy una conferencia, habría que ir a oírlo. Pero hoy se confunde diálogo con apostolado, sin tener en cuenta de que todo sirve para comprender. En Sarajevo le pagué a un francotirador para que me dejara acompañarlo. Me contó por qué mataba y cómo elegía a sus víctimas. Si hubiera dicho a éste no lo saco en el telediario, habría renunciado a ese conocimiento. Nunca vas a convencer a un hijo de puta de que no lo sea, pero puedes entender por qué lo es y de esa forma evitar cruzarte con él.
Hoy eso no es políticamente correcto, aunque es la regla del periodismo.
Me da igual. Lo difícil es complejo, la gente no acepta las ambigüedades porque no es culta. He escuchado a asesinos, torturadores, criminales, y eso me ha enriquecido. Pero para eso hay que estar educado. Porque si te acercas sin nada, la vida te arrastra. Hay que ser alumnos continuos de la vida. Europa está acabada por esa carencia.
¿El islam es la otra amenaza?
El islam es una norma medieval incompatible con un mundo democrático moderno. Es anacrónico y su aplicación a un sistema democrático occidental basado en Platón, la Revolución Francesa, el feminismo y los derechos humanos, es incompatible con la libertad.
Cultura, inteligencia o belleza, ¿qué valorás más?
¿A qué edad? Varía, hay momentos para cada cosa. Puedes empezar por la belleza, seguir por la cultura y llegar a la inteligencia. Pero después de esa tercera etapa, vuelve la belleza. Es una belleza diferente, matizada por la cultura y la inteligencia, y eso la convierte en una belleza distinta. A mi edad busco la fusión de las tres en todas las cosas.
1951
Nace en Cartagena, España, el 25 de noviembre
1973
Licenciado en periodismo, ingresa como corresponsal de guerra en el diario Pueblo
1990
Publica La tabla de Flandes, se proyecta internacional-mente como novelista y cubre la revolución de Rumania y las guerras de Mozambique y del Golfo
1994
Tras 21 años como corresponsal y luego de cubrir durante tres años la guerra de los Balcanes, abandona la TVE y se dedica de lleno a la literatura
1996
Publica El capitán Alatriste, saga de siete novelas, traducida a 40 idiomas, cuyo primer volumen es adaptado al cine, protagonizado por Viggo Mortensen
1999
Roman Polanski lleva al cine El club Dumas, bajo el título La novena puerta
2003
Es nombrado miembro de la Academia Real Española y al año siguiente adapta el Quijote como lectura escolar
2016
Publica Falcó y funda el sitio cultural Zenda sobre libros y escritores
2017
La agencia EFE le concede el Premio Don Quijote de Periodismo
El futuro
En septiembre publicará su segunda novela sobre Falcó; se estrenará la segunda parte de La Reina del Sur, en formato de serie y el film Oro, basado en su relato de la conquista de América
L. G. 

sábado, 9 de septiembre de 2017

ARTURO PÉREZ- REVERTE....TE EXPLICO....


Pues sí, joven colega. Chico o chica. Pienso en ti mientras tecleo estas líneas. Recuerdo tus cartas escritas con amistad y respeto, el manuscrito inédito —quizá demasiado torpe o ingenuo, prematuro en todo caso— que me enviaste alguna vez. Recuerdo tu solicitud de consejo sobre cómo abordar la escritura. Cómo plantearte una novela seria.
Tu justificada ambición de conseguir, algún día, que ese mundo complejo que tienes en la cabeza, hecho de libros leídos, de mirada inteligente, de imaginación y ensueños, se convierta en letra impresa y se multiplique en las vidas de otros, los lectores. Tus lectores.
Vaya por delante que no hay palabras mágicas. No hay truco que abra los escaparates de las librerías. Nada garantiza ver el fruto de tu esfuerzo, esa pasión donde te dejas la piel y la sangre, publicado algún día.
Este mundo es así, y tales son las reglas. No hay otra receta que leer, escribir, corregir, tirar folios a la papelera y dedicarle horas, días, meses y años de trabajo duro —Oriana Fallacci me dijo en una ocasión que escribir mata más que las bombas—, sin que tampoco eso garantice nada.
Escribir, publicar y que tus novelas sean leídas no depende sólo de eso. Cuenta el talento de cada cual. Y no todos lo tienen: no es lo mismo talento que vocación. Y el adiestramiento. Y la suerte.
Hay magníficos escritores con mala suerte, y otros mediocres a quienes sonríe la fortuna. Los que publican en el momento adecuado, y los que no. También ésas son las reglas. Si no las asumes, no te metas.
Recuerda algo: las prisas destruyeron a muchos escritores brillantes. Una novela prematura, incluso un éxito prematuro, pueden aniquilarte para siempre.
No te doy nombres, pero basta con que mires alrededor, tanta joven promesa de hace unos años convertida en triste presente.
Lo que distingue a un novelista es una mirada propia hacia el mundo y algo que contar sobre ello, así que procura vivir antes. No sólo en los libros o en la barra de un bar, sino afuera, en la vida.
Espera a que ésta te deje huellas y cicatrices. A conocer las pasiones que mueven a los seres humanos, los salvan o los pierden. Escribe cuando tengas algo que contar.
Tu juventud, tus estudios, tus amores tempranos, los conflictos con tus padres, no importan a nadie. Todos pasamos por ello alguna vez.
Sabemos de qué va. Practica con eso, pero déjalo ahí. Sólo harás algo notable si eres un genio precoz, mas no corras el riesgo. Seguramente no es tu caso. No fue el mío, desde luego, ni es el de casi nadie.
No seas ingenuo, pretencioso o imbécil: jamás escribas para otros escritores, ni sobre la imposibilidad de escribir una novela. Tampoco para los críticos de los suplementos literarios, ni para los amigos.
Ni siquiera para un hipotético público futuro. Hazlo sólo si crees poder escribir el libro que a ti te gustaría leer y que nadie escribió nunca. Confía en tu talento, si lo tienes.
Si dudas, empieza por reescribir los libros que amas; pero no imitando ni plagiando, sino a la luz de tu propia vida. Enriqueciéndolos con tu mirada original y única, si la tienes.
En cualquier caso, no te enfades con quienes no aprecien tu trabajo; tal vez tus textos sean mediocres o poco originales.
Ésas también son las reglas. Decía Robert Louis Stevenson que hay una plaga de escritores prescindibles, empeñados en publicar cosas que no interesan a nadie, y encima pretenden que la gente los lea y pague por ello.
Otra cosa. No pidas consejos. Unos te dirán exactamente lo que creen que deseas escuchar; y a otros, los sinceros, los apartarás de tu lado. Esta carrera de fondo se hace en solitario.
Si a ciertas alturas no eres capaz de juzgar tú mismo, mal camino llevas. A ese punto sólo llegarás de una forma: leyendo mucho, intensamente. No cualquier cosa, sino todo lo que necesitas.
Con lápiz para tomar notas, estudiando trucos narrativos —los hay nobles e innobles—, personajes, ambientes, descripciones, estructura, lenguaje. Ve a ello, aunque seas el más arrogante, con rigurosa humildad profesional.
Interroga las novelas de los grandes maestros, los clásicos que lo hicieron como nunca podrás hacerlo tú, y saquea en ellos cuanto necesites, sin complejos ni remordimientos.
Desde Homero hasta hoy, todos lo hicieron unos con otros. Y los buenos libros están ahí para eso, a disposición del audaz: son legítimo botín de guerra.
Decía Harold Acton que el verdadero escritor se distingue del aficionado en que aquél está siempre dispuesto a aceptar cuanto mejore su obra, sacrificando el ego a su oficio, mientras que el aficionado se considera perfecto.
Y la palabra oficio no es casual. Aunque pueda haber arte en ello, escribir es sobre todo una dura artesanía.
Territorio hostil, agotador, donde la musa, la inspiración, el momento de gloria o como quieras llamarlo, no sirve de nada cuando llega, si es que lo hace, y no te encuentra trabajando.
Y recuerda un principio básico: un buen escritor, si tiene talento, tenga éxito o no lo tenga, es aquél que se muestra a sí mismo en su obra.
Un mal escritor es el que muestra a todos aquellos escritores que le gustaría ser, y no puede.


Nadie puede ser escritor si no ha sido y sigue siendo lector. El día que dejes de serlo, incluso aunque te halles en la cima del éxito, estarás muerto o empezarás a morir como escritor, aunque tú mismo no lo sepas.
Leer te mantiene afiladas las herramientas, lúcida la mirada, fértil la mente. Y a tu edad es más que una necesidad básica; es un requisito imprescindible.
Durante toda su vida, hasta el final, un escritor necesita a sus maestros: autores y obras que ningún joven que pretenda escribir novelas, por supuesto, tiene excusa para ignorar.
Ten presente, si es tu caso, un par de cosas fundamentales. Una, que en la antigüedad clásica casi todo estaba escrito ya.
Echa un vistazo y comprobarás que los asuntos que iban a nutrir la literatura universal durante veintiocho siglos aparecen ya en la Ilíada y la Odisea —relato, éste, de una modernidad asombrosa— y en la tragedia, la comedia y la poesía griegas.
De ese modo, quizá te sorprenda averiguar que el primer relato policíaco, con un investigador —el astuto Ulises— buscando huellas en la arena, figura en el primer acto de la tragedia Áyax de Sófocles.
Un detalle importante: escribes en español. Quienes lo hacen en otras lenguas son muy respetables, por supuesto; pero cada cual tendrá en la suya, supongo, quien le escriba cartas como ésta.
Yo me refiero a ti y a nuestro común idioma castellano.
Que tiene, por cierto, la ventaja de contar hoy, entre España y América, con 500 millones de lectores potenciales; gente que puede acceder a tus libros sin necesidad de traducción previa. Pero atención.
Esa lengua castellana o española, y los conceptos que expresa, forman parte de un complejo entramado que, en términos generales y con la puesta al día pertinente, podríamos seguir llamando cultura occidental: un mundo que el mestizaje global de hoy no anula, sino que transforma y enriquece.
Tú procedes de él, y la mayor parte de tus lectores primarios o inmediatos, también.
Es el territorio común, y eso te exige manejar con soltura la parte profesional del oficio: las herramientas específicas, forjadas por el tiempo y el uso, para moverte en ese territorio.
Aunque algunos tontos y fatuos lo digan, nadie crea desde la orfandad cultural. Desde la nada. Algunas de esas herramientas son ideas, o cosas así.
Para dominarlas debes poseer las bases de una cultura, la tuya, que nace de Grecia y Roma, la latinidad medieval y el contacto con el Islam, el Renacimiento, la Ilustración, los derechos del hombre y las grandes revoluciones.
Todo eso hay que leerlo, o conocerlo, al menos. En los clásicos griegos y latinos, en la Biblia y el Corán, comprenderás los fundamentos y los límites del mundo que te hizo.
Familiarízate con Homero, Virgilio, los autores teatrales, poetas e historiadores antiguos. También con La Divina Comedia de Dante, los Ensayos de Montaigne y el teatro completo de Shakespeare.
Te sorprenderá la cantidad de asuntos literarios y recursos expresivos que inspiran sus textos. Lo útiles que pueden llegar a ser.
La principal herramienta es el lenguaje. Olvida la funesta palabra estilo, burladero de vacíos charlatanes, y céntrate en que tu lenguaje sea limpio y eficaz. No hay mejor estilo que ése.
Y, como herramienta que es, sácale filo en piedras de amolar adecuadas.
Si te propones escribir en español, tu osadía sería desmesurada si no te ejercitaras en los clásicos fundamentales de los siglos XVI y XVII: Quevedo, el teatro de Lope y Calderón, la poesía, la novela picaresca, llenarán tus bolsillos de palabras adecuadas y recursos expresivos, enriquecerán tu vocabulario y te darán confianza, atrevimiento. Y una recomendación: cuando leas El Quijote no busques una simple narración.
Estúdialo despacio, fijándote bien, comparándolo con lo que en ese momento se escribía en el mundo.
Busca al autor detrás de cada frase, siente los codazos risueños y cómplices que te da, y comprenderás por qué un texto escrito a principios del siglo XVII sigue siendo tan moderno y universalmente admirado todavía.
Termina de filtrar ese lenguaje con la limpieza de Moratín, el arrebato de Espronceda, la melancólica sobriedad de Machado, el coraje de Miguel Hernández, la perfección de Pablo Neruda.
Pero recuerda que una novela es, sobre todo, una historia que contar. Una trama y una estructura donde proyectar una mirada sobre uno mismo y sobre el mundo. Y eso no se improvisa.
Para controlar este aspecto debes conocer a los grandes novelistas del siglo XIX y principios del XX, allí donde cuajó el arte.
Lee a Stendhal, Balzac, Flaubert, Dostoievski, Tolstoi, Dickens, Dumas, Hugo, Conrad y Mann, por lo menos.


Como escritor en español que eres, añade sin complejos La regenta de Clarín, las novelas de Galdós, Baroja y Valle Inclán. De ahí en adelante lee lo que quieras según gustos y afinidades, maneja diccionarios y patea librerías.
Sitúate en tu tiempo y tu propia obra. Y no dejes que te engañen: Agatha Christie escribió una obra maestra, El asesinato de Rogelio Ackroyd, tan digna en su género como Crimen y castigo en el suyo.
Y sobre todo, recuerda cuál es la clave maestra de todo: un novelista sólo es bueno si cuenta bien una buena historia.
Lo demás son cuentos chinos. Si no tienes nada que contar o si no sabes cómo hacerlo, dedícate a otra cosa.
Te ahorrarás perder el tiempo y hacérnoslo perder a los lectores. Al fin y al cabo, escribir no es obligatorio. Nadie te fuerza a ello.
Suerte, amigo mío. Tanta como merezcas. Y te mando un abrazo.