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lunes, 14 de noviembre de 2022

AUTOR Y LECTURAS RECOMENDADAS


Manuel Puig, al alcance de nuevos lectores y a la luz de otras miradas
Con sendos prólogos de escritores hispanoamericanos, se reeditaron las ocho novelas del autor nacido en General Villegas
Daniel Gigena
Portadas de las novelas de Manuel Puig, reeditadas en el 90º aniversario del nacimiento del autor, con prólogos de escritores hispanoamericanos
Renovador de la técnica novelística, sin prejuicios a la hora de experimentar con géneros discursivos como el folletín, el chisme y el melodrama, detective de matices verbales tan singulares como atípicos en una época dominada por una narrativa “abrumadora y ásperamente masculina” (como señala el escritor español Antonio Muñoz Molina), Manuel Puig (1932-1990) recupera el centro de la escena literaria a noventa años de su nacimiento.
Manuel Puig publicó ocho novelas..Ulf Andersen - Hulton Archive
El autor que rebautizó su General Villegas natal en
La traición de Rita Hayworth (1968), su primera novela, y que alcanzó la popularidad con Boquitas pintadas (1969), llevada al cine (su gran amor) por Leopoldo Torre Nilsson, debió huir de la Argentina perseguido por una insólita campaña de moralidad impulsada por el gobierno peronista después de la publicación de la truculenta The Buenos Aires Affair (1973). Puig continuó su obra en el exilio, primero en Ciudad de México, donde en pocos meses conoció a escritores como Elena Poniatowska y Juan Rulfo, y luego en Nueva York y Río de Janeiro, donde se ambientan sus dos últimas novelas: Sangre de amor correspondido (1982) y la magistral Cae la noche tropical (1988). Con El beso de la mujer araña (1976) había ganado fama internacional: la historia de amor entre un preso político y un gay acusado de corrupción de menores se tradujo a varios idiomas, fue adaptada al cine por Héctor Babenco y llegó a Broadway como comedia musical.
Para homenajear al más pop de los escritores argentinos, el sello español Seix Barral decidió este año reeditar las ocho novelas de Puig, con unas portadas “retrofuturistas” y prólogos de escritores hispanoamericanos, entre los que figuran los españoles Mario Mendoza y María Dueñas; la chilena Paulina Flores y Claudia Piñeiro, Tamara Tenenbaum y Camila Sosa Villada. Al mismo tiempo que sorprenden algunas ausencias en la lista de prologuistas –no fueron convocados Graciela Goldchluk (a cargo del archivo de manuscritos de Puig), Alan Pauls, Graciela Speranza, Daniel Molina, José Amícola o Daniel Link–, ciertos pasajes kitsch de los textos publicados parecen haber sido dictados por personajes de Puig. También hay confusiones, como la de Muñoz Molina al afirmar que Boquitas pintadas resultó finalista del Concurso Biblioteca Breve en 1965, cuando en verdad Puig había presentado La traición de Rita Hayworth, sobre la que Mario Vargas Llosa (integrante del jurado) sentenció que parecía escrita por Corín Tellado.
“El criterio fue recoger una amplia representación de escritores de diferentes generaciones, tradiciones y países, que permitiera reflejar que Manuel Puig es hoy un escritor universal y al que es posible abordar desde una multitud de lugares y puntos de vista –dice Jesús Rocamora Holgado, editor de Seix Barral en España–. De ahí que textos de autores consagrados como Antonio Muñoz Molina, María Dueñas o Claudia Piñeiro, fruto de la sosegada relectura de sus novelas medio siglo después de haber sido publicadas, puedan dialogar con las reflexiones de esa nueva generación de escritoras a la que pertenecen Tamara Tenenbaum y Paulina Flores, tan marcada por la hibridación, las nuevas tecnologías y la definitiva desaparición de las fronteras entre alta y baja cultura”.
Otras miradas están centradas en aspectos sociopolíticos, que Puig padeció. “Como la de Mario Mendoza, que se complementa a la perfección con las de escritores que, a través de su experiencia, han registrado recientemente la realidad LGTBI+ en sus propias obras, como Camila Sosa Villada o Bob Pop –agrega el editor–. Tienen algo en común: aceptaron al minuto, sin dudar, la invitación de participar en el proyecto como grandes amantes de la obra de Puig que son”. En las librerías argentinas ya se pueden encontrar cinco de las ocho reediciones.
Todos los prologuistas coinciden en la contemporaneidad de Puig por su estilo brillante, sus temáticas osadas, su humor y misterio. En el prólogo a The Buenos Aires Affair, Mario Mendoza ilumina un vector algo olvidado en los rescates de la obra del escritor argentino: “La literatura de Puig nos advierte que la obediencia al establishment no es una virtud, sino muy defecto muy grave. La mansedumbre incrementa la conformidad brutal, anula la alteridad, la solidaridad, la fraternidad, es decir, los grandes valores de la modernidad”.
“Sin miedo a ser tachado de frívolo o superfluo. Con libertad y desparpajo”, Puig convirtió “la pequeña historia de unos cuantos infelices en una obra magnífica”, dice María Dueñas en el prólogo de esa fábula de amor imposible, Boquitas pintadas.

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lunes, 28 de diciembre de 2020

AUTOR Y LECTURAS RECOMENDADAS


Ficciones de Aira. Una obra insólita que no deja de crecer

En 2020, el escritor argentino agregó tres nuevos títulos a la enorme lista de sus libros, entre otros el sorprendente Lugones, en los que vuelve a poner a interactuar narrativa y arte contemporáneo
¿Cuál es el tiempo de César Aira? En 2020, el escritor de 71 años nacido en Pringles con base en Flores, cuyo nombre resuena en la quiniela previa del Nobel de Literatura para luego ausentarse de todo el (aún en pandemia) sobrecargado calendario de la escritura y los autores publicó tres libros nuevos, novelas cortas. En 2018 había llegado a un número único para un autor argentino, cien libros donde se sumaban objetos de ficción, ensayos, piezas teatrales. Con las publicaciones de Fulgentius (en febrero), Lugones (en septiembre) y la más reciente El Pelícano el número de Aira llega a 107 títulos, lo cual supondría que muy pronto el airólogo Ricardo Strafacce debería estar corrigiendo y aumentando su muy necesario César Aira, un catálogo, que tenía como cierre el ensayo Sobre el arte contemporáneo seguido de En La Habana al que le correspondía esa cifra desmesurada: 100.
Pero los libros de Aira no confirman ni desmienten sino que más bien atentan contra esa idea de la "novedad" en la industria editorial. Lugones es un libro nuevo, sí, pero está fechado en mayo de 1990 mientras que El Pelícano es de febrero de 2019, y Fulgentius, de enero de 2017. Pero podrían ser intercambiados pues ninguno da pistas de una contemporaneidad que no sea la del propio autor en su incesante producción. Así, El Pelícano podría ser el libro de 1990 y Lugones, el último de sus manuscritos pasados a computadora. O uno de los últimos porque quién sabe cuánto ha escrito Aira desde febrero de 2019 o qué otra obra suya podría encarnar el pasado como futuro.
Lugones y El Pelícano son, como de costumbre, libros que apenas pasan las cien páginas (el formato del primero, publicado por Blatt & Ríos, lo estira a 179) que es el límite promedio de Aira donde la acción se detiene. Finales que no especulan con la expectativa del final sino que son como esos senderos de tierra en el campo que sin ninguna explicación se borran, tapados por la maleza.
 ¿A dónde llevarían? Hay algo del orden de lo deceptivo en los finales de Aira que es muy sintomático de la seriefilia de estos años. Estallidos colectivos de indignación con el final de Lost, primero, o con el de The Undoing ahora. Una obsesión por el final como artesanía o convención que Aira desprecia o no le importa. No habría obra menos netflixable que la de Aira y, sin embargo, esta superposición con el género narrativo que es, a decir del francés Gérard Wacjman (Las series, el mundo, la crisis, las mujeres), la forma de nuestro tiempo también habla de lo que el ensayista Reinaldo Laddaga ya señalaba en 2007: los libros de Aira son libros escritos en el final de los libros y se parecen más bien a emisiones radiofónicas o audiovisuales. Y así como las series están ancladas en la tradición más reciente de la cultura pop que en la del cine, los libros de Aira se relacionan más con genealogías del arte contemporáneo (del neodadaísmo de los años 60 en adelante) que literarias. Lo mismo vale para Fulgentius (¿novela histórica?), ambientada en el Imperio Romano,
Como bien explica Laddaga en el prólogo de Espectáculos de Realidad, donde ponía la obra del dadaísta de Pringles en eje con la del mexicano Mario Bellatin y el brasileño João Gilberto Noll, quien espere una reseña de los tres libros de Aira publicados en 2020 debería decepcionarse como los seriéfilos indignados con los finales. "Es imposible proponer una descripción de esta novela, que le dé al lector una idea de su trama: los libros de Aira se resisten al resumen", escribe Laddaga sobre Las noches de Flores (2005). Y es verdad, sus cuentos de hadas dadaístas (como él mismo caracteriza a sus novelas) son en el fondo sobre nada, espectrales partituras para improvisar, de ahí que la digresión contradiga su propia naturaleza: no hay digresión cuando todo es digresión.
Lo que sí puede hacerse con Lugones y El Pelícano, para atenernos a ellos, es mapearlos dentro de esa instalación de arte contemporáneo que es su bibliografía. El primero, claro, es un deslizamiento sobre el último día en la vida del así llamado poeta nacional en un recreo de vacaciones del Delta. Pero no es una ucronía, carece de ese tipo de especulación morbosa. En Lugones, Leopoldo Lugones es él y no es él todo el tiempo. Pertenece a la misma clase de libros de Aira como Un episodio en la vida del pintor viajero (2000) donde el cruce de Johann Moritz Rugendas de Chile a la Argentina en 1837 es desviado, secuestrado, de la historia hacia un bunker surrealista o el magnífico La Liebre (1991) donde se ficcionaliza a Juan Manuel de Rosas como si se jugara con su figura adusta reproducida a la escala de esas miniaturas que venían en las chocolatinas Jack.
 El Pelícano, en cambio, es el mundo paralelo de Jocoserio y Quinta de Tos, lúmpenes grotescos que habitan una ciudad sin nombre en la que se encuentran señales vagas, débiles, de pertenencia al espacio tiempo argentino y que, como en otras emisiones de la instalación Aira, atraviesan una especie de cataclismo o apocalipsis bonsái.
El cruce de Aira entre la ficción literaria y el arte de vanguardia es constitutivo también en sus libros de 2020. Así habrá un extraño pintor japonés en el mundo que rodea al Lugones (Doctor Ferraguto hasta que es descubierto) de Lugones y una pintora abstracta barrial en El Pelícano. Aira usa a estos outsiders del arte para, en sus devaneos, enmascarar breves ensayos sobre arte contemporáneo (esquirlas de Sobre el arte contemporáneo) y la materia misma de la ficción.
Del mismo modo, fuera de sus libros, es requerido para prologar muestras de arte. Ya lo hizo con el pintor Alfredo Prior y este año con el joven artista multidisciplinario Matías Duville cuya muestra se puede ver actualmente en Colección Amalita. Son textos que escapan del objeto libro para ingresar en la dimensión de la arquitectura de las galerías o los museos y que tampoco cumplen del todo con la función que se espera de esos textos llamados "curatoriales". Porque son parte de una obra de arte contemporáneo por otra vía explicando lo inexplicable e inútil del arte. Igual que sus libros de 2020, independientes de todas las estrategias de promoción menos por negación que por su propia especificidad inscripta en lo que Luca Prodan cantaba a grito pelado: nada te ata a leer la novedad.


LUGONES
César Aira
Blatt&Ríos
180 páginas
$ 690


EL PELÍCANO
César Aira
Mansalva
128 páginas
$ 920

F. G.

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sábado, 28 de noviembre de 2020

AUTOR Y LECTURAS RECOMENDADAS


Alrededores del ser, de Gianni Vattimo
La filosofía que no cesa



Las dos últimas décadas del siglo XX se caracterizaron por el vaticinio de inminentes finales: del sujeto, de la historia, de los grandes relatos. Emergía entonces un discurso posmoderno que parecía intuir nuevas coordenadas para pensar la existencia. Entre las voces más escuchadas en aquellos días se encontraba la del filósofo italiano Gianni Vattimo (Turín, 1936) -conocido hasta entonces fundamentalmente por sus textos introductorios a Nietzsche y Heidegger-, que anunciaba la llegada de un "pensamiento débil" acorde a los nuevos tiempos. Cuarenta años después, la posmodernidad parece haber sido una efímera moda intelectual, el sujeto y la historia aparecen como repuestos de un malestar pasajero, y los partidarios del "pensamiento débil" son poco menos que inhallables. Sin embargo, la pérdida de aquel lugar de privilegio del que gozó durante un breve tiempo no le impidió a Vattimo continuar labrando un camino singular. Además de proseguir con su labor hermenéutica, dialogando con las más diversas corrientes, se reencontró con la religión de su juventud, y participó de modo directo en diversas agrupaciones políticas, llegando a ser parlamentario europeo.
Alrededores del ser reúne más de treinta ensayos breves que reflejan el recorrido del autor en la última década. Son textos que fueron pensados y escritos de modo independiente -varios de ellos respondiendo a convocatorias de congresos o libros colectivos- en los que, con su particular modo de desplegar la filosofía, aborda cuestiones dispares.
Así, en "De la política y el amor" analiza, partiendo del comentario a un texto de Martha Nussbaum, el lugar que las pasiones tienen en la política actual; en "Religión y emancipación" se detiene en la consideración del Papa Francisco como un posible referente de transformación sociopolítica a nivel global; y, en "La cuestión de la técnica hoy", plantea la necesidad de repensar el lugar de la técnica a partir de su conversión en una especie de mundo autónomo. Otros de los temas abordados -siempre apoyándose en aquellos filósofos que lo han acompañado en el largo camino recorrido, como Heidegger, Gadamer o Nietzsche- son el totalitarismo, el arte, la democracia o la globalización.
Si Vattimo ha sabido sobrevivir a su sombra -y Alrededores del ser es una clara prueba de ello- es porque en lugar de aferrarse a un cuerpo filosófico cerrado optó por alimentar una inquietud hermenéutica siempre abierta a proseguir el diálogo


ALREDEDORES DEL SER
Gianni Vattimo
Galaxia Gutenberg
Trad.: Teresa Oñate
344 págs./$ 1695

G. S. 
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martes, 10 de noviembre de 2020

AUTOR Y LECTURAS RECOMENDADAS


La vida descalzo

Alan Pauls
En su texto el autor observa que la playa es, a la vez, lo que estuvo antes y lo que vino después, el principio y el fin, lo todavía intacto y lo ya arrasado, la promesa y la nostalgia
Las playas más puras nunca son más puras que la arena que las constituye, y la arena es cualquier cosa menos pura. Está hecha de desechos: sobras de rocas, arrecifes, corales, huesos, conchas, valvas, caracoles, pescados, plancton. A esa impureza ancestral, uno solo de cuyos granos, examinado en su tamaño, su forma, su textura o su composición por un sedimentólogo moderadamente sagaz, permitiría reconstruir el lugar del que procede y el tiempo y los procesos que lo llevaron hasta una costa determinada (se calcula, por ejemplo, que la arena de Miami tiene trece mil años de edad), Villa Gesell agregaba otra, ya no geológica sino cultural, y más de uno dirá inconfundiblemente argentina, que hacía coexistir dunas con mermeladas de rododendro, Land Rovers de la guerra descalabrados con canciones de protesta calcadas de Georges Brassens, calles de tierra y plumeros con sandalias de cuero trenzado, playas tan anchas que a pleno sol era imposible cruzarlas descalzo con bares hip como La Jirafa Roja, carnes de jabalí con cielos de un azul impasible que duraban semanas, centros de perdición infantil como el Combo Park -con sus mesas de ping pong, sus metegoles de hierro, sus flippers, sus canchas de bowling automáticas y sobre todo su sistema de cospeles, primera moneda de uso infantil y primera noción general de equivalencia económica, que los chicos compraban por su cuenta a empleados apenas uno o dos años más grandes que ellos, siempre malhumorados- con cantautores sensibles ("Era la tarde / la tarde cuando el sol caía / la tarde cuando fuiste mía / la tarde en que te vi, mi amor"), hoteles residenciales regenteados por familias croatas con chicas a go-gó, ancianas alemanas que ya entonces -corrían los sangrientos 70- reivindicaban los derechos del animal con rockeros de pecho hundido y costillas marcadas, duchas a la intemperie con varietés noctámbulos como La mandarina a pedal o Nacha de noche. Y si esa incongruencia pudo ser posible, si hoy es, digan lo que digan sus detractores -en primer lugar los gesellinos de la primera hora, esos profesionales del desconsuelo-, lo más parecido a un estilo Gesell, es porque no hay geografía más en blanco, más dócil, más susceptible de reescrituras arbitrarias que la geografía de la playa. Puede, pues, que no haya hoy en todo Villa Gesell un solo lugar digno de llamarse virgen.
 Puede que el paraíso Gesell, como todos, sea un paraíso perdido. Pero nadie que vaya a Gesell -no importa si invocando los goces de la naturaleza o los de la cultura- podrá negar después, una vez que ha vuelto, que lo que le dio verdadero sentido a su viaje, aun cuando la revelación sólo durara un instante, fue precisamente algo del orden de lo perdido. No sé por qué, buscando qué mito de origen, va a la montaña la gente que acostumbra ir a la montaña. Sé que los que vamos a la playa -a Villa Gesell como a Cabo Polonio, a Punta del Este como a Mar del Plata, a Florianópolis como a Mar del Sur, a Cozumel como a Goa- vamos siempre más o menos tras lo mismo: las huellas de lo que era el mundo antes de que la mano del hombre decidiera reescribirlo.
La playa es a la vez lo que estuvo antes y lo que vino después, el principio y el fin, lo todavía intacto y lo ya arrasado, la promesa y la nostalgia.
Antes -pero quizá también después. Porque la playa, espacio escatológico por excelencia, reúne en su fisonomía de tabula rasa los valores de una era primitiva, previa a la historia, y todos los rasgos de un escenario póstumo, que una catástrofe natural o el zarpazo de una fuerza aniquiladora habrían reducido a lo más elemental: un paisaje de restos y escombros microscópicos.
 La playa es a la vez lo que estuvo antes y lo que vino después, el principio y el fin, lo todavía intacto y lo ya arrasado, la promesa y la nostalgia. De ahí que "virginidad", idea demasiado fechada, demasiado irreversible, no sea la palabra más conveniente para describir el anzuelo imaginario con el que sigue buscando capturarnos. Tal vez sea mejor hablar de desnudez. La playa, como el desierto, es un espacio desnudo, y es ese despojamiento radical -antes que un mayor o menor índice de primitivismo o de naturaleza- lo que la distingue de la selva u otros emblemas canónicos de la virginidad. La diferencia no es tanto natural como estética, o incluso de régimen de significación; que la playa -es decir, esencialmente, un territorio compuesto de mar, costa y arena- sea minimalista no significa que sea muda, ni siquiera que sea lacónica: la playa murmura y habla, sólo que en ella fondo y figura, soporte y trazo, parecen indistinguibles, como si estuvieran hechos de un mismo material y compartieran una misma naturaleza. Fruto de una acción inmaterial, la que ejercen sobre el mar y la arena las fuerzas del viento, el sol y las nubes, los trastornos de luz, de forma y de color, el aumento o la disminución del oleaje, los cambios de dirección en el movimiento del agua y todos los signos típicos de la playa tienen algo trucado, un cierto carácter de ilusión óptica, como si lo que los produjera no fuera algún agente exterior, como la tiza que traza la línea sobre la pizarra, sino el mismo plano del mar o de la arena al plegarse sobre sí mismos.

Fragmento de La vida descalzo, publicado por Literatura Random House, en 2018.
La vida descalzo, de Alan Pauls

El libro
Reflexiones e imágenes se entremezclan en La vida descalzo, trabajo autobiográfico que el autor de
El pasado, Historia del dinero, El factor Borges y Wasabi, entre otros libros, publicó a fines de 2018. Entre muchos atributos de la playa, la gran protagonista del volumen, Alan Pauls dice en base a su experiencia personal que es un lugar donde se sueña mucho (y en continuado, como en los viejos cines), se sueñan sueños que bien podrían ser una película completa.


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martes, 3 de noviembre de 2020

AUTOR Y LECTURAS RECOMENDADAS


Vida y destino. El clásico que casi se pierde para siempre

Hace cuarenta años la gran novela de Vasili Grossman logró publicarse en Occidente, sorteando la censura que en la URSS la había condenado a la desaparición; hoy, más obras se suman al canon de un autor insoslayable del siglo XX
Como corresponsal del diario soviético Estrella Roja, Vasili Grossman pasó entre 1941 y 1945 más de mil días en el frente europeo oriental de la Segunda Guerra Mundial, o como se la llamó en la Unión Soviética, la Gran Guerra Patriótica. Todo lo que experimentó junto al Ejército Rojo, al que se unió en cuanto los nazis lanzaron su guerra de exterminio contra la "raza eslava", fue debidamente escrito, aunque no siempre sería autorizado a publicarlo, como señala el historiador británico Antony Beevor en Un escritor en guerra. Vasili Grossman en el Ejército Rojo.
Aun así, comenzando por el paso triunfal de la Wehrmacht sobre Ucrania, donde Grossman había nacido en 1905 y su madre sería ejecutada en 1941 junto a otros 30.000 judíos por los Einsatzgruppen nazis en Babi Yar, pasando por la sorprendente victoria en Stalingrado de 1943 hasta la llegada a Berlín en 1945, donde los civiles derrotados del Tercer Reich fueron los primeros en responder "por todo lo que había sido incendiado, robado y volado en Rusia", como anota Grossman en Años de guerra, lo convirtieron en uno de los más importantes testigos literarios del evento central del siglo XX, como lo fueron los italianos Curzio Malaparte (La piel) o Primo Levi (Si esto es un hombre).
Pero para Grossman la Gran Guerra Patriótica significó algo más: una gradual toma de posición contra un régimen que, aunque le había otorgado las mayores condecoraciones por su impresionante trabajo, en el proceso había devorado mediante las purgas y el gulag no solo a parientes, parejas, amigos y colegas, sino a los grandes ideales de la Revolución rusa.
Los signos de este giro se perfilaron en Por una causa justa, la novela publicada en 1952 que, ambientada durante el primer año de la invasión nazi, le valió a Grossman su primera advertencia. Para editarla cuando Stalin aún vivía, Grossman, por entonces toda una figura de la cultura comunista, tuvo que ceder a las revisiones de la Unión de Escritores Soviéticos, que cambió incluso el título original, Stalingrado, por considerar que no le correspondía a un judío ucraniano contar la gran gesta militar rusa.
Eran los años en que el estalinismo atravesaba su etapa antisemita, establecida bajo la idea inicial de que distinguir los crímenes nazis a partir de su sesgo de odio religioso significaba ceder a un "cosmopolitismo" opuesto al proletariado ruso, posición que no tardaría en convertirse en otro de los delirios persecutorios de Stalin; en esa oportunidad, contra los médicos judíos "complotados" para asesinar a los altos dirigentes comunistas. A pesar de esto, Grossman siguió trabajando y en 1960, muerto Stalin, terminó la segunda parte de Por una causa justa: la aún más monumental Vida y destino, una novela que fue "arrestada" por la KGB en 1961, antes de su edición, por considerarla un grave ataque al poder soviético.
Sería la llegada clandestina de una copia secreta microfilmada a Suiza lo que, recién en 1980, 16 años después de la muerte de Grossman (quien terminó sus días en 1964 convencido de que su mejor libro había sido destruido) liberaría de la censura a uno de los artefactos literarios más fascinantes del siglo XX.


"Querido Nikita Serguéievich: no he dejado de pensar en lo que ha destrozado mi vida, en el final trágico de mi libro. En mi libro hay páginas de amargura y dolor por nuestro pasado reciente, por los hechos de la guerra. No son fáciles de leer. Tampoco ha sido fácil escribirlas, créame", le escribió Grossman en febrero de 1962 a Nikita Kruschev, Secretario del Partido de la URSS y antiguo conocido de Stalingrado. Según le informó entonces la KGB, el autor debería esperar, al menos, 250 años para publicar su novela. Ahora, sin embargo, al cumplirse 40 años de la aparición de Vida y destino en Occidente, la figura del "Tolstói de la Unión Soviética", como suele llamarse a Grossman sin otra gentileza que la precisión (incluso militar, ya que fue uno de los últimos visitantes a la casa del maestro ruso en Tula antes de que el general alemán Heinz Guderian la usara como cuartel), mantiene una vigencia que hace sorprendentemente verdaderas a todas las frases en las contratapas de sus libros.
"Trepidante pulso narrativo", "magnífica novela", "sobrecogedor relato" o "lectura inolvidable", por citar algunas, son descripciones a la altura de una obra que, en perfecta sintonía con Guerra y paz, cuyo modelo Grossman tuvo en cuenta desde el primer instante, no deja de sorprender por su calidad literaria, filosófica y moral. El nazismo y el comunismo como preguntas existenciales sobre el totalitarismo, los campos de concentración alemanes y el gulag soviético, la violencia de la guerra y la humillación de la obediencia, la fe en el amor y el miedo a la libertad: todo eso forma parte de Vida y destino, un libro que sin estar escrito contra el comunismo ni ser un libro comunista, involucra a personajes imaginarios con otros tan reales como Hitler y Stalin, a la vez que viaja entre lo cotidiano y lo metafísico desde el frente de batalla en Stalingrado hasta los laboratorios científicos en Moscú, atravesando incluso las cámaras de gas de Treblinka, que Grossman tuvo oportunidad de descubrir en Polonia y contarle al mundo en El infierno de Treblinka.
"La historia del hombre no es la batalla del bien que intenta superar al mal. La historia del hombre es la batalla del gran mal que trata de aplastar la semilla de la humanidad. Pero ni siquiera ahora lo humano ha sido aniquilado en el hombre, entonces el mal nunca vencerá", dice la voz de Vida y destino acerca de uno de los momentos más oscuros de la humanidad.
Formado como químico e ingeniero antes de convertirse en escritor profesional por recomendación de Máximo Gorki, Grossman condensa en sí mismo muchas de las paradojas de la Rusia de su época. Ucraniano y judío, ciudadano soviético modelo y artista ejemplar, patriota comprometido y revolucionario convencido, todo lo que debió haberlo elevado a la cumbre de la sociedad comunista de su era se transformó, en cambio, en una espiral cada vez más brutal de opresión y silencio.
Si se trató de ingenuidad política o heroísmo idealista es una discusión abierta. Aún así, la severidad de sus observaciones sobre las aristas de la naturaleza humana al detallar, con el mismo rigor, tanto las violaciones en masa de mujeres alemanas por parte del Ejército Rojo como los asesinatos nazis en Treblinka (donde el SS Zepf "se había especializado en enarbolar niños como una maza y golpear su cabeza contra el suelo, o bien partirlos por la mitad") demuestra que Grossman no pudo permanecer inocente durante mucho tiempo. Sin embargo, ni las peores realidades del nacionalsocialismo o el comunismo, que no eran las que se desataban en medio de la guerra sino las que se planificaban desde el Kremlin o la Cancillería del Reich, doblegaron su fe en que "lo humano es indestructible".
Como homenaje a esta fe humanista en forma de literatura, a cuarenta años de la edición de Vida y destino acaba de publicarse la versión original de Por una causa justa con su título real, Stalingrado (distinto al Stalingrado que reúne sus crónicas de guerra) y también sus cuentos reunidos en Eterno reposo y otras narraciones, en los que sintetizó el arco estético e ideológico que va de la ilusión a la decepción. En el camino, Grossman jamás perdió de vista la necesidad de una resistencia intelectual, dispuesta a dar testimonio a pesar de todo.

ETERNO REPOSO Y OTRAS NARRACIONES
Vasili Grossman
Galaxia Gutenberg
Trad.: A.Kozinets
256 págs./$ 1300




VIDA Y DESTINO
Vasili Grossman
Galaxia Gutenberg
Trad.: Marta Rebón
1120 págs./$1400

N. M. 

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viernes, 16 de octubre de 2020

AUTOR Y LECTURAS RECOMENDADAS


Ken Follett amplía su celebrada saga sobre la Edad Media
Con Las tinieblas y el alba, una precuela de Los pilares de la Tierra, el autor galés se remonta a la oscura y violenta Inglaterra del año 1000
En una precuela de Los pilares de la Tierra, el prolífico autor se remonta a la oscura Inglaterra del año 1000
Retorno a Kingsbridge. Ken Follett vuelve al mundo que empezó a construir en
Los pilares de la tierra con una nueva novela, la cuarta, sobre la ciudad y su priorato. Después de dos secuelas (en las que avanzó desde el siglo XII del primer libro hasta el XIV de Un mundo sin fin y el XVI de
Una columna de fuego) retrocede a finales del siglo X en una precuela, Las
tinieblas y el alba (Plaza y Janés). Allí muestra los orígenes de un lugar que ya forma parte del gran mapa universal de las ficciones literarias. En la novela, tres protagonistas principales, una noble normanda, Ragna; un constructor de barcos, Edgar; y un monje, Aldred, se enfrentan a un gran plantel de villanos con el oscuro telón de fondo de la Alta Edad Media en Gran Bretaña y la amenaza de los vikingos. Como es habitual en Follett (Cardiff, 71 años), mucha emoción, muchos sentimientos, mucho sexo y muchas páginas (930).
Entre las cuatro novelas, de 1989 a 2020, Ken Follett lleva 30 años en la Edad Media; es lo que se tardaba en construir una catedral. “Es cierto”, ríe Follett con su acostumbrado buen humor, durante una videoconferencia. “Al menos mi saga no ha durado tanto como la Sagrada Familia; si no, me habría muerto ya”.
En el libro nos encontramos con una Alta Edad Media muy dura, en la que no nos hubiese gustado vivir, por no hablar del baño una vez al año, la escasez de libros y el casi nulo uso de ropa interior. “Sin duda, pero eso es parte de su atractivo; nos sentimos a gusto al leer sobre gente que lo pasa mal, que sufre siempre de hambre y frío y padece terribles violencias mientras nosotros estamos cómodamente instalados en un sofá, en una habitación caldeada, después de cenar bien y con una copa de coñac en la mano”.
En la novela asistimos a muertes tremendas, violaciones, enfermedades venéreas, ejecuciones… Caray con la Alta Edad Media. “Era así de salvaje, pero no debemos olvidar que más allá de nuestra acomodada existencia, en algunas partes del mundo hoy sigue siendo así”.
Desde la tapa se sugiere que se trata de una novela de vikingos. En realidad, son bastante secundarios, aparte de una incursión al principio (con algunas mujeres guerreras por cierto) y la batalla en la playa, y la mención de pasada de Sven Barbapartida. “Sí, su función en el relato es ser una amenaza constante, pero en la novela solo están en escena un par de veces. Sin embargo, todo el mundo los teme. La verdad es que no quería escribir un libro excesivamente violento, y si les das un papel relevante a los vikingos no puedes escapar de esa violencia continua. Son un buen elemento, otorgan un punto de interés, pero es un peligro que te condicionen la narración. Es mejor tenerlos lejos, al acecho”.
Follett confiesa que no le interesan excesivamente los vikingos. “Vi la serie Vikingos, claro. La gente cree que los vikingos son atractivos, pero yo disiento. Mi visión es distinta. Eran un pueblo de esclavistas, asesinos y ladrones, me parecen como la mafia de su tiempo. Hay gente que cree que la mafia es atractiva, pero yo no”.
Edgar es un artesano constructor de barcos y al principio pensamos que acabará construyendo un hermoso drakkar. “Bueno, construye una pequeña embarcación de estilo vikingo, pero Edgar no es un guerrero, esa no es su función. Construye barcas y otras cosas, un canal, un puente, una iglesia. Es un hombre creativo, un constructor”. Las tinieblas y el alba vuelve a demostrar el interés, la pasión de Ken Follett por la artesanía, la ingeniería y el bricolaje. “Creo que construir ha sido siempre muy importante en la historia. Los constructores me fascinan, construyeron Inglaterra, las casas, los canales, los puentes, las iglesias. Crear un país no es solo cosas espirituales, hay una parte material, física”.
En la nueva novela aparecen mujeres muy fuertes, Ragna, su madre, la madre de Edgar, la madre del conde Wilf, Cwenburg, que se casa con dos hombres a la vez… “Ragna tiene que luchar mucho para ser poderosa y libre. La verdad es que la historia apoya el tipo de personajes femeninos que describo, la posibilidad de que una mujer pudiera ser libre y poderosa en esa época. Por supuesto eran casos excepcionales, pero los hubo. Para Ragna me he basado en parte en Emma de Normandía (987-1052), que como ella llegó a Inglaterra para casarse. Lo hizo con el rey Etelredo y luego con su sucesor, Canuto, el vikingo danés que conquistó el reino. Más tarde reinó el hijo que tuvo con Etelredo,
Eduardo el Confesor. Emma estuvo en el centro político de Inglaterra durante décadas. Y demuestra que era posible un personaje como mi Ragna. En la historia siempre ha habido mujeres y hombres que se han rebelado contra el papel que parecían condenados a tener, y son los más interesantes”.
La novela muestra que la Iglesia tardó en extender su control sobre la sociedad. Vemos como en esa época el matrimonio quedaba fuera de su jurisdicción. “La Iglesia aún era débil, su influencia era sobre todo moral, la introducción del cristianismo en Inglaterra fue muy lenta. En esa época, los vikingos eran todavía paganos”. La dicotomía moral está muy exacerbada en Las tinieblas y el alba, con buenos muy buenos y malos malísimos. “Creo que en la vida real hay gente muy mala, y también gente muy buena. Me gusta que en mis novelas el gran malvado sea despreciable y el bueno adorable. Son decisiones literarias.”
Muchos lectores que disfrutamos El ojo de la aguja, La clave está
en Rebeca, Vuelo final o Alto riesgo, querríamos que Follett volviera a la Segunda Guerra Mundial. “Es una posibilidad, pero hay mucha gente que hace ahora thriller ambientado en esa época, está muy de moda”. Hablando de La clave está en Rebeca (1980), le pregunto a Follett si no se sorprendió al ver que tras su novela llegaba El paciente inglés (1992), de Michael Ondaatje, sobre una historia con tantos puntos de contacto, aunque Follett se perdió al conde Almásy. “Vi que la inspiración era la misma y cuando le dieron un premio a Ondaatje y nos vimos, le dije: ‘¿Te das cuenta de que El paciente inglés está basado en la misma historia de espionaje?’. Me contestó que sí. Las dos novelas tienen mucho que ver, aunque una es un thriller y la otra una novela literaria en la que en realidad no pasa nada: el protagonista está todo el rato en la cama”.
Ken Follett, que ha descrito la Peste Negra, ¿tiene alguna clave para la pandemia actual? “Me ha sorprendido cuántas medidas que usamos ahora contra el Covid se empleaban contra las plagas en el siglo XIV. Las monjas que cuidaban de los enfermos desarrollaron las mascarillas de lino para protegerse y se lavaban las manos con frecuencia, cuando entonces no se tenía mucha higiene. El concepto mismo de cuarentena se inventa con la Peste Negra, que por cierto no desapareció, sino que regresó para seguir afligiendo a la humanidad”.
¿Cree que la pandemia puede ser un antídoto contra el Brexit? “No, no funciona así. No creo que la lucha contra el virus nos haya unido en Europa, más bien al revés: cada cual va a la suya. No creo que el Brexit se frene, no veo ese efecto. Vamos a seguir y en 30 años nuestros hijos volverán a llamar a la puerta de Europa para que les dejen volver a entrar, y entonces se les dirá que no”.

J. A.

viernes, 2 de octubre de 2020

AUTOR Y LECTURAS RECOMENDADAS


La larga sombra de los años 70 parece no acabar nunca
Un anticipo de Los 70. La década que siempre vuelve, libro en que el autor revisita esos tiempos violentos



Ceferino ReatoArchivoJosé Ignacio Rucci junto a Perón en Ezeiza, el 17 de noviembre de 1972
¿Por qué a los argentinos nos interesan tanto los 70? ¿Cuál es el atractivo de aquellos años de pasiones enfrentadas que despertaron sueños colectivos que aún hoy siguen provocando admiración y entusiasmo, pero que terminaron consumidos en la sangre, el fracaso y la frustración?




Hay muchas respuestas posibles; en parte, dependen del lado en el que cada uno se ubica en aquella época, ya sea por recuerdos propios o ajenos. Es historia, pero es historia viva porque sigue involucrándonos en el presente, como reflejo y aparente origen de las grietas que hoy nos atraviesan, aunque las divisiones fratricidas vienen desde hace mucho más tiempo, al menos desde nuestras luchas civiles, apenas después de la Revolución de Mayo.

Tanta vivacidad nos enciende, nos seduce. Hay, además, una razón que parece una frivolidad pero no lo es tanto. Nuestra historia no es, ciertamente, una espiral de progreso, un encadenamiento de éxitos, sin embargo, no ha sido nunca una historia gris, de gente aburrida. Aún en ese marco, los 70 se recortan como la época más atractiva, un set por el que desfilan escenas que parecen surgidas de la imaginación de libretistas geniales.



En mi opinión, los 70 nos siguen atrayendo tanto porque fueron una época en la que casi todos los argentinos se sintieron involucrados –algunos más, otros menos– en tres proyectos de país bien definidos, tres patrias como se decía entonces y se recuerda ahora: la Patria Socialista, la Patria Peronista y la Patria Militar.

Patria es la palabra precisa para definir los ideales, la entrega sin cálculos, la garra militante con la que esos proyectos fueron encarados, siempre al límite, creyendo que el cielo podía ser tomado por asalto, en una secuencia inevitable de acciones sobre las que ya no había nada para reflexionar porque la verdad había sido revelada y estaba al alcance de los elegidos.



A pesar de que estaban mortalmente enfrentadas, el 25 de mayo de 1973, dos esas tres patrias fueron vivadas en la Plaza de Mayo por centenares de miles de argentinos felices debido a la vuelta del peronismo al gobierno; terminaban casi dieciocho años de proscripción.

–¡Perón, Evita, la Patria Socialista! –cantaban los montoneros, los más barullentos y numerosos.

–¡Perón, Evita, la Patria Peronista! –replicaban las columnas de los sindicatos.

Los partidarios de la Patria Militar no cantaban nada, asistían en silencio a los insultos de la muchedumbre contra todo aquel que tuviera uniforme, pero “si uno verdaderamente tenía oído”, como decía el personaje de la novela de Mario Paoletti, podía detectar que también se gestaba otra ola social, la de los contrarrevolucionarios, opuestos tanto a los guerrilleros como a los peronistas “de Perón”.



La Patria Socialista murió antes de nacer y la Patria Peronista se hizo añicos en poco tiempo. La Patria Militar también fracasó: el sueño de los militares que dieron el golpe del 24 de marzo de 1976, encaramados por un consenso social que impresiona tanto que ahora conviene olvidarlo, era disciplinar a la sociedad como si fuera de plastilina; terminó desvaneciéndose no solo por los miles de detenidos-desaparecidos sino también por la crisis económica de principios de los 80 y por la guerra perdida por Malvinas frente a Gran Bretaña y sus aliados.

Habrán notado dos cosas, una que a algunos les provocará rechazo. La primera –la más inocente– es que no me involucro entre los que vivaron a alguna de esas patrias, pero es solo por una cuestión de edad. Agradezco el detalle y espero que contribuya a mi esfuerzo de abordar esta década tan compleja a través de la precisión en los hechos y el despojo de intereses particulares o de grupo que se espera del periodismo, al menos del periodismo no militante. Aparte de la búsqueda de la objetividad como un propósito que, aunque inalcanzable, se supone guía nuestro trabajo.



Más polémico es el supuesto de que, para mí, no solo los guerrilleros –protagonistas estelares de la época– eran jóvenes idealistas. No: idealistas también eran los militares que, en nombre de conceptos como la Patria y Dios salieron a morir y a matar; como los jóvenes de la vereda de enfrente, aunque con otros sueños, animados por otras pasiones. Y los peronistas, ¿no estaban también impulsados por nobles ideales como la comunidad organizada, el pacto entre el capital y el trabajo, la justicia social y la felicidad del pueblo?

Todos eran idealistas pero eso no puede disimular ni justificar la tragedia a la que tantos de ellos contribuyeron de una manera tan activa. Tzvetan Todorov lo explicó bien en un artículo en el diario español El

País: “No hay que olvidar que la inmensa mayoría de los crímenes colectivos fueron cometidos en nombre del bien, la justicia y la felicidad para todos. Las causas nobles no disculpan los actos innobles”.
Salgamos un poco de nuestras pendencias para comprender que la confianza ciega, militante, acrítica en los ideales, resulta muy peligrosa: entre 1975 y 1979, los revolucionarios camboyanos liderados por Pol Pot forzaron a los habitantes de las ciudades a trasladarse al campo para que allí vivieran, trabajaran y se purificaran de los vicios individualistas y capitalistas que habían adquirido durante tanto tiempo. El sueño era un socialismo agrario inspirado en la prédica de Mao Tse-tung, pero pronto derivó en un millón y medio de muertos, el 25 por ciento de la población de Camboya; uno de cada tres



hombres si hacemos el cálculo de las víctimas según el género.
Los 70 fueron una época de ideales grandiosos –vinculados nada menos que a la Liberación, la Revolución, Dios, la Patria– pero que, en sintonía con esa efervescencia, desembocaron en que “tanto los hombres de izquierda como de derecha eran capaces de acciones apocalípticas, que implicaban a veces el asesinato masivo”, como indicó el prestigioso periodista Jon Lee Anderson.
Quienes se refugian en los ideales para justificar los errores políticos y los crímenes apelan a una “ética de la convicción”, en la que, como indicó el sociólogo alemán Max Weber, quienes deciden qué hacer y cómo hacerlo se fijan solo en sus principios y objetivos pero no se sienten responsables de las consecuencias que impulsan sus acciones. Y eso ocurre a derecha y a izquierda, no solo con los protagonistas de la violencia del pasado reciente sino también con quienes simpatizan y militan esas causas en el presente.
Para evitar eso, para fijar en la memoria todas las acciones que realmente derivaron de esos ideales,incluyo en Los 70, la década que siempre vuelve, tres anexos: el primero, sobre cuántas fueron, de verdad, las víctimas de la dictadura según los registros elaborados por el Estado durante el kirchnerismo; el segundo, acerca de las listas de desaparecidos que elaboró la dictadura de Jorge Rafael Videla, y el tercero, referido a otro tema tabú: el número de víctimas de los grupos guerrilleros, un registro que ningún gobierno de la democracia ha querido realizar, pero que incluyo porque ningún sector debería arrogarse el monopolio del sufrimiento.
En la práctica ese monopolio sí existe, y cómo. En mi opinión, es el resultado de la superioridad moral otorgada a los revolucionarios; a las guerrillas –tanto a las víctimas como a los sobrevivientes– pero también a sus familiares, y a sus simpatizantes y patrocinadores del presente. En primer lugar, por el salvajismo del terrorismo de Estado: durante siete años, la dictadura pisoteó los derechos humanos más elementales, cometió delitos cuyo solo recuerdo aún nos estremece. Pero esa empatía natural con las víctimas fue mucho más allá y derivó en la defensa –o, al menos, la justificación– de la lucha armada en los 70 por parte de los organismos de derechos humanos y de vastos sectores de la coalición ahora gobernante, no solo del kirchnerismo.
Según esta visión, muy extendida también en el periodismo, los guerrilleros tal vez se hayan equivocado en los medios, en el uso de las armas –“era otro contexto histórico”, dicen– pero la lucha en sí era buena, los ideales eran nobles. En todo caso, deben ser imitados aunque con otros instrumentos, adaptados a estos nuevos tiempos.
Con relación a las víctimas de las guerrillas, uno podría esperar que quienes más sufrieron el terrorismo de Estado fueran los más sensibles frente al dolor de los otros. Pero no suele ser así: la lucha política –la grieta– puede más que la empatía. (…)
Los 70 son años que no parecen dispuestos a dejarnos; justifica esa tozudez el hecho de que cumplen varias funciones. Una de ellas es que nos ofrecen respuesta a la pregunta que suele atormentarnos cada tanto, cuando nos descubrimos en el medio de una de esas crisis que se nos han vuelto tan habituales: ¿Por qué estamos así? Es el famoso dilema que se plantea Zavalita, el protagonista de
Conversación en La Catedral, la novela de Mario Vargas Llosa, ya en la primera página: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”.

C. R.

jueves, 1 de octubre de 2020

AUTOR Y LECTURAS RECOMENDADAS


Hacia el desarrollo Los estímulos necesarios para generar innovación
Para iniciar un sendero de crecimiento sostenido, el país debe fortalecer la economía del conocimiento, dice el autor en su libro Argentina primero, del que se ofrece un fragmento



Texto Martín RedradoiOTROS MODOS DE TRABAJAR. Un grupo de empleados de Mercado Libre acuerda objetivos en uno de los espacios comunes de la empresa
La agenda económica de la próxima década estará inevitablemente dominada por los temas vinculados con la estabilización macroeconómica, la recuperación de un sendero de crecimiento y la atención de las urgencias sociales, dentro de un programa de desarrollo integral. No obstante, la posibilidad de que dicho ciclo sea realmente sustentable en el tiempo y no se diluya luego de la fase inicial de “rebote” desde el fondo del pozo depende, en buena medida, de la relevancia que adquieran la inversión, la innovación y los mercados externos.



En ese sentido, y sin caer en los excesos del pasado vinculados con regímenes promocionales que implicaban costos fiscales y de los consumidores sin tener compromisos empresariales explícitos en materia de reducción de la brecha con las mejores prácticas internacionales y de generación de exportaciones, una estrategia de desarrollo debe incluir los productos agroalimentarios diferenciados, las manufacturas intensivas en mano de obra calificada y diseño, las energías renovables y los servicios basados en el conocimiento, entre otros.

Como parte de este proceso, los avances alcanzados por un importante conjunto de empresas nacionales e internacionales con operaciones en nuestro país en el segmento de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y la economía del conocimiento (EC) son un claro ejemplo –cuando se conjugan marcos regulatorios favorables y estables, metas cuantificables y ventajas comparativas objetivas (en este caso, vinculadas a la mano de obra calificada)– de cómo los resultados no tardan en aparecer. Y, en ese marco, la nueva fase del esquema normativo que comenzará a regir a partir del presente abre buenas posibilidades para ampliar y potenciar los resultados alcanzados en el sector de servicios del conocimiento a sectores que van desde la biotecnología, los servicios audiovisuales y los servicios de ingeniería hasta la robótica o la industria 4.0.



En términos generales, la Argentina no es, ni puede ser, un país que lidere a escala global en la innovación y el desarrollo de soluciones tecnológicas. Pero tampoco puede ser un país que base su competitividad en el costo de su mano de obra. De este modo, una estrategia asequible es la búsqueda de una especialización sustentable en un conjunto de actividades en las que la competitividad se derive del uso intensivo de mano de obra de calificación media/alta, tanto en el plano productivo como comercial. Y a ese respecto, el desarrollo de algunas actividades vinculadas con los recursos naturales (en particular los de la agricultura templada) debe ser uno de los ejes vertebrales a partir de los cuales se consoliden no solo ciertos rubros de larga trayectoria en el país (carnes-frigoríficos, frutas de estación o cereales y sus derivados), sino también otros altamente innovadores vinculados a dichos complejos (genética bovina, semillas adaptadas al clima o características del suelo, solo por dar algunos ejemplos). Aquí, el desarrollo de sistemas que garanticen la trazabilidad de productos agropecuarios plantea una oportunidad de diferenciación frente a la competencia internacional.



En ese sentido, los fondos orientados a capital emprendedor son un fenómeno reciente y de drástico dinamismo en la última década. Y, pese a que nuestro país generó cinco de los principales unicornios latinoamericanos (Mercado Libre, Globant, Despegar, OLX, Auth0, sin contar Letgo y Etermax), nuestra participación en esa “nueva industria” es ínfima.

Debido a que nuestro punto de partida es sensiblemente más bajo que el de otros países latinoamericanos como Brasil, México, Chile o Colombia, resulta imprescindible impulsar el crecimiento y la consolidación del mercado de capitales emprendedor, a través del cual nuevos proyectos de base tecnológica y con perspectivas de alto dinamismo puedan acceder al financiamiento necesario para posibilitar su desarrollo.



A los efectos de realizar un aporte para una agenda de trabajo público privada pro innovación para la próxima dé-cada, se detallan a continuación ejes de trabajo, medidas a ser implementadas junto a sus respectivas herramientas.

1. Incremento de la inversión

En I+D. De acuerdo con el último dato oficial conocido (2017), el gasto consolidado en I+D en la Argentina alcanza al 0,55% del producto bruto interno. Y si bien a lo largo de los últimos veinte años existieron diferentes tipos de compromisos de parte de las sucesivas autoridades nacionales a los efectos de avanzar en su incremento, las recurrentes urgencias fiscales fueron –en gran medida– un obstáculo insalvable para el efectivo y real cumplimiento de dichos objetivos.
En ese marco, y en línea con la creciente aceptación de la idea de que el mundo del futuro tendrá que ver cada vez en mayor medida con la tecnología y la innovación, resulta oportuno impulsar la inclusión de este tema en las agendas estratégicas de concertación política y social a plantearse tras la pandemia.
De este modo, y dado que la “carrera” de la innovación es una competencia global, en la que los países están destinando crecientes esfuerzos en esta temática, parece razonable encontrar un acuerdo entre las diferentes fuerzas políticas y sociales una regla presupuestaria para la inversión I+D, basada en el compromiso de incrementar el gasto consolidado de la administración nacional por dicho concepto para los años en los que la producción crezca al menos un 2%, para poder así alcanzar una meta del 1,4% del producto bruto en un plazo no mayor a los quince años. Esto nos permitiría alcanzar un nivel similar al que actualmente ocupa Brasil. […] 

2. Impulso a emprendimientos públicos-privados. Se debe explicitar un compromiso de potenciar, tanto desde el sector público como desde empresas con participación esta-tal (YPF-TEC, Arsat, Invap, por mencionar algunas) y del sector privado, algunos proyectos innovadores que han logrado avances relevantes en estos años, a los efectos de poder ampliar su escala productiva, o bien acercarlos a la fase productiva-comercial para los casos en que aún no se haya producido. Esto puede ser relevante en actividades tales como ciencias de la vida y farmacéutica, industria aeronáutica, medicina personalizada, energías renovables, tecnología nuclear, entre otras. […]

3. Fortalecimiento de unidades


de vinculación tecnológica. A los efectos de lograr una mayor conectividad en el territorio y facilitar la interacción cooperativa entre empresas potencialmente innovadoras, universidades y entidades no gubernamentales vinculadas a la agenda de la innovación, se deberán establecer herramientas y políticas (con sus correspondientes asignaciones presupuestarias) orientadas a fortalecer, mejorar y amplificar las capacidades de gestión de las unidades de vinculación tecnológica (UVT).

4. Las compras públicas al servicio de la innovación. Si bien la participación de organizaciones vinculadas al sector público en las actividades productivas de bienes y servicios no reviste hoy la relevancia cuantitativa que supo tener en los años sesenta y principios de los setenta, su importancia sigue siendo significativa, en particular en algunos nichos de fuerte dinamismo.
Tomando como referencia las prácticas existentes en otros países (Estados Unidos, Francia, España, Israel, Japón, México, entre otros), se debe favorecer la inclusión de cláusulas específicas en los programas de compras de ministerios, gobiernos provinciales, municipios y demás dependencias estatales y paraestatales, orientadas a impulsar el desarrollo de empresas nacionales. Aun operando en condiciones de competencia, estas pueden aprovechar la escala derivada de la compra pública, a efectos de desarrollar nuevos productos y servicios, impulsar inversiones en innovación y fortalecer su presencia en mercados externos.

5. La necesidad de reinventarnos.
Una parte importante de las empresas industriales que operan en nuestro país enfrenta, desde hace un par de décadas, un panorama especialmente complejo en cuanto a sus posibilidades de competir en el mercado. Su supervivencia en mercados (interno y/o externo) cada vez más abiertos a la competencia externa –particularmente la asiática– depende, en buena medida, de su capacidad para incorporar mejoras tecnológicas. Las firmas deben apuntar a mejoras tanto de procesos como de producto, buena parte de las cuales se vinculan con la tendencia a la digitalización, la incorporación de tecnologías de procesamiento de datos, software inteligente y sensores. En este sentido, el desarrollo de cada una de ellas depende de la interacción cooperativa entre proveedores y demandantes a lo largo de las diferentes cadenas de valor. Dado el dinamismo alcanzado por el proceso de cambio tecnológico y el ciclo de vida de los productos y servicios, la efectividad comercial de cada uno de esos resultados es cada vez más provisoria e incierta. […]

6. Desarrollo emprendedor
. La economía mundial está siendo testigo de una revolución tecnológica sin precedentes. Una parte de ese fenómeno tiene que ver con la explosión de nuevas empresas tecnológicas, lo que está transformando la lógica de funcionamiento de buena parte de las actividades productivas y de servicios. Así las cosas, no debe sorprender que en los países que lideran esta tendencia cada vez se destinen más recursos a proyectos vinculados con esta “nueva economía”. En efecto, mientras que en 2005 se aplicaron globalmente unos 32.000 millones de dólares a nuevos emprendimientos, dicho monto se multiplicó hasta alcanzar los 254.000 millones dólares en 2018. Más aún, uno de los corolarios de esta crisis sanitaria es acelerar la incorporación de tecnología a los procesos productivos. En particular, la digitalización tomará una dinámica central para incluir el concepto de distanciamiento social en la producción de bienes y servicios. […]

7. Capital humano. El sistema educativo actual es el resultado de décadas de transición sin una visión integral, junto al resto de las políticas públicas. Como parte de este proceso, una de las falencias está vinculada con la distancia existente entre las competencias que se adquieren en él y las necesidades reales del mundo de la producción. En este marco, resulta cada vez más importante orientar los esfuerzos públicos y privados tanto a mejorar la calidad del gasto como a lograr una mayor adecuación entre los saberes que se generan en las diferentes instancias formales y los cambiantes requerimientos del mercado laboral.
Como parte de ello, es necesario poner en marcha un ambicioso programa que, haciendo base en el Ministerio de Educación de la Nación, involucre tanto a provincias y municipios como a actores empresariales, sociales y sindicales, a efectos de promover algunas de las habilidades críticas tales como la informática, la robótica, la programación y el trabajo en equipo. [...]

8. Desarrollo regional.
Como parte del proceso de fragmentación de las actividades productivas, las regiones económicas experimentarán cambios profundos para adecuarse a los avances tecnológicos. Estas transformaciones conducen a nuevas formas de organización económica y empresarial para enfrentar la competencia, en la forma de agrupamientos empresariales y clusters, orientados a generar ecosistemas innovadores, que faciliten la mejora en la competitividad de los bienes y servicios generados en los territorios en cuestión. […]

9.Ingeniería financiera para emprendedores innovadores.


La Argentina ocupa el anteúltimo lugar en América Latina en cuanto al tamaño de su sistema financiero. Este fenómeno es, en buena medida, el resultado de décadas de inestabilidad monetaria, incumplimiento de contratos y alteraciones unilaterales en las reglas del juego y volatilidad cambiaria, entre otros. En ese contexto, no resulta extraño que una parte importante de las firmas financien sus proyectos con capitales propios, fenómeno que genera no solo fuertes ineficiencias, sino que también hace que sean muchos los proyectos de inversión que no se llevan a cabo habida cuenta de las dificultades para hacerse de los fondos necesarios.
Dada esta situación, es de esperar que el ingreso del país en un nuevo sendero de crecimiento sostenible precisará de un nuevo rol tanto de la banca tradicional (pública y privada) como del resto del mercado de capitales (Bolsa de Valores, intermediarios financieros diversos, sociedades de garantías recíprocas, por mencionar algunos actores), proceso que inevitablemente requerirá la realización de esfuerzos sostenidos en el tiempo.
Como parte de estos cambios, el desarrollo de un mercado de capitales específicamente orientado a financiar proyectos innovadores aparece como una precondición para la expansión de algunos sectores en los cuales nuestro país ha evidenciado algún tipo de ventaja competitiva, tales los casos de la biotecnología o el software. […]

10 Aumentar y mejorar la inversión en infraestructura.


Nuestro país necesita alcanzar y sostener en el tiempo niveles de inversión en infraestructura de alrededor del 5% del producto bruto, para lograr un crecimiento per cápita del 3% anual promedio.
Concretar este esfuerzo requerirá de al menos dos condiciones fundamentales. Primero, la presencia de “espacio fiscal” para destinar a este tipo de cuestiones, en el marco de demandas sociales múltiples. Segundo, la recreación de un mercado de capitales doméstico de largo plazo, en un entorno macroeconómico y regulatorio estable para la inversión privada. Y, dado que la naturaleza de la inversión en infraestructura es esencialmente de largo plazo y alto riesgo, será imprescindible lograr consensos políticos y sociales de gran envergadura, que permitan diseñar y aplicar políticas permanentes, esenciales para facilitar la inversión pública y estimular la inversión privada.

miércoles, 30 de septiembre de 2020

AUTOR Y LECTURAS RECOMENDADAS


Martín Kohan. "Ser escritor es fácil, barato y accesible"
Tras la publicación de Me acuerdo, ejercicio literario sobre la memoria, su novela Confesión llega al mercado editorial


El año de la pandemia no fue improductivo para Martín Kohan (Buenos Aires, 1967), uno de los nombres centrales de la "generación intermedia" de la literatura argentina. En el primer semestre publicó Me acuerdo (Godot), un ejercicio literario sobre la infancia del escritor, donde la memoria intenta vaciarse de subjetividad. Y este mes llegó a las librerías su nueva y escalofriante novela, Confesión (Anagrama), que gira en torno a la figura de Jorge Rafael Videla. Mientras tanto, continuó dando clases en streaming como profesor universitario y corrigiendo las pruebas de imprenta de un ensayo sobre las vanguardias literarias que se publicará el año próximo. "Después tengo que escribir un artículo sobre Operación Masacre de Rodolfo Walsh, y estoy pensando un libro sobre el teléfono, tema que me interesa mucho", agrega. Gracias al Premio Herralde de Novela 2007 por Ciencias Morales, la obra de Kohan cruzó el Atlántico y se convirtió en una referencia internacional por su modo de conjugar historia, política y literatura bajo el signo de la violencia.



-¿Cómo se llevan los días de confinamiento? ¿Y cómo ves el proceso social con relación a la pandemia en el país?

-Algunos de mis trabajos trastabillaron o se cayeron, pero por suerte la mayoría se mantuvo, aunque aumentó el esfuerzo requerido para hacerlos. Seguí escribiendo y seguí dando clases, casi sesenta entre marzo y julio, y en la segunda mitad del año me espera casi otro tanto. En cuanto a la pandemia, entiendo que hubo una necesaria cuarentena inicial, más o menos prolongada y en función de la preparación del sistema sanitario, y luego una serie de medidas paulatinas, algunas tal vez demasiado paulatinas, para recuperar ciertos espacios, cierta circulación, siempre manteniendo los cuidados imprescindibles. No veo ninguna cuarentena eterna: ni la que una parte del gobierno nacional declara ni la que una parte de la oposición deplora. Difieren en la valoración, pero comparten la mirada, como suele suceder.
-¿Por qué elegiste centrar tu nueva novela en Jorge Rafael Videla, un personaje histórico que sin embargo no es el centro de la novela sino el de las obsesiones de otros personajes?
-Efectivamente: la figura es central y en la novela está descentrada. Y me parece que en esos términos se da la posibilidad de entablar una relación entre literatura y política que no pase en sentido estricto por la representación de la realidad o por el posicionamiento ideológico explícito, sino por una indagación de sentido, o por la problematización de un orden de sentido, el del pasado político, desde otro orden de sentido: el de la literatura.



 Y la de Videla me parece una figura a interrogar en esa clave. Las características específicas de su condición de criminal de Estado, la combinación singular de la responsabilidad que asumió y el aire de distancia que también asumió; la combinación singular de ser un rígido moralista y el mandante de las aberraciones más atroces que la historia argentina haya conocido. En realidad, la cuestión en la novela no es, según creo, su propia condición, sino más bien la mirada que suscita o todo lo que suscita, que no es solamente una mirada.
-Para la primera parte y la tercera elegiste formas de narración íntima, y para la segunda, un estilo similar a la crónica.




-Los materiales narrativos son muy distintos, y las formas tenían que serlo también. La primera y la tercera parte están construidas, no desde los hechos, sino desde la resonancia de esos hechos; resonancias subjetivas, en la primera parte; las resonancias del recuerdo, en la tercera. La segunda, en cambio, la del atentado contra Videla en 1977, la de los hechos como tales, había que narrarla de la manera más directa y precisa posible. A mí me cuesta narrar sin vueltas; digamos que me tuve que esmerar.

-En 2020 año publicaste Me acuerdo y Confesión, en los que la memoria, el olvido y la mala memoria alimentan los relatos y por momentos comparten épocas. ¿Son esos libros las dos caras de una misma moneda narrativa?

-Los dos libros salieron muy cerca uno del otro, pero los veo completamente distintos. Yo mismo me siento distinto en uno y en otro, o siento que no fui el mismo cuando escribía uno y cuando escribía el otro. Tienen esos puntos de contacto, es cierto. Pero en Me acuerdo había que tratar que los recuerdos se consignaran en un listado, en una enumeración, casi sin sujeto, como si la escritura recordara, y no yo mismo, y casi sin memoria, entendiendo por memoria la interpretación narrativa de los recuerdos.



 En tanto que Confesión está hecha de memoria, y por lo tanto, de olvido y de subjetividad. Claro que, por ser una ficción, la memoria no es mi memoria, ni la subjetividad es la mía tampoco.
-¿La última dictadura es un motivo literario en tu obra?
-No me reconozco, tal vez me equivoque, en una clasificación del tipo "novelas de la dictadura". Es cierto que el motivo aparece o reaparece. Pero entiendo que la dictadura, al igual que otros pasados, en otros libros que escribí, no corresponde en sentido estricto al objeto de una memoria, ni a la realidad de una representación, ni a la expresión de una posición ideológica. Me parece que lo que me convoca son esos tramos del pasado en los que un sentido se cristaliza, o todo un sistema de sentido se cristaliza. Y lo que busco es perturbar ese orden de sentido, desacomodarlo, abrirlo, desestabilizarlo. Y ver qué pasa.
-¿Qué cuidados hay que tener para escribir ficciones sobre personajes o circunstancias históricas?


-Marcaría la necesidad de no colocar a la literatura en un lugar de subordinación. De subordinación a los hechos mismos o más aún en subordinación a las narraciones históricas que ya puedan existir de esos hechos. La literatura cobra muchas veces un carácter secundario, subsidiario; no pocas novelas históricas funcionan así: la literatura está ahí, siempre en función de otra cosa. Me interesa en cambio la narración literaria tramada con personajes históricos o circunstancias históricas cuando la literatura puede perturbar o desacomodar un orden de sentido ya establecido, intersecarlos con su propia impronta.
-Volviendo a Confesión, ¿por qué elegiste escenarios como el de la costanera del río de la Plata, la localidad de Mercedes, Aeroparque?
-Me trae esa carga que puede tener un escenario determinado, lo que predispone como lugar; en mi reivindicación de Bahía Blanca, el lugar y su mitología maldita definieron la novela entera y por eso se llamó Bahía Blanca. En el caso de Confesión, la ciudad de provincia, el borde de Buenos Aires (el río) o el mundo que corre por debajo de la ciudad (los arroyos entubados) imprimían por sí mismos una atmósfera para la narración política: un mundo engañosamente apacible, un escondite para la conspiración, un afuera que no es afuera y que se va cargando de muerte.



-¿Cómo ves el ambiente literario en el país? ¿No te parece que se multiplican los escritores mientras que los lectores de literatura argentina siempre parecen pocos?
-Que se multipliquen los escritores no supone un problema, al contrario: ser escritor es fácil, es barato, es accesible, es inocuo; si les da satisfacción serlo, adelante; el ingreso es irrestricto. Que no haya más lectores, en cambio, me parece más preocupante, y parecería indicar que muchos de los que quieren escribir literatura argentina no están interesados en leerla; pero no solamente en términos cuantitativos, sino también y sobre todo, en términos cualitativos: la competencia de lectura necesaria para no verse excluidos de cierta literatura más exigente, tal vez más sofisticada, que requiere en el lector más concentración y más detenimiento. Me interesa, y mucho, que haya más de esos lectores. Como soy profesor de literatura, trabajo en el asunto. Ese trabajo me enriquece muchísimo, y todos los días. Qué tonto sería, el escritor que soy, si no se nutriera de eso

D. G.