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martes, 25 de junio de 2024

EL PULSO DEL CONSUMO, CAMPO Y BM


Fragilidad con ansiedad, nuevo clima de época
Guillermo Oliveto
El personaje Ansiedad es clave en la nueva versión de la película Intensa-mente 2
Debajo de la superficie se está produciendo una sutil mutación en el humor social. No altera, todavía, la perspectiva estructural que tienen los ciudadanos sobre la situación del país y que registran las principales encuestas. A pesar de ello, no puede soslayarse la irrupción silenciosa de un condicionante nuevo que, a futuro, sí podría modificar las opiniones. Si durante los últimos seis meses el clima de época dominante fue la “recesión con ilusión”, podríamos estar entrando en una nueva etapa: “fragilidad con ansiedad”.
La ansiedad es un malestar contemporáneo que hoy crece de manera exponencial hasta batir récords, de manera simultánea, en los cines, las librerías y las series. Acaba de desembarcar entre nosotros. Si estamos hablando de la emoción que en la actualidad ocupa el centro estelar de la escena psicoanalítica y sociológica, sería un craso error no contemplar su potencial capacidad de impacto.
Quienes estudiamos y analizamos las conductas sociales, como lo hacemos con Sil Almada en W y Almatrends, estamos muy atentos a estos signos de la cultura, especialmente si se cruzan con las tendencias y el consumo.
Hay una fibra humana muy poderosa vibrando cuando Intensamente 2, de Disney Pixar, acaba de despertar abruptamente a una taquilla de cine que había caído 56% interanual en mayo y 38% en los primeros cinco meses del año. Se vendieron más de dos millones de tickets en apenas siete días para ver el nuevo suceso animado. Casi nueve de cada diez entradas del total de espectadores de todos los cines. En apenas una semana de junio, gracias a esta película, fue más gente al cine que en todo mayo o en todo abril, según las estadísticas de Ultracine.
El personaje estelar presentado en la segunda versión de la exitosa saga que se estrenó en 2015 es, justamente, Ansiedad. Llega para convivir con las emociones ya presentadas en aquella oportunidad: Alegría, Tristeza, Miedo, Asco y Furia.
Y no lo hace sola. Viene acompañada por Envidia, Aburrimiento y Vergüenza. Desde hace muchas décadas, hemos aprendido que, si hay alguien en la industria del entretenimiento que sabe de emociones humanas en las distintas épocas, esa es la maquinaria Disney.
Con su prosa tan rítmica como precisa y contundente, el filósofo alemán Walter Benjamin describía en su ensayo La obra de arte en la era de su reproducción técnica por qué es tan relevante prestar atención a lo que está sucediendo en esa manifestación tan humana que es el arte.
Una percepción diferente
Decía: “En el curso de los grandes períodos de la historia, junto con las formas de vida de los colectivos humanos, también se modifica su percepción sensorial. La manera en que se organiza la percepción y el medio en el que acontece están condicionados no solo por la naturaleza humana, sino también por la historia. La época de las invasiones bárbaras trajo consigo no solo un arte distinto al de la antigüedad, sino también una percepción diferente”.
Benjamin desarrolla luego una profunda explicación acerca de cómo la percepción social y el arte se corresponden en cada época, retroalimentándose entre sí para modificarse luego, de manera conjunta, cuando la historia muta y los tiempos cambian.
Bueno, hoy el arte y la cultura en un sentido amplio nos están diciendo: “Ansiedad”.
Así como en 2013 la revista Time, llamó a los millennials, es decir, los nacidos entre 1981 y 1994, como la “Me, Me, Me, Generation”, acusándola de narcisista, holgazana y renuente a asumir las responsabilidades de los adultos, la generación posterior también ha sido etiquetada. Los centennials, o “gen Z”, (nacidos entre 1995 y 2010) fueron bautizados “la generación ansiosa”.
En su controvertido best seller de reciente publicación, que lleva justamente ese título, el prestigioso psicólogo social norteamericano Jonathan Haidt acusa frontalmente a la tecnología de haber provocado una epidemia de salud mental entre los jóvenes y adolescentes.
Si bien fue cuestionado por otros académicos, que lo acusaron de basarse más en presunciones que en la rigurosidad investigativa, su obra ya tiene un gran valor en sí mismo: haber instalado un debate crucial en todo el mundo occidental.
En el informe “Gen Z” publicado recientemente por Almatrends Lab, se describe arquetípicamente a los integrantes de esta generación como autodidactas, creativos, ambiciosos, deseosos de tener éxito, autosuficientes, y acostumbrados a adaptarse al cambio, por haber nacido y crecido en un entorno cruzado por disrupciones globales como el 9/11, la crisis subprime y, recientemente, la pandemia.
Pero también se señala que los caracterizan la ansiedad y la fragilidad. Les cuesta procesar aquello que no se amolda a sus expectativas y se frustran con frecuencia. Aunque tengan 20 años, sienten que “siempre están tarde”. Sucede que hay tanto por hacer, por vivir y por conocer que les resulta prácticamente imposible no verse abrumados por la multiplicidad de opciones, en apariencia, disponibles.
Fieles exponentes de la hipertrofia del deseo, hija de la vidriera virtual infinita, su lema generacional podría ser: “Lo quiero todo y lo quiero ya”.
En abril de este año, The Economist puso el tema en su tapa. Señalaba en la nota lo siguiente: “A los científicos sociales les preocupa que después de pasar años de formación navegando por el mundo y sufriendo FOMO (fear of missing out, temor a perderse algo), los miembros de la generación Z ahora estén afectados por una epidemia de ansiedad y depresión”.
Este mismo mes de junio, Netflix estrenó con gran éxito la miniserie Geek Girl. Si bien fue presentada como una propuesta juvenil, su contenido supera con creces la banalidad o los clichés. Por el contrario, se muestra con humor, pero también con crudeza, el oscuro submundo de la ansiedad y la fragilidad que genera entre los jóvenes la inevitable exposición que implica crecer y vivir en la era de la transparencia digital 7x24.
Así como el narcisismo estaba lejos de ser un fenómeno puramente millennial, endosarles la ansiedad únicamente a los centennials implicaría subestimar dos cosas. Por un lado, la capacidad que tiene esta generación de influenciar en los adultos, probablemente más que ninguna otra en la historia. Y, por otro, mentirnos a nosotros mismos.
Sí resulta plausible suponer que, por la falta de esa experiencia que solo traen los años y por cómo la tecnología ha moldeado su cerebro híbrido (físico/digital), tal la tesis de Haidt, cuenten con menos recursos para manejar esta emoción capaz de consumir enormes dosis de energía y de vida.
Suponer, en cambio, que el tema no afecta al mundo adulto sería una necedad. Son muchos los intelectuales que lo vienen alertando hace rato. Entre ellos, probablemente el más insistente, sea el filósofo surcoreano Byung Chul Han, quien publicó La sociedad del cansancio en 2010. Por más que lo acusen de repetirse, él sostiene en su última obra, La tonalidad del pensamiento, que no lo entienden. Que sus libros no son repeticiones sino variaciones: notas que van desplegándose en torno a grandes conceptos, como si fuera un músico.
Podría decir, además, y con razón, que continúa señalándolo porque las cosas no solo no mejoran, sino que empeoran.
Pues bien, esta emoción entre las emociones, este mal de época global, juvenil y adulto es el que se está filtrando en la ilusión de una mayoría de argentinos.
La irrupción de la ansiedad
En nuestro último relevamiento cualitativo basado en diez focus groups que realizamos con ciudadanos de las diferentes edades y clases sociales de las principales ciudades del país, entre el 30 de mayo y el 5 de junio pasados, y que todavía estamos procesando y analizando, nos encontramos como primer hallazgo saliente con que quienes tenían ilusión, ahora están haciendo más fuerza para sostenerla.
Frente al interrogante sobre cómo se sentían con la situación actual, surgieron respuestas como las siguientes.
Un hombre joven de clase alta decía: “Me pasa esto: ansiedad de ver los resultados. Uno ya no puede darse muchos gustos y tampoco puede ahorrar. Espero que podamos tener tranquilidad económica”.
Una mujer joven de clase media alta planteaba algo similar: “Yo te puedo decir ansiedad por el hecho de que venga el resultado. Estamos ansiosos de que suceda alguna vez. Uno hace un esfuerzo increíble para poder cubrir los gastos con el mismo sueldo. Queremos ver el resultado pronto”.
Una mujer adulta de clase mebien dia baja planteaba que la actual restricción económica había provocado un giro en sus hábitos y su mirada: “Yo siempre iba al supermercado y compraba lo que quería. Hoy no tengo esa libertad y eso me da ansiedad”.
Por último, un hombre, también de clase media baja, decía: “Este último tiempo lo que tengo es ansiedad. Yo soy ordenado y no puedo tener un control mental de cuánto gasto, de cuánto voy a ganar, de cuánto voy a poder gastar. Eso me vuelve medio loco”.
En la segmentación cualitativa de ese gran grupo de personas ilusionadas, que manifiestan seguir estando convencidas de su ilusión, nos hemos encontrado con tres grandes subgrupos: los “convencidos pacientes”, los “convencidos dudosos” y los “convencidos asustados”.
Los primeros afirman que “no podemos pretender que lo que se destruyó en 20 años se solucione en seis meses”, que “van apenas 100 días, no dos años” y que “veníamos acostumbrados a una forma de vida que está cambiando”.
Todo esto los hace cultivar la paciencia en lo personal y reclamarla en lo colectivo.
“No se ven tantos cambios”
Los del grupo más dubitativo dicen que “se me empieza a hacer largo, no veo tantos cambios”, pero, en simultáneo, son contemplativos: “Quizás es lo que necesitamos para que esto mejore de una vez por todas”. Como síntesis de este grupo bien cabe esta tercera cita: “Estoy todo el tiempo en el sube y baja”.
Por último, aquellos en los que la ilusión convive con el temor afirman: “No veo el cambio todavía. La veo difícil. Tengo incertidumbre todos los días”. O se manifiestan preocupados porque no tienen “certezas de lo que puede llegar a pasar. De un día para el otro pueden cambiar las cosas”.
Para condensar los sentimientos de este segmento de la población resulta útil este último textual: “Esperanza tengo. Sé que va a mejorar, el problema es el ahora. A mí me asusta un poco”.
Trazando un paralelismo con la última encuesta nacional de la consultora Aresco, podríamos decir que esos ilusionados continúan siendo más del 50% de la población. El 53%, para ser exactos, que son los que aprobaban en mayo la gestión del gobierno nacional.
Esa investigación también distingue tres grupos entre los que apoyan la gestión: el 14,5% la evalúa como “muy buena”, el 23,5% como “buena” y el 15% como “regular positiva”.
Sin que necesariamente pueda hacerse una correlación entre ambas segmentaciones, dado que son metodologías de investigación y abordaje diferentes, una cualitativa y la otra cuantitativa, de modo analítico podemos trazar al menos un puente hipotético que encuentre puntos de unión entre esos tres recortes del gran mundo de los ilusionados.
Queda claro que la ilusión está, se mantiene y es mayoritaria. Pero tiene al menos tres modos diferentes de ser vivida. Y es ahí donde se cuelan la fragilidad que trae una larga y profunda recesión, que está lejos de pasar desapercibida, y la consecuente ansiedad. Siendo esta última emoción, como vimos, un factor distorsivo cuya condición intrínseca es acelerar el tiempo.
Esta emoción entre las emociones, este mal de época global, juvenil y adulto es el que se está filtrando en la ilusión de una mayoría de argentinos


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Fuertes críticas a las retenciones, que suman US$203.000 millones
Campo. Un informe sobre la base de datos oficiales estimó ese aporte desde su aplicación, en 2002; renovado reclamo de las entidades por su eliminación
Belkis MartínezLa soja aporta un tercio de su valor
Un informe del economista Salvador Vitelli revela que el Estado lleva recaudados US$203.000 millones en derechos de exportación (las llamadas retenciones). Apenas lo difundió su autor, en el sector agropecuario y la agroindustria calificaron de “obsceno” el gravamen que se cobra desde hace más de dos décadas en el país. La aplicación de esta carga fiscal, de acuerdo con los dirigentes rurales, ha provocado un desincentivo a las inversiones del sector en todo este tiempo.
El estudio parte de una base de datos de los últimos 34 años. Sin embargo, este nuevo esquema de retenciones a las agroexportaciones comenzó a aplicarse a partir de 2002. Vitelli aclaró que los números surgen de los registros que tiene el Ministerio de Economía, por lo cual la idea de mostrarlos desde antes de su aplicación en el gobierno de Eduardo Duhalde es que se note el crecimiento en la curva de los últimos 20 años, que son los de mayor recaudación fiscal mediante los derechos de exportación. “Si se le agrega el diferencial cambiario [son] US$116.000 millones extras; US$73.000 millones lo explican los últimos cuatro años”, precisó Vitelli. Dentro de ese valor están contemplados solamente el complejo oleaginoso, el cerealero y el bovino.
Gustavo Idígoras, presidente de la Cámara de la Industria Aceitera de la Argentina y el Centro de Exportador de Cereales (CiaraCEC), indicó que el pago de los derechos de exportación del complejo exportador cerealero y oleaginoso “es obsceno” desde hace décadas, pero en particular en el complejo productivo industrial de la soja, donde sigue existiendo aún un nivel de extracción fiscal tan elevado como pernicioso. “Por eso, este gobierno debe empezar bajando los derechos de soja, igualándolos con los demás, y ahí llevar a todos a cero vía una ley. Tal como es el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), tiene que existir una ley con cronograma de eliminación de retenciones”, sugirió.
En esa línea, Carlos Castagnani, presidente de Confederaciones Rurales Argentinas (CRA), agregó que esa entidad siempre ha objetado todo lo que tiene que ver con los derechos de exportación por creerlos un impuesto totalmente distorsivo. “Cuando uno mira la cifra que desde hace más de 20 años el campo aportó, si ese dinero hubiera vuelto a la producción, hoy sería una realidad totalmente diferente. Entonces bregamos por que este nuevo gobierno introduzca un cronograma de reducción de retenciones. Realmente esto reactivaría en forma inmediata lo que es la producción de nuestro sector”, precisó.
Además, dijo que “siempre hay que simplificar para que el ciudadano común que no está en nuestra actividad pueda saber de qué se trata”. Y explicó: “Decimos que un camión que se ve en la ruta, cualquier camión que va cargado con, en este caso, soja, generalmente lleva alrededor de 30.000 kilos. De esos 30.000 kilos, 10.000 directamente el Estado los extrae. Entonces, el productor eso tiene que sembrarlo, cuidarlo, cosecharlo y entregarlo a puerto. Y con esos 20.000 kilos restantes debe vivir, pagar sus compromisos y comprar los insumos. Esto es dar una visión de lo injustos que son los derechos de exportación. Ante la falta de infraestructura –rutas en mal estado y caminos rurales destruidos– se advierte que el dinero fue mal utilizado”, agregó.
“La gran mentira!
En consonancia, Horacio Salaverri, presidente de Carbap, recordó que siempre se ha utilizado la famosa excusa de la aplicación de las retenciones para corregir lo que se denomina desacople de precios internos. “Hemos recaudado más de US$203.000 millones y hemos convivido con una inflación altísima, han volado los precios internos y básicamente los precios de los alimentos. La gran excusa, la gran mentira, el gran mito se ha caído. Las retenciones no sirven para nivelar el desacople de los precios internos”, especificó.
Lo que sí ha quedado demostrado, para Salaverri, es que las retenciones han tenido, en efecto, otro fin. “Claramente, ha quedado demostrado que sí sirven para lo que han sido utilizadas: un mero instrumento recaudatorio. No obstante, con esto digo que ha habido un agravante: han desincentivado todos los procesos productivos. Ahora no queda otra cosa que sentarse en una mesa, estudiar lo que pasó, ver el fracaso de esto, los inconvenientes que ha causado en los procesos productivos, para decir que las retenciones deben desaparecer y que no hay justificativo para su aplicación. La retención es un pésimo impuesto, distorsivo. Lo único que hace es recaudar [e ir] en contra de los procesos productivos”, resumió.
Un informe de la Sociedad Rural Argentina (SRA) del año pasado recordaba que el 4 de marzo de 2002 se anunciaba en el Boletín Oficial la re-implementación de las retenciones, como un “impuesto transitorio, con el objetivo de asistir a los sectores más desprotegidos”, tras la crisis de ese año. Un tributo que, en ese momento, fue aplicado como algo “excepcional”, pero que sigue vigente hasta la actualidad y, peor aún, poniendo un freno al desarrollo, no solo del sector, sino también del país. En la entidad estimaron que en el período 2001-2022 los productores agropecuarios transfirieron al fisco en concepto de retenciones más de 175.000 millones de dólares.
“Sin embargo, la pobreza aumentó. En 2001 alcanzaba a 16.500.000 personas y en 2022 el número llegó a 20.200.000. Además, el último censo agropecuario determinó que hay 70.000 productores menos. Pasaron de 297.000 a 227.000 en ese período. Ese dinero podría haber sido destinado a hospitales, escuelas, infraestructura, atención a la población, pero esto no sucedió: se repartieron subsidios en vez de promover la cultura del trabajo y la productividad”, argumentó.

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El BM advirtió que el equilibrio fiscal no debe depender del agro
El organismo remarcó que las retenciones dañan la competitividad y el comercio
Pilar Vázquez
El Banco Mundial (BM) advirtió que “la sostenibilidad fiscal y las dietas asequibles en la Argentina no tienen que lograrse a expensas de la competitividad” del sector agroalimentario y el comercio. En un reporte difundido por el organismo, dio una serie de recomendaciones. El BM destacó que países como México, Brasil, Nueva Zelanda y Australia han demostrado que es posible mantener la seguridad alimentaria interna mientras se abastecen mercados internacionales. Según el organismo, la Argentina debería adoptar un modelo similar para preservar su competitividad global y promover la sostenibilidad económica.
“Mantener la competitividad global del sector agroalimentario argentino es una inversión en la sostenibilidad económica del país”, subrayó. Sugirió que reducir las restricciones comerciales no arancelarias “aumentaría los ingresos, que pueden ser reinvertidos en transferencias específicas a los consumidores”, añadió.
Según el organismo, entre 2011 y 2021 las exportaciones de agroalimentos cayeron un 1,3% anual, mientras su participación en los mercados internacionales disminuyó del 2,7% al 2,2%. En paralelo, otros países competidores crecieron. “El magro desempeño que la Argentina ha mostrado recientemente en la producción y exportación agroalimentaria respecto de su potencial puede atribuirse en gran medida a las deficientes políticas macroeconómicas, fiscales y comerciales que han frenado el desarrollo del sector”, señaló el Banco.
Mencionó que los altos impuestos a las exportaciones [la soja tributa un 33%] diferencian a la Argentina de la mayoría de los países. De 84 países con datos disponibles, solo 19 aplican un impuesto específico a las exportaciones. Estas, según el BM, “se encuentran entre las medidas más distorsivas para recaudar ingresos fiscales debido a su impacto fuertemente perjudicial en la producción y el comercio, razón por la cual se utilizan en tan pocos países”.
Destacó que lo que “complica aún más las cosas” es que los impuestos a las exportaciones y las regulaciones que los rodean “han venido cambiando constantemente”, generando incertidumbre para los productores y exportadores. “Los cambios recurrentes en las tasas de los impuestos a las exportaciones y en los productos incluidos en la base imponible son una de las principales causas de la falta de inversión de los productores agropecuarios”, explica el informe.
También advirtió sobre la aplicación de impuestos provinciales, como Ingresos Brutos. “Representa alrededor del 75% de los ingresos fiscales de los gobiernos provinciales, rara vez se utiliza en otros países porque es distorsivo”, indicó.

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martes, 16 de abril de 2024

EL PULSO DEL CONSUMO , ARMAS NUCLEARES Y ACUERDO


El extraño momento Dr. Jekyll y Mr. Hyde
Guilermo Oliveto

Tal como sucedía en la famosa novela del británico Robert Louis Stevenson, publicada en 1886 con un suceso inmediato, la Argentina presenta una dualidad que resulta inédita por la potencia de sus contradicciones. Los tableros de control indican “disociación extrema”. Mientras la macroeconomía estaría próxima al punto de inflexión, la recesión en la economía real no encuentra piso. Estamos viviendo nuestro momento Dr. Jekyll y Mr. Hyde.
Es probable que la inflación de alimentos sea de un dígito en abril. Las reservas del Banco Central ya habrían dejado de ser negativas o están muy cerca de ese punto. Comenzó a liquidarse la cosecha gruesa. El dólar se mantiene estable. El riesgo país no para de bajar. Tampoco las ventas. Abril no estaría mostrando hasta ahora señales de recuperación. Por un lado, los mercados financieros festejan; por el otro, las empresas y sus marcas están rediseñando de manera urgente todas sus estrategias.
El rostro de la regocijante normalidad convive en un mismo cuerpo con el de la temible ferocidad. ¿Cuál de los dos es el verdadero? Esa dualidad ¿es sostenible? ¿Es circunstancial o estructural? ¿Durante cuánto tiempo habrá que procesar señales tan dicotómicas?
En estos momentos se están concluyendo las encuestas de opinión de abril. Con una contracción del consumo que superó las peores expectativas durante el primer trimestre y que alcanzó “magnitud 2002”, la imagen del Gobierno no solo no cae, sino que se mantiene estable. Incluso, en algunas mediciones, sube.
Sorprende el modo en que la mayoría de la sociedad argentina está emulando el espíritu con el que Winston Churchill condujo a los británicos en la Segunda Guerra Mundial. Al dar su discurso de asunción, el 13 de mayo de 1940, y asumir como primer ministro en una instancia límite de la historia, pronunció la ya mítica frase: “No tengo nada que ofrecer, sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. Él mismo la sintetizaría luego como “sangre, sudor y lágrimas”.
En nuestras investigaciones cualitativas nos encontramos con expresiones que evidencian una repentina conexión con aquella impronta sacrificial, lo que a todas luces es una rareza. En una sociedad que siempre ha detestado los ajustes, el mantra “no hay plata” parecería haber calado muy hondo, al punto de llegar, en algunos casos, a replanteos filosóficos: “Vivíamos en un mundo irreal, ahora nos abrieron los ojos. No se podía seguir imprimiendo billetes”.
“Tengo mucha esperanza en que esto va a cambiar. Aunque hoy no la estoy pasando bien”. “Yo hago sacrificios. Me estoy privando de muchas cosas. Pero lo hago porque tengo la esperanza de que esto va a cambiar”. “Es hora de cambiar, de aguantar, pero vamos a un país más ordenado, más previsible. Yo no lo voy a ver, pero es para mis hijos”. “Hay que sacrificarse y ver que todo cuesta mucho, que nada viene de arriba. Tengo la esperanza de que los jóvenes entiendan esto”.
Este novedoso estoicismo nacional del que emerge una abrupta templanza para tolerar la adversidad tiene en su génesis un profundo dolor, la sensación de haber tocado fondo y la presunción de ser ineludible. Para escapar del “infierno” del 211% de inflación anual en 2023, cerca del 60% de los ciudadanos habrían aceptado pasar por el “purgatorio” de una vida más ascética y despojada. Suponen que es el único camino posible para llegar finalmente al “paraíso” de un país previsible y estable.
En ese nuevo amanecer, la inflación dejaría de ser una preocupación, y por lo tanto la vida cotidiana recuperaría dosis de tranquilidad. Siendo así, podrían recomponerse la idea de proyecto y la posibilidad del progreso. La mirada volvería a posarse en el futuro y no ya en el puro presente.
Cito textual algunos hallazgos que refrendan esta idea de un trago amargo que resultaba no solo inevitable, sino también necesario: “Me imaginaba que, mal que nos pese, nos teníamos que enfrentar con la realidad”, “Antes tenía una gran incertidumbre, que ahora se transformó en esperanza. Vamos a salir adelante”. “Después de 20 años haciendo lo mismo no se iba a salir en dos o tres meses. Hay que aguantar y bancar”. “Estábamos esperando que esto ocurriese y ocurrió”. “Estoy convencido de que va a haber un cambio, pero son momentos duros. Tranquilo no estoy. Está picante”. “Hoy podríamos haber estado mejor, pero a la larga hubiera sido peor”. “Era obvio que iban a pasar estas cosas. Era necesario, pero va a ser bueno para el país”. “Había que hacerlo. Vale la pena, pero nos complica mucho. Va a ser un año duro este”.
Es conveniente aclarar que, así como la economía adquiere una configuración crecientemente dual, también lo hace la sociedad. Aquellos que “no la ven” –hoy, entre el 40% y el 45% de los ciudadanos, según las diferentes mediciones– lo que sí ven es un “no porvenir”. Allí todo es oscuridad, incertidumbre, tristeza, enojo, miedo y angustia. Dicen que “todavía no vimos lo peor”.
Elon Musk y las paltas de a una
El icónico y fructífero encuentro del Presidente con uno de los empresarios más relevantes del mundo no puede de ningún modo soslayarse ni minimizarse. El suceso tiene un fuerte poder simbólico per se. Elon Musk no solo es el segundo hombre más rico del mundo –195.000 millones de dólares de patrimonio, según el ranking Forbes 2024–, sino que su nombre y su figura constituyen un significante muy potente.
Musk encarna la idea de un emprendedor sin límites. Alguien que a los 52 años pretende conquistar el espacio hasta llegar a Marte –SpaceX–, implantar chips cerebrales para curar enfermedades incurables –Neuralink–, revolucionar la industria automotriz –Tesla–, brindar internet satelital de alta velocidad en cualquier rincón del planeta –Starlink– o desarrollar robots amigables al servicio de los seres humanos –Tesla Bot– expresa, con solo mencionar su nombre, ambición, innovación, tecnología. Y, sobre todo, Musk significa futuro. Es el futuro hecho persona. Una especie de Thomas Alva Edison del siglo XXI. Encontrarse con él es una manera muy tangible, visual y comprensible de decir: “Hacia allá vamos”, de dibujar en el aire el render del paraíso.
En simultáneo, en el purgatorio del presente, la cadena de supermercados DIA presentó la semana pasada una llamativa oferta: paltas de a una a $750 la unidad.
El mercado está acelerando el proceso de reacción. Jumbo, Disco y Vea, que ya habían salido del formato promocional 3x2 o 4x3 para pasar a descuentos unitarios, ahora, además, bajaron 15% los precios de sus productos de marca propia y los congelaron por dos meses. Carrefour relanzó sus Precios Corajudos y mantiene los valores de sus propias marcas por tres meses. Quilmes les propuso a los consumidores, desde ayer, un nuevo “pacto” en su envase emblemático de 1 litro: fijó el precio por tres meses. Coca-Cola enfatiza en la vía pública que con sus envases retornables “cuidás el planeta y tu bolsillo”. VW ofrece sus vehículos financiados a tasa cero y con mantenimiento bonificado. Los principales bancos han relanzado sus descuentos para comprar indumentaria en los shopping centers y ahora adicionan cuotas sin interés.
También allí, entre el brillo de silicio del futuro y la opacidad de la restricción presente, hay una fuerte tensión y otra sintomática dualidad. El puente que une lo agrio con lo dulce está hecho de deseo, de ganas y de necesidad.
El 15 de enero de 2006, se publicó en una entrevista que la nacion Luisa Corradini le hizo al filósofo luxemburgués Jean Greisch, experto en catolicismo, a propósito del éxito cinematográfico y literario de sagas que por aquel entonces tenían un llamativo suceso, como Harry Potter, El señor de los anillos o Las crónicas de Narnia.
Interrogado sobre las implicancias de esa particular conducta donde los niños, pero también los adolescentes y los adultos, se veían fascinados por mundos tan imaginarios como fantásticos, Greish dio una explicación que desde entonces recordé. “Todo ser humano está programado para maravillarse. Los antropólogos dicen que, aunque el hombre esté altamente especializado, habituado a razonar en términos utilitaristas, no perdió la capacidad de caer bajo el encanto de lo maravilloso. No podemos olvidar, como decía Freud, que los adultos somos eternos niños. Eso es algo que no se puede expulsar definitivamente del alma del ser humano (…) salvo que el hombre terminara transformándose en un robot”.
Luego, yendo más allá de la explicación del súbito atractivo por las historias mágicas, este pensador ahondó sobre una necesidad profundamente humana: “El hombre no puede vivir sin creer. No puede andar sin sus creencias. Es inimaginable una humanidad en la cual el hombre se haya dejado de contar cuentos”. Y, por lo tanto, “es impensable una humanidad donde haya desaparecido todo sentimiento de lo maravilloso. Porque está ligado a nuestra naturaleza más profunda. El hombre es el más excéntrico de todos los seres vivientes: no tenemos nuestro centro en nosotros mismos. Estamos en relación con el mundo, que no es solo un mundo de hechos objetivos, sino rico en potencialidades. Debemos administrar nuestra relación con lo posible y no solo con lo real. Heidegger dijo que lo posible es más real que lo real”.
Finalmente, concluyó: “Lo maravilloso podría llegar hasta lo milagroso. Pero hay un aspecto en el cual se piensa mucho menos: allí donde existe lo maravilloso también está lo aterrador. Existe esa ambivalencia afectiva en el sentimiento de lo maravilloso: que puede pasar fácilmente a lo aterrador. En otras palabras, cuando lo maravilloso se despierta es, quizá, porque en algún sitio está agazapado el terror”.
Tal vez en estos pensamientos se encuentren algunas de las respuestas que estábamos buscando para explicar el extraño momento Dr. Jekyll y Mr. Hyde que transitamos con perplejidad y asombro.

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Un gran logro de la humanidad
Moisés Naím

En la fatídica mañana del 6 de agosto de 1945, Estados Unidos detonó una bomba que destruyó la ciudad japonesa de Hiroshima. Tres días después, lo mismo pasó en Nagasaki. El Imperio Japonés entendió que, de no rendirse, su territorio sería devastado. Así, 24 días después del bombardeo de Nagasaki, el emperador firmó la rendición incondicional de su país. En ese entonces, solo EE.UU. contaba con bombas atómicas. Pero la suposición generalizada era que ese monopolio no iba a durar mucho tiempo. Inevitablemente, otros países desarrollarían la tecnología necesaria para producir y usar armas nucleares. La proliferación nuclear era imposible de contener, mantenían los expertos. Pensaron que cuando muchos países llegaran a contar con esas armas, eventualmente alguno las usaría. Hasta hoy, eso no ha ocurrido.
Ocho décadas después de Hiroshima y Nagasaki, solo 9 países cuentan con armas nucleares. Este es, quizás, el logro más menospreciado de estos ochenta años y es el logro de una entidad eternamente desdeñada y ferozmente criticada: la “comunidad internacional.”
En realidad, tal cosa nunca ha existido. Lo que sí existió, y sigue existiendo, es un acuerdo formal a través del cual las mayores potencias del planeta se comprometen a limitar asiduamente la transmisión de tecnología nuclear, y a acordar y limitar sus arsenales. Y eso se logró en gran medida gracias a “la comunidad internacional”: un grupo de países que se ponen de acuerdo para trabajar juntos y alcanzar metas que solos no lograrían.
Contener la proliferación no fue fácil y poco después de 1945, además de EE.UU., la Unión Soviética (ahora Rusia), el Reino Unido, Francia y China se convirtieron en lo que se conoce como potencias nucleares. Una camada más reciente incluyó a la India, Pakistán y Corea del Norte. Aunque no ha habido un reconocimiento formal por parte de Israel, la suposición general es que, en efecto, este país tiene un número significativo de armas nucleares.
Lo que se llamó el “régimen de no proliferación” fue un aspecto importante en estabilizar la balanza estratégica del mundo. Se organizó en torno al Tratado de No Proliferación (TNP) firmado el 1° de julio de 1968, que comprometía a todos sus firmantes a tomar medidas para evitar la proliferación de armas nucleares en nuevos países.
Muchos países que habían gastado sumas ingentes en programas oficiales para desarrollar sus propias armas nucleares desistieron de ellas: Brasil, la Argentina, Libia y la Sudáfrica del apartheid se encuentran entre los casos más notables. Prefirieron acceder al TNP y desactivar sus programas. Eso muchos lo saben, pero pocos sospechan que países neutros en Europa como Suiza y Suecia activamente estudiaron la posibilidad de desarrollar sus propias armas nucleares en los años 50 y 60, pero no lo hicieron en parte bajo la presión del nuevo régimen de no proliferación. A pesar de sus éxitos, el régimen de no proliferación está hoy más débil que nunca. La fragmentación del ámbito internacional ha aumentado, haciendo cada vez más difícil la cooperación internacional. La República Islámica de Irán, por ejemplo, anhela tener un arma que eternice a la dictadura teocrática en el poder y le dé paridad con Israel.
Irán está rodeado de vecinos con los que no se lleva bien, incluyendo la muy rica pero muy difícilmente gobernada Arabia Saudita. Para la casa de Al Saud, la idea de tener que subsistir a pocos kilómetros de una teocracia chiita con armas nucleares es sencillamente insoportable: la presión para que Arabia Saudita también cuente con un arma nuclear se haría abrumadora. Además, si Irán y Arabia Saudita cuentan con armas nucleares, el gobierno de Turquía también se vería presionado a contar con este armamento. Con cuatro potencias nucleares todas tan cerca y enemistadas entre sí, los riesgos de caer en una tragedia inimaginable son enormes.
Además, el peligro de la proliferación ha adquirido nuevas características y nuevos protagonistas. Quienes se ocupan de este tema mantienen que el riesgo no es solo que un gobierno con armas nucleares a su disposición las use. También existe el creciente riesgo de que actores malignos, actuando por su cuenta, logren ponerle la mano a un arma nuclear. Terroristas, narcotraficantes, traficantes de armas, rebeldes de todo tipo tendrían muy buenas razones para buscar armas de este tipo. Se trata de amenazas que no existían cuando los únicos protagonistas eran los Estados.
Las décadas en las cuales no se han usado armas nucleares en conflictos armados han sido un gran logro de la humanidad. Ninguna excusa será suficientemente aceptable el día que se usen estas devastadoras armas. La proliferación nuclear sigue representando una de las mayores amenazas contra la humanidad. Es necesario darle la prioridad que se merece.


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El país tiene todo para ser próspero, pero no lo es
Gala Díaz Langou Directora ejecutiva del Cippec

En los últimos años se ha gestado un acuerdo profundo en la Argentina: tenemos todos los elementos para convertirnos en un país próspero. Este consenso abarca transversalmente a una buena parte del espectro político, así como a representantes de diversos sectores, como empresas, sindicatos, medios de comunicación y sociedad civil, entre otros. Todos estos actores destacan que la Argentina posee recursos claves que el mundo demanda: energía, alimentos y minerales esenciales para la transición verde, entre otros.
A pesar de estas fortalezas, la Argentina todavía se encuentra lejos de ser un país próspero. También existe un consenso creciente sobre las razones que explican esta situación. Necesitamos estabilizar nuestra macroeconomía y construir una estrategia de desarrollo que permita que nuestras ventajas competitivas se traduzcan en una mejor calidad de vida para toda la población argentina.
Para estabilizar la macroeconomía es necesario abordar tanto la restricción externa (aumentando nuestras exportaciones) como la restricción interna (equilibrando las cuentas públicas, llevando el déficit fiscal a cero –como primer objetivo–, para atender luego otras aristas fiscal-tributarias prioritarias).
En este contexto coexisten diferentes perspectivas sobre la situación en la Argentina. Por un lado, hay miradas de esperanza que ven un avance en la resolución de los problemas de fondo y en la búsqueda del equilibrio fiscal. Muchos ciudadanos también están dispuestos a enfrentar una situación más difícil si esto significa salir adelante.
Sin embargo, estas visiones optimistas coinciden con otras más cautelosas, que indican los costos sociales significativos que pueden tener las medidas para alcanzar el déficit cero. También señalan síntomas de desapego a los principios democráticos.
En resumen, conviven visiones que creen que estamos abordando nuestros problemas fundamentales de una vez por todas con otras que sostienen que esto será solo otro capítulo en la historia pendular recurrente de la Argentina. ¿Qué determinará la dirección que tomemos? La durabilidad de las transformaciones que se impulsen.
La única manera de lograr cambios sostenibles en el tiempo es aferrándonos a los valores y prácticas democráticas. Un desarrollo desconectado de estos valores y prácticas no será sostenible y nos arrastrará de nuevo al péndulo.
Buscar la prosperidad dentro del marco de las instituciones democráticas requiere más esfuerzo, ya que implica tener que conversar con los otros, cooperar y definir acciones conjuntas. No es necesario estar de acuerdo en todo; es posible dar pequeños pasos genuinos que aborden algunos aspectos de nuestros problemas estructurales. Estos pasos, al generar resultados concretos, deberían ayudar a reconstruir la empatía y la confianza, tan deterioradas.
Este es el papel de la dirigencia: acordar los primeros pasos para dar forma a una estrategia de desarrollo que convierta la riqueza de nuestro país en calidad de vida para todos los argentinos. Es una tarea importante que nos permitirá transitar, de una vez por todas, de lo pendular a lo medular.

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martes, 2 de abril de 2024

EL PULSO DEL CONSUMO, MERCADOS Y RECORTES


De fingir demencia a pregonar coherencia
Guillermo Oliveto

Antiguos y conocidos cultores de los extremos, los argentinos están visitando esas fronteras una vez más. Sus patrones de compra dieron un giro de 180 grados en cuestión de semanas. Hemos pasado de fingir demencia a pregonar coherencia. De aquel “la plata no se puede invertir en nada, hay que gastarla toda”, en noviembre de 2023, al mantra de época planteado por el Gobierno y que signará 2024: “No hay plata”.
Y digo pregonar porque hoy la coherencia, que en definitiva es la correlación entre los dichos y los hechos, se ha transformado en un valor que se incorpora, se piensa, se comenta, se postea y se ejecuta.
La coherencia se vincula con lo que tiene sentido, con lo que logra ser comprendido porque es razonable, con aquellas estructuras narrativas cuyos elementos tienen conexiones lógicas entre sí y que, justamente por ello, adquieren solidez.
Esa coherencia, que emerge de una repentina y, en la gran mayoría de los casos, forzada toma de conciencia, se ha transformado en el nuevo deber ser. Un valor que se predica y se socializa, que se vocea y del que hay que seguir el ejemplo. Para ponerlo en palabras textuales de los consumidores que entrevistamos en nuestra última investigación cualitativa: “Hay que aprender a comprar de nuevo”.
En el que fue su último ensayo, el reconocido sociólogo Manuel Mora y Araujo publicó en 2011 La Argentina bipolar. Luego de haber estudiado, medido y analizado la opinión pública durante décadas, llegaba a la conclusión de que nuestro colectivo social tenía un carácter ciclotímico, oscilante, inestable, que basculaba entre los límites con serias dificultades para encontrar aquel virtuoso punto medio que proponían los filósofos clásicos hace 2500 años, tanto en Occidente como en Oriente.
Comportamiento pendular
Decía Mora: “La sociedad argentina muestra una pauta de comportamiento pendular, cuyas raíces no son obvias. Para referirme a eso encuentro útil la metáfora de la sintomatología bipolar: una dificultad esencial para encontrar estados de equilibrio y permanecer en ellos mucho tiempo”.
Puesto en estos términos, es imprescindible asumir que el proceso actual no sigue los patrones de una evolución, sino de una disrupción. Es un antes y un después. ¿En qué? En mucho. Y además, va muy rápido. Tomando la impronta de la tecnología, viga estructural de este siglo, busca la velocidad exponencial.
Siendo así, es natural que los mercados se estén reconfigurando de manera acelerada y con profundidad. No se trata de cambios cosméticos, sino de alteraciones que tienen magnitud y densidad.
Si antes ganaba el que tenía stock, hoy el éxito se acerca al que mejor interpreta el juego de la seducción. Pasamos de un mercado de oferta a uno de demanda. Antes había que abastecer porque te venían a comprar, ahora hay que conquistar porque hay que vender.
El consumidor ha vuelto a ubicarse en el centro del escenario iluminado por una luz cenital. Allí se concentra hoy todo el foco de atención de las empresas y sus marcas.
En tiempos tumultuosos como el actual, los negocios dependen, en buena medida, de la capacidad que cada uno tenga para dilucidar los deseos y anticipar los movimientos de esas personas que están “revisando”, “repensando”, “midiendo” y “recortando” por doquier.
Brota como si surgiera de la nada una repentina toma de conciencia. Pero en realidad, esa latencia ya estaba ahí. Sucede que fingíamos no saberlo, mirábamos para otro lado, nos hacíamos trampa al solitario. Nos hacíamos “los dementes”, pero no lo estábamos. Era una impostura circunstancial. Ahora llegó la hora de una verdad que para muchos resulta difícil, incómoda, fastidiosa, dolorosa y, en algunos casos, hasta insoportable. Hoy los consumidores nos dicen: “Ahora se compra lo justo y necesario” y “ahora hay que mirar todo”.
Mientras los mercados financieros festejan, los sectores productivos y comerciales sufren. La macroeconomía está corrigiendo velozmente sus marcados desequilibrios, especialmente aquel que el Gobierno ha planteado como su objetivo central: no gastar más de lo que se tiene.
Esta definición de política económica se vincula de manera directa con la inflación. Las mediciones semanales de alta frecuencia de muchas consultoras, entre ellas Ecolatina, Econviews, Econométrica, IPC Online y LCG, están indicando que la suba de precios de marzo sería inferior a la de febrero y se acercaría al 11%.
En simultáneo, la microeconomía confirmará el tercer mes de una contracción significativa. Cuando lleguen los datos, veremos caídas para el primer trimestre acumulado del orden del 40% en las ventas de electrodomésticos, 30% en las de autos e indumentaria, 27% en motos, 25% en shoppings e insumos para la construcción, 20% en despachos de cemento, 15% en combustibles, 8% en supermercados y 5% en el total del sector de consumo masivo.
Los datos fácticos de la economía cotidiana obviamente están vinculados con las conductas de los consumidores. La pregunta que muchos hacen es ¿qué se recorta? Pero en realidad la pregunta debiera ser ¿qué no se recorta? Ese pregonar coherencia conceptual, en la praxis, se traduce como la búsqueda de un nuevo Santo Grial. O, mejor dicho, dos.
En la clase alta y la clase media alta, se trata de la eficiencia. Hay que “discriminar, elegir, precisar, para sostener”. En la clase media baja y la clase baja, los recursos son mucho más escasos. Allí toda la energía está puesta en el rendimiento. Hay que “estirar para poder zafar” porque “si antes ya no se llegaba a fin de mes, ahora directamente se volvió una lucha”.
¿Cómo se concilian estas dos dimensiones que lucen tan antagónicas en ese magma tan volátil e impredecible que es el humor social?
Los números y la verdad
En su libro, Elogio de las matemáticas, el filósofo francés Alain Badiou enfatiza la necesidad que tiene el humanismo contemporáneo de recuperar su vinculación con las ciencias exactas. Para él, la conexión entre las matemáticas y la filosofía resulta obvia y natural: ambas siguen intrincados caminos para concluir con el hallazgo de una verdad. Es esa facultad para alcanzar el descubrimiento la que produce un goce similar en ambas disciplinas.
Recuerda que las matemáticas precedieron a la filosofía y que operaron como un modelo a escala para demostrar que, siguiendo ciertos pasos y procedimientos lógicos, la verdad podía ser algo unívoco ajeno a la subjetividad o la opinión. También que, no en vano, grandes filósofos, como Descartes o Leibniz, fueron genios matemáticos. Y que otros padres del racionalismo, como Spinoza o Kant, consideraban que si no hubiera habido matemáticas no habría existido la filosofía simplemente porque no se hubiera sabido cómo buscar la verdad. De hecho, recuerda que fue el propio Platón quien en el frontispicio de su academia escribió: “Que nadie entre aquí sin ser geómetra”.
El pensamiento y la reflexión sobre el ser humano no podían ni pueden disociarse de la rigurosidad y la racionalidad que proponen la aritmética o la geometría.
Badiou se explaya con pasión en un texto que publicó a los 78 años: “Las matemáticas combinan de una forma singular la intuición y la prueba, lo que también debe hacer el texto filosófico”. Implican “seguir un camino extremadamente retorcido y complejo en una selva de nociones y conceptos y, a pesar de todo, en un momento dado ese camino conduce a un claro magnífico (…) está esa idea de un verdadero descubrimiento, de un resultado sorprendente, al precio de un recorrido a veces difícil de seguir, pero del que se obtiene una recompensa (…) Descartes, que era un gran matemático, lo que retiene de las matemáticas en su proyecto filosófico es claro: el ideal de demostración. Para él, el texto filosófico debe tomar la forma de una larga cadena de razones que constituyen lo propio de las matemáticas (…) Desde su origen las matemáticas eran ejemplo de un proceso de conocimiento que se valía por sí mismo. Cuando se tiene una prueba, bueno, se tiene una prueba (…) las matemáticas hacen tambalear todos los relatos tradicionales: la prueba se presenta como dependiente solo de la demos tración racional, expuesta a todos y refutable en su principio mismo (…). En este sentido, las matemáticas forman parte del pensamiento democrático, que por cierto aparece en Grecia al mismo tiempo que esta disciplina”.
El último concepto del filósofo francés viene a recordar que, por definición, la democracia no es un formato de organización social y política sujeto al juicio ni la voluntad de un monarca o un rey, sino al juicio colectivo que realizan los ciudadanos de lo que se les presenta como la verdad de ese momento bajo argumentación y evaluación racional.
Buscando despejar el ruido propio en un momento de transición vertiginosa, cabe seguir las enseñanzas de Badiou y ampararnos en esa tercera dimensión que, con la frialdad de sus propios números, tiende un puente entre las auspiciosas cifras de la macroeconomía y los angustiantes registros de la microeconomía. Estoy hablando de las encuestas de opinión pública que, con la rigurosidad matemática de la estadística, nos ayudan a dilucidar los estados de ánimo de la sociedad.
La última medición nacional de Aresco, realizada en un mes de marzo fuertemente recesivo, indica que el 56% de la población aprueba la gestión del Gobierno y que el 57,5% lo volvería a votar en un balotaje. El relevamiento de Poliarquía arroja cifras muy parecidas: 58% de aprobación.
La fría racionalidad matemática nos está diciendo cuál es la verdad de esta hora. Como se señaló, el primer trimestre de este año quedó definido por una paradoja extraña e inédita: recesión con ilusión.
El primer trimestre llegó ayer a su fin. Para seguir analizando los acontecimientos con buen juicio, y sin prejuicios, valdría la pena sumar al marco analítico dos conceptos que nos pueden ser de utilidad.
El primero es de origen local, de aquel libro de Mora y Araujo. Al sintetizar el mayor riesgo de nuestra condición bipolar, advertía cuál era el problema intrínseco al ser nacional que nos llevaba hacia ninguna parte: “Vivir oscilando entre la ilusión y la decepción”. Desafío central tanto para el Gobierno como para los ciudadanos en los próximos meses.
Mientras los mercados financieros festejan, la producción y el comercio sufren
Prosa y poesía
El segundo es de carácter global. Ya en 2012 el sociólogo francés Edgar Morin, quien es considerado académicamente el padre del pensamiento complejo, fundamental para la comprensión profunda de lo humano, planteaba la escisión de la vida del hombre en prosa y poesía.
En la analogía literaria, la prosa se vincula con la tarea, el esfuerzo, el trabajo, incluso el sufrimiento. La poesía, en cambio, está relacionada con el juego, la fiesta, la celebración.
Al cumplir 100 años, publicó un nuevo ensayo titulado Lecciones de un siglo de vida. Entre muchos sabios consejos, propios de su lucidez centenaria, volvía a recordar y enfatizar que la vida es necesariamente prosa, sí, porque sin ella no sería factible. Pero que, sin la suficiente dosis de poesía, no solo se torna árida, áspera, insulsa, sino que además tiene poco sentido.
La pregunta que muchos se hacen es: ¿qué se recorta? Pero en realidad debería ser: ¿qué no se recorta?
La fría racionalidad matemática nos está diciendo cuál es la verdad de esta hora: la extraña paradoja de recesión con ilusión

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Se intensificó la caída de los plazos fijos UVA en marzo
Una de las herramientas de inversión más utilizadas por los ahorristas está en baja, impactada por la tasa de interés y la imposición de inmovilizar el dinero por 180 días
Javier BlancoVolvió a crecer la cantidad de plazos fijos tradicionales
El boom de los plazos fijos ajustables por inflación (plazos fijos UVA), que se había desatado con fuerza luego de las últimas elecciones primarias, parece haber terminado.
En los primeros días del gobierno de Javier Milei, el ministro de Economía, Luis Caputo, cuando anunció la devaluación del peso, le dio un empujón extra al alza del índice de precios, que ya venía a velocidad elevada. En diciembre fue el pico de aumento, con una devaluación del 54%. Pero ese período de suba, que impacta directamente en el índice UVA que se aplica a los plazos fijos, parece haber terminado. Es más, comienza a insinuarse un posible ocaso de la inversión. Aunque, claro está, aún deberá pasar algún tiempo más para poder establecer cómo serán el destino y el camino de esa enorme cartera.
El stock total de esos depósitos, que –hay que decir– ya había comenzado a caer si se mide en términos reales, es decir, si se le aplica la inflación, por estos días ha empezado a reducirse incluso en términos nominales.
La caída ya se deja ver en los números. Desde un máximo cercano a $0,96 billones que esas colocaciones privadas habían alcanzado finalizada la primera semana de marzo, según datos oficiales al 22 de marzo, se llegó a los $0,88 billones.
Eso implica desarmes que promedian entre 8000 millones y 9000 millones de pesos por cada una de las jornadas hábiles que hubo.
La contracara de este fenómeno es que se comenzaron a estabilizar las colocaciones a plazo fijo tradicional. De hecho, el stock nominal de la herramienta más usada por el ahorrista argentino creció de $17,9 billones a $19 billones en dos semanas. Este aumento, aunque incipiente, se da en momentos en que la tasa ha ido a la baja ya que ahora se paga un interés mensual que oscila ente el 5,5% al 6,1%, de acuerdo con el monto y el banco.
La mano del Central
Esta situación de mercado sucede desde que el Banco Central (BCRA) propició esa baja, al eliminar el “piso” del 9,04% de interés mensual, que estaban obligados a respetar los bancos hasta el 11 de marzo. Entonces, la entidad monetaria bajó 30 puntos la tasa de referencia (pasó de 110% a 80% nominal anual) y de esa manera activó la “licuadora” con la que trata de limpiar el balance en el BCRA, al achicar fuerte, en términos reales, sus pasivos remunerados.
El ocaso del los plazos fijos UVA es una tendencia que se empezó a insinuar a fines de febrero, pero que se intensificó tras la primera semana de marzo, es decir, cuando comenzaron a vencer los últimos que habían sido constituidos a 90 días y resultaron, por lejos, la inversión más rentable en dicho lapso.
Fue lo que llevó a los bancos, en un contexto de baja de tasas, a pedirle al BCRA que desaliente estas colocaciones, algo que dispuso al duplicar, desde el 28 de diciembre pasado, el plazo mínimo para esas imposiciones hasta los 180 días.
La medida estuvo motivada en que, días antes, las entidades habían intentado bloquear o desalentar por otros caminos este tipo de depósitos (ya sea quitando la opción de constituirlos por home banking o restringiéndolos solo a sus clientes), sin mayores resultados.
Vale recordar que quien hubiera constituido un plazo fijo UVA en diciembre no solo mantuvo el valor adquisitivo del capital invertido en pesos, sino que realizó una ganancia de entre el 60% y el 70% trimestral en dólares, si decidió volcar esos pesos a la compra de los dólares “accesibles”, sea en el mercado financiero o, en su caso, en el paralelo.
Los analistas y operadores explican que la resistencia de los ahorristas a renovarlos está vinculada a la desaceleración de la inflación verificada, una tendencia que, según el mercado, se va a profundizar en los próximos meses, lo que puede vincularse con la confianza que existe hacia esa evolución.
Pero, además, a la desconfianza que genera tener que inmovilizar pesos por un semestre en medio de una transformación económica en marcha, pero no asegurada, y que encuentra, a la vez, problemas para promulgar leyes que la validen.
“Creo que el mayor condicionante a las renovaciones es la tasa de inflación con tendencia a la baja, lo que está mostrando que la política económica generó credibilidad en ese sentido. El problema que aparece es que no hay muchos instrumentos para cubrirse y, en medio del cepo, ir al dólar legal se le complica al ahorrista común sin manejo financiero, lo que queda a la vista por la calma que mantuvieron los dólares libres”, juzga el analista y operador de mercado Esteban Monte.
En los bancos incluso certifican este cuadro. “Tuve que explicarles a varios clientes cómo hacer para comprar dólar MEP a pedido. Son ahorristas que sienten que ya no tienen mecanismo tradicional alguno a mano para preservar el valor efectivo de sus pesos y no se dolarizan por elección, sino por opción. Una clienta incluso volvió a verme una vez hecha la operación para cerciorarse de que se le hubiera cerrado la cuenta comitente que hubo que abrirle para operar los bonos”, confió un ejecutivo de un banco privado líder consultado por especto.

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Se eliminará un fideicomiso estatal que subsidia la harina
El Fondo Estabilizador del Trigo, creado por el gobierno anterior, se nutría de parte de la recaudación de retenciones a la soja

Fernando Bertello
El Gobierno formalizará la semana entrante la eliminación del Fondo Estabilizador del Trigo Argentino (FETA), creado durante el gobierno de Alberto Fernández para subsidiar la harina que la industria molinera entrega a las panaderías. El fideicomiso, si bien era manejado por el Estado y se nutría del aporte privado de las retenciones a la soja, en los hechos ya estaba desactivado desde diciembre pasado.
Aunque no lo mencionó por su nombre, ayer el vocero presidencial, Manuel Adorni, dijo en la red X: “Habíamos anunciado el deseo de terminar con cada uno de los fondos fiduciarios que dependen del dinero del Estado nacional. La semana que viene quedará eliminado formalmente el primero de ellos: llevaba dilapidados sin sentido 69.000 millones de pesos”. Según trascendió de fuentes oficiales, ese fondo es el FETA.
En la práctica, como se mencionó, el mecanismo ya no estaba activo. “La Secretaría de Comercio les mandó una notificación el 10 de diciembre a todos los molinos para decir que se dejaba sin efecto; terminaron de liquidar lo que debían durante diciembre y enero”, contó una fuente industrial. Días antes, incluso BICE Fideicomisos, que actuaba como fiduciario del FETA, había anunciado a las empresas que recibió una nota de Comercio sobre el fin de la operatoria.
Este fondo estatal fue creado por decreto en marzo de 2022. En ese momento lo impulsó el entonces secretario de Comercio Roberto Feletti, ante la suba de los precios internacionales de los granos tras la invasión de Rusia a Ucrania, dos productores claves en commodities agrícolas.
En un primer momento, el fondo se nutrió con la suba de las retenciones a la harina y el aceite de soja del 31 al 33%. La expectativa era recaudar US$400 millones. Cuando empezó a funcionar, todos los meses publicaba un precio de referencia para la harina entregada a las panaderías.
El gobierno anterior fijó las condiciones de acceso y terminó ingresando casi una treintena de molinos. Todos los meses, la Secretaría de Comercio fijaba un valor más bajo para la harina subsidiada que llegaba a las panaderías. Desde un primer instante, el FETA no estuvo exento de polémica, como una denuncia de legisladores de la Coalición Cívica contra Feletti y, además, un pedido para investigar a Molino Cañuelas, el principal molino del país, con un 25% de la molienda.
La empresa, no obstante, nunca recibió notificación alguna de la Justicia, según han dicho en la compañía, que además defendió el mecanismo por su implementación de controles y estaba vinculado al nivel de abastecimiento.
Molino Cañuelas, vale recordar, está negociando con acreedores la salida de un concurso por unos US$1300 millones donde ofrece respetar la moneda de origen, sin quitas ni con años de gracia de por medio, según explicaron en su momento desde la firma. En diciembre pasado, Impulsar informó que el FETA destinó más de $33.000 millones para el grupo Molca (Molino Cañuelas y Florencia).
Con la llegada de Sergio Massa al Ministerio de Economía, después de varios meses el FETA pasó a fondearse con el 1,3% de lo recaudado con las retenciones al aceite y la harina de soja. Esto fue luego de que el exfuncionario dejó sin efecto la suba de los derechos de exportación para ambos productos, medida que, en cierto modo, tomó para agradecer a los exportadores por contribuir al dólar soja.
“Establécese en uno coma tres (1,3) puntos porcentuales de la alícuota del derecho de exportación de las mercaderías alcanzadas por las posiciones arancelarias de la nomenclatura común del Mercosur (n.c.m.) 2304.00.10, 1507.10.00, 2302.50.00, 1507.90.11, 1507.90.90 y 2308.00.00, en todos los casos que contengan soja, como importe que será destinado al Fondo Estabilizador del Trigo Argentino, creado por el decreto Nº 132 de fecha 19 de marzo de 2022, en el marco de lo dispuesto en el decreto Nº 288 de fecha 31 de mayo de 2023”, decía la norma del gobierno anterior que hizo el cambio de fondeo.
En los hechos, el fideicomiso ya estaba desactivado desde diciembre pasado

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martes, 19 de diciembre de 2023

EL PULSO DEL CONSUMO


Los argentinos cruzaron el Rubicón, ¿y ahora?
Guillermo Oliveto
De la extraña amalgama entre el dolor y el hartazgo, la tristeza y la impotencia, la decepción y la bronca, la frustración y la melancolía, que había sumido a la sociedad en una profunda crisis de sentido donde la pregunta ya no era por qué sino para qué, emergió lo inesperado, lo imprevisible.
Oculta bajo la superficie de la apatía, el desgano, el desánimo y la evasión, todas actitudes que resultaron evidentes durante los últimos dos años, se estaba cocinando a fuego lento una decisión mayoritaria que brotó con la energía de una erupción volcánica. Los argentinos decidieron, mayoritariamente, cruzar su propio Rubicón.
En el año 49 a.C., frente a la amenaza de ser destituido por el poder orgánico del Senado que lo veía como un rival, dejando caer en el olvido sus sueños y expectativas, el general Julio César resolvió enfrentarse al sistema institucional de Roma haciendo lo impensado: atravesar con sus tropas armadas el Rubicón, ese río de baja profundidad que oficiaba como límite entre las Galias, que habían sido anexadas,yelcorazóndelImperio.La noche del 10 de enero lo desbordaron las dudas y los temores, pero igual decidió cruzar lo prohibido e ir en busca de lo que entendía como un destino mejor. Esas mismas dudas y temores desbordaron a la sociedad frente a la crucial instancia final de las urnas.
Como en toda apuesta, hay probabilidades, no certezas, hay riesgos, no garantías. No fue sin miedo, sino a pesar del miedo.
Habiendo coqueteado durante meses con el morbo Thelma y Louise, cuando finalmente se encontraron con el abismo, en lugar de retroceder, que hubiera sido lo más esperable acorde con las experiencias pasadas, esta vez una mayoría de los ciudadanos respiraron hondo y aceleraron. Es probable que de manera inconsciente hayan repetido en su interior palabras análogas a las que pronunció el memorable general romano en aquel momento que cambiaría la historia antigua de Occidente: “Alea iacta est”. Frase que se traduce del latín al español como “el dado fue lanzado” o más coloquialmente del modo en que quedaría grabada a fuego en la memoria popular: “La suerte está echada”.
En nuestra investigación cualitativa sobre el humor social realizada sobre la base de focus groups una semana después de la elección general, ya de cara al balotaje, a la hora de analizar los resultados, aquellos que habían votado al actual presidente o pensaban hacerlo en la instancia final se manifestaron con contundencia y claridad. Un hombre de unos 50 años de clase media alta nos dijo: “Milei es un salto al vacío. Los argentinos no somos estúpidos, pero estamos tan cansados que no nos importa saltar al vacío”. Un joven de 26 años de clase baja planteó que prefería jugarse por “algo malo desconocido a lo ya conocido, porque lo malo desconocido podía sorprender”.
Una mujer de clase media baja lo llevó a su experiencia personal: “Tuve que cerrar un negocio. Me queda un año para jubilarme. Veo un panorama económico pésimo para todos los argentinos. Hay que dar un salto, un giro de 180 grados”.
El vínculo de alta intensidad que se fue consolidando desde 2021 entre el actual presidente y sus votantes originales –el 30% de las elecciones primarias– parecía unido por ese “hilo rojo del destino” del que hablan tanto la mitología japonesa como la china. El mito afirma que los dioses atan un hilo rojo en las dos personas que están destinadas a encontrarse en un determinado y preciso momento de su vida para conocerse o ayudarse.
La onda expansiva creció progresivamente, desde ese núcleo original hacia una mayoría de la sociedad. Abrumados por la desazón al punto de manifestarse asfixiados bajo un devenir del país que juzgaban opresivo, y sintiéndose en un callejón sin salida, millones de personas se abrazaron a esa cuerda imaginaria. Por supuesto, nunca es todos, pero sí los suficientes como para “patear el tablero” y producir un acontecimiento shockeante. Y no fueron pocos: 56% de los electores.
A pesar de ser muy reciente, todo esto ya es pasado. Subestimar un hecho disruptivo solo porque no logramos decodificarlo plenamente o porque no encaja en los parámetros habituales nos aleja de la necesaria lucidez para comprender sus implicancias y proyectar sus consecuencias. Nos impide, en esencia, pensarlo bien. Considero por lo tanto imprescindible, para imaginar y pensar lo que viene, no dejarse aturdir por el shock y asumir que aun lo que para algunos luce inentendible e inexplicable no solo tiene una razón de ser, sino que en la complejidad de su génesis pueden esconderse las claves sobre eso que hoy tanto intriga e inquieta a casi todos: la sustentabilidad de lo extraño, la sustancia de lo inverosímil, la capacidad de tolerancia de la sociedad al ajuste económico que ya mostró sus primeros esbozos.
Como primera aproximación a un objeto de análisis en mutación constante que se devela frente a nosotros en tiempo real, vengo trabajando en estos cinco ejes conceptuales.

1. EL GRAN RESET

De manera consciente, casi 15 millones de argentinos decidieron apretar la tecla de “reset” y atreverse a cambiar radicalmente las reglas y el funcionamiento del sistema. Fue una decisión guiada por la impronta del “todo o nada” y la búsqueda de un “cambio contundente”. No lo hicieron engañados, sabían de qué se trataba. O al menos creían saberlo. Dimensionaban, quizá como nunca antes, que elegir ese camino entre las opciones disponible sera una apuesta muy fuerte que entrañaba riesgos mayúsculos. Y, aun así, lo hicieron igual.
Debe calibrarse bien la magnitud del profundo deseo que entraña semejante osadía, porque ese deseo fue capaz de vencer al miedo. ¿Será esta la fuente de la tolerancia extra que requerirá la nueva experiencia para transitar el álgido sendero de las incómodas correcciones y restricciones por venir? No lo podemos afirmar, pero tampoco negar. Cabe entonces dejarlo como una hipótesis de análisis que podremos validar o refutar a medida que se desarrollen los acontecimientos.

2- LO INÉDITO

El proceso es inédito porque se gestó en un momento inédito: la pandemia y la cuarentena. La interpelación al valor de la libertad sumada al código punk (“rompan todo”, “no hay futuro”) logró capturar inicialmente a los jóvenes, dado que fueron ellos quienes más sufrieron el largo encierro. Desde ese núcleo base originario emanó una narración que ganó consistencia hasta llegar a los adultos. La intensidad fue creciendo de manera subterránea en la interacción a través de las redes sociales, los grupos de WhatsApp y los encuentros por Zoom, forzada por la caverna digital en la que habitaron los centennials durante 2020 y 2021. Luego de la apertura, afloró a la superficie, llegando a los medios tradicionales y al territorio con las marchas, caravanas y actos de alto impacto con estética rockera y los íconos físicos como la motosierra o simbólicos como la dolarización. Siendo así, hay que darle el beneficio de la duda a lo desconocido, justamente por serlo.

3. UN NUEVO MINDSET

Adicionalmente, no podemos pensar lo inédito con las claves tradicionales ni trazar analogías lineales con el pasado. Si no ocurrió nunca, hay que asumir que tiene características propias que deberemos descubrir, dejando de lado los prejuicios para ser capaces de realizar buenos juicios. Tendremos que crear un nuevo modelo mental que se atreva a lidiar con lo desconocido. Si la sociedad decidió “resetear” el sistema, habrá que hacer lo mismo con el modo de leerlo, dejando a un lado viejas creencias e incorporar las que puedan vibrar e interpretar la época.

4. OTRA VELOCIDAD

Todo ocurrió y va a ocurrir muy rápido. El vértigo, el caos y la aceleración permanente son propios de los fenómenos cuya fisonomía es de carácter exponencial. Hace nada más que tres años, el actual presidente estaba fuera de la política. Bajo esta perspectiva resulta válido analizar los hechos tomando como referencia el gran vector de aceleración que define nuestro tiempo: la tecnología. Estamos frente a una startup que hackeó el poder y que manifiesta explícitamente tener una solución superadora a todo lo preexistente.
Para Paul Virilio, conocido como el filósofo de la velocidad, lo que inicialmente introdujeron el ferrocarril y el cine en los albores de la modernidad lo potenció al infinito la tecnología en la era contemporánea. Quien domina la velocidad diseña la escena, dado que ya no vemos lo que por naturaleza podríamos ver, sino aquello que es registrado por una subjetividad que está deformada por la aceleración. Al viajar en un tren y ver por la ventana el paisaje, no estamos mirando exactamente ese árbol o ese valle, sino una imagen distorsionada de él. Lo mismo ocurre al sentarnos en una butaca de cine, donde el tiempo y el espacio son un juego con el que el director de la película se entretiene con nosotros. Aquella lógica del siglo XX luce lenta frente a la intensidad tecnológica actual. Para Virilio, “la velocidad es el poder”. Quien controla el ritmo de los acontecimientos, controla todo lo demás.

5. VOLVIÓ EL MERCADO

El domingo 19 de noviembre por la noche, en su primer discurso como presidente electo, Milei se presentó a sí mismo como “liberal libertario”. Lo que hizo con esa frase inicial fue reafirmar su identidad. Confirmar que iba a hacer lo que dijo porque nunca lo ocultó. Si lo votaron por eso, y para eso, haría eso.
En la primera semana de ejercicio del mando ya quedó a la vista una consecuencia clara de ese enfoque fundacional: volvió el mercado. No hay más controles. Los precios serán los que definan la oferta y la demanda. El mensaje implícito sería algo así: “Pongan los precios que quieran, vendan lo que puedan”. Entre tantas otras cosas, habrá que repensar aceleradamente el modo de hacer negocios. Ya no habrá prohibiciones ni límites. En todo caso, algún acuerdo entre partes, pero no mucho más que eso. Todos los actores serán desafiados a calibrar con precisión la ecuación empresaria básica: “PxQ” (precio y cantidad).
Deberán considerar al hacerlo que no solo sus competidores tienen las mismas facultades y desafíos, sino también todo el resto de los sectores económicos. Ahora la competencia por recursos de los consumidores que, al menos inicialmente, serán más escasos, es “todos contra todos”.

EL DÚO INDIVISIBLE

La mayor parte de la sociedad se atrevió a apostar por la propuesta más extrema de todas las posibles. Un colectivo social no es otra cosa que la agregación de múltiples voluntades individuales donde cada ser es “el uno” para sí mismo, pero simultáneamente es “el otro” para todos los demás. Con lo cual es un error suponer que habrá espacio para ausentarse o desentenderse de los acontecimientos por venir
Esa sociedad que apostó tan fuerte sabía de antemano que la tarea a realizar es de altísima complejidad y que el éxito no está garantizado. Por eso pedían “un cambio contundente con un camino cuidado”. Casi un oxímoron, una contradicción lógica. Sería algo así como articular la precisión de un cirujano con la capacidad de persuasión de un profeta. Pericia técnica y utopía móvil. Fernando Henrique Cardoso decía que “gobernar es explicar”. Será necesaria mucha contención, no solo fáctica sino también simbólica, para aunar las fuerzas colectivas e individuales que requerirá el futuro de cortísimo plazo.
La filosofía les ha enseñado a los seres humanos desde la era antigua que la anhelada libertad está unida indefectiblemente a la responsabilidad. Para bien o para mal, “la suerte está echada”. El Rubicón ya quedó atrás.

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martes, 14 de noviembre de 2023

EL PULSO DEL CONSUMO


La duda existencial de los argentinos
Guillermo Oliveto
Los argentinos se plantean preguntas trascendentales ante la próxima elección..Alfredo Sábat
La sociedad entra en la recta final de un larguísimo proceso electoral totalmente desconcertada. La abruman cinco dudas centrales: ¿quién va a ganar?, ¿qué versión del ganador veremos una vez que se sepa quién es?, ¿qué medidas van a tomar?, ¿cómo la van a afectar en lo personal esas medidas? Ante esa parafernalia de interrogantes, hoy de respuesta imposible, emerge en muchos la quinta duda elemental y dilemática: ¿qué hacer?
Así como durante meses buscó huir de la política, hoy no puede escapar de ella. Es el tema que domina la conversación pública y la privada. El país entró en pausa hasta que el 19 de noviembre se defina de una buena vez esa fuente inagotable de incertidumbre, miedo y ansiedad. “Todos quieren esperar a ver qué pasa”. “Vivir así no es vivir”. “Es un día a día, pasan cosas todo el tiempo”. “Me preocupa que una noticia es peor que la otra”, “A mí me genera incertidumbre mi futuro”. “Todo lo que pasó fue raro, estoy mareado, ahora no sé a quién votar”. “Tengo miedo”. “Estoy decepcionada”. “No me gusta A, ni loco lo voto”. “No me gusta B, ni ahí lo voto”. “Me siendo defraudada”. “Es indignante lo que han hecho”.
Para algunos, si gana A “se puede descontrolar todo”, y para otros, si gana B, también. Para la inmensa mayoría, la economía del país “está mal, y estará peor”, “vamos en declive”, “no hay precios de nada”, “es un desastre”, “la pérdida de poder adquisitivo es terrible” y “el año que viene, gane quien gane, va a ser igual o peor”.
Estas son apenas algunas conclusiones y un puñado de citas ilustrativas del humor social con el que nos encontramos en nuestro último relevamiento cualitativo basado en 10 focus groups de 2 horas cada uno coordinados por un equipo de sociólogos y antropólogos. Incluyó ciudadanos de 18 años en adelante, de todas las clases sociales, en una muestra representativa de las principales ciudades del país. Concluimos el trabajo de campo el jueves 2 de noviembre.
El diccionario de Oxford define dilema como una “situación difícil o comprometida en que hay varias posibilidades de actuación y no se sabe cuál de ellas escoger porque ambas son igualmente buenas o malas”. El diccionario de la RAE agrega, además, la idea de “duda o disyuntiva”. Y la definición conceptual de un dilema cierra el concepto con la idea de que son dos alternativas mutuamente excluyentes en las que cada una por definición anula la contraria, y en las que se debe decidir sin tener claro qué es lo más aceptable.
Como pocas veces en la historia reciente, los argentinos se enfrentan a una decisión dilemática, dado que, si bien hay un puñado de convencidos en cada una de las opciones, existe una proporción demasiado significativa de los electores que se encuentra atrapada en una maraña de dudas.
"Como pocas veces en la historia reciente, los argentinos se enfrentan a una decisión dilemática"
Las dudas existenciales y dilemáticas han acompañado a los seres humanos desde tiempos inmemoriales. Resultan una consecuencia natural de su condición de seres inacabados, siempre en formación y mutación. La capacidad para actuar sobre la realidad e intentar modificarla, en muchos casos con éxito y en otros con rotundos fracasos, es la fuente y la génesis del progreso y el largo recorrido del Homo sapiens.
Lo que el filósofo español José Antonio Marina define en su más reciente ensayo como “el deseo interminable”. Esa flecha que nos impulsa indefinidamente hacia el futuro motorizados por tres grandes fuerzas universales a nuestra especie: el deseo de bienestar, el deseo de vinculación social y el deseo de afirmación del yo. Kant lo llamó la “insociable sociabilidad”, expresando así la tensión existente entre la necesidad de pertenencia y contención grupal, por un lado, junto con la vocación por el dominio del devenir colectivo y la satisfacción de las más profundas ansias y expectativas individuales.
Shakespeare lo puso en las palabras de Hamlet, ese príncipe dinamarqués atribulado por la ambigüedad: “Ser o no ser, esa es la cuestión. ¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta u oponer los brazos a este torrente de calamidades y darles fin con atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza? Este es un término que deberíamos solicitar con ansia. Morir es dormir... y tal vez soñar”.
Puesto en términos contemporáneos, y a riesgo de simplificar demasiado: ¿qué nutriente permite una mejor vida?, ¿acomodarse a las condiciones del contexto a pesar de sus efectos adversos y seguir viviendo del mejor modo posible, o atreverse a pelear con él aun a riesgo de perderlo todo, incluso la propia vida? Es decir, aceptar la realidad y fluir con ella, o procurar torcer su devenir sobre la base de la fuerza de voluntad.
La filosofía estoica, que no casualmente se ha puesto de moda a nivel global en estos tiempos pospandémicos de cicatrices dolorosas, incertidumbres múltiples y angustias desbordadas, es una filosofía de la moderación, la prudencia y la sensatez. Esa filosofía conecta con una demanda latente de las personas luego de haber atravesado el vértigo propio de las situaciones límite: tranquilidad, serenidad, previsibilidad. Por eso los libros que la explican no paran de vender, del mismo modo que sus máximas circulan por doquier en redes como X.
Epícteto, quien fue uno de sus tres grandes referentes, junto con Séneca y Marco Aurelio, promovía una enseñanza que muchos ven como una gran sabiduría y que otros critican por esconder detrás de bellas palabras un acto de cobardía. Su gran legado histórico y filosófico se vincula justamente con la tensión entre la realidad y la voluntad, es decir, el citado dilema de Hamlet.
Él dijo, entre otras cosas, según quedó asentado en el Enquiridión o Manual de vida, una recopilación de sus ideas escrita por uno de sus discípulos: “Solo hay una manera de alcanzar la felicidad y es dejar de preocuparse por cosas que están más allá del poder o de nuestra voluntad”. Algo que hace sentido con la consiguiente concepción: “No hay más que una forma de tranquilidad mental y felicidad, y eso es no tomar las cosas externas como propias”. Para todo ello, naturalmente, debía primero aplicarse otra de sus grandes máximas: “La riqueza no consiste en tener grandes posesiones, sino en tener pocos deseos”.
Lógicamente, las enseñanzas de este filósofo griego que vivió hace 20 siglos pueden a su vez matizarse según el modo en que cada quien calibre qué está al alcance de su voluntad y qué le es distante.
Como bien dijo Steve Jobs en uno de los mejores avisos publicitarios de la historia, aquel que en 1997 marcaría su regreso triunfal a Apple, “solo las personas que están lo suficientemente locas para creer que pueden cambiar el mundo son las que lo hacen”. Lo que para algunos es un sinsentido, para otros es una motivación, una forma de ser y, en el fondo, el núcleo de su pulsión vital. Él fue uno de ellos, obviamente, y con esa publicidad lo dijo sin decirlo, al ponerse a la altura de Albert Einstein, Thomas Alva Edison, Bob Dylan, Richard Branson, Muhamad Alí o Pablo Picasso. Hoy integrarían ese selecto grupo Elon Musk, Jeff Bezos o Marc Zuckerberg, entre tantísimos otros.
El punto es que no se trata tanto de cambiar el mundo, algo que de modo inevitable está acotado a muy pocos, sino de delimitar cuál es el mundo que a cada uno le interesa modificar. Para algunos no es más que el privado, el personal, el familiar. Para otros el escolar, el barrial, el del club, el de la comunidad en la que viven. Mientras que obviamente existen quienes tienen ambiciones mayores y pretenden transformar ciencias, disciplinas, modos de hacer, culturas o países.
La horizontalidad que trajeron las redes sociales hizo que lo que en el pasado podía lucir quijotesco hoy sea una fuente de inspiración y motivación para millones de personas que sienten que con un clic, un like o un posteo están siendo parte de esas luchas que se escriben con mayúsculas y que antaño estaban limitadas únicamente a los verdaderamente excepcionales.
El reconocido sociólogo francés Robert Castel sintetizó esta dualidad de anhelos, alcances y voluntades alrededor de una problemática creciente en las sociedades capitalistas contemporáneas donde prima la libertad y, por ende, la responsabilidad individual.
Al haber cada vez más espacio para que cada cual bregue por su destino, por naturaleza, algunos son mejores y más hábiles que otros. Es por ello, que, desde su perspectiva, la seguridad pasó a ser un fuerte factor condicionante de las decisiones personales.
En su ensayo La inseguridad social: ¿qué es estar protegido?, publicado en 2003, desarrolla la tesis de los dos tipos de seguridades/inseguridades que cruzan a los colectivos sociales y sus integrantes. Por un lado, “la inseguridad civil”, vinculada con los temores y las protecciones relacionadas con los derechos individuales, las libertades, la propiedad privada y la preservación de ciertas reglas básicas de convivencia. Es decir, la capacidad de tener condiciones estables en el entorno y el poder moverse en él con fluidez. Por otro lado, igualmente relevante e influyente, Castels describe “la inseguridad social”. Allí priman las cuestiones más cercanas y primarias, como el empleo, la capacidad de sustento, las garantías para el futuro. Se está hablando aquí del ámbito estrictamente personal, privado, intramuros.
En su mirada, los ciudadanos que viven en Estados democráticos basculan en busca de una o la otra, acorde con las circunstancias. La histórica tensión humana entre libertad y seguridad, de la que habló el sociólogo polaco Zygmunt Bauman a lo largo de toda su obra. Su sabia conclusión, expresada en una entrevista que diera a Al Jazeera en 2016, poco tiempo antes de su muerte, cuando ya tenía 90 años, fue que “seguridad sin libertad es esclavitud, así como libertad sin seguridad es caos”, y que, por lo tanto, “un equilibrio entre ambas es lo ideal”.
Estas son las dudas que hoy aquejan a los argentinos: ¿qué es más seguro?, ¿qué es más peligroso?, ¿qué me produce más miedo?, ¿qué me tranquiliza más?, ¿hasta dónde llega mi voluntad de intervenir en la realidad?, ¿y mi capacidad para hacerlo?, ¿priorizo lo colectivo?, ¿priorizo lo individual?, ¿son realmente separables ambos mundos?
Para algunos, la respuesta es obvia y evidente, pero para muchos otros, demasiados, todas esas inquietudes tienen respuestas vagas, difusas, contradictorias.
A quienes tienen todo decidido les cuesta entenderlo. Pero es necesario comprender que millones de argentinos todavía no tienen para nada claro cuál de las dos alternativas representa qué cosa. Sobre todo, porque en cada una vislumbran a su vez dos caras posibles: una moderada y una extrema.
Esas preguntas, que una y otra vez invaden su consciencia, esconden en el fondo una duda existencial que es la trampa de todo dilema: ¿qué hacer? Y un riesgo inherente, angustiante, atemorizante, paralizante: ¿y si me equivoco?

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martes, 17 de octubre de 2023

EL PULSO DEL CONSUMO, DESPLOME EN LAS EXPORTACIONES DE VINOS Y CRISIS CON LAS BANANAS


Una sociedad aturdida decide su futuro
Guillermo Oliveto
El momento que estamos viviendo es inédito e impredecible. Esta vez, la sociedad argentina no sufre solo una crisis económica o social, como tantas otras veces en su historia, sino que padece algo de otro orden: una crisis de sentido. Los argentinos están aturdidos, atravesados por las contradicciones y profundamente desorientados porque los abruma el vacío. Los ciudadanos carecen de una historia que los contenga y los oriente. La pregunta vital ya no es ¿por qué?, sino ¿para qué? En ese marco, ciegos de futuro, decidirán, paradójicamente, su porvenir el próximo domingo.
Se sienten impotentes, desganados y a merced de un contexto que se degrada aceleradamente porque “todo empeora todo el tiempo”.
Se vive y se consume “día a día” mientras intuyen que están caminando de manera casi inevitable hacia algo que, presumen, podría ser el abismo.
En nuestra última indagación cualitativa sobre el humor social, un joven de clase media alta nos decía: “Me genera miedo lo que puede llegar a pasar, que se derrumbe todo. La gente en la calle está alterada”.
Otro joven, pero en este caso de clase baja, afirmaba lo siguiente: “Estamos sobre una bomba de tiempo, a partir del 22 de octubre va a haber un quiebre, gane quien gane”.
Una joven de clase alta completaba el oscuro cuadro de situación que perciben los menores de 30 años cuando decía: “Lo que pasa te hace querer irte del país. Es que no hay forma de progresar”. Sería un error suponer que el malestar se sitúa únicamente en las nuevas generaciones. Lo que sí resulta una novedad es tamaño nivel de decepción y descreimiento entre quienes tienen gran parte de la vida por delante.
Para los adultos, también el panorama es de los más oscuros que se recuerden en décadas. Una mujer de unos 65 años, de clase media baja, logró sintetizar el sentimiento de muchos: “Con la edad que tengo pasé de todo, pero como ahora, creo que nunca”. Otra mujer, en este caso, ubicada un escalón más abajo en la pirámide social, compartía su ansiedad basándose en la economía cotidiana: “¿Qué tengo? Estrés por no tener un parámetro de cuánto salen las cosas y si llegás o no a fin de mes”. Un hombre ubicado en las alturas de esa estructuración social no lograba escapar por ello de la angustia: “Tanta incertidumbre, inseguridad, preocupación, me generan mucho cansancio”.
Si tuviera que elegir, entre todos los testimonios que recogimos en las largas conversaciones grupales de casi dos horas que condujo nuestro equipo de sociólogos y antropólogos, me quedo con el de un hombre de unos 55 años que en tres palabras supo capturar la vibración de esta hora: “Me siento asfixiado”.
Miedo al día D
¿Qué es hoy ser de clase media? Simplemente, no dejar de serlo. Es con esa intención que una buena parte de la sociedad, olfateando lo que podría ocurrir, ha modificado temporariamente el significado del significante “casa”: lo que era “hogar” ahora ha pasado a ser “búnker”. El consumo se ha transformado en una carrera contra el tiempo. Lo evidencian manifestaciones de la praxis cotidiana como esta: “Después del 22 de octubre no sabemos lo que va a pasar. Prefiero endeudarme y llenar el freezer”.
O esta otra: “Va a estar muy jodido, hay que ahorrar en mercadería”. La palabra mercadería, que es propia del comerciante, invadió el lenguaje de los consumidores.
Así como quien vende, por experiencia propia, frente a la incertidumbre total –económica, social, electoral– prefiere tener stock, quien compra ha asumido la misma conducta. “No dejes para mañana lo que podés comprar hoy”. La decepción, la tristeza, la desilusión, la frustración y el hartazgo que durante tantos meses han signado el humor social han convergido, a medida que se acerca el “día D”, en un sentimiento primitivo y poderoso: el miedo. “Yo pienso que de lo que nos quejamos hoy nos vamos a reír mañana. Esto no es nada al lado de lo que viene”.
Como reza el saber popular: “El miedo no es zonzo”. La sociedad que estaba a ciegas ahora, aun sin lograr visualizar qué es lo que viene, y en gran parte justamente por eso, se ha puesto a la defensiva. Emoción y razón se han conjugado para provocar esta reacción colectiva que tiene mucho de instintiva y bastante de aprendizaje histórico. El miedo se siente, pero también se explica.
Si bien entre algunos se ha arraigado la idea de que “peor no podemos estar”, alimentando así el morbo del “que explote todo de una buena vez” para empezar de nuevo, son también muchos los que saben que eso es una falacia. Por supuesto que estar peor, y mucho peor. De hecho, eso es lo que muestran los números con su fría racionalidad.
La consultora EcoGo, de la respetada economista Marina Dal Poggetto, quien lejos está de tener un perfil alarmista, ha calculado que ese dólar blue que hoy cotiza a $1000, en valores comparables, fue de $1845 en la hiperinflación de 1989 y de $2434 en el Rodrigazo de 1975.
Por su parte, el economista Fernando Marull, cuyos análisis se han transformado en una nueva referencia para el mercado, proyectó que esa hiperinflación con la que algunos coquetean como el mecanismo necesario para “detonar la bomba” y hacer “tábula rasa” nos llevaría a tener 37 millones de personas bajo la línea de la pobreza. Es decir, nada menos que el 80% de la población.
Aun asumiendo que ese cálculo pudiera ser demasiado extremo, el propio Marull nos recuerda que en 2002, bien medida, la pobreza llegó al 58% de la población. Recordemos que en mayo de aquel año el desempleo alcanzó un valor récord del 25% de la población activa. En sentido inverso, uno de los ecotracción nomistas de mayor trayectoria y reconocimiento, Ricardo Arriazu, se manifiesta optimista y nos recuerda que, así como es evidente que podemos estar peor, también cabe la posibilidad cierta de estar mejor. Él basa su análisis en detallados cálculos sobre lo que tienen para darnos los recursos naturales ya en 2024, entre un agro sin sequía y la revolución energética que sigue su curso operando como en una realidad paralela.
El famoso y esperado gasoducto de Vaca Muerta finalmente se hizo. Por ahora en su primera etapa, pero ya está planificada su continuación. Daniel Dreizzen, el especialista en el sector energético de Ecolatina, lo refrenda. Según sus proyecciones, solo considerando las energías fósiles, en 2024 ya tendríamos superávit energético de unos 4000 millones de dólares (en 2022 el déficit fue de US$5000 millones) y, en un escenario intermedio, en 2030 ese ingreso adicional sería de unos 24.000 millones de dólares. Pocas veces hubo tanto consenso entre los factores de poder –políticos, empresarios, inversores– y los analistas sobre la oportunidad que tiene el país por delante. Sin embargo, la población concurrirá el próximo domingo a votar sin llegar a ver nada de eso. Decidirá sobre los futuros posibles, desconociendo de qué están hechos cada uno. ¿Por qué?
La ausencia de una historia
Si analizamos la dinámica de la economía argentina, desde 2012 hasta 2023, proyectando una conpodemos de 2,5% para este año, punta a punta, no habrá crecido.
Hubo alzas y bajas, para terminar con una torta del mismo tamaño que la de 2011, a repartir entre un 17% más de habitantes. Si hacemos el mismo cálculo en el mercado de productos básicos como alimentos, bebidas y cosmética, esa torta directamente es 10% menor que hace 12 años. La contracción del consumo masivo per cápita llega prácticamente al 25%.
Es lógico que una crisis tan larga y tan densa haya obturado el imaginario de futuro de la población, imponiendo la lógica de la resistencia y la supervivencia tratando de sortear lo mejor posible cada día sin pensar en el mañana. El punto es que, dados los recursos existentes y su demanda global, podría haber un mañana sustancialmente mejor que el pasado reciente. Obviamente no será fácil llegar hasta allí. Y el tránsito entre el aciago presente y ese futuro posible estará signado por una honda complejidad.
¿Qué necesita la sociedad para visualizar esa posibilidad? Recuperar su capacidad de narrarse una historia que la entusiasme y la convoque para caminar hacia ella.
En su ensayo más reciente, La crisis de la narración, que acaba de ser publicado, el filósofo surcoreano Byun Chul Han señala: “Hoy todo el mundo habla de narrativas. Lo paradójico es que el uso inflacionario de las narrativas pone de manifiesto una crisis de la narración misma. Está haciendo furor la moda del storytelling, que es el arte de narrar historias como estrategia para transmitir mensajes emocionalmente, pero lo que hay tras esa aparatosa moda es un vacío narrativo, que se manifiesta como desorientación y carencia de sentido. En los tiempos en los que las narraciones nos acomodaban en el ser, es decir, cuando ellas nos asignaban un lugar y hacían que estar en el mundo fuera para nosotros como estar en casa, porque daban sentido a la vida y le brindaban sostén y orientación, no se hablaba de storytelling ni de narrativas. Se hace un uso inflacionario de estos conceptos precisamente cuando las narraciones han perdido su fuerza original, su gravitación, su misterio y hasta su magia. Una vez que las hemos calado en su artificiosidad, pierden su verdad intrínseca”.
Aclara luego: “La narración es una forma conclusiva. Constituye un orden cerrado, que da sentido y proporciona identidad. Las narraciones son generadoras de comunidad. El storytelling en cambio crea communities”.
Culmina la idea con su ya clásica crítica a la era de la información: “Narración e información son fuerzas contrarias. Sentido significa originalmente dirección. Así, pues, hoy estamos más informados que nunca, pero andamos totalmente desorientados”.
El bombardeo permanente de malas noticias, reales, no fake news, ha llenado a los ciudadanos, con razón, de una toxicidad que los cegó. Para habitar un futuro posible mejor, y no uno peor, resultará crítico poder imaginarlo, soñarlo, visualizarlo. Y para eso deberemos recuperar la capacidad de narrarnos una historia que en lugar de invitarnos a la oscuridad del abismo nos oriente hacia el candor y el brillo de la luz. Por más tenue que hoy resulte, esa luz existe. Resulta sensato marchar hacia ella. ¿Lo haremos?
La sociedad debe recuperar su capacidad de narrarse una historia que la vuelva a entusiasmar

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Se desplomaron las exportaciones de vino en los primeros 9 meses
Cayeron 29% interanual por la suba de los costos de producción, la brecha cambiaria y una baja de la demanda externa
Pilar VázquezLos vinos de gama media son los más afectados
El “dólar malbec” y la eliminación de las retenciones no fueron suficiente y la industria vitivinícola sufre un desplome de sus exportaciones. En los primeros nueve meses del año los envíos de vino al exterior cayeron 29,3% en volumen con respecto al mismo período de 2022. Esto se traduce en un volumen total de exportación de 147,1 millones de litros de vino, que representa una baja de 61 millones de litros en relación con 2022. En dólares, las exportaciones de este año sumaron US$33,1 millones, un 26,7% menos que en 2022 (US$45,2 millones).
Las cifras que difundió el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) reflejan un panorama complejo para las bodegas argentinas. A pesar de que desde septiembre no pagan derechos a la exportación, argumentan que la inflación y la brecha cambiaria están socavando la competitividad de la producción local, ya que los costos de producción superan el valor de los productos en el mercado internacional.
Además, indican que esta disminución de la oferta se ve agravada por una reducción en la demanda de los principales mercados para la Argentina. Según manifiestan, la situación llevó a algunas bodegas a dejar de producir ciertas líneas de vino que dan pérdidas en las exportaciones, mientras que otras continúan produciéndolas para mantener su presencia en el mercado y retener a sus clientes.
“La inflación y el retraso cambiario están perjudicando nuestras exportaciones. Nosotros las realizamos al tipo de cambio oficial, pero nuestros costos, como por ejemplo los salarios y los insumos nacionales, siguen el ritmo de la inflación. Esto nos deja desfasados en los mercados internacionales porque el costo de producción local termina superando el valor del producto en el exterior”, dijo Walter Bressia, presidente de Bodegas de Argentina.
En este contexto, explicó que se mantienen competitivas algunas líneas de vino de alta gama que representan un volumen menor.
“Sin embargo, los vinos que solíamos exportar con buena rentabilidad en cantidades mayores, con precios que oscilaban entre 2 y 3,5 dólares por botella, ya no se pueden exportar porque el costo de producción supera el valor que el mercado internacional pretende”, dijo.
Si bien este escenario hace parecer que la reciente eliminación del derecho a la exportación no habría tenido impacto, Bressia explicó: “Las retenciones eran una parte del problema, por lo tanto, su quita no resolvía la totalidad de la situación, aunque representa un alivio que habíamos estado solicitando durante mucho tiempo”.
Por otro lado, explica que, si bien se suspendieron las retenciones, el sector tributaba un 4,5%, se impuso un impuesto PAIS del 7,5% para la compra de dólares para la importación de bienes. “Como nuestra industria trabaja con muchos productos importados que no se producen en el país eso nos afectó”, sostuvo.
Por otro lado, Bressia explicó que otra de las medidas tomadas por el Gobierno, como fue el “dólar malbec”, que es un tipo de cambio preferencial para esta industria, no sirvió para darle mayor competitividad al sector. “El dólar malbec era de $340, pero muy pocas bodegas pudieron acceder porque se exigía participar de Precios Justos y hay muchas bodegas que no pueden porque los precios en góndola que pretendía la Secretaría de Comercio no cerraban. Además, al poco tiempo que entró en vigencia, hubo una devaluación del 22%, no tenía sentido porque el oficial estaba a $365”, dijo.
Daniel Rada, director del Observatorio Vitivinícola Argentino (OVA), que forma parte de la Coviar, coincide en que el tipo de cambio atrasado y la inflación están afectando negativamente la competitividad, pero también señala que está acompañado por una caída en la demanda en los principales mercados. “Con la excepción de Brasil, nuestros principales mercados, que incluyen a Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, China y México,están disminuyendo sus compras”, expresó.
Según detalla, esta caída está vinculada principalmente a la inflación a nivel global, que hace bajar el consumo. “Por poco que sea, hay un resguardo del ahorro y lo primero que se ve afectado en el consumo son los bienes prescindibles, y las bebidas con alcohol caen en esa categoría”, manifestó.
Esto también lo sufren los países competidores, por ejemplo, Australia, que registró una caída de 16% en valor y 4% en volumen, mientras que Chile tuvo una caída de 25% tanto en valor como en volumen en el período de enero a junio de 2023 en comparación con el año anterior.

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Los productores de banana, en emergencia
En Formosa dicen que la situación es terminal y que no hay incentivos para cultivarla
Mariana ReinkeEl sector local ya no puede competir
“En jaque. Estamos en una crisis terminal y, de manera solitaria, tratamos de resistir para no morir. Desesperados, ya no sabemos cómo seguir adelante”. Estas fuertes palabras pertenecen al dirigente ruralista Pánfilo Ayala, que describe la situación angustiante que atraviesan los pequeños productores de bananas del pueblo de Laguna Naineck, ubicado en el departamento de Pilcomayo, en el noroeste de Formosa.
Según explicó, la cadena de problemas e inconvenientes que vienen soportando los bananeros parece no tener fin y que hoy más que nunca “están al límite”. “El año pasado, la sequía, las heladas tardías y las altas temperaturas destruyeron la producción bananera en más de un 50%. Y aunque hace más de 250 días se declaró la emergencia agrícola en la zona, la ayuda del Gobierno nunca llegó”, dijo a el presidente de la Federación Agraria Argentina (FAA) filial Laguna Naineck.
Frente a este difícil panorama, en la semana, los chacareros se reunieron a la vera de la ruta nacional 86, en el acceso al pueblo, para visibilizar la profundidad de la crisis que atraviesan. “Hoy pagan $40 el kilo en chacra al productor (el que consigue que le compren), porque está el agravante de que no hay demanda. Son cientos de toneladas de banana que maduran en el suelo por falta de comercialización de la fruta nacional. Y lo peor de todo es que a nadie le importa”, añadió.
La cuestión no acaba, los altos costos productivos que tiene cada agricultor hacen que sea imposible seguir. “Cada cajón de madera sale $700 que, sumado a los accesorios del envoltorio, cuestan más que la propia fruta que está adentro. Además, los insumos (fertilizantes y fungicidas) están dolarizados. Mientras tanto, el gobierno provincial hace propaganda diciendo que está fortaleciendo la producción bananera y solo entregó a cada chacarero 100 kilos de fertilizante por hectárea con un máximo de hasta tres hectáreas. Pero lo mínimo que se necesita por hectárea es 600 kilos. Con estas migajas no se fortalece nada. Es la peor crisis económica que viven las familias productoras”, enfatizó.
Ya son más de 1000 hectáreas de plantaciones de banana las que se perdieron en lo que va del año, donde “muchos productores desesperanzados y dolidos han abandonado sus chacras y dejaron que a sus lotes se lo lleve la maleza”. “En un momento esta zona era la capital nacional de la banana, había 12.000 hectáreas. Hoy eso es un recuerdo y hay menos de 800, repartidos entre alrededor de 500 productores”, detalló.
Rubén Almada describió el escenario que se vive en Colonia Ceibo 13, jurisdicción de Laguna Naineck. “Nuestra situación es desesperante. Las bananas están madurando en la chacra por no poder vender. Calixto Fretes ya se considera exproductor bananero. “Llegué a tener 28 hectáreas de banana en producción. Hoy, con 55 años tuve que volver al trabajo de mi juventud, de mi adolescencia para poder sobrevivir: embalar bananas”, relató.

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