Una sociedad aturdida decide su futuro
Guillermo Oliveto
El momento que estamos viviendo es inédito e impredecible. Esta vez, la sociedad argentina no sufre solo una crisis económica o social, como tantas otras veces en su historia, sino que padece algo de otro orden: una crisis de sentido. Los argentinos están aturdidos, atravesados por las contradicciones y profundamente desorientados porque los abruma el vacío. Los ciudadanos carecen de una historia que los contenga y los oriente. La pregunta vital ya no es ¿por qué?, sino ¿para qué? En ese marco, ciegos de futuro, decidirán, paradójicamente, su porvenir el próximo domingo.
Se sienten impotentes, desganados y a merced de un contexto que se degrada aceleradamente porque “todo empeora todo el tiempo”.
Se vive y se consume “día a día” mientras intuyen que están caminando de manera casi inevitable hacia algo que, presumen, podría ser el abismo.
En nuestra última indagación cualitativa sobre el humor social, un joven de clase media alta nos decía: “Me genera miedo lo que puede llegar a pasar, que se derrumbe todo. La gente en la calle está alterada”.
Otro joven, pero en este caso de clase baja, afirmaba lo siguiente: “Estamos sobre una bomba de tiempo, a partir del 22 de octubre va a haber un quiebre, gane quien gane”.
Una joven de clase alta completaba el oscuro cuadro de situación que perciben los menores de 30 años cuando decía: “Lo que pasa te hace querer irte del país. Es que no hay forma de progresar”. Sería un error suponer que el malestar se sitúa únicamente en las nuevas generaciones. Lo que sí resulta una novedad es tamaño nivel de decepción y descreimiento entre quienes tienen gran parte de la vida por delante.
Para los adultos, también el panorama es de los más oscuros que se recuerden en décadas. Una mujer de unos 65 años, de clase media baja, logró sintetizar el sentimiento de muchos: “Con la edad que tengo pasé de todo, pero como ahora, creo que nunca”. Otra mujer, en este caso, ubicada un escalón más abajo en la pirámide social, compartía su ansiedad basándose en la economía cotidiana: “¿Qué tengo? Estrés por no tener un parámetro de cuánto salen las cosas y si llegás o no a fin de mes”. Un hombre ubicado en las alturas de esa estructuración social no lograba escapar por ello de la angustia: “Tanta incertidumbre, inseguridad, preocupación, me generan mucho cansancio”.
Si tuviera que elegir, entre todos los testimonios que recogimos en las largas conversaciones grupales de casi dos horas que condujo nuestro equipo de sociólogos y antropólogos, me quedo con el de un hombre de unos 55 años que en tres palabras supo capturar la vibración de esta hora: “Me siento asfixiado”.
Miedo al día D
¿Qué es hoy ser de clase media? Simplemente, no dejar de serlo. Es con esa intención que una buena parte de la sociedad, olfateando lo que podría ocurrir, ha modificado temporariamente el significado del significante “casa”: lo que era “hogar” ahora ha pasado a ser “búnker”. El consumo se ha transformado en una carrera contra el tiempo. Lo evidencian manifestaciones de la praxis cotidiana como esta: “Después del 22 de octubre no sabemos lo que va a pasar. Prefiero endeudarme y llenar el freezer”.
O esta otra: “Va a estar muy jodido, hay que ahorrar en mercadería”. La palabra mercadería, que es propia del comerciante, invadió el lenguaje de los consumidores.
Así como quien vende, por experiencia propia, frente a la incertidumbre total –económica, social, electoral– prefiere tener stock, quien compra ha asumido la misma conducta. “No dejes para mañana lo que podés comprar hoy”. La decepción, la tristeza, la desilusión, la frustración y el hartazgo que durante tantos meses han signado el humor social han convergido, a medida que se acerca el “día D”, en un sentimiento primitivo y poderoso: el miedo. “Yo pienso que de lo que nos quejamos hoy nos vamos a reír mañana. Esto no es nada al lado de lo que viene”.
Como reza el saber popular: “El miedo no es zonzo”. La sociedad que estaba a ciegas ahora, aun sin lograr visualizar qué es lo que viene, y en gran parte justamente por eso, se ha puesto a la defensiva. Emoción y razón se han conjugado para provocar esta reacción colectiva que tiene mucho de instintiva y bastante de aprendizaje histórico. El miedo se siente, pero también se explica.
Si bien entre algunos se ha arraigado la idea de que “peor no podemos estar”, alimentando así el morbo del “que explote todo de una buena vez” para empezar de nuevo, son también muchos los que saben que eso es una falacia. Por supuesto que estar peor, y mucho peor. De hecho, eso es lo que muestran los números con su fría racionalidad.
La consultora EcoGo, de la respetada economista Marina Dal Poggetto, quien lejos está de tener un perfil alarmista, ha calculado que ese dólar blue que hoy cotiza a $1000, en valores comparables, fue de $1845 en la hiperinflación de 1989 y de $2434 en el Rodrigazo de 1975.
Por su parte, el economista Fernando Marull, cuyos análisis se han transformado en una nueva referencia para el mercado, proyectó que esa hiperinflación con la que algunos coquetean como el mecanismo necesario para “detonar la bomba” y hacer “tábula rasa” nos llevaría a tener 37 millones de personas bajo la línea de la pobreza. Es decir, nada menos que el 80% de la población.
Aun asumiendo que ese cálculo pudiera ser demasiado extremo, el propio Marull nos recuerda que en 2002, bien medida, la pobreza llegó al 58% de la población. Recordemos que en mayo de aquel año el desempleo alcanzó un valor récord del 25% de la población activa. En sentido inverso, uno de los ecotracción nomistas de mayor trayectoria y reconocimiento, Ricardo Arriazu, se manifiesta optimista y nos recuerda que, así como es evidente que podemos estar peor, también cabe la posibilidad cierta de estar mejor. Él basa su análisis en detallados cálculos sobre lo que tienen para darnos los recursos naturales ya en 2024, entre un agro sin sequía y la revolución energética que sigue su curso operando como en una realidad paralela.
El famoso y esperado gasoducto de Vaca Muerta finalmente se hizo. Por ahora en su primera etapa, pero ya está planificada su continuación. Daniel Dreizzen, el especialista en el sector energético de Ecolatina, lo refrenda. Según sus proyecciones, solo considerando las energías fósiles, en 2024 ya tendríamos superávit energético de unos 4000 millones de dólares (en 2022 el déficit fue de US$5000 millones) y, en un escenario intermedio, en 2030 ese ingreso adicional sería de unos 24.000 millones de dólares. Pocas veces hubo tanto consenso entre los factores de poder –políticos, empresarios, inversores– y los analistas sobre la oportunidad que tiene el país por delante. Sin embargo, la población concurrirá el próximo domingo a votar sin llegar a ver nada de eso. Decidirá sobre los futuros posibles, desconociendo de qué están hechos cada uno. ¿Por qué?
La ausencia de una historia
Si analizamos la dinámica de la economía argentina, desde 2012 hasta 2023, proyectando una conpodemos de 2,5% para este año, punta a punta, no habrá crecido.
Hubo alzas y bajas, para terminar con una torta del mismo tamaño que la de 2011, a repartir entre un 17% más de habitantes. Si hacemos el mismo cálculo en el mercado de productos básicos como alimentos, bebidas y cosmética, esa torta directamente es 10% menor que hace 12 años. La contracción del consumo masivo per cápita llega prácticamente al 25%.
Es lógico que una crisis tan larga y tan densa haya obturado el imaginario de futuro de la población, imponiendo la lógica de la resistencia y la supervivencia tratando de sortear lo mejor posible cada día sin pensar en el mañana. El punto es que, dados los recursos existentes y su demanda global, podría haber un mañana sustancialmente mejor que el pasado reciente. Obviamente no será fácil llegar hasta allí. Y el tránsito entre el aciago presente y ese futuro posible estará signado por una honda complejidad.
¿Qué necesita la sociedad para visualizar esa posibilidad? Recuperar su capacidad de narrarse una historia que la entusiasme y la convoque para caminar hacia ella.
En su ensayo más reciente, La crisis de la narración, que acaba de ser publicado, el filósofo surcoreano Byun Chul Han señala: “Hoy todo el mundo habla de narrativas. Lo paradójico es que el uso inflacionario de las narrativas pone de manifiesto una crisis de la narración misma. Está haciendo furor la moda del storytelling, que es el arte de narrar historias como estrategia para transmitir mensajes emocionalmente, pero lo que hay tras esa aparatosa moda es un vacío narrativo, que se manifiesta como desorientación y carencia de sentido. En los tiempos en los que las narraciones nos acomodaban en el ser, es decir, cuando ellas nos asignaban un lugar y hacían que estar en el mundo fuera para nosotros como estar en casa, porque daban sentido a la vida y le brindaban sostén y orientación, no se hablaba de storytelling ni de narrativas. Se hace un uso inflacionario de estos conceptos precisamente cuando las narraciones han perdido su fuerza original, su gravitación, su misterio y hasta su magia. Una vez que las hemos calado en su artificiosidad, pierden su verdad intrínseca”.
Aclara luego: “La narración es una forma conclusiva. Constituye un orden cerrado, que da sentido y proporciona identidad. Las narraciones son generadoras de comunidad. El storytelling en cambio crea communities”.
Culmina la idea con su ya clásica crítica a la era de la información: “Narración e información son fuerzas contrarias. Sentido significa originalmente dirección. Así, pues, hoy estamos más informados que nunca, pero andamos totalmente desorientados”.
El bombardeo permanente de malas noticias, reales, no fake news, ha llenado a los ciudadanos, con razón, de una toxicidad que los cegó. Para habitar un futuro posible mejor, y no uno peor, resultará crítico poder imaginarlo, soñarlo, visualizarlo. Y para eso deberemos recuperar la capacidad de narrarnos una historia que en lugar de invitarnos a la oscuridad del abismo nos oriente hacia el candor y el brillo de la luz. Por más tenue que hoy resulte, esa luz existe. Resulta sensato marchar hacia ella. ¿Lo haremos?
La sociedad debe recuperar su capacidad de narrarse una historia que la vuelva a entusiasmar
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Se desplomaron las exportaciones de vino en los primeros 9 meses
Cayeron 29% interanual por la suba de los costos de producción, la brecha cambiaria y una baja de la demanda externa
Pilar Vázquez
Los vinos de gama media son los más afectados
El “dólar malbec” y la eliminación de las retenciones no fueron suficiente y la industria vitivinícola sufre un desplome de sus exportaciones. En los primeros nueve meses del año los envíos de vino al exterior cayeron 29,3% en volumen con respecto al mismo período de 2022. Esto se traduce en un volumen total de exportación de 147,1 millones de litros de vino, que representa una baja de 61 millones de litros en relación con 2022. En dólares, las exportaciones de este año sumaron US$33,1 millones, un 26,7% menos que en 2022 (US$45,2 millones).
Las cifras que difundió el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) reflejan un panorama complejo para las bodegas argentinas. A pesar de que desde septiembre no pagan derechos a la exportación, argumentan que la inflación y la brecha cambiaria están socavando la competitividad de la producción local, ya que los costos de producción superan el valor de los productos en el mercado internacional.
Además, indican que esta disminución de la oferta se ve agravada por una reducción en la demanda de los principales mercados para la Argentina. Según manifiestan, la situación llevó a algunas bodegas a dejar de producir ciertas líneas de vino que dan pérdidas en las exportaciones, mientras que otras continúan produciéndolas para mantener su presencia en el mercado y retener a sus clientes.
“La inflación y el retraso cambiario están perjudicando nuestras exportaciones. Nosotros las realizamos al tipo de cambio oficial, pero nuestros costos, como por ejemplo los salarios y los insumos nacionales, siguen el ritmo de la inflación. Esto nos deja desfasados en los mercados internacionales porque el costo de producción local termina superando el valor del producto en el exterior”, dijo Walter Bressia, presidente de Bodegas de Argentina.
En este contexto, explicó que se mantienen competitivas algunas líneas de vino de alta gama que representan un volumen menor.
“Sin embargo, los vinos que solíamos exportar con buena rentabilidad en cantidades mayores, con precios que oscilaban entre 2 y 3,5 dólares por botella, ya no se pueden exportar porque el costo de producción supera el valor que el mercado internacional pretende”, dijo.
Si bien este escenario hace parecer que la reciente eliminación del derecho a la exportación no habría tenido impacto, Bressia explicó: “Las retenciones eran una parte del problema, por lo tanto, su quita no resolvía la totalidad de la situación, aunque representa un alivio que habíamos estado solicitando durante mucho tiempo”.
Por otro lado, explica que, si bien se suspendieron las retenciones, el sector tributaba un 4,5%, se impuso un impuesto PAIS del 7,5% para la compra de dólares para la importación de bienes. “Como nuestra industria trabaja con muchos productos importados que no se producen en el país eso nos afectó”, sostuvo.
Por otro lado, Bressia explicó que otra de las medidas tomadas por el Gobierno, como fue el “dólar malbec”, que es un tipo de cambio preferencial para esta industria, no sirvió para darle mayor competitividad al sector. “El dólar malbec era de $340, pero muy pocas bodegas pudieron acceder porque se exigía participar de Precios Justos y hay muchas bodegas que no pueden porque los precios en góndola que pretendía la Secretaría de Comercio no cerraban. Además, al poco tiempo que entró en vigencia, hubo una devaluación del 22%, no tenía sentido porque el oficial estaba a $365”, dijo.
Daniel Rada, director del Observatorio Vitivinícola Argentino (OVA), que forma parte de la Coviar, coincide en que el tipo de cambio atrasado y la inflación están afectando negativamente la competitividad, pero también señala que está acompañado por una caída en la demanda en los principales mercados. “Con la excepción de Brasil, nuestros principales mercados, que incluyen a Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, China y México,están disminuyendo sus compras”, expresó.
Según detalla, esta caída está vinculada principalmente a la inflación a nivel global, que hace bajar el consumo. “Por poco que sea, hay un resguardo del ahorro y lo primero que se ve afectado en el consumo son los bienes prescindibles, y las bebidas con alcohol caen en esa categoría”, manifestó.
Esto también lo sufren los países competidores, por ejemplo, Australia, que registró una caída de 16% en valor y 4% en volumen, mientras que Chile tuvo una caída de 25% tanto en valor como en volumen en el período de enero a junio de 2023 en comparación con el año anterior.
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Los productores de banana, en emergencia
En Formosa dicen que la situación es terminal y que no hay incentivos para cultivarla
El “dólar malbec” y la eliminación de las retenciones no fueron suficiente y la industria vitivinícola sufre un desplome de sus exportaciones. En los primeros nueve meses del año los envíos de vino al exterior cayeron 29,3% en volumen con respecto al mismo período de 2022. Esto se traduce en un volumen total de exportación de 147,1 millones de litros de vino, que representa una baja de 61 millones de litros en relación con 2022. En dólares, las exportaciones de este año sumaron US$33,1 millones, un 26,7% menos que en 2022 (US$45,2 millones).
Las cifras que difundió el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) reflejan un panorama complejo para las bodegas argentinas. A pesar de que desde septiembre no pagan derechos a la exportación, argumentan que la inflación y la brecha cambiaria están socavando la competitividad de la producción local, ya que los costos de producción superan el valor de los productos en el mercado internacional.
Además, indican que esta disminución de la oferta se ve agravada por una reducción en la demanda de los principales mercados para la Argentina. Según manifiestan, la situación llevó a algunas bodegas a dejar de producir ciertas líneas de vino que dan pérdidas en las exportaciones, mientras que otras continúan produciéndolas para mantener su presencia en el mercado y retener a sus clientes.
“La inflación y el retraso cambiario están perjudicando nuestras exportaciones. Nosotros las realizamos al tipo de cambio oficial, pero nuestros costos, como por ejemplo los salarios y los insumos nacionales, siguen el ritmo de la inflación. Esto nos deja desfasados en los mercados internacionales porque el costo de producción local termina superando el valor del producto en el exterior”, dijo Walter Bressia, presidente de Bodegas de Argentina.
En este contexto, explicó que se mantienen competitivas algunas líneas de vino de alta gama que representan un volumen menor.
“Sin embargo, los vinos que solíamos exportar con buena rentabilidad en cantidades mayores, con precios que oscilaban entre 2 y 3,5 dólares por botella, ya no se pueden exportar porque el costo de producción supera el valor que el mercado internacional pretende”, dijo.
Si bien este escenario hace parecer que la reciente eliminación del derecho a la exportación no habría tenido impacto, Bressia explicó: “Las retenciones eran una parte del problema, por lo tanto, su quita no resolvía la totalidad de la situación, aunque representa un alivio que habíamos estado solicitando durante mucho tiempo”.
Por otro lado, explica que, si bien se suspendieron las retenciones, el sector tributaba un 4,5%, se impuso un impuesto PAIS del 7,5% para la compra de dólares para la importación de bienes. “Como nuestra industria trabaja con muchos productos importados que no se producen en el país eso nos afectó”, sostuvo.
Por otro lado, Bressia explicó que otra de las medidas tomadas por el Gobierno, como fue el “dólar malbec”, que es un tipo de cambio preferencial para esta industria, no sirvió para darle mayor competitividad al sector. “El dólar malbec era de $340, pero muy pocas bodegas pudieron acceder porque se exigía participar de Precios Justos y hay muchas bodegas que no pueden porque los precios en góndola que pretendía la Secretaría de Comercio no cerraban. Además, al poco tiempo que entró en vigencia, hubo una devaluación del 22%, no tenía sentido porque el oficial estaba a $365”, dijo.
Daniel Rada, director del Observatorio Vitivinícola Argentino (OVA), que forma parte de la Coviar, coincide en que el tipo de cambio atrasado y la inflación están afectando negativamente la competitividad, pero también señala que está acompañado por una caída en la demanda en los principales mercados. “Con la excepción de Brasil, nuestros principales mercados, que incluyen a Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, China y México,están disminuyendo sus compras”, expresó.
Según detalla, esta caída está vinculada principalmente a la inflación a nivel global, que hace bajar el consumo. “Por poco que sea, hay un resguardo del ahorro y lo primero que se ve afectado en el consumo son los bienes prescindibles, y las bebidas con alcohol caen en esa categoría”, manifestó.
Esto también lo sufren los países competidores, por ejemplo, Australia, que registró una caída de 16% en valor y 4% en volumen, mientras que Chile tuvo una caída de 25% tanto en valor como en volumen en el período de enero a junio de 2023 en comparación con el año anterior.
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Los productores de banana, en emergencia
En Formosa dicen que la situación es terminal y que no hay incentivos para cultivarla
Mariana Reinke
El sector local ya no puede competir
“En jaque. Estamos en una crisis terminal y, de manera solitaria, tratamos de resistir para no morir. Desesperados, ya no sabemos cómo seguir adelante”. Estas fuertes palabras pertenecen al dirigente ruralista Pánfilo Ayala, que describe la situación angustiante que atraviesan los pequeños productores de bananas del pueblo de Laguna Naineck, ubicado en el departamento de Pilcomayo, en el noroeste de Formosa.
Según explicó, la cadena de problemas e inconvenientes que vienen soportando los bananeros parece no tener fin y que hoy más que nunca “están al límite”. “El año pasado, la sequía, las heladas tardías y las altas temperaturas destruyeron la producción bananera en más de un 50%. Y aunque hace más de 250 días se declaró la emergencia agrícola en la zona, la ayuda del Gobierno nunca llegó”, dijo a el presidente de la Federación Agraria Argentina (FAA) filial Laguna Naineck.
Frente a este difícil panorama, en la semana, los chacareros se reunieron a la vera de la ruta nacional 86, en el acceso al pueblo, para visibilizar la profundidad de la crisis que atraviesan. “Hoy pagan $40 el kilo en chacra al productor (el que consigue que le compren), porque está el agravante de que no hay demanda. Son cientos de toneladas de banana que maduran en el suelo por falta de comercialización de la fruta nacional. Y lo peor de todo es que a nadie le importa”, añadió.
La cuestión no acaba, los altos costos productivos que tiene cada agricultor hacen que sea imposible seguir. “Cada cajón de madera sale $700 que, sumado a los accesorios del envoltorio, cuestan más que la propia fruta que está adentro. Además, los insumos (fertilizantes y fungicidas) están dolarizados. Mientras tanto, el gobierno provincial hace propaganda diciendo que está fortaleciendo la producción bananera y solo entregó a cada chacarero 100 kilos de fertilizante por hectárea con un máximo de hasta tres hectáreas. Pero lo mínimo que se necesita por hectárea es 600 kilos. Con estas migajas no se fortalece nada. Es la peor crisis económica que viven las familias productoras”, enfatizó.
Ya son más de 1000 hectáreas de plantaciones de banana las que se perdieron en lo que va del año, donde “muchos productores desesperanzados y dolidos han abandonado sus chacras y dejaron que a sus lotes se lo lleve la maleza”. “En un momento esta zona era la capital nacional de la banana, había 12.000 hectáreas. Hoy eso es un recuerdo y hay menos de 800, repartidos entre alrededor de 500 productores”, detalló.
Rubén Almada describió el escenario que se vive en Colonia Ceibo 13, jurisdicción de Laguna Naineck. “Nuestra situación es desesperante. Las bananas están madurando en la chacra por no poder vender. Calixto Fretes ya se considera exproductor bananero. “Llegué a tener 28 hectáreas de banana en producción. Hoy, con 55 años tuve que volver al trabajo de mi juventud, de mi adolescencia para poder sobrevivir: embalar bananas”, relató.
“En jaque. Estamos en una crisis terminal y, de manera solitaria, tratamos de resistir para no morir. Desesperados, ya no sabemos cómo seguir adelante”. Estas fuertes palabras pertenecen al dirigente ruralista Pánfilo Ayala, que describe la situación angustiante que atraviesan los pequeños productores de bananas del pueblo de Laguna Naineck, ubicado en el departamento de Pilcomayo, en el noroeste de Formosa.
Según explicó, la cadena de problemas e inconvenientes que vienen soportando los bananeros parece no tener fin y que hoy más que nunca “están al límite”. “El año pasado, la sequía, las heladas tardías y las altas temperaturas destruyeron la producción bananera en más de un 50%. Y aunque hace más de 250 días se declaró la emergencia agrícola en la zona, la ayuda del Gobierno nunca llegó”, dijo a el presidente de la Federación Agraria Argentina (FAA) filial Laguna Naineck.
Frente a este difícil panorama, en la semana, los chacareros se reunieron a la vera de la ruta nacional 86, en el acceso al pueblo, para visibilizar la profundidad de la crisis que atraviesan. “Hoy pagan $40 el kilo en chacra al productor (el que consigue que le compren), porque está el agravante de que no hay demanda. Son cientos de toneladas de banana que maduran en el suelo por falta de comercialización de la fruta nacional. Y lo peor de todo es que a nadie le importa”, añadió.
La cuestión no acaba, los altos costos productivos que tiene cada agricultor hacen que sea imposible seguir. “Cada cajón de madera sale $700 que, sumado a los accesorios del envoltorio, cuestan más que la propia fruta que está adentro. Además, los insumos (fertilizantes y fungicidas) están dolarizados. Mientras tanto, el gobierno provincial hace propaganda diciendo que está fortaleciendo la producción bananera y solo entregó a cada chacarero 100 kilos de fertilizante por hectárea con un máximo de hasta tres hectáreas. Pero lo mínimo que se necesita por hectárea es 600 kilos. Con estas migajas no se fortalece nada. Es la peor crisis económica que viven las familias productoras”, enfatizó.
Ya son más de 1000 hectáreas de plantaciones de banana las que se perdieron en lo que va del año, donde “muchos productores desesperanzados y dolidos han abandonado sus chacras y dejaron que a sus lotes se lo lleve la maleza”. “En un momento esta zona era la capital nacional de la banana, había 12.000 hectáreas. Hoy eso es un recuerdo y hay menos de 800, repartidos entre alrededor de 500 productores”, detalló.
Rubén Almada describió el escenario que se vive en Colonia Ceibo 13, jurisdicción de Laguna Naineck. “Nuestra situación es desesperante. Las bananas están madurando en la chacra por no poder vender. Calixto Fretes ya se considera exproductor bananero. “Llegué a tener 28 hectáreas de banana en producción. Hoy, con 55 años tuve que volver al trabajo de mi juventud, de mi adolescencia para poder sobrevivir: embalar bananas”, relató.
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA
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