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lunes, 10 de mayo de 2021

ERNESTO SÁBATO, VIO EL FUTURO Y SE INDIGNÓ


Sabato. Un “indignado” que profetizó la alienación de la técnica y legó una obra viva
A diez años de su muerte, los libros del autor de Sobre héroes y tumbas siguen hablando del presente
D. G.
Ernesto Sabato

Hacia el final del siglo XX, Ernesto Sabato publicó dos libros que hoy pueden ser leídos como proféticos. Tanto en las memorias de Antes del fin como en el breve ensayo La resistencia, el autor nacido en Rojas en 1911 había lanzado una advertencia sobre los cambios que se avizoraban en el filo del tercer milenio. Sabato fue un “indignado” avant la lettre ante el estado de cosas en el mundo. Compuestos como legados testimoniales para las nuevas generaciones, esos escritos anticipaban, en un estilo llano y coloquial, algunas de las circunstancias que la humanidad iría enfrentando a lo largo de las dos primeras décadas del nuevo siglo.




 Para la cultura argentina, Sabato siempre representó el papel del escritor comprometido con su época y con ese más allá de la época que preocupa a las sociedades: el futuro. “En tiempos oscuros nos ayudan quienes han sabido andar en la noche”, escribió en Antes del fin.



A diez años de su muerte (y ciento diez de su nacimiento) el eco de la voz de Sabato resuena en el presente. En los últimos años de su vida, el escritor alertó sobre el colapso ecológico, la deshumanización de la ciencia, las amenazas a la libertad y la violencia alienante que late en las grandes ciudades.

“Sabato fue un insoslayable protagonista de la literatura argentina del siglo XX –afirma el escritor y académico Antonio Requeni–. Libros como El túnel y Sobre héroes y tumbas dan prueba de su talento narrativo, ajeno al regodeo formal y a todo vicio retórico. Su lucidez intelectual se manifestó, asimismo, en notables ensayos como Heterodoxia y Uno y el Universo, entre otros.




Fue un hombre preocupado por la desespiritualización de la sociedad, acechada por totalitarismos de uno u otro signo, por lo que sus ensayos mantienen vigencia aún hoy. Comprometido con la ética y la dignidad de los valores humanos era, en realidad, un moralista”.



Algunas declaraciones y actos del escritor al momento del golpe de Estado de 1955, el de 1966 o el “más salvaje” de 1976, como él mismo expresó tiempo después, le valieron críticas por parte de colegas e intelectuales, que recordaron su almuerzo con Jorge Rafael Videla a mediados de mayo de ese año, junto con Jorge Luis Borges, el presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, Alberto Ratti, y el sacerdote y escritor Leonardo Castellani (el único que aludió a la desaparición de Haroldo Conti, el 4 de mayo de 1976). Tanto Borges como Sabato –que se habían reconciliado en 1975, luego de años de distanciamiento por cuestiones políticas, y aceptaron posar juntos en un bar de Parque Lezama para la revista Gente– se pronunciaron a favor de Videla. No obstante, por pedido del presidente Raúl Alfonsín, en 1984 Sabato encabezó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas y firmó el prólogo del libro Nunca Más, que fue objeto de enmiendas décadas después, durante la primera presidencia de Cristina Kirchner.

De la lógica al romanticismo

También en 1984 recibiría el prestigioso Premio Cervantes, hito en una larga serie de reconocimientos internacionales. Siempre se destaca que, en 2003, el príncipe Felipe (actual rey de de España) peregrinó a Santos Lugares a conocer la casa del escritor. Allí hoy funciona una casa-museo.
“Mi relación con Sabato se intensificó en los años 1997 a 1999 –recuerda el editor Alberto Díaz–. En esa época casi todos los meses lo iba a ver a Santos Lugares, llegaba a eso de las diez de la mañana con tortitas negras para tomar con el mate y me retiraba a la hora del almuerzo”. 



Los temas de las charlas, que se desarrollaban siempre en el estudio del escritor, los imponía Sabato y se remontaban a sus experiencias como becario en el Instituto Curie, en París, adonde había viajado con su mujer, Matilde Kusminsky Richter, y con su hijo Jorge. “Es ahí cuando entra en contacto con los surrealistas franceses y se produce lo que él llamó su ‘crisis espiritual’ y abandona la ciencia –dice Díaz–. Por esta decisión, Houssay le quita el saludo. El escepticismo con respecto a la ciencia lo lleva a escribir su primer libro, Uno y el Universo, en el cual describe las razones por las que abandona la ciencia y se va a dedicar por entero a las humanidades. Estas conversaciones iban acompañadas por su amor por la literatura rusa, sobre todo a Fiodor Dostoievski, y los románticos alemanes, que según Sabato dejaron en él la mayor marca en su literatura, junto con los surrealistas”. Díaz señala que lo que persuadió a Sabato a publicar Antes del fin fue la carta de un adolescente que se quería suicidar. “Me hizo leer la respuesta que le estaba enviando.

 Por el tono del adolescente, que veía en Sabato a una especie de autoridad paterna o abuelo rezongón, pude convencerlo de la importancia que podía tener en la juventud su libro. A partir de ese momento me mostró y me leyó un texto que tenía escrito desde hacía tiempo y que después se conoció como la primera parte de Antes del fin, que tiene como eje los episodios de su vida, sin que puedan considerarse exactamente como memorias o un relato autobiográfico; él prefería llamarlo ‘testamento espiritual’”.



El libro se publicó en 1999 y tuvo un gran éxito de ventas; en el primer año se vendieron casi 400.000 ejemplares. Su éxito comercial, que para algunos escritores es indicio de una dudosa calidad literaria, sumado a las erráticas posiciones políticas del autor, motivó que varios intelectuales locales despreciaran sin más su obra. Un año después, Sabato ofició de compilador en Cuentos que me apasionaron, otra obra “testamentaria” con relatos de autores como Franz Kafka, Katherine Mansfield, Oscar Wilde, Manuel Mujica Lainez y Borges. “Lo importante en la vida de un escritor es su obra, y novelas como El túnel o Sobre héroes y tumbas son consideradas de las más originales e importantes que se escribieron en nuestra lengua –concluye Díaz–. Su legado no puede ser desconocido. Sin duda, su obra debe ser valorizada como un intento de visión del hombre esperanzado, pero signado por espacios de amargura”.
“Nunca estuve en la casa de Santos Lugares –confiesa la escritora Josefina Delgado–. Ni siquiera cuando Ernesto murió, hace ya diez años. Su figura siempre me impactó, y la lectura de El túnel, junto con aquella hermosa película con Laura Hidalgo y Carlos Thompson que había visto cuando era chica, y de la gran novela Sobre héroes y tumbas marcaron no solamente mi vida de lectora sino también mi vida de argentina”. Para la autora de Memorias imperfectas, pocos como Sabato indagaron en lo que él mismo consideraba “lo metafísico argentino, y además a través del amor, de la muerte y del incesto, tres claves metafóricas de nuestra historia”. Luego de la muerte del escritor, como funcionaria del Ministerio de Cultura porteño, entonces a cargo de Hernán Lombardi, Delgado impulsó la instalación en la Avenida 9 de Julio de una gigantografía con el retrato de Sabato hecho por Daniel Mordzinski.

Canon existencialista
Delgado recuerda que fue Albert Camus el que recomendó a la editorial Gallimard la publicación de El túnel en la lengua de Flaubert. “Roger Caillois me la hizo leer y me ha gustado mucho la sequedad y la intensidad –le escribió Camus al escritor argentino–. He aconsejado a Gallimard que la editen, y espero que El túnel encuentre en Francia el éxito que merece. Hubiera deseado poder decirle todo esto de viva voz, pero la prohibición de una de mis piezas en Buenos Aires me impide dar las conferencias previstas. Si, no obstante, llegara a ir a Brasil, trataría de acercarme a título personal a Buenos Aires y me alegraría entonces conocerlo. De aquí a entonces cuente con toda mi simpatía fraternal”. Esa novela hoy integra el canon literario del existencialismo.
La profesora Graciela Maturo reivindicó la literatura sabatiana. “Asimila la herencia del romanticismo, la fenomenología, el existencialismo y el personalismo –escribió en 1981, al prologar una antología de ensayos de Sabato del Centro Editor de América Latina–. Su periplo de vida y de pensamiento lo lleva de la ciencia al arte, del logicismo analítico a la intuición simbólica, de un mundo de objetos aun mundo de valores. También, como lo muestran sus obras en el intenso lenguaje de los símbolos, recorre un camino que lleva del aislamiento a la participación de la soledad a la fe”.
Veinte años después, en La resistencia, el escritor que eligió como interlocutora a la humanidad describió a su modo ese anhelo exploratorio: “El ser humano sabe hacer de los obstáculos nuevos caminos, porque a la vida le basta el espacio de una grieta para renacer”.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

miércoles, 30 de noviembre de 2016

ENTREVISTA A SÁBATO POR HUGO BECCACECE

HUGO BECCACECE

Ernesto Sábato: "Esta civilización racionalista ha separado todo: el cuerpo del alma, la emoción de la razón, el arte de la ciencia, el hombre del cosmos"
¿Qué ocurre cuando uno de los escritores más importantes de habla hispana decide volcarse a la pintura?


Ernesto Sabato.
Hace tiempo entre los amigos de Sabato había cundido con sorpresa y curiosidad la noticia de que Ernesto se dedicaba a pintar, y no meramente como un "pintor de los domingos", sino con la misma seriedad con que había encarado en otras etapas de su vida la actividad científica y la literaria. El revuelo que causó fue mayor que si el escritor hubiera anunciado una novela inédita. Más tarde, ese rumor llegó a los oídos de un marchand, Natalio Povarché, quien se apresuró a informar que el novelista iba a exponer en su galería. Pero en esta entrevista en su casa de Santos Lugares, donde Sabato se refirió exclusivamente a la plástica, desmintió que vaya a realizar una muestra de sus óleos.
-¿Por qué se decidió a pintar ahora con tanta intensidad?
-Aunque parezca una broma, porque ando mal de la vista. Hace ya más de dos años se me declaró una lesión en las retinas, que me aconseja no hacer esfuerzos con los ojos, por lo menos en objetos tan pequeños como las letras. No es el caso de la pintura que es macroscópica, digamos. Así, casi imposibilitado de leer y escribir, me lancé sobre aquella vieja nostalgia que proviene desde mi niñez. Cuando me descubrieron esas lesiones, no diré que me puse a bailar, pero sentí una extraña y retorcida alegría, pensando que ahora podía dedicarme a la pintura sin sentimiento de culpa.
-¿Qué reacción tuvieron sus amigos pintores?
-La primera reacción la tuve en París cuando le dije a [Ernesto] Deira hace un par de años, que la pintura me daba una alegría y una paz que no encontraba en la literatura. Se echó a reír como loco, y hace unos meses Carlos Alonso me contó, también riéndose con ganas, la historia que ya había corrido. También me produce risa a mí, ahora, cuando empiezo a ver los graves problemas que acarrea. Comprendo pues la jarana de estos dos amigos, que, por otra parte, no habían visto ni han visto aún nada de lo que hago: era una risa a priori, por decirlo así, y tenía mucho fundamento. Mi idea no era, sin embargo, tan candorosa.
-¿Qué diferencia fundamental encuentra en la pintura con respecto a la literatura?
-Aparte de trabajar con colores y formas, la pintura es una artesanía, proporciona el goce de todo lo que se hace con la mente y las manos a la vez. Ese goce que el hombre de hoy ha perdido por esta civilización racionalista. Todo se ha separado: el cuerpo del alma, la emoción de la razón, el arte de la ciencia, el hombre del cosmos. Todo lo que tienda a reunificar al hombre es positivo y forma parte de lo que será la síntesis futura, cuando algo deba reemplazar a este mundo catastrófico. Eso da placer. Por eso quizás hay más pintores eufóricos que escritores eufóricos. Por un Whitman hay miles de desdichados y angustiados. Al revés en la pintura: piense en los hombres de 80 y 90 años que han pintado hasta su muerte, desde Tintoretto hasta Picasso. Hay en la artesanía pictórica algo que no existe en la literatura, en la que todo se hace con imaginación, desde una cara hasta un paisaje. En la pintura las caras se acarician, se tocan, se huelen, se gozan.
-Su caso como pintor es particular: aunque se trata de un principiante, y eso le otorga gran libertad, su fama como escritor lo debe condicionar bastante. ¿Ese contraste lo perturba?
-Es cierto. Apenas se comienza a trabajar en serio empiezan las angustias, aunque sean al lado de esas felicidades infinitas que dan los colores y las formas. Además, ese goce se debe en parte a que se es un desconocido, porque uno pinta lo que se le da la real gana, con el placer del inédito. Después viene todo lo que se sabe, el público, el "exponerse" en las exposiciones, la crítica. En todas las artes pasa desdichadamente lo mismo. Lo que sucede es que cuando hablé con mis amigos sobre este tema, me dejé llevar únicamente por mi euforia y porque pensé que podría hacer pintura en secreto, o algo así, como si eso fuese posible en una persona pública. Los chicos que comienzan no saben cuánta tristeza, cuánto manoseo, cuántas injusticias trae la notoriedad. E ingenuamente ansían esa notoriedad que luego ha de ser la más dolorosa de sus condiciones. La fama es un conjunto de malentendidos, ya se sabe. Es vivir en una vitrina, y para colmo desnudo, porque no hay desnudez más auténtica y terrible que la expresión artística, si es auténtica; ya que toda obra de arte es una autobiografía, no en el sentido literal de la palabra, sino en el sentido más profundo y grave: un árbol de Van Gogh es Van Gogh, es su propia y desnuda alma ante nosotros. Y el más vil de los criminales y corruptos de Dostoievski es, en muchos sentidos, el propio Dostoievski. Así, el paradójico destino del artista es comenzar siendo el más introvertido de los seres humanos para llegar a ser finalmente el más extrovertido, el más espectacular. Y, para colmo, un espectáculo a menudo grotesco y risible.
-¿Por qué se niega a exponer?
-Soy muy autocrítico. Lo mismo me pasó con la literatura. Escribí desde mi adolescencia, esas pavadas, claro. Pero sólo a los 34 años publiqué mi primer libro, Uno y el Universo; El Túnel apareció recién en 1948, tres años más tarde. Todas las editoriales argentinas se negaron a publicarlo. Encabezó aquel enérgico y entusiasta movimiento Guillermo de Torre, asesor por entonces de Losada, quien afirmó que nadie le haría creer que un físico podía escribir una novela. Yo recordé con timidez a Robert Musil, pero fue inútil. Finalmente salió con el sello de Sur, pero pagado por el generoso amigo, el doctor Alfredo J. Weiss que por entonces dirigía una revista literaria.
-¿Cómo fueron sus comienzos?
-Como ve, fueron muy duros y tenía, entre otros, el inconveniente de llegar a la literatura como un paracaidista. Imagínese lo que podría pasar si ahora se me ocurre esta locura de pintar en público. Pero no soy el primer escritor que trata de pintar. Goethe, Víctor Hugo, Hoffman, Valéry, Cocteau, Joyce, Cary, Henry Michaux, Bertold Brecht, Günter Grass, Henry Miller, Kafka, Artaud. algunos de los cuales son realmente de importancia. No creo que es deshonroso, pues. Debo confesar, en fin, que temo el manoseo, manoseo que tuve que sufrir de modo doloroso cuando empecé a escribir públicamente. Hasta tal punto la gente es prejuiciosa sobre la gente que tiene cerca. Imagínese ahora. Hace poco alguien sugirió que mi pintura sería literaria, una afirmación que es un puro prejuicio. ¿Qué se quiere decir con ese epíteto peyorativo? ¿Que hay temas, que hay ideas, que hay drama? Entonces todos los que pintaron la Pasión han hecho literatura, y Goya en sus monstruos, y Jerónimo Bosch y, sobre todo los expresionistas en general, empezando por precursores como Gauguin y terminando por Munch. ¿Ve qué difícil es para mí hacer algo en este momento? Además, no se enojen ni se alarmen: soy un modesto principiante que no va a hacer daño a nadie mucho menos a los grandes pintores argentinos. ¿Por qué no me dejan tranquilo, que ya bastante tengo con eso de la retina?


Profesión: físico, escritor y pintor
Rojas, 24 de junio de 1911-Santos Lugares, 30 de abril de 2011
El Túnel, Abbadón el exterminador y Sobre héroes y tumbas son las tres novelas de este autor -también ensayista-, uno de los escritores más reconocidos de la literatura argentina del siglo XX.
Presidió la Conadep y escribió el prólogo del Nunca Más.
Entrevista publicada en la nacion Revista el 5 de abril de 1981

martes, 2 de agosto de 2016

IDENTIDAD CULTURAL; ERNESTO SÁBATO


Rojas, la cuna gaucha del escritor Ernesto Sabato
Su familia decidió instalarse allí y hasta tuvo un pequeño molino harinero


El partido de Rojas, ubicado 260 km al noroeste de la Capital Federal, cuenta con una superficie de 2050 km2 y, según el Censo de 2010, con una población de 23.000 habitantes. Su origen fue el Fuerte Guardia de Rojas, fundado en 1777 en la confluencia del río Rojas y el arroyo Saladillo de la Vuelta, y trasladado dos años más tarde a lo que es hoy el asentamiento de la ciudad cabecera. En el pueblo de Rojas, un 24 de junio de 1911, nació Ernesto Sabato, novelista y ensayista de enorme trascendencia internacional, que ha dejado las extraordinarias novelas El túnel , Sobre héroes y tumbas, y Abaddón, el Exterminador .


El padre de Sabato descendía de montañeses italianos. La madre provenía de una antigua familia albanesa. Cuenta el escritor en Antes del fin , libro de memorias aparecido en 1998, que el matrimonio decidió instalarse en Rojas, y explicó: "Como gran parte de los viejos pueblos de la pampa, fue uno de los tantos fortines que levantaron los españoles y que marcaba la frontera de la civilización cristiana". La familia llegó a poseer un pequeño molino harinero.
Las vivencias de su niñez, la figura de su padre, los hermanos fueron recreados en varias páginas de su Abaddón , aparecida en 1974 y pronto consagrada. Tras larga ausencia Sabato volvió a Rojas, en la ficción Capitán Olmos, y cubierto por el grave personaje llamado Bruno Bassán. Un viaje en el modesto ferrocarril lo llevo a antiguos escenarios: "Un almacén con paredes de ladrillo descubierto, al otro lado de una calle de tierra; unos paisanos de bombacha y chambergo negro, escarbándose pensativamente los dientes con una ramita seca; algún sulky, caballos atados en el palenque del almacén de ramos generales, galpones de zinc, una volanta de capota negra, el auxiliar en mangas de camisa con la mano derecha en la cadena de la campana". Y, finalmente, la parada Santa Ana, puesto de la estancia Santa Brígida, pampa que en otros tiempos había sido recorrida por el capitán Olmos y sus hijos Celedonio y Panchito para unirse a las tropas del general Juan Lavalle.


Bruno y sus hermanos cuidaban de su padre, próximo a morir. En aquella espera vigilante y dramática, surgió la figura del paisano don Sierra, criollo gordo y panzón, de enormes orejas, cuya "característica más típica" era contarle mentiras al inglés O'Donnell. "Lo veía bastante bien llegando en su sulky -escribió Sabato-, bajando con su látigo, con el gran cinto ajustado por debajo de su enorme vientre, en camiseta y blusa corralera, sudando, congestionado, con el chamberguito negro echado hacia la nuca, con alpargatas bordadas manchadas de bosta."


Ernesto Sabato murió el 30 de abril de 2011 en su casa de Santos Lugares, meses antes de cumplir cien años. De su niñez en Rojas quedó la imagen de la negra Ozán, su maestra del colegio primario, "india, hija de un domador, que nos mantenía al trote, pero que a la vez, supo educarnos con cariñosa disciplina".

P. E. P.

martes, 26 de abril de 2016

VISITA GUIADA AL MUNDO DE ERNESTO SÁBATO



Como en la trama tenebrosa de una novela de su abuelo, Ernesto Sabato, la nieta del escritor asoma al portón de entrada e invita a pasar a un jardín sombrío, cubierto de árboles y de una buganvilla que apenas dejan filtrar la luz del sol. "¿Cómo lo ven? ¿Qué les parece?", pregunta a un grupo de estudiantes secundarios que vienen a participar de la visita. "No es que no podemos los árboles ni limpiemos las hojas por descuido, sino que ésa fue la voluntad de mi abuelo."
La arquitecta Luciana Sabato guía las visitas a la casa-museo del escritor en Santos Lugares, abierta al público desde el 19 de septiembre de 2014. Un pasaje al mundo privado, íntimo y menos conocido del autor de Sobre héroes y tumbas.
Al frente de la vivienda se levantan dos cipreses como columnas; un poco más allá, las palmeras aportan el toque tropical. Por allí, una araucaria inmensa y una magnolia llena de hojas de Santa Rita. En el medio, una glorieta.
La casa está ubicada a unas cuadras de la Av. General Paz y Mosconi, sobre la calle Langeri 3135. Puede resultar difícil llegar sin preguntar (o sin GPS), entre las intrincadas diagonales y cortadas del barrio. La recompensa será un recorrido suculento entre anécdotas y recuerdos familiares, en la casa donde Sabato pergeñó la mayor parte de su obra.
De la biblioteca personal al comedor diario, del escritorio con su vieja Olivetti al atelier con sus obras plásticas, la visita ofrece además testimonios del escritor a través de documentos fílmicos que su hijo, Mario, cineasta, se ocupó de registrar en diferentes momentos. De esta manera, el escritor está presente, acompaña el recorrido y comparte sus ocurrencias y recuerdos personales.


"Mi abuelo recibía sus visitas acá y después pasaban al comedor, donde tomaban el té", cuenta Luciana luego de atravesar el hall de entrada y acceder a la biblioteca dispuesta en el invernadero e iluminada por un gran ventanal. "Por este lugar pasaron políticos como Raúl Alfonsín, Graciela Fernández Meijide y Carlos Chacho Álvarez; escritores como Manuel Mujica Lainez; músicos y compositores como Julio De Caro y Aníbal Troilo; pintores como Antonio Berni y Raúl Soldi. Pero, sobre todo, chicos jóvenes que le mandaban cartas para poder reunirse con él", explica Luciana, responsable de restaurar la casa y mantener intacto el orden de cada libro en esa biblioteca.
Los libros, siempre marcados, dan testimonio de sus variados intereses. Foto: Jorge Bosch
Biblioteca de consulta
"Cuando restauramos este lugar me di cuenta de que mi abuelo había leído cada uno de estos libros porque todos estaban señalados, escritos por él. Por ahí le marcaba algún párrafo y le ponía: "no" o "no me parece"; o directamente lo tachaba o señalaba algo para usarlo después. Todos esos libros eran de su consulta permanente", apunta.
Ordenados por temas, allí están los libros de magia, psicología y esoterismo; economía y política; un poco más allá, los de escritores latinoamericanos con sus dedicatorias; los clásicos como la Odisea y también los libros de su mujer, Matilde Kusminsky.
"Mi abuela trabajaba para que mi abuelo pudiera escribir. Empezó rellenando dentífricos en una fábrica de Liniers. También escribía en revistas, y después tuvo una galería de arte. Era una persona muy activa. Le corregía las cosas a mi abuelo y salvaba a sus escritos de ser quemados porque él quemaba todo lo que escribía. Algunas veces ella lograba rescatar algo y lo convencía para que lo publicara. De golpe se peleaban. Como cuando él se negó a publicar Sobre héroes y tumbas y dijo que iba a quemarlo. Matilde se terminó enfermando y recién entonces mi abuelo accedió a publicar la novela".
A lo largo de la visita, Luciana Sabato desgrana la historia del autor de El túnel, fallecido el 30 de abril de 2011, a los 99 años. Desde la infancia en el pueblo de Rojas junto a diez hermanos, la adolescencia (a los 15 se declaró anarquista), el casamiento con Kusminsky, su carrera como físico matemático y la estadía en París.
Foto: Analía Hassler
Además del atractivo de recorrer el lugar donde vivía Sabato, la visita tiene ese condimento especial del relato de su nieta, que muchas veces se sale de libreto para iluminar nuevas facetas de la personalidad de su abuelo, como su pasión por el fútbol (era hincha de Estudiantes de La Plata) o los ejercicios que realizaba para mantenerse en forma. "De pronto lo veíamos en el patio haciendo movimientos con los brazos y las manos. Salía a caminar mucho por el barrio y todo eso lo mantenía bastante activo", cuenta Luciana.
El relato ahonda también en la década del 70 y las amenazas sufridas por la familia durante la dictadura -y luego, cuando Sabato actuó como presidente de la Conadep- ("Tipo a las diez de la noche recibíamos el llamadito"). Los visitantes ingresan luego en el estudio, donde permanece intacto el escritorio con la antigua Olivetti con la que él escribió la mayor parte de su obra.
"Era muy metódico. Se levantaba a las cinco de la mañana, preparaba un té solo y se lo traía para acá. Así esperaba hasta las ocho, y cuando se levantaba mi abuela desayunaban juntos. Después volvía a trabajar un rato más. A las doce, doce y cuarto a más tardar, almorzaban mirando el noticiero, y después se iba a dormir la siesta. A las cuatro se levantaba y seguía trabajando hasta las ocho, cuando cenaban. Otros días, a la tarde se iba al centro. Ésa era su rutina. Era bien estricto. Si se pasaba un poquito la hora de comer ya empezaba a gritar: ?¿Y la comida?'. Lo mismo con la siesta, no tenía que volar una mosca. Cuando veníamos los nietos, que éramos todos chiquitos, teníamos que hacer silencio. No sé cómo hacía para dormir porque el silencio duraba cinco minutos. Y después empezábamos a hacer lío de nuevo."
La visita concluye en el atelier donde el escritor se dedicó a pintar, los últimos años de su vida. Berni le dio algunos consejos para construir el estudio con una gran ventana al Sur, ya que así permanecería siempre bien iluminado. "Así como en un momento dejó la física para dedicarse a escribir, en 1979 dejó de escribir para dedicarse a la pintura. Decía que estaba mal de los ojos, aunque yo creo que veía muy bien, si no, no podría haber pintado de esa manera."


Ernesto Sabato murió, pero su espíritu aún habita entre los muros de su casa y refugio, en Santos Lugares.
Datos útiles
Las visitas: Casa Museo Ernesto Sabato. Langeri 3135, Santos Lugares. Las visitas guiadas son gratuitas. Jueves, de 11 a 15. (Reservar previamente por el correo sabatoluciana@gmail.com). Sábados, de 13 a 19 (no es necesario reservar, excepto que sean grupos de más de cinco personas). Todas las visitas son guiadas por nietos del escritor. Duración: 50 minutos aproximadamente. Más información en www.facebook.com/Casadesabato

A. R.