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viernes, 7 de junio de 2019

HISTORIAS ÍNTIMAS,


Las carambolas secretas del destino

Héctor M. Guyot
Se llevó todo. La cama, el escritorio, la cómoda, el equipo de música, los libros, los discos. Hasta hace poco, al pasar frente a la puerta de ese cuarto para llegar al nuestro, no había forma de evitar la visión de una montaña de ropa cubriendo el respaldo de la silla. Ya no hay ropa, ya no hay silla. La habitación está vacía. Tan vacía como cuando la pintamos, ella, su madre y yo, hace unos veinte años. En verdad, ella era chica como para pintar. Pero se calzó el bonete de papel de diario en la cabeza, tomó un rodillo húmedo y lo hizo rodar por la superficie de la pared, estampando el color en medio del cual amanecería por las mañanas y pasaría de la infancia a la adolescencia, y de allí a la juventud. En algún lugar hay una foto de aquel momento. Es un cuarto pequeño. Cuando me sorprende así, vacío, lo que veo es el tiempo. Todo lo vivido. Es precisamente eso, todo lo vivido, lo que te conduce a tu destino. No se arrancó de allí, sino que dio apenas un paso. El paso natural, el que tocaba.
El domingo estuvimos con su madre en su nuevo cuarto, agujereando la pared para amurar unos estantes donde descansará la ropa que sigue guardada en la valija. Pude advertir que cada una de las cosas que se llevó -es decir, sus cosas- va encontrando su lugar en ese espacio recién estrenado. En medio de ellas detecté unas cuantas que me pertenecían. Varios CD, por ejemplo. Y libros. Por ahí estaban la edición conmemorativa de Cien años de soledad y la novelaQue el vasto mundo siga girando, de Colum Mc Cann, que nos había gustado mucho a los dos. Y The Dylan Companion, puesto de tal modo en la biblioteca que su portada quedaba exhibida. No me enorgullezco de mi primera reacción: reclamárselos inmediatamente. Enseguida me di cuenta de que aquella podía ser ahora una de mis maneras de acompañarla. Cosas que ella se había llevado de mí. Y que ya eran de ella.
También yo colonicé el primer cuarto de mi independencia con las cosas que traía de casa de mis padres. Fue en un PH no muy distinto del que ahora es la casa de mi hija mayor. En mi caso, en lugar de dos, éramos tres amigos. Uno de ellos había descubierto la casita y no tuvimos más alternativa que hacernos cargo de aquello con lo que veníamos fantaseando sin mucha consistencia. Con las ideas y los deseos no se juega. Días después estábamos sentados en la mesa de un café cercano, echándonos a la suerte las tres habitaciones de nuestra nueva morada. Me tocó el cuarto del frente, grande, con una linda ventana que daba a un pequeño patio, y desde donde se veía el parral del patio vecino. Me sentí muy afortunado. La imagen siguiente es la de los tres pintando alguna de las paredes de la casa. En estos trabajos sencillos de refacción se nos acoplaron unos cuantos amigos más, acaso con la intención de ganarse el derecho a la aventura de habitar una porción de ese espacio propio y emancipado.
Allí viví una etapa inolvidable de mi vida junto a dos grandes amigos. Y bien podría decir que en esos primeros días en aquel barrio empezó a gestarse, silenciosamente, el comienzo de lo que después vendría a cambiarlo todo. Porque mientras arreglábamos y hacíamos propia esa casa, también salíamos a reconocer esas calles en busca de una panadería, un almacén o una ferretería, según se iban presentando las necesidades, que eran muchas. En una de esas recorridas de reconocimiento, volvía solo desde la avenida cuando, en la vereda de enfrente, una chica morocha bajó de su bicicleta con encanto y procedió a atarla a las rejas de una ventana contigua a la puerta de entrada. Sin advertir que yo la miraba desde el otro lado de la calle, abrió la puerta y se perdió dentro de la casa. Yo volvía con las medialunas y retomé mi camino, pero antes tracé las coordenadas -estaba a apenas una cuadra de mi PH- y memoricé la fachada de la casa y la bicicleta, que había quedado sola, como a la espera.
Desde ese día, cada vez que iba caminando hasta la avenida echaba un vistazo a aquella casa. Nunca vi a la chica. Solo unas pocas veces, la bicicleta atada. Viví unos cuatro años en esa casita con mis amigos. Después me fui de viaje. Después viví solo en un departamento. En ese tiempo, un amigo quiso presentarme una amiga. La pasamos a buscar al taller de pintura al que iba. Fuimos al cine y vimos el olvidable Hamlet de Mel Gibson. Mi amigo y su novia nos dejaron después en la casa de ella. Me había invitado a tomar un café. Cuando estábamos entrando, en un flash, me di cuenta de que aquella era la casa. A la reja le faltaba la bicicleta, pero era la reja. Y ella era la chica. La chica que después, casi treinta años después, estaría conmigo amurando estantes en la casa de la hija que se independizaba.

lunes, 1 de abril de 2019

HISTORIAS ÍNTIMAS,


Mis discos despertaron de un largo sueño
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Después de casi treinta años, mis discos volvieron a sonar. Aunque una parte de mí esperaba sin grandes expectativas que eso ocurriera, sucedió sin que yo lo buscara, acaso porque les había llegado a los discos la hora de salir de su largo exilio para sonar otra vez. Lo hicieron por sorpresa, sin rencores, a pesar del aparente olvido al que los relegué durante tanto tiempo. En la soledad oscura de un placard, mientras a mí me pasaba la vida, ellos resistieron sin queja ni resentimiento. Y a la hora de volver a sonar giraron como antes, con la música intacta, como si mi mano joven los hubiera guardado con cuidado en sus fundas blancas de papel la noche anterior, y no tres décadas atrás. Entre grandes amigos no ha de haber reproches.
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El hada que los despertó de su sueño fue mi hija mayor. Como casi todo en estos días, la noticia me llegó en un mensaje de WhatsApp, en forma de imagen. Cuando la abrí, apareció una bandeja giradiscos no muy diferente al Winco en el que, a los ocho o nueve años, yo gastaba los discos de los Beatles. Esta no era blanca, sino verde claro. La marca, desconocida para mí, aparecía en medio de la tapa abierta, junto con una nota en la que mi hija había escrito: "Para la familia. Que siga sonando la música".
Esa compra que le hizo a una amiga saldaba una deuda pendiente. Con mis hijas, amantes de la música como yo, cada tanto hablábamos del día en que repatriaríamos los discos de mi juventud. De hecho, por el solo gusto de ver y tener las tapas, ellas se habían ido trayendo algunos. Yo los había guardado, después de casarme, en un placard del cuarto de soltera de mi mujer, en casa de mis suegros, junto con una bandeja Garrard y un amplificador Philips. Al cabo de unos años, y en unos de esos arrebatos de limpieza que llegan sin motivo, convine con mi suegro en poner en la calle los aparatos para que algún transeúnte se beneficiara de esas dos viejas glorias. Y así fue. No duraron ni dos minutos a la intemperie. Mientras los cargaban en un rastrojero, mi suegro, que observaba la escena desde la ventana, sonrió con satisfacción. Le advertí entonces que los discos eran sagrados. Me entendió y ahí siguieron los vinilos, que sumaban unos trescientos. He llegado a pensar que allí estarían hasta el fin de los días.
Resultado de imagen para VINILOS DISCOS,LP Charla de nena, de Oscar Peterson,
Ahora van llegando a casa en sucesivas oleadas. Si pasamos por la casa de mi suegros, mis hijas y yo salimos con algunos discos bajo el brazo. Yo voy despacio, de a poco. Cada disco que pongo es para mí una pequeña ceremonia. Primero lo limpio con esmero de ambos lados, para quitarle el polvo y la pelusa de tantos años, y solo dejo caer la púa después de verlo girar un rato. Mientras escucho la música, me reencuentro con viejas tapas, algunas con textos que vuelvo a leer, y recupero así la conciencia de que la música no solo se disfruta con el oído, sino también con la vista, el tacto y hasta el olfato.
Resultado de imagen para VINILOS DISCOS,el quinteto "La trucha", de Schubert
Volvieron a sonar mis discos, pero también los de mis padres. Y los de mis abuelos paternos. Al menos aquellos que yo heredé en su momento y sumé a mi discoteca. Ahora saco por ejemplo e
l LP Charla de nena, de Oscar Peterson, que era de mis padres y que yo escuchaba mucho en mis años de estudiante de derecho, mientras memorizaba los códigos y las leyes. O tomo el quinteto "La trucha", de Schubert, interpretado por el trío Tashi junto a dos músicos invitados, y recuerdo que mi abuela disfrutaba tanto de esta música como de los conciertos para piano de Mozart. Me pedía que lo pusiera y yo abría un gran mueble de madera donde estaban el equipo de música y los discos. Presidía el living como un altar profano y soltaba, cada vez que lo abría, un olor inconfundible, mezcla de madera, papel antiguo y vinilo.
Resultado de imagen para VINILOS DISCOS,música orquestal de Richard Strauss
 Aquel era, para mí, el olor de la casa de mis abuelos. Créase o no, ha permanecido intacto en el disco de Schubert o en la caja con la música orquestal de Richard Strauss, en cuyos sobres blancos mi abuelo anotó, con caligrafía impecable, el nombre de cada una de las obras.Resultado de imagen para VINILOS DISCOS,conciertos para piano de Mozart.
Algunos de los míos también encierran mundos perdidos y encontrados. Por ejemplo, la versión nacional de
Hejira, de Joni Mitchell, muy bien editada, que compré a mis 17 años en Mar del Plata, durante el viaje de egresados.
Resultado de imagen para VINILOS DISCOS, Hejira, de Joni Mitchell,
 O Cinema Transcendental, de Caetano Veloso, que fue la banda sonora de un verano que todavía llevo conmigo en un rincón de la memoria. En verdad, cualquiera de mis viejos discos me habla de alguna coordenada concreta de tiempo y espacio desde la que me saluda de lejos aquel que alguna vez fui.
Resultado de imagen para VINILOS DISCOS, O Cinema Transcendental, de Caetano Veloso,
 ¿Qué han venido a decirme ahora, todos juntos, después de una espera tan larga? Tanta vida, una cadena de cuatro generaciones y la música, que sigue sonando.

H. M. G.

jueves, 27 de septiembre de 2018

HISTORIAS ÍNTIMAS,

Resultado de imagen para parque interno del Palais Royal,PARIS
La noche anterior una lluvia de verano con granizo limpió el pesado aire estival; al día siguiente una gran brisa fresca abrazaba la ciudad. Con Ámbar caminamos extensamente por el Quai, franqueamos los pórticos del Louvre hasta el palacio que fue construido inicialmente por el cardenal Richelieu.
El fósforo hizo un chispazo impetuoso de alegría fulminante; la llama suavemente encendió mi cigarro. Estiré mis piernas y las apoyé sobre el borde de la fuente. Estábamos sentados en el parque interno del Palais Royal, a la sombra de los árboles de tilo que forman extensas avenidas, que se dan a la fuga frente a la fuente. Sentí desahogo. El chispazo de un fósforo es, para mí, un recordatorio de la alegría, un símbolo de libertad. Quizás el más bello rasgo humano sea poder elegir, discernir. Sabiendo que de muy diferentes maneras muchos no gozan de aquel hermoso y digno gesto que es la libertad, un privilegio dado no solo por la democracia sino también por la educación, el sustento y la seguridad.
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Ella es el hospedaje del alma que vive flameante entre cortinados de hilo transparentes ofrecidos a las brisas en una casa sin puertas, ventanas o paredes. Una ilusión áurea que debemos abrazar y dejar partir siempre. No nos pertenece, apenas nos visita una y otra vez. Ella nos otorga nuevos y libres caminos que indefectiblemente con lento andar nos llevan a un nuevo encierro, ya que la rutina y metodología de sumar pasos para construir, nos deja luego de años enclaustrados. La libertad inevitablemente nos deja presos de deber.
Rediseñar mi vida a partir de un impulso nuevo ha sido lo más recurrente en la sucesión de días y años desde mi temprana niñez, una voluntad innata a cambiar.
El sometimiento de las rutinas impuestas por los compromisos civiles socava el vuelo hacia lo posible, la frágil soga que nos mantiene atados a aquellos pactos, con el correr del tiempo, se convierten en cadenas que suspiro a suspiro van tomando nuestra libertad.
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He sido tenaz, casi obcecado con mis sueños, a los que espero cada mañana cuando me despierto debajo de una enorme glorieta de optimismo y un raudal de paciencia, a sabiendas de que cada pequeño gesto que los afirma, cuida de mi inercia para poder llegar a ellos, como cuando subo resollando una montaña con mi mochila, paso a paso, haciéndole el amor a cada sendero con la ilusión de un destino nuevo.
París conjuga extensamente aquel símbolo de libertad con su trazado de flores imaginarias que parecen nutrirse en sus siglos de creatividad entre palabras, pinceles, espadas, monumentos, calles y sus eclécticos puentes sobre el Sena que expresan la misma diversidad cultural que los forjó. Esta ciudad bautizó mi perseverancia enseñándome que la espera otorga esperanza a vencedor y vencido.
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A nuestro regreso caminamos en el atardecer hasta el Marché des enfants rouge, en Le Marais, un recatado, pequeño, simple palacio de sabores casi 
Resultado de imagen para manteca de Bretaña,intelectuales.Resultado de imagen para papas Ratte,
 Allí, dentro de mi canasta de cuero, fui cargando unos puñados de pequeñas papas Ratte, un pan de manteca de Bretaña, cabezas de ajos firmes, un atado de cebollín, dos escalonias muy rojas y dos kilos de enormes mejillones azules con un manojo de perejil.
Resultado de imagen para dos escalonias muy rojas
Al llegar a casa todas las ventanas estaban abiertas -la última luz sobre el Louvre lo pintaba de un misterio azulado-.
Resultado de imagen para mejillones un caldillo con vino blanco y abundante ajo y perejil.
 Recordé sus escalones gastados mientras preparaba para los mejillones un caldillo con vino blanco y abundante ajo y perejil. Las papas las herví con cascara, las aplasté con el dedo gordo y las puse en una sartén con manteca, escalonias picadas y el cebollín. Los mejillones se cocinaron rápidamente y los disfrutamos en el silencio fresco de esta ciudad que me hizo nacer una y otra vez con generosidad y rigor.

F. M.

jueves, 13 de septiembre de 2018

HISTORIAS ÍNTIMAS


Quien más, quien menos, todos tenemos un berretín. Para aquellos lectores que no son de la Argentina o Uruguay, un berretín es una suerte de fijación, de capricho recurrente, de manía. La Real Academia es más elegante para definir este término, pero los rioplatenses tenemos muy claro lo que es un berretín. Bueno, no es raro que los míos se relacionen con los libros, las plantas aromáticas, especialmente las que se usan en la cocina, y, desde luego, las computadoras.
De las dos primeras no hablaré aquí, porque no corresponde y porque suelo visitar esos temas en mis manuscritos  Pero con las computadoras me pasa algo que sé que está mal, que se emparenta con una práctica muy difundida entre los automovilistas, que no debería confesar públicamente, pero que de todos modos (así son los berretines) he revelado en numerosas ocasiones. Dicho simple, me cuesta dar de baja un equipo. Para que una máquina vaya a reciclado tiene que haberse incendiado tras caer de un piso 100 en medio de un huracán categoría F5.
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Obviamente, estoy al día con cuanta tecnología sale, las pruebo, adopto algunas, descarto otras, etcétera, y, en general, me fascinan tales novedades. Mi berretín no tiene que ver con eso. Diría que es más bien un asunto económico, relacionado con otra de mis manías: detesto el derroche. La sola idea de comprar compulsivamente algo que después no voy a usar me eriza la piel. Y si un equipo todavía funciona, todo lo que hace falta es encontrarle una misión acorde a sus (en apariencia) obsoletas capacidades. Así, una PC que 10 años atrás fue mi máquina principal, hoy, con nueva fuente y discos más rápidos y generosos, sirve como backup automático. Otra, también veterana, se usa para ver cine. No soy usuario de Apple, y Netflix, Google Play y YouTube andan en ese equipo a la perfección.
Un tanque
Pues bien, esa notebook Inspiron 1545 (Dell), con unos 10 años y pesada como una locomotora, parecía haber llegado al final del camino. Después de todo, dos ultrabooks (una de la misma marca y otra de HP), livianas y rapidísimas, la había sustituido dos o tres años atrás. Con todo, veía esa Inspiron de carcasa roja a la que le había pegado el logo de Ubuntu, y me daba mucha pena. Mantenía su batería en condiciones, cargándola hasta un 40 o 50 por ciento cada dos o tres meses, pero su disco interno era tan lento que podías ver un capítulo de tu serie favorita antes de que arrancara el sistema, y dos más hasta que tuvieras el navegador en línea. Imposible.
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Ya me había rendido ante la evidencia -y eso que me cuesta- cuando la Dell Latitude, delgadita y veloz, se apagó una noche con el indicador de batería titilando en un bonito color naranja. Obviamente, supuse que se había desconectado el cargador. Pero no. Estaba correctamente enchufado, solo que su LED (el del cable) titilaba en un decorativo contrapunto con el de la máquina. La arranqué de nuevo. Me dijo que la batería estaba críticamente baja. Y se apagó. Le quité la batería. Esta vez ni siquiera se puso en marcha.
Como era tarde, estaba trabajando y no me encontraba de humor para caprichitos, fui a buscar la Inspiron. La Latitude estaba ahí, inerte, sobre la mesa, mientras la colorada se tomaba su tiempo para arrancar. Entonces se me ocurrió una idea. Si todo el problema de la Inspiron era el disco duro, y si en la Latitude -aparentemente fallecida- había un veloz disco de estado sólido (SSD, por sus siglas en inglés), ¿por qué no donarle ese SSD a la veterana y ver qué pasaba?
Adaptador y blooper
Hice una búsqueda rápida sobre la Latitude y, en efecto, más de uno había chocado contra la extravagante situación de que, sin batería, se negara a arrancar. Obviamente, podrían ser las memorias o el motherboard, pero de pronto mi berretín entró en escena y, del mismo modo que aquél consigue un raro repuesto para poder hacer andar de nuevo su Torino rojo, se me fijó la idea de reemplazar el horrible y lento disco mecánico de la Inspiron por el SSD de su pariente más joven.
Para mi asombro, conseguí enseguida el adaptador de SATA (el tipo de conector de los discos mecánicos) a mSATA (mini-SATA, el que usan los SSD). No era económico, pero costaba la mitad que un SSD.
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En mi ansiedad, pedí el adaptador de mSATA a SATA antes de abrir la Latitude. Sé que con un destornillador desarmo cualquier cosa (empecé a hacerlo a los tres años, más o menos; los juguetes no me duraban nada), así que me sentí muy confiado cuando mi proveedor de hardware me alcanzó el adaptador. Entonces me mandé un blooper histórico que sólo se explica por una razón: han pasado muchos años y muchas interfaces (el dispositivo que conecta el disco con la computadora) desde que armé mi primera máquina, y al final se me mezclaron los papeles. En mis cajones se amontonan rígidos de varias generaciones. Por lo tanto, cuando me trajeron el supuesto adaptador, les dije que eso estaba mal, que verificaran. En mi memoria, la interfaz SATA se me había mezclado con las ATA paralelas, tal vez con un toque de ESDI o de EIDE. Cuando verifiqué en casa las conexiones, descubrí (#facepalm) que el adaptador que me habían traído era el correcto.
Como me conocen y me tienen paciencia, a los pocos días me trajeron el mismo adaptador. Ahora venía la parte divertida.
Bailando por un disco
¡Sí, a desarmar! Recuerdo que a las 19 tenía una reunión cerca de casa, y que a las 18,20 llegué a casa con el adaptador y me puse a abrir la Latitude más o menos cinco minutos después. Ya había consultado un par de sitios en la Web, un poco como cuando miramos el trailer de una película, y, salvo por un truquito escondido que me llevó un minuto develar, a las 18,30 tenía el SSD sobre la mesa, prolijamente apoyado en la bolsita antiestática del adaptador mSATA a SATA (hay que tener cuidado con esos disquitos y con la electrónica en general).
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Excelente. Saqué el rígido de la Inspiron (dos tornillos) y ahí me encontré con el primer inconveniente. Como suele ocurrir, los discos mecánicos entran justos en una bahía que los guía prolijamente hasta el conector, escondido allá en el fondo.
Pues bien, no iba a poder darme ese lujo con el adaptador y el disco de estado sólido. Eran, dicho simple, dos plaquetas de un milímetro de ancho una sobre otra. Así que quedaban dos opciones. O bien sacaba toda la tapa de la base de la Inspiron (8 millones de tornillos) o bien trataba de arreglármelas para conectar los dos enchufes de SATA en sus correspondientes zócalos, casi a ciegas y con el reloj haciendo tic-tac. Al cuarto o quinto intento me di cuenta de que sin ayuda no iba a lograrlo. Corrí a mi caja de herramientas y traje una pinza de punta larga. Luego miré con la linterna dentro de la bahía y descubrí que sólo tenía que alinearla en el sentido horizontal, porque los zócalos estaban pegados a la base de la bahía.
No me pregunten cómo (creo que fue 82,5% suerte), a las 18,38 tenía el SSD conectado mediante el adaptador a mi vieja notebook. La di vuelta con cuidado (porque el grosor de la plaquetita ocupaba una novena parte de la bahía y bailaba de lo mas contenta) y la encendí. Originalmente, el SSD tenía instalado un Linux, pero no sé si no quiso arrancar o si mi impaciencia (y el reloj) me hicieron apagarla, conectarle un USB con el instalador de Ubuntu que tengo siempre a mano, y volverla a encender.
Me esperaba algo más complicado, les digo la verdad, pero un instante después el instalador hizo el característico bip y me puse a subirle un Linux a la notebook. Supuse que en el momento de buscar un disco duro me daría una mala noticia, pero no. Ahí estaba, el SSD de 128 GB, ni enterado de que lo habían cambiado de organismo (por así decir).
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Y tampoco hubo problemas en el proceso que siguió, más bien al revés; como los SSD son mucho más rápidos para (la mayoría) de las operaciones, a las 18,50 la pantalla me dijo que reiniciara para terminar la instalación, cosa que hice (nunca saquen el USB hasta que la máquina reinicie del todo), y ahora, como había anticipado, mi vieja Dell volaba. Medí el rendimiento del disco con gnome-disks. Era de más o menos 255 MB por segundo. Menos que en la Latitude, obviamente, pero antes, con el disco mecánico, apenas pasaba de los 50. Así que, habiendo quintuplicado la velocidad del almacenamiento, la robusta portátil parecía un Torino rojo, pero con turbocargador.
Prefiero no revelar qué técnica (por así decir) usé para mantener las plaquetas fijas en la bahía que antes ocupada el disco mecánico. Pero siempre tengan una colección de corchos en algún cajón. Están entre las cosas más útiles de la historia humana. Eso y un cuchillo bien afilado. A la reunión, obviamente, llegué puntual, mientras la Inspiron, rediviva, actualizaba su Linux.

A. T.

jueves, 26 de julio de 2018

HISTORIAS ÍNTIMAS


Cuando publicó Nombre falso, Ricardo Piglia incluyó una nota preliminar en la que decía lo siguiente sobre el origen de los cuentos que lo integraban: "Escribí los relatos de este libro (salvo uno) en 1975. En aquel tiempo vivía en un departamento de la calle Sarmiento, frente al viejo mercado de Montevideo, y cuando pienso en estos cuentos me acuerdo de una ventana que daba a un patio. Supongo que el hecho de haberlos escrito mirando cada tanto la luz de esa ventana les da para mí cierta unidad: como si las historias hubieran estado ahí, del otro lado del vidrio".

No sabemos cómo hubieran sido esos cuentos sin la visión de la ventana. Como sea, lo que me interesa de la descripción de Piglia es que siempre se escribe con un paisaje interior. Interior no solo porque sea íntimo, sino porque, sencillamente, transcurre en un ámbito cerrado. De paso, siempre descreí de esa idea del filósofo Nietzsche de que las mejores ideas se le ocurrían a uno caminando. Puede ser, pero esas ideas no son nada hasta que no se ponen por escrito. Y no conozco a nadie (quizás haya alguno) que escriba literalmente caminando.
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Entonces, para volver al principio, todos escribimos en un ámbito, y ese ámbito tiene un paisaje. De ese paisaje se ocupa justamente Autorretrato en el estudio, el libro del filósofo italiano Giorgio Agamben recién publicado por Adriana Hidalgo. Agamben lo dice casi enseguida: "Una forma de vida que se mantiene en relación con una práctica poética, cualquiera que sea, está siempre en su estudio".
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El estudio -y más restringidamente el escritorio- es el campo de operaciones. En el escritorio del diario, veo ahora delante de mí, sujetas en un tabique, las fotos de dos escritores argentinos muertos (cada uno a su manera un modelo posible de tensión en la escritura periodística, narrativa y aun poética) y una imagen de San Benito (modelo de disciplina y de cuidado del lenguaje).
Pero este espacio de trabajo es más bien impersonal, aun cuando justamente uno trate de volverlo propio con esos rostros. Agamben, igual que cualquier otro, tuvo varios estudios. No solamente de papeles, lapiceras y lápices vive quien escribe, y los objetos (fotografías personales o de escritores lejanos en el tiempo, reproducciones de pinturas, libros, cómo no) que convivieron con el filósofo en los lugares que habitó son un museo de la memoria, un museo que crece mientras él (nosotros) disminuye y no puede abarcar ya la magnitud del recuerdo de lo leído y de la experiencia.
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Pero nada de esto se reduce a un simple ejercicio evocativo. Cada imagen es la punta de un ovillo para devanar una idea filosófica o a veces poética porque, según nos dice Agamben, "un filósofo que no se plantea un problema poético no es un filósofo". El del espacio de trabajo es un problema más poético que filosófico, pero de la escritura poética queda su ausencia, convertida por eso en filosofía. Es ese el horizonte de escritura que siempre perseguimos y que, como todo horizonte, se va alejando, y más cuando cae la noche. La historia de los rostros y cuadros que pueblan el estudio, y que marcan nuestra escritura, empieza desde muy temprano. Agamben lo dice con pudor, literalmente entre paréntesis: "De jóvenes, la mano no sabe lo que busca; sabe, acaso, lo que rechaza, pero eso que rechaza dibuja la forma cóncava de lo que busca, de cualquier modo la guía hacia el bien no visto".
Pero ese "bien no visto" es una insinuación. Nos dice Agamben en otro pasaje de su libro: "En un extremo estará el himno -que es siempre celebración de un nombre-, y en el otro, la elegía, que lamenta la imposibilidad del himno y la caducidad de los nombres". Considerados de esta manera, himno y elegía están menos distantes de lo que podría pensarse. En todo himno hay siempre una elegía, y toda elegía recuerda un himno ahora imposible y anticipa negativamente su posibilidad futura.

P. G.

miércoles, 18 de julio de 2018

HISTORIAS ÍNTIMAS


Cada quien tiene su TOC, sus manías, sus zonas de embalaje frágil. A veces, la maternidad las activa de modo impredecible. Así me ocurrió con el temita del suelo y de la comida. Durante años instruí a mi hijo en las virtudes de la higiene, la prevención ante los gérmenes, y en que si algo se cae al piso no se come, se tira, puaj. Me fanaticé y, me temo, exageré. Me escuchó y, desde luego, elaboró su propia versión.
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Así llegamos a aquella tarde en la canchita de fútbol, en medio de un alto en el partido. Él y un amigo -ambos tendrían unos ocho años-habían venido a abastecerse de galletitas. Fue entonces cuando al otro chico se le cayó una al suelo. Durante el segundo (¿o microsegundo?) que el pibe tardó en levantarla y zampársela, vi pasar los centenares de pares de zapatillas y tierra y sudor y vestigios de veredas caminadas que había en el rectangulito de cemento sobre el que estábamos. Ni tiempo me dio. Cuando grité "¡no!", ya estaba reclamando líquido para terminar la deglución, mirándome y dirigiéndole un gesto intrigado a mi hijo, como preguntando "¿qué le pasa?".
Mi hijo le respondió. Y escuché la confirmación de que, por suerte, los niños siempre elaboran sus propias versiones de lo que nuestro agotamiento hizo vetusto, temeroso y rancio. La frase más cuidadosa con la que alguien alguna vez se refiriera a mis obsesiones. "Es muy sensible con eso", le explicó a su amigo con un tono que me cuesta definir, pero que era un tono risueño (la prueba de que mi voz, aunque escuchada, no equivalía a ley aplastante) y a la vez amoroso. Tan amable. Tan capaz de aceptar al otro como es, sin dramas ni enredos ni espejos tortuosos. Su amigo, otro sabio, entendió perfectamente. Asintió, terminó de liquidar la merienda, se tragó hasta la última gota de su botella de gaseosa, y a otra cosa, mariposa. A seguir peloteando.
Resultado de imagen para MADRES CON HIJOS ADOLESCENTES VARONES
Lo fácil que algunos pueden curarte un cachito del alma.
Hace unos días, volví a escuchar ese tono de voz que, internamente, bauticé como el "y... mamá es así". Estábamos en casa. Él estaba con otro de sus amigos, despuntando gestos de pre-preadolescentes y dándole duro a la Play. Yo estaba de espaldas a ellos, con mi laptop, enchufada a los auriculares y mirando por segunda vez una copia en DVD del musical Cats. Venía de una temporada difícil y había descubierto las virtudes terapéuticas de esa maravilla de música, sensualidad y color que se filmó a fines de los 90 y que una amiga me hizo descubrir recientemente.
Ahí andaba, sumergida en las Jellicle Cats Lyrics y el ronroneo infernal de Rum Tum Tugger, cuando me llegó, del otro lado de los auriculares, el rumor de la pregunta: "¿Qué mira?". Y la voz de mi hijo, didáctica, risueña y comprensiva, especializada en explicar ciertas rarezas (y ciertos consumos aún más extraños) de la madre: "Algo de unos gatos que bailan".
Imagen relacionada
Ay, los que llevamos el siglo XX adherido como una segunda piel. Ay, estos millennials recargados ("generación táctil" oí que les dicen a los pequeñines nacidos entre 2008 y 2010). La distancia entre mis "gatos que bailan" -ecos de una coreografía alguna vez bailada en el West End londinense, y luego en Broadway, y luego ante las cámaras de una producción en video- y las imágenes puramente digitales con las que mi hijo y sus amigos arremeten un nivel y otro nivel más.
Pero tal vez no haya tanta distancia. De pronto, los descubrí a los dos, uno a mi derecha, otro a mi izquierda, mirando el despliegue de los Jellicle Cats. Desconecté los auriculares. Los tres escuchamos esa tromba de energía que es la música de Andrew Lloyd Webber. En la pantalla, la gata Sillabub era puro hechizo.
Al rato, ya estaban ellos otra vez consola en mano y yo tarareando: " If you find there the meaning of what happiness is/ then a new life will begin". Y mi maestro en estas lides todavía cree que la que enseña es la madre.

D. F. I.

domingo, 8 de julio de 2018

HISTORIAS ÍNTIMAS


Servicios impensados que brinda Twitter. Hace unos días, el economista Juan J. Llach subió una foto del Ginkgo biloba que está frente al Jardín Japonés y recomendó no perdérselo justo ahora, cuando todas sus hojas han virado al amarillo.
Resultado de imagen para Ginkgo biloba que está frente al Jardín Japonés y
El domingo andaba por la zona, recordé aquel tuit y no dudé: me desvié, encaminé el auto hacia la avenida Casares y ahí me quedé unos minutos, los necesarios para saludar -en silencio, como corresponde- a esa discreta maravilla dorada. Tan digno, tan benévolo, tan bello.
Resultado de imagen para Ginkgo biloba HOJAS AMARILLAS
Levanté tres o cuatro de las hojas -esos abanicos estriados- que tapizaban la vereda, respiré hondo y me volví. Pensé en la antigüedad de los Ginkgo biloba, su manso estar en el mundo desde antes que nuestra especie surgiera. Pensé en el silencio exquisito de la vida vegetal, tan diferente de la opaca mudez. Y pensé en mis manos, que no resultaron bendecidas por el don de las "manitos verdes", pero hacen lo que pueden con las macetas de un balcón al que le sobran sol y viento, y le faltan habitantes con tiempos largos para cuidarlo.
Así y todo, las plantas de mi balcón y yo la vamos llevando. Renuncié a las variantes delicadas; acepté que en este vínculo solo resisten las más fuertes, las más humildes, las más empecinadas. Malvones y geranios. Suculentas. Cactus. Y algunas otras cuyos nombres no conozco -la enciclopedia no estaría siendo lo mío-, pero que ahí están, tranquilas y adaptadas al solazo del último piso. Parte de la familia.
Entonces ocurrió. El sábado, cuando trasplantaba un geranio necesitado de una maceta mayor. Y otra vez el domingo, bajo el influjo del Ginkgo biloba del Jardín Japonés. Me acordé de Man Ninotte.
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¿Quién es Man Ninotte? La madre del escritor martiniqueño Patrick Chamoiseau y centro, motor y enorme inspiradora de La matière de l'absence, uno de los últimos libros publicados por el autor. La ausencia a la que refiere el título es la de la mismísima Man Ninotte, fallecida recientemente. Pero también la ausencia existencial, el vacío imprescindible a partir del cual es posible la palabra, el deseo, el gesto vital. Y aún más la ausencia de origen, inscripta como una llaga imborrable, en todos los descendientes -entre ellos, Man Ninotte y Chamoiseau- del tráfico de esclavos de los siglos XVII y XVIII. De todo esto, y más, logra hablar el escritor caribeño en un libro inclasificable y torrencial. Allí, entre reflexiones lingüísticas, antropológicas, estéticas y políticas, habla de su madre. Y entre los múltiples aspectos de aquella mujer a la que, ante todo, define como "la guerrera", están las plantas. Man Ninotte, que crio prácticamente sola a cinco hijos, que era pobre y tenaz, y estaba perfectamente acostumbrada a lidiar cara a cara con el infortunio, "veneraba a las plantas". Instalada en la ciudad, lejos de la exuberancia de los montes donde había crecido, se prodigaba en frascos, latas y todo tipo de recipientes donde ubicaba tierra, brotes, semillas. Como las curanderas a las que solía frecuentar, suponía que en el mundo vegetal, desde el árbol más imponente hasta la flor más delicada, residía un conocimiento "mucho más grande que nosotros mismos".
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Man Ninotte y sus amigas creían que, en un tiempo anterior al más ancestral de los tiempos, las plantas habían sido parte de los "astros muertos y los cometas vivos", que entre ellas existía un lenguaje secreto e imposible de descifrar; que algunas, incluso, eran capaces de "domesticar" a los seres humanos. En la abigarrada vegetación de Martinica -aseguraban- bullía el saber de una biblioteca sin escritos ni páginas. "Bastaba abrirla -escribe Chamoiseau- para sumergirse en el más extraordinario de los archivos de la vida y del porvenir". Y me encanta la idea, incluso en la más urbana de sus posibles variantes. Porque qué más, para estar en casa, que una biblioteca y un jardín (o un balcón con ganas de verde).

D. F. I.

domingo, 1 de julio de 2018

HISTORIAS ÍNTIMAS



Inés, dedicada a su trabajo y al cuidado de su madre incapacitada, tenía el empleo ideal. Dominaba varios idiomas, especialmente inglés y francés, elegante, refinada y de una inteligencia aguda. En su cargo de secretaria de una importantísima multinacional estaba como pez en el agua.
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Luego de veinte años de desempeño, su prestigio no paró de crecer y fue designada para asistir de manera personal al CEO de la empresa. Creyó tocar el cielo con las manos, era el lugar soñado de cualquier secretaria ejecutiva y además su nuevo sueldo la liberaba de preocupaciones respecto del cuidado de su madre.
Pero pronto el sueño se convirtió en pesadilla.
Su jefe, católicamente casado y con cinco hijos, era un misógino machista, dueño y señor en las alturas de la torre vidriada en Puerto Madero. Disfrutaba maltratando a Inés. Primero, miradas despectivas; luego, comentarios sarcásticos, ironías burlonas, y ya al cabo de un mes, agresiones directas. Inés bajaba la mirada, contenía el aliento y corría a desahogarse al baño.
Pero estalló el día en que la echó del despacho con gritos destemplados y mirada feroz: ese fue su límite. ¿Cómo terminar con esa tortura si necesitaba el dinero y no podía renunciar ni protestar? "Tiene que haber algún modo", pensó.
Conocedora del mundo corporativo y sus personajes masculinos y basándose en las características del jefe, diseñó y estructuró un plan que puso en acción el viernes siguiente a última hora.
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Era el comienzo de la primavera, momento en que el atardecer tiñe de rosas y púrpuras el cielo porteño sobre el perfil de los edificios. Con el abrigo y la cartera en la mano fue al despacho del jefe. "Adelante", dijo este al oír el suave toc-toc. Abrió la puerta, pero no entró, apoyada en el vano, esperó a que la mirara y entonces, casi susurrando, pero con firmeza, dijo: "Señor, me retiro. Nos vemos el lunes. Pero antes de irme quiero decirle algo que ya no me puedo guardar, algo que usted debe saber. Su conducta hacia mí, sus ironías, gritos e insultos tienen un poderoso efecto en mí: me encienden sexualmente. Muchas veces debo correr al baño a desahogarme porque no me puedo aguantar y su recuerdo me quema en las entrañas. Es mi deber decírselo para agradecerle y que sepa cuánto bien me hace y cómo promueve mi placer más íntimo. Creo que me hace acordar a mi papá. Gracias y hasta el lunes". Cerró la puerta y se fue.
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Y ganó. El maltrato no pudo continuar. Como una eximia maestra de aikido, Inés volvió la fuerza del jefe contra él mismo. A partir de sus palabras insólitas, el macho sometedor que inferiorizaba y sometía a su presa vio atadas sus manos. El "excitante" maltrato cotidiano que generaba ese escenario de erotismo y desenfreno no podía continuar. "¡Vade retro Satanás!", gritaba la conciencia de este devoto feligrés de misa, hostia y confesión que contuvo a partir de entonces sus impulsos hostiles para así no contaminarse con semejante pecado y desenfreno sexual y mantener vigente su visa de ingreso al paraíso.

D. W.

jueves, 26 de abril de 2018

HISTORIAS ÍNTIMAS


El ordenamiento de una biblioteca puede ser un ejercicio peligroso. Los papeles que olvidamos entre las páginas vuelven de pronto como un fantasma o como un doble nuestro; pero el doble de alguien que fuimos y ya no somos. Eso se nota sobre todo en la caligrafía, tan parecida a la que tenemos ahora, y sin embargo completamente otra, irreconocible como nuestra voz en una grabación. Por eso, en su ensayo
"Desembalo mi biblioteca" -muy citado y muy famoso, con justicia-, Walter Benjamin anotó que si es cierto que toda pasión linda con el caos, la del coleccionista roza el caos de los recuerdos.
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En realidad, habría que simplificar la idea: la biblioteca misma, por sí sola, es peligrosa. Su posesión, como dije alguna vez, nos regala la ilusión del tiempo, de que viviremos lo suficiente para leer todos esos libros. Pero, por otro lado, la posibilidad de su pérdida nos amenaza, igual que la pérdida definitiva de un ser querido, con perdernos a nosotros mismos.
No hubo otra biblioteca como la de Aby Warburg.
La historia es conocida y Alberto Manguel la cuenta con mucha agudeza en La biblioteca de noche. Inmenso historiador de arte, crítico, coleccionista, Warburg venía de una familia hamburguesa de tremenda fortuna. Primogénito, ya a los 13 años, hacia 1879, renunció sin embargo a sus derechos de heredero en favor de su hermano, con la condición de que se le proveyera todo el dinero que pidiera para comprar libros. Su ex libris (el lector puede revisarlo en Google) es el más hermoso que yo haya visto jamás. Llegó a tener alrededor de 60.000 volúmenes.
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Pero lo más impresionante de la biblioteca warburgiana no es esa cifra sino su organización, que hasta ahora nadie consiguió explicar satisfactoriamente. Esa organización estaba regida por un principio circular, y el ordenamiento no se sometía a ninguna convención conocida: ni alfabética, ni temática, ni geográfica, ni idiomática, ni nada. El orden era aquel que Warburg quería darle y, según esa ley, la filosofía podía tocarse con la astrología, por ejemplo.
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La biblioteca de Warburg era la proyección en el espacio del laberinto intelectual de Warburg, su correlato. Su pensamiento adoptaba también esa forma espiralada y de apariencia arbitraria. Un buen día lo convencieron de hacer públicas las visitas a la biblioteca, la suya. Ese día (o esos días) la salud mental de Warburg empezó a vacilar y se quebró; sobrevinieron los fenómenos alucinatorios y los delirios persecutorios. Era comprensible: ¿quién querría que otros visitaran nuestro pensamiento? Lo trató Ludwig Binswanger, y quien tenga curiosidad puede leer la correspondencia entre Warburg y el psiquiatra, recogida ahora en
La curación infinita (Adriana Hidalgo editora). En cambio, para saber cómo pensaba Warburg alcanza, por lo menos para empezar, con su examen de Almuerzo en la hierba, la pintura de Manet. En 1924, salido de una de sus internaciones, pudo dar una conferencia. "He podido regresar a mi patria, mi familia y mi biblioteca", les contó en una carta a los directores de la clínica Bellevue.
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Pero volvamos al principio. "De todos los modos de procurarse libros -escribió también Benjamin, que trabajó en el mismo espíritu de Warburg- el más glorioso es el de escribirlos uno mismo". Hay que entender la frase sin ningún matiz de vanidad. Un pianista de jazz, Paul Bley, dijo una vez que nunca grababa un disco que pudiera comprar en Tower Records (eran otros tiempos). No es lo que pasa con nosotros. Lo que nosotros queremos (hablo en realidad nada más que por mí mismo; sin comprometer a terceros) es escribir los libros que nos convirtieron en quienes somos, que hicieron que llegáramos a ser lo que somos. Solo al escribirlos nosotros mismos, y en nuestros propios términos, hacemos esos libros enteramente propios, los poseemos, por fin y para siempre, del todo.

P. G.