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miércoles, 15 de julio de 2020

HISTORIAS DE VIAJE,


Valles Calchaquíes
Martín Caparrós: "Nos resulta más fácil imaginar el final del ...
Martín Caparrós

En su viaje por el interior de la Argentina, el cronista llega después de tres días a caballo a Amblayo, un pueblo de cuatro docenas de casas de adobe, entre montañas de colores
Nunca había oído tantas frases empezadas por "mi abuelo me contaba que" -como en mi abuelo me contaba que antes había mucha más gente en el pueblo, mi abuelo me contaba que antes sabían irse a llevar ganado para el lado de Chile, mi abuelo me contaba que- como ahora en Amblayo . La tradición debe ser eso.
Por Amblayo no pasan los caminos. Hay uno que llega hasta ahí, pero después no sigue. Por eso Amblayo ahora es más chico que antes, cuando hicieron la capilla de techo de mosaico azul, hacia 1700. Amblayo tiene doscientos habitantes y sus cuatro docenas de casas de adobe, muchos sauces, montañas de colores, sus famosos quesos y dos horas de luz cada sábado y domingo. La luz viene de un generador y hay un señor que lo maneja. Cuando alguien quiere un poco más de luz porque su hija cumple quince -un suponer- puede pagar los seis litros de gasoil que consume por hora. Entonces, esas noches, todo el pueblo tiene luz: todo el pueblo participa, de alguna forma, de la fiesta.
-Es un poco raro cuando viene la corriente, ha visto. Viene esa luz que está por todas partes.
Me dice una vieja. La luz de las lámparas es grosera, no hace distingos; una vela, en cambio, crea su propio espacio: ilumina solo a su alrededor, a quienes tiene cerca.
En un rancho en medio de montañas en medio de la nada como un cabrito extraordinario. José me dice que es porque ha podido mejorar la raza de su rebaño con un chivo anglo:
-Acá los políticos cuando quieren que los votés vienen y te regalan chivos. Ta bien: por lo menos sirven para algo.
En Amblayo, es obvio, no hay televisión. Para escuchar la radio Nacional y una radio de Córdoba pueden poner unas antenas y orientarlas: así se enteran, de vez en cuando, de las noticias....Martín Caparrós
De la guerra de Corea a Amblayo | Relatos de Salta
En Amblayo , es obvio, no hay televisión. Para escuchar la radio Nacional y una radio de Córdoba pueden poner unas antenas y orientarlas: así se enteran, de vez en cuando, de las noticias que se les ofrecen: un aumento de precios del petróleo, un crimen en Martínez, un tsunami en el océano Índico, la pelea de un presidente con un gobernador. Yo llegué a caballo, desde el sur del valle de Lerma. Fueron tres días de quebradas tropicales, helechos como casas, olores sedicentes, ese río, y después caminos de montaña donde las patas de los caballos trastabillaban sobre piedras a diez centímetros del vacío más perfecto. Cruzábamos a 3200 metros, envueltos en la nube que escondía el precipicio que se abría tan al lado. Cada tanto había que parar para ajustar las cinchas de los animales y hacerlos descansar y preguntarnos si estábamos vivos todavía. Fueron dos días sin ver otras personas, y todo el tiempo recordaba aquella frase de que la patria se hizo a caballo, y me preguntaba qué idea de la patria se hizo a caballo.
Martin Caparros El Interior La Primera Argentina Planeta - $ 400 ...
No me imagino a Sarmiento a caballo pero sí a Facundo , no a Echeverría pero sí a don Juan Manuel , no a Moreno pero sí a San Martín, no a Miguel Cané pero sí a Roca. Aunque, de todas formas, en estos viajes, en esa travesía lenta, al paso, con las mulas cargadas, pensaba que lo que sí se hizo a caballo fue la población de todas estas tierras y los transportes y comercios que la hicieron vivir durante siglos, hasta hace muy, muy poco. La patria, durante muchos años, fue un hervidero de trabajadores de a caballo, de pobrerío de a caballo. A caballo el tiempo cambia -son horas y más horas al paso por caminos que no se acaban nunca, el silencio tan largo. A caballo uno no pasa por los lugares: está en movimiento en los lugares. A caballo uno depende de casi todo lo que lo rodea: forma parte. A caballo un viaje se hace tan aleatorio. Fueron tres días extraños, en un borde. Después de esa jornada, Amblayo me resultó tan hospitalario y, sobre todo, tan civilizado.
Jacinto el carnicero anda puteando porque acaba de descubrir que la vaca que está carneando está preñada.
-Yo qué iba a saber, me la trajeron así del campo. Yo no me fijé, pensé que si ellos la habían traído por algo era. Jacinto, el carnicero de Amblayo, tiene poco trabajo. Una vez por año, para las fiestas de la Candelaria, dentro de dos días, mata y carnea dos vacas. Después, en mayo, cuando se viene el frío, mata unas pocas más para hacer charqui que dure lo que el frío. El resto del tiempo cada cual carnea sus corderos, y Jacinto el carnicero cuida su finquita o se va a buscar trabajo a Salta.
Alcanza con mirar cardones y algarrobos para entender algunas cosas de estas vidas; después, cerrar los ojos y entender que no entendiste nada, o casi nada.

Fragmento de El interior. La primera Argentina , publicado por Editorial Planeta

martes, 14 de julio de 2020

HISTORIAS DE VIAJE,


El río sin orillas
A 15 años de la muerte de Juan José Saer, el gran escritor de la ...
Juan José Saer

Con la nariz pegada al vidrio de la ventanilla del avión que dos o tres veces al año lo traía de vuelta de París, el escritor contempla la unión de los ríos que forman el Plata; desde arriba se aprecia la letra griega mayúscula que le da nombre a esa confluencia: "delta". Fragmento del capítulo inicial de El río sin orillas.
Una mañana, de primavera como corresponde, a mediados de la década pasada, una mañana en que veníamos con atraso, hubo un momento mágico en el avión semivacío. Ya íbamos llegando, y aunque debíamos haber aterrizado en Buenos Aires a las siete y media de la mañana, ya era cerca de mediodía. Desde hacía un buen rato, el avión había iniciado las maniobras de aterrizaje en un cielo tranquilo, claro y despejado. Yo me dejaba estar en mi asiento, observando a los grupitos que conversaban y se reían, hombres en general, deshilvanando charlas de café cordiales e intrascendentes, bajo la mirada escéptica de sus mujeres acurrucadas bajo las mantas. El ronroneo constante de los motores apagaba un poco las voces, en las que por el acento y la entonación de las frases más que por el significado de las palabras, me parecía distinguir, distante y fragmentario, algún sentido. Calma y viaje dichoso , el título de una composición de Mendelssohn, con el que desde hacía años había tratado infructuosamente de escribir un poema, se presentó de inmediato en mi memoria, y me di cuenta de que esas conversaciones apagadas que oía desde mi asiento, me recordaban las conversaciones de adultos que, antes de dormirse, los chicos oyen desde la cama. Hay un estado de la fatiga que puede ser delicioso, cuando dejamos de luchar contra ella y la tensión se relaja, induciéndonos al abandono y a la irresponsabilidad; ese momento que puede ser también, según Freud, la hora del lobo, en la que, descuidando la vigilancia de la represión, el inconsciente aflora y desmantela nuestra reserva, la hora de las asociaciones inesperadas, de las emociones ocultas y de lo arcaico. De pronto dejé de estar en el avión para encontrarme en alguna remota mañana de Serodino, en mi pueblo, una de esas mañanas soleadas y desiertas de los pueblos de la llanura, de modo que me vino, durante varios minutos, una impresión de unidad, de intemporalidad y de persistencia. Durante esos instantes el ritual, desgastado por la costumbre, recuperó, en la situación más adversa, el mito inextinguible.
Adp El Rio Sin Orillas Juan Jose Saer / Ed Alianza 1991 Bsas ...
El triángulo de tierra, de un verde azulado, apretado por las dos cintas inmóviles casi incoloras, yacía allá abajo, en medio de una inmensa extensión chata del mismo verde azulado, inmóvil...Juan José Saer
Fue en ese mismo instante cuando, desde la cabina de comando, el piloto nos acordó, por los altoparlantes, en los tres idiomas habituales, castellano, inglés y francés, una gracia suplementaria. Harto tal vez de incitarnos a admirar, por reglamento, la consabida ciudad de Casablanca en el amanecer, el infaltable Cristo del Corcovado en los despegues de Río y un Porto Alegre puramente nominal, nos informó que a nuestra derecha podíamos contemplar, si lo deseábamos, "el punto en que confluyen el río Paraná y el río Uruguay para formar el Río de la Plata ". Ese anuncio inhabitual, que fue la primera y última vez que escuché en los vuelos a Buenos Aires , fue quizás un simple capricho del piloto deseoso de hacernos partícipes de su panorama, o a lo mejor un pensamiento formulado en voz alta, autodescriptivo de su percepción, que, a causa del prolongamiento sonoro de los altoparlantes, se propaló por todo el avión, desde la cabina de comando hasta la cola. Lo cierto es que los que nos asomamos a las ventanillas de la derecha pudimos admirar, con la nariz pegada al vidrio para abarcar el campo visual más amplio posible, el famoso punto de confluencia.
La distancia, eliminando accidentes y rugosidades, resuelve todo en geometría: ese peñasco estéril y poroso que llamamos luna, se estiliza en círculo perfecto para nuestros ojos inventivos que, incapaces de ver los detalles, le otorgan la apariencia de un arquetipo. Del mismo modo, el que primero llamó "delta", por su similitud con la mayúscula griega, a la confluencia de dos ríos, debió ser alguien que la estaba mirando desde lejos y en la altura, porque de otro modo no hubiese podido percibir el vértice perfecto que forma la tierra firme en el punto en que los dos brazos de agua se reúnen.
El triángulo de tierra, de un verde azulado, apretado por las dos cintas inmóviles casi incoloras, yacía allá abajo, en medio de una inmensa extensión chata del mismo verde azulado, inmóvil, inmemorial y vacía, de la que yo sabía, sin embargo, mientras la observaba fascinado que, como todo terreno pantanoso, era una fuente inagotable de proliferación biológica. Visto desde la altura, ese paisaje era el más austero, el más pobre del mundo -Darwin mismo, a quien casi nada dejaba de interesar, ya había escrito en 1832: "no hay ni grandeza ni belleza en esta inmensa extensión de agua barrosa"-. Y sin embargo ese lugar chato y abandonado era para mí, mientras lo contemplaba, más mágico que Babilonia, más hirviente de hechos significativos que Roma o que Atenas, más colorido que Viena o Ámsterdam, más ensangrentado que Tebas o Jericó. Era mi lugar: en él, muerte y delicia me eran inevitablemente propias. Habiéndolo dejado por primera vez a los treinta y un años, después de más de quince de ausencia, el placer melancólico, no exento ni de euforia, ni de cólera ni de amargura, que me daba su contemplación, era un estado específico, una correspondencia entre lo interno y lo exterior, que ningún otro lugar del mundo podía darme. Como a toda relación tempestuosa, la ambivalencia la evocaba en claroscuro, alternando comedia y tragedia. Signo, modo o cicatriz, lo arrastro y lo arrastraré conmigo dondequiera que vaya. Más todavía: aunque trate de sacudírmelo como a una carga demasiado pesada, en un desplante espectacular, o poco a poco y subrepticiamente, en cualquier esquina del mundo, incluso en la más imprevisible, me estará esperando.

El río sin orillas , Tratado imaginario (1991), publicado por Seix Barral, Editorial Planeta

lunes, 13 de julio de 2020

HISTORIAS DE VIAJE,


Tras las huellas galesas en el confín del mundo
Bruce Chatwin, an Homage - The New York Times
Bruce Chatwin
Una supuesta piel de brontosaurio observada en la infancia lanzó al escritor inglés a explorar la Patagonia, territorio al que consideraba mítico y al que le dedicó su libro más notable
Dejé atrás el río Negro y seguí viaje rumbo al sur, en dirección a Puerto Madryn
Ciento cincuenta y tres colonos galeses desembarcaron allí del bergantín Mimosa, en 1865. Eran gentes pobres que buscaban un Nuevo Gales, refugiados de estrechas cuencas carboníferas, de un movimiento independentista fracasado y de la prohibición del galés en las escuelas. Sus líderes habían rebuscado en la tierra una extensión de campo raso que no estuviera contaminada por los ingleses. Eligieron la Patagonia por su absoluta lejanía y pésimo clima: no pretendían enriquecerse.
El gobierno argentino les concedió tierras a lo largo del río Chubut . Desde Madryn había que recorrer un trayecto de sesenta kilómetros por el desierto espinoso. Y cuando llegaron al valle les pareció que quien les había dado la tierra había sido Dios, no el gobierno.
Recorrí la explanada y observé la línea uniforme de acantilados que se expandían en torno de la bahía. Su gris era más claro que el del mar y el cielo...Bruce Chatwin
Gaiman: Tierra de galeses en Argentina | Crónicas del Sur del Mundo
Puerto Madryn era una ciudad de pobres edificios de hormigón, chalés de hojalata, barracas de hojalata, y un jardín barrido por el viento. Había un cementerio con cipreses oscuros y resplandecientes lápidas de mármol negro. La calle Saint Exupéry recordaba que la tormenta de Vol de nuit se había desarrollado en alguno de aquellos parajes.
Recorrí la explanada y observé la línea uniforme de acantilados que se expandían en torno de la bahía. Su gris era más claro que el del mar y el cielo. La playa era gris y estaba sembrada de pingüinos muertos. A mitad de camino se levantaba un monumento de hormigón en memoria de los galeses. Parecía la entrada de un bunker. Sobre sus flancos tenía embutidos relieves de bronce que representaban la Barbarie y la Civilización. La Barbarie mostraba a un grupo de indios tehuelches, desnudos, con músculos dorsales laminados al estilo soviético. Los galeses estaban del lado de la Civilización: ancianos barbudos, jóvenes con guadañas, y muchachas pechugonas con bebés.
A la hora de la cena, el camarero lucía guantes blancos y me sirvió un cordero carbonizado que rebotó sobre el plato.
chatwin bruce - en la patagonia - Iberlibro
 Un inmenso mural de gauchos que arreaban ganado hacia un crepúsculo anaranjado se desplegaba sobre la pared del restaurante. Una rubia anticuada capituló ante el cordero y se dedicó a pintarse las uñas. Un indio entró borracho y se echó al coleto tres jarras de vino. Sus ojos eran ranuras incandescentes en el escudo de cuero rojo de su rostro. Las jarras eran de plástico verde con forma de pingüinos.
Tomé el micro nocturno del valle de Chubut . A la mañana siguiente estaba en la ciudad de Gaiman , en el centro de la Patagonia galesa actual. El valle tenía unos siete kilómetros de ancho, y consistía en una red de campos irrigados y barreras de álamos, todo ello implantado entre los taludes blancos del barranco: un valle del Nilo en miniatura.
CONOZCAMOS LA ARGENTINA: TREVELIN EL PUEBLO GALES QUE VOTO SER ...
Las casas más antiguas de Gaiman eran de ladrillo rojo, con ventanas de guillotina, pulcros huertos y hiedra domesticada para crecer sobre los porches. Una casa se llamaba Nith-y-dryw, "El nido del reyezuelo". Dentro, las habitaciones estaban encaladas y tenían puertas pintadas de marrón, picaportes de bronce lustrado y relojes de péndulo. Los colonos habían llegado con pocos bienes personales, pero se habían aferrado a los relojes de su familia.
La casa de té de la señora Jones se hallaba en el otro extremo de la ciudad, donde el puente conducía a la capilla. Sus ciruelas estaban maduras y su jardín estaba lleno de rosas.
-No puedo moverme, querido -gritó desde adentro-. Tendrás que entrar y conversar conmigo en la cocina.
Era una octogenaria rechoncha. Se hallaba sentada y envarada frente a una mesa de pino muy fregada, rellenando tartas de cuajada de limón.
-No puedo moverme ni una pizca, querido. Estoy lisiada. Tengo artritis desde la inundación y deben transportarme a todas partes.
La señora Jones señaló la línea que marcaba el lugar hasta donde había llegado la riada, por encima del friso pintado de azul, sobre la pared de la cocina.

-Aquí me quedé varada, con el agua hasta el cuello.
Había llegado hacía casi sesenta años desde Bangor, en Gales del Norte. Desde entonces no había salido del valle. Recordaba a una familia que yo había conocido en Bangor y comentó:
-Qué curioso, el mundo es pequeño. No lo creerás -prosiguió-. No si me ves tal como soy ahora. Pero en mis buenos tiempos fui una beldad.
Y me habló de un chico de Manchester y de su ramo de flores y de la riña y de la partida y del barco.
-¿Y cómo está la moral allá por casa? -preguntó-. ¿Baja?
-Baja. Aquí también está baja. Con todas estas matanzas. No se sabe dónde terminará todo.
Gaiman | PATAGONIA-ARGENTINA.COM |
El nieto de la señora Jones ayudaba a atender la casa de té. Comía más pasteles de lo conveniente. Llamaba a su abuela "Granny", en inglés, pero por lo demás no hablaba inglés ni galés.
Dormí en la Draigoch Guest House. Sus propietarios eran unos italianos que ponían canciones napolitanas en el tocadiscos automático hasta altas horas de la noche.
Estos fragmentos pertenecen a En la Patagonia (Editorial Península). Trad.: Eduardo Goligorsky

domingo, 12 de julio de 2020

HISTORIAS DE VIAJE,


El norte y una magia hecha de silencios
Héctor Tizón, un creador inolvidable, vuelve en "Un escritor de ...
Héctor Tizón
Jujuy, gran protagonista de las novelas y cuentos del autor de Fuego en Casabindo, también emerge en sus ensayos y crónicas; aquí, dos postales de ese fervor norteño
EN LA QUEBRADA DE HUMAHUACA
Reencuentro en Purmamarca. Mañana del domingo
Apartir de Tumbaya el camino se endereza y los cerros se ponen al alcance de la mano; en las faldas de los pequeños valles los alfalfares están verdes. El coche jadea pero se impone, aunque la marcha disminuye. Un niño a la distancia, sentado en una piedra, está solo como un duende. Aquí el ojo es la medida del mundo. A la vista de estos prados placenteros sentimos la primitiva complicidad del cuerpo con la tierra, del gozo con la muerte.
El mismo domingo, al mediodía
La Iglesia sale a la plaza con un Jesús flaco, el cuerpo desnutrido y largos cabellos negros, y al lado, afuera, el torturado algarrobo que antes fue patíbulo se propone ahora como postcard. Una armonía de conjunto que va deshonrándose debido al progreso. En el centro de la plaza, un chorro de agua se inspira en la mecánica urbana de comienzos de siglo. Pero no hay palomas, porque el criterio suboficial de la Colonia no se permitió aquí los altos campanarios ni los torreones. Ya hay, en cambio, como un rumor sordo, un ritmo que nace en el aire, que nace y se apaga enseguida. Vehículos de toda ralea comienzan a llegar; desde la víspera las tiendas de campaña repueblan los potreros. Muy pronto se verán dos grupos de personas: los que están v los que son, y esto que no es evidente en muchos casos por la indumentaria ni por los gestos, se pondrá en claro por una recóndita memoria, puesto que la actitud de esta gente es también la de aquellos que apuestan a la civilización sabiendo que perderán; y en ello radica su sabiduría y su tristeza. Afortunadamente no hay radios ni altavoces en el pueblo, no hay escándalo. Las cajas comienzan a templarse con timidez. Pronto se forman pequeños grupos aislados, mientras el atardecer avanza y también la luna, o su mera luz, infalible como un mito.
En el banquete nadie recogerá lo que caiga al suelo, porque esta casualidad será una señal propicia, un guiño sensual de la vida eterna.

Noche del domingo. Fiesta de la copla
Héctor Tizón, un creador inolvidable, vuelve en "Un escritor de ...
Con las primeras sombras de la noche todo empieza. La comida será de cabritos, animal reputado como rijoso y loco, y el vino ha de ser gratis. En el banquete nadie recogerá lo que caiga al suelo, porque esta casualidad será una señal propicia, un guiño sensual de la vida eterna. Unos borrachos vienen a saludarnos, nos conocen de algún lado, nos estrechan las manos con torpe e insistente ternura, ofreciéndonos el jarro de donde beben. Vamos, dicen. Quieren decir: vamos adentro de la fiesta. Pero sus ojos, la sonrisa dibujada en sus labios está diciendo más. Dicen: si usted no participa, si no es parte de la vida, si no se interesa en ella, entonces sí la muerte le parecerá un acto solitario y atroz. Después nos llevan hacia donde la fiesta ha comenzado. Ya son cien, doscientos los cantores. El ritmo, la armonía, la medida no tienen sitio aquí, tampoco son estas fiestas solo para jóvenes y doncellas; las mujeres viejas y los hombres disminuidos por el rigor de la vida no están proscriptos. Todos están igualados por un rasero ceremonial y absoluto; todos valen por igual a partir de ese momento impreciso en que las conciencias comienzan a nublarse. Y entonces es la oportunidad del forastero, de ejercitar su acto de humildad: beber y entregarse a su propia manera y como le mande el cuerpo. Y cantar, pero sin las exclamaciones y ademanes del falso entusiasmo sino al ritmo de este son monótono, acompasado por los movimientos de los que lo asumen como una alegría aparentemente rígida, ritual y desdichada. La civilización está matando a los dioses y los dioses se repliegan en el campo, en lo campesino. Aquí no hay otras fiestas que las religiosas, que se cumplen bebiendo y cantando. Todas las celebraciones tienen que ver con la tierra, con la muerte, con el destino. Y el templo de sus dioses son las costumbres, allí están o se sienten a salvo porque el progreso las respetará, por inocuas y meramente "pintorescas". En este pacto no escrito el hombre de aquí demuestra su astucia. Deja participar de las tradiciones o fiestas al ajeno, pero éste solo llegará a la superficie; más abajo él estará libre, porque el intruso únicamente verá lo de afuera.
Paisaje de Jujuy 
Domingo al amanecer
Entre la noche cerrada y el amanecer, el alma vuela; es como una paloma loca, o como un gorrión. Momentos antes de que el sol despunte, los forasteros yacen en sus tiendas, pero aún quedan cantores pertinaces; en tanto amanece se los escucha con intermitencia, como borrajas de la fiesta ya morigerada por la altura y el frío de la noche. Y al final, el sol y el lunes. El día en el que el hombre, todos, volvemos a ser otros.
LA PUNA
La Puna, el gran desierto lunar cálido y frío, más que un lugar geográfico es una experiencia. Quien no conoce la vastedad de su silencio y de su soledad nunca podrá conmoverse. Los manuales de geografía la describen más o menos así: "Corresponde a una gran zona ubicada generalmente por encima de los 3000 m. Espacio de gran amplitud térmica. Durante el día tiene lugar una fuerte insolación y se registran temperaturas de hasta 300°C., pero de noche debido a la gran irradiación terrestre las temperaturas son muy bajas". Y todo esto, siendo casi exacto, nada significa. Cabalonga, Orosmayo, Rachaite, Rinconada y Cochinoca, Macoraite, Muñayoc, Tusaquillas, Casabindo, Canchalante, Vilama, Huancar, Pumahuasi, son sus nombres eufónicos. Albas claras, frías y transparentes, hacia el mediodía comienza a desaletargarse el viento, cálido y caprichoso como un dios menor, que sopla y se apacigua en los atardeceres, para morir antes de la noche deslumbrante. Solo este puñado de gente -menos de uno por kilómetro cuadrado- que disminuye año a año, puede vivir en estos altos desiertos indigentes e ingratos. Ellos nada le piden, y esta dura intemperie es indiferente a sus obstinados pobladores. Este desierto, ultrajado cuando sopla el viento, hecho de estelas geológicas y de sal, eternamente silencioso, fue sin embargo, en los tórridos días y en las altas noches el escenario de paso de séquitos imperiales, de zaparrastrosas tropas guerreras, de conquistadores extraviados y locos detrás de equívocas quimeras. Hoy el inmenso páramo sigue igual, únicamente el hombre disminuye, desguarneciendo esta frontera que jamás acató. Los habitantes de la Puna, cuando se estimulan en lutos y celebraciones, muestran esa feroz alegría que es característica de los pobladores del desierto. Para esta gente la vida es un ritual constante, un camino sombrío y repetido, como el mismo suelo donde vive, sin ostensibles variantes. No es frecuente el crimen entre los puneños; y cuando ocurre lo es por causas menores: por la propiedad de las cosas, por ejemplo. Casi nunca por odio, por amor, por alguna pasión ciega, repentina y gratuita. Ellos tienen muchos dioses, los antiguos, soterrados y confundidos, y los extraños. El cristianismo entre ellos es solo un pretexto para encubrir su casi incorrupto paganismo. La gente dice así: "Soy de mi señor san Roque, o de Santiago o de san Juan", y aquí el culto de los santos es una verdadera adoración: los santos no son meros personajes celestiales sino verdaderos dioses, que tutelan o protegen determinadas actividades de los hombres: san Isidro de las cosechas, san Juan de los multiplicos o acrecentamientos de las majadas, san Roque del amor entre los perros, instrumento auxiliar del pastor, Santiago, tutelar de los truenos, no por las lluvias, escasas, que aquí solo sirven para incomunicar cortando los caminos, sino para evitar los rayos. Y cuando el último de los descendientes de estos tercos pobladores se haya ido, la tierra seguirá igual, las piedras hipnotizadas por la luna, el polvo estremecido por el viento.

Estos textos pertenecen al libro Un escritor de frontera , Editorial Mil Botellas

sábado, 11 de julio de 2020

HISTORIAS DE VIAJE,


Un naturalista en la llanura
El padre de la evolución dejó minuciosas anotaciones en su diario sobre la fauna, la flora y los paisajes de la Argentina, que recorrió en un alto de su viaje en el Beagle
27 DE SEPTIEMBRE de 1833
Viaje de un naturalista alrededor del mundo Viajes y Costumbres ...
Por la tarde salí de excursión para Santa Fe , ciudad situada en las riberas del Paraná , a unos 480 kilómetros de Buenos Aires . Los caminos en las cercanías de la ciudad estaban pésimos a consecuencia de las lluvias. Nunca hubiera creído posible que una carreta de bueyes pudiera andar por ellos; pero de todas suertes apenas avanzó a razón de kilómetro y medio por hora, teniendo que ir un hombre delante para buscar la línea más transitable. Los bueyes se fatigaban lo que no es decible, y es un error creer que estando buenos los caminos, si se marcha a buen paso, los animales han de cansarse en la misma proporción. Nos encontramos con un tren de carretas y una recua de bestias que iba hacia Mendoza . La distancia es de unas 580 millas geográficas Y el viaje se hace ordinario en cincuenta días. Estas carretas son muy largas, estrechas y provistas de toldos de caña; tienen sólo dos ruedas, cuyo diámetro en algunos casos llega a tres metros. Cada una de ellas va tirada por seis bueyes, a los que se hostiga con una aguijada de seis metros de larga por lo menos. La llevan colgada del toldo por la parte interior, y con ella y un vástago que sale en ángulo recto hacia la mitad de su longitud el conductor aviva la pareja delantera y la intermedia; para que marcha uncida inmediatamente al carro se vale de otra aguijada más pequeña. Todo el aparato semejaba una máquina de guerra.
28 DE SEPTIEMBRE.
Hemos dejado atrás la pequeña ciudad de Luján, donde hay un puente de madera sobre el río, cosa rara en este país. También hemos pasado por Areco . Las llanuras parecían horizontales, esto es, a perfecto nivel; pero no era así en realidad, porque en muchos sitios el horizonte estaba distante. Aquí hay grandes extensiones abandonadas entre estancia y estancia, pues los buenos pastos escasean a causa de estar la tierra cubierta de macizos de trébol acre y cardos gigantes. Estos, bien conocidos por la pintoresca descripción que de ellos hace sir F. Head, no habían alcanzado en esta época del año mas que las dos terceras partes de su altura; en ciertos sitios podían ocultar un caballo, pero en otros no habían brotado aún, y la tierra estaba tan desnuda y polvorienta como la superficie de un camino de gran tránsito. Las masas eran de un verde vivísimo y semejaban un bosque en miniatura en grandes espacios descampados. Estos sitios sólo son conocidos por los ladrones, que hacia la época del año en que estamos se vienen a ellos para salir por la noche a robar y asesinar impunemente. Al preguntar en una casa si había muchos ladrones me contestaron: "Todavía no han acabado de crecer los cardos", respuesta al parecer incongruente, pero muy adecuada, según lo que acabo de decir. La visita de estos lugares me importaba poco, ya que apenas se hallan en ellos otros cuadrúpedos y aves que la vizcacha y su compañero ordinario, el mochuelo.
Charles Darwin recorrió entre 
La vizcacha, como es sabido, constituye el rasgo más saliente de la zoología de las Pampas. Se la encuentra hasta el río Negro descendiendo al Sur, a los 41° de latitud, pero no más allá. De igual modo que el agutí, no puede subsistir en las llanuras desiertas y cascajosas de Patagonia , pero prefiere los terrenos de arcilla y arena, que producen una vegetación distinta y más abundante. Cerca de Mendoza, al pie de la Cordillera , se la encuentra viviendo en estrecha vecindad con las especies alpinas afines. Es una circunstancia curiosísima en su distribución geográfica de no habérsela visto nunca, afortunadamente para los habitantes de Banda Oriental, al este del río Uruguay; y sin embargo, en esta región hay llanuras que parecen admirablemente adaptadas a sus hábitos. El Uruguay ha constituido un obstáculo insuperable a su emigración; a su pesar, la ancha barrera del Paraná ha sido salvada, y la vizcacha es común en Entre Ríos , la provincia entre estos dos grandes ríos. Cerca de Buenos Aires estos animales son excesivamente comunes. Su refugio predilecto parecen ser aquellas partes de la llanura que durante una mitad del año están cubiertas de cardos gigantes, con exclusión de otras plantas. Los gauchos afirman que vive de raíces, y este aserto parece probable si se atiende a la robustez, de sus incisivos y a la clase de lugares que frecuenta. Por la noche las vizcachas salen en gran número y se sientan tranquilamente sobre sus ancas en la boca de sus guaridas. En tales horas no se muestran esquivas, y un hombre que pase a caballo junto a ellas les parece un objeto digno sólo de su grave contemplación. Corren muy desgarbadamente, y cuando lo hacen, sin temor al peligro; por sus levantadas colas y cortas patas delanteras se parecen mucho a enormes ratas. Su carne, después de cocida, es muy blanca y saludable, pero se hace escaso consumo de ella.
La vizcacha tiene la singular costumbre de llevar a la boca de su madriguera todos los objetos duros que halla; en torno de cada una de estas madrigueras se ven reunidos en montón informe numerosos huesos de reses, piedras, tallos de cardos, terrones de tierra endurecida, fango seco, etc., en cantidad suficiente para llenar una carretilla. Me contaron, y tiene visos de verdad, que habiéndosele perdido el reloj a un señor mientras pasaba a caballo por un sitio abundante en vizcachas, volvió a la mañana siguiente, y registrando los montones de las vizcacheras próximas al camino lo halló, como esperaba. Este hábito de recoger todo lo que haya cerca de su guarida debe imponerle a este roedor un gran trabajo. Para explicar con qué fin se haga no tengo ni la más remota conjetura; desde luego no hay que pensar en la defensa, porque el montón de objetos se halla colocado sobre la boca de la madriguera, que penetra en tierra con una pequeñísima inclinación. Sin duda debe de existir alguna razón, pero los habitantes del país la ignoran por completo. Un solo hecho análogo al anterior conozco, y es el hábito de la extraña ave australiana Calodera maculata, que construye un pasadizo abovedado, con palitos para jugar en él, y en las inmediaciones amontona conchas de mar y de río, huesos y plumas, prefiriendo las de colores brillantes. Mr. Gould, que ha descrito estos hechos, me participa que los naturales, cuando pierden algún objeto duro, lo buscan en los pasadizos mencionados, y sabe que en ellos se encontró la pipa de un fumador. (...)
Por la tarde cruzamos el río Arrecife en una sencilla almadía, hecha con barricas atadas unas a otras, y pasamos la noche en la casa de postas, en la otra orilla.
El río aquí es muy ancho y tiene numerosas islas, bajas y frondosas, como también la opuesta ribera. La vista del río parecería la de un gran lago Charles Darwin
29 Y 30 DE SEPTIEMBRE.
Hemos seguido cabalgando por llanuras del mismo carácter. En San Nicolás he visto por vez primera el magnífico río Paraná . Al pie del cantil donde se levanta la población citada había anclados algunos grandes navíos. Antes de llegar a Rosario cruzamos el Saladillo, corriente de agua cristalina, pero demasiado salobre para ser potable. Rosario es una gran ciudad, edificada en una meseta horizontal levantada sobre el Paraná unos metros. El río aquí es muy ancho y tiene numerosas islas, bajas y frondosas, como también la opuesta ribera. La vista del río parecería la de un gran lago, a no ser por las islitas en forma de delgadas cintas, únicos objetos que dan idea del agua corriente. Los farallones constituyen la parte más pintoresca; unas veces son del todo verticales y de color rojo, y otras se presentan en grandes masas hendidas, cubiertas de cactus y mimosas. Pero la verdadera grandeza de un río inmenso como éste deriva: 1º, de constituir un importante medio de comunicación y comercio entre los países por donde pasa; 2º, de la vasta extensión de su comarca, y 3º, del vasto territorio que avena la mole inmensa de agua que arrastra en su curso.
Por espacio de muchas leguas al norte y sur de San Nicolás y Rosario el terreno es realmente llano. Todo cuanto los viajeros han escrito sobre su perfecta horizontalidad apenas puede tildarse de exagerado. Sin embargo, nunca hallé un sitio donde echando una mirada en torno mío dejara de ver los objetos a mayores distancias en unas direcciones que en otras, lo que prueba manifiestamente la desigualdad de la llanura. En el mar, un observador colocado a dos metros sobre la superficie del agua alcanza a ver un horizonte de dos millas y cuatro quintas partes de milla. Análogamente, cuanto más horizontal es una llanura tanto más se aproxima el horizonte a esos límites definidos; y esto, en mi opinión, destruye enteramente la grandeza que uno imaginaría poseen las vastas llanuras.
Fragmentos tomados de Diario del viaje de un naturalista alrededor del mundo

martes, 7 de julio de 2020

HISTORIAS DE VIAJE


Belleza natural y distancia irónica en las sierras bonaerenses
Stanie drugi stoliczek na placu Konstytucji 3 Maja. Gombrowicz ...
Witold Gombrowicz
Imposibilitado de regresar a su hogar tras la instauración del comunismo en Polonia, el creador de Ferdydurke vivió 24 años en la Argentina, donde comenzó a escribir un diario; aquí, un pasaje correspondiente a su viaje a Tandil en 1958
MIÉRCOLES
Hace unos días llegué a Tandil y me alojé en el hotel Continental . Tandil, pequeña ciudad de setenta mil habitantes, entre montañas no muy altas, erizadas de piedras como fortalezas; he venido aquí porque es primavera y para librarme del todo de los microbios de la gripe asiática . Ayer alquilé por una suma módica un pequeño y delicioso apartamento, un poco fuera de la ciudad, al pie de la montaña, allá donde se alza una gran puerta de piedra y donde el parque se une al bosque de coníferas y eucaliptos. Por la ventana, abierta de par en par al deslumbrante sol de la mañana, veo Tandil en el valle, como en un plato; la casita está sumergida entre suaves cascadas de palmeras, naranjos, pinos, eucaliptos, glicinas, diversas clases de arbustos podados y cactus de lo más extraños; y estas cascadas caen en un suave oleaje hacia la ciudad, mientras que por atrás, una alta pared de pinos oscuros trepa hasta casi la cima, donde se alza el café-castillo. Nada más primaveral y floreciente, pletórico de flores y luz. En cambio, las montañas que rodean la ciudad aparecen secas como el rastrojo, desnudas, rocosas, erizadas de peñascos gigantescos semejantes a zócalos, bastiones prehistóricos, plataformas y ruinas. Un anfiteatro.
Al lavarme los dientes al sol y aspirar los perfumes florales, pensaba en los medios para penetrar en la ciudad de la que me habían advertido diciendo: 'Te morirás de aburrimiento en Tandil'.Witold Gombrowicz
Ante mí, Tandil, a una distancia de trescientos metros, como en la palma de la mano. No es una estación climática con hoteles y turistas, sino una pequeña ciudad de provincias normal y corriente. Al lavarme los dientes al sol y aspirar los perfumes florales, pensaba en los medios para penetrar en la ciudad de la que me habían advertido diciendo: "Te morirás de aburrimiento en Tandil".
Tomé un desayuno maravilloso en un pequeño café suspendido sobre los jardines: ¡oh, nada del otro mundo, café y dos huevos, pero todo bañado en un mar de flores! Después entré en la ciudad: cuadrados y rectángulos de casitas blancas, deslumbrantes, de tejados planos, ángulos agudos, ropa tendida secándose...; una moto apoyada en una pared y una plaza grande y llana, estallando de verdor. Uno camina a través de todo esto bajo el sol ardiente, en el fresco aire de la primavera. Gente. Rostros. Era un único y siempre el mismo rostro, yendo tras algo, llevando algún recado, ocupado, pero sin prisa, bondadosamente tranquilo... "Te morirás de aburrimiento en Tandil".
Sobre una de las casas vi un pequeño letrero: "Nueva Era, periódico diario". Entré. Me presenté al redactor, pero no tenía ganas de hablar, estaba somnoliento y por eso no me expresé con demasiada fortuna. Dije que era un escritor extranjero y pregunté si había en Tandil alguien inteligente a quien valiera la pena conocer.
-¿Cómo? -dijo el redactor, ofendido-. ¡Aquí no nos faltan intelectuales! La vida cultural es rica, solo pintores hay cerca de setenta. ¿Y literatos? Bien, tenemos a Cortés, que se ha hecho ya con un nombre, publica en la prensa de la capital...
Lo llamamos por teléfono y quedamos para el día siguiente. Pasé el resto del día vagando por Tandil. Una esquina. En la esquina está un fornido propietario de algo, con sombrero; a su lado, dos soldados; un poco más lejos, una mujer en el séptimo mes y un carrito con golosinas cuyo vendedor duerme dulcemente en un banco, cubierto con un periódico. Y el altavoz canta: "Me aprisionaste con tus ojos negros..." Y yo añado para mí mismo: "Te morirás de aburrimiento en Tandil". (...)
Witold Gombrowicz, el gran escritor polaco que quiso "matar" a ...
SÁBADO
Los altos y esbeltos troncos del bosque de eucaliptos que crece sobre una ladera erizada de rocas son como de piedra, y la montaña, el bosque, las hojas, todo está petrificado, un silencio solemne y pétreo envuelve esta inmovilidad esbelta y pura, seca y transparente, iluminada por manchas de sol. Cortés y yo avanzamos por un sendero. Grupos esculpidos en mármol ilustran la historia del Gólgota, toda esta colina está consagrada al Gólgota y se llama Calvario. Cristo cayéndose bajo el peso de la cruz, Cristo azotado, Cristo y Verónica..., todo el bosque está lleno de ese cuerpo torturado. En la frente de uno de los Cristos la mano de algún adepto de Cortés ha escrito: ¡Viva Marx! Cortés, naturalmente, no se deja impresionar demasiado por las figuras de la Pasión del Señor -él, materialista- y me instruye con fervor sobre otra santidad, la de la lucha comunista con el mundo por el mundo, me dice que al hombre no le queda más remedio que conquistar el mundo y "humanizarlo"..., si no quiere quedar para siempre como un cómico y abominable payaso, una excrecencia abyecta... Sí, dice, estoy de acuerdo con usted, el hombre es antinaturaleza, tiene su propia naturaleza aparte y está, por su misma naturaleza, en la oposición; por lo tanto no podemos evitar el combate con el mundo; o introducimos en él nuestro orden humano, o nos convertiremos para toda la eternidad en una patología y un absurdo del ser. Incluso si esta lucha tuviera que ser desesperada, solo ella es capaz de permitir a nuestra humanidad realizarse en toda su dignidad y belleza, lo demás conduce a la humillación... Su credo se eleva y alcanza la cumbre donde reina un inmenso Cristo en la cruz; yo, desde aquí, desde abajo, veo a través de la esbeltez de los eucaliptos los brazos y los pies clavados a la madera; constato que este Dios y este ateo dicen prácticamente lo mismo...
Ya casi estamos llegando a la cruz. Miro de reojo este cuerpo atormentado por el hígado como Prometeo (en esto consiste sobre todo la tortura de la cruz: en unos terribles dolores del hígado). Con desgana tomo conciencia de toda la intransigencia de la madera de la cruz, que no es capaz de ceder ni un milímetro al cuerpo que se retuerce de dolor y que no puede horrorizarse ante el suplicio ni siquiera cuando sobrepasa los últimos límites, convirtiéndose en algo imposible...; este pequeño juego entre la absoluta indiferencia de la madera que tortura y la presión infinita del cuerpo, este eterno divorcio entre la madera y el cuerpo, me hace ver, como a la luz de un relámpago, el horror de nuestra situación. El mundo se me parte en cuerpo y en cruz. Mientras tanto, aquí, a mi lado, el apóstol ateo Cortés no deja de predicar la necesidad de otra lucha por la salvación. "¡El proletariado!" Miro de reojo el cuerpo de Cortés, enteco, mísero, nervioso, con gafas, enclenque y contrahecho, con el hígado probablemente dolorido, atormentado por la fealdad, tan desagradable, tan infamemente repugnante, y veo que también él está crucificado.
De modo que estoy como atrapado entre dos fuegos, entre estas dos torturas, una divina y otra impía. Pero las dos gritan: luchar contra el mundo, salvar el mundo; una vez más, pues, el hombre se rebela, incapaz de encontrar su lugar, vuelve a emprenderla con todo, y la idea universal, cósmica, omnipresente, estalla con fuerza... Ante mí, allí abajo, la pequeña ciudad de la que me llegan los sonidos de las bocinas de los coches y el ruido de una vida elemental, limitada y corta de vista. ¡Ah, huir de este lugar elevado e ir hacia allá, hacia abajo! Me falta aire aquí arriba, entre Cortés y la cruz. ¡Resulta trágico que Cortés me haya traído aquí para recitar por otra boca, esto es impía, la misma religión absoluta, extrema, universal, esta matemática de la Omnijusticia, esta Omnipureza!
De pronto, en la pierna izquierda de Cristo veo una inscripción: Delia y Quique, verano 1957.
La irrupción de esta inscripción en..., no, digamos mejor la irrupción de estos cuerpos frescos, sencillos y no torturados..., un soplo, una oleada de vida humana medianamente satisfecha... un hálito de ingenuidad maravillosamente santa en la existencia...

Estos fragmentos pertenecen al libro Diario (1953-1969), editorial El Cuenco de Plata