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viernes, 27 de enero de 2023

INTELECTUALES


Disneylandia: el romance tóxico entre los intelectuales y los tiranos
Laura Di Marco
La postal era bizarra. Rodeado de sus dictaduras favoritas, Alberto Fernández concluyó en la cumbre de la Celac –a la que confundió, en la apertura, con la Cumbre de las Américas– que la democracia está en riesgo en la región. Cualquier despistado podría pensar que, sin nombrarlos, hablaba de Maduro, Ortega o Díaz-Canel, pero no. Era justo al revés.
El dardo presidencial estaba dirigido a sus denunciantes, los cambiemitas, “esa derecha recalcitrante y fascista” que impidió la llegada a la Argentina del dictador venezolano, investigado en la Corte Penal Internacional por los crímenes de lesa humanidad perpetrados por el chavismo. La de Alberto parecía una fantasía propia de “Disneylandia”, como diría el presidente Luis Lacalle Pou, haciendo referencia a la realidad ilusoria en la que habita el kirchnerismo.
Pero la asociación entre el kirchnerismo y el mundo fantástico de Disneylandia –o de “Disneyworld”, parafraseando a Cristina– no solo fue marcada por Lacalle Pou. Fueron el paraguayo Abdo Benítez y, sorpresivamente también, el chileno Gabriel Boric, aliado ideológico del kirchnerismo, quienes, aunque en distintas dosis, pusieron sobre la mesa de la Celac una realidad que el Gobierno se empeña en negar: la violación de los derechos humanos, el encarcelamiento de opositores, la represión de la disidencia, el ahogo de la libertad de expresión; la tiranía, en fin, de los regímenes amigos de Alberto y Cristina. Benítez pidió “no mirar para el costado” cuando siete millones y medio de venezolanos han abandonado sus hogares. El chileno directamente exigió la liberación de los presos políticos en Nicaragua y “elecciones libres” en Venezuela, asumiendo que no las hay.
Palabras que chocan con el atronador silencio de intelectuales y artistas simpatizantes del kirchnerismo, que siguen nutriendo con su apoyo, e incluso con su arte, paraísos ilusorios que solo existen en su imaginación.
Artistas e intelectuales que, incluso, padecieron el exilio del mismo modo que hoy lo padecen millones de venezolanos. Un amor por los tiranos que excede a la Argentina. Pero ¿por qué? El dinero como único argumento parece débil. El filósofo Miguel Wiñazki ofrece otra explicación: “La idea de igualdad puede cegar la realidad de la desigualdad. Hay intelectuales que padecen de intelectualismo o de ideologismo. Se quedan en el concepto, en las ideas, pero desconectados de la información”. En efecto, las ideas pueden ser, irónicamente, velos potentes contra realidades incómodas. Wiñazki apunta otra razón: la cercanía con el poder puede ser otro gran afrodisíaco. Existen intelectuales que buscan un “protectorado” de la política –el de “mamá” Cristina, por caso– a cambio de la provisión de ideas.
Y, luego, la razón más invisible, pero tal vez la más potente: la presión de los pares. Según Sabrina Ajmechet, diputada alineada con Patricia Bullrich y profesora de Pensamiento Político en la UBA, habría que hacer una distinción entre dos mundos: el intelectual y el académico. Es en la vida universitaria académica donde pertenecer al kirchnerismo o a la izquierda es la contraseña cultural que garantiza la aceptación de los demás.
Allí, desmarcarse podría ser sinónimo de exilio afectivo. O de bullying silente. ¿Y qué sería desmarcarse? La forma de pararse frente al kirchnerismo o las críticas hacia Cuba, Nicaragua o Venezuela. “Te hacen el vacío, te evitan, no te invitan a las reuniones sociales”, suele confesar un intelectual, profesor universitario, que apoyó la candidatura presidencial de Macri en 2015. En una palabra, en gran parte del mundo académico, el anhelo de “pertenecer” se paga con un carísimo peaje: la libertad para pensar.
A mediados de los años 90, el historiador François Furet publicó El pasado de una ilusión: ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX. Como excomunista, el ensayo de Furet también puede leerse como el de su propia transición hacia el paradigma de la democracia liberal. Allí critica la trayectoria de los intelectuales franceses y occidentales en general, que miraron para el costado ante las matanzas en los gulags: el horror de los campos de concentración de Stalin.
Sartre y Simone de Beauvoir, que también apoyaron con fuerza la revolución cubana y luego se transformaron en fervientes defensores del dictador Mao, fueron los más visibles, pero de ningún modo los únicos. Cualquier oscuridad, incluso las matanzas, era justificada en nombre de la causa de la izquierda. Así fue como sin saberlo –y sin siquiera sospecharlo– tantos agnósticos se volvieron religiosos. Tan religiosos como el kirchnerismo.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

jueves, 7 de julio de 2016

TEORÍAS E INTELECTUALES


Intelectuales: elogio de la desmesura
Martín Bergel

MARTÍN BERGEL A TU DERECHA

¿Qué lugar tuvieron las ideas y los intelectuales en el diseño de eso que llamamos Argentina? ¿Cuál fue la eficacia de su accionar, en relación con el peso de otros actores e instancias de la vida social? En sociedades de baja densidad institucional como las latinoamericanas, pensadas en general en situaciones de carencia o de rezago frente a los modelos de países considerados más desarrollados, el voluntarismo fue un rasgo habitual en las apuestas intelectuales. Basta reparar por ejemplo en el desaforado ensayo educativo que el Estado mexicano emprende bajo el decisivo impulso de José Vasconcelos a comienzos de los años 1920, o en la tentativa de edificación de un proyecto socialista de raigambre cosmopolita que poco después despliega José Carlos Mariátegui en un país periférico y con un proletariado apenas incipiente como el Perú.
Pero ese sesgo de desmesura parece haber sido especialmente marcado en el caso del país que conmemora ahora el Bicentenario de su Independencia. Así al menos lo sugiere la imagen legada por Tulio Halperin Donghi en su clásico texto Una nación para el desierto argentino. Según el notable historiador, en ningún otro rincón hispanoamericano se asistió a intervenciones y combates intelectuales semejantes a los que sobrellevaron los más conspicuos miembros de la Generación de 1837 por dar forma al país en ciernes. El ardor utópico de esa batalla de ideas se verifica ante todo en Sarmiento, cuya curva vital como político y como escritor ofrece un caso de excepcional intensidad en cuanto a la persecución de un horizonte proyectual de construcción de una nación.
Ese brío de la primera generación intelectual argentina disminuyó perceptiblemente en las últimas décadas del siglo XIX, aun cuando diversos conatos del ímpetu reformista que lo habitaba se prolongaron en la nueva centuria. Pero sobre todo a partir de la crisis de 1930, un ánimo de balance y revisión se enquistó en parte sustantiva del pensamiento argentino, embargado ahora en una tarea de elucidación de los factores que habían llevado al país a descarrilar del promisorio futuro que se le había adivinado. No obstante, si esa perspectiva se adueñó sobre todo de figuras del espectro liberal-conservador y nacionalista de derecha, el talante prospectivo de Sarmiento halló sobrevida en otras franjas. Como mostró Oscar Terán en su también clásico libro Nuestros años sesentas, la emergencia de una nueva izquierda intelectual tras la caída del peronismo no sólo reconfiguró el mapa cultural argentino, sino que también dio renovado vigor a la creencia en la potencia arrolladora de las ideas.
Al cabo, ha sido usual la pregunta por cuánto de ilusorio y de extraviada autorrepresentación hubo en esa vocación desmesurada de los intelectuales argentinos. El propio Halperin Donghi hizo del contraste entre los proyectos de la intelligentsia y sus efectivos resultados prácticos uno de los ejes impulsores del conjunto de sus exploraciones del pasado del país. Otra deriva, movilizando un núcleo ideológico tan rudimentario como pregnante, hizo del antiintelectualismo el efecto en reverso de las grandilocuencias del voluntarismo intelectual. Con todo, frente a ese ejercicio facilista de puesta en ridículo de los sueños de la razón cabe adoptar una actitud opuesta. Si ni el romanticismo ilustrado de la Generación del 37 ni la intelectualidad de izquierdas del siglo XX consumaron siquiera una parte de sus afanes utópicos, el impulso que los gobernó no pasó por este mundo sin dejar consecuencias benéficas, a menudo perceptibles sólo como efectos indirectos y en la larga duración. He allí entonces un rasgo a celebrar en la historia bicentenaria del país.
El autor es historiador, investigador del Conicet y del Centro de Historia Intelectual de la Universidad Nacional de Quilmes