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martes, 10 de abril de 2018

BORGES EN EL JAPÓN DE LOS JAPONESES


Hace 334 años, Matsuo Bashô se lanzó a recorrer las sendas sinuosas del Japón provincial para escribir Diario de una calavera a la intemperie. Hace 128 años, Lafcadio Hearn, por cuyas venas corría sangre irlandesa y griega, llegó a Japón, probablemente harto de la vida occidental, y algún tiempo más tarde, ya adentrado en la cultura y en la sociedad, adoptó el nombre de Koizumi Yakumo y recogió en el papel cientos de leyendas antiguas.
Hace 39 años, Jorge Luis Borges, que había leído a Lafcadio Hearn pero antes a A. B. Mitford (recordaba su libro Tales of Old Japan), pisó el suelo del famoso santuario sintoísta de Izumo y apoyó su mano en el torii que señalaba la entrada en la dimensión sagrada de los espíritus, y luego escribió un poema majestuoso: "El forastero". Ahora mismo, cada vez que un tren avanza, el viaje por el imperecedero Japón vuelve a empezar.


Es increíble lo delgada que es Honshu, la isla principal de Japón: en tres horas atravesamos su ancho viajando en trenes locales. A veces las imágenes suburbanas se repiten en la ventanilla. A veces aparece el bosque húmedo. Higashi, la mujer a la que amo y mi compañera de travesía, acepta mi propuesta de ver el mar en Masuda, adonde nos detenemos una hora para cambiar de tren. Así que nos subimos a un taxi en la estación y le pedimos al conductor que nos lleve al umi, al mar, que es el mar de Japón que los coreanos llaman mar del Este. El taxista pronto será un anciano (en Japón no hay taxistas jóvenes) y conduce, con manos cubiertas en guantes blancos, un coche negro y reluciente. Todas las calles son solitarias. Desembocamos en el mar casi sin darnos cuenta. Desde el tren en el que vinimos bordeando la costa -por la región de San'in- lo veíamos azul y cautivante. Pero ahora está frío y ventoso, y no hay arena sino piedras. El taxista nos deja en el medio de la nada sin hacer preguntas. Cuando nos ayuda a bajar los bolsos del baúl, su corbata flamea violentamente.
Andar por los caminos de este país es una experiencia muy distinta a permanecer en cualquiera de sus ciudades famosas. Andar es apreciar su intimidad; permanecer es rendirse a su jactancia. Andar es entrar en su naturaleza; permanecer es admirar su cultura. Andar es considerar su austeridad; permanecer es extraviarse en su abundancia.
Bashô, el mayor poeta del haiku, anduvo mucho. En el ocaso del siglo XVII se lanzó al camino para sentir la belleza del movimiento y escribir una poesía de la experiencia. Bashô pasó por Kioto, Ueno, Niigata y otros tantos lugares. En Tokio, a 722 kilómetros de Masuda, aún existe el solar adonde estaba su casa. Ahora hay un museo pequeño que no guarda ningún original. Lo que más impresiona no es el museo, sino la estatua en tamaño natural de un Bashô cubierto por una túnica, sentado frente al río Sumida de la capital japonesa. Este hombre de bronce, inmóvil, que hoy mira los rascacielos que dan sombra a los 3000 trenes que llegan cada día a la Estación Central de Tokio, es aquel que hizo de viajar por Japón un arte performático en sí mismo.
La escritura en ideogramas provoca un sentido de la poesía diferente al de Occidente: la distancia es un abismo. El haiku busca la naturaleza y escapa al artificio intelectual. "Hierba de verano:eso queda de los sueños/ de unos guerreros", cantó Bashô ante las ruinas de un castillo que había sido glorioso.
En Masuda, luego de un rato de viento y silencio, decidimos volver. Pero ¿cómo? El taxi se fue y no hay otro. No hay autobuses. La playa está aislada. Así que caminamos por una ruta y por fin nos adentramos en un barrio silencioso en el que todas las ventanas están cerradas. En una callejuela, una señora de cara redonda nos observa. Higashi le habla primero: le dice que estamos perdidos y que nuestro tren se irá pronto. La mujer nos indica que hay un santuario sintoísta muy cerca, y que ahí suele haber taxis. Pero acabamos de pasar y no había ni un alma. La mujer nos dice palabras que no comprendemos. Habla sin parar pero sin ansiedad, y en un momento aparece su marido. De algún modo nos hacen subir a su pequeño auto y nos devuelven a la estación. Ella se llama Yamada. Cuando nos despedimos, toma a Higashi y le dice cosas dulces indescifrables. Y a Higashi se le hace un nudo en la garganta porque de repente recuerda a su abuela, que emigró a la Argentina y que fue, como esta señora que ahora sostiene sus manos, una mujer sencilla y generosa. La abuela se llamaba Toyoko Masuda.
Bashô viajaba con un jergón (un colchón relleno de paja), un abrigo para la lluvia, algunos remedios, una canasta con comida, pluma, papel y una plancha de piedra para fabricar tinta. Ya se sabe que los japoneses son maestros del minimalismo. Todavía hoy, muchos hostales son tradicionales ryokan con piso de tatami (paja entretejida) y colchonetas.
A lo largo del viaje dormimos en varios ryokan, aunque en invierno se pueden volver fríos y lúgubres. Estos lugares son ideales para leer Kwaidan, uno de los libros en los que Lafcadio Hearn acumuló historias fantásticas y tenebrosas. En uno de ellos, cada noche, cuando se iba el encargado (un japonés que se hacía llamar "Philip" y que siempre vestía igual, con una campera negra en la que se leía "Panasonic"), era fácil imaginar que el vasto edificio de habitaciones vacías se llenaba de esos fantasmas pavorosos que querían encontrar a su lector.
Lafcadio Hearn escribió doce libros en un estudio con tatami. Muchas de sus historias espectrales le fueron contadas por su esposa, Setsu Koizumi, la hija de una familia de samuráis. Vivió con ella por un tiempo en la ciudad de Matsue, en una antigua residencia con jardines pequeños y delicados que justificaba cualquier destierro. Allí se cuenta que la insólita elevación de su escritorio se debía a su miopía: Hearn se había hecho construir una mesa alta para tener los papeles más cerca del único ojo en el que conservaba la visión.
El Japón de los japoneses

Seis estaciones y 473 yenes después de Matsue, entre colinas y campos sembrados, se alza el gran santuario sintoísta de Izumo. Enormes edificios de madera lo componen. Para rezar a los kami hay que sacudir una cuerda de la que pende un cascabel y luego hacer un aplauso: el ruido despierta a las deidades. Las invocamos luego de pedalear hasta aquí, desde la estación, en dos bicicletas con motor. Según el mito, el sitio fue fundado por Amaterasu, la diosa del Sol, y desde aquí alguna vez se gobernó todo el país. El sintoísmo -la religión autóctona de la isla- es politeísta y venera a la naturaleza: cada año, en el décimo mes lunar, ocho millones de dioses se reúnen en Izumo. La razón, en cambio, dice que el santuario data del siglo VIII; aparece mencionado en Kojiki, la memoria más antigua que se conserva sobre la historia de Japón.
En 1979, cuando visitó Japón, Borges quiso venir hasta este territorio alejado de Tokio, de Osaka y de Kioto. El poeta quiso experimentar el Japón de los japoneses. Al llegar, luego de andar un camino ondulante entre árboles altos, apoyó su mano en la gran puerta de entrada, enteramente labrada con escrituras, y María Kodama le tomó una foto. Más allá, un sacerdote lo esperaba para explicarle de qué se trataba su religión.
Guiándome con esa fotografía, busco el sitio exacto en el que Borges puso su palma. Lo encuentro luego de un rato y apoyo ahí, sobre esos mismos ideogramas sagrados, mi propia mano. Hombre y arte, dios y piedra: cualquiera que se emocione con lo que escribió el poeta debería poner su mano allí si llega a Izumo. Higashi me dice que cerremos los ojos y entonces sentimos el viento en el rostro y escuchamos el diálogo quimérico de los cuervos. A su regreso, Borges publicó "El forastero" en el libro La cifra. El sintoísmo: "Sabe que después de su muerte cada hombre es un dios que ampara a los suyos.Sabe que después de su muerte cada árbol es un dios que ampara a los árboles".
Volvemos pedaleando en las dos bicicletas con motor. Vamos en silencio, impresionados por la hondura del misterio japonés. Unos días después nos bajaremos de un último tren en Fukuoka, una gran ciudad con rascacielos, multitudes y corporaciones, y habremos sentido que el viaje nos enseñó otro destino.

J. S.

jueves, 23 de noviembre de 2017

AMIA CULTURA....CONFERENCIA SOBRE BORGES

AMIA Cultura

¡No te pierdas la nueva Conferencia Destacada GRATIS de AMIA Cultura!
CONFERENCIA: "APROXIMACIÓN A LA VIDA Y OBRA DE JORGE L. BORGES"
Disertante: Dr. Alejandro Vaccaro: Presidente de la Sociedad Argentina de Escritores; Vice-Presidente de la Fundación “El Libro” y Principal Biógrafo de Borges.

Miércoles 29/11, 19hs. - Pasteur 633, 2º piso
Entrada con DNI o Pasaporte original. Entrada libre y gratuita hasta agotar la capacidad de sala.
¡Los esperamos!

jueves, 26 de octubre de 2017

LA GENIAL INTERPRETACIÓN DE JORGE LUIS BORGES

LA MUERTE DE JUAN MOREIRA
En la antigua Confitería del Águila, en Florida a la altura de Piedad, oímos la historia.

Se debatía el problema del conocimiento. Alguien invocó la tesis platónica de que ya todo lo hemos visto en un orbe anterior, de suerte que conocer es reconocer; mi padre, creo, dijo que Bacon había escrito que si aprender es recordar, ignorar es de hecho haber olvidado.
Otro interlocutor, un señor de edad, que estaría un poco perdido en esa metafísica, se resolvió a tomar la palabra. Dijo con lenta seguridad:
–No acabo de entender lo de los arquetipos platónicos. Nadie recuerda la primera vez que vio el amarillo o el negro o la primera vez que le tomó el gusto a una fruta, acaso porque era muy chico y no podía saber que inauguraba una serie muy larga. Por supuesto, hay otras primeras veces que nadie olvida. Yo les podría contar lo que me dejó cierta noche que suelo traer a la memoria, la del treinta de abril del 74.



Los veraneos de antes eran más largos, pero no sé por qué nos demoramos hasta esa fecha en el establecimiento de unos primos, los Dorna, a unas escasas leguas de Lobos.

Por aquel tiempo, uno de los peones, Rufino, me inició en las cosas de campo. Yo estaba por cumplir mis trece años; él era bastante mayor y tenía fama de animoso.

Era muy diestro; cuando jugaban a vistear el que quedaba con la cara tiznada era siempre el otro. Un viernes me propuso que el sábado a la noche fuéramos a divertirnos al pueblo.
Por supuesto accedí, sin saber muy bien de qué se trataba. Le previne que yo no sabía bailar; me contestó que el baile se aprende fácil.
Después de la comida, a eso de las siete y media, salimos. Rufino se había empilchado como quien va a una fiesta y lucía un puñal de plata; yo me fui sin mi cuchillito, por temor a las bromas.
Poco tardamos en avistar las primeras casas. ¿Ustedes nunca estuvieron en Lobos? Lo mismo da; no hay un pueblo de la provincia que no sea idéntico a los otros, hasta en lo de creerse distinto.
Los mismos callejones de tierra, los mismos huecos, las mismas casas bajas, como para que un hombre a caballo cobre más importancia.
En una esquina nos apeamos frente a una casa pintada de celeste o de rosa, con unas letras que decían La Estrella. Atados al palenque había unos caballos con buen apero.

CHIRINO


Por la puerta de calle a medio entornar vi una hendija de luz. En el fondo del zaguán había una pieza larga, con bancos laterales de tabla y, entre los bancos, unas puertas oscuras que darían quién sabe dónde.

Un cuzco de pelaje amarillo salió ladrando a hacerme fiestas. Había bastante gente; una media docena de mujeres con batones floreados iba y venía.
Una señora de respeto, trajeada enteramente de negro, me pareció la dueña de casa. Rufino la saludó y le dijo:
–Aquí le traigo un nuevo amigo, que no es muy de a caballo.
–Ya aprenderá, pierda cuidado –contestó la señora.
Sentí vergüenza. Para despistar o para que vieran que yo era un chico, me puse a jugar con el perro, en la punta de un banco. Sobre la mesa de cocina ardían unas velas de sebo en unas botellas y me acuerdo también del braserito en un rincón del fondo. En la pared blanqueada de enfrente había una imagen de la Virgen de la Merced.
Alguien, entre una que otra broma, templaba una guitarra que le daba mucho trabajo. De puro tímido no rehusé una ginebra que me dejó la boca como un ascua. Entre las mujeres había una, que me pareció distinta a las otras.
Le decían la Cautiva. Algo de aindiado le noté, pero los rasgos eran un dibujo y los ojos muy tristes. La trenza le llegaba hasta la cintura. Rufino, que advirtió que yo la miraba, le dijo:
–Volvé a contar lo del malón, para refrescar la memoria.
“La muchacha habló como si estuviera sola y de algún modo yo sentí que no podía pensar en otra cosa y que esa cosa era lo único que le había pasado en la vida. Nos dijo así:


–Cuando me trajeron de Catamarca yo era muy chica. Qué iba yo a saber de malones. En la estancia ni los mentaban de miedo. Como un secreto, me fui enterando que los indios podían caer como una nube y matar a la gente y robarse los animales. A las mujeres las llevaban a Tierra Adentro y les hacían de todo. Hice lo que pude para no creer. Lucas mi hermano, que después lo lancearon, me perjuraba que eran todas mentiras, pero cuando una cosa es verdad basta que alguien la diga una sola vez para que uno sepa que es cierto. El gobierno les reparte vicios y yerba para tenerlos quietos, pero ellos tienen brujos muy precavidos que les dan su consejo. A una orden del cacique no les cuesta nada atropellar entre los fortines, que están desparramados. De puro cavilar, yo casi tenía ganas que se vinieran y sabía mirar para el rumbo que el sol se pone. No sé llevar la cuenta del tiempo, pero hubo escarchas y veranos y yerras y la muerte del hijo del capataz antes de la invasión. Fue como si los trajera el pampero. Yo vi una flor de cardo en una zanja y soñé con los indios. A la madrugada ocurrió. Los animales lo supieron antes que los cristianos, como en los temblores de tierra. La hacienda estaba desasosegada y por el aire iban y venían las aves. Corrimos a mirar por el lado que yo siempre miraba.
–¿Quién les trajo el aviso? –preguntó alguno.
La muchacha, siempre como si estuviera muy lejos, repitió la última frase.
–Corrimos a mirar por el lado que yo siempre miraba. Era como si todo el desierto se hubiera echado a andar. Por los barrotes de la verja de fierro vimos la polvareda antes que los indios. Venían a malón. Se golpeaban la boca con la mano y daban alaridos. En Santa Irene había unas armas largas, que no sirvieron más que para aturdir y para que juntaran más rabia.



Hablaba la Cautiva como quien dice una oración, de memoria, pero yo oí en la calle los indios del desierto y los gritos. Un empellón y estaban en la sala y fue como si entraran a caballo, en las piezas de un sueño.

Eran orilleros borrachos. Ahora, en la memoria, los veo muy altos. El que venía en punta le asestó un codazo a Rufino, que estaba cerca de la puerta. Éste se demudó y se hizo a un lado. La señora, que no se había movido de su lugar, se levantó y nos dijo:
–Es Juan Moreira.
Pasado el tiempo, ya no sé si me acuerdo del hombre de esa noche o del que vería tantas veces después en el picadero. Pienso en la melena y en la barba negra de Podestá, pero también en una cara rubiona, picada de viruela.
El cuzquito salió corriendo a hacerle fiestas. De un talerazo, Moreira lo dejó tendido en el suelo. Cayó de lomo y se murió moviendo las patas. Aquí empieza de veras la historia.
Gané sin ruido una de las puertas, que daba a un pasillo angosto y a una escalera. Arriba, me escondí en una pieza oscura. Fuera de la cama, que era muy baja, no sé qué muebles habría ahí.
Yo estaba temblando. Abajo no cejaban los gritos y algo de vidrio se rompió. Oí unos pasos de mujer que subían y vi una momentánea hendija de luz. Después la voz de la Cautiva me llamó como en un susurro.
–Yo estoy aquí para servir, pero a gente de paz. Acercate que no te voy a hacer ningún mal.

Ya se había quitado el batón. Me tendí a su lado y le busqué la cara con las manos. No sé cuánto tiempo pasó. No hubo una palabra ni un beso. Le deshice la trenza y jugué con el pelo, que era muy lacio, y después con ella. No volveríamos a vernos y no supe nunca su nombre.

Un balazo nos aturdió. La Cautiva me dijo:

–Podés salir por la otra escalera.

Así lo hice y me encontré en la calle de tierra. La noche era de luna. Un sargento de policía, con rifle y bayoneta calada, estaba vigilando la tapia. Se rió y me dijo:
–A lo que veo, sos de los que madrugan temprano.
Algo debí de contestar, pero no me hizo caso. Por la tapia un hombre se descolgaba. De un brinco, el sargento le clavó el acero en la carne.
El hombre se fue al suelo, donde quedó tendido de espaldas, gimiendo y desangrándose. Yo me acordé del perro. El sargento, para acabarlo de una buena vez, le volvió a hundir la bayoneta. Con una suerte de alegría le dijo:
–Moreira, lo que es hoy de nada te valió disparar.
De todos lados acudieron los de uniforme que habían ido rodeando la casa y después los vecinos. Andrés Chirino tuvo que forcejear para arrancar el arma. Todos querían estrecharle la mano. Rufino dijo riéndose:
–A este compadre ya se le acabaron los cortes.


Yo iba de grupo en grupo, contándole a la gente lo que había visto. De golpe me sentí muy cansado; tal vez tuviera fiebre. Me escurrí, lo busqué a Rufino y volvimos.
Desde el caballo, vimos la luz blanca del alba. Más que cansado, me sentí aturdido, por esa correntada de cosas.
–Por el gran río de esa noche –dijo mi padre.
El otro asintió.
–Así es. En el término escaso de unas horas yo había conocido el amor y yo había mirado la muerte. A todos los hombres le son reveladas todas las cosas o, por lo menos, todas aquellas cosas que a un hombre le es dado conocer, pero a mí, de la noche a la mañana, esas dos cosas esenciales me fueron reveladas. Los años pasan y son tantas las veces que he contado la historia que ya no sé si la recuerdo de veras o si sólo recuerdo las palabras con que la cuento. Tal vez lo mismo le pasó a la Cautiva con su malón. Ahora lo mismo da que fuera yo o que fuera otro el que vio matar a Moreira.

lunes, 23 de octubre de 2017

LAS RUINAS CIRCULARES

JORGE LUIS BORGES

Nadie lo vio desembarcar unánime anoche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoran los incendios de antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.

El propósito que lo guiaba no era imposible aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.

Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si anduviera la importancia de aquel exámen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, considera las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba en un alma que mereciera participar en el universo.

A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y que sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistirían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.

Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho mas arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.

Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aún sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.

En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado despertó.

El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombre derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido... En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.

Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer –y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.

Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, agua abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, que vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noche secretas.
El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humareadas que herrumbraron el metal de las noches; después de la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñando.

lunes, 16 de octubre de 2017

DE BORGES

EPISODIO DEL ENEMIGO
Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con el bastón que en sus viejas manos no podía ser un arma sino un báculo. Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta. Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no sé griego. Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave. Temí que el hombre se desplomara, pero dio unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no volví a ver, y cayó en mi cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero sólo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.
Me incliné sobre él para que me oyera.
-Uno cree que los años pasan para uno -le dije-, pero pasan también para los demás. Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido.
Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver.
Entonces me dijo con voz firme:
-Para entrar en su casa, he recurrido a la compasión. Lo tengo ahora a mi merced y no soy misericordioso.
Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y sólo las palabras podían salvarme. Atiné a decir:
-En verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es ese niño ni yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón.
-Precisamente porque ya no soy aquel niño -me replicó- tengo que matarlo. No se trata de una venganza, sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Borges, son meras estratagemas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.
-Puedo hacer una cosa -le contesté.
-¿Cuál? -me preguntó.
-Despertarme.
Y así lo hice.

miércoles, 5 de julio de 2017

JORGE LUIS BORGES...HABÍA UNA VEZ.....EMMA ZUNZ

EMMA ZUNZ. J L Borges.

 El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Fein o Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto. Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto continuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería. En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre «el desfalco del cajero», recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder. No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico... De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera. El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana.
 Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió. Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova... Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.
 ¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, en seguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como ésta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia. Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día... El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Pardójicamente, su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin. Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer - ¡una Gauss, que le trajo una buena dote! -, pero el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz.
 La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir. Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así. Ante Aarón Loeiventhal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando éste, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídisch. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez.
 En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que había preparado («He vengado a mi padre y no me podrán castigar...»), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender. Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble... El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga... Abusó de mí, lo maté... La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; sólo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.

viernes, 9 de junio de 2017

BORGES Y XUL SOLAR....NO LO PIERDAS


Xul Solar "interviene" a Borges
La edición facsimilar de un ejemplar del libro El idioma de los argentinos ilustrada por el artista revive los fulgores de la vanguardia rioplatense de 1920
Es cierto que las vanguardias pretendieron, como se dijo más de una vez, destruir la institución arte. Podría agregarse que una de las vías privilegiadas para lograrlo fue la disolución de los límites entre un arte y otro. Si se parte de esa presunción, hay que concluir que la vanguardia, en cuanto tal, no puede pensarse de manera tabicada, como si se dijera: la literatura por acá, la pintura por allá, la música por otro lado. No: la vanguardia es transversal. Trae consigo una incisición que divide y, a la vez, une.
Las viñetas de Xul nunca se vieron con tanta belleza.

La vanguardia literaria rioplatense de la década de 1920 tenía sus raíces y su justificación en el ultraísmo y, en ese sentido, le competen las generales de la misma ley. Por eso, aunque sus materiales fueran diferentes, Jorge Luis Borges y Xul Solar participaron durante un tiempo de un proyecto estético idéntico. De ahí que el segundo se prestara a "ilustrar" con viñetas los libros de ensayos iniciales del primero, y que el primero respirara poéticamente en la obra visual del segundo.
Hasta que María Kodama decidió volver a publicarlo en 1994, el libro de ensayos El idioma de los argentinos -lo mismo que Inquisiciones y El tamaño de mi esperanza- era inhallables, pasto de fotocopias de los estudiantes de Letras.
La historia fue la siguiente. La primera edición de El idioma de los argentinos apareció con el sello Gleizer en 1928 y, más adelante, Borges excluyó ese título, igual que los otros dos, de las Obras completas que Emecé publicó en 1974. Pero la inclusión de algunos de esos textos, autorizada por Borges, en la edición francesa de la Bibliothèque de la Pléiade permitió una nueva vida también en español.
A esa edición de El idioma de los argentinos de los años 90 se suma ahora otra nueva, recién publicada por el Museo Nacional de Bellas Artes, la Fundación Internacional Jorge Luis Borges y la Fundación Pan Klub: la reproducción facsimilar de un ejemplar de la primera edición del libro, parte de la biblioteca personal de Xul Solar, intervenido por el propio artista, con una nueva cubierta, lomo y contratapa pintada al óleo, e interiores a la acuarela. El ejemplar original forma parte de la muestra Xul Solar. Panactivista, que puede visitarse hasta el 18 de junio en el Bellas Artes.
Tiempo de prefiguraciones
En El idioma de los argentinos aparecen tópicos que Borges devanará más adelante, en las dos décadas siguientes, y todos ellos se concentran acaso en el capítulo "Dos esquinas". Los escritos que lo integran, "Sentirse en muerte" (hay que ver la calavera y el reloj de arena que incrusta Xul arriba del título) y "Hombres pelearon", revelan dos líneas del trabajo de Borges: la metafísica deudora de Schopenhauer del que muere para sí mismo y se convierte en sujeto puro de conocimiento, y la del coraje orillero del cuchillo.
Cuando Borges escribió su breve presentación de Xul Solar (recogida ahora en Textos recobrados), se habían extinguido ya los fulgores vanguardistas. Fue en 1949, mucho después de las viñetas de los años 20. Sin embargo, un pasaje de ese escrito encierra todavía la definición más exacta de su poética. "Hombre versado en todas las disciplinas, curioso de todos los arcanos, padre de escrituras, de lenguajes, de utopías, de mitologías, huésped de infiernos y de cielos, autor panajedrecista y astrólogo, perfecto en la indulgente ironía y en la generosa amistad, Xul Solar es uno de los acontecimientos más singulares de nuestra época". Lo que unía a Borges y a Xul era la invención, entonces, de una vanguardia de inflexión local: la línea que une el "criollismo" borgeano con el "neocriollo" y la "panlengua" de Xul. "Vivimos una hora de promisión -dice Borges en la conferencia «El idioma de los argentinos»-. Que alguien se afirme venturoso en lengua española, que el pavor metafísico de gran estilo se piense en español tiene su algo y también su mucho de atrevimiento". Después de todo, el problema entero de la vanguardia pertenece al orden del lenguaje.
El coleccionista se emociona cuando revisa este facsímil impecable de El idioma de los argentinos. Ya el sólo ejemplar publicado por Gleizer, sin las intervenciones ulteriores de Xul, bastaría para provocar un temblor. ¿Por qué volvemos a las vanguardias? Porque, como observa Beatriz Sarlo, vamos hacia un pasado cuyo interés todavía conecta con nosotros, y si conecta con nosotros es porque esas tentativas de principios de siglo tuvieron una supervivencia en el arte contemporáneo. Buscamos todavía esa conmoción que sobrevive como temblor: un temblor que no es del coleccionista ni de lo coleccionado, sino de lo que ambos quisieran mantener con vida.

Descubrimiento de una joya
El idioma de los argentinos
Autor: Jorge Luis Borges

Editorial: Museo Nacional de Bellas Artes,

Fundación Internacional Jorge Luis Borges y Fundación Pan Klub.

Páginas: 206

Constelación

La edición facsimilar de la primera edición de El idioma de los argentinos (1928) con ilustraciones de Xul forma parte de la muestra Xul Solar. Panactivista, que se puede visitar hasta el 18 de junio en el Bellas Artes. El ejemplar original se exhibe en la muestra.
Inhallable

Hasta que María Kodama autorizó su publicación en 1994, El idioma de los argentinos -junto con Inquisiciones y El tamaño de mi esperanza- sólo podía consultarse en bibliotecas. Borges, lejos de ese temprano "criollismo", lo había excluido de la edición de sus Obras completas.
P. G.

viernes, 7 de abril de 2017

ALBERTO MANGUEL Y SU CREACIÓN; CON BORGES DE EDITORIAL SIGLO XXI


Recuerdos de un borgiano memorioso
"Soy un borgiano amateur", empezó por decir Alberto Manguel en la presentación de Con Borges (Siglo XXI), el íntimo y hermoso libro en que el actual director de la Biblioteca Nacional rememora los casi cinco años, de 1964 a 1968, durante los cuales iba por las noches a casa del autor de Ficciones para leerle los libros que éste, ya ciego, no podía leer sin ayuda. "A mi lado, en cambio, tengo un borgiano profesional. Martín Hadis, que escribió Literatos y excéntricos: los ancestros ingleses de Jorge Luis Borges", continuó el cortés Manguel. Cabía hacerle una corrección: en el escenario del Malba, donde se desarrolló el diálogo, hablaron dos hombres que habían sido amateurs y que se convirtieron en profesionales. Hadis se limitó a darle el pie a Manguel para que éste hablara sobre aquellos años de adolescente-lector. Uno de los rasgos que Manguel destacó en Borges fue su fabulosa memoria. Ese don le permitía citar íntegros cualquiera de sus cuentos y poemas sin incurrir en ningún error. Comprobé que Manguel tiene el mismo tipo de memoria borgiana. Uno lo escuchaba hablar sobre Con Borges y pensaba que estaba improvisando a partir de las preguntas de Hadis. Cuando volví a casa, tomé el libro de Manguel y no pude evitar una sonrisa cuando descubrí que había dicho de memoria, sin errores, varias páginas corridas de su libro de recuerdos. Además, en su charla, recitó con la entonación justa para el momento, como un actor seguro de los efectos, un poema de Borges y se ganó el aplauso del público.

 En la adolescencia, Manguel, estudiante del Nacional Buenos Aires, trabajaba en la otrora famosa librería Pigmalión, donde se vendían libros en inglés y en alemán. Borges iba allí, dos o tres veces por semana, acompañado por su madre. Estaba interesado en el anglosajón y buscaba libros sobre el tema, una pasión que doña Leonor le reprobaba. Le aconsejaba en cambio que estudiara algo útil: el latín y el griego clásicos. Un día, el escritor le propuso al joven Manguel que, por las noches, después del colegio y del trabajo, fuera a leerle a su casa. Manguel aceptó. En verdad, se trataba de releerle. Borges buscaba recuperar el texto de un autor que, según su ánimo, por distintas razones, lo atraía: Kipling, Henry James, Stevenson? Después invitaba a comer al muchacho al Dorá o lo llevaba a casa de los Bioy. A veces, le pedía que tomara alguna nota sobre lo que leían. Manguel comentó que, en la actualidad, Laura Rosato y Germán Álvarez están haciendo una investigación en la Biblioteca Nacional. Buscan libros en los que Borges haya hecho anotaciones de propia mano cuando todavía veía. Encontraron más de trescientos. En una oportunidad, Borges le dictó a Manguel un poema. Los cuentos se los dictaba a las empleadas de la Biblioteca Nacional en el período en que fue su director. Cuando iban a lo de los Bioy, Manguel asistía a conversaciones muy animadas, siempre sobre literatura, en las que se proponían vínculos inesperados; por ejemplo, entre Platón y Agatha Christie. Borges y Silvina discutían porque a él le interesaba la literatura inglesa y a Silvina, además, le interesaba la literatura francesa y, lo que era peor, Rimbaud y los surrealistas, de los que Borges se burlaba. "La casa de los Bioy era el lugar de Buenos Aires donde peor se comía. Eran muy amarretes. Servían un puchero hervido hasta que no quedaba nada y, como postre, siempre lo mismo, una cucharada de dulce de leche", recordó Manguel. "Borges fue una de las personas más tristes e infelices que he conocido. Su único amigo era Bioy. Era una amistad intelectual. En su vida emocional, había un gran vacío. No tenía ningún interés en las artes visuales ni en la música. De la literatura española, rescataba poco. A veces algo de Góngora o de Quevedo. De Cervantes, nada más que el Quijote. Su biblioteca era pequeña. Unos 600 libros. Regalaba muchos de los que compraba, por lo que la cantidad nunca crecía. Cuando me fui a vivir a París, me dio su edición de los cuentos de Kipling, la que había leído de chico. Para él, ninguna lectura debía ser obligatoria porque la felicidad no puede ser obligatoria. De su manera de leer, rescato la libertad con que lo hacía. En definitiva, el escritor escribe lo que puede y el lector lee lo que quiere."
H. B. 

BORGES PARA NIÑOS


Borges: la curiosa historia de su único cuento para chicos
Lo narró en 1981 a un grupo de alumnos que fue a visitarlo
Alterleib y Alinovi, socios de una ficción borgeana con tortugas.
El único cuento para chicos creado por Jorge Luis Borges no tiene registro en papel. Nunca fue publicado porque, en realidad, nunca lo escribió.
En 1981, frente a un grupo de alumnos de cuarto grado, el escritor improvisó un relato protagonizado por él mismo y se lo contó a los chicos que lo visitaban en el departamento de la calle Maipú. Treinta y seis años después, uno de aquellos testigos privilegiados recuperó la historia y la convirtió en libro.
Así, El secreto de Borges (que el sello Pequeño Editor lanzará en la próxima Feria del Libro) ofrece al público infantil el detrás de escena de la tarde en la que el autor recurre a la magia de la ficción para entretener a los inquietos estudiantes.
Fascinados por una bandeja repleta de caramelos importados, los compañeros de la escuela a la que concurría el nieto de Fanny, ama de llaves de Borges durante cuatro décadas, habían preparado un cuestionario para el escritor. Uno quería saber si estaba casado; otro, cuántas veces había ganado el premio Nobel. Pero no pudieron hacer las preguntas. La maestra no se los permitió.
Sentado en un sillón tapizado de verde, con su bastón y su mirada ausente, una tarde Borges recibió en su departamento a los alumnos de cuarto grado de la escuela San Marón con caramelos importados. Ellos le habían llevado de regalo un paquete grande de masticables Sugus. Los chicos se sentaron en silencio, sobre el piso de madera, y lo escucharon con atención. Lo primero que Borges les dijo es que, antes de que llegaran, tenía dos miedos: uno era que fueran; el otro, que faltaran a la cita. Una frase típicamente borgeana.
Matías Alinovi, escritor y periodista que cuenta aquella visita en su flamante libro El secreto de Borges, recuperó la historia inventada especialmente para ellos. ¿Qué les contó el autor de Ficciones? Nada más y nada menos que el secreto de su longevidad. "Les voy a explicar cómo pude vivir tantos años", recuerda Alinovi que les dijo Borges. Y ahí nomás arranca el cuento dentro del cuento, ilustrado por Diego Alterleib con tinta china negra y algunos toques de verde.


Así como el protagonista del cuento "El inmortal" alcanza la inmortalidad al beber agua de un río, el Borges del relato oral que Borges nunca escribió llega a vivir tantos años gracias al agua de un aljibe habitado por tortugas. "Y entonces Borges nos dijo que él, un día, se había puesto a pensar, y se había dado cuenta de una cosa: el agua que él había tomado cuando era chico no era agua, sino agua de tortuga..."
¿Cuánto hay de recuerdo genuino y cuánto del tamiz de la mirada de un adulto en el cuento que escribió Alinovi? Explica: "La historia es completamente real. Y muy simple. Yo iba a un colegio de curas que quedaba cerca de Plaza San Martín. Los que vivíamos en el barrio nos juntábamos a jugar en esa plaza. Uno de los que iban siempre era mi amigo José Manuel. Mi mamá me llevaba todas las tarde a la plaza, pero José Manuel iba solo. Ahora pienso que eso es sorprendente porque era chico, tenía unos 8 o 9 años. Me acuerdo el día que, a la salida de la escuela, nos dijo que esa tarde no iría solo. Iría con Borges".
Alinovi recuerda especialmente el tono desanimado con que José Manuel le dijo entonces que debía ir acompañado a la plaza. A esa edad no importaba Borges; ellos ni siquiera sabían bien quién era. Lo que importaba, en todo caso, desde sus ópticas infantiles, era que esa tarde no sería igual que todas.
El desánimo de José Manuel contagió a Matías al punto que, cuando llegó a su casa, le contó la novedad a su madre con cara triste. Como escribió en el libro, ella le dijo que eso no era posible. "Me explicó que Borges era un escritor muy famoso, que no podía ir con José Manuel a la plaza". Gran sorpresa se llevó la mujer al ver llegar al amigo de su hijo del brazo del célebre escritor. Esa anécdota, que Alinovi narra en el libro con la frescura de un chico de 9 años, fue la antesala de la visita de todo el grado al piso de Maipú al 900, donde vivía José Manuel junto con su abuela, Fanny, que trabajó durante casi cuarenta años con la familia Borges.
En el relato está muy bien expresada la mirada de los adultos: la incredulidad de la madre de Matías; la presión de la maestra de la escuela para que José Manuel consiguiera que el autor los recibiera. También, la exigencia de que se portaran bien, se mantuvieran en silencio y no hicieran preguntas incómodas, como la que se le ocurrió a uno de los chicos: "¿Cuántas veces ganó el Nobel?"
A los pocos días, los alumnos y la señorita Delia visitaron a Borges. Como el poeta no sabía de qué temas hablar, decidió hacer lo que tan bien le salía: inventar historias. Matías, que ahora tiene 44 años, recuerda que Borges le preguntó el apellido a cada uno. "Se los fuimos diciendo de a uno y él sabía de dónde eran todos", rememora en el libro. Enseguida, para mantenerlos tranquilos, les contó el cuento sobre el agua de tortuga.
Esa fue la única vez que Matías y sus compañeros vieron a Borges. Cinco años después, en 1986, el escritor murió en Ginebra. El tiempo pasó, los chicos crecieron, formaron familia. Alinovi, que estudió Física y escribió libros sobre ciencia, dos novelas, cuentos y una obra de teatro, nunca olvidó aquella experiencia de la infancia.
La llegada de su amigo a la plaza, fastidiado porque tenía que ir acompañado. La preparación del cuestionario que nunca llegaron a formularle al escritor. Los caramelos con envoltorios dorados. Los dos miedos de Borges. El juego de los apellidos. La historia de las tortugas.
Los recuerdos del autor tomaron la forma de un libro para chicos, que incluye al final una biografía de Borges narrada en ocho escenas para que los lectores puedan conocer un poco más sobre su vida y su obra.
A la espera de que se distribuya en las librerías y se presente en la Feria del Libro, Alinovi ya le mostró el volumen de tapa dura a José Manuel. También protagonista del relato, su amigo, agradecido, le reveló un secreto: le debe el nombre a Borges que, al enterarse por Fanny que el nieto se llamaría Juan Manuel, le pidió hablar con la hija embarazada para explicarle por qué no debía ponerle a su hijo el mismo nombres que Rosas.
El secreto de Borges
Autor: Matías Alinovi y Diego Alterleib
Editorial: Pequeño Editor
Páginas: 42
N. B. 

domingo, 27 de noviembre de 2016

INVITA AL ACTO EN HONOR A BORGES, EL DIPUTADO EDUARDO SANTAMARINA


 Invitación Acto J.L. Borges, 30 Noviembre de 2016, 18:00 hs. en Legislatura Porteña.


El Diputado Eduardo A. Santamarina, tiene el agrado de invitar a Ud. a la muestra interactiva #Borges3030 con motivo del Homenaje por el 30° aniversario del fallecimiento del escritor Jorge Luis Borges, que se realizará el 30 de noviembre y que constará de actividades multidisciplinarias que comenzarán a partir de las 12 hs. en el Hall de Honor de la Legislatura Porteña.
El acto central tendrá lugar a las 18:00 hs. donde podrán participar dejando una pincelada junto a los artistas plásticos en la creación de sus obras de arte.

 Además, se sortearan los cuadros y tendré el honor de entregar un presente a la Sra. María Kodama.
Espero contar con su presencia,
Saludos






lunes, 24 de octubre de 2016

DE ANTIGUAS BATALLAS INGLESAS, HONORES Y BORGES



EL PUDOR DE LA HISTORIA

INVESTIGADOR, DR. RICARDO "EL MORDAZ"

En el año 1066 murió el rey inglés Eduardo el Confesor sin dejar sucesores. El reinado fue reclamado por tres notables guerreros y estadistas: Harold Godwinson de Inglaterra, Harald Haardrade, rey de Noruega y el duque Guillermo de Normandía, más tarde llamado El Conquistador. Los tres sostenían que en algún momento, Eduardo el Confesor les había prometido el trono.
El primero que lo ocupó, proclamándose rey de Inglaterra fue Harold Godwinson quién ya se encontraba en suelo inglés. Harald Haardrade debía armar una flota de naves vikingas y cruzar todo el Mar del Norte hasta llegar a las costas inglesas. Por su parte, Guillermo debía hacer lo mismo cruzando el Canal de la Mancha con un ejército de nobles franceses. Quién primero llegó fue el rey noruego que desembarcó en la costa este de Inglaterra a la altura de York. Lo acompañaba el caballero Tostig hermano y enemigo acérrimo de Harold.
El 25 de septiembre de 1066 se enfrentaron las fuerzas de Harold con las de la coalición de Harald Haardrade y el conde Tostig. Suponemos que era un día gris de otoño y que recién se levantaba del suelo la niebla matinal. Harold con un grupo de sus generales, se adelantó hacia el bando contrario y a mitad de camino se encontró con Tostig quién también estaba escoltado por un grupo de jinetes. Ninguno de los dos pudo reconocerse porque los yelmos cubrían sus rostros.
Entonces Harold se adelantó a parlamentar y ese diálogo fue recreado por Jorge Luis Borges en el relato “El pudor de la historia” que forma parte del libro “Otras Inquisiciones”. Así lo relata Borges:
“Veinte jinetes del ejército sajón se allegaron a las filas del invasor; los hombres, y también los caballos, estaban revestidos de hierro. Uno de los jinetes gritó:
-¿Está aquí el conde Tostig?
-No niego estar aquí-dijo el conde.
-Si verdaderamente eres Tostig –dijo el jinete- vengo a decirte que tu hermano te ofrece su perdón y una tercera parte del reino.
-Acepto -dijo Tostig-¿pero que hay para el rey Harald Haardrade?
-No se ha olvidado de él –contestó el jinete- Le concede seis pies de tierra inglesa y, ya que es tan alto, uno más.
-Entonces –dijo Tostig- dile a tu rey que pelearemos hasta morir.
Dejamos aquí el relato de Borges y retomamos la crónica anglosajona que relata la batalla que tuvo lugar en las planicies de Stamford Bridge próximo a York. En el medio del combate Harold, quién era un fogueado general, ordenó una maniobra de retirada. El rey noruego y Tostig, creyéndose vencedores se lanzaron en persecución de las fuerzas inglesas que de pronto dieron media vuelta y rodearon a los vikingos.

Batalla de Stamford Bridge
Se produjo un feroz combate donde Harald Haardrade recibió un flechazo en la garganta que le produjo la muerte. Un compañero le preguntó si estaba malherido y el rey vikingo le contestó: “Es sólo una pequeña flecha, pero está cumpliendo su trabajo”. El conde Tostig también murió en el combate y Harold fue el vencedor dando término a las invasiones vikingas en Inglaterra.
Harold había triunfado, pero tres días después cientos de naves provenientes de Normandía desembarcaron en el sur de Inglaterra. Era el duque Guillermo, el tercero en discordia que venía a reclamar el trono de Inglaterra. Harold tuvo que hacer una marcha forzada desde York, desplazándose hacia el sur con sus fuerzas exhaustas que no habían tenido tiempo de recuperarse del reciente combate para encontrarse en Hastings con el ejército de Guillermo que no lo superaba en número, pero sí en calidad.

Guillermo el Conquistador
Narran las crónicas que al poner el pie en tierra, Guillermo perdió el equilibrio y cayó de bruces sobre la arena, frente a la mirada atónita de sus soldados, quienes interpretaron la caída como un mal augurio para la invasión. No obstante, uno de sus nobles se apresuró a salvar la incómoda situación diciéndole «Ahora tiene en sus manos la tierra de Inglaterra». Con esta frase oportuna el Duque de Normandía, fogueado en enfrentar situaciones de todo tipo, transformó la embarazosa situación en un acto solemne tomando posesión de Inglaterra en tanto sostenía en su mano un puñado de arena de la playa.
El de Guillermo era un exponente de los nuevos ejércitos imperantes en Europa Occidental. Contaba con cuerpos diferenciados de arqueros y ballesteros, hombres de armas a pie y caballería pesada que había incorporado el estribo como adelanto tecnológico a través del cual los jinetes lograban mayor energía en el golpe de lanza. Además de sus vasallos normandos, Guillermo contaba con aliados bretones, franceses y flamencos.

Detalles de la batalla de Hastings en el tapiz de Bayeux
La batalla de Hastings tuvo lugar el 14 de octubre de 1066 y duró todo el día, hasta que finalmente las fuerzas de Guillermo se impusieron. Harold murió en el combate y con él se terminó la dinastía anglosajona. Pero hubo otras consecuencias que hicieron que fuera la batalla más importante de la historia de Inglaterra:
Gran Bretaña salió de su estado atrasado y periférico y se convirtió en una de las potencias occidentales del Medioevo.
El cristianismo fue elevado a religión oficial, donde hasta entonces había convivido junto a toda clase de cultos de origen celta, germano o vikingo. La influencia del papado sería un factor decisivo en las guerras de religión que tuvo Inglaterra en el siglo XVI.

Escudo de Inglaterra
Durante varias generaciones se habló francés en la nobleza inglesa, hasta ser lentamente desplazado por el inglés. Como resabio persiste en el escudo de Inglaterra la frase “Dieu et mon droit”.
Los descendientes de Guillermo trasladaron cada vez más la base de su poder a Normandía, a la que consideraban una parte más de su reino; esto condujo al prolongado enfrentamiento con Francia que fue la Guerra de los Cien Años.

Tapiz de Bayeux en el museo de Tapices de la ciudad de Bayeux
La batalla de Hastings es el tema principal del lienzo más famoso del mundo, no sólo por su tamaño de 68 metros de longitud sino por su valor artístico e histórico. El tapiz de Bayeux relata también gran parte de los sucesos ocurridos en el siglo XI en Inglaterra y constituye un documento visual único de este periodo histórico.

lunes, 10 de octubre de 2016

BORGES EN LA BIBLIOTECA NACIONAL HASTA EL 15 DE DICIEMBRE


BORGES el mismo, otro


HISTORIA UNIVERSAL DE LA FAMA
BORGES POR SÁBAT, GEORGIE DEAR
Sala Leopoldo Marechal, Sala María Elena Walsh, Plaza del Lector Rayuela y Museo del libro y de la lengua
EXPOSICIONES
La exposición posee una singularidad sin precedentes para una institución pública. Se desplegará en dos conceptos: Una lógica simbólica: Manuscritos de Jorge Luis Borges en la Biblioteca Nacional, que reunirá una extraordinaria colección de manuscritos originales de Jorge Luis Borges, e Historia Universal de la Fama, que explorará la recepción de Borges en la cultura popular en las décadas del sesenta, setenta y ochenta. Como parte de un mismo recorrido, en la Sala María Elena Walsh de la planta baja de la Biblioteca, se podrán apreciar originales de los retratos del ilustrador Hermenegildo Sábat, quien logró captar con su arte a un Borges para nada solemne. A su vez, en la Plaza del Lector Rayuela, los dibujos del libro Georgie Dear, de Sábat, acompañarán a quienes recorran el espacio entre el Museo y la Biblioteca.
Una lógica simbólica será la oportunidad para que confluyan manuscritos de los más famosos cuentos, ensayos y poemas de Jorge Luis Borges. Se destacan especialmente los once folios pertenecientes a “Pierre Menard, autor del Quijote”, texto inicial y paradigmático de la obra borgeana que el público argentino podrá ver por primera vez en nuestro país.
El conjunto de manuscritos recorre los textos de sus primeros poemarios, sus ficciones de la década del cuarenta y un ensayo sobre budismo de comienzos de la década del cincuenta.
Entre los cuentos se expondrán “Las ruinas circulares”, “Examen de la obra de Herbert Quain”, “La forma de la espada” y “Tema del traidor y del héroe”, todos pertenecientes a una de sus obras más reconocidas, Ficciones (1944). Además, se exhibirán originales de “Emma Zunz”, “La biblioteca total”, “El acercamiento a Almotásim” y “El último viaje de Ulises”, entre otros.
Este material se verá acompañado de primeras ediciones y parte de los libros que pertenecieron a su biblioteca personal y que conforman la Colección Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional.
Esta muestra es una invitación a indagar en el misterio de la creación literaria a través de la íntima reciprocidad entre lectura y escritura, entre el libro, el manuscrito y la obra. Dar cuenta de este proceso, lo sabemos, es casi tan inasible como la naturaleza intrínseca del lenguaje que trafica con símbolos e ideas comunes.
Una lógica simbólica: Manuscritos de Jorge Luis Borges en la Biblioteca Nacional
Sala Leopoldo Marechal, Biblioteca Nacional
La muestra podrá visitarse hasta el 15 de diciembre de 2016.

viernes, 7 de octubre de 2016

BORGES,LA BIBLIOTECA DE BABEL Y LA REVISTA SUR


La tentación de escribir otro cuento
Se trata de "La biblioteca de Babel"; la institución compró además un ejemplar de Sur con correcciones del autor


La mayoría de los cuentos, poemas y ensayos de Borges tuvieron una primera vida en la revista Sur antes que en los libros. Esta precedencia no debería pasarse por alto ni tomarse a la ligera. Posiblemente, esa primera publicación era para Borges otro episodio,casi el último, de la escritura.
Borges usaba la revista de Victoria Ocampo como base de operaciones; era como si necesitara la distancia de lo impreso en una publicación periódica para dar después con la forma final. Uno tiene la impresión de que esa primera luz pública en Sur era para Borges algo bastante parecido a lo que para otros son las prueba de galera. Sur como prueba de galera... ¡qué atrevimiento y qué privilegio inusitado! Para casi todos sus contemporáneos, Sur era un punto de llegada; para Borges, en cambio, era un punto de partida. Esto quedó claro en el ejemplar del número 112 (febrero de 1944) que descubrieron en la Biblioteca Nacional los investigadores Laura Rosato y Germán Álvarez. En ese ejemplar de Sur, Borges le cambió el final -y le dio el que todos conocemos- a "Tema del traidor y del héroe". Sin embargo, otro ejemplar de Sur podría ahora cambiar esta presunción de las pruebas de galera , o por lo menos introducir un matiz diferente.


Alberto Manguel contó ayer que la Biblioteca Nacional había comprado un ejemplar del número 76 (enero de 1941) de la revista Sur que había pertenecido a Antonio Carrizo. Ese ejemplar no era uno cualquiera, y no sólo porque estaba allí la primera publicación de "La lotería en Babilonia". Borges volvió a usar las páginas de Sur como pruebas, aunque con una diferencia: más que corregir detalles, o el final, escribió (sobreescribió) directamente un relato casi nuevo. Cuesta resistirse al fetichismo del manuscrito (ver el santo grial de "Pierre Menard" o de "La biblioteca de Babel"), pero más irresistible resulta la evidencia del cuento que quiso escribirse y que no se escribió. Es lo que pasa con "La lotería..." En lugar de confirmar una imaginación primera (como pasaba con "Tema del traidor y del héroe"), Borges solapa directamente una segunda invención. El cuento cambia incluso de nombre y pasa a llamarse "El babilónico azar". Todo va en otra dirección ya desde el adjetivo "babilónico" antepuesto al sustantivo.


André Gide creía que el clasicismo era un romanticismo sojuzgado; la transparencia del Borges de los últimos años era también un barroco sojuzgado, mantenido a raya. Lo que aparece aquí es un Borges más salvaje, en la medida en que, como él mismo no ignoraba, el barroco linda con la barbarie.
Podemos imaginar lo siguiente: Borges se enfrenta con el cuento ya publicado en Sur. Lee una línea: "He conocido lo que ignoran los griegos: la incertidumbre". Piensa tal vez que la lotería es una simple alegoría de la incertudumbrem pero lo que está en el fondo es el azar. El azar es más barroco que la lotería. Borges usó esa vez el ejemplar de Sur para escribir (rescribir) el cuento que a esa altura no se habría atrevido a publicar.

P. G.