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martes, 23 de julio de 2024

LOS LUNES, JUAN CARLOS PALLAROLS, MUESTRA EL ÍNTIMO MUNDO DE EVITA (las joyas, la maqueta del sarcófago y la máscara mortuoria de Eva Perón, y asistan a un unipersonal de Esther Goris)


El mundo íntimo de Evita: sus joyas, su máscara mortuoria y un unipersonal de Esther Goris, en el museo de Juan Carlos Pallarols
Todos los lunes, el orfebre Juan Carlos Pallarols abre las puertas de su museo-atelier para que 25 personas conozcan las joyas, la maqueta del sarcófago y la máscara mortuoria de Eva Perón, y asistan a un apasionado unipersonal de Esther Goris
Gustavo Lladós
Las joyas y objetos mortuorios de Eva Perón, exhibidos en el museo-atelier de Juan Carlos Pallarols

Para los amantes de la historia, la experiencia puede ser atrapante. Es de suponer que para los peronistas de la primera hora lo sea aún mucho más. No todos los días se pueden ver (¡y hasta tocar!) las joyas originales que usó Eva Perón en sus actos ni mucho menos acceder a lo que, hasta ahora, se desconocía que existiera: su máscara mortuoria y una maqueta del sarcófago aprobada por Juan Domingo Perón. El evento, restringido a un público limitado, se completa con una nutrida picada y un unipersonal de Esther Goris, titulado Evita, la más amada, la más odiada, en el que pasa revista a la vida y obra de “La abanderada de los humildes”.
Todo esto sucede los lunes a las 19 en el museo-atelier del orfebre Juan Carlos Pallarols (ubicado en Defensa 1094, en el corazón de San Telmo), previo pago de 50.000 pesos, en el caso de los asistentes locales, o de 100.000 pesos, si se trata de turistas, y luego de haber hecho las reservas de rigor escribiendo con suficiente anticipación a museopallarols@gmail.com. A la velada sólo pueden asistir hasta un máximo de 25 personas por lunes. El mismo Pallarols en persona da la bienvenida y ofrece una charla al paso sobre la inusual memorabilia que atesora en cada cuarto de su propiedad.
La maqueta del sarcófago de Eva Perón
La que más impacta está guardada bajo cuatro llaves, en un cuarto secreto, que abre y cierra cada vez que aparecen los invitados: la maqueta del sarcófago de Eva Perón, que remite a una larga historia –en parte truculenta– atravesada por los fuertes vaivenes políticos de mediados del siglo pasado. La misma podría abreviarse así: producido el deceso de Eva Perón, el 26 de julio de 1952, el médico español Pedro Ara trata su cuerpo con sustancias químicas y parafina para recuperar y conservar la belleza original de su rostro y luego, por solicitud de Perón, se le encomienda al orfebre Carlos Pallarols Cuni (padre de Juan Carlos) la confección de un sarcófago de plata. Se trataba de una tapa forjada y cincelada que cubriría el cuerpo de la esposa del presidente, “realizada en láminas de plata con algunos detalles en oro, que una vez al año, cada 26 de julio, se levantaría para que la gente pudiera ver el cadáver momificado”.
Colección privada de Juan Carlos Pallarols
Para llevar adelante la obra, Pallarols Cuni fundió todo el metal que tenía y comprometió su capital personal para adaptar su taller y conseguir todos los elementos necesarios para la realización de una obra de grandes dimensiones. Luego, para poder avanzar con el trabajo tuvo que recurrir a préstamos privados. No le pidió al gobierno ningún adelanto monetario ni le exigió un contrato porque consideraba que “la palabra tenía más valor que cualquier papel”. El sarcófago de plata iba a ser incorporado a los pies de una gigantesca figura de un trabajador de 45 metros de alto, titulada Los descamisados. La idea estaba tomada del monumento a Los inválidos, de París, donde descansan los restos de Napoléon Bonaparte.

Solo 25 personas tienen acceso al museo-atelier de Juan Carlos Pallarols cada lunes

Durante tres años dedicó tiempo completo a la labor, hasta que en 1955 estalla la Revolución Libertadora y el golpe militar destituye al presidente Perón. Al año siguiente, el nuevo gobierno emite el decreto 4.161 que obliga a deshacerse de todo elemento relacionado con el peronismo. Pallarols Cuni no sólo se vio obligado a destruir años de esfuerzo sino que quedó sumido en una terrible deuda, ya que no alcanzó a cobrar nada por el trabajo realizado hasta ese momento.

Esther Goris vuelve a ponerse en la piel de Evita
Fue en ese contexto, explica hoy Juan Carlos Pallarols  que “mi padre tuvo que olvidarse de la palabra empeñada y fundir la plata –¡130 kilos!– de toda aquella obra”. No obstante, y aquí aparece el factor sorpresa, la familia –que había sido dueña del Café Tortoni– logró preservar la maqueta a escala reducida del sarcófago, de 1,20 m. de largo (la mitad del tamaño original), trozándola en varias partes y envolviéndola en distintos manteles y canastos (del reducto gastronómico de Av. de Mayo), que luego fueron enterradas en la quinta familiar de Rafael Calzada. Recién tras el advenimiento de la democracia, en 1983, fueron desenterradas, restauradas y pegadas hasta que la maqueta recobró el formato original. Fue para ese entonces, también, que Pallarols hijo decidió homenajear a su padre (que murió en 1970) rescatando del olvido otro objeto invalorable de su padre: la máscara mortuoria de Eva Perón. La misma había sido realizada por Pallarols Cuni a partir de un molde tomado del rostro de Evita durante el proceso de conservación llevado a cabo por el Dr. Ara. Luego, a partir de ese molde celosamente guardado, Juan Carlos Pallarols resolvió darle luz en una obra renovada: La Máscara de Evita.
 Evento Evita la mas odiada la mas amada. Buenos Aires, 
Más adelante, en el recorrido por el taller-museo de Pallarols, en uno de los livings de la propiedad de tres plantas, el público se encontrará con una enorme vitrina. En uno de los extremos aguarda otra de las sorpresas de la visita: las joyas de Eva Perón. Todas fueron adquiridas por el dueño de casa –que paradójicamente se jacta de no ser peronista “ni de ningún otro partido”– en diferentes ocasiones. Se destacan un broche del escudo del Partido Justicialista, “que Evita usaba habitualmente en la solapa de sus trajes, que luego lució durante el velatorio y que más tarde, misteriosamente, desapareció hasta que lo encontré y lo compré en el Monte Pío de Madrid”; la orden de Mérito, que le otorgó Franco durante su viaje a Europa, adquirida a la familia Guardo; el primer diseño de la Orden del Libertador “que hizo mi papá en 1948″ (en realidad para Perón) y una espectacular gargantilla de oro, diamantes y rubíes “que le regaló el empresario naviero Alberto Dodero luego de venderle al Estado la flota de ultramar”. Cuenta Pallarols que después de recibir semejante presente, Eva Perón le envió una esquela a Dodero: “Hoy usted y su señora me han hecho sentir una reina”. “Y está bien que lo haya hecho –opina el orfebre– porque esta es una joya que ni la reina de Inglaterra habría esperado”.
A los 45 minutos de haber arribado al lugar -después de recorrer las distintas salas (donde también aparecen exhibidas copias de las piezas que Pallarols creó para Lady Di y Máxima Zorreguieta) y disfrutar de la picada regada con buenos vinos- el público visitante es invitado a ingresar al comedor principal de la casa. Y a presenciar una verdadera función teatral privada, estilo tertulia. Allí se producirá el momento más emocionante de la noche, cuando aparezca Esther Goris y retome el personaje que la consagró en 1996, cuando protagonizó el film Eva Perón, la verdadera historia, de Juan Carlos Desanzo.
Esther Goris, escuchada atentamente por los 25 presentes al exclusivo evento
“En realidad se trata de una charla sobre su vida, que mecho con algunos de sus discursos y fragmentos de la película, que escribí en 2019 cuando se cumplió el centenario de su nacimiento. En el verano Pallarols me llamó y me preguntó si tenía ganas de hacer algo en torno a la figura de Eva, porque él quería acercársela a los turistas que visitan su museo. Yo le ofrecí hacer Evita, la más amada, la más odiada y ahora la experiencia está dirigida a todo el mundo, tanto a los extranjeros como a los argentinos”, comenta la actriz. Para los extranjeros que no entiendan el idioma español, se ofrecen auriculares en los que se escucha –otra gran novedad de la cita– a Goris hablando en inglés gracias a la IA, “que me traduce y hasta reproduce la cadencia de mi voz”, comenta la actriz.
Juan Carlos Pallarols abre los lunes las puertas de su museo-atelier para este original espectáculo
“Esta es una experiencia muy única, y desde ya exclusiva, ya que es para apenas 25 espectadores que se sientan alrededor de una mesa para escucharme, en un mano a mano conmigo y con la historia. No niego que lunes tras lunes la situación me genera nervios, pero el resultado siempre termina siendo positivo y la devolución de la gente es maravillosa. Sean extranjeros o locales, todos terminan con los ojos humedecidos. Y yo también, por qué lo voy a negar”, reconoce la intérprete, quien a lo largo de una hora recorre con pasión los momentos esenciales de la vida de Eva Perón, aquellos que forjaron su carácter y luego la convirtieron en mito.

La máscara mortuoria de Eva Perón
“Cada lunes, cuando me vuelvo a poner en la piel de Evita, siento la misma emoción que viví el primer día de filmación de Eva Perón, la verdadera historia, hace tantos años. Aunque nadie me lo crea, encarnar a Eva Perón es una tarea muy fácil porque no hay más que poner sus palabras en boca de uno para que la emoción aflore y todos terminemos conmoviéndonos”, confiesa la actriz, que reconoce que a lo largo de todos estos años, desde que se estrenó el film, el público no dejó de recordar su labor en él. “Aunque haya interpretado muchos roles, incluso a otras figuras que hicieron historia, como Coco Chanel, la gente me identifica con este personaje. Pasan los años y, como me sucede aquí todos los lunes, sigo recibiendo el cariño del público por haber encarnado a Evita, lo cual para mí es un honor”, concluye Esther Goris.

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miércoles, 19 de abril de 2017

JUAN CARLOS PALLAROLS



Juan Carlos Pallarols convirtió su casa de San Telmo en un museo. Sin embargo, las piezas de plata, los retratos, los cuadros, no están en exhibición: son parte de lo cotidiano. Hablan de la vida y el trabajo de seis generaciones de orfebres unidas por el hilo invisible del trato con los materiales y la transmisión de un oficio. Cada cosa aquí tiene una historia y al mismo tiempo vive. Y todas alimentan el trabajo de Juan Carlos, que se inició en la tradición familiar a los tres años, gracias a su abuelo catalán.
Ese abuelo, José Pallarols Torrás, tomó a su nieto como su lazarillo después de enviudar, en 1945. Al mismo tiempo, con 65 años, empezó a pasar en limpio los escritos que había acumulado a lo largo de su vida. Juan Carlos lo veía inclinado sobre su escritorio de madera estilo inglés, junto a un globo terráqueo. Así, el Abi llenó más de 400 páginas con letra manuscrita grande y clara. Ese cuaderno de tapas marrones que guarda sus memorias es una de las cosas que Juan Carlos más quiere, en una vida llena de objetos y recuerdos. "El abuelo me regaló sus últimos años -dice-. Y así me regaló la vida y el coraje para vivir."


Lo primero que le enseñó es la paciencia. Un día trajo un manojo de cantos rodados oscuros y, en una olla con agua, los puso al fuego. Antes de retirarse, le dijo al nieto que quería cocinar "esos porotos" y que no debía llamarlo hasta que estuvieran blandos. "Yo sabía que no eran porotos. Pero sabía también que mi abuelo no me haría un chiste de mal gusto. Había algo que aprender: me estaba enseñando a ser paciente, a estar en el tiempo. Hoy nada me apura. Le dedico a cada pieza el trabajo y los días que demande."
Después le enseñó a jugar. En el taller de la calle Boedo, en Lomas de Zamora, le preguntaba en catalán: "¿Qué vas a hacer hoy?". Al nieto le gustaba armar carritos de hojalata y madera. Hacía las ruedas con rodajas de palo de escoba. A los cuatro, puso la tapa de una lata de sardinas marca Nereida sobre lacre y así debutó en el cincelado. A los cinco, guiado por el abuelo, talló el rostro de San Martín sobre una moneda. Pallarols la busca y me la extiende: es el perfil del Libertador, inconfundible. Tiene muchos defectos, replica el orfebre, y trae otra que hizo pocos años después: este es perfecto, el héroe del billete. A los 9, el abuelo lo hizo dar un gran paso. Pero él se enteró después, cuando lo acompañó a la editorial Guadalupe, en la calle Mansilla. Allí descubrió, incrustada en la tapa de uno de los misales en exhibición, una de las flores de bronce que había aprendido a hacer. "A partir de ahí ya me sentí un profesional."


Pallarols toma el cuaderno y me lee una escena del 8 de julio de 1901, cuando el abuelo se declara ante quien será su esposa, Catalina Cuni, en el bar Moritz de Barcelona. Tras proponerle iniciar una relación, según escribió, José le advirtió a la dama: "He de hacerle una observación: yo soy pobre. Mi fortuna son mis cinco dedos de cada mano. Así es que la mujer que se case conmigo tendrá que trabajar como yo. Si hay glorias, las compartiremos. Y si vienen penas, también". ¿La respuesta de Catalina? "Yo también soy pobre. Además, también lo encuentro algo diferente de los demás jóvenes." Décadas más tarde, Pallarols fue al Moritz a tomar una cerveza en honor de sus abuelos. Se trajo la botella, que hoy descansa en una repisa de su comedor.
Aún hoy, cuando lo asaltan dudas, Juan Carlos busca respuestas en las memorias de su abuelo, que llegan hasta 1909, año en que José, Catalina y su hijo de un año (el padre de Juan Carlos) dejan Barcelona y se asientan en Buenos Aires.
"Yo no soy un talento -dice Pallarols-. Soy un chico bien enseñado." En una de las paredes de su taller, bien alto, escribió una frase que preside su trabajo diario: ". y sigo jugando con el Abi".
H. M. G. 

sábado, 11 de marzo de 2017

ANECDOTARIO PALLAROLS



"Abuela, ¿qué es un quilombo?" Décadas después de la inocente pregunta, el cachetazo que recibió sigue grabado en la mente de Juan Carlos Pallarols. Curioso, porque la pregunta del niño Juan Carlos se terminaría demostrando seguramente impertinente, pero no desubicada: ya adulto, su oficio de orfebre artesanal, a primera vista aséptico y lejano de los febriles entreveros del poder en la Argentina, terminaría metiéndolo en más de un ídem (ver la palabra arriba citada).



Preguntaba y pregunta Pallarols. Sigue creando piezas únicas a los 74 años y, entusiasmado, exhibe y comenta en su taller de San Telmo detalles de la abrumadora cantidad de objetos históricos que allí guarda. Destacan desde la propia casona, en la que se reunían en los albores de la Argentina moderna figuras como Leandro Alem y Bartolomé Mitre, hasta la foto que le dedicó Carlos Monzón, uno de los muchos boxeadores a los que les diseñó un cinturón de campeón: "Pal que me hació el cinto [sic]".
Pallarols admite que la curiosidad lo supera, que nunca dejó de preguntar, que nunca se resignó a no saber por qué. Más de una vez, la respuesta que recibió lo hundió en la amargura. En 1951, por ejemplo: el joven Pallarols no entendía cómo Banfield, el equipo de su barrio, la camiseta que lo conmovía cada fin de semana, no se había llevado el título ante Racing. Gobernaba Juan Domingo Perón y Ramón Cereijo era secretario de Hacienda. 

Que Racing fuera apodado "Sportivo Cereijo" ahorra explicaciones. El 1-0 de Racing en el segundo partido del desempate tras igualar ambos equipos en 44 puntos sigue siendo motivo de polémica casi 66 años después. El joven Pallarols lo confirmó: Banfield entregó aquel título, la primera intromisión de un equipo chico en el reino de los grandes. "Casi me meten preso por insultar a Cereijo", recuerda. "Abordé a un dirigente de Banfield y le pregunté qué había pasado. «Qué querés, pibe... ¡Nos dieron tanta guita!», me dijo. Esa respuesta fue una puñalada, yo tenía 11 años. Y me hice de River, me dio más satisfacciones que Banfield."
Las puñaladas son parte de la vida. Si se las resiste, ayudan a madurar. Así como River le permitió calmar el dolor que le provocó Banfield (equipo apodado El Taladro), hay otro objeto, fino y largo, incrustado en las costillas de Pallarols. Lo tiene clavado en el alma. Ante el más mínimo movimiento, los quejidos son inevitables. Duele como un cuchillo, sí, pero en realidad es un bastón lo que tiene atravesado.




La turbulenta transición presidencial de fines de 2015 entre Cristina Kirchner y Mauricio Macri dejó heridos, y uno de ellos fue Pallarols, encargado desde los años 70 de producir una pieza única: el bastón que simboliza el poder de los presidentes. Cuando la doctora se negó a ser parte de la ceremonia de entrega del mando al ingeniero, Pallarols se encontró en medio de una guerra entre el gobierno nacional, aún en manos kirchneristas, y el de la ciudad de Buenos Aires, base del macrismo hasta que la Casa Rosada le abriera las puertas. En aquellos tensos días antes del 10 de diciembre, el orfebre quiso ser respetuoso de la tradición y entregar el bastón de urunday -madera elegida en el regreso de la democracia por Raúl Alfonsín- al presidente electo. Como a don Raúl, a Pallarols se le mezclaron el no saber, el no poder y el no querer: Macri eligió asumir con un bastón diferente y cortó así una tradición que se remontaba al breve período democrático iniciado en 1973. 

Pallarols recuerda una llamada de un asistente de Juliana Awada para preguntarle si Cristina no le había echado algún tipo de maldición al objeto, pero se niega a creer que ningún tipo de superstición haya podido ser la causa. No, Pallarols quiere demasiado al bastón y a la república que éste representa. Por eso sigue sin perder la esperanza de que el objeto que guarda con esmero recupere sus plenos poderes: "Si Macri me hace media guiñadita voy y se lo llevo".
S. F.