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jueves, 28 de noviembre de 2024

LA ARGENTINA, ESPERANZA Y CENTENARIA BIBLIOTECA PARA CIEGOS




“Rumbo y fe”
Diego Garazzi
El momento del despegue es uno de los más riesgosos en la aviación. Cada una de las tres velocidades del proceso tiene su criticidad particular. De 0 a 100 km/h se presta atención al instrumental para verificar si no existen fallas menores que hagan preferible abortar el procedimiento. Entre 100 y 200 km/h se suman chequeos más complejos que advierten de la necesidad de desistir o no del despegue para evitar riesgos ciertos de colisión. Alcanzada la “V1” (velocidad de 240 km/h aproximadamente), el piloto debe iniciar las maniobras de despegue y ascenso.
Si decidiera frenar a esa velocidad no podría evitar estrellarse contra los límites de la pista. Debe orientar el avión hacia su destino y confiar en su experiencia, en el procedimiento y en el instrumental que le brinda información. En la jerga aeronáutica, los pilotos recitan un mantra que grafica el momento exacto del traspaso del control humano al control divino una vez alcanzada V1, cuando ya no hay vuelta atrás: “Rumbo y fe”.
Javier Milei inició su presidencia directamente en V1. Apenas asumió, aceleró de tal manera que todo el instrumental vetusto con el que los políticos midieron sus acciones infaustas durante tantas décadas fue reemplazado por solo dos relojes que se miran con obsesión y que proyectan dos objetivos: bajar la inflación y alcanzar el déficit fiscal cero. Decidió un rumbo claro, alcanzó la velocidad de despegue e invocó a las fuerzas del cielo. Rumbo y fe.
Es cierto que focalizar en solo dos variables (inflación y déficit cero) desatiende una inmensa cantidad de dificultades sociales que los ciudadanos viven en carne propia, todos los días. Y también es cierto que es tarea de la oposición advertir al gobierno sobre los problemas que pueden derivarse de un despegue impulsivo y vertiginoso como el propuesto por el Gobierno en un país oxidado como la Argentina, arruinado por políticas y políticos equivocados.
La oposición, entonces, tiene la obligación de activar esas alarmas de manera confiable y desinteresada, sin que parezcan reclamos obsoletos para obtener un rédito político mezquino. Deben parecer –y ser– sinceras y efectivas correcciones necesarias para mejorar el despegue. Ciclópea tarea para una oposición aún atónita y disgregada por la vorágine presidencial y el apoyo popular al firme camino trazado por el Presidente.
El tablero de control del avión presidencial en el que los 47 millones de argentinos estamos embarcados, tiene como botones principales las redes sociales, ejes del humor comunitario que moldea el discurso flamígero del Presidente. Este es el campo de la batalla cultural que el Gobierno libra principalmente en la red social X (¡cómo se extraña llamarla “Twitter”!). Es fascinante el nivel máximo jamás alcanzado por la libertad de opinión en esa red social, con reserva de los desafueros que se cometen en el anonimato. Pero opinión no es información. La libertad de expresión jamás debe ser censurada, pero no debe confundirse con la libertad de información, clave en cualquier orden democrático.
En conexión con lo anterior, en septiembre de 2024, el diario El
País y SER de España publicaron un informe titulado “El ‘desorden democrático’ de España” (https://ep00.epimg.net/infografias/encuestas40db/2024/09barometro/2024_09_barometro_democracia.pdf), donde queda plasmado que las redes sociales son por lejos los vectores preferidos para la divulgación de las noticias falsas, y que X es el canal predilecto para difundirlas.
La información genuina nace del ejercicio profesional del periodismo con parámetros de calidad y rigurosidad que el Gobierno debería apoyar como un valor democrático irrenunciable, en lugar de pretender esmerilarlos continuamente, agitando a su tropa contra medios y periodistas con ataques constantes, verbales y económicos.
Los medios ejercen de señalización objetiva y fiable. Como amante de los datos, el Presidente debería fomentar el desarrollo y la viabilidad de medios de comunicación profesionales y no combatirlos con ánimo de exterminio.
Aunque en los últimos meses el cielo aparece despejado, el Gobierno, y fundamentalmente el Presidente, crea sus propios focos de tormenta, sus enemigos, como si necesitara pegarle a alguien siempre, insultar, descalificar con soberbia, agredir para constituirse como ser. Los caminos del diálogo armonioso y constructivo lo desequilibran, el punto más endeble de nuestro comandante de a bordo.
Como a toda acción le corresponde una consecuencia, esas tormentas “a la carta” han dejado secuelas en el fuselaje del Gobierno que se perciben en cada decisión que debe someterse al Congreso, cuyos integrantes son denigrados de manera alevosa. El respeto al prójimo y el consenso son kriptonita para el Gobierno.
Tal vez, en verdad, aún no hayamos alcanzado V1, la velocidad de despegue, la que no permite ya atender alarmas y corregir errores. Tal vez estemos a tiempo de atemperar las enormes diferencias que dividen a la sociedad y ecualizar mejor aquellas variables que por el momento han sido dejadas de lado por el Gobierno para atender las urgencias derivadas de un ciclo político precedente de destrucción social y cultural nunca visto. Tal vez tengamos la chance de fijar la brújula de nuestro crecimiento y desarrollo como sociedad, fundándonos en los principios de verdadera libertad, unión, respeto y colaboración, y podamos experimentar, finalmente, un despegue vigoroso, definitivo y total. Está en nuestras manos. Rumbo y fe


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El sentido cristiano de la paz
Antonio Boggiano

Estas líneas van dirigidas a todo lector, creyente o no, en la esperanza de la comprensión de lo siguiente. Basta el ejemplo de San Pablo: somos hijos de la permanente conversión. A punto tal que se puede decir que todo hijo de la resurrección es también hijo de la conversión, pues esta es inherente a la condición humana. Tanto el caso de la conversión a la fe como el caso de la lucha por guardar la fe contra la duda, el descreimiento, el escepticismo o la incredulidad. Por eso, a un género amplísimo de destinatarios va dirigida esta nota: a los convertidos a la fe, cuanto a la guarda de la ya adquirida.
La ejemplar vida de San Pablo puede servir de arquetipo de lo que aquí se intenta definir, esto es, que no hay resurrección sin la permanente lucha por la conversión. Los hijos de la resurrección son hijos de Dios y, por consiguiente, hijos del permanente acercamiento al modelo de Cristo, Dios de la paz. Modelo abierto a la fe de todo hombre, para que pueda llegar a la dignidad de ser hijo de Dios.
Cabe insistir en la idea de la conversión como presupuesto de la dignidad de los hijos de la resurrección; esta conversión obliga y compromete a todo hombre, tanto de fe, como no creyente o agnóstico. La conversión es presupuesto necesario y esencial de la resurrección. El ejemplo de la conversión de San Pablo es una muestra necesaria de la resurrección a la que alude Lucas en palabras de Nuestro Señor (Lc. 20, 36).
La conversión está abierta de este modo a todo hombre a quien va dirigida la palabra de Dios. La conversión paulina es modelo del oyente de la palabra, cuya difusión se alcanza por el afán apostólico por la paz. Resurrección y conversión constituyen la síntesis de la lucha por la defensa pacífica y respetuosa de la fe. El hombre de hoy bien puede encontrar en la palabra de Dios el sentido la plenitud de la vida, que consiste en la resurrección de la carne, aspecto esencial de la fe católica. Así pues, la propagación de la fe, en el magisterio de la Iglesia, tiende a la conversión de todo hombre a fin de alcanzar la promesa dirigida a los hijos de la resurrección.
La conversión y la consiguiente resurrección son coadyuvantes para garantizar la paz necesaria entre todos los hombres y solucionar los conflictos armados que buscan un fin puramente mundano, o un fin de paraíso inexistente.

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Centenaria biblioteca para ciegos
El maestro no vidente Juan Lorenzo y González llegaba en 1887 desde España y fue el primero en intentar sistematizar la enseñanza a personas ciegas en el país. Lo reemplazó el italiano Francisco Gatti, quien fundó la escuela que dio origen al Instituto Nacional de Ciegos en una vieja casona en Monserrat. Cuesta imaginar cuán difícil era por aquel entonces que las personas no videntes tuvieran acceso a la más mínima información básica para formarse tanto como para afianzar su autonomía cotidiana.
En 1913, el médico Luis Agote creó la Institución Argentina de Ciegos, a la que se sumó el oftalmólogo Pedro Lagleyze –fundador de la Sociedad de Oftalmología de Buenos Aires–, y que dio lugar en 1939 al Patronato Nacional de Ciegos. Las clases de braille para internados en establecimientos de asistencia pública arrancaron en 1925 y dos años después se compró la primera imprenta braille a Alemania. La primera revista de interés general en braille se llamó Hacia la Luz.
La casa del oftalmólogo Agustín Rebuffo fue la primera sede de la Biblioteca Argentina para Ciegos (BAC). Julián Baquero, poeta y violinista ciego; Alberto Larrán de Vere, periodista, y la profesora de braille María C. Marchi fundaron junto al dueño de casa aquella institución que este año cumple una centuria. Su misión era promover el acceso a la información para personas con discapacidad visual a través de actividades culturales, educativas y recreativas. Tuvo distintas locaciones. La propiedad que ocupa desde 2014 en Almagro, sobre un lote de la quinta de Peluffo, fue declarada patrimonio urbano por la Legislatura porteña. El acervo bibliográfico en braille es no solo el más antiguo de Latinoamérica, sino también uno de los más importantes de la Argentina: unas 3000 obras a disposición de los socios en la sede o por envíos postales y 1400 grabadas en audio. La BAC recibe un subsidio de la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares y brinda servicios variados, entre ellos, la plataforma de préstamo de audiolibros desde su página web y la tienda que concentra desde pizarras y bastones a juegos adaptados, y mucho más.
Con el lema “Ayuda a todo ciego en toda forma”, la BAC agrupa hoy a 250 socios con una activa comisión directiva ad honorem de 12 miembros. Convoca permanentemente a voluntarios para que puedan colaborar como guías en paseos, orientando en los encuentros o realizando trámites administrativos o en la web para quienes tienen dificultades.
La BAC es un lugar de pertenencia para muchas personas ciegas. Cumple con creces su cometido de acercar la cultura y la educación a quienes están privados de la vista. Los cien años transcurridos dan cuenta de un largo camino de esfuerzo y dedicación dirigido a promover el acceso a la cultura y a la igualdad de oportunidades; un desafío que hoy celebran y que los impulsa a seguir trabajando sin descanso en la promoción de la inclusión de las personas con discapacidad visual.

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martes, 19 de noviembre de 2024

LA ARGENTINA, CONCEPTOS Y CRISTINA, CONDENADA Y LIBRE




El “problema espiritual” del país

Loris Zanatta

“Quienes buscan remedios económicos a los problemas económicos van por el camino equivocado”, decía Luigi Einaudi. Un camino que “solo puede conducir al precipicio”. “El problema económico –observaba– es el aspecto y la consecuencia de un problema espiritual y moral más amplio”. No era un aficionado, un académico bueno para soltar sentencias: era un liberal de 18 quilates, un economista de cultura humanista, de los de antes. Fue presidente de la República Italiana en los turbulentos años de la posguerra, luego senador hasta su muerte. Sabía de lo que hablaba.
A ningún país le queda mejor la frase que a la Argentina: todos parecen convencidos de que tiene un problema económico que necesita una solución económica. Resuelto eso, ya está. ¿Qué mejor taumaturgo, entonces, que un economista? La economía es lo único que se debate. Si existiera una relación causa-efecto entre la relevancia pública de los economistas y los resultados económicos de un país, la economía argentina iría viento en popa. Pero ocurre lo contrario. Capaz que Einaudi tuviera razón.
Tengo edad para recordar los slaloms entre las góndolas en la época de la híper de 1989, el crujir de dólares durante los fastos del uno a uno, la miseria tras el colapso de 2001, la vacua euforia de la “década ganada” y la bronca rencorosa de haberla perdido. Crisis económicas y soluciones económicas. Me disculparán si no me caliento al enésimo comienzo del enésimo milagro del enésimo salvador. ¿A qué edad se deja de creer en Papá Noel?
Estoy contento con los signos de recuperación, estoy de acuerdo con la necesidad de atacar el déficit fiscal y reducir el tamaño del Estado: siempre lo prediqué. Aunque a los golpes de tijeras preferiría reformas orgánicas mejor concebidas; a las venganzas precipitadas, las elecciones estratégicas. Estoy convencido, lo he estado desde el primer día, de que Milei tendrá sus días de gloria, la edad de oro que durante un tiempo también les tocó a sus predecesores. Pero la suya, como las de ellos, corre el riesgo de ser un fuego fatuo, de durar lo que duraron la fiebre del oro en California o el boom del guano en Perú.
Nadie más que Milei busca soluciones económicas a los problemas económicos exacerbando al mismo tiempo el “más amplio problema espiritual y moral”. Les pasa a varios economistas: sobrevaloran el poder ordenador de la economía: se creen previsores, “la ven”, pero el horizonte es la punta de su nariz. La historia es más complicada: el equilibrio macroeconómico es necesario, pero no basta para garantizar la paz y la prosperidad. Gobernar tronando causa inestabilidad, sembrar odio es cosechar violencia, cuadrando las cuentas Milei ordeña la vaca, jugando al tiranuelo patea el balde de leche.
¿Cuál es el “problema espiritual” de la Argentina? ¿La raíz de su decadencia? Ciertamente no es una teoría económica ni lleva el nombre de ningún economista en particular. ¡Vamos! El odio de Milei hacia Keynes es caricaturesco. Puede no gustar, no es santo de mi devoción, pero señalarlo como inspirador del “colectivismo” argentino es hilarante. Si quiere un “culpable”, que se meta con la doctrina social de la Iglesia: de ahí, no de Inglaterra, viene el justicialismo.
No, el problema “espiritual y moral” argentino es otro y está a la vista de todos, tan obvio que ya nadie le presta atención, tan banal que me da vergüenza repetirlo: es la falta de consenso político. No consenso sobre los contenidos, en los que las diferencias son la sal de la democracia, sino consenso sobre las reglas del juego, sobre su sacralidad. No por “bondad” ni por “formalismo”, sino por “conveniencia”, porque al respetarlas desde el poder se puede exigir su respeto desde la oposición. Y las reglas del juego son las instituciones. Humillar a las instituciones, el único deporte nacional más popular que el fútbol, es cortarle las patas a la silla en la que uno está sentado.
El abuso institucional expresa el “síndrome del cien por cien”, la pretensión crónica de una parte de elevarse al todo, de una fe de imponerse como fe de todos, del gobernante de turno de poseer el monopolio de lo bueno, lo bello, lo verdadero. Es la obsesión unanimista, el dogma redentor, el impulso escatológico. ¡Qué disparate las “fuerzas del cielo”! ¡Y qué peligro! ¿Por qué, si Dios me guía, he de doblegarme ante las mezquinas limitaciones de las instituciones humanas? ¿Por qué, si la verdad me ilumina, debo transar con los que viven en la oscuridad? Resultado: prepotencia institucional y concentración de poder, la nueva casta mileísta ya está tomando forma. Pero si la política es la guerra contra el infiel, este meditará la venganza y la contienda continuará eternamente. En un clima así, impregnado de incertidumbre y resentimiento, ningún superávit fiscal bastará jamás para crear un entorno económico sano.
Visto así, el fenómeno Milei es menos inédito de lo que se cree, es parte del problema más que de la solución. Se cree el nuevo rey de una nueva fe, el caudillo de otro “movimiento nacional” fundado en otra “fe de la patria”, con su decálogo, sus próceres y sus rituales plebiscitarios. Si nos fijáramos en la “cultura” más que en la “estructura”, en las instituciones más que en las ideologías económicas, todos veríamos al rey desnudo: el mileísmo, como el peronismo, encarna una idea iliberal de la democracia. A juzgar por su popularidad, se diría que es la preferida por la mayoría de los argentinos. Pero ese es precisamente el precipicio

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Los particularismos llevan a los totalitarismos
Bernardo Saravia Frías


Particularismo es el concepto que mejor describe nuestro tiempo, y todo lo que está mal con nuestro tiempo. Es la imposición de una mirada parcial y mezquina por parte de una minoría legitimada temporariamente por el voto. Con una actitud llevada a la práctica tan simplona como autoritaria, justifican la acción directa como método, argumentando que los amortiguadores institucionales no tienen ningún valor ni razón de ser. Su fin último es la democracia plebiscitaria, hijuela de la representación directa de la Grecia de Pericles, tal vez la única vez que logró expresión completa.
Sus pretensiones, yerros y malos pasos finales abundan en la historia. Las bandas de Clodio en Roma son uno de los primeros antecedentes, que terminó con la República por la creciente inestabilidad a la que llevó la violencia sectaria. El Renacimiento se caracterizó por esos movimientos sísmicos en la vida política, especialmente en las repúblicas libres italianas, a tal punto que Maquiavelo escribió una biografía sobre Castruccio Castracani, sucesor en prácticas e ideas de Clodio. Nuestra historia no se queda corta: los Peñaloza, López y Rosas son protagonistas del drama de la anarquía del año 20 y el largo período de guerras civiles. Ni hablar de los imberbes más acá en el tiempo, que desataron un conflicto interno que aún nos cuesta saldar.
Sirva este racconto para dejar claro que la historia se repite. Como tragedia o como comedia, el particularismo siempre termina mal. En el caso argentino contemporáneo, esta patología explica gran parte de nuestros problemas. Salvo dos presidencias desde la vuelta de la democracia, en el resto hubo intentonas facciosas, que quisieron imlado poner desde el gobierno su ímpetu juvenil con tendencias extremistas (la última vez, bajo la bandera de un expresidente mediocre).
Claro que hay diferencias, y esto es también una lección: solo sobrevivieron de manera superadora e integrándose al sistema democrático aquellas facciones que entendieron que la evolución se logra superando los límites que imponen ciertos absurdos ideológicos. Integrando, sumando, a través de lo que hoy es una mala palabra, pero que forma la matriz de funcionamiento de un sistema sano: el consenso. El resto degeneró en violencia, primero dentro del gobierno, para luego extenderse a la sociedad.
Otra vez nuestro país está atravesado por el particularismo como forma dominante de la política y del modo de gobernar. Con actitud comprensiva pero equivocada, muchos miran para otro con la argucia de que es un movimiento de escala mundial, y por tanto inevitable; otros, con mirada mercantil, dicen conformarse con algunos índices económicos estables, mientras se callan periodistas, se intenta cooptar la Justicia con malos candidatos, se protegen y liberan mercados con el mismo ímpetu y arbitrariedad. A todos ellos: está mal, por donde se lo mire. Y el mejor y único aporte que se puede hacer es enarbolar esa bandera tan poco marquetinera, pero tan necesaria: Estado de Derecho e instituciones. Las ventajitas de hoy son el hambre de mañana. No es por la razón o por la fuerza. Es con la razón y con la fuerza del consenso. Porque una democracia no impone, sino que explica. Suma y agrega; no aparta y calla cuando la opinión es diferente. Aprendamos: los particularismos llevan a los totalitarismos. Fin

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Cristina, condenada y libre
El Nacional VENEZUELA
CARACAS.– El juicio que confirmó la condena a seis años de prisión a Cristina Kirchner tuvo lejano origen en una denuncia penal presentada hace 16 años contra Lázaro Báez por asociación ilícita de obra pública. Báez era un cajero de banco en la provincia de Santa Cruz hasta que conoció, a principios de los 90, a Néstor Kirchner y se convirtió en empresario beneficiado con 51 contratos de obra pública vial entre 2003 y 2015, durante los mandatos de la pareja Kirchner. Desde entonces, la prensa y los juzgados siguen “la ruta del dinero K”, como también se conoce esta trama inacabada. Cristina Kirchner, presidenta del PJ, aún podrá apelar y esperar la sentencia firme de la Corte. La Justicia se supone ciega, pero nunca tan lenta. Horas antes de la confirmación de la condena, la exmandataria publicó un comunicado en el que descalificó a los jueces de la Cámara Federal de Casación Penal que decidirían sobre su causa. Todos estarían conectados con Mauricio Macri y, además, por detrás o por delante estarían los diarios Clarín, La Nación y la banda (Los Copitos, venden copos de algodón en plazas) que atentó contra la vida de la exmandataria un par de años atrás. Todo según CFK. Este es uno de varios casos por corrupción en curso contra Kirchner, el único por el que ha sido sentenciada. Los demás se tramitan penosamente de tribunal en tribunal. Mujer de fuerte carácter y discursos vehementes, Kirchner, de 71 años, montó poco después del veredicto un video en su cuenta de X en el que anunciaba a sus seguidores que estaba saliendo para una reunión con 400 mujeres y mandaba besitos.

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viernes, 1 de noviembre de 2024

LA ARGENTINA, Y EDITORIALES


Colapinto o Cositorto: dos modelos contrapuestos de país
La argentina. Conviven la idea del trabajo, el riesgo y el sacrificio; la apuesta al talento y a la construcción de una carrera, con la cultura del atajo, el pensamiento mágico y el sueño de ganar plata sin esfuerzo
Luciano Román
Si miráramos un ranking de menciones en la prensa, nos encontraríamos en los últimos tiempos con dos apellidos repetidos: Colapinto y Cositorto. Son dos nombres propios, pero también los exponentes de dos culturas contrapuestas que conviven en la Argentina: por un lado, la idea del trabajo, el riesgo y el sacrificio; la apuesta al talento y a la construcción de una carrera. Por otro, la del atajo y el pensamiento mágico; el sueño de “salvarse” y de ganar plata sin esfuerzo; la audacia de la “avivada” y la temeridad de la trampa.
Colapinto es la expresión, si se quiere rutilante, de algo que subsiste en la sociedad: la cultura del mérito y del trabajo duro. Es una historia de sacrificio y de un progreso paso a paso, no exento de vicisitudes y de incertidumbre. Sus padres vendieron una casa para invertirla en su proyecto profesional; él no buscó la comodidad, sino el desafío: vivió en talleres mecánicos, se sobrepuso a adversidades y fracasos. Estudió a la distancia para completar el secundario. Así se hizo un lugar en un mundo ultracompetitivo. ¿Es una excepción? ¿Una rareza? Si miramos alrededor, encontraremos motivos para la esperanza. Hay millones de jóvenes que se aventuran en un emprendimiento, que se esfuerzan para estudiar una carrera, que apuestan al comercio, a la ciencia y a la tecnología, al arte o al deporte, por mencionar solo algunos campos en los que abundan los “Colapintos”. Muchos arriesgan un capital, intentan algo innovador, se la juegan por una idea o por un sueño.
Son herederos de una cultura que, contra viento y marea, ha logrado sobrevivir en la Argentina. Es el espíritu que moldeó a la clase media, basado en el mérito y el esfuerzo, en la noción de largo plazo, en el sentido del sacrificio.
Pero las noticias de los últimos tiempos también hablan de Cositorto. Es un símbolo de una Argentina oscura, que no apuesta al esfuerzo, sino a una especie de salvación mágica, y que tampoco parece excepcional, sino parte de un fenómeno creciente y extendido.
Las estafas piramidales se han convertido en una suerte de epidemia nacional. Con metodologías ligeramente distintas, escondidas en plataformas digitales o amparadas en la novedad de las criptomonedas, han hecho es tragos en distintas comunidades. El caso de San Pedro, una localidad bonaerense de 70.000 habitantes, es sintomático y elocuente: casi un tercio de su población apostó sus ahorros con la promesa de rendimientos exorbitantes. En otras localidades, como Villa María, Goya o San Rafael, hubo desembarcos similares. Detrás hay organizaciones dedicadas a la sugestión y al engaño que, curiosamente, logran captar a muchos “inversores” que, aun con prevenciones y reparos, imaginan que se llevarán grandes ganancias antes de que todo se desmorone.
Hay que mirar otros fenómenos que están de algún modo emparentadoscon ese ilusionismo financiero. El juego “online” se ha convertido en una trampa para millones de chicos y adolescentes. Uno de cada cuatro estudiantes de entre 12 y 19 años ha hecho apuestas virtuales al menos una vez, según un relevamiento de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires. Es otra epidemia que se extendió a una escala exponencial en los últimos cinco años.
Cada vez es más frecuente escuchar a jóvenes que se definen como “traders” y que operan con “inversiones cripto” en especies de burbujas de inversión que florecen en los márgenes del sistema financiero. Puede ser muy virtuosa, por supuesto, la incursión en mercados innovadores, así como la educación financiera en las nuevas generaciones. Pero la tendencia tal vez merezca una mirada atenta, no desde el prejuicio, pero sí desde la prudencia. La era digital también parece meter la cola en estos fenómenos económicos, pero también socio-culturales: exacerba la idea de la inmediatez y potencia la circulación de ilusiones y fake news a través de las redes. Las aplicaciones en el celular han sido, de hecho, las grandes aliadas para que organizaY ciones como Generación Zoe (Cositorto), RainbowEx o Wenance tuvieran una vertiginosa penetración.
Indagar en las causas de estos fenómenos es una tarea compleja. No existen respuestas simples ni factores únicos. Pero es evidente la incidencia de un deterioro socioeconómico que ha devaluado las alternativas del camino largo para potenciar la fantasía de los atajos. El modelo de Cositorto ha avanzado, precisamente, por el deterioro del modelo de Colapinto.
Colapinto representa un sistema de valores que identificó, históricamente, a la clase media argentina. Pero ahora asistimos a la realidad de un país en el que se ha producido, en apenas 25 años, una dramática reconfiguración de la estructura social. Hoy, según la pirámide elaborada por la consultora Morguer, la clase baja supera a la clase media. ese desplazamiento ha generado un tejido social y cultural mucho más fragmentado, con expectativas y comportamientos cada vez más diferenciados. El sector social mayoritario, según los estudios cualitativos de esa misma consultora, tiene una mirada de “supervivencia”, más que de progreso, y vive con una noción de “día a día”, sin perspectiva de largo plazo.
La inflación crónica, la falta de crédito y la expansión de la actividad “en negro”, que hoy alcanza el 40% de las transacciones, han generado una suerte de anomia económica que también moldea una cultura y una mentalidad. Son deformaciones que naturalizan la búsqueda de atajos y de tácticas “salvadoras”, que anulan la planificación y desalientan el ahorro. Ese ecosistema de descalabro e inestabilidad económica se convierte en un almácigo en el que germina la usura y se robustecen los Cositortos.
El modelo del “manotazo” y de la salvación fácil tal vez sea la peor herencia del populismo de izquierda: la más difícil de revertir y también la menos tangible. Es una cultura que ha permeado en la sociedad y que ha contaminado a varias generaciones. Remite a una idea en la que el futuro y el largo plazo se sacrifican en función de un presente fácil y engañoso. Estigmatiza el mérito y el esfuerzo mientras nivela hacia abajo y “vende” una falsa inclusión.
El crecimiento de la pobreza ha producido un enorme deterioro en el tejido social y ha debilitado dos pilares básicos de la clase media: la educación y la contención familiar. Ese debilitamiento hizo que un sector cada vez más amplio de la sociedad se torne vulnerable a la cultura demagógica y populista del atajo. Modelos como el de Cositorto, y otros aún peores, como el del narco, encuentran mayores oportunidades en sociedades social y culturalmente degradadas.
Podrá decirse, con razón, que las estafas piramidales no son precisamente una novedad. De hecho, si hoy se las identifica con variantes del esquema Ponzi, es porque se las asocia a un modelo que inventó el estafador italiano Carlo Ponzi hace más de cien años. También sería una simplificación conectar el ilusionismo financiero con la desesperación y la necesidad económica. En distintas escalas, modelos como los de Cositorto han atraído a inversores con capitales sólidos, tanto acá como en el mundo. Se puede ver en Netflix la historia de Bernard Madoff para recordar hasta qué extremo pueden llegar este tipo de fraudes basados en algo tan antiguo y tan humano como la codicia.
Entre nosotros, sin embargo, la pregunta de fondo sería esta: ¿quién representa mejor esta época de la Argentina? ¿Colapinto o Cositorto? Son dos modelos que están ahí: uno parece haber avanzado en detrimento del otro, pero la buena noticia es que esos valores que hoy lucen en la Fórmula Uno han logrado sobrevivir.
Sanear la economía, bajar la inflación y recuperar el crédito parecen objetivos meramente económicos, pero también son necesidades culturales. Serán la base para recuperar el valor del esfuerzo y la noción de largo plazo. Demandarán, además, fortaleza institucional y códigos de convivencia. Si se lograra esa articulación, el futuro será de los Colapinto.
Indagar en las causas de estos fenómenos es una tarea compleja; no existen respuestas simples ni factores únicos

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Lujos, testaferros y corrupción
La escandalosa trama que envuelve al exfuncionario bonaerense Martín Insaurralde debe ser rápidamente dilucidada por la Justicia
Días pasados, desde este espacio celebrábamos la actuación de la Unidad de Información Financiera (UIF) y cuestionábamos la posición asumida por el juez Ernesto Kreplak de no objetar el blanqueo de 600.000 dólares no declarados solicitado por Sofía Clerici, compañera de aventuras del exintendente Martín Insaurralde, investigado por lavado y enriquecimiento ilícito.
En la causa del llamado “Yategate”, la Cámara Federal de La Plata confirmó su competencia federal argumentando que el delito de lavado debe considerarse un delito autónomo contra el sistema financiero nacional, que afecta la estabilidad de los sistemas democráticos. En la causa se investiga también si el exjefe comunal de Lomas de Zamora realizó las operaciones delictivas por sí mismo o a través de terceros como Jesica Cirio o Sofía Clerici, entre otros.
También en estos días, Kreplak rechazó por segunda vez el pedido de apartar al fiscal Sergio Mola del caso tramitado por la defensa del exjefe de Gabinete bonaerense. Lo acusan de “persecución penal contra la hija menor de Insaurralde en relación con la indagación sobre asistencia, cuotas y pagos, dirigida al instituto educativo al que la niña asiste”. También hacia su segunda mujer, Carolina Álvarez y sus hijos, así como respecto del fastuoso casamiento posterior con la modelo Jesica Cirio en 2014. Mola había imputado también a Clerici e Insaurralde por los costosísimos regalos exhibidos en redes sociales que holgadamente superaban los ingresos declarados de ambos. A todo esto, con absoluto desparpajo Clerici sigue ostentando sus bienes en Instagram, exhibiendo un auto de su propiedad que valdría algo más de 100.000 dólares.
Insaurralde, quien a principios de 2012 había declarado cero pesos en bienes, acumulaba a fines de 2023 un patrimonio millonario que no guardaría proporción con sus ingresos, incluyendo una casa en Banfield y acciones en la empresa Sasaxa Libero, en la que ubicó a familiares directos y que podría haber sido solo una fachada para otras maniobras. Fue dicha firma la que firmó el comodato por el uso del inmueble en Fincas de San Vicente, permitiéndoles a Cirio e Insaurralde su uso y ocultando su titularidad real, no así muchos pagos relacionados que salieron de sus cuentas y que hoy se verifican.
La lupa sobre el lujoso departamento de Puerto Madero que Insaurralde habitó con Cirio habla de negocios y vínculos con el contador Andrés Galera, condenado como testaferro de José López y quien controlaba la empresa Revilier SA, titular de la referida propiedad, entre otros numerosos indicios de supuesto tráfico de corrupción ligados a la obra pública que señalan los fiscales.
Entre 2003 y 2009, Insaurralde fue concejal, para después quedar al frente de la intendencia de Lomas de Zamora y, desde 2013, ser diputado nacional hasta 2014, cuando retomó la intendencia hasta 2021, concediéndose cómoda licencia para ejercer la Jefatura de Gabinete de la gobernación bonaerense. El escándalo de 2023 pondría fin a su carrera política, pero Insaurralde conservaría apoyos dentro del peronismo. Su turbia cercanía con el Instituto Provincial de Loterías y Casinos, como su influencia en la obra pública, era por muchos conocida. A los numerosos y costosos viajes internacionales por miles de dólares, se sumaron también las compras en efectivo de vehículos cuya titularidad tampoco acreditaba como propia y que, en algunos casos, eran puestos a nombre de Jesica Cirio.
La UIF amplió la acusación y sostuvo que, desde 2006, Insaurralde habría manejado plata negra a través de terceros por montos superiores a 1.100.000 de dólares, una cifra menor habida cuenta de las maniobras que podrían comprobarse. Además de su indagatoria y la de Cirio y Clerici, el organismo apunta también a un hijo de Insaurralde, Rodrigo, a su sobrino Gastón Barrachina, a su excuñado Víctor Donadio y a los responsables jurídicos de las empresas DOIO y Sasaxa, como presuntos testaferros del exfuncionario.
La evolución patrimonial de Insaurralde, Clerici y Cirio no encontraría correlato en sus ingresos declarados. Los plazos para que justifiquen sus patrimonios están corriendo y fijarán las convocatorias a indagatorias. La Justicia deberá imprimirles el ritmo necesario a las investigaciones para probar los delitos de los que se los acusa sin demoras ni cuestionables parcialidades. Quienes han vivido lujosa y ostentosamente durante tantos años a la vista de todos hoy están bajo el ojo escrutador de una sociedad con más de un 50% de pobres. Los oscuros meandros de la corrupción política deben salir a la luz para que los responsables reciban la pena que les corresponda.


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El último baile de Nadal

De estrella a leyenda
La noticia, aunque no puede tildarse de sorpresiva, causó un gran impacto en el mundo del deporte y especialmente entre los amantes del tenis. A través de un emotivo video, Rafael Nadal, de 38 años, explicó las razones de su alejamiento de los courts y agregó que en las finales de la Copa Davis, que se jugarán en su país del 19 al 24 de noviembre, asistiremos a su último baile como profesional en una cancha de tenis.
El resonante anuncio conmueve a todos aquellos que disfrutamos durante más de 20 años de sus memorables e irrepetibles logros y de su particular manera de comportarse en la cancha y fuera de ella. Dentro del rectángulo desplegaba la furia de un león enjaulado, de un competidor feroz, que entregaba absolutamente todo y más. Pero ya en las conferencias de prensa pospartido y en su vida diaria exhibía una sencillez y ubicuidad notables, muy a contramano de quien alcanza tanta fama, despertando idolatrías y con una cosecha de más de 135 millones de dólares solo en premios.
Nadal es ejemplo para sus millones de seguidores y fanáticos de cada rincón del planeta. Con una raqueta en la mano ha sabido trascender los estadios de tenis, e inspirado no solo a deportistas de otras disciplinas, sino también a la sociedad en general con sus muchas y potentes virtudes. El jugador nacido en Manacor, Baleares, nos demostró que los límites no existen y que la pasión, al final, derriba cualquier barrera. Su caballerosidad y respeto con todos sus colegas, a los que muchas veces apabullaba e invisibilizaba en la cancha, lo convierten en un faro y modelo a seguir para chicos y grandes.
Cuesta creer que sus 22 copas en torneos de Grand Slam –incluidas 14 en Roland Garros–, sus 92 títulos y sus más de 1000 victorias en el circuito parezcan poco al lado de su tan inmenso como memorable legado. El adiós a Nadal es ya un hecho inminente y quienes amamos al otrora deporte blanco no podemos dejar de emocionarnos. Se retira un grande entre grandes y da lugar a la leyenda. Su impronta se verá crecer en cada niño que empuñe una raqueta y en cada adulto que nunca se dé por vencido. Hay estrellas que trascienden su propio tiempo y brillan por siempre.

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miércoles, 26 de junio de 2024

LA ARGENTINA


La igualdad ante la ley y el liberalismo deben de ser de tercera generación
Los ideales nos hablan de quiénes nos gustaría ser, pero los acuerdos que hacemos definen quiénes somos; es difícil afirmar que no estamos ante políticas populistas cuando se busca bajar la fiebre sin atacar la enfermedad4
Marcelo Gioffré


El 31 de diciembre de 1999, la periodista norteamericana Anne Applebaum y su marido, el político polaco Radek Sikorski, organizaron una fiesta para cien invitados en un pintoresco pueblo del norte: Chobielin. El bosque de abedules que rodeaba la casa, y evocaba la inolvidable película de Andrzej Wajda, estaba nevado. Había periodistas ingleses, diplomáticos que trabajaban en Varsovia y una gran cantidad de polacos, funcionarios, familiares, amigos y colegas del marido que, por entonces, era el vicecanciller de un gobierno de centroderecha. Si un denominador común podía atribuirse a ese conglomerado es que eran todos liberales que creían en la democracia, en el Estado de Derecho, en la separación de poderes y en una Polonia europeísta, que dejara atrás el comunismo y el atraso.
Applebaum confiesa en un libro de 2021 que muchos de los invitados se avergonzarían al admitir que estuvieron allí y cruzarían de vereda para no saludarla. El distanciamiento no es personal, sino político. Una mitad sigue apoyando la democracia liberal, mientras que la otra se inclina por posturas xenófobas, supremacistas y autoritarias. Resulta increíble ver a aquellos “antiguos liberales” aferrados a la manipulación del Tribunal Supremo, la presión sobre los medios periodísticos y la destrucción de las instituciones culturales perpetradas por un gobierno de ultraderecha. Peor aún: avergüenza verlos embanderarse en la homofobia reinante, que llegó al punto de que un semanario oficialista imprimió letreros que decían: “Zona libre de LGTB”, para que sus lectores los adosaran en los frentes de sus casas.
Empiezo a sentir que asoma en la Argentina una polarización análoga: viejos y queridos cofrades te dejan de seguir en las redes sociales, te bloquean, ya no saludan tus notas, súbitamente no te contestan el teléfono. Y un día te acusan de traidor. Quienes llamaban para pedir un prólogo de Juan José Sebreli, fundador del FLH, ahora dicen abiertamente en la radio que los gays son “enfermos”. Muchos enmascarados muestran su verdadero rostro: son conservadores, integristas, fascistas.
Milei no llegó al poder como un economista, sino como un héroe religioso que no cedía, que no transigía, que no negociaba. Siendo histriónico, daba la impresión de no tener filtros: por eso la sociedad lo recompensó con su atención y le permitió que desafiara los códigos sociales. La guaranguería era tomada como una demostración de valentía. Eligió meticulosamente sus enojos, demonizó a poderosos abstractos, la casta, pero también a algunos desprotegidos concretos; en ambos depositó la razón de todos los males del país. Fue una operación indispensable para que sus agresiones pasaran por legítima defensa, en representación vicaria de una muchedumbre de víctimas: de ahí a la “guerra santa” mediaba un paso. ¿Cómo no van a cruzarse de vereda aquellos viejos amigos?
Lo siguen los que se cayeron del sistema, los violentos, los que están aburridos con sus existencias opacas. Se estableció así una conexión psicoanalítica muy perversa: Mil ei, al delimitar responsabilidades de modo tajante con una sola palabra, casta, ayuda a muchos seguidores ad de la debacle del país.
Los ideales nos hablan de quiénes nos gustaría ser, pero los acuerdos que hacemos a la hora de la verdad definen quiénes somos. Los héroes trágicos solo son gestuales, pero no tienen planes de futuro. Cuando Milei chocó con la realidad amplificó el liberalismo discursivo, pero también el dirigismo empírico. Así, mientras habla de Adam Smith y dice que los monopolios se autorregulan, en la práctica mantiene el cepo, aumenta impuestos, controla el tipo de cambio, fija la tasa de interés y tiene como funcionarios a Daniel Scioli y Leila Gianni. Eso sí, bajo el pretexto de que no es “libertonto”.
Es muy difícil afirmar que no estamos en presencia de políticas populistas cuando se busca bajar la fiebre sin combatir la enfermedad. ¿Qué es, si no, postergar aumentos de tarifas, cancelar obras públicas indispensables, demandar a las prepagas por haber aumentado, desmantelar el aparato cultural, generar una gigantesca recesión y refeudalizar las relaciones sociales con el fin ostensible de moderar artificialmente la inflación, aunque manteniéndola en niveles altísimos para el estándar mundial? ¿Qué es si no revanchismo la euforia de algunos libertarios cuando ven echar personal especializado con treinta años de antigüedad en el Estado? Algunos dirán que esto no es populismo porque no se entregan bienes del Estado a cambio de votos. Adviértase que lo que ahora se hace es intercambiar bienes simbólicos demandados por parte de la sociedad –que la inflación baje o hacer una “carnicería” con el Estado– por algo que permanece oculto: mantener o aumentar el desbarajuste. Pero, como el debate no es bienvenido, cualquiera que se atreva a disputar discursivamente el sentido del ajuste es lapidado por “las fuerzas del cielo”.
¿Qué es si no populismo proponer el modelo Bukele para la seguridad cuando no solo las condiciones de El Salvador y la Argentina son muy distintas, sino que violaría el derecho penal liberal y la propia Constitución, que eliminó los tormentos y castigos para los presos? Pero se ofrece ese manjar efímero porque alguna gente pide “mano dura”. La rentabilidad de la demagogia. Lo más patético es que a los que alertan sobre esto se los acusa de estar a favor de la delincuencia y del zaffaronismo.
¿En qué queda la lucha contra la casta cuando para sacar una ley en el Congreso, según han admitido referentes del Gobierno, se le ofreció un jugoso cargo de embajadora en París a una senadora díscola? Esta persona, que casualmente pertenece a una de las familias de la política más rancia de la Argentina, invocó un argumento insólito para contrarrestar la acusación: sostuvo que, en realidad, ya pensaba votar a favor de la Ley Bases cuando le llegó la oferta. ¡Como si solo hubiera que mirar del lado del que recibe la propuesta y no del que la formula! ¡Como si hubiera sido una total casualidad que el ofrecimiento recayera tan luego en una senadora indecisa! Al menos en la época de De la Rúa “la Banelco” causó estupor.
¿Cómo sería luchar contra la casta proponiendo para ser miembro de la Corte a un hombre cuyo pliego pasaría el filtro del Senado únicamente bajo un probable acuerdo con el kirchnerismo? ¿Está acaso sugiriendo esa postulación que para realizar los grandes cambios que el país necesita hay que capitular con el pasado y que, por ende, estamos ante una disyuntiva trágica que impide una solución plenamente ética?
Nos han hablado en la campaña electoral de que el enemigo era un grupo poderoso, la casta, pero hasta ahora lo que se ha visto es que el mayor costo del ajuste recayó sobre los jubilados, al mismo tiempo que se blinda a sectores subsidiados, como el de Tierra del Fuego, el tabaco o las ferias clandestinas, y se incorpora el RIGI, un sistema de beneficio para multimillonarios elegidos quirúrgicamente a los que se eximiría de todos los impuestos que se seguirían infligiendo al resto de los pequeños empresarios. La igualdad ante la ley y el liberalismo deben de ser de tercera generación.
Hay que admitir que solo han ganado una elección, no han tomado la Bastilla, no ha habido un triunfo revolucionario, razón por la cual es muy lógico que el pragmatismo suplante al purismo. Lo que irrita, sin embargo, no es tanto que claudiquen, sino que se replieguen agitando insultos contra los que, infructuosamente, habíamos alertado sobre estos riesgos si ganaba un partido sin arraigo territorial, sin tradición política y sin un plantel sofisticado para ocupar los cargos. Juegan con la democracia como si fuera un Duravit, como si fuera resistente a las pruebas de los improvisados.•
¿Qué es si no revanchismo la euforia de algunos libertarios cuando ven echar personal especializado con treinta años de antigüedad en el Estado?

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martes, 16 de abril de 2024

LA ARGENTINA




Las dos caras del narcotráfico en Rosario y el peligro de su diseminación
La inclusión del país en el mapa latinoamericano de la droga coincidió con la reconversión del negocio a principios de los 90 y el cambio en el rol de México como paso de la cocaína andina a EE.UU. en los 2000
Jorge Ossona Miembro del Club Político Argentino y de Profesores Republicanos

La inclusión de la Argentinaenelmapalatinoamericano del narcotráfico estriba de un proceso histórico tardío. Coincidió con la gran reconversión del negocio a raíz del derrumbe de los grandes carteles colombianos a principios de los 90 y la reestructuración del rol intermediador de México como paso de la cocaína andina a EE.UU. en los 2000, que ya acumulaba una vasta trayectoria como fuente de marihuana y opiáceos. La ofensiva militar en contra de la federación de “plazas” del presidente Felipe Calderón (2006-2012) los indujo a reconvertirse, pujando por el control de los pasos a los mercados consumidores norteamericanos.
De resultas que el negocio transitó de las grandes organizaciones que abarcaban todo el ciclo productivo –como, por caso, los carteles de Medellín o Sinaloa– a otras más reducidas, bajando y modificando el perfil de sus jefes: de vistosos caudillos paternalistas y benefactores a un staff de empresarios profesionalizados en las nuevas tecnologías comunicacionales, logísticas y financieras. Las minimalizaron y segmentaron a la manera de varios ciempiés. Luego procuraron trazar derroteros de salida alternativos a los tradicionales del Caribe. Como había ocurrido con la plata potosina en el siglo XVIII, la Argentina cobró desde entonces una nueva importancia estratégica.
Por razones ecológicas, no somos un país apto para la producción de coca, opio o cannabis, pero sí un territorio óptimo para el despliegue de la nueva secuencia del tráfico. Poseemos una red interconectada de rutas entre nuestras grandes urbes que facilita radicar a socios acopiadores que reciben y despachan cargamentos solo reconociendo a sus proveedores y clientes y no al conjunto de la organización. Sus terminales son Rosario y los pequeños puertos privados del sur santafesino y el norte de la PBA a la vera de la Hidrovía. Otro eje comunica a Bolivia y Paraguay con el puerto brasileño de Santos, donde operan organizaciones poderosas imbricadas con Paraguay, nuestro nordeste y Chile.
Colombianos y mexicanos les pagan a sus socios locales en especie habilitando su desdoblamiento como grandes proveedores del mercado interno. Suelen ser las cabezas de antiguas bandas especializadas en otros rubros reconvertidos en distribuidores por los lucros diferenciales respecto de su core business. Gente con códigos y vastas experiencias en establecimientos carcelarios: sedes de relaciones, contactos, sociedades y aprendizajes. El problema es la inestabilidad de sus cadenas inferiores, cuyo último eslabón se recluta en la pobreza marginal: allí se disemina en miles puntos de venta a cargo de “soldados” en permanente movimiento, también atraídos por sus ganancias siderales respecto de cualquier trabajo legal.
Si son bandas familiares, cooptan a adolescentes desafiliados a los que les confieren una oportunidad identitaria facilitada por la “cultura del gueto”: ropa, música, motos, autos de alta gama, y un panteón de religiosidades. Y suelen estar conectadas con las barras bravas de los clubes deportivos, que también contribuyen a darles sentido de pertenencia en un ámbito en el que la pasión del espectáculo se asocia con el consumo de grandes cantidades de estupefacientes. Y cuyos servicios son altamente cotizados por políticos, empresarios y sindicalistas. El síndrome se completa con el ascenso cómodo del país entre los mayores mercados consumidores del mundo.
La ubicación estratégica de Rosario se articula con procesos de su historia económica y social reciente para confluir en la tragedia actual. Desde fines de los 60, se venían radicando en el sur de la ciudad contingentes de inmigrantes internos procedentes del quiebre de economías regionales o países limítrofes. En barrios como Las Flores y La Granada se incubaron poderosas bandas delictivas enfrentadas en recurrentes guerras territoriales. Pero no fue sino a principios de los 2000 cuando se empezaron a involucrar con las cadenas de proveedores del NOA y Bolivia, en coincidencia con la citada reconfiguración continental del rubro, y el auge sojero y de las commodities alimentarias.
Ahí, los caminos se bifurcan. Por un lado, los grandes distribuidores –muy vinculados a la policía provincial y al Poder Judicial– se encargan de las operaciones de embarque retribuidas por los brokers continentales con una porción marginal de la cocaína que luego prosigue camuflada con destino a Europa vía África o Asia. La droga que queda en Santa Fe se reparte entre la policía que les garantiza seguridad, eleva los peajes hasta niveles judiciales y políticos venales, y cubre la venta a las barras bravas y los proveedores de las bandas al menudeo. El circuito funcionó aceitadamente desde principios de los 2000. Pero hacia 2013 detonó una nueva seguidilla de guerras en las villas del sur de la ciudad que acabó con la mayoría de sus jefes muertos o detenidos. Estos últimos siguieron, no obstante, regenteando a sus subordinados desde las cárceles, protegidos por el Servicio Penitenciario.
Las bandas se minimizaron y fragmentaron hacia las segundas y terceras líneas de parientes o allegados, comandadas por adolescentes despiadados, ávidos de prestigio por sus proezas criminales en la disputa anómica de búnkeres y bocas de venta. La policía provincial les libera sus territorios dándoles vía libre a las extorsiones a comerciantes, secuestros, asaltos callejeros y, últimamente, asesinatos a mansalva, por medio de los que envían mensajes a sus poderosos encubridores. Pero, llegados a este punto, es necesario establecer algunas salvedades apuntando a la especificidad del caso y evitando comparaciones extemporáneas. Más útil es advertir, en cambio, los peligros potenciales de viralización del fenómeno rosarino en otros conurbanos calientes, como los de Córdoba y el GBA.
Las pandillas operan solo en el mercado interno conjugando la cocaína comprada a los distribuidores –o pagada por sus servicios auxiliares– con la narcoproducción de “pasta base” que se “cocina” con precursores químicos, y con cuyo residuo se produce el pako, la droga que potencia su violencia criminal. Esos proveedores recorren otro circuito menos visible, pero igualmente activo: son cuentapropistas que atraviesan clandestinamente las fronteras. El ejercicio del terror por las gavillas rosarinas poco tiene que ver con la organización de Pablo Escobar en Colombia o Los Zetas mexicanos, por poner dos casos emblemáticos. Sus vínculos con los brokers internacionales son, hasta ahora, solo operativos. Existen, sí, indicios de ciertos enlaces solidarios con sicarios de clanes del AMBA o Córdoba que pueden complicar la situación reproduciendo el “efecto globo”.
La violencia anómica rosarina perturba, sin embargo, a los grandes exportadores regionales, que requieren orden en su retaguardia. Los grandes operativos conjuntos entre fuerzas provinciales y federales son indispensables para recomponer el control territorial en defensa de la ciudadanía. Pero pierden eficacia si no se incursiona en sus negocios de blanqueo, que, por ahora, se reducen a la comercialización de vehículos, la gastronomía y las grandes construcciones. El riesgo es que el fracaso del Estado induzca a las grandes bandas internacionales –sobre todo, las brasileñas y paraguayas (principalmente el Primero Comando da Capital paulista y el Primer Comando de la Frontera)– a intervenir según sus propios códigos y con su sofisticado poder de fuego e inteligencia. Sin duda, un riesgo para la soberanía nacional, y aun para sus propios patrocinantes políticos y judiciales.
Si son bandas familiares, cooptan a adolescentes desafiliados a los que les confieren una oportunidad identitaria facilitada por la “cultura del gueto”


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domingo, 14 de abril de 2024

LA ARGENTINA


Al desenmascarar al populismo empezó el cambio
Alberto Asseff


El populismo ha hecho el milagro de que un país potente fuese atrapado por una franca y cada vez más acelerada decadencia.
En nombre del pueblo, invocándolo, lo ha ido empobreciendo y, como consecuencia, sometiéndolo. Su actitud fue desembozada, explícita, desvergonzada, impúdica. Nunca se ruborizó. Ni siquiera ahora que la mayoría ciudadana le dio la espalda.
Fue capaz de ensanchar la pobreza hasta llegar lisa y llanamente al hambre y la indigencia, pero unos días antes de las elecciones salió a “socorrer” con unos bolsones de alimentos y lograr así otro milagro: que las víctimas de tanta irracionalidad, desatinos y corrupción, reciban esas “ayudas” y los destaquen con un “ustedes son los únicos que se acuerdan de nosotros mientras los otros solo se interesan en los ricos”.
En contraste, quienes profesan los ideales de un país libre y próspero –comúnmente llamados liberales, aunque el término tiene mucho hilo y madejas– debían comenzar por pedir disculpas por su afección a la libertad. Es como que teniendo tanta pobreza ponderar a la libertad era un ostentoso lujo, casi una lujuria.
Obraban culposamente, tratando de embozar sus ideas por ser presuntamente incorrectas en el plano político-electoral. Decir que un país progresa con el trabajo, el esfuerzo y la libertad espantaría votos.
Si se atreviesen a asociar el orden con la prosperidad, entonces la impugnación llegaría al paroxismo. Orden es, para los populistas, un concepto vinculado a la maldita represión. Para el populismo, al orden hay que mandarlo al ático y al verbo, reprimir eliminarlo, por ominoso.
Debería terminar su múltiple mención en el abolible Código Penal ya que “la mejor pena es la que no existe”. En rigor, para los populistas las víctimas del delito son los auténticos victimarios, pues trabajando y como resultado del esfuerzo adquirieron propiedades, han construido esta Argentina injusta y desigual.
En la Argentina igualitaria por empobrecimiento general no se reprimía a nadie, ni siquiera a los delincuentes a mano armada. Menos que menos a los de “guante blanco”, es decir, la nueva casta. Solo se procuraba reprimir hasta ahogarla a la libre iniciativa: nada más peligroso para el país soñado de ese modo que ciudadanos libres y emprendedores.
Esa Argentina populista anhelaba encaminarse hacia la igualdad de todos empobrecidos, donde los únicos privilegiados serán los miembros de la ralea de discípulos de Ernesto Laclau –el Marx contemporáneo– y sus “iluminadas” ideas de crear enemigos y avivar el conflicto permanente, nuevo nombre de la añeja lucha de clases. Sostener que los planes asistenciales deben ser transitorios y obligar a contraprestaciones como estudiar y entrenarse para el trabajo era una “herejía liberal” o, peor, “neoliberal”, una palabra aún más execrada por el relato que habían impuesto.
Obviamente, este curso por el que retrocede nuestro país debe revertirse de raíz. No se trata de un debate sobre cuán socialdemócratas o liberales debemos ser para modelar el cambio. El asunto es encarar definitivamente las reformas. Plasmarlas. Sin vacilar, sin culpa. Sin pedir otro permiso que el consenso de la ciudadanía.
Hay que poner al descubierto que los conservadores no son quienes quieren cambiar, sino quienes obstruyen esas transformaciones. Se deben rehabilitar conceptos como productividad, eficiencia, competitividad, mérito, esfuerzo, propiedad privada, seguridad jurídica, mirar y obrar más allá de la coyuntura, y muchos más. Esas palabras son amigas del pueblo, enemigas del populismo. Abismal diferencia. Se debe batallar para que esa distinción se encarne y se mentalice en nuestra ciudadanía.
El país de los subsidios es la Argentina sin destino. El país que alienta las inversiones y ensancha su economía privada es el único viable. Debemos volver a ese número que supimos abandonar hace veinticinco años: un Estado que signifique el 25% del PBI y no casi la mitad como hoy. Está probado que la Argentina trabajando para el Estado es garantía de pobreza generalizada. Al revés, un Estado inteligente, ágil, tecnológico, profesionalizado, con una ajustada dimensión, que auxilia y regula la convivencia es el Estado moderno. Es el que necesitamos. El otro –el que hoy padecemos– nos estaba hundiendo.
¡Claro que hay que pagar impuestos! Pero no vivir pagando impuestos mientras todo se va deteriorando, desde edificios escolares y hospitales hasta la infraestructura. ¿Cómo seguir tolerando que un país agropecuario no disponga de buenos caminos rurales? Quieren, los populistas explícitos, un Estado elefantiásico, pero no planifican ni siquiera cómo aprovechar nuestras ventajas comparativas.
El cambio es transformar el gasto asistencial en inversión socioeconómica. La misma plata, en vez de alimentar el sometimiento, promueve el trabajo y la producción. Para lograr esa mutación se requiere decisión a partir del poder político que dé el pueblo. Con más producción empezaremos a tener menos inflación, junto con la eliminación del déficit y de la emisión sin respaldo.
La confianza es un punto de partida. Recuperarla es clave. No la reencontraremos “rosqueando”, sino acordando en serio diez o doce grandes políticas. Esa convergencia sustentará otra llave maestra para reabrirle el rumbo próspero a la Argentina: ahuyentar el fantasma del caos y del conflicto permanente y obstruccionista de los cambios, asegurando gobernabilidad.
Los conservadores de la Argentina decadente chantajean con que ellos pueden hacerle la vida imposible a un gobierno que acometa las reformas. Los transformadores deben, pues, sustentarse con la mayor solidez posible. Esto significa unirse, fortalecer sus convicciones, desplegar su capacidad de abarcar, incluyendo diversidades que pueden conjugarse. Asegurarse la gobernabilidad sin pactos ocasionales, sino con acuerdos duraderos, firmes.
Apearse definitivamente del “rubor” que embargaba a las filas republicanas, de la libertad y del genuino progreso. Avergonzarlos a ellos, a los responsables del peor crimen político de estos tiempos: hacer de un país prometedor un sembradío de pobreza. Fabricar pobres también es un aborrecible crimen de lesa humanidad.ß
¡Claro que hay que pagar impuestos! Pero no vivir pagando impuestos mientras todo se va deteriorando, desde edificios escolares y hospitales hasta la infraestructura; ¿cómo seguir tolerando que un país agropecuario no disponga de buenos caminos rurales?

Diputado nacional (m.c,

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jueves, 28 de marzo de 2024

LA ARGENTINA


El presidente Milei enfrenta su propia encrucijada histórica
Hasta las próximas elecciones podremos evaluar si asistimos a la parodia de otra aventura regeneracionista (una más de la decena de “revoluciones” y “modelos” que se han sucedido desde hace casi cien años) o al punto de partida de algo diferente
Jorge Ossona
Javier Milei....Alfredo Sábat
La Argentina asiste a los estertores de la hecatombe política legada por el último proceso electoral. A la manera de un estallido estelar, está sumida en la confusión; y los interrogantes superan los convencimientos. Pero dista de ser una novedad: se registran varias secuencias semejantes a lo largo del siglo XX. Repasémoslas brevemente.
Sin líderes de fuste como los por entonces recientemente fallecidos Roque Sáenz Peña o Julio Roca, la victoria radical de 1916 pulverizó el heteróclito espectro de las fuerzas conservadoras que habían gobernado durante los cuarenta años anteriores. El golpe militar de 1943 fue posible merced a la incapacidad de los dirigentes liberales –particularmente Justo y Alvear– de devolverle al régimen legitimidad evitando el ascenso de los nacionalistas. En 1957, los partidos antiperonistas, sobre todo el radicalismo, estallaron uno tras otro poniendo en jaque la posibilidad de la restauración de la república democrática y liberal. Su consecuencia, la Revolución Argentina, explotó, a su vez, luego del Cordobazo, de 1969, para terminar devolviéndole el poder a un peronismo caotizado.
Con más sordina, otro tanto ocurrió con el Proceso de Reorganización Nacional a principios de los 80. De ahí que, la tras el fracaso de la Operación Malvinas, hubo que acelerar la salida democrática para evitar que el país se sumiera en el caos de una ruptura transversal del sistema de mandos militares. Pocos meses antes de su fulgurante victoria, que le asestó al peronismo su primera derrota electoral sin proscripciones, Raúl Alfonsín era –pese a su prolongada militancia radical– un desconocido para buena parte de la ciudadanía. Casi veinte años más tarde, el sistema de alternancias entre dos grandes partidos fundado en 1983 fue devorado por la vorágine económica y social de diciembre de 2001.
Las dos coaliciones surgidas de esa crisis exhibieron capacidades inversamente proporcionales de ganar elecciones y ofrecerle al país un horizonte de progreso. Y eso pese a que la coyuntura mundial de su primera década le ofreció una de las posibilidades más sólidas de resolver sus traumas macroeconómicos y sociales congénitos. Como corolario, un outsider sin estructura partidaria ni apoyaturas territoriales terminó derrotándolas bajo el rótulo potente de “la casta”, una metáfora de la “ley de hierro de las oligarquías” de Robert Mitchel.
El presidente Milei es un brillante economista aunque imbuido de una concepción utópica: el “anarcocapitalismo”. Una identidad que tienta a suponerlo un dogmático. Sin embargo, un seguimiento menos prejuicioso de su gestión permite vislumbrarlo como un liberal clásico que confronta con la realidad aunque, a su manera, termina negociando con ella. “El Loco” no lo es tanto, y sus torpezas aparentes insinúan una astucia política insospechada y original. Su conservadorismo cultural –no exento de vistosidades histriónicas y de un misticismo ecumenista tampoco inédito en nuestra historia política– lo apresta a dar batalla sin miramientos al dogmatismo seudoprogresista condensado por el kirchnerismo. Pero su batalla cultural está teñida por su mirada profesional. E incuba el riesgo de percepciones demasiado sesgadas como la militar en Perón, la ingenieril en Justo y Macri, o la política en Alfonsín.
Ha obtenido apoyos en sectores reclutados en toda la pirámide social, y desconfía de las instituciones republicanas contradiciendo un pilar del ideario liberal. No es cierto que carezca de un programa: se lo reserva hasta luego de “cruzar el Rubicón” otoñal. Sus objetivos básicos son aquellos que, nuevamente, le dicta su oficio: acabar de una vez y para siempre con las lacras del déficit fiscal, la inflación concomitante y las restricciones de una economía chica y cerrada, que vuelve a ser atractiva para el mundo.
Pero aunque se resista a percibirlo, las tres son de carácter menos económico que político. Apelan al marasmo institucional acumulado durante décadas fuente de privilegios y prebendas que cimientan nuestra decadencia. Y que requieren ser abordados por los órganos establecidos por la Constitución nacional, mentada por su gran referente histórico: Juan Bautista Alberdi. Es el protagonista primigenio de un nuevo sistema político en ciernes que se aviene a sustituir al fallido entre 2002 y 2023; aunque está lejos de definir todavía un mapa de contornos precisos.
Además, sin proponérselo, está capitalizando a su favor la archipielaguización del viejo orden: rompió el inconsistente JxC, y está horadando al propio partido radical. El peronismo persiste abroquelado aunque sin conducción, y mellado por la catástrofe del último experimento kirchnerista. Pero su estilo incuba la tentación de reeditar un trastorno gestado en nuestras más fornidas traiciones democráticas bien representadas por Yrigoyen y Perón: el plebiscitarismo de sintonías autoritarias variables, ya no expresado en calles y plazas multitudinarias sino en el denso mundo relacional de las redes sociales.
Durante las últimas semanas exhibe indicios que parecen insinuar un aprendizaje: convertirse en un líder político capaz de convencer y negociar; aunque sin claudicar en sus objetivos macroeconómicos. Porque estos, por lo demás, solo serán robustos en el largo plazo si sus estribaciones fiscales, laborales, previsionales –que deberán ser acompañadas por otras no menores, como la educativa y la social– se fundan en consensos capaces de sobrevivir a las vicisitudes coyunturales de una administración. Solo así se generará la confianza indispensable para las inversiones que nos puedan sacar de la ciénaga, sin repetir los experimentos fallidos de los 60 y los 90.
La historia, en ese sentido, nos juega en contra, y sería bueno que Milei contribuyera a demostrar que lo suyo no es solo el resultado de su genialidad o de una coyuntura fortuita, sino que encara un conjunto de corrientes socioculturales aún indescifrables, pero que, bien articuladas, podrían ofrecer resultados indiscernibles de aquellos a los que suele apelar con frecuencia: la Organización Nacional y el régimen de notables entre 1880 y el Centenario. Una república, por lo demás, requiere de pluralismo, aunque asentado en una losa de convicciones que deben salir de la agenda política, como bien lo enumeran los puntos de los enunciados “Pactos de Mayo”.
La política argentina transita por un tembladeral de reposicionamientos vertiginosos, que no hay día que no arrojen su cuota de perplejidad. Todo empezó a raíz de los asombrosos resultados de los comicios del año pasado. La montaña rusa aún no ha llegado al final de su juego. Pero, por ahora, el presidente Milei preserva el sitio central que le confiere su notable popularidad en medio de las restricciones que anticipó sin reparos durante su campaña; ha trascendido nuestras fronteras y empieza a ser contemplado en el nivel internacional. Tampoco nada novedoso, pero algo que, sin duda, ofrece una nueva oportunidad. De hoy a las próximas elecciones podremos evaluar si asistimos a la parodia de otra aventura regeneracionista –una más de la decena de “revoluciones” y “modelos” que se han sucedido desde hace casi cien años– o al punto de partida de algo diferente. Por ahora, solo nos queda seguir navegando en medio de la bruma sin saber si nos aguarda una tormenta o los vestigios de los primeros rayos de sol.

Miembro del Club Político Argentino y de Profesores Republicanos

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domingo, 4 de febrero de 2024

LA ARGENTINA


Ajuste fiscal, política monetaria y cambiaria: ¿quién es la casta?
Eduardo Maschwitz Presidente del Consejo de Administración de la Fundación Atlas para una Sociedad Libre. Premio a la Libertad 2007, Fundación Atlas para una Sociedad Libre


La Argentina está viviendo una era de esperanza que no se veía por décadas. Hay razones justificadas para ello al haberse hecho cargo del gobierno nuevas autoridades que creen que las ideas liberales son aquellas que nos llevarán al crecimiento, a la paz, a la prosperidad y a la felicidad. Un caso probablemente único en el mundo, una nueva experiencia. La implementación de estas ideas es dificilísima y en muchos casos con beneficios que solo se irán viendo a lo largo de años. Hay muchos mitos, valores, creencias y por sobre todo intereses sectoriales que luchan y se defienden para que los cambios no ocurran. Estos sectores, además, están organizados y tienen poder y recursos para defenderse. No así el grueso de la población, o consumidores, que son los beneficiarios, que no están agrupados ni pueden hacer escuchar su voz con la misma potencia.
Pero hay que comenzar a recorrer el camino del cambio sin demoras, aprovechando esta esperanza, que permite hacerlo a pesar de la enorme crisis y los efectos negativos de corto plazo que hay y que puedan aparecer. Esta “paciencia” no será para siempre, y celebramos la rapidez con que se han presentado muchas propuestas diversas a través del DNU y de la ley ómnibus. Sin entrar en sus detalles, que no es objeto de este artículo, las propuestas son audaces, necesarias y bienvenidas.
Nuestro presidente ha mantenido inalterados sus mensajes sobre su plan de gobierno, comenzando por los que hizo en la campaña, en oportunidad de asumir el poder, en muchos reportajes, y recientemente en Davos. La defensa de la propiedad privada, el respeto a la ley, el achicamiento del Estado, la libertad de comercio y tantos otros asuntos han estado y están presentes en sus manifestaciones.
Pero muy sorpresivamente, sin explicaciones de ningún tipo, y más aún porque son temas que como economista nuestro presidente conoce muy bien, en materia económica, cambiaria, y monetaria, no solo se mantienen en términos generales las políticas vigentes al momento del traspaso del poder, sino que además se nombró un equipo económico de técnicos, alejados de los valores libertarios; y pasan las semanas sin implementarse los cambios necesarios.
Las cargas y los esfuerzos financieros han caído en el sector privado, que pasó a ser la “nueva casta” que soportaría los ajustes. No se intenta en este artículo entrar en complejidades técnicas, que incluso en su mayoría superan los conocimientos del autor; pasamos a enumerar algunas de las medidas y situaciones que avalan nuestra aseveración, impidiendo el comienzo de un período de prosperidad deseado.
Se aumentaron los impuestos, se subieron las tarifas sin una equivalente reducción de impuestos, se emitió un bono nuevo, Bopreal, que deberá pagarse en años futuros con recursos del sector privado, se siguen modificando normas contra la estabilidad jurídica, el Estado de Derecho y derechos adquiridos, para bajar la carga impositiva de los intereses pagados por el Estado por su deuda en pesos local, se puso una tasa de interés mínima de
9% para nuestros ahorros con una inflación del 25% produciendo la destrucción de los ahorros privados, y el desarrollo de un mercado de crédito y de capitales, se mantienen todos los innumerables tipos de cambio, obligando a vender dólares al BCRA, y al precio que este estipula, y a precios inferiores a su valor (la diferencia entre el tipo de cambio oficial y el libre es otro “impuesto” encubierto), además de indexar dicho tipo de cambio al 2% mensual con una inflación vigente de 25% mensual, que produce un extraordinario desajuste que se pagará en los próximos meses; esta política genera sobrefacturación de importaciones y subfacturación de exportaciones, las jubilaciones han perdido 50% de su poder adquisitivo en términos reales, pasamos de cerrar el Banco Central a que sea un apéndice del Ministerio de Economía, pasamos de sanear su balance a colocarle una letra por 3,5 billones de dólares, y otros. Cada una de estas medidas son cargas para la “nueva casta”, el sector privado.
Demorar los cambios supone, y más pronto que tarde, el fracaso del plan económico actual, con las consecuencias de reducir el apoyo popular a los cambios y terminar con la esperanza
Uno se pregunta por qué persistimos en recetas que no han funcionado por 80 años, que nos han llevado hasta aquí, con 50% de pobreza y a ser considerados un país fallido. Como siempre, la explicación es que son temporarias, pero luego viene la regulación de la regulación, y luego la regulación de la regulación de la regulación, y así sucesivamente, obviamente para intentar sanear el perjuicio autogenerado por la regulación pasada.
La explicación es que la prioridad es bajar el déficit fiscal, y creo no hay nadie en desacuerdo. Pero la única manera no es poner más cargas y esfuerzos al raquítico sector privado. ¿Falta imaginación, audacia? No lo sé. Parecen no faltarle a nuestro presidente.
Sabemos que bajar el gasto, al menos en el corto plazo, es imposible. La receta alternativa para salir de la decadencia es apostar al crecimiento. Para eso deben realizarse inversiones, y para eso debe haber completa libertad económica, cambiaria, financiera, comercial, estabilidad jurídica, respeto a derechos adquiridos, estabilidad macroeconómica, banco central independiente o inexistente, y Estado de Derecho. Tenemos que incorporar a la economía formal el 50% de la economía que funciona en forma subterránea (imposible con trabas a la actividad empresarial y con mercados manoseados), y a los trabajadores en situación informal. Para eso no solo hay que bajar las cargas fiscales, sino también las regulaciones y la opresión del Estado sobre los ciudadanos. En poco más de 10 años, creciendo al 5% anual, duplicaremos nuestro PBI, y si el gasto público queda congelado, quedará reducido a la mitad en términos reales. Algunos dicen que no hay dólares. Si algo sobra son dólares. Los argentinos tenemos 400 mil millones y los extranjeros, cifras infinitas, pero solo vendrán cuando existan condiciones favorables. La Argentina, con sus políticas económicas actuales está asegurándose no recibir ninguna inversión, y por lo tanto impidiendo su crecimiento y el aumento del salario real para salir de la pobreza. ¿Quién puede invertir, argentino o extranjero, con este mamarracho de políticas económicas fracasadas que hacen de la Argentina un país fallido? Con el crecimiento, la incorporación de la economía formal y más trabajadores en blanco la recaudación subirá en términos reales. Es cierto que tomar estas medidas supone un riesgo. Pero la alternativa actual es evitar los riesgos a cambio de garantizar el fracaso.
Una explicación de nuestro valiente presidente es muy necesaria. Demorar los cambios supone, y más pronto que tarde, el fracaso del plan económico actual, con las consecuencias de reducir el apoyo popular a los cambios y terminar con la esperanza. No podemos dejar pasar esta oportunidad.
¡Queremos libertad de una vez!

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jueves, 18 de enero de 2024

LA ARGENTINA


Propuestas de avance educativo positivas, pero insuficientes
Preocupa el creciente rezago de la Argentina en las pruebas internacionales sobre el estado de la educación; para salir de esta crítica situación habrá que emprender un proceso de largo aliento

Alieto Aldo Guadagni...Francisco Boero


Los cambios en la educación...Alfredo Sábat
En la Argentina es preocupante el creciente rezago en las pruebas internacionales sobre el estado de la educación, en las que hemos visto cómo países que nos reconocían como vanguardia educativa en América Latina hoy nos superan. También son preocupantes los resultados de las evaluaciones educativas que realizan las autoridades. ¿Podemos salir de esta crítica situación? Por cierto que sí pero para eso tendremos que emprender un proceso que habrá de proyectarse sobre varias generaciones.
Este siglo es el tiempo de la globalización impulsada por rápidos avances científicos y tecnológicos; por eso, la fortaleza económica de una sociedad hoy depende críticamente de su capital humano. La población de una nación es la depositaria de ese capital, que es decisivo para impulsar el progreso y mejorar las condiciones de vida. El nivel de conocimientos acumulados en la mente de los habitantes, gracias a la educación, es la garantía del avance social. Podemos decir que el mundo está cambiando día tras día con la prontitud de los saberes nuevos que dependen fundamentalmente de la educación.
Nelson Mandela dijo: “La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo”. Muchos pueblos han entendido la idea. Mientras Juan Bautista Alberdi decía en el siglo XIX: “Gobernar es poblar”, la extrapolación al siglo XXI de su aserto podría expresar: gobernar es educar.
El actual gobierno, encabezado por el presidente Javier Milei, ha enviado un proyecto de ley al Congreso de la Nación que incluye modificaciones en una gran cantidad de sectores, razón por la cual se la ha denominado “ley ómnibus”. El sector de educación no escapa de dicho proyecto, que propone una serie de disposiciones para el sistema educativo que, en términos generales, son positivas; sin embargo, presentan algunos detalles insuficientes.
Como ejemplo de medidas positivas podemos mencionar la evaluación de docentes cada cinco años, ya que no solo se debe incrementar la cantidad de docentes si no también mantener la calidad. También es positivo declarar la educación como un servicio esencial y así evitar el cierre de las escuelas públicas para la defensa del derecho del trabajador que, si bien es un hecho sumamente importante, al aplicarlo a través de dichas medidas de fuerza la protesta adquiere un sentido antisocial, ya que termina afectando a las personas más necesitadas. Recordemos que son los pobres los que mayoritariamente asisten a las escuelas públicas que se cierran, mientras que las escuelas privadas, donde asisten aquellos alumnos pertenecientes a familias de mayores recursos que pueden afrontar el pago de los altos aranceles, permanecen abiertas, generándose una brecha de conocimiento en nuestro país aún más amplia entre ricos y pobres, que se traduce en mayor exclusión social, ya que la principal herramienta para salir de la pobreza es la educación.
Otra medida positiva es la implementación de un examen final al terminar el ciclo secundario; sin embargo, no establece obligatoriedad a las universidades de utilizar dicho examen para regular su ingreso, sino que lo establece como una opción y no modifica la característica de ingreso irrestricto que propone la ley vigente. Esto sucede en muy pocos países en el mundo y los resultados entre aquellos países que exigen exámenes versus los que no los exigen podemos observarlos comparándonos con nuestros vecinos Brasil y Chile, cuyos estudiantes deben realizar exámenes previos al ingreso a la universidad.
Este tema es relevante cuando se da importancia al ritmo de acumulación de capital humano calificado de la población, el cual es fundamental para el progreso económico de una nación. En el presente siglo XXI la graduación universitaria es un factor clave para la acumulación de capital humano calificado, principalmente asociado a los grandes avances científicos y tecnológicos de los últimos años. Sin embargo, al compararnos con Brasil y Chile, se observa que tenemos el doble de estudiantes pero la mitad de graduados. En la Argentina no rige ningún tipo de examen de evaluación de conocimientos al final del nivel secundario ni tampoco exámenes generales de ingreso a la universidad debido a que están prohibidos por la ley 27.204, que los considera “restrictivos”, mientras que en Brasil rige el Examen Nacional de Enseñanza Media (ENEM) y en Chile, la Prueba de Acceso a la Educación Superior (PAES).
El ENEM se aplica desde el año 1998 con el objetivo de evaluar los conocimientos de los estudiantes una vez que concluyen la educación secundaria; también determina el ingreso de los estudiantes a la universidad, y se utilizan los resultados obtenidos para adjudicar becas del Programa Universidad para Todos (Pro Uni). Tomó aún más relevancia a partir de 2009, durante la presidencia de Lula, debido a que una gran cantidad de universidades comenzaron a utilizar sus resultados como criterio de selección para la admisión de nuevos ingresantes.
La PAES se aplica en Chile desde noviembre de 2022, previamente se han aplicado otros sistemas de ingreso, y se puede realizar en dos oportunidades cada año, también puede rendirse en más de una oportunidad en caso de que los estudiantes deseen mejorar su puntaje. El examen está compuesto por cinco pruebas. Los resultados se expresan en una escala de 100 a 1000 puntos y cada universidad define cuáles son los requisitos y criterios para la postulación y admisión regular a sus carreras.
Al comparar nuestras cifras con las de Brasil y Chile, se observa que la evolución de la graduación universitaria total entre los años 2013 y 2021 es liderada por Brasil con un incremento del 33%, seguido por Chile con el 32% y la Argentina con el 21%. La Argentina presenta la mayor cantidad proporcional de estudiantes, alcanzando los 557 estudiantes por cada 10.000 habitantes, mientras que Brasil y Chile presentan 408 y 355, respectivamente. Sin embargo, ocurre lo contrario cuando se observa la cantidad de graduados cada 10.000 habitantes, dado que la Argentina presenta apenas 31, mientras que Brasil presenta 61 y Chile 55. Estas diferencias también se observan en la eficacia en la graduación, ya que de 100 ingresantes en el año 2017 se graduaron en la Argentina, en el año 2021, unos 28 estudiantes, mientras que en Brasil lo hicieron 46 y en Chile 69.
La graduación universitaria se fortalece cuando ingresan los estudiantes secundarios bien preparados, especialmente en el último año del secundario. Esta preparación naturalmente tiende a reflejarse en una mayor graduación final. Por el contrario, nuestros estudiantes secundarios no tienen incentivos para mejorar su nivel educativo. Muchos llegan mal preparados, de forma tal que, lamentablemente, existe un porcentaje alto de estudiantes que durante el primer año universitario no aprueban más de una materia y son muy pocos los que completan su carrera universitaria en relación con la cantidad de los que ingresan.

Academia Nacional de Educación y Universidad de Belgrano

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viernes, 29 de diciembre de 2023

LA ARGENTINA




Gobernar es explicar, no confrontar
La sociedad encaró un profundo debate sobre sí misma, con una dosis de esperanza, pero también de incertidumbre
Luciano Román

La sociedad ha asumido el riesgo de un cambio de rumbo, pero la gran mayoría no lo hizo envuelta en una bandera de fanatismo; tampoco con convicciones irreductibles
¿Cómo era la Argentina en la que se apagaba 2023 y despuntaba 2024? ¿Cuáles eran sus dilemas? ¿Cómo era el clima social? Cuando los historiadores del futuro se hagan estas preguntas se encontrarán, seguramente, con respuestas complejas y contradictorias. Se asomarán a una época en la que la sociedad ha encarado, como pocas veces, un debate sobre sí misma, sobre su relación con el Estado y sobre las normas que moldean una mentalidad ciudadana. Se acercarán a un tiempo en el que una holgada mayoría ha decidido dar un volantazo con una dosis de esperanza, pero también de incertidumbre. Se encontrarán con una mezcla de audacia y de temor; de hartazgo por un fracaso de décadas, pero también de dudas frente a lo desconocido. Percibirán una disposición al cambio, incluso de raíz, pero también registrarán vacilaciones frente a los inevitables costos de esa transformación y a las dificultades que supone, en muchos casos, la súbita adaptación a nuevas reglas de juego. Verán resistencias de aquellos que defienden privilegios y ventajas, o de los que, con cinismo, se declaran “republicanos” por conveniencia. Pero también percibirán la preocupación de muchos que defienden sus trabajos o que se aferran, con un instinto esencialmente humano, a un modo de hacer las cosas que les resulta conocido y les inspira más seguridad. Y de otros que, simplemente, tienen ideas diferentes sobre las formas de encarar el cambio.
La Argentina de estos días parece atravesada por sentimientos encontrados. Salir del intrincado laberinto del populismo no es un proceso sencillo ni lineal. Implica un cambio de mentalidad y una revisión de rasgos culturales que se han fraguado en una lógica corporativa que gobernó durante décadas. Nada de esto se logra por decreto. Exige, por el contrario, un liderazgo que sea didáctico y comprensivo, que sepa convencer y transmitir confianza en una hoja de ruta. Cualquier paciente lo sabe: tan importante como un tratamiento adecuado es la contención del médico, la persuasión y el acompañamiento en procesos en los que, inexorablemente, convivirán los progresos con las recaídas, los alivios con los dolores y el coraje con la sensación de vértigo. En términos políticos, el desafío remite a la frase de Fernando H enrique Cardos o :“Gobernar es explicar ”. De esa capacidad –quizá tanto como de la firmeza para avanzar– dependerá, en buena medida, la suerte de un proceso que tenga ambición transformadora.
Distinguir entre la defensa de privilegios y las preocupaciones genuinas tal vez sea uno de los retos fundamentales de la política actual. Hay dudas que son razonables: ¿todos los cambios deben ser al mismo tiempo?; ¿el shock es la única alternativa?; ¿las propuestas deben ser a todo o nada?; ¿la celeridad es enemiga de los procedimientos y las formas? Hay bibliotecas bien nutridas para fundamentar en uno u otro sentido. Está claro que la Argentina debe proponerse un cambio profundo, proporcional a la dimensión de una crisis que ha quebrado su economía y deteriorado toda su arquitectura social e institucional. Pero la profundidad y la firmeza para ejecutar el cambio no son lo mismo que la temeridad para atropellar. Calibrar esa diferencia es otra de las exigencias cruciales.
El debate sobre este proceso transformador debe aspirar a una calidad y una profundidad que haga juego con la dimensión del desafío. No todos los que plantean reparos son cínicos o corruptos. Esa es una idea tan reduccionista como la que plantea que la voluntad de avanzar con rapidez y firmeza implica un golpe a la democracia. Las vacilaciones y las dudas son rasgos inevitables en una sociedad que carga con un penoso historial de desencantos y frustraciones. Los temores no revelan necesariamente un “síndrome de Estocolmo” (lealtad del rehén al secuestrador), sino una reacción tan humana como comprensible frente al temor que suelen provocar los cambios. Otra vez: gobernar es explicar, no confrontar. Gobernar es comprender, no descalificar; es convencer, no imponer.
Es natural, y también es sano, que la sociedad mantenga vivo el músculo de la desconfianza y, por supuesto, el espíritu crítico. La última vez que llovieron decretos fue “para cuidarnos”, y después descubrimos que “el Estado te cuida” era la fachada del vacunatorio vip y de las fiestas clandestinas: el encierro y el sufrimiento no era “para todos y todas”. Pero en aquel momento, plantear dudas sonaba temerario. El que dudaba estaba “en contra de la vida”. ¿Hoy el que duda está en contra de la libertad?
La Argentina no solo debe recuperar el valor de la moneda y el sentido de la norma, sino también la confianza pública y la ejemplaridad. Todo eso exige un enorme esfuerzo de reconstrucción a través de la palabra: el diálogo, la comprensión, el tono del debate y los puentes de entendimiento son herramientas fundamentales para generar consenso alrededor de un proceso de transformación. La discusión pública merece un mayor espesor, una textura más consistente que la de los eslóganes y las excesivas simplificaciones.
Muchos temores, además, se alimentan de confusiones. Salir de una madeja de regulaciones y estatismo es un proceso que exige, entre otras cosas, certezas y claridad. Hoy todavía hay muchas cosas que están en zona de penumbras y generan más incertidumbre: ni siquiera tenemos claro qué papeles nos pueden exigir en un control vial o qué datos deben figurar en la receta que nos hace el médico. Por supuesto que esos procesos llevan un tiempo de ajustes e instrumentación, pero todo el esfuerzo debería ponerse en explicar, en graficar los beneficios de las medidas, en transmitir su propósito.
La Argentina parece tener hoy una gran oportunidad: la sociedad ha asumido el riesgo de un cambio de rumbo. Pero la gran mayoría no lo ha hecho envuelta en una bandera de fanatismo. Tampoco lo ha hecho con convicciones irreductibles ni dispuesta a pagar cualquier costo. Lo ha hecho al cabo de un proceso electoral que reflejó un mosaico heterogéneo, un mapa con rasgos de fragmentación y una atomización política que determina equilibrios frágiles e inestables. En ese paisaje le toca actuar al nuevo gobierno. Es un contexto que exige audacia, construcción de poder, determinación, firmeza y ambición en la voluntad de cambio. Todo está condicionado, además, por urgencias evidentes. Pero la situación también exige moderación, flexibilidad y vocación para proponer y aceptar un debate constructivo. Exacerbar las tensiones y las discordias también remite a una Argentina fracasada.
Pararse frente a las resistencias con una retórica hostil no solo sería contraproducente, porque alimentaría una espiral confrontativa, sino que además expresaría una limitación para comprender la complejidad de un proceso de cambio que no debe ser solo político, sino también social y cultural. Por supuesto que no se puede ser ingenuo ni condescendiente con grupos de presión ni con facciones políticas o sindicales que hacen del conflicto “su negocio” y que encubren bajo la bandera de “los derechos” la defensa de sus privilegios.
Pero tampoco se puede ser indolente ni agresivo frente a sectores de la sociedad que tienen dudas, temores e incertidumbres legítimas, o que simplemente plantean ideas o matices diferentes que, lejos de ser un obstáculo, enriquecen el debate democrático. La mentalidad estatista ha generado confusiones y distorsiones, pero esa cultura no se desactiva de un plumazo ni con dialéctica beligerante, sino con liderazgos virtuosos, con honestidad intelectual, con debates de calidad y con aceptación de las diferencias. La libertad es, antes que nada, la discrepancia, el debate, los matices. Es todo lo contrario del discurso único y hegemónico.
Es natural, por ejemplo, que los jóvenes sean más permeables a un giro de esta naturaleza, no solo porque están formados en una cultura distinta, en la que dependen más del celular que del Estado, sino porque sienten que tienen más para ganar que para perder con un “reseteo” del sistema. Pero ¿eso convierte a sus padres en “enemigos” del cambio? ¿Se los debe considerar un obstáculo solo porque tienen más reparos o se aferran a un modo de hacer las cosas? Proponer el “ellos contra nosotros” es una trampa conocida. Una transformación profunda, que a la vez se proponga perdurar, merece algo más que la idea peligrosa de “el pueblo contra la casta” o “los argentinos de bien contra los que se oponen al cambio”.
Cambiar las reglas resulta imprescindible, pero a la vez es costoso, incómodo, difícil y doloroso. Romper con una cultura de estatismo e hiperregulaciones inspira cierta esperanza, pero también provoca incertidumbre. A veces la ciudadanía reacciona con coraje, pero a veces se siente a la intemperie. Comprender esas vacilaciones de una sociedad que ha sufrido una desilusión tras otra es parte del desafío político. La trampa del populismo, además, es haber alimentado la falsa ilusión de que “detrás de toda necesidad hay un derecho”, mientras exaltaba lo que “el Estado te da” y ocultaba lo que el Estado te quita. Esa impostura parece haber quedado en evidencia, pero revertirla exigirá, además de un esfuerzo monumental, un despliegue de mesura, comprensión y equilibrio que interprete la complejidad de las cosas. Los historiadores del futuro se encontrarán con una sociedad que hoy se pregunta: ¿esta vez el sacrificio valdrá la pena? Oscila entre creer y dudar. Y tiene derecho a hacerlo. Los hechos, pero también las palabras, serán los que den la respuesta


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