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sábado, 8 de agosto de 2020

LA OPINIÓN DE ROGELIO ALANIZ,


“Facho”, “gorila” y “odiador”, emblemas del diccionario populista
Un uso violento del lenguaje político que soslaya sus evidentes contradicciones
Rogelio Alaniz
Rogelio Alaniz Miembro del Club Político Argentino

El populismo no suele ser escrupuloso con el lenguaje. Su relación con las palabras merodea la manipulación, porque se supone que la conquista política del “sentido común” suele permitirse estas licencias. Ocurre que una concepción de la política que establece una diferencia definitiva entre amigo y enemigo exige el uso y, si es necesario, el abuso de palabras que cumplan con ese objetivo.
“Facho”, “gorila” y “odiador”, emblemas del diccionario populista
Palabras como “facho, “odiador serial” o “gorila” suelen ser emblemáticas en el lenguaje del populista actual. Sin ir más lejos, la imputación de “facho”, que el nuevo populismo emplea en más de un caso con impávida ignorancia, puede ser un ejemplo elocuente de los inesperados sentidos que cobra una palabra que en su momento se inició para designar a los simpatizantes del régimen creado por Benito Mussolini. Entonces, “facho” y “fascista” se les decía a quienes, según palabras de su fundador, ponderaban los beneficios del Estado sobre la actividad privada, repudiaba la economía de mercado, condenaba al liberalismo en todas sus formas y proclamaba las virtudes creativas de la violencia. Las asombrosas paradojas de los procesos históricos han permitido que los lejanos herederos de los exponentes locales del fascismo criollo hoy atribuyan a sus declarados enemigos neoliberales las patologías de esta cultura política. El asombro deviene perplejidad cuando imputan a los supuestos “fachos” la condición de cómplices de la “corpo”, es decir, las corporaciones, cuando, la verdad sea dicha, la fantasía de un régimen gobernado por las corporaciones está presente en los orígenes mismos del populismo criollo.
“Odiador serial”, incluye dos palabras que se refuerzan mutuamente. Sin ánimo de incursionar en laberintos psicológicos, convengamos en que la palabra “odio” está cargada de percepciones negativas.
Puede que para bien o para mal el odio sea una pasión humana, pero quienes la emplean no están preocupados por los alcances de las hipótesis de Freud y Lacan, sino en hacer realidad las hipótesis de Carl Schmitt alrededor de la necesidad de forjar un enemigo. Y si al “odiador” se le suma el adjetivo “serial”, los resultados son de una espléndida eficacia, la conjugación de una conmovedora metáfora que facilita el desplazamiento desde “odiador serial” hacia “asesino serial”.
Pero admitamos que la creación históricamente más exitosa del populismo criollo ha sido el término zoológico de “gorila”, palabra que puede ser un adjetivo, un sustantivo, pero en todos los casos opera como un insulto que en términos políticos se ha instalado en el “sentido común” de los argentinos con la precisión y la deliberada ambigüedad de todo insulto.
Puede que a lo largo de la historia de nuestro desdichado país la palabra se haya resignificado, pero, más allá de esas oscilantes vicisitudes, nos consta que “gorila” se instituyó después de 1955 para designar a los mismos que durante el régimen peronista derrocado eran calificados como “contreras”.
Según quienes se ocuparon de rastrear el origen del vocablo, “gorila” pertenece a la inspiración de la Revista Dislocada de Delfor y a las audacias rítmicas de un baión interpretado por Feliciano Brunelli. Hay motivos para sospechar que los responsables de atribuir a la casi extinguida familia zoológica de los gorilas una modesta dimensión existencial jamás imaginaron las peripecias políticas que la historia le asignaría a su criatura, por lo que “gorila” muy bien puede ser pensado como una metáfora cuyo mérito exclusivo, al decir de Borges, sería el ejercicio más o menos arbitrario de diversas entonaciones.
No deja de contribuir al asombro “universal de la infamia” que una orquesta que en sus buenos tiempos pobló de anhelantes bailarines las pistas de barrios de nuestras ciudades y campañas, y una revista que proféticamente se reconocía como “dislocada”, hayan aportado a nuestra indigente cultura política un término que transitó desde los arrabales de nuestro lenguaje hasta conquistar una ruidosa centralidad.
Estimo innecesario advertir que “gorila” no es un concepto político ni una construcción teórica. No sé de ningún politólogo o cientista social que use esa palabra con objetivos de investigación o para echar luz a las complejidades de la realidad contemporánea, pero su marginalidad en el mundo académico no la excluye de ser una de las palabras más populares de la jerga política, al punto de que el historiador Daniel James lo calificó como el más poderosos símbolo político del peronismo. Importa señalar que, a diferencia de “odiador serial” o “facho”, “gorila” suele incluir un componente burlón y festivo, aunque me temo que en más de un caso la “fiesta” se aproxima a aquella otra fiesta que urdieron en su momento Borges y Bioy Casares en un aguerrido relato de cuyo nombre no quiero acordarme. O a las expansiones de los bisabuelos de los actuales barrabravas decididos a liquidar al joven unitario tal como lo intuyó Echeverría en un impecable relato.
Desde 1955 en adelante, a ningún presidente se le negó el honor de ser calificado de “gorila”. “Illia gorilón, rajá de la Rosada que la casa es de Perón”. “Traigan al gorila de Alfonsín, para que vea…”. En algunos casos, el coro adquiría tonos sombríos: “Perón, mazorca, gorilas a la horca”, tal vez un homenaje melancólico a don Juan Manuel y su enternecedora consigna: “Mueran los salvajes, inmundos, asquerosos unitarios”
“Gorila” logró ser una imputación capaz de anegar todos los territorios de la política y la sociedad. Si “gorila” solo designara a los antiperonistas, sería un vocablo más de la jerga política, pero su originalidad reside en su destreza para extenderse y atravesar todas las barreras sociales y política . Por lo pronto, “gorilas” pueden ser todos, incluso los peronistas. “¿Qué pasa general que está lleno de gorilas el gobierno popular?”, preguntaban desolados los jóvenes de la “juventud maravillosa” a su jefe, cuando de hecho el gobierno estaba integrado no por antiperonistas, sino por severos y amenazantes peronistas ortodoxos. Desde 1983 hasta la actualidad no hubo un presidente peronista que no haya recibido los beneficios de esa imputación. “Traigan al gorila musulmán…”, decían los peronistas antimenemistas, aunque ello no impidió que años después los peronistas opuestos a Néstor y Cristina consideraran que el kirchnerismo expresaba una desenfadada experiencia gorila, sin olvidar, ya que estamos comentando intimidades, que la revista peronista El Caudillo nunca se privó de considerar a Montoneros una versión gorila infiltrada en el peronismo. Y que en aquel lejano y desangelado 1º de mayo de 1974, los “imberbes” no se privaron de acusar de “gorila” al propio Perón, con lo que el término cerró este singular círculo dantesco de manera magistral. Y “gorila” devino una imputación repartida tan generosamente que nadie en ningún momento pudo eludir esa celada tendida por el peronismo y que concluyó por incluirlos a ellos mismos, por lo que muy bien podría postularse que el único ser a quien hasta el momento nunca le alcanzó ese brulote fue Dios, hipótesis que –sospecho– Chesterton no vacilaría en aprobar.
“Illia gorilón, rajá de la Rosada que la casa es de Perón”
“Perón, mazorca, gorilas a la horca”
“Traigan al gorila musulmán”

domingo, 5 de julio de 2020

LA OPINIÓN DE ROGELIO ALANIZ,


Se imponen los rasgos más sombríos del populismo
El caso Vicentin muestra que para este gobierno el concepto de expropiación no remite a un hecho circunstancial, sino que se integra a su visión de la economía, la política y el poder
Fidel: el dictador y la dictadura
Rogelio Alaniz
No hay un solo tipo de populismo, como no hay una exclusiva versión de izquierda
Un régimen populista siempre aspira a “ir por todo”
Para Hugo Chávez la palabra expropiar podía ser un verbo, un adjetivo e incluso un sustantivo. “Exprópiese” en los labios del jefe de la revolución bolivariana se parecía mucho a un canto de combate. Chávez pronunciaba su “exprópiese” con el tono del mago decidido a provocar un milagro. Las expropiaciones en los últimos tiempos se extendían a joyerías, locales comerciales, restaurantes. Ignoro qué ocurría en el corazón de Chávez cuando montaba esos espectáculos públicos, pero resulta claro que la palabra “expropiar” expresaba los alcances y los deseos de su poder.
Los líderes populistas suelen identificar su causa con la decisión de expropiar empresas extranjeras o locales, invocando la soberanía nacional o la sanción a oligarcas. En el universo populista las retóricas suelen ser previsiblemente parecidas, como también se parecen las estéticas que fundan, estéticas que muy bien podrían calificarse como rituales escénicos del ejercicio del poder absoluto. En nuestro país las expropiaciones en clave populista no empezaron con Vicentin y tal como se presentan las cosas es de temer que no concluyan allí. Recordemos los episodios con Aerolíneas Argentinas, Ciccone o YPF. Y si pretendemos apelar a la historia, tengamos presente lo sucedido con las empresas de Otto Bemberg, el diario La Prensa o la fábrica de caramelos Mu Mu.
Pensamiento crítico y política 5: democracia, populismo y ...
En homenaje al rigor político, habría que decir que las iniciativas expropiadoras no tienen por qué ser autoritarias y confiscatorias. Es más, la Constitución Nacional las reconoce, luego de advertir que se deben hacer por causa de utilidad pública, previo una ley dictada por el Congreso y una indemnización razonable. Expropiar tierras para construir carreteras o edificios públicos suele ser una iniciativa habitual en gobiernos provinciales y municipales, pero la expropiación en clave populista o de izquierda se parece a una expropiación constitucional democrática como un déspota se parece a un presidente democrático o un contrato legal a un asalto a mano armada.
Las iniciativas promovidas desde el poder contra la empresa Vicentin han dado lugar a una suma de interpretaciones acerca del carácter populista, cuando no izquierdista del actual gobierno. Supongo que en todas estas especulaciones hay una cierta cuota de verdad que a mi criterio no alcanza a dar cuenta de las modalidades precisas del actual gobierno, al punto de que los debates abiertos acerca de si la titularidad efectiva del poder la ejerce el Presidente o la vice no hacen más que poner en evidencia las incertidumbres, cuando no realza esa zona de sombras acechantes que parece distinguir una gestión que se constituyó con una vicepresidencia con capacidad de ejercer más poder que el Presidente, sospecha que nació desde el mismo día que se anunció esta singular fórmula.
En el campo opositor habría un acuerdo amplio en reconocer que la iniciativa contra la empresa Vicentin es de dudosa legitimidad política y de ruidosa ineficacia económica. Son los rasgos más sombríos del populismo los que parecen imponerse en estos días. Si para sus críticos el concepto de populismo es portador de innumerables desgracias, para los intelectuales orgánicos del gobierno es exactamente a la inversa, al punto de que, desde Ernesto Laclau hasta Chantal Mouffe, para mencionar a sus intelectuales más reconocidos, el populismo dejó de ser una adjetivación descalificatoria para engalanarse con los atributos de una construcción teórica de izquierda capaz de definir una nueva estrategia de poder diferente al tradicional esquema de revolución que sostuvieron las diversas fracciones marxistas y leninistas a lo largo del siglo XX.
Las mentiras del populismo - Café Viena
A la hora de ser rigurosos en la interpretación de esta realidad, habría que admitir que no hay un solo tipo de populismo, como no hay una exclusiva versión de izquierda. Entre Marine Le Pen y Cristina Kirchner es posible registrar diferencias. Dicho esto, importa señalar que lo históricamente novedoso en el siglo XXI es la alianza real entre los populismos tradicionales y la denominada izquierda nacional. La propia biografía de Laclau es muy representativa de un itinerario que, con las actualizaciones teóricas del caso, se mantuvo leal a las certezas juveniles adquiridas al lado de Jorge Abelardo Ramos.
De todos modos, los populismos de izquierda como los de derecha tienen más puntos en común de lo que a sus principales voceros les gustaría admitir. Esas coincidencias giran alrededor del rechazo al liberalismo con retórica de derecha o de izquierda. Desde ese “lugar”, los populismos comparten el culto al jefe, el recelo de todo control institucional, las certezas acerca de la superioridad del Estado, la primacía de la comunidad sobre el individuo y la convicción de que la libertad es un bien subordinado a la igualdad o al orden. En la Argentina, la titularidad del populismo la ejerce el peronismo, más allá de sus disensiones internas. El caso Vicentin es un punto de referencia fuerte respecto de la identidad política del actual gobierno. Más allá de los resultados, queda claro que el concepto de expropiación no es para esta corriente de opinión un episodio circunstancial, sino que se integra en una visión coherente de la política, la economía y el poder.
Qué es Realmente el POPULISMO? – El Independiente Paraguay
Una “democracia radicalizada”, como han dicho los actuales intelectuales orgánicos de la causa K, incluiría reformas políticas y sociales profundas con un sujeto histórico que ya no sería el tradicional proletariado, sino el “pueblo” movilizado alrededor de la construcción de diversos enemigos. Sus fines son muy claros, como también sus debilidades. La primera dificultad nace de la imposibilidad de conjugar sus objetivos distribucionistas con la generación genuina de riqueza. El recurso de las expropiaciones despierta entusiasmos, pero a la primera euforia festiva le sucede la quiebra económica acompañada de las más diversas modalidades de corrupción, otro de los rasgos que suelen distinguir al populismo. La otra dificultad de resolución imposible en la Argentina es esta suerte de obsesión del populismo criollo por castigar en nombre de la justicia social a los sectores más dinámicos y modernos de la burguesía, un ataque que responde a la necesidad de obtener recursos económicos, pero también a una concepción ideológica tan militante como anacrónica.
La otra enseñanza adquirida en estos años es que un régimen populista siempre aspira a “ir por todo”, una batalla ejercida como opositores pero también como oficialistas, ya que consideran que los fundamentos reales del régimen están más allá o más acá de un gobierno. No está escrito que esta batalla que amenaza con ser la batalla política decisiva en esta primera mitad del siglo XXI tenga un desenlace establecido de antemano. Sí conviene recordar, a la hora de imaginar democracias radicalizadas y enemigos titulares de supuestos privilegios a destruir que, como dijera alguna vez 
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Raymond Aron, el orden que a lo largo de décadas, y a veces de siglos, ha construido la civilización se constituye con hilos muy frágiles y su destrucción no suele ser, contra lo que suponen los publicistas del populismo, el anticipo de una nueva aurora, sino el retroceso hacia la barbarie y la oscuridad.

lunes, 20 de enero de 2020

LA OPINIÓN DE ROGELIO ALANIZ


El "fantasma" del antiperonismo

Rogelio Alaniz
¿Es el antiperonismo un mezquino prejuicio? ¿La expresión irreflexiva de los favorecidos en una sociedad injusta? ¿Es acaso un fantasma que recorre los laberintos y los sótanos de la sociedad infundiendo miedos y reclamando una existencia que la vida misma le niega? Cualquier respuesta es posible a estos interrogantes, pero fantasma o no, resulta imposible desconocerlo.
Para bien o para mal, pareciera que el "antiperonismo" es un actor social e histórico que no sé si ha venido para quedarse, pero me asiste la certeza de su existencia y de una identidad forjada en tradiciones legítimas y que interviene de manera activa en los diversos escenarios políticos.
Puede que el prefijo "anti" despierte suspicacias en las almas puras y en el universo previsible de la corrección política. La negatividad del "anti", sin embargo, merecería relativizarse. Al respecto, el siglo XX nos ha dado algunas lecciones concluyentes, en tanto toda fuerza política con aspiraciones de totalidad o totalitaria construyó su propio "anti". El fascismo y el comunismo fueron sus expresiones más radicalizadas. Pero no las únicas. No hay antiradicalismo o antisocialismo o anticonservadorismo. Pero sí hay antiperonismo. Esa "presencia" merece una explicación histórica.
Tal vez los más persuadidos acerca de la existencia real de este actor político llamado "antiperonismo" hayan sido los propios peronistas, quienes en estos meses no pudieron disimular su asombro de que Cambiemos, en un contexto económico y social complicado, sumase para su causa más del 40 por ciento de los votos.
Los amigos de las estadísticas recordaron que en 1973, en pleno operativo retorno y con "la juventud maravillosa" movilizada en las calles vivando el asesinato de Aramburu y las bondades del socialismo nacional, la suma de votos de Balbín y Manrique superó el cuarenta por ciento.
Esa tenaz persistencia a lo largo de las últimas décadas merece un abordaje teórico que vaya más allá de la descripción rápida y ligera que el populismo instaló como consignas eficaces: gorilas, cipayos, vendepatrias y otras bellezas por el estilo. No se me escapa que este actor histórico carece del anclaje de un partido en el sentido clásico del término. Este es su límite, pero esa debilidad no le impide constituirse en un formidable factor de resistencia a los abusos del poder y a las reiteradas tentaciones del populismo para violentar las instituciones del Estado de Derecho en clave republicana y liberal.
Esta identidad policlasista, en la que es posible distinguir su derecha, su izquierda y su centro, incluye un fuerte componente emocional. Esa emocionalidad no explica todo, pero negarla es negarse a incluir un "dato interesante" de la condición humana. El "antiperonismo" no escapa a estas generales de la ley. Se trata de una identidad a veces difusa, a veces ambigua, pero de una existencia tan consistente como la inminencia de la felicidad o la cercanía del peligro.
Proponer que el antiperonismo suele representar las ilusiones y esperanzas, pero también los miedos y las mezquindades de nuestras grandes clases medias es más que una afirmación controvertida, una afirmación desafiante. Sin duda que habría que reflexionar sobre la naturaleza de "clase" de esas clases medias, pero hasta para el observador más superficial se impone casi con fuerza de evidencia de que ese amplio colectivo social de profesionales, empleados, comerciantes, productores urbanos y rurales y trabajadores que confían más en su propio esfuerzo que en la dádiva social suelen identificarse con el rechazo más o menos intenso al peronismo.
Esa amplia "franja amarilla" que se exhibió en estas últimas elecciones, franja que integra a las zonas más productivas del país y que en términos económicos representaría casi el 90 por ciento del PBI, votó por Macri, pero sobre todo votó para impedir que aquello que considera una amenaza a sus valores retorne al poder.
En el esfuerzo por hallar una explicación a este actor, no descartaría aquello que en su momento sostuvo Jorge Luis Borges: "Rechazo al peronismo por razones éticas y estéticas". La afirmación puede objetarse, pero lo que no puede desconocerse es que equivocados o no, quienes así lo viven creen en ello y actúan en consecuencia. Es probable que la ética y la estética no constituyan un programa político, pero sí constituyen una identidad que es al mismo tiempo una afirmación y un rechazo.
Admitiendo que la literatura no alcanza para explicar los fenómenos políticos, (aunque sí los ilumina) podríamos señalar que intelectuales de valía han sostenido la "negatividad" histórica del peronismo. Y en esa labor coincidieron intelectuales de derecha y de izquierda. Basta para ello con mencionar a Ezequiel Martínez Estrada, León Rozitchner, Victoria Ocampo, José Luis Romero, Milcíades Peña, Julio Irazusta, Ernesto Sabato, Juan José Sebreli o Tulio Halperín Donghi, historiador este último que sin desconocer la complejidad del tema no vaciló en su momento en calificar al peronismo como el fascismo posible. O por qué no, el fascismo después de la derrota del fascismo.
¿Es el antiperonismo una estrategia de poder? No lo creo. Pero sí creo que cualquier estrategia de poder perdurable no podría desconocerlo. ¿Estamos condenados entonces a trajinar por la dolorosa e inquietante agonía de la grieta? No necesariamente. Si un peronismo republicano fuera posible, seguramente se reducirían las tensiones.
El "antiperonismo" como actor social es el rechazo histórico a las pretensiones hegemónicas del peronismo y es también la afirmación de un estilo de vida cotidiano en sociedades que aspiran a ser libres y abiertas. Reducir este conflicto a una disputa de clases estilo pobres contra ricos no solo empobrece el debate, sino que lo falsea y en algún punto constituye una burda mentira.
Por debajo, por detrás o por encima de estas consideraciones, sin duda que se debaten cuestiones más tangibles. Peronismo y antiperonismo incluye el debate acerca de las posibilidades y modalidades del capitalismo en la Argentina, las relaciones entre Estado y sociedad y entre Estado y política. Pero es también el debate acerca de la primacía del individuo sobre la masa, el debate sobre libertad y necesidad y autonomía o sumisión.
Seguramente las pasiones del 45 o del 55 y los arrebatos de los 70 pertenezcan al pasado, pero el pasado, como los fantasmas y las pesadillas, pugna por irrumpir en el presente o teñir con sus tonos los espacios que se abren hacia el futuro. En definitiva, no escaparemos a las acechanzas del pasado negándolo, sino asumiéndolo con toda su carga de tragedia y comedia.
Las páginas en blanco del futuro no se escriben repitiendo la cantinela del pasado, pero tampoco desconociendo su álgebra. El futuro para una sociedad es siempre un acto creativo, pero esa creatividad exige la sensibilidad, la clarividencia y la sabiduría del acto de traducir. El futuro no será la copia del pasado, pero en los trazos de su escritura vibra el eco, la resonancia de ese pasado. Y uno de los capítulos de esa traducción es la escritura de ese persistente antagonismo entre peronismo y antiperonismo.