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domingo, 27 de octubre de 2024

EL ESCENARIO ,LA PARTE Y EL TODO


Cristina, Kicillof y Milei. La cruenta batalla por los despojos del peronismo
La implosión del kirchnerismo ahonda el desorden del tablero político
Martín Rodríguez YebraKicillof y Cristina, separados por Estela de Carlotto 
La rebelión de Axel Kicillof empuja a Cristina Kirchner a la mayor crisis de liderazgo en dos décadas de tutelaje ideológico sobre el peronismo. Deja herido de legitimidad su probable triunfo como presidenta del partido, al reducir la facción desde la cual pretende dominar al resto. Ya no es el kirchnerismo, sino el reducto sectario de La Cámpora.
En esta guerra hereditaria no se discute un rumbo de país sino la artesanía del poder. Kicillof le reprochó a su histórica jefa que “la lógica del sometido o traidor entró en crisis”. No lo presenta como una cuestión de honor; lo que pasa es que “viene causando malos resultados”. Casi un homenaje al enemigo común, Javier Milei, fruto de la descomposición política, moral y económica del último experimento cristinista.
El gobernador enfrenta un drama existencial. Pensarse fuera del kirchnerismo equivale a repudiar su sangre. En público se ofrece como puente imaginario entre “los días felices” del gobierno de Cristina y un futuro venturoso con él como reemplazante del liberalismo antiestatal mileísta. ¿Cómo puede siquiera arrancar esa operación sin el sello de aprobación de la Jefa?
No es casual que se haya atragantado el miércoles en un acto en La Plata con las Abuelas de Plaza de Mayo, cuando los asistentes se pusieron a cantar “Cristina presidenta” en el instante en que él se disponía a dar un discurso.
Ella estaba al lado. Paladeaba un triunfo efímero. Su proyecto para conducir el PJ chocó con una pared de indiferencia y recelos. Si buscaba sobre todas las cosas blindar su liderazgo en la provincia de Buenos Aires, tuvo que soportar que la mayoría de los intendentes del conurbano tomaran distancia y exhibieran más entusiasmo por acompañar el lanzamiento de Kicillof como némesis de Milei. No es una opción barata para los caciquejos suburbanos: ella tiene los votos; él maneja el presupuesto provincial en la era del “no hay plata”.
Está en juego la definición de las listas electorales de 2025. Kicillof no puede aspirar a ser presidente de la Nación si en su distrito quien digita el reparto de cargos es Máximo Kirchner, apuntalado ahora sin disimulos por su madre. Cuando dice que él no juega en ninguna interna no hace otra cosa que ampararse en el disimulo. La interna está en el aire que respira. Se filtra incluso en su dificultad para componer un repertorio de oposición a Milei despojado de los viejos hits que compuso su mentora y ahora adversaria.
Peronismo inflexible
Fuera de las fronteras del Gran Buenos Aires, la influencia de Cristina se difumina. Su largo reinado dotó al peronismo de una coraza ideológica fuerte, pero le quitó la flexibilidad que lo convertía en el partido multiuso, capaz de adaptarse a los tiempos y dotar de orden al sistema en tiempos de disrupción.
Los peronistas de las provincias buscan desatarse en silencio de esa custodia que Cristina ha ejercido desde Buenos Aires, auxiliada por su hijo Máximo y la soldadesca de La Cámpora. Gobernadores e intendentes se aferran el pragmaperonista. tismo y se acomodan a la época. Han sido patológicamente incapaces de unirse para enfrentar a la corriente dominante. Hacen lo que mejor les sale: “arreglar la propia”.
Milei pesca entre los despojos de un peronismo sin alma. Osvaldo Jaldo (Tucumán), Raúl Jalil (Catamarca), Hugo Passalacqua (Misiones), Gustavo Sáenz (Salta) aceptan cenar con el Presidente y se muestran dispuestos a “colaborar” en la revolución liberal. Daniel Scioli, todo un símbolo de lo que fue el kirchnerismo por interés, explicó así esta semana por qué aceptó asumir como funcionario de Milei: “A partir del momento en que el pueblo argentino define una elección en forma contundente y yo haberme quedado tranquilo de que hice todo lo posible para acompañar dentro de mi espacio político... y bueno, si se puede ayudar, ¿por qué no voy a ayudar?”
La Libertad Avanza (LLA) disfruta de las ventajas que tiene ser gobierno a la hora de intervenir en las discordias ajenas. Desordenar al peronismo es un ejercicio menos engorroso que definir la alianza todavía resbaladiza con el Pro. Karina Milei, a cargo del proyecto electoral, aspira a pactar con los gobernadores peronistas que le abran la puerta al oficialismo nacional y le ahorren el trabajo de armar una estructura libertaria desde los cimientos.
En las entrañas de la Casa Rosada anticipan que alentarán la formación de “todos los peronismos posibles” para el año que viene y más allá. “Los vamos a asistir en todo lo que pidan”, ironiza un integrante de la mesa chica del poder libertario. Hay intendentes como Julio Zamora (Tigre), Fernando Gray (Esteban Echeverría) y Guillermo Britos (Chivilcoy) que exploran una alianza antikirchnerista en la Provincia que podría ser una piedra en el zapato de Cristina, urgida de cada voto opositor disponible.
Ella corre con la ventaja de liderar las preferencias electorales en Buenos Aires,
tal como reveló la última encuesta de Poliarquía Consultores. Los desafíos que le florecen podrían obligarla a ponerle el cuerpo a una candidatura legislativa que prefería evitar.
Los cambios en el sistema electoral le juegan en contra. La boleta única de papel en la categoría nacional le quita una herramienta de presión, ya que los cargos de legisladores provinciales y concejales se definirán con un método distinto (boleta de papel normal), sin efecto arrastre. Si Kicillof quiere, hasta podría fijar la votación local en un día diferente y quitarles incentivos de movilización a los cabecillas territoriales.
A Cristina la tomó por sorpresa la firmeza de Ricardo Quintela, un enemigo irreconciliable de Milei que se propuso para presidir el PJ antes de que ella quisiera el mismo juguete. El gobernador riojano resistió la presión y presentó una lista separada. Arañó avales de donde pudo. Su desafío conectó con la frustración de peronistas del interior que quieren revisar el formato de un partido ideológico e inflexible como el que propone el cristinismo.
“En el conurbano da votos, pero a nosotros nos pone en peligro”, dice un gobernador del Norte que demanda un “debate profundo” para redireccionar al justicialismo. No es casual que al antimileísta Quintela lo estén apoyando “peronistas libertarios” como el tucumano Jaldo.
Hasta Victoria Villarruel se atreve a pescar en el río revuelto del justicialismo cuando homenajea a la olvidada Isabel Perón y reivindica un costado trágico del movimiento nacional y popular.
La sombra de Alberto
Cristina le quita hierro a la elección interna. “Si no fuera capaz de arrasar a Quintela, entonces no merecería ser la presidenta del PJ”, minimiza un colaborador de la expresidenta.
Aun si consiguiera el previsible triunfo, la esperaría el reto de reconstruir desde los escombros el edificio Debe doblegar a Kicillof sin desestabilizarlo. Como pretendida jefa territorial de Buenos Aires, no puede permitirse un fiasco en la gestión provincial. Carga con el antecedente tóxico de la aventura de Alberto Fernández en la Casa Rosada, afectada por la incompetencia del presidente, pero también por la sistemática sucesión de presiones ejercida por ella y su gente. El episodio del miércoles en La Plata, donde el gobernador y ella se saludaron fríamente sin dirigirse la palabra, pareció un déjà vu de aquel teatro de tensiones que vivía tan a menudo con Fernández.
Al obstáculo Kicillof se le suma otro más desafiante: ¿cómo hará para reclamar la soberanía sobre los peronismos periféricos, habitados por caciques que desconfían del rumbo que ella marca y que se encuentran interpelados de manera directa por la popularidad de Milei?
Los cristinistas fieles recuerdan la épica de 2019, que también se gestó desde el conurbano y contra la voluntad de gobernadores peronistas que ansiaban jubilarla y coqueteaban con un presidente de derecha. La ecuación requiere algo que no ocurrió hasta el momento: un fracaso del plan económico de Milei, del estilo del que vivió el macrismo. Cristina está convencida de que ese destino está escrito en las pirámides.
La historia vive de los matices. La crisis actual del peronismo se sucede a la par de un fenómeno completamente disruptivo y que hizo estallar en pedazos a todas las fuerzas nacionales precedentes. Milei, a diferencia de Macri, tiene una concepción de la política que lo acerca al peronismo: busca atraer a todo aquel que se tiente con las mieles del poder. Los que quieren “ayudar”, diría Scioli. Premia la obsecuencia y castiga sin piedad la crítica. Conecta desde la emoción y no desde la razón. Basta ver el descalabro que vive el radicalismo o la forma en que sectores del Pro se convierten fervorosamente a la religión libertaria.
En comparación con cinco años atrás, Cristina está más desgastada, con su base de fidelidad agrietada y a un paso de recibir la confirmación de una condena de cárcel e inhabilitación por corrupción en la obra pública. No ha hecho una autocrítica de su papel en el gobierno de Fernández y parece lejos de convertirse en el canal del descontento social con Milei y sus reformas.
La desafían Kicillof y sus intendenes. Se le anima un gobernador en default como Quintela. La ignora respetuosamente Gildo Insfrán. La abandona el sindicalismo clásico. Sergio Massa toma medida distancia. Sugieren, cada uno a su manera, que superar a Milei requiere reflotar un peronismo que ella clausuró; aquel que tenía la agilidad de girar con los vientos y poner por delante de todo el objetivo de alcanzar el poder.
Quizás no esté tan errada cuando rezonga contra “los Judas y los Poncio Pilatos”. Tiene demasiados enemigos enfrente, a los que no quiere darles el gusto de retirarse sin luchar.
Si Milei tanto desea ponerle el último clavo al ataúd del kirchnerismo, más le vale apurarse. Es feroz la competencia por llegar primero.

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Milei, en el centro del nuevo caos político
El Presidente alienta y aprovecha la fragmentación de los partidos
Por Sergio Suppo


Mauricio Macri encontró en su profesión de ingeniero una forma de explicar los términos de su relación con Javier Milei. En los últimos días, al salir de su silencio, dijo que el Presidente había sido elegido con el mandato de destruir el Estado populista y que él, en cambio, tenía como oficio la construcción. Es decir que Macri se imagina como el hacedor, luego del trabajo de la motosierra y la topadora libertaria, de un nuevo país abierto y capitalista. Suena a consuelo.
El creador de Pro justificó así la alianza política con expectativas electorales que parece empezar a construirse entre milanesas y entrañas. Cuando el lunes en la Bolsa de Comercio de Córdoba uno de los empresarioslepreguntósinotemía quedar atrapado por un fracaso de Milei o que su fuerza desapareciese por una situación inversa, es decir absorbida por los libertarios en caso de que este gobierno triunfase, Macri se refugió en el deber ser de las cosas necesarias con prescindencia de su propia suerte.
El expresidente encamina a un acuerdo electoral a la parte de Pro que logró salvar del acuerdo anticipado de Patricia Bullrich y de la eventual fuga hacia un arreglo con otros partidos de Horacio Rodríguez Larreta. En ese trámite renacieron sus expectativas de ubicar gente en el Gobierno luego del fracaso inicial, cuando Milei agradeció pero no aceptó tener un gabinete con figuras macristas.
A Macri le hubiese gustado que los argentinos le tuvieran la paciencia que le están teniendo a Milei antes de regresar al kirchnerismo, en 2019. El abrazo a Milei, que por ahora prescinde del desprecio del mandamás Santiago Caputo, es también una señal que marca el final de la relación con el radicalismo.
Si unos radicales deciden luego acercarse a Milei o profundizar sus peleas con él será, en todo caso, un asunto ajeno a lo que alguna vez se llamó Juntos por el Cambio. Que en paz descanse.
Una tercera fuerza entre los que no quieren someterse a Milei ni a Cristina es por ahora más un rejunte de despistados que un proyecto serio. Pero todo está por verse.
No es un dato menor que poco más de diez meses después de su asunción, aún en ruinas, el sistema político haya empezado a girar en torno al presidente libertario.
Macri acaba de maquillar con palabras su –circunstancial– subordinación a él. Y el peronismo en sus fracciones en disputa interna tiene como única definición en común ejercer la oposición cerril que siempre pone en marcha cuando no le toca gobernar.
Axel Kicillof pidió no ser molestado con internas como en la que está metido, aunque le pese, porque dice poner todo su empeño en conducir la provincia de Buenos Aires contra el poder central. Esas palabras encuentran un eco ominoso en la historia argentina lejana pero también reciente.
Ricardo “Gitano” Quintela, el ariete que usa el Rosas del Kremlin, es un personaje pintoresco. En su pelea por sostener el gasto público en La Rioja emitió cuasi monedas. Una forma llamativa de oponerse al presidente más monetarista que haya tenido el país.
Cristina Kirchner, ocupada mucho más de lo que esperaba en llegar a un cargo que siempre había despreciado, la presidencia del peronismo, encontró en el discurso de Macri una oportunidad para despotricar contra Milei.
En uno de sus últimos posteos, en el límite entre la ironía y el psicopateo, la expresidenta le dijo a Milei que quienes hoy lo respaldan en las duras reformas que lleva adelante lo van a abandonar ni bien las haya terminado.
Cristina no está equivocada en tanto su lectura se limite a las intenciones de los dirigentes y deje afuera la voluntad de los votantes, que con sus impulsos cambiantes han cargado de impaciencia el aire político de la última década.
La de la viuda de Kirchner no es una opinión, sino el reflejo de palabras de dirigentes de distintos partidos, incluso del propio peronismo, que piensan que Milei es útil para hacer lo que nadie se atrevía. “Necesitamos un loco como este para que haga el trabajo sucio”, suele decir el gobernador de una provincia importante.
Cristina le enrostra con desprecio lo que Macri dice en forma amigable: luego de Milei tiene que venir un tiempo de construcción. Solo que la aspirante a presidir el PJ considera que habrá que restaurar el régimen populista y el jefe de Pro postula un alejamiento definitivo de esas formas.
Ninguno de los dos tiene en cuenta los planes del Presidente, que con más precipitación que prudencia ya adelantó que aspira a otro mandato de cuatro años.
El sistema político apenas empieza a recomponerse y está lejos de encontrar decisiones que lo conformen. Tampoco Macri está convencido de aliarse con Milei; lo hace en nombre del rumbo hacia el liberalismo, pero también porque sabe que sus votantes, en su gran mayoría, apuestan a que a este gobierno le vaya bien.
En la misma situación están los viejos socios de Juntos por el Cambio, aunque sin un liderazgo claro que oriente un camino hacia un acuerdo con el oficialismo o a la formación de una tercera fuerza alternativa.
Con las elecciones legislativas como destino inmediato, el discurso de provincializar las fuerzas que mandan en los distintos distritos es por ahora un recurso que todos los gobernadores pueden utilizar, salvo Kicillof.
Entre los gobernadores del peronismo que cenaron con Milei el martes y quienes gobiernan provincias con electorados que apoyan al Gobierno, como Santa Fe, Córdoba o Mendoza, hay un objetivo común: lograr un pacto de convivencia y evitar un enfrentamiento directo con el Presidente salvo que sea inevitable.
Mientras la paciencia con el ajuste tiende a achicarse en estos meses finales del año, Milei espera que el crecimiento económico y la baja de la inflación sean la señal que lo haga ganar con claridad la selecciones del año que viene. Cree estar en el final del momento más difícil, que sin embargo parece estar superando con el estilo autoritario que cada vez exhibe con menos pudor.
Difícilmente sea juzgado por su desapego a la democracia antes que por el hipotético rebote de la economía. Está escrito hace años: manda el bolsillo.

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domingo, 28 de julio de 2024

LA PARTE Y EL TODO


El peronismo, ante los restos de su naufragio
¿Podrá el kirchnerismo mantener la preeminencia en un disperso PJ?
Por Sergio Suppo

Desde que la Argentina amaneció con un nuevo presidente flotan dispersos los restos del peronismo que naufragó. Como tantas otras veces, tras el último fracaso, el partido de Perón no desapareció de la superficie. Sobrevive, repartido en infinitas partes inconexas.
En esos fragmentos respira la esperanza de que Javier Milei les dé otra chance de sobrevida. Históricamente, al peronismo le sirvió de mucho conspirar contra los presidentes ajenos, cuyos descalabros le dieron la oportunidad de renacer.
La hiperinflación que derribó al radicalismo de Raúl Alfonsín encontró al peronismo bajo un nuevo liderazgo, el de Carlos Menem. La caída inducida de Fernando de la Rúa abrió una transición de liderazgo en dos tiempos, con el interinato de Eduardo Duhalde, que usó la propia división del peronismo para convertir en mayoría al minoritario Néstor Kirchner.
Cinco años atrás, el ajuste tardío de Mauricio Macri le permitió a la viuda de Kirchner regresar con lo que al principio ella había pensado con un maquillaje, al poner a Alberto Fernández como candidato a presidente y realinear a Sergio Massa bajo su comando. El fracaso del último experimento de Cristina provocó tal hartazgo social –extendido al total del sistema político– que hizo posible la llegada de Javier Milei. Es la historia más reciente y conocida.
El maltrecho liderazgo de la expresidenta soporta el desafío de explicar sus propios errores como líder y demostrar que son ajenos los desatinos de Fernández y Massa. Casi imposible. Hasta los incondicionales le dicen que ella debió evitar intermediarios.
A Cristina le ha nacido otro problema importante: no puede llevar adelante la sucesión. Su propio peso político se lo impide y a la vez le marca el límite. No puede entregar pacíficamente la jefatura y se le angosta la posibilidad de regresar por sí misma a la Casa Rosada. Las causas judiciales con sus consecuentes condenas por corrupción también forman un cerco que le impide recuperar a sectores que alguna vez la acompañaron.
La expresidenta busca algo sin antecedentes en la cultura política del país. No hubo ningún líder que decidiera sin conflictos quién lo iba a suceder en el ejercicio concreto del poder. Cristina tiene por ahora la fortuna de que nadie en forma explícita ha dicho que quiere desplazarla.
En su propio patio, ya no se puede disimular la pelea por la jefatura entre su hijo Máximo y el gobernador Axel Kicillof. Uno espera el mando como herencia; el otro sospecha que tendrá que ir en algún momento contra la madre para ganarle la pulseada al hijo.
Cristina y el kirchnerismo en general no terminan de digerir los motivos reales por los cuales su proyecto populista terminó generando una reacción como para que Milei ganara las elecciones postulando todo lo inverso. Las autocríticas no son de uso común y mucho menos en el cristinismo.
Kicillof tampoco asume los errores que sacaron al kirchnerismo del poder y se propone gobernar Buenos Aires como un país dentro del país, con políticas que declama antagónicas a las de la Casa Rosada. Las fallas del mandatario bonaerense pueden contarse por decenas de miles de millones de dólares en juicios sin que asuma que tendrá que pagar alguna vez el costo político de manotear empresas privatizadas sin leer la letra chica, como pasó con YPF o Aerolíneas.
La suerte del peronismo no se reduce a la herencia de Cristina y sus dos preferidos. Importa mucho saber si el kirchnerismo, la versión más radicalizada del PJ, podrá sostener su excluyente preeminencia sobre el resto de los sectores que, con más o menos voluntad, terminaron subordinados.
Durante esta etapa inicial de los libertarios en el Gobierno, la Casa Rosada siguió siendo un faro que atrae a muchos peronistas que retuvieron sus gobernaciones. Gobernadores como el tucumano Osvaldo Jaldo eligieron tener el mismo trato colaborativo con Milei que el apoyo que, con mayor obsecuencia, debían prestar a los presidentes del kirchnerismo. Hasta el santiagueño Gerardo Zamora fue a firmar el Pacto de Mayo el 9 de julio.
Descontado Kicillof, todos los caciques provinciales del peronismo tratan de encontrar la mejor puerta para entrar a pedirle fondos al poder central. A contramano, por ahora, experimenta el riojano Ricardo Quintela con una emisión de sus bonos Chacho, como si fuera posible en una economía que en gran medida se explica por los fondos provinciales que llegan desde Buenos Aires.
Quintela hizo el cálculo de rigor: supone que esos papeles pintados en algún momento serán rescatados por fondos nacionales como siempre ocurrió después de todas las crisis. En La Rioja, el Estado local pretende reemplazar a la actividad privada; tiene supermercados y controla la mayor parte de la economía. A la misma vez, es una de las provincias que más dependen de los pesos de la coparticipación y de las ayudas discrecionales de la Nación.
El gobernador necesita para eso que se caiga el gobierno de Milei, nada menos. Es un inquietante juego que incluye que él mismo pueda ser víctima de su irrefrenable deseo de seguir gastando.
Todavía encapsulado, el peronismo federal del cordobés Martín Llaryora oculta sus relaciones con el resto de los compañeros y estudia una hipotética alianza con el radicalismo.
¿Existe también una línea para alcanzar un acuerdo electoral con el Gobierno de Milei entre esos opositores colaborativos de distinto pelaje? Ya hay conversaciones pensando que si Milei baja la inflación sembrará el año que viene una expectativa que lo hará ganar las elecciones de medio término.
Si está en juego la jefatura de Cristina, también está en discusión si volverá a cumplirse el deseo peronista de regresar luego de colaborar con el fracaso del gobierno que lo reemplazó. No hay garantías de que logre confirmar su perenne condición de opción de poder.
Ignorar la dimensión del enojo y la desilusión que generó la llegada de Milei es el mejor camino para aferrarse a la errónea idea de que la historia siempre se repite.

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domingo, 30 de junio de 2024

LA PARTE Y EL TODO


El peronismo, de Perón a Milei, 50 años después
Las mutaciones de una alicaída maquinaria de poder
Por Sergio Suppo


“Me voy, me voy”, alcanzó a decir Perón. “¡No te vayas, faraón!”, gritó López Rega y lo zamarreó tomándolo de los tobillos. Era tarde, había muerto. El lunes se cumplirán 50 años de aquella escena final.
Empezaba en ese mismo momento el peronismo sin Perón, un camino que sigue hasta hoy luego de una y varias reconfiguraciones, de giros y contragiros. Seguía su curso una extendida decadencia de la que los herederos del general prefieren no hacerse cargo en la significativa porción que les toca.
Hasta llegar a la presidencia de Javier Milei y hacerla posible por el fracaso de su última gestión, el peronismo mudó varios liderazgos y cambió su representación política según se iban destruyendo los últimos vestigios de un país que alguna vez creyó, confundido, que era parecido a la idea de la “comunidad organizada”.
En esa adaptación de la realidad, Perón decía quedarse con el pueblo y lo presentaba como los trabajadores afiliados a sindicatos que él controlaba personalmente. Nada era tan así cuando regresó al país para morir reivindicado como presidente. Pocos años antes, los gremios habían obtenido del general Juan Carlos Onganía algo que él les había negado: el manejo de los fondos para la salud y la asistencia social de los trabajadores registrados.
El metalúrgico Augusto Vandor pagó con su vida ese atrevimiento y el sindicalismo siguió sometido a Perón, pero tendría hasta hoy una enorme y oscura caja de recursos. Con Vandor se murió el primer intento de un peronismo sin Perón.
Aquel país idílico de los discursos peronistas empezaba a morir. La violencia política también se expresaba como parte de la sucesión con el propio Perón en vida. El viejo general había perdido el control de una parte de los grupos que él mismo había impulsado a la lucha armada desde el exilio.
Cuando al final de la dictadura, derrota en Malvinas mediante, la Argentina recuperó la democracia, el peronismo descubrió que muchos de sus obreros habían saltado por encima del cerco de sus gremios y votado por Raúl Alfonsín, hasta completar con sectores medios y medio altos una alianza que lo venció por primera vez en elecciones libres.
El peronismo parecía perdido, pero logró reconvertirse y construir un nuevo liderazgo luego de un lavado de cara. Carlos Menem ganó porque fue más astuto que Antonio Cafiero para montar su candidatura. Por supuesto que se basó en las estructuras gremiales, pero los votos fueron atraídos por el carisma de aquel gobernador riojano.
Menem fue el primer dirigente luego de Perón en demostrar que los peronistas no dudan en adaptarse a lo que sea necesario para llegar al poder y mantenerse en él. El giro hacia el neoliberalismo incluyó una generosa oferta a aquellos sindicalistas que no solo aceptaron las reformas estructurales y las privatizaciones, sino que se beneficiaron con ellas.
Aquellos sindicalistas son los mismos de ahora; los que entonces entraron en el juego de Menem y que hoy parecen duros e intransigentes y lo son de verdad solo cuando se pone en riesgo el control de los fondos de las obras sociales. Viejos actores de una comedia que se volvió drama para sus representados.
El final de la convertibilidad, clave esencial del ciclo menemista, detonó la emergencia de nuevos sectores que ya nunca volverían a encontrar representación en los gremios. Sí la tendrían en el propio peronismo. Una vez más, como desde 1945, Néstor Kirchner, el nuevo jefe del peronismo, usó los fondos del Estado para alimentar y consolidar las agrupaciones piqueteras.
Se conocen ampliamente los resultados de la decisión de Kirchner de repartir entre esas organizaciones piqueteras los excedentes de la excepcional cotización de los productos agropecuarios en la primera década de este siglo. También Cristina Kirchner usufructuó la captación de esos sectores marginados del trabajo formal mientras se perdía la oportunidad de darle a la economía privada un rediseño intensivo que reemplazara el modelo colapsado tres décadas atrás.
Maquillada por los discursos del socialismo latinoamericano proclamados con el mismo énfasis que el liberalismo de Menem, esta nueva versión del peronismo infló el Estado de empleos improductivos, multiplicó el gasto público sin destino cierto e instrumentó una maquinaria creciente de coimas y negociados.
Estratificada y controlada por las nuevas organizaciones, la ayuda social reemplazó al empleo privado genuino sin alcanzar ni de cerca sus efectos. El reparto de ayuda, apenas un paliativo, alcanza solo para malvivir, para que mucha gente se acostumbre a no encontrar trabajo en las periferias de los grandes conglomerados del país.
La cultura de la marginación llegó a ser reivindicada por el kirchnerismo como un mérito: el orgullo villero. Muy lejos del imaginario de obreros protegidos por el Estado que en los discursos iban “de la casa al trabajo”.
El modelo del nuevo peronismo kirchnerista generó una nueva versión del marginado: el que no tiene nada y aprende a buscarse la vida en una economía sin registro que alcanza a más de la mitad de la actividad económica.
Esos millones en la intemperie encontraron una nueva representación, tal vez circunstancial, en Javier Milei.
En especial entre los más jóvenes, el discurso del nuevo presidente que expresa catarsis y violencia contra lo establecido se convirtió en un dato que el peronismo no previó. Tampoco las fuerzas políticas que se unieron para sacar al kirchnerismo lograron representar a esa legión de desamparados.
Milei les habla de un mundo que conocen en su versión más salvaje y así el peronismo pierde por primera vez en su historia una parte importante del sector más postergado de la sociedad.

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domingo, 7 de abril de 2024

LA PARTE Y EL TODO


La peligrosa alucinación que debe evitar Milei
Alcanzar el poder es una cosa; conservarlo es mucho más difícil
Por Sergio Suppo
La magnitud de la confianza y la paciencia que se le concede a Javier Milei es simétricamente proporcional al generalizado hartazgo social que lo llevó al poder.
Contra muchos pronósticos y los deseos inconfesables de golpismo encubierto que campea en una parte significativa del sistema político, la tolerancia al ajuste draconiano planteado por el presidente libertario es un indicador de la profundidad de la conciencia alcanzada por vastos sectores sociales sobre la necesidad de detener el rumbo decadente del país.
Milei sabe que tiene una ventaja y que en estos primeros cuatro meses fue respondida la pregunta sobre si la Argentina aguantaría un shock recesivo con un fuerte recorte de ingresos y la pérdida de miles de puestos de trabajo.
La tolerancia no está limitada a una determinada franja social y cruza en transversal desde los pobres más castigados por años de crisis hasta los niveles más altos de una pirámide social que hace tiempo tiene una base cada vez más ancha de personas con ingresos ínfimos.
Otra regla caída: la derecha libertaria no es un club de ricos sino un conglomerado disperso e inconexo de gente que por sí misma decidió que era el momento de decir basta y bancar un cambio de rumbo drástico. No hay por ahora una estructura, sino algo más que un núcleo original que hasta hace poco era algo así como un pintoresco grupo de anarcoliberales. La formación de una fuerza partidaria es un proceso más aluvional que planificado, mientras se suceden ingresos y despidos de funcionarios a la velocidad de un cambio de ánimo.
Con semejante capital político, el Presidente corre el riesgo de una alucinación. No sería raro. El poder puede destruir a quien lo tiene si cree que al alcanzarlo ya ha triunfado, cuando en realidad no tiene más remedio en adelante que demostrar cómo hará para conservarlo.
Por el mismo camino por el que llegó a la Casa Rosada, Milei ha mantenido el respaldo que logró en las urnas. Lo hizo, y lo hace, endosando todos los problemas a sus rivales políticos –la casta, tal su definición– en una generalización aceptada por la secuencia de fracasos de los gobiernos anteriores de las dos principales coaliciones, peronistas y cambiemitas.
Es un recurso válido que solo un recién llegado y sin pasado reprochable puede utilizar. Esa situación empezará a cambiar a medida que el tiempo cometa el pecado de fabricarle una historia a la gestión del Presidente.
¿Sabe Milei que en algún todavía indefinido punto del almanaque comenzará el juicio ciudadano a su gobierno? Será el momento en el que cargar las culpas contra la oposición sonará más a excusa que a explicación.
La situación de los viejos actores políticos no puede ser hoy peor. Milei tiene todo el poder, reúne mucha confianza y tanto peronistas kirchneristas como las fracciones en los que ya estalló Juntos por el Cambio cargan con toda la responsabilidad por las consecuencias que sus desatinos del pasado descargan en este presente.
Algo más: ni unos ni otros parecen tener planes ciertos que no sean zafar de apuros de un día a día que los mantiene prófugos de las decisiones relevantes. Unos quieren subir al barco oficialista, pero son repelidos por el propio Milei; otros impulsan paros generales aun sabiendo que no moverán más que las voluntades de sus viejos aparatos clientelares. En el medio, solo balbuceos inconexos.
Pero nada es para siempre. Así como Milei no tiene un tiempo infinito para mostrar la contracara positiva de la amarga medicina que aplica, en algún momento el sistema político empezará a generar anticuerpos contra el régimen libertario. Distinto es creer que los que fueron desbancados puedan volver tal y como ocurrió en la secuencia Cristina-macri-alberto y Cristina.
Como pocas veces, puede decirse que las semanas que vienen serán decisivas para establecer si Milei consigue los recursos legales necesarios para afrontar la drástica transformación de un país con una economía cerrada y regulada, con un peso enorme material y cultural del Estado, en una Argentina desregulada, abierta y dispuesta a asumir el desafío de la competencia interna y externa.
Ya hubo un fracaso, en enero, cuando se cayó luego de ser aprobada en general la primera versión de la ley Bases. Y Milei surfeó esa derrota responsabilizando a gobernadores y aliados transitorios. Alcanzó con tandas de posteos en las redes sociales.
Una negociación previa al envío al Congreso de la segunda entrega de la misma ley, fuertemente recortada, invita a creer que puede haber un acuerdo sostenido por la necesidad de Milei de tener legalizado un plano general de su proyecto y la creciente ansiedad de los gobiernos provinciales de recuperar el financiamiento perdido.
Como los golpes que intercambiaron en el verano fueron muy duros para la imagen de varios protagonistas menos para Milei, esta vez las maniobras de presión que ejerce la Casa Rosada fueron poco menos que validadas por sus víctimas.
El Presidente se quedó –al menos hasta que los gobernadores le den sus votos en el Congreso– con varios fondos que está obligado a girar. Por ejemplo, los recursos correspondientes al financiamiento de 13 sistemas jubilatorios provinciales. Al final del camino, esas partidas serán de las provincias, en tanto se sabe que la Corte lleva varios fallos en contra de la Nación y en favor de distintos distritos.
Los caminos pueden ser más largos y complejos, como los de una negociación a varias bandas que al final puede simplificarse en un canje de leyes por fondos a las provincias. Hay otros atajos que Milei también explora, como la postulación a la Corte Suprema, habilitada por su hermana Karina, de un juez de percudida fama. Nada es más caro que rifar la confianza pública en tentaciones de ocasión.

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domingo, 17 de marzo de 2024

LA PARTE Y EL TODO , CRÍTICA A KICILLOF


Los dilemas que complican a Milei
Al saltar por encima de las reglas, el Presidente construye y destruye poder
Sergio Suppo
Javier Milei, genio y figura, salta por encima de las reglas básicas y lo celebra. Es su forma de construir y destruir poder, llamativa y explosiva, a imagen y semejanza de otros líderes de estos tiempos. Hasta lo supuestamente nuevo ya tiene escrito su manual de uso.
Es todavía temprano para saber el resultado de su experimento sobre un país diezmado por el empobrecimiento generalizado en todos los órdenes de su vida pública. Los incondicionales del oficialismo dicen que hay que apelar a nuevos métodos para entender a Milei. Pero nunca será tarde para recordar que, ante un presidente disruptivo o encastado, hay reglas que difícilmente puedan quebrarse, porque están en la naturaleza de la política y el poder.
Entre otros, los presidentes tienen dos deberes implícitos que se conjugan con un mismo verbo: tienen que evitar que se devalúe su propia palabra y la moneda del país. Lo primero es sinónimo de la preservación del poder político; lo segundo equivale a la conservación del valor de los bienes y de la producción, y al consecuente funcionamiento y bienestar de la sociedad.
El libertario juguetea alegremente con una comunicación salvaje con el propósito calculado de dejar en evidencia los males y sus responsables. Él mismo suele regresar al cabo de esos ataques de ira descargados en su cuenta de X, con un ejército de replicadores que disciplinadamente van sobre una víctima de circunstancia.
Esta semana admitió que atacó desaforadamente a la cantante Lali Espósito con el objetivo de mostrar los gastos desmesurados que gobernadores e intendentes hacen para organizar shows y festivales. ¿Tenía que denigrar a una artista durante dos semanas para cuestionar el despilfarro de fondos públicos? ¿Estaba mal que el kirchnerismo persiguiera a los ajenos, pero está bien que los libertarios le hagan bulliyng al resto de la humanidad?
El primer dilema de Milei es cortado por él mismo con su famosa motosierra. Quita valor a su palabra descargando agravios e insultos como una lluvia que moja en el blanco, pero también a ajenos o inocentes a la cuestión.
Milei une con imprudencia las opiniones o acciones que no le gustan con el delito o la ruindad. Suele responder a las críticas con una descalificación genérica en la que los destinatarios son todos corruptos o se los acusa, con condena incluída, de ser agentes de una conspiración socialista.
La intolerancia del Presidente es contagiosa a un extremo u otro del mapa político. El fanatismo de Cristina provocó enfrentamientos irreparables que quebraron amistades y familias que perduran aun en el atardecer del kirchnerismo.
La tribu libertaria actúa con la misma intolerancia y reclama tanta incondicionalidad como la que exigía el cristinismo. No puede por lo tanto esperarse un resultado diferente
La exigencia de un pleno alineamiento a los criterios –por definición, cambiantes– del credo libertario es, por lo demás, una incoherencia con el propio sistema de ideas de la libertad de los individuos.
Hay otro problema en la pretensión de iluminar con la fuerza mítica de solo un grupo el remedio para resolver los gravísimos y crónicos problemas de la Argentina. A fuerza de rabietas, el universo de adversarios es cada vez más amplio.
Milei no se deja ayudar. Aunque es cierto que en esas sugerencias de colaboración también hay numerosos interesados en mantener el statu quo que, con toda razón, el Presidente quiere transformar. Tiene un mandato concreto de una sociedad harta para modificar radicalmente esta realidad.
La cuestión es si podrá hacerlo solo. Y si le resultará útil o no que siga pasando al bando de sus enemigos hasta a su propia vicepresidenta. No parece sensato poner en el mismo lugar que el kirchnerismo a Victoria Villarruel. Tampoco pretender domesticar a los que no lo obedecen ciegamente acusándolos en forma automática de traidores, ladrones o comunistas.
El otro dilema del Presidente está en la dimensión del ajuste con el que empezó su proyectada transformación económica de la Argentina.
A tono con tamaño de la crisis y el consecuente cansancio de los argentinos de soportarla, nunca hubo como ahora un consenso tan amplio para que el Gobierno lleve adelante un fuerte recorte del gasto y cuadre los números hasta eliminar el déficit.
Milei decidió el combo más duro: intensidad y velocidad. Avisó lo que haría y buena parte de los ciudadanos le reconocen como un logro el cumplimiento de la promesa de ir a fondo desde el primer minuto.
El experimento puede ser mirado en las planillas y en las calles. El Gobierno por ahora puede celebrar que los números tienden al azul; en la calle por ahora predomina la esperanza, aun cuando la dureza del ajuste torne inviable aspectos de la vida común.
Advertencias como las del Fondo Monetario sobre el recorte a los jubilados y la ayuda social obligan a poner el foco sobre la viabilidad política de profundizarlo.
Se supone que no es un ajuste por el ajuste mismo, sino para sentar las bases propias de toda economía que funciona: equilibrio fiscal y sostenibilidad monetaria como principio de una reducción de la inflación.
No está claro que mil ei pueda establecer el límite entre lo ideal yloim prescindible. Ir por el primer camino podría llevarlo a liderar un esfuerzo que termine en una regresión a un populismo de signo inverso al que tuvimos.
Ir hacia la ejecución de lo necesario implica aprender a distinguir entre quienes hacen advertencias para ayudar al Presidente y quienes trabajan para frenar su intento de cambio.
Discernir entre la observación que ayuda y la sonrisa que esconde un ataque es la esencia de ese desafío, entre tantos posteos, likes y trols.

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Milei criticó a Kicillof por la suba de impuestos en la Provincia y respaldó la rebelión fiscal de Espert: “Es un robo descarado”
El Presidente apuntó contra el mandatario bonaerense y consideró que el incremento impositivo “pone al borde de la quiebra al sector agropecuario”
El presidente Javier Milei
Tras el rechazo del DNU en el Senado y en plenas negociaciones con los gobernadores camino al Pacto de Mayo, el presidente Javier Milei respaldó las recientes declaraciones del diputado nacional José Luis Espert, quien hoy apuntó contra el mandatario bonaerense, Axel Kicillof, por la suba de los impuestos en la provincia de Buenos Aires. “Lo que está haciendo es expropiatorio”, denunció.
“El aumento de impuestos es una violación a la propiedad. Es expropiatorio. Es una locura, pone al borde de la quiebra al sector agropecuario”, señaló Milei, en diálogo con Radio Mitre.
“Kicillof tiene que bajar el gasto, no aumentar impuestos. Pasa que él tiene los mismos defectos conceptuales que Martín Guzmán. Para ellos el ajuste es si se toca o no el gasto público. Pero los impuestos alguien los tiene que pagar”, planteó Milei. “Terminan hundiendo a la economía”, arremetió el mandatario, en línea con los dichos de esta mañana del diputado nacional José Luis Espert, quien llamó a no abonar la suba en patentes, bienes inmobiliarios, urbanos edificados y tierra rural que se definió en La Plata.
“Yo no los voy a pagar”, anunció el ahora integrante de La Libertad Avanza (LLA), que asimismo preside la Comisión de Presupuesto y Hacienda. Luego del llamado del diputado libertario José Luis Espert a no pagar la suba de impuestos en Buenos Aires anunciada por el gobierno de Axel Kicillof, el Presidente se refirió al tema en redes sociales.
“Parece que cuando habla del derecho de propiedad el gobernador no entiende que subir los impuestos netos es una violación del derecho de propiedad... Puede que esté confundido porque él leyó a un tal Alberti (asumo que nada que ver con nuestra historia) en lugar de Alberdi...”, marcó el mandatario libertario en X.
“Espert manifiesta que hay un abuso para cobrar impuestos y que después no hay una contrapartida para bienes públicos. El punto que hace, es que es confiscatorio, inhibe la producción y no tenés de contrapartida a bienes públicos. Es un robo descarado”, indicó el Presidente al respecto durante la entrevista con Radio Mitre. No sé [si la gente se anima], pero el planteo de Espert es válido”, sostuvo.
En tanto, Milei destacó no haber subido impuestos durante los tres meses de su gestión. “La verdadera carga fiscal viene por el tamaño del Estado. El gasto público bajó más de 36%, estamos bajando los impuestos, hay una especie de sustitución de impuestos”, aseguró Milei.
“En 2023 se emitieron 13 puntos del PBI. Nosotros le estamos devolviendo a los argentinos todo ese dinero achicando el déficit fiscal. El ajuste en el Tesoro es de cinco puntos, el del BCRA de seis, es decir que estamos devolviendo 11 puntos. ¿Cuándo alguien le devolvió tanto dinero a los argentinos?”, marcó Milei.
Y tras ello agregó: “Es cierto que el 70% de los argentinos reconocen que están peor, lo sabemos, miramos los indicadores. Cuando asumimos las expectativas de que la economía mejore en los próximos 6 meses llegaba al 20%, en enero trepó al 30%, en febrero al 42%, y después del discurso trepó al 47%. Casi la mitad de los argentinos ve una luz al final del camino. La palabra que más aparece es esperanza, la gente tiene esperanza”.
En otro tramo de la entrevista, el Presidente habló de su uso de redes sociales y respondió a quienes lo cuestionan por ello. “A los políticos, y también a muchos periodistas que arrogantemente creen que tienen que ser el intermediario con la gente, les molesta. Eso está muy instalado en algunos periodistas del círculo rojo, en especial en los que tienen más años, no entienden esto de tener comunicación directa”, apuntó Milei.
“Yo soy producto de redes y me comunico directo con la gente. Lo tengo de primera mano. Eso me permite estar rápido de reflejos, ver dónde están los problemas y trabajar para solucionarlos”, sostuvo el mandatario.
“Eso pone nerviosos a los políticos tradicionales, ellos no tienen esa gimnasia [en redes]. Eso me permite una cosa directa con la gente que el político tradicional no tiene, por eso necesitan los focus group. Los pone muy violentos, les encantaría tener ese acceso a la gente. Gastan toneladas de dinero”, remarcó el Presidente.
Asimismo, Milei aseguró que tiene bien definidos los momentos en lo que utiliza las redes sociales. “Las uso en el desayuno, en el almuerzo, a la tarde en la merienda y a la noche es cuando más las uso, arranco en la cena y termino tarde buscando información y consiguiendo cosas. Soy muy activo, pero en momentos, no son horas donde la gente está trabajando”, se justificó, a la vez que admitió que hubo gobernadores que le pidieron que baje su actividad online, algo que no tiene pensado hacer.

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domingo, 4 de febrero de 2024

LA PARTE Y EL TODO


Milei, ante el dilema de chocar o conducir
El Presidente mandó negociar y rompió varias veces esas tratativas en las redes
Por Sergio Suppo


Javier Milei tiene la obligación de definir qué quiere hacer primero: derrotar a la casta política para luego hacer la revolución libertaria que propone o, al revés, concretar los fuertes cambios que prometió y, como consecuencia, derrotar y subordinar al resto de los políticos del país.
No quedó para nada claro en estas ocho semanas de gestión cuál de ambas opciones tomará el nuevo presidente. El tortuoso trámite en la Cámara de Diputados de la ley ómnibus tampoco permite establecer una tendencia. Milei mandó a negociar y rompió varias veces esas tratativas con posteos en las redes y declaraciones.
Con prescindencia del resultado final y de su trámite posterior en el Senado, Milei tal vez haya podido registrar como algo más que un riesgo que el proyecto de más de 600 artículos sufrió en gran parte la suerte de aquel enorme pez que pescó y amarró a su bote Antonio, el protagonista de El viejo y el mar, la novela de Hemingway. El pescador regresó a la costa con apenas el esqueleto del marlín que había atrapado; el proyecto fue cercenado entre negociaciones, presiones y un primer examen al Presidente en el que el viejo sistema político le tomó el tiempo y le midió la densidad.
Milei actuó como un político clásico de los que reniega cuando en el comienzo de su mandato, con más poder y menos desgaste, decidió hacer pasar en una ley y un decreto de necesidad y urgencia toda la estructura legal para reencauzar al país hacia el capitalismo. La capacidad de maniobra inicial sostenido por el fuerte peso del respaldo electoral reciente son armas que se pierden ni bien el barco sale del muelle. Es lógico que el Presidente haya querido usar ese valioso recurso que se esfuma.
Con el DNU en la Justicia y con la ley ómnibus en el Congreso, el Presidente está experimentando el desgaste de no contar con la fuerza parlamentaria suficiente para imponer semejantes cambios con las herramientas que establece el sistema republicano.
Las modificaciones legales que pretende imponer el decreto tienen la limitación del propio instrumento; los jueces se atreven menos a impugnar una ley que un decreto. El creciente enredo judicial del DNU solo podrá ser aclarado si la Corte se decide a intervenir para validar o invalidar su contenido. El Presidente, por lo tanto, depende de cuándo el máximo tribunal determine que es oportuno actuar y del sentido con el que lo hará.
Es todavía más difícil solucionar la por ahora inexplicable relación del Ejecutivo con el Congreso. Si ese vínculo entre el Gobierno y parte de la oposición puede resultar esencial para el resto de la gestión de Milei, es todavía más importante para la suerte de un país en el que la construcción de acuerdos es poco menos que imposible.
La larga carrera electoral del año pasado permitió ver la irrupción de un nuevo actor político que llegó a presidente contra todos los pronósticos. También quedó servida la posibilidad de nuevos consensos para hacer reformas estructurales y Milei fue votado como responsable para liderarlos.
Esos acuerdos básicos pueden resultar menos extremos que el encargado de llevarlos adelante; tal vez requieran de tiempos menos fulminantes que los que pretende el Presidente. Pero son, al fin, muy importantes.
Con excepción de una estridente minoría kirchnerista, el resto del sistema político, inclusive una parte importante del peronismo, cree que el déficit fiscal es un punto de partida imprescindible para eliminar la inflación. No puede haber ejemplos más próximos: Chile, Bolivia, Paraguay y Uruguay, por ejemplo, no sufren la inflación, entre otras causas, porque controlan sus variables macroeconómicas con responsabilidad más allá de las ideas de cada presidente.
Al menos por ahora, Milei perdió la oportunidad de ponerlos de su lado a los gobernadores y de explorar caminos alternativos para llegar al déficit cero sin dañar las economías locales. Y los caudillos provinciales no entendieron que ellos también deben hacer un ajuste de sus gastos.
Es el riesgo que se corre al destruir consensos por no saber o no querer negociar y elegir en cambio un tironeo en el que predomina el interés de cada uno. Están de acuerdo en que no debe haber déficit; no en cómo eliminarlo, y no son capaces de llegar a una conformidad general.
Hay por lo menos tres acuerdos fundamentales para un cambio de rumbos persistente de la Argentina. Hay consenso para una reforma tributaria, aunque, de nuevo, falta voluntad para discutirla sin mezquindades.
Hay consenso para una reforma laboral amplia, que despeje las ataduras que impiden hacer crecer el empleo formal, estancado desde hace más de una década. La oportunidad de hacerla votar y discutirle es antes de que los fragmentos del exjuntos por el Cambio empiecen a competir entre sí y a importarles menos las transformaciones que quienes las tienen que llevar adelante.
Y hay consenso para una profunda reforma del Estado que elimine áreas convertidas en coto de caza de los sucesivos gobiernos y transfiera al sector privado empresas que nunca debieron ser públicas. Una acción rápida y transparente será aceptada por una parte importante del sistema, sin necesidad de militar en el libertarismo.
Existe un acuerdo mayoritario todavía más importante que los anteriores, que requiere una construcción más duradera y amplia: la definición de nuevos y viejos políticos de hacer de la Argentina un país integrado al sistema capitalista en forma permanente.
Milei debe elegir entre dejarse devorar por el personaje que insulta a presidentes extranjeros y pronuncia discursos flamígeros pero inconsistentes en los foros internacionales o ser quien lidere el principio de un cambio drástico, difícil y necesario. Será su decisión alinear las piezas sueltas que comparten ese rumbo o tratar de eliminarlas.
Esa elección puede ser la que divida el camino hacia el éxito de otro muy distinto: el de un nuevo presidente al frente de un país en ruta hacia otra derrota colectiva.

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domingo, 28 de enero de 2024

LA PARTE Y EL TODO


La oportunidad que el PJ le ofrece a Javier Milei
El bajo poder de fuego de un peronismo debilitado le da ventajas al Gobierno
Por Sergio Suppo

La CGT apuró el miércoles un viejo ritual del peronismo fuera del poder: forzar los errores del ocupante de la presidencia, debilitarlo y acorralarlo hasta quitarle el poder.
En ese arrebatamiento está dibujada la debilidad actual del sindicalismo, temeroso de que no lo sienten a negociar y sin garantías de que podrá hacerlo.
En la primera movilización de la CGT en pleno enero y apenas 45 días después del comienzo de un nuevo gobierno también se retrata el desconcierto del conjunto del peronismo, obligado otra vez a revisar a quién en verdad representa y quiénes de entre sus dirigentes están en condiciones de conducir un proceso de recuperación.
La situación del peronismo es un problema para el Gobierno y también una enorme oportunidad. Como nunca en 40 años, el justicialismo tiene menos poder de fuego sindical para evitar las reformas estructurales a las que se opuso siempre.
Ahora menos que nunca está condiciones de defender las fuentes principales de sus recursos –el control de las obras sociales–, la autocracia en los sindicatos que impide la renovación de sus autoridades desde hace cuatro décadas y el conjunto de las leyes laborales que obligan a las afiliaciones compulsivas e imponen sindicatos únicos por rama de actividad.
Javier Milei tiene la enorme chance de hacer esas reformas de fondo que no pudieron o no supieron hacer los presidentes desde Raúl Alfonsín. Es una ventana de oportunidad que no estará abierta para siempre; los malos momentos del peronismo nunca son eternos, gracias a los errores de sus adversarios.
El gremialismo de los viejos jefes enriquecidos tiene un problema de representación que no fue generado por el libertarismo gobernante sino por las administraciones kirchneristas.
Durante sus dos décadas de reinado, Néstor y Cristina Kirchner hicieron permanente la precariedad social de la mitad de los potenciales trabajadores y, por desconfianza y desprecio a los sindicatos, encontraron en los movimientos piqueteros a nuevos representantes de los argentinos divorciados del empleo formal y condenados a las changas y los planes sociales.
El kirchnerismo obró la desgracia de congelar el porcentaje de empleados que pueden tener una obra social, hacer aportes jubilatorios y tener las viejas reglas laborales. Creció durante su hegemonía durante los últimos cuatro de cinco mandatos presidenciales una mayoría de trabajadores marginados y dependientes de la dádiva del Estado por medio de intermediarios.
Hace tiempo que el sindicalismo recela de los piqueteros, más allá de algunos acercamientos para la foto.
Durante la movilización del miércoles, los adherentes a la agrupación papista de Juan Grabois pasaron por hipermercados pidiendo comida. El simbolismo no puede ser más fuerte; el peronismo que creyó representar a los trabajadores que se ganaban el pan por sí mismos tiene hoy una de sus expresiones más visibles en esos gestos de mendicidad prepotente.
Entre el DNU y la ley ómnibus, el Gobierno introdujo algunos cambios que afectan a los gremios, pero estuvo lejos de avanzar en una reforma laboral profunda. Tiene hoy, sin mucha necesidad de negociar con las agrupaciones sindicales, los números en el Congreso si sabe sostener las alianzas transitorias con al menos tres bloques opositores.
Ese consenso no es casual. Una parte importante de la Argentina está convencida de que gran parte de las actuales leyes están en contra del empleo y de los propios empleados. Un ejemplo: las indemnizaciones que hacen inviables sumar nuevos trabajadores, en especial en las pequeñas y medianas empresas.
Milei recogió una significativa cantidad de votos en sectores sociales que han experimentado la precarización extrema y a la vez hicieron visible su hartazgo de canjear su dignidad por planes sociales o condiciones de trabajo abusivas.
Existe un universo de millones de argentinos entre los grupos piqueteros y los sindicatos que busca no ser rehén de ninguno de ambos, pero a la vez demanda un reconocimiento básico como miembro de la sociedad: reglas que no hagan imposible tener un empleo y un ingreso dignos, un servicio de salud que no sea impuesto y funcione, y un horizonte que no lo condene a la miseria tras jubilarse. El peronismo en los gremios y el peronismo en el gobierno, entre otros factores, desdibujaron esa posibilidad.
Por fuera del sindicalismo y de los cambios de fondo que Milei puede elegir o no hacer, hay un peronismo que como nunca expresa en forma desvergonzada una actitud golpista.
En los primeros días de Mauricio Macri algunos militantes kirchneristas aparecieron con un helicóptero, símbolo de la caída de Fernando de la Rúa impulsada por el peronismo bonaerense. Ahora son los mismos dirigentes y el propio elenco mediático los que anuncian un final abrupto e inmediato a la presidencia de Milei.
Es verdad que una parte importante de la clase política especula con la viabilidad de un dirigente disruptivo y sin soportes tradicionales. Hasta imaginan gobiernos de emergencia al estilo del que Eduardo Duhalde llevó adelante luego de De la Rúa.
Las formas importan y hacen al fondo. Una cosa es poner en duda la solidez de Milei como presidente y otra, distinta, es televisar discursos golpistas puros y duros. Una cosa es incluir un escenario institucional difícil como parte de las posibilidades y otra alentar la caída de un gobierno elegido según las reglas de la democracia.
El peronismo fuga hacia adelante, ciego de impotencia, esperando que los errores ajenos lo reconecten con el apoyo popular perdido. Esa fórmula ya le funcionó a un costo cada vez mayor y al precio de exponer su voluntad golpista.
La Argentina fallida y decadente siempre le dio hasta ahora otra oportunidad al principal responsable de haberla arruinado. La historia no es necesariamente una eterna condena que se repite.

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domingo, 21 de enero de 2024

LA PARTE Y EL TODO




Ideólogo o presidente, esa es la cuestión
En Davos, Milei pareció desmentir la hipótesis de que sea un pragmático Por 
Sergio Suppo

Cuarenta y un días después de su aterrizaje en la Casa Rosada, Javier Milei sigue sin encontrar la manera de que sus ideas se conviertan en hechos concretos de gobierno. Su credo libertario y sus impulsos viscerales están todavía a una notoria distancia de la Argentina real, un país cruzado por intereses y regulaciones. El Presidente da señales equívocas sobre el trazo definitivo de su gestión. Aún no se conoce si la rigidez ideológica será su soporte o una barrera autoimpuesta.
Hay quienes creen ver en Milei rasgos pragmáticos de un negociador que presiona para conseguir sus objetivos. Sin embargo, avanzada la segunda mitad de esta semana, la etapa negociadora por la ley ómnibus no alcanzaba resultados que llevaran a un equilibrio entre lo que quiere obtener y quienes están dispuestos a ayudarlo sin resignar su identidad partidaria original.
El miércoles, Milei pareció desmentir la hipótesis que lo describe como pragmático vestido con las ropas del “libertarismo”, según su propia definición del liberalismo extremo que defiende. El discurso de Davos, en el Foro Económico Mundial, fue celebrado por el padre ideológico del Presidente, Alberto Benegas Linch (h). “Nunca en foro alguno en el mundo se ha escuchado una clase magistral de libertad de la envergadura que presentó hoy en Davos el Presidente Milei. Un lujo que quedará en los anales de la historia universal”, escribió en X, para luego agradecer que Milei lo hubiera citado.
Énfasis aparte, Benegas Linch tiene razón. Milei dictó una ponencia al estilo de las conferencias que suelen dar algunos especialistas en este tipo de foros. El problema es que fue invitado como presidente, y como tal les enrostró ser socialistas o tolerantes con el socialismo a una larga lista de familias políticas: “No hay diferencias sustantivas. Socialistas, conservadores, comunistas, fascistas, nazis, socialdemócratas, centristas. Son todos iguales”.
Quienes lo escuchaban y recibían esas exaltadas expresiones eran los líderes políticos y económicos del capitalismo global.
El Presidente le habló a Davos con una ideología opuesta pero con el mismo énfasis que usaba Cristina Kirchner para dictar cátedra ante auditorios internacionales.
Milei confirmó ante uno de los más notables auditorios posibles que es un fenómeno, en el sentido estricto de la palabra, tal y como se había mostrado al mundo durante los dos años que tardó en ascender desde los paneles televisivos y las redes sociales hasta la Presidencia de la Nación. En esa condición regresa de la reunión en Suiza.
Es bien llamativo que al estructurar su discurso no incluyera ni un párrafo para convocar al mundo a acompañar a la Argentina en esta nueva etapa bajo su mando. Eligió apostrofar a los líderes políticos y empresarios. Son elecciones.
Milei aguarda todavía otra definición que muy posiblemente marcará gran parte de su gobierno: la aprobación o el rechazo de la ley ómnibus. Depende más de él que de todo el resto del sistema político, que todavía le está midiendo sus condiciones de líder.
La buena o mala voluntad de la oposición en sus diversas variantes que lo espera en el Congreso depende de las señales que envíe. Hasta en su propio gobierno se preguntan qué es lo que realmente quiere obtener.
Milei ha dicho en público que es “todo o nada” y recriminó por igual a justos y pecadores: “Son coimeros”, dijo de los legisladores que le plantean reparos pero le proponen alternativas.
El viejo juego de halcones y palomas está planteado en el nuevo oficialismo para lidiar con el viejo sistema político, hoy fragmentado y sin rumbo.
El Presidente tiene una mayoría posible en ambas cámaras que resulta de agregar a su escuálida fuerza parlamentaria la representación política que lo hizo crecer del 30% al 56% en las elecciones. Hay tres bloques en Diputados, el del PRO, el radical y el que preside Miguel Pichetto, dispuestos a votar una parte de la ley ómnibus.
El punto consistió hasta ahora en saber qué parte del proyecto quiere que sea ley Milei y hacerlo coincidir con los intereses de los legisladores que, a su vez, representan a los gobernadores y su interés en no perder fondos, y que además tienen compromisos con sectores relevantes de la producción y de la sociedad.
Es la lógica de un país real, percudido por ventajeos y cotos cerrados, pero también interesado en que no se destruyan genuinos sectores económicos y sociales por el solo hecho de conocer su existencia
Ejemplo: las retenciones a las exportaciones de las economías regionales implican en varias provincias un grave perjuicio, aunque tienen un bajo impacto a la hora de aumentar la recaudación para achicar el déficit fiscal. Gobernadores de todo pelaje vienen planteando alternativas con otros impuestos a cambio de no hacer inviables a esas economías. Milei por ahora no dice ni que sí ni que no.
No todo depende del Presidente. El cambio al régimen de biocombustibles en beneficio de las empresas petroleras encendió el rechazo a la ley en Tucumán, Santa Fe y Córdoba. El asunto parece haberse arreglado con una negociación entre ambos sectores, que presentaron al Gobierno un acuerdo.
La mayoría que podría sumar Milei le pone condiciones que no han sido del todo negociadas. Tal vez porque el Presidente no recibe desde el Congreso toda la información necesaria. Hay quienes le cuentan que la ley sale sin dificultades, pero también están quienes le dicen que los números no cierran.
Una cosa es una aprobación en general y otra, muy distinta, la votación en particular de cada artículo. Allí se corre el riesgo de que se esfumen los votos necesarios y del proyecto original quede poco y nada.
Un conflicto entre las ideas y la realidad que se busca transformar con esas ideas está al principio y al final de cada dilema

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domingo, 14 de enero de 2024

GIANNI LA BELLA, ESCRITOR SOBRE PIRONIO Y LOS PAPAS...., LA PARTE Y EL TODO


Gianni La Bella: “Pironio creía que la enfermedad de la cultura actual era la violencia”
El catedrático italiano, autor de un libro sobre el cardenal argentino declarado beato, revela la confianza que Pablo VI y Juan Pablo II le tenían a su biografiado
Mariano De Vedia
El historiador italiano Gianni La Bella...Comunidad Sant’Egidio
Cada vez que debía tomar una decisión que involucrara a América Latina, en los difíciles años que siguieron al Concilio Vaticano II y en plena época de la Guerra Fría, el papa Pablo VI preguntaba siempre lo mismo: “¿Qué dice Pironio?” Con esa revelación se encontró el catedrático e historiador italiano Gianni La Bella al investigar en los archivos del Vaticano y en otras fuentes la vida del flamante beato, para escribir el libro Eduardo Francisco Pironio. Biografía de un cristiano latinoamericano, que en estos días sale a luz en Roma, con un prólogo del papa Francisco.
“Pironio ha sido el hombre de confianza de Pablo VI para América Latina y un modelo para más de una generación de sacerdotes y obispos, que siempre pidieron su consejo”, reveló La Bella, profesor de historia contemporánea en la Universidad de Módena y Reggio Emilia, en una entrevista  Vino a la Argentina para ser testigo de la multitudinaria misa de beatificación de Pironio, celebrada en las puertas de la Basílica de Luján, donde descansan sus restos.
Nacido en la ciudad de 9 de Julio en 1920, el recordado cardenal argentino fue también el punto de contacto entre Juan Pablo II y los jóvenes, lo que quedó reflejado en las Jornadas Mundiales de la Juventud, que organizó en distintos países y continentes.
Pironio era el menor de una familia de 22 hermanos. Ordenado sacerdote a los 23 años y luego obispo auxiliar de La Plata, participó en el Concilio Vaticano II. Entre 1972 y 1975 fue obispo de Mar del Plata, donde sufrió amenazas, atribuidas a la Triple A, a lo que se sumó el secuestro y asesinato de la decana de Humanidades de la Universidad Católica de la diócesis, María del Carmen Maggi. En la Catedral marplatense aparecieron pintadas que acusaban al obispo de montonero y Pablo VI lo llevó a Roma como prefecto de la Congregación para los Religiosos y los Institutos Seculares, y lo nombró cardenal.
Con Juan Pablo II pasó a ser superior del Pontificio Consejo para los Laicos, en una etapa en la que la Iglesia buscaba la renovación de su mensaje y estilo pastoral para acercarse a las nuevas generaciones.
–¿Cómo surgió la relación cercana de Pironio con Pablo VI?
–Se afianzó en la Conferencia del Episcopado latinoamericano de Medellín, en 1968, donde los obispos del nuevo continente profundizaron las enseñanzas del Concilio Vaticano II y la opción preferencial por los pobres. Ya desde antes y hasta su muerte, en 1978, cada vez que debía tomar una decisión sobre la Iglesia latinoamericana, Pablo VI preguntaba “¿qué dice Pironio?”. Era una referencia notable y fue un hombre de confianza de Pablo VI.
–¿Incluso cuando Pironio estaba en la Argentina, antes de llegar al Vaticano?
–Sí, porque la amistad entre ambos nació en Medellín, donde Pironio fue durante una semana el “guardaespaldas” del Papa. Además, por temperamento, visión teológica, sensibilidad espiritual y personal eran muy parecidos.
–¿Qué quiere transmitir Francisco con la beatificación?
–Pironio es un hermano de vida de Francisco. El Papa habla muchas veces de él como un verdadero testigo, un pastor bueno y un modelo. Ha entendido profundamente la personalidad y la vida espiritual del cardenal. Generosamente escribió la introducción de mi libro.
–¿Por qué consideró valioso investigar la vida de Pironio?
–Porque es un personaje fundamental en la historia del catolicismo contemporáneo latinoamericano. Tuvo una dimensión protagónica en Medellín. Es el inspirador de la renovación de la teología latinoamericana. En la vida de Pironio hay dos amigos íntimos: el teólogo Lucio Gera y el cardenal Antonio Quarracino, dos figuras que son el día y la noche. Pironio ha sido un modelo para más de una generación de sacerdotes y obispos.
–¿Qué mirada tenía sobre la Teología de la Liberación?
–Una teología católica que ponía juntas la dimensión de la liberación humana con el trabajo por la justicia, los pobres y, al mismo tiempo, la verdadera liberación del pecado. Una liberación humana y una liberación que llega del evangelio.
–¿Esta visión lo distancia de quienes identifican la Teología de la Liberación con una concepción marxista?
–Nunca fue cercano a esta mirada en sentido marxista. Supo hacer una interpretación verdadera de esa teología. El arzobispo salvadoreño y hoy santo Oscar Romero escribió: “Pironio es el verdadero sentido de la Teología de la Liberación”.
–¿Cómo vivió los momentos de extrema polarización en la Argentina de los años 70, dominada por la violencia política?
-En esos tiempos Pironio habla muchas veces en público y trabaja en privado por una sincera reconciliación entre los argentinos. Predica la paz e insiste en que la violencia, de derecha o izquierda, no es la solución. En medio de esas tensiones, Pablo VI le pide que viaje a Roma para predicar los ejercicios espirituales a la Curia romana y lo designa prefecto de la Congregación para los Religiosos. El mundo religioso vivía una fase de mucha confrontación y el Santo Padre le pide que acompañe el camino de transformación en la etapa posconciliar.
–¿La visión de Pironio era muy distinta a la que predominaba entre los obispos argentinos?
–Era compartida por la mayoría, pero había un sector del Episcopado que empezaba a acercarse a posiciones de derecha y a los gobiernos militares. Pironio estaba convencido de que la enfermedad de la cultura contemporánea era la confianza en la violencia. Sostenía que nada bueno podía salir de esa visión. Lo toma como bandera personal y como obispo de Mar del Plata.
–¿Pablo VI le salvó la vida al sacarlo de la Argentina?
–No fue el único motivo, pero seguramente tuvo en cuenta las amenazas que recibía.
–¿Estando en Roma seguía atento a la realidad argentina?
–Pude acceder a documentos de los archivos del Vaticano que revelan la confianza entre Pablo VI y Pironio. Cada vez que los militares intentaban acercarse a Roma, el Papa siempre le pedía un consejo. Pablo VI tenía un amor particular a la Iglesia de América Latina. Estaba convencido de que la Iglesia latinoamericana podía unir lo tradicional y lo nuevo del Concilio, enlazar la tradición y la fuerza de la renovación. Pironio compartía esa visión. Defiende una correcta interpretación de Medellín. No es un documento de sociología religiosa ni político; es un documento eclesiástico.
–¿Hubo intentos de desvirtuar el sentido de los documentos de Medellín?
-Sí, absolutamente. Una parte importante de la Iglesia latinoamericana tenía una idea de contaminación con los ideales izquierdistas, el trabajo social, la injusticia, la lucha de clases. Crecía el enfrentamiento entre las visiones de derecha y de izquierda. Pironio era un hombre de diálogo y reconciliación. Un hombre de la palabra. Lo que más hizo en su vida fue predicar. Cuando predicaba, era el hombre más feliz del mundo. Lo confirman los documentos y las cartas que se conservan en los archivos de la Abadía de Santa Escolástica, en Victoria.
–¿Cómo fue la relación de Pironio con Juan Pablo II?
–Después de estar diez años al frente de los institutos religiosos, Juan Pablo II le encomienda presidir el Pontificio Consejo para los Laicos con una misión. Le dijo: “Pongo en sus manos el futuro de la Iglesia. Espero que haga con los laicos el bien que ha hecho a la vida religiosa”. Juan Pablo II tenía el corazón abierto a los jóvenes. Pironio se puso a su lado. Jamás tuvo una actitud protagónica, siempre fue el servidor del magisterio del Papa.
–¿Qué buscaba Juan Pablo II con esa misión?
–El papa polaco tenía muy clara la fractura cultural entre los jóvenes y la Iglesia. Era necesario construir un puente entre la Iglesia y el mundo de los jóvenes, que buscaban nuevos ideales. Pironio ayudó al Papa en la organización de las Jornadas Mundiales de la Juventud. Así, el cardenal argentino vivió la tercera etapa de su vida con los jóvenes.

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Rosario, y por lo tanto el país, se acerca a Ecuador
Ante el narco, la Argentina se desliza inerme hacia otro límite peligroso .... Sergio Suppo

El gobernador de Santa Fe recibe a razón de una amenaza de muerte por semana. Al final del primer mes de mandato, Maximiliano Pullaro decidió mudar a su familia y ocultarla de sus potenciales agresores.
La noticia pasó, entre tantas. La agenda de lo urgente colabora con dejar en un segundo plano lo importante. El galope inflacionario, la negociación y el enésimo acuerdo con el Fondo Monetario, el acalorado debate en las comisiones del Congreso sobre el proyecto de la ley ómnibus y hasta la mudanza del Presidente a Olivos derivan la atención.
Ministro de Seguridad durante la gestión de Miguel Lifschitz, Pullaro llegó al gobierno santafesino luego de prometer un combate frontal contra los grupos de narcotraficantes que han llevado a rosario a padecer tasas de criminalidad mexicanas o colombianas en menos de una década.
El gobernador empezó por lo básico: requisar las celdas de los jefes narcos presos y de sus lugartenientes, advertido de que cumplen sus largas sentencias haciendo home office. Desde las cárceles ordenan comprar y vender drogas, como también intimidar, desafiar y matar.
A Pullaro le respondieron con una serie de amenazas que en casos anteriores se habían consumado en contra de sedes judiciales, de gobierno y medios de comunicación de rosario. El entonces gobernador Arturo Bonfatti estaba en su casa de rosario cuando balearon la vivienda, en octubre de 2013. El único acusado por el atentado fue asesinado varios años después.
En la década que siguió a los disparos contra Bonfatti aumentaron y se multiplicaron los crímenes narcos en rosario y alrededores, en especial cuando durante los gobiernos nacionales del kirchnerismo se interrumpieron los lazos de colaboración con la gestión provincial.
El anuncio de Pullaro de la mudanza de su familia a un lugar más seguro ocurrió en el mismo momento en el que Ecuador se ofreció al mundo como el ejemplo de un Estado abatido por el crimen organizado. También ahí debieron poner a resguardo al presidente Daniel Noboa y a los miembros de su gabinete.
El joven mandatario que asumió el cargo en octubre pasado le declaró un “estado de guerra” al fantasma omnipresente que apenas dos días atrás se había corporizado en la fuga de uno de los principales capos narco de Ecuador, en la toma por parte de los reclusos de una decena de prisiones, en la ocupación de una universidad y la irrupción con armas de fuego en un canal de televisión.
Ecuador no estalló en forma repentina. Hace años el Estado viene cediendo el control del país, hasta poner en duda su propia existencia, a grupos narcos a su vez enfrentados entre sí.
Como si no alcanzara el ejemplo de México o Colombia, Ecuador nos enfrenta a un espejo que en la Argentina muchos prefieren no mirar.
El control de rosario y de la seguridad en Santa Fe también parece puesto en duda, porque a diferencia de otros lugares de la Argentina hay bandas de narcos que pelean a tiros el dominio territorial.
Una pax simulada oculta la misma situación en otros grandes centros urbanos donde, como en la ciudad santafesina, el tráfico de drogas se ha extendido y naturalizado en forma exponencial.
El Informe de riesgo Político publicado el miércoles en Chile por el Centro de Estudios Internacionales de la Universidad Católica advierte que “los gobiernos latinoamericanos continuarán enfrentando una triple amenaza que está erosionando el Estado de Derecho y la calidad de las democracias en la región y complicando la gobernabilidad. Estos desafíos incluyen el crimen organizado, la corrupción sistémica y el populismo autoritario”.
El informe es el más pesimista en varios años y señala el peligro de que situaciones como las de Ecuador sean enfrentadas con métodos autoritarios al estilo de los que utiliza en El Salvador el presidente Nayib Bukele.
“El 60% de los países en América Latina ya no son democráticos (The Economist 2023)”, dice el reporte, que pone a nuestro país entre las naciones que se salvan parcialmente del desastre institucional. “Según el último informe del Índice de la Democracia 2022, en la región solo Uruguay, Costa rica y Chile son democracias plenas, y Panamá, Argentina, Brasil, Colombia y república Dominicana clasifican como democracias incompletas”.
El deterioro institucional, como el avance de las redes de narcotráfico y de crimen organizado, suele ser para la Argentina un asunto de menor importancia cuando se compara su situación con los indicadores regionales.
No siempre esos promedios ayudan. La Argentina está peor y se desliza inerme hacia otro límite peligroso. Alguna vez se señaló a la inflación venezolana como un ejemplo al que podríamos llegar si el kirchnerismo seguía profundizando la crisis que acrecentó. El año que acaba de terminar, la inflación chavista fue menor a la inflación argentina.
Siempre se puede estar peor. rosario, y por lo tanto el país, se acerca a Ecuador de la misma manera en que los índices de precios argentinos superaron a Venezuela.
Se empieza por naturalizar lo atroz; por considerar normal que los narcos sigan mandando a asesinar desde su celda; por tolerar que se multipliquen los lugares de venta de droga. Por aceptar que la familia de un gobernador deba esconderse para que no puedan consumarse las amenazas de muerte

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domingo, 7 de enero de 2024

LA PARTE Y EL TODO


Este verano, “la casta” no se toma vacaciones
A un mes de asumir, a Javier Milei ya le pusieron fecha de vencimiento
Por Sergio Suppo


Sin luna de miel, tiempo extra ni segunda oportunidad, Javier Milei todavía no cumplió un mes en la presidencia y ya le pusieron fecha de vencimiento.
Excusas sobran para tratar de someterlo a un prematuro desgaste. Sus drásticas medidas de ajuste, el kilométrico decreto de necesidad y urgencia, la ley ómnibus que envió al Congreso o su intransigencia hacia la dirigencia que desplazó en su rápido viaje al poder. El paquete incluye la decisión de hacer pasar en horas una monumental reforma y cambios de normas sin la experiencia ni la capacidad de operación política para hacerlo. Todo sirve.
Entre intentos a cara descubierta y la simulación de falsos respaldos, el sistema político –“la casta”, en sus palabras– insiste en creer que el Presidente será apenas un accidente, un efímero equívoco del electorado. El Gobierno habilita pero no justifica esas creencias.
Montadas a caballo de la impaciencia social, en sectores del peronismo y de la izquierda dogmática están activadas las usinas de desestabilización. No pasó un mes desde la asunción presidencial y ya son visibles con claridad esos signos. No es solo el anunciado paro de la CGT con el que los sindicalistas hicieron renacer una supuesta beligerancia traspapelada hace años. Quieren negociar, lo de siempre.
La ajenidad que exhiben frente al gobierno de la Libertad Avanza hasta las fracciones más afines de Juntos por el Cambio completan un contexto en el que la distancia con Milei es un primer síntoma de reconstrucción de la propia identidad, desdibujada por la destrucción del sistema político tal como se conocía antes del 10 de diciembre.
Nada es gratis. Milei fabricó con el desprecio hacia los demás políticos su escalera para superarlos.
El Presidente está obligado a tender un puente invisible de sustentación entre su legitimidad de origen y su legitimidad de gestión sin otro respaldo que los logros que obtenga.
Para esto no tiene partido, sino un conglomerado inconexo de voluntades, cuyo núcleo duro podría establecerse en el tercio del electorado que lo votó en las primarias y en la primera vuelta. Ese consenso se extendió hasta casi el 56% de los votos en el balotaje por la llegada de adhesiones originalmente orientadas a Patricia Bullrich y Juan Schiaretti.
Milei no parece por ahora tener tiempo más que para enfocarse en gobernar antes que dedicarse en persona a la construcción tradicional de una fuerza política desde el propio poder, al estilo de lo que hizo Juan Perón, abismos aparte. Ese armado parece haberle sido confiado al integrante del Clan Menem Eduardo “Lule” Menem.
La comprensión social, en especial la de su electorado, se ve sacudida por el enorme esfuerzo que implica para la gran mayoría de los argentinos el plan de ajuste, marcado por una corrida de precios que barre con el poder de compra y absorbe los pesos devaluados en los primeros minutos del gobierno.
El motivo del sacrificio fue presentado por Milei en su primer mensaje como presidente. Dijo que la Argentina estaba ante el riesgo de una hiperinflación, otra más, al estilo o peor que las que dejaron graves secuelas en el final del gobierno de Raúl Alfonsín y el principio del mandato de Carlos Menem.
Un país acostumbrado a sobrevivir a sus crisis no tomó nota de la verdadera gravedad que retrató Milei sino hasta que el ministro Luis Caputo comunicó el primer paquete de medidas. Con el paso del tiempo, entre los propios votantes del libertario puede flaquear la convicción sobre la necesidad de hacer el ajuste. Empezando por quienes creyeron que con un ajuste a la “casta” el país se recuperaba. Lo necesario no es siempre lo suficiente.
La vieja imagen de la luz al final del túnel se repite en las conversaciones cotidianas. Unos dicen que en algún momento aparecerá; otros ya auguran que este sacrificio será en vano.
El tiempo parece más lento cuando la cuesta es empinada. Y el contexto político que rodea al nuevo gobierno especula con el final de la paciencia, una disminución brusca del apoyo a sus medidas y la pérdida del respeto a su mandato presidencial.
Milei está atado a sus propios pasos. Eligió el ajuste más duro con un alto impacto. Una fuerte devaluación que impone shock inflacionario transitorio para restablecer las relaciones entre precios distorsionados y a su vez acentuar una fuerte recesión que frene los precios por falta de consumo.
Todavía no se cumple un mes y las medidas fueron previstas por al menos tres meses, con tandas sucesivas de aumentos de precios y tarifas hasta ahora frenados, como los de los combustibles o el costo de los servicios públicos de transporte y energía.
El cruce del desierto tiene un costo político para Milei. Todavía no puede mensurarse porque no se puede prever el resultado de tan drásticas medidas.
En este tramo decisivo, el libertario tiró dos cargas de profundidad sobre un sistema económico y productivo completamente regulado en beneficio de sectores concretos y específicos.
Con prescindencia de la dudosa legalidad de ambas iniciativas y de la capacidad para gestionar semejante intento, la lectura del DNU y de la ley ómnibus revela una extensa y sorprendente cantidad de actividades atadas a regulaciones y protecciones pensadas para beneficiarios concretos.
Camuflados en leyes y normas acumuladas a lo largo de décadas, hay mucho más que un sindicalismo con negocios garantizados. Hay sectores enteros de la economía que funcionan amparados en prebendas que raramente quedan expuestas.
Dicho en forma directa: una parte importante del empresariado corre el riesgo de perder los privilegios que le garantizó un país cerrado, casi ajeno a los costos reales del mundo globalizado.
Milei embistió en contra de una gran parte de ellos, al tiempo que otros fueron llamativamente obviados en un juego insinuante que siembra dudas y las retroalimenta.
Un ajuste que pone a prueba la paciencia de los argentinos que lo votaron. Un sistema político que anhela su fracaso para tener la oportunidad de un renacimiento. Un sistema corporativo inquieto por la posibilidad de que una desregulación le quite beneficios. Milei tiene buenos motivos para estar muy atento a los monstruos que enfrenta durante el rigor del verano.

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