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lunes, 26 de febrero de 2018
MODA Y ARTESANÍA; AGENDA
Miércoles 28/02
Simposio de joyería contemporánea
Hasta el martes hay tiempo para inscribirse a la tercera edición de En Construcción, Simposio de Joyería Contemporánea, dirigidos por los joyeros Lin Cheung, Marc Monzó, Seth Papac y Teresa Estapé (video), del 10 y 13 de julio, en La Universidad de Antioquia; Informes e inscripción,simposioencontsrucción@gmail.com; http://simposioenconstruccion.blogspot.com.ar/
Jueves 01/03
Bafweek, otoño invierno 2018
Con el desfile de temporada de Rapsodia, arranca una nueva edición de este ciclo que continúa el lunes 5 con la propuesta de Valdez, el martes 6 con otros cuatro desfiles, más la performance de Jazmín Chebar y termina el miércoles 7, con la presentación de un nuevo diseñador emergente. En La Rural.
Clases de producción de moda
Está abierta la inscripción para el taller de Producción de moda que comienza en marzo, una vez por semana durante cinco meses, a cargo de Josefina Laurent y Lucía Lamelza y con Sol Levinas. Inscripción por el 11- 5846 6595, 11- 5514 9658 o 11-2164 1323;contacto@laboratoriomoda.com
Miércoles 07/03
Autores de Moda BA
Desfile en el hall central de la estación Mitre de Retiro. A las 13.30, un diseñador consagrado se presentará en esta pasarela organizada por el gobierno de la Ciudad. En la estación Mitre de Retiro.
Domingo 11/03
Taller de tejido a bolillo
A las 15.30, un grupo de tejedores compartirán esta técnica popularizada en Europa a mediados del siglo XVI. Un encuentro para aprender, con entrada gratuita e inscripción previa. En el Museo nacional de la Historia del Traje, Chile 832;https://museodeltraje.cultura.gob.ar/
Lunes 12/03
Designers Buenos Aires
En locaciones itinerantes, las firmas de autor más destacadas: JT, Bomparola, Zitta, Adot, Hernández Daels, Giacobbe, Tramando, Kostüme (5a. foto) y Dubié presentarán sus colecciones de temporada. Y estrenan pasarela: Paule Ka y United Creators;http://designersba.com/
Sábado 17/03
Taller de ñandutí
De 10 a 12, taller de este clásico encaje tejido del Paraguay a cargo de las profesoras Dina Mereles y Antolin Vera en el centro de arte y oficios Monte. En Defensa 1008, San Telmo; www.residenciamonte.com
sábado, 3 de febrero de 2018
LA MODA EN LAS PALABRAS, MODISMOS Y FORMAS DE USARLAS
A veces viene bien como ejemplo una reducción al absurdo. Imaginemos que en el futuro se pone de moda utilizar el adjetivo "marxista" para designar, inspirándose en un revival de Groucho y sus secuaces (los Hermanos Marx), una situación cómica. Ese desvío semántico le produciría a muchos (me incluyo) un abrupto cortocircuito en la visión del mundo. Incluso los detractores acérrimos de las teorías del viejo y barbado pensador del siglo XIX se verían ante una encrucijada. Ser antimarxista significará estar en contra de una banda de cómicos y, por propiedad transitiva, de la risa.
"Bizarro" en castellano significa "valiente, arriesgado", pero un uso caprichoso, por culpa del francés y las películas clase B, lo han convertido en "raro, estrafalario", por mucho que la academia de la lengua lo ignore. En todo caso, que las palabras maticen su sentido, incluso cambien, no me confunde tanto como cuando los conceptos aparecen fuera de su contexto original.
Una distorsión actual, bastante inocente, es la de calificar lo que sea con un precioso "de autor". No solo hay libros firmados por un autor, con sus consabidos derechos de autor. Hoy también uno puede darse de bruces con comida de autor, cerámicas de autor, bicicletas de autor. En una esquina por la que paso con frecuencia, una parrilla promociona el producto de sus brasas como "asado de autor". Una peluquería cercana -en una vuelta de tuerca irónica- anuncia sus "pelos de autor". En las últimas fiestas llegó el summum: algunos emprendedores propusieron mesas navideñas de autor.
Una distorsión actual, bastante inocente, es la de calificar lo que sea con un precioso "de autor". No solo hay libros firmados por un autor, con sus consabidos derechos de autor. Hoy también uno puede darse de bruces con comida de autor, cerámicas de autor, bicicletas de autor. En una esquina por la que paso con frecuencia, una parrilla promociona el producto de sus brasas como "asado de autor". Una peluquería cercana -en una vuelta de tuerca irónica- anuncia sus "pelos de autor". En las últimas fiestas llegó el summum: algunos emprendedores propusieron mesas navideñas de autor.
Supongo que en el origen de la moda reverbera el recuerdo del "cine de autor", aquella noción que introdujo a fines de los años 50 la revista francesa Cahiers du Cinéma. El uso y abuso contemporáneo de la fórmula parece revelar una añoranza o una distinción artesanal en un mundo donde, detrás de la variedad de supermercado, se esconde una uniformidad cada vez más industrial. Algo de eso ocurre con la promesa de lo "orgánico" y, a su manera, no es del todo errado recuperar esa expresión cinéfila tan querida. Aunque "cine de autor" terminó designando las películas de Truffaut, Godard, Bergman o Antonioni (aquellas en que el director ponía su sello personal en cada rincón del film), lo cierto es que en su origen apuntaba a reivindicar a algunos directores estadounidenses que aquellos críticos jóvenes amaban (John Ford, Howard Hawkes) y a los que hasta entonces se consideraba simples peones del sistema hollywoodense. Eran industriales, pero algo tenían.
El problema es cuando las palabras se transfiguran hasta tal punto de que se las repite como farsa. Un término al que se le ha trastocado el sentido es el de "industria cultural". Pluralizado, "industrias culturales" se utiliza hoy para designar de manera celebratoria cualquier actividad, cualquier mercado creativos. Cuando Theodor Adorno y Max Horkheimer acuñaron el término (en su famosa Dialéctica de la ilustración) tenía una clara connotación crítica y negativa. La industria cultural se había encargado de transponer de manera artera, sugerían, el arte al mundo del consumo, dando como resultado una síntesis de Beethoven con el casino de París.
El problema es cuando las palabras se transfiguran hasta tal punto de que se las repite como farsa. Un término al que se le ha trastocado el sentido es el de "industria cultural". Pluralizado, "industrias culturales" se utiliza hoy para designar de manera celebratoria cualquier actividad, cualquier mercado creativos. Cuando Theodor Adorno y Max Horkheimer acuñaron el término (en su famosa Dialéctica de la ilustración) tenía una clara connotación crítica y negativa. La industria cultural se había encargado de transponer de manera artera, sugerían, el arte al mundo del consumo, dando como resultado una síntesis de Beethoven con el casino de París.
Los dos filósofos alemanes consideraban que la autenticidad todavía tenía importancia y, aunque algunos de sus puntos puedan discutirse, todavía resultan sorprendentes sus vaticinios. "Consumir" es un verbo que se repite de manera casi festiva en boca de mucha gente cercana. "Yo consumo series", me dijo hace unos días una amiga cuando le nombré no sé cuál película que pensé podía gustarle. Me tomó desprevenido porque lo dijo con el mismo tono con que podía referirse a una ristra de salchichas. Y tal vez no le falte razón: más que las películas, donde todavía queda algún margen para el destello original, la mayoría de las series (salvemos la última Twin Peaks) son productos industriales altamente calóricos. Algunas incluso se basan en algoritmos ( Stranger Things) para darle a su público exactamente lo que ese público está esperando: quizá no haya nada más distante del arte -aquello que nos abre una perspectiva inesperada- que esa mansedumbre.
Mi amiga llevaba un libro en las manos. ¿También lo consumía? ¡Sí!, me dijo con una carcajada. Era un exitoso manual de autoayuda, de esos que encontrarán rápido reemplazo cuando la próxima temporada los convierta en antigualla. Pero, ¿se puede decir a la ligera que uno consume Don Quijote o los poemas de John Keats? ¿Hay algo más antieconómico que un clásico, que se paga una vez (si no se lo consigue gratis) y resiste toda una vida de lecturas? No. Me gusta creer que no.
P. R.
Mi amiga llevaba un libro en las manos. ¿También lo consumía? ¡Sí!, me dijo con una carcajada. Era un exitoso manual de autoayuda, de esos que encontrarán rápido reemplazo cuando la próxima temporada los convierta en antigualla. Pero, ¿se puede decir a la ligera que uno consume Don Quijote o los poemas de John Keats? ¿Hay algo más antieconómico que un clásico, que se paga una vez (si no se lo consigue gratis) y resiste toda una vida de lecturas? No. Me gusta creer que no.
P. R.
martes, 2 de enero de 2018
BASTA DE TIRANÍAS....PONETE LO QUE GUSTES
La libertad está de moda
De chica me enseñaron que “el rojo y el rosa no pegan”, que “jamás las rayas combinan con flores” y que “las zapatillas no van con vestidos”. Hoy, estas máximas quedaron obsoletas.
En parte, porque la moda cambia todo el tiempo y lo que no se usaba en una época a la siguiente puede ser furor, pero también –y principalmente– porque hoy puede rebatirse con autoridad cualquier mandato inflexible que refiera a la moda.
La principal tendencia 2017 fue la no-tendencia. Así de capciosa es la cuestión.
El movimiento de la democratización fashion vino a plantear la supremacía de la diversidad de estilos, y cada vez más –cuando se apela a la identidad al vestir, cuando se pondera la osadía para conjugar de una manera personal las prendas y expresar la propia voz en el lenguaje de la vestimenta– la sentencia del dictado de la moda empieza a sonar, justamente, a algo pasado de moda.
En parte, porque la moda cambia todo el tiempo y lo que no se usaba en una época a la siguiente puede ser furor, pero también –y principalmente– porque hoy puede rebatirse con autoridad cualquier mandato inflexible que refiera a la moda.
La principal tendencia 2017 fue la no-tendencia. Así de capciosa es la cuestión.
El movimiento de la democratización fashion vino a plantear la supremacía de la diversidad de estilos, y cada vez más –cuando se apela a la identidad al vestir, cuando se pondera la osadía para conjugar de una manera personal las prendas y expresar la propia voz en el lenguaje de la vestimenta– la sentencia del dictado de la moda empieza a sonar, justamente, a algo pasado de moda.
¿Quiere decir entonces que ya no hay reglas? En absoluto, las reglas existen, sólo que son múltiples, contradictorias y de aplicación más laxa. Y claro que también hay restricciones de contexto, la industria de la moda, por su naturaleza, tiende a unificar lineamientos generales para hacer un frente común -basta con echar un vistazo a los perfiles de las influencers más famosas del momento para tener más o menos claro cuáles son las tendencias que mejor rankean-. Eso no cambió.
Sin embargo, lo que resulta poco cool es establecer premisas por la negativa. Ya no hay colores que definitivamente no pegan, ni estampas que sería imposible conjugar, ni calzado prohibido para determinados equipos. La democratización de la moda vino a habilitar, a ensanchar el margen de acción y borrar del vocabulario protocolar el “no se usa”.
Entonces, ¿qué nos impuso el 2017? La posibilidad de regirnos sin prohibiciones.
Y la onda expansiva pasa de la indumentaria a los cuerpos que la llevan. Queda un largo camino por recorrer en la apertura de los estereotipos estéticos, pero la senda está marcada y son muchos -cada vez más- los que se están sumando al impulso de vivir la moda de una forma más libre, desprejuiciada y a la medida de intereses personalizados.
C. B.
jueves, 14 de septiembre de 2017
SE LLAMA MARKETING Y TODOS LO SABEN....VOS ELEGÍS
Todos los padres sueñan con que las modas comerciales del año escolar se acaben con las vacaciones. Pero en los Estados Unidos, claramente, no es eso lo que va a suceder con el fidget spinner: un breve paseo por las playas muestra que aquí este ¿juguete? ¿relajador terapéutico? ya es más de rigor que el balde y la pala para niños al borde del mar.
Los números lo dicen todo. En Amazon, de los 50 juguetes más vendidos, 49 son fidget spinners o derivados. Y las polémicas y los análisis sociológicos están a la orden del día. The New Yorker lo llamó "el adminículo más representativo de la era Trump ".
Para quien no tiene hijos en edad escolar -o en la Argentina, para quien no haya visto el video donde el presidente Macri muestra sus habilidades con el pequeño artefacto-, el fidget spinner es una pieza de plástico con un eje central giratorio y tres prolongaciones, cada una, a su vez, equipada con una especie de almohadón mínimo en el extremo. Si se sujeta el dispositivo por el centro y se hace girar uno de los almohadones, todo el conjunto se pondrá a girar por inercia durante unos segundos proporcionando una sensación placentera.
Y nada más. Eso es todo. Pero la megamoda de los fidget spinners en EE.UU. ha traído todo tipo de reacciones. Algunas escuelas los prohibieron por la preocupación de que puedan afectar el proceso de aprendizaje. Otros argumentan que pueden calmar a los estudiantes con ansiedad o necesidades especiales en el espectro autista. También los vinculan con la meditación y con ejercicios que quitan los pensamientos residuales del cerebro. Y varios cientos los categorizan simplemente como una moda obsesiva.
Consultado, Joel Best, sociólogo de la Universidad de Delaware y autor de El sabor del momento: por qué gente inteligente cae en las modas, recuerda que en unos pocos meses de 1958, durante el auge del hula-hula, se vendieron alrededor de 25 millones de aros. Poco tiempo después estaban juntando polvo en las bauleras. Otras modas similares fueron el cubo mágico, los Cabbage Patch Kids, los Tamagochi y la pulseritas de gomas de colores.
El hecho de que haya polémica en torno a los fidget spinners tampoco es nuevo: Best subraya que los adultos tienden a introducir significados en los juguetes de moda. "Los progresistas pueden pensar que los niños están siendo explotados; los padres en contra de los grandes industriales suelen preguntarse si no sería mejor que los chicos jugaran con bloques de madera en vez de plástico comercializado", escribió para el sitio web The Conversation.
Los conservadores, por su parte, temen que los juguetes corrompan los valores infantiles. Best recuerda que durante la moda de las pulseritas plásticas, algunos aseguraban que esos aros finos de gel plástico eran en realidad pulseras donde cada color representaba un acto sexual determinado.
"Todo esto exagera enormemente el significado de las modas en los juguetes -explicó-. El juego es importantísimo para el desarrollo infantil, pero respecto a los juguetes en particular, es difícil demostrar un efecto concreto". A Best no lo sorprenden los pacifistas que crecieron jugando con armas plásticas o las feministas que lo hicieron con Barbies. Y asegura que los fidget spinners tomaron ahora una dimensión política.
"A diferencia del Tamagochi al que había que cuidar, el fidget spinner no incita a su dueño a tomar en cuenta las necesidades o sentimientos de nadie. Por el contrario, permite y estimula el poner los propios intereses por encima del resto. A diferencia del cubo mágico, no recompensa la actividad intelectual. Más bien, incita a la abdicación del pensamiento y promueve la dispersión, en un momento histórico en el que el presidente se ha mostrado incapaz de centrarse y formular una idea coherente", escribió la periodista Rebecca Mead.
En un recorrido histórico, la autora muestra que ésta es la primera generación que convalida al fidgeting como una actividad respetable e incluso deseable. Para el verbo fidget no hay traducción exacta pero es algo así como "juguetear de manera inquieta e impaciente con algo", e implica no tener la capacidad de estarse sereno, concentrado en una sola cosa.
A pesar de esta fama, varios estudios recientes muestran que el fidgeting puede ser útil. Investigadores de la Universidad de Missouri realizaron un estudio donde comprobaron que los individuos que tienen que estar quietos en un avión, una línea de producción o un escritorio pueden tener beneficios para la circulación "sacudiendo periódicamente las piernas, golpeando el suelo con las puntas del pie o molestando a sus vecinos con movimientos pequeños y repetitivos", explicaron en el New Yorker, lo cual, muy a su pesar, "legitima la popularidad del fidget spinner".
Y aún para quienes no tienen un problema específico, puede haber beneficios. "La coordinación entre el ojo y la mano da placer y nos ayuda a pensar", dijo Katherine Isbister, directora de investigaciones del laboratorio de tecnología socioemocional de la Universidad de California. Para Isbister, la popularidad de algo básico como el fidget spinner en la era en la que tantos chicos tienen iPads o iPhones muestra la dirección en la que los dispositivos inteligentes están yendo. "El diseño en la tecnología puede traer nuevamente el placer táctil que se ha perdido", explicó
Por lo pronto, buena parte de los chicos a quienes se les pregunte si prefieren el fidget spinner a un iPhone o similar, responderán con cierta lástima hacia el interlocutor que ya hay aplicaciones para recrear el fidget spinner en la pantalla. Tienen razón: hay varias alternativas y encabezan las apps gratuitas más bajadas del verano estadounidense.
Juana Libedinsky
Consultado, Joel Best, sociólogo de la Universidad de Delaware y autor de El sabor del momento: por qué gente inteligente cae en las modas, recuerda que en unos pocos meses de 1958, durante el auge del hula-hula, se vendieron alrededor de 25 millones de aros. Poco tiempo después estaban juntando polvo en las bauleras. Otras modas similares fueron el cubo mágico, los Cabbage Patch Kids, los Tamagochi y la pulseritas de gomas de colores.
El hecho de que haya polémica en torno a los fidget spinners tampoco es nuevo: Best subraya que los adultos tienden a introducir significados en los juguetes de moda. "Los progresistas pueden pensar que los niños están siendo explotados; los padres en contra de los grandes industriales suelen preguntarse si no sería mejor que los chicos jugaran con bloques de madera en vez de plástico comercializado", escribió para el sitio web The Conversation.
Los conservadores, por su parte, temen que los juguetes corrompan los valores infantiles. Best recuerda que durante la moda de las pulseritas plásticas, algunos aseguraban que esos aros finos de gel plástico eran en realidad pulseras donde cada color representaba un acto sexual determinado.
"Todo esto exagera enormemente el significado de las modas en los juguetes -explicó-. El juego es importantísimo para el desarrollo infantil, pero respecto a los juguetes en particular, es difícil demostrar un efecto concreto". A Best no lo sorprenden los pacifistas que crecieron jugando con armas plásticas o las feministas que lo hicieron con Barbies. Y asegura que los fidget spinners tomaron ahora una dimensión política.
"A diferencia del Tamagochi al que había que cuidar, el fidget spinner no incita a su dueño a tomar en cuenta las necesidades o sentimientos de nadie. Por el contrario, permite y estimula el poner los propios intereses por encima del resto. A diferencia del cubo mágico, no recompensa la actividad intelectual. Más bien, incita a la abdicación del pensamiento y promueve la dispersión, en un momento histórico en el que el presidente se ha mostrado incapaz de centrarse y formular una idea coherente", escribió la periodista Rebecca Mead.
En un recorrido histórico, la autora muestra que ésta es la primera generación que convalida al fidgeting como una actividad respetable e incluso deseable. Para el verbo fidget no hay traducción exacta pero es algo así como "juguetear de manera inquieta e impaciente con algo", e implica no tener la capacidad de estarse sereno, concentrado en una sola cosa.
A pesar de esta fama, varios estudios recientes muestran que el fidgeting puede ser útil. Investigadores de la Universidad de Missouri realizaron un estudio donde comprobaron que los individuos que tienen que estar quietos en un avión, una línea de producción o un escritorio pueden tener beneficios para la circulación "sacudiendo periódicamente las piernas, golpeando el suelo con las puntas del pie o molestando a sus vecinos con movimientos pequeños y repetitivos", explicaron en el New Yorker, lo cual, muy a su pesar, "legitima la popularidad del fidget spinner".
Y aún para quienes no tienen un problema específico, puede haber beneficios. "La coordinación entre el ojo y la mano da placer y nos ayuda a pensar", dijo Katherine Isbister, directora de investigaciones del laboratorio de tecnología socioemocional de la Universidad de California. Para Isbister, la popularidad de algo básico como el fidget spinner en la era en la que tantos chicos tienen iPads o iPhones muestra la dirección en la que los dispositivos inteligentes están yendo. "El diseño en la tecnología puede traer nuevamente el placer táctil que se ha perdido", explicó
Por lo pronto, buena parte de los chicos a quienes se les pregunte si prefieren el fidget spinner a un iPhone o similar, responderán con cierta lástima hacia el interlocutor que ya hay aplicaciones para recrear el fidget spinner en la pantalla. Tienen razón: hay varias alternativas y encabezan las apps gratuitas más bajadas del verano estadounidense.
martes, 15 de noviembre de 2016
martes, 26 de julio de 2016
TECNOLOGÍA; EL VALOR DE LO ANTIGUO
Pokémon Go es furor y ejemplo de una tendencia que se consolida
No sabemos exactamente por qué. Quizá sea la pasmosa velocidad con que cambian estas tecnologías. Quizá sea que la modernidad nos ha despojado de casi todas las otras tradiciones. El hecho es que la industria digital, que tiene entre el gran público menos de medio siglo, inspira tantas nostalgias agudas y colecciones onerosas como los libros centenarios o los instrumentos construidos en el siglo XIX. Pokémon Go, estos días, no ha hecho sino reavivar una de las más representativas actitudes geek. Es decir, la de idolatrar un pasado dorado que, en rigor, está a la vuelta de la esquina. Ayer nomás.
Todos los que estamos involucrados con las altas tecnologías tenemos nuestro menú de añoranzas. El melancólico espectro incluye jueguitos de 8 bits, cuya estética se constituye hoy en una verdadera moda; mensajeros hace mucho discontinuados, como el ICQ; computadoras decenas de miles de veces más lentas y rudimentarias que un iPhone, pero que desempolvan en la memoria aquellas horas de asombro en los albores de la informática, cuando todo era demasiado nuevo.
Ejemplo irrefutable de nuestra pasión por lo que fue: uno de los videojuegos más exitosos de todos los tiempos, el Minecraft, creado por la compañía sueca Mojang y adquirida por Microsoft en septiembre de 2014, utiliza gráficos que simulan los videogames pixelados y básicos de cuando éramos muy jóvenes. Imperfectos pero más queribles que los mundos virtuales hiperrealistas de hoy (que mañana serán también motivo de nostalgia).
Cuando entrevisté a Steve Wozniak, cientos de admiradores se agolparon en La Rural con sus añosas Apple II bajo el brazo, para que el bueno de Woz se las autografiara. Los que no habían tenido la suerte (o la visión) de preservar esa pieza mítica, traían sus lustrosos iPhone y iPad. Es cierto: sabían que la rúbrica de Wozniak multiplicaría por mucho el precio de esas máquinas. Pero, doy fe, había allí más devoción que cálculo.
La nostalgia tecno se expresa de mil formas. Hay programas que emulan, en pantallas de última generación, las consolas de video juegos de Atari y Nintendo y viejas máquinas de escritorio como la Commodore 64 y la joya de aquel fabricante, la Amiga, pionera en la música, el sonido y los gráficos digitales. Es una forma de volver a los años dorados.
Tan fuerte es esta veneración del pasado tecno que algunos invierten fortunas. En octubre de 2014, por ejemplo, la casa Bonhams subastó una Apple I, la vaca sagrada de la informática, en casi un millón de dólares.
Estos días, Pokémon Go llevó el precio de los naipes de estos monstruitos, publicados en 1997, a valores estratosféricos. Una en particular, la del inefable Pikachu, ejemplar excepcional porque sólo se imprimieron 39, se ofrece ahora a 100.000 dólares. Obvio, existe un mercado de cartas de Pokémon, y precios de cinco cifras no son en absoluto inusuales.
En Buenos Aires, la Fundación Museo de Informática, Computadoras y Accesorios Tecnológicos, colecciona, cura y expone equipos históricos, de la mano de Carlos Chiodini. No es un dato menor. Tener un museo propio les ha llevado a otras industrias un siglo o más. En ésta, como todo dura un suspiro, a inspiración de las musas se hace presente en cuestión de meses.
Abundancia de guiños

Los medios de almacenamiento, tal vez porque son una metáfora de la memoria, tal vez porque en ellos la obsolescencia se expone muy rápido, están entre los objetos más codiciados. Asombran esos enormes discos extraíbles, cuyo lector superaba los dos kilos y en los que se podían almacenar 20 o 30 veces menos datos que en un diminuto pendrive.
Entre los entendidos, los guiños abundan, como en un clan. Desde los estampados en las remeras, crípticos para el lego, hasta la aparentemente inagotable memoria de Sheldon Cooper al enumerar a un oficial de policía los videojuegos que les han hurtado.

Ese delicioso fragmento de The Big Bang Theory es un retrato perfecto de la nostalgia geek. Sin hesitar, casi sin respirar, Sheldon detalla el botín: "Una TV, 2 notebooks, 4 discos externos, una PS2, una PS3, una Xbox, una Xbox 360, una Nintendo Clásica, una Super Nintendo, una Nintendo 64 y una Wii".
Y cuando Leonard explica, innecesariamente, que les gustan mucho los juegos, Sheldon hace la lista de los títulos que los ladrones han sustraído: "Halo 1, Halo 2, Halo 3, Call of Duty 1, Call of Duty 2, Call of Duty 2, Rock Band, Rock Band 2, Final Fantasy I al IX, The Legend of Zelda, The Legend of Zelda: Ocarine of Time, The Legend of Zelda: Twilight Princess, Super Mario Bros., Super Mario Galaxy, Mario & Sonic at the Olympic Winter Games y Ms. Pac-Man".
Es que sí, los videojuegos están entre los rubros más convocantes; con los años, quienes empezaron siendo fansse ocuparán de mantener vivo el legado, coleccionando, creando foros, fundando sitios web, organizando festivales. Algunos, simplemente, pierden el control.

Michael Thomasson, por ejemplo, vendió en 2014 su colección de más de 11.000 videojuegos para 40 consolas, que, por supuesto, también atesoraba. Obtuvo 750.250 dólares.
Por lo que declaró, Thomasson enfrentaba responsabilidades familiares, que casi seguramente ahora podrá saldar con holgura. Le quedará el honor de figurar en el Libro Guinness de los récords. Pero si se le pregunta a un geek de ley, dirá que esas joyas valen mucho más. O que son invaluables.
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