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sábado, 30 de septiembre de 2023

NATURALEZA


Traumática convivencia con los zorros grises en un barrio privado
Generan tensión y preocupación entre los habitantes de El Casco; suelen meterse en las casas, romper objetos personales y comer residuos o alimentos de mascotas
Guillermina LeudesdorfAlgunos vecinos de El Casco les brindan alimentación a los zorros grises que habitan ese barrio cerrado
Preocupan a los vecinos de El Casco, en Moreno; se meten en las casas, rompen objetos y comen residuos o alimentos de mascotas.
Son las siete de la tarde y los vecinos del barrio cerrado El Casco, de Moreno, en el oeste del conurbano bonaerense, se empiezan a preparar para la aparición de los nuevos visitantes que hay en la zona. Hay que meter adentro la ropa que estaba en los tenders, y no pueden quedar ni zapatillas ni ojotas tiradas en las galerías ni el pasto. En realidad, no puede quedar nada afuera. Es un hábito que los vecinos fueron incorporando y hoy es norma.
Nadie puede decir con exactitud cuándo aparecieron en la zona los zorros grises, una especie autóctona argentina. Algunos dicen que fue después de la pandemia, otros aseguran que estaban desde antes. Lo que sí es seguro es que hoy todos conviven con ellos. Hay personas a las que les resultan agradables, pero también están los vecinos que los quieren fuera del barrio
“Hace algunos años, este barrio cerrado, de pocas viviendas, ubicado a metros del centro de Moreno, comenzó a convivir con una especie silvestre muy particular, nunca vista por la zona”, recordó Juan Manuel Vega, que se desempeña como intendente de esta urbanización.
Vega contó que al principio los vecinos veían la presencia de estos “visitantes” como algo pintoresco. Pero pronto se convirtieron en un habitante más; un vecino especial: “Con el paso del tiempo, sus cualidades, costumbres e instinto los fueron convirtiendo en una molestia, llevándolos al grado de amenaza, no cuadrando en la vida tranquila del barrio, y generando una grieta”.
Tampoco saben cómo llegaron hasta allí. “Nadie puede asegurar si fueron traídos por algún vecino o simplemente se trasladaron desde otro lugar. Los primeros hicieron sus madrigueras en las casas de algún vecino que permitió que eso sucediera sin ahuyentarlos e incluso fueron alimentados por quienes sentían simpatía con su presencia. Para muchos vecinos resultaba agradable verlos deambulando libremente en el barrio”, contó Carlos Esnaola, presidente del consejo del establecimiento.
La curiosidad, desfachatez, el no respeto a los límites, ni a la propiedad privada de estos nuevos habitantes son las razones por las que muchos vecinos pasaron del amor al odio. “Adoptaron este barrio como su ámbito. Se convirtieron en los nuevos dueños, haciendo gala de su astucia”, dijo Vega
Y entre las molestias que ocasionan mencionan ropa destrozada, muebles de exterior sucios y perros y gatos en riesgo. “Están dando vueltas durante todo el día, pero de noche entran a las propiedades, ensucian, se llevan calzados y distintas cosas de las casas. Es más, nosotros hemos perdido dos pares de calzados y nunca más los encontramos”, contó Gabriela Gatti, vecina de El Casco.
“Si bien se los ve mansos, no han atacado a ningún chico, gracias a Dios, pero sí han atacado a un gato y lo han matado. Siguen siendo animales salvajes y si están tranquilos es porque hay gente que los alimenta. No estoy en desacuerdo con que los alimenten, al contrario, porque sería bastante peligroso. Son animales lindos, pero creo que están instalados acá donde no es su hábi“Con tat y quisiera que no estén porque es una molestia”, consideró Gatti.
Además, contó que cuando sus nietos pequeños van a visitarla teme que algún zorro los ataque y los lastime.
Rodrigo Nardillo, otro vecino del barrio, confesó que en un principio él les daba de comer a los zorros porque temía que de lo contrario iban a comenzar a hacer desastres. “Algunos vecinos se enojaron conmigo, no les parecía bien que les dé de comer porque pensaban que de esa forma no se iban a ir, entonces dejé de alimentarlos. Pero los zorros comenzaron a ser cada vez más, ya que tenían crías en las madrigueras que hacían, en lugares de difícil acceso”, contó a
“Una vez traje una perrita a mi casa, muy chiquita, y fue el primer día que la perra estaba dando vueltas por el parque y un zorro se la llevó. Una vecina vino a los gritos y me avisó que se habían llevado a la perra, así que salí corriendo y como a 50 metros vi un zorro que se la llevaba del hocico. No sé si pensó que era una cría o tenía otras intenciones. El asunto es que logré correrlos y rescatar a la perrita que quedó un poco lastimada, pero nada grave. Hoy le tiene un odio ancestral a esos zorros; cada vez que escucha a un zorro se enloquece”, contó Nardillo. algunos vecinos intentamos sacarlos y colocamos unas trampas. No eran trampas con el fin de lastimarlos, sino donde les metíamos comida dentro. Entonces el zorro entraba y quedaba atrapado”, detalló Nardillo.
De esta manera lograron capturar algunos ejemplares y trasladarlos al parque municipal Los Robles, también ubicado en Moreno. “La intención es que ellos estén bien, no es que uno no los quiera vivos, al contrario, pero creo que ellos estarían mejor en el parque”, expresó Gatti, que aseguró haberse puesto en campaña para capturar a más zorros y liberarlos en el parque municipal.
No obstante, esta no fue la primera idea que tuvieron en la urbanización privada para localizar a estos animales. Esnaola contó que, antes de la pandemia, el barrio fue asesorado por diferentes organismos que los instruyeron y les proporcionaron los medios para la captura y posterior liberación de los animales en predios abiertos naturales tales como la Presa Roggero y la reserva municipal Los Robles.
“Es necesario poder garantizar la trazabilidad de este proceso para no estar en infracción con leyes de protección animal. Tuvimos éxito relativo, dado que pocos fueron reubicados. Con la pandemia, nuevamente se reprodujeron y llevaron a una situación de población exagerada en el predio, sumándole a que los organismos que podían contribuir con el proceso de reubicación, desaparecieron o dejaron de funcionar normalmente. Otros que están dispuestos a contribuir en la relocalización no certifican que lleguen sanos y salvos al lugar de destino”, detalló Esnaola.
“Claramente seguirán en el predio mientras no logremos la conjunción de vecinos dispuestos a colaborar tanto con la captura como dejando de darles cobijo en sus casas y algún organismo que disponga de los medios para garantizar su reubicación en lugares seguros”, lamentó Esnaola.
Por su parte, Vega, el intendente de Los Cascos, reflexionó: “Esta problemática es otra muestra de apropiación de un territorio natural por una especie dominante, convirtiéndolo en urbano e impidiendo a otra especie compartirlo, queriendo ejercer acciones sobre ella de manera irracional cuando se cansa de su presencia”.
Los vecinos de ese barrio no saben cómo llegaron esos animales a la zona
Coexistencia
“Son zorros grises, una especie autóctona de la Argentina. En el continente, se distribuye desde Norteamérica hasta Tierra del Fuego. Y acá están en todo el país. Están en zonas pampeanas, y suelen vivir en estados silvestres. Ahora también se adaptaron a estar en áreas rurales y semirrurales, semiurbanas y se ven habitualmente en barrios cerrados”, explicó Fernando Pedrosa, médico veterinario, especialista en animales exóticos.
“Es una especie que se utilizaba y cazaba para peletería hace unas décadas atrás, con lo cual habían disminuido las poblaciones [de ejemplares]. Hoy se recuperaron bastante bien, y la verdad es que tienen un buen nivel de reproducción. Se reproducen en primavera
Algunos ejemplares fueron reubicados en una reserva cercana a esa urbanización
y verano, tienen cinco o seis crías, y se encuentran en ambientes donde pueden establecerse y tener alimento”, detalló.
Y agregó: “Son animales que se alimentan de cualquier cosa. De hecho comen roedores, insectos, frutas, verduras, plantas, un poco de todo. Es muy parecido al perro en aspecto físico y también en cuanto a su alimentación”.
“Es un problema que estamos viendo en algunos barrios cerrados, pero que en realidad es más del hombre que de los animales, porque ellos conviven perfectamente con nosotros. He estado en barrios cerrados donde hay un montón de zorros, y donde hasta los perros juegan con ellos y les dan de comer. Me pasó incluso en Pinamar y en San Luis, donde la gente está acostumbrada y aprende a convivir. Pasa mucho que estamos en barrios cerrados de acá del conurbano de Buenos Aires, donde la gente se va a vivir y no tiene la conciencia de que estos animales también están con nosotros. No suelen atacar a los perros. De hecho pueden llegar a tenerles miedo y salir corriendo si ven a uno”, dijo el especialista.
Frontera fragilizada
Cristian Gillet, responsable de Rehabilitación de Fauna de la Fundación Temaikèn, argumentó: “Los zorros son animales oportunistas y son parte de la fauna argentina, de la provincia de Buenos Aires. No aparecen ahora, sino que ellos vivieron en este lugar y con nosotros desde hace muchísimo tiempo, en las zonas rurales o en las zonas periurbanas. A medida que la ciudad de Buenos Aires se sigue expandiendo, sigue creciendo su frontera hacia zonas que antiguamente eran más descampadas, ocurre que existen más instancias en donde las personas que vivimos acá estamos en contacto o nos encontramos coexistiendo con la fauna silvestre”
“Los zorros no representan ningún peligro para los humanos, siempre y cuando las personas que viven cerquita de ellos también aprendan diferentes comportamientos o actitudes que les van a permitir coexistir, como no dejar tachos de basura abiertos o comida a disposición de las mascotas, porque al ser un animal oportunista va a aprovechar esa situación. No son animales que van a agredir a las personas de por sí, no son de atacar, sino que siempre hay que evitar acercarse porque cuando un animal se siente acorralado puede estar en una situación defensiva y sin querer lastimar a una persona o a una mascota”, detalló.
“Es muy importante controlar sobre todo a los perros para evitar alguna interacción no deseada con los zorros. Ellos son parte de la fauna autóctona. No son una plaga, son parte de la naturaleza, que cada vez más, por suerte, las personas buscan conectarse y se preocupan por el bienestar animal y de que gocen de buena salud. Entonces justamente aprender a coexistir es parte del desafío que las personas tenemos en el momento de mudarnos a zonas más periurbanas o nuevos loteos o barrios en donde hay más contacto con la naturaleza por fuera de la ciudad”, concluyó Gillet.

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domingo, 15 de enero de 2023

NATURALEZA


La Bristol, invadida por algas y huevos marinos
El fenómeno, que es usual en la zona, se llama “arribazones”; se produce cuando las corrientes acumulan flora y otros elementos de la vida marina en la costa
Darío PalavecinoUna playa tapizada por algas y huevos, la postal que sorprendió a los turistas
MAR DEL PLATA.– Sorpresa y un poco de repulsión. Eso sintieron ayer los turistas que se acercaron a las playas del centro de la ciudad, sobre todo a la Bristol, al ver que la costa estaba tapizada de algas y de huevos de una especie de caracol. Según los especialistas, se trata de un fenómeno conocido como “arribazones”, que se produce cuando las corrientes acumulan flora y otros elementos de la vida marina en la orilla.
MAR DEL PLATA.–“¡Mirá, mamá! ¡Pelotas con bichitos!”, dice un chico, y toma una con la mano, mientras patea otras. Explotan, en particular cuando se las pisa, porque es imposible caminar por ese sector de arena sin acertarle a alguna con la suela de las ojotas.
Es que el sector céntrico de playas marplatenses amaneció ayer casi tapizado en la orilla de restos de algas y, algo bastante frecuente, huevos de especies marinas que son arrastrados por la corriente.
El fenómeno ya se dio durante los últimos días del año pasado en la zona de Pinamar y en los balnearios inmediatos hacia el sur. Esta vez le tocó a Mar del Plata, con esta presencia que sorprende a turistas que llegaron temprano a las playas. También los incomoda porque se convierten casi en una barrera natural en camino al mar.
La jornada gris contribuyó a que no hubiera mucha gente en la playa. Bastante menos en esta en particular, inmediata a la rambla Bristol, donde al advertir el escenario los turistas optaron en buena medida por buscar sectores cercanos con menor presencia de estos derivados del mar.
La explicación de esta postal la aportan desde Playa Grande, donde está la sede del Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero (Inidep), lugar en el que se sigue la evolución de las distintas especies de flora y fauna que habitan el mar.
Laura Schejter, integrante del Programa de Ecología Pesquera del organismo, explica que se trata de “arribazones”, fenómeno que ,de la mano de la dinámica de las corrientes marinas, produce acumulación de algas y otros elementos de la vida marina en las playas. “No sabemos por qué, pero en estos tiempos se ha dado con más frecuencia y en más lugares de la zona”, dijo
Los huevos u ovicápsulas, a los que a trasluz se les ve algún habitante vivo o no tanto, corresponderían a una especie de caracol muy presente en estas costas y las de Uruguay. Su nombre científico es Pachycymbiola Brasiliana, que una vez desarrollado logra conchas de color oscuro.
“Pueden aparecer en grandes cantidades en las costas, junto a otros organismos como algas o hidrozoos”, cita la especialista, y asocia esta aparición con el desarrollo previo de vientos intensos, mareas importantes o cambios en las corrientes. Lo suficientemente fuertes como para arrancar esa vegetación marina que –a diferencia de los huevos de caracol– está arraigada al lecho marino.
Visitantes
En esas cápsulas pueden desarrollarse hasta 30 embriones de volutas que, alcanzado el período correspondiente, rompen la protección y se incorporan al medio marino. “Tienen sobrevida si la corriente los regresa pronto al mar”, cuenta la experta. Y hasta arriesga: “Si llevamos algunos a una pecera, es probable que eclosionen”.
Gabriel Genzano, docente del Departamento de Ciencias Marinas de la Universidad Nacional de Mar del Plata, es especialista en hidrozoos. “Tienen aspecto similar al de una planta, los pescadores lo llaman pasto marino y están emparentados con las anémonas de mar y las medusas”, detalla.
En este caso, con este y otros episodios previos que se dieron sobre el mismo frente de costas, señala que se trata de restos de la colonia de hidrozoos Amphisbetia operculata. Agrega que es frecuente que después de un temporal o sudestada se desprendan y sean arrastradas por el mar hacia la costa.
Ninguna de estas especies, incluidas las algas o hidrozoos, amerita algún riesgo para quienes concurren a la playa. A lo sumo su permanencia, si es que el mar no los arrastra aguas adentro cuando se producen las crecientes, pueden generar olores derivados de su proceso natural de descomposición. “Puede perdurar varios días”, advierte Genzano.
“Mmmhhh… cuando salió un poquito el sol ya se empezó a sentir”, comenta una mujer, y carga la sombrilla y los bolsos para reposicionarse un poquito más lejos de estos restos, que son muchos en ese sector de costa, a la altura del edificio del casino central. Los más chicos, en cambio, corretean entre esa literal alfombra amarillenta sobre la que los huevos de caracol quedan atrapados.
Frente a estas situaciones, lo que queda es que las olas hagan lo suyo, y en la próxima pleamar limpien el sector. o si las ovicápsulas y las algas sobreviven hasta hoy se pueda hacer una limpieza manual o con máquinas a primera hora, antes de que lleguen los bañistas.
“Nosotros limpiamos lo que podemos, a mano, y esperamos que la empresa a cargo de limpieza pueda retirar todo lo que se pueda”, señala Alejandro, uno de los guardavidas de la zona que tiene varias de estas situaciones por cada temporada de verano. Advierte que más olor habrá si explotan las ovicápsulas, por lo que les advierten a los niños y no tanto que se divierten aplastando una tras otra.

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sábado, 29 de octubre de 2022

NATURALEZA




Un tortugo que pasó 38 años en cautiverio inicia el camino hacia la libertad
Jorge, que se calcula de 60 años, fue trasladado de Mendoza a Mar del Plata; en el largo plazo, regresaría al mar
Darío PalavecinoJorge disfrutará de un estanque más amplio
MAR DEL PLATA.– Casi un océano, todo para él solo, le significa al tortugo Jorge ese piletón con 120.000 litros de agua de mar natural al lado del estanque de tamaño casi diez veces menor en el que vivió –hasta ayer a la madrugada– casi cuatro décadas en cautiverio. No será la libertad literal, pero quizá sí el primer avance firme hacia un reencuentro con el hábitat que abandonó en 1984, cuando lo rescataron débil y desorientado en las costas próximas a Bahía Blanca.
Toda una aventura esta nueva etapa en la vida de un animal que pesa algo más de 90 kilos, que se estima que tiene unos 60 años y que acaba de cerrar su larga permanencia en el acuario municipal de Mendoza para iniciar otra historia, ahora en el Centro de Rehabilitación del Aquarium Mar del Plata.
Cuatro horas en avión viajó Jorge, asistido por dos veterinarios, cómodo sobre una goma espuma mojada que lo mantuvo seguro ante movimientos bruscos y húmedo, como requiere su organismo hasta reencontrarse con el agua.
“Hace un año que estamos trabajando en este proyecto y requirió que, poco a poco, en Mendoza le empezáramos a subir la salinidad para ver cómo respondía”, explicó  el director científico de Aquarium Mar del Plata, Alejandro Saubidet, y celebró que el tortugo respondió muy bien al chapuzón inicial que compartió con dos profesionales del lugar, encargados de seguir de cerca sus reacciones.
El gobierno de Mendoza y una entidad bancaria se hicieron cargo del avión en el que lo trasladaron a Mar del Plata. Todo salió en tiempo y forma, según coincidieron expertos de ambos acuarios que compartieron el recorrido de Cuyo a la costa.
Que Jorge haya tenido que abandonar Mendoza tiene que ver con la reconversión del acuario de esa ciudad, que modificó su perfil para conformarse ahora como un Centro para la Conservación de la Biodiversidad.
El secretario de Ambiente y Desarrollo Sostenible de esa provincia, Sebastián Fermani, aclaró que más allá del traslado ordenado queda en Mendoza la tutela legal del animal. “No nos desentendemos en ningún momento de Jorge”, aclaró antes de que el tortugo emprendiera el viaje.
Al llegar al Aquarium de Mar del Plata lo pesaron y le realizaron extracciones de sangre para análisis clínicos para chequear una vez más su estado de salud y tomarlo como punto de partida de cómo reaccionará al nuevo espacio que le prepararon, más que generoso si se tiene en cuenta el reducido estanque en el que vivió 38 años.
“Aquí, como allá, estará en esta primera etapa a un metro y medio de profundidad, pero con muchísimo más lugar para que se mueva”, explicó Saubidet. La expectativa es que en la medida que responda de manera positiva lo llevarán hasta casi tres metros, etapa en la que quizás probarán si pueden empezar a intentar cazar y así alimentarse por sus medios, paso indispensable si hay en su futuro una oportunidad de regresar a aguas abiertas.
Antes de llegar también afrontó un cambio de dieta. En Mendoza, su menú eran carnes varias y aquí, como al resto de la fauna que integra el acuario y los shows, no hay otra opción que pescado.
Para el verano, en la medida en que mejoren las temperaturas, el predio en el que recaló dispone de una laguna artificial, también con agua marina, en el que Jorge podría afrontar una nueva prueba y acercarse un poco más a su original vida en el mar.
Una de las condiciones que se fijó en el acuerdo firmado entre las partes es que esta flamante incorporación al centro de rehabilitación marplatense no sea parte de los animales expuestos a las visitas del público. Así lo habían reclamado organizaciones ecologistas que no querían que el cambio de destino signifique que pase de un acuario a otro.
Aquí, según consultas realizadas creen que las condiciones estarían dadas como para que la nueva vida del tortugo Jorge pueda, en un futuro no muy lejano, quedar a la vista del público en general.

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viernes, 27 de octubre de 2017

NATURALEZA Y SALUD...TEMA DE ANÁLISIS


Si te pido que pienses en animales asesinos, es muy posible que vengan a tu memoria tiburones, cocodrilos o leones. Pero, como suele sucedernos, somos bastante malos identificando riesgos reales de fantasías. A pesar del efecto sobre nuestra conciencia colectiva del célebre film de Spielberg, los tiburones sólo matan en promedio a seis personas al año. El rey de la selva, por su parte, es responsable por poco más de veinte. Con mil muertes anuales, el cocodrilo supera por bastante a los otros.



Todos estos salvajes predadores empalidecen frente a las 35.000 muertes anuales causadas por un animal mucho más temible: el perro. Pero incluso éste está muy lejos del animal más asesino que existe en nuestro planeta, causante de veinte veces más muertes que los demás sumados. ¿Te diste cuenta ya de qué peligrosísima criatura estamos hablando? Con 750.000 víctimas por año, el trono le corresponde. al mosquito. Portador de enfermedades como el dengue, la fiebre amarilla y la malaria, ni siquiera los seres humanos matan tantas personas como él.
Se encuentran referencias a la lucha contra ellos ya en el Antiguo Egipto y en el Imperio Romano. A lo largo de la historia, hemos intentado combatirlos con repelentes, venenos y otros métodos: después de que los mosquitos mataran decenas de miles de franceses durante la primera etapa de la construcción del Canal de Panamá, los estadounidenses retomaron la tarea secando los pantanos para bloquear la reproducción de los insectos.

Erradicar la malaria y las demás enfermedades que estos transmiten requeriría de millones de redes protectoras, el desarrollo de vacunas y la difusión de insecticidas, por un costo de cientos de miles de millones de dólares. Pese a los intentos realizados hasta ahora por instituciones como la Fundación Gates, las víctimas se siguen acumulando, especialmente en los países más pobres. Pero nuestros métodos se están sofisticando y, por primera vez, tenemos la chance concreta de reducir drásticamente el impacto de estos inesperados asesinos.
Por un lado, una empresa creada por Google acaba de presentar un robot capaz de criar y liberar controladamente un millón de mosquitos a la semana. Pero hay una trampa: los insectos son machos y están infectados con una bacteria que los deja estériles. Las hembras se aparean con ellos, pero los huevos que resultan no se desarrollan, reduciendo la población en la siguiente generación. La máquina está actualmente siendo probada liberando a los insectos en California.



Por otro, quizá la mayor oportunidad resida en la manipulación genética directa utilizando el método conocido como CRISPR-Cas9, el sistema de edición de ADN que permite quitar fragmentos y reemplazarlos por otros en el genoma de seres vivientes. Operando directo sobre el código genético, es hoy posible crear mosquitos transgénicos que resultan resistentes a las bacterias que causan las enfermedades que transmiten. De este modo, el insecto mutante no puede infectarse con malaria o dengue y por ende deja de esparcir estas enfermedades.
¿Cuál sería el impacto sobre los ecosistemas si, expandiendo la esterilidad, forzáramos la extinción de los mosquitos? 

¿Qué pasaría si alguno de estos genes manipulados presenta efectos inesperados o se expande a otras especies? Como siempre sucede con las tecnologías más poderosas, la creciente capacidad que tenemos hoy de manipular la genética e incidir sobre nuestro entorno conlleva una enorme promesa y una igualmente grande responsabilidad.

S. B.

viernes, 13 de octubre de 2017

TECNOLOGÍA; LAS APPS Y LA NATURALEZA


Cinco apps notables para amigarte con la naturaleza
¿Qué tienen en común los smartphones y el campo abierto? Que se complementan a la perfección
¿Quién no sueña con mudarse al campo, lejos del asfalto y el ruido urbano? ¡Toda esa paz, ese sosiego, quién pudiera!
No tan rápido. Tráiganme a uno que declare "Ni loco, prefiero la ciudad, porque uno sólo puede amar lo que conoce", y les diré: "He ahí un hombre sabio". O, cuando menos, prudente.
Como he contado otras veces, me crié en el campo. Si hay algo que no diría de la naturaleza es que es pacífica, sosegada o de alguna otra manera menos brutal que una ciudad. Lo es de otro modo, cierto, pero el mito bucólico dura un fin de semana largo, máximo. Por eso, una cosa es pasar unos días en una casa de campo y otra muy diferente mudarse allí.
Diré dos cosas acerca de la naturaleza, y las diré muy en serio. La primera es que puede matarte o salvarte la vida; depende de cuánto la conozcas. La segunda, que nunca le vas a ganar. En su inconmensurable vanidad, la civilización humana cree que puede conquistar la naturaleza. Puede destruir su propio ecosistema e incluso tiene la capacidad de arrasar con el planeta entero, transformándolo en algo parecido a Marte o, si todo sale monstruosamente mal, a Venus. Pero la naturaleza es mucho más grande que nuestro mundo. Podemos destruir un planeta. Vaya logro.
De corazón, y con muchos años de experiencia, es mejor amigarse con la naturaleza, conocerla, entenderla, prestarle atención. La Tierra nos lleva 4600 millones de años de ventaja. Sabe lo que hace.
Alguien me preguntaba hace poco cómo había hecho para no tener hormigas negras en mi jardín. "No lo sé -le respondí-, pero estoy seguro de que esas dos montañitas tienen mucho que ver." Fuimos a verlas, raspé un poco el costado y una avalancha de hormigas rojas salió a reparar el daño. "No estoy completamente seguro, pero tengo entendido que las hormigas de diferentes especies compiten entre sí. Nunca erradiqué las hormigas rojas, y mis jardines siempre estuvieron libres de las negras, excepto alguna que otra de paso."
Mis declaraciones causaron una mezcla de escándalo y estupor en mi interlocutor. Quiso saber si pensaba dejar allí esos dos enojosos hormigueros. Le dije que esos bichitos no sólo no hacían mal a nadie, sino que eran beneficiosos. Tal afirmación le sonó a locura completa. "Sin hormigas todo esto sería un basural, son grandes recicladoras del mundo -le expliqué-, y los hormigueros airean la tierra."
Pero siguió mirándome con la expresión de "¿Qué clase de loco admite hormigueros en su jardín", y las palabras "fumigar" e "insecticidas" sobrevolaron todo el tiempo la conversación. Creo que no se atrevió a pronunciarlas.
No, no uso venenos en mi jardín. "¿Contra las babosas tampoco?", me lanzó una amiga en una ocasión. "Tampoco -respondí-. Uso cáscara de huevo picada. Probalo." Hasta ahora no me ha mandado un WhatsApp notificándome de que no funcionó.
Hablaba con una colega aquí en el diario hace unos días sobre plantas venenosas. Se asombró al saber que las azaleas son tóxicas. Uno, que es grande, no anda masticando plantas. Pero niños y mascotas tienden a hacer estas y otras cosas. Hace muchos años, uno de mis perros pasó por una situación muy fea a causa de unas azaleas que, por ignorancia, había dejado en el piso. Aprendí la lección.
Todos amamos los árboles, pero no todos los árboles son iguales. Una anécdota servirá de ejemplo. Durante la instrucción del servicio militar, nuestro comedor estaba debajo de añosos eucaliptos. Veo algunas caras de horror por ahí. Exacto. Esos hermosos y benéficos árboles tienden a quebrarse. Un día, pocos segundos después de levantarnos de almorzar, una rama de varios cientos de kilos cayó con estruendo sobre las improvisadas mesas, destruyéndolas por completo. Unos instantes antes habría dejado al menos un par de muertos.
Algunos árboles, como los paraísos y los álamos, invaden silenciosamente, mediante sus muy agresivas raíces. Otros, como los ailantos, lo hacen mediante sus semillas. Donde crezca uno, pronto habrá docenas. Además, los ailantos (árboles del cielo o zumaques) son a prueba de casi todo y crecen muy rápido. Recuerdo haber visto, hace unos años, un retoño emergiendo triunfal de una grieta en la pequeña plazoleta de Finochietto y Montes de Oca, en el barrio de Constitución. Le guiñé un ojo y le dije: "¿Te vas a quedar con la plazoleta, no?" Así fue. En 2016 se había convertido en un árbol hecho y derecho. Una cosa más: la flor del ailanto hembra no perfuma de forma precisamente agradable.
Los ginkgos son de lo más hermoso que existe, y es grande la tentación de plantar uno para verlo muy pronto convertido en esa visión extática, sobre todo en otoño. Es más, son muy resistentes a la contaminación; técnicamente extinguidos, han encontrado su lugar en las ciudades, gracias a esta resistencia. Pero hay dos problemas. El primero, que crecen con una lentitud exasperante. Pueden tardar 30 años en alcanzar los 10 metros. El segundo, que sus frutos producen un olor muy desagradable; y es imposible saber de antemano si estamos plantando un ejemplar macho o hembra. La buena noticia, en todo caso, es que tardarán muchos años en fructificar. Si mi memoria no falla, en la Plaza de la Misericordia, en la Avenida Directorio, hay dos ginkgos adultos. En otoño el suelo se llena de sus frutos.
Es cuestión de observar. Si miran en cualquier ciudad, notarán que las especies de árboles son un puñado. Fresnos, tilos, tipas, falsos plátanos, paraísos y media docena más. No es austeridad. Son las especies que soportan la contaminación y las condiciones de luz urbanas, y que no constituyen un peligro. No siempre han acertado los paisajistas. Las viejas y altas tipas aplastan varios autos con cada tormenta fuerte en Buenos Aires, y al menos un paraíso se ha metido dentro de una casa.
Hablemos de aves. En las grandes ciudades nos conformamos con gorriones, palomas, algún zorzal y los recién llegados escuadrones de loros, parlanchines y presurosos. Benteveos, también, en los barrios más tranquilos.
En plena naturaleza las cosas son bastante diferentes. En marzo o abril, se había perdido la gatita de una vecina. Pequeñita, pero de espíritu aventurero, hacía un par de días que no se sabía nada de ella. Los primeros sospechosos fueron, obviamente, los caranchos. Es que un Caracara (tal su nombre científico) es impresionante. Pueden medir hasta 60 centímetros y su pico enorme inspira, con razón, la idea de que estas aves podrían fácilmente aniquilar animales pequeños.
Claro que podrían, pero tranquilicé a mi vecina. Los caranchos son carroñeros y oportunistas (de allí la triste asociación con los abogados inescrupulosos). Llegado el caso, van a cazar, pero sólo si la presa está malherida o es muy pequeña. "Cuánto pesa tu gata", le pregunté. Me dijo que unos 3 kilos. En ese caso, le garanticé, los caranchos no tenían nada que ver. Esa misma noche apareció la aventurera, sana y salva.
Una tarde caminaba con una amiga por su estancia en San Luis. Cortamos camino por unos yuyales en flor que llamaron mi atención. Los conocía de algún lado, pero no pude ubicar el cajoncito en mi memoria donde tenía ese dato. Así que le pregunté:
-Alicia, ¿qué es esta planta?
-Cicuta -me respondió, y retiré la mano que había estirado para arrancar una ramita y olerla.
Sí, la naturaleza puede matarte o salvarte la vida. En medio del bucólico ambiente rural el conocimiento realmente es poder. Diría que mucho más que en otros contextos.
Las nubes dicen cosas. El viento dice cosas. Cada palmo de terreno contiene terabytes de datos. Entender la naturaleza, conocer sus mensajes, sus costumbres y las interminables interrelaciones entre las especies enseña a adaptarse y encontrar, ahora sí, esa paz que unos busca en el campo. De otro modo vivís estresado. Pero poco importa si uno habita en una megalópolis como Buenos Aires. La naturaleza está en todas partes, todo el tiempo. Mejor tenerla de nuestro lado.
Aves
¿Y la tecnología? Ya llega. En una reunión que tuve hace poco me hicieron saber que existía una app para Android y iOS llamada Aves Argentinas. Se trata de una guía de campo extraordinaria que permite identificar especies de una forma rápida y sencilla. Hay 365 aves típicas de nuestro país y, por supuesto, además de fotos e información, se incluyen los cantos de cada especie, algo fundamental. Obra de la organización Aves Argentinas (que es miembro de Bird Life), la guía es una verdadera joya de las aplicaciones móviles. Si tenés chicos, es indispensable. Principalmente, porque es a esa edad en la que con mayor facilidad se incorpora el amor y el respeto por la naturaleza. Es gratis y sin avisos.
Aves Argentinas.


Árboles y plantas

Otra app excepcional es Pl@ntNet (aparece también como PlantNet), disponible para Android y iOS, sin avisos y sin cargo. Creada por la organización homónima, su función es ayudar a identificar plantas de todo tipo. ¿Cómo? Mediante la cámara. Es un proyecto colaborativo, de modo que además es posible compartir las observaciones propias. Una maravilla.
PlantNet.


Arbolapp se limita al territorio español (de hecho, está financiada por la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología), pero puede ayudar a identificar y saber más sobre algunos de los árboles más comunes. Pero no encontrarán, por ejemplo, araucarias. Gratis y sin avisos, está para iOS y Android, y contiene información sobre 122 especies. Por mucho que busqué, no di con una guía con más especies (aunque Pl@ntNet hace un muy buen trabajo en el rubro árboles) o dedicada a nuestra región. Si saben de algo, oigo sugerencias. Si no, Wikipedia.


Arbolapp.

Bichos varios y todas las nubes

Por último, los insectos. Ay, los insectos. Son los que peor prensa tienen y los que con mayor frecuencia son exterminados innecesariamente. Pero se entiende. Son la clase biológica más ajena de todas con las que convivimos. No obstante, dependemos de ellos del mismo modo que dependemos de peces y batracios, de olmos y cipreses, incluso de parásitos invisibles que mantienen a raya a bichos realmente peligrosos.

Una buena guía sobre bichos (en inglés) es Key to Insect Orders, gratis y sin avisos para iOS y Android. Utiliza un método de descarte muy simple para identificarlos y, algo fundamental, cada orden está acompañado de un subtítulo sobre la importancia de cada grupo. 


Esto es clave, porque tendemos a creer que todos los bichos son una molestia, cuando en realidad cumplen funciones esenciales para cada ecosistema. Otros, desde luego, son odiosos y dañinos, como las cucarachas y las moscas. Pero, al revés de lo que imaginamos, en la película de la vida los villanos son sólo una minoría.
Key to Insect Orders.



Y la app del estribo

Cloud Spotting, de David Hughes. Es una simple pero eficiente guía de nubes. Gratis, sin avisos y sólo para Android. Está en inglés, pero esto no es un obstáculo porque la mayoría de los nombres de nubes se toman del latín.


A. T.

martes, 10 de octubre de 2017

LA NATURALEZA SIEMPRE NOS SORPRENDE

Parecen cisnes. Les dicen cisnes. Pero en realidad se llaman coscorobas y, al revés que sus lejanos primos de abolengo irrefutable, estas aves acuáticas son únicas en su tipo. Endémicas en el Cono Sur, su persistencia las ha llevado a colonizar incluso las Islas Malvinas.
Una teoría sostiene que las coscorobas se desprendieron hace eras del antepasado de los gansos y los cisnes. Un estudio genético las emparenta con el ganso ceniciento, que habita en el sur de Australia. En todo caso, ahí van, tan pacíficas y numerosas que nadie adivinaría que tiene a la vista un enigma de la evolución.
Parecen castores y les dicen nutrias. Pero no son ni lo uno ni lo otro. Se llaman coipos, y son allegados a las chinchillas, los capibaras y los agutíes. Es lo de menos. Los coipos se destacan por otro motivo. Herbívoros y tranquilos, si se sienten amenazados pueden ser temibles. Sus incisivos, potentes y de un naranja vivo, infligen heridas muy graves. Doy fe.


Las habrán visto en el Delta, al atardecer, entre enero y febrero, volando con un aleteo raro y demasiado silencioso. A veces innumerables, parece como si tejieran asechanzas. Son las infaustas Hylesia nigricans, unas polillas cuyo abdomen está cubierta de pelos urticantes que pueden causar una dermatitis extendida o un serio caso de asma. Inspiran cierta fascinación escalofriante, y uno no puede dejar de pensar que si en el averno existen floridos parterres, estas mariposas negras son las únicas que le sentarán bien.
Ave nacional de Uruguay y omnipresentes en nuestras llanuras, el tero exhibe una virtud tan admirable como escasa: el coraje. Todo el mundo sabe que defienden con chillidos y vuelos rasantes sus nidos. Pero su valentía no termina allí. En la época de cría, desde mi balcón, los he visto resistir por horas el embate de chimangos y otros rapaces. Las batallas son admirables, porque ocurren en el aire, con maniobras imposibles y tenaces. Trabajan en equipo y su única arma son los espolones rojos debajo de las alas. Eso, y su bravura.
Miren esta plantita. Pero, por favor, no la toquen. Es parienta del tomate y su pequeño fruto rojo es comestible. Su cordialidad termina allí, sin embargo. Conocida como "espina roja" o "revienta caballos", está cubierta de púas. Por completo cubierta de púas. Robusta, casi imposible de erradicar, ha tenido aplicaciones medicinales y agrícolas. Pero, ¡ay!, nunca la toquen, porque al revés que otras plantas pinchudas, este tomatito feroz suelta la espina cuando la clava, y ahí va a quedarse por semanas, si no se la extrae.


Hace mucho tiempo nos divorciamos de la naturaleza, pero sigue siendo un milagro, y basta observarla para volver a descubrir, de a poco, su trama secreta. La vida es una obra de complejidad inconcebible, una relojería planetaria que arrancó hace 35 millones de siglos y en la que cada pieza, no importa su humildad, cumple una función. Por eso, si una falta, muchas otras fallan en cascada. A veces parece un antojo ecologista el proteger, por ejemplo, la flora nativa. Pero no hay capricho. Ni dogma. Ni principismo hueco. Si esas especies se ausentan también se irán muchos pájaros que vivían en ellas. Y muchos insectos. Si esos insectos se van, sus depredadores se marcharán. Entonces llegarán otros seres vivos que no encontrarán resistencia e infestarán el ecosistema.
Con el paso de los milenios, el equilibrio volvería a restablecerse. Pero me temo que nadie tiene tanto tiempo. Salvo la naturaleza.
Tendemos a pensar que algunos seres vivos están de más, porque son nocivos. Es verdad, desde nuestro punto de vista. Pero para la vida en este planeta (y eso nos incluye), nada es superfluo. Ni el mosquito, que es el mayor asesino de la historia, ni los simpáticos pandas. Ni los grillos, que atacan tu huerta, ni las arañas lobo de pastizal, que se los almuerzan. No hay fronteras en esta nación verde y azul llamada Tierra. No importa si vive en tu jardín o puebla un continente. Para la naturaleza, todos los seres vivos son fantásticos.

A. T.

viernes, 1 de septiembre de 2017

HABÍA UNA VEZ....LA NATURALEZA



Era una ramita escuálida y frágil que se aferraba débilmente a la pared de los fondos. Su tres o cuatro hojitas prometían poco, y mi madre, al verme llegar de visita, la señaló y me dijo:
-La planté hace dos semanas. No crece. Está cada vez peor. Fijate, vos que sabés de plantas.
Entrecerré los ojos, miré a lo lejos y observé:


-Es una enamorada del muro.
-Sí, como la que tiene la vecina. Le cubre toda una pared. Y mirá. Ésa debe estar enferma.
-No, no está enferma.
-¿Y qué le pasa, entonces?
-El sol, mamá. Está al sol.
La trasplanté ese mismo día a un lugar sombrío. Casi podía oír a la ramita darme las gracias, agobiada.
Poco después recibí una llamada. Era mi madre.
-A tu plantita parece que le gustó el lugar donde la pusiste. Deberías venir a verla.
El tono no auguraba nada bueno. Así que fui. La mustia ramita estiraba ahora sus brazos ansiosos por el viejo muro del patio, abrazándolo.
-A ese ritmo -estimó mi madre-, va a cubrir toda la pared en un año.
-¿No era lo que querías?
-Sí. Pero algo no está bien.
Tenía razón, como suelen tenerla las madres. Alguna demasiado auspiciosa combinación de suelo, humedad y luz había transformado la ramita en una verdadera hidra. Con los años, cubrió toda la pared y siguió por el cielorraso de la galería, trepó a la terraza, arropó la medianera, y supe que había problemas cuando el vecino se quejó de que se le había metido en el cuartito de la terraza. Su terraza. Para cuando decidieron erradicarla, su tronco era grueso como el cuello de un luchador romano. Me dio pena. Pero no sería la última vez que me metería en dificultades a causa de las enredaderas.
Unos años después, planté allí una pasionaria. Había comprado la casa y tenía todo el patio para experimentar. El mburucuyá no igualaría al jazmín en frondosidad ni a la enamorada del muro en pujanza, pero tenía una carta guardada; una que nunca antes había visto. Esa primavera, el patio se llenó de unos abejorros gordos y temibles. Uno de mis perros tenía por costumbre cazarlos y con frecuencia regresaba de sus menudas batallas con el hocico inflamado. En los días de más calor había tantos que casi no se podía salir.
Decidí sacarla, muy a mi pesar. O eso creí, al menos. Pasaron el verano, el otoño y el invierno. La primavera siguiente noté unas plantitas raras creciendo por todos lados. Las dejé prosperar, más que nada por curiosidad. Eran pasionarias.


Pensé que era cosa de una primavera. Pero durante muchos años los retoños siguieron asomando, tenaces, en grietas, canteros y rejillas olvidadas. Me mudé a 50 kilómetros hace poco. La primavera pasada una pequeña y porfiada pasionaria germinó en una maceta. ¡Hola!
No escarmenté, sin embargo. En algún viaje me regalaron una enredadera que, en un clima más frío, se comportaba con cierta civilidad. El esqueje no parecía amenazante y tampoco el nombre con el que la mencionaban: dama de noche.


Esta dama también se dejó seducir por cualquier cosa que haya habido en ese patio. Creció como si no hubiera un mañana y se transformó en una techumbre verde y densa. En la primavera aparecieron decenas de flores con forma de campana, blancas e inmensas, que se abrían al atardecer y exhalaban un perfume arrebatador.


Recuerdo una escena espectral durante una noche de luna llena. Había ido a buscar un vaso de agua a la cocina. Las luces de la casa estaban apagadas. Por costumbre o porque me encantaba la visión, miré el patio iluminado por la luz pálida y como de nácar. Pero ahora la luna se transfiguraba al atravesar la marea verde y convertía el jardín en una planicie extraterrestre y alucinante. Abrí la puerta y salí. Las flores enormes llameaban en lo alto y el perfume era tan intenso que nublaba la mente. Quién me manda, rezongué. Y esa noche ya no pude volver a dormir.
A. T.

martes, 17 de enero de 2017

NO LO DUDES ¡¡¡PRESENTATE !!!


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