Mostrando las entradas con la etiqueta PABLO MENDELEVICH Y SU ANÁLISIS. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta PABLO MENDELEVICH Y SU ANÁLISIS. Mostrar todas las entradas

lunes, 21 de septiembre de 2020

PABLO MENDELEVICH Y SU ANÁLISIS, MITOS ARGENTINOS


La idea de que la calle fue siempre peronista, otro mito argentino

Pablo Mendelevich
Manifestaciones peronistas  Alfredo Sabat
La idea de que la calle siempre fue peronista tal vez forme parte de los mitos políticos argentinos. Los recientes "banderazos" opositores incluso llevaron a algunos de sus artífices a celebrar un quiebre inédito del monopolio del peronismo en la ocupación de la calle, en consonancia con la ausencia de concentraciones oficialistas en el contexto de la pandemia. Sin embargo, en la génesis no fue así.
Se cumplen 75 años de la primera gran protesta callejera de la historia argentina. La Marcha de la Constitución y la Libertad, de marcado tono antimilitarista, aunó el 19 de septiembre de 1945 a vastos sectores de clase media, clase alta y dirigentes estudiantiles con una consigna seria y extravagante: pedía "el gobierno a la Corte". En buen romance, el fin de la dictadura. Junto con el Himno se cantaba la Marsellesa. Iban en andas los rostros de varios próceres, con San Martín a la cabeza.
En un mundo que se acababa de reconfigurar con la derrota nazi y la rendición de Japón, la dictadura militar había levantado el estado de sitio (que enseguida se repondría) y permitió a regañadientes lo que sería la gran marcha "antinazi", del Congreso a la Plaza Francia
En un mundo que se acababa de reconfigurar con la derrota nazi y la rendición de Japón, la dictadura militar había levantado el estado de sitio (que enseguida se repondría) y permitió a regañadientes lo que sería la gran marcha "antinazi", del Congreso a la Plaza Francia. Cuadras y cuadras de gente. Una multitud nunca vista hasta entonces, mucho más importante que la del entierro de Yrigoyen.
Los destinatarios eran un presidente relativamente débil, tan opaco como dócil, el general Farrell, y un vicepresidente fuerte, astuto, más brillante que todos sus camaradas, también el más ambicioso, vicepresidente que en los hechos manejaba el gobierno: el coronel Perón.
Justo ese día los tranviarios resolvieron parar. Perón hizo una arenga por radio para desalentar la concurrencia a la marcha y, otro truco viejo, agitó la posibilidad de que se produjeran desórdenes. Fue entonces cuando acuñó su consejo proverbial para los trabajadores leales: "De casa al trabajo y del trabajo a casa". A los que saldrían a protestar los llamó "elementos foráneos", "políticos desahuciados", "plutócratas egoístas". Solo le faltó decir que después, cuando terminara todo esto, se manifestarían los argentinos de bien.
La marcha detonó las internas militares, desencadenó conatos de golpe, resultó una estremecedora antesala de la crisis de octubre, que pondría a Perón fuera del gobierno primero, en Martín García después, luego en el Hospital Militar y por fin, la noche del 17 de octubre, en el balcón de la Casa Rosada, entre Farrell y las masas entusiastas, entre Farrell y los debutantes "descamisados". Ese miércoles 17, consagrado día del nacimiento del peronismo (que en realidad ya había protagonizado un acto el 12 de julio "contra la reacción capitalista"), selló el destino argentino. Quedaron marcados la segunda mitad del siglo XX y, como mínimo, el primer cuarto del siglo actual. Nutridas columnas suburbanas de una clase social hasta entonces desconocida o ignorada en Buenos Aires se habían apoltronado en la Plaza de Mayo reclamando, con éxito, la reposición del jefe militar al que cuatro semanas antes, también un miércoles, otra multitud numéricamente más robusta y mejor vestida acusaba de nazi y exigía remover.
Ningún historiador discute ya el profundo significado que tuvo la volcánica irrupción obrera en el centro porteño en esa jornada bisagra, la del 17. Precisamente esa trascendencia explica en buena medida que el 17 haya podido eclipsar a la marcha de 28 días antes, a la vez soslayada ex profeso por exigencias del guion "revolucionario". En 1945 el peronismo esquivó decir por qué cuando la "oligarquía" salió a la calle resultó más numerosa que cuatro semanas después, el día que salió "el pueblo". Si la elite dominante era tan numerosa, algo no cerraba. La realidad fue que se trataba, simbólicamente, de medio país, algo que hoy es fácil de comprender. Excluir de modo revanchista al medio país que, prevenido contra el fascismo local -de una consistencia temeraria-, consiguió unirse en la Marcha de la Constitución y la Libertad sirvió para irrigar la antinomia maestra que Perón usaría para marcar a fuego el futuro argentino. Y que 75 años después insiste en reinventarse.
La Unión Democrática, una alianza multipartidaria preexistente, sería demonizada con un cóctel de verdades y mentiras, en ambas categorías hegemonizado por Spruille Braden, el torpe embajador norteamericano cuya obsesión por derrocar a Perón lo llevó a contaminar toda la escena. Que Braden marchó al frente de las columnas aquel 19 de septiembre, como repitió el peronismo toda la vida, no es cierto, pero eso no lo mejora demasiado, porque su injerencia en los asuntos internos de la Argentina de todos modos fue bestial e inaudita. Al cabo, la ayuda de Braden resultó muy eficaz, pero para Perón, que lo usó. Lo explicó él mismo. "Yo lo hacía enojar -rememoró Perón frente a Félix Luna en 1969-, y cuando se enojaba, atropellaba las paredes, que era lo que yo quería". No hay duda de que una de las mayores genialidades de Perón consistió, doce días antes de las elecciones de 1946, en embutir su estrategia en el eslogan "Braden o Perón".
Joseph Page analiza la paradoja de que los "republicanos" antinazis de la Marcha de la Constitución y la Libertad a la vez fueran golpistas: convencidos de ser mayoría, desconfiaban por completo de que el régimen militar ofreciera elecciones libres y querían la caída de Farrell y de Perón por cualquier medio. La historiografía peronista acierta, entonces, cuando dice que la marcha era golpista, pero omite un detalle: había una dictadura militar, no una democracia. Esa dictadura solo le había declarado la guerra al Eje cuando Hitler ya estaba vencido y el poderoso vicepresidente, un gran pragmático cuyo manejo de la ambigüedad haría historia, estaba lejos de que su arte fuera descifrado. Mucho menos bajo el imperio de las ideologías de la época, el amanecer de la posguerra bipolar.
Perón incluso confundía adrede (basta leer la reconstrucción de los diálogos reservados y cables que hizo Alieto Guadagni en Braden o Perón, de Editorial Sudamericana). No solo los partidos de la Unión Democrática tenían sobrados motivos para temer una sucursal mussoliniana, sino también "plutócratas egoístas" más encumbrados, como Truman y Churchill.
Decir que fue la marcha de la oligarquía (sin perjuicio de que incluyera clase alta) se parece bastante a las infaltables descalificaciones estrafalarias de ahora contra cualquier manifestación opositora de un gobierno peronista o kirchnerista. Participaron en verdad el 19 de septiembre de 1945 prácticamente todos los partidos políticos que habían actuado hasta el momento, los líderes del movimiento estudiantil mezclados con los representantes del establishment.
Pero aquella creencia de la política que asimila tamaño de la multitud en la calle con dominio de las urnas sufrió entonces un traspié, luego olvidado: para su sorpresa, la Unión Democrática perdió las elecciones (limpias) en manos de la flamante cría política de la dictadura militar. Obtuvo 1.207.080 votos, 280.000 menos que Perón.
La brecha, no tan diferente de la de 2019, fue de algo menos de diez puntos porcentuales. Cualquier pesadumbre por la circularidad de la historia argentina en cuestión de exclusiones y subdesarrollo persistente corre por cuenta del lector.

domingo, 14 de junio de 2020

PABLO MENDELEVICH Y SU ANÁLISIS,


El peculiar capitalismo de los Fernández

Pablo Mendelevich
Había una vez un país entrañable que era famoso por la indescifrable paradoja que lo acuciaba. Tenía de todo. Riquezas naturales, diversidad, recursos humanos fabulosos, técnicos, científicos, escritores, artistas, deportistas de primer nivel. Y cada vez más pobreza . No conseguía encontrar las vías del desarrollo. Solían repetirse allí las mismas discusiones por décadas. Una de las más comunes se refería al mejor sistema para curar los problemas de siempre -recesión, inflación, deuda, falta de dólares-, a los que se fustigaba cada tanto con estruendosas epopeyas. Un vicio circular habilitado por la inutilidad de la experiencia. En ese país la experiencia se evaporaba más ligero que el alcohol.
No vaya a creerse que unos defendían lo estatal, otros lo privado. ¡No! Hasta podía ser uno solo quien sostuviera con parejo ardor ideas antagónicas en turnos consecutivos. Bastaba con el mayor protagonista, el grupo hegemónico, concebido a sí mismo como "movimiento" -vaya si se movía- para apilar creencias. Como la memoria histórica era inoperante tampoco se advertía que los remedios que no habían funcionado una vez no funcionarían a la siguiente . Einstein era el que estaba loco, debía pensarse, cuando dijo aquello de que locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener resultados diferentes. Con todo, había dudas sobre la persistencia de las costumbres. Pero un día, un día cualquiera, llegó Vicentin...
Dueños de Vicentin afirman querer "preservar la paz social" | BAE ...
Vicentin sonaría bien para un cuento si no fuera porque se convirtió en el nombre de una incógnita sobre el destino nacional . ¿Abrirá la súbita expropiación de este grupo empresarial el camino de la Argentina hacia un cambio de sistema político? ¿Cuál es el derrotero de este quinto peronismo que luce con jactancia el sometimiento a los influjos de su facción más resuelta? El Gobierno entiende que la expropiación del cuarto "jugador" del mercado agroexportador (palabra extrapolada de las finanzas internacionales que aquí puede sonar algo sarcástica) reproducirá el apetecible modelo "mixto", estatal y privado, de YPF y le permitirá marcar la cancha del negocio que más dólares mueve.
Siempre el peronismo tuvo nostalgias del IAPI (Instituto Argentino de Promoción del Intercambio), organismo fuertemente intervencionista en el mercado de granos, creado por Perón durante la dictadura del 43. Cumbre del dirigismo, el IAPI formateó al campo hasta 1955
Protesta en Avellaneda contra la intervención de Vicentín ...
Siempre el peronismo tuvo nostalgias del IAPI (Instituto Argentino de Promoción del Intercambio), organismo fuertemente intervencionista en el mercado de granos, creado por Perón durante la dictadura del 43. Cumbre del dirigismo, el IAPI formateó al campo hasta 1955. Lo continuó otro gobierno de facto, el de José María Guido, como la Junta Nacional de Granos, a la que fulminaría -todo queda en familia- un nuevo gobierno peronista, el de Menem. Cuyo recordado secretario de Agricultura y Ganadería, Felipe Solá, hoy canciller, propuso durante la campaña de los Fernández reponer la JNC para "aumentar la intervención del Estado en la comercialización de los productos agropecuarios". Buena parte de los dirigentes del campo, que ya en 2019 habían levantado fiebre con el suero intervencionista de Solá, ahora están convencidos de que Vicentin no es salvataje altruista, sino un atajo para imponer controles paraestatales. No los asusta tanto el Estado inductor como el ejecutante, La Cámpora, detrás de la cual sospechan -son muy agudos- que hay rencores agazapados desde la guerra con el campo de 2008. Roberto Lavagna inventó para el kirchnerismo la expresión "capitalismo de amigos". Podría agregar el "capitalismo de enemigos".
El kirchnerismo anunció que va por la expropiación de Vicentin y ...
Tan fuerte es el modelo de YPF que el kirchnerismo ya lleva honradas tres versiones: la que se inauguró con la privatización de Menem (que en 1993 puso en manos de Néstor Kirchner 535 millones de dólares luego fugados), la "argentinización", Repsol con Eskenazi (a quien Kirchner le hizo comprar el 25% de la empresa sin poner un centavo) y la "expropiación patriótica" (que no le costó al Estado mucho más del doble de lo que vale la empresa).
Vicentin, tranquiliza el Presidente, no abrirá un continuado de expropiaciones. Alberto Fernández echa mano a una garantía, eso sí, algo elástica: dice que él rescata grandes empresas en quiebra que están en mercados estratégicos, mientras que Hugo Chávez expropiaba empresas prósperas. Le hubiera convenido más decir que el peronismo no ha sido históricamente expropiador compulsivo, pero eso le habría exigido explicar las cautivantes ambigüedades de Perón, aquel talento para separar retórica de acciones efectivas: la diferencia entre hacer quemar el Jockey Club, como pasó, y quedarse con los bienes de los magnates, algo que nunca hizo. Por supuesto, algunas expropiaciones hubo, la más escandalosa de las cuales fue, en 1951, la del diario La Prensa, que Perón le transfirió a la CGT. La verba inflamada, que tocaba la cuerda nacionalista del argentino medio, ya había identificado al capital enemigo con lo monopólico extranjero de los ferrocarriles, cuya enmarañada nacionalización produjo más emoción y leyenda que legado. Tampoco se trató de una política integral. Perón, ante todo un pragmático, no nacionalizó, por ejemplo, el servicio eléctrico; eso lo hicieron Illia y -la Argentina tiene extrañas diagonales- Martínez de Hoz.
Vicentin: Los posibles cabos sueltos detrás de una decisión ...
A diferencia de su discípulo bolivariano, también un militar cuyo liderazgo político brotó de un golpe de Estado, Perón no dejó constancia de que pretendiera erigir una patria socialista como la que en los 70 le adjudicó un trágico malentendido juvenil. Tampoco hizo con Fidel Castro demasiadas migas. Solo a Andrew Lloyd Weber y Tim Rice se les pudo ocurrir enlazar a Evita y el Che Guevara como si hubieran sido contemporáneos, licencia artística de un musical en el que tal vez reverberaron las infidelidades reales de la historia. Justicialista visceral una, marxista el otro, lo que menos encastraba eran sus ideologías, solo más tarde plastificadas a medida por la izquierda peronista, que construyó una Evita revolucionaria emancipada de su esposo, de incomprobable devoción socialista. Cristina Kirchner, que mandó a fundir en hierro la Evita revolucionaria, encarna esa reelaboración del pasado en la que se combinan loas al socialismo con orgullo capitalista. Lo único más desconcertante es la ideología de Alberto Fernández.
Vicentin: ¿Un caso extraordinario o el inicio de una lista de ...
Catorce meses antes del célebre 17 de octubre que luego se tomó como día del nacimiento del peronismo, el coronel Perón, por entonces cerebro de la dictadura del general Edelmiro Farrell, fue a la Bolsa de Comercio en su carácter de secretario de Trabajo y Previsión y pronunció un conocido discurso fundacional. Descarnado como pocas veces, no solo contó cómo acababa de desarmar él mismo una huelga utilizando el servicio de inteligencia del Ejército (también era el ministro de Guerra), sino que en tono cómplice con "los capitalistas" les expuso la conveniencia de entregar un poco (habló del treinta por ciento) para no perderlo todo y se postuló como el organizador y contenedor de la clase trabajadora para frenar al comunismo. Ni entonces ni después Perón enarbolaría de manera consistente -aunque dijera mentiras encantadoras como la de que participó del Mayo Francés- ideas destinadas a cambiar el sistema político, lo que para nada interfirió en el entusiasmo de sus seguidores durante siete décadas cuando llegaban a la parte de la marcha que llama a combatir el capital.
Fuente cacerolazo contra la posible expropiación de Vicentin - La 100
Como si la adhesión al capitalismo requiriera un service periódico, Alberto Fernández justo decidió hacer el último horas antes del anuncio expropiador. Renovó su fe ante grandes empresarios, a quienes les hizo el guiño tradicional, un recuerdo de que con el kirchnerismo habían ganado mucha plata. Después de la soberanía ferroviaria, la del correo, la del agua, la petrolera, hasta la de hacer billetes, ahora llegó, por fin, la soberanía alimentaria.

sábado, 7 de diciembre de 2019

PABLO MENDELEVICH Y SU ANÁLISIS,


Lawfare para todos y todas

Pablo Mendelevich
Una pregunta que a esta hora se hacen sottovoce analistas políticos, dirigentes, sindicalistas, parroquianos bien informados, ministros que ya vaciaron sus escritorios y, sobre todo, Mauricio Macri, se refiere a la intensidad judicial que tendrá desde el martes próximo la persecución judicial contra quien ese día dejará de ser el presidente para convertirse en un expresidente. Dijo Alberto Fernández durante el segundo debate presidencial, hace sólo seis semanas: "El día que (Macri) deje el gobierno lo esperan más de cien causas donde está siendo investigado".
Semejante advertencia, basta recordarla, echa por tierra el argumento central de Cristina Kirchner en su comparecencia ante el tribunal oral que la juzga por direccionar contratos de obra pública. Ella se describió el lunes como víctima de un "plan sistemático" de persecución mediático-judicial al que llama "lawfare". El "lawfare" sería un impiadoso instrumento trasnacional destinado a perseguir a expresidentes progresistas con la excusa de la corrupción para evitar que renazcan o aunque más no sea para castigarlos por haber gobernado tan a favor de sus pueblos, esto es en contra de los poderosos. ¿Entonces qué razón habría para perseguir judicialmente a Macri si él gobernó -piensa Cristina Kirchner- en contra del pueblo, para los ricos? ¿Acaso el nuevo gobierno será "lawferista"? ¿O de repente aparecerá, el martes mismo, una justicia independiente?
Alberto Fujimori, quien alguna vez se pretendió progresista a su manera y hoy cursa una larga condena penal, debió haberse preguntado ayer si no sería también su infortunio culpa del "lawfare" este. Los peruanos podrían extender la duda a quien se suicidó cuando la Justicia lo acorralaba, el expresidente Alan García, que ya no era de centroizquierda en su segundo gobierno pero lo había sido en el primero, cuando el peronismo acicateaba a Alfonsín cantando "patria mía dame un presidente como Alan García". En el caso de Brasil estaría claro que a Lula lo agarró el "lawfare", lo que no se entiende es por qué allí la Justicia insiste aún en perseguir, además, a Fernando Collor de Mello, reputado tan centroderechista como su coetáneo Carlos Menem. Es decir, como el compañero peronista cuyos procesos y condenas Cristina Kirchner nunca lamentó, ni en inglés ni en castellano, no se sabe si por considerarlo un horrendo neoliberal o porque entonces ella no conocía ese neologismo, el que fatigó el lunes. Por lo menos ambos ex se amarraron juntos a los fueros cuando los malditos jueces quisieron avanzar sobre ellos haciendo caso omiso a la honorabilidad que el Senado tiene por marca.
El prospecto de este antídoto contra líderes progresistas confunde auténticos y placebos. Al parecer se aplica en países como Ecuador y últimamente en Brasil, pero, por razones nunca explicadas, acá nomás, en Chile y Uruguay, son inmunes. Tampoco prende en Bolivia, donde el imperio estaría trabajando con métodos más tradicionales. A propósito, la Argentina tiene experiencia multipartidaria en expresidentes perseguidos por la Justicia y puestos presos debido a causas armadas o infladas por quienes primero los derrocaron: Yrigoyen, Frondizi, Isabel Perón. Sin embargo, Cristina Kirchner evita menear esta nómina para no tener que mencionar a la viuda del general, primera mujer que llegó al poder como vicepresidenta.
No es porque la riojana -hoy madrileña- haya sido perseguida penalmente por una dictadura, a diferencia de ella que es perseguida en democracia. ¿Democracia? Cristina Kirchner disfruta de asimilar a Macri con Videla, por algo usa giros como "plan sistemático", sostiene que el "lawfare" es la prolongación del Plan Cóndor y acusa al Gobierno de tener "presos políticos" que se resuelven en una "mesa judicial" (también dice que los peronistas son siempre los perseguidos, alguien debería recordarle cada tanto que el juez Claudio Bonadio no sólo es peronista sino que fue funcionario peronista). Pero Isabel Perón, quien hace casi medio siglo hizo el mismo recorrido entre los mayores cargos que Cristina Kirchner sólo que en el orden lógico -vicepresidenta, presidenta- y que como precursora figura en el Guiness, no le debe parecer ni oportuna ni perseguida arquetípica. Más significativo es que omita la persecución judicial sufrida ya dentro del estado de derecho durante 13 años (10 de los cuales fueron cuando mandaban los Kirchner), por otro expresidente, Fernando de la Rúa (al final absuelto). Un caso que ayuda poco a creer que son los expresidentes progresistas de la región los minuciosamente escogidos por el vil poder supranacional sinárquico para hacerles la vida imposible y cobrarles por haber sido gobernantes grandiosos.
Cristina Kirchner no cambió un ápice. Para satisfacción de sus seguidores es idéntica a la que gobernaba. Siempre se reinventó, hay que reconocer que lo hace bien. Eche mano a la leyenda de Fidel Castro y su frase más famosa ("la historia me absolverá") a la que le adaptó el tiempo verbal, a Nikita Kruschev con los golpes en la mesa (aunque el líder soviético los daba con su zapato) o se enardezca con premeditación y alevosía, su arte es la centralidad. El lunes puso en valor el revoltijo de argumentos que viene usando desde hace años delante de las acusaciones de corrupción, sin contestar preguntas -conducta liminar- ni responder con datos a los cargos ni hacerse problema por eventuales contradicciones. Una de las contradicciones más evidentes fue la de enfadarse porque el tribunal no le había concedido "el recurso" de la televisación, cuando ella misma les atribuye a jueces y fiscales la intención de hacer con sus causas un "show mediático". Es extraño acusar a los medios de ser una pata fundamental del "lawfare" y luego denunciar que no le permiten defenderse como debe porque no la autorizan a salir en cadena. Si con ningún acusado esa queja sonaría razonable, mucho menos con ella, una de las pocas personas que, si quiere, afuera del juicio puede obtener espacio casi en cualquier medio.
El anecdotario de la televisación en realidad confirma que no quiso defenderse ante el tribunal sino actuar para el público, su público, el que ya la absolvió, como dijo en el clímax antijurídico de la indagatoria. Con su sistema personal de justicia en el que el sufragio popular condena o absuelve a un acusado Cristina Kirchner borró algunos siglos de la evolución de la Humanidad, un párrafo que probablemente contribuya poco a aliviar su situación en la causa -como la mayoría de los párrafos- pero sin duda esclarecedor respecto de las ideas que trae para el período que se inicia el martes.
El tono desafiante, que colocó a los jueces en el lugar de subordinados sin que ellos se esmerasen por reponer algo parecido a la majestad de la Justicia alcanzó la cima cuando le preguntaron a la indagada si iba a responder preguntas. "Son ustedes los que van a tener que contestar preguntas", les espetó. Es muy probable que esa frase haya ido en negrita en los informes que los embajadores extranjeros acreditados en Buenos Aires enviaron ayer a sus cancillerías dando cuenta del viejo estilo de la nueva vicepresidenta. Como se sabe, una de las mayores incertidumbres que hay en el mundo respecto del próximo gobierno argentino se refiere a la distribución del poder y a la seguridad jurídica.
En cuanto a Alberto Fernández, el pedido de que sea citado como testigo no constituye una novedad en sentido estricto. La defensa de Cristina Kirchner ya lo había formalizado y el tribunal lo había aprobado. Lo novedoso, y políticamente sugestivo, fue la forma en la que ella agitó el evento. "Van a tener un problema si llaman a los ex jefes de Gabinete porque van a tener que llamar al Presidente de la República". Una advertencia a dos bandas: para los jueces y para el testigo involucrado. Cuál es el problema que van a tener unos y otro no lo dijo.

martes, 26 de noviembre de 2019

PABLO MENDELEVICH Y SU ANÁLISIS


Marcelo Tinelli, el hambre y las políticas de Estado

Pablo Mendelevich
De tan grande que es el peso de Marcelo Tinelli como figura pública, su presencia en la primera reunión del Consejo Federal Argentina contra el Hambre, organizada por el presidente electo Alberto Fernández, hizo caer a los críticos más quisquillosos en una confusión. Quienes objetaron que Tinelli hubiera estado entre los convocados, y con él otras personas de aquellas para quienes la televisión sustantiva el adjetivo famosos, tal vez no repararon en que el asunto inquietante no fue el de los que concurrieron a esa reunión sino la contracara, los no invitados.
Tinelli, que a la salida previsiblemente se convirtió en vocero magnético y narró el suceso con bastante más emoción que datos, dijo que lo entusiasmaba "poder terminar con la grieta". Celebró que en el encuentro hubiera habido una diversidad extraordinaria, ya que estaban Estela de Carlotto, Adolfo Pérez Esquivel -enumeró-, empresarios, el campo, organizaciones sociales, evangelistas y la Iglesia. No llegó a explicar por qué le parecía que semejante conjunción significaba algo relacionado con la superación de la grieta, pero la sentencia sonó tan eufórica como su deseo de que la lucha contra el hambre sea "una política de Estado para los próximos cincuenta años".
Con su fuerte costado humanitario, la causa del hambre sin duda es loable. Parece interesante involucrar en ella a personas y personalidades de quehaceres diversos. Se verá cómo encaran la acción, aparte de las buenas intenciones. Pero la pluralidad de los grandes debates, la participación, la necesidad de superar la grieta y la pretensión de institucionalizar políticas de Estado no son asuntos técnicos relacionados con la distribución de alimentos ni son temas de nutrición. Son cuestiones políticas. Y se supone que las cuestiones políticas incumben a los partidos políticos, que sin embargo acá no fueron convidados. No es que no hubiera habido funcionarios públicos; estaba, por ejemplo, el ministro de Desarrollo Social de Tucumán, Gabriel Yedlin.
A muchos de los convocados se los contabilizó -también lo hizo la prensa- por rubros, como a los representantes de organismos de derechos humanos o los sindicalistas, y eso contribuyó a que se soslayaran las filiaciones partidistas o, mejor dicho, cierto predominio de dirigentes afines al nuevo oficialismo. Cuanto menos estuvo garantizado un ambiente de impronta antimacrista, en línea con la idea subyacente, leitmotiv de la campaña del Frente de Todos, de que Macri hambreó al pueblo. La asociación de Macri con el hambre -que a su vez recoge expresiones análogas utilizadas contra otros presidentes no peronistas, en especial contra Alfonsín- lleva años en el peronismo y animó innumerables actos callejeros.
Por eso, de parte del 40 por ciento que salió segundo en las elecciones no se vio en la reunión contra el hambre de la semana pasada a ningún participante notorio. El gobierno nacional no fue de la partida porque los convocantes (y buena parte de los convocados) entienden que el gobierno de Macri es el responsable del flagelo. El problema es que ese diagnóstico, que se completa con estadísticas de base difusa y una mirada ambigua, incluso benevolente sobre lo ocurrido con anterioridad a 2015, es incompatible con el objetivo expuesto en varias ocasiones por Alberto Fernández, y ahora repetido por Tinelli y otros entusiastas mediáticos, de terminar con la grieta.
Lo que la grieta divide es en este momento más fácil de dimensionar gracias a la polarización electoral, que hace 24 días envolvió nada menos que al 88,52 por ciento del electorado. Una fuerza sumó 12,9 millones de votos y la otra, 10,8. De modo que si los mecanismos de representación institucional son sustituidos ocasionalmente por criterios técnicos, ecuménicos, humanitarios, de rating televisivo o lo que fuere, se corre el riesgo de excluir -bajo el manto de exaltar lo popular y lo diverso mediante figuras públicas- a unos cuantos millones de personas. Resulta difícil imaginar que un sellador de grieta selectivo, tácitamente hostil con la parte ausente, vaya a reparar la división de la sociedad.
Más curioso es alabar las políticas de Estado en una reunión en la que no están expresamente representadas las fuerzas políticas que serán oposición. Las políticas de Estado son las que, al ser compartidas por todas las expresiones políticas en condiciones de ser gobierno, están llamadas a sostenerse siempre. Quizás se las conoce poco porque no abundan, aunque a veces se las da por ciertas. Por ejemplo, cuando se habla de Malvinas, un aspecto vital de la política exterior argentina que cada gobierno entiende a su manera, y eso cuando un mismo gobierno no aplica políticas consecutivas disímiles. Una cosa es coincidir en que las Malvinas son argentinas y, otra, llevar adelante una política sostenida sin importar el color político del canciller de turno. Lo mismo sucede en el desarrollo social, un terreno en el que al menos se logró cierto consenso en torno de la Asistencia Universal por Hijo.
Contra lo que muchas veces se escucha, una política de Estado no puede ser resuelta por quien está en el gobierno. Requiere como primer paso que los partidos se respeten entre sí y reconozcan a la alternancia como un atributo medular de la democracia. Pero no es lo que sucede en la Argentina. La falta de cultura de la alternancia, que hasta ahora destronaba gobiernos en forma precipitada, se manifiesta por estos días, una vez más, en el fallido trámite de la transición. Hasta vuelve a haber ruido -increíble pero cierto- sobre la falta de acuerdo respecto de la ceremonia del traspaso del poder.
Basta saber que el kirchnerismo designa como neoliberales a los actuales gobernantes y que por estos días sus voces estelares repiten que "nunca más" (una expresión robada de la epopeya judicial contra la dictadura al fiscal Julio César Strassera) debe gobernar el neoliberalismo. La cuenta es sencilla: en un sistema que volvió al bipartidismo, si una de las dos fuerzas no gobierna nunca más significa que la otra se queda en el poder para siempre, con lo cual las políticas de Estado pierden sentido.
Hay muchas más preguntas que respuestas sobre la forma en la que Alberto Fernández encarará su gobierno, que comienza en tres semanas (acabamos de pasar la mitad de la transición). Una de esas preguntas la renovó el particular pluralismo festejado por Tinelli tras la reunión sobre el hambre, cuando más que nunca -en eso tiene toda la razón Fernández- se necesitan acuerdos entre todos.