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lunes, 23 de abril de 2018

TEATRO MUY RECOMENDADO

Eye & yo: emoción y evocación a una sobreviviente del Holocausto

Libro, dirección y escenografía: Dennis Smith /Intérpretes: Laura Oliva, Julieta Cayetina, Francisco Prim / Iluminación: David Seldes, Sebastián Evangelista / Vestuario: Pía Druggeri / Funciones: domingos, a las 18 / Sala: Cultural San Martín, Sala Alberdi / Duración: 50 minutos
"Una mujer que supo atravesar el mal sin tomarse por una encarnación del bien": así definió Tzvetan Torodov a Germaine Tillion, admirable resistente francesa durante la ocupación nazi, que fuera deportada a Ravensbrück. Palabras estas que bien podrían aplicarse a Esther Cajg (familiarmente, Eye), abuela de la actriz Julia Cayetina y personaje eje de esta historia que la retrata con ternura entrañable y que, por extensión, refresca la memoria del Holocausto con detalles cotidianos estremecedores, pero formulados sin énfasis. Con un distanciamiento relativo que va acercando emocionalmente y alejando reflexivamente al espectador.
Sobreviviente de varios campos de concentración en plena adolescencia, Eye -una chica pueblerina inexperta y cándida, con sus padres y varios de sus hermanos asesinados en los primeros tiempos de la invasión a Polonia- supo aferrarse milagrosamente a su humanidad, nunca se dio por vencida, encontró estímulo en los trabajos que fue obligada a hacer, finalmente logró preservar su vida. Y años más tarde, se reencontró con su hermano José, se casó, tuvo hijos y nietos en la Argentina. Claro que aparte de su voluntad indeclinable, Eye tuvo cierta buena estrella durante esa etapa de "horror ininterrumpido", al decir del escritor Jean Cayrol en el magistral documental Noche y niebla (1956), de Alain Resnais.
Cayetina tuvo la idea de hacerle este homenaje a su abuela que ya murió, y encontró en Dennis Smith al dramaturgo y director capaz de convertir recuerdos, entrevistas, consideraciones de la propia actriz en un texto escénico que amalgama datos duros como efemérides con el habla de la abuela, encarnada con mucho acierto por Laura Oliva, que ha trabajado un acento que nunca resulta caricaturesco. Smith incorpora a Cayetina haciendo una versión de ella misma en el rol de la nieta guardiana de la memoria de Eye, y a Francisco Prim como el alter ego del director, narrando partes de la historia y a la vez marcando a las actrices. La obra va cobrando forma, tensión y una profundidad que nunca apela ni al discurso solemne ni -mucho menos- al golpe bajo; más bien, opta por desdramatizar, a menudo con gracia implícita, siguiendo a la protagonista en sus increíbles peripecias, que ella a su turno desgrana sin pizca de autocompasión.
No es de extrañar que Julieta Cayetina declare con sinceridad conmovedora en escena el deseo de inscribir en su piel el número que le tocó a su abuela en uno de los campos, cuando los detenidos eran despojados, clasificados, tatuados, torturados, asesinados. O que comente que eligió vivir en el departamento que era de Eye para conectar con su extraordinaria energía?
Los tres personajes, vestidos con sobriedad en tonos de marrón, se desplazan dentro y fuera de los límites de una estrella de David armada con moldes de zapatos pintados de verde, aludiendo al bosque, a la huida incesante, a la fe que sostuvo a esa chica tan determinada; algunas danzas y canciones tradicionales israelíes se integran orgánicamente a esta crónica tan novelesca como real que arranca cuando Eye recuerda su primer choque con el antisemitismo, en su pueblo, a los 7, antes de la invasión nazi. Cayetina, por su parte, pone de manifiesto el prejuicio que percibe a veces en la Argentina cuando dice que es judía: ese racismo ordinario, insidioso, que se suele disimular con hipocresía.

M. S.

viernes, 30 de junio de 2017

TEATRO MUY RECOMENDADO


Bossi Master show / Autores: Emilio Tamer y Martín Bossi / Dirección general: Manuel Wirzt y Emilio Tamer / Dirección musical: Nito Mestre / Intérpretes: Martín Bossi, Jorge "Carna" Crivelli, Mariel Ballestrero, Sol Giuletti y Judith Cabral / Arreglos musicales: Ernesto Salgueiro / Luces: Ariel Ponce / Escenografía: Daniel Feijoo / Caracterización y maquillaje: Elena Sapino / Coreografía: María Laura Cattalini / Vestuario: Alejandra Robotti / Teatro: Astral / Duración: 110 minutos


La sala está colmada de público. Se conjugan el entusiasmo y la espera. Martín Bossi ocupa el lugar de un fenómeno... ¿masivo o popular? ¿O ambas cosas? Los espectadores aguardan su llegada como se aguarda la llegada de un ídolo. En ocasiones, el deseo de la platea no tiene como correlato lo que sucede en el escenario. Esta vez, sin embargo, no habrá decepción.
Bossi Master Show está estructurado sobre el talento del protagonista. Sin duda es un comediante y un imitador de alto nivel, pero no está solo. La propuesta incluye un menú de variedades bien dosificadas y graduadas desde lo espectacular hasta la reproducción (ficcional, entiéndase, en una sala donde no cabe un alfiler es imposible) de lo íntimo.
En el principio son la música y la imitación de los músicos. A una pantalla que abandona su proyectado telón para dar paso a juegos de imágenes diversas que incluyen desde lo abstracto hasta los nombres propios, se suman las entradas y salidas de una orquesta, la aparición de un baterista y de coros. La velocidad de la transformación y la variedad de los recursos es definitivamente notable: puede aparecer como Mick Jagger, desaparecer como John Lennon, surgir como Prince, hacer mutis por el foro como Bob Marley, una serie innumerable de intérpretes en un mosaico homenaje de la música internacional. El ritmo se acelera para dejar latiendo la sala, sin respiro.
Luego abandonará los personajes y aparecerá Martín Bossi (o el personaje "Martín Bossi"). Con el escenario vacío se dedicará a instalar una reflexión sobre el uso de los celulares y la tecnología. Es necesario reconocer que ese mismo discurso sin el humor que lo atraviesa sería un panfleto. Pero es tan inteligente y divertido el modo de abordarlo que logra esquivar ese riesgo. Eludimos los detalles porque la sorpresa es una buena aliada. Sí puede decirse que no teme bajar del pedestal del escenario e interactuar con el público. Los espectadores nuevamente serán invitados a participar: habrá un tiempo para lo lúdico y otro para el canto colectivo.


Luego se propone un espacio para la mediatización. Los personajes/estatuas de la calle Corrientes: Juan Carlos Altavista, Juan Carlos Calabró, Jorge Porcel, Tato Bores aparecerán en la pantalla y dialogarán con Alberto Olmedo y Javier Portales. Es el espacio reservado a la emoción y al homenaje. Luego estos dos últimos saltarán de la pantalla a la escena para continuar con esa línea con algunos toques de humor, pero de rasgos nostálgicos.
Pero no cierra así el espectáculo, sino que vuelve a apostar a los músicos. Esta vez, nacionales. Un recorrido por Miguel Abuelo, Luis Alberto Spinetta, Gustavo Cerati pone bien arriba el ánimo colectivo. Y cierra como lo que es, una fiesta. Una de esas fiestas que se construyen con la maestría de la orquesta, de los bailarines y de quien los coreografía, de las responsables del vestuario, de quien hace la dirección musical, Nito Mestre, y de los que organizan la totalidad desde el rol de la dirección, Manuel Wirzt y Emilio Tamer. Y una mención aparte para quien diseña la dramaturgia de iluminación que deviene en elemento central de este universo tan cuidado para el goce de los espectadores que siguen a Martín Bossi.

miércoles, 10 de mayo de 2017

TEATRO MUY RECOMENDADO



Relojero
/ Dramaturgia: Armando Discépolo / Intérpretes: Osmar Núñez, Horacio Roca, Laura Grandinetti, Martín Urbaneja, Federico Salles, Stella Galazzi / Música original: Gustavo García Mendy / Vestuario: Paula Molina / Escenografía: Rodrigo González Garillo / Iluminación: Marco Pastorino / Dirección: Analía Fedra García / Teatro: Regio, Córdoba 6056 / Funciones: Jueves a sábados, a las 20.30, y domingos, a las 20 / Duración: 100 minutos 
El grotesco discepoleano, decía David Viñas, pone en escena el revés del sueño liberal. Detrás de la idea de que el trabajo duro era la clave para la bonanza, se escondían mil historias de aquellos que iban quedando en el camino. Sobre esos seres que albergaban la contradicción entre el esfuerzo y lo que conseguían, talló Discépolo a algunos de los personajes más perdurables de nuestro teatro. Relojero, último texto dramático de uno de nuestros máximos autores, cuenta con todos los aditamentos que han hecho de este autor un clásico.
La anécdota trata de Daniel, sufrido relojero que se ha esforzado para dar a sus hijos una pobreza digna y las posibilidades de un futuro más alentador que su presente. El plan parece funcionar: sus hijos estudian o trabajan. Salvo que, claro, ninguno de ellos está dispuesto a seguir con la ética del sacrificio que él les inculcó. Llenos de conceptos nuevos, sus ideas de felicidad difieren de las de su padre. Daniel acepta que sus hijos pueden ser más sabios que él, que quizás corresponda que todos busquen la felicidad como puedan y en esa abdicación, en ese doloroso dejar hacer, residen los trágicos giros que toma la pieza.
El espacio consigue correrse del living costumbrista. Se trata de un mecanismo con engranajes de relojería que pierde partes con el correr de la acción. Bella en su confección y eficaz en su metáfora, tiene el mérito de no ser mero decorado, de transformarse e interactuar con lo que sucede en la obra. En las actuaciones y sus registros se ve, también, la tensión generacional entre dos formas de entender a Discépolo. Hay una línea en los hijos y otra en los mayores. Sin embargo, siempre la batuta la lleva Osmar Núñez, quien construye un personaje a la altura de su talento. Su forma de interactuar con los que lo rodean hace crecer al conjunto, cada mirada que dirige está intencionada, sabe escuchar antes que querer imponer sus parlamentos, su trabajo con objetos es de enorme limpieza, sus interacciones fraternas con Horacio Roca son los mejores momentos de la pieza, donde se desarrolla plenamente la comedia y el drama que fluyen en el mismo momento.
Esta versión de Relojero no quiere parecer más inteligente que su referente ni intenta tapar sus condiciones de enunciación. No se han borrado los esquemas de entradas y salidas excesivos y se han mantenido las afirmaciones de una profundidad filosófica que hoy pueden parecer fuera de tono. Pero todo entra bien porque la relación de la puesta con el texto no es ni la de la burla ni la de la sacralidad. Analía Fedra García muestra cómo dirigir un clásico con cariño y sin miedo, no para recordar un pasado mejor ni para mostrar una remota pieza de museo, sino para interpelar en presente, reconociendo las contradicciones que siguen aquí. La enorme poesía callejera de Discépolo sigue estremeciendo y es parte fundamental de los tesoros de la dramaturgia argentina.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

TEATRO RECOMENDADO....EXCELENTE.....IMPERDIBLE



Campo minado / Autoría y dirección: Lola Arias / Actúan: Lou Armour, David Jackson, Rubén Otero, Sukrim Rai, Gabriel Sagastume, Marcelo Vallejo / Vestuario: Andy Piffer / Escenografía: Mariana Tirantte / Luces: David Seldes / Video: Martín Borini / Música: Ulises Conti / Sonido: Ernesto Fara / Asistencia de dirección: Facundo David / Sala: Centro de las Artes UNSAM, Sánchez de Bustamante 75 / Funciones: jueves a domingo, a las 21 / Duración: 120 minutos.


Cuando volvió de combatir en Malvinas, y durante muchos años que siguieron, a Marcelo Vallejo le resultaba imposible escuchar canciones en inglés. La guerra también le dejó otras secuelas: sentía mucho enojo cada vez que su hijo aprendía nuevas palabras en el idioma de los enemigos, y tenía una tendencia fuerte a las adicciones y a la autodestrucción. Treinta y cuatro años después de ese hecho que marcó su vida de manera profunda, Lola Arias lo invitó a compartir escenario junto a dos soldados profesionales ingleses y uno de los gurkhas nepaleses que sirvieron al ejército británico, además de otros dos soldados argentinos. Arias quería contar la guerra desde la voz de sus protagonistas. Al principio Vallejo se negó a hacer una obra con ellos, pero finalmente accedió a sumarse al elenco de no-actores que, hasta principios de diciembre, está presentando uno de los acontecimientos teatrales del año Elegidos entre casi cincuenta veteranos, los seis excombatientes y ahora performers (Vallejo, Rubén Otero y Gabriel Sagastume por el lado argentino; Lou Armour, David Jackson y Sukrim Rai, por el británico) protagonizan Campo minado, el nuevo trabajo dirigido por Arias, a esta altura experta en transitar las fronteras entre la ficción y lo real. Para crear esta potente maquinaria narrativa que lleva a escena los hechos y las esquirlas de la guerra, que conmueve pero también suscita miles de ideas, la artista vuelve a echar mano de los recursos que ya había probado en obras anteriores, como Mi vida después, donde trabajó con jóvenes argentinos cuyos padres atravesaron la dictadura cívico-militar argentina de maneras muy distintas; El año en que nací, cuyo foco estaba puesto en la dictadura chilena; y en Atlas del comunismo, la puesta que creó para el teatro berlinés Maxim Gorki, en la que un grupo de mujeres alemanas de distintas generaciones indaga en su vínculo con la extinta RDA, "la Alemania comunista".
En todos aquellos trabajos, la historia está contada por sus protagonistas directos o indirectos, y Arias sabe dirigirlos con exquisitez para que en el artificio escénico y en la repetición de las funciones puedan seguir ofreciendo momentos de verdad pura. También hay, en esta obra y siempre, pasajes musicales que invitan a la catarsis colectiva; hay objetos auráticos -en el sentido de reales, rescatados del lugar de los hechos- y recreaciones de anécdotas, que se cuentan con ayuda de cualquier elemento que sirva para la reconstrucción de esos momentos clave. Elementos que van desde el propio cuerpo hasta juguetes, pasando por anotaciones, dibujos, efectos de sonido caseros.


Hay una idea-guía que permite leer todas las obras de Arias, también ésta: la historia de un pueblo -o la de un continente, o la de un momento o la de un siglo- es la historia de las personas que lo habitaron. En Campo minado aparece, sin embargo, un elemento novedoso: la idea de los "bandos". Aunque en Mi vida después, por citar una obra emblemática de su cosecha, las historias que contaban los hijos sobre sus padres eran muy distintas, incluso contrapuestas entre sí (desde la hija de un militante desaparecido hasta la de un torturador, pasando por el exiliado y por aquellos que "siguieron como si nada") todos sus intérpretes parecían estar de acuerdo sobre la lectura que reclamaban esos años. En Campo minado es diferente. Salvo en dos momentos muy particulares de la obra, los británicos jamás pronunciarán la palabra Malvinas y los argentinos nunca estarán dispuestos a decir Falklands. ¿Alguien podría pedirles lo contrario? Los seis intérpretes y su directora parten de un acuerdo: jamás estarán de acuerdo sobre lo que pasó durante esos 74 días de guerra ni tendrán una lectura unificada sobre la soberanía de las islas. Campo minado asume esa fisura y hace cuerpo esa genial frase de Jacques Rancière con la que alguien intervino, hace un tiempo, las paredes de la Casa Nacional del Bicentenario: "El consenso es la ficción de una comunidad sin política".

martes, 22 de noviembre de 2016

TEATRO MUY RECOMENDADO....NO FALTES


En Campo minado, la vida después de dos soldados enemigos en las Islas Malvinas
En la creación de Lola Arias estrenada en Londres, seis ex combatientes británicos y argentinos que pelearon en el Sur comparten escena en una propuesta tan perturbadora como catártica
El británico Lou Armour y el argentino Marcelo Vallejo: la guerra, sus secuelas, el presente.
Durante una guerra compartieron un campo de batalla. Hay que hacer una salvedad: estaban en bandos enfrentados, eran objetivos a eliminar. Treinta y cuatro años después, están frente a frente. Comparten anécdotas, miradas y un escenario. Son Marcelo Vallejo y Lou Armour, los dos que están en la foto mirándose de cerca. Son ex combatientes de una guerra que para Lou tuvo lugar en las Falklands, y para Marcelo, en las Malvinas.
Marcelo tiene 52 años. Durante el conflicto armado fue soldado voluntario. Era apuntador de mortero pesado 120. Se gana la vida haciendo trabajos de pintura y jardinería. También es deportista de triatlón. Representó al país en varios mundiales. Tiene dos hijos. Lou Armour tiene 58 años. Se unió a la Royal Marine en 1974. El 2 de abril estaba en la isla. Dejó la marina en 1986. Es licenciado en Sociología e Historia del Arte. Actualmente es maestro de niños con capacidades diferentes. No tiene hijos.
Ambos integran ese otro batallón llamado Campo minado, montaje capitaneado por la directora y dramaturga Lola Arias. Esta vez, en una operación escénica que ella conoce y domina con exquisita inteligencia, su intención fue indagar las marcas de una guerra y su representación escénica. La experiencia se estrenó mundialmente en mayo, en la ciudad de Londres. El jueves pasado, se estrenó en Buenos Aires en el Centro de las Artes de la Unsam. En escena, en una especie de set de filmación, hay otros cuatro ex combatientes. Lola los presenta así. "Rubén Otero sobrevivió al hundimiento del crucero General Belgrano y ahora tiene una banda de tributo a Los Beatles. David Jackson pasó la guerra escuchando y transcribiendo códigos por radio y hoy escucha a otros veteranos en su consultorio de psicólogo. Gabriel Sagastume fue un soldado que nunca quiso disparar y hoy es abogado penalista. Y Sukrim Rai fue un gurka que supo usar su cuchillo y actualmente trabaja como guardia de seguridad."
Más notas para entender este tema
Cinco de los seis soldados/performers en una escena a puro rock de Campo minado.
Luego de un largo casting, quedaron ellos seis. En abril se juntaron por primera vez en Buenos Aires. Lou, reconoce, no estaba nervioso. También dice: "Si bien era raro encontrarse con el enemigo, sabía que con los ex soldados argentinos iba a estar todo bien porque todos habíamos estado en combate". Cuando se encontró con los ingleses, Marcelo no sabía cómo iba a reaccionar. Ni él ni los otros. "El encuentro me sirvió para sacarme mucho de la bronca que tenía adentro", cuenta. La bronca de Marcelo era mucha. Él era uno de los que en las marchas que conmemoran la guerra quemaban banderas británicas, era de los que siempre andaban con remeras sobre Malvinas. Era, en cierto modo, un militante de su propia memoria y la del país.
De buenas a primeras, lo insospechado: se encontró en una Londres plagada de banderas inglesas en las calles. Esa vez, cuenta, no usó las remeras de siempre. Decidió, dice, no provocar. "Me di cuenta de que tenía que dejar mi orgullo de lado", se sincera. En Inglaterra completó parte de un relato roto. Habló con veteranos ingleses que "también pasaron frío, que se cagaron de hambre, que no estaban preparados, que cometieron errores". También hubo un lado B: sugestivamente, días antes del estreno, se quedó casi sordo. "Era un zumbido raro, intenso", dice, y pone cara de zumbido raro, intenso, mientras se tapa los oídos. Así estuvo casi los dos meses de gira por Inglaterra, Alemania y Grecia. Al tercer día de su regreso a su casa, sugestivamente, el ruido se fue. De golpe. "¿Volverá en Buenos Aires?", se pregunta.
El campo de los consensos
¿Cómo transformar a estos dos bandos en uno? Lola Arias, la directora de Mi vida después y Melancolías y manifestaciones, cuenta que durante el largo proceso de ensayo tomaron varias decisiones. Por ejemplo: "Decidimos no discutir la soberanía de las islas. Fue un pacto para poder convivir fuera y dentro del escenario".
En la construcción de consenso, el equipo creativo todo se largó a contar una historia que tuvo muchas modificaciones y que tal vez las siga teniendo a lo largo de su ya extensa gira, prevista por otras ciudades. Durante la obra, los seis reconstruyen recuerdos, cantan un tema de Los Beatles, aparecen las voces de Galtieri y de Thatcher, muestran objetos, se muestran, bailan, rocanrolean un tema en el que disparan las preguntas más incómodas. Time Out dijo: "Una mirada emocionante e innovadora de la guerra". The Stage: "Un ejercicio extraordinario para mirar la memoria y poner en escena la historia". The Thelegraph: "Un poderoso acto de memoria".
Ni Marcelo Vallejo ni Lou Armour reparan en esas cosas. Vuelven a sus historias (que es como volver a la obra en sí misma). Antes de las funciones en su país, Lou se imaginaba que la platea iba a estar llena de ex combatientes. Eso lo incomodaba un poco, porque se sentía con mucha responsabilidad y con miedo a ser juzgado.
El campo de otra acción
Esta última sensación la conocía. Él fue uno de los que aportaron su testimonio en The Untold Story, documental estrenado a pocos años de finalizada la guerra. Allí contaba su encuentro con un soldado argentino herido que comenzó a hablarle en inglés y que, a los pocos minutos, murió en sus brazos. En el documental, cuando llega a esa situación, pide que se apague la cámara. Corte. Vuelve la imagen y continúa el relato. Lou llora. El impacto social fue tan grande de ver a un soldado inglés llorando la muerte de un soldado argentino que no lo soportó. Dejó su carrera militar.
A 34 años de aquello, en las funciones en Londres se encontró con gente joven en la platea. "Me resultó extraño, porque en Inglaterra no se habla de la guerra, les importa un carajo", reconoce. El tránsito por su propia memoria también tuvo sus costos. "Empecé a dormir peor -confiesa-. Y hay en ese episodio de no poder dormir algo que me llevó a situaciones de mi niñez de las cuales nunca había hablado antes y que hablé acá." Acá, en Buenos Aires, fue al psicólogo.
En Marcelo es distinto (o no). "La guerra me marcó tanto que cada vez que trato de buscar recuerdos previos no los encuentro. Siento que empecé a vivir a partir de la guerra para acá." Muy cerca de ese punto cero no olvida que se fue de la casa de sus padres sin abrazar a su madre, quien no quería saber nada de que su hijo decidiera ir al Sur. Varias veces en esos 70 largos días en las islas se lo reprochó. Lo cuenta con un dolor que toma cuerpo atravesado por la ilusión de imaginarse a su familia toda en la platea de la inmensa sala de la Unsam. "Creo que será un regalo para ellos", confiesa con los ojos iluminados.
Hay otro regalo en todo este entramado que indaga en las formas de representación de la memoria. Lo aportaron un señor inglés y su hijo. Cuando terminó una función en Londres los dos se acercaron a los ex soldados. Como estaba tan conmovido, le pidió a uno de los ingleses su dirección de corre electrónico. Al otro día mandó un correo en el que le contaba un comentario de su hijo. "Papá, si hubiese más obras como éstas no existirían las guerras, porque esos soldados no habrían aceptado enfrentarse", cuenta que le dijo. La carta terminaba así: "Gracias, han salvado a una mente joven". El que lo cuenta, como después de haberle encontrado un sentido profundo a su estar en escena, es Marcelo.

Campo minado
Creación de Lola Arias
Funciones, jueves a domingos, a las 21.
Centro de las Artes de la Unsam, Sánchez de Bustamante 75
Entradas gratuitas. Se solicitan en la página de la Unsam + Campo minado

lunes, 12 de septiembre de 2016

TEATRO MUY RECOMENDADO



Todas Las Canciones De Amor / Libro: Santiago Loza / Intérpretes: Marilú Marini e Ignacio Monna / Piano, dirección musical y arreglos: Diego Penelas / Luces: A. Tantanian, Oria Puppo y Omar Possemato / Escenografía y vestuario: Oria Puppo / Asistente de dirección: Ernesto Donegana / Director técnico y de montaje: Jorge H. Pérez Mascali / Productor general: Pablo Kompel / Dirección general: Alejandro Tantanian / Sala: Paseo La Plaza / Duración: 80 minutosUna sublime Marilú Marini.

Cuando todos los talentos se coordinan por un fin unívoco, el hecho artístico puede llegar a ser sublime. Es lo que ocurre con Todas las canciones de amor.
¿Con qué se encontrará el espectador? Con una madre hablando de esas cosas que hablan las madres en lo cotidiano. Con esas reflexiones que surgen naturalmente cuando todos los días transcurren parecidos. ¿Cuál es el conflicto? ¿Cuál es el nudo? ¿Cuáles son las fuerzas que confrontan? Olvídense de las respuestas. No hacen falta. Hace falta lo que ahí ocurre. Esta madre espera con el poderío del presente. El que debe llegar es su hijo ausente. Ella hablará de sus sentimientos, de lo cotidiano, de su miedo a lo predecible, sus fantasías, su realidad, su pasado y lo que podría ser su futuro, juega a planificar cuando no sabe planificar. En ese repaso en el que intenta separar su interior de su exterior, fluirán las metáforas, la reflexión la llevará a la conclusión y en ese divague solitario podrá entender algo de su realidad, podrá darse cuenta de todas esas cosas que uno, durante la vida, deja escurrirse entre los dedos.
"Las palabras y la conmoción me suceden con fuerza cuando estoy sola, como ahora", dirá. Y allí el espectador se convertirá en un voraz escucha de uno de los textos más bellos que se hayan representado en los últimos años en la escena comercial. Porque el libro de Santiago Loza es un extenso relato pleno de sensibilidad, que se vuelve teatral y se fortalece en el cuerpo o la voz de una actriz para la que parece haber sido concebido. Es inimaginable esta obra en otra figura que no sea Marilú Marini.
A través de su prosa, el autor explora el interior de este entrañable personaje pleno de matices. Es la poesía de lo cotidiano, la elevación de lo sencillo. Y Marilú personifica la belleza de lo simple con una sinceridad adorable. Este personaje encontró en ella al vehículo perfecto para encarnar. La pieza contiene imágenes y episodios absolutamente descriptivos que, en boca de esta actriz intensifican su valor. Es un aquelarre de sentimientos que se tocan la punta de los dedos, se rozan, se sueltan para entrecruzarse y volver viva a esta criatura que tiene un objetivo, un deseo claro: amor. Es que Santiago Loza entiende tanto a las mujeres. Elude obviedades, pero sus ideas son claras, concebidas con una pluma tan prolija como precisa. "Una sigue lo que resulta natural, nadie hace preguntas sobre la naturaleza, nadie cuestiona el olor de los jazmines, por sólo poner un ejemplo", dirá la bella mujer sobre las cosas que simplemente son.
La tríada principal la completa Alejandro Tantanian, quien deja claro que es la persona exacta para articular toda esta ternura. Tuvo la habilidad de constituir el equipo artístico ideal. Contó con tres cómplices vitales: Oria Puppo, en una escenografía y vestuario que retratan un entramado uniforme, y ambos con Omar Possemato realizaron un diseño de luces que es pura dramaturgia. El sistema de cinco arañas/lámparas que se acomodan y reacomodan en la escena es realmente hermoso.
Un párrafo aparte merece Diego Penelas, quien está en escena todo el tiempo. Con su piano crea climas, ilustra. A su vez, se incorporan cinco canciones que rompen o acompañan pero, sobre todo, intervienen al texto y lo enaltecen. Están muy bien interpretadas por el actor y cantante Ignacio Monna (y la misma Marilú Marini), quien encarna con presencia y convicción a la etérea figura de ese hijo ausente.
Todas las canciones de amor es de esas propuestas teatrales que hacen bien, que no se deben dejar de ver. Está asegurado que usted, posible espectador, saldrá del teatro amando a Marilú Marini, bendiciendo el momento en que abrió su billetera para pagar la entrada, recordará bien a su madre, a alguna mujer, a su padre o algún hijo y, sin que se de cuenta, con alguna lágrima furtiva estará dando las gracias.

P. G.

miércoles, 31 de agosto de 2016

OBRAS DE TEATRO MUY RECOMENDADAS


El escritor Hernán Casciari, ahora en Buenos Aires, protagoniza una obra con su verdadera familia, en dos salas
Hernán Casciari y su madre, Chichita. 

Quien haya tenido la oportunidad alguna vez de leer alguno de sus cuentos o de oírlos en la radio, sabrá que Hernán Casciari siempre vuelve a su Mercedes natal. Ese pueblo de la provincia de Buenos Aires es el escenario recurrente de muchas de sus historias, tan autorreferenciales como divertidas.
En esta ocasión, los personajes de sus cuentos -su familia y amigos- abandonan las páginas de los libros de Casciari para hacer de ellos mismos arriba de las tablas, arrastrados por la invitación del escritor (¿qué otra opción tenían?) para que formen parte de este nuevo proyecto personal llamado Una obra en construcción.
Allí están su madre Chichita -que inspiró la novela Más respeto que soy tu madre, convertida luego en éxito teatral por Antonio Gasalla-, su gran amigo el Chiri -ese gran compañero de aventuras-, o el Negro Sánchez, la temida "leyenda" que terminó casándose con la hermana del escritor. Todos reunidos en escena, haciendo de ellos mismos, o de lo que eran en aquel entonces, allá por los 70 y 80.
La escenografía es simple, nada pretenciosa. Reúne los rincones de la casa que lo vio crecer a Hernán, y a la que volvió tras vivir 15 años en un pueblo de Cataluña. Allí están el escritorio y la máquina de escribir que ya despertaban curiosidad en el futuro escritor, además del sillón donde murió su padre de un infarto, hecho que motivó la visita del escritor a su viejo hogar en Mercedes en octubre pasado, una experiencia que fue el germen de este proyecto, según reconoce Casciari. También está la mesa del comedor, donde más de una vez aparece Chichita para ajusticiarlo por cada nueva travesura de Hernán, esas que inspiraron tantos de sus cuentos.
Una obra en construcción es el último experimento de alguien que parece reinventarse en cada cosa que se propone. Como cuando pasó de escribir en su popular blog a crear la mítica revista Orsai, luego convertida en editorial. O ahora, en sus columnas semanales en Perros de la calle, el programa de Radio Metro conducido por Andy Kusnetzoff.
Esta nueva apuesta de Casciari, que desde su lanzamiento a principios de año viene llenando cada sala que visita, incluso del interior, permite que los personajes de sus cuentos se vuelvan realidad ahí arriba del escenario. Y lo logra, robando carcajadas y entreteniendo a su público fiel.
Él no es actor, ni pretende serlo. Su amateurismo es indisimulado. Hace de la imperfección una virtud. Pero sus historias no carecen de teatralidad. El escritor que en diciembre pasado sobrevivió milagrosamente a un infarto en Montevideo, reaparece para desplegar en el escenario todo su talento, evocando y dándole vida a las escenas de su infancia, marcadas por el complejo de su gordura, plasmadas irónicamente en las páginas de sus libros.
Y justamente en eso radica el punto fuerte de este biodrama: en el privilegio de poder estar allí, viendo cómo sus historias se vuelven realidad. Sólo que esta vez, claro, gracias a la presencia en vivo y en directo de sus personajes, arrancados a la fuerza del anonimato.
Con localidades que se agotan varias semanas antes de cada presentación, Casciari continúa presentándose cada miércoles y jueves en una amable sala de la Chacarita: Santos 4040 (Santos Dumont 4040), como viene haciéndolo desde mayo. El éxito logrado lo ha llevado a sumar nuevas funciones en una sala más amplia, el Auditorio Belgrano (Virrey Loreto 2348), donde se presenta los viernes y/o domingos. Las localidades se venden sólo por internet, a través de eventbrite.com.ar, a partir de 200 pesos.

G. B.
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Homenaje de un nieto a un abuelo judío
A través de una historia personal, Diego Lichtensztein evoca a la diáspora ruso-judía con canciones
Diego Lichtensztein.
"Abrí la ventana. Están ahí. Vienen a buscarme mis padres." Hacía mucho frío ese invierno cuando Sasha Jusid, al que todos llamaban Shike, estaba internado en una clínica. Tenía 87 años, estaba enfermo, pero su cabeza intacta. No alucinaba cuando le habló por última vez a su nieto adolescente para después partir, reconciliado con el pasado, la tradición y el Dios al que había culpado por el desarraigo y la muerte trágica de su familia de origen a la que nunca más volvió a ver desde que tuvo que abandonar Rusia, a los 17 años. Acerca de esa historia cuenta Zeide Shike (Abuelo Shike en idish), la obra que aquel nieto después adulto, el actor y cantante Diego Lichtensztein, imaginó para homenajear ese recuerdo y el de tantos inmigrantes que llegaron a la Argentina.
Estrenado en 2010, el espectáculo vuelve los domingos a El Método Kairós con algunas novedades. En lugar de Divina Gloria o Zully Goldfarb, esta vez a Lichtensztein lo acompaña la actriz Mirta Wons y los músicos Norberto Vogel y Víctor Murstein, siempre con la dirección de Perla Laske (también coautora).
"Es muy movilizante lo que sucede. No vuela ni una mosca porque el tema les llega a todos los espectadores, no sólo a los de la comunidad judía. ¿Quién no tiene un abuelo o abuela que vinieron solos de España, Italia o Armenia, con sus costumbres y canciones de cuna? La gente me lo dice, se siente muy identificada", dice Lichtensztein, tenor y jazán (quien guía los cantos en la sinagoga), realizador entre 2013 y 2015 de los espectáculos Jango y tazz y La leyenda del amor, con la actriz y cantante Dalia Elnecavé.
Fue en 1924, para evitar que sufriera el largo servicio militar soviético, que los padres de Shike decidieron mandarlo junto al hermano mayor que ya estaba en Nueva York. Pero no pudo ser. El cierre de las fronteras desvió su destino hacia el sur, sin ningún contacto ni conocer una palabra en castellano. Al llegar al puerto, un paisano le sugirió dirigirse a un lugar, también al sur, pero del Gran Buenos Aires, la localidad de Remedios de Escalada donde encontró un hogar y un trabajo como vendedor ambulante, se casó con Sara y tuvo cuatro hijos.
"Era muy parco, hablaba muy poco. Mi mamá, la menor de los cuatro, me contó que lo veía llorar al recibir alguna carta, escondido bajo la parra, en el fondo de la casa. Sus hermanas terminaron en un campo de concentración nazi. Tampoco se reencontró con el hermano. Por eso estaba enojado con la religión, se alejó de todo eso, se sentía frustrado por tanto dolor", dice Lichtensztein, el presentador en Zeide Shike y también el nieto que dialoga con la abuela, el papel de Wons.
Entre otras, las canciones que ambos interpretan son "Adiós Nonino" (Ástor Piazzolla), "Puente invisible" (Marilina Ross), "Siempre se vuelve a Buenos Aires" (Eladia Blázquez), "No quisiera quererte" (Horacio Guarany), "Papirson" (Herman Yablokoff), "A bisele Mazl" (Ben Zion Wittler), "Amanecer, anochecer" (tema de El violinista en el tejado), Papa Can You Hear Me? (tema de la película Yentl) y una de las preferidas de Shike, "La añera", de Atahualpa Yupanqui, la que dice "cuando se abandona el pago y se empieza a repechar, tira el caballo adelante, y el alma tira pa' trás". "Así se sentía él -cuenta Diego-. Pero al final, justo antes de morir, estoy seguro que estuvo en paz y se reconcilió con su propia historia."
Zeide Shike
Dirigido por Perla Laske
El Método Kairos, El Salvador 4530.
Domingos, a las 18. $ 200

L. G. 

miércoles, 24 de agosto de 2016

TEATRO RECOMENDADO


Notable recreación de un texto de Tabucchi
GIOSEFINE /Basado en: Carta desde Casablanca, de Antonio Tabucchi
/ Intérpretes: Mísia, Joana Brandao, Fabricio Romano. Diseño visual de pantalla: Paulo Seabra /Vestuario: María Gonzaga /Escenografía: Fábrica Bauhaus /Iluminación: Pedro Leston /Dirección musical: Fabricio Romano / Ayudante de dirección: Joana Brandao /Dirección ydramaturgia: Guillermo Heras / Teatro: Regio, Córdoba 6056 /Funciones: miércoles a sábados, a las 20; domingos, a las 19 /Duración: 80 minutos /
En 2001, el destacado narrador Antonio Tabucchi publicó Se está haciendo cada vez más tarde, un libro de relatos en forma de carta. En cada uno de ellos apela a la memoria. Reconstruye un pasado extremadamente sensible que poco a poco va conmoviendo al lector.



En Carta desde Casablanca una travesti, Giosefine, escribe a su hermana Lina una carta que tiene mucho sabor a despedida. Ella está internada a la espera de una operación de cambio de sexo y no sabe si podrá superarla. Ante esa posibilidad escribe y repasa su historia familiar. En el relato original Tabucchi no da muchas pistas al respecto. No nos ofrece los datos necesarios que permitan completar algunos espacios vacíos acerca de la construcción de la vida de ese muchachito llamado Ettore que deviene en una reconocida cantante internacional.
Tampoco la versión teatral del español Guillermo Heras lo hace. Por el contrario, Giosefine termina convirtiéndose en un personaje sumamente entrañable porque oculta sin duda momentos dolorosos de su crecimiento, de su mundo familiar primario. Tampoco sabremos o deberemos imaginar cómo puede haber sido el universo íntimo de esa muchacha que deslumbró en escenarios de buena parte del mundo. Pero hay algo muy atractivo que la dirección ha logrado sostener, la expectativa por el desarrollo personal de esa criatura que en el cuerpo de Mísia adquiere una rica trascendencia. Y algo más, continuamente sobrevuela la idea que el arte puede ser provocador y, a la vez, muy sanador.
El espectáculo se despliega en un marco de notable sencillez. Algunas fotografías acompañan y a veces fortalecen el relato. Solo la actriz, Mísia, se impone en escena y lo hace de una manera encantadora. Es muy sutil su forma de narrar. Proyecta desde su interior unas imágenes potentes que de inmediato captan la atención de quien observa. Mísia es una guía notable a la hora de conducir al público por los vericuetos de esa vida en la que Ettore y Giosefine se mezclan para dar forma a un ser con un alma casi mágica.
El trabajo posee una pequeña trampita. Hay mucha expectativa en la sala por escuchar cantar a Mísia y cuando parecería que eso no va a suceder, la reconocida intérprete portuguesa lo hace. Con una calidad extrema canta "Ojos verdes", "Los mareados" y "Luna rossa" y allí logra fortalecer su comunión con los espectadores. La acompaña al piano un muy destacado director musical, Fabricio Romano.
Giosefine es un proyecto casi de cámara pero que, en el escenario del Regio, se engrandece. Sin duda, por la fuerte presencia de Mísia.
C. P

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Gran combinación: dos mujeres talentosas y Kartun
La suerte de la fea. Dramaturgia: Mauricio Kartun / Dirección: Paula Ransenberg / Intérprete: Luciana Dulitzky / Composición musical e intérprete en escena: Fede Berthet / Iluminación: Fernanda Balcells / Escenografía y vestuario: Alejandro Mateo / Asis de dirección: Marcelo de León / Sala: Timbre 4. México 3554 / Funciones: domingos, a las 17 / Duración: 50 minutosGran trabajo de Dulitzky, dirigida por Ransenberg. 

Luciana Dulitzky, junto con Paula Ranseberg a cargo de la dirección y la puesta -una dupla de interesante trayectoria que viene dando cuenta de que son cosa seria- se atreven a la difícil tarea de apropiarse de un texto del notable dramaturgo Mauricio Kartun. El resultado es majestuoso.
La sala más chica de Timbre 4, a la que se accede por Boedo, se hace aún más chica. La planta escénica es apenas un rincón que se viste de gala, con cortinados rojos y flores. Pero esos pocos metros alcanzan porque lo que veremos es a ella, a la gran Luciana Dulitzky que sola alcanza y sobra para ampliar el espacio, hacerlo gigante, y ensancharse porque es vasta y profunda.
La historia, un pequeño cuento, una anécdota fugaz de esas que encantan a Kartun, se abre paso y entonces debemos retrotraernos a los comienzos del siglo XX, allí cuando era común que en los bares los hombres disfrutaran del talento de mujeres bellas ejecutando alguna pieza musical. El secreto detrás de ello es que esas mujeres atractivas apenas eran unas simuladoras: las que verdaderamente tocaban estabas escondidas tras las cortinas o en el foso. La suerte de la fea es la historia de una de esas mujeres ocultas con ganas de más.
Parece que a la dupla le llaman la atención estas mujeres antiguas, olvidadas, con algunos talentos subestimados. Así que van por ello y por suerte para nosotros que podemos deleitarnos.
Los unipersonales siempre generan inquietud. Es un salto al vacío. Una audacia. El actor más desnudo que nunca, como cuando un equilibrista decide trabajar sin red. Y muchas veces es forzado porque el actor solo no ocupa todo el espacio que debe llenar con su contundencia. Y entonces cae, la pieza se vacía y el público termina por anhelar el intercambio entre personajes que, al menos, entretiene. En este caso, al igual que en Para mí sos hermosa que la tiene a Paula Ransenberg como intérprete, el unipersonal cobra sentido y es que ante tamaños talentos qué mejor que el frenesí de estar sola, pisando fuerte ese escenario y generando un sinfín de matices.
No termina siendo justo decir que está sola, es que un violinista, en la profunda oscuridad, la acompaña con sus melodías, acentúa algunas palabras y le da espesor, profundidad al relato.
Además, claro, la acompaña el sublime texto de Mauricio Kartun que cuenta con esos remates ingeniosos y con ese pícaro humor tan amable propio del dramaturgo.
El mundo teatral se verá en un espejo prácticamente inalcanzable si estas dos mujeres -Luciana en escena, Paula en la dirección- se convierten en la vara de lo que es el buen gusto, las grandes actuaciones y los papeles brillantes.
J. C.

martes, 16 de agosto de 2016

CUESTA ABAJO; TEATRO MUY RECOMENDADO


Un viaje bello y poético a los años treinta

Muñecos y actores-cantantes virtuosos.

Cuesta abajo / Libro: Alfredo Le Pera / Actores-titiriteros-cantantes: Pablo Lago, Laura Laspiur, Lucía Gerpe, Martín Rebeche, Walter Menta, Mariano Basile, Mara Mantelli, Alejandro Cardozo, Osvaldo Melián / Músicos: César Nigro, Emilio Turco y Pau Longobardi / Escenografía: Osvaldo Walter Melián / Luces: Carolina Rabenstein / Realización de títeres: Ricardo Lista / Dirección musical: César Nigro / Co-dirección títeres: Carmen Kohan / Dirección general y adaptación: Hernán Márquez / Sala: Santos 4040, Santos Dumont 4040 / Funciones: domingos, a las 18 / Duración: 60 minutos.
Carlos Gardel sería tan feliz si pudiera ver la sublime trasposición al teatro de aquella película que filmó en 1934.
Cuesta abajo es una propuesta diferente que combina lo mejor del teatro musical con títeres. Discípulo de Eva Halac, Hernán Márquez concibió adaptó una de las cuatro películas que Gardel filmó para la Paramount Pictures, en los estudios de Long Island, a una puesta en escena intimista, con un grupo de nueve actores titiriteros cantantes y tres músicos en escena liderados por César Nigro.
Márquez nos hace viajar al Buenos Aires del 30, con sus personajes, sus costumbres, su forma de hablar y esa música tan nuestra que inundaba sus calles y era el orgullo de un país entero. Hay amoríos, lúmpenes, arrabaleras, cafishos, jugadores y esos seres que poblaban los bares porteños. Y en medio de esa dialéctica romántica de traiciones y lealtades circulan las canciones de la película, que incluyen dos clásicos inmortales: "Cuesta abajo" y "Mi Buenos Aires querido".
Uno no podrá diferenciar a cada títere con su manipulador -cada uno de ellos son cantantes, son actores-, y gracias a la belleza de la realización de Ricardo Lista que le otorgan unicidad a la propuesta y a cada una de las criaturas. Esos hermosos muñecos que caminan, se abrazan, cantan tangos o se desafían tienen poesía, además de vida. Es difícil destacar a alguno de los intérpretes porque todos son excelentes y en eso tiene responsabilidad este director-mago para tener en cuenta: Hernán Márquez. Porque Cuesta abajo tiene magia, es de esas joyas teatrales que parecen pequeñitas, pero son enormes. Confíe en estas palabras: presenciar esta propuesta es trasladarse a la pantalla de una época de gloria del cine argentino. Y no sólo no se verán traicionados los cinéfilos ni los gardelianos, sino que aquellos que no suelen tener ningún tipo de acercamiento al tango o a estas historias de antaño se verán inmersos en un cuento hecho realidad. Con personajes que tienen alma.
Corresponde también destacar el trabajo de escenografía de Osvaldo Melián y el diseño de luces de Carolina Rabenstein.
Cuesta abajo es una razón más para afirmar que ahora en el barrio de Chacarita hay buen teatro y es un nuevo circuito para recorrer y tener en cuenta a la hora de elegir.

P. G. 

martes, 28 de junio de 2016

TEATRO RECOMENDADO; ALTA EN EL CIELO



ALTA EN EL CIELO de: Nelly Fernández Tiscornia / Dirección: Patricio Azor / Intérpretes: Julia Azar, Luciana Conde, Sebastián Dartayete, Luli Zunino / Escenografía: Juan Ignacio Pólvora / Vestuario: Mariana Pérez Cigoj / Luces: Soledad Ianni / Música: Claudio Martini / Producción: Alejandra García / Asistencia de dirección: Juan Ignacio Pólvora / Sala: El Vitral, Rodríguez Peña 344 / Funciones: Domingo, a las 20 / Duración: 65 minutos.

Domingo, ya de noche y con frío. El centro que parece un poco abandonado del trajín de la semana. Adentro empieza la función. Y así, medio adormecido el día, de repente y casi sin advertirlo, uno se choca con la emoción, con lo bello de la magia teatral: esta obra es una joyita que pasa medio desapercibida y que merece atención.
De entrada nos van situando en la escuela primaria: una mujer con delantal nos pide que apaguemos los celulares para comenzar el acto, el programa de mano es un diploma enrollado, y ni bien nos acomodamos en la platea vemos una pila de libros en el centro de la escena, unos pupitres gastados y un globo terráqueo al costado.
Es que la obra se sitúa en una escuela de frontera, pobre, perdida, lejos de todo y de todos, de la burocracia, de la justicia y hasta de la lluvia; sólo está el viento, la gente del lugar y sus propias leyes y códigos. De la escuela está a cargo la Gringa, para suerte de todos los lugareños que acuden a ella para muchas más cosas que el mero aprender a leer y a escribir. La Gringa es la madre de todos, es la madre del pueblo. A poco que comienza la pieza nos enteramos por su hija y por un ex alumno, Cardosito como le dice ella -que además parece ser cuidado y maternado por esta mujer invalorable-, que recoge chicos del monte, como dicen, que son abandonados siempre en la misma curva.
Además de ser la protectora es el nexo con la ciudad, es quien recibe a los inspectores que, cada tanto, vienen a supervisar que las cosas marchen más o menos como la ciudad lo exige. Y así, un día, llega una nueva inspectora que desoye esas leyes propias que se instalan cuando no hay nada y las cuestiona. Pero el conflicto no se reduce a la "sociedad organizada" solamente -representada por la inspectora-, y entre maestras terminan por entenderse. Hasta la Gringa hoy tiene que aprender una lección y el conflicto real lo tendrá con su hija, Susana, la maestra de la escuela que no entiende por qué su mamá se ocupa de tantas cosas y tan poco de ella.Con un ajustado equipo en la escenografía, en el vestuario y en las luces y cuatro actores que se desempeñan correctamente en sus papeles, Patricio Azor, el director, configura una obra sencilla pero que impacta por su sensibilidad extrema.
Es preciso ver esos ojos vidriosos de la Gringa, personaje creado de manera inmejorable por Julia Azar, para entender de qué se trata el amor, de qué se trata el acto profundo que implica querer una sociedad más justa y que, para lograrlo, es requisito indispensable formar jóvenes y hacerlos creer en algo. De eso se trata Alta en el cielo: de los valores, de qué es justo cuando no se tiene nada, del amor y la vocación por cuidar al otro. Una obra que llega al alma. Indispensable.

J. C. 

jueves, 9 de junio de 2016

TEATRO MUY RECOMENDADO; FLORES DE TAJY...


La directora y dramaturga Sol Bonelli logra una inquietante inmersión en el promiscuo y desolado mundo de la trata personas en su obra "Flores de Tajy", que se puede ver todos los domingos a las 21 en Nun Teatro Bar.
Un burdel rutero, tres seres desangelados que padecen la violencia del comercio sexual, un proxeneta omnipresente (el Mostro) que nunca aparece en escena y un cliente, que viene a representar "la invisibilizada parte de la demanda que pone en funcionamiento todo el negocio", pueblan el escenario de la obra que transcurre al interior de un prostíbulo pobre en las cercanías de un pueblo de provincias.
"Siempre me obsesionó el tema de la trata, posiblemente a partir de mi condición de mujer. Y siempre discutí esa visión de muchos hombres que naturalizan la existencia de la prostitución", remarca Sol Bonelli en charla con Télam y cuenta que empezó a investigar esta problemática cuando en 2010 participó en un taller sobre trata de personas en el Encuentro Nacional de Mujeres de ese año.
"A partir de ahí me queda rebotando una urgencia, la necesidad de hacer algo con este tema como mujer y militante autónoma pero también como guionista y escritora", señala.


Es desde ese impulso y esa decisión que Bonelli idea y escribe el ciclo de unitarios televisivos "Se trata de nosotros", que gana uno de los concursos de la Televisión Digital Abierta promovidos por el Instituto de Cine en 2012 y que tiene como protagonistas a Eduardo Blanco, Romina Gaetani, Moro Anghileri, Belén Blanco, Luis Machí­n, Sandra Ballesteros, Guillermo Pfening y Edda Bustamante, entre otros.
"Flores de Tajy" (la flor del lapacho, flor nacional del Paraguay) surge en cambio de un monólogo y se deriva de la frase: "Un día yo sé que voy a ser buena madre", que dice la protagonista junto a un cadáver al comenzar la obra y que apareció cuando Bonelli pretendía explorar el mundo de la maternidad pero fue nuevamente redirigida hacia el del sufrimiento y la violencia de la trata, enlazando de algún modo los dos universos.


"A partir del monólogo y de una serie de interrogaciones que me hago sobre el personaje empieza a surgir un proceso de reescritura que concluye en esta obra y donde aparece Cris (una travesti que regentea el burdel), y que me da la posibilidad de visibilizar también el tema de los nuevos géneros, que en general están restringidos a la prostitución porque a raíz de un fuerte conservadurismo social nadie le da trabajo a un travesti", cuenta Bonelli.
"También la aparición de Cris me permitió correrme del lugar de la víctima que llora todo el tiempo y plantear al mismo tiempo esta cuestión donde uno pude ser víctima del sistema pero también un representante del statu quo, que es lo que ella hace como madama del burdel y un poco la posición de la otra chica, la Loba".
Bonelli se detiene también en el cuarto personaje presente, Miguel, que es el cliente y lo describe así: "No quería que fuera un hijo de puta, es medio maldito, tiene cosas medio perversas pero no quería que fuera un monstruo sino una persona en la que se pudieran reconocer algunos espectadores y que hiciera manifiesta la violencia propia de la posición del cliente, que socialmente está naturalizada y de la que nadie se hace cargo".
"Yo soy abolicionista, para mí la prostitución no es un trabajo y me carcome que el cliente siempre es invisible aunque es el que mantiene el negocio en marcha, porque si no hay demanda no hay oferta; el cliente es un eslabón base necesario para que funcione todo lo demás y sin embargo siempre está invisibilizada esa responsabilidad, es como un actor impune en todo este drama de la trata", destacó.
El personaje central de la obra es Nati, una joven paraguaya víctima de trata y a la que el proxeneta que maneja el burdel pone ese nombre y el texto alterna, en esta geografía de frontera física y cultural, el castellano y el guaraní en su relato.
"Hay un dato evidente y tiene que ver con la trata en relación con el lugar común de la paraguaya traída engañada a Buenos Aires pero también algo que remite a la otredad, como ser un extraño en la tierra. Y me pareció que esta cuestión del guaraní y el Paraguay era la manera más patente de transmitir eso, que te sacan de un lugar y te llevan a otro, extraño, eso me permitió también indagar en una serie de leyendas como la del curupí y la del caraú", asegura Bonelli.
La autora, que para la escritura de esta obra y de la miniserie televisiva rescató el testimonio de mujeres salidas de la trata y ex prostitutas, asegura que "hay como una 'glamorización' de la prostitución, la idea de que la puta es una mina que le pone el pecho a las balas, que se la banca, pero cuando hablas con ellas te das cuenta que lo más fuerte es la violencia que sufren y la soledad".


Finalmente, y haciendo alusión al título de la obra, que remite a la flor nacional del Paraguay, Bonelli dice: "el Tajy es la flor más común del Paraguay y la historia de Nati, víctima de la trata, lamentablemente también es una historia común, las chicas más humildes y más desprotegidas son las que terminan siendo víctimas de la trata".
"Fores de Tajy", con dramaturgia y dirección de Sol Bonelli, está interpretada por Florencia Patruno, Candela Suárez López, Martín Folco y Pedro Jerez, cuenta con música original de Nacho Sánchez y se puede ver los domingos a las 21 en Nun Teatro Bar (J. Ramírez de Velazco 419).

martes, 31 de mayo de 2016

TEATRO MUY RECOMENDADO

El intérprete, que fue su amigo por más seis décadas, recuerda a la inolvidable actriz uruguaya y le rinde un merecido homenaje en Mi vida con China, un espectáculo con sabrosas anécdotas, buena música y mucha alegría
Perciavalle y su homenaje más sentido.Emiliano Lasalvia
Cuando tenía 13 años, un profesor de la secundaria decidió llevar a todo el curso a ver una obra de teatro: Don Gil de las calzas verdes. La estrella de la obra se llamaba China Zorrilla, una actriz uruguaya que ya en ese entonces era muy reconocida, pero que para un niño de esa edad era una persona más. Sin embargo, no iba a pasar mucho tiempo para que Carlos Perciavalle se deslumbre con la luminosidad y la belleza de esa mujer.
"Se me cayeron los dientes que después me implanté. Ésa es la mejor forma de expresar lo que sentí cuando la vi brillar arriba de ese escenario", confiesa el entonces niño que, luego de la función, se animó a meterse tras bambalinas para conocer a aquella mujer. Llegó a la puerta del camarín y casualidad o causalidad, China abrió la puerta y lo vio. No hizo falta decir nada, con tan sólo un abrazo se entendieron para toda la vida. Y sí, 62 años de amistad es toda la vida.

¿Quién mejor entonces que aquel amigo y confidente de toda la vida para rendirle un homenaje como ella se merece, y encima arriba del escenario? Nadie. Por eso Carlos Perciavalle decidió recordar a su gran compañera de aventuras haciendo Mi vida con China, un show lleno de anécdotas, de música, pero sobre todo de alegría, como ella quería que la recordaran luego de su partida.
"Yo soñé este espectáculo, algo que nunca me pasó con ningún otro. Soñé que contaba mi vida personal con China, que no tiene nada que ver con una biografía oculta o autorizada, o de las obras que hizo; sino de las cosas que hicimos juntos desde que nos encontramos", explica el actor, que estrenó este show el verano pasado en Uruguay y que actualmente continúa en cartelera, pero que ahora el público argentino podrá disfrutar este fin de semana en el teatro Buenos Aires.
Había 19 años de diferencia entre ellos, pero ninguno de los dos lo hacía notar. "Nunca hablábamos de la edad, no nos importaba nada. Nos reíamos muchísimo juntos, no hay nada que una más a dos seres humanos que la risa; incluso nos unía la divergencia porque pensábamos distinto en muchas cosas pero nos reíamos de eso. China siempre me decía «qué suerte que pensamos distinto porque sino sería tan aburrido todo»", cuenta el rey del café concer
t
La propuesta matrimonial
Tantos años, películas, viajes, cenas, espectáculos juntos, que era imposible no amarse de esa manera. A tal punto que la actriz antes de fallecer le pidió casamiento y él nunca llegó a contestarle. Eran de esos amores incondicionales, que pocos encuentran en un amigo. "China en mi vida fue determinante. Todo lo genial que me pasó en la vida fue por ella", dice con la voz entrecortada Carlos Perciavalle. Segundos después, ya estaba nuevamente erguido, con sus anteojos de marco blanco y su pañuelo al cuello, con una sonrisa de oreja a oreja: "Ella me pidió que la recordara siempre con alegría, y eso voy a hacer; por eso hago este espectáculo. No la extraño porque siento que está conmigo y seguramente está feliz de que yo esté haciendo esto".
Un año fueron invitados a la Asamblea de las Naciones Unidas, en Nueva York y tuvieron que abandonar la sala porque se tentaron a tal punto que terminaron llorando de la risa; otra vez Carlos durmió a China para hacerla subir a un avión porque ella tenía pánico a volar; una noche en la casa de Perciavalle, estaban jugando a las cartas con Susana Giménez, pero la diva se sintió mal y China no tuvo mejor idea que llamar a la farmacia a las 3 de la mañana para pedir ayuda y contó que la "Su" estaba descompuesta, pero los farmacéuticos pensaron que era broma y cortaron el teléfono.
Anécdotas como éstas tiene miles, asegura, y en Mi vida con China, bajo la dirección de Alfredo Leirós, Perciavalle las cuenta con su gran histrionismo y sentido del humor, acompañado de música de María Elena Walsh, un rap escrito por la propia China Zorrilla como cereza del postre y una sorpresa audiovisual que emocionará a más de uno
.
"Este show de humor es una forma de tenerla viva, porque mientras yo viva China va a estar viva, la siento en el corazón. Estar con ella siempre fue una fiesta y por eso la tengo presente todo el tiempo. Teníamos una complicidad absoluta, hasta el último día. Un ser único, no volverá a haber otra China nunca más", afirma Perciavalle.
Carlos para muchos, Perciavalle para otros; pero para China, él era Kunz, como el pianista Charlie Kunz que deslumbraba a los parisinos con sus shows. Kunz era el nombre con el cual se llamaban entre ellos y que nadie entendía ni compartía. Hoy los Kunz se unen arriba del escenario de una manera distinta, con el pensamiento y el alma, para recordar buenos momentos y reírse hasta llorar, como durante 62 años.

Mi vida con China
Con Carlos Perciavalle
Funciones, mañana, a las 21, y pasado mañana, a las 19.
Teatro Buenos Aires, Rodríguez Peña 411.
J. R.