miércoles, 1 de junio de 2022

EL ECONOMISTA....NOTICIAS

 


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NAVEGAR A LO GRANDE


Navegar como las estrellas de Hollywood es cada vez más accesible
El alquiler de yates privados con tripulación y todos los servicios incluidos registra un crecimiento inusitado en Latinoamérica
Andrea Ventura
El paraíso en exclusividad: una de las embarcaciones de la empresa &Beyond Yacht Charters en las Islas Vírgenes
Navegar en un yate privado hace tiempo dejó de ser exclusivo para las estrellas de Hollywood y los magnates petroleros.
Las opciones para salir con familia y amigos en pequeñas embarcaciones tripuladas con todos los servicios a bordo se multiplicaron en los últimos años y la demanda se disparó. La pandemia dio un empujón más: mientras los grandes cruceros estuvieron parados mucho tiempo por el riesgo a contagios en barcos con miles de pasajes, las salidas cerradas en embarca iones para 8 o 10 pasajeros crecieron y siguen creciendo. Seguramente en los momentos más bravos de la pandemia fue por la seguridad que daba mantenerse dentro de una burbuja, sin contacto con demasiadas personas, pero ahora sin dudas el éxito es por la exclusividad y el servicio personalizado que ofrecen.
Aunque con costos elevados, se volvió una alternativa más accesible, incluso en algunos casos cercana a lo que se pagaría por un viaje en un crucero o una estada en hotel.
La propuesta es en la mayoría de los casos similar: se alquilan los navíos, que pueden ser yates, catamaranes, goletas o veleros con tripulación que se encargan de la navegación, las comidas, limpieza y actividades. Los pasajeros no necesitan tener ningún conocimiento sobre navegación. Los itinerarios también se suelen diseñar a pedido de los viajeros: pueden elegir la cantidad de días y las escalas que se harán. Los destinos más buscados son el Mediterráneo y el Caribe.
La propuesta es en la mayoría de los casos similar: se alquilan los navíos, que pueden ser yates, catamaranes, goletas o veleros con tripulación que se encargan de la navegación, las comidas, limpieza y actividades. Los pasajeros no necesitan tener ningún conocimiento sobre navegación.
La reserva también se flexibilizaron, con el surgimiento de plataformas en diferentes países que reúnen la oferta y permiten comparar tarifas y servicios. Se contratan con un simple clic, con la misma facilidad que una noche de hotel. En muchos casos, los propios dueños de las embarcaciones viven abordo y reciben pasajeros y en otros los ponen en alquiler en los momentos que no los usan.
La plataforma francesa Click&Boat, una de las tantas que proliferaron en los últimos años, registró a nivel global un aumento del 87% en las reservas de embarcaciones tripuladas en 2021 frente a 2019. La empresa actualmente ofrece más de 40.000 embarcaciones en alquiler, en las más variadas regiones del mundo.
El San Limi, un yate a vela de lujo que comercializa Dawe Yachts, hace itinerarios por las costas de Croacia
Nuevos navegantes
“El alquiler está creciendo mucho y en América Latina con mucha fuerza. Se espera que se incrementen las salidas de latinoamericanos entre el 15 y el 20% en los próximos años”, dice Ignacio Peluffo, socio de Dawe Yachts y de My Yacht Company, empresas especializadas en el alquiler de yates para el mercado latinoamericano, con cerca de 20.000 opciones de embarcaciones en más de 150 destinos. Peluffo explica que el latinoamericano es un mercado relativamente nuevo, que en los últimos años viene descubriendo estas propuestas: “Muchos pensaban que alquilar un yate era para jugadores de fútbol o para la realeza, pero es una modalidad de alojamiento más, que hasta puede ser más económica que un hotel, hay propuestas accesibles que rondan los 2000 euros por una semana para 4 personas y también los yates premium de 500.000 euros por siete días”, agrega.
Entre los destinos más buscados, destaca las salidas por el Mediterráneo, con itinerarios por la costa Dálmata en Croacia, Italia y las islas griegas. En el Caribe, los preferidos son los itinerarios por las Islas Vírgenes.
El catamarán a motor Leopard 51 en navegación por las Islas Vírgenes Británicas
A diferencia de los grandes cruceros, en los yates se hacen distancias muchos más cortas, generalmente dentro de la misma área, no se navega de noche pero se acceden a sitios que lo grandes busques tienen restringido.
&Beyond Yacht Charters es otra de las empresas que ve cómo les sacan de las manos los yates para alquilar. Liderada por un matrimonio de sudafricanos, nació hace dos años, en plena pandemia y ofrece salidas en catamarán por el Caribe, con base en Islas Vírgenes Norteamericanas.
“Es necesario reservar con seis meses de anticipación y hay embarcaciones que con más tiempo aún, explica Liza Kharoubi, Chief Charter Consultant de &Beyond Yacht Charters.
Kharoubi cuenta que las propuestas son all inclusive, las salidas incluyen comidas, bebidas y también las actividades que se realizan, como snorkel o buceo.
“Todos los barcos son diferentes y los pasajeros pueden elegir a que islas ir; aunque sugerimos itinerarios, ellos deciden. También la cantidad de días, aunque el mínimo es de tres”, agrega. Ella se encarga de hacer un trabajo personalizado: “Me ocupo de averiguar exhaustivamente los gustos de cada grupo y les aconsejo una tripulación y barco acorde. También consultamos por necesidades especiales en las comidas y otros requerimientos”.
Una salida para 4 personas de una semana de duración en uno de los yates que ofrece &Beyond cuesta desde 15.000 dólares.

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ECONOMÍA COTIDIANA


Eliminando ceros: la historia de nuestra moneda y de nuestros billetes
Unos 200 años atrás comenzaron a circular los primeros papeles para hacer intercambios; cómo los problemas económicos fueron y van erosionando el valor del medio de pago oficial del país

Santiago Bulat


1. Nuevos (viejos) billetes.
Esta semana vivimos un cambio en el diseño de los billetes en circulación de nuestra Nación. La historia de la moneda en la Argentina tiene varios capítulos. Los primeros billetes de circulación masiva se remontan a los primeros tiempos del Banco de Buenos Aires (hoy Banco Provincia), inaugurado en 1822, cuando se puso en circulación el primer billete local: el peso moneda corriente. Esta moneda tenía la característica de ser inconvertible (no podía cambiarse libremente por oro), y estuvo vigente entre enero de 1826 y noviembre de 1881. Los billetes eran fabricados en Inglaterra, y algunos incluían los rostros de figuras de la independencia americana (como George Washington) y leyendas políticas a favor del gobierno de Juan Manuel de Rosas.

2. Patrón oro.
En 1881 se sancionó la ley de unificación de la moneda nacional, que determinó la convertibilidad de la moneda con oro, y la emisión del “Argentino” oro. Esta moneda era equivalente a $ 5 (cinco pesos moneda nacional). A partir de 1899 y hasta 1929, el peso moneda nacional se mantuvo en casi la misma relación con el dólar estadounidense, con algunas fluctuaciones a partir de 1914 (cuando, si bien se suspendió la convertibilidad, se mantuvieron las “reglas del juego” del patrón oro). En 1929 se cerró la caja de conversión y se abandonó el patrón oro, aunque el valor de la moneda seguía dependiendo de las entradas y salidas del metal. Finalmente, en 1935 y por la reforma monetaria y bancaria, nace el Banco Central de la República Argentina, como una entidad con participación estatal y privada, que tenía entre sus funciones la exclusividad en la emisión de billetes y la regulación de la cantidad de dinero. En 1946 se dispuso su nacionalización.

3. Primera impresión.
En 1951 la Casa de Moneda logra realizar por primera vez el proceso completo de impresión de un billete del banco. El billete de 1 peso moneda nacional (M$N), que circuló desde 1952. De la mano de la inflación la moneda fue perdiendo poder de compra: los precios expresados en moneda nacional eran cada vez mayores y menos referenciales. El 5 de abril de 1969 se decidió reemplazar el signo monetario, emitiéndose el peso ley 18.188, que circuló entre 1970 y 1983. Con la nueva moneda se suprimieron dos ceros: 1 peso equivalía a 100 pesos moneda nacional. A mediados de 1983 se decidió reemplazar el peso ley, debido principalmente a que el cambio monetario no alcanzó para controlar la dinámica de precios. La equivalencia fue de 10.000 pesos ley 18.188 por cada nuevo peso argentino. La imagen del valor de mayor denominación era la de Juan Bautista Alberdi. Este signo monetario duró muy poco y en 1985 llegó el Plan Austral.

4. Austral.
Ese plan implicó sacar más ceros a los billetes, con lo cual un austral equivalía a 1000 pesos argentinos. Las caras visibles de los australes fueron la de Bernardino Rivadavia (en el billete de menor denominación) y la de Manuel Quintana. La inflación cayó entonces de manera fuerte, pero el desafiante contexto global y la incapacidad para sostener los cambios localmente tiraron el proceso por la borda. Y llegamos a la hiperinflación de 1989.

5. En la actualidad
. En 1991, en reemplazo del austral llegó el peso, que es la moneda actual. El 1° de enero de 1992 se estableció que la relación de conversión fuese de 10.000 australes por peso. El billete de 1 peso lo tenía a Carlos Pellegrini y el de 100 a Julio Argentino Roca. Gracias a la convertibilidad, la inflación rondó 2% en promedio durante la década. Pero luego, todo cambió. Y desde la crisis de 2001 acumulamos más de 12.000% de inflación.

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LAS GRANDES CIENTÍFICAS


Anónimas y olvidadas, las científicas descollaron en la antigüedad
Una muestra del Museu de Ciències Naturals de Barcelona pone el ojo en las mujeres que, dejadas de lado por la historia, se destacaron en las ciencias del Antiguo Egipto, Mesopotamia, Grecia... y un siglo XX no tan lejano
Guadalupe Treibel
Tapputi, Rosalind Franklin, Agnódice, Maria Sibylla, Lisa Meitner y Aglaónice, las científicas que rescatadas del olvido
Durante décadas se habló de Merit Ptah como la primera científica de cuya existencia se tenía registro, y era habitual que se la mencionara en libros sobre historia, en artículos periodísticos, médicos. Incluso la Unión Astronómica Internacional le dedicó a esta mujer del Antiguo Egipto la alta distinción de bautizar un cráter de Venus con su nombre, que –de por sí– ya revestía honor y gloria. Significa “la amada de Ptah”, siendo el tal Ptah nada más y nada menos que un dios de dioses nacido del caos primordial, dador de vida y, para más títulos, inventor de la albañilería. Pero un mal día, hace menos de tres años, la historia de nuestra Merit se vino a pique, y todo por causa de una confusión: mirando con lupa jeroglíficos y cotejando fechas, el historiador Jakub Kwiecinski concluyó que se le habían atribuido equivocadamente méritos que no le eran propios. Existió una Merit Ptah pero, al parecer, jamás habría ejercido la medicina.
Si errar es humano, corregir es divino: la justa reparación tuvo forma de ascenso para Lady Peseshet, damisela del 2400 a.C., cuando fue promovida a “primera científica conocida por la humanidad”. Esta vez con pruebas y elevadas calificaciones a su labor, a juzgar por la estela hallada de la época de la Cuarta Dinastía que alude a su trabajo, donde se la nombra como “supervisora de médicas”, además de “directora de sacerdotisas”. Las prácticas de curación, después de todo, estaban ligadas al ritual: pócimas y ungüentos solían acompañarse de letanías para alcanzar el favor divino. Las citadas chapas apuntan a que Peseshet tuvo un equipo a su cargo, cuidó de la corte y de la familia del faraón, instruyó a parteras, se ocupó de las pompas fúnebres de dignatarios.
Es oportuno aclarar que, a diferencia de lo que ocurriría en la Antigua Grecia, donde la mujer fue considerada como “una eterna menor” (naturalmente defectuosa, parafraseando al un tanto misógino Aristóteles, que creía que “la hembra es hembra en virtud de una determinada carencia de cualidades”), las egipcias d’altri tempi poseían bienes que gestionaban a sus anchas; podían divorciarse y volver a contraer nupcias; también estudiar, heredar, legar; alcanzar cargos supremos. Existieron, al fin de cuentas, Hatshepsut y Cleopatra, reinas del Nilo, por no hablar de consortes como Nefertari o Nefertiti, de decisiva influencia política y diplomática. No es de extrañar, entonces, que hubiese una mujer valiosa como Peseshet en la gran civilización egipcia, cuyo nombre acabó diluyéndose, como históricamente ha sucedido con tantas científicas por los siglos de los siglos…
Tapputi fue la primera persona de la que se tiene conocimiento que se dedicó a la química
Hasta que se cortó la mala racha merced a los estudios de género y empezaron a aflorar iniciativas que buscan revertir ese olvido, en especial en esta época tan fértil en revisionismo donde se multiplican libros para niños y gente adulta, documentales, biopics y otros productos culturales que rescatan a mujeres que fueron tapadas por la Historia. En esa línea se inscribe una muestra en curso en el Museu de Ciències Naturals de Barcelona llamada (In)visibles y (O)cultas, sobre científicas que dejaron legados importantes, aunque permanezcan mayormente desconocidas para el público general. Después de todo, a nadie le resultarían hoy indiferentes nombres como Galileo Galilei, Copérnico, Newton, Pasteur o Albert Einstein, pero ¿cuántas personas sabrán en la actualidad que Tapputi, una mujer, fue la primera persona de la que se tiene conocimiento que se dedicó a la química? Lo hizo en calidad de perfumista real, conforme revela una tabla de arcilla de la Antigua Mesopotamia, de escritura cuneiforme, fechada en el 1200 a.C., donde se advierte que esta babilónica inventó sus propios sistemas de destilación, creó un prototipo de alambique, escribió un tratado sobre la materia (que deplorablemente no ha sobrevivido). Su oficio superaba la mera vanidad: fragancias y lociones a base de flores, aceites y cantidad de plantas aromáticas tenían estupendo aroma, por supuesto, pero servían a propósitos medicinales y espirituales.
“Intentamos que el abanico de disciplinas dentro de la ciencia fuese lo más amplio posible, no centrarnos solo en un campo, porque la idea es demostrar que mujeres científicas siempre han existido y han hecho grandes cosas en todos los campos”, explica la historiadora española Mireia Alcaine, curadora de la exposición, que quiso abarcar además distintos períodos de la historia y, a la vez, el mayor número de nacionalidades posibles. Así, hay astrónomas, botánicas, médicas, entomólogas, genetistas, físicas, químicas, ingenieras espaciales; del Antiguo Egipto hasta nuestros días; de Asia, África, América Latina, Europa, América del Norte.
Agnódice, griega del IV a.C. que tuvo que apelar al disfraz de varón para estudiar medicina.....Wellcome Library, London
Además de las mencionadas, está Agnódice, griega del IV a.C. que tuvo que apelar al disfraz de varón para estudiar medicina. Superado el escollo, se convirtió en una ginecóloga tan popular que levantó sospechas entre colegas que, por celo profesional, interpusieron grave denuncia: la acusaron de seducir y abusar de sus pacientes
Además de las mencionadas, está Agnódice, griega del IV a.C. que tuvo que apelar al disfraz de varón para estudiar medicina. Superado el escollo, se convirtió en una ginecóloga tan popular que levantó sospechas entre colegas que, por celo profesional, interpusieron grave denuncia: la acusaron de seducir y abusar de sus pacientes. De dar por bueno el relato –o la fábula– del latino Higino, con el corazón en un puño Agnódice tomó la decisión de levantarse la túnica durante el juicio, dejando al descubierto sus partes íntimas para revelar que los cargos en contra suya no tenían basamento. El riesgo era grande: pena capital por suplantación de identidad para ejercer una profesión vetada al género femenino. Se salvó gracias a las chicas atenienses que atendía: ellas –que sí conocían su identidad y precisamente por eso la elegían como galena– armaron semejante revuelta que las autoridades no solo le perdonaron vida: la dejaron seguir trabajando, según reza la leyenda.
Chicas tenaces
Otra “oculta” es la astrónoma Aglaonice (Tesalia, siglo I-II a.C.), de la que se habría cotilleado en sus días: ha de ser bruja porque, bajo su hechizo, desaparece la luna. Sus malas artes, en todo caso, eran el estudio, que le permitió descifrar con precisión los ciclos de este satélite, al igual que sus eclipses.
La astrónoma Aglaonice (Tesalia, siglo I-II a.C.)
Maria Sibylla, nacida en Frankfurt en 1647, prefería ver bichos vivos, no disecados, como era costumbre en muchos de sus contemporáneos. Les seguía el rastro con tal atención que ayudó a demoler una creencia en curso: que las orugas surgían del lodo por generación espontánea. Gracias a sus minuciosas observaciones e ilustraciones de la metamorfosis de las mariposas y otros insectos, hoy es tenida como pionera de la entomología moderna.
Más que el famoso techo de cristal, esgrime la curadora de (In)visibles y (O)cultas, habría que decir que algunas de estas mujeres rompieron techos de cemento. Tal es el caso de la estadounidense Nettie Stevens (1861-1912), que estableció la relación entre los cromosomas y el sexo de los seres vivos, si no antes, en simultáneo con el genetista Edmund Beecher Wilson, pero fue él quien acaparó el spotlight.
Henrietta Leavitt (1868-1921) encontró la “cinta métrica” para medir el cosmos, el sistema para calcular las distancias en el espacio. Aportación clave, dicho sea de paso, para que Edwin Hubble luego determinase que el universo se expande. Y lo consiguió teniendo prohibido siquiera rozar un telescopio, contratada para analizar fotografías en placas de vidrio en carácter de calculadora humana por el Observatorio astronómico de Harvard.
Lise Meitner (1878-1968), descubridora de la fisión nuclear, se opuso rotundamente a su aplicación con fines bélicos
No hay persona que haya pisado el secundario que no recuerde la tabla periódica, que ordena los 118 elementos químicos según sus propiedades. Algunos de esos nombres, tan difíciles de pronunciar como de memorizar, siempre vienen a cuento de algo, o de alguien. El selenio, por ejemplo, rinde honor a Selene, la diosa luna; el paladio a Palas Atenea, deidad griega de la sabiduría. Y el meitnerio, elemento número 109, le hace justicia a una brillante matemática y física austríaca que superó incontables obstáculos (el no menor, escapar del nazismo): Lise Meitner (1878-1968), descubridora de la fisión nuclear, que se opuso rotundamente a su aplicación con fines bélicos. Una cruel ironía es que hoy muchos la recuerden como “la madre de la bomba nuclear”, justo a ella, que fue una de las pocas personas que se negó a participar del proyecto Manhattan cuando Estados Unidos daba los primeros pasos en esta terrible forma armamentística.
Por supuesto que Meitner también está en la muestra, junto a otras notables como la zoóloga brasileña Bertha Lutz, la química Rosalind Franklin (que identificó la estructura del ADN, a quien Nicole Kidman interpretó hace unos años en la obra del West End londinense Photograph 51, muy vitoreada), la astrofísica paquistaní Nergis Mavalvala, la física inglesa Jess Wade… O, mucho más lejos en el tiempo, María la Judía, llamada madre de la alquimia, cuyos escritos ardieron en la mítica Biblioteca de Alejandría, ciudad donde habría residido entre los siglos I y II. Si sobrevivió parte de su legado fue gracias a lo que recogería el erudito Zósimo de Panópolis hacia el año 300, advirtiendo que se le daban tan estupendamente los artilugios que inventó complejos aparatos destinados a la destilación y la sublimación de sustancias químicas (el kerotakis, el tribikos). Acaso su contribución más popular sea, según cuenta la leyenda, el balneum mariae; o sea, el tan conocido en la cocina “baño María”.
Rosalind Franklin identificó la estructura del ADN
Alcaine, licenciada en historia por la Universidad Autónoma de Barcelona, sabe que se quedó corta con el equipo de 24 ilustres, pero explica que la meta –al final del día–es que le pique el gusanillo al público para “averiguar, leer más sobre científicas a las que se les quiso quitar su voz, su nombre y su derecho a ser”. Pone el caso de Trotula de Salerno, nacida hacia 1110 en Italia, que “rompió tabúes con sus escritos médicos respecto de la menstruación y de la esterilidad masculina en la Edad Media. Suyo es uno de los tratados más importantes de la época en ginecología, que era consultado en universidades y por especialistas de toda Europa. Pero en los siglos XVIII y XIX se quiso negar su autoría, alegándose que Trotula fue, en realidad, Trotulo, puesto que ninguna mujer podría tener ese nivel de sapiencia”.

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AMOR OTOÑAL


Luz de febrero, de Elizabeth Strout
Certero registro de emociones, con la mirada de la edad
Felipe Fernández


“A lo largo de la noche iban cambiando de posición, pero se mantenían abrazados, y Jack pensaba en sus cuerpos grandes y viejos, dos náufragos lanzados a la orilla… ¡Y qué manera de aferrarse a la vida!”, dice la premiada estadounidense Elizabeth Strout (Portland, 1956) sobre la manera de dormir de un matrimonio más que maduro, en su novela Luz de febrero.
El matrimonio se compone de Jack Kennison, un exprofesor de Harvard de setenta y nueve años, y de Olive Kitteridge, una exmaestra de matemática de setenta y ocho. Llevan juntos cinco años y viven en Crosby, un pueblo del Estado de Maine. Olive, la protagonista principal, ya apareció en otro libro anterior ganador del Premio Pulitzer (Olive Kitteridge, 2008) y dio origen a una miniserie.
La obra cuenta cómo fueron intimando los dos viudos, describe aspectos de sus matrimonios anteriores y diferentes episodios. La ida de Olive a un baby shower, la visita de su hijo Christopher o su encuentro con una ex alumna que se ha convertido en una poeta famosa son algunos de ellos. La trama, que se mueve entre el presente y el pasado con libertad cronológica, suma varias historias secundarias de personajes que son habitantes de Crosby y, por lo general, conocidos de Kitteridge. Estas historias (por ejemplo, la de una adolescente que limpia casas y a la cual un hombre mayor le da dinero a cambio de que le permita mirar cómo ella se acaricia los pechos), sin dejar de ser interesantes, dispersan un poco el foco de la novela.
Strout no se preocupa de que su protagonista –una persona poco sociable, sin pelos en la lengua y que se lleva mejor con los hombres que con las mujeres– les caiga simpática o no a sus lectores. Nunca abusa de la omnisciencia narrativa, y va modelando un retrato sincero a través de diálogos, de pequeñas observaciones e incidentes sencillos. La traducción, de un españolismo fundamentalista (gilipollez, majara, “colmado” por almacén o supermercado, “tacos” por palabrotas, etc.), conspira contra el disfrute del lenguaje.
Luz de febrero (Olive, again en el original inglés) indaga las complejidades de la condición humana desde la perspectiva de la vejez, sin buscar respuestas definitivas ni forzar revelaciones grandilocuentes. La novela de Strout decanta un registro certero de emociones: el sentimiento de soledad, la necesidad de querer y ser querido, la fragilidad de los vínculos afectivos, la constatación del declive físico y psíquico, los súbitos ataques de nostalgia y la perplejidad ante lo ilusorio de la identidad individual. Más allá de que haya o no un sentido para la existencia, la autora estadounidense parece sugerir una aceptación de las decepciones y las desgracias que acarrea el inexorable paso del tiempo y propone una estoica celebración de la vida.


Luz de febrero

Por Elizabeth Strout

Duomo. Trad.: Juanjo Estrella

361 páginas, $2750

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DE UN MUNDO A OTRO



No está lejos el fantasma de quimeras reales entre humanos y animales
Estamos en una era vertiginosa de inteligencia artificial aplicada a la biotecnología, que a mediano plazo puede resultar extremadamente peligrosa
Carlos A. Mutto Especialista en inteligencia económica

El mundo está sumergido en una era vertiginosa de inteligencia artificial aplicada a la biotecnología, que a mediano plazo puede resultar extremadamente peligrosa. Esa inmersión en un futuro distópico comenzó con manipulaciones genéticas de embriones humanos y continuó con la creación de quimeras reales. Ese fenómeno se aceleró, la comunidad científica perdió los complejos y comenzó a explorar la posibilidad de resucitar animales prehistóricos o fabricar una estructura capaz de producir y controlar el crecimiento de un embrión humano en un útero artificial.
Aunque en la historia hubo otros promotores intelectuales, el primer hombre que abrió la caja de Pandora fue el biólogo chino He Jiankui, que en 2016 piloteó en Nueva York el nacimiento del primer “bebé con tres padres”, portador del patrimonio genético de sus genitores y del ADN de mitocondrias facilitado por una donante para impedir una enfermedad derivada del disfuncionamiento de esos orgánulos que suelen ser definidos como “centrales energéticas de las células”. Dos años después reincidió con la modificación de embriones humanos que condujeron al nacimiento de las gemelas Lulu y Nana, y poco más tarde de una tercera, Amy. Para realizar esa audaz manipulación genética recurrió a una novedosa técnica de edición del genoma, conocida como Crispr/Cas9, descubierta por Jennifer Doudna (Universidad de Berkeley) y Emmanuelle Charpentier (Instituto Max Planck de Berlín), premiadas en 2020 con el Nobel de Química.
El mayor interrogante que planteaba esa intervención era que la modificación del gen CCR5 no se inscribía en una lógica terapéutica, porque los “bebés Crisp” no padecían ninguna patología. He Jiankui solo aspiraba a acordarle una ventaja hipotética contra el riesgo del sida. Hace unos meses, cuando salió libre tras tres años de cárcel, fue recibido con los interrogantes que plantean sus colegas Qiu Renzong, de la Academia de Ciencias Sociales de Pekín, y Lei Ruipeng, de la Universidad Huazhong de Wuhan. Diversos estudios citados por ambos científicos insinúan claramente que ciertas modificaciones genéticas pueden provocar, a término, alteraciones “inesperadas” e incluso “modifica
Nada indica que las modificaciones del gen CCR5 practicadas por He Jiankui confirmen el postulado inicial de proteger a las niñas contra el sidaciones cromosómicas importantes” sin relación con el objetivo buscado.
Esa alerta abrió un debate de proporciones gigantescas en materia jurídica y médica porque nada indica que las modificaciones del gen CCR5 practicadas por He Jiankui confirmen el postulado inicial de proteger a las niñas contra el sida. Por el contrario, aparecen sospechas de ciertas fragilidades frente a diversos virus y otras consecuencias colaterales, pues los genes suelen tener más de una función. Hace algunos meses, los investigadores Xinzhu Wei y Rasmus Nielsen, de la Universidad de California, advirtieron que la modificación practicada sobre las “bebas Crispr” podría reducir la vida de las niñas en dos años en relación con el promedio mundial, que es de 79 años.
La tormenta desencadenada por ese caso no sirvió de escarmiento: un grupo de investigadores chinos trabaja en un sistema basado en una inteligencia artificial capaz de monitorear el desarrollo de un embrión humano en un útero artificial. Ese Long-Term Embryo Culture Device actúa como un verdadero útero que dispone de todos los fluidos nutritivos necesarios para estimular el crecimiento de un embrión y también controla la sutil dinámica de los parámetros fisiológicos determinantes durante la gestación. Habitualmente, ese proceso lo cumple el organismo de la madre sin que ella misma lo advierta. En teoría, todas las experiencias con embriones deben ser interrumpidas al cabo de un tiempo determinado (normalmente 15 días) para evitar los dilemas éticos que sobrevendrían en caso de nacimiento de un ser dotado de conciencia. Pero el precedente de He Jiankui confirmó que los límites operan hasta que alguien deja de respetarlos.
Los resultados alentadores obtenidos en las primeras experiencias con animales entusiasman al régimen de Xi Jinping porque la creación de seres humanos gestados en un útero artificial podría resolver buena parte de los graves problemas demográficos que enfrenta China. Pero la mayoría de los científicos observan esos trabajos con recelo por las cuestiones éticas y humanas que suscita un ser humano sin genitores, cuya educación sería –necesariamente– confiada al Estado para convertirse, in fine, en fuerza laboral no necesariamente remunerada, carne de cañón o instrumento de represión.
Tres equipos científicos mucho más audaces –uno en el Instituto Salk de La Jolla (EE.UU.) y otro en el Laboratorio de Investigación Biomédica con Primates de Yunnan (China) y un tercero en la Universidad de Lyon (Francia)– procuran crear quimeras de cerdo y humano, criaturas que recuerdan los monstruos con cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón tan clásicas de la mitología griega como el minotauro (cabeza de toro sobre un cuerpo humano) o las sirenas (busto femenino con cola de pez). En 2019, un equipo del instituto Salk dirigido por el biólogo español Juan Carlos Izpisua y el chino Ji Weizhi creó 132 embriones híbridos de células de mono y humano en un laboratorio chino, tres de los cuales vivieron 19 días fuera del útero, hasta que se interrumpió el estudio.
Todos los investigadores justifican los nuevos experimentos invocando el pretexto de progresar en una medicina regenerativa para “fabricar” órganos híbridos destinados a trasplantes. El mayor riesgo es que suelen “desbordar los límites éticos y científicos”, según la bióloga británica Christine Mummery, presidenta de la Sociedad Internacional para la Investigación con Células Madre. Los científicos temen sobre todo la “fuga” de esas células que pueden terminar formando neuronas humanas en el cerebro de un animal. Ese fantasma está particularmente presente cuando se trata de primates, una especie que comparte 98,77% de su genoma con el hombre. Imaginar esa pesadilla remite a El planeta de los simios, un film de ciencia ficción en el cual los chimpancés inteligentes terminan por controlar el poder.
Igualmente controvertido parece el proyecto del genetista George Church, de la Universidad de Harvard, célebre por sus trabajos sobre secuenciación del genoma humano. Asociado a la start-up Colossal, el científico proyecta resucitar un ejemplar de las últimas manadas de mamuts que sobrevivieron en el planeta hasta que fueron diezmados definitivamente hace 3700 años. Después de haber intentado en vano recuperar líquido seminal congelado o células momificadas, logró rescatar restos disecados en la zona del estrecho de Bering, entre Alaska y Rusia, con los que espera secuenciar el ADN para intentar una clonación artificial utilizando un elefante de Asia como madre portadora. Crear un mamofante puede ser una tarea peligrosa y extensa: la salud de la madre estará bajo amenaza permanente durante la gestación de 22 meses y solo existen pocos ejemplares vivos de esa especie. El mayor problema, según ciertos biólogos hostiles a esas aventuras de laboratorio, reside en que ese tipo de experiencias no realiza ningún aporte importante al mantenimiento de la biodiversidad ni a la preservación de una especie. Más bien, se parece a un peligroso revival de las alienaciones eugenistas del siglo XIX.
Alarmado por esa tendencia de la ciencia, Greg Licholai, profesor de la Universidad de Yale, no dudó en lanzar una advertencia apocalíptica: “Las manipulaciones genéticas terminarán por eliminar toda enfermedad humana o por matarnos a todos… hasta el último”. •

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OLIVOSGATE


La vergüenza y la culpa

Diana Sperling

¿ Qué hace que ciertos episodios retornen, una y otra vez, a la consideración pública? ¿A qué se debe su persistencia, más allá del momento y la circunstancia puntual de lo sucedido? Algunos dirán que es la intención aviesa de los medios que fogonean la noticia, y tal vez haya algo de cierto en eso. Pero también puede ser que la permanente actualidad de ciertos hechos tenga otros motivos. Para entenderlo es preciso ir más allá del árbol (la anécdota) que tapa el bosque (la estructura) y advertir que ese suceso pone sobre el tapete cuestiones de fondo que trascienden la fecha y el lugar de lo ocurrido. Que comprometen nuestra vida social, nuestros valores y nuestros lazos con la palabra y con el prójimo.
La fiesta de Olivos podría haber sido un “tropezón” más o menos intrascendente si no hubiera sido protagonizada por la más alta autoridad de la República, con la enorme envergadura simbólica que ello implica. Lo que profundiza la gravedad del hecho –ya de por sí muy serio– es la actuación posterior, los reiterados intentos de “zafar”, como un chico que ha cometido una travesura y siente temor ante la posibilidad del castigo de sus padres. Indignación, bronca, enojo fueron, y siguen siendo, las reacciones más inmediatas de la gente. Pero no solo de aquellos que padecieron un daño directo –la imposibilidad de despedir a un ser querido, la pérdida del trabajo, el descalabro que el prolongado encierro produjo en la convivencia familiar…–, sino de la ciudadanía en general. Para entender tan hondos dolores sirve remitirse a las antiguas tradiciones, los textos fundantes de nuestra cultura donde, a través de mitos y ritos, se establecen criterios nucleares para la vida en común que, lo sepamos o no, moldean nuestro pensamiento y nuestra sensibilidad.
Uno de esos mitos figura en la República de Platón: un pastor llamado Giges halla, en el fondo de un barranco, un cadáver que lleva un anillo de oro. Giges toma el anillo y se lo calza, feliz por la inesperada fortuna. Descubre, al poco tiempo, que al girar el anillo él se vuelve invisible. Protegido por esa condición, comete crímenes terribles y queda a salvo de ser descubierto y, por ende, castigado. Esa fábula es uno de los hitos que darán lugar, muchos siglos después, a la distinción entre las culturas de la culpa y las de la vergüenza. Ambos afectos se refieren a la relación del individuo con su falta y con los otros. Ruth Benedict, etnóloga inglesa, describe a las segundas como aquellas donde la sanción proviene de la mirada exterior, mientras que en las primeras el individuo experimenta en su interior la carga del delito cometido y la necesidad de una expiación acorde. Muy cuestionada por comentaristas posteriores, tal clasificación sin embargo ilumina aspectos esenciales de nuestra humanidad. Culpa y vergüenza, lejos de ser sentimientos por completo diferentes y separados, constituyen –en sujetos mínimamente sanos– dos aspectos de la responsabilidad. Quien ha delinquido teme la sanción social que conlleva que su acto se visibilice; pero el ocultamiento no debería bastar para aliviarlo de la carga, el remordimiento y el malestar que implican la conciencia de haber faltado no solo a la ley, sino básicamente al pacto social, a la confianza que sostiene la vida en común. La palabra “descuido” que eligió el Presidente para “explicar” el episodio parecería referirse, más que al hecho en sí, a su difusión. Como Giges, tal vez supuso que si nadie lo veía, el delito dejaba de existir. Ninguna culpa ahí, como si no existiera responsabilidad para con el prójimo, independientemente de la cámara que denuncia. Para colmo, su manera de intentar reparar el daño (que todavía no podemos dimensionar) es mediante un pago… con dinero.
Apelo a otra fuente antigua: la Torá (Pentateuco), y la tan distorsionada y mal entendida ley del Talión. “Ojo por ojo y diente por diente” aparece tres veces en el texto bíblico. Lejos de ser –como la vulgata buenista ha difundido– una expresión de venganza, se trata por el contrario de un criterio de justicia que sienta, en tiempos muy remotos, dos principios fundamentales: la proporcionalidad entre el crimen y el castigo, y la imposibilidad de “lavar” con dinero la culpa por un crimen (algo que estaba permitido en otros códigos, como el de Hammurabi). Ambos principios apuntan, en épocas de desigualdades sociales inconmensurables, a equiparar las posiciones, independientemente del poder y la riqueza de los involucrados. Tramos iniciales de lo que será el más preciado fundamento de la justicia, la igualdad ante la ley. El primero de esos principios intenta acotar el dominio de los amos sobre sus siervos: un hombre poderoso podía “escarmentar” a un esclavo, aun por una falta menor, cortándole un brazo o matando a sus hijos. El segundo principio, en la misma línea, evita que el adinerado quede a salvo del castigo que le corresponde mediante una “indemnización” –léase coima– que implica, siempre, una manipulación perversa de la justicia. Privilegio que el pobre no puede ejercer. Como se ve, un avance enorme que dejará huella y tendrá efectos en todos los sistemas jurídicos posteriores.
Llama la atención que el Presidente reclame un pago multimillonario a una dirigente de la oposición por haber ofendido –dice él– su honor. Pero que no advierta que es él mismo quien ha pisoteado esa virtud, imprescindible para todo humano y, mucho más, para quien debería ser modelo de conducta y guía de valores para la sociedad. Nadie puede quitarle al otro lo que el otro no tiene. •

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