lunes, 31 de octubre de 2022

GASTRONOMÍA....LOMO DE CORDERO


Con inspiración nórdica, Nicolás Martini lleva el lomo de cordero hacia originales sabores.
Desde la cocina de Sál, cocina nórdica, salen preparaciones con los puntos de cocción que se usan en la península escandinava
Sabrina Cuculiansky
Lomo de cordero, el producto elegido por el chef de SAL para representar la gastronomía del norte europeo
La pieza. El chef del nuevo restaurante Sal, eligió el lomo de cordero porque “es a mí entender el producto más noble que nos brinda. Si bien tiene el sabor característico del cordero, es muy sutil y tiene muchos puntos en común con el lomo vacuno” y aclara que lo más importante es el punto de cocción que usa en su propuesta de cocina nórdica. “Para apreciar las carnes soy un convencido en el respeto de los puntos”.
Tartar de lomo de cordero por Nicolas Martini.
Los platos y sus puntos. En las recetas elaboradas por Nicolás Martini, el lomo va variando la temperatura y el punto de cocción según las características de cada plato. Lomo de cordero crudo (tartar), tataki (sólo cocido por el exterior, con 36º en el centro), tournedó bleu (sellado a 45º en el centro ) y las brochettes saignant (52º C en el centro ). De esta manera el chef busca mantener los sabores intactos del producto y realzarlos con los ingredientes utilizados en las recetas que también ofrece en Sál, Cocina Nórdica.
Cocina creativa con aires vikingos en Sal
Origen. “Para el lomo de cordero, elijo corderos pampeanos o mesopotámicos porque tienen un sabor algo menos intenso que los patagónicos debido a su alimentación. Suelen ser animales de unos 30 kg, que se traduce en piezas con un tamaño ideal para su uso en alta cocina y poder tener los puntos poco cocidos. En el caso de querer hacer un costillar, si, sin duda voy al patagónico”
Nicolas Martini, el creador de SAL, el restaurante palermitano que rinde homenaje a los sabores del norte de Europa
La carta. En la original y novedosa propuesta de Sál, el cordero es protagonista. “Creo que es un paso intermedio entre la carne que los argentinos estamos acostumbrados a comer, y la carne típica de la península escandinava, el reno. Allá se consume mucho cordero también, y acá en Argentina, cada vez más, y mejor. Sólo falta empezar a comerlo como mejor realza, y no solo asado en una cruz”, comenta el cocinero que busca en sus platos sabores con intensidad y carácter.
Para el chef, lo más importante del lomo de cordero es respetar el punto de cocción necesario en cada plato.
Sal. Para condimentar sus platos, usa sales elaboradas en el restaurante como la lemon pepper, que tiene sal marina con pimienta, cáscara de limón, sésamo, fenogreco; y la otra es la típica sal ahumada de heno tan apreciada en la cocina nórdica. Sál queda en Thames 2450.
Nicolas Martini, condimenta el cordero con sales típicas usadas por los nórdicos.
Acompañamiento. A la hora de servirlo, Nicolás prefiere hacerlo con verduras que tienen sabores muy característicos e intensos, como el topinambur, los hinojos braseados o unos puerros ahumados y quemados.

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CRIS MORENA...HISTORIA DE VIDA



Cris Morena: “He tenido varias noches negras, pero detrás de las nubes, el sol siempre está”
La exitosa productora estuvo en el programa Hablemos de otra cosa, de LN+, y repasó los inicios de su carrera y los problemas que tuvo en su adolescencia; además reflexionó sobre las críticas que recibió por su trabajo y lo que espera de su escuela Otro mundo
Pablo Sirvén
Cris Morena habló con Pablo Sirvén sobre sus inicios, su infancia y su presente

Difícil definir Otro mundo. ¿Es una escuela de arte? ¿Es un teatro? ¿Es un canal de la TV? ¿Son estudios de grabación? Es todo eso y mucho más. Bienvenidos al Planeta Cris Morena. Su última invención, pergeñada durante años, y puesta a andar después de la pandemia, es también una suerte de parque mágico, con inscripciones inspiradoras en las paredes y grandes almohadones en el piso, para quien quiera se duerma una siestita reparadora al paso. “Otro mundo no tiene una definición clara -advierte su gran artífice-; para nosotros es un espacio de creatividad donde hay un gran aprendizaje de vida y también como artista. Los chicos eligen su propia aventura, su propio camino y aprenden a autogestionarse, a hacer un presupuesto, además de cubrir las ramas de las artes escénicas, musicales y audiovisuales.”

Cris Morena: "Busco la excelencia en todo lo que hago"

-¿Cuántos alumnos hay acá?

-No tenemos alumnos, tenemos artistas -responde tajante.

Aunque no estaba previsto –su agenda está estallada–, la autora de éxitos televisivos y teatrales monumentales como Chiquitas, Rebelde Way y Aliados concede más tiempo a la grabación de Hablemos de otra cosa, el programa que conduzco en LN+ y que se vio anoche, para recorrer ese híbrido creativo que funciona en lo que en el pasado fue una fábrica de pan y ahora es una fábrica de talentos.
Frente a frente. Cris Morena durante la charla que mantuvo con Pablo Sirvén

-¿Estás un poco a contracorriente de la educación formal?

-A ver, no sé porqué se llama así la “educación formal”. Hay un aprendizaje que lo tenés hasta el último segundo de tu vida. Educación es una palabra tan antigua y vieja. El verdadero aprendizaje para salir a la vida y empezar a conocer tus dones, debilidades y fortalezas es otra cosa y lo estoy viendo en este grupo de artistas que tenemos acá en Otro Mundo.

-Definí la palabra artista.

-Nosotros llamamos artista a todo aquel que entra a Otro Mundo. Desde el primer minuto tenés que sentir que vas a encontrar tu artista en el sentido creativo. Es aquel que define ser dueño de su propia vida, ya sea un periodista, un médico, un abogado, un contador o un artista en un escenario, produciendo, dirigiendo o tocando un instrumento.

Cris Morena sobre Rebelde Way

Hay un enorme árbol en el hall central, muy teatral, muy de cuento. “El árbol está en todas mis series -explica Cris-; no solamente significa la madre, así como el agua significa el padre, el que lleva el barco hacia lo social. En Otro mundo creemos en el ciclo de la naturaleza. La semilla, que es el chico, lo potenciamos y hacemos florecer. Finalmente vamos hacia la cosecha, que es con el otro que me está mirando”.

-¿Y las clases cómo son?

-No tenemos clases. Se llaman encuentros donde pasan cosas. No es una clase en el que un señor sabe todo y el alumno no sabe nada. Hay varios guías y maestros; tenemos tutores y coordinadores de cada área. Los dividimos en edades en tres grupos: de 8 años a 11, los más chicos; de 11 a 14, son los preteens, y de 15 a 17, los mayores. Y después ya entran en caminos, que son los que vulgarmente se llama “carrera”. Nosotros nos preguntamos ¿carrera hacia dónde? Camino te permite cambiarlo, modificarlo, ir con alguien, ir solo, caerte, levantarte, que haya un muro, que haya piedras, pasto. Hay muchas cosas en el camino que te favorecen. Nos interesa mucho la autogestión. En total son unos 800 chicos.

-¿Cuáles son los tips para saber rápido si un chico tiene talento?

-Evidentemente tengo un ojo para darme cuenta quién tiene pasión adentro hasta por la manera de caminar. Muy rápidamente me doy cuenta cuando a una persona le brillan los ojos, tiene deseos, pasión.


Cris Morena: "Fui independiente económicamente a los 15 años"

-¿Tenés fama de hiperexigente?

-No soy exigente. Busco la excelencia en lo que hago para mí misma y para los demás. Para mí el escenario es sagrado, como entrar en una iglesia que ha dado grandes genios y que tiene una energía muy poderosa. Entonces no se puede subir cualquiera al escenario si no se está preparado.

-Recibiste una educación católica rígida...

-Católica, apostólica, romana y estúpida. No me sirvió de nada. Para lo único que me sirvió fue para rebelarme. La rebeldía es nuestro mayor input acá.

-Volviendo a tu colegio, ¿eras “rebelde way”?

-Totalmente. Rebelde Way es un sincericidio grotesco y gracioso de lo que fue mi colegio. Para Mía [el personaje que en la tira del mismo nombre encarnaba Luisana Lopilato] inventamos la frase: “¡Qué difícil es ser yo!”. Era una tarada, un personaje de clase muy alta que después fue mutando al hacer el camino del héroe hasta lograr encontrarse.
"Muy rápidamente me doy cuenta cuando a una persona le brillan los ojos, tiene deseos, pasión", asegura Cris Morena
- Pero esa escuela a la que fuiste también tuvo sus sorpresas...

-Claro, porque tuve la suerte que en un momento dado aparecieran las monjas tercermundistas que venían de España. En tercer año implosioné con ellas y yo elegí el criterio de esas monjas nuevas. Mi madre también implosionó porque estudió sociología de grande. Terminé pésimo en el colegio, no me dieron ni el diploma. Tuve 25 amonestaciones y no me reincorporaron.

-Y, además, conociste al padre Carlos Mugica.

-No lo conocí por las monjas sino porque pertenecía a un grupo de girls scouts del San Martín de Tours, que íbamos a la Villa 31. Y después me gustó muchísimo estudiar asistencia social. No me pude recibir porque cerraron la facultad cuando terminaba el último año y aparte mataron al padre Mugica. Fue una época muy dura.

-Habías entrado en una combinación de monjas rebeldes/padre Mugica/asistencia social/la villa/ años 70/violencia y eso daba un combo muy peligroso. ¿Por qué decís que a vos te salvó la superficialidad y la estupidez?

-Algo de eso tenía, por supuesto, para poder sobrevivir en el medio en el que me manejaba. A mí siempre me gustó mucho la libertad y fui independiente desde los quince años económicamente. Modelaba y me pagaban fortunas.

Después empecé a bailar en Voltops y ahí lo conocí a Gustavo [Yankelevich]. De la villa pasaba al mundo frívolo. La parte de modelaje no me gustaba mucho y por eso me dediqué después a la actuación.

-Una modelo como vos, Marie Anne Erize, no tuvo tu suerte y desapareció.

-Desaparecieron muchas personas. No sé cómo yo no desaparecí. Me parece que el universo dijo: “Mejor dejémosla para que haga Otro Mundo”. Pero podría haber desaparecido. Me acuerdo de haber salido de una clase de teatro o de la facultad y estaba la Triple A. De pronto aparece un Falcon verde y tipos con ametralladoras que apuntan. Mirá la inconsciencia mía que abrí los brazos y dije: “Acá estoy, dale, tiren”. Podrían haber tirado y no te estaría contando la historia. Deben haber dicho: “Esta chica, pobre, es una tarada; dejémosla que siga su camino”. Por eso entiendo mucho a la juventud porque viví la mía a pleno.

-Marcaste la educación sentimental de varias generaciones de adolescentes con una combinación de cuento de hada con telenovela.

-Yo escribo cuentos, pero primero escribo canciones. Es mi megapoder.

-En una época se decía en Sadaic que eras la que más canciones tenía registradas.

-Sigo siendo. Tengo 700 temas editados en discos. Soy una máquina de hacer canciones. Y hago cuentos porque entendí lo que era el mundo. Fuimos los primeros en exportar el formato de series con Chiquitas. No solamente exportamos, sino que trajimos a vivir acá a cincuenta familias brasileñas y cincuenta mexicanas durante cuatro o cinco años para grabar compartiendo decorados con ellos. Amor mío también se hizo en México. Yo hice mis cosas en muchos lugares del mundo, hasta en Rusia e India. El primer formato de Rebelde... se hizo en India, se llamó Remix. Pero nuestro Rebelde... sigue estando en tendencia en Netflix. Siempre compito conmigo misma. Es una cosa de locos.

-¿Vuelve Floricienta?

-Por ahora no vuelve. Estoy terminando la compaginación de Te quiero y me duele, que salió de una canción que le hice a Romina cuando tenía quince años en Jugate... Se hizo en México de donde sale para el mundo. Y estoy armando otra serie para el año que viene que no te puedo contar. Acá hacemos el entrenamiento, que es otra cosa que nadie hace. La gente me pregunta: “¿Por qué tus artistas son diferentes?” ¿Por qué otras personas usan a nuestros artistas? Hoy los artistas de 40/45 años son todos chicos que lanzamos nosotros. Tenemos un semillero de artistas que están usando plataformas importantísimas.
"Fui independiente desde los quince años económicamente. Modelaba y me pagaban fortunas", cuenta Cris Morena

-Tu creatividad, ¿se forjó en la biblioteca de tu abuelo?

-En verano me obligaban a dormir la siesta y yo era una rebelde muy inquieta. Como mi abuelo dormía y había que hacer silencio me dejaban encerrada con llave en su biblioteca que era una gloria gigantesca. Había libros de todo tipo, desde las novelitas de Corin Tellado y de cowboys, que a mí me encantaban, Selecciones del Reader’s Digest, a libros de Marx, Hegel y de otros grandes filósofos. Yo me leía todo. Había un piano, que toqué desde los cinco hasta los quince y me recibí de profesora de piano, armonía y solfeo. Eran tres horas interminables. Ese era mi mundo. Fue mi verdadero mundo siempre. Leo como una bestia. Leo mucha poesía, que te rompe lo lineal, te rompe todo y te presenta una cantidad de simbología maravillosa.

-En tus tiras se combina lo luminoso y también lo sórdido y lo oscuro.

-Es que tiene que estar. Es como el cuento de Caperucita y el Lobo. Leí muchísimos cuentos de Andersen y de los hermanos Green. De hecho, este año, los chicos de 11 a 14 de Otro Mundo eligieron hacer ellos “cuentos al revés”, donde, por ejemplo, Caperucita es malísima y el lobo, divino.

-Tu infancia y adolescencia tuvieron alegrías, pero también padeceres y traumas infantiles.

-Como todo el mundo, he tenido varias noches negras que son momentos en la vida donde sentís que se acabó todo, padecés un sufrimiento tremendo y no sabés para qué lado salir, pero detrás de las nubes, el sol siempre está. No es un invento.

Cris Morena se sorprende porque ahora no recibe tantas críticas como en otros momentos. O ya no le importan o las toma con mayor filosofía. “Ahora me aman todos -se asombra-, no sé qué les pasó. Será que ya di la vuelta. Algunos no la dan nunca y no sabés la cantidad que vi doblar para el lado equivocado”.

Había una época que pasaba algo insólito con Cris Morena. La atacaban por igual sectores conservadores y “progres”, al mismo tiempo. “Con lo conservador -quiere dejar en claro- me llevo menos. No me gusta la palabra progre. Me gusta el buscador, el curioso, el que no se queda con lo que le dijeron que era, el que quiere ver que hay detrás del muro. En Casi ángeles estaba el mundo que dividía a los supuestamente conservadores de los salvajes. No voy a decir más porque me van a matar. Hay escandalizados que se tendrían que escandalizar de sus propias vidas. Entonces no me importa nada”.

Cris Morena no tiene pelos en la lengua y no se guarda nada: “Durante Rebelde way no tuve ningún aviso publicitario en las tandas por decisión de la Cámara Argentina de Anunciantes que manejaba un señor bastante perverso. En Rebelde... no pasaba nada. Ningún chico tuvo relaciones con otro en toda la serie”.

-¿Cómo te llevás con la cultura de la cancelación?

-Me tiene harta que te pongan muros. Que te cancelen es una estupidez. Tampoco me llevo mucho con las redes. No es lo mío, más allá de que tengo mi red profesional @byCris. Nunca me metí en YouTube; no sé lo que es. Tengo Twitter para mostrar algo que me encanta o para alguien que lo necesite. Tengo diez mil falsificadores, pero no me importa nada. Las redes me interesan a nivel difusión. Todo lo demás, no.
“Ahora me aman todos -se asombra-, no sé qué les pasó. Será que ya di la vuelta".

-En el teatro también dejaste una huella.

-El último teatro fue Aliados que fue impresionante y que tecnológicamente fue poderosísimo. Tengo 25 años de diferentes de teatro, con temporadas de 150/180 funciones que duraban tres meses. Nadie nunca más pudo hacerlo.

-Y, entre medio de esos megaéxitos, sorprendiste con Despertar de primavera, que era otro tipo de propuesta.

-Toda la vida viajé a otros lugares para enriquecerme y encontrar ese tipo de teatro que estaba buscando, mucho más internacional y más potente. El llamado teatro musical en serio sale de la ópera, que es el teatro de la exactitud, todo tan impecable, con sus tres disciplinas: el canto, el baile y la actuación. Es maravilloso. Mi papá me llevaba mucho al Colón y con los años, me llené de teatro, de Londres a Nueva York.

-Hay muchos creadores que supervisan las primeras funciones y van cada tanto.

-Yo vivía ahí adentro. Tenía mi libretita. Estaba en la parte de atrás. Nunca dejé de ir a ninguna función, jamás. Y corregía de todo, no solo a los artistas, también movimientos que habían entrado a destiempo. El destiempo en el teatro musical hace que un aplauso no salga. Sé perfectamente cómo generar aplausos y cómo no generarlos o que la gente se asombre o que no le pase nada.


Cris Morena: "Me siento cómoda con mi look juvenil"

-¿Tuviste propuestas de Broadway o de otros lados?

-Tuve y tengo. Yo estoy acá. A mí me gusta gestar las cosas desde la nada, salvo Spring Awakening (Despertar de primavera) que era para mí una propuesta en un momento muy especial de mi vida y quería esa cosa de “rompamos todo”. Y, ¿te puedo decir algo? y lo digo con total fascinación: la versión que hicimos nosotros fue mejor que la de Broadway porque allá, de tan perfeccionistas, se ponen fríos y acá es muy difícil encontrar gente fría. Acá somos calientes, apasionados, mandados. Con nuestros chicos hay una diferencia abismal: la temperatura, el modo, es alucinante. El artista es un ser que trabaja con su cuerpo, sus sentimientos y sus emociones.

-Y ni te cuento los actores chicos...

-No me dan ningún trabajo. Los únicos que me dan trabajo son los actores grandes. Trato de no trabajar con actores grandes porque ya tienen tantos vicios, tanto ego adentro en general, que trato de tener poco elenco grande y bueno, que le guste trabajar con chicos y muchos chicos que no sepan hacer nada que yo entreno durante un año para hacer una serie después de ese año.
Cris Morena junto a su hija y Gustavo Yankelevich
-Romina, tu hija que murió hace doce años, ¿qué lugar ocupa en tu vida?

-Es la inspiradora y musa de toda mi vida artística y personal. Cuando inventé Jugate..., se presentó al casting sin decirme nada. Y ahora, se vuelve a repetir con mi nieto Franco una cosa muy parecida, que debuta en Madrid, con Los puentes de Madison y tampoco dijo nada cuando fue al casting. Es fuerte todo. Mi abuelo, Jean-Marie Jan, era francés, con “j”, pero suena igual que “Yan”, el apellido artístico de mi nieto y de Romina. Yan, por Yankelevich, pero en el fondo es la misma pronunciación. Hay muchas cosas en mi vida que no son nada casuales, pero yo voy a la búsqueda de lo que no es común y ella es mi inspiración y de todo este espacio. “Somos lo que soñamos”, es una frase que nos mandó a todos el día anterior de su partida. Nació en un pujo y se fue en una respiración también.

-Siempre tuviste un look juvenil. Pasa el tiempo y lo mantenés.

-Me siento cómoda, no fuera de onda, me siento bien. Me pregunté cómo quería pasar estos veinte años útiles creativos de mi vida y mi respuesta fue: rodeada de niños y jóvenes, que me los tuve que generar, porque de algún lado tenían que aparecer.

-Encarnás un poco el síndrome de Peter Pan.

-Sí, solo que yo lo llevo a mejor lugar. No lo llevo a la isla oscura, sino a la isla luminosa.

-¿Conversás con tu niña interior?

-No converso, vivo con mi niña interior y no es un camelo.

-¿Y qué te dice?

-Está muy contenta con esta niña grande que soy hoy. Sería imposible perderla porque, como dice la canción, “si encontrás tu chiquitita no la dejes ir; es tu mejor partecita para comprender como hay que vivir porque en esa chiquitita que eras tú, está siempre el ángel que guarda la luz”.

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STREAMING MUY RECOMENDADO



Cinco razones para ver The Bear, la ficción del año que no está disponible en Netflix
The Bear, una serie imperdible que ya está disponible en Star+Star+
Tan poética como violenta, y centrada en la cocina de un restaurante de sándwiches de Chicago, se puede ver en la plataforma Star+
Natalia Trzenko
“Es un ecosistema delicado”, dice uno de los personajes de The Bear y aunque se refiera a la conservación de su pequeño rincón en el mundo ubicado en el centro de Chicago, también podría estar hablando de sí mismo y de sus colegas y empleados en el restaurante de sándwiches que Richie, el personaje en cuestión, administra con más pasión que diligencia.
Y, sobre todo, podría estar refiriéndose a la serie que lo contiene, un ejercicio estético y narrativo tan original como el tono que Christopher Storer, su creador, guionista y director, le imprimió a todo el programa. Esta serie es un experimento narrativo al que el público ingresa de un salto para aterrizar en el convulsionado universo de The Beef, el negocio de comidas que el talentoso chef Carmen “Carmy” Berzatto (Jeremy Allen White), heredó de su hermano mayor Michael, recientemente fallecido.
El frenesí de la cocina del lugar y la velocidad con la que se mueven, hablan, se insultan y protestan sus integrantes marca un ritmo que podría expulsar a algunos espectadores pero que a otros -muchos- les resultó fascinante. Los vínculos del detrás de escena de un restaurante de barrio, el duelo y los lazos familiares siempre en carne viva son algunas de las cosas que cuenta la serie, que tiene uno de los guiones mejor escritos de los últimos años, una puesta en escena que encuentra el equilibrio entre el espíritu documental con el que retrata a Chicago y la ficción lisérgica de las pesadillas de Carmy. Es uno de esos personajes que parecen existir más allá de la pantalla y que por sí solo justificaría ver todo el programa.
Jeremy Allen White en The BearStar+
1. Jeremy Allen White: un poco Sean Penn, otro poco Al Pacino y una pizca de Dustin Hoffman. A primera vista, cuando Jeremy Allen White aparece en pantalla a través de un primer plano asfixiante algo de sus ojos celestes intensos y su ceño fruncido parecen familiares. Su cara, el pelo rubio despeinado por las miles de veces que sus dedos lo atraviesan, más gesto automático que consciente, recuerdan al Sean Penn de los años 80, con una intensidad a flor de piel que casi da pudor observar de cerca. Pero después, con un parpadeo o un suspiro, el actor de 32 años nacido en Nueva York transmite la emoción de Al Pacino y cuando todo sale mal -lo que sucede todo el tiempo- algo del desesperado Dustin Hoffman de Maratón de la muerte se cuela en la receta. Camaleónica e innegablemente original, en su interpretación White construye un personaje que es pura novedad, alguien distinto, un doliente que quiere hacer lo correcto aunque no tenga idea de cómo. Un brillante cocinero, un artista maldito, un rockstar lleno de tatuajes, que se carga al hombro responsabilidades que lo exceden. Un tipo que con el hueco que dejó la muerte de su hermano Michael, está todo el tiempo al borde del estallido. Carmy, aunque reprima lo que siente hasta perder la conciencia, rebalsa, como las ollas de su cocina, en el momento menos indicado. Pero lo intenta, trata de ser mejor, de estar mejor y eso lo hace un personaje memorable.


2. El realismo del retrato del negocio gastronómico. Uno de los aspectos que podría haber derrumbado todo el andamiaje sobre el que está construida The Bear era precisamente su metáfora principal: el detrás de escena de la cocina de un restaurante en actividad. Muchas veces el cine y la televisión intentaron reflejar, con muy poco éxito, el nervio, la obsesión y los ánimos inflamados en exceso que marcan la pauta en una cocina profesional. Sin atisbos de realismo y siempre apareciendo como versiones edulcoradas de las amarguras que muestran los muchos reality shows dedicados a la gastronomía, las ficciones enfocadas en el mundo de la cocina, sus rigores y sinsabores, sus pequeñas y efímeras victorias y sus muchos tropiezos nunca antes consiguieron lo que logra The Bear. El mismo detalle y atención que las cámaras dedican a retratar los matices de cada uno de los personajes en escena se aplica también a la preparación de la comida y a los pasos que lleva crear cada una de las recetas en pantalla.

Richie (Ebon Moss-Bacharach) y Sidney (Ayo Edebiri) en una escena de la serieStar +

3. Un elenco de reparto que brilla como protagonista. “Este trabajo es una locura”, le dice Carmy a Marcus (Lionel Boyce), su pastelero, que no necesita que se lo recuerde. Después de todo, él es quién hace días duerme en su rincón de la cocina “criando” los fermentos que lo obsesionan. Cada uno de los personajes de The Bear tiene una función, como cada uno tiene su espacio en la cocina. Si Carmy es la estrella, también es el intruso, el traidor que dejó el pueblo natal, Chicago, por las luces de la rival Nueva York y que al volver pretende que lo reciban con los brazos abiertos. Especialmente brilla Richie, el encargado del restaurante y mejor amigo de Michael, el gran ausente de la historia. Interpretado por Ebon Moss-Bachrach (Girls), Richie grita aun cuando no está gritando. Su ira mal dirigida siempre da en el blanco y hace que la experiencia de ver The Bear a veces sea difícil, casi tan abrasiva como el hombre que le hace la vida más complicada a todo el mundo (empezando por él mismo). Claro que, hacia el final de la primera temporada -por mérito de los guiones y del trabajo de Bacharach- es imposible no apreciar su contribución al restaurante, al tenue equilibrio que lo mantiene a flote. Otro elemento imprescindible es Fak, el gracioso amigo de la casa que suele emparchar todo lo que no funciona, que interpreta el chef y productor Matty Matheson, uno de los consultores gastronómicos del programa que sin cargar las tintas sobre la masculinidad tóxica sí le da a la sous chef Sidney (encarnada por la fantástica Ayo Edebiri), la posibilidad de descargar muchas de las frustraciones que arrastra en su carrera. No hay personajes sin historia en The Bear y no hay historia sin esos personajes.

Chicago forma parte del ADN de la serie y sus personajesStar +

4. Chicago, la otra ciudad de la furia. Parte fundamental del ADN del programa y paleta con la que se pintan algunas de sus imágenes más evocativas, la ciudad de Chicago y la idiosincrasia de sus residentes moldea el carácter de la serie y es el hilo conductor que la atraviesa. En la ficción, representa la identidad del restaurante familiar con influencias italianas que regentea Carmy y le da sentido al ethos de muchos personajes como Richie, quien protesta y padece la evidente gentrificación de su barrio de toda la vida. La urbe es también el marco en el que se despliegan las dudas e inquietudes de Sidney, quien se toma el famoso tren elevado para ir y venir de un trabajo que ama y detesta. Chicago es también parte de la historia familiar de Carmy: los domingos de pastas, los mafiosos de poca monta en la puerta del local y el viento que cala en los huesos.

The BearStar +

5. Su magnífica banda de sonido. En una serie que bascula entre el realismo más furioso y la ensoñación más poética, la banda de sonido resulta tan importante como la dirección de fotografía. Y en The Bear, una y la otra funcionan en un círculo virtuoso que exalta toda la experiencia de verla. Con canciones de Pearl Jam, Counting Crows, Van Morrison, Genesis, REM y Radiohead (el uso del tema “The Letdown” en la última escena del último episodio de la temporada es una genialidad), la selección musical, a cargo del propio creador de la ficción, también se ocupa de destacar a artistas oriundos de Chicago o con una conexión especial con la ciudad. De hecho, el séptimo episodio comienza con aires de Haz lo correcto de Spike Lee: si aquel film era una carta de amor y dolor al Brooklyn de la infancia del cineasta, la escena de apertura de The Bear, en la que se escucha una radio con la canción “Chicago” de Sufjan Stevens, cumple una función similar. Se trata de acompañar, resaltar y resignificar las imágenes de los altos y bajos de la ciudad: Michael Jordan y sus Bulls, el presidente Obama y la violencia del pasado y la del presente. Por ahí también se escuchan los temas de la banda Wilco, formada en la ciudad del viento, y “One Fine Day”, de David Byrne y Brian Eno, que en cualquier circunstancia, más allá de donde se haya compuesto, siempre es una buena idea incluir.

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HISTORIA DE VIDA....GINO BOGANI



Elegido por divas y celebrities. Gino Bogani: “Después de los 90, la moda argentina entró en decadencia”
El diseñador cumplió 60 años en el mundo de la moda y aún viste a las celebridades más destacadas de la escena local
Virginia Mejía
No será París, ni Roma, ni Londres, sin embargo en Buenos Aires tenemos nuestra propia maison de alta costura dirigida por uno de los diseñadores más reconocidos del mundo, Gino Bogani, quien viene teniendo un 2022 bastante intenso: hace poco cumplió años y cerró la Semana de la Alta Costura en el Malba, donde presentó una colección retrospectiva de 180 vestidos diseñados por él a lo largo de 60 años. Además, recibirá el Premio Konex de Platino al Diseño de Indumentaria.
En su petit hotel de Recoleta, mientras tanto, se esconden las tijeras, las coloridas sedas y los terciopelos, pero también las cientos de historias de las divas que lo eligieron a él, con 60 años en el arte de la moda, para engalanarlas en los momentos más importantes de sus carreras. Ahora es casi de noche, acaba de despedir a la última clienta después de probarse el traje de novia. Isabel, una señora con delantal quien trabaja con él hace 35 años, es la encargada de conducir a la nacion por la escalera hasta el Piano Nobile de este palacete catalogado como patrimonio de la Ciudad de Buenos Aires. La decoración es la del barroco italiano, con espejos, luz tenue y un tapiz de pared a pared. Se destacan las esculturas de una gran tortuga de plata y figuras de caballos: hay uno de hierro, otro de madera. Sobre una alfombra, en el centro del hall, brillan dos más de porcelana, de color turquesa furioso.
–¿Por qué tantos caballos, Gino?
–Me encantan. Soy Caballo en el Horóscopo chino, algunos me dicen que soy Caballo de madera, otros de fuego. Las esculturas turquesas me los regaló una clienta, no puedo decir quién.
En su casa junto a Juana Viale, rodeado por sus caballos
–¿Y los elefantes de su collar?
–También me gustan, especialmente los de trompa para arriba. Pero además tengo una colección de elefantitos de todas partes del mundo. Una amiga me regaló uno y después me empezaron a traer todas elefantitos. Cuando suben a probarse se fijan si conservo el regalado por ellas.
En África los elefantes simbolizan buena suerte, longevidad y el éxito. Todo eso parece haber alcanzado Gino Julio Enrique Bogani, quien justamente nació hace 80 años en Libia, África. Con una camisa a cuadrillé de cuello levantado, sweater y pantalón gris haciendo juego con sus ojos, el creador posa frente al fotógrafo con la seguridad de un actor, o de un modelo. “Mis ojos pueden ser grises, o celestes, pero cuando me visto de marrón son turquesas”, afirma durante la entrevista realizada en su local.
Alto, y de porte elegante, tiene el privilegio de ser flaco por naturaleza: es capaz de comerse cuatro platos de ñoquis los días 29, cuando su cocinera los prepara en forma casera. Jamás pisó un gimnasio, pero sube y baja varias veces por días las escaleras de los cinco pisos del edificio dividido en dos: en las habitaciones a la calle están los ateliers, y en la parte de atrás vive solo. Su vida amorosa siempre fue un misterio y él prefiere que así permanezca. De noche va al cine, al teatro, cena con amigos, entre otras cosa. “Salgo bastante pero también me puedo quedar solo en casa. Lo hago encantado”, afirma. Ahí es cuando aprovecha para leer, tiene varios libros de fotografía y de arte que lo inspiran para crear al día siguiente.
Bogani nació esquivando bombas dentro del vientre de su madre durante la Segunda Mundial. Alma, era una argentina de vacaciones en Libia cuando conoció a su padre Francesco, un militar italiano. Con seis meses de embarazo fue sorprendida por un bombardeo, se escondió en un refugio y una viga la salvó. “27 personas murieron alrededor de ella. Fuimos los únicos sobrevivientes y estuvimos 16 horas y media entre los escombros y cadáveres hasta que nos recataron. Literalmente, vivió “el horror”, cuenta Bogani. A los pocos días de nacer Gino la familia fue a Italia. Pasó los primeros cinco años de vida en Florencia, “jugando frente a la cúpula Brunelleschi, o en la Piazza Della Signoria”. Cuenta que si bien era muy chico, “estar en contacto con el arte dejó en mí una impronta”. Luego vivió en Rosario, en Mar del Plata y finalmente en Buenos Aires. Su madre fue la “musa inspiradora”. Ella traía accesorios de Europa y las mujeres los querían comprar. Al mismo tiempo Gino empezó a fabricar prendas de tricote. En 1958 lanza su primera tienda, seguiría una más, y luego otra en la calle Uruguay y Juncal, en Buenos Aires, hasta tener una con su propio nombre en la entrada del Alvear Palace Hotel. Desde ese entonces, hasta hoy, Gino jamás dejó de crear.
–Además de fabricar prendas para la mujer, usted creó su marca de perfumes, diseñó vestuarios de películas y para el Colón. ¿Le gustaría lanzar su propia línea de ropa para hombres?
–Me encantaría hacerlo, pero es complicado en este país. Imaginate que yo siempre me vestí como se me daba la gana, desde muy joven caminaba por Barrio Norte con ropa diferente al resto. A veces me decían cosas, pero no me importaba nada.
Gino Bogani con Sophia Loren, en uno de sus encuentros
–Según Oscar Wilde la moda es tan intolerable que debe cambiar cada seis meses. ¿Coincide?
–Sí. Es algo absurdo, pero sucede. Ya murieron los grandes creadores, se vendieron las empresas, las marcas, y eso influenció. La industria ahora quiere cambiar constantemente para vender y no es tan bueno. Se fabrican prendas iguales entre sí.
–¿Y el mejor momento de la moda argentina para usted cuál fue?
–Entre los 70 y los 90. Luego entró en cierta decadencia.
Arreglando detalles del vestido de novia de Marcela Tinayre
–¿Usted se considera una suerte de dandi porteño?
–Creo que tengo personalidad, carisma. Ya desde los siete años era así, cuando iba a la Dante Alighieri de Rosario y hacía un monólogo de un chico abandonado. Aparecía en escena de pijama celeste de seda con un candelabro, llorando y cantando.
"Siempre me vestí como me dio la gana", dice Bogani
A Bogani su trabajo lo apasiona hasta el punto de llegar a pasar tres noches en vela para terminar un vestido. “Eso era antes, ahora puedo estar una noche y media despierto trabajando”, aclara. Tiene una tijera favorita, la llamada Silver Shadow. Nadie la puede tocar. Se la compró hace casi medio siglo y fue así bautizada por una clienta al ver el amor que Bogani profesaba especialmente por ese instrumento. Su equipo está conformado por una secretaria y siete u ocho personas.
“Hago absolutamente todo acá. En algunos casos, para ciertos bordados, tengo una bordadora”, dice. En cuanto a su estilo se considera “vanguardista, pero tradicional para algunas cosas”. Le gusta ir contra la corriente. “Colorado y verde, por ejemplo, es una combinación que adoro”, asegura. En tema de colores, no tiene uno favorito, todo depende de la textura. “No es lo mismo un rosa pálido en un peau de soie que en otra tela”, aclara. Sus prendas deben conformar un conjunto destinado a “iluminar” a quien las luce.
Uno de los hitos de su carrera fue cuando estuvo junto a Gianni Versace, Emilio Pucci y Paco Rabanne durante el 1° Congreso internacional de la Moda en La Habana, en 1986. Además fue condecorado Cavalliere de la República Italiana y recibió la Orden del Mérito en grado de Commendatore.
El listado de celebridades que lucieron sus diseños parece interminable: Pinky, Mirtha Legrand, Susana Giménez, Graciela Alfano, María Luisa Bemberg, Norma Aleandro, Tini Stoessel, Natalia Oreiro, Leticia Brédice, Lizy Tagliani, Pampita, Julieta Ortega y muchas otras más. Explica que “antes de vestirla a Susana no hace falta preguntarle nada, la recontra conozco. Graciela Borges es como si fuera mi hermana”. En el mundo de las modelos se puede mencionar a Valeria Mazza, Mora Furtado, Andrea Frigerio y Mariana Arias, entre muchas otras que lucieron su ropa. Actualmente diseña los vestidos de Juana Viale para su programa de televisión. Además continúa creando para una serie de clientas en su atelier.
–¿Del exterior para quien le gustaría crear prendas?
–Me interesa la personalidad de la persona a vestir. Entre los hombres elegiría al actor Adrien Brody. En cuanto a las mujeres, Tilda Swinton, Cate Blanchett y Angelina Jolie, entre otras.
–¿Y a nivel local?
–A Moria Casán. Nunca me lo pidió, pero me gustaría crear para ella. Me parece una mujer inteligentísima. Siempre hizo lo que quiso. Primero tendría una larga charla para conocerla, saber qué quiere.

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ENTREVISTA A GUILLERMO OLIVETO


Guillermo Oliveto «Los argentinos son extranjeros en su tierra; se van sin irse»
entrevista — En medio de la crisis, la gente decidió retirarse de la realidad y vivir en el instante, dice el autor, que avizora el futuro tecnológico en un reciente libro
por Inés Beato Vassolo
La salida de la pandemia de coronavirus se esperó con ilusión, pero exhibió un desenlace truncado. Lejos de mejorar, la crisis económica que desató el aislamiento se profundizó en muchos países previamente debilitados; entre ellos, la Argentina, donde avanza hacia niveles imparables de inflación y escalada de precios, sacudiendo –si acaso quedaba alguno erguido– los cimientos de la paz social.
El consumo y la tecnología se presentan, bajo este contexto, como vías de escape para una sociedad que elige exprimir el hoy. “Si va a explotar todo, hagámoslo ahora”. Esa es la postura de la gran mayoría de los argentinos, según da cuenta el especialista en conductas humanas Guillermo oliveto, quien investiga, desde hace treinta años, los patrones y comportamientos de los consumidores y de los ciudadanos.
Mientras que el primer remedio no es más que una pantalla, insostenible en el largo plazo, el desarrollo tecnológico arroja claras oportunidades de mejora y de progreso, siempre y cuando se mantenga despierto un atributo que pertenece únicamente al hombre: la razón. “Necesitamos inteligencia humana y emocional para lidiar con la inteligencia artificial”, advierte oliveto, director de la consultora W.
En una entrevista con la nacion, el analista recorre los resabios de la crisis sanitaria y reflexiona acerca de la configuración de un mundo dual, físico y digital, que, tal como afirma en su último libro Humanidad ampliada. Futuros posibles entre el consumo y la tecnología, exige un abordaje agudo y transdisciplinario.
Experto en analizar el humor social, al que vincula de manera directa con el consumo, Oliveto ha desplegado una mirada lúcida a la hora describir el ánimo de los argentinos en estos tiempos de inflación galopante, precios sin referencia y una paralela inseguridad en alza.

Humanidad ampliada: la vida que nos dieron el consumo y la tecnología 
Argentinos Hoy / No Son Extraterrestres - Guillermo Oliveto
El Futuro Ya Llegó Guillermo Oliveto

“Creo que uno de los momentos más depresivos de la Argentina, en muchísimos años –afirma–. Todos quieren olvidar lo que ocurrió, pero el país viene de vivir la peor catástrofe de su historia. Murieron 130.000 personas, las vacunas llegaron demoradas, el cierre de la economía fue de los peores en el mundo, la cuarentena fue larguísima. Con la apertura, los argentinos esperaban tranquilidad y se encontraron con un caos: con un Gobierno peleado explícitamente entre sí y una inflación que seis de cada diez personas jamás vivió, porque la última vez que pasó algo así fue en 1991 y el 60% de la población tiene cuarenta años o menos”.
–¿Cómo se planta la sociedad ante esto? ¿Hay resignación?
–Lo que hemos medido es que la gente hizo una especie de alienación consciente. Decidió retirarse de la realidad, mientras pudo. Sobre todo, en el primer semestre de 2022; un gran “no me importa nada”. Fundamentalmente, porque necesitaba sanar. Mi resumen es: “Va a explotar todo, ¿vamos a ver a Coldplay?”. El ejemplo más claro fue cuando renunció Guzmán, y muchos salieron corriendo a comprar todo lo que era importado porque sabían que iba a encarecerse o escasear. El caos exacerbó el consumo y la idea posmoderna de querer vivir el hoy.
–Pero ¿se transitan dos realidades paralelas? ¿Un presente que se exprime pateando el futuro hacia adelante, pero que, a su vez, no puede dar respuesta a la vorágine, en tanto hay un límite concreto de falta de plata?
–Me costó mucho descubrir el eslabón perdido. La gente salió de la pandemia con una inclinación a consumir mucho mayor porque tomó conciencia de la finitud de la vida. Antes, de cada 100 que te ingresaban, ahorrabas 20 y gastabas 80; hoy, gastas 99 y ahorrás uno. Y no te importa. Hacia adelante, esto es bastante peligroso porque se topa con el ajuste. Por eso, la conflictividad gremial, las protestas… Esto recién empieza.
–¿El riesgo que genera esta dinámica aniquila la posibilidad de progreso? –
Con el chip que se puso hoy la Argentina, sin futuro y construyendo burbujas de bienestar adonde escapar a diario, no hay progreso posible. Los argentinos son extranjeros en su propia tierra. Se van sin irse.
–¿De dónde nos agarramos para encauzarnos?
–La vida como proyecto está en pausa. Ese botón lo va a volver a apretar la campaña electoral, pero la sociedad no piensa en eso hoy. Lo único que genera entusiasmo es el Mundial. ¿Por qué esta selección convoca? Además de que juega bien y gana, se da un tema de valores. Es un espejo invertido de la Argentina que tenemos. Es una idea de mediano plazo, en la que le acaban de renovar el contrato al técnico [Lionel Scaloni], más allá de lo que ocurra con los resultados; en donde la figura más protagónica, [Lionel] Messi, está rodeada de jugadores que colaboran para construir la idea de equipo; en donde existe un líder claro, que es el DT; hay planificación; hay orden, y hay idea de lo colectivo, algo que falta en la Argentina, hoy, más individualista que nunca.
–¿Hay alguna señal de que la política pueda rearmar este rompecabezas social disperso o disgregado?
–Sí. Una buena parte de la política es consciente de que esto así no va más. Porque lo tiene claro la sociedad. Los planes no van más. El ADN del país, que es un ADN de clase media, está dañado, pero sigue estando, y se basa en el esfuerzo y en el trabajo. Cuando aparece de manera tan fáctica la contracara de eso, se detecta automáticamente que el camino está desviado.
–La clase media es señalada por muchos como la más golpeada. A los sectores bajos de alguna manera los contienen todavía los planes, pero la franja media, acostumbrada a consumir para pertenecer, hoy no puede hacerlo. ¿La pirámide social se modificó con el latigazo económico?
–Ser o no de clase media se define mucho según la educación del principal sostén del hogar, y eso es bastante estable. Pero sí cambia la estructura. Hoy tenés una clase media a la cual el mundo le quedó lejísimo al tipo de cambio actual, por eso se abraza a todo lo que viene de afuera: Coldplay, Zara, lo que fuese. Desconocer la importancia que tiene el consumo como fuente de identidad en el siglo XXI es no entender lo que está ocurriendo; eso intento explicar en el libro. Este sector socioeconómico siempre genera símbolos que permitan mostrar arraigo: celular, zapatillas, auto, colegio. La pérdida del poder adquisitivo le resulta profundamente dolorosa.
–¿Y qué prioriza seguir consumiendo?
–No entrega la tecnología ni la conectividad, porque con eso trabaja; no entrega el colegio de los chicos, porque eso es futuro, y no entrega la prepaga porque eso es seguridad. Es todo lo que hoy falta: proyectos, futuro y seguridad. Y dinero, claro; no hay manera de ganarle a un 100% de inflación anual.
–El trabajo tiene nuevas velocidades, que marca la tecnología; se acortan los tiempos y se pone en juego la cantidad versus la calidad. Algunos críticos advierten el riesgo de que los empleados queden a merced de la máquina. ¿Cuál es su análisis al respecto?
–Todo lo que está avanzando solo acelerará. Hay que aceptar y pensar la complejidad. Es necesaria una mentalidad ampliada, una cabeza que sepa procesar cómo impacta lo digital. Actualmente, los servicios de mano de obra intensiva que requieren interacción de los humanos están vistos con mayor oportunidad que aquellos históricamente fabriles, que se reemplazan con robots. El cuidado de personas de mayor edad, por ejemplo, es una industria que crece enormemente porque se alargó la expectativa de vida con la tecnología; también, la industria de los audífonos y de los anteojos.
–¿Cómo puede resumir, entonces, el concepto “humanidad ampliada”, título de su último libro, y su relación con lo tecnológico?
–Lo resumiría de la siguiente manera: el peor error que podemos cometer es negar el avance que va a tener la tecnología. Necesitamos aprender el lenguaje de los algoritmos, definir hasta dónde dejamos que lo digital invada el campo personal, colectivo y social. Este es el mundo de la abundancia y nos puede destruir. Hay que saber cuándo desconectarse, cuántas horas miro el teléfono, a qué edad le doy un dispositivo tecnológico a mi hijo… Además, la inteligencia artificial vende un aura peligrosa de perfección y de idoneidad, de divinismo.
–¿A más pantalla, menos vida real? ¿Lo real y lo digital son una sola cosa o son el agua y el aceite, como planteó el filósofo francés Jean Baudrillard, a quien cita?
–En mi libro contrapongo a Baudrillard con [el novelista italiano Alessandro] Baricco, que tiene un pensamiento más optimista, en tanto sostiene que la complejidad implica la dualidad. La vida está llena de matices, y la tecnología tiene un lado oscuro y un lado claro. Con el consumo pasa lo mismo. Si te dejás guiar por cada novedad y lanzamiento, perdés. Es un mundo que está preparado para tentarte 24/7; tenés que poner el límite vos.
–Y la pandemia aceleró todos estos procesos digitales, que teníamos a mano pero no devorábamos con tanta efervescencia…
–El código QR es la tarjeta de débito de 2001. Cuando pusieron el corralito, todos aprendieron a usarla porque era la única manera de sacar dinero. Con el QR pasó eso, surgió en pandemia para no tocar el menú ni tocar la plata. Esa es la humanidad ampliada: física y digital a la vez. Un mundo territorial y analógico; un ultramundo digital y virtual, pero dos corazones bombeando una misma realidad. No es el final de una era real, como decía Baudrillard, sino que cambió la configuración, porque el mundo físico se mantiene. Aun con la pandemia, el comercio presencial sigue siendo del 80% en Estados Unidos, la primera potencia económica mundial, en donde rige Amazon.
–Ha hecho referencia a hitos de fuerte arraigo material, como el furor por coleccionar figuritas del Mundial. Avanza lo digital, pero se mantiene un anhelo por lo tangible, ¿en qué radica esa dicotomía?
–La pandemia desnudó muchas cosas. Queríamos vivir todo digital, nos faltaban horas para explorar Instagram, y nos dio todo el tiempo del mundo para hacerlo. Siete meses, en la Argentina. Cumpleaños, boliches y recitales por Zoom. Lo digital cobró un rol que era inimaginable hace veinte años, pero suponer que el mundo que viene es solo así es un error. El ser humano es sinestésico, es un mamífero que necesita tocar, es afectivo, es gregario. La vida que vale la pena vivir tiene indefectiblemente el componente físico como parte. La utopía es que lo digital nos potencie y nos haga más eficientes; la distopía, que nos diluya y nos desconfigure.
–Volviendo al tema del consumo, usted dice que tiene cierta cualidad ansiolítica. En este contexto de aceleración digital, ¿sigue funcionando como tranquilizante o, por el contrario, se vuelve promotor de un círculo vicioso de ansiedad?
–Es un buen punto. Como todo ansiolítico, si lo consumís demasiado, necesitás más dosis. Con la tecnología pasa lo mismo. Los dos son aditivos y, a la vez, adictivos. Es un tema peligroso, en particular en la Argentina. Si perdemos nivel de formación, este mundo te pasa por arriba. Necesitamos inteligencia humana y emocional para lidiar con la inteligencia artificial.
–Los que ya están subidos a este tobogán, ¿qué herramientas tienen para parar la pelota y replantearse su vínculo con la tecnología, con el consumo y con la sociedad?
–Las herramientas del saber. Hay que aspirar a cierto orden de sabiduría y de conocimiento. Una sensibilidad que nos permita alcanzar una capacidad de discernimiento mayor. Se necesita una sociedad más inteligente.
–Y más formada…
–Sin duda. Si tuviera que elegir una palabra para lidiar con la humanidad ampliada, es educación. Una formación transdisciplinaria capaz de dar respuesta a la complejidad. Saber programar, saber de política, saber de cultura. La formación unidimensional no está acorde con la realidad actual, ni mucho menos con la que viene.
–Usted habla de que una de las claves para encontrar el camino y recomponer el ánimo es que cada uno busque un punto de apoyo, un plan al cual aspirar. Esto suena algo individualista, ¿dónde podemos encontrar una conexión entre personas, una aspiración común?
–Es difícil. La sociedad es profundamente narcisista y egoísta, y ninguno de esos valores salió mejor de la pandemia, que nos puso a todos en la misma línea del abismo. La tecnología, con la cultura de las burbujas y las cámaras de eco, le da a cada uno lo que quiere y fomenta grietas todo el tiempo. Este es un tema de los líderes, que tienen que ampliar su mentalidad para poder tratar con sociedades fragmentadas desde el punto de vista socioeconómico y fragmentarias desde la diversidad de intereses.
–Una pregunta que usted mismo formuló: ¿vamos bien o vamos mal?
–Es difícil de responder. Para los que dicen que el mundo actual es un desastre y añoran un ideal que nunca existió, con una mirada novelística de los siglos XVIII y XIX, de todos felices en el campo, basta con contraponerles los datos: el 94% de la población en 1800 era pobre; hoy, es el 10%. En ese sentido, claramente vamos bien. Ahora, cuando se mira cuál es el costo colateral de ir bien, con expectativas humanas móviles y demandantes, con personas que quieren más de lo que tienen, con altos niveles de protesta y conflictividad, entonces vamos mal. Pero hay que leer la historia y conocer lo que pasaba antes. Que hoy exista tanta decepción significa que hay, también, mucha ilusión, mucha expectativa. Esa es la tensión entre el vamos bien o el vamos mal.
–Pero hay un valor que sí trasciende los siglos y que fue protagonista de la Ilustración: la razón, con su capacidad de guiarnos al progreso y a un vivir mejor. Quizá podría orientarnos en medio de este caos…
–Creo profundamente en eso. En la razón, en el estudio y en el mérito. Para lidiar con la complejidad, hay que apelar a la capacidad más distintiva que nos hizo humanos: nuestro lóbulo frontal. La tecnología no es el único porvenir posible.•
La gente salió de la pandemia con una inclinación a consumir mucho mayor porque tomó conciencia de la finitud”
La utopía es que lo digital nos potencie; la distopía, que nos desconfigure. Necesitamos inteligencia humana y emocional para lidiar con la inteligencia artificial”
Si tuviera que elegir una palabra para lidiar con la humanidad ampliada, es educación. Una formación capaz de dar respuesta a la complejidad”

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HISTORIA DEL ARTE

Con curaduría de Violeta González Santos, diseño sonoro de Begoña Cortázar y montaje de Fernando Sucari, la exposición se puede visitar los viernes y sábados, de 16 a 20, hasta el 19 de noviembre, en Observatorio Atelier, espacio de arte ubicado en Avenida Almirante Brown 1037, piso 1, La Boca. ●

Inauguró “Arpa de Boca”: la naturaleza recreada con tinta china negra


La artista Franca Barone inauguró ayer su muestra de ilustraciones “Arpa de Boca”, integrada por obras realizadas en tinta china durante el último año. Son dibujos estampados sobre papel blanco con trazos negros que crean hojas, flores, animales, insectos. Un universo onírico con espíritu surrealista. Nacida en Buenos Aires, en 1988, Barone se graduó en Estados Unidos, en The New School of Design, de Nueva York. Luego, hizo una maestría en Lógica y técnica de la forma en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Buenos Aires. Cursó, además, el Programa de Cine de la Universidad Torcuato Di Tella y fue becaria del Laboratorio de Acción del Teatro San Martín en 2019 y de la Universidad SNDO de Ámsterdam. Hasta el 2020, participó del colectivo La Verdi, a cargo de Ana Gallardo. Estudió en la clínica de Diana Aisenberg y Leila Tschopp. Actualmente forma parte del grupo Investiga, a cargo de Viviana Iasparra.
Con curaduría de Violeta González Santos, diseño sonoro de Begoña Cortázar y montaje de Fernando Sucari, la exposición se puede visitar los viernes y sábados, de 16 a 20, hasta el 19 de noviembre, en Observatorio Atelier, espacio de arte ubicado en Avenida Almirante Brown 1037, piso 1, La Boca. ●

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