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domingo, 12 de abril de 2020

GUILLERMO JAIM ETCHEVERRI, ENTREVISTA


Guillermo Jaim Etcheverry. "Los buenos docentes, y no la tecnología, son los que van a cambiar la educación"
El académico, exrector de la UBA, sostiene que, en la medida en que no haya una auténtica valoración social por las prácticas educativas, la crisis en este campo continuará sin resolverse
Guillermo Jaim Etcheverry 
La cuarentena preventiva y obligatoria se decretó horas después del encuentro con Guillermo Jaim Etcheverry, presidente de la Academia Nacional de Educación y miembro de número de la Academia Nacional de Ciencias. No obstante, Jaim Etcheverry, rector de la Universidad de Buenos Aires entre 2002 y 2006, saluda a dos metros de distancia y cualquier contacto será evitado. "Vivimos una circunstancia de excepción que alterará de manera radical nuestras vidas -dice en el departamento donde vive desde hace veinte años, rodeado de obras de artistas como Alicia Penalba, Fortunato Lacámera y Alfredo Londaibere-. También lo hará con la educación. Ante la suspensión de las clases, recurriremos a experimentar con las nuevas tecnologías. Coincido con el filósofo italiano Nuccio Ordine, cuando señala el peligro de transformar una educación de emergencia en la normalidad, el peligro de una enseñanza sin el docente mirando a los ojos del estudiante, que es lo que transforma sus vidas".
Este mes, cuando se cumplen poco más de veinte años de la publicación de su best seller La tragedia educativa , acaba de lanzar Educación. La tragedia continúa (Sudamericana). Durante veinte años, fue colaborador de la revista de la nacion con artículos en los que ahora trabaja con el propósito de darles nueva circulación. "El panorama educativo no solo no mejoró sino que ha empeorado", diagnostica.
¿Qué relación guarda el nuevo libro con el anterior?
Aquel libro, que tuvo como veinticinco reediciones, nunca lo reescribí. Ahora pensé que era un buen momento para volverlo a ver con la idea de modificar algo. Pero escribí otra cosa, con nuevos elementos y más datos. En esencia el mensaje es el mismo: la tragedia continúa. Algunos amigos me sugerían que le pusiera "la tragedia empeora", pero me pareció demasiado dramático.
¿No hubo mejoras en la educación en estas décadas?
Está peor. Las cifras indican eso; estamos estancados o peor que antes. En ese momento no estaban las pruebas PISA , por ejemplo. El mensaje es el mismo: tratar de llamar la atención sobre los graves problemas que tenemos. Muy poca gente educada, mucha desigualdad en la distribución de la educación y una calidad cuestionada. Las pruebas nacionales e internacionales demuestran lo mismo año a año. La mitad de los chicos que termina la escuela media no entiende lo que lee; dos de cada tres tienen problemas con las operaciones matemáticas más simples. Es un fracaso grande.
Sin embargo, la inversión en educación aumenta.
Sí, claramente ha aumentado, pero no se manifiesta en los logros. Sin el dinero es imposible, pero con el dinero solo no basta. Lo que está en crisis en el país es el valor social de la educación. A nadie le interesa realmente. Más allá de lo que se dice en los discursos, el interés social por la educación es muy pobre. El 70% de los padres manifiesta que está satisfecho con la educación de sus hijos y a la vez sostiene que la educación en el país está muy mal. El 80% afirma que no cambiaría a sus hijos de escuela para mejorar la educación. O sea que la gente está conforme y esa conformidad atraviesa todos los sectores sociales y niveles educativos. Por alguna razón misteriosa la mayoría piensa que la educación de sus hijos es extraordinaria.
En una entrevista, el Presidente dijo que la vuelta a las clases no le preocupaba ante la emergencia sanitaria por la pandemia.
Hoy es imposible anticipar cuál será la evolución del año escolar. La respuesta de nuestras autoridades educativas ha sido rápida y adecuada al promover el uso intensivo de las herramientas tecnológicas, como se ha procedido en muchos otros países. Una de las ventajas de esta lamentable situación es que docentes y alumnos se entrenarán en el empleo de esos útiles recursos complementarios. Pero, al igual que en otros aspectos de las relaciones interpersonales, el riesgo es que esta experiencia contribuya a instalar la idea de que la tecnología puede reemplazar el vínculo directo y presencial entre maestros y alumnos, que sigue siendo esencial, al menos en las etapas iniciales del aprendizaje.
¿Con la cuarentena estamos en pleno experimento educativo?
Vamos a ver qué va a pasar. Es muy incierto, pero entiendo que el docente es un modelo, es un ejemplo y la educación es ejemplo. El buen docente es el que sabe mucho de una materia, que siente pasión por eso que sabe y que transmite esa pasión. Cualquiera que recuerde a un buen docente lo sabe. Y además era el que exigía. Las pantallas no pueden hacer eso, son medios fríos, que no traducen emociones ni el poder de reflexión por su propia estructura. Como recurso son importantísimas, pero la tecnología no va a modificar la educación; la van a modificar los buenos docentes. En el libro menciono una entrevista a Streve Jobs, que se arrepentía de haber introducido la tecnología en las escuelas, no porque le pareciera mal sino porque había contribuido a dar la impresión de que la tecnología revolucionaría la educación. La educación depende de los docentes.
¿Qué papel deben desempeñar los padres o los adultos a cargo de chicos en esta circunstancia?
La colaboración de los padres en la educación de sus hijos durante la cuarentena es, obviamente, esencial. Es imprescindible su contribución en la selección de los materiales, en la supervisión de los aprendizajes, y sobre todo, demostrando interés por el cumplimiento de esas tareas. La imposición de horarios, la creación de hábitos de estudio, y en especial de lectura, constituye una tarea impostergable para los padres en el contexto actual.
¿En lengua y en matemática es donde más se advierte la mala calidad educativa?
Sí, y son herramientas básicas para encarar cualquier estudio. El fracaso universitario se explica por eso, porque carecen de herramientas de comprensión. Si no se entiende lo que se lee, es complicado acceder a textos de mediana complejidad. No se enseña bien lengua; el repertorio de vocabulario de los estudiantes secundarios es muy limitado. La escuela debe proveer el manejo de las herramientas intelectuales fundamentales y eso se ha perdido. Eso se adquiere con esfuerzo y trabajo.
¿Esos valores pasaron de moda?
Aprender a leer es difícil. El esfuerzo ya no le interesa a nadie, cayó en desuso. No se ha insistido más en eso.
¿A los docentes tampoco les interesa?
Han abandonado ese camino porque la pedagogía contemporánea ha acompañado ese cambio de valores. Con la entronización del "niño rey", que aprende cuando quiere y como quiere, la enseñanza es vista como una intromisión. ¿Por qué se le va a enseñar al chico si el chico ya sabe? Y la tecnología ha contribuido a eso, porque pareciera que el manejo de herramientas tecnológicas confiere inteligencia, aunque lamentablemente no es así. Los teléfonos no son inteligentes; inteligentes son los científicos que los crearon.
Otro cliché es que la escuela debe ser divertida.
Un entretenimiento más, como si fuera parte del mundo del espectáculo. Se apunta a eso: que sea light , que moleste poco. El pacto educativo básico que era la alianza de padres con maestros para educar a los chicos está roto. Hoy los padres están aliados con sus hijos en contra de los maestros o la institución escolar. Los padres quieren que no los molesten. En realidad, ser exigido es un derecho de los estudiantes, eso demuestra el interés que se tiene en el otro.
¿Estamos ante una situación irremontable?
¡No! Si creyera eso, ya estaría encerrado en la cuarentena final. Hay que llamar la atención sobre esto y hacer un esfuerzo para retomar esas cuestiones básicas. El dictado, por ejemplo, ahora es considerado una imposición, pero es fundamental para aprender a escribir. En un momento hay que sentarse a aprender algo.
¿Desde el Ministerio de Educación qué se hace, de un gobierno a otro?
Se hacen cosas y aportes, pero este es un problema social, de la base. Eso es lo que hay que cambiar. Las autoridades tienen que mostrar los problemas y no ocultarlos. A la escuela se le piden muchas cosas, pero la tarea fundamental es mostrarles a los chicos las posibilidades intelectuales que encierra la educación: ayudar a cada uno a ver sus propias dimensiones como ser humano.
¿Ahí radica la importancia de la educación?
Claro. Amoblarse por dentro, para enriquecerse como persona. Habrá que volver a poner de moda ideas así.
Durante el menemismo el objetivo era preparar a los chicos para el mundo del trabajo.
Y eso tampoco se consigue. Es una misión importante, claro, hay que saber lo fundamental para entrar en ese mundo. En todo el mundo, los mejores resultados los tienen los chicos que pertenecen a las familias del 25% de mayor nivel socioeconómico, los hijos de profesionales y los que van a escuelas con mayores recursos humanos y económicos. El nivel socioeconómico es el mejor predictor del éxito educativo. En la Argentina pasa lo mismo, pero el promedio de los argentinos mejor educados es inferior al promedio de los peores educados en treinta países. Vale decir que hay treinta países donde los estudiantes del nivel socioeconómico más bajo, y que van a escuelas de escasos recursos, están mejor formados que los mejores estudiantes argentinos.
¿Qué responsabilidad tienen los institutos de formación docente?
Fundamental. Es el tema central: no hay buena educación sin buenos docentes. Son claves. La Argentina tiene más de mil quinientos. ¿Cómo se puede controlar la calidad de semejante número? Los países desarrollados tienen cincuenta, setenta, noventa. Ahí hay un problema grave, que hay que revisar. No entendí nunca el proyecto de la UniCABA, donde convivían institutos terciarios y universidades. La docencia es una actividad social muy sensible y no puede ser una salida laboral más. El salario es un índice de la valoración social de la educación, de lo poco que se valora, pero no debe ser el único. La calidad de la formación es otro. Todos los países que mejoraron su educación lo hicieron mejorando la calidad de la formación en los institutos de formación docente.
¿Antes la escuela era una institución más democrática que en la actualidad?
Sí, debajo del guardapolvo blanco estaban el hijo del carnicero, el del obrero, el del médico, el del empresario. Se tendía no te digo a una igualdad, sino a cierta equivalencia de posibilidades. La escuela hoy eso no lo está haciendo. Eso sirvió para la cohesión social y se ha perdido. Los chicos se educan en guetos: los ricos con los ricos y los pobres con los pobres, y ahí se va reproduciendo esa estructura. Recién en la universidad, y en ciertos casos, se da la mezcla por primera vez. Son educaciones de países separados. Y hay desigualdades asombrosas entre las provincias. Después de la reforma de los años noventa, cada gobernador hizo lo que quiso y eso se ve. Es muy grave. Hay diferencias no solo dentro de las jurisdicciones, sino también entre ellas. Hay que volver a recrear una épica educativa, volver a Sarmiento.
¿Usted conoció a los tres premios Nobel de ciencias del país?
A los tres. Se sabe muy poco de las vidas de estas personas tan importantes para el desarrollo de la ciencia. Estos años no han sido favorables para las ciencias, y eso se siente. Esperemos que repunte. Ya lo decía Sarmiento, el éxito económico solo no hace a un país, en todo caso eso es una factoría; un país es éxito económico puesto al servicio de la cultura, la educación y la ciencia. Un país que no domina la ciencia está condenado al fracaso. Nuestros antecedentes son muy importantes: el primero educado y formado en instituciones públicas [Bernardo Houssay]; el segundo, Luis Federico Leloir, ya trabajando en una institución privada, y el tercero, César Milstein, trabajando en el exterior. Eso marca el derrotero de nuestra ciencia. Ojalá el próximo Premio Nobel de ciencia que tengamos trabaje en la Argentina. Si tenemos ciencia de calidad, es gracias a la labor de esta gente, sobre todo gracias a Houssay, que fue el constructor del sistema científico argentino.

D. G.

miércoles, 18 de abril de 2018

GUILLERMO JAIM ETCHEVERRY POR JORGE FERNÁNDEZ DÍAZ



Hace veinte años escribió un clásico:
La tragedia educativa. Los resultados catastróficos de nuestra educación y las razones profundas de ese fracaso estaban expuestos en sus páginas inolvidables. Le proponen frecuentemente hacer reediciones actualizadas de ese gran libro, pero su autor se niega porque dice que no ha cambiado nada: el desastre solo suma años; vivimos cristalizados en ese eterno momento de declive y de malentendidos, más allá de las presuntas reformas y declamaciones políticas de turno. Es médico, científico, académico, y uno de nuestros intelectuales más necesarios. Se llama Guillermo Jaim Etcheverry, y aquí derriba mitos y no ahorra críticas a la propia sociedad.
-¿Qué pensás del resultado de las pruebas Aprender?
-En principio, celebro que se instale una cultura de la evaluación, práctica que fue muy resistida. Estamos a más de veinte años de las primeras pruebas nacionales y desde entonces se han realizado otras de carácter internacional. Pero, aunque ya existe una tradición, cuesta sobre todo que la gente asuma los resultados. Estos ocupan los titulares de los diarios, nos preocupan durante dos o tres días, pero luego se olvidan hasta el año siguiente. La mayoría de las personas tiene la percepción de que la educación está mal o muy mal. Sin embargo, cuando se les pregunta a esas mismas personas si están satisfechas con la educación de sus propios hijos, el 70% dice que sí, sea que vayan a escuelas privadas o públicas, sean ricas o pobres. Eso explica lo que nos pasa: si la gente está satisfecha con su situación personal, hay muy poca presión para un cambio social significativo.
-Así es. Hemos hablado varias veces del "país de los huérfanos", es decir, chicos que no saben responder cosas elementales cuyos padres no los reconocen como hijos. Las últimas pruebas Aprender indican que la mitad de los chicos que egresan de la escuela media tienen problemas para comprender lo que leen. Y eso es gravísimo después de 12 años de escuela. Dos de cada tres no pueden hacer simples operaciones matemáticas. Un verdadero escándalo. Y a nadie parece importarle mucho. Y ese registro de la prueba solo implica a quienes terminan, porque de cada 100 chicos que comienzan la escuela primaria, únicamente 50 completan la escuela media. Y de esos 50, la mitad tiene dificultades. Es decir, hay 75 de cada 100 jóvenes que tendrán problemas futuros, lo que es tremendo. Vayamos a cosas sencillas: el ministro de Educación de Francia, que está teniendo mucho éxito, propone medidas elementales, como volver al dictado, al latín y al griego, a la lectura. Cosas básicas. El problema de la educación no es de modernidad, sino de atraso. Cuando se repite el eslogan de que tenemos "escuelas del siglo XIX, con maestros del siglo XX y alumnos del siglo XXI", señalo que ojalá tuviéramos alumnos con algún resabio del siglo XIX? que al menos adquirían las herramientas básicas.
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-Están mal vistas la exigencia y la evaluación. Te diría que se ven hasta como valores de la "derecha", vinculados al capitalismo, con su competencia feroz y sus exigencias. Se piensa que evaluar es cosa de las corporaciones? ¿No es una gran paradoja?
-Sí. Hace tiempo escribí un artículo sobre el derecho de los chicos a ser exigidos, porque la exigencia al otro supone que a uno le importa, que le interesa su situación. Refleja el interés por el otro, y yo creo que los chicos deberían reclamar eso, y los padres deberían entender que es fundamental, porque eso genera la expectativa de superación, que no es ni de derecha ni de izquierda. Es un derecho humano.
-¿Cuándo vimos un régimen marxista-leninista que no sea exigente en la educación y severo con la evaluación escolar? ¿De dónde nació esta idea "progresoide" de que la exigencia es de derechas y la dejadez es progresista?
-No sé de dónde nació, pero está instalada y es muy difícil de contrarrestar. El pacto básico de la educación es la alianza de los padres con los maestros para educar a los chicos. Hoy ese pacto básico está roto, ya que los padres se han aliado con sus hijos en contra de la institución escolar, a la que ven como un lugar de opresión que exige demasiado para entregar lo único que finalmente importa: el título. No se pretende siquiera la educación ni la superación. Solo el título. El ejemplo más claro es el de las provincias que no han tenido clases durante meses y donde no se reclama por el conocimiento perdido, sino por la certificación del año aprobado. No puede haber hipocresía mayor.
-Es interesante lo que decís? ¿Existe un colectivo docente, entre primario, secundario, terciario y universitario, que defiende una mano fofa respecto de la educación?
-No creo que sea ese colectivo docente, sino directamente la sociedad argentina, porque hay una gran presión de los padres. En una época de gran individualismo, entienden que los chicos son vulnerados cuando alguien pretende enseñarles algo. Se defiende la individualidad de la persona que parece no tener nada que aprender. El punto es que no se ve la escuela como un lugar de desarrollo de capacidades intelectuales.
-Otro mito argentino es que "somos brillantes cuando salimos al mundo". Sin embargo, hay indicios de que nos pasan por arriba, incluso en países de la región. ¿No es cierto?
-Por supuesto. Eso lo demuestran las evaluaciones. En todo el mundo, los chicos que más rinden son los hijos de profesionales, los que pertenecen a las familias del 25% del nivel socioeconómico más alto y las que van a las escuelas con mayores recursos didácticos. En la Argentina es igual. Sin embargo, los mejores argentinos son peores que los peores de 30 países. Vale decir que en 30 países, los hijos del 25% más pobre, de los que hacen las tareas más sencillas y los que van a las escuelas que tienen menores recursos son mejores que los mejores argentinos. Otro problema gravísimo. Cuando se conocieron las cifras de las pruebas PISA de 2012, en Israel se provocó una gran conmoción porque el diario Haaretz tituló que los hijos de los abogados de Israel eran peores que los hijos de los barrenderos de Shanghai. Y eso generó una gran reacción, ya que casi renuncia el ministro. Aquí eso no impacta, no pasa nada. Todos quieren reformar, pero yo diría que seamos más modestos: que enseñemos a leer y escribir, a comprender lo que se lee.
-¿Cómo se hace un cambio cultural en esta área?
-Con la gente, con el ejemplo. Si uno promete una revolución que va a venir y se propone preparar para las competencias del siglo XXI, se olvida de que esas competencias son, básicamente, las mismas de siempre: entender lo que se lee, capacidad de abstracción, ubicación en tiempo y espacio histórico, poder comunicarse y saber hilvanar frases con comienzo, desarrollo y final. De eso queda ya muy poco en la sociedad en la que vivimos. Lo que pasa es que eso se pierde de vista y hablamos de creatividad. Obviamente es importante, pero se necesita saber, y eso se está perdiendo: se extiende la concepción de que todo está en las computadoras y por eso no hace falta estudiar. Antes estaba todo en los libros, pero a nadie se le ocurría decir que no estudiásemos. En esencia, es lo mismo. Lo importante es lo que uno lleva, no dónde está: la máquina no da inteligencia, sino que es uno el que la lleva y el que sabe cómo buscar la información, cómo interpretarla, cómo aprovecharla. Todo eso no tiene nada que ver con el instrumento. Y esa construcción es la creación de la educación, que se va haciendo de a poco. Aprender es un esfuerzo, un trabajo, que no es fácil. Es algo que uno hace para sí, con tesón, interesado por los maestros y con el apoyo de los padres.
-Muchos dicen que lo que están estudiando los chicos en el colegio no va a servir porque los oficios del futuro serán completamente distintos a los de hoy?
-Eso es verdad, como hace 40 años era inimaginable pensar lo que estamos viviendo ahora. Sin embargo, la revolución tecnológica fue hecha por personas educadas en el sistema tradicional. El núcleo básico de la educación es permanente. Uno puede entender a Shakespeare o a Aristóteles, que tiene 2000 años de antigüedad. Mirá, para hablar de educación uso una frase de Hesíodo, que dice: "Educar a una persona es ayudarla a aprender a ser lo que es capaz de ser". Tiene 2800 años, y la entendemos porque tiene algo básico, humano, sigue vigente. La educación es una tarea de ayuda, de personas que ayudan a otras, y no es tarea de máquinas. Son personas con personas, como en la medicina. ¿Y a qué ayudan? A mostrar lo que son capaces de ser con sus propias habilidades. Me parece que eso es fundamental.
-¿Hay estudios que demuestren cuánto de inteligencia nata y de inteligencia aprendida hacen al ingenio?
-Eso es muy difícil de comprobar. Pero las inteligencias se ejercitan constantemente. Todos estamos contentos porque tenemos algún tipo de inteligencia? Me parece importante no descuidar que los chicos tienen derecho a ser enseñados y a conocer sus potencialidades. Yo insisto mucho en la lectura, no por la idolatría del libro, sino porque permite desarrollar el hábito del tiempo lento del humano. La lectura tiene que ver con el tiempo lento, con la reflexión, la imaginación, la capacidad de pensar. Eso lo estamos perdiendo al vivir en la fugacidad y en la superficie de las cosas. No olvidemos que toda la tecnología que utilizamos para vivir es el resultado del análisis profundo de científicos y tecnólogos. No debemos olvidar que a los chicos de hoy los debemos preparar para poder habitar ese tiempo lento.
-"El libro es el pasado", dicen algunos padres. "El presente y futuro es la pantalla".
-Yo no estoy en contra de la pantalla. El problema es qué se lee en esa pantalla. Si se leen estupideces, se van a formar estúpidos. La herramienta no concede inteligencia. Los teléfonos se llaman inteligentes porque es inteligente quien lo hizo. ¡El teléfono no te transmite la inteligencia! Por eso debemos formar gente capaz de ese tipo de desarrollos.
-En materia de educación ahora está de moda Finlandia, según decía la otra vez Vargas Llosa. ¿Qué tiene Finlandia?
-En Finlandia, la actividad docente es muy prestigiosa socialmente, y eso es fundamental. Están bien pagados, y eso no sucede entre nosotros. Es, además, una sociedad muy homogénea, sin desigualdades. Lo que se ve en las pruebas Aprender del año pasado es que el mejor predictor del rendimiento es el nivel socioeconómico: estamos segregando por nivel socioeconómico. La gente de mejor nivel tiene mejor educación -aunque no tan buena como piensa- y la de peor nivel social, peor nivel educativo. Allá, además, van pocas horas a la escuela. Son sociedades diferentes.
-¿Qué está haciendo el gobierno de Macri por la educación?
-Creo que el énfasis en la evaluación es importante, porque nos va dejando elementos para tomar conciencia de dónde reside el problema. Claro que estos son procesos largos. Hasta que la gente no perciba que la crisis educativa está entre las cuatro paredes de su casa, esto no cambiará. No hay marchas de padres pidiendo que se les enseñe más a sus chicos. Si al hijo le va mal en matemática, se dice que no nació para la matemática. Eso no lo dirían jamás en Japón, porque no es así: no se hace el suficiente esfuerzo para aprenderla, porque no es imposible. Tiene que ver con las capacidades de razonamiento. Pasa por temas básicos, por cosas fundamentales. La escuela busca hacer muchas cosas hoy, pero se olvida de lo esencial.

ENTREVISTÓ JORGE FERNANDEZ DÍAZ
-Noto en vos una cierta fatiga de quien ha dicho las cosas tantas veces?
-Sí, claro, pero cuando en alguna exposición digo estas cosas, o aun peores, al concluir siempre se me acerca un abuelo que me señala: "Cuánta razón tiene, pero por suerte mi nieto es un genio. ¡No sabe cómo usa la tablet!" (risas). En realidad, el nene no es un genio ni un Bill Gates en potencia: el nene maneja la tablet porque es la herramienta de su época. Estamos ante el peligro de que la tecnología nos deslumbre y nos confunda, que pensemos que dominarla es ser inteligente. La tecnología permite un acceso fácil, pero lo que se haga con esa información depende de la persona. La tecnología no confiere inteligencia. Mirar todo el día Facebook o Twitter no nos hará más inteligentes.
¿Qué está haciendo?
Se dedica a exponer y escribir sobre la crisis educativa y actúa en las academias nacionales de Educación y de Ciencias de Buenos Aires, y en la de Artes y Ciencias de la Comunicación, de las que es miembro de número. Acaba de publicar el libro Houssay-Leloir-Milstein, científicos Nobel argentinos.
¿Por qué nos importa?
Es médico, científico y académico, y una voz crítica del penoso sistema educativo que con autocomplacencia los argentinos sostienen tanto en la escuela pública como en la privada.

jueves, 19 de mayo de 2016

GUILLERMO JAIM ETCHEVERRI....SU OPINIÓN


La vuelta del 1, el 2 y el 3 al sistema de calificaciones de las escuelas primarias bonaerenses despertó una polémica que reaviva la dicotomía, acaso falsa, entre calidad educatica e inclusión; aquí, tres perspectivas sobre un tema clave
Guillermo Jaim Etcheverry



Somos hoy testigos y protagonistas de un cambio profundo en la manera de concebirnos a nosotros mismos y de relacionarnos con los demás. En su reseña de Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación, libro de su compatriota Alessandro Baricco, el escritor italiano Claudio Magris señala: "La sociedad occidental está mutando radicalmente sus valores. En un pasado no tan remoto se privilegiaban la duración, la autenticidad, la profundidad, la continuidad, la búsqueda del sentido de la vida y de absolutos, la verdad, la lógica, la jerarquía entre los fenómenos. Hoy, en cambio, triunfan la superficie, lo efímero, el artificio, la espectacularidad, el éxito como única medida del valor, el ser humano horizontal que corre tras nuevos estímulos en un mundo convertido en una veloz sucesión de experiencias muy diversas". Vivir se ha convertido gradualmente en un surfing, un deslizarse veloz por la superficie de la realidad saltando de una cosa a otra.




La educación no escapa a esta radical mutación de lo humano que pone en cuestión su razón de ser: la de compartir con los recién llegados al mundo nuestros logros y, sobre todo, nuestras capacidades. Parafraseando a Josefina Rueda, mediante la educación buscábamos que los jóvenes conocieran lo que hemos logrado y que adquirieran las herramientas que le hicieran más fácil enfrentarse al mundo. De ese modo, esperábamos que no se vieran obligados a transitar el camino que la humanidad ha recorrido para llegar hasta aquí. Buscábamos, en suma, ayudar a otro ser humano. Ayudarle a que su vida fuera mejor que la nuestra, confiando en que, conociendo las herramientas de las que disponen, los jóvenes pudieran seguir mejorando el mundo para los que vienen después. Ya lo decía hace 2800 años Hesíodo, poeta griego contemporáneo de Homero, al definir la educación: "Educar a una persona es ayudarla a aprender a ser lo que es capaz de ser".
Esta concepción de la educación como tarea humanística, es decir, de introducción a lo humano, ha ido mutando hacia una función humanitaria de asistencia social y psicológica, bienvenida en cuanto no descuide su misión esencial. Hoy se piensa que niños y jóvenes son las víctimas inocentes de un sistema que los oprime. En el fondo, se considera que la escuela -entendiendo por tal a las instituciones educativas de todo nivel- plantea demandas exageradas para ceder el bien que los niños y sus familias anhelan: la certificación de haber pasado por ella. En esa concepción se sustenta la actual lucha contra la institución escolar que hace trizas al pacto fundacional de la educación, que supone la alianza de padres con maestros para educar a los chicos. Hoy, en general, los padres están unidos a sus hijos para oponerse a lo que consideran pretensiones exageradas por parte de la escuela. Eso explica el apoyo a las medidas que "flexibilizan" exigencias, concebidas como inmerecidos castigos.



En la base de este comportamiento subyace el horror contemporáneo al esfuerzo, en este caso el que supone aprender. Como lo puede atestiguar cualquier persona que haya aprendido algo, para hacerlo debió realizar un esfuerzo personal. Interesados por los docentes, apoyados por sus padres, los niños deben encarar ese esfuerzo para aprender, aunque más no sea prestando su atención, hoy tan dispersa. La tendencia general, en cambio, es considerar a la escuela como un ámbito al que se concurre para pasarla razonablemente bien, entretenerse, no molestar y no ser molestado.
Esa concepción de las instituciones educativas explica la reacción que surge ante cada propuesta que requiere que el alumno ponga algo de sí en la tarea de aprender, que deje de ser un sujeto pasivo y que acceda a realizar el esfuerzo que supone desarrollar sus capacidades intelectuales. Educarse no es una tarea sencilla y, reitero, demanda un compromiso personal. Así como un deportista o un instrumentista se exige a sí mismo durante largas y tediosas horas de práctica, el alumno debería estar dispuesto a realizar un esfuerzo similar para agudizar sus capacidades de razonamiento, de comprensión y de abstracción. Pero es muy difícil esforzarse cuando existe un desinterés social generalizado que hace que se ponga escaso énfasis en los logros académicos de los niños y de los jóvenes. No parece ser muy importante que se les enseñe porque se considera que ellos ya saben todo lo que hoy importa. Se los deja de este modo en un estado de desconocimiento de lo que los humanos hemos concretado durante nuestra historia y, lo que es más grave, de las herramientas que han hecho posible esos logros.
La discusión actual acerca del "retorno a los aplazos" en el sistema educativo bonaerense -regreso que no es tal, porque sólo se han modificado los números que denotan la insuficiencia (4, 5 y 6 en la escala anterior, reemplazados por los tradicionales 1, 2 y 3 en la que acaba de ser implementada ya comenzado el año escolar)- se centra en el símbolo que esas calificaciones representan. En estos días se han planteado argumentos que apoyan la instalación de una meritocracia salvaje, frente a otros que sostienen posiciones tolerantes muy cercanas a la demagogia. Ninguno de ambos extremos es realista. Como siempre lo ha sido, es preciso seguir la trayectoria de cada alumno, ayudándolo a superar sus dificultades, a mejorar, a dar lo mejor de sí.
En este contexto surge la importancia del que es un derecho fundamental de los niños: el de ser exigidos. La actitud de sano desafío por parte de los mayores es la que permite a niños y jóvenes explorar al máximo sus posibilidades como seres humanos. Por medio del planteo de exigencias de superación, logramos demostrar al otro cuánto nos importa, transmitiéndole la confianza en sus posibilidades de progresar. Esa confianza resulta esencial para estimular el aprendizaje como lo han comprobado numerosos estudios que coinciden en señalar que todos los chicos son "enseñables". Lejos de ser un comportamiento represivo, el planteo concreto de objetivos razonables -cuyo logro se expresa mediante las calificaciones- constituye un acto de amor, de preocupación por el destino del niño y del joven y no un castigo estigmatizante. Es la evidencia más clara del interés por ellos, así como de la confianza en las capacidades ilimitadas de superación que caracterizan a todo ser humano.
Deberíamos, pues, dejar de proteger a los niños al evitarles supuestas frustraciones como hoy lo hacemos. Debido a nuestra comodidad, amparada por teorías pedagógicas en boga, desde las escuelas arrojamos al mundo a muchos pobres ignorantes que no logran comprender lo que sucede en él. Esto es fruto del hecho de que cada vez enseñamos y exigimos menos. Es preciso volver a enseñar, volver a valorizar el trabajo de estudiar, desafiando a chicos y jóvenes a realizar el trabajo de aprender. Ese maravilloso trabajo que nos permite descubrir, dentro de cada uno de nosotros, las enormes posibilidades de construcción personal con las que contamos.
Médico, fue rector de la UBA y es miembro de la Academia Nacional de Educación