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miércoles, 2 de noviembre de 2022

ANALIZA, JORGE FERNÁNDEZ DÍAZ


La conspiración del silencio kirchnerista

Jorge Fernández Díaz
Un veterano de la Segunda Guerra Mundial, que ha perdido un brazo en una batalla, llega un día a un diminuto pueblo detenido en el tiempo y en medio de una planicie desértica, y ante la mirada recelosa de sus habitantes comienza a preguntar por Komako, un granjero japonés que solía tener una finca en los alrededores. Las preguntas provocan creciente inquietud, y el clima se va volviendo espeso. Finalmente, el forastero descubre que la granja en cuestión fue incendiada hace mucho, y se dedica a interrogar con más insistencia y agudeza a cada lugareño en busca de una respuesta: ¿qué pasó y dónde está Komako? El clima se va enrareciendo y se nota de inmediato que todos conocen una verdad indecible y que deben cerrarse sobre ella a cualquier precio para que no salga a la luz. A medida que avanza la película de John Sturges –director magnífico, aunque irregular–, la violencia pasa de ser latente a ser verbal y finalmente física. El forastero se defiende con inesperada habilidad y sobrevive a los hostigamientos; por último, se revela lo que todos intentaban ocultar: para vengar Pearl Harbor, los habitantes en horda habían asesinado a Komako, sin saber en verdad que su hijo único luchaba en el Ejército norteamericano. El veterano había arribado precisamente al pueblo para entregarle al granjero la medalla póstuma que había recibido su hijo por el valor en combate. El manco había sido su jefe en la trinchera. La omertá de ese poblado se quiebra cuando el más débil confiesa en un susurro: “Estábamos borrachos. Ebrios de patriotismo”.
Cualquier argentino de mi generación o incluso de la anterior habrá visto varias veces Conspiración de silencio, donde se lucía con traje y sombrero negros Spencer Tracy, que ganó el premio al mejor actor en Cannes: solían darla cada tanto en las tardes inolvidables de Sábados de Cine de Súper Acción. Se pueden rastrear naturalmente en la prehistoria cinematográfica inquietantes complots sociales en pequeños pueblos, secretos ocultos por la voluntad y la complicidad colectivas, y de hecho esa clase de relatos con sus variantes modernas llega hasta nuestros días y hace furor en Netflix, pero aquel film de Sturges significó un verdadero hito, y no pocos ensayistas de la cinefilia señalan que debajo de su dosificado suspenso yace una denuncia contra el nacionalismo y los caciques de grupo que, con su uso y carisma, proveen una coartada moral, dirigen a la manada a cualquier insensatez y la persuaden luego de cerrar la boca. La película recrea ese clima de tensión que suele formarse cuando una tragedia, un drama inconfesable, un crimen se instala en el centro de una sociedad, pero se sustrae de la conversación diaria (de eso no se habla), y cómo fermenta esa suerte de enfermedad invisible en cada uno de los guardianes del silencio.
Comprenderán que me resuene esta película de mi infancia al pensar en la corrupción kirchnerista, que no acaba sino que comienza en la causa Vialidad y que tiene, se pruebe judicialmente o no, dimensiones oceánicas y nunca vistas en la historia argentina. Es mucho más que un secreto a gritos. Ya no es siquiera secreto para casi nadie que tenga dos dedos de frente, en la política y la ciudadanía de a pie; otra cosa es que los tribunales puedan penalizar a los distintos responsables de ese latrocinio. Lo interesante es que entre los fanáticos del núcleo duro hay muchos impermeables a la multitud de indicios, testimonios, documentos y pruebas, pero también conviven con ellos dirigentes y militantes lúcidos que saben lo que sabemos todos, aunque lo nieguen por conveniencia. Su argumentación interna se presenta, aunque parezca mentira, también como “heroica”: los conservadores y los liberales cuentan para financiarse con fondos privados de las grandes corporaciones; los sectores “nacionales y populares” no acceden a esa posibilidad y por lo tanto deben procurarse el dinero por otros medios: cobrándoles el “impuesto revolucionario” (coimas) a las empresas con negocios en el Estado y direccionando obras y otorgando facilidades para amigos que puedan constituirse en la “burguesía nacional”. Para ser parte del “poder permanente” es necesario tener poderío económico, y la única manera es crear esa riqueza desde las palancas del gobierno. “¿Por qué dicen que le robamos al pueblo? –se defienden en la intimidad–. En todo caso, le sacamos negocios y dinero a compañías privadas para equilibrar los tantos y para seguir jugando este juego a favor precisamente del pueblo. Si algunas obras quedaron sin hacer o se hicieron mal, son accidentes menores. No nos vamos a rasgar las vestiduras. Y no nos pongamos en exquisitos; el peronismo es brocha gorda”. Robar para la revolución, robar para la corona, robar para el proyecto… no es robar. Y en todo caso es menos cruento que los secuestros y los atracos a bancos y extorsiones que operaba la Orga de los 70 en su fase armada. Néstor Kirchner formuló un axioma –se necesita plata para hacer política– que fue recibido como una legitimación del mecanismo y en cierta medida como una orden indirecta. Una cosa se vincula con la otra, puesto que tanto estas justificaciones como la adoración acrítica de los métodos “épicos” de la “juventud maravillosa” se murmuran puertas adentro, pero se niegan puertas afuera porque son piantavotos. Todo se llevó a cabo, en realidad, con racionalidad pura o en todo caso con “ebriedad patriótica” y siguiendo la inspiración de los grandes caciques, y luego se tiende sobre ello un conveniente manto de silencio: el vulgo no está preparado para comprender. A quien llega y comienza a interrogar sobre lo ocultado, sobre la gangrena muda que se intenta escamotear pero que devora los nervios de los conspiradores, hay que hacerle la vida imposible y echarlo del pueblo.
Otro punto ciego, otro pecado impronunciable (no hay que ser nunca “funcional a la derecha”) que hierve y se pudre en la oscuridad, y corroe el alma del grupo, es la evidencia de que las fórmulas que alguna vez construyeron su identidad ya no funcionan, que repetirlas ciegamente es por lo tanto un signo de necedad e impotencia y que sería necesario lo más delicado: hacer una autocrítica profunda, admitir los errores y modificar los procedimientos. Si algo probó definitivamente el cuarto gobierno kirchnerista fue que ya no hay populismo posible sin disciplina fiscal y con destrucción de la moneda; que “vivir con lo nuestro” a esta altura del siglo XXI es un verdadero dislate, que espantar las inversiones y enconarse contra la clase media son políticas suicidas. Y que con una inflación al 100% la carrera de precios y salarios, o la presión policial sobre los comerciantes y los importadores, son medidas vanas, recesivas e inflacionarias, y que su repetición resulta un sádico ensañamiento terapéutico. Ese modelo está muerto y enterrado, y cuando alguien baja del tren y lo señala, es atacado con furia por cipayo o “neoliberal”. Ya ni la nueva izquierda latinoamericana, que busca superar la etapa del desastre chavista, sostiene esas supersticiones económicas: ni Lula ni Boric, ni Evo Morales ni López Obrador tragan ese vidrio, que devastó a Venezuela y hundió a la Argentina.
Aludimos aquí a los dos factores que más daño le hicieron al propio kirchnerismo. La venalidad –un inexcusable escándalo de Estado– y las pifiadas de un sistema económico obsoleto –la “ideología” que los trajo a ellos mismos hasta esta hecatombe– deben negarse como se niega una infidelidad o un crimen; deben cerrarse sobre esos temas a cualquier precio para que la verdad no salga a la luz. Y patrullar esta planicie desértica en que se ha transformado la patria, y agredir a cualquiera que haga preguntas inconvenientes o lance críticas certeras. Pero como en Conspiración de silencio la procesión va por dentro, y todos saben que las cosas fueron mal hechas y que tarde o temprano deberán asumirlo y cambiar para seguir sobreviviendo.
El modelo kirchnerista está muerto y enterrado, y cuando alguien baja del tren y lo señala, es atacado con furia por cipayo o “neoliberal”

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lunes, 29 de noviembre de 2021

LA DESPEDIDA CON GRAN TRISTEZA DE LAURA VALLEJOS Y SU AMIGO, JORGE FERNÁNDEZ DÍAZ


Adiós a Almudena Grandes, la novelista del mosaico de vidas
La popular autora española, que murió hoy a los 61 años, fue famosa por su exploración del deseo femenino en “Las edades de Lulú” y por su retrato de la España en los años posteriores a la Guerra Civil
L. V. 
La escritora Almudena Grandes creó la saga de novelas "Episodios de una guerra interminable"
MADRID.– Frente al Mercado Barceló, al que le dedicó tantas crónicas y relatos, con sus puestos de verduras y pescados, en pleno centro de Madrid, vivía Almudena Grandes en un departamento habitado por libros. Resultaba casi imposible adivinar el color de las paredes cubiertas por ejemplares, en su mayoría, de poesía. La autora madrileña falleció hoy, víctima de un cáncer, a los 61 años. Deja un legado tan generoso como ambicioso y único en su haber en la literatura mundial: la saga de novelas, inspiradas en el modelo galdosiano, ambientadas en la posguerra española, donde reflexiona sobre el eco de estos años de oscuridad en la actualidad. Estas casi 3000 páginas fueron escritas en simultáneo con otras novelas y las columnas que habitualmente publicaba en El País, donde plasmaba de modo nítido su posición y su compromiso político.
“En 1989, el año en que me convertí en escritora, yo era una chica muy pedante que sabía mucho menos de lo que le gustaba aparentar”, escribió en el epílogo de La madre de Frankenstein (Tusquets), su última novela. Aquel año al que aludía publicó su primera novela, Las edades de Lulú, ganadora del XI Premio La Sonrisa Vertical. Grandes admitía, cuando era ya una autora consagrada, que iba por entonces a las librerías a espiar la ubicación de los ejemplares y la reacción de los potenciales lectores. Poco después el director Bigas Lunas llevaría al cine la adaptación de esta novela erótica protagonizada por Francesca Neri. La novela tuvo 25 ediciones y marcó un hito en la narrativa española con una voz femenina tan poderosa como irreverente que emergía tras tantas décadas de opresión y censura. La obra de Grandes se llevó varias veces al cine. Hace algunos días TV Española emitió Malena es un nombre de tango, con Ariadna Gil, con guion de Senel Paz (el autor de Fresa y chocolate), y dirección de Gerardo Herrero, quien también llevó al cine Los aires difíciles, de Grandes, adaptación que obtuvo el Biznaga de Oro a la mejor película del Festival de Málaga en 2006.
Sería injusto no mencionar a Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Carmen Laforet o Elena Fortún, quienes durante el franquismo, continuaron, pese a los múltiples obstáculos misóginos y de la censura, escribiendo y creando voces y miradas femeninas en la narrativa española. Pero tras la llegada de la democracia, Grandes irrumpió con una prosa que no se escandalizaba a la hora de explorar el deseo y el cuerpo femenino y lo hacía junto a una generación de escritores como Manuel Vázquez Montalbán, Antonio Muñoz Molina y Luis Landero.
Grandes había estudiado Geografía e Historia en la Universidad Complutense de Madrid y esta formación le proporcionó conocimiento y técnicas para investigar y luego crear la saga de novelas ambientadas tras la guerra civil española. Grandes emulaba el modelo de Benito Pérez Galdós, Episodios Nacionales (1872-1912), la serie de novelas que recorren cronológicamente un segmento de la historia de España. El objetivo de la escritora era reflexionar –cronológicamente– sobre la historia reciente de su país a través de ficciones que integran el proyecto Episodios de una guerra interminable, novelas realistas sin la pretensión de ser novelas históricas, propiamente dichas, mosaicos de vidas cuidadosamente construidos de una sociedad oprimida. Inés y la alegría (2010), ganadora del Premio de la Crítica de Madrid, el Premio Iberoamericano de Novela Elena Poniatowska y el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, fue el primer título de la serie. Luego fue el turno de El lector de Julio Verne (2012), Las tres bodas de Manolita (2014), Los pacientes del doctor García (2017 por el que obtuvo el Premio Nacional de Narrativa) y La madre de Frankenstein (2020). La primera de estas novelas está ambientada en 1944; la segunda, entre 1947 y 1949; la tercera en la década de 1940; la cuarta, entre 1945 y 1955; y La madre de Frankenstein, entre 1954 y 1956. Grandes había anunciado cuál sería el próximo título: Mariano en el Bidasoa, ambientada entre 1939-1964.
Uno de los libros de "Episodios de una guerra interminable"

Su fervor galdosiano la había ubicado en 2020 en una impensable polémica en torno a algunas críticas que recibió, el plena serie de homenajes en torno a su centenario, el autor de Fortunata y Jacinta: “Sí hay una cosa que me molestó y esto sí lo voy a decir, es el cainismo de los intelectuales españoles. Si le hacen un centenario a un escritor que no te interesa, bueno, pues, ¡te callas! A mí jamás se ocurriría decir “no es para tanto” o “ya está bien”. Apoyo los centenarios y los homenajes de quienes amo. Estas cosas solo se justifican por la admiración y la admiración es una forma de amor. Atacar una tradición que no te favorece, me parece mezquino”, decía Grandes 
Las cicatrices de la guerra civil española, a través de los Episodios de una guerra interminable, no eran el único territorio que exploraba: Te llamaré Viernes, Atlas de geografía humana, Los aires difíciles, Castillos de cartón, El corazón helado y Los besos en el pan son otras novelas de esta autora popular cuya voz ronca y su verborragia eran sellos indiscutidos, una artista que disfrutaba desde joven del calor y el sol del verano andaluz, cerca de su gran amigo Joaquín Sabina y de otros poetas.
“Perdemos a una de las escritoras referentes de nuestro tiempo. Comprometida y valiente, que ha narrado nuestra historia reciente desde una mirada progresista. Tu recuerdo, tu obra, siempre estará con nosotros”, escribió el presidente Pedro Sánchez en su cuenta de Twitter. “Tan insoportablemente solos, tan intensamente pobres, tanto dolor”, se hizo eco de esta noticia Pilar del Río, presidenta de la Fundación José Saramago y pareja del autor ganador del Nobel. También la cuenta oficial del Club Atlético de Madrid lamentó la pérdida de esta ilustre hincha.
Grandes estaba casada con Luis García Montero, actual director del Instituto Cervantes, a quien le dedicaba “una y otra vez”, sus novelas, y con quien tuvo una hija. Gata orgullosa, como se denomina a los madrileños, Grandes pasó su infancia en pleno centro de Madrid, en el límite del hoy hipster barrio de Malasaña. En estas mismas coordenadas, en la calle Larra, vivió hasta su muerte. Su última novela, polifónica, cuenta con tres narradores y uno de ellos, la cándida María, está inspirada en una “tata”, llamada Agripina a la que llamaban cariñosamente Ina. “Yo la quería muchísimo. Era muy joven, bajita, menuda pero fuerte (...). Recuerdo muchas de las historias que me contaba, y que escuchaba cada año la que más me impresionaba. Porque todos los años, cuando se acercaba el 6 de enero, Ina siempre recordaba en voz alta que, en casa de sus padres, los Reyes Magos dejaban de regalo una naranja, una simple naranja y sólo una naranja, para cada niño”, escribió en su última novela, donde imagina a una Fortunata, inspirada en el icónico personaje de Galdós, pero también en Ina, a las que le brinda, magia mediante de la ficción, una vida mejor, y una oportunidad. A través de la ficción y de la no ficción, clamó justicia y buscó brindar una voz a quienes durante tantas décadas habían sido silenciados.

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Una noticia que nos deja el corazón helado


Jorge Fernández Díaz



Almudena Grandes
La última vez que la vi caminaba ensimismada por la Gran Vía, arrastrada por una muchedumbre de paseantes distraídos que no alcanzaban a reconocerla. Y que a mí me empujaban en sentido contrario, durante aquel populoso atardecer otoñal de Madrid. Estuve a punto de gritarle para que se detuviera, pero eso habría significado que decenas de fans giraran su cabeza, la detectaran y la sacaran de sus meditaciones: su nombre, Almudena, es inequívoco. Entonces respiré hondo, me resigné y apuré mi camino hacia la Plaza Mayor. Pensé: “Otro día voy a llamarla para quedar con ella y hablar un rato de política y de libros”. Pero los días pasaron volando y regresé a Buenos Aires sin haber marcado su número. La conocí hace diez o quince años, y desde entonces mantuve con ella diálogos públicos y privados, siempre signados por su inteligencia polémica, irónica, tierna y torrencial. Conversamos una vez mano a mano sobre nuestras vidas y nuestras carreras en la Feria del Libro, y el público gozó con su pasión por la historia (su segunda vocación) y se conmovió cuando conté que su marido -Luis García Montero, uno de los poetas más importantes de España- le había dedicado un libro increíble: todas y cada una de esas piezas literarias eran poemas de amor a Almudena Grandes. La gente lo aplaudió: Luis, hoy director del Instituto Cervantes, ocupaba tímidamente una silla en el fondo del salón y se vio obligado a ponerse de pie y saludar.
La autora de Las edades de Lulú y El corazón helado era una novelista rotunda, y estaba escribiendo, en distintos volúmenes y diferentes géneros, una obra ambiciosa y monumental: “Episodios de una guerra interminable”. Muchas de esas novelas las hemos presentado en mi programa de radio, donde ella era habitué y donde pasamos grandes ratos. Discípula de Pérez Galdós, íntima amiga de Joaquín Sabina y devota de Manuel Vázquez Montalbán, fue además una extraordinaria columnista de El País de Madrid. Escribía en la contratapa cada lunes sus breves notas punzantes, y en la revista dominical sorprendió alguna vez con unos “articuentos” (la nominación de esa mixtura pertenece a nuestro mutuo amigo Juan José Millás) realmente maravillosos y originales, donde ella avanzaba sobre el terreno de la ficción para narrar mejor la realidad.
Ambos fuimos jurados de honor del Premio Novela de Clarín, y nos impactó agradablemente coincidir en las fortalezas y debilidades de cada original que nos tocó leer, y en el trabajo más acabado que habíamos encontrado entre tantos valiosos finalistas. Nos costó pocos minutos ponernos de acuerdo y llegar a un veredicto. Luego brindamos con champagne en la fiesta y nos despedimos, sin saber que lo hacíamos para siempre. Leí hace unas semanas un valiente texto suyo en el que comunicaba su enfermedad y le escribí rápidamente un correo, pero recibí una respuesta automática: “Esta cuenta ha sido desactivada por problemas de salud por un tiempo indefinido. Lamentamos las molestias”. Me vuelve ahora aquella imagen: ella caminando sola por la Gran Vía, tal vez imaginando una escena o escribiendo mentalmente un párrafo, mientras el río de la vida se la llevaba.

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miércoles, 18 de abril de 2018

GUILLERMO JAIM ETCHEVERRY POR JORGE FERNÁNDEZ DÍAZ



Hace veinte años escribió un clásico:
La tragedia educativa. Los resultados catastróficos de nuestra educación y las razones profundas de ese fracaso estaban expuestos en sus páginas inolvidables. Le proponen frecuentemente hacer reediciones actualizadas de ese gran libro, pero su autor se niega porque dice que no ha cambiado nada: el desastre solo suma años; vivimos cristalizados en ese eterno momento de declive y de malentendidos, más allá de las presuntas reformas y declamaciones políticas de turno. Es médico, científico, académico, y uno de nuestros intelectuales más necesarios. Se llama Guillermo Jaim Etcheverry, y aquí derriba mitos y no ahorra críticas a la propia sociedad.
-¿Qué pensás del resultado de las pruebas Aprender?
-En principio, celebro que se instale una cultura de la evaluación, práctica que fue muy resistida. Estamos a más de veinte años de las primeras pruebas nacionales y desde entonces se han realizado otras de carácter internacional. Pero, aunque ya existe una tradición, cuesta sobre todo que la gente asuma los resultados. Estos ocupan los titulares de los diarios, nos preocupan durante dos o tres días, pero luego se olvidan hasta el año siguiente. La mayoría de las personas tiene la percepción de que la educación está mal o muy mal. Sin embargo, cuando se les pregunta a esas mismas personas si están satisfechas con la educación de sus propios hijos, el 70% dice que sí, sea que vayan a escuelas privadas o públicas, sean ricas o pobres. Eso explica lo que nos pasa: si la gente está satisfecha con su situación personal, hay muy poca presión para un cambio social significativo.
-Así es. Hemos hablado varias veces del "país de los huérfanos", es decir, chicos que no saben responder cosas elementales cuyos padres no los reconocen como hijos. Las últimas pruebas Aprender indican que la mitad de los chicos que egresan de la escuela media tienen problemas para comprender lo que leen. Y eso es gravísimo después de 12 años de escuela. Dos de cada tres no pueden hacer simples operaciones matemáticas. Un verdadero escándalo. Y a nadie parece importarle mucho. Y ese registro de la prueba solo implica a quienes terminan, porque de cada 100 chicos que comienzan la escuela primaria, únicamente 50 completan la escuela media. Y de esos 50, la mitad tiene dificultades. Es decir, hay 75 de cada 100 jóvenes que tendrán problemas futuros, lo que es tremendo. Vayamos a cosas sencillas: el ministro de Educación de Francia, que está teniendo mucho éxito, propone medidas elementales, como volver al dictado, al latín y al griego, a la lectura. Cosas básicas. El problema de la educación no es de modernidad, sino de atraso. Cuando se repite el eslogan de que tenemos "escuelas del siglo XIX, con maestros del siglo XX y alumnos del siglo XXI", señalo que ojalá tuviéramos alumnos con algún resabio del siglo XIX? que al menos adquirían las herramientas básicas.
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-Están mal vistas la exigencia y la evaluación. Te diría que se ven hasta como valores de la "derecha", vinculados al capitalismo, con su competencia feroz y sus exigencias. Se piensa que evaluar es cosa de las corporaciones? ¿No es una gran paradoja?
-Sí. Hace tiempo escribí un artículo sobre el derecho de los chicos a ser exigidos, porque la exigencia al otro supone que a uno le importa, que le interesa su situación. Refleja el interés por el otro, y yo creo que los chicos deberían reclamar eso, y los padres deberían entender que es fundamental, porque eso genera la expectativa de superación, que no es ni de derecha ni de izquierda. Es un derecho humano.
-¿Cuándo vimos un régimen marxista-leninista que no sea exigente en la educación y severo con la evaluación escolar? ¿De dónde nació esta idea "progresoide" de que la exigencia es de derechas y la dejadez es progresista?
-No sé de dónde nació, pero está instalada y es muy difícil de contrarrestar. El pacto básico de la educación es la alianza de los padres con los maestros para educar a los chicos. Hoy ese pacto básico está roto, ya que los padres se han aliado con sus hijos en contra de la institución escolar, a la que ven como un lugar de opresión que exige demasiado para entregar lo único que finalmente importa: el título. No se pretende siquiera la educación ni la superación. Solo el título. El ejemplo más claro es el de las provincias que no han tenido clases durante meses y donde no se reclama por el conocimiento perdido, sino por la certificación del año aprobado. No puede haber hipocresía mayor.
-Es interesante lo que decís? ¿Existe un colectivo docente, entre primario, secundario, terciario y universitario, que defiende una mano fofa respecto de la educación?
-No creo que sea ese colectivo docente, sino directamente la sociedad argentina, porque hay una gran presión de los padres. En una época de gran individualismo, entienden que los chicos son vulnerados cuando alguien pretende enseñarles algo. Se defiende la individualidad de la persona que parece no tener nada que aprender. El punto es que no se ve la escuela como un lugar de desarrollo de capacidades intelectuales.
-Otro mito argentino es que "somos brillantes cuando salimos al mundo". Sin embargo, hay indicios de que nos pasan por arriba, incluso en países de la región. ¿No es cierto?
-Por supuesto. Eso lo demuestran las evaluaciones. En todo el mundo, los chicos que más rinden son los hijos de profesionales, los que pertenecen a las familias del 25% del nivel socioeconómico más alto y las que van a las escuelas con mayores recursos didácticos. En la Argentina es igual. Sin embargo, los mejores argentinos son peores que los peores de 30 países. Vale decir que en 30 países, los hijos del 25% más pobre, de los que hacen las tareas más sencillas y los que van a las escuelas que tienen menores recursos son mejores que los mejores argentinos. Otro problema gravísimo. Cuando se conocieron las cifras de las pruebas PISA de 2012, en Israel se provocó una gran conmoción porque el diario Haaretz tituló que los hijos de los abogados de Israel eran peores que los hijos de los barrenderos de Shanghai. Y eso generó una gran reacción, ya que casi renuncia el ministro. Aquí eso no impacta, no pasa nada. Todos quieren reformar, pero yo diría que seamos más modestos: que enseñemos a leer y escribir, a comprender lo que se lee.
-¿Cómo se hace un cambio cultural en esta área?
-Con la gente, con el ejemplo. Si uno promete una revolución que va a venir y se propone preparar para las competencias del siglo XXI, se olvida de que esas competencias son, básicamente, las mismas de siempre: entender lo que se lee, capacidad de abstracción, ubicación en tiempo y espacio histórico, poder comunicarse y saber hilvanar frases con comienzo, desarrollo y final. De eso queda ya muy poco en la sociedad en la que vivimos. Lo que pasa es que eso se pierde de vista y hablamos de creatividad. Obviamente es importante, pero se necesita saber, y eso se está perdiendo: se extiende la concepción de que todo está en las computadoras y por eso no hace falta estudiar. Antes estaba todo en los libros, pero a nadie se le ocurría decir que no estudiásemos. En esencia, es lo mismo. Lo importante es lo que uno lleva, no dónde está: la máquina no da inteligencia, sino que es uno el que la lleva y el que sabe cómo buscar la información, cómo interpretarla, cómo aprovecharla. Todo eso no tiene nada que ver con el instrumento. Y esa construcción es la creación de la educación, que se va haciendo de a poco. Aprender es un esfuerzo, un trabajo, que no es fácil. Es algo que uno hace para sí, con tesón, interesado por los maestros y con el apoyo de los padres.
-Muchos dicen que lo que están estudiando los chicos en el colegio no va a servir porque los oficios del futuro serán completamente distintos a los de hoy?
-Eso es verdad, como hace 40 años era inimaginable pensar lo que estamos viviendo ahora. Sin embargo, la revolución tecnológica fue hecha por personas educadas en el sistema tradicional. El núcleo básico de la educación es permanente. Uno puede entender a Shakespeare o a Aristóteles, que tiene 2000 años de antigüedad. Mirá, para hablar de educación uso una frase de Hesíodo, que dice: "Educar a una persona es ayudarla a aprender a ser lo que es capaz de ser". Tiene 2800 años, y la entendemos porque tiene algo básico, humano, sigue vigente. La educación es una tarea de ayuda, de personas que ayudan a otras, y no es tarea de máquinas. Son personas con personas, como en la medicina. ¿Y a qué ayudan? A mostrar lo que son capaces de ser con sus propias habilidades. Me parece que eso es fundamental.
-¿Hay estudios que demuestren cuánto de inteligencia nata y de inteligencia aprendida hacen al ingenio?
-Eso es muy difícil de comprobar. Pero las inteligencias se ejercitan constantemente. Todos estamos contentos porque tenemos algún tipo de inteligencia? Me parece importante no descuidar que los chicos tienen derecho a ser enseñados y a conocer sus potencialidades. Yo insisto mucho en la lectura, no por la idolatría del libro, sino porque permite desarrollar el hábito del tiempo lento del humano. La lectura tiene que ver con el tiempo lento, con la reflexión, la imaginación, la capacidad de pensar. Eso lo estamos perdiendo al vivir en la fugacidad y en la superficie de las cosas. No olvidemos que toda la tecnología que utilizamos para vivir es el resultado del análisis profundo de científicos y tecnólogos. No debemos olvidar que a los chicos de hoy los debemos preparar para poder habitar ese tiempo lento.
-"El libro es el pasado", dicen algunos padres. "El presente y futuro es la pantalla".
-Yo no estoy en contra de la pantalla. El problema es qué se lee en esa pantalla. Si se leen estupideces, se van a formar estúpidos. La herramienta no concede inteligencia. Los teléfonos se llaman inteligentes porque es inteligente quien lo hizo. ¡El teléfono no te transmite la inteligencia! Por eso debemos formar gente capaz de ese tipo de desarrollos.
-En materia de educación ahora está de moda Finlandia, según decía la otra vez Vargas Llosa. ¿Qué tiene Finlandia?
-En Finlandia, la actividad docente es muy prestigiosa socialmente, y eso es fundamental. Están bien pagados, y eso no sucede entre nosotros. Es, además, una sociedad muy homogénea, sin desigualdades. Lo que se ve en las pruebas Aprender del año pasado es que el mejor predictor del rendimiento es el nivel socioeconómico: estamos segregando por nivel socioeconómico. La gente de mejor nivel tiene mejor educación -aunque no tan buena como piensa- y la de peor nivel social, peor nivel educativo. Allá, además, van pocas horas a la escuela. Son sociedades diferentes.
-¿Qué está haciendo el gobierno de Macri por la educación?
-Creo que el énfasis en la evaluación es importante, porque nos va dejando elementos para tomar conciencia de dónde reside el problema. Claro que estos son procesos largos. Hasta que la gente no perciba que la crisis educativa está entre las cuatro paredes de su casa, esto no cambiará. No hay marchas de padres pidiendo que se les enseñe más a sus chicos. Si al hijo le va mal en matemática, se dice que no nació para la matemática. Eso no lo dirían jamás en Japón, porque no es así: no se hace el suficiente esfuerzo para aprenderla, porque no es imposible. Tiene que ver con las capacidades de razonamiento. Pasa por temas básicos, por cosas fundamentales. La escuela busca hacer muchas cosas hoy, pero se olvida de lo esencial.

ENTREVISTÓ JORGE FERNANDEZ DÍAZ
-Noto en vos una cierta fatiga de quien ha dicho las cosas tantas veces?
-Sí, claro, pero cuando en alguna exposición digo estas cosas, o aun peores, al concluir siempre se me acerca un abuelo que me señala: "Cuánta razón tiene, pero por suerte mi nieto es un genio. ¡No sabe cómo usa la tablet!" (risas). En realidad, el nene no es un genio ni un Bill Gates en potencia: el nene maneja la tablet porque es la herramienta de su época. Estamos ante el peligro de que la tecnología nos deslumbre y nos confunda, que pensemos que dominarla es ser inteligente. La tecnología permite un acceso fácil, pero lo que se haga con esa información depende de la persona. La tecnología no confiere inteligencia. Mirar todo el día Facebook o Twitter no nos hará más inteligentes.
¿Qué está haciendo?
Se dedica a exponer y escribir sobre la crisis educativa y actúa en las academias nacionales de Educación y de Ciencias de Buenos Aires, y en la de Artes y Ciencias de la Comunicación, de las que es miembro de número. Acaba de publicar el libro Houssay-Leloir-Milstein, científicos Nobel argentinos.
¿Por qué nos importa?
Es médico, científico y académico, y una voz crítica del penoso sistema educativo que con autocomplacencia los argentinos sostienen tanto en la escuela pública como en la privada.

martes, 27 de marzo de 2018

EDUARDO FIDANZA...ENTREVISTÓ JORGE FERNANDEZ DÍAZ


Es uno de los analistas más brillantes y escuchados por la dirigencia política y por los empresarios locales y extranjeros. Es sociólogo y está auscultando permanentemente el humor social a través de vastos sondeos que realiza su consultora, Poliarquía. Pero Eduardo Fidanza es también un reconocido intelectual y una verdadera sorpresa como articulista de fondo. Sus polémicas piezas, que se publican cada sábado en las páginas de Opinión de este diario, forman un mosaico sobre la Argentina moderna, y son el embrión de un futuro libro de ensayos. Aquí habla del gradualismo, de los blancos y negros de la administración Macri y también de los grises.
-Da la impresión de que el plan del Gobierno es mediocre y de que nos espera más dolor en los próximos tiempos. También, de que se ve obligado a sacar a relucir la parte más política porque en la economía sigue con las manos atadas. ¿Vos qué opinás?

-Tenemos que pensar primero en el famoso tema de la herencia. Queremos ser un país normal. Y esa es una aspiración buena para los argentinos… Ahora, ¿qué es un país normal? Es un país cuyos parámetros sociales y económicos se parecen a naciones del mundo, incluso de la región, que han hecho bien las cosas. Si nosotros a ese país sensato y normal lo comparamos con lo que dejaron 12 años de kirchnerismo, vamos a encontrar una desviación muy grande. Esa desviación requería desde 2015 una corrección. Y esa corrección es ardua, porque conlleva un requisito: se tiene que hacer en un tiempo determinado y con modulación; a eso lo llamamos vulgarmente “gradualismo”. Por otro lado, esta no es una época en la que estemos preparados para la lentitud. Por la tecnología y las costumbres, estamos más bien predispuestos a los resultados rápidos. Y aquí la propuesta es: “No lo podemos hacer sino a este ritmo”. Es un gobierno que implica un cambio cultural muy grande en la historia de la política argentina. Una vez escribí una pequeña columna después del triunfo en las elecciones de medio término y me criticaron mucho porque dije que Macri era “un político de otra galaxia”. No dije “de otra galaxia” en un sentido elogioso, sino en un sentido empírico: es el primer presidente argentino que viene estrictamente de la actividad privada antes de empezar su desarrollo como político y antes de sus antecedentes como jefe de gobierno. No solamente viene desde fuera de la política, sino que el 70% de su vida se desempeñó en el campo privado.

-Vos estás todo el tiempo sondeando lo que piensa la sociedad. ¿Qué novedades hay? Tengo entendido que el Gobierno bajó en la consideración pública y creció cierto pesimismo, pero que a la vez se detuvo la caída de la imagen presidencial…

-Hasta los datos de febrero se amesetó esa caída, basada en dos parámetros: la aprobación y la imagen presidencial, que es el mismo paquete. También registramos el descenso de las expectativas. Gustavo Posse, el intendente de San Isidro, decía que cuando tocan el timbre en las casas la gente se queja por el aumento de tarifas, pero que los entiende y que, además, siente que los “banca”. Si dividimos en tres o cuatro segmentos a la opinión pública argentina, vamos a encontrar un grupo que cree que el país ahora está bien y va a estar mejor. Cuando examinás ese grupo, encontrás que ahí el Presidente es Gardel, con 90% de imagen positiva. Ese grupo representa el primer 25% que Macri obtiene en las PASO presidenciales. Son sus votos más próximos, más duros. Luego, hay un segmento en el orden del 40% que dice que el país está mal y va a estar peor. Ahí están los que piensan que el Presidente encabeza el “gobierno de los ricos”. Que él es rico y, por lo tanto, un explotador. Y encontrás a la gente que está con Cristina: ahí ella tiene más del 50% de imagen positiva. También hay mucha gente de capas medias y medias bajas que, de cierta manera, lleva la parte más dura de todo este proceso. Pero entre estos dos segmentos en pugna hay un 35% de la población que dice: “El país está mal, pero va a estar mejor”. A estos últimos los llamé “los que hacen el aguante”. Hacen el aguante porque, por un lado, tienen confianza en que las cosas van a mejorar, y empalman esa fe subjetiva con el fenómeno político de Cambiemos: mantienen una imagen positiva del Presidente, aunque no tan intensa como en el primer grupo. Pero la mantienen. Sobre todo, porque no quieren volver atrás. Es gente que ha percibido que el país de los Kirchner cada vez se iba apartando más y más del mundo.

-Vos hablás con inversores y economistas, ¿te parece que había otro modo de pagar la fiesta?

-Hay un diagnóstico histórico de esta última década kirchnerista, pero después hay un análisis más largo: la Argentina es un país que fue hecho en los últimos 70 u 80 años por dos grandes partidos históricos de la Argentina, peronismo y radicalismo. Esos dos partidos, de alguna manera, desarrollaron una división del trabajo no tan perceptible: el peronismo se dedicó a los derechos sociales, laborales, a la “justicia social” en forma genérica, y el radicalismo, a los derechos civiles y a los logros que tienen que ver con una república. ¿Qué surgió de esa mixtura? Primero, un tema nunca resuelto porque, como se lee en Uno y el universo, de Ernesto Sabato, no logramos tener una plaza con Sarmiento y Rosas en el mismo lugar. Así que quedó una tensión no saldada, pero quedaron también instituciones del mundo del trabajo, sindicatos fuertes y un país relativamente pluralista en su base social. Esto es algo que tiene que ver con esa tradición democrático-liberal preservada. Esta sociedad de los peronistas y los radicales generó enormes expectativas de bienestar. Que, como este país es volátil, en determinados momentos se pudieron satisfacer, específicamente cuando el ciclo económico fue favorable, cuando las materias primas tuvieron un valor ventajoso… Cuando se dieron una serie de condiciones, esas expectativas efectivamente se satisficieron. Pero después, cuando la Argentina vuelve a sus ciclos depresivos, esas expectativas se mantienen y se tiene que atravesar la frustración. Fijate que cuando empieza este gobierno, estos núcleos que yo describí dan una señal, que podría traducirse así: “Tenemos expectativas y no las vamos a abandonar, pero comprendemos que no pueden ser satisfechas inmediatamente”. Es como si la gente se hubiera dado cuenta de que hay algo tramposo o inconsistente entre manifestar la expectativa y tener la respuesta. Hubo cosas como, por ejemplo, las jubilaciones de las amas de casa: tendríamos que analizar comparativamente la situación de todos los países que desde hace 30 o 40 años tienen un grave problema de seguridad social. ¡Y acá de pronto definimos que vamos a incorporarlas a la base de jubilados! O el hecho de que teníamos gratis la energía: estamos en un mundo interconectado, donde la gente tiene acceso a lo que pasa en el mundo, y entonces creo que hay un núcleo de la clase media que se dio cuenta de que allí había una inconsistencia. Experimentaron la sensación de “tengo una demanda y me la satisfacen”, pero esto no funciona así en los países que llamamos “normales”, entonces…

-En los últimos tiempos el Gobierno está peleándose con los empresarios y con los laboratorios, impulsando una agenda de progresismo de género y, por lo tanto, peleándose con el Papa… ¿Qué te parece ese giro?

-El Gobierno sabe retomar la iniciativa política, lo que se llama “el manejo de la agenda”. Creo que necesita descomprimir la tensión social que viene de la puja distributiva económica y entonces está en condiciones de abrir un campo de un programa civil con un toque “kennedyano”. Uno de los episodios fundamentales de la presidencia de Kennedy fue enfrentarse con los industriales del acero. En las encuestas, las norteamericanas y las argentinas, todos los grandes negocios le generan sospechas a la gente. Los gobiernos periódicamente pueden recordarles a los grandes empresarios o al gran capital: “Miren que ustedes son sospechosos de no actuar acordes con el interés general”. Y de paso, los sindicalistas también. Voy a este punto: es un recurso. Me parece que cuando se abre el grifo de la legalización del aborto, se descomprime la sociedad y, a su vez, se distrae. Alfonsín, en su momento, abrió el grifo del divorcio. Lo que hace eso, a su vez, es aproximar el país a una modernidad. El tema del aborto es muy difícil para discutir, pero, en general, la verdad en la posmodernidad se obtiene por consensos. Vamos a llegar a un consenso en algún momento respecto del aborto y no va a ser una discusión sobre derechos naturales.

-Me parece interesante esa faceta, también que un “gobierno de empresarios” se enfrente con los empresarios. Pero me preocupa el ritmo del endeudamiento. Aunque ¿cómo puede dejar de endeudarse y a la vez no hacer un ajuste salvaje del Estado?

-Vuelvo al país de los peronistas y los radicales. Vos tenés un principio de realismo político: no podés ir contra esas expectativas y contra las instituciones que objetivan las expectativas. No podés ir contra la organización sindical porque no te dan, además, las relaciones de poder. Este presidente lo tiene clarísimo. No le dan las relaciones de poder, no tiene mayoría en el Congreso. Es un gobierno novedoso, es el gobierno menos probable. Porque es el gobierno de los empresarios y el gobierno de los no peronistas. Estadísticamente está en minoría. No tiene la fuerza política suficiente. Entonces está obligado a hacer esta corrección lenta. Eso ya es, como indica el sentido común de los argentinos, para que no haya un estallido social. Vos ves que pequeños progresos o pequeñas reformas como la que tuvimos en diciembre del año pasado ya generan una inestabilidad o una tensión social muy grande. La pregunta es si resulta viable o no, y ahí hay un espectro donde tienen que opinar mucho los economistas. Pero, además, te lo digo en lenguaje futbolístico: este es un club cuyo destino en el campeonato no depende solo de sus resultados, sino de los resultados de otros.

-Que están fuera del país…

-Sí, que en general están fuera del país. De modo que avanzaremos con estas incertidumbres. Hay cosas que yo creo que a nuestra generación y a nuestra formación -a los socialdemócratas- les cuestan: cosas de este gobierno que son cosas muy duras. A mí, cuando el Presidente recibió a Chocobar…

-Bueno, esa la crítica más dura que le hemos hecho.

-O cuando se coqueteó con la mano dura, o cuando mataron por la espalda al chico de Villa Mascardi…

-Pero a la vez lo perturbador es que se trata de un clamor popular…

-Claro, pero eso es un tema que está planteado desde hace tiempo: ¿solo se gobierna mirando encuestas o, además de mirar los números, se le ponen por delante a la sociedad determinados valores? Durante el debate por la legalización de la marihuana en Uruguay, el entonces presidente Mujica dijo en un momento: “¿Qué sabe el pueblo uruguayo para la marihuana?”. Creo que los gobiernos deben mirar algo más que las encuestas. Si vos hoy mirás las encuestas, un diez por ciento más de argentinos se inclinan por políticas más duras contra la delincuencia. Pero el problema, además, es de qué hablamos cuando hablamos de “mano dura”. Ahora en Tucumán tuvimos otro chico de 11 años que murió de un tiro por la espalda. Y todavía un periodista dice que ese chico “no era inocentón”. Cuidado, porque la mano dura puede ser exactamente la estación antes del fascismo. Hay gente en Cambiemos que no va a permitir el fascismo, ni debería convalidar la corrupción, y el Gobierno tiene dos o tres funcionarios claves sospechados de corrupción o por lo menos sospechados de mentir en temas de dinero.

ENTREVISTÓ JORGE FERNÁNDEZ DÍAZ
Si no lo hace por convicción, que mire las encuestas, porque este es un gobierno al que no le sobra nada: que no maldisponga al 10% de sus votantes con “Chocobares”, “offshores” y todas estas historias. Este es un gobierno que aspira a tomar voto peronista, lo que me parece bien, pero yo empezaría por cuidar el electorado natural y propio.

domingo, 11 de marzo de 2018

MARCELO LARRAQUY...ENTREVISTÓ JORGE FERNÁNDEZ DÍAZ


Marcelo Larraquy, la compleja relación del Papa con Macri: "Francisco se presenta como un líder antisistema"
Su obra está inaugurando un perturbador pero necesario revisionismo histórico sobre los años 70, un período que fue largamente manipulado por la política. Pero además se ha hecho un experto en la vida y en la obra del papa Francisco , al que le ha dedicado dos libros muy interesantes. Se llama Marcelo Larraquy y a su vasta experiencia como periodista le añade ahora su oficio como historiador. En esta entrevista, que se realizó antes de la resonante discusión por la despenalización del aborto, asegura que el papa Francisco es un líder antisistema y analiza las equivocaciones tácticas del Gobierno para con el Vaticano.
-Sigue el tema del Papa produciendo grandes controversias y misterios.
-Bergoglio siempre confrontó con todos los líderes políticos del país: De la Rúa, Duhalde, Kirchner, Cristina y, ahora, con Macri . Antes la pelea discursiva era mucho más profunda porque él estaba en la Catedral; entonces en cada homilía hacía comentarios y era crítico de la crispación social, la tendencia de homogeneización del kirchnerismo, etc. De hecho, los Kirchner lo consideraban una figura política de la oposición. Ahora se da una situación distinta: el Papa se instala en Roma, y si bien no habla expresamente del Gobierno, tiene algunas líneas que marcan una diferencia conceptual con Mauricio Macri. Es un problema de mensaje y también de formación. Porque Francisco es un papa que proviene de la "teología del pueblo", ligada al peronismo. El grupo de curas que lo elige a él provincial de los jesuitas, como titular de esa orden, apoyó el regreso del general Perón. El único límite que impone Bergoglio con este tema es la guerrilla. Pero después comparte la búsqueda de un peronismo más clásico con esta idea de sociedad organizada. Es un papa que creció, vivió y sintió mundos distintos de los de Macri. Y además tampoco tenían una empatía personal cuando los dos estaban en Buenos Aires...

-Ni siquiera los unía el común hostigamiento del kirchnerismo...
-Fijate que tampoco era Macri en ese momento el hombre de referencia del cardenal. En todo caso, eran Lilita Carrió y Gabriela Michetti. Pero no Macri. Los mensajes son tan opuestos que una visita del Papa a la Argentina supone riesgos para los dos. ¿Por qué lo digo? Primero, las clases urbanas que votan a Cambiemos son cada vez más secularizadas, cada vez más críticas, y esto hace creer que siguen siendo católicos, pero alejados de la Iglesia. El mensaje de Bergoglio no les llega y ponen al Papa como una facción política identificada, en el imaginario, como el peronismo. Luego está lo que llaman el "pueblo de Dios", que son las clases más pobres, adonde sí llega el mensaje papal; allí, mayormente son críticos del macrismo. Lo vi hace unas semanas en una iglesia de Jujuy: Macri fue silbado por doscientas personas y eran feligreses muy humildes que le decían -con mucho respeto, no era que estaban con bombos ni eran kirchneristas- que se vaya: "Es nuestra iglesia". Eso es la religiosidad popular. Ahí Bergoglio hubiera sido adorado y a Macri lo rechazan. Veo una dicotomía de ambas partes: de las clases medias urbanas refractarias al discurso del Papa, básicamente al mensaje social o a la manipulación carismática devenida en populismo de ese mensaje, y por el otro lado veo también que la dialéctica que tiene Bergoglio en las clases populares es a la vez crítica de las políticas sociales de Macri. Acá creo que falla, a su vez, la diplomacia, porque no hay un punto de unión entre el Gobierno y el Vaticano para ver cómo resolver esta problemática.
-¿Qué pensás de todos los que operan en nombre del Papa?
-Los mensajeros son un problema. Porque Francisco deja hacer. La Iglesia siempre se manejó con silencios, con medias palabras, con gestos... entonces hay que analizar y observar. En el caso de Bergoglio, nunca vertió una palabra clara sobre la gestión de Macri. No hubo un mensaje del Papa que dijera concretamente algo. No lo menciona en las homilías. Todo lo que sabemos es porque Bergoglio se reúne en su escritorio con alguien, le dice alguna cosa, le manda un rosario para una persona, se hace una foto o escribe una carta... Y entonces el mensaje papal es asumido individualmente por cada uno de la manera que quiere. Bergoglio no lo va a salir a desmentir por radio. Hay que entender que es un líder religioso y político. Tampoco va a ir al Coloquio de IDEA y decir que hay que bajar los costos laborales. Los que miran al Papa con la lupa política tienen que entender que él representa a una cantidad de feligreses que también piensan de una manera diferente, aunque Bergoglio hace hincapié en los humildes. Ese siempre fue su estilo. Insisto: es un papa de la teología del pueblo. La Argentina desaprovecha una oportunidad mostrándose distante del Papa. Francisco es un líder global y una buena relación con él también puede llevar a la Argentina al mundo. El mundo ya registra un papa distante de su país. Habría que tener una política de Estado más clara con el Vaticano y con el Papa para llegar a un tipo de acuerdo que beneficie a las dos partes.
-José María Poirier, el director de Criterio, la revista católica por excelencia, escribió que Bergoglio está detenido ideológicamente en los años 60. ¿Coincidís?
-El papa Francisco se presenta como un líder antisistema. Es el primer líder mundial del siglo XXI que presenta la cuestión humanitaria en primer plano. Quizás el Papa recoja ideologías sesentistas y setentistas que habían quedado postergadas por el poder mundial. Desde el Mayo francés en adelante, todo ese tipo de ideas fueron derrotadas. Estas ideas también condujeron a la violencia armada. Hoy en día Francisco recoge una tradición que ya empieza a observar Juan Pablo II tras la caída del Muro de Berlín, que consiste en decir: "Como no existe ya una contraparte, hay que tener cuidado de lo que hace el capitalismo con la concentración económica y de poder". Entonces el Papa se ubica en esa posición. En su crítica contra Trump, en su defensa del medioambiente, contra la deforestación y el extractivismo. Sí, es cierto, desde ese punto de vista puede parecer de otra época, pero hay un líder mundial que juega ese rol. Alguna voz tiene que hablar del tráfico y la trata de personas, de los que mueren en el Mediterráneo, de los que caen en las guerras... Es un papa que advierte todo este tipo de cosas y que ningún líder mundial ponía en escena desde 2013 en adelante, ni siquiera Benedicto XVI, que era mucho más doctrinario. Este no es un papa que enfatice los principios doctrinarios de la Iglesia, sino los principios sociales. Que son incómodos para los gobiernos. Para todos. No busca ser confortable en el escenario del poder. Y me parece que esa es su riqueza política y su legado.
-¿Pero él cree en la democracia republicana? Porque parecería tener mucha discrepancia con Europa, donde ese sistema fue la clave de la prosperidad. No se lo ve muy preocupado por el republicanismo a Francisco...
-Él fue al Parlamento Europeo y dio este mismo discurso humanitario, este discurso de las periferias. Es cierto que así como no enfatiza la doctrina no enfatiza el republicanismo. Es cierto que es un líder carismático que cree también en la organización popular: el movimiento de Juan Grabois (Movimiento de Trabajadores Excluidos y Confederación de Trabajadores de la Economía Popular), los pueblos originarios. Ahora bien: hay una misa dada a los mapuches donde dice que no se debe entrar por la violencia sino por el diálogo. Todo ese tipo de gente que casi no participa del mercado también existe. Y, además, se trata del "mercado" religioso del catolicismo.
-Mercado religioso...
-Claro, es la gente que ya se evangelizó y el Papa no quiere abandonar. En esos segmentos Dios es mucho más potente que en las clases medias urbanas, donde el domingo les resulta más entretenido ir al supermercado que ir a la Iglesia. Esto también es lo que pasa en Europa, que está cada vez más secularizada, y el Papa tiene que ir a Rumania o a Croacia o a Albania a hablar del cristianismo. Creo que la gran pelea de Francisco a nivel geopolítico es China: si el Papa llegara a ir a Pekín, cosa que nadie logró nunca hasta ahora, sería una tarea evangelizadora de primera magnitud. Nosotros lo vemos desde una lupa argentina, republicana, pero no estamos viendo todo el tablero del mundo que el Papa sí debe observar...
-Hablemos entonces de Grabois, el favorito de Bergoglio. ¿Cómo es la relación y por qué surge?
-El padre de Grabois estaba ligado a Guardia de Hierro y al Gallego Álvarez. Era del Frente Estudiantil Nacional (FEN), la facción más de izquierda de todas las que luego entraron en Guardia de Hierro. Guardia se opone a la lucha armada, no es un grupo de choque como podía ser el Comando de Organización (CdO). Una de las filósofas del Papa, Amelia Podetti, es la que le da la idea de la periferia, de la búsqueda del cristianismo allí, un concepto que ya estaba en los jesuitas en el siglo XVI, cuando ellos van precisamente a China. A Juan Grabois hay que verlo como una especie de cura villero laico y seguirlo desde esa perspectiva. Obviamente su juventud, su organización, su exceso verbal pueden llegar a incomodar, pero Francisco dice que alguien tiene que hacer algo por los de abajo cuando el Estado no llega. Muchas veces decimos "república", pero no decimos "contención social".
-Es curioso, porque hoy muchos sectores populares votan a Cambiemos, familias humildes que quieren ir progresando...
-Tampoco el Papa es Aníbal Fernández. No se puso de candidato. Y es real que la figura de María Eugenia Vidal levantó sectores populares. Entonces Pro, en vez de perder por 20 puntos en La Matanza, perdió por 10. Si bien el kirchnerismo tiró plata y asfalto en el conurbano bonaerense, después sus gobiernos fueron malos porque no bajaron las líneas de pobreza. La esperanza de un cambio, básicamente en Vidal y también en Carrió, ayudó a Macri a ser presidente. Creo que hay gente que es de la religiosidad popular o muy cercana al Papa que también votó por Vidal. La cosa no es tan estricta: "Votás a Vidal o te gusta el Papa". De todos modos, ahora me parece que el escenario político cambió y el Gobierno está más ahogado después de su victoria. Admito que Francisco no es una personalidad fácil tampoco. No es un hombre que juega siempre con las mismas piezas. Pero la Argentina es uno de los países en los que su mensaje es menos entendido; muchos lo consideran parte de una facción política del pasado, como podía ser el kirchnerismo. Se olvidan de esto que hemos hablado: el Papa enfrentó durante siete años al kirchnerismo, durante las elecciones de 2015 mantuvo a Cristina a distancia y con saludos fríos en Paraguay y en Cuba. Se olvidan de que no recibió en Roma a Daniel Scioli después de que el entonces gobernador ganó las PASO y la provincia de Buenos Aires se inundó. Scioli viajó especialmente para verlo y sacarse una foto. Creo que Macri tendría que tener más ingenio, más cintura política y más empatía personal para buscar algún tipo de paz con el Vaticano, porque el gobierno argentino no puede tomar al Papa como si fuera Moyano.
Bio
Nacimiento: 23 de julio de 1965
Lugar: Buenos Aires
Es historiador -egresado de la Universidad de Buenos Aires-, profesor, periodista y escritor. En los medios, fue jefe de la sección de investigaciones en Clarín y subeditor en la revista Noticias. Ganó el Diploma al Mérito de la Fundación Konex en 2007 y en 2017. Ejerció la docencia en el campo del periodismo en la Universidad de Belgrano, la Universidad de Buenos Aires y la Universidad Di Tella. Escribió, entre otros, los libros Argentina. Un siglo de violencia política; Fuimos soldados; Primavera sangrienta; López Rega, el peronismo y la Triple A; Recen por él, y Código Francisco. Y junto con Roberto Caballero, un clásico del periodismo político: Galimberti. De Perón a Susana, de Montoneros a la CIA.
¿Qué está haciendo? Desarrolla con éxito un curioso proyecto: convertirse en el gran articulista histórico de los años 70. Lo hace cada semana en Infobae, mientras prepara una nueva investigación desmitificadora sobre aquellos años tan manipulados por la política.
¿Por qué nos importa? Es el historiador moderno que mejor examina el lado más oscuro de aquellos años de plomo, creando un nuevo revisionismo. Y además, ha escrito libros fundamentales sobre el papa Francisco.

martes, 7 de noviembre de 2017

JORGE FERNANDEZ DÍAZ....LECTURA MUY RECOMENDADA


La herida del poder, tema de una serie literaria best seller
En su nueva novela, Jorge Fernández Díaz vuelve con Remil, el agente que concibió para su libro anterior, El puñal; una trama de sospechas, persecuciones y traiciones




Remil, el agente de inteligencia e investigador protagonista de El puñal, el thriller de Jorge Fernández Díaz, vuelve al ruedo. Regresa en la forma de una nueva novela, La herida (Planeta). No es una segunda parte de aquel primer mundo del narcogate, sino que se desarrolla en los recovecos de otras esferas sociales, aunque siempre atravesadas por los intereses y las tramas que hilvana el poder. En esta historia, el autor instala a Remil como parte de una serie, es claramente el personaje central que, según los objetivos, cambia de escenarios.


La Herida, de Jorge Fernández Díaz.
"Mi idea es narrar con ellos el otro lado del poder y la política, la intimidad de ese inframundo al que no alcanzo ni con mis columnas ni con la radio. Trata sobre cómo el dinero pervierte hasta a los héroes", dice Fernández Díaz en relación con el corazón de su libro. El sí de sus lectores confirma la hipótesis: El puñal vendió 90.000 ejemplares y se editó, también, en México y España. En relación con esas respuestas de lectura, La herida sale en una primera tirada de 32.000 ejemplares. Desde la contratapa se puede leer lo que el periodista y escritor Martín Caparrós dice de los libros de Fernández Díaz, que "constituyen uno de los pocos proyectos literarios actuales que atacan un punto débil de la narrativa argentina: la capacidad de dar cuenta del presente".



En este nuevo universo, Remil vuelve de la mano de su mentor, Cálgaris, a quien considera como un padre, y, como si lo fuera, le debe la vida: lo salvó de morir en las Malvinas. Los dos son convocados por un colaborador del papa Francisco para encontrar a una monja que desapareció: trabajaba en una villa organizada por dos poderosas familias enfrentadas por el manejo del territorio narco. Aunque lo narco aparece, no es lo central. La herida se desarrolla en contextos diferentes de los del primer libro. Desde la Patagonia hasta el Vaticano, a su protagonista lo persiguen, él escapa, como de una emboscada en Nápoles de la que se salva aunque corriendo desnudo a los ojos de todos. El protagonista debe su apodo a sus formas, a su conducta. Se define a sí mismo como un "Hijo de remil", a propósito de lo que le decía su sargento mayor durante los entrenamientos. "Era un elogio. Quedó Remil".
El libro comienza así: "La monja se mira directamente a los ojos, que ni siquiera parpadean, y se sostiene un rato la mirada en el espejo. Tiene los ojos castaños y una tez extrañamente curtida. Los hábitos negros y la toca sagrada no hacen juego con ese tostado atlético". Por esa mujer cubierta de ropas y ordenada a Dios, Remil deberá cumplir su objetivo y entrar a un nuevo mundo. "El sol le ha abierto a la monja pequeños surcos en la frente, en el entrecejo y alrededor de la boca que no conoce el rouge". Y son, sin embargo, labios de mujer. "Finalmente, aparta la vista y recoge la ropa. Sale con ella del baño, cruza desnuda la sala y baja los escalones de madera; en el sótano abre la caldera rugiente y arroja su antigua vida al fuego". La monja desaparece. Y hay una novela.


En El puñal, Remil se enamora. En La herida, hay muchas mujeres, y aunque tiene sexo con algunas, no se vuelve a enamorar. Pero ahí están ellas: Belda, la operadora política; Diana es una diva perversa; también está la inglesa, una periodista que no sale de sus ideales, y Mariela, la monja que desaparece, la amiga de la monja que es también otra monja, una pintora y la esposa de uno de los capos que manejan la villa. En este libro también hay muertes. Sospechados. Persecuciones. Deslealtades y traiciones.
Siempre se escribe desde sí
Los maestros de la literatura dijeron que se narra sobre lo que se conoce. Y también subrayaron eso de que nadie escapa de su propia historia, que siempre va a estar ahí. Fernández Díaz puso en Remil algo que le sucedió con su padre. A su personaje principal le ocurre algo significativo durante toda la novela: tiene dolor de garganta. Y sólo se afloja al final, cuando resuelve una situación. Esa angustia condensada en el lugar por donde pasa la voz tiene relación con un episodio de la adolescencia del autor, cuando dijo que quería ser escritor y su padre esperaba más bien un médico o un abogado. Años más tarde, cuando el periodista ya publicaba en un diario y tenía lectores que lo seguían, su padre, que trabajaba de mozo en un bar, entendió que los clientes esperaban las historias de su hijo para leerlas con el café. Entonces, al final, el dolor de garganta desaparece del cuerpo de Remil.
Fernández Díaz y Pérez Reverte. Es imposible no asociar a un escritor con el otro. Saber de su amistad, de cómo hablan de la creación de sus historias de espías. El Falcó del español tiene muchos puntos en común con el Remil del argentino. Los dos personajes son hábiles, pasionales, logran esquivar la muerte, sorprenden al lector. Arturo Pérez Reverte leyó dos veces el original de La herida antes de que se publicara. Y como un marco dentro del marco, el escritor español declaró que el personaje de Falcó se retirará de viejo en Buenos Aires, vivirá en los departamentos del Hotel Alvear y se encontrará con Remil y Cálgaris en La Biela. Los mundos de Falcó y Remil, como el de sus autores, se cruzan. "Yo lo cito en El dilema de los próceres -dice Fernández Díaz- y él me incluye como personaje en El asedio."
Novedad
La herida, un thriller político con toques de policial
"Rajo como un demente, tropiezo y ruedo y sigo corriendo, mientras oigo el silbido de las balas en medio del silbido de las balas y el tronar del cielo. En un lateral del terraplén hay otra pendiente de lodo, un tobogán breve que me saca de la mira telescópica y me interna en el follaje. El albino me persigue y me dispara desde lo alto, pero yo me refugio en unos troncos y cambio bruscamente de dirección para confundirlo. Se han invertido los roles: ya no soy el cazador, ahora soy el ciervo"
El autor de una obra in progress


Jorge Fernández Díaz
escritor y periodista
Con gran pericia alegórica, el autor habla del presente de una manera velada, pero que deja todo a la vista
M. A.

jueves, 4 de mayo de 2017

HABÍA UNA VEZ....

Dios toma capuchino en un café Havanna

El otro día vi a Dios en Santa Fe y Billinghurst. Cruzaba la avenida vestido con un anticuado traje gris.
Nadie parecía reparar en Dios, que con pasos inseguros se detenía en la esquina y esperaba como cualquier peatón el cambio del semáforo. Aproveché ese instante para apreciarle la barba arrebatada y la cabellera magnífica.
Por mi deficiencia capilar, a veces un hombre de copiosa testa me produce más admiración que uno inteligente.
De hecho, he observado que este monstruoso complejo personal me conduce frecuentemente a perdonar a un estúpido sólo por el mérito de que tenga pelo firme y abundante.
Dios calca la cara con que Miguel Ángel lo dibujó en la Capilla Sixtina, pero un peluquero porteño tuvo el descaro de recortarle las puntas y rebajarle los flancos.
Esa operación lo domestica y estoy por creer que no es Dios, sino un vecino de Palermo que tiene la inmensa gracia de parecerse a esa imagen icónica.
Pero logro superar ese bache donde mi fe flaquea y lo sigo con la mirada. Dios entra en el café Havanna y se sienta a una mesa.
Pensaba hacer tiempo en una librería, porque en media hora tengo terapia (Freud reemplazó a Dios en los últimos años), pero decido seguir el pálpito y entro a ese bar ruidoso.
Dios pide un capuchino, y yo lo espío discretamente desde una columna. Nada en particular sucede, Dios parece abstraído en sus oceánicos pensamientos, pero yo recuerdo la devoción mística que me inculcó el maestro Vázquez en un aula del León XIII.
El maestro se había salvado de milagro de un fusilamiento durante la Guerra Civil española y había consagrado su vida a Jesús y a la obra salesiana.
En un certamen sobre la Biblia, me hizo acreedor de un bastón imperial en forma de cruz: en aquella época, yo no salía de casa sin besar un Nazareno que mi madre había colgado sobre la puerta; me hacía sentir a salvo de todo.
La adolescencia trajo las lecturas de los filósofos materialistas y de los deliciosos ateos de la literatura; también los libros de historia, donde los jerarcas eclesiásticos aparecían aferrándose a la necedad y al oscurantismo, y combatiendo cruelmente la luz, la ciencia y las ideas.
Eso y el evolucionismo, el Big Bang, el escepticismo posmoderno, la tecnología y la soberbia intelectual me alejaron de Dios, que ahora roba un diario de la mañana y lo lee con pereza.
Estiro el cuello para ver qué sección eligió y descubro con infinito asombro que repasa los resultados del turf.
Estoy por creer que aquel hombre barbudo no encarna al Espíritu Santo, cuando pienso que Dios puede ver el futuro y que tal vez le regocija verificar la infalibilidad de sus pronósticos.
Una vez un cura asturiano me contó la historia de un tipo que tenía cansado a Dios con sus reclamos. El Gran Padre bajó a la Tierra y le informó que le otorgaría tres únicos deseos.
El feligrés anduvo nervioso, cavilando contra reloj lo que pediría. Al fin, pidió que su mujer muriera y que la suplantara una más joven.
Se hizo su voluntad, pero en el velorio (ahí le contaban todo lo que ella había hecho en secreto por él) aquel hombre se dio cuenta de que había cometido un terrible error y pidió que la resucitaran.
Sólo le quedaba ahora un favor, y el pedigüeño se debatía entre la salud y la fortuna. Podía ser sano y menesteroso, o podía ser rico y enfermo.
Con lágrimas en los ojos, se hincó derrotado ante Dios. Y entonces éste le dijo: “Te voy a ayudar, pídeme ser feliz con lo que tienes”.
Ese pequeño relato me pareció una evidencia de la resignación cristiana. El asunto quedó en mi memoria. Tal vez porque la felicidad se transformó en la ideología de esta era y porque cada vez parece más y más inalcanzable.
Hemos sido programados para responder a infinitas demandas y para tomar pastillas y otros placebos contra la frustración que eso nos genera. Quizá la sociedad laica tenga algo de nostalgia por aquel dios perdido.
Por aquel tiempo ingenuo cuando Dios nos fortalecía en la intemperie y nos garantizaba la dicha eterna.
Soy agnóstico porque me declaro incompetente para imaginar las formas cósmicas de una divinidad, así como un insecto no puede concebir a Google: un problema de distancias y dimensiones.
Pero me encantaría ser feliz con lo que tengo y no necesitar nada más. Estoy a punto de cruzarme de mesa y decírselo en la cara a Dios, pero justo llega una gorda mandona que lo increpa.
Este dios al menos -descubro con desilusión- es un pobre perejil como cualquiera de nosotros.

J. F. D.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

HABÍA UNA VEZ...


Nunca quemes las cartas de amor

JORGE FERNANDEZ DÍAZ


Larsen fue un voluntarioso editor de suplementos luego de haber sido un periodista de batalla, pero su vocación secreta e indisimulada era el montañismo. Tenía cuarenta años, un gran estado atlético y mucha atención femenina.
Fernández, sin embargo, no le conocía ningún affaire en la redacción, y aunque no eran grandes amigos, llevaban a cabo rituales amistosos de mutua intensidad. Les tocaba irse de vacaciones más o menos para las mismas fechas.
Larsen dedicaba siempre los primeros días a algún arriesgado escalamiento, y el resto, a su esposa y a sus tres hijas. Se había hecho rutina que tomaran, para despedirse, una cerveza en la barra del bar de la esquina.
A manera de cábala, Larsen decía al chocar las copas: “Si me pasa algo, si me quedo congelado allá arriba, si me caigo desde una roca y me quiebro el pescuezo, vos violentás el cajón de mi escritorio y quemás todo, Fernández.
No dejás rastro de nada. Quemás todo”.
Fernández se lo prometió la última vez y se tomó un avión a Córdoba.
Cinco días después se enteró de que Larsen había muerto en Mendoza sin el menor esfuerzo: el día previo a la expedición, fumándose una pipa frente a una chimenea de leños, le dio un infarto masivo y murió al instante.
Consternado por la noticia y apremiado por la situación, Fernández llamó desde La Cumbrecita a sus compañeros para que abrieran el cajón del escritorio y despedazaran su contenido.
Pero ya era tarde: después del sepelio le habían enviado a la viuda una encomienda con todas las pertenencias del finado.
Lleno de remordimientos, Fernández dejó un mensaje de condolencias en el teléfono de la mujer y regresó en silencio a Buenos Aires.
No supo nada de ella hasta once meses más tarde, cuando la viuda lo llamó para pedirle un favor y quedaron en tomar un café.
Se citaron un martes lluvioso, y ella se sentó en el mismo taburete en el que se sentaba Larsen a ver llover desde la barra. Era una cuarentona fibrosa y rubia, que fumaba cigarrillos negros y que tenía una mirada verde y lúcida.
Se llamaba Mónica. En diez minutos se sacó de encima el trámite y las palabras de circunstancia, y fue directo al grano.
-¿Larsen te habló de Silvia? -le preguntó clavándole los ojos. Ante terceros, Mónica no nombraba a su esposo por su nombre, sino por su apellido, y eso a Fernández siempre le había causado gracia. Pero esa tarde no se la causaba.
-¿Quién es Silvia? -repreguntó sin sentirse culpable ni mentiroso. Nunca Larsen le había hablado de Silvia ni de ninguna mujer en especial. Habían elogiado, como hacen todos, los accidentes geográficos de algunas compañeras de trabajo, pero la cosa nunca había pasado de ese deporte masculino que las mujeres también frecuentan aunque con mayor malicia.
-Silvia era la amante de Larsen -dijo la viuda sin pestañear-. En ese cajón tenía trescientas cartas de amor y un pañuelo perfumado.
-No te puedo creer -dijo Fernández, y ahora sí se sintió un miserable. Trató de arreglarla y la empeoró. -¿Un pañuelo perfumado? Qué cursi.
-No lo puedo ver de la misma manera -dijo Mónica lenta y gravemente, y tomó un sorbo de su capuchino-. Me parece algo muy romántico.
-¡Y trescientas cartas! -replicó Fernández sin escucharla, a ciento veinte pulsaciones por minuto-. Cuánta paciencia y cuánta literatura desperdiciada.
-¿Podemos hablar en serio? -lo cortó. Fernández cerró la boca. Mónica apagó el cigarrillo mirando la calle y habló con otro tono, habló en serio. -Esos trescientos e-mails me aliviaron el dolor.
El odio lo tapa todo. No sabés cómo lo odié durante esos días. Le deseaba la muerte. Pero ya estaba muerto, y lamentaba que hubiera sido tan fácil, que no hubiera sufrido nada.
Me sentí mal por esos pensamientos, y lo extrañaba, y no le perdonaba que se hubiera muerto y que me hubiera traicionado con otra, y andaba llorando por los rincones de rabia y de pena. Todo como en una licuadora.
Hizo otra pausa tabacal y tomó de un trago el vaso de agua helada. Luego exhaló una larga bocanada de humo que se pareció mucho a un suspiro, y siguió adelante:
-Pero esas cartas me tenían agarrada del cuello. Volvía a ellas una y otra vez. Las leía de adelante para atrás y de atrás para adelante. Estuve varias veces a punto de tirarlas a la basura.
Una noche, cuando oí desde la cama que venía el camión recolector, salí en corpiño y bombacha a la calle para rescatarlas de la bolsa de residuos.
¡Estaba loca con esas cartas! Hasta que después de leerlas diez veces, las leí por primera vez.
Me acuerdo de que fue una mañana de sábado, las nenas estaban en el club y el jardinero hacía un poco de ruido afuera. Me senté en la cocina con una taza de té y empecé a leerlas sin dolor.
Fernández pidió un jugo de naranja para salir del paso. La esposa de Larsen tenía la vista perdida. Fernández, en ese momento de miedo glacial, la valoró mejor: era una mujer sensual y valiente.
-Trescientos e-mails de ida y de vuelta -dijo ella sin tragar saliva-. Una especie de diario erótico. Comenzó hace tres años y con el correr del tiempo se fue haciendo más espeso. Al principio, hablaban de desesperación por verse y tocarse, después empezaron a hablar de amor y de irse a vivir juntos.
De repente Mónica movió la cabeza y sonrió con amargura. -Se lo notaba tan feliz a Larsen, vos vieras. Era de nuevo aquel adolescente que noviaba conmigo. Te juro que esa mañana, mientras leía y se me helaba el té, además de bronca le tuve una especie… No sé, una especie de envidia. Esa pasión del comienzo no se vuelve a tener nunca más.
Una moza le trajo a Fernández el jugo. Mónica tenía los ojos brillantes.
-Pero lo más importante no estaba en esas primeras cartas, sino más adelante, cuando la cosa se alargaba y Larsen no podía tomar una decisión. Silvia es fonoaudióloga, ¿te conté? Sí, una chica separada que se había enamorado de mi marido. Pero el tipo, créeme, el tipo no hacía más que escribirle sobre mí. Largos textos contando lo grandiosa que yo era, lo que había hecho por él y lo que hicimos aquel fin de semana y el anterior. Y Silvia, que es inteligente, le llevaba la corriente. Y hubo un momento en el que sólo se escribían para elogiarme, como si fueran mis dos jefes de prensa.
Mónica se empezó a reír y Fernández temió que se pusiera a llorar, pero en el último escalón de la carcajada ella se enderezó y le dijo:
-Conseguí su dirección y estuve varias semanas pensando en ir a verla, en pasarle por encima con la camioneta. Pero lo único que hice fue mandarle un correo electrónico: “Sé quién sos. Quiero que nos veamos cara a cara”.
-Te lo respondió al toque.
-Tardó diez días en atreverse a responderme. Nos citamos en El Querandí. Ella podía reconocerme fácilmente: Larsen le daba fotos mías para que viera lo bien que me conservaba.
-¿Cómo era Silvia? -se atrevió Fernández, protegido por el jugo.
-¿Cómo era Silvia? -repitió y se encogió de hombros-. Una cuarentona bien conservada. Otra viuda.
-¿Y qué pasó?
-Hablamos horas y horas. Nos levantábamos de vez en cuando para ir a llorar al baño y volvíamos a trenzarnos. Nunca pudimos levantar la voz. En realidad, no discutíamos. Sólo hablábamos de Larsen. Lo insultábamos y lo adorábamos. Así, sin solución de continuidad. Al final, cuando ya estábamos pagando la cuenta y nos habíamos pasado todas las facturas, le devolví su pañuelo. Ella se lo quedó mirando y después me dijo: “A vos, Larsen te rompió el corazón una vez; a mí, me lo rompió diez veces. Vos eras la montaña más alta, y allá arriba vivían solamente ustedes dos. Y yo, por más que escalaba y escalaba, nunca pude llegar. Nunca”. Cuando salí del café no sentía tristeza, ni bronca, ni frío, ni calor. Estaba limpia. Por primera vez en tanto tiempo estaba limpia, Fernández.
-¿Por qué me contás todo esto?
-Silvia me dijo que Larsen te consideraba su único amigo verdadero y que tenías la misión de quemar todo si a él le pasaba algo. -Afuera había dejado de llover. Mónica recogió su cartera para irse. -Te agradezco mucho que hayas llegado tarde.

viernes, 16 de septiembre de 2016

LECTURA RECOMENDADA


Te amaré locamente
Por Jorge Fernández Díaz





Después de ganar en tribunales un divorcio contradictorio, ya con ahorros en el banco y ganas de dejar atrás el dolor y darse algunos gustos, Irene convence a sus amigas de hacer un “viaje de solteras” y hospedarse en un lujurioso hotel de Angra dos Reis.
Quieren el destino o el azar que también vacacionen en esas playas tres argentinos con similares ensueños. Uno ha sido traicionado por su mujer, otro actúa como ladero solidario y un tercero es el mecenas del olvido: se llama Gabriel y resulta ser el dueño de una agencia de turismo de Buenos Aires que contrata con asiduidad los servicios de ese paraíso, de manera que les ha conseguido prácticamente todo gratis a sus dos camaradas. Entre damas y caballeros hay bromas, sobremesas, paseos, deportes, coqueteos, caipiriñas, samba y bossa nova, pero a pesar de tantos amagos y oportunidades, sólo queda en pie un fugaz beso en los labios que Gabriel le da a Irene con un pie en el estribo. Ella ha quedado impresionada por la personalidad arrolladora del arcángel, y las promesas de verse en la patria se cumplen rápida y apasionadamente.
Mucho más tarde, en terapia de grupo, Irene intentará definir en voz alta qué cosas le fascinaron de aquel hombre. Al principio, su carisma natural, su simpática insolencia, su extraordinaria habilidad para hacer prestidigitación con las palabras. También su seguridad en sí mismo, que irradia hasta la altivez, y la capacidad innata para liderar, establecer temas y crear a su alrededor una invisible obra de teatro en el que cada uno cumple un rol feliz. “Es increíble, pero durante aquellos días en Angra dos Reis logró catalogarnos a cada una e incluirnos en un libreto que él improvisaba y escribía por nuestro bien, y que nosotras actuábamos con deleite”, declara mientras el terapeuta anota una oración en su cuaderno.
En el transcurso de los primeros treinta días, Gabriel se dedica con paciente tenacidad a convertirse en un amante incansable y absolutamente servicial en la cama, y a conocer cada detalle de la vida de su novia, que está fascinada por tan inusual interés. Cuesta mucho en el mundo actual que el macho permanezca despierto después de los fuegos artificiales y que se muestre realmente atraído por la cronología existencial de su hembra. El sexo y la oreja son irresistibles: Irene se enamora como nunca. Y desarrolla durante los primeros seis meses una adicción física por ese compañero generoso. De hecho siente que sus experiencias eróticas anteriores no fueron más que bocetos en blanco y negro al lado de este gran óleo pletórico en colores y trazos magníficos.
El arcángel es el centro de todas las reuniones, pero jamás olvida ese cañoneo íntimo sobre las posiciones de la doncella, a la que abruma con piropos y regalos. La mayor de todas las ofrendas se encuentra, sin embargo, en su fabulosa memoria: lleva un registro minucioso de los hechos, gustos y matices del pasado y el presente de su nueva mujer. Se convirtió en un erudito de sus recuerdos, a tal punto que a veces ella recurre a él para precisar un dato. ¿Me había gustado esa película? Sí, mi amor, pero el final te decepcionó un poco.
Para no ser egoísta, Irene le exige información sobre su historia personal, y cuando Gabriel lo hace es para mostrarle los múltiples paralelismos y misteriosas coincidencias que los unen. Son almas gemelas, han vadeado los mismos padecimientos. Pero él le asegura que ella no sufrirá más, ahora que tiene a su lado un guardián atento a las peripecias de su dicha. Todo lo que ella debe hacer es dejarse amar; el arcángel ha llegado para protegerla.
La primera parte de este romance es una superproducción llena de magia. “Todo resultaba tan perfecto y luminoso que empecé a desconfiar –les cuenta Irene a sus colegas de infortunios-. Pero eran dudas infundadas. Gabriel no tenía muertos en el armario ni novias secretas. Eso sí, me di cuenta por el camino que era controlador, que me vigilaba y que sentía celos aunque no los confesaba para no parecer vulnerable. Admito que esto me ponía más y más cachonda”. El terapeuta interviene para explicarle que esa simulación encierra un rasgo revelador, puesto que el arcángel demuestra allí ser una persona altamente estratégica. La paciente asiente y asegura que con el correr del tiempo se confirma esa impresión.


Desde su butaca preferencial, Irene puede observar que el talento de su amado se basa en su gran pericia para manipular a los socios y clientes, a quienes persuade con pequeños engaños y sobre todo con el perseverante tejido de una ficción: Gabriel fija una vez más el territorio, pinta los decorados, asigna los papeles, reparte el guión y logra que el argumento siempre le otorgue un protagónico incuestionable y superior que lo habilita para tutelar cariñosamente al resto. Tarda muchísimo la mujer en ver lúcidamente estos mecanismos inconscientes: el deseo y el apego afectivo le nublan la vista. Recién abre los ojos cuando comienza a sufrir en carne propia los efectos de la telaraña. En los inicios de un gran amor impera la falsa idea de que dos son uno, y entonces parece normal pegotearse, fundirse completamente en el otro y armar una sola masa informe. Cuando la obsesión amorosa cede lugar al amor puro y duro, la pareja recupera una cierta cordura y retoma algo de su respectiva individualidad. Al querer ella rescatar una diminuta parte suya de todo lo que ha cedido, el arcángel pierde de pronto el control y le planta un escándalo. Se muestra inflexible, en ocasiones profundamente decepcionado, suspicaz y agresivo. Estos cambios de conducta le producen un verdadero shock a Irene, que por nada del mundo quiere perderlo. Recula y acepta los términos de la paz, pero a su vez se percata de que no hay forma de salir de esa representación cómoda y placentera, ni de ese rol de pobrecita rescatada, y que ella padece una severa dependencia emocional. Esta triple conciencia le llega de repente, pero se amortigua bajo la resignada idea de que el amor paga y es agradecido, y que todo esto al fin de cuentas no significa un precio tan elevado.
Para Gabriel esa breve experiencia de desacuerdos es una bisagra, que le deja no pocas secuelas: malhumores repentinos, victimizaciones dichas al pasar, transmisión de presuntas defraudaciones, bromas hirientes, comentarios despreciativos, recelos y sospechas. De un día para el otro, aunque en verdad pasa casi todo un año, al arcángel le molestan los compañeros laborales de Irene, las cenas de los miércoles con amigas, las decisiones profesionales que sigue, los cursos de superación en los que se anota. Una noche Irene cae en la cuenta de que Gabriel le revisa el celular y la netbook; también que sus llamados a horas raras y con pretextos pueriles tienen por objeto pescar una eventual traición. La mujer sube entonces otro escalón del discernimiento, aunque lo hace con taquicardia y pena: Gabriel es un ser dominante y cerebral. Tal vez lo fue siempre, pero recién ahora se le cae la máscara. Por supuesto resulta muy difícil encararlo, dado que el arcángel gana fácilmente cualquier discusión: nadie que haya aceptado las reglas de su obra puede vencerlo con pura dialéctica. Ella se enfrenta además con alguien que se ha ocupado sistemáticamente de conocer sus defectos y debilidades más recónditas. Gabriel se divierte deshaciendo esos planteos sin despeinarse, o clausurando el debate con un vibrante acto erótico. Irene se siente confundida y acosada por remordimientos. De golpe, integrantes de su familia directa la llaman o la visitan para hacerle recapacitar. El arcángel ha hecho campaña y como todos lo admiran y adoran, resulta que para sus parientes ella está cometiendo el mismo error con el que arruinó su anterior matrimonio; es injusta e inmadura, y a su edad no debe jugar con fuego: Gabriel es un ave única, no hay que herirla ni molestarla porque puede echarse a volar. “Ese jueguito me indignó –añade Irene, y pide permiso para fumar. Su terapeuta se lo otorga con un movimiento de cabeza-. Es como si hubiera por fin entendido que para él esto no era una cuestión de amor, sino de poder. Y fue tanta la bronca que decidí darle una lección. ¿Cómo iba a saber que estaba desatando una guerra?”.
Sólo una de sus cinco amigas íntimas se aviene a creerle, aunque justo esa dama solitaria es famosa por sus resentimientos y exageraciones, y también por una cierta desconfianza hacia los hombres brillantes: muchos de ellos le parecen manejadores o directamente psicópatas; tiene un escáner muy fino para detectarlos. Las otras amigas de Irene se limitan a relativizar los pecados de Gabriel, hechizadas como están por su personalidad. A ellas les suenan delirantes las quejas sombrías de la afortunada, aseguran que se ha vuelto insoportablemente quisquillosa, y conjeturan que el subconsciente le está boicoteando una felicidad servida. Aseveran incluso que esos celos masculinos son deliciosos y que aquel intento para sobreprotegerla es conmovedor: tienen a su lado novios o esposos indiferentes que no las registran y a quienes hay que arrancarles un elogio con tenazas. La resentida, en cambio, apoya a Irene en sus presagios, y la anima a desprenderse de las dulces garras del arcángel. Juntas deciden anotarse en un curso intensivo de francés que culmina con un viaje de diez días a París. Gabriel, al enterarse, pone el grito en el cielo, impugna a su compañera de travesía (“envidia nuestro amor y tira mala onda”) y le parece intolerable que se separen tanto tiempo. Las dos mujeres estudian atentamente sus reacciones; Irene sólo pretende un pequeño escarmiento que lo coloque en su lugar y le cure la adicción a ser el comediógrafo permanente de la pareja. Acostumbrado a que se haga su voluntad, Gabriel pasa de la indignación a la tristeza, y practica el chantaje. Le cuesta a su enamorada resistir esa súbita victimización, está a punto de arriar las banderas, pero tiene una socia de carácter y el curso sigue adelante a pesar de los desplantes del galán, que comienza a agredirla verbalmente y a socavar su autoestima. Por primera vez la encuentra desarreglada y le critica la ropa, y cuando aparece con un vestido nuevo lo censura por insinuante y vulgar. Le hace escenas a diario por estupideces: ve amantes fantasmagóricos donde sólo hay personajes secundarios, y cuando logra asustarla o llevarla al llanto, llora él a su vez y pide perdón y se echa culpas. Por lo general, esas crisis desembocan en el sexo, que limpia las manchas y acalla las voces. La mujer es esclava de la tiranía de la piel, que todo lo justifica y borra.
Al menos en tres oportunidades, el arcángel llama media hora antes del curso para alegar enfermedad o emergencia, e Irene debe faltar para socorrerlo en episodios confusos que vistos en perspectiva parecen inventos, trucos de dramaturgo. “Me sentía prisionera, a veces era como una especie de objeto o cosa –recuerda en terapia, ante sus camaradas de grupo, que la escuchan en silencio total–. Una cosa que tenía dueño, y que debía pagar tributo por los favores recibidos. Los cambios de humor que Gabriel tenía eran enloquecedores, y yo me sentía cada vez más insegura. Había momentos en los que me decía a mí misma: basta, dejate de joder y entregate, que es el hombre ideal. Y otros en los que me recriminaba: vos no llegaste hasta acá para que te repriman, te sofoquen, te sometan. ¿O sí? ¿El amor no es también la suspensión gozosa de la libertad, entregarle al otro hasta esa prerrogativa?”
Entonces el arcángel hace algo inesperado: le anuncia que a su agencia le ofrecieron un posible contrato con la República Popular China, que volará a Beijing para cerrar el trato y que luego visitará los principales puntos de ese país insondable. Estará ausente un mes entero. Salen a cenar para celebrar la noticia, e Irene le pregunta inocentemente si puede acompañarlo en ese periplo exótico. Gabriel le comunica con frialdad que no es posible: las plazas están cubiertas y los anfitriones son muy estrictos. Comen sin pronunciar palabra, cada uno metido en sus pensamientos, hasta que el galán deja los cubiertos sobre el plato, pone los codos sobre la mesa, entrelaza sus manos y dice: “Vas a extrañarme mucho; a lo mejor la ausencia se te hace inaguantable. Pero fijate cuánto te amo que soy capaz de mandar a los chinos al diablo si te quedás conmigo”. Irene frunce el ceño porque al principio no comprende, pero en seguida abre los ojos y comienza a negar con la cabeza. Tiene los pelos de punta. “No voy a bajarme de París”, balbucea. Y él sonríe como un lobo: “Qué lástima”. Es una amenaza indirecta. La mujer se refugia en el baño, con lágrimas en los ojos, y se mira en el espejo. “Si te hace sufrir no es amor”, sorprende en terapia de grupo una chica que está oyendo el monólogo de Irene, y el psicólogo le sugiere que por favor no interrumpa. Irene cuenta a continuación que esa noche, al llegar a casa, se desata una pelea a los gritos, que Gabriel la zamarrea con fuerza en la cocina y que ella se golpea accidentalmente la boca. El arcángel termina de rodillas, suplicándole que lo disculpe. Al día siguiente le anuncia que canceló el negocio con China y que está convencido de que las pedagógicas vacaciones parisinas fortalecerán la relación. Con ese repliegue apaga el incendio por unas semanas, y el viaje a Francia termina resultando un éxito, aunque ella se ve obligada a hablar con él dos horas por día a través del skype y a responder por escrito sus largos y sentidos e-mails. El reencuentro parece cerrar ese ciclo de pulseadas ridículas, e Irene respira aliviada. Pero la tregua no dura mucho. Su compañera de viaje le pide que entre en una determinada dirección de Facebook. No usa el francés irónico con el que se comunican últimamente, sino un español trágico. Irene se interna en el mundo feliz de una ex gerente turística que tuvo un surmenage, largó todo y ahora pinta a mano Sai Babas de resina, una espiritualidad de supermercado que da muy buenos dividendos en las tiendas de Palermo Soho. La artesana registra fotográficamente, con largos epígrafes, sus conquistas comerciales, y no puede reprimir mostrarse con su “nuevo amigo” en una trattoria de Belgrano y en un paseo romántico por San Telmo. Ninguna de las imágenes muestra abrazos inequívocos ni besos rotundos, pero todas ellas insinúan acaramelados encuentros. Gabriel podría alegar, como hará más tarde, que es una vieja amiga de la profesión, pero ninguna mujer en la Tierra creería semejante camelo. Irene no es la excepción: monta en cólera y cae en amargura. Su socia resentida la previene, porque el hallazgo es misterioso e intrigante, y le llegó a través de un anónimo que utiliza una extraña cuenta de e-mail. “Mi amiga trabaja en el área de informática y no tocaba de oído; la pista no se podía rastrear –agrega Irene y prende sin permiso su segundo cigarrillo; el terapeuta le clava la vista–. Ella estaba convencida de que Gabriel mismo le había mandado ese dato, para que me llegara a través de terceros. Y que por lo tanto se trataba de una represalia. ‘Podés irte a Paris y dejarme solo, pero te va a costar muy caro’. Por supuesto, creí que mi amiga desvariaba”. Pero era cierto. El sospechoso lo admite al final de un zafarrancho de insultos y acusaciones cruzadas. Y utiliza esa verdad bochornosa para aplacar algo la ira de la mujer y para explicarle que ha sido precisamente Irene la culpable de aquella breve infidelidad, que en realidad no significó nada. Un revolcón provocado por el abandono, la soledad y la bronca. Tan poca relevancia tuvo, tan meramente instrumental fue, que él mismo se tomó el trabajo de autodenunciarse. Irene no sabe precisar qué es más grave. Que te metan los cuernos o que lo hagan para que lo sepas y recapacites. Intuye que el arcángel, fiel a su vocación teatral, ha robado esta vuelta de tuerca de alguna comedia italiana. Le cierra la puerta en la cara, no responde más a sus llamados y se dedica deambular por la congoja. “Pero cuando me bajó el odio, me entraron las dudas –dice Irene haciendo volutas de humo mientras los compañeros la miran como embrujados-. Tuve el síndrome de abstinencia, y las ganas de quemar el orgullo y arrastrarme a sus pies. Y una noche, en ese estado de idiotez ansiosa, me asomé a la ventana. Llovía y Gabriel estaba enfrente, bajo un paraguas, esperando mi decisión. Bajé a abrirle. Fue un error”.
La nueva función trata sobre un hombre que se ha inmolado por amor, que se ha incinerado en ese fuego fatuo, que ha cometido pecados de obsesión y que ahora ruega se le otorgue una nueva oportunidad. Después de sentirse vigilada, manipulada y maltratada de diferentes modos, pero también tremendamente sola en el abismo que abrieron sus miedos y su propio enojo, echando de menos cada segundo sus manos y sus labios y su lenguaje benefactor, Irene acepta de nuevo a Gabriel y se dispone a meterse lentamente en aquel purificador lago de pirañas. El noviazgo recomienza con una larga celebración sensual y con un segundo viaje reparador a Angra dos Reis. En esas recurrentes playas ella vuelve a sentir la dicha y el magnetismo, y se avergüenza un poco por olvidar tan rápidamente los forcejeos y el espionaje.
De regreso a la realidad sobrevienen dos o tres meses de mar calmo, donde ambos se muestran muy cuidadosos. Recién cuando la herida parece haber cicatrizado, el arcángel se afloja y vuelve sutilmente a las andadas, pero más como un caballero filantrópico que como un carcelero. Hay un verbo y un sustantivo de raíz común y parentesco obvio; Irene pasa de uno a otro sin darse cuenta: es cautivada y pronto se sentirá una cautiva.
Embelesada por ese hombre carismático, se deja arrastrar por la corriente, y sólo despierta cuando la tragan algunos remolinos o cuando percibe que gran parte de su vida ya transcurre en la clandestinidad. Es que progresivamente, como quien se acomoda a una lesión crónica, Irene ha ido cediendo posiciones y derechos, y a la vez fue ocultando datos para no recibir reprimendas ni involucrarse en debates que pierde o en líos que laceran. Se ve a escondidas con sus amigas de siempre, debe usar una cuenta secreta de gmail para determinados intercambios, miente cuando debe salir de compras o a almorzar con alguien, y hasta calla un inocente curso de cocina que el arcángel vería con muy malos ojos.
No tarda en desatarse un serio altercado a raíz de que el galán descubre, y no por casualidad, una de estas mentiras veniales. Se declara entonces agraviado, la acusa de artimañas y falsedades, y busca a cualquier a costa su remordimiento. Al inicio Irene se siente intimidada, pero a medida que va pensando con seriedad en esta crisis experimenta una furia desconocida. “Cuando la persona que amamos nos obliga a modificarnos una y otra vez hasta la contorsión para caber dentro de su caja estrecha, cuando nos empuja a traicionamos a nosotros mismos y nos transformamos continuamente en otros para ser aceptados, resulta que un día la casilla se declara llena y todo salta por los aires –dice el terapeuta tomando brevemente la palabra; Irene y sus compañeros de sesión lo escuchan encogidos-. Suele ser un momento brusco y espantoso: pasamos todas las facturas juntas, no perdonamos ninguna, puesto que le imputamos a nuestra pareja un egoísmo negador y sin límites, y una insensibilidad mayúscula para no ver los disparates que hemos llegado a hacer por ella. No podemos conmutar ninguna de esas penas: no amnistiamos el hecho de que hayan carecido de la piedad suficiente como para detenernos, y tampoco nos perdonamos a nosotros por haber sido tan estúpidos como para haber cedido hasta la dignidad. Cuídate de los que dejan todo por amor. Porque te terminarán dejando”.
Irene reconoce perfectamente ese sentimiento; aplasta los restos de su cigarrillo en un cenicero y encara el desenlace. Confiesa que esta nueva conciencia le produjo tal ofuscamiento que de la noche a la mañana quiso bajar la persiana y no verlo nunca más. Reconoce en su interior que seguramente lo seguía amando, porque no siempre se rompen las parejas cuando la llama se apagó, pero asegura que no quería transigir ni permanecer en esa trampa lujosa un minuto más. “Tenías pánico –aporta un compañero entrado en años-. Había que rajar rápido porque corrías el riesgo de dejarte enredar de nuevo. ¿Te acordás del tango Chorra? ‘Guarda, cuídense porque anda suelta, si los cacha los da vuelta, no les da tiempo a rajar’. Irene, a mí me pasó lo mismo con una mina. Fue hace muchos años, pero sigo escapando de ella”.
En efecto, algo de esa rápida intuición del final, algo de esa necesidad de salir corriendo antes de que el monstruo vuelva a atraparla con sus deliciosos tentáculos, hay en esos movimientos previos y en la suelta de las amarras. Ya saben lo que pasa cuando una amputación se practica en cámara lenta: es insoportable. Irene se reúne con su amiga más resentida, hace catarsis con ella y planifica sus jugadas. Sabiendo que se enfrenta con un polemista dominante e imbatible, prepara un discurso conciso y cerrado. Necesito tomar distancia para pensar todo de nuevo, para recuperar mi libertad individual y para eventualmente volver a encontrarnos alguna vez pero desde otro lado. Lo que se dice habitualmente cuando no se puede decir “ya no te quiero” o “no puedo permanecer en esta relación dañina”. Debe ensayar dos veces con su querida amiga los diálogos posibles, los puntazos, las paradas y las estocadas de fondo, y también beberse un whisky doble para que dejen de temblarle las piernas. Se siente afiebrada, aunque no tiene la menor duda de lo que está haciendo. La alumbra una nueva convicción personal, el presentimiento de que está siguiendo su corazón y de que no se arrepentirá jamás de esa ruptura. Pero entrar en su escenario y encararlo para desvirtuar su libreto es un acto temerario, como si tuviera que pisar las tablas de un teatro verdadero y pronunciar sus sorpresivos parlamentos delante del público. Finalmente lo hace, y la conversación dura cinco horas, desde la cena hasta la madrugada. Gabriel atraviesa todos los climas: sensatez, ternura, bronca, sospecha, acusación, tristeza, depresión, mentira, llanto y seducción. “No doy más”, tiene que decirle ella, y se echa sobre la cama para dormir un rato. Está exhausta, pero no duerme: custodia el silencio del arcángel, que fuma sus argucias. Irene está persuadida de que esta pelea no terminará en uno o dos rounds, y que la única manera es ganarla por puntos. Pero sabe, al mismo tiempo, que si no actúa con premura estará a su merced, lista para recibir sus ganchos mortales.
Por la mañana, él avisa a su agencia que amaneció descompuesto y le pide a ella que también dé una excusa. “Esto sólo se va a resolver si podemos hablarlo hasta el hueso”, le reclama. Ella no cede: se ducha y se maquilla, y se marcha a su trabajo. Intuye que en su ausencia el arcángel le revisará sus cajones y su notebook, que después le escribirá una admirable carta de amor y que pedirá sushi para cenar e hipnotizarla. Intenta todo eso, naturalmente, y más: la llama por teléfono tres veces a lo largo del día. Pero Irene le explica que llegará tarde y que la carta es conmovedora pero que no atiende ni refuta los hechos centrales. Que no tendrá apetito y que Gabriel deberá pensar lo antes posible cuándo mudará su ropa a su propio departamento. El se enoja tanto que ella teme un atentado: llegar a su casa y descubrir que la destrozó por dentro. Reza para no encontrarlo, para que el tipo haya tenido un ataque de decoro y se haya marchado del hogar dando un portazo. Pero nada de eso ocurre. No va a ser tan sencillo; un general no abandona así como así el territorio conquistado. Discuten fuerte, se hieren con los adjetivos, y el arcángel logra que ella se conduela y trastabille. Pero como Irene se rehace milagrosamente, y como no ha sido suficiente ese lapso de debilidad para desnudarla, Gabriel se vuelve loco y comienza a insultarla y a sacudirle cachetazos. Todavía no cayó al piso ella, que él ya acude a socorrerla con besos y a suplicarle indulgencia. “No quiero que duermas acá”, le anuncia Irene, deshaciéndose de sus manos. “Pero esos golpes me sirvieron más a mí que a él –valora frente a su terapeuta, que anota el incidente-. Se fue esa noche, y yo después le mandé todos sus petates con un flete. Me sentí dolorida, pero también aliviada. Por lo menos hasta que fui a buscar mi auto y me di cuenta de que lo había arruinado. Le había tirado líquido de freno en el capot y en el techo. Es un producto muy corrosivo, como arrojarle ácido sulfúrico a una mujer en la cara”.
Un manipulador despechado es más peligroso que un tiburón toro, y exactamente a eso se enfrenta ahora Irene aunque no pueda imaginar todavía cuán creativo puede ser el resentimiento. Intimida pensar que la persona a quien le entregaste tu cuerpo, tus secretos y debilidades, y tu absoluta confianza se ha pasado con semejantes armas de destrucción masiva a las filas del enemigo.
Gabriel se muestra, por supuesto, asombrado y ofendido al saber que ella lo acusa sin pruebas de haberle arruinado el auto con líquido para frenos, pero ofrece a continuación los servicios de un mecánico que es un verdadero artista en chapa y pintura. Irene le grita “cínico” y le corta de golpe el teléfono. Llama a sus padres y hermanos, y corre hacia ellos en busca de ayuda, pero vuelve a encontrar cierta resistencia y un marcado escepticismo acerca de su separación, que consideran abrupta y un tanto paranoide. Aunque parezca lo contrario, a pesar incluso de que convivan en frecuentes fines de semanas y hasta en vacaciones enteras, los parientes suele ver únicamente la exterioridad de las parejas, una versión tranquilizadora pero fraudulenta: nunca somos los que somos en las reuniones. Y entonces cuando alguien anuncia un divorcio lo primero que sucede es el estupor y lo segundo, la porfiada abogacía del diablo. Como la familia de Irene está particularmente encantada con el hechicero, la obstinación se torna aún más ardua. En un momento, ella incluso pesca a su padre hablando por celular con el arcángel. El tono es bajo pero inequívoco: los dos hombres se refieren a ella como a una niña inmadura que debe ser cuidada de sí misma. Le cuesta mucho a Irene imponer su palabra entre su propia gente y también deshacerse de esa malla pegajosa que Gabriel sigue cosiendo a su alrededor. Dos semanas más tarde descubre que el arcángel los ha invitado a todos a su cumpleaños, que celebra en un resort con spa de una isla del Tigre. A veces la familia política del ex sobreactúa la diplomacia y la caballerosidad. Es poco propensa a la solidaridad parental, teme que el asunto sea temporario y reversible, y en el fondo no quiere ser confundida en el amasijo del desamor. Aspira a que el odio pueda volverse selectivo: el problema es con ella, pero a nosotros nos sigue teniendo aprecio, se ufanan.
Nadie tiene cara para negarse a la generosa invitación del arcángel. Y cuando Irene se entera de la alta traición, se larga a llorar y avisa a sus íntimos que se mantengan a distancia. Uno de sus hermanos quiere protestar, y recibe todo tipo de improperios; su madre intenta apaciguar las cosas, y ella le retira la palabra. Irene se siente harta e incomprendida. “A mí me pasó algo parecido –irrumpe otra compañera de sesión. Se trata esta vez de una mujer experimentada-. Es como si tu familia se sintiera orgullosa de no haber sido incluida en la lista de odios y desprecios. Cuando pasa eso, las partes en disputa entablan una batalla de convencimiento, cada cual quiere imponer entre los familiares y amigos propios y ajenos su versión de la crisis. Yo soy el bueno y el razonable; ella es la mala y la loca, y viceversa. Lo que no entiendo es por qué vos no usaste tu bala de plata. ¿Por qué no les contaste que te había dado una paliza?”. El terapeuta sonríe y asiente. “A lo mejor te avergonzaba –pincha–. O quizás vos también querías inconscientemente preservarlo, dejar por las dudas abierta la puerta, no fuera que tuvieras que dar marcha atrás”. La aludida baja la vista y confiesa sus contradicciones fundamentales.
Mezclada con la impotencia, Irene sufre efectivamente las duras penas de amor. La verdad es que lo detesta y le teme, pero a la vez lo echa terriblemente de menos. Gabriel se imagina todo esto y percude sus débiles defensas: le tira anzuelos por la web, le envía mensajes conmovedores a través de conocidos, le manda regalos anónimos pero evidentes, e incluso le hace favores. Una noche de tormenta e inundaciones, cuando la ciudad entra en emergencia y caos, la rescata de la oficina donde ha quedado atrapada junto con sus dos jefes. Empapada y agradecida, un poco asustada por el cataclismo, ella lo hace entonces pasar a su casa, le sirve unas copas y se pone a tiro. Gabriel logra llevársela fácilmente a la cama, y todo es tan delicioso como siempre. Sólo que por la mañana él comienza a actuar como si ya se hubieran reconciliado y como si estuviera de nuevo al mando del timón. Tienen una fea discusión en el living, e Irene lo echa a empujones.
Esa misma semana se inicia en el trabajo de ella una cadena de insidiosos rumores acerca de una presunta enfermedad terminal que supuestamente Irene ha contraído y que está intentando ocultarles a sus superiores. Le piden incluso una ridícula explicación en la Gerencia General. Un mes más tarde, alguien viraliza fotos desnudas que Gabriel le ha sacado en la intimidad de Angra dos Reis. No son imágenes estéticas, sino algo groseras y vergonzosas. Por Facebook se entera de que el arcángel merodea a sus cinco amigas más próximas, y sobre todo a sus novios y maridos, con quienes juega al fútbol y sale a cenar. El colmo de los colmos llega cuando se saca una selfie con su amiga resentida, la que más alergia demostraba frente a las tretas del psicópata: parecen estar juntos en Bariloche o en San Martín de los Andes. Ella porta felicidad inesperada y borrachera profunda. “Tanto esfuerzo no deja de ser enternecedor, patético y atemorizante –dice el terapeuta–. Gabriel estaba obsesionado con vos. ¿Qué te producía todo eso?”. Irene le devuelve la mirada con un extraño brillo. Queda claro que junto con el espanto y tal vez la irritación, siente una especie de orgullo malsano. Gabriel está dirigiendo a conciencia una obra nueva, donde él es un monstruo sediento de amor y ella es el objeto de una pasión única. ¿Puede haber algo más romántico?
Irene lucha, no obstante, contra ese ponzoñoso e inconfesable sentimiento, y busca dar definitivamente una vuelta de página. Después de mucha soledad acechada, se propone salir con otro hombre: acepta la invitación de un oculista. Es simpático e inteligente, pero Irene no puede dejar de comparar su ingenio, su agudeza, su ideología, sus labios, su olor, su textura, su piel. La performance del oculista es así decepcionante; el fantasma de Gabriel cena con ellos y se mete sonriente entre sus sábanas.
Una noche de domingo, cuando regresan caminando bucólicamente por el Dique 3, el fantasma de pronto se corporiza: estaciona su auto sobre Azucena Villaflor, se baja y los cruza. Es una escena violenta y en cierto modo inverosímil. Encara a Irene y le pregunta cómo puede ponerle los cuernos con ese pecho frío. La agarra incluso de un brazo, para sacudirla; tiene los ojos inyectados en sangre. El oculista no trata de interceder ni de tironear, simplemente le lanza un directo a la mandíbula. Es raro, porque la última vez que hizo eso mismo fue durante un borroso recreo de la primaria. El arcángel encaja la trompada, aunque trastabilla, y cuando se dispone a devolverla con la izquierda recibe otro derechazo que lo sienta de traste. Está atontado y es evidente que pueden contarle hasta cincuenta y aún así no conseguiría ponerse de pie. El oculista le agarra el mismo brazo a Irene e intenta llevársela de ese desmadre, pero ella se suelta y acude en asistencia al caído. Es un impulso animal, impensado: se arrodilla y lo abraza y se larga a llorar, y Gabriel acomete también la lágrima y se quedan los dos unidos en el suelo. Los mira el oculista, prueba unos balbuceos y unas excusas; propone trasladarlo a un hospital para que lo atiendan, pero ninguno de los dos lo está escuchando, y entonces abre los brazos, niega con la cabeza, se mete las manos en los bolsillos y se manda a mudar. “Ya tenemos que terminar por hoy –anuncia el terapeuta señalando su reloj-. Pero te dejo una pregunta pendiente. ¿Pensás que esta escena tan electrizante, esta derrota glamorosa fue también premeditada por Gabriel?”
Irene no responde, aunque de inmediato la rodean sus compañeros de grupo con teorías y pésames. Ella se pone el abrigo y se despide. Afuera, con el coche encendido, el arcángel la espera fumando. “Hola, mi amor”, lo saluda ella. Arrancan, se pierden en la noche.