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viernes, 18 de septiembre de 2020

HISTORIAS DE VIDA Y DE MUERTE,



La luminosa cuarentena de Robert Franklin Stroud
Robert Franklin Stroud - Wikipedia, la enciclopedia libre
El 21 de noviembre de 1963 moría Robert Franklin Stroud en Missouri, en el Centro Médico Springfield para Presos Federales. Había sido trasladado desde Alcatraz, cárcel de oscura fama conocida como La Roca. Stroud tenía 73 años y vivió en prisión desde los 19. Había nacido en 1890 en Seattle, y escapó de su casa (padre alcohólico, madre depresiva) a los 13 años. Tenía 18 cuando, en la frontera con Alaska, conoció a una prostituta que lo doblaba en edad, se enamoró y se casó con ella. A los pocos meses mató a un hombre que la maltrató y fue sentenciado a 12 años en la cárcel de McNeill Island. Debido a sus continuas peleas con otros presos fue trasladado pronto a Leavenworth, Kansas, prisión en la que apuñalaría a un guardia que le negó la visita de su hermano menor, al que no veía desde hacía ocho años. Eso le valió la primera de las dos condenas a muerte que recibiría a lo largo de su vida. En 1916 y en 1920 se fijaron fechas para su ahorcamiento, postergado debido a apelaciones. Finalmente, el presidente Woodwrow Wilson, a instancias de su esposa, conmutó la pena canjeándola por cadena perpetua en una celda de aislamiento total, sin relación con ningún preso.
JUSTICE STORY: How the 'Birdman of Alcatraz" soared to fame - New York  Daily News
Diagnosticado como psicópata, Stroud fue trasladado a Alcatraz el 19 de diciembre de 1942. Para entonces había terminado de escribir dos manuscritos. Su tema: las aves. En su confinamiento absoluto trabó amistad con tres gorriones que hicieron su nido en la ventana de su celda. Los alimentó, los cuidó, luego llegaron algunos canarios. Stroud los observaba, detectaba sus hábitos, pidió libros sobre pájaros, los leyó ávidamente, se dedicó a escribir sus propios tratados, a través de su madre estos llegaron a especialistas en el tema y, tras ser publicados, fue considerado como una autoridad y un inevitable referente en ornitología. 

Pin van Enrique Moraga op Birds/Aves/Oiseau
Lo sigue siendo. Se lo llamó The birdman of Alcatraz (El hombre de los pájaros de Alcatraz), aunque no se le permitió llevar sus 300 canarios a La Roca. Su vida se convirtió película. La celda olvidada, dirigida en 1963 por John Frankenheimer, con una memorable interpretación del gran Burt Lancaster.
En su confinamiento absoluto trabó amistad con tres gorriones que hicieron su nido en la ventana de su celda
Acaso sin saberlo, Robert Stroud se erigió como un héroe existencialista. Hizo honor a una idea central de esta corriente filosófica. Nadie es responsable de la vida que recibe en la ruleta de la existencia, pero todos lo somos de lo que hacemos con esa vida. O, en palabras del médico y filósofo vienés Víktor Frankl (autor de El hombre en busca de sentido y padre de la logoterapia): "Las fuerzas que escapan a tu control pueden quitarte todo lo que posees excepto una cosa, tu libertad de elegir cómo vas a responder a la situación. Nuestra mayor libertad es la libertad de elegir nuestra actitud". Durante los cincuenta y cuatro años de su cuarentena carcelaria Stroud hizo uso pleno de esa libertad.
El hombre en busca de sentido | Viktor Frankl
Tras meses de cuarentenas y confinamiento decididos por fuerzas ajenas a nuestro control y decisión (el Covid-19, la carencia de opciones o de inteligencia emocional para buscarlas y administrarlas por parte de los decisores), el recuerdo de la odisea vital del hombre de los pájaros de Alcatraz dispara una suerte de inevitable moraleja. Podemos tener toda la libertad deseable para mover nuestro cuerpo por el mundo exterior y, pese a ello, estar atrapados por creencias, mandatos, temores, fobias y todo tipo de cadenas y barrotes invisibles que nos mantendrán cautivos e infelices a perpetuidad. O, por el contrario, físicamente confinados, podemos avizorar horizontes y propósitos que hagan de nuestra vida una existencia con sentido. Ni una alternativa ni la otra nos serán impuestas u ofrecidas desde afuera. Ambas dependen de nuestras alas y de moverlas para levantar vuelo existencial o dejar que se entumezcan mientras despotricamos contra el encierro. Como decía Confucio, antes que maldecir la oscuridad, es preferible encender una vela.

S. S.

lunes, 16 de diciembre de 2019

HISTORIAS DE VIDA Y DE MUERTE,


El Museo del Holocausto renueva la experiencia de la memoria histórica y el testimonio
La interactividad es una de las claves del recorrido
Reabre con dispositivos interactivos y táctiles, además de objetos de la época que permiten un acercamiento más directo al período del terror nazi y su relación con la Argentina
El remodelado Museo del Holocausto, que abrirá  sus puertas al público y podrá visitarse desde enero, ofrece al visitante una experiencia inmersiva y transformadora. Con tecnología de última generación y una exhibición de vanguardia, el recorrido permite asimilar exhaustiva información histórica y testimonial sobre la magnitud del genocidio. Dispositivos interactivos y táctiles, proyecciones, recreaciones sonoras y plataformas de inteligencia artificial se combinan con objetos que aportan un anclaje directo a la realidad de la época: esvásticas, indumentaria nazi, trajes a rayas o las estrellas amarillas insignia con que se estigmatizó al pueblo judío.
Jonathan Karszenbaum, director ejecutivo del museo, dirigió una visita guiada exclusiva por las renovadas instalaciones de la institución. Mónica Dawidowicz, integrante de la comisión de sobrevivientes del exterminio, acompañó en el recorrido.
La visita tiene tres zonas diferenciadas. En el subsuelo, se aborda la vida de los judíos en Alemania en el ascenso del nazismo, las políticas antijudías, el inicio de la guerra y la creación de los guetos. En la planta baja, el tema central es la "Solución final" y los procesos de exterminio, el final de la guerra y lo que sucedía en la Argentina. En el piso superior, las temáticas giran en torno a Adolf Eichmann y el volver a vivir.
"Si nosotros callamos, ¿quién hablará?", reflexiona Primo Levi, en una frase del video introductorio que se proyecta en el prólogo del museo. De frente, un mosaico de imágenes, videos y objetos interactúa junto con datos estadísticos sobre la vida judía antes de la Shoá. "Esto invita a sentir que estas personas vivían igual que nosotros", señala el director.
Los objetos siguen siendo un reservorio de la memoria
Varias gigantografías narran cómo poco a poco se fueron recortando libertades ante el ascenso del nazismo y el antisemitismo en Alemania. Junto a un ejemplar de Mi lucha, en una pantalla táctil se puede consultar la clasificación de insignias de los prisioneros. Allí, se exhibe el original de un traje nazi cedido por un particular. Sobre esta pieza, Mónica reproduce el relato de quien la donó al museo: "Había en su casa una caja que nunca abrían. Cuando murió su papá, la abrieron y encontraron el traje y cartas. Lo conservaba un inglés que vivía en la Argentina y que había luchado en Londres contra el Ejército nazi. En la caja estaba el traje, que imaginamos que fue un botín de guerra y una de las cartas en las que escribió: 'Hoy me voy a emborrachar, Hitler capituló'".
Otro dispositivo reproduce afiches de propaganda antijudía, películas de la época y se ve un ejemplar del cuento "El hongo venenoso" y pasaportes con la letra J impresa. Mónica Dawidowicz, nacida en Polonia, no llegó a tener uno de estos pasaportes. Tras ser entregada a una familia polaca católica, llega finalmente a Uruguay, donde la adopta un tío. Con siete años, viaja de Montevideo a Buenos Aires y vive con sus tíos. "Hacen documentación falsa para mí como Raquel Mowszowicz, nacida en Buenos Aires el 20 de junio de 1941. Celebro el cumpleaños ese día y es el documento que tengo, aunque me siguieron llamando Mónica", cuenta. "Mi hermana Esther tenía diez años y recuerda cuando mi padre cerró la puerta de la casa y salieron todos en caravana hacia el gueto. Recuerda las botas de los nazis golpeteando. Mi madre estaba embarazada de mí", relata.
Mónica Dawidowicz, la sobreviviente que llegó de Polonia
En otro espacio, se aborda el éxodo a la Argentina y se analizan ejemplos de personalidades que debieron emigrar por el hostigamiento. Mientras se avanza en el museo, un mapa dinámico proyecta en el suelo el alcance de la guerra. "Yo no la porté, porque nací en un gueto y al poco tiempo mis padres me entregaron a una familia porque ya entendían que no sobrevivirían. Ellos sí la portaron", comenta Mónica. Además, se exhiben objetos como un diminuto saco de tela acompañado de una tela escrita. "Es una carterita que los padres le pusieron a una niña para identificarla y que luego le sirvió a ella para saber quién era", explica Mowszowicz. Una línea de tiempo interactiva relaciona los hechos que ocurrían entonces con la realidad argentina y mundial y un muro de ladrillos con alambre emula una pared de gueto. Al lado, conmovedoras imágenes de una película documental de fines del 41 del gueto de Varsovia permiten "sentirse dentro del gueto, ver los rostros y ser visto por ellos simbólicamente, ver las clases sociales, el hacinamiento", señala el director.
Los discursos de Hitler, la Noche de los Cristales, los bombardeos y un intento de reproducción sonora y visual proyectada de lo que ocurría en un vagón cuando se deportaba a las víctimas producen temor, vértigo, encierro. En la sala de la "Solución final" se escucha por auriculares el testimonio de unos 700 sobrevivientes recapitulados por la Shoah Foundation, de los 3000 que recibió la Argentina. También se refleja el horror de la vida en los campos, la liberación y el cómo reconstruyeron sus vidas los sobrevivientes. En una vitrina, varios baúles recuerdan el éxodo. Una de las valijas, pequeña y roja, está a la vista. "Vino conmigo desde Europa. Adentro traía un caballito de madera de Suecia -tierra por donde peregrinó-, un libro y una muñeca", rememora Mónica.
Un espacio dedicado a Eichmann enseña el salvoconducto original con el que entró al país y una réplica del pasaporte falso con el que salió.
Por otro lado, un dispositivo de inteligencia artificial desarrollado por la Shoah Foundation permite al visitante hacer preguntas a Lea Novera, una sobreviviente que fue grabada y que respondió a miles de preguntas creando una base de datos que facilita que, al ser consultada por algún tema, responda de frente a su interlocutor.El recorrido del museo se cierra conceptualmente con una proyección con los nombres de los millones de judíos asesinados y en la Sala de la Memoria una máquina de escribir rescatada de la AMIA y donada al museo recuerda que "la violencia antisemita no terminó con el Holocausto".
Reconocimiento: Kundera recupera su nacionalidad
A los 90, y después de 40 años, Milan Kundera recuperó la ciudadanía checa, que las autoridades comunistas de la antigua Checoslovaquia le habían retirado en 1979. El autor de La insoportable levedad del ser se exilió en 1975 en Francia, país del que obtuvo la nacionalidad en 1981 y cuya lengua adoptó desde 1994 para escribir. El embajador checo en Francia, Petr Drulak, le entregó un certificado el jueves 28 en su piso de París.

C. M.

lunes, 2 de diciembre de 2019

HISTORIAS DE VIDA Y DE MUERTE,


LA PRINCESA JUSTA
Alícia nació en la más alta nobleza europea, emparentada directamente con la Reina Victoria y con la Zarina.Nació sorda, lo que no impidió que hablara 4 idiomas.
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Fue una mujer de profunda espiritualidad y empatía con los más desfavorecidos.Contrajo matrimonio con Andrés de Grecia.Enfermera de guerra, su vida estuvo marcada por la muerte de su suegro el Rey de Grecia, gran amigo del parlamentario judío Haimaki Cohen, a quien el soberano prometió que acudiría en su ayuda en caso de necesidad.
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El asesinato de su tía la Zarina Alejandra por los bolcheviques supuso un durísimo golpe para ella.En 1921 tuvo a su hijo Philipos, Felipe de Edimburgo, esposo de Isabel II de Inglaterra.
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A finales de los 20 decide entrar en la Iglesia Ortodoxa y en 1930 se le diagnostica esquizofrenia paranoide, de la que fue tratada por Freud.La ocupación nazi de Grecia hizo que se opusiera firmemente contra el Nazismo. La familia Cohen le pidió la ayuda que prometió su suegro y Alícia no les falló.Los oculto en su casa y logró ponerlos a salvo, a pesar de los continuos interrogatorios a los que le sometía la Gestapo, que sospechaba que ayudaba a los judíos griegos.
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Murió en 1969 pidiendo ser enterrada en el Convento Ortodoxo de Santa Magdalena de Jerusalem, donde reposa desde 1988.En 1994 Yad Vashem reconoció su valentía y su protección a la familia Cohen otorgándola el título de Justa entre las Naciones, que recogió su hijo Felipe.
Su nieto Carlos de Inglaterra visitó su tumba durante su visita a Israel por el funeral de Shimon Peres.Descanse en Paz la Princesa Justa y Valiente

Texto de Julia Elisheba Nieto

lunes, 9 de septiembre de 2019

LA ÚLTIMA REHABILITACIÓN DE DREYFUS

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Aquel día frío y lluvioso, el piso del cuartel brillaba bajo la lluvia. Un joven periodista miraba atento los terribles acontecimientos que se sucedían.Alfred Dreyfus, oficial del Ejército francés fue acusado de alta traición por espiar a favor de Alemania. Aquel día, era desposeído de su cargo militar de manera deshonrosa.Al quitarle los galones y la espada, el joven periodista oyó los gritos que pedían insistentemente la muerte a los judíos y les acusaban de traición a la patria de manera generalizada.Pronto se encontró al auténtico culpable de traición, pero Dreyfus fue acusado de nuevo y enviado a la Isla del Diablo con una condena a cadena perpetua.
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Aquella falsa acusación, mantenida testarudamente a pesar de las pruebas en contra, fue lo que hizo que el joven periodista Herzl se planteara la urgencia de la creación de un Estado Judío.Hombres honorables como Emile Zola salieron en defensa del inocente.
Su texto, Yo acuso, es imprescindible para entender el alcance del antisemitismo en la Francia de finales del XIX...y ahora.
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Afortunadamente, la verdad se impuso y el oficial fue rehabilitado.Ocho décadas después de su muerte, la República Francesa decide ascender a Dreyfus a general a título póstumo.El dolor, la impotencia frente a la injusticia, el sufrimiento, fueron los gérmenes del Estado Judío.
No hay descripción de la foto disponible.
 Hoy disfrutamos de su existencia a pesar de las amenazas. El sacrificio de Dreyfus no fue en vano. Independientemente de su rango, su inocencia y honestidad están fuera de duda.
Texto de Julia Elisheba Nieto para Comunidad Judía Masorti Bet.El.
Editado por Silvio Jazanovich.

jueves, 28 de marzo de 2019

HISTORIAS DE VIDA Y DE MUERTE, OSVALDO RAFFO


Los últimos días del hombre que hablaba con muertos y asesinos
Un artículo de Rodolfo Palacios que cuenta la vida de Osvaldo Raffo,
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el prestigioso perito forense que se suicidó a los 88 años.
A Osvaldo Raffo le gustaba bromear con la muerte, excepto con la suya. En su casa de dos plantas de San Martín merodeaba la parca, como la llamaba él. Tenía un depósito con expedientes, anotaciones y videos VHS con autopsias. Era un tirador experto.
En los últimos tiempos vivía como un ermitaño. Nunca pudo superar la muerte de su esposa. Pasaba sus días acompañado por Silvia, una mujer que lo cuidaba y le digitalizaba su archivo. Ella lo encontró muerto de un balazo calibre 38. Raffo se suicidó y dejó una nota:
“No soporto más los dolores”.
Tenía 88 años.
Hizo más de 20 mil autopsias, pero la que más lo impactó fue la de René Favaloro, que se suicidó el 29 de junio de 2000 de un balazo en el corazón. “Ese día lloré mucho, y eso que no soy de llorar”, dijo emocionado.
Le dolía ese suicidio más que cualquier asesinato.
Durante seis meses, en 2006, lo visité todos los sábados en su casa. Me ayudó con la biografía de Carlos Robledo Puch, el asesino de once personas que Raffo examinó durante 27 sesiones.
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A sus visitantes les ofrecía masitas finas, café y enseguida le pedía a su mujer que eligiera al azar el video de una autopsia. Las mostraba como un pintor mostraría su obra.
Nunca me voy a olvidar el día que me hizo ver completa la autopsia de las llamadas hermanas satánicas, acusadas por el crimen de su padre en Saavedra. Mientras relataba el procedimiento (se lo podía ver a él con el tradicional delantal celeste), me pedía que comiera.
“Dale, querido, no seas tímido”, decía y seguía con el paso a paso de lo que veía en pantalla. Lo que quedaba del cuerpo de Juan Carlos Vásquez, que fue asesinado de 100 puñaladas por su hija.
La prensa lo llamó el caso de las hermanas satánicas (en referencia a Gabriela y a Silvina Vázquez, aunque la justicia responsabilizó del hecho sólo a Silvina) porque se supone que la homicida vio en su padre la imagen del demonio.
Durante un tiempo, cada vez que cubría un caso policial lo llamaba a Raffo para consultarlo. Siempre daba en la tecla.
Pero la muerte de su esposa lo derrumbó. Casi no atendía el teléfono o si lo atendía, sin cambiar su voz, decía: “El doctor Raffo no se encuentra”.
El hombre que hablaba con muertos y asesinos
En casi 50 años de carrera, Raffo inspeccionó cientos de escenas del crimen, hizo alrededor de 20 mil autopsias y analizó la mente de casi 8 mil criminales.
—Mi padre trabajaba en un matadero. Quizá mi vocación de tanatólogo forense nació al ver tantas vacas muertas– explicó alguna vez.
Desde que se había jubilado como perito oficial de la Suprema Corte de Justicia bonaerense, Raffo casi no salía de su casa, donde vivía rodeado de espadas de samurai, armas antiguas, libros sobre homicidios y explosivos, 500 videos de autopsias y 120 cajas de cartón con recortes de noticias policiales y expedientes de casos.
Otras veces, Raffo mostraba la autopsia que le hizo a Alicia Muñiz, la modelo uruguaya asesinada en 1988 en Mar del Plata por el ex campeón mundial de boxeo Carlos Monzón.
En los videos, Raffo aparecía erguido, rodeado de colaboradores y ante un cadáver. Con un bisturí en la mano y los guantes manchados con sangre reseca. Disfrutaba de esas imágenes con el mismo placer que un pianista escucha las sonatas de Mozart. Nada parecía afectarlo.
Hasta solía hacer chistes negros con su oficio:
—Si algún día te pasa algo, dejale dicho a tu esposa que me llame para hacerte la autopsia. Mejor que te la haga un conocido. ¡Tengo instrumental alemán de última generación! —me dijo una vez mientras soltaba una carcajada.
Hasta hace unos años, la rutina laboral de Raffo consistía en diseccionar corazones, rebanar cerebros como si cortara tajadas de un melón o medir penes de criminales. Porque hubo un tiempo en que los peritos consideraban que saber el tamaño del miembro viril de un asesino era un dato trascendente.
Por ejemplo, los detectives que investigaron los cuatro crímenes del Petiso Orejudo -el asesino de niños de principios del siglo XX- se sorprendieron por su pene desproporcionado, que medía dieciocho centímetros. A Raffo no lo impresionaba nada de eso. Y de hecho mostraba las fotos del Petiso Orejudo en la que aparecía desnudo.
Imagen relacionada
Los crímenes del Ángel Negro
Pero el caso que lo catapultó a la fama criminalística fue el raid feroz y asesino de Carlos Robledo Puch, el Ángel Negro que en 1972 mató a once personas por la espalda o mientras dormían.
Robledo Puch mató a sus víctimas entre 1971 y 1972.
—Buscábamos a un tipo con el aspecto de un asesino de película. La imaginación a veces te hace pensar en alguien o en algo monstruoso. Al final nos encontramos con un niño bello con carita de ángel, parecido a Marilyn Monroe, pero por dentro era el diablo. He entrevistado a criminales terribles que han mostrado cariño o sentimientos hacia su madre, hijos o esposa. En Robledo jamás vi el menor asomo de afectividad para ningún ser humano —confesó Raffo una vez.
En la entrevista psiquiátrica que le hizo a Robledo, Raffo le hizo varias preguntas que hoy serían consideradas escandalosas y discriminadoras:
—¿Usted es homosexual? —le preguntó.
—De ninguna manera —respondió Robledo enojado—, eso es un invento. Salí con chicas circunstancialmente. A mi novia la amo, no le contesté las cartas porque la sigo queriendo y por cobardía nunca le toqué un pelo. Personalmente soy muy posesivo.
—¿A qué edad tuvo su primera relación sexual?
—A los 15 años, durante una de las fugas del hogar paterno. Fue con una chica que conocí en un hotel. Nunca anduve con prostitutas.
—¿Cuál era la frecuencia de las relaciones?
—Unas siete veces por mes. No me lo pedía el cuerpo. Nunca violé a ninguna.
El perito escribió en su libreta: “Niega firmemente la homosexualidad, aunque como interno está alojado en un pabellón que los agrupa”.
Cuando pasó a máquina de escribir esta parte de la pericia, Raffo diagnosticó:
“En su historia vital, las amistades femeninas son excluyentes, las preponderantes son las masculinas; hay hacia el sexo opuesto, más que frialdad indiferente, una aversión activa. Tan pervertido es el homosexual como el Don Juan, el sádico como el masoquista. La homosexualidad se presume pero no puede probarse. En cuanto si el encausado tiene desviaciones sexuales, podemos decir que sadismo sí ha existido, y ésta es una forma de desviación sexual, que se manifiesta frecuentemente en la personalidad perversa”.
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En su pericia, que fue anexada a la causa, no dudó en calificar al asesino como incorregible: lo definió como un psicópata cruel y desalmado.
Robledo lo odiaba
Cuando el perito terminaba las entrevistas con el Ángel Negro, llegaba a su casa perturbado. Le dolía la cabeza, se sentía mareado. Era como si se hubiese contagiado de una extraña peste.
—Descubrí que estar tanto tiempo con ese personaje, que destilaba maldad por todos sus poros, me había intoxicado. No era un humano. Sentía un desasosiego, algo inexplicable. Me había metido en su alma y en su mente, había bajado a los infiernos. Y me costó elevarme otra vez. Los médicos legistas tenemos que hablar el mismo idioma que el asesino. Como dice la Biblia, el Diablo puede tomar la forma de un ángel de luz. De hecho, es el jefe de los ángeles caídos. Puch parecía un angelito —rememoró Raffo.
Sus encuentros con Robledo le recordaron a El Exorcista, película estrenada en 1973: se sentía como el cura que combate al diablo metido en el cuerpo de una adolescente de aspecto angelical. La eterna lucha entre el bien y el mal.
Raffo nunca pudo explicar de otro modo lo que sintió cuando enfrentaba al famoso asesino.
Cuando le conté a Raffo que había ido a verlo varias veces a la cárcel, me sugirió:
—Tené mucho cuidado. A mí me costó desintoxicarme de Robledo. No sé si era su mirada penetrante, el halo maligno que lo rodeaba o algo misterioso. Pero seguramente usted va a sentir cosas raras. No puedo explicártelo con palabras. Ya lo vas a experimentar. Va a absorber tus emociones.
Dos días después, visité a Robledo Puch en la cárcel de Sierra Chica. Durante todo el encuentro, no me sacó de encima su mirada penetrante. La misma que describió Raffo. En uno de sus monólogos, sentí mareos, como si estuviese a punto de desmayarme. La voz alta de Robledo me hacía doler la cabeza. En ese momento, miré el piso y me froté los ojos. Robledo me preguntó qué me pasaba. Le dije que había dormido poco y que estaba cansado por el viaje de Buenos Aires hacia Sierra Chica. Eso era cierto. Pero en otras visitas, sentí la misma sensación. A Jorge Fernández Díaz, que lo conoció, le pasó lo mismo: era algo viscoso que lo seguía como una sombra maldita.
Nunca supe si mi estado se debía al estrés de los viajes (cinco horas en micro para encerrarse otras cuatro en una cárcel y al salir volver a viajar otras cinco horas) o a su mirada fija.
—No lo dudes. El loco te contaminó. Uno jamás se olvida de un personaje tan siniestro como él —me dijo Raffo cuando le hablé de mis mareos y dolores de cabeza.
Robledo destestaba a Raffo. Una mañana, mientras tomábamos mate en la sala de entrevistas, me habló del perito que lo calificó de desalmado, cruel y perverso:
—Raffo mintió y se hizo famoso a costas mías. Se hacía el sabio sólo por citar frases de psiquiatras famosos. Me sentenció. Dijo que era un psicópata maldito, pero el psicópata es él.
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Después de la última frase, golpeó la mesa con su mano derecha. Luego me pidió una pastilla de menta Halls que yo había apoyado sobre la mesa, y me preguntó:
—¿De dónde sacaste esas pastillas? Son las mismas que comía Raffo cuando me examinó. ¿No te habrá mandado él? ¿No me estarás haciendo pericias? ¿No serás un perito disfrazado de periodista?
—¿Vos crees eso?
—No, era una broma —dijo Robledo entre risas.
Le conté a Raffo esa anécdota: no lo podía creer. Habían pasado más de veintinueve años de las pericias, pero la memoria del asesino estaba intacta. Recordaba con precisión que el psiquiatra comía esas pastillas.
—Es un psicópata de manual, al estilo norteamericano. Su memoria es absoluta —aseguró Raffo.
Cuando le mostré un dibujo que me regaló Robledo (una gallina de River festeja con un cerdito de Boca a upa), Raffo me lo quitó de las manos para observarlo a gusto:
—A ver, a ver. Hay que analizar todo. Los psicópatas van dejando mensajes que uno tiene que descifrar. Mirá: el chanchito tiene ojos celestes. Los ojos de Robledo: de odio. ¡Este loco le dibujó sus ojos!
Raffo se concentró en el trabajo y pareció olvidarse de mi presencia.
—¿Encontró algo interesante? —le pregunté.
—¡Ahí está! —exclamó—. ¿Sabés cuántos pliegues le dibujó a la pata de la gallina?
—No.
—Once. ¿Y cuántos crímenes cometió Robledo? ¡Once! Aunque para mí mató a más gente.
Raffo estaba convencido de que Robledo Puch había matado a más personas.
—Todavía me agarran escalofríos cuando recuerdo la última conversación que tuve con él. No figuró en ninguna pericia —me dijo.
—¿Qué le dijo en esa charla?
—No sé si decirlo. Quizá no sea conveniente.
—¿Por qué?
—Es que nunca lo dije.
—¿Qué es lo que nunca dijo?
—Ahora te lo voy a contar. Prestá atención…
Lo que Raffo me contó ocurrió después de la última entrevista, a pocos días del comienzo del juicio oral. Antes de que se lo llevaran los guardias, el perito quiso sacarse una duda:
—Robledo, la pericia terminó. Le quiero hacer una pregunta. Lo que usted me diga no podrá ser usado en su contra. Confíe en mí —le pidió Raffo.
Robledo no se inquietó con la propuesta. Nada parecía inquietarlo.
—Dígame la verdad: ¿usted mató a todas esas personas, no?
Robledo asintió con la cabeza. Raffo le hizo otra pregunta:
—¿Mató a más de veinte personas?
El asesino volvió a asentir con la cabeza. El perito quiso saber más. Buscó detalles. Sabía que esa confesión no tenía validez judicial, pero su curiosidad lo superaba. Lo miró a Robledo y le hizo la última pregunta.
—¿Por qué los mató?
Robledo se acomodó en la silla. Estuvo a punto de responder. Quizás iba a develar por fin el misterio que había detrás de sus crímenes. Pero eso nunca se sabrá: en ese momento, cuando estaba por abrir la boca, entraron los guardias y se lo llevaron esposado.
El asesino que miraba después de muerto
Raffo decía que en los últimos cincuenta años sólo hubo un criminal de la talla del Ángel Negro Robledo Puch: se llamaba Juan Laureana, un artesano casado y con dos hijos que tenía una vida oculta.
Por las tardes salía a buscar jóvenes y niñas. Las violaba, las mataba y se quedaba con una pertenencia de cada víctima. Le adjudicaron 15 asesinatos.
Cuando salía de su casa, le decía a su mujer: “Que los nenes no salgan a la calle porque hay muchos locos sueltos”. La Policía lo detuvo gracias a un perro que lo descubrió escondido en un gallinero, al lado de dos gallinas que había estrangulado.
Lo fusilaron en 1975 durante un supuesto enfrentamiento, aunque hay dudas de que haya sido así. En ese entonces, una práctica habitual de la Policía era ejecutar delincuentes y plantarles un arma para simular que la muerte había ocurrido durante un tiroteo.
El 27 de febrero de ese año, La Nación tituló: “Con el auxilio de un perro y luego de dos tiroteos, matan en San Isidro al sátiro que en sus fechorías nocturnas asesinó a 15 mujeres en seis meses”. No existía el término asesino serial o múltiple. A esos criminales se los llamaba sátiros.
Resultado de imagen para Osvaldo Raffo,NISMAN
Su último caso
A Raffo parecía que nada podía sacarlo de ese ostracismo. Pero la misteriosa muerte de Alberto Nisman provocó el regreso del perito estrella del crimen argentino y un vuelco en la causa: para Raffo, al fiscal lo mataron a sangre fría.
“A Nisman lo mataron asesinos profesionales”, dictaminó. Su coequiper fue Daniel Salcedo, ex jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires.
Contratado por la ex mujer de Nisman, la jueza Sandra Arroyo Salgado, Raffo -decano de peritos y autor de libros que leen los criminólogos que investigan los casos más importantes- estaba convencido que a Nisman lo llevaron hasta el baño de su departamento, lo obligaron a hincar la rodilla derecha en el suelo y lo mataron de un balazo en la cabeza con la pistola Bersa Thunder calibre 22.
El nombre de Raffo volvió a cobrar protagonismo después de las pericias de Gendarmería que apuntaron que a Nisman lo mataron a sangre fría. Esa fue la primera conclusión a la que llegó Raffo.
“El cadáver siempre habla”, era una de sus frases de cabecera. Y cree que el de Nisman habló más de la cuenta.
Si bien era considerado por sus pares como una especie de “mago” que resolvía casos imposibles, no todas sus pericias fueron infalibles: fue contratado para actuar en 2006 en el caso Dalmasso, por el femicidio impune de Nora, ocurrido en Río Cuarto, y las conclusiones de Raffo -estrangulada en su casa- no fue considerada. Apuntó a un desconocido.
Pero Raffo, no hace mucho, dijo que estaba convencido sobre quién había sido el asesino de Nora. Pero nunca pronunció su nombre.
Guardaba muchos secretos de los casos más famosos. Secretos que se llevó a la tumba.

sábado, 23 de febrero de 2019

HISTORIAS DE VIDA Y DE MUERTE,


La increíble historia de Carl Lutz, el diplomático suizo que salvó a 60.000 personas de los campos de exterminio naziLa hazaña del vice-cónsul apostado en Budapest, Hungría, fue recordada por la Fundación Raoul Wallenberg en el 44 aniversario de su fallecimiento. "Fue uno de los mas destacados salvadores de victimas del Holocausto. Su gesta heroica es digna de nuestro eterno agradecimiento y reconocimiento", indicó la ONG
Getrud Fankhauser y Carl Lutz (Fundación Raoul Wallenberg)
La Fundación Raoul Wallenberg recordó  al diplomático suizo Carl Lutz, "héroe del Holocausto" responsable de salvar a 60.000 judíos de la persecución nazi en Hungría durante la Segunda Guerra Mundial.
"Carl Lutz fue uno de los mas destacados salvadores de victimas del Holocausto. Su gesta heroica es digna de nuestro eterno agradecimiento y reconocimiento", señala una declaración firmada por Eduardo Eurnekian, presidente de la ONG, y su fundador Baruj Tenembaum.
Lutz murió el 12 de febrero de 1975 en la ciudad de Berna, catorce años después de su retiro de la diplomacia. Junto a su esposa Gertrud habían recibido en 1965 el título "Justo entre las naciones" de parte del Museo Memorial del Holocausto Yad Vashem, ubicado en Jerusalén.
Además, en 2012, y por gestiones de la Fundación Raoul Wallenberg, su historia fue inmortalizada en una emisión de estampillas conmemorativas a cargo de la Autoridad Postal de Israel.
Lutz fue homenajeado en 2012 con su propia estampilla conmemorativa emitiada por el gobierno de Israel (Fundación Raoul Wallenberg)
La vinculación de Lutz con Israel comenzó en 1935, cuando fue nombrado vice-cónsul de Suiza en el entonces Mandato Británico de Palestina.
Allí vivió "seis años inolvidables" en la ciudad de Yaffo, registrando en su archivo fotográfico personal la ciudad vieja de Jerusalén, las caravana de camellos en la costa de Tel Aviv y compartiendo con los colonos alemanes en Sarona, como rescata la ONG.
En Palestina fue también testigo del comienzo de la inmigración de judíos a Palestina,escapando de la persecución nazi en el período anterior al comienzo de la Segunda Guerra Mundial.
En 1942 fue destinado, también en calidad de vice-cónsul, a la delegación diplomática suiza en Budapest, Hungría, y en ese momento comenzó a trabajar para proteger a decenas de miles de judíos que corrían el peligro de ser deportados a los campos de exterminio por las autoridades fascistas, aliadas a la Alemania nazi.
Como vicecónsul suizo en Budapest, Lutz conoció e instruyó a Raoul Wallenberg, diplomático sueco también dedicado a salvar judíos
Cooperando con la Agencia Judía, organización en Palestina que coordinaba la inmigración judía, emitió salvoconductos para más de 10.000 niños judíos húngaros y se estima que gracias a sus gestiones 60.000 personas escaparon del Holocausto.
Sus tácticas fueron muchas y en todo momento contó con la ayuda de Gertrud. Emitían, por ejemplo, cartas de protección (Schutzbriefe) del gobierno suizo, neutral durante la guerra, para retrasar su deportación a los campos de concentración. También otorgaron 50.000 pasaportes que permitieron la salida del país, y coordinaron el envío de ayuda médica y comida a estas poblaciones en riesgo.
En una ocasión el diplomático se lanzó al río Danubio para rescatar a una mujer judía baleada por fascistas húngaros y arrojada a su muerte en el curso de agua. Lutz emergió con la víctima y enfrentó a los oficiales, haciendo valer su autoridad y los papeles que había conseguido para ella. Finalmente logró llevar a la mujer a un centro médico.
Se estima que Carl Lutz y su esposa Gertrud fueron responsables de salvar de los campos de concentración a al menos 60.000 judíos húngaros
Lutz también conoció en Budapest a Raoul Wallenberg, diplomático sueco que da nombre a la fundación y fue también responsable de salvar a más de 62.000 personas del Holocausto antes de morir como prisionero de los soviéticos en 1947,instruyéndolo rápidamente en los métodos de rescate.
Cuando Hungría fue liberada de los nazis por el Ejército Rojo, Lutz permaneció allí asegurando el bienestar de los judíos que no habían logrado aún emigrar, y en enero de 1945, poco antes del fin de la guerra, retornó finalmente a Suiza.
Lutz y Gertrud se divorciaron un año después, y el vice-cónsul permaneció en el servicio exterior de su país hasta su retiro en 1961. Falleció en 1975, pero el legado de su obra sigue hasta hoy siendo recordado e invocado como un ejemplo ante la oscuridad que el nazismo sembró sobre Europa.

lunes, 4 de febrero de 2019

HISTORIAS DE VIDA Y DE MUERTE,

EL "BEBÉ ARIO IDEAL" DEL NAZISMO ERA UNA NIÑA JUDÍA.
La revista de propaganda del Tercer Reich publicó, en 1934, la foto de Hessy Taft como ejemplo de "raza pura". Desde EEUU, donde emigró huyendo de los nazis, la protagonista de la imagen contó su historia.
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Sus padres Jacob y Polin Levinson se conocieron y se casaron en Letonia. En 1928, se mudaron a Berlín, capital de Alemania, para dedicarse a la música clásica.Su sueño duró poco más de 5 años, porque en 1933, Adolf Hitler fue elegido canciller, y desde entonces, comenzó una brutal persecución contra los judíos, que años más tarde terminaría con el peor genocidio de la historia europea.En 1934, nació su hija Hessy. Como era muy hermosa, cuando cumplió seis meses la madre contrató a un profesional para hacerle una sesión de fotografía. Jamás se imaginó lo que terminaría pasando con esas imágenes.Por esos días, Sonne ins Haus, una popular revista familiar del régimen nazi, organizaba un concurso para buscar el "bebé ario perfecto". Horrorizado ante el nefasto rumbo que seguía Alemania, el fotógrafo se tomó el atrevimiento de enviar las fotos a la revista en un intento por demostrar lo absurdo de las teorías nazis.Increíblemente cumplió su objetivo, ya que semanas más tarde, el rostro de la pequeña apareció en la portada de la publicación, presentada como la quintaesencia racial alemana.
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Indignada, la madre le preguntó al fotógrafo por qué había hecho eso. "Quise ridiculizar a los nazis", le respondió.Casi 80 años después, Hessy Taft, que logró salvarse de los campos de concentración y que vive en los Estados Unidos, contó su historia al Bild.
"Ahora puedo reírme de ello. Pero si los nazis hubieran sabido quién era en realidad, no estaría viva", dijo.
Según su relato, la elección de su imagen no fue librada al azar. El todopoderoso ministro de propaganda del régimen, Joseph Goebbels, fue quien la seleccionó.
Tras la publicación de la revista, su foto comenzó a difundirse en postales. No había familia alemana que no la conociera. 
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Por eso, sus padres empezaron a temer que alguien la identificara, se enterara de la verdad y quisiera tomar represalias.
En 1937, Jacob fue detenido, pero como aún no había comenzado lo peor de la persecución contra los judíos, logró que lo liberaran.
Entonces decidieron regresar a Letonia y, una vez allí, se trasladaron a París. Tras la ocupación nazi de Francia, escaparon hacia Cuba.
En 1949, llegaron a los Estados Unidos
, donde Hessy vive aún hoy y ejerce como profesora de Química en la Universidad de San Juan, en Nueva York.

domingo, 6 de enero de 2019

HISTORIAS DE VIDA Y DE MUERTE, PIETRO BARTOLO


CRISIS DE LOS REFUGIADOS
Un médico en el infierno del naufragio
Pietro Bartolo, el único doctor residente en Lampedusa, ha atendido durante los últimos 26 años a un cuarto de millón de migrantes
Pietro Bartolo, en el Recinto Modernista de Sant Pau, Barcelona.
Con 16 años, Pietro Bartolo (Lampedusa, 1956) también estuvo a punto de morir ahogado. Había salido a faenar con su padre y durante unos minutos se vio engullido por el mar. Lo que no supo entonces es que esa experiencia acabaría marcando su existencia de por vida. Bartolo es el único médico con plaza fija en la pequeña isla de Lampedusa (Italia), un paraíso de apariencia virginal ahora convertido en un infierno del naufragio. En los últimos 26 años ha examinado a más de un cuarto de millón de migrantes, según el Instituto de Globalización, Cultura y Movilidad de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-GCM). “Soy el médico en ejercicio que más cadáveres ha inspeccionado en el mundo. Es un récord del que no me siento para nada orgulloso. Pero prefiero hablar de personas, no de cifras”, dice con un hilo de voz en el Recinto Modernista de Sant Pau, donde realizó una conferencia sobre flujos migratorios organizada por el UNU-GCM.
La historia de Pietro Bartolo fue llevada a la gran pantalla gracias al documental Fuocoammare, de Gianfranco Rosi, Oso de Oro en la Berlinale 2016. También ha escrito, en colaboración con la periodista Lidia Tilotta, Lágrimas de Sal, un libro en el que compara el drama de los refugiados con el Holocausto. “Con el nazismo, la gente podía excusarse de que no reaccionó a tiempo porque no sabía lo que ocurría. Nuestra generación, sin embargo, no tendrá ni si quiera esta excusa. En estos momentos hay personas que se están ahogando en el mar y todos lo sabemos. Dentro de 20 años, los jóvenes nos acusarán a nosotros de ser los culpables de todo esto”, dice. 
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Han pasado 26 años desde que atendió por primera vez a migrantes llegados en barco a Lampedusa, tres jóvenes subsaharianos que se escondieron en un hotel en ruinas. "Mucha gente de la isla no había visto nunca a personas de raza negra", recuerda Bartolo. Este acontecimiento, "una cosa todavía extraña para mí", recuerda, fue el preludio de un fenómeno que solo en 2016 supuso la muerte de 5.000 migrantes en el Mediterráneo, según la ONU. "Tras este desembarco, el fenómeno se empezó a incrementar con el paso de los años. Hasta el punto de que en 1997 tuve que pedirle al gobernador de Lampedusa que construyera un centro de acogida para los llegados. Yo soy como la memoria histórica de la crisis de los refugiados. Los gobernadores cambian, los alcaldes cambian, pero yo siempre estoy allí", explica.
"Uno no se acostumbra a ver niños muertos"
Su móvil nunca está apagado porque es el primero en sonar cuando la Guardia Costera italiana avista un barco cerca de Lampedusa. “Entonces voy al muelle, que es como mi primera casa. Durante los últimos años he pasado más tiempo allí que en mi propio hogar”, admite. Desde el puerto, Bartolo es trasladado a las embarcaciones, donde busca síntomas de hipotermia, deshidratación, quemaduras, traumatismos, las consecuencias más frecuentes del viaje. “Una vez que verifico que no hay enfermedades les hago bajar del bote y los examino más detenidamente uno por uno. La más frecuente es la sarna”, explica. En el último año ha diagnosticado una nueva enfermedad que él mismo ha bautizado como “la enfermedad del bote de goma”, una patología que afecta especialmente a las mujeres debido a las abrasiones químicas que produce el carburante en la piel.
Pietro Bartolo.
Muchas otras veces realiza autopsias. “Ahora cuento con un equipo de tres a cuatro médicos en Lampedusa que me ayudan, pero esas inspecciones solo las hago yo. No quiero que nadie me ayude porque sé lo que se siente: miedo, vómitos y llanto. Uno no se acostumbra a ver niños muertos. Cada vez que hago una estoy peor”, añade.
Hay una fecha que Bartolo no olvidará: el 3 de octubre de 2013. Ese día, un barco que había zarpado desde las costas libias con 518 personas a bordo volcó a pocas millas de Lampedusa. En el naufragio fallecieron 366 migrantes. “Llegué al puerto y me encontré con 111 cadáveres sobre el muelle. Abrí el primer saco. En él, había un niño de dos años con pantalones rojos y una camiseta blanca. Miré sus ojos abiertos e instintivamente le sacudí el pecho para tratar de reanimarlo. Pero fue imposible, ya estaba muerto. Han pasado cuatro años y no consigo sacar esa imagen de mi cabeza. Es una pesadilla que tengo de manera recurrente. Y tengo tantas…he visto demasiadas cosas”, suspira. Tras una pausa, añade: “Como en la semana pasada, cuando atendí a una mujer tras un naufragio. Había perdido a sus tres hijas. Traté de consolarla, pero, ¿cómo lo haces?”.
Entre 2015 y 2016, se presentaron en toda la UE, 2,6 millones de solicitudes de protección internacional. Solo en el país transalpino llegaron 181.436 migrantes el pasado año. “Eso representa menos de una por cada mil habitantes en Italia. Si hay una política idiota en la que los concentras a todos en una ciudad, pues claro que se van a crear problemas”. Sobre el acuerdo que Italia y Libia materializaron el pasado febrero para frenar el flujo migratorio y por el que el país transalpino se compromete a financiar programas para las regiones libias más afectadas, Bartolo considera la medida como “un paso atrás”. “Es una tendencia populista que no hace honor a Europa.
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 Lo han hecho para ignorar el problema, un lavado de cara”. Además, apunta a un nuevo obstáculo: “Desde entonces hemos observado que las enfermedades de los migrantes han cambiado. No olvidemos que en Libia hay auténticos campos de concentración y que ahora se han vuelto todavía más terribles”, afirma. Por estos motivos Bartolo considera que la UE ha perdido sus valores fundacionales: “Ya no existe la Europa social. Sus fundadores se deben estar revolviendo en sus tumbas”.

viernes, 14 de diciembre de 2018

HISTORIAS DE VIDA Y DE MUERTE,

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Así torturaba el gobierno peronista
Un fragmento del libro Argentina: Un siglo de violencia política de 
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Marcelo Larraquy que narra la escalofriante historia de Cipriano Lombilla, el comisario que torturaba opositores durante el primer peronismo.

El comisario Cipriano Lombilla es uno de los personajes menos investigados de los dos primeros gobiernos de Perón. Su memoria sólo perduró en los testimonios de los torturados de la Sección Especial Investigaciones de la Policía Federal que él comandaba.
En su época, su sólo nombre ya resultaba temible para estudiantes y la oposición política y obrera. Lombilla era un torturador que exhibía su impunidad: en su despacho tenía un portarretrato con una foto dedicada por Perón en la que posaba junto a él.
La Sección Especial era, en la práctica, un organismo autónomo de la Policía Federal. Respondía directamente a la Dirección de Informaciones Políticas, que dirigía el comandante de Gendarmería General Guillermo Solveyra Casares. La Dirección estaba en la Casa Rosada, en un despacho contiguo al del presidente Perón.
Lombilla identificaba su oficio con una frase que transmitía a sus asistentes: “El arte de la tortura es no matar. Es jugar siempre al límite para lograr la confesión, pero evitar que el detenido muera sobre la mesa”.
Perón confiaba en la policía por encima de cualquier otra fuerza de seguridad. La Policía Federal había facilitado la concreción del hecho político fundacional de su liderazgo, el 17 de octubre de 1945. Ese día, la propia policía gritaba “¡Viva Perón!” al paso de los manifestantes.
Perón concibió a la fuerza policial como un cuerpo político. En sus dos primeras presidencias, la policía vigiló, encarceló y torturó a dirigentes políticos, gremiales y estudiantiles de la oposición; también fue un obstáculo para las conspiraciones internas de los militares contra el gobierno.
Perón simpatizaba con la fuerza que había sido creada en forma casi simultánea con su irrupción en la política y les otorgó a sus integrantes mejores sueldos, condiciones laborales y beneficios previsionales. Además, hizo realidad un reclamo corporativo: que la policía tuviese su propio Código de Justicia y sus conductas fuesen juzgadas por sus pares. Como sucedía con los militares.
La “vieja guardia” de la Sección Especial de Investigaciones del gobierno de Perón había hecho su experiencia en la Sección Orden Político comandada por Leopoldo Lugones (h) a inicios de los años treinta, durante la dictadura del general José Félix Uriburu.
En el sótano de la cárcel de la Penitenciaría, donde prestaban sus servicios, habían torturado a radicales, anarquistas, comunistas, estudiantes y militares, entre otras víctimas.
Esas prácticas se reprodujeron en la Sección Especial que dirigía el comisario Cipriano Lombilla.
La repartición estaba ubicada en un edificio anexo a la Comisaría 8ª, Urquiza 556, en Buenos Aires.
Mientras Perón ponía en marcha las reformas sociales, que representaban una demanda histórica de los trabajadores, el movimiento obrero se fue convirtiendo en la base de la movilización popular. Pero aquellos sindicatos que quisieron mantener su autonomía frente a la CGT y el Estado padecieron la persecución y la tortura.
Como sucedió en 1949 con los afiliados telefónicos que luchaban por mantener sus derechos gremiales, despojados luego de la intervención de la CGT, alineada con el sindicalismo “vertical” peronista. Los telefónicos se declararon en huelga. En respuesta, el gobierno aplicó la política de “trato duro” con los gremios disidentes.
En la madrugada del 1º de abril, un grupo de policías de la Sección Especial, sin orden judicial, allanó 40 domicilios de empleados telefónicos; veinte de ellos fueron trasladados a a Urquiza 556.
El episodio obtuvo notoriedad, sobre todo porque las torturadas eran operadoras telefónicas. Una de ellas, Nieves Boschi de Blanco, estaba embarazada. La sacaron de su casa, la llevaron a la comisaría de Ramos Mejía y luego Lombilla, junto al oficial principal José Faustino Amoresano y otros cuatro policías, se ocuparon de interrogarla.
La acostaron en una camilla y le aplicaron la picana eléctrica con una intensidad que variaba entre los cincuenta y los cien voltios, al principio sobre la ropa, y luego sobre su cuerpo. Para ahogar sus gritos, colocaron un disco de jazz en el fonógrafo.
Te vamos a hacer largar el hijo antes de tiempo”, le advirtieron. La operadora fue trasladada a un calabozo del Departamento Central de Policía. Le tomaron fotografías, legalizaron su detención y luego fue liberada. En la Sala de Primeros Auxilios de Ramos Mejía le comunicaron que había perdido el hijo.
Algunos gremios y partidos opositores reclamaron la supresión de la Sección Especial y la reincorporación de empleados telefónicos, dejados cesantes tras las torturas.
Pero desde la Presidencia de la Nación se destacó el desempeño de Lombilla y otros funcionarios en “la pesquisa destinada a identificar a los integrantes de un grupo de comunistas que bregaba constantemente para producir una atmósfera de intranquilidad y descontento ante el personal de Teléfonos del Estado”.
Otro grupo que fue trasladado a la Sección Especial fue el del diputado Cipriano Reyes, que había resultado clave para la movilización popular del 17 de octubre de 1945, pero luego se había negado a desarmar el Partido Laborista, pese a que Perón había ordenado disolver todas las agrupaciones partidarias que lo habían llevado al poder.
Reyes ya había sobrevivido a varios atentados contra su vida, cuando fue en septiembre de 1948 fue acusado de participar en un supuesto complot junto a un espía norteamericano con el objetivo de matar a Perón.
El mismo Perón, frente a la multitud en Plaza de Mayo, aludió a Reyes como “un payaso que hace creer que lucha” por el pueblo trabajador y que el plan para matarlo, pagado por “el oro extranjero”, había sido abortado.
Ese día Evita también habló desde el balcón. Dijo que había que fiarse de la Justicia, como había dicho Perón. Pero había que tener en cuenta algo más: “Sepan que si ellos no obedecen la consigna de luchar por una Argentina libre, justa y soberana, el pueblo puede tomarse algún día la justicia por sus manos”. Ese día, si llegara, dijo Eva, ella estaría a la cabeza del pueblo si fuera necesario.
Reyes y su grupo fue trasladado a la Sección Especial. Les fueron colocando cadenas, vendas y capuchas negras. De a uno, fueron pasando a una oficina, los subieron a una mesa, los ataron de brazos y piernas con correas de cuero y los tuvieron en silencio, desnudos, por un rato largo. Pero no los tocaron hasta que llegó el jefe. Reyes escuchó su voz persuasiva.
—¿Dónde tenés escondidas las armas? —le dijo—. ¿Cuántos son los militares comprometidos?
A cada pregunta la acompañaba con la aplicación de la picana eléctrica. En la oreja y la planta de los pies. Los gritos de Reyes se apagaban con música.
Pero Reyes se ahogaba, se hundía, se iba. Le oprimieron el pecho, trataron de extraerle la lengua para salvarlo. Le desataron las correas, lo incorporaron, le tomaron el pulso. Cuando ya estaba mejor, volvieron a golpearlo.
El jefe de la Sección Especial, comisario Lombilla, en el oído, le susurraba que confesara todo lo que Reyes no sabía. Lo dejaron tirado en el calabozo. Lombilla recomendó que no le dieran agua.
Reyes parecía muerto.
Parte de la dirigencia laborista detenida en la Sección Especial atravesó experiencias parecidas a la suya. El algodón en los ojos, el vendaje, la mesa de tortura, las preguntas sin respuesta, el alambre electrificado —dos alambres en algunos casos—, el amplificador con música, los gritos ahogados, el desmayo, el calabozo, la sed.
El radiólogo Luis Eugenio García Velloso, que formaba parte del grupo, no se salvó del vendaje, pese a ser ciego. Le movieron la mano para que firmara una declaración en la que se autoincriminaba.
Cuatro días después de la detención, llegó a la repartición policial el juez Oscar Palma Beltrán para indagarlos. Pidió el nombre de todos. Eran catorce. La mitad de ellos habían sido torturados.
Algunos supusieron que el juez actuaría en su defensa y denunciaron los tormentos. El magistrado les explicó que los había hecho reunir en la Sección Especial para facilitar la actuación de la Justicia.
Excepto Cipriano Reyes y el sacerdote Jordán Farías, que hicieron una pasada por la enfermería de la Penitenciaría para ser restablecidos, el resto fue a la cárcel de Devoto.
La esposa de Reyes estuvo ocho meses detenida sin proceso judicial. El juez no encontró elementos para condenarlos. Pero la Cámara revirtió la sentencia. Reyes no saldría en libertad hasta la caída de Perón, en 1955.
Otro caso de resonancia por torturas de la Sección Especial de mayor resonancia fue el del estudiante Ernesto Mario Bravo. Apenas fue detenido, su madre escribió a Perón:
“Angustiada por la desaparición de mi hijo Ernesto Mario Bravo, desde su detención 17 de mayo por policía Sección Especial y agobiada por los más sombríos presentimientos, ruego nuevamente Excmo. Señor Presidente dignarse impartir instrucciones para urgente esclarecimiento del hecho y concederme audiencia.”
Perón estaba enfrentado con la comunidad universitaria. El gobierno militar del GOU, que él integraba, había disuelto las organizaciones estudiantiles, clausuró universidades y detuvo rectores y decanos.
En 1945, la agremiación estudiantil se alineó con la Unión Democrática para las elecciones de febrero de 1946 y enfrentó en la calle a grupos peronistas y de la Alianza Libertadora Nacionalista (ALN), un grupo de choque liderado por Juan Queraltó.
En esa batalla hubo varios muertos. Dos estudiantes de Ingeniería de La Plata, Jorge Bakmas y Julio Rivello, fueron asesinados por negarse a vivar a Perón.
El 4 de octubre de 1945, Aarón Salmún Feijoo fue muerto cuando un grupo de diez personas de la Secretaría de Trabajo y Previsión lo interceptó en Perú y Avenida de Mayo, en el marco de la huelga estudiantil en la Facultad de Ciencias Exactas. Le dispararon un tiro en la boca. Fue considerado “el primer mártir universitario”.
Tras la victoria de Perón en las elecciones de febrero de 1946, la universidad se convirtió en un espacio de culto al peronismo, con el restablecimiento de la enseñanza confesional y el uso de bibliografía oficialista.
Expulsaron a más de mil profesores —casi un tercio del cuerpo docente— y designaron a decanos y rectores con precarios antecedentes académicos.
Los estudiantes se mantuvieron en la resistencia. Una fórmula para controlarlos fue el certificado de “buena conducta”, requisito imprescindible para la inscripción universitaria, que entregaba la Policía Federal. Los centros de estudiantes fueron vigilados y una red de informantes y delatores policiales se expandió por los pasillos y las aulas.
En este contexto de tensión entre el oficialismo y los universitarios, se produjo la desaparición de Ernesto Mario Bravo, militante comunista, que estudiaba Química en la Facultad de Ciencias Exactas.
Fue secuestrado en el barrio de La Paternal el 17 de mayo de 1951. Una comisión policial comandada por el comisario Lombilla fue a buscarlo a su casa. Bravo intentó escapar pero fue aprehendido en la calle Fragata Sarmiento al 1800.
Hubo varios testigos que observaron el procedimiento. Pero la policía negó su participación y el gobierno no dio respuesta a sus familiares. Se intuía que Bravo correría el mismo destino que el Carlos Aguirre en Tucumán en 1949: secuestro, torturas, desaparición y muerte.
El caso Ernesto Bravo fue tomado por radicales, católicos, el diario La Nación, toda la oposición, como el símbolo de la represión de la Sección Especial. La Federación Universitaria Argentina (FUA), presidida por David Viñas, declaró dos días de paro. Su desaparición también fue denunciada en la Cámara de Diputados.
El peronismo no se quedó de brazos cruzados. Salió a responder. Denunció que era un caso “autosecuestro”: a Bravo lo habían retenido los mismos estudiantes porque necesitaban un mártir, una bandera, para movilizarse contra el gobierno.
Después de 26 días sin noticias sobre su paradero, Bravo apareció. La versión policial indicaba que el estudiante supuestamente secuestrado había sido detenido tras un “tiroteo con la policía”.
La prensa y los diputados oficialistas avalaron la versión. Bravo fue acusado de “abuso de armas y resistencia a la autoridad”. El juez lo interrogó durante dos días. Su relato contradecía la narración oficial.
Bravo relató que luego de su detención fue conducido a la Sección Especial. Lo golpearon 10 hombres, a patadas y con cachiporras hasta que se desvaneció; lo desnudaron en una celda y le tiraron baldes de agua fría. Lo dejaron solo durante todo un día pero le impidieron dormir. Bebía agua del piso y su propia a orina.
Cada tanto, un kinesiólogo le hacía masajes para reanimarlo, y también le enyesaron el dedo anular y el meñique, que se habían quebrado por los golpes.
Cuando observaron que su vida corría peligro, la policía recurrió a un médico. Bravo nunca lo pudo ver. Cada vez que lo atendía le vendaban los ojos. Lo llamaban “el doctor Maciel”.
Después, una inyección le fue haciendo perder el conocimiento, aunque percibió que era trasladado en una camioneta a una casaquinta donde permaneció esposado en una cama. Allí también lo visitaba el “doctor Maciel”.
Poco a poco, se fue sintiendo mejor. El 13 de junio le trajeron un peluquero, lo afeitaron, le dieron las mismas ropas con las que había sido detenido —lavadas y planchadas— y lo retiraron del lugar.
Después de tres horas de viaje en auto entró en una comisaría. A la mañana siguiente fue obligado a declarar ante la Justicia bajo la acusación de “abuso de armas y resistencia a la autoridad”.
El testimonio de Bravo a la justicia era verosímil. El cuerpo médico de Tribunales constató fracturas en los dedos, hematomas, huellas de las inyecciones.
Pero, hasta ese momento, en el expediente había dos versiones contrapuestas: el informe de la policía y los dichos de Bravo.
Cinco días después, surgió la tercera versión: la del “doctor Maciel”, que eran en realidad el médico Alberto Caride, jefe de Traumatología del Hospital Ramos Mejía, ubicado en la calle Urquiza, frente de la Sección Especial.
Caride explicó a la Justicia que había sido contactado por teléfono por el oficial principal Amoresano en la madrugada del 18 de mayo de 1951. Lo pasaron a buscar por su casa. Ya había atendido en forma privada a pacientes detenidos en la Sección Especial. A uno de ellos le había amputado la pierna izquierda, otro había quedado estéril por los castigos, y también había tratado por una enfermedad de columna al gobernador bonaerense, coronel Domingo Mercante, entonces “lugarteniente” de Perón. Caride suponía que esa era la vinculación con el llamado. Pronto supo que no.
El comisario Lombilla lo recibió en su escritorio. Tenía a primera vista la foto en la que posaba con Perón, con una dedicatoria personal del Presidente. Le comentó que sus médicos estaban de vacaciones y necesitaba sus servicios. Sabía que él también preparaba las suyas. Lombilla le dio el pasaporte que había gestionado en la policía para viajar al exterior. Pero le explicó que iba a tener que suspenderlas. A uno de sus muchachos “se le había ido la mano” con un detenido y ahora quería dejarlo bajo su responsabilidad para que hiciera lo que pudiera. Pero si no fuera así, “mala suerte…”, le dijo.
Caride fue guiado por Lombilla por el interior de la Sección, empujaron una puerta de metal, entraron en una “cueva”. Había una figura postrada en la oscuridad que respiraba con dificultad. Estaba inconsciente. Tenía la cara deformada, el cráneo hundido. Le brotaba sangre de la boca.
—Este es el hombre —lo presentó Lombilla.
Caride se agachó para separarle los párpados, los hematomas se lo impedían. Cuando se paró para hablar con Lombilla se encontró cercado por hombres con pistolas al cinto. Advirtió que él también era un prisionero.
—Hay que darle agua —dijo el médico.
Lombilla se negó.
—Hablemos abajo –dijo.
La puerta metálica volvió a cerrarse con candado.
Fueron a la oficina del Archivo. Lombilla no quería muchos testigos. Estaba Amoresano y algún asistente más. Había muebles con centenares de prontuarios. El comisario le pidió una evaluación de lo que había visto.
—Tiene conmoción cerebral —dijo el médico.
—Puede ser. Le dimos tres horas de picana…
Lombilla le transmitió a Caride sus experiencias como torturador. Si la picana se aplica por mucho tiempo, los músculos se contraen y el detenido queda duro. La mandíbula es lo primero que se endurece. A menudo se ablanda con una buena trompada. Pero en el caso de este detenido, le explicó Lombilla, los golpes no resultaron.
Caride propuso internarlo en un sanatorio lo más rápido posible. Lombilla le explicó que podía atenderlo en la repartición.
—¿Cuánto tiempo se necesita para que se recomponga? —preguntó.
El médico no podía precisar si se recuperaría en forma completa
—Las conmociones cerebrales dejan huellas que son imposibles de predecir.
Si el diagnóstico era complicado, Lombilla comentó que podía hacer atropellar al detenido por un auto y que el problema se resolviera con un “accidente”. Podía ser un auto de la Sección Especial.
—Las denuncias van a la Dirección de Tráfico de la Policía y no tardan mucho en archivarse…
La hipótesis del “accidente” quedó flotando en el aire.
Lombilla también le explicó por qué no le daban agua al detenido. Después de las torturas, había que dejar pasar al menos cuarenta y ocho horas para que el sistema digestivo le permitiese tragar algo. Ni siquiera podía hacerlo por enema. Pero le admitió a Caride que tenía razón.
—…lo de la conmoción cerebral quizás haya sido porque lo agarramos de los pelos y le golpeamos la cabeza contra la mesa —dijo.
El arte de la tortura es no matar, explicó Lombilla. Es jugar siempre al límite para lograr la confesión, pero evitar que el detenido muera sobre la mesa.
La muerte era considerada un imprevisto en la Sección Especial.
Le había ocurrido una vez a Amoresano. Empezó a torcerle las muñecas a un detenido que continuaba sin hablar, o mejor dicho, sólo se quejaba. Ese día estaba con mucho trabajo y Amoresano perdió la paciencia. Le dio un golpe en el pecho y el corazón y se le plantó en el acto.
Lombilla se sonrió por la mala suerte de su ayudante.
Del Archivo fueron hacia un pequeño depósito de medicamentos. Lombilla dijo que tomara lo que le hiciera falta. No había mucho. Caride decidió ir a su consultorio de Riobamba 261 para retirar jeringas, suero, una sonda. Lo acompañó Amoresano.
Cuando regresó a la Sección Especial, el médico hizo las primeras curaciones al prisionero. Recomendó que le pusieran una bolsa de hielo para bajarle la fiebre y, en lo posible, que lo colocaran en una cama con un colchón, frazadas, almohada.
Lombilla lo invitó a tomar un café en su despacho. Se preocupaba por ser cortés con el médico. Le habló de Perón. Tenía buena relación con él. El General estaba apadrinando los estudios de su hijo como cadete del Colegio Militar.
Pasadas las seis de la mañana, lo dejaron ir. Quedó una guardia de policías vigilando su casa. A la tarde Caride fue a hacer visitas médicas acompañado por un oficial.
A la medianoche volvió a la Sección Especial para ver al detenido ilegal. Estaba tirado sobre un felpudo; no había hielo ni se había aplicado nada de lo que indicó. Un par de zapatos en la cabeza le servían de almohada. Todo el resto estaba igual.
Caride protestó ante Lombilla y el comisario le pidió que no se alterara. No tenía mucho margen para quejarse.
-Cualquier acusación que haga en nuestra contra sólo servirá para comprometerlo. Continúe con nosotros y en silencio. No tiene otra salida.
La Sección Especial era un “agujero negro” de la Policía Federal. Lombilla le explicó el funcionamiento. En teoría, su repartición dependía de la División de Investigaciones de la Policía Federal. Pero en la práctica era una repartición autónoma que reportaba a la División de Informaciones Políticas de la presidencia de la Nación, que dirigía el comandante de Gendarmería, general Guillermo Solveyra Casares.
En 1938, Solveyra Casares había creado y comandado el primer servicio de la inteligencia de la fuerza e internó a sus gendarmes, vestidos de paisanos, en los bosques del Territorio del Chaco para buscar información que ayudara a capturar a Segundo David Peralta, alias “Mate Cosido”, y otros bandoleros sociales que atormentaban, con asaltos y secuestros, a gerentes de compañías extranjeras y estancieros.
Solveyra Casares tenía su despacho contiguo al del presidente en la Casa Rosada y participaba en las reuniones de gabinete.
El hombre de “enlace administrativo” entre Balcarce 50 y Urquiza 556 era el subcomisario José González, que revestía como subjefe de Informaciones Políticas y también como subjefe de la Sección Especial, un escalón por debajo de Lombilla.
—Rendimos cuentas a Perón, no a la policía —explicó Lombilla, y prosiguió—. Desde el punto de vista legal, yo sé que podría ser condenado por mil casos… Ve aquella pila de papeles…
Caride se dio vuelta. Era una pila de carpetas de quince centímetros de altura.
—…son denuncias de los presos de la Sección Especial que se presentaron en la Justicia. Los jueces las envían de vuelta para acá y yo las archivo.
Había un procedimiento interno, de confianza mutua, entre Lombilla y los jueces. Funcionaba como una señal de alerta: si el magistrado decidía un allanamiento a su repartición, lo llamaban por teléfono, y sus subordinados realizaban el traslado interno de los detenidos a la Comisaría 8ª, y la Sección Especial se mantenía “limpia”.
Los días que siguieron, Caride continuó visitando a Bravo. Ya se alimentaba. El médico tenía la certeza de que no se moriría. Mientras tanto, en todo momento del día, lo acompañaba Amoresano.
Si visitaba a algún paciente en su casa, el oficial se acomodaba en la sala de espera. El policía había tomado confianza con el médico. En una oportunidad le mostró una polea de la sala de torturas que había traído del Paraguay para colgar de los tobillos a los opositores políticos, y un pequeño motor eléctrico, algunos rollos de alambre y una aguja de tortura que, atada al alambre, aplicaba sobre sus cuerpos.
Después Bravo fue trasladado y Caride comenzó a visitarlo a la quinta de Paso del Rey, en el Oeste. Bravo siguió sufriendo mareos pero se fue recomponiendo; tenía una fisonomía más presentable.
El 10 de junio le informaron que Bravo quedaría en libertad y ya no necesitarían sus servicios. Bravo tenía puesto un traje. Como le habían robado los zapatos que usaba el día de la detención, una comisión policial allanó su domicilio y trajo otro par para calzarlo.
Al día siguiente, Bravo ya estaba formalmente detenido en la Comisaría 45ª y listo para declarar ante la Justicia.
Pocos días después Caride relató el caso a los diputados radicales Silvano Santander y Miguel Ángel Zavala Ortiz, quienes acompañaron su presentación ante el juez. Su testimonio fue omitido por la prensa oficialista, que dejó de mencionar el caso.
Caride tuvo que exiliarse al Uruguay.
Lombilla y Amoresano fueron imputados por el delito de “privación ilegal de la libertad y lesiones”, pero dos años después, en 1953, fueron sobreseídos.

sábado, 8 de diciembre de 2018

HISTORIAS DE VIDA Y DE MUERTE,


La dramática y luminosa historia de Hélène, una "niña escondida" que sobrevivió al HolocaustoCuando tenía dos años, sus padres -judíos que huían del nazismo- la dejaron en manos de un matrimonio católico buscando salvarla del genocidio. Hélène Gutkowski, fue solo una entre los cientos de niños judíos que pudieron sobrevivir gracias a la solidaridad de familias anónimas. Su conmovedor testimonio, las heridas del "abandono" y los recuerdos de una infancia rota
Por Renee Kantor
Foto de Hélène a los 2 años en París pocos días antes de que la dejaran con la familia Bruno, la primera familia con la que vivió algo más de dos años
-Me cuesta sentirme una sobreviviente.
La frase, pronunciada con un inconfundible acento francés, la dice Hélène Gutkowski, nacida el 31 de enero de 1940 en París, cinco meses después de declarada la Segunda Guerra Mundial.
Dos años más tarde sus padres la entregaron a una familia católica y huyeron, junto a su hermano nueve años mayor, hacia la Zona Libre (territorio francés no ocupado por los nazis).
Los cuatro lograron sobrevivir en el corazón de un genocidio.
Hélène forma parte de la macabra estadística que indica que, en Europa, un millón y medio de niños judíos fueron asesinados y solo alrededor de cien mil se salvaron. Como Moisés abandonado sobre las aguas del Nilo, Hélène Gutkowski logró sobrevivir gracias a haber sido una «niña escondida».
-Hasta hace unos años – explica – no estuve interesada en mi historia. En Francia había conocido a quien sería mi esposo, hijo de una pareja polaca del mismo pueblo que mis padres que habían emigrado a Argentina. Llegué a Buenos Aires a los veintiún años para casarme, todas mis amigas judías del colegio al que había ido en París también habían sido "niñas escondidas", por lo tanto, lo que había vivido no me parecía nada extraordinario. Tuve a mis tres hijos, me recibí de socióloga. Recién comencé ocuparme de ésto en el '97, cuando supe que en Estados Unidos se iban a reunir niños escondidos del mundo entero. Pero no fui. Todavía me arrepiento de no haberlo hecho. Mis padres ya no estaban y, una vez terminada la guerra, mi hermano nunca más quiso hablar de lo vivido.
Decidida a terminar con ese silencio atronador, en el '97 creó la asociación "Los niños escondidos" donde se encontraban todos aquellos sobrevivientes establecidos en Argentina que habían sido niños salvados de la deportación por la generosidad de algunas familias y personas que los ayudaron a ocultarse durante la Ocupación alemana en Francia.
Hélène busca mantener viva la memoria de la Shoá
Hélène, cuyo compromiso por la memoria le valió que en 2017 la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires le otorgara un Diploma de Reconocimiento, recibe en el escritorio de su departamento ubicado en el primer piso de una torre con una espléndida vista a las Barrancas de Belgrano.
En el pueblo Villepinte con la señora Bruno
A pesar de una vida de excepción, evita la grandilocuencia. En su lugar de trabajo todo luce pulcro, austero. Hay una biblioteca con libros en francés sobre la Shoá, algunas fotos de sus seis nietos, una junto a su marido en el casamiento de una de sus hijas (tiene dos y un varón), y sobre la mesa destaca un libro: De la France occupée à la Pampa. Mémoires entrelacées de trente survivants juifs émigrés en Argentine (De la Francia ocupada a la Pampa. Memorias entrelazadas de treinta sobrevivientes judíos que emigraron a Argentina).
Este proyecto de escritura surgió cuando, en 2006, la Embajada de Francia informó que iba a realizar un homenaje a los judíos de Argentina que habían sobrevivido a la Shoá en Francia, hayan sido o no franceses.
El Agregado Cultural de la Embajada le pidió a Hélène que se encargara de la convocatoria. Ella logró ubicar a 45. Nacidos entre 1910 y 1942 se encuentran entre los últimos testigos en poder reconstruir, en primera persona, las condiciones en las que vivieron los judíos de Francia durante la Ocupación.
Hélène bautizó a este nuevo grupo "France…, douce France de notre enfance?" (Francia …¿dulce Francia de nuestra infancia?), título de una canción de Charles Trénet. "Francia es nuestro país y es también douce France en muchos aspectos, pero no siempre lo ha sido, por eso le agregamos los signos de interrogación", aclara con una sonrisa que es toda fina ironía.
Luego de la guerra, Hélène a la derecha de Henri Degremont durante una clase de gimnasia. Él era profesor de gimnasia y esgrima
En este primer volumen -habrá un segundo- figuran los testimonios de 9 sobrevivientes, de los 30 que aceptaron participar. Aunque recolectado y escrito por Hélène, este trabajo titánico fue una labor realizada en grupo.
Durante 10 años y una vez por mes, 30 sobrevivientes que esperaron 63 años para poder testimoniar, se reunían -aún lo hacen, pero más esporádicamente- en la casa de Hélène donde el recuerdo de uno ayudaba al otro a avanzar por ese territorio de memoria y dolor, a la vez que compartían su agradecimiento y admiración para con las personas que supieron no ser indiferentes.
Los padres y el hermano de Hélène Gutkowski nacieron en Polonia. Su padre, Joseph Goldsztajn llegó a París en 1936, donde abrió una carnicería. Dos años después, lo siguieron su mujer Liba junto a su pequeño hijo Henri, que entonces tenía nueve años. Pero la ciudad ya había comenzado a desplegar sus alas de pájaro oscuro y amenazador.
-Las redadas, a principios del '42, solo apuntaban a los hombres de entre 18 y 45 años. La edad en que se encuentran en buenas condiciones para trabajar. Entonces, cuando había rumores de que iba a haber alguna rafle (redada en francés), los que podían se escondían. Mi papá se ocultaba en Villepinte, un pueblo ubicado a 20 kilómetros de París, donde uno de sus amigos tenía una casita.
Hélène junto Jacques Bruno, hijo de la familia que la crió durante dos años
Hélène toma una foto donde se ve a su padre sentado en el patio de esa casa, y se muestra sobrecogida cuando recuerda que la vida en la capital francesa resultaba insostenible.
-Un día, vuelta la tranquilidad a París, mi madre tuvo el valor de llevarnos a mi hermano y a mí a reecontrarnos con mi padre en Villepinte y decidir cómo iba a seguir nuestra vida, ya que no se podía especular más con quedarse allí.
Pero fue la redada que se inició el 16 de julio de 1942, y que duró 48 horas, la que va a acelerarlo todo. La policía de París detuvo entonces a 13.152 judíos de la capital, de los cuales 4.115 eran niños. Todos permanecieron durante 6 días en el Velódromo de Invierno (Val d'Hiv).
Aquel día Joseph, su padre, se encontraba escondido en París ya que hasta entonces se pensaba que solo los hombres jóvenes y fuertes corrían el riesgo de ser detenidos. En cambio, su mujer Liba junto a sus dos hijos habían permanecido en el domicilio ¿Es que la policía golpeó a la puerta de su departamento y Liba no la abrió? Hélène no lo sabe con exactitud.
Una ley promulgada el 2 de junio de 1941 obligaba a todos los judíos a someterse a un censo que incluía sus nombres, dirección y datos laborales. Hélène crée que sus padres no se declararon como judíos y que esa fue, tal vez, la razón por la cual, el día de la redada, no golpearon ni tiraron la puerta abajo como sí lo hicieron con las otras ocho familias judías del inmueble.
-Lo que me hace pensar que no respondieron a aquel censo es que en mi casa nunca nadie habló de la estrella amarilla que, a partir de junio del '42, los judíos mayores de 6 años tenían la obligación de llevar sobre su pecho. Sólo sé que el día de la gran rafle, mi madre le dijo a mi hermano que me tapara la boca para evitar que gritara.
Aquella redada fue la toma de conciencia de que, a partir de entonces, debían abandonar París. "Había que esconderse", dice Hélène, "intentar el cruce a la Zona libre fue por lo que optaron mis padres".
Casa de la familia Degremont, en el pueblo Les Coudreaux, donde escondieron a sus padres y a su hermano y donde Hélène vivió luego de la guerra. En el techo se ve una lucarna que entonces no existía. Es el espacio en el que se refugió su familia
Los nazis habían ocupado el vasto territorio del norte de Francia que fue separado del resto del país por lo que se llamó línea de demarcación, que cruzaba Francia de este a oeste, descendiendo luego de norte a sur hasta empalmar con la frontera española.
–Pero había un problema, y ese problema era yo. Cruzar la línea de demarcación implicaba muchos riesgos. Cuando los alemanes tenían alguna duda le hacían bajar los pantalones a un chico o a un hombre para saber si era judío, si estaba circuncidado. Yo tenía dos años y medio, no tenía marca, mi hermano sí. Y bueno… -una sombra amarga se cruza en su cara – … decidieron hacer lo que muchos hicieron. Son 60 mil las familias judías francesas que optaron por dejar a sus hijos al cuidado de familias católicas, en general desconocidas
Durante la presentación de su libro, organizada por el Centro Franco Argentino en la Alianza Francesa de Buenos Aires, Hélène comenzó su relato de este modo: "Mis padres me abandonaron cuando tenía dos años".
-Cuando hablo de abandono -aclara- lo pongo entre comillas, esto es algo que aprendí gracias a mis compañeros del grupo. Sobre todo cuando conocí a Henri .
Se trata de Henri Pechtner, un sobreviviente de la rafle de Val d'Hiv, luego trasladado a un campo de detención junto a su madre. En su testimonio evoca el día en que su madre iba a ser deportada a Auschwitz y él se aferró a su pollera con tanta fuerza que sólo al cachetearlo logró alejarlo de ella y así salvarle la vida
-Pienso en la fuerza de voluntad de ciertos padres para desprenderse de sus hijos, incluso con un gesto terrible que les va a quedar marcado de por vida y sin posibilidad para esos padres de repararlo si no volvían.
Joseph y Liba buscaron una familia donde dejarla a ella de solo dos años y a su hermano Henri, de once. El lugar fue la casa de los Bruno, en Villepinte, el mismo pueblo en el que se había refugiado su padre. Su hermano solo se quedó con ellos unas semanas, hasta que sus padres, munidos de documentos falsos, volvieron a buscarlo. Hélène, en cambio, vivió allí hasta sus cuatro años.
El hermano de Hélène, Henri Goldsztajn, junto a sus padres cuando recién llegaron a Paris de Polonia en 1936
De sus días junto a la familia Bruno sólo conserva una huella gustativa : el sabor de la rutabaga (colinabo), un tubérculo que habitualmente se le da los cerdos pero que, durante la guerra, se utilizaba para alimentar a la población debido a la escasez de alimentos.
-Durante muchos años, cuando ya estaba viviendo aquí en Buenos Aires, si había tenido un disgusto o me sentía triste, percibía en el fondo de la garganta un gusto muy feo que sólo cuando pude hablarlo con mis compañeros del libro entendí que se trataba del sabor de la rutabaga.
Después de la redada de julio del '42, sus padres y su hermano llegaron a la línea de demarcación. Hélène sabe que atravesaron un río, hasta arribar al primer pueblo de la Zona libre: Pierre de Bresse.
-¿Conoció ese pueblo ?
-Estuve en septiembre por primera vez. Sé que atravesaron el río ayudados por un pasador de fronteras honesto que los acompañó en una barca. Vivieron allí dos años. También supe que mi padre trabajaba en las cosechas y que a veces volvía "con un vinito de más", según una de las pocas cosas que me contó mi hermano.
Hélène intenta reconstruir los detalles de la ruta infernal que debe haber atravesado su familia hasta reencontrarse con ella. Primero, el abandono salvador de la diminuta Hélène, luego, la huída a la zona libre donde permanecieron dos años y, por último, la vuelta a la zona ocupada donde fueron ocultados por una pareja sin hijos, Marie y Henri Dégremont, en la región parisina.
Hélène muestra una foto de una casa de estilo señorial, con techos de tejas, donde se distingue una lucarna que entonces no existía. En ese espacio, de una altura de no más de 80 centímetros, durmieron durante 5 meses sus padres y su hermano. En aquella casa vivieron ocultos hasta la liberación de París. Y desde allí fueron al encuentro de Hélène.
-Mis padres me contaron que cuando volvieron a París en agosto del '44, en el momento de la liberación de la capital, se encontraron con que yo al verlos había llorado a mares para no volver con ellos porque no los había reconocido. Entonces, decidieron que no era una buena idea volver todos juntos a París y se les ocurrió preguntarle a los Dégremont si se animaban a cuidarme hasta que ellos pudiesen recuperar sus bienes y comenzar a trabajar. Para mí fue otro abandono, pero fue también el comienzo de mi vida. Esta segunda casa fue mi casa, en la que viví hasta mis casi siete años. Los Dégremont fueron como mis primeros padres, yo sentí mucho cariño de parte de ellos. Un cariño que no había sentido por los Bruno.
1944, después de la guerra junto a Marie Degremont (la otra niña es una vecina del barrio)
¿Por qué haber hecho todo lo necesario para que la pareja Dégremont sea declarada Justos entre las Naciones (expresión que rinde honor a aquellas personas no judías que prestaron ayuda de manera altruista a las víctimas de la persecusión nazi), y no haber hecho lo mismo por la primera familia que la acogió ?
-Es sencillo. Yo sabía que los Dégremont eran personas dignas, buenas, con ideales. De la familia Bruno no estoy tan segura, tal vez porque era chiquita. Pero hay algo que me contó mi padre que juega en no juega a su favor. Un día, para venir a verme, él recorrió en bicicleta los 20 kilómetros que lo separaba de la casa de los Bruno. Fue la única vez que lo vi durante los dos años pasados con esta familia. Me encontró enferma, delante de la puerta, haciendo mis necesidades sobre un montículo de estiércol. Eso es algo que me dejó marcada. Me digo que si me dejaron hacer mis necesidades afuera mientras yo estaba enferma, esa gente no debía ser buena. Aunque también creo que si me trataban así es porque debía ser el modo de tratar a los chicos en aquella época. No lo sé.
Su hermano Henri, su padre Joseph Golsztajn y Hélène frente a la carnicería de su familia recuperada en 1947. La carnicería había sido apropiada como todos los comercios de los judíos
Cuando Hélène habla, la gramática francesa y castellana se entrelazan de una manera singular a la vez que enfatiza las consonantes de un modo casi violento. Pero es el único signo exterior de desmesura. De ella emana una fuerza contenida, como un animal en estado de caza. Esa misma intensidad, ese empecinamiento, la ubicó en una situación difícil con su hermano Henri.
-Siempre pensé que mi hermano se había llevado la mejor parte porque él había estado con mis padres, protegido, y que a mí me habían abandonado. Pero hoy siento que la verdadera víctima fue él. Nunca lo vi feliz .
Tanto sus padres como su hermano Henri vivieron siempre en París. A la distancia, Hélène trató de reconstruir ese pasado flotante entre el olvido y el recuerdo. Durante años le preguntó a su hermano : ¿Que fue lo que pasó? ¿Cómo sucedió todo ésto ? Y él, resoplaba : "Uyy ¡otra vez!", "¿Para qué te sirve la nostalgia", "¿Para qué querés saber?". Durante años, al final de cada conversación, Hélène se quedaba con la nada entra las manos.
Agosto 1944, luego de la liberación de Paris. Hélène, junto a sus padres (Joseph y Liba) y Marie Degremont, quien junto a su marido salvó y escondió a la familia de la escritora, y a los que ella considera sus padres
Tres años antes de que su hermano muriera, elaboró un cuestionario con preguntas como éstas: ¿En qué momento nuestros padres decidieron pasar a la Zona Libre ? ¿Cómo conocieron a la familia Bruno ? ¿Por qué eligieron el pueblo Pierre de Bresse ? Pero hubo una, arrasadora, agobiante: ¿Hubo otras familias judías, además de ustedes, escondidas en el suburbio donde fueron acogidos por los Dégremont?
-Henri me contestó que sí, que había unas familias judías escondidas en distintas casas y que, pocos días antes de la liberación, hubo una denuncia y todas ellas fueron arrestadas y deportadas. Que la única familia que se salvó fue la nuestra. Esta fue la última respuesta que me dio mi hermano y la que le hizo gritar a través del teléfono: "¡Basta! ¡No puedo más, me duele demasiado!".
Al día siguiente, Henri salió a la calle, llovía, se resbaló, se golpeó la cabeza y lo internaron. Ya nunca más volvió a su casa. Tres años después murió.
-No sé si mis preguntas fueron las que desencadenaron eso, pero tal vez aceleraron el desenlace. Creo que mi hermano debe haber vivido siempre con la mente en lo que había atravesado. Yo tenía dos, tres, cuatro años, debo haber sufrido la separación de mis padres. Pero él era un adolescente y se debía hacer preguntas más existenciales, de adultos. Quizás se preguntaba qué pasaba con el mundo que les querían hacer daño, que los querían aniquilar.
Eso ¿qué pasaba? ¿Qué pasó?