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martes, 7 de septiembre de 2021

LA PÁGINA DEL LIC. MIGUEL ESPECHE


Tras los dichos de Tolosa Paz. Qué esconden las guarangadas de los políticos
Qué lectura hacer de los insultos y las malas palabras que se han vuelto comunes en la actual campaña electorial

Miguel Espeche


Victoria Tolosa Paz saltó a la agenda pública esta semana por dichos de connotación sexual

¡Qué linda palabra es la palabra guarangada! Es maravillosa y de las más elocuentes para expresar un estado de cosas con el que convivimos en nuestra cotidianidad social y política.
Que sepamos, guarangada no es una palabra muy usada en los textos psicológicos y sin dudas es algo antigua, propia de una generación en retirada. Sin embargo, bien vale su uso silvestre para estos tiempos en los que se compite por sacar de la cancha a todo aquello que tenga algún atisbo de sutileza, nobleza u hondura a la hora de hablar de las cosas humanas.
Si la vida fuera una carrera de tan solo 100 metros, la guarangada ganaría la carrera. El tema es que no lo es, y, pasados esos primeros metros hacen falta otras formas de expresión que honren la inteligencia que supimos conseguir a lo largo de la evolución.
En estos días se suman guarangadas en el discurso público. En nombre de lo visceral y supuestamente auténtico lo que se hace, en definitiva, es simplemente decir lo que surja “desde las entrañas” con tal de generar algún impacto en una población abrumada.
En todo caso el secreto está en no afincarse en esa dimensión y entender que la contracara del “guaranguismo” no es la pasteurización robótica de las palabras ni las melifluas sutilezas del mero espíritu, sino un andar por la vida que no le teme a lo visceral pero no lo toma como un fin en sí mismo. Es que una cosa es haberse embarrado por correr la cancha y otra es quedarse en ese barro a vivir, revolcándose allí como si fuera la única alternativa.
Cuando en Psicoanálisis se habla de sublimar el instinto no se lo hace con el fin de eliminar su poder vital sino de agregarle valor ofreciéndole un horizonte. Si una candidata habla de manera arrabalera de la actividad sexual de su militancia, el desagrado no pasa por el hecho de que se refiera a la sexualidad (¿quién se asusta de la sexualidad en estos días?) sino por el hecho de que pareciera que no surge en ese discurso un contrapunto fecundo entre esa expresión y algunos horizontes que vayan más allá del sexualismo farrista como programa de gobierno.
Lo mismo pasa con otros candidatos que guarangamente golpean la mesa insultando con la obscenidad discursiva como plataforma electoral, o simplemente patoteando con ostentación de testosterona a falta de mejores aportes. Si es por guaranguería, la hay de colores varios y son más una marca cultural que patrimonio de una actividad en particular, por más que en este tiempo electoral se note mucho esa guaranguería en el plano de la política.
No se aconseja pretender utópicamente cambiar este estado de cosas, sino apuntar a que este estado de cosas no cambie a quienes aún confían en un horizonte de vida ajeno a la guarangada. No hay que luchar contra ella, solo pasarle por el costado, cultivando lo mejor de nosotros, dejando que, a palabras necias, los oídos sean sordos.

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jueves, 29 de julio de 2021

LA PÁGINA DEL LIC. MIGUEL ESPECHE



Educación sexual y polémica. ¿Dónde posicionarnos?

Miguel Espeche



No nos adentraremos en la polémica acerca de si estuvo bien o no comprar los famosos penes de madera para enseñar a los chicos a colocar preservativos. Cuando hay mucha pelea, la inteligencia es reemplazada por consignas que generan confusión, aun en temas delicados e íntimos como la sexualidad humana.
Dejemos entonces esa coyuntura de lado y hablemos de educación sexual, pero en un sentido más amplio que el de la literalidad genitalista que anda por allí. Educar se educa siempre. El problema es cuando se educa mal. Por ejemplo: hablar de cigüeñas y de pecados a ser castigados con el Fuego Eterno era una forma de educar cuyos frutos, a ojos vista, fueron muy malos. En su momento se reprimió no solamente la sexualidad sino la vitalidad que en ella existe. Quizás que el erotismo esté asociado tantas veces con la idea de dominar al otro o de “romper con las estructuras” sea consecuencia de aquella educación distorsionada, que anuló la alianza entre el placer y la intimidad afectiva en el terreno erótico.
Claro que hoy en día también hay otras formas de enseñar mal la sexualidad que la tornan mecánica, reactiva y banal, como si la literalidad le ganara al intangible que habita en todo erotismo.
La intimidad, ese delicado contacto con el interior afectivo propio y del otro, es la gran ausente en muchos (aunque no todos) de los nuevos abordajes discursivos sobre las relaciones sexuales. De hecho, los cuerpos así concebidos son cuerpos blindados que no por estar desnudos están abiertos a la emocionalidad y la entrega que tanto influyen en la calidad de los encuentros.
Ni hablar de la educación sexual ideologizada. El derecho a la sexualidad, sea cual sea la forma que la misma tenga, es el inicio de la historia, no su final. Usemos un ejemplo literario: todos tenemos el derecho a escribir, pero ese derecho no es garantía de una escritura buena, fecunda o inteligente. Lo mismo pasa con la sexualidad: el saber de derechos y cuidados, así como el conocimiento anatómico, es esencial, pero la educación merece ir más allá de eso e incorporar la emocionalidad, el respeto y el arte del compartir con el otro.
En ese sentido y como ejemplo de lo anterior, creo que el pudor merece ser valorado como virtud, y no solamente como signo de una personalidad reprimida. Es bueno ser pudoroso. Es una forma de custodiar a la intimidad. Bien visto, es un signo de libertad: uno se muestra a quien quiere mostrarse y custodia la intimidad afectiva del asunto.
A fin de cuentas, la sexualidad tiene mucho más de arte que de técnica o de puja ideológica, algo que conviene tener en cuenta a la hora de educar a los más jóvenes y ayudarlos a honrar su posibilidad erótica, sin cargar estereotipos que los aprisionen.

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martes, 18 de mayo de 2021

LA PÁGINA DEL LIC. MIGUEL ESPECHE


Apuntes sobre la terapia online


Miguel Espeche

Ya ha pasado tiempo, y la tarea de los psicólogos y otros profesionales de la salud mental, realizada a través de las plataformas online, se ha afirmado como práctica de trabajo, demostrando una notable eficacia, tal vez mayor a la pensada en los inicios de la pandemia.
La repentina llegada de Zoom, Meet y otras aplicaciones que posibilitan los encuentros en tiempos de cuarentena generó muy diversos escenarios emocionales. De hecho, hay pacientes y profesionales que extrañan mucho la presencialidad y maldicen las pantallas, y otros que, al contrario, no imaginan volver a viajar hacia el consultorio para llegar a una terapia a la que, con solo encender la computadora, pueden acceder sin embotellamientos de tránsito ni problemas de horario.
Con el tiempo se irá viendo cuánto la pandemia ha modificado de manera permanente las prácticas de salud mental. En el hoy, sesiones psiquiátricas o psicoterapéuticas individuales, así como encuentros grupales de psicoterapia o de autoayuda, que antes requerían presencia física, se hacen en gran número y con un alto grado de emocionalidad e intimidad aun siendo vía online. Obviamente hay casos agudos que requieren presencialidad, pero son muchos aquellos que hoy en día no ven dicho formato como imprescindible.
Otro elemento notable de la virtualidad es la posibilidad de atención a personas que viven en otras provincias o países, al punto que muchos argentinos que viven en el exterior y apelan a la psicoterapia por internet, buscando profesionales que hablen su idioma y entiendan ciertas características culturales que ayuden a sentir una cercanía emocional que la distancia suele dificultar.
No puede dejarse de lado un detalle importante: no todas las personas tienen un lugar cómodo y razonablemente íntimo como para sentarse y hablar de su vida sin que otros escuchen y eventualmente interrumpan. A veces las sesiones se hacen con pacientes sentados en sus autos, estacionados en la calle o en alguna playa de centro comercial, hablando desde allí con una comodidad que no encuentran en sus casas u oficinas. Algunos profesionales pueden ser muy críticos con esta alternativa, si bien, como se sabe, la capacidad adaptativa mucho tiene que ver con la salud de la mente. Y en esos casos dicha adaptabilidad utilizada con buen criterio puede posibilitar lo que, de otra forma, sería imposible de llevar adelante.
Si hay algo a lo que obligan las crisis es a la sana flexibilidad para sobrevivir. Por eso, en lo que concierne a la salud psíquica, las buenas prácticas son las posibles. No tanto por sus formas, sino porque usando los medios que estén a la mano se puede continuar generando red de humanidad –aunque sea con pantallas y micrófonos a través de los cuales transite la palabra–, ese puente hacia los otros y hacia nosotros mismos al que nunca es bueno renunciar.

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domingo, 18 de abril de 2021

LA PÁGINA DEL LIC. MIGUEL ESPECHE


La vida puede ser bella, incluso en pandemia

Miguel Espeche


Muchos recordarán aquel film de Roberto Benigni llamado “La vida es bella” en el cual se cuenta la historia de un padre que, preso junto a su hijo en un campo de concentración nazi, iba generando para ese hijo un muy especial relato, “embelleciendo” los sucesos para evitar que la desazón y el horror se apoderaran del chiquito.
Existieron controversias acerca de la intención del filme. No faltaron aquellos que manifestaban que el mismo tendía a diluir y hasta negar el espanto de los campos de exterminio, pero esas críticas no impidieron que la película recibiera un Oscar y se transformara en el ejemplo al que se acude cuando aparece una cuestión que nos atañe desde siempre: el valor de la interpretación de los hechos y el dilema acerca de la importancia o no de la “verdad” fáctica, cuando aquel que la recibe no está en condiciones de eludir sus efectos
Mucho se dice acerca del valor del sesgo con el cual vemos la realidad, y cuánto de dicho sesgo genera esa misma realidad. Digamos que hoy, en plena pandemia de Covid, nuestra capacidad de transitar los infortunios mucho tiene que ver con cómo nos contamos la historia.
¿Cuánto de la forma de contar lo que nos pasa influye para bien o para mal en nuestra capacidad de transitar los tiempos duros? La respuesta es simple: mucho. Los mismos hechos, sin ser soslayados, pueden ser relatados de diversas maneras, y es importante saberlo para no sumar, a los infortunios de la pandemia, los de la claudicación o el quebranto anímico.
El problema es que las cosas vienen todas juntas, no separadas. En el filme de Benigni, por ejemplo, junto al horror nazi había una historia de amor de un padre y su hijo. Nadie negaba el espanto, pero se podía elegir también percibir lo que el amor puede hacer en condiciones extremas.
 Lo notable es que algo de esa mirada “mentirosa” generó una capacidad anímica absolutamente real en el chico, que lo ayudó a sobrevivir de una forma que no hubiera sido posible si entraba en pánico. Si no se exagera del recurso, saber señalar aspectos “bellos” de las cosas que pasan, aun en tiempos de “garrón”, hace bien.
 De hecho, no es más realista un relato realizado con tono claudicante, apocalíptico o resentido que otro hecho con tono valiente y plantado. Como suele decirse en estos casos: no es solamente lo que la pandemia nos hace, sino lo que nosotros hacemos en la pandemia. Y cuando decimos “hacemos” no nos referimos solamente a un hacer en términos de hechos, sino que apuntamos a la actitud.
Desde que el ser humano empezó a dibujar en las paredes de las grutas, la realidad apabullante nos influye. Pero desde allí surge la capacidad de ver lo fecundo aun en tierra árida y es ese mundo, tanto como el de los duros hechos, el que marcó desde siempre el destino de las personas y de las comunidades, sobre todo, en épocas de dificultad.


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martes, 6 de abril de 2021

LA PÁGINA DEL LIC. MIGUEL ESPECHE


El eterno miedo a enloquecer

Miguel Espeche



La frase “tengo miedo de enloquecer” aparece de manera recurrente casi siempre que hay dificultades graves, como es el caso de una pandemia larga y eterna, con cuarentena incluida. Emerge cuando sentimos que los límites de lo que somos y de lo que podemos afrontar se desbordan y dejamos de ser lo que éramos, por causas que van desde una cuarentena larguísima como decíamos antes, hasta escenarios trágicos, penosos o simplemente abrumadores, como cuando el mundo (el externo, pero también el interior) parece caerse o explotar sin que podamos manejarlo.
Para no confundir: aclaremos que al hablar aquí de locura lo hacemos en términos coloquiales, no ligados estrictamente a lo que indican los manuales de psicopatología. “Volverse loco” es, en el lenguaje del día a día, varias cosas diferentes no necesariamente patológicas, que implican la sensación de desbordarse anímicamente, tener pensamientos supuestamente incoherentes, sentir que la mente queda atrapada en un torbellino ajeno a toda “lógica” o, simplemente, no reconocernos en ciertas conductas o estados de ánimo que nos desorganizan y presionan de manera superlativa.
La idealización de la salud habla de ser coherentes, dueños de nosotros mismos, equilibrados… Pero eso se cae cuando algo viene a perturbar las cosas y todo se desorganiza y se va de cauce. Las versiones de la “locura” a la que nos referimos es variada y todas ellas tienen en común el hecho de que no nos reconocemos en ella y, al no ser algo que podamos dominar o controlar, nos genera miedo.
Es habitual que las personas crean que su salud mental depende de alcanzar el equilibrio (una cualidad quizás un tanto sobrevalorada) cuando, en verdad, dicha salud tiene una estrecha relación con el saber conducir, en red con otros, los desequilibrios que la vida nos propone. Gestionar esos desequilibrios con sabiduría es más eficaz para la salud que el logro de equilibrios inmóviles, en los que impere la simetría de suma cero, la previsibilidad y un orden alcanzado a través de la dominación y control de las variables de la existencia.
Somos más cuerdos cuando no le tenemos tanto miedo a la locura. Y también, en esa línea, somos más cuerdos cuando la cordura no es vista como un mero corral dentro del cual estamos controlados y apretados, sino como un espacio al que, como una playa, podemos volver después de haber incursionado mar adentro, nadando hacia ese mundo anímico que existe más allá de lo controlado y conocido.
Cuando tenemos miedo a enloquecer en general nos estamos sintiendo solos, como exiliados que hablan un idioma que nadie de los “normales” entiende. Por eso, muchos que se sienten “locos”, ridículos o peligrosos por causa de los sentimientos y pensamientos que aparecen en ciertas situaciones apuntan a controlarlos o eliminarlos sin darles un mínimo tiempo y lugar, obviando el hecho de que siempre tienen algún mensaje al que hay que prestar atención sin asustarse tanto.
El control de las conductas es positivo en casos extremos, como la violencia, por ejemplo. Pero no basta con controlar, sino que sirve también acompañar ese sentir dándole un lugar, sabiendo que una mirada generosa ante los estados emocionales “locos”, puede hacer de “playa” para que el nadar “mar adentro”, no sea visto como peligroso.
Si la locura tiene que ver con una suerte de exilio respecto del mundo de los “normales”, el hecho de que todos sepamos hablar el idioma de la angustia pandémica alivia mucho. El penar compartido que suele “enloquecernos” a veces es infernal, pero también habilita a que podamos ser solidarios con la locura ajena y la propia, sabiendo que el problema de esa “locura” no es derivado de que nos adentremos en el mar de nuestras emociones, sino del hecho de que no sabemos volver, salvo cuando hay otros que nos ayudan haciendo de playa, para que no nos hundamos por nadar demasiado lejos.

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miércoles, 24 de marzo de 2021

LA PÁGINA DEL LIC. MIGUEL ESPECHE


“Quiero ser famoso”: el cielo pagano que anhelan habitar los adolescentes


Miguel Espeche El autor es psicólogo y psicoterapeuta @Miguelespeche



La fama siempre ha sido tentadora al punto que, desde tiempos inmemoriales, el reconocimiento ajeno y el éxtasis de ver multiplicada al infinito la propia imagen, ha motivado gran parte de las conductas humanas. A veces la anhelada fama viene como fruto de una labor determinada, otras, es un fin en sí mismo.
Banalidad, egos desbocados, industria, zoncera o todo eso junto forma parte de la materia prima de ese “famosismo” que forja parte de nuestra cultura. Hasta acá, nada demasiado nuevo bajo el sol: nos sentamos en la tribuna y, vaya paradoja, miramos a los famosos para criticarlos, comentar sus particularidades y renegar de su existencia, sin por ello dejar de sentir en ocasiones que forman parte de una suerte de Olimpo en el que viven, glamorosos ellos, ajenos a la prosaica vida de los “normales”.
Pero de repente esa realidad de pantalla cambia de escenario y se muda a la propia casa. Esto es así cuando el hijo o la hija, que inician su pubertad, se descuelgan con la frase inesperada: “Quiero ser famoso/quiero ser famosa”, dejando sin palabras a sus padres.
Tiktok, Instagram, Youtube… o tal vez la estelaridad futbolera o la ensoñación de ser una nueva Tini, no importa, chicas y chicos traducen en sueños propios el mundo que se les ofrece y dicen, sin filtros y en plena mesa familiar, que la fama es su objetivo en la vida.
Ocurre bastante más de lo que podríamos pensar en un principio, y si bien los grandes son los que empezaron con esa adicción a los likes ajenos, los chicos también nadan en el mismo mar y desean emular a los personajes a los que admiran. Recordemos que la adolescencia es una edad en la que los chicos y chicas van buscando personas y personajes que reemplacen, en parte, aquel brillo modelador que otrora tenían los padres cuando eran idealizados, en la reciente infancia.
Cada tanto algunos chicos y chicas logran destacarse en las redes, o algunos no tan- chiquitos se transforman en ídolos y se ubican en el lugar de ejemplo y de pedagogos (de calidad diversa) acerca de cómo mirar la vida. Son esos famosos: youtubers, tiktokers, instagrammers, los que se transforman en la Meca de los jovencitos que se deslumbran con la idea de convocar, por la gracia de un toque mágico y poca elaboración previa, la mirada deslumbrada de aquellos que los idolatrarán tanto como ellos idolatran a esos famosos a los que siguen.
Siempre han pasado cosas parecidas, como con los músicos y los actores y actrices que habitaban la primera juventud de los que hoy son padres. Para bien o para mal, la fama es una suerte de cielo pagano al que aspiran aquellos que desean dejar de lado, total o parcialmente, su frágil condición terrenal.
La idealización de la fama no está tan mal, pero sí es bastante negativo el hecho de quedarse “atascado” en ese ideal y no poder “volver” de ese ensueño. Los psicólogos siempre hacen referencia a aquella frase de Freud que hablaba de “su majestad el bebé” en alusión al glamour que tiene todo chiquito que convoca con su brillo las miradas arrobadas de los adultos circundantes. Nada hay más parecido a un Rockstar o un famoso youtuber que un chiquito rodeado de gente que lo alaba y festeja de manera “embobada”.
La tarea de los padres más sensatos será la de ayudar a que esa eventual fama deseada por sus hijos, si es tan importante, sea producto de algún nivel de tarea personal, como la de “a maryt raba jar” (freud dixit), dejand ola exageración mágica de lado.
Solo allí, si vienen los flashes, los seguidores y las rojas alfombras, la fama se disfrutará de verdad, y no quemará, a los portadores de la misma, en la hoguera de la vanidad.
Youtubers, tiktokers e instagrammers se transforman en la Meca de los jóvenes

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miércoles, 24 de febrero de 2021

LA PÁGINA DEL LIC. MIGUEL ESPECHE


Cuando el varón es el que sufre violencia en la pareja


Miguel Espeche
Las imágenes, como todas las que muestran los últimos instantes de la vida de una persona, son muy duras. La mano alza un puñal y, en una centésima de segundo, clava el arma en el pecho de quien, con sorpresa, mira su herida y se da cuenta de que va a morir en instantes.
Él 22 años, ella 24; tenían un hijito en común, aunque no convivían. La discusión se dio en la vereda del barrio y fue filmada por una cámara de vigilancia. Iban y venían, crispados en su plática, diciéndose vaya a saber qué cosas horribles, hasta ese segundo, el del puñal, que dio por terminado el pleito de manera atroz.
Por el crimen está detenida Nadia Navarro, quien fue la que clavó el cuchillo que traía consigo en el corazón de Alejo Oroño, su exnovio y, ahora, fallecido padre del chiquito.
Los testimonios indican que él habitualmente sufría golpizas y, como suele suceder en este tipo de casos, temía denunciar a Nadia por vergüenza. A su vez, hay versiones de que no le habían tomado alguna denuncia que sí se animó a hacer porque, justamente, era varón y eso quitaba entidad a la cuestión.
La Justicia determinará en definitiva lo que pasó, pero viene al caso el acontecimiento para señalar un tema que, no por menos numeroso que el de los femicidios, deja de ser importante y merece ser tenido en cuenta: la violencia física y psíquica vivida por varones en el vínculo de pareja.
Dentro del mar de muertes de mujeres en manos de sus parejas, entre las que hoy trágicamente se destaca el horror sublevante del crimen que segó la vida de Úrsula Bahillo, el asesinato de Alejo Oroño se pierde y, posiblemente, de no haber sido filmado su trascendencia no sería tanta.
Sin embargo, este tipo de violencia existe, y su abordaje se complica cuando se decodifica la situación desde una óptica limitada por sesgos ideológicos y políticos, que ven bandos en pugna y no personas atrapadas en su laberinto y a las que es importante poder ayudar de distintas formas, entre ellas, la acción de la Justicia.
Dejando de lado, justamente, el automatismo ideológico, vale entender que pecados y virtudes humanas no son patrimonio exclusivo de un género, y que pueden ocurrir situaciones dolorosas, dramáticas o delictivas que tengan mujeres o varones como protagonistas.
Justamente en ese sentido, y dada la menor cantidad de casos como el vivido por Alejo Oroño comparado con los femicidios que ocurren a diario, es importante ofrecer un lugar a los varones que sufren violencia en sus vínculos de pareja, quienes no solamente no tienen prensa y una conciencia social que les dé cabida, sino que siguen siendo el hazmerreír del barrio en muchos casos, al punto de que suelen esconder su situación impidiendo que se los ayude a salir de la misma.
Imaginemos a un hombre entrando a una comisaría para denunciar la violencia de su pareja. O los amigos de quien, en su vida conyugal, sufre vejaciones o situaciones que no sabe subsanar y que lo tienen atrapado. Difícil imaginar que se lo respete y se lo ayude a salir de la situación sin que tenga que pasar por el estigma de ser un “flojo”. No hay demasiados lugares, ni conceptuales ni institucionales, para ese tipo de casos.
Allí es donde es importante apuntar a una evolución acerca de lo que significa la hombría, ya que es una mirada estereotipada de la misma lo que torna doblemente difícil a los varones salir a mostrar sus golpes, sus claudicaciones o dolores para ser ayudados sin miradas mordaces o burlonas. La trampa que significa la confusión entre la genuina firmeza, por un lado, y la dureza blindada de “macho alfa”, por el otro, hace estragos.
Recordemos que toda persona que viva una situación en la que esté siendo degradada por un trato agresivo recurrente merece tener un lugar de respeto para, desde allí, poder sanar su circunstancia. Porque la violencia es violencia, y hay que sacarla del juego, sea quien sea quien la ejerza.

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miércoles, 10 de febrero de 2021

LA PÁGINA DEL LIC. MIGUEL ESPECHE


Animales que son mascotas: cómo evitar sobrecargarlos emocionalmente

Miguel Espeche
Los animales que viven su vida como mascotas siempre han tenido una importancia superlativa dentro del universo de los humanos. Esa vitalidad que suelen transmitir y el acompañamiento que eso significa agrega afecto y espontaneidad a las personas que, de esa forma, sienten abrirse un espacio singular dentro de su universo de relación.
A los chicos, por ejemplo, les hace bien tener cerca animales que acompañen el desarrollo de su crecimiento. Les facilita el contacto con esa naturaleza que la vida moderna mezquina, sobre todo, en las grandes urbes. Los animales terminan formando parte de los afectos de los más chicos, con una intimidad y transparencia distinta a la que se tiene con los humanos. La cercanía y “vibración” despojada de palabras que se logra con los “bichos”, ayuda a los chicos en su desarrollo y sensibilidad, al punto que, se sabe, algunas mascotas suelen ser tenidas como útiles instrumentos para acompañar en situaciones postraumáticas o para desarrollar la afectividad en casos en los que hay dificultad en ese campo.
En muchos casos el hecho de vivir sus días siendo mascotas ha sido una tragedia para algunos animales, más allá del “clásico” trato violento que tan naturalizado estuvo antaño. En el otro polo de la mencionada violencia explícita, muchas mascotas, despojadas de su animalidad en nombre del amor, han tenido que transitar un calvario a partir de un trato “humanizante” que no les hace bien ya que no condice con los que son. Vestimentas alejadas de su naturaleza, trato asfixiante, ausencia de naturaleza a su alrededor… En esos casos los pobres animales han tenido que ser depositarios de los extraños designios de aquellos humanos que los usan para volcar en ellos un mundo emocional complicado, sin tener en cuenta la condición del receptor.
A veces las cosas son menos dramáticas y se logra una buena ecuación entre la condición animal y la humana, con réditos para ambas partes. Más allá de la necesaria domesticación de base, es bueno convivir con perros que son perros y gatos que son gatos, pero que, gracias a un trato razonable y generoso por parte de sus dueños, se integran dentro del paisaje de los humanos sin perder su condición. No llevan la sobrecarga de asumir excentricidades de sus poseedores y acompañan así, alegremente, la vida diaria en una feliz reciprocidad. No son tratados como si fueran de cristal, o sometidos a estilos de cuidado que les impiden de manera absoluta desplegarse con su fuerza y la energía de su animalidad.
Todos sabemos que los animales no son hijos de sus dueños, sino sus mascotas. Sin embargo, a veces en el vínculo dueño/mascota ocurren situaciones que, para bien o para mal, son parecidas a las que viven muchos padres en relación a sus hijos. 
En tal sentido, y más allá del hecho de que abundan aquellos que no notan la diferencia entre un hijo y una mascota, la sobrecarga emocional sobre los animales no hace bien, así como tampoco lo hace cuando eso ocurre con los hijos.
Los animales no son objetos, si bien tampoco son personas. La crueldad de tratarlos como cosas no se compensa con el hecho de tratarlos como los humanos que tampoco son. Si ahondamos, nos daremos cuenta que nos vinculamos con ellos a partir de los mismos valores con los que nos tratamos a nosotros mismos. Así fue siempre, y así seguirá siendo. Por tal razón, seguramente nos sigamos acompañando recíprocamente mascotas y humanos, tal como ocurre hace milenios, en una alianza de mutuo beneficio, apuntando a no sacrificarlos, pobres, en el altar de nuestras propias mezquindades.

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jueves, 28 de enero de 2021

LA PÁGINA DEL LIC. MIGUEL ESPECHE


¿Se viene el Apocalipsis?



Miguel Espeche
El autor es psicólogo y psicoterapeuta


Algún día va a llegar. Desde hace ya rato lo vienen anunciando, pero, por lo visto, no llega y acá estamos todavía. El Apocalipsis, de eso hablamos, parece estar a la vuelta de la esquina, y no solamente desde el arribo del Covid-19, sino desde mucho antes.
No haremos demasiada historia al respecto, pero bien sabemos que aquello del Final de los Tiempos nos acompaña… desde el Principio de los Tiempos. Pero para no irnos demasiado lejos,digamos que,como ejemplo, la inminencia de la Tercera Guerra Mundial, en formato nuclear, fue pan cotidiano de las generaciones que siguieron a la sangrienta contienda que terminó con Hiroshima y Nagasaki, allá por el 45. No puede haber sido inocuo para aquellas generaciones el criarse con la idea de que se venía el final, y que nuestra vida podía esfumarse con tan solo un botón rojo que se apretara.
El tema es que, mientras esperamos la llegada de ese día final, vamos haciéndonos demasiada mala sangre. Y, peor aún, hay como una suerte de industria del Apocalipsis, sabido que el mismo convoca atención y genera una ansiedad fuerte, de esas que no nos hacen bien y nos van debilitando (más allá de que acrecienta el rating de The Walking Dead y series similares).
Con el fin de “verla venir”, toda mención a una amenaza definitiva convoca atención. Es un mecanismo atávico y útil desde antes que dicha atención se manipulara. Ejemplo de esto es la moda periodística de titular en términos apocalípticos las noticias de lo que “podría pasar si…”, para, luego de describir cosas horribles que potencialmente podrían ocurrir, al final del texto (y luego que se cliqueó con angustia la noticia), manifestar que eso que se describe es improbable que suceda.
Tal el caso de la noticia de aquel meteorito que, según medios considerados serios, se nos caería encima en un día y hora determinados. Pero no, no era tan así y, al final del texto, sabíamos que el elemento en cuestión ni era tan grande ni pasaba tan cerca de la Tierra como decía el título del artículo. Una “microangustia” más en el día, que se suma a decenas que el psiquismo tiene que filtrar diariamente para no entrar en pánico (no en vano el ataque de pánico es una dolencia de la época).
La similitud de lo descripto hasta acá con lo que pasa con la información del Covid-19 se hace obvia. Ver o leer las noticias en los diferentes medios es, en términos psicológicos, un viaje por el tren fantasma, lleno de sustos y amenazas en tiempo potencial en cada noticia de cosas que no sucedieron pero podrían suceder. La información seria y ponderada se mezcla con un torbellino de noticias confusas y temibles, ofrecidas sin orden ni ponderación de sus efectos en términos de salud mental pública.
Ya sabemos que el miedo es una industria y que, por ejemplo, la vida feliz ocurre más en la tanda publicitaria que en los programas, series y noticieros de la pantalla. La sensación de estar ante la inminencia de algo terrible suele generar, a la larga, más daño que ese “algo” amenazante, tal como aquel cuento en el que la Muerte anunció que iría a una ciudad a matar a mil, pero, tras su paso, fueron diez mil los fallecidos. Al cuestionársele a la Muerte esa diferencia entre lo ocurrido y lo anunciado, ella dijo “Vine a matar a mil, los otros nueve mil murieron de miedo”. No por conocido el relato deja de ser significativoeilustradorrespectodel daño que genera el temor que, como goteo constante, genera el anuncio del Apocalipsis inminente.
Algún día será. De eso no hay dudas. Pero lo aconsejable es que sea ese día, y chau. Mientras tanto, cuidarse de lo que es posible cuidarse, vivir con ganas y ponerle amor a la cuestión. No mucho más que eso. Que, si llega el Tiempo Final, nos encuentre viviendo, y no aterrados solo tratando de no morir.
Ver las noticias del Covid, en términos psi, es un viaje por el tren fantasma

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miércoles, 13 de enero de 2021

LA PÁGINA DEL LIC. MIGUEL ESPECHE


Antitips para encarar el 2021

Miguel Espeche
Ya pasó el final de año y van quedando atrás saludos y miles de frases luminosas y sapienciales que agobiaron los celulares y demás pantallas, más allá de que vinieran con la intención de manifestar afecto y ayudarnos a despedir el año de la mejor forma.
Los consejos acerca de cómo encarar el futuro, que se sumaron a la despedida del 2020, tuvieron también impacto disímil en muchos, al punto de que no fueron pocos aquellos que, abrumados por tanta sabiduría, racionaron la ingesta de consejos para no sucumbir bajo una avalancha de textos iluminados.
Digamos que, si usted fue prudente y sabio en este final de año, no habrá hecho balances, ni se habrá propuesto metas de esas que están condenadas al fracaso ya desde antes de ser pronunciadas. Quizás haya agradecido haber llegado a celebrar el final del año, o, tal vez, dedicó sus afanes findeañeros a maldecir al 2020, pidiéndole que no retorne más por aquí. Cada uno hizo lo que pudo a la hora de decirle adiós a un año inolvidable.
No importa demasiado en realidad cómo fue el adiós. Acá queremos pensar un poco sobre la forma de otear el horizonte para ver cómo seguir la vida tras un Año Nuevo tan especial, sin desfallecer antes de jugar el partido, dadas las exigencias y expectativas que, aun con buenas intenciones, nos imponemos o dejamos imponer.
Como dicen los mapas para turistas que en alguna plaza pretenden orientar al recién llegado: "usted está aquí", siendo que la flecha señala el espacio que ocupa su cuerpo y mente en el mundo en el que le toca vivir. El inicio del año quizás sirva para discernir al respecto. Seguramente no importe tanto saber cómo llegó a ese lugar, sino aceptar las coordenadas y, a partir de ellas, vivir lo que haya que vivir.
Algunos manifiestan que, en ese momento de final de ciclo que es el Año Nuevo, al mirar el "mapa" de la propia vida hay que proponerse "perseguir los sueños", lo que es, sin dudas, un trabajo exigido que genera mucha ansiedad. No está bueno eso de andar persiguiendo aquello que puede ser rápido y escurridizo como suelen ser los sueños fugitivos, y cifrar la propia felicidad en el hecho de alcanzar aquello que persiste en escapar genera estrés de sólo imaginarlo.
También dicen que, en el tiempo por venir, hay que proponerse brillar, ser "la mejor versión de uno mismo", tomar conciencia de que "el Cielo es el límite" y que no hay que aceptar un "no" por respuesta en lo que concierne a los deseos que se tienen. Solo enumerar todas estas frases puede generar un gran cansancio de antemano. Demasiada exigencia para el pobre 2021 que todavía ni empezó.
En realidad, la idea que proponemos no apunta tanto a menoscabar esa exagerada proliferación de imperativos para ser tenaces, valientes, perseverantes y mejores personas para alcanzar las metas en un año que empieza, sino, bajando un cambio, apelar a una condición un poco más sosegada, para mirar el horizonte con serenidad e ir definiendo cómo nos vamos a ir relacionando con él.
Decíamos que a los sueños no conviene perseguirlos, sino mejor, primero soñarlos y, luego, llevarlos en el corazón para que ofrezcan un referente y una fuente de sentido. Es lindo entender que a los sueños ya los tenemos dentro nuestro (no hay que salir a atraparlos), y que la vida es, en todo caso, el arte de irlos desplegando, con paciencia y ductilidad, a lo largo del tiempo.
Por eso, ante ese 2021 recién nacido, lleno de incertezas, mejor tomarse las cosas con calma y hacer lo que se vaya pudiendo, que no es poco. "Estamos acá", diría el mapa de nuestra vida, algo que hay que agradecer porque peor sería no estar. A partir de eso, vamos viendo, sin correr tras nada, sabiendo que en nosotros está lo esencial, y que lo demás, aunque cueste o duela, vendrá por añadidura.

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viernes, 1 de enero de 2021

LA PÁGINA DEL LIC. MIGUEL ESPECHE


El adiós a 2020. Pasajeros del año del coronavirus



Miguel Espeche

Es como haber vivido varios años en uno, y eso que aún no terminó. Así sigue sintiéndose 2020, año de cifra redonda, como para enfatizar su carácter de inolvidable. Tanto es así que, si hay algo en lo que la grieta no existe, es en la convicción unánime de que el año que está terminando será de esos que marcarán la historia, la personal y la del mundo, por muchísimo tiempo.
La textura emocional con la que las personas vivieron y viven la pandemia tiene millones de versiones, tantas como gente hay en el mundo. De oficinistas de Singapur a granjeros en Arkansas, pasando por taxistas de Madrid, mineros de Sudáfrica y, por supuesto, el abanico de argentinidades existentes, sin excepción las personas fueron marcadas de una u otra forma por el virus, que generó un día a día en clave surrealista.
Las emociones de estos meses recorrieron el azoramiento, el miedo, el coraje, la desazón, la angustia, la incertidumbre y, en particular, la profunda resignificación de la trama de afectos y referencias culturales para sostener la propia existencia en tiempos críticos.
 Fernando Gutierrez
Todo lo vivido este año está demasiado fresco como para un análisis hecho con perspectiva. Por otra parte, cualquiera que pretenda analizar el universo subjetivo suscitado por el Covid-19 será, a la vez, observador y parte del universo estudiado, dado que, como partícipe de un hecho universal, estará inexorablemente hablando también de sí mismo a la hora del análisis. Sin embargo, nada impide la reflexión y abordar, con algunas pinceladas, las circunstancias y sentimientos que habitaron y aun habitan la dimensión anímica de los pasajeros del año del coronavirus.
Al evocar aquel ahora lejano marzo del año que estamos despidiendo, podemos recordar la sensación de incredulidad cuando aparecían los primeros barbijos y, también, la lisérgica idea de estar protagonizando una película apocalíptica, con calles desiertas, autos quietos y, sobre todo, un atronador silencio, que habitaba aquella cuarentena primigenia en la que el virus recién se asomaba.
El abanico emocional se iba ampliando a medida que el tiempo pasaba y los hechos se sucedían. El miedo ante los relatos sobre el contagio y las medidas de prevención se sumaba a la información confusa acerca de raros murciélagos chinos, todo agravado hasta extremos impensados por la angustia de ver las fuentes de trabajo amenazadas o directamente destruidas de un minuto al otro, y en medio de una modificación sustantiva de las formas de relacionamiento social y familiar impuesta por el aislamiento.
La vida cotidiana, más allá de las ventanas que significaron desde un principio las pantallas, empezó a tallarse casi exclusivamente dentro de las paredes de la propia casa, la misma casa que antes solamente se habitaba por las noches o los fines de semana.
 Los rostros de los familiares convivientes, quienes antes se veían entre sí al volver del trabajo o los sábados y domingos, ahora empezaron a ser parte del paisaje visual mañana, tarde y noche, con lo bueno y lo malo que eso implicó, porque trajo tanto una profundización o un enriquecimiento de las relaciones como un desgaste de los vínculos.
Podemos afirmar que la cuarentena no rompió por sí misma nada a nivel de los vínculos, sino que puso presión en las relaciones que estaban previamente débiles o resquebrajadas. Anticipó quebrantos, agudizó conflictos preexistentes hasta el paroxismo, pero también, por otro lado, transparentó las virtudes en relaciones que, antes, venían "livianitas", pero supieron encontrar trascendencia en la emergencia.
Ayuda de los nietos
Por supuesto, Internet pronto se volvió omnipresente. Eso no resultó una novedad para algunos, pero sí lo fue para una enorme cantidad de personas que no la usaban tan asiduamente. Abrió un campo de gran complejidad, pero cumplió con creces la función de bote salvavidas de una vida familiar, social y laboral torpedeada por la cuarentena.
 Victoria Gesualdi
En ese orden de cosas, uno de los capítulos más conmovedores vividos por esos días fue el papel de los nietos e hijos en la enseñanza del manejo del celular, el WhatsApp, el Zoom y el Meet a sus abuelos o padres mayores, algo que (si bien mucha gente estuvo y sigue estando aislada por no tener los medios necesarios para establecer el contacto remoto) no puede desdeñarse como experiencia significativa en miles, quizás millones de casos. Ese fenómeno intergeneracional lleno de afecto fue relevante. En muchos casos resultó salvador. Fue una de las vivencias positivas que se dieron en medio del desquicio suscitado por una crisis sanitaria de dimensiones inéditas que llegó sin aviso y sin que estuviéramos preparados.
Por otra parte, y en otra pincelada respecto del devenir anímico de este año que estamos a punto de despedir, digamos que en los primeros meses los psicólogos, cuya labor quedó limitada a lo virtual con más que aceptables resultados, fueron muy requeridos en los medios, empresas y espacios educativos para que se explayaran acerca de un territorio que antes parecía tan solo un apéndice suntuario de la vida de "producción de bienes y servicios": el de las emociones.
"Licenciado, ¿qué debemos hacer con nuestras emociones de miedo, angustia e incertidumbre?". La pregunta era recurrente. Es que el hecho de estar quietos en nuestra casa, bombardeados por las noticias alarmantes de la expansión de los contagios y la presión de una economía que se caía a pedazos, despertó la conciencia acerca de la importancia del universo anímico, inclusive en lo referente a la generación de virtudes tales como la valentía, la paciencia, el temple, la generosidad, el orden y la esperanza como elementos de una resiliencia imprescindible para no sucumbir y seguir adelante.
En la vida de relación emergieron elementos que antes eran vistos como secundarios o simplemente pintorescos, como por ejemplo los relatos de abuelos y bisabuelos sobrevivientes de tiempos difíciles, que formaban parte de la tradición oral de cada familia. También fueron rescatados textos con historias de vida en contextos de desventura: guerras, pandemias, hambrunas. Esas experiencias pretéritas de superación de grandes obstáculos dejaban de ser piezas de museo para tomar vida y convertirse en punto de referencia que indicaba el alcance de la propia valentía y la capacidad para hacer frente a los infortunios.
Si los abuelos o antepasados habían podido atravesar tantos sinsabores, y siendo que ellos están o estaban hechos de la misma madera que las hoy víctimas de la pandemia, se descubrió la utilidad de abrevar en su ejemplo y su bravura para, identificación mediante, saberse fuertes ante el peligro. Esto ayudó mucho a diluir miedos ante una situación amenazante y extraña.
Anibal Greco
La zona oscura
El amanecer angustiado tras una noche de insomnio o plagada de extraños sueños, la sensación asfixiante de encierro, el miedo a no poder reencontrarse o abrazar nunca más a los seres queridos, la culpa por haberle dicho algo "feo" la última vez que se vio a quien ahora está internado por el virus, el culpógeno "odio" a quienes se ama que surge causa de alguna pelea o discusión en buena medida fruto de la extendida convivencia en el encierro. La zona oscura del sentir apareció durante todos estos meses. Todos esos signos de sufrimiento psicológico no son patológicos de por sí, pero asustan a quienes los viven. Durante este año, muchos han manifestado que experimentaban un sentir raro, a veces onírico o irreal, al punto de que el miedo a la locura ha sido recurrente en muchas personas a lo largo de los meses de la cuarentena.
Sabemos que no es necesariamente una patología la angustia que surge de una situación de crisis. Tampoco lo es el miedo ante una amenaza, o la rabia ante una circunstancia que conecta con la impotencia o la necesidad de defensa. Es verdad que la dificultad de establecer los lazos de contacto y comunicación con la familia y los amigos empeoró el estado anímico de gran parte de la población. Tanto, que los servicios de salud mental debieron trabajar a destajo para complementar el sostén emocional comunitario que, en cuarentena, es mucho más difícil de conseguir.
Pero, a la vez, una manera de ver parte de lo ocurrido desde una perspectiva fecunda y no solo victimista habilita a señalar, como elementos positivos, el reencuentro que muchísimos experimentaron con genuinas prioridades de vida que estaban adormecidas, la revalorización de vínculos de afecto antes descuidados o que se daban por sentado, y el despertar de una cierta humildad ante el devenir imprevisible de la vida, que, ahora lo sabemos mejor que antes, hace lo que le place y no lo que los seres humanos quieren.
Seguir, como sea
Mucho se ha hablado de resiliencia en este contexto crítico. El término remite a la capacidad humana de sostenerse en la adversidad más terrible. Alude a factores de todo tipo, desde lo afectivo hasta lo genético, pasando por las variables comunitarias, espirituales o de la salud física. Y permite entender algo de esa capacidad a veces asombrosa que tenemos los humanos para atravesar los momentos más duros.
Sin embargo, el término resiliencia debe ser usado con cuidado. Es una palabra útil y válida para quien está "en la tribuna" analizando una situación traumática vivida por otros, pero no le sirve a quien la está experimentando sin anestesia en su vida diaria. A quien está despidiendo a un ser querido fallecido desde su casa, ante la imposibilidad de ir al cementerio; a quien está tosiendo con fiebre y aislado por el virus; a quien acaba de perder su trabajo. A todos ellos no les importa si son o no resilientes, simplemente quieren que todo pase lo antes posible mientras maldicen su circunstancia presente y hacen lo que pueden por mantenerse a flote.
Más allá de eso, la resiliencia existe y goza de buena salud como tal. Con esto decimos que lo duro de la situación no se discute, así como tampoco el hecho de que, ante las más duras circunstancias, muchos (personas y comunidades) encuentran las maneras de seguir, aun en medio de las heridas y las pérdidas.
De hecho, casi todos los problemas que aparecen van siendo compensados de una forma que, si bien no impide el daño, sí lo atempera. Cada uno puede encontrar ejemplos de esto en su propia experiencia. Nadie hubiera imaginado este escenario allá por enero del 2020. El solo hecho de estar presentes en el hoy significa que se consiguió compensar en alguna medida lo que se haya dañado por la aparición de la peste, y eso será, en un futuro, algo que podrá esgrimirse con cierto orgullo al evocar "el año de la pandemia".
Final abierto
Decíamos que 2020 ha sido un año largo y eterno que, a la vez, pasó en un instante. Desde lo psicológico y anímico, el año que estamos despidiendo fue contradictorio y estuvo habitado por emociones y vivencias que cada cual irá elaborando con el tiempo. Ojalá pudiéramos decir que con su cierre, y con la llegada de 2021, todo irá mejorando. No podemos asegurarlo, más allá de que el avance en relación a las vacunas ofrece un panorama más auspicioso.
De cualquier forma, en términos de historia humana, la pandemia de Covid-19 fue y es una marca más para una especie, la nuestra, que no ha tenido regalados sus días desde su lejano origen. A cada generación le tocan sus dificultades. Por eso, es posible imaginar que en el futuro habrá alguna sobremesa familiar en la que algún anciano, protagonista y testigo hoy joven de este año inédito, contará sus peripecias durante el paso del coronavirus.
Podemos imaginar que ese anciano relatará su experiencia con el orgullo de quien pudo sortear obstáculos y peligros, tanto los externos como los que surgen de sus miedos y flaquezas, para continuar el camino. Los nietos escucharán al principio absortos para, con el tiempo, entrar en un estado de somnolencia por lo mucho que se contó la misma historia una y otra vez. Así somos los humanos: a veces los tesoros más útiles están en el relato de sobremesa de un anciano que hizo lo suyo para atravesar las aguas difíciles y posibilitar que la historia siga.
El deseo es que podamos complementar la aridez de este 2020 y de, quizá, parte de 2021, con el sueño de participar de una futura sobremesa como la descripta, en la que con orgullo se cuente a los más jóvenes lo vivido en aquel año, el de la cuarentena, en la que todo fue muy pero muy difícil, pero, aun así, se atravesó el desierto, para que ese futuro hoy imaginado sea posible.

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lunes, 14 de diciembre de 2020

LA PÁGINA DEL LIC. MIGUEL ESPECHE




Apuntes sobre el valor del arrepentimiento

Miguel Espeche

Todos nos hemos arrepentido alguna vez. De forma pública o de manera íntima hemos sentido que hubiera sido mejor no haber hecho lo que hicimos, lamentando con profundidad protagonizar hechos, decisiones, actitudes o expresiones que, a la luz de nuestra actual conciencia, encontramos muy negativos.
El arrepentimiento se hace mucho más complejo cuando hubo daño a otros. Ese tipo de situaciones, más allá de la instancia judicial que pudiera traer aparejada, nos sumerge en el muy intrincado tema del perdón, la reparación y la liberación moral y psíquica de las faltas cometidas.
La experiencia del arrepentimiento se da en el corazón de las personas, si bien tiene una expresión pública. Cuando alguien manifiesta estar arrepentido de algo, fijamos la vista en sus ojos, agudizamos nuestros sentidos para entender si es solamente una declaración para evitar las consecuencias de la falta cometida o si en el corazón del arrepentido se da ese fenómeno redentor que libera y sana la situación, pasando la misma a otro plano.
Un ejemplo de todo esto es el de aquellos tuits violentísimos de algunos jugadores de los Pumas, escritos a sus 18 años, y por los que hoy los deportistas dicen estar profundamente arrepentidos, según lo que manifiestan de forma pública o a través de mensajes privados luego divulgados.
No profundizaremos en el uso político de esos tuits, manejo que tiene la intención desvirtuada de acrecentar odios y obturar caminos de sanación, algo muy propio de la llamada "cultura de la cancelación". Por el contrario, la idea aquí es despojarnos de ese entorno nocivo que mentirosamente adjudica la capacidad de agravio a solo un deporte o clase social, para reflexionar acerca de lo que significa arrepentirse y, entre otras cosas, entender por qué y para qué se cometió aquella falta, saliendo del simplismo del "fue un error" y nada más.
Es sabido que uno de los elementos para entender lo auténtico de un arrepentimiento es el sostenimiento en el tiempo de una actitud congruente con lo manifestado en el pedido de perdón, inclusive con algunos actos reparatorios genuinos que devuelvan el equilibrio y permitan entender el real motivo de aquellas manifestaciones.
Es que ofensas como las de los tuits hablan más de aquellos que los escribieron que de las "mucamas", los "bolivianos", los "negros" y de Claribel Medina, por caso, grupos o personas que fueron objetos de los agravios.
De hecho, particularmente conmovedora es la grandeza con la que trató el tema la actriz portorriqueña, en especial luego de recibir un texto (con apariencia genuina) de parte del rugbier Santiago Socino, pidiéndole disculpas. Sin condescendencia alguna, pero con generosidad de espíritu, supo perdonar al jugador porque le creyó, demostrando que es el muchacho el que tiene que entender qué le pasaba con su violencia, y no ella la que tiene que defenderse de afirmaciones que nada tienen que ver con su persona.


Sabemos que desde el bowling para derribar personas en la 9 de Julio (con camión incluido) de Dady Brieva, hasta la licencia para insultar y despreciar que parece haberse erigido como moneda de cambio en nuestro país (nuestros representantes políticos nos muestran eso cada día) lo dicho por los chicos allá en 2012 es solo parte de un mal social. Por un lado, es claro que los jovencitos que escribieron aquellas barbaridades no estaban bien y eso habrá que resolverlo de raíz en ellos y, sobre todo, en aquellos que en el presente estén en igual tesitura. A la vez, es importante decir que los deportistas deben hacerse cargo de lo suyo, pero no ser sacrificados en la pira de la hipocresía social, poniendo sobre sus hombros algo que los involucra pero va mucho más allá de ellos. Los rugbiers deberán vérselas con sus propios pecados, pero sería injusto que sean chivos expiatorios de un mal cultural, el afán de despreciar violentamente al prójimo, que como sociedad ojalá sanemos lo antes posible.

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miércoles, 18 de noviembre de 2020

LA PÁGINA DEL LIC. MIGUEL ESPECHE


Saber perder (y aprender a tolerar la frustración)



Miguel Espeche El autor es psicólogo y psicoterapeuta @Miguelespeche


A veces perdemos, y punto. Se compitió, se hizo lo posible, se perdió en la contienda y… hay que bancársela. Se puede perder jugando a la bolita o también en una guerra, de manera trágica. Sea de la manera que sea, la derrota llega alguna vez y habrá que aceptarla con alguna hidalguía. De hecho, la hidalguía es la victoria del derrotado.
Ganar o perder tienen un elemento en común: son hijos de la competencia, es decir, de la disputa por la preeminencia de uno sobre otro. En contextos no competitivos la idea de perder no es tan dura. Nuestra sociedad no es la primera ni será la última de las que se la pasan compitiendo como si fuera esa la única manera de mensurar la valía de algo. Verla competencia como elemento que decreta que seamos o no viables convierte en pesadilla la derrota, ya que en ella va también asociada una suerte de desaparición humillante, que por cierto no ayuda para nada a que vivamos las cosas con alguna salud.
Pero tampoco hay que sobrecargar las cosas contra la competencia. Cuando se canaliza a través de juegos y acciones con reglas claras, y se usa a modo de sublimación de la violencia, la competencia es importante y hasta positiva, siempre que, por supuesto, se sepa ganar y, sobre todo, perder.
Saber perder es ser valiente para asumir la frustración, sin ver en la misma algo tan espantoso . La vida nos va entrenando a aceptar contornos y establecer una suerte de concordia entre el deseo de la mente y la realidad de la situación de la que formamos parte. Se trata de la famosa “tolerancia a la frustración”, la que podemos o no entrenar a lo largo de nuestra evolución.

Muchos dicen, con razón, que la generalizada idea de los padres actuales de no frustrar a los hijos por miedo a herirlos es sumamente nociva. Dicen también que podemos esperar futuras generaciones con mucha gente que no sabe perder, limitarse y bancarse traspiés, así como tampoco aceptan alguna autoridad que no sea la del propio deseo, al que denominan “derecho” aunque muchas veces ese deseo poco tenga que ver con un derecho inalienable. Ese futuro augurado por los pronosticadores sociológicos posiblemente se cumpla, pero debemos decir que no hace falta esperar tanto para verlo en vivo y en directo. Es que parte de lo señalado existe y es dolorosamente presente hoy en día, algo perceptible cuando vemos algunas conductas sociales o individuales que indican capricho disfrazado de otra cosa. Los antaño denominados “malcriados”, por ejemplo, siempre han existido, y su característica fue y es la de considerar una ofensa del universo cualquier limite que se les imponga, inclusive el límite de la ley o la de “los hechos”. Aquellos que no saben perder suelen creer que la causa de su derrota es que se les jugó sucio o fueron víctimas de un complot cósmico que atentó contra la prevalencia de su aspiración.
El que no sabe perder quiere “ser la ley”, no tanto jugar dentro de las premisas de la misma. Por eso suele llevarse la pelota cuando pierde, impone la fuerza física, se victimiza y se habilita a muchas cosas (a veces dañinas) para evitar aceptar que hay un “otro” más fuerte, intenso, legítimo o genuino que él, y que su lugar no está en la punta de la tabla de posiciones, sino más abajo.
Lo habitual es que aquel que no sabe perder tampoco sabe ganar. El mal ganador “se la cree” y por eso es insufrible también.
Derrotas y victorias son caras de una misma moneda. Nadie es un “perdedor” o un “ganador”. Todos ganamos o perdemos, pero eso no nos identifica sino que define el destino de algo que hicimos, no lo que somos. Recordarlo serena los espíritus, y ofrece la posibilidad de la hidalguía cuando la derrota llega, y también de grandeza cuando la victoria se haga presente, como suele ser, por un rato, nunca para siempre. ●
No frustrar a los hijos por miedo a herirlos es muy nocivo


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miércoles, 4 de noviembre de 2020

LA PÁGINA DEL LIC. MIGUEL ESPECHE


Las penurias que derivan del "síndrome de Babel"

Miguel Espeche

Conversar ya no es lo que era. Ahora es mucho más difícil. Ocurre que diferir en la perspectiva acerca de algún tema abre las puertas del infierno y nos sumerge en la pesadilla de la discusión eterna.
Algunos lo llaman "el síndrome de Babel", siendo un fenómeno que no sabe de fronteras y se extiende por todo el globo. No solamente es la política o la religión, sino que los ámbitos más íntimos, como la familia, la pareja o las amistades, caen contagiados por ese virus que transforma todo intercambio en batalla. Como si la torre de nuestra sociedad racionalista hubiese llegado demasiado alto y los idiomas y los sentidos de las palabras se hubieran multiplicado, sin que los traductores den abasto para generar puentes de entendimiento y concordia.
Mínimas conversaciones entran en una secuencia en la que incluso los no beligerantes se ven atrapados. Los intercambios van derivando hacia una competencia por la verdad, la razón, la naturaleza de lo "obvio" y el monopolio del sentido común que, de común, va teniendo menos cada vez. El que sabe ver percibe la angustia que opera bajo esas polémicas sin fin, con una violencia creciente, fruto del extrañamiento y el miedo que emerge de la situación.
Ahora bien: ¿qué hacer cuando no se desea entrar en esta Babel agobiante? ¿Cómo evitar que los vínculos terminen siendo un campo de combate habitado por quienes no quieren ser soldados, pero se ven llevados a la batalla por los "dispositivos discursivos" que tienen incorporados?
 Cuando esas batallas se dan en los mencionados ámbitos de la familia, la pareja o los amigos, el daño es particularmente profundo y doloroso, y bien vale encontrar la vuelta para no entrar en escalada.
Los años de práctica, así como algunas investigaciones sobre la naturaleza de los vínculos, nos están mostrando que la tendencia a la discusión decrece cuando se prioriza la dimensión afectiva por sobre las ideas y argumentaciones.
Identificar y comunicar un estado de ánimo no suele ser fácil, al punto de que en ocasiones parece ser más sencillo discutir acerca de la importancia (o no) del rol del Estado, la idea de lo que la pareja debiera hacer o no hacer, o de las ventajas o desatinos del lenguaje inclusivo, que identificar y blanquear un sentimiento propio o priorizar el vínculo por sobre el discurso argumental.
Claro, tengamos en cuenta que para lograr aunque más no sea un rudimento de lo antedicho se debe renunciar a algo que es sobrevalorado en nuestra cultura: el tener razón, como si en la razón habitara la verdad de lo que está ocurriendo. Y "lo que está ocurriendo" no es el "tema" acerca del que se habla, sino lo que sucede en y entre los interlocutores. Eso que pasa es siempre algo de naturaleza afectiva cuando la situación se da entre gente que se conoce y tiene cercanía. Pueden estar compitiendo, poniéndose a prueba, intentando no sentir humillación o sacar ventaja, buscando mantener un lugar determinado o socavando el lugar de alguien. todo esto (y tanto más) disfrazado del "tema" acerca del que se habla, abundando en razones y más razones.
Es un desafío a la honestidad y conciencia de cada persona discernir aquello que va por debajo del asunto acerca del cual se está polemizando.
La propuesta no es fácil. Son muchas las generaciones que buscan la "razón" de los argumentos por sobre la verdad que subyace en la esfera anímica del intercambio. Pero cuando se entiende dicha esfera subyacente, la concordia tiene más posibilidades de hacer lo suyo, sabiendo que "concordia" apunta, desde su etimología, a la unión de los corazones y no tanto a la puja de los "cerebros", que parecen cuerdos, pero terminan enloqueciendo a los que quedan presos de tantas argumentaciones, llevándolos a batallas infinitas y desoladoras que desangran toda relación.


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martes, 20 de octubre de 2020

LA PÁGINA DEL LIC. MIGUEL ESPECHE


El Aleph en la palma de la mano

Miguel Espeche
 El autor es psicólogo y psicoterapeuta @Miguelespeche


En la escalera que daba al sótano de la casa de la calle Garay, en el ángulo del decimonoveno escalón, estaba el Aleph, aquel hueco de dos o tres centímetros a través del cual se veía, en un instante, todo lo que existía en el universo. A oscuras en aquel subsuelo, recostado sobre la vieja escalera, Borges, personaje y a la vez autor del cuento El Aleph al que acá nos referimos, miraba por la fulgurante hendidura escondida en un lugar impensado, asomándose, extasiado, a esa dimensión inefable que trasciende la secuencialidad de las palabras.
“Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta (…)” , el relato del cuento de Borges continúa con un listado infinito, que abarcaba desde enormes espacios y lugares, hasta detalles irrisorios del mundo y de la historia.
El cuento es clásico, y lo es no solamente por a la maestría del escritor, sino porque toca de lleno un anhelo que acompaña al ser humano desde sus primeras épocas. Se trata de la posibilidad de saberlo y verlo todo, sin las limitaciones del tiempo y del espacio, aspirando a ser un poco (o mucho) como un dios que conoce todo lo que existe.
Aquella aspiración de abarcar en un punto todo lo que forma parte de lo existente, hoy, en parte, se cumple celular mediante. Esa pequeña maravilla de la innovación, de pocos centímetros y gramos, da la impresión de ser la casa del cosmos entero, un Aleph tecnológico que hoy nos hipnotiza y acompaña a todos lados.
Los cuerpos están donde están, pero los ojos se posan en esa pantalla que permite estar visualizando otros lugares, propiciando la vivencia de que la “pura mirada”, que recibe y ofrece información dentro de ese rectangulito, fuera suficiente para vivir. El éxtasis de preguntarle a Google cualquier cosa que se nos ocurra y encontrar respuesta inmediata es fruto de milenios de historia e inteligencia, pero también transparenta la fragilidad de aquel que, refugiado en el poder de lo virtual, oculta su dificultad en la dura encarnadura del día a día. De hecho, los psicólogos se las están viendo con las dificultades de las nuevas generaciones, a las que les cuesta soportar las frustraciones de la espera y del acceso a ciertas experiencias que, para desplegarse, requieren más de sabiduría que de datos.
Tras el metejón con esa vivencia omnipotente de verlo todo en un aparatito, se empieza a extrañar no saber tanto. De nada sirve verlo todo si no tenemos cómo transformar lo visto y conocido en algo que nos permita vivir más armónicamente.
Aquella casa de la calle Garay terminó siendo demolida, cuenta Borges en su texto. La escalera se perdió y con ella el Aleph del caso.
Quedaron solamente los ecos de lo visto, un atisbo de eternidad que los testigos solamente pudieron evocar en términos de balbuceo.
Lo mismo pasa con esa pantalla que nos permite mirarlo todo, saberlo todo, comunicarnos con todos y matar las distancias a fuerza de bites. Nos abren a vislumbrar la grandeza de tantas cosas y a tomar contactos impensados con seres queridos y lejanos, pero vale recordar que somos los que somos cuando el celular se apaga y tomamos contacto con nuestro alrededor y con nuestro interior.
Es que, para sentir alegría, no hace falta saberlo todo ni conocerlo todo. Con vivir bien lo propio en sana relación con los otros, la vida vale lo suyo. Por eso, paso a paso, con o sin pantallas, la vida se juega en el llano. Vale recordarlo para vivir mejor y más a medida de lo que somos, porque el peso del universo nos excede y, más que darnos poder, nos abruma, cuando nos confundimos y nos la creemos demasiado.
De nada sirve verlo todo si no tenemos como transformar lo visto y conocido