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martes, 10 de enero de 2023

LA VIDA BUENA


Trascender. La vida y la muerte son inevitables

Sergio Sinay
Trascender
Nadie muere mientras sea recordado, mientras su nombre se siga pronunciando. Ese ejercicio de la memoria crea un puente entre la Tierra de los Vivos y la Tierra de los Muertos. Esta es la lección que recoge Miguel Rivera, habitante del imaginario poblado mexicano de Santa Cecilia, a los 12 años. Recibe esta enseñanza en el Día de los Muertos, cuando en su afán de ser cantor y participar en un concurso de música a realizarse en la plaza del pueblo, toma del mausoleo de Ernesto de la Cruz (su ídolo, un célebre cantante ya fallecido) la guitarra de éste y, apenas comienza a rasgar las cuerdas, es misteriosa y mágicamente transportado a la Tierra de Los Muertos, en donde se encontrará con seres fundamentales de su árbol genealógico. Esta es parte esencial del rico y sólido argumento de Coco (2017), película de animación de la productora Pixar, escrita y dirigida por Adrián Molina y Lee Unkrich, una inspirada y bella meditación sobre la relación indestructible entre la vida y la muerte, polaridad que habitualmente se pretende destruir negando a una de sus partes. ¿Pero qué valor tendría la vida sin la existencia de la muerte?
Esta pregunta cruza Por una muerte apropiada, libro en el que Marc Antoni Broggi, cirujano y presidente del Comité de Bioética de Cataluña, reflexiona sobre un tema que lo compromete desde hace largos años. “Si morir es inevitable, morir mal no debería serlo”, dice Broggi a la entrevistadora Eva Millet, de la revista Cuerpomente. Morir bien requiere preparación, y esta es imposible si se huye de la idea por todas puertas posibles (generalmente puertas artificiales y sin salida). El gran Mark Twain (1835-1910), padre de personajes entrañables, como Tom Sawyer y Huckleberry Finn avisaba: “El miedo a la muerte se debe al miedo a la vida. Quien vive plenamente está preparado para morir en cualquier momento”.
Broggi agrega que “la muerte no es un tema agradable; preferimos vivir de espaldas a ella. Y aunque no pensar demasiado en ella es sano, también lo es hacerlo cuando se necesita”. ¿Y cuándo se necesita? Siempre. Somos finitos en el tiempo, y esa finitud hace valiosa a la vida. Sin embargo, tanto la medicina como la tecnología se empeñan más y más en prolongarla a cualquier costo, incluidos el sinsentido y sumir a las personas en la indignidad. “Tanto se puede hoy prolongar la vida que podemos llevar al enfermo a una situación que él mismo no querría”, advierte Broggi. “Los profesionales se han educado más para luchar contra la enfermedad que para ayudar al enfermo, dice, y no se trata de luchar contra la enfermedad siempre, sino de ayudar al enfermo y saber cuándo parar”. La lucha contra la muerte que convierte al moribundo en campo de batalla denuncia en todos los combatientes su propio miedo a la finitud. Un miedo lógico, acepta Broggi, pero el modo de afrontarlo no es escapar, sino aproximarse a él. Un buen morir, señala, es aquel que acepta con humildad la existencia de un final, que evita el dolor inútil (tanto físico como psíquico), que acepta la voluntad del muriente, no lo somete a situaciones que no querría y, sobre todo, el que incluye compasión y empatía. Tenemos derecho a dejar en claro de antemano a qué no queremos ser sometidos, ni aun en nombre de la ciencia. A que el pánico de los otros, a que su rechazo a la idea de la muerte, no se convierta, en nombre del cariño, en nuestro sufrimiento. También a pedir que se nos siga nombrando y recordando, para mantener el puente mágico que recorrió el entrañable Miguel Rivera, el niño cantor de la película Coco. “Tan inevitable como morir es la vida que queda hasta ese momento”, reflexiona Broggi. “Y, aunque esta sea corta, ha de aprovecharse para redondear la existencia. La manera de hacerlo es comprender que la vida existía antes de ti y seguirá existiendo después, y que tú has tenido la suerte de vivirla y de estar con los tuyos”.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

lunes, 3 de agosto de 2020

LA VIDA BUENA,


Pospandemia. El mundo será diferente, ¿pero cuál será la diferencia?

Se ha convertido en una suerte de mantra repetir que, después de la pandemia de coronavirus, el mundo será diferente. Hay quienes aseguran que será mejor, otros creen que será peor y no faltan, pese a todo, los que piensan que las cosas seguirán igual. Quizás la más riesgosa de estas tres vertientes es la de los optimistas. Si el mundo mejora, los pesimistas también serán beneficiados de esa transformación venturosa. Saldrán ganando. Si no cambia, los escépticos se verán confirmados en su apuesta. Pero los optimistas corren con desventaja. Dos posibilidades contra una. Aun así son numerosos e insistentes. Están convencidos de que el virus llegó para enseñarnos otra manera de vivir. Que nos puso de frente a nuestra insensibilidad, al destrato irresponsable hacia el medio ambiente, al egoísmo consumista. Creen que ese aguijón en la conciencia será el despertar de una nueva humanidad, solidaria, sensible, empática, cooperativa, en un mundo más justo y equitativo. Son portadores de consignas como "nadie se salva solo", "cuidarte es cuidar al otro", "todos nos necesitamos", etcétera.
Pensamiento desiderativo: cuando solo vemos lo que queremos ver ...
A la luz de la realidad, esta actitud puede tomarse como una muestra de lo que en la psicología del comportamiento se conoce como pensamiento desiderativo. Es decir, que expresa o indica un deseo. Vulgarmente conocido como wishful thinking, según su denominación en inglés. Ese tipo de pensamiento, bastante común, suele poner el deseo y la ilusión en el lugar de la realidad. Pasa por sobre esta como si no existiera y desecha las evidencias y las pruebas. Hace que, en lugar de ver lo que hay, se vea lo que se quiere ver. Tiene un estrecho parentesco con el pensamiento mágico y, como este, anida en el fondo de dolorosas decepciones y de prolongadas depresiones. Sobre todo, cuando impulsa a la toma de decisiones. Ocurre en el amor, en los negocios, en la política, en el deporte, en las relaciones interpersonales. Y en la pandemia.
Conocido como wishful thinking , este tipo de pensamiento suele poner el deseo y la ilusión en el lugar de la realidad
The Dangers of Wishful Thinking | Pubs and Publications
Lo que se sabe, porque está documentado, es que las interminables cuarentenas (sin alternativas, sin discursos que al "cómo" le agreguen un "para qué", sin la menor alusión a un propósito y a un destino común convocantes) han dejado agobio, hartazgo, depresión, desesperanza y variados efectos colaterales en materia económica (colectiva y personal), vincular, y de salud física y mental. Se sabe que el mundo será más pobre, que las desigualdades se han mostrado en toda su crudeza y se profundizaron en muchos aspectos. Y no hay evidencias de que los egoístas, los narcisistas, los corruptos, los manipuladores, los violentos, los desentendidos del bien común y los depredadores estén realizando actos de contrición que los devuelvan a la vida transformados.
Wishful Thinking - Wishful Thinking | Lanzamientos | Discogs
En el caso del coronavirus, la comunicadora mexicana Gabriela Warkentin, columnista del diario madrileño El País, es crudamente realista: "Para eso de ser mejores se necesita energía que permita corregir, reinventarse", escribe. Y plantea, sin vueltas, una serie de interrogantes que ponen el dedo en la llaga: "¿Qué sociedad queremos ser? ¿A quiénes nos urge abrazar y besar para seguir vivos? ¿Qué responsabilidades queremos asumir? ¿Qué queremos mandar al carajo? ¿Cómo negociaremos de manera crítica con la tecnología para que nos sirva y no se sirva de nosotros? ¿Qué liderazgos queremos encumbrar? ¿Qué volveremos a comer y cómo trataremos de vivir y a qué privilegios querríamos renunciar? ¿Cuándo estaremos éticamente dispuestos a reconocer la existencia de los otros, los diferentes, los que nos descolocan? ¿Qué queremos ser? ¿Qué colectivo queremos ser?"
Hay que decirlo: no habrá un mundo mejor solo por desearlo. Para transformar el afuera hay que empezar por adentro. Es la tarea más difícil y la que cuenta con menos adeptos. Cuando los haya en cantidad, otra será la conversación. Y la realidad.

S. S.

miércoles, 13 de mayo de 2020

LA VIDA BUENA,


Esa virtud tan olvidada y necesaria
Cuando bebas agua, recuerda la fuente. Este breve y sencillo proverbio chino obliga a reparar en aquello que habitualmente olvidamos, que no vemos. Lo obvio. Damos por sentada la existencia del agua, damos por hecho que la tendremos cuando sintamos sed. De la misma manera consideramos natural la existencia del techo que nos cobija, del alimento que nos nutre, del abrigo que nos cubre, de la cama en que dormimos, del aire que respiramos. Como si no fuera un milagro estar vivo al final de cada día, aun cuando, en realidad, nada ni nadie nos garantizó en el comienzo de la jornada que eso ocurriría. De tanto dar por sentada esa suma de cosas y circunstancias que constituyen el hecho de estar vivos, terminamos por olvidar (o desechar, o desdeñar) lo principal. Dar gracias.
Imagen 1: Cuando bebas agua, recuerda la fuente....
Hasta que de pronto aparece un microorganismo, una minúscula e invisible cápsula de material genético llamada coronavirus, y todo lo que dábamos por sentado, todo aquello que considerábamos casi un derecho adquirido de nacimiento, tambalea, se torna incierto. Tememos perderlo. Tememos, sobre todo, perder la vida propia o la de seres queridos, pero sobre todo la propia. Y salimos a los balcones de nuestros confinamientos para aplaudir a quienes arriesgan las suyas para que no nos ocurra lo temido, lo peor. Nuestros aplausos dicen " Gracias ". Suenan así: gra-cias, gra-cias, gra-cias.
Hey peques! Acá les decimos cómo cuidarse del coronavirus - El Sol ...
¿Recordaremos seguir agradeciendo después, a medida que el temporal pase? ¿Incorporaremos no solo la palabra gracias, sino el sentimiento de gratitud a nuestro equipaje existencial? ¿Dejaremos de ser eternos acreedores, exigiéndole a la vida lo que, según nosotros, ella nos debe? ¿O nos reconoceremos deudores de mucho de eso que naturalmente tenemos y a que a otros les falta? Leroy Page (1906-1982) no fue filósofo. Era una beisbolista que jugó en los Indians, de Cleveland, y los Browns, de Saint Louis Missouri, hasta los 47 años. Entró al Salón de la Fama por su calidad y su longevidad. Pero merece ser recordado por un pensamiento que se hermana al proverbio chino que inicia esta columna. "No reces cuando llueva si no rezas cuando el sol brilla", dijo alguna vez. En efecto, el agradecimiento no debiera ser ocasional y oportunista, sino un valor activo y permanente, una actitud, una forma de vida.
El agradecimiento no debiera ser ocasional y oportunista, sino un valor activo y permanente, una actitud, una forma de vida
Frases de agradecimiento y dar las gracias ▷ Ser agradecido
Agradecer es admitir nuestras limitaciones, no creernos autosuficientes, reconocer la existencia del otro, del prójimo, saber que no hay un yo sin un tú, porque sin la existencia de alguna de ellas estas dos palabras nada significarían. "Resulta curioso que apenas existan estudios empíricos acerca del fenómeno del agradecimiento, cuando se trata de un fenómeno irrenunciable que mantiene presente en la conciencia la trágica estructura de la existencia", escribe la terapeuta existencial y escritora austríaca Elisabeth Lukas en El sentido del momento .
El sentido del momento - Elisabeth Lukas | Planeta de Libros
 Quizás, a pesar de todo, el Covid-19 deje algunas secuelas beneficiosas, y una de ellas sea la instalación del agradecimiento. 
Elisabeth Lukas | Planeta de Libros
Ello requerirá que recordemos nuestra condición de mortales frágiles, vulnerables, que solo pueden existir si existen en relación con otros. Con otros, no contra ellos o sin ellos. "El pecado mayor que los hombres cometen, aunque algunos dicen que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento", escribió Cervantes. "Yo, pues, agradecido a la merced que aquí se me ha hecho, no pudiendo corresponder a la misma medida, conteniéndome en los estrechos límites de mi poderío, ofrezco lo que puedo y lo que tengo de mi cosecha". El agradecimiento, además, convoca y aviva otras virtudes. En primer lugar, la humildad. Agradecer es un acto de humildad.
El hombre en busca de sentido: Amazon.es: Frankl, Viktor Emil ...
 Y luego la empatía, la generosidad y el amor. Víktor Frankl (1905-1997), el gran médico y pensador austríaco que legó El hombre en busca de sentido (libro imprescindible hoy como nunca) aconsejaba: "Si no sabes por qué agradeces, quien recibe tu agradecimiento lo sabe".

S. S.

sábado, 14 de marzo de 2020

LA VIDA BUENA,


Deudas atrasadas con los hermanos menores


En 1792, Mary Wollstonecraft publicó su Vindicación de los derechos de la mujer y recibió todo tipo de críticas y burlas. Una, muy virulenta, provino de Thomas Taylor, reconocido filósofo neoplatónico y profesor en Cambridge, quien se preguntaba si ya que se otorgaría derechos a las mujeres, por qué no a los perros, gatos, caballos y demás animales. Y publicó como broma Una vindicación de los derechos de las bestias . Hoy pocos saben quién fue Taylor, pero Wollstonecraft, madre de Mary Shelley (autora de Frankenstein , un clásico más vinculado a la filosofía y la moral que a la ciencia ficción) y sólida precursora en la reconsideración del papel de la mujer en la sociedad, sigue vigente, asombrosamente actual y respetada.
Sin embargo, aquella burlona propuesta de Taylor merece ser retomada con seriedad, profundizada y sostenida. En la revista digital Aeon (verdadera usina de ideas), Jeff Sebo, profesor de bioética, ética médica y filosofía, director de Estudios sobre Animales en la Universidad de Nueva York y coautor de los libros Chimpanzee rights (Derechos de los chimpancés) y Food, Animals, and the Environment (Alimentos, animales y medio ambiente), se pregunta cuáles son nuestros deberes hacia los animales. Si el humano es un ser responsable, que al estar dotado de conciencia no puede escapar al conocimiento de las consecuencias de sus acciones y al deber de responder por ellas, la pregunta no es menor.
Solo la soberbia humana y el antropocentrismo que nos hace creernos dioses del universo puede llevarnos a despreciar (y depreciar) la vida animal, a depredarla y arrasarla, dice Sebo, y, agrego por mi parte, a creer que es graciosa la soberana estupidez de arrojar un cordero desde un helicóptero. En coincidencia con el filósofo australiano Peter Singer, referente actual en filosofía moral, Sebo recuerda que los animales son seres vivientes que respiran, sienten, piensan y sufren. Si bien mueren por causas naturales, como enfermedades, tormentas y predadores, y eso es parte de la vida, cada vez son más los que desaparecen debido a la acción humana a menudo insensible, violenta, con fines de lucro o diversión, e irresponsable. Es inadmisible que en pleno siglo XXI haya y prácticas que involucran la vida y el sufrimiento de animales y que se sigan considerando "deportivas" o "recreacionales". Imaginemos que, en un mundo regido por animales, ellos hicieran lo mismo con nosotros. ¿Cómo nos sentiríamos? La empatía vale si es aplicable a todo ser viviente y no solo a la relación con nuestros amigos, conocidos y preferidos.

Más allá de la acción humana en el cambio climático (estupidez similar a la de pegarse un tiro en el pie, pero más grave) con sus consecuencias en la vida animal y vegetal, Sebo puntualiza que "matamos 100 millones de millones (es decir 100 billones) de animales por año para alimentarnos y otros 15 millones de millones para investigaciones", ya sea serias o fantasiosas. Singer sostiene que toda vida vale en tanto forma parte de un todo que es el Universo. 
"Si un ser viviente sufre no hay justificación moral para dejar de tomar en cuenta ese sufrimiento", escribe en su libro Liberación animal . Es absurdo decretar desde la arrogancia humana que otros seres sufren menos. Los humanos, acota Sebo, tenemos la costumbre de intervenir en sistemas que no entendemos y de aplicarles nuestros propios estándares. Y aun cuando las intenciones puedan ser buenas, los resultados son habitualmente desastrosos. Singer piensa que los derechos nunca son naturales. Son siempre una construcción moral. Y conllevan deberes. El nuestro, señala Sebo, es no lastimar ni dañar innecesariamente a los animales y a su entorno y reparar cuando dañamos. Cuando un ser humano actúa como agente moral, no lo hace en un solo ámbito, sino en todos los escenarios de la vida. Construir un mundo mejor es hacerlo para todos los seres vivientes.

S. S.

miércoles, 4 de marzo de 2020

LA VIDA BUENA,


Esos agujeros por donde la atención se pierde


Después de que legiones de chicos hayan sido diagnosticados y medicalizados implacablemente catalogados como víctimas
del Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), convirtiéndose en un vasto mercado para la industria farmacéutica, resulta que este síndrome no es un privilegio infantil. Numerosos estudios dicen ahora que los adultos no están a salvo. Una de esas esas investigaciones, efectuada por el departamento de Psiquiatría de la Universidad de Syracuse, en Nueva York, señala que el 5% de la población adulta podría estar afectada. Las especulaciones sobre las causas y orígenes del TDAH ponen el énfasis en el determinismo genético y en soluciones farmacológicas. Pero acaso sea oportuno preguntarse por otros motivos. Los existenciales, culturales y conductuales.

¿Los chicos etiquetados con el síndrome son realmente víctimas de una patología o con su conducta están denunciando falta de atención afectiva y nutricia por parte de sus adultos cercanos y significativos? Antes de calmarlos con medicamentos no estaría demás explorar respuestas exhaustivas y sinceras (aunque resulten incómodas) a este interrogante. Y en cuanto a los adultos supuestamente afectados por el TDAH, ¿cuánto tienen que ver sus hábitos y su modo de vida con los síntomas? En un mundo en el que somos bombardeados por una cantidad de información que es imposible clasificar, categorizar, asimilar y metabolizar, en donde la incitación al consumo material y digital es abrumadora y las pantallas hipnotizan y secuestran la mirada y la mente, ¿cuánta es la atención restante y disponible para los temas esenciales de la vida?

El ensayista y crítico literario estadounidense Sven Birkerts, que dirige seminarios de escritura en la Universidad de Boston, estudia las relaciones entre lectura y cultura digital y explora respuestas a los interrogantes planteados aquí. En su ensayo titulado A otra cosa, Birkerts dice que la serena lectura de libros y la consecuente reflexión que la acompaña está siendo remplazada por la cultura del trailer, de lo instantáneo, que se basa en la hipervinculación de fragmentos. No hay paciencia ni atención para seguir una argumentación ni para pensar y relacionar, los significados globales e integrales se pierden y se esfuma la energía que conduce a explorar experiencias e ideas y llegar a conclusiones propias. Se busca la respuesta preenvasada antes que profundizar en la pregunta. Se acopia información sin comprensión de esta ni del contexto. Se corre detrás de la tecnología, muestra Birkerts, sin saber a dónde ni para qué. En la era del consumo sin digestión, elaboración ni comprensión de lo consumido, agrega el filósofo alemán Rudiger Safranski en su luminoso ensayo titulado simplemente Tiempo, hay una angustiante desesperación y voracidad por acumular más y más experiencias por unidad de tiempo. El resultado es obvio. Se sobrevuelan esas experiencias (que, en su superficialidad no llegan a ser tales) y se las olvida porque no alcanzan a echar raíces. Después de una noche ante el televisor solemos olvidar en un instante lo que hemos visto, escribe Safranski. Ni hablar de lo que ocurre después de las seis horas diarias que, como promedio, un adulto estándar dedica hoy a las pantallas de sus dispositivos.


Estas conductas modelan la mente. La hacen impaciente, debilitan su capacidad de comprensión, la apartan de las cuestiones existenciales que todo humano tiene ante sí (para qué vivimos, cuáles serán nuestras huellas, en quiénes y cómo hemos de perdurar, qué nos vincula a los otros y cómo, cuáles son nuestros dones y de qué manera los estamos ofreciendo a los demás). Y ya que la atención no es infinita, la dispersan e impiden su orientación significativa. Ni en chicos ni en adultos el principal problema de la atención parece ser médico. Hay respuestas que no vienen en pastillas.

S. S.

jueves, 16 de enero de 2020

LA VIDA BUENA


Olvidarse de uno mismo



Se llamaba Meshulam Zusya (pronúnciese Zusha) y vivió en Anipoli, Ucrania, entre 1718 y 1800. Era rabino y fue considerado un hombre sabio y piadoso, uno de los grandes estudiosos del Talmud, conjunto de libros que comprenden las tradiciones, ceremonias y doctrinas del judaísmo. Se cuenta que en su lecho de muerte se lo vio llorar. Sus discípulos no entendían por qué. "¿Por qué ese llanto? -preguntó uno de ellos-. Usted tiene reservado sin dudas un lugar en el cielo y debería morir feliz". En las que serían sus palabras finales, Zusyas explicó con una voz leve: "Cuando a la hora del Juicio Final me pregunten por qué no fui Moisés diré que no nací Moisés, cuando me pregunten por qué no fui Elías responderé que no nací Elías. ¿Saben por qué lloro? Porque temo el momento en que me pregunten por qué no fui Zusya".

El temor del rabino podría convertirse hoy en una verdadera pandemia si las legiones de personas que pasan una parte sustancial de su vida tratando de ser quienes no son advirtieran el modo en que dilapidan el tiempo de existencia que les fue dado. En Aplícate el cuento, una compilación de relatos de ecología emocional (disciplina de la que son impulsores fundamentales), los catalanes Mercé Conangla y Jaume Soler recuerdan que cada persona es un misterio viviente, y que un misterio deja trascender su verdadero sentido cuando se deja de intentar resolverlo y exponerlo a la luz del día. A diferencia de los problemas, que se resuelven, y de los secretos, que se revelan, con los misterios se convive. "Hay cosas de uno mismo y de los demás, dicen Conangla y Soler, que nunca seremos capaces de llegar a conocer y comprender". Y agregan que "el misterio debe ser respetado, aunque no sea comprendido".

La máxima "Conócete a ti mismo", que presidía la entrada del templo del dios Apolo, en Delfos, no debía ser tomada de forma literal, según sabían los antiguos griegos. Sería un pecado de soberbia pretender que uno se conoce enteramente a sí mismo. Aquella consigna aconsejaba comprender el propio lugar en el mundo y honrar ese lugar mediante acciones y conductas. Así se contribuye a sostener el cosmos (orden natural), en contraposición al caos (el rompimiento de ese orden). Si nos empeñamos en no ser quienes somos, si nos pasamos la vida identificándonos con otros (ídolos, líderes, gurúes, héroes de ficción, influencers y variopintos vendedores de humo y de personalidades artificiales), dejamos vacío un casillero esencial que nadie podrá llenar por nosotros. El de nuestro ser real, sus características, sus potencialidades, sus misterios. Al final habremos existido, sin que eso signifique que hayamos vivido.

Desde el momento en que cada ser humano es único, singular, inédito e irrepetible, las vidas no se pueden transferir ni copiar. Aun así, hay una insistencia en el copy paste existencial consistente en calcar cuerpos, o partes de cuerpos, peinados, lenguaje, actitudes, tatuajes, ropaje, conductas, modales, ideas, palabras y pensamientos de otros para intentar aplicarlos sobre uno mismo, negándose a ser quien se es. El resultado está a la vista. Oleadas de insatisfacción, de malestar emocional y espiritual que se intenta aplacar con medicación, con pseudo terapias, con pases mágicos o con nuevas intervenciones, cortes, extirpaciones e incisiones de tipo físico o psíquico. Intentos en definitiva iatrogénicos. Iatrogénica es la enfermedad producida por un remedio que, supuestamente, venía a curarla.

La finitud es característica ineludible de la vida. Sin embargo, se nos otorga tiempo para enfocarnos en la exploración del misterio que cada uno es. Y se nos hace responsables, como bien lo sabía el rabino Meshulam Zusya, de lo que hacemos con ese tiempo y con nosotros mismos. Siempre genial, Shakespeare lo sabía. "Ser no ser". La pregunta de Hamlet resuena incesante.

S. S.

lunes, 9 de diciembre de 2019

LA VIDA BUENA


Lo que quiero es siempre lo que debo?

La historia que sigue es real. Fernando corre maratones hace muchos años y se entrena semanalmente en un grupo. Es peluquero y un sagaz observador de la realidad. Me cuenta que, en uno de sus entrenamientos, él y los compañeros que corrían a su lado cruzaron a un maratonista ciego, que avanzaba unido a su lazarillo por una cinta en la muñeca. Fernando gritó a la liebre (una chica, la más veloz del grupo, que guía y regula la marcha del tropel) para que se apartara y dejara lugar al corredor ciego. Cuando rato después todo el equipo terminó la práctica y se juntó a tomar algo, la liebre le recriminó a Fernando: "Nunca más me digas algo que me distraiga". Asombrado, él dijo: "Pero era un ciego, lo íbamos a atropellar". La respuesta fue: "No me importa, lo mío es lo mío". Otro miembro del grupo intervino entonces: "Fernando, ella tiene razón, no hay que meterse, te tendrías que haber callado".

Semanas después Fernando me confesó que no podía reponerse de su estupor. Había hecho lo que creía correcto, y el costo de su acción fue la recriminación del grupo. "Sin embargo, me dijo, si volviera a ocurrir, yo actuaría igual, aun sabiendo lo que vendría después. Si no, no estaría en paz". Sin saberlo coincidía con lo que en el siglo I antes de Cristo había dicho Cicerón, gran filósofo y político romano considerado el mejor orador de todos los tiempos: "Mi conciencia tiene para mí más peso que la opinión de todo el mundo".
En el episodio del ciego y el entrenamiento Fernando se había enfrentado a un dilema moral. Hacer lo que hay que hacer en línea con los valores con los que se vive, aunque esa acción nos perjudique, o moleste a otros. Claro que él no lo llama dilema moral (la definición específica es tema para filósofos), sino "estar en paz conmigo". Los dilemas morales están a la orden del día en nuestras vidas en cuanto prestamos atención al acontecer cotidiano. Y una sencilla pregunta puede revelarlos. Ese interrogante es: "¿Qué es lo que quiero y qué es lo que debo?". A veces ambas cosas están alineadas, pero en muchísimas otras ocasiones se oponen. Vivimos entre otros, con otros, y ellos son nuestro límite moral. Todas nuestras acciones tienen consecuencias y en la mayoría de los casos esas consecuencias afectan a los demás. 
Como señala James Rachels (1941-2003), especialista en ética, en Introducción a la filosofía moral, la moral consiste en actuar de acuerdo con nuestras mejores razones mientras le damos el mismo peso a los intereses y las razones de las personas que se verán afectadas por lo que hagamos. Conviene repasarlo y pensarlo, porque los dilemas morales nos acechan a cada paso, aun en cuestiones aparentemente intrascendentes de nuestras vidas de cada día, sea en la familia, en el trabajo, en la pareja, en todas las relaciones interpersonales (con conocidos y con desconocidos), en nuestras situaciones como clientes, como acreedores, como deudores, como proveedores, como profesionales, como padres, como hermanos y como ciudadanos respecto de deberes y derechos.
Hay quienes resuelven estos dilemas a través del relativismo, poniendo su propia ley moral y decidiendo que lo que es malo para otro (a quien se está perjudicando) no lo es para él mismo. O mediante frases como "pensamos diferente" o "sentimos diferente". O, más breve, disparando un "lo siento" antes de seguir adelante como si nada. Pero, como insiste Rachels, vivimos entre otros y cómo le va a cada uno depende de lo que hacemos y de lo que otros hacen. En todo caso, al final del día te habrás ganado el respeto de otros en la medida en que los hayas respetado. En este sentido todos somos agentes morales, lo sepamos o no. Como seres racionales, dice Rachels, elegimos nuestras acciones, y merecemos ser tratados tal como tratamos a los otros. Sin ser filósofo, Fernando ya hizo su elección. Y la pone en práctica.

S. S.