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lunes, 20 de mayo de 2024

LO QUE SUENA


Por cesárea
Canciones: “Últimamente”, “La noviademiamigo”,“Cirugía”,“Mi peor enemigo” (con Andrés Calamaro), “(Mentiras Piadosas)”, “La carie” (con Lali), “Buenos tiempos”, “Muñecas”, “(Irreversible)” y “Coyote”, entre otras.

Dillom patea el tablero de la música urbana
Sebastián Chaves

Tomemos la canción “CAMIONETOTA”, publicada el 25 del mes pasado por Rusherking, FMK, Lit Killah, Ana Mena, Mesita y Omar Montes. Un reggaetón genérico, con mucho autotune y lugares comunes (desde lo sonoro y desde el videoclip), en el que se repiten frases como: “Quiero darte en tu camioneta aparcá’ / En la playa y lo hacemo’ atrá’” o “Esa nalgota la hace rebotá’ / Dicen que ese gato le hizo una malda’ / Y si se me pone en cuatro, la voy a arrebata’”. Hubo, entonces, al menos seis personas que consideraron que el mundo necesitaba otro reggaetón hablando de sexo, viajes, marcas y dinero. El video tiene, al día de hoy, 2 millones de visitas.
Esto es cuatro veces más que “Últimamente”, la canción con la que Dillom abre Por cesárea, es uno de los relatos más sórdidos de la música argentina en, al menos, el último lustro. Y también uno de los lanzamientos más destacados del año. “Nace de un lugar más real que decir ‘Me c... a esta p..., porque es algo que se siente de verdad”, le decía Dillom a hace dos años la nacion a propósito de los relatos ficcionales de sus canciones. “A veces el hip hop peca de ‘lo real’. La ficción termina reflejando más la realidad de uno que si hablás de una realidad que es de relleno o lo típico que se escucha siempre. La ficción me sale de un lugar real y personal porque es subjetiva”. Mientras unos cantan sobre lo que supuestamente son (que en realidad es lo que supuestamente tienen), Dillom eligió en Por cesárea cantar sobre lo que, por suerte, no es.
A un relato que (otra vez supuestamente) es real para los artistas pero se convierte en fantasía aspiracional para el oyente, Dillom contrapone una fantasía tan oscura como alejada de lo real y lo aspiracional. Como dijo en varias entrevistas, el disco cuenta la historia de una persona que tomó siempre malas decisiones. Una suerte de trap en negativo. Están los lugares comunes que hacen al imaginario del trap (sexismo, materialismo y drogas), pero reordenados de tal manera que se vuelven más densos e indeseables. El sexo y el fronteo devienen en violencia y femicidio (“Muñecas”). Lali (la única invitada del disco junto a Andrés Calamaro) recupera versos de la María Elena Walsh más tétrica en “La carie” y las sustancias se vuelven algo indeseable: “Dios mío, dame mi sueño de paz / Y no de pastillas / El diablo que nunca duerme / Penando me despabila”. Y en “Reiki y Yoga” menciona la marca de relojes Cartier, símbolo de estatus para el trap argentino en la voz de un femicida a punto de ser, además, suicida: “Dicen que la venganza está hecha de miel / Pero te puede salir cara, como un rolo Cartier”. Pero la densidad de Por cesárea está dada también en cómo se dice lo que se dice. No se sobrenarra lo mismo de siempre, acá cada canción del disco cuenta una parte de la historia en lugar de que todas las canciones cuenten la misma historia. Si sus congéneres compiten a ver quién encuentra las mil formas de sobrenarrarse como los mejores, Dillom se toma 12 momentos para construir un todo indeseable. El sonido analógico, los pasajes instrumentales, la voz no afectada, los fraseos contenidos que evitan la sobreactuación... todo termina por condensar una atmósfera de dolor.
Pero tampoco es una narrativa sobre el sufrimiento de los protagonistas, sino de un lenguaje del propio sufrimiento. A diferencia de la estetización -¿romantización?de la psicosis que plantea Guasón (la película protagonizada por Joaquin Phoenix), en la historia que Dillom cuenta en estas 12 canciones no es el personaje el verdadero protagonista, es la emoción/dolor expresándose.
Por cesárea expone la maldad sin glorificarla ni aplicarle un filtro embellecedor. Y así se convierte en un disco denso, que se escucha con todo el cuerpo. Es la constatación, para propios y ajenos, de que un artista puede adscribir al estilo musical de moda sin por eso renunciar a una búsqueda artística.
Dillom construye un yo sin la necesidad de autorreferenciarse ni destruir a un otro. Lo real del hip hop adquiere una nueva capa en la subjetividad de una ficción que solo existe porque el artista así la pensó y no busca proyectarla más allá de la obra, todo lo contrario. Y hacia afuera del hip hop -de la música toda incluso-, en un presente donde proliferan los discursos de odio y la crueldad como ética y gracia, Por cesárea es la muestra más cruda de que no hay luz alguna cuando tomamos la decisión de hacer el mal. Ni siquiera para el victimario.

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sábado, 23 de septiembre de 2023

LO QUE SUENA

VÍCTOR JARA, A 50 AÑOS; NANO STERN CANTA A VÍCTO JARA: CANCIONES PARA NO MORIR
Tres discos homenaje que dejan con ganas de más
Mauro Apicella
Víctor Jara y Hamlet Lima Quintana
Para los que creen que se construye futuro observando el pasado y el presente, las últimas semanas se publicaron varios álbumes dedicados a recordar a dos figuras de la música popular de América latina. Las fechas, los aniversarios, siempre suelen ser buenas excusas o primeros motores para embarcarse en proyectos de este tipo. En este caso, los 50 años del asesinato del cantautor chileno Víctor Jara y el 100° aniversario del nacimiento de Hamlet Lima Quintana.
“El canto tiene sentido cuando palpita en las venas”, se escucha en la inmensa voz de la folklorista María de los Ángeles Ledesma. Suena en el último track de uno de los tributos que se publican para recordar al artista chileno.
Registros de Cultura publicó Víctor Jara, a 50 años. Y en estas versiones se puede descubrir esa potencia que está en la raíz de cada tema.
Porque hay interpretaciones jóvenes, como la de Ledesma, y otras más de época, como la “Plegaria para un labrador”, en un registro histórico, en vivo, del grupo chileno Quilapayún. También aparecen instrumentales, como “La partida”, con una precisa versión del dúo Malosetti-Goldman, y rarezas como aquel tema que Jara le dedicó a la tejedora mapuche Angelita Huenumán y que la cantante Anahí Mariluan tradujo a lengua mapudungún. En ese sentido, otra joya es el disco Nano Stern canta a Víctor Jara.
El cantautor, uno de los grandes nombres de la canción de autor chilena de este siglo, ha hecho un sentido homenaje de guitarra y voz. Conviene darse una vuelta por plataformas de música y escuchar este álbum, antes de la visita que el músico hará a Buenos Aires para un show dedicado justamente a Jara, mañana. Sin prisa ni pausas, recorre lo más representativo del cancionero de Jara, con todos los matices que aparecen en su obra. Nano ha sabido transmitir tanto la fragilidad como las tensiones de la obra.
“Hay gente que con solo abrir la boca llega hasta todos los límites del alma”. Esta frase que Hamlet Lima Quintana escribió para su poema “Gente necesaria” seguramente también lo incluya a él. Ese fue el texto que, en su propia voz, se eligió para el álbum en dos volúmenes que se compiló para conmemorar el centenario de su nacimiento. Canciones para no morir (título que evoca a su “Zamba para no morir”) es el nombre del trabajo completo, que se produjo sin fines de lucro, solo para contribuir con el homenaje al poeta. El último fin de semana se publicaron 18 tracks y cerca de fin de año se conocerá el resto. Se rescataron temas que algunos artistas grabaron hace mucho tiempo. También hay obras inéditas y versiones que se registraron especialmente para esta producción. En todos los casos (y más allá de un notorio eclecticismo), predominan las voces y las guitarras y la buena factura. Se lucen joyas como “Yo no me voy de la vida”, tan cuyana, por el dúo mendocino Orozco Barrientos; “Cada vuelta que doy”, por Julio Lacarra; “Cantando un sueño”, con la voz de Lidia Barroso, la armónica de Franco Luciani y la guitarra de Lucho González. A medida que el álbum avanza, es difícil quedarse con alguna versión.
La yapa la deja Ricardo Mollo, que canta “La amanecida”, acompañado por la Orquesta Filarmónica de Mendoza. Se trata de un registro que tiene varios años, donde también participó el charanguista Jaime Torres. La curiosidad de este tema es que lleva letra y música de Lima Quintana y Mario Arnedo Gallo, padre de Diego Arnedo (el socio de Mollo en la banda Divididos).
Lo importante, más allá de los arreglos, es que no hay lucimientos personales que se hayan puesto delante de la poesía de Lima Quintana. En esto radica la calidad de la producción y la selección. El objetivo no se pierde. Y es muy buena la manera de descubrir o de redescubrir a este notable poeta que fue musicalizado desde el folklore argentino.

VÍCTOR JARA, A 50 AÑOS; NANO STERN CANTA A VÍCTO JARA: CANCIONES PARA NO MORIR

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sábado, 16 de septiembre de 2023

LO QUE SUENA


Olivia Rodrigo y un disco con pulso rockero
Milagros AmondarayUna de las revelaciones del mundo pop, ahora intenta subir el volumen
En 2021, Olivia Rodrigo editaba SOUR, un descomunal disco pop con el que le cantaba a la angustia adolescente. Una obra homogénea, breve y concisa, que le valió un merecido reconocimiento dentro de la industria con tres premios Grammy, elogiosas críticas y por el que fue ubicado en un lugar que parecía (en apariencia) estar vacante: el de la joven artista que aludía a problemáticas teen y se dirigía a sus interlocutores con la postura confesional de “yo sé por lo que están atravesando”.
Con hits instantáneos como “Drivers License”, “Deja Vu” y “Brutal”, Rodrigo creaba un lazo, provocaba una identificación y se erigía como una de las cantantes y compositoras más prometedoras de su generación. Sin embargo, SOUR tenía otro costado, insoslayables influencias que a la joven y a su productor, Dan Nigro, se les fueron un poco de las manos y por las que debieron acreditar a la banda Paramore y a artistas como Taylor Swift y St. Vincent. Así, el enorme talento de Rodrigo quedó un tanto eclipsado por esas referencias que excedían el homenaje y que llevaban a preguntarse si su factótum iba a poder desprenderse de la música de la que se embebe como oyente para crear algo novedoso, rompiendo así la “maldición” que muchas veces se la adjudican a los segundos trabajos discográficos.
Ahora, la artista lanzó GUTS, un disco que efectivamente salió de las entrañas y en el que, temáticamente, parece seguir la misma línea de SOUR, aunque con un toque de oscuridad que ya se vislumbraba en su primer single, “Vampire”, una balada en la que el rango vocal de Rodrigo se luce como nunca (el manejo de los tonos es verdaderamente admirable) y una composición que se va quebrando a la par de la voz de su cantante, que no teme sonar desprolija cuando el tema explota y es necesario ponerle agallas a una letra dolorosa, fruto del desengaño. Ella ya lo había adelantado en la intro de SOUR: “Quiero que esto suene así como desprolijo”. Esa declaración de principios se sostiene en GUTS en composiciones que remiten al pop noventoso con las que Rodrigo parece divertirse del mismo modo en que lo hizo dos años atrás con “Good 4 U” y “Jealousy, Jealousy”.
En esta oportunidad, notamos esa celebración de la confusión de la adolescencia y su efecto dominó en “ballad of a homeschooled girl”, “get him back!” y “bad idea, right?” (cuyos nombres priorizan las minúsculas). En esos temas, Rodrigo apela nuevamente a la identificación, aludiendo a lo que ella denomina “el suicidio social” y las ganas de “acurrucarse y morir” por no sentirse lo suficientemente buena, o mediante la dicotomía que genera el querer volver con un “ex nocivo” (un tópico recurrente), pero a sabiendas de que la decisión será contraproducente. En síntesis: el exacerbado drama de la inexperiencia.
En esos momentos, la artista pierde cierta fuerza, como si estuviera imponiendo una imagen que no es la suya. Es por ello que “logical”, una sentida balada al piano, se destaca como uno de los temas más genuinos del disco (y en el que contribuyó como compositora Julia Michaels), conectado narrativamente con “Vampire”, dos higlights del álbum que ratifican lo mucho que logra cuando escribe sin la necesidad de satisfacer a su audiencia, sin sobreproducción y con la madurez que también se escucha en “the grudge” y “lacy”.
En GUTS también sobresale esa puja entre tomar riesgos y quedarse en el confort de los logros cosechados con SOUR y en muchas oportunidades Rodrigo pierde la batalla con un disco “seguro” que solo alcanza esa citada madurez cuando su artista no está emulando a otros -inconsciente o conscientemente, la línea entre el tributo y el ‘querer sonar como...’ es muy fina-, principalmente a Lorde, como se percibe en “love is embarrasing” y más notoriamente a The Cure en “pretty isn’t pretty”, cuya intro remite a “Just Like Heaven”.

★★★ GUTS

“all american bitch”, “bad idea right?”, “vampire”, “lacy”, “ballad of a homeschooled girl ”, “making the bed”, “logical”, “get him back!”, “love is embarassing”, “the grudge”, “pretty isn’t pretty”, “teenage dream”

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viernes, 1 de septiembre de 2023

LO QUE SUENA


Discos El lanzamiento del recital de Miguel Mateos en el Teatro Colón abre una faceta del artista como crooner de sus propios éxitos.
Mauro Apicella
Un disco con orquesta grabado en el Teatro Colón
El álbum grabado en vivo en el Teatro Colón que acaba de publicar Miguel Mateos es una especie de rama que se abre de otro proyecto de ópera rock que viene masticando desde hace años y que, durante la pandemia, a falta de shows en vivo, se dedicó a trabajar a puertas cerradas, en su estudio. La idea se diversificó y la orquesta llegó a sus grandes éxitos. Este concierto, celebrado en febrero de 2022, fue durante un rebrote del Covid-19. Por eso en la sala del gran coliseo argentino de la lírica había una mayoría de público con barbijos. Claro que eso no privó a la gente de disfrutar buena parte del concierto de pie como si no hubiera virus, como si no estuviera en una sala lírica.
La respuesta de ese público, que también se dedicó a hacer palmas en muchos de los temas, fue una consecuencia directa de la propuesta que Mateos subió al escenario. Cuando se trabaja un repertorio de pop y rock con orquesta hay, al menos, tres caminos por tomar. Prescindir de una banda para que todo “suene a” orquesta (los episodios sinfónicos de Cerati, por ejemplo); trabajar fuertemente con la orquesta y amalgamarse con el solista (por caso, el trabajo de Gerardo Gandini para las canciones y, sobre todo, el piano de Fito Páez), o el formato más habitual, que es el de hacer sonar a la banda y subirle sobre sus espaldas una orquesta. Este último es el de Miguel Mateos Sinfónico.
Como suele suceder en este tipo de elecciones, la orquesta queda detrás del grupo (los rockers son muchos menos en cantidad de instrumentistas, pero suenan más fuerte), y en este caso es lógico porque la actitud sobre el escenario fue la de un concierto de rock y pop, y la arenga que se hizo al público fue absolutamente correspondida en ese mismo tono. Sin embargo, una de las singularidades fue que el director Gerardo Gardelín ha encontrado los recovecos para el lucimiento orquestal, ya fuera en las pinceladas “sinfónicas” que se suelen dar en este tipo de tratamientos, como en otros detalles que van mucho más allá del mero acompañamiento.
Probablemente el trabajo en la orquestación haya sido conjunto con Mateos o bien Gardelín supo interpretar con mucha precisión los deseos sonoros del autor de “Tirá para arriba”. Hay recursos que pueden ser del soundtrack cinematográfico y que seguramente salieron de la inventiva de Mateos y fueron buenas traducciones del orquestador. En ese sentido, ha sido una labor criteriosa y certera.
El tema que se eligió para la apertura del concierto en el Colón, y también para el disco, “En la cocina, huevos”, seguramente sea el ejemplo que mejor resume todo esto. Una intro a modo de brevísima obertura, pizzicati de la cuerda y los contratemas del concertino, el vértigo que provoca el “timpani” y la banda que arremete con sus riffs de guitarra. Sobre eso, un tema muy Mateos, con estribillo pegadizo, ironía y bajada de línea. “Si pasan música nacional, no es que se hayan dado cuenta...”. Luego, estos elementos se podrán encontrar en las siguientes trece canciones del álbum, que son superhits de su carrera, especialmente de los ochenta y noventa, con fuerte presencia del Zas de Rockas Vivas y de su etapa posterior, en solitario. “Perdiendo el control”, “Un gato en la ciudad”, “Mundo feliz”, “Tirá para arriba”, y también “Obsesión”, “Cuando seas grande”, “Si tuviéramos alas”, entre otros.
En general, el concierto fue “bien arriba”, excepto por algunas baladas. Y también (volvamos a decir: en general), excepto por “Ambrosía”, donde los cambios a falsete no fueron de lo más logrado, sobresale en todo el álbum el trabajo vocal de Mateos. Porque fue un concierto de rock de principio a fin y usó todos los yeites de cuando tenía 25 o 30 años (su manera de pronunciar la “T”, los staccati de las palabras). También estuvo el desborde casi lógico de final de show con “Tirá para arriba”, una orquestación efectista y un público enloquecido. Pero, además de todo aquello, este registro es prueba de una voz madurada con el paso de las décadas y de la experiencia, sin sentir, justamente, un notorio paso de los años. La nitidez vocal excedente a la de cualquier concierto del rock. El caudal de la voz de pecho es fluido y con posibilidad de detalle al haber una consciencia clara de que hay una orquesta sinfónica detrás. Ese cuidado del detalle y la fluidez del fiato convirtieron a Mateos en una especie de crooner de sus propios grandes éxitos.

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sábado, 26 de agosto de 2023

LO QUE SUENA


Hugo Díaz: se publicó el eslabón perdido del gran armonicista
Mauro ApicellaUn músico que cruzó las fronteras estilísticas con su instrumento
Hugo Díaz: Antología Volumen 3 es una especie de eslabón perdido. Se publicó hace un par de semanas y ocupa un lugar que había quedado vacante en ese gran racconto sonoro que hace casi quince años se comenzó a publicar sobre el legado del genial armonicista santiagueño. En 2009 se publicó una primera serie de dos volúmenes, que incluyeron registros de los períodos 1952-1953 y 1954-1957. Tres años después aparecieron grabaciones realizadas por Díaz entre 1967 y 1968 (denominadas Volumen 4) y 19701971 (Volumen 5). Faltaban algunos incunables para que el Volumen 3 pudiera salir a la luz. Y ocurrió este año, con 31 obras datadas entre 1953-1966.
Hugo Díaz fue un personaje muy particular. Tanto para el público argentino como para aquellos que los escucharon alrededor del mundo. Fue uno de los grandes armonicistas de nivel internacional, pero su talento primero (y último) no fue su agilidad para ese pequeño instrumento sino su musicalidad. A primera vista –porque lo primero que subyace de este trabajo es la imagen en blanco y negro de Hugo con una armónica en sus labios y el nombre de las músicas que interpreta– se trata de un disco testimonial luego de una gran pesquisa de materiales que demandó más de una década encontrar. Incluso, había una figurita difícil que finalmente apareció: una versión de “La cumparsita”. En medio de estas larga lista que conforma una producción en CD doble, hay diferentes aristas de este versátil intérprete. Estás aquellos temas que son los que más se pueden esperar, que tiene que ver con las danzas de zapateo de noroeste argentino y que Díaz, como santiagueño de pura cepa (nacido en la capital de Santiago del Estero en agosto de 1927) mamó desde la cuna. Pero también hay curiosidades como una música parecida al foxtrot llamada yenca, bolero, bossa nova, taquirari y algunos ritmos orquestados que no le hicieron mucho honor a su calidad como músico (no por su manera de tocar sino por el ensamble de la orquesta). Finalmente, o especialmente, varios chamamés y la angelical voz de Victoria Díaz (esposa de Hugo, madre de Mavi Díaz y, además, hermana de otro músico genial, el percusionista Domingo Cura) que le da, con su participación en un par de obras, un matiz tan delicado y bello a esta producción.
Ahora volvamos a la musicalidad del artista en cuestión y al contexto de estas grabaciones. En aquellos años, en ese folklore que se tocaba sencillito y de alpargatas comenzaban a parecer inquietudes de vanguardia. Díaz fue uno de esos inquietos estandartes para darle un nuevo impulso. Y aquí vale preguntarse, cuando se escuchan algunas de estas grabaciones, si lo suyo no estaba muy por encima de la labor de algunos de los que lo acompañaron. Quizá sea mejor pensar que fue un virtuoso que creó un canon para la armónica en la música popular argentina y puso las primeras huellas que otros, efectivamente, siguieron. Su temprana muerte, a los 50 años, no le dio más opciones que esa. Pero su legado terminó siendo grande y, sobre todo, perdurable. Su propia evolución está magniíficamente “contada” en este Volumen 3. Mientras que las grabaciones de la década del cincuenta suena con cierto recato -muchas de ellas seguramente fueron como temas que acompañarían el baile (chacareras, escondidos y polcas)-, con el tango “La Cumparsita” y, sobre todo, el clásico chamamecero “Villanueva”, se abre un nuevo universo Díaz. En el último tramo del primer CD y durante casi todo el segundo se escucha a un Díaz en una plenitud expresiva.
Si “Villanueva” es una clase chamamecera (con un tempo diferente de como lo interpretaron los patriarcas de este género del litoral), se podría decir que también para volúmenes enciclopédicos quedan las versiones de zambas como “Agitando pañuelos” y “De usted”. En estas grabaciones (para las que seguramente hubo que hacer un gran trabajo de restauración sonora) Díaz es deliberadamente prolijo y desprolijo, según sus necesidades estéticas. Cada vez que toca la nota limpia y plena o cuando pega alaridos roncos lo hace con inequívoco criterio estético y, si vale volver al comienzo, con extrema musicalidad.
Una que resiste el intento de dominio que pretenda imponer cualquier pentagrama

AntologíA Vol. 3.
“PARA MIS PAISANOS”, “TODOS LOS DOMINGOS”, “GENERAL PINEDO”, “CANTANDO SE VAN LAS PENAS”, “LA CUMPARSITA” “VILLANUEVA”, “LA TARDECITA”, “POR ESO VENGO”, “NO QUIERO QUE TE VAYAS”, “AGITANDO PAÑUELOS”, “LA LÓPEZ PEREYRA”, “ZAMBA DE USTED”, “INOLVIDABLE” Y OTROS.

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viernes, 18 de agosto de 2023

LO QUE SUENA


Emmanuel Horvilleur regresa con canciones perfumadas de funk y soul

Gabriel HernandoEmmanuel Horvilleur lanzó este jueves un nuevo álbum
Ya desde la época en que junto a Dante Spinetta conformó Illya Kuryaki & the Valderramas, Emmanuel Horvilleur viene dando sobradas muestras de un ADN artístico en donde la música disco, el funk, el soul y los ritmos negros en general ocupan un lugar primordial. Todo ese rico bagaje musical, sumado a una particular sensibilidad pop, apareció luego volcado en una atractiva y ascendente carrera en solitario que lo ubica como uno de los principales y más destacados referentes locales de la música negra.
A dos años del lanzamiento de Pitada, aquel proyecto audiovisual con el que recorrió lo mejor de su repertorio solista en versiones acústicas interpretadas en vivo y en medio de un entorno natural, Horvilleur regresa al ruedo con su séptimo trabajo discográfico. Aqua di Emma, tal su título, emerge como un álbum en el que el ex IKV retoma sin eufemismos y de manera plena un sendero que supo transitar en el exitoso y galardonado Mordisco (2007) y que conoce y maneja a la perfección: el del funk, el soul y la música disco aunque desde una mirada libre, actual, contemporánea y alejada de cualquier viso vintage, ejercicio de estilo o tributo al sonido de fines de los setenta.
La aventura comienza bien arriba con “Yo soy la disco”, una abierta declaración de principios que enciende la pista de baile e invita a dejarse llevar bajo la omnipresencia de la infaltable bola de espejos y los irresistibles arreglos de vientos a cargo del trombonista Michael B. Nelson, excolaborador de Prince.
Sin embargo, a partir de “Te daría”, segundo tema dueño de una muy efectiva melodía, el disco coproducido por el propio Horvilleur junto a Cítrico ingresa en una atmósfera caracterizada y monopolizada por los tiempos medios y apacibles y una actitud que apunta a un disfrute más relajado y contemplativo en compañía de algún buen trago a mano.
Eso es evidente en “Boca” (a dúo con la cantante chilena Francisca Valenzuela), “Gato perdido”, “Abrazarnos” y “Novia de los planetas”. No obstante, el clímax de máxima sensualidad se da a través de “Prender ese mic”, un intenso y envolvente blues lento con toques de jazz en el que Emmanuel comparte voces con la argentina-española Carlota Urdiales, mientras el trombón de Michael B. Nelson vuelve a aparecer para aportar toda su elegancia.
En tanto, la participación de Ale Sergi y Juliana Gattas, de Miranda!, en calidad de invitados en el simpático pasaje pop-funky titulado “G.I. Joe” (cuya letra cobra singular actualidad en estos tiempos de furor por Barbie) sube los decibeles de una apuesta que luego retorna al terreno de la balada con soplos acústicos por intermedio de “Espíritu del lugar”.
“Fin de fiesta”, décima y última canción de un álbum muy parejo y en el que es evidente que la impronta laxa de Pitada dejó su huella, funciona como el perfecto epílogo para un embriagador viaje por diversos relatos de amor y desamor impregnados de Aqua di Emma, una fragancia suave, sutil, aterciopelada, exquisita y delicada que el próximo 30 de septiembre el público podrá apreciar en vivo y en toda su plenitud cuando Emmanuel Horvilleur arribe al escenario del estadio Obras.

AQUA DI EMMA.

ARTISTA: Emmanuel Horvilleur. CANCIONES: “Yo soy la disco”, “Te daría”, “Boca”, “Prendan ese mic”, “Gato perdido”, “Abrazarnos”, y “Novia de los planetas”, entre otras. EDICIÓN: Sony Music

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viernes, 11 de agosto de 2023

LO QUE SUENA


Tenis con proyección
El crecimiento de Julia Riera, contra todas las dificultades económicas
Joaquín VismaraUn grupo que madura con cada álbum y se aventura en nuevos territorios
Desde su aparición a principios de este siglo, El Mató a un Policía Motorizado hizo del fin del mundo una figura central en su obra. La banda platense convirtió a los relatos postapocalípticos en el centro de su universo narrativo, y lo hizo como un homenaje al cine fantástico y de terror con el que se criaron sus integrantes, pero también como una manera de encapsular en una metáfora cualquier adversidad a superar. Hasta que la realidad le ganó a la ficción y el planeta se vio en pausa por una pandemia, y los miedos pasaron a ser más reales.
A diferencia de muchos discos de su época, Súper Terror, el cuarto disco de estudio El Mató a un Policía Motorizado (sin incluir en la cuenta el compilado de rarezas La otra dimensión y las canciones regrabadas para Okupas de Unas vacaciones raras) no es un disco sobre el encierro y el aislamiento obligatorios. Lo que Santiago Barrionuevo reflejó en las diez canciones del álbum es el sinsabor de ver incumplida la promesa colectiva de salir mejores de una experiencia de esas magnitudes.
“Todo lo que me importa no existe más, quiero saber por quién morir” entona Barrionuevo en “Un segundo plan”, la canción que abre el disco, y que también marca su rumbo estético y sonoro a través de una inversión de roles. Donde durante muchos años hubo una banda de garage espacial surfeando entre distorsión y ruido, ahora hay una pared de sonidos sintetizados y teclados al frente de la mezcla, con las guitarras de Manuel Sánchez Viamonte y Gustavo Monsalvo a cargo de ornamentos y detalles. Con su paso lento y su economía de recursos, “Medalla de oro” está en cierto modo hermanada con “El tesoro”, su hit de 2017, tanto en forma como en contenido, una canción de espíritu derrotista que así y todo logra destilar belleza entre postales agridulces (“Soñamos con un mundo mejor hasta que el líder dijo ‘Me voy a rendir’”, “Entiendo que no vas a aceptar que todo lo que viene es peor”).
Ante ese escenario, “Moderato” y la enérgica “Diamante roto” aparecen como remansos narrativos que también remiten a formas melódicas más familiares al universo previo de El Mató. En cambio, “Tantas cosas buenas” adopta un armazón rítmico similar al de “Everybody Wants to Rule the World”, de Tears for Fears, para pintar un paisaje trágico sobre una secuencia de acordes cristalinos (“No es difícil de entender, todo esto se va a perder, tantas cosas buenas derrumbándose a la vez”). La banda que se abrió paso hacia el mainstream en 2012 con un hit indie llamado “Más o menos bien” construye su estribillo antagónico una década más tarde: “No me digas que las cosas van a estar bien”, canta Barrionuevo antes de agregar más adelante “Guardá tu entusiasmo, lo vas a necesitar”.
A la altura de “El universo”, Súper terror parece buscar una pausa, con una balada en cámara lenta a piano y voz en la que el mensaje parece ser que todo lo que se fue no volverá, pero le sirve a él para tenerlo presente y hacer frente a esa frustración. Esa sensación se potencia en “Coronado”, en la que Barrionuevo explota todo su potencial como cantante desde el registro grave de las estrofas al grito enérgico del estribillo, y también en “Voy a disparar al aire”, donde el motivo del sufrimiento parece ser bastante más terrenal y cercano (“Pensando solo en vos y un día que nunca existió. Cambiaste todo lo mejor por nada”), con la necesidad de venganza a flor de piel (“Voy a disparar al aire, alguien más la va a pasar muy mal”).
Con una secuencia de acordes lúgubre y unos sintetizadores que se pasean por el tema como nubes negras, “El número mágico” es la aceptación de que el destino final es inevitable, pero también menos terrible cuando el camino no se atraviesa en soledad (“Hay algo que no te conté. Todo es malo pero no debería preocuparte, vos y todos vamos a terminar en ese lugar”). Con la necesidad de descomprimir esa atmósfera, el cierre con “El profeta de fuego” aporta el equilibrio justo a tiempo, con unos acordes mayores a paso lento pero seguro, bajo la idea de que es necesario hacer las paces con lo que atormenta para poder seguir la marcha (“Es la niebla oscura, está sobre mí. Pero no te preocupes, estoy bien así”)

Súper terror

Un segundo plan medalla de oro, diamante roto, tantas cosas buenas, el universo, coronado, voy a disparar al aire, moderato, el número mágico, el profeta de fuego.

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sábado, 29 de julio de 2023

LO QUE SUENA


La banda británica liderada por Damon Albarn sorprende con un disco de baladas y ritmos para bailar bajo una luz tenue
Sebastián ChavesDamon Albarn le da forma a un disco de baladas y estilo crooner
Cuando la balada viene por vos / Viene como yo”, “Cuando la balada viene por mí / Viene como vos”. Es tiempo de baladas para Blur, para los personajes de sus canciones, para Damon Albarn y hasta para su guardaespaldas, Darren “Smoggy” Evans, a quien hace referencia el título del reciente disco de Blur: The Ballad of Darren. Y así lo canta Albarn en los versos citados al inicio de este párrafo. La canción, claro, se llama “The Ballad” y su letra trata sobre una separación: “Acabo de mirar hacia el interior de mi vida / Y todo lo que vi fue que no ibas a volver”, comienza el tema dominado por un piano y la voz del líder del grupo en modo crooner desaliñado.
Y si la nostalgia es lo primero que resuena como humor principal del disco, se trata, en todo caso, de una nostalgia trastocada y capaz de mirar hacia adelante. No solo en lo que respecta a las letras sino también en el sonido. Porque si The Ballad of Darren tiene cosas de Lou Reed y la forma de cantar de Albarn por momentos suena como si Ian Dury cantara standards de jazz en un crucero, también hay algo del Alex Turner más reciente. “Creo que es genial, canto mucho como él en este disco”, le dijo Albarn a la revista alemana Musikexpress sobre el líder de Arctic Monkeys. Es como si para cantar la nostalgia en tiempo presente, Albarn (55) hubiese elegido prestar atención a cómo lo hace alguien casi 20 años más joven que él (Turner tiene 37).
Y así, en esa zona que es temporal y es temblorosa, se sostiene The Ballad of Darren, el disco más corto en la historia de Blur, nacidos en el auge del CD y sus más de 70 minutos de capacidad, ahora escriben acorde a las dimensiones del vinilo y definen su mundo actual, por primera vez, en menos de 50 minutos. Si el presente es una fugacidad que solo puede materializarse si hay pasado y futuro, el cuarteto londinense lo construye con la fragilidad de quien hace equilibrio en un trozo de hielo que flota en el océano. Blur suena como si esa búsqueda por mantener la verticalidad uno descubriera que en realidad está bailando un lento (una balada). Bailando a los tumbos y medio torpe, pero bailando al fin.
Entre pianos, coros y guitarras que dosifican su descarga, Blur hizo de The Ballad of Darren su disco de pop lounge. Si “St. Charles Square” y “Barbaric” ponen a la guitarra de Coxon y a la voz de Albarn atravesada por una cámara para recuperar el pulso de la época en la que todo parecía reducirse a reclamar el trono del britpop en la disuputa con Oasis, “Russian Strings” las resignifca como una visita a un pasado del que no reniegan pero que, excepto por sus shows en vivo, hoy es un ropaje no visten. El piano, el ritmo de balada y los arreglos por detrás que parecen explotar en slow motion (hay algo del Radiohead de AMoon Shaped Pool en eso) vuelven a poner al disco en su camino baladístico. “I’m hitting the hard stuff” (una expresión que equivale a “Me entregaré al alcohol”), resuena hacia el final de las estrofas con Albarn llegando a su registro más bajo. Todo lo que es tocar fondo.
Entonces “The Everglades (For Leonard)” con sus aires folks le da un poco de luminosidad al disco, como si el crucero hubiese echado amarras en un puerto y para llevar a sus pasajeros a un picnic en la campiña. “Far Away Island”, “Avalon” y “The Heights” sostienen el pulso baladista del disco con más protagonismo de Coxon, mientras que “The Narcissist” y “Goodbye Albert” son los pasajes más uptempo de la segunda mitad. Todo, siempre, teñido por la mirada hacia el pasado, las despedidas en tiempo presente y la forma en la que eso sienta las bases para una nueva etapa a futuro. Si Gorillaz es el post humanismo según Albarn, The Ballad of Darren parece ser su versión humanista íntima, pero sin el individualismo ni el colorismo de su faceta solista. Aunque sea un humanismo íntimo, se construye de manera colectiva, como si la responsabilidad de interpelar a su generación, esa generación X que creció entre la desilusión de un siglo XX que terminaba sin sueño futurista a la vista pero también con el optimismo que hay en la fase final del desencanto. Como si cantar y encarnar baladas fuese, a fin de cuentas, un acto de resistencia algo que, en este contexto de la música global, no se puede contradecir.

THE BALLAD OF DARREN
”THE BALLAD”, ”ST. CHARLES SQUARE”, “BARBARIC”, ”RUSSIAN STRINGS”, ”THE EVERGLADES (FOR LEONARD)”, ”THE NARCISSIST”, ”GOODBYEALBERT”,”FARAWAYISLAND”, “AVALON”, ”THE HEIGHTS”, ENTRE OTROS

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domingo, 9 de julio de 2023

LO QUE SUENA


Taylor Swift sigue reeditando su propia historia musical D
Milagros AmondarayLa cantante regrabó uno de sus discos fundamentales
Es de que Taylor Swift comenzó con el proceso de regrabación de los discos que, en su momento, editó con el sello Big Red Machine, que su postura es clara: reclamar lo que le pertenece, ser la dueña de su trabajo y, al mismo tiempo, orquestar un acontecimiento global alrededor de cada una de esas “Taylor’s Versions” (”Versiones de Taylor”). Si bien con Fearless (Taylor’s Version), en abril de 2021, el impacto fue ineludible fruto del estatus indiscutido de estrella de la artista, esa vuelta al pasado se sintió más completa con el lanzamiento de Red (Taylor’s Version), que Swift editó en noviembre del mismo año. Ahora llegó el turno de Speak Now TV.
Con esa regrabación de un álbum con el que ya estaba coqueteando con el pop y alejándose, aunque tímidamente, de la escena country (la explosión se produjo con 1989), la cantante y compositora no solo propuso un ejercicio nostálgico, sino que también logró concretar objetivos que, en su momento, simplemente no parecían tan evidentes para ella. Así, una de las canciones favoritas de sus fanáticos, “All Too Well”, tuvo su versión extendida de 10 minutos y un cortometraje escrito y dirigido por la propia Swift con el que le brindó una masividad a un tema que, en el original, no había sido prioritario. Luego, llegó el fenómeno Midnights, su trabajo discográfico más exitoso hasta la fecha.
En una de esas paradas del Eras Tour, que la traerá a la Argentina, Taylor anunció el lanzamiento de esta tercera regrabación, una en la que esa necesidad de la artista por recuperar lo perdido adquiere otra tesitura cuando recordamos que se trata del único álbum de toda su carrera en ser escrito enteramente por ella. “Las canciones que surgieron en ese momento de mi vida, entre mis 18 y mis 20, estuvieron marcadas por honestidad brutal y confesiones catárticas sin filtro”, expresó Swift.
Lo que estaba latente era la búsqueda de un interlocutor con quien poder compartir situaciones signadas por el disfrute, el padecimiento, la gloria y la caída, todo lo que conlleva el vivir las cosas sin medias tintas, precisamente el leitmotiv de un disco en el que, desde su título, ya se alude a lo significativo de poner las cosas en palabras (y en lo que se conecta con Fearless). Por lo tanto, esa catarsis a la que su factótum hace referencia regresa trece años después, con los cambios lógicos de este camino de reencuentro con sus propios trabajos.
Lo que inevitablemente se pierde en este relanzamiento es la esencia country en determinadas canciones, como el caso de “Mine” y “Mean”, lo que termina siendo contrarrestado por la forma en la que la artista eleva otros temas, como “Haunted”, “Innocent”, “The Story of Us”, y “Enchanted”. En cuanto a esta última, se trata de la única canción que interpreta de Speak Now en el setlist fijo de su gira, y que llegó a una nueva camada de fans de la artista por ese rasgo atemporal que tiene y que, también, atraviesa otros temas, como “Back to December” y “Last Kiss”, en las que se percibe su crecimiento vocal pero también nuevos arreglos. Esta es una bienvenida decisión de Swift, quien sabe que sus canciones no pierden vigor y, en consecuencia, se permite certeramente faltarles un poco el respeto, como si estuviera concibiendo futuros clásicos con los primeros como base.
Por lo tanto, si bien cedió a la corrección política en la reescritura de una polémica frase del tema “Better Than Revenge”, ese cambio también es una forma de adelantar que, al ir recuperando sus discos (todavía resta su álbum debut, 1989 y Reputation), la transformación será parte del recorrido.
Lo que prevalece, con excepción de los casos citados, es la esencia de Speak Now, ese torbellino en el que todas las emociones se desbordan, como también lo notamos en los temas “de la bóveda”, “Castles Crumbling” con Hayley Williams de Paramore (un tema que se hermana con “Nothing New” de Red TV, interpretado en ese caso junto a Phoebe Bridgers) y “Electric Touch” junto a Fall Out Boy, colegas que marcaron a Swift en el momento de componer su disco en 2010.
Asimismo, en “When Emma Falls in Love” se produce una suerte de comeback a su primer disco, y en “Timeless” se recupera la figura de Marjorie, abuela de Taylor, la cantante de ópera a la que le dedicó un tema en Evermore y cuya historia de amor aquí plasma en un nostálgico cierre a una regrabación más lograda que la de Fearless, más contundente. A Swift se la nota particularmente más poderosa al interpretar “Long Live”, y los motivos son claros: esa canción escrita para sus fanáticos se originó hace más de trece años, cuando la artista pedía ser acompañada por sus oyentes en cada paso de su carrera. El deseo se le cumplió y “Long Live”, con esa búsqueda de lo perenne, del ser recordado, expone la vigencia de su compositora, quien transformó ese tema en un himno sobre la experiencia colectiva.

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sábado, 24 de junio de 2023

LO QUE SUENA


Un Bunbury analógico y expectante por su futuro
Mauro ApicellaEnrique Bunbury, una performance musical que encuentra nuevas pieles en el camino
“Las canciones ponen la mirada donde los demás la retiran. Química y magia, y lógica irracional. Nuestros mundos no obedecen a tus mapas (…) Si no nos dejan soñar no te dejaremos dormir (…) El que se va sin que lo echen volverá sin que lo llamen”. Lo que hace Enrique Bunbury en el primer tema de su nuevo álbum es toda una declaración de principios y, a la vez, la descripción de una coyuntura que es la que lo ha contorneado en el último tiempo.
Si Bunbury quería decir algo de su vuelta al disco y a los escenarios, probablemente estas frases tengan mucho que ver con ese tiempo de mudanzas. De irse sin que lo echen (dijo que dejaba la música, obligado por problemas de salud); de volver sin que lo llamen (regresó, contra algunos pronósticos). No fue mucho el tiempo que pasó entre una cosa y la otra. Es todo muy reciente. Será por eso que todo suena a flor de piel y expuesto sin misterios en las diez piezas del disco. Quien busca encuentra y tal vez en esa antojadiza búsqueda de motivos y razones, de excusas, el segundo track también se puede amoldar con frases a su presente. “Eres un animal que ruge brutal. / Que ha salido por fin de su cueva. / Con las fuerzas renovadas, el fuego en la mirada, / Y quiere salir y volar”. Con más de treinta años de carrera -desde sus comienzos en la banda Héroes del Silencio hasta este último capítulo solista- lo menos que se puede espera de un nuevo disco de Bunbury son esas señas particulares de su estilo. De su manera de entonar, de su manera de frasear, de su manera de resolver ciertas imágenes a través de las palabras. Ese modo de caminar que tienen cada persona es el modo de cantar de aquellos intérpretes que tienen muchos años de carrera. Y en ese sentido, las direcciones que toma este disco son claras, más allá de la curiosidad que pueda provocar su título, Greta Garbo.
La mirada en el espejo sigue firme. El cuarto tema se llama “Desaparecer” y refiere al retiro involuntario de los escenarios, a través de esta balada. “Aprender a desaparecer”, dice y menciona a Garbo, aunque la diva de Hollywood dejó la pantalla grande por propia voluntad, a los 35 años. La garganta de Bunbury había dejado de funcionar sobre el escenario: cuestiones químicas, alergia y una tos que lo dejaba sin aire. Un regreso a casa, en medio de una gira, la decisión de parar, de desarmar su estructura “en vivo” y luego la catarsis que terminó convertida en un álbum.
Este flamante disco parece un buen inventario de sentimientos encontrados. Por un lado, las sensaciones de un presente que lo obligaba a reformar su modo de vida en relación a la música, esa que es, desde hace tantos años, su modo de ganarse la vida; por otro, esas imágenes románticas, quizás no tan subrayadas en estos tiempos, sobre eso de que las canciones ponen la mirada en aquello que el resto ha dejado de ver, de observar. Y esto (el gesto romántico) es absolutamente coherente con la estética de un disco que suena eléctrico y a la vieja usanza, sin fantasías que lo decoren. Instrumentos reales (aunque a estas alturas, todos los digitales que suenan en otros discos también son parte de una realidad) pulsados por músicos, con estilo old school, vintage o como se prefiera denominar.
También hay una cocina de sabores agridulces que son las polaroids de este tiempo vivido por Bunbury. En cada track hay alguna mención, alguna frase clara que no requiere mayor explicación. El regreso a casa antes de tiempo, con la sensación de pasar a cuarteles de invierno, y la esperanza de ponerse anteojos de sol porque el futuro pinta brillante (como reza aquel tema de la ochentosa Timbuk 3).
Recién al promediar el álbum Bunbury sale del espejo (pero sin abandonar el carácter analógico de su álbum) y su vista atraviesa la ventana. Ve tormentas perfectas, autos de choque sin volantes y una vuelta a la primera canción (pero ya en la décima) que tiene que ver, otra vez, con ese gesto que no es anacrónico, pero si marcadamente romántico; aquello de ver a la música como herramienta para cambiar cosas. “Corregir el mundo con una canción”, se llama el tema que eligió para cerrar su álbum.

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domingo, 28 de mayo de 2023

LO QUE SUENA


Nicki Nicole se luce en su álbum más personal 
Sebastián ChavesNicki Nicole lanzó ALMA, su nuevo disco
Los nombres de los discos de Nicki Nicole siempre tienen peso. De una u otra manera hacen referencia a su mundo interior: a Recuerdos (su debut de 2019) y Parte de mí (2021) se les suma ahora ALMA. Y si bien la idea de un disco “personal” es un discurso que se repite en cada lanzamiento de un artista de corte pop/urbano, incluso es algo que la propia cantante rosarina ha dicho sobre sus discos anteriores, esta vez sí parece ser el caso. O al menos el resultado final se oye más como un trabajo distintivo y personal. Si el debut había sido un envase para juntar sus primeros hits (“Wapo traketero”, “Fucking Diablo” y “Plegarias”) y el segundo larga duración sonaba a una búsqueda, por momentos demasiado forzada y dispersa, por internacionalizar el sonido, ALMA encuentra una unidad de sentido y una cohesión más evidente que en los anteriores. Por primera vez, la producción parece haber hecho foco en jugar en favor del estilo de la cantante rosarina.
Porque hay algo que siempre estuvo y eso es el sello de Nicki Nicole en sus fraseos. Como pocos artistas de su generación, parte de la canción y utiliza el flow del hip hop como un color más que muchas veces termina siendo ambas cosas al mismo tiempo (la mayoría hacen el camino inverso: parten desde el rap y desembocan en la melodía como remanso cantable). Si se tomaran “Wapo traketero” y “Mala vida”, dos hits distantes en el tiempo, y se empezara por lo visual podría notarse el desarrollo de una estructura como artista pop y también escucharse el núcleo que se mantiene en común. En el primero, el video se reduce a un paseo en bicicleta con producción modesta pero de efectividad comprobada. En el segundo, el vestuario, las locaciones y el guión dan cuenta de una maquinaria trabajando en función de un producto acabado. Pero si algo sostiene a ambos como algo más que hits pasajeros es el encanto melódico y tímbrico que suena natural siempre.

Y para abrir ALMA, el sello se sostiene y esta vez se lo realza con más simpleza que nunca: un piano bluesero de subdivisión ternaria le da una pátina sepia para que sobre eso y nada más que eso la voz de Nicki Nicole se pasee en planos y contraplanos con la misma naturalidad con la que suena en un beat más convencional para su estilo. Como si hubiese tomado algo de Rosalía y de Nathy Peluso en el sincretismo de músicas de los márgenes para escapar a la fórmula, son las canciones que apuestan a esos nuevos timbres y paisajes las que sobresalen en el disco. “Se va 1 llegan 2” sostiene esa línea con un beat austero, cercano a las texturas pop tribal de The Dø. Las capas de voces que se superponen y fragmentan completan el clima desolador, que resignifica un título que a priori se leía como ego trip puro y duro.
Entre los temas que recuperan el pulso R&B y los fraseos característicos de Nicki Nicole están “Dispara ***”, con Milo J de invitado y “Caen las estrellas”, una colaboración con Ysy A que construye un bombo en negras con destino de Bresh y remix. En ambas colaboraciones, la cantante aporta los momentos cantables y sus invitados el flow virtuoso como contrapunto. “Qué le pasa conmigo?”, en cambio, su colaboración con Rels B, planta por primera vez la clave de reggaeton explícita sin aportar demasiadas novedades, ni para el estilo ni para el repertorio de Nicki Nicole. “8 AM”, que completa el pack de colaboraciones (esta vez con la portorriqueña Young Miko) suena orgánica en la complementación de voces y estilos que fluyen sin romper el devenir de una canción con mucho de hip hop fractal.
Pero incluso cuando queda claro que el cover de “Tuyo”, la canción apertura de la serie Narcos, fue un capricho, funciona en el concepto sonoro del disco. Un ejercicio de estilo que prueba que no es necesaria la sobreproducción cuando desde la interpretación se resuelve una lectura si no novedosa, al menos fresca.
Un ejercicio de estilo que prueba que no es necesaria la sobreproducción

ALMA

canciones: “Ya no”, “Dispara ***” (con Milo J), “No voy a llorar ;)”, “8 AM” (con Young Miko), “Se va 1 llegan 2”, “Llámame”, “Qué le pasa conmigo?” (con Rels B), “Tuyo”, “Caen las estrellas” (con Ysy A) y “Tienes mi alma”. edición: Sony Music.

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sábado, 13 de mayo de 2023

LO QUE SUENA


Winona Riders, el debut que todos esperaban
Joaquin VismaraLa banda del oeste del Conurbano y su irreverencia juvenil
Convertido ya más en una fuerza cíclica que en un género, cada equis cantidad de años, al rock se le determina su muerte ante la imposibilidad de renovarse y de hablarle al público joven. Y ahí, en el momento en que está por recibir la extremaunción, aparece un salvador encargado de extender su sobrevida, un rol que Winona Riders no solo no esquiva, sino que busca ostentar.
Transformados en estandarte de un recambio generacional evidente, el sexteto no tardó en anunciar en redes sociales el lanzamiento de Esto es lo que obtenés cuando te cansás de lo que ya obtuviste, su álbum debut, como “el mejor disco de rock nacional de los últimos 20 años”, una manera de plantar bandera para formatear el pasado, celebrar el presente e intentar apropiarse de cómo escribir el futuro.
Prepotencia discursiva aparte, los integrantes de Winona Riders supieron construir su obra a través de la elaboración a la vista. Ahí donde otros buscan disimular o mitigar la influencia de sus artistas formativos, la banda del oeste del Conurbano decide poner en relieve cada fuente de inspiración sin ocultar nada al oyente.
Desde sus primeros compases, “Abstinencia” usa la misma moldería cancionera de Spacemen 3 tanto en forma (un garage rock espacial) y contenido (la inmolación narcótica como respuesta a todo). Poco después, “La cura (los chicos también lloran)” contradice desde su letra el postulado que Robert Smith instaló en “Boys Don’t Cry”, esta vez desde un rock de paso cansino a partir de la reiteración de un mismo leit motiv a modo de trance valvular.
Una muestra de voz de Anton Newcombe, líder de The Brian Jonestown Massacre, da el puntapié inicial para “Anton”, un rock de ambiciones psicodélicas en el que un sitar reemplaza la distorsión que predomina en el resto del disco, y cuya letra referencia también a The Dandy Warhols con una serie de guiños evidentes (“El último adicto en la tierra” por “Not If You Were the Last Junkie on Earth”, “Odio y bohemia” por “Bohemian Like You”). El tema ofició también a un nivel simbólico a fines de abril, cuando Winona Riders fue la banda convocada para abrir el show de la banda de Newcombe y compañía en Chacarita.
Y si de Spacemen 3 se trata, el último tramo de Esto es lo que obtenés cuando te cansás de lo que ya obtuviste busca cumplir al pie de la letra lo que la banda británica proponía desde el título de su pirata Taking Drugs to Make Music to Take Drugs to (Consumiendo drogas para hacer música para consumir drogas). O sea, los Winona Riders no quieren inventar nada ni tampoco esconder sus influencias, que son más que evidentes.
Sus shows en vivo, sin embargo, funcionan como eje de una catarsis postpandemia que utilizan cada vez más chicos sub 25 que suelen entregarse al pogo y al contacto físico. Subir al escenario, junto a los músicos, es una de las constantes de los recitales de Winona Riders que, si bien no sacaron el mejor disco de rock nacional de los últimos 20 años, lograron ubicarse como cabeza de playa de una renovación con un sonido que refresca bastante el panorama del rock local en tiempos del trap , el rap y sucedáneos.
El instrumental “Muerte a los Winona Riders” es un trip intenso que gira sobre un mismo riff que crece en intensidad, de vuelta con el sitar como mascarón de proa. Acto seguido, “D.I.E. (Die in Ecstasy)” es otra invitación a entregar el cuerpo a un banquete químico y tratar de traducir a palabras una experiencia sensorial (“Mis dientes están por estallar, mi serotonina se marchó y nadie me ha avisado, Mi cuerpo no para de sudar”), una idea que recrudece en el cierre con “Dopamina”, una última descarga eléctrica para mantener vivo al rock, al menos hasta el próximo parte médico

ESTO ES LO QUE OBTENÉS CUANDO TE CANSÁS DE LO QUE YA OBTUVISTE
”ABSTINENCIA”, “LA CURA (LOS CHICOS TAMBIÉN LLORAN)”, “ANTON”, “MUERTE A LOS WINONA RIDERS ”, “D . I . E . (DANSE IN ECSTASY)”. “DOPAMINA”

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sábado, 22 de abril de 2023

LO QUE SUENA


72 SeaSonS
“72 seasons”, “shadows follow”, “screaming suicide”, “sleepwalk my life away”, “you must burn!”, “lux aeterna”, “crown of barbed wire”, “chasing light”, “if darkness had a son ”, entre otros

Metallica deja los artilugios y se expande en su sonido más fresco
Sebastián ChavesLa banda liderada por Hetfield regresa a las composiciones largas
Los años terminados en tres han sido mojones siempre determinantes para la historia de Metallica. En 1983 editaron su primer larga duración (Kill ‘Em All) y con ello sentaron las bases del thrash metal -la versión más veloz y agresiva del rock pesado para la época- junto a otras Megadeth, Slayer y Anthrax, ahora conocidas como el “Big Four” del estilo. 1993 fue el año del primer disco oficial en vivo. Live Shit: Binge & Purge recolectaba grabaciones de la gira de su Black Album, aquel con el que llevaron el género a su pico de popularidad y con el cual se ganarían el rótulo de ser una de las grandes bandas de rock para ver en vivo, rótulo que aún hoy conservan, con varios de sus integrantes cerca de cumplir 60. 2003, como todo drama, fue uno de los puntos de giro y la debacle de la banda. Con la salida de St. Anger como contexto, el colapso fue tal que devino en terapia de grupo, internaciones y una gira por Sudamérica que incluía shows en River pero se canceló por “agotamiento físico y mental” de los integrantes. 2013 no fue un año tan relevante para la historia de Metallica pero como dato de color quedará que el 8 de diciembre tocaron en la Antártida y se convirtieron así en la primera banda del mundo en haber tocado en los siete continentes.
Estamos en 2023 y hay nuevo disco de Metallica. El onceavo de una carrera que tuvo en sus primeros cinco un estado de gracia a la altura de Led Zeppelin y Black Sabbath, por nombrar algunas bandas que los influenciaron. Ya sin la prolificidad de su edad dorada, James Hetfield y compañía editan mucho más espaciado en el tiempo: este es apenas el cuarto disco en lo que va del siglo, la misma cantidad que antes publicaban en la mitad de tiempo. Pero Metallica ya es una banda que revalida credenciales en vivo. Los discos hoy parecen una excusa para desempolvar riffs y grabar. “Antes nos preocupábamos porque los discos tuvieran muchos climas, ya no”, se lo escuchaba decir sin culpa a Lars Ulrich, baterista y cerebro del grupo en la presentación del disco que se dio en cines de todo el mundo, incluida la Argentina. Y así las cosas, 72 Seasons es pura potencia, riffs pesados que suenan siempre a Metallica (resultaba gracioso escuchar a los miembros del grupo relacionando algunos temas a Ramones o Black Sabbath, cuando el sonido era indefectiblemente propio) pero que en el exceso de destreza y creatividad pierden contundencia.
Desde el comienzo con “72 Seasons”, el tema que da nombre al disco, las cosas quedan claras: los temas tienen una duración excesiva. Ni siquiera en los años del thrash, un disco de Metallica era tan extenso, cuando en la juventud y el virtuosismo habían encontrado la alquimia para descargar y demostrar. Las 72 estaciones que menciona el nombre hacen referencia, paradójicamente, a la cantidad de estaciones del año que vive una persona hasta cumplir los 18. Hetfield, que volvió a pasar por una internación para luchar contra su adicción al alcohol, se divorció de su pareja después de 30 años y tuvo sesiones y sesiones de terapia, afirma que uno convive durante toda su vida adulta con los presupuestos que su contexto le forma durante esas 72 estaciones formativas. Así, no solo la canción sino todo el disco, abrevan en los demonios internos del letrista y de cómo convivir con ellos, o combatirlos llegado el caso. Y esa lucha es la que se da con el heavy metal más veloz e intrincado posible.
Como una continuación de sus últimos dos discos (Death Magnetic y Hardwire... To Self-Destruct), Metallica sigue en el camino de un neo-thrash sin concesiones, aquellos que en 1991 supieron bajar la intensidad y la velocidad para convertirse en la banda de heavy metal más grande del planeta, ahora parecen no estar interesados o haber perdido la capacidad de hacerlo. Pero si algo tiene 72 Seasons que lo ubica un poco por encima de sus dos antecesores, es que la ingeniería de riffs acá suena más suelta y menos forzada. Desde “Lux Aeterna” (la única por debajo de los 4 minutos) a “Inamorata” (la primera canción en la historia de Metallica en superar los 10), el cuarteto suena como si hubiesen dado rienda suelta a sus capacidades sin detenerse demasiado a calcular nada y por eso el sonido es el más fresco que hayan conseguido en, por lo menos, los últimos 20 años. Si ha de haber un exorcismo interior, que sea, para Hetfield, a la manera de Metallica

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sábado, 8 de abril de 2023

LO QUE SUENA


Depeche Mode se enfrenta al abismo de sus muertos
Sebastián ChavesSony MuSic....Martin Gore y Dave Gahan, los integrantes actuales, luego del fallecimiento de Andy Fletcher
Hace ya más de un lustro, Pablo Schanton (una de las grandes plumas de la crítica musical argentina) citaba para el extinto sitio Informe Escaleno al escritor italiano Guido Morselli. El textual decía: “El silencio de la ausencia humana es, me daba cuenta, un silencio que no fluye. Se acumula”.
Para una banda como Depeche Mode, que en aquella expansión sonora que supuso el fin de los 80 y el principio de los 90 para la música pop nos invitaba (¿ordenaba?) a disfrutar ese silencio, la muerte también se juega mucho con esa quietud, esa “profunda oscuridad en blanco”, como el propio Schanton definió al silencio años más tarde en las liner notes de un disco. Pero si allá por 1990 los Depeche Mode pedían prescindir de las palabras (eran “innecesarias y solo podían hacer daño”, cantaban en el que aún es uno de sus mayores hits), la muerte resignifica y Memento Mori, su decimoquinto disco de estudio y el primero sin Andy Fletcher, uno de sus miembros fundadores, que falleció en mayo de 2022 a sus 60 años.
Y así, su disco que lleva por título la expresión latina que significa “recuerda que morirás”, puede escucharse como la representación de lo espeso de ese silencio que no fluye y se acumula. Si el sonido se produce por partículas de aire que vibran a velocidades determinadas y el silencio por la quietud de ellas, Memento Mori parece vibrar en sólido, como si se tratara de una descarga sonora contenida en un espacio finito, con “sus fronteras delineadas” como cantan en “My Cosmos Is Mine”, la elegía industrial (un pantano electrificado) con la que comienza el disco. Pero para Depeche Mode siempre se trató de la dualidad, de colar espectros de luz (de vida) en cualquier momento. Y entonces “Wagging Tongue” pone en primer plano unos teclados synth pop bien ochentas. No se va a tratar de un réquiem en 12 canciones sino de que el recordatorio de que moriremos sea también una invitación a aprovechar tiempo y espacio cuando estemos en este plano.
Lo mismo se escucha en el bombo en negra (sinónimo de baile) que domina “Ghosts Again”, el que fuera el primer y único adelanto del disco. Con la coautoría de Richard Butler, de los Psychedelic Furs, Martin Gore y Dave Gahan suman distorsiones diluidas para cantar sobre una suerte de eterno retorno: “Sabemos que seremos fantasmas otra vez”.
Los susurros crooner de la dupla refuerzan la idea de lo fantasmal como materia a lo largo de un disco que sin perder cohesión ni cortar el clima va desde los aires de blues con división ternaria en “Don’t Say You Love Me” a los aires de darkwave clásico en “My Favourite Stranger”. Y en el final, las palabras como prueba de vida vuelven a dialogar (valga el doble sentido) con aquel silencio añorado hace ya 23 años. “Speak to me, and I will follow” (“Háblame y yo te seguiré”), cantan ahora sobre un colchón de cuerdas disonante y perturbador, con una batería que aparece recién sobre la coda que cierra el disco. Las palabras ya no son innecesarias como cantaban en “Enjoy The Silence” sino todo lo contrario, son prueba de humanidad y recordatorio de vida en ese constante recordatorio de muerte que es la condición de habitar este mundo. Y entre el silencio y las palabras, la música y el ruido. La primera como canal de comunicación y la segunda como opuesto violento antiargumento.
Los Depeche Mode en todas sus etapas se las han ingeniado para orquestar y jugar con esos cuatro elementos, casi siempre al mismo tiempo y así dar vida a su obra. Las dos coronas de flores con forma de alas de ángel que conforman la portada de Memento Mori cierra el concepto. Aún quedan dos, Gore y Gahan, con un disco nuevo a la altura de su historia, pero también con un futuro inexorable. Hasta dónde es celebración y hasta dónde es lamento, quedará para la decisión y el sentir de cada escucha.

MEMENTO MORI
“my cosmos is mine”, “wagging tongue”, “ghosts again”, “don’t say you love me”, “my favourite stranger”, “soul with me”, “caroline ’ s monkey”, “before we drown”, entre otros.

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viernes, 17 de marzo de 2023

LO QUE SUENA


Miley Cyrus se confiesa con su voz más madura
Mauro ApicellaLa cantante entra en la tendencia pop de esgrimir acertijos personales
La afectación vocal que manifiesta Miley Cyrus se traduce en la fuerte personalidad que ha tallado en, al menos, la última década de carrera como estrella que no deja de brillar en la competitiva industria de la música. Especialmente con sus últimas producciones, dejó de ser simplemente una exitosa chica pop para transformarse en esa artista con carácter, decisión y un claro manejo de su poder. Sabe que lo tiene, sabe cómo usarlo. Hubo, en el medio, muchos enojos y tantos redobles de apuestas contra las críticas recibidas que terminaron templando su espíritu y configurando “la voz” que actualmente ostenta. Alcanza, para cotejar, un breve careo entre la Miley de Bangerzs (2013) y la que se escucha en Endless Summer Vacation, que acaba de publicar.
Su flamante estreno marca una tendencia cada vez más pronunciada de los últimos álbumes. Muestra esa garganta cada vez más áspera, más cómoda en la parte baja de su registro, pero sin sonar decolorada ni con imposibilidad para llegar a notas y palabras que necesitan caudal vocal y ganar altura. En el gran contexto de la música pop, esta voz destaca por su visceralidad. Miley tiene apenas 30 años, pero su garganta parece la de una artista de más edad. ¿Es porque comenzó de muy chica en la actuación y el canto, con éxitos arrolladores como el de Hannah Montana, o simplemente porque encontró el modo de madurar su vida artista y usar su garganta como el más fiel resonador de todas esas experiencias?
La precocidad de su vida artista, en sí, no la facultaría para llegar a esta conclusión. Quizás esta manera de sonar sea, simplemente, su voz en este tiempo. Y el álbum, una fotografía de este tiempo de su vida. La mayoría de las canciones de Endless Summer Vacation gozan de cierta atemporalidad que hoy funciona muy bien en plataformas digitales. Temas aptos para todo público son el reaseguro de la masividad que ya viene implícita en el nombre Miley Cyrus. Algo similar sucedió el último año con las canciones del más reciente álbum de su colega Taylor Swift (cierta atemporalidad que se despega del catálogo de sonidos de moda). Sin embargo, esta producción de Miley parece construida a modo de díptico donde, claramente, el carácter de los cinco o seis primeros tracks se diferencia de la mitad restante (esto vale para aquellos que acepten el desafío de escuchar el álbum un tema tras otro, a la vieja usanza, según el orden original). En ese segundo y último tramo persistirá la voz de acentuación country music, pero su escenografía ya muestra otros detalles, algunos de estos tiempos y otros de viejos tiempos, pero que se han vuelto a poner de moda, sobre todo en el perfil dance de esta segunda cara de un imaginario LP.
Por otra parte, si como norma tácita de estos tiempos hay que conectar cada frase que se escucha de un nuevo disco con alguna situación personal de su protagonista, seguramente esa disección quirúrgica ofrezca diversos hallazgos. Claro que la mayoría serán suposiciones porque, en general, no se encontrarán escenas explícitas. Por supuesto que habrá algunas que tienen todas las fichas puestas en relaciones que Miley ha dejado atrás, pero no son novedad, ya que sonaron meses atrás en “Flowers”, el adelanto que hizo de este álbum y que logró alcanzar los primeros puestos de los charts, con un altísimo nivel de reproducciones en plataformas. Allí dice: “Teníamos razón hasta que no la teníamos / Construimos una casa y la vimos arder”. Era una clara referencia a la relación con quien desde 2020 es su exmarido, el actor Liam Hemsworth, y a la casa en Malibú que compartieron y que se prendió fuego.
“Wonder Woman” tiene mucha tela para cortar. Dice: “Ella es una mujer maravilla. Ella sabe lo que le gusta. Nunca se sabe que está rota, porque ella siempre está bien. Ella es un millón de momentos, ha vivido mil vidas. Nunca se sabe que está desesperada, solo cuando ella llora (…) Cuando suena su disco favorito y baila en la oscuridad, no puede evitar que sus ojos se llenen. Se asegura de que nadie esté cerca para verla desmoronarse. Ella quiere ser la que nunca lo hace”.
Cuando se deja de lado la obsesión por el reality que pueda atravesar la entrelínea de una canción, será posible prestarle atención al álbum por el valor que en sí mismo pueda tener. Y allí es cuando aparecer joyitas country como “Thousand Miles” que canta a dúo con Brandi Carlile, con originales arreglos o esa visceralidad ya mencionada de Cyrus, que llega al clímax en “Muddy feet”, junto a Sia. En canciones como la balada “You”, que le sigue a “Thousand Miles”, hace que, el toque retro de ciertos momentos de la producción, asciendan al escalafón de “sonido clásico”, por lo tanto, atemporal.
Endless Summer Vacation no es un disco sobresaliente, pero sin duda es una apuesta a la madurez de una artista que ha vivido tironeada por la industria del entretenimiento (especialmente infantil y adolescente) y que con el paso de los años y los discos puede darse el lujo de poner su voz en los primeros planos. Más allá de algunas fantasías electrónicas que la rodean, en el segundo tramo de esta producción y del séquito de compositores y letristas que la acompañan (aunque hay un terceto básico: Miley Cyrus/Thomas Hull/ Tyler Johnson) la voz de Miley, que representa su arma y su mejor defensa, es la que triunfa. Y a pesar de que muchos entiendan este disco como una oda a Los Ángeles, su voz sigue sonando “made in Tennessee”.
En esta versión del álbum figuran 12 temas originales y una segunda toma (demo) de “Flowers”, con una estética sesentista de piano eléctrico que acompaña la voz de Cyrus. Como se suele hacer, cada vez con más frecuencia, apenas publicado el álbum en su versión standard, aparecen versiones extendidas.


EndlEss summEr Vacation
“flowers”, “jaded”, “rose colored lenses”, “thousand miles”, “you”, “handstand”, “river”, “violet chemistry”, “muddy feet”, “wildcard”, “island”, “wonder woman”.

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viernes, 10 de marzo de 2023

LO QUE SUENA


Una exquisita colección de lo mejor de Paco de Lucía en el festival de Montreaux
Mauro ApicellaEl guitarrista y su virtuosismo en vivo
El famoso festival de Montreux decidió publicar una serie de compilaciones de registros wen vivo de célebres artistas que pasaron por sus escenarios, en distintas épocas. Para esto es condición ser o haber sido prestigioso y haber visitado el festival en distintas épocas. Paco de Lucía reunió estas dos condiciones y es por esto que se acaba de estrenar el álbum póstumo que sintetiza su paso por el festival suizo.
De sus ocho actuaciones se rescataron y editaron grabaciones de tres: 1984, 2006 y 2012 (la última, dos años antes de su muerte). La primera impresión que deja esta colección (y el caso del gran guitarrista flamenco no será la excepción) es la búsqueda de un recorrido arbitrario que intente mostrar situaciones diversas y dar testimonio, además, del momento que cada músico, en distintas épocas de su carrera. De ida y venida, cada track de este disco representa saltos en el tiempo y una radiografía diferente de este gran artista andaluz. Son ocho las radiografías de esos tres conciertos seleccionados. El álbum comienza con un tema que interpretó en el concierto más reciente (se cumplieron diez años de aquella actuación, el último año). Es una de sus melodías más difundidas y un buen gancho -a pura rumba- de armonía básica, que hace pie en un par de acordes- para hipnotizar a su audiencia y, seguramente, no soltarla hasta el final. Un tiempo después, “Alta mar” (versión 1984), es uno de los emblemas de su paso por Montreux. También hay que entender el contexto de época, y quizá, perdonar, que su bajista, a mediados de los ochenta, hubiera utilizado tanto chorus, delay y reverb en el sonido de su bajo. Se puede perdonar porque eran, todavía, en esa década del ochenta que promediaba, los estertores de un jazz rock expansivo y vertiginoso que se recornvertía en jazz-fusión. Paco, que venía de la experiencia Guitar Trío, con Al Di Meola y John McLaughlin, no perdía oportunidad de subirse a esas tendencias. Era lógico, después de todo había sido una década y media atrás uno de los mascarones de proa de la renovación del flamenco, al punto de instalar instrumentos como el cajón peruano en sus set y le encantaban los nuevos desafíos.
Algunos registros de su paso por el festival de Montreux tienen que ver con esto, especialmente los más antiguos (esos que ya están cerca de cumplir cuatro décadas). Esta recopilación de grabaciones no es “La guitarra de Paco de Lucía”. Es Paco y su contexto. Y si bien entre las grabaciones de 1984 y 2012 (y en esos ocho conciertos que dio sobre aquel escenario) hay un eje indiscutible que es su manera de tocar, el entorno juega un rol muy importante. Cada tema deja algo especial. “La barrosa”, con esa rítmica que “valsea” sobre tres tiempos, sin salir del flamenco, dibuja bordoneos imaginarios del fino folklore peruano. Bien valen esos 10 minutos que dura “Alta mar” para escuchar la grandeza guitarrista de Paco, esos años de fusión (con tumbadoras y saxo soprano), los ritmos latinos entreverados con la rumba y la improvisación que podía salir de todo ese tuco. En el siguiente track se escucha “El tesorillo”, de una actuación de 2006, que parece (o, directamente, es) un virtuoso duelo entre la guitarra y el cajón. El arte guitarrístico de Paco está muy bien desarrollado en esta versión. Y hay contrastes que siempre ayudan a generar variedad. Por un lado, “Buana Buana, King Kong” que es público gritando en el comienzo, una exuberante percusión “afrosudamericana” y cante flamenco. Por otro, “Variaciones de minera”: Paco solo, deslumbrando al público con su guitarra.
Si bien el orden de las grabaciones no está definido como una cronología, se pueden advertir diferencias de esos tres momentos. El concierto de 1984 fue expansivo y orientado a una fusión que una década después pasaría a llamarse “world music”. En las composiciones elegidas de la edición de 2006 se puede encontrar a un Paco de Lucía más introspectivo y versátil con su instrumento. Las piezas de 2012 parecen de un concierto más bien retrospectivo. La fusión de estos tres momentos crea un nuevo concierto, con todos estos elementos.

Paco de Lucía, The MonTreux Years

“vámonos”, “la barrosa”, “solo quiero caminar”, “alta mar”, “el tesorillo”, “buana buana king kong”, “variaciones de minera”, “Zyryab”. Sello: bmg

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sábado, 4 de marzo de 2023

LO QUE SUENA


Gorillaz. Un colectivo musical virtuoso, ante el riesgo de la repetición
Diego Mancusi Las caricaturas que, en realidad, son álter egos del músico Damon Albarn
Les pasa a algunas bandas, no a muchas, que llegan a una instancia traicionera de sus carreras en la que todo lo que hacen está de bien para arriba y al mismo tiempo pierden la capacidad de sorprender. No necesariamente por repetirse o copiarse a sí mismas, sino más bien por dejar muy establecidos los ingredientes de su música en sus primeras obras y después reacomodar la receta una y otra vez en canciones que pueden ser efectivas pero quizás no tan memorables. Así, lo que suele resultar son discos que uno recibe con alegría y escucha de punta a punta, para luego volver a ellos en contadas ocasiones, o nunca.
Algo por el estilo parece estar pasándole a Gorillaz, que en realidad -se sabe- es un nombre colectivo para otra de las exploraciones de Damon Albarn. Para analizar Cracker Island, el octavo álbum de estudio del grupo de dibujos animados, uno podría hacer una lista de elementos que cree que va a encontrar antes de escucharlo y después darle play e ir tachándolos uno a uno hasta que no quede ninguno. El pantallazo general es predecible si uno conoce el paño: un disco de pop sintético, con trazas de hip hop, un tufillo dub/psicodélico, colaboraciones de súper lujo y un puñado de melodías de esas que al británico le cuestan tanto como respirar. No están en el mismo orden que en álbumes anteriores, no están aplicados de forma idéntica, pero están. Y quizás sea ese el problema que hace que la euforia por recibir diez temas más que atractivos se extinga segundos después del fade out del último.
Concentrándonos en lo que lo distingue, Cracker Island no es el disco soleado y dicharachero que uno podría esperar, teniendo en cuenta que buena parte de él se compuso y grabó en California y que el mismo Albarn lo definió en una entrevista como “una serie de cuadros imaginarios sobre Los Ángeles”. En eso Damon es inteligente: no se quedó con el estereotipo, con la cáscara de la ciudad que puede apreciar un turista, sino que abrazó sus complejidades (L.A. es, al mismo tiempo, las playas de Malibú y la skid row) y las retrató en una decena de canciones que -con sus vaivenes- parecen elegir una guía de new wave fina o electropop, sintes rigurosos y subibajas melódicos. En ese contexto se insertan las celebridades invitadas, y el uso de “insertan” no es casual: a diferencia de lo que suele pasar en álbumes con grandes nombres, casi ninguno de los feats es protagonista de su canción. Más bien se usan como un condimento, como un sabor agregado al arreglo: la voz rasposa de Stevie Nicks, por ejemplo, subraya la entonación apagada del dueño de casa en “Oil”, Beck es poco más que armonía en la desoladora “Possession Island”, Thundercat entra, deja el funk y se va en el tema que le da nombre al álbum. Las excepciones más notables a esta regla son Kevin Parker de Tame Impala, que se carga al hombro el neodisco “New Gold” (e interactúa con el rapero Bootie Brown de The Pharcyde) y -más que nada- Bad Bunny, que convierte a “Tormenta” casi en un outtake de Un verano sin ti, su elepé del año pasado. Así, pasan las canciones y el gusto que queda en la boca es de desencanto, no del oyente con el disco sino de Albarn con el estado del mundo, y lo que mejor funciona en Cracker Island es justamente la habilidad de éste para expresar ese sentimiento en temas extrovertidos como el mencionado “New Gold”, en otros melancólicos y etéreos como “Skinny Ape” o a mitad de camino como en “Tarantula”. Nada para reprocharle, más que el hecho de ser tan él mismo. El problema de subir la vara.

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sábado, 11 de febrero de 2023

LO QUE SUENA


Maneskin, una caricatura glam con proyección internacional
Mauro ApicellaEl estilo de rock vintage de la banda italiana sorprendió al mundo
Si su glamour retro catapultó a la banda Maneskin de Italia al mundo, gracias a su triunfal participación en el festival de la canción Eurovisión 2021, solo era cuestión de trasladar esa actitud hacia otros proyectos. Rush!, que es su nuevo disco, bien podría ser el destinatario de ese impulso. Y definitivamente lo es.
Por un lado, es la búsqueda de todo aquello que pueda resultar atractivo para el público masivo e internacional, incluso con fórmulas que para muchos hoy están gastadas. Por otro, una manera de preservar su estética old school para afrontar el hecho musical y ver si además de esa universalidad pretendida, especialmente con canciones en inglés, también se podría volver a la lengua madre del grupo, el italiano. De ese modo, conectar con una tradición rockera peninsular que también tiene su historia y, quizás, un presente que pueda ser encabezado por bandas como Maneskin.
Más allá de la canción que interpretaron en Eurovisión, “Zitti e Buoni”, el grupo mostró su capacidad de diferenciarse del resto. De hecho, eso decía su cantante en aquel tema, interpretado en italiano: “Estamos dementes, pero al menos no somos como el resto”. Hace treinta o cuarenta años, sus prendas símil cuero, las tachas y los delineadores habrían sido parte de un amplio mosaico roquero. En el comienzo de la tercera década del siglo XXI representan una expresión vintage. En cierto sentido, Rush! proyecta esa dirección. Maneskin ha apostado a ponerle su toque glam al hard rock de los setenta (que, por cierto, ya venía con un toque de glam), al punk inglés (aunque suene en tono burlón en temas como “Kool Kids”), al grunge de los noventa de un modo muy solapado y, sobre todo, al pop-punk de la primera década de este siglo.
En este disco –extenso en cantidad de tracks (son 17 canciones), pero no en duración– hay, al menos, dos vertientes delineadas. Por un lado, las canciones en inglés, que cumplen con los estándares de la industria de la música; allí no falta, desde ese ámbito anglo, una mirada que se desliza desde el lado occidental del océano Atlántico. De hecho, el álbum fue grabado en Los Ángeles y tiene un invitado especial, (el ex Rage Against The Machine y ex Audioslave) Tom Morello. Por ese lado Rush! es un nuevo y firme paso del grupo como banda internacional.
Los matices pueden ser diversos. Solo por dar dos o tres ejemplos, “If Not For You” suena a esas baladas del soft metal 80-90 en versión acústica. “Kool Kids”, en cambio, es una especie de declaración de lo que la banda no es, con cierto sarcasmo que está cursado desde una estética evocativa del punk inglés de finales de los setenta. “Bla Bla Bla” es, también, un soplo de evocación (pero sin despreciar la ironía) al sexo, la droga y el rocanrol.
Por otro lado están las canciones en italiano. Esa es su segunda vertiente, que recién aparece en el último tercio del álbum. La banda sigue sonando igual, pero hay un cambio de registro lírico que está determinado por el idioma. “La Fine” y “El dono della vita” muestran otra dinámica melódica, justamente por la variante que muestra la musicalidad de sus letras. Y “Mark Chapman” es la radiografía de la mente del asesino de Lennon.
Pero la vuelta al inglés pone a la banda otra vez en versos más directos. El idioma lleva a Maneskin a temas que anticipó a este lanzamiento, como el erótico “Mamma Mia”, el noventoso “Super Model”, y la balada rompecorazones “The Loneliest”. Ese retorno al inglés marca con certeza el futuro o la apuesta a futuro que seguirá haciendo Maneskin, como proyecto internacional y como banda de rock.

RUSH!
CANCIONES: “own My Mind”, “gossip”, “time Zone”, “Bla Bla Bla”, “Baby Said”, “Gasoline”, “feel”, “don’t Wanna Sleep”, “kool Kids”, “if Not For You”, “read Your Diary”, “mark Chapman”, “la Fine”, “Il Dono Della Vita”, “mamma Mia”, “super Model”, “the Loneliest”. EDICIÓN: Sony Music.

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viernes, 3 de febrero de 2023

LO QUE SUENA


Sam Smith reaparece con Gloria, su álbum más maduro
Mauro ApicellaEn la línea de un Elton John siglo XXI, el cantante logra lo que venía proponiéndose hace casi una década
Si Elton John hubiera nacido 45 años después (eso habría sido en 1992) quizás hoy llevaría por nombre Sam Smith. Claro que muchos de los que nacieron en 1992 no saben quién es Elton John. O quizás saben pero no conocen su carrera ni sus logros, porque son de la generación de Sam Smith. La mayoría de las veces las comparaciones son odiosas y seguramente esta lo sea. El punto no es la comparación en sí, sino poder trazar postas en la historia de la música pop británica. Eslabones. Y es posible encontrar puntos en común entre estos dos artistas. El divismo, la provocación, la superación álbum tras álbum, la popularidad creciente.
Artista de este tiempo, en Sam Smith se puede ver y escuchar a un músico en evolución que, gracias a códigos actuales, pero que no son de guetos, le resulta posible llegar a varias generaciones. Gloria, su reciente estreno, es un álbum que se puede escuchar de varias maneras. De un modo deliberadamente fragmentado, sin poner atención a las letras, para dejarse llevar por la producción musical que Smith propone, o poniendo la lupa en los vericuetos que plantea con sus palabras. Sobre todo en aquellos con los que quiere sentar posición. Ante todo (o más bien, sobre todo) lo anterior, el cantante inglés impone el hecho estético de la canción, desde formas que viene desarrollando con su disco anterior, Love Goes. Las sonoridades aterciopeladas, el coral con autotune pero que suena a casi a “christian church” (aunque no se proponga nada de eso), la búsqueda del deep lounge y una contracara en la rítmica afroamericanista, marcada, intensa, con mucho swing, casi bailable.
Y su voz, por supuesto, que, a los 30, por momentos parece haber encontrar mejores aventuras en su registro medio que en el falsetto al que apostaba en el comienzo de su carrera. Sigue trepando notas altas, pero lo hace de otra manera. Está más en el detalle de la sutileza, algo poco habitual en la industria de la música pop, y de ese modo consigue desarrollar mejor sus creaciones.
Costará determinar si realmente las canciones tienen su brillo propio (habría que escucharlas en otras versiones) o su gracia está en cómo Smith las manifiesta. “Gloria”, el tema que da título al disco (elegido entre otros doce que conforman el disco) va del canto gregoriano de los primeros compases a una conducción de voces simple, y de ahí hasta un verdadero ejercicio contrapuntístico. Está claro -porque lo ha hecho otras veces- que el juego vocal-coral es algo que lo apasiona. Por otro lado, lo que posiblemente haya buscado no fuera verdaderamente un ejercicio vocal sino desde el marco de la música religiosa, dar su mensaje: aunque pueda sonar críptico o apenas sugerido ese “sé tú mismo con la mayor fuerza que puedas”, refiere a sus decisiones y búsquedas, a lo queer, a lo no binario. Esta es la gema del álbum, como en el anterior lo fue “Love Goes” que tituló aquel su producción de 2020.
Entre discursos más livianos -como los sensuales “Six Shots” (una balada) o la siguiente “Gimme” ( junto a Jessie Reyez y la jamaicana Koffee) que viaja entre el reggaeton y el dance hall- se vuelven a colar sus bajadas de línea. El “Hurting Interlude” es un breve fragmento del documental Gay and Proud (1970) de Lilli Vincenz, donde se escucha a un entrevistado decir: “Mentir es una de las cosas más feas de ser homosexual. Cuando tienes tu primera mala experiencia sexual y no puedes decirle a tu hermano o a tu hermana: esto no me hace bien”. En “Love Me More” (uno de los adelantos que ya había hecho de este álbum) ahonda en los resultados de mirarse al espejo. Y con “Unholy” (otro de los anticipos) que grabó con la alemana Kim Petras, exterioriza pensamientos y le corre el velo a las hipocresías (“Mami no sabe que papi se está calentando”), en la cuerda de los musicales, al estilo Moulin Rouge.
Además de Petras, Jessie Reyez y Koffee, la producción de trece canciones tiene a otros invitados como Ed Sheeran y Calvin Harris. Por el abordaje, los matices, y lo que Smith ha querido y sabido plasmar, Gloria es su más logrado álbum, desde que comenzó su carrera discográfica, hace casi una década.

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