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lunes, 23 de mayo de 2022

NUNCA OLVIDAR


Adolf Eichmann: de la vida secreta en Buenos Aires a la horca en Israel
Se cumplen 60 años de la ejecución de uno de los organizadores del Holocausto, tras ser atrapado mientras vivía en una precaria casa de Virreyes

Pablo Mendelevich
Eichmann en la jaula de vidrio, durante el juicio por sus crímenes de guerra en Jerusalén; y unos 20 años antes, en el centro, haciendo el saludo nazi
No es lo más frecuente, pero alguna vez a los periodistas nos sucede que nos topamos con una primicia por pura casualidad. En abril de 2001, una mañana cualquiera, mi bicicleta me depositó en Virreyes, San Fernando, no muy lejos de mi casa de Beccar. Era un paseo otoñal sin rumbo fijo. De repente advertí que la calle que acababa de cruzar se llamaba Garibaldi. Se me ocurrió averiguar entonces si no estaba cerca de la vivienda de Adolf Eichmann, la legendaria casa de la calle Garibaldi.
Los primeros dos transeúntes a los que me acerqué no sabían de qué hablaba. Un tercero me dio las coordenadas precisas, pero cuando llegué no distinguí ninguna vetusta construcción de ladrillos parecida a la de las fotos o como la que se ve en la película La casa de la calle Garibaldi, basada en el libro (1975) de Isser Harel, cerebro de la operación.
Sin embargo, me hallaba en el lugar correcto. Cerca de la ruta 202 y las vías del ferrocarril Mitre, desde cuyo terraplén los agentes del Mossad espiaban al morador con largavistas para estar seguros de que “Ricardo Klement” era Adolf Eichmann. Ante mi requisitoria, el dueño de un taller de chapa señaló enfrente, hacia un terreno baldío. “La tiraron abajo hace tres días”, me dijo.
Fue el principio de la noticia que se publicó el 23 de abril de 2001 y que repercutió en varios países. El 11 de abril de 2001 se habían cumplido 40 años del comienzo del histórico juicio llevado a cabo en Jerusalén, que terminó con Eichmann en la horca. Ahora se cumplen 60 años del ajusticiamiento. El llamado arquitecto del Holocausto fue colgado el 31 de mayo de 1962 en la prisión de Ramla. Es el único sentenciado a muerte en toda la historia del Estado de Israel.
El chapista de enfrente, llamado Francisco Pérez, como narré en aquella nota, me contó algo que tampoco se conocía: la casa se había convertido en un foco de atracción turística internacional. Paraban en la cuadra, en ese pobre e ignoto rincón del Gran Buenos Aires, ómnibus de israelíes, grupos de italianos, franceses, norteamericanos. Periodistas, documentalistas, camiones de filmación. A unos cincuenta metros de la puerta, muy cerca de la parada del colectivo, el agente secreto israelí Peter Malkin forcejeó con Eichmann la lluviosa noche del 11 de mayo de 1960. Lo subieron al parecer a un Auto Unión. Había otro vehículo de apoyo. Al llegar al lugar donde lo tendrían cautivo, el falso Ricardo Klement no tardó en reconocer su verdadera identidad, para beneplácito de los nueve agentes del Mossad y de Shin Bet (el servicio de inteligencia y seguridad interior de Israel) que participaban de la muy riesgosa Operación final (de allí el nombre de la película de Netflix), también conocida como Operación Garibaldi. Inmediatamente informaron al primer ministro David Ben Gurion.
El histórico juicio llevado a cabo en Jerusalén, que terminó con Eichmann en la horca
El cautiverio se hizo más largo de lo planeado por culpa de la burocracia argentina: las autoridades demoraron la llegada del avión israelí que traía la delegación oficial para el sesquicentenario de la Revolución de Mayo. En ese avión la presa iba a ser sacada del país. El 23 de mayo Ben Gurión le anunció al mundo que Adolf Eichmann estaba detenido en Israel. No mencionó el país en el que se había escondido, eso se supo varios días después e hizo estallar una grave crisis diplomática con el gobierno de Arturo Frondizi.
El sitio exacto en el que la inteligencia israelí ejecutó la que sería una de las capturas más célebres de la historia no está identificado. No hay ninguna referencia física a los hechos de hace 62 años, pero sí virtual: cuando a Google Maps se le pregunta por Garibaldi 6067, Virreyes, provincia de Buenos Aires, responde con la información de rigor, incluida la imagen del terreno baldío. Y dice: “Aquí vivió Adolf Eichmann”.
En 1996, la película (en su origen una miniserie) El hombre que capturó a Eichmann (1996), basada en el libro Eichmann en mis manos, de Peter A. Malkin, debía ser filmada por decisión de los productores en el escenario real. Pero la familia Eichmann, que nunca le abrió la puerta a nadie, mucho menos iba a aceptar ceder la locación. Robert Duvall terminó haciendo del ex jefe de la Oficina de Asuntos Judíos de las SS en otra casa de la zona, desde cuya ventana, con el hijo más pequeño en brazos, el personaje disfruta viendo pasar vagón por vagón del ferrocarril Mitre. Una alegoría de la macabra especialidad de Eichmann, los trenes que él organizó para trasladar a millones de judíos a los campos de exterminio. En ese film el escenario del espionaje y del secuestro es, pues, el auténtico. Hoy un poblado barrio humilde, en 1960 un descampado. Entre la casa de Eichmann y las vías del tren no había nada.
Eichmann es, después de Hitler, el jerarca nazi sobre el que más libros se escribieron y más películas se filmaron. Lo que no garantiza que se conozca todo. Por ejemplo, todavía se ignora en qué vivienda del Gran Buenos Aires el Mossad lo mantuvo cautivo durante once días. Subsisten también discusiones sobre algunas partes de la historia, empezando por quién tuvo el mérito de hallarlo. Según la versión más conocida fue Lothar Hermann, un judío sobreviviente del campo de concentración de Dachau que perdió la vista por las torturas, cuya hija Silvia habría tenido una relación con uno de los cuatro hijos de Eichmann. Cierta demora de Israel para encarar la captura de Eichmann es atribuida a que el Mossad habría desconfiado de las chances de un ciego de certificar una identidad. También se ha dicho que en 1958 una misión secreta dictaminó que el sospechoso de la calle Garibaldi no podía ser Eichmann, porque un alto oficial nazi no iba a estar viviendo en condiciones tan miserables. La casa de la calle Garibaldi, adonde Eichmann se había mudado en 1959, era efectivamente llamativa por lo precaria.
En reacción a la peregrinación de turistas, curiosos y equipos de cine (“los tenían podridos”, me dijo Pérez hace 21 años) los descendientes de Eichmann decidieron demolerla. Estaba a nombre de Marta Valinotti de Eichmann, esposa de uno de los nietos. Quien en el barrio conocía bien a los Eichmann era un ex suboficial del Ejército, Porfirio Calderón, fundador del corralón “El líder”, que en 1956 participó del levantamiento del general Valle y en los 70 integró la custodia de Perón que dirigía Juan Esquer. Calderón, fallecido en 2013, me contó en 2001 que él quiso comprar la casa de Eichmann por su “extraordinario valor histórico”, pero cuando en la cuadra se empezó a comentar que la iban a demoler no logró ubicar a la familia.
Robert Servatius, el abogado de Eichmann, durante el juicio en Jersusalén....Colección Nacional de Fotografías de Israel
“Los Eichmann eran peronistas”, aseguraba el ex custodio de Perón, orgulloso de haber sido amigo de uno de los hijos del criminal de guerra. Cuando le hice notar que se refería a Eichmann como si hablara de un vecino común y corriente y no del responsable de cinco millones de muertes, enunció la consabida contraseña exculpatoria: “La historia la cuentan siempre los que ganan”.
Diagonal que con más hondura ya había transitado Perón al opinar sobre los juicios de Nuremberg, de los que Eichmann, prófugo con suerte hasta 1960, consiguió zafar. “En Nuremberg –afirmó Perón, según una recopilación de cintas magnetofónicas publicada en Madrid en 1976– se estaba realizando entonces algo que yo, a título personal, juzgaba como una infamia y como una funesta lección para el futuro de la humanidad. Y no sólo yo sino todo el pueblo argentino. Adquirí la certeza de que los argentinos también consideraban el proceso de Nuremberg como una infamia indigna de los vencedores, que se comportaban como si no lo fueran. Ahora estamos dándonos cuenta de que merecían haber perdido la guerra”.
Por supuesto, no es novedad que Perón cobijó a criminales de guerra nazis. En el libro La auténtica Odessa, Uki Goñi demostró que en realidad no se trató de mera hospitalidad sino que hubo un rescate planificado.
El peronismo nunca terminó de hacerse cargo de su papel respecto de los criminales de guerra nazis camuflados en la sociedad argentina, entre otros Eichmann, Josef Mengele, Klaus Barbie. La dirigencia peronista, cuando no esquiva el tema, lo suele abordar con una combinación de vehemencia, amnesia y confusión. La última muestra la dio el ministro del Interior, Eduardo de Pedro, hace tres semanas, al salir de Yad Vashem, el museo del Holocausto más importante del mundo, en Jerusalén. De Pedro ponderó la memoria y mencionó los campos de concentración para establecer una comparación de las persecuciones y matanzas de Hitler con los desaparecidos en la Argentina. La embajadora de Israel en Buenos Aires, Galit Ronen, quien se hallaba al lado de De Pedro, intentó aclararle que eran situaciones diferentes, pero el ministro insistió sobre la base de una categorización común del genocidio.
La casa de la calle Garibaldi
Junto con la apropiación de los derechos humanos, el peronismo-kirchnerismo del siglo XXI inflamó la causa de la memoria, al punto que también quiere ocuparse ahora de los crímenes del franquismo (de eso habló De Pedro en marzo, durante una gira por España, con Pedro Almodóvar), mientras elude una explicación y más una autocrítica por los criminales de guerra nazis traídos y protegidos por Perón. Cuyas opiniones sobre los juicios de Nuremberg no parecen servir de sostén para los que ahora se enardecen delante de cualquier supuesto “negacionista” de los juicios a militares.
Aquellas políticas anfitrionas impregnaron la reputación del país a partir del caso que dio la alarma, el del nazi que había pasado diez años guarecido en Buenos Aires y un día sacudió al mundo al ser llevado clandestinamente a Israel, juzgado, condenado y colgado. A sus cenizas las arrojaron al Mediterráneo, lejos de la costa israelí.
Los nazis locales, bien relacionados dentro de las fuerzas de seguridad y de la SIDE, descubrieron temprano la Operación Final. Estuvieron cerca de echarla a perder en la última fase, cuando Eichmann, que mediante dopaje simulaba una borrachera, era llevado hasta la escalerilla del avión de El Al, en Ezeiza, disfrazado de tripulante, bajo el nombre de Zeev Zijroni.
El gobierno de Frondizi mostró indignación, retiró a su embajador en Tel Aviv, declaró al embajador israelí persona no grata y protestó en las Naciones Unidas por la violación al derecho internacional que efectivamente el secuestro representaba, pero la comunidad internacional a la vez parecía deslumbrada, si no por el método empleado y su eficacia, por la monstruosidad del criminal de guerra que iba a juicio. Monstruosidad luego sometida a un debate perdurable por la filósofa estadounidense de origen alemán Hannah Arendt, quien cubrió el juicio para la revista The New Yorker. Dos meses después Israel se disculpó con la Argentina en una nota de 49 palabras y las relaciones se normalizaron. Entre las secuelas locales hubo un recrudecimiento del antisemitismo.
Con ayuda de una red europea dedicada a fugar nazis, que incluía a sacerdotes católicos y sectores de la Cruz Roja y del Vaticano, Eichmann había llegado a la Argentina de Perón y Evita el 14 de julio de 1950. Bajó en Buenos Aires del barco Giovanna C con documentos falsos. Carlos Fuldner, un ex capitán de las SS argentino-alemán que era el operador de Perón en el rubro, le consiguió trabajo en un taller mecánico y alojamiento en una casa de la calle Monasterio 1429, en Vicente López. Luego la organización de alemanes escapados de la justicia le ofreció un puesto mejor en Tucumán. Al cabo de dos años inició breves trabajos en los más distintos rubros –hasta crió conejos– y se radicó en Olivos. Por último, se convirtió en gerente de Mercedes Benz, una empresa hospitalaria con los nazis. De ese trabajo volvía a las ocho, como todos los días, la noche que no llegó a su casa.
La novela psicológica El desafortunado, en la que Ariel Magnus explora las razones del mal metiéndose en la mente de Eichmann para refutar, en cierto modo, las tesis de Hannah Arendt sobre el burócrata anodino, comienza el 26 de julio de 1952, cuando medio país llora la muerte de Evita. Por esas horas llegaba al puerto Vera –es real–, la esposa de Eichmann, con sus tres hijos (el cuarto nacería en la Argentina). Él quiere comprarle flores pero por el velorio de Evita se han agotado. En 1960 la Operación Final se puso en marcha después de que el Mossad observó con los largavistas que en la casa de la calle Garibaldi “Ricardo Klement” celebraba con un ramo de flores su aniversario de bodas justo la misma fecha en la que Adolf Eichmann se había casado.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

jueves, 18 de junio de 2020

NUNCA OLVIDAR,


Oradour-sur-Glane: la memoria del terror
Hoy se cumplen 76 años de la matanza de Oradour-sur-Glane, en la que 642 mujeres, hombres y niños murieron a manos de las tropas alemanas en retirada.

Visitantes ascendiendo por una de las calles del village martyr (pueblo mártir) de Oradour-sur-Glane, conservado en el estado en el que quedó tras su destrucción el 10 de junio de 1944 por una unidad del Waffen-SS.
“Oradour-sur-Glane es el símbolo de las desgracias de la patria.
Conviene preservar su recuerdo, pues hace falta que nunca más
semejante tragedia se reproduzca”.
Discurso de Charles de Gaulle, Oradour-sur-Glane, marzo de 1945.
El 10 de junio de 1944, solo cuatro días después del desembarco aliado en las playas de Normandía, en Oradour-sur-Glane, pueblo cercano a la ciudad de Limoges, en la zona central de Francia, una división de las Wafen-SS alemanas en retirada asesinó a todos sus habitantes. Entre ellos, 24 españoles refugiados allí tras la guerra civil. 190 hombres, 245 mujeres y 207 niños murieron fusilados o quemados vivos en su iglesia, cuya memoria se conmemora cada 10 de junio. El lugar fue completamente destruido por las tropas alemanas tras la masacre. El Estado francés decidió dejarlo intacto y convertirlo en un memorial en recuerdo de la barbarie. Es Monumento Nacional desde el año 1946.

En la actualidad, una pequeña carretera separa el viejo pueblo del nuevo. La entrada a las ruinas, gratuita, se hace a través de una instalación en la que además de souvenirs y exposiciones, se nos ofrece la información suficiente para conocer los terribles sucesos, así como su contextualización en el marco de la Segunda Guerra Mundial.
Tras atravesar un túnel que conduce a la avenida principal, nos topamos de nuevo con la luz del día. Un cartel a la izquierda del camino, apoyado en un árbol, nos reclama silencio. Ése es el único habitante que queda en el pueblo, un sobrecogedor silencio que los miles de visitantes respetan en su paseo por el horror y el recuerdo.

A izquierda y derecha, las ruinas de lo que fueron escuelas infantiles, cafés, carnicerías, garajes de coches, panaderías u hoteles conducen hasta una plaza central en la que un viejo Citroen se erige como protagonista principal.

A estas alturas ya sabemos que los hombres fueron agrupados y fusilados en distintos puntos de la calle principal, y que las mujeres y niños fueron llevados a la iglesia al final de la calle. Solo un niño de 8 años consiguió escapar con vida.

La historia cuenta que allí fueron quemados vivos. Pocas cosas quedaron a salvo en el templo, como el confesionario en el que, según parece, algunas mujeres aterrorizadas trataron de esconder a sus bebés.

Todavía hoy, algunos historiadores revisionistas tratan de negar estos hechos o acusan a los habitantes del pueblo de colaboradores con la resistencia antifascista como excusa para la matanza. También de haber sido ellos mismos quienes volaron la Iglesia. Las mismas mentiras que, a lo largo de la historia, los represores han usado para justificar la barbarie y enturbiar la verdad.

Como en España, el tiempo corre a favor de los que aún hoy niegan su responsabilidad en aquella masacre. Pero, a diferencia de Francia y del caso de Oradour-sur-Glane, que el gobierno francés mantiene como ejemplo de lo que nunca se debe repetir, en España, amparados por la justicia en muchas ocasiones y por el poder político en otras, los negacionistas de la memoria siguen campando a sus anchas, imposibilitando el derecho de cientos de miles de represaliados de nuestra guerra civil a ser recordados como merecen.
Las imágenes de un pueblo devastado y masacrado por el fascismo están ahí, como símbolo para la sociedad de hasta donde pueden llevar el odio y la sinrazón. Contra el olvido, es necesario pelear por mostrar las páginas de una historia que algunos quieren pasar en su propio beneficio.

A. M. 

jueves, 21 de mayo de 2020

NUNCA OLVIDAR


Se cumplen 60 años de la captura de Adolf Eichmann en Argentina
El secuestro del jerarca nazi pudo generar una ruptura diplomática entre Argentina e Israel, lo que se evitó gracias a la intervención de la canciller israelí Golda Meir, quien envió una carta personal al presidente Frondizi para normalizar las relaciones.

- El 11 de mayo de 1960 fue capturado en Argentina el funcionario nazi Adolf Eichmann, quien desde la conferencia de Wannsee, el 21 de enero de 1942, hasta la derrota de la Alemania nazi, planificó y controló el traslado de los judíos a los campos de exterminio. Eichmann se encontraba en el país desde 1950 con un pasaporte falso que llevaba el nombre ficticio de Ricardo Klement.
Eichmann había sido detenido por tropas estadounidenses al finalizar la Segunda Guerra Mundial, pero poco tiempo después logró escapar. Cuando se supo la gravedad de sus actos y su participación crucial en la matanza de seis millones de judíos, el criminal nazi huyó a Sudamérica gracias a las redes que ayudaban a los alemanes a escapar de Europa, en lo que se conoció como “la ruta de las ratas”.

El pasaporte falso con el que Eichmann logró escapar de Europa y radicarse en Sudamérica.
Es así como Eichman llega a la Argentina en 1950, con un pasaporte de la Cruz Roja, emitido en Italia, mediante la gestión del Obispo Alois Hudal. Comenzó a trabajar en empresas de capitales alemanes, y al poco tiempo se trasladó a la provincia de Tucumán, donde se reunió con su familia. Promediando la década del 50′, regresó a Buenos Aires y comenzó a trabajar en la empresa Mercedes Benz Argentina como electricista. Se instaló en una zona poco poblada de San Fernando, en una casa que no tenía agua corriente ni luz eléctrica en la calle Garibaldi.

Eichmann vestido de “gaucho” en 1955.
Uno de sus hijos, que también había adoptado el apellido Klement, comenzó a salir con la hija de una sobreviviente del Holocausto, a quien le confesó que su apellido real no era ese sino Eichmann. Lothar Hermann, el padre de la chica, supo de quien se trataba, y acudió a la fiscalía alemana que se ocupaba de los criminales de guerra, la que le hizo llegar la información a “buscadores de nazis” y a funcionarios israelíes.

Lothar Hermann.
Al oir la noticia, los servicios de inteligencia israelíes envían miembros a Buenos Aires, que confirman que Ricardo Klement es nada menos que Adolf Eichmann. Tras informar a las autoridades, el por aquel entonces director del Mossad, Isser Harel, recibió la orden directa del primer ministro israelí, David Ben Gurión, de capturarlo y trasladarlo a Israel, en absoluto secreto.
Harel envía a un grupo de agentes a Buenos Aires entre fines de abril y principios de mayo que comienzan a vigilar a Eichmann, un hombre muy meticuloso que diariamente regresaba a su domicilio a las 18, viajando en transporte público, del que se bajaba y caminaba hacia su hogar.

Un documento otorgado a Eichmann en Tucumán con el nombre de Ricardo Klement.
El 11 de mayo, pasadas las 18, Klement/Eichmann desciende del vehículo de transporte público, y cuando comienza a caminar hacía su casa es enfrentado por uno de los agentes del Mossad, que lo llama Eichmann. Como este intenta escapar, forcejean e intervienen otros agentes que lo introducen en un automóvil y lo llevan a un departamento acondicionado para su cautiverio, en donde es interrogado y acepta ser Eichmann, bajo un estricto control médico.
Díez días después, mediante un ardid, y disfrazado como un miembro de la tripulación del avión de El Al dormido por estar borracho, Eichmann es introducido a la aeronave, que sin problemas despega y llega a Israel. Poco después, fue el mismo Harel quien informó a Ben Gurión del éxito de la operación, y a su vez fue este último quien comunicó al Parlamento y a toda la población que un grupo especial capturó a uno de los comandantes nazis que planificaron y ejecutaron la Solución Final, la operación que determinó el asesinato de millones de judíos.

El juicio a Eichmann, realizado en Israel en 1961.
La captura de Eichmann generó un gran debate en la Argentina, poniendo en una posición muy dificultosa al presidente Arturo Frondizi, quien había sido un ferviente antinazi, y debía reclamar al estado judío que devolviera a un criminal de guerra alemán, sabiendo que cuando Alemania había solicitado la extradición de otros nazis identificados que vivían en la Argentina, el proceso judicial se había vuelto tan engorroso que los acusados habían logrado escapar, como había sido el caso de Joseph Menguele.
El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas emitió el 23 de junio de 1960 la Resolución 138 diciendo que la transferencia de Adolf Eichmann a Israel había sido “una violación a la soberanía” de Argentina, y que “si fuesen repetidos, podrían poner en peligro la paz internacional y la seguridad”. Por esto, se solicitó a Israel la reparación adecuada “en concordancia con la Carta de las Naciones Unidas y las reglas de la ley internacional”.
Por su parte, el gobierno israelí sostuvo que el tema no era de incumbencia del Consejo de Seguridad y que debía solucionarse mediante negociaciones bilaterales directas, que fue lo que finalmente sucedió.
Si bien originalmente el gobierno argentino planteó la posibilidad de ruptura de las relaciones diplomáticas, y declaró “persona no grata” al embajador Arieh Levavi, tiempo después la canciller israelí, Golda Meier, envió una carta personal al presidente Frondizi, y las relaciones diplomáticas se normalizaron
A. J. N.