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viernes, 18 de mayo de 2018

EL OCIO, TIEMPO LIBRE ¿¿QUÉ HACÉS ????


Tiempo libre. ¿Dónde se refugia el ocio en una sociedad adicta al trabajo?
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En la era de la hipercomunicación, las horas laborales y de descanso se entremezclan, dejando cada vez menos resquicios para desenchufarse y replegarse sobre la propia intimidad
Bien temprano, cuando aún no amanece, los autos empiezan a encolumnarse en la avenida General Paz. Miles de almas van en procesión a su lugar de trabajo. La escena se repite cada día laborable. Uno de esos autos, sin embargo, se desvía del montón allí donde el camino corre paralelo al río. Gira y deja atrás las filas que avanzan hacia los grandes edificios, donde muchos firmarán papeles, harán cálculos y cerrarán negocios que alimentan la economía de la urbe. Al conductor de ese coche lo espera otra cosa. Estaciona en el extremo norte de la avenida Costanera y saca del baúl tres cañas, la caja de pesca y una silla plegable. Siente la brisa húmeda, el silencio. Encarna, tira las líneas y ensarta las cañas en sus soportes. Se acoda a la baranda y, de espaldas a la ciudad, mira cómo los primeros rayos del sol juegan sobre la superficie del río.
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"Me gusta mirar el río. No puedo explicar por qué", dice Germán polar celeste y gorra roja, desde la mirada afable de sus ojos claros. Eso es lo que hace, además de pescar, de lunes a viernes entre las seis de la mañana y el mediodía. Lo viene haciendo desde hace unos años, cuando, poco después de cumplidos los 60, se retiró luego de que el corazón le diera un susto. Pero el río le gusta desde siempre. A los 12 se escapaba a pescar aquí mismo durante la siesta, mientras permanecía cerrada la panadería de su padre, donde de chico aprendió el oficio de pastelero. "En ese entonces había mucho pique. En dos horas, con una boyita sacabas cien pejerreyes".
No se cambia por nadie. Ni cambia por nada las mañanas que pasa en el río. Habla de ellas como si fueran una conquista. Y lo son. Se las ganó con mucho trabajo. Pero hay algo más. Esas horas le pertenecen y hace con ellas lo que quiere -lo que ama- sin deberle nada a nadie. Es libre en su tiempo libre, lo que quizá sea una clave para entender qué significa y qué formas adopta el ocio en una sociedad que, al ritmo de la tecnología, diluye las fronteras entre dos dimensiones que hasta hace poco estaban bien delimitadas: el trabajo y el descanso.
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"Tiempo libre es aquel que queda antes o después del trabajo, las necesidades y las obligaciones -definía la Encuesta de Hogares porteña-. El que se emplea en lo que uno quiere o el tiempo destinado al desarrollo físico o intelectual. Su rasgo diferencial es que se trata de un tiempo recreativo que puede ser usado por su 'titular' a discreción". Obvio, diría cualquiera con algo de sentido común. Pero, ¿es realmente libre el tiempo por el simple hecho de no ser parte del horario de trabajo? ¿Somos, además, enteramente "titulares" de ese tiempo?
Escena uno: Las nueve y media de la noche del jueves. Busco a mi hija menor en Villa Devoto. Llega al auto acompañada por un compañero de su orquesta, Diego, un flautista que vive por nuestra zona. Hablan de los ensayos, del modo más rápido de llegar a Devoto en colectivo, de la necesidad de tener horas de práctica con el instrumento. "Me gustaría poder comprar tiempo", dice mi hija. Diego dice que vio una película donde el tiempo era la moneda de cambio, el bien más valioso. Se compraba y se vendía. A los ricos les sobraba, pero los pobres, siempre a punto de que se les agotara, corrían en su búsqueda para no morir. La película (¿de ciencia ficción?) se llama In Time, informa, ayudado por el celular. Si pudiera, pienso al volante, le pagaría al día una hora 25. "Un día más, un día de gracia para mí", decía una canción de Víctor Heredia.
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El tiempo es todo lo que tenemos, pero siempre falta. Y es uno solo, aunque los celulares multipliquen nuestra presencia: "La tecnología produjo una ruptura del vínculo tradicional espacio-tiempo. Estamos aquí, pero también allá", describe Roberto Igarza, doctor en comunicación social, autor del libro Burbujas de ocio (La Crujía). "A la ecuación trabajo/tiempo libre ya no hay que pensarla como una antinomia. Son dos órdenes que se entrecruzan de manera intermitente. En medio del trabajo se chatea con un amigo o se mira un video. Entran, en dosis pequeñas, elementos de distracción que pertenecen al mundo privado. Por otra parte, con el celular puedo resolver tareas laborales, o seguir produciendo, mientras espero el tren de vuelta a casa. No hay tiempos muertos".
Subimos al tren, vamos a casa, pero en el celular llevamos la oficina, al jefe y a todos los clientes juntos. También, una oferta infinita de entretenimiento. ¿Qué lugar queda para el ocio contemplativo, ese bien esencial para los griegos? Poco, responde Igarza, docente universitario y miembro de la Academia Nacional de Educación. Se va eclipsando. "Quedó desplazado por una suerte de ocio de tipo vincular. Por ejemplo, entro a un museo y en lugar de contemplar la obra de arte la 'comparto'. No c
ontemplo, pero comparto".Imagen relacionada
Primer intento: Voy a Barrancas de Belgrano a recuperar una escena que era para mí la imagen del tiempo libre: hombres jugando al ajedrez o al truco en las mesas de cemento bajo el ombú de la esquina de Juramento y 11 de Septiembre. Pero esta tarde de martes las mesas están vacías. Pregunto a una agente de tránsito si ya nadie se reúne allí. No sabe. Alrededor, tres jóvenes conversan en el pasto, un hombre pasea su perro, una pareja de jogging trota por el sendero, una chica lee en un banco cercano. ¿Es eso lo que vine a buscar? Diría que sí: parece gente emancipada del mandato de la productividad (aunque quizá la chica estudia para un parcial). Tiempo libre es tiempo liberado, pienso: de planes, de objetivos, de la angustia por un futuro que todavía no llegó. Su objeto es instalarte en el presente. ¿Acaso es una condición del espíritu? ¿Algo que sucede menos en el exterior que dentro de cada uno?
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La historia del trabajo es también la del ocio, señala Eduardo Levy Yeyati en su último libro, Después del trabajo (Sudamericana), recién editado. En la tradición judeocristiana el trabajo era concebido como un castigo divino tras la pérdida del Paraíso. Max Weber advertiría después cómo el calvinismo dejó atrás la idea del trabajo como "yugo" para verlo como un llamado divino, una "vocación", y estudiaría el impacto de la ética protestante en el espíritu del capitalismo. Esta impronta religiosa del sistema es fundamental: "El trabajador (el obrero, el capataz, el CEO) capitalista ya no trabaja para vivir, vive para trabajar, como proponía Franklin. El trabajo lo define", señala Levy Yeyati.
Así, el trabajo organiza el tiempo. Incluso el del ocio. Levy Yeyati cita a Witold Rybczynski, que en su libro Waiting for the Weekend ofrece un hallazgo lingüístico revelador: "Antes la gente solía jugar al tenis; ahora trabaja la volea de revés". Sigue Yeyati: "En una vida optimizada, el tiempo libre asume los modelos del tiempo de trabajo. El ocio se programa de manera ajustada: un horario para llevar a los chicos al club, un horario para ir al gimnasio, un horario para la terapia, buscar a los chicos, preparar la cena, cenar, acostar a los chicos, conversar con la pareja, ver tele, tener relaciones (frecuencia variable), dormir y volver a empezar".
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Germán Ares era dueño de tres panaderías. Trabajaba de cinco de la mañana a once de la noche, sábados y domingos incluidos. Fumaba tres atados diarios. Así durante años, hasta que un día se sintió mareado y pidió que lo llevaran al hospital. La hipertensión, la diabetes y los riesgos coronarios le abrieron los ojos de golpe. Tenía 61 años. Vendió todo. Ahora madruga solo para venir al río. "Me había olvidado de ocuparme de mí -dice-. Resignaba la familia y la salud. Ahora disfruto del tiempo aquí. Pienso en mis cosas, converso con los pescadores amigos. Y cada tanto pica algo". Le pregunto si saca peces grandes. Va hasta el auto y vuelve con su celular. Muestra una foto donde exhibe un ejemplar que impone respeto. Un surubí de 15 kilos, dice, lo sacó el año pasado. Otra foto: una raya de ocho kilos y medio que sacó en f
ebrero. Hay bogas, sábalos, dorados. Las carpas ahora vienen menos. ¿Qué hace con lo que saca? Lo devuelve al río. Importa la pesca, el tiempo que pasa mientras nada pasa, la expectativa, pero no el resultado de la pesca.Imagen relacionada
Escena dos. Fue hace mucho. Mi hija mayor, entonces de 11 o 12, me extiende un libro. Quiere que lo lea. Hasta entonces, yo había contribuido a su pasión lectora recomendándole algunas novelas. Por primera vez, un libro viene en sentido contrario. Lo empiezo por deber pero lo termino encantado. Unos hombres grises convencen a la gente de un pueblo de que ahorre tiempo y lo deposite en su banco. La protagonista, una niña que sabe escuchar a los demás, descubre el plan perverso de esta gente y lo desbarata con ayuda de un maestro y una tortuga. La novela es Momo, del escritor alemán Michael Ende, una parábola sobre el vértigo de la vida contemporánea, en la que nadie tiene tiempo para lo importante o para los otros. Ahora leemos menos, mi hija mayor y yo. El estudio, el trabajo, el celular. Netflix. Hay que volver a leer Momo.
"Hoy, el tiempo elevado ha desaparecido por completo en beneficio del tiempo laboral, que se totaliza. Incluso el descanso queda integrado en el tiempo laboral: no es más que una breve interrupción en la que uno descansa del trabajo para luego volver a ponerse por entero a disposición del proceso laboral. Por eso no mejora la calidad del tiempo", dice el filósofo coreano Byung-Chul Han en La salvación de lo bello (Herder). Sin embargo, algunos ni siquiera llegan a eso: cada vez son más los que padecen ociofobia, es decir, un miedo irracional que los hace evitar como la peste las horas vacantes.
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"Aquellos que niegan el ocio suelen trabajar en exceso y no pueden desconectarse -dice Roberto Ré, médico y director de la Red Sanar, una ONG que atiende trastornos de ansiedad, fobia, pánico y depresión-. Están atrapados en un círculo vicioso. El celular y las redes influyen en forma negativa en esta patología porque acortan el tiempo de relax y hasta de sueño. En lugar de desconectarse de la actividad, el hombre se enchufa cada vez más y se vuelve esclavo de los otros o de las redes. Tiene necesidad de vínculos, pero esos vínculos son virtuales. Esta fobia da cuenta de un estado de vacío y desolación, pero denota también una dificultad de enfrentarse a ese vacío. Tomar conciencia de eso es el primer paso para salir".
¿Y qué hacemos con el tiempo libre? La actividad más habitual de los porteños en sus ratos de ocio es sentarse frente a la tele: más del 80% tiene ese hábito, y para más del 30% se trata de la actividad principal de su tiempo libre. La segunda es reunirse con amigos y la familia (lo hace el 75%, y para el 20 es lo principal). Casi el 60% navega por Internet y practica juegos online (el 17,5 lo hace como primera opción). También 6 de cada 10 porteños lee libros, revistas o diarios, aunque solo el 12,5% lo tiene como actividad principal (aquí las mujeres son mayoría). El 38% hace deportes, pero solo para uno de cada diez porteños el deporte es lo primero (aquí prevalecen los hombres). Así surge de la Encuesta de Hogares de 2012, que incluyó un módulo especial sobre este tema. En esto, sin embargo, cinco años son una eternidad: con la evolución del teléfono inteligente y los servicios de streaming, es fácil imaginar un avance grande de las pantallas.
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La contemplación, más allá de las apariencias, supone actividad
En el otro extremo, hay quienes se toman el ocio muy en serio. Al punto de dedicarle la vida. "Nada me gusta más que quedarme en mi casa, en zapatillas y con un libro en la mano, sintiendo el tiempo como propiedad particular", cuenta el poeta español Luis García Montero en su libro Inquietudes bárbaras (Anagrama). "Mi primer y único trabajo en la vida ha consistido en intentar a toda costa no trabajar, es decir, procurar no someterme a una ocupación profesional alejada de mis ratos de ocio". Así fue como estudió una carrera y luego "soportó" una tesis y dos oposiciones para convertirse en profesor de literatura. "Hoy recibo un sueldo por hacer aquello que haría sin que me pagaran, por leer y por hablar con los demás de mis lecturas".
Segundo intento. Vuelvo el viernes por la tarde a Barrancas. Es un día más despejado que el martes y me tengo fe. En las mesas, sin embargo, encuentro apenas a dos amigos que toman unas gaseosas y a una pareja en tránsito, rodeada de bolsos, que se sentó a descansar. Buscaba la escena que veía en otros tiempos, representada ahora por otras gentes, pero solo hay un escenario vacío y descuidado, como en derrota. Le pregunto a una vecina por los que solían jugar allí. "A veces vienen -dice-. Más temprano, a eso de las cuatro". Entonces soy yo, pienso. Soy yo el que no encuentra el tiempo libre en Barrancas. Ni aquel que fue ni el que ahora se me escapa.
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"Los hombres abrumados por el trabajo, aturdidos como están en sus múltiples tareas, pierden el presente. El tiempo se les escapa de sus vidas y no pueden volver a atraparlo", escribió Séneca en Roma hace unos 2000 años. No es el caso de Germán, que tuvo el acierto de reaccionar a tiempo. Está contento porque Julián, su nieto de siete años, el otro día le preguntó: "¿Cuándo vamos a pescar, abuelito?". A su hijo (el padre de Julián) no podía traerlo al río porque de chico era un fanático del fútbol. Pero hace poco le comentó que iba a empezar a pescar ahora, de grande, para pasar más tiempo con Julián. Tiempo de calidad, sin más rédito que el estar juntos, que pasa de generación en generación.
El tiempo libre es el nuestro, pienso cuando me despido de Germán. El que conquistamos, el que alcanzamos a habitar. Allí hacemos pie en el presente y somos uno con el tiempo, como el gato que se abandona y disfruta del sol en un rincón del tejado con majestuosa indolencia.
H. M. G. 

viernes, 6 de abril de 2018

EL OCIO NO ES PEREZA....TEMA DE REFLEXIÓN


En su magnífico libro El ocio y la vida intelectual, el filósofo Joseph Pieper denuncia y expone las consecuencias de asociar el término "ocio" con el de "pereza" o desidia. Claro, desde una perspectiva pragmática y utilitarista en la que el trabajo configura el centro de la existencia, pareciera que el ocio, entendido como ausencia de productividad o eficiencia, equivale a inercia, liviandad, reposo o esparcimiento.
En otras palabras, nos hemos acostumbrado a que el ocio ocupa el lugar pasivo del descanso, esa especie de paréntesis u oasis funcional, en última instancia, del mundo laboral.

Lejos de ello, el ocio, arguye el pensador alemán, tal como fue concebido en la antigüedad, es el "espacio en el que el hombre se encuentra consigo mismo, cuando asiente a su auténtico ser. La esencia de la pereza, en cambio, es la no coincidencia del hombre consigo mismo".
Dicho de otra forma, detrás de un workaholic se puede esconder un haragán envilecido cuya zona de confort es la rutina agobiante de preocupaciones laborales. Una vida sin ocio, desde esta óptica, se vuelve vacía, hiperactiva y tediosa. Esto se ve con claridad cuando llega la época de vacaciones y no sabemos qué hacer con nuestra vida no laboral.
Advertimos que durante el año no cultivamos realmente el ocio, sino que lo usamos como un medio para otra cosa. Y cuando esa otra cosa falta (el trabajo), caemos en la náusea existencial de la que hablaba Sartre. Y las series de televisión y las redes sociales nos salen al auxilio cual narcóticos camuflados. "Dime lo que haces en tu tiempo libre y te diré quién eres" sería un buen apotegma para sintetizar esta conexión entre ocio e intensidad vital.
Curiosamente, la palabra negociación proviene del latín negotium, que significa negación del ocio. Es decir, desde la exégesis contemporánea, se vincula con el mundo de la acción y de la eficiencia; con la disciplina aplicada a las cosas prácticas y útiles. Sin embargo, desde la perspectiva iluminada por Pieper, podría significar la ausencia de esa dimensión desinteresada y contemplativa en la que el hombre procura encontrar sentido ulterior a su existencia. Ese espacio de soledad y recogimiento en el que, como diría Ortega, el hombre procura ensimismarse y reencontrarse, para salir de nuevo al mundo más pleno, intenso y consistente.
No hay nada más contraproducente para un negociador que su ausencia de ocio. Y en este sentido el origen etimológico de la palabra atenta contra su esencia profunda. Lejos de ser una máquina productiva de hacer, convencer y hablar, un gran negociador es alguien que forja relaciones de confianza gracias a mostrarse tal como es; sin aparentar ni procurar impresionar a los demás.
Baudelaire dijo alguna vez que la capacidad de asombro y la espontaneidad son los dos atributos nucleares de todo artista. Creo que esto vale también para un buen negociador, pues la primera le permite adentrarse con genuina curiosidad en la complejidad singular del mundo del otro (requisito esencial para gestionar las diferencias con creatividad); y la segunda lo habilita a desenvolverse con soltura y frescura, libre de los prejuicios y temores inherentes a todo conflicto.
Difícilmente podamos desarrollar estas dos cualidades si no recuperamos la concepción original del ocio; ese espacio cotidiano destinado al autoconocimiento y a la reflexión desinteresada sobre la propia existencia. Fácil de decir, pero ¡qué difícil ser un negociador ocioso en el mundo de hoy!

T. D.

domingo, 18 de septiembre de 2016

NO VAMO A TRABAJAR....NO VAMO A TRABAJAR....


En defensa de la vida ociosa 

Por Fernando Savater
Considero que la idea de crear una renta básica universal que se asigne a todos los ciudadanos simplemente por serlo y no por sus competencias o logros laborales es la vía de superar, mejorándola, la socialdemocracia que hoy parece estancada o en retroceso. 


Obviamente no es un proyecto inmediato, porque exige bonanza económica y un replanteamiento general de las prestaciones de la Seguridad Social: choca además con el fantasma del gasto público desenfrenado, como se ha visto en el reciente referéndum en Suiza al respecto. No es este el lugar de debatir el asunto ni soy yo la persona indicada para hacerlo, sólo quiero señalar que entre sus acérrimos oponentes, junto a los reacios a la imaginación social (eso es lo mismo que intentó el comunismo, etcétera), están sorprendentemente algunos integristas morales. La renta básica es “inmoral”, porque equivaldría a retribuir a la gente sin necesidad de trabajar,pagarles por no hacer nada. Fomentaría la pereza que, como sabemos desde antiguo, es la madre de todos los vicios… exceptuando a los que exigen esforzarse para dañar al prójimo. 


La ética del trabajo como salvación tiene muchos predicadores, no sólo en el mundo protestante, y no todos recomendables: aún recordamos al jefe de empresarios estafador cuyo mandamiento era “trabajar más y cobrar menos”. Otros no tan bribones parecen tomar sinceramente aquel ukase bíblico, “amasarás el pan con el sudor de tu frente”, por un precepto moral cuando en realidad es una maldición…, además de una guarrada. En una de sus páginas más celebradas, Sánchez Ferlosio nos recuerda que los términos que se refieren a la suspensión temporal de la laboriosidad vienen siempre acompañados por algún otro que los disculpa: una sana diversión, unas merecidas vacaciones, un descanso reparador, un ocio saludable, etcétera. Para que no escandalicen los oídos de los empleados, no los vayan a tomar por un elogio de la vagancia. En cambio, quienes sin aportar datos fiables aseguran funestamente que “en España hay demasiadas vacaciones”, o que “los españoles trabajamos menos que nadie y estamos siempre de parranda”, como creen algunos de nuestros vecinos del norte europeo, son escuchados con un suspiro compungido y algún que otro golpe de pecho.
Sin embargo, la beatificación del trabajo ha contado a lo largo de los siglos con oponentes de peso. Aristóteles, por ejemplo, consideraba el ocio como requisito imprescindible para cultivar el pensamiento filosófico. Antes de que esta declaración refuerce a quienes consideran que la filosofía es una forma de perder el tiempo y por tanto debe ser suprimida de los planes de estudio, aclaro que ni Aristóteles ni nadie sensato han confundido nunca el ocio con la inacción letárgica. Lo que Aristóteles consideraba incompatible con la reflexión creadora eran las tareas meramente lucrativas y serviles…, aunque fuesen al servicio de uno mismo, el peor de los capataces. 


Por lo demás, una cosa es ser trabajador y otra ser activo. Hay personas que trabajan mucho porque realmente no tienen nada que hacer: el trabajo les da la excusa perfecta para perder el tiempo y asegurar muy dignos que no cuentan ni con un momento libre para leer, jugar con sus hijos, crear un sistema metafísico o al menos enterarse de los programas políticos y las cataduras de los candidatos antes de votar. Los romanos, que no fueron precisamente célebres por su pereza, consideraban que la condición básica del ser humano es el otium, el ocio, y que su contrapartida negativa es el nec-otium, el negocio, que resulta su opuesto como la enfermedad es negación de la salud.
Karl Marx no estaba del todo contento con que su yerno Paul Lafargue, un francocubano demasiado “caribeño” para su gusto, hubiese escrito El derecho a la pereza, un panfleto más legible que El capital (aunque a panfletista genial a Marx no le ganaba nadie), donde desacredita la ética de la laboriosidad y recuerda oportunamente que la voz “trabajo” viene del nombre de un antiguo instrumento de tortura. También nuestros clásicos hablan frecuentemente de pasar “penas y trabajos” y no precisamente recomendando la experiencia… Lo cierto es que el propio Marx, en aquella página utópica donde describe cómo el hombre liberado será agricultor por la mañana, industrial más tarde, arquitecto o pintor luego y poeta al caer la noche, realmente no está hablando del paraíso de los trabajadores sino de las perfectas y eternas vacaciones… Simone de Beauvoir inicia su reflexión ética contando una anécdota leída en Plutarco. Pirro, gran rey de Persia, le cuenta al filósofo Cineas sus planes imperiales: conquistará toda Grecia, luego África, Asia Menor, Arabia, India… “¿Y después?”, le pregunta Cineas. El rey suspira: “¡Ah, luego descansaré!”. “Entonces”, observa Cineas, ahogando un bostezo, “¿por qué no descansar ahora mismo, sin tanto trajín?”. Por su parte, un laborioso arrepentido, Bertrand Russell, escribió un Elogio de la ociosidad, donde afirma: “La técnica moderna ha hecho posible, dentro de ciertos límites, que el ocio no sea la prerrogativa de pequeños grupos privilegiados, sino un derecho repartido igualmente por toda la comunidad. La moralidad del trabajo es una moralidad de esclavos y el mundo moderno no tiene necesidad de esclavitud”. 


Desde luego en la actualidad las vacaciones tienen serias contrapartidas negativas. Para empezar, como son simplemente el reverso de las jornadas laborales, no desmienten y triunfan sobre la necesidad del trabajo sino que la confirman. Por tanto, los millones de personas que no logran encontrar trabajo están condenados a una caricatura atroz y cutre de las vacaciones generales, lo mismo que las multitudes que se agolpan en las carreteras y aeropuertos cuando toca el éxodo veraniego tienen su reverso aciago en las desesperadas masas que huyen de dictaduras o guerras en busca de un futuro mejor.
Pero lo peor de todo es que las vacaciones están sometidas a la pauta laboral por excelencia, que no es producir sino gastar. Ahí cumple una función avasalladora la falta de educación —¡otra más!— porque cuanto más inculta es la gente, más dinero necesita para rellenar el tiempo libre. Son como esos países que no crean ni patentan nada propio y que todo tienen que importarlo del extranjero. Por supuesto incluyo en esta nómina a los snobs, esos pseudocultos a los que sale tan caro impresionar al vulgo con su “buen gusto” ostentatorio. Conozco personas tan desasistidamente incultas que menos mal que son millonarios, porque de otro modo no sé cómo se las iban a arreglar…

 ¿Entonces? Pues nada, que nadie les prive de sus vacaciones ni tengan el menor escrúpulo en tomárselas y eso en cuanto puedan, aunque en el calendario las fechas no estén marcadas con tinta roja. Tómenselas a su modo, haciendo esas cosas tan valiosas que nadie retribuye, sea leerse las obras completas de Shakespeare, aprender a tocar la flauta dulce o mirar incansablemente el mar. No vendan ni uno solo de sus minutos y compren lo menos posible, pero sin agobios ni exageraciones. También hay cosas bonitas, aunque lo más bonito nunca sea una cosa. Váyanse, váyanse muy lejos, para lo que no necesitan siquiera salir de casa: viajen alrededor de su cuarto, como hizo Xavier de Maistre. Y a poco que puedan, háganme caso: no vuelvan jamás