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viernes, 6 de abril de 2018

EL OCIO NO ES PEREZA....TEMA DE REFLEXIÓN


En su magnífico libro El ocio y la vida intelectual, el filósofo Joseph Pieper denuncia y expone las consecuencias de asociar el término "ocio" con el de "pereza" o desidia. Claro, desde una perspectiva pragmática y utilitarista en la que el trabajo configura el centro de la existencia, pareciera que el ocio, entendido como ausencia de productividad o eficiencia, equivale a inercia, liviandad, reposo o esparcimiento.
En otras palabras, nos hemos acostumbrado a que el ocio ocupa el lugar pasivo del descanso, esa especie de paréntesis u oasis funcional, en última instancia, del mundo laboral.

Lejos de ello, el ocio, arguye el pensador alemán, tal como fue concebido en la antigüedad, es el "espacio en el que el hombre se encuentra consigo mismo, cuando asiente a su auténtico ser. La esencia de la pereza, en cambio, es la no coincidencia del hombre consigo mismo".
Dicho de otra forma, detrás de un workaholic se puede esconder un haragán envilecido cuya zona de confort es la rutina agobiante de preocupaciones laborales. Una vida sin ocio, desde esta óptica, se vuelve vacía, hiperactiva y tediosa. Esto se ve con claridad cuando llega la época de vacaciones y no sabemos qué hacer con nuestra vida no laboral.
Advertimos que durante el año no cultivamos realmente el ocio, sino que lo usamos como un medio para otra cosa. Y cuando esa otra cosa falta (el trabajo), caemos en la náusea existencial de la que hablaba Sartre. Y las series de televisión y las redes sociales nos salen al auxilio cual narcóticos camuflados. "Dime lo que haces en tu tiempo libre y te diré quién eres" sería un buen apotegma para sintetizar esta conexión entre ocio e intensidad vital.
Curiosamente, la palabra negociación proviene del latín negotium, que significa negación del ocio. Es decir, desde la exégesis contemporánea, se vincula con el mundo de la acción y de la eficiencia; con la disciplina aplicada a las cosas prácticas y útiles. Sin embargo, desde la perspectiva iluminada por Pieper, podría significar la ausencia de esa dimensión desinteresada y contemplativa en la que el hombre procura encontrar sentido ulterior a su existencia. Ese espacio de soledad y recogimiento en el que, como diría Ortega, el hombre procura ensimismarse y reencontrarse, para salir de nuevo al mundo más pleno, intenso y consistente.
No hay nada más contraproducente para un negociador que su ausencia de ocio. Y en este sentido el origen etimológico de la palabra atenta contra su esencia profunda. Lejos de ser una máquina productiva de hacer, convencer y hablar, un gran negociador es alguien que forja relaciones de confianza gracias a mostrarse tal como es; sin aparentar ni procurar impresionar a los demás.
Baudelaire dijo alguna vez que la capacidad de asombro y la espontaneidad son los dos atributos nucleares de todo artista. Creo que esto vale también para un buen negociador, pues la primera le permite adentrarse con genuina curiosidad en la complejidad singular del mundo del otro (requisito esencial para gestionar las diferencias con creatividad); y la segunda lo habilita a desenvolverse con soltura y frescura, libre de los prejuicios y temores inherentes a todo conflicto.
Difícilmente podamos desarrollar estas dos cualidades si no recuperamos la concepción original del ocio; ese espacio cotidiano destinado al autoconocimiento y a la reflexión desinteresada sobre la propia existencia. Fácil de decir, pero ¡qué difícil ser un negociador ocioso en el mundo de hoy!

T. D.

lunes, 1 de agosto de 2016

CAMA; BENDITO OBJETO UTERINO....



Me pareció una tontería, el atajo de quien no tiene un tema frente a sí, pero esta mañana me decidí a escribir sobre ella: mi cama. Estuve buscándola durante diez años, y en ese tiempo dormí tendido en un colchón en el piso, hasta que cierta tarde la descubrí en una vidriera. Era una cama no especialmente económica, de modo que transcurrieron unos cuantos meses hasta que la hice mía; regresé a ella una y otra vez, dejándome seducir por sus formas, su elegancia y una infrecuente autoridad física: tiene, para decirlo con el lenguaje de los críticos de teatro, presencia escénica.

 Me convenció un amigo de comprarla con un razonamiento sencillo: pasamos un tercio de nuestras vidas en ella. En ciertos casos, sucede allí el milagro del alumbramiento; otras veces, es el escenario del instante en que alcanzamos el reposo final.


Es extensa la lista de las cosas que ocurren en la cama. Soñamos en ella, hacemos el amor, comemos o, simplemente, arrebujados entre las mantas, especialmente en invierno, en ella buscamos cobijo o descanso de las hostilidades del mundo y de nuestros demonios interiores.

Mozart -según el retrato que hizo de él Milos Forman en Amadeus- compuso en la cama su Réquiem. Entre los artistas, tantas veces dados a la pereza, escribieron en la cama Marcel Proust (el tan estudiado comienzo de En busca del tiempo perdido en cierto modo le rinde homenaje), Truman Capote y Vladimir Nabokov, entre tantos, aunque el caso más famoso es el de Juan Carlos Onetti, quien hacia el final de su vida decidió llevar sus desolaciones a la cama hasta que lo alcanzase la muerte. Tendido en ella, el autor de El astillero y Juntacadáveres escribió muchos pasajes de su obra. En la cama de su piso madrileño, rodeado de novelas policiales, Onetti leía, escribía, fumaba, bebía whisky, recibía amigos y, muy ocasionalmente, concedía entrevistas.



En 1969, en plena guerra de Vietnam, en un lapso de quince días John Lennon y Yoko Ono celebraron dos bed-in como una manera de reclamar la paz en el mundo. Lennon sabía que esa escena, que iba a ser parte de la luna de miel de la pareja, sería capturada por una nube de fotógrafos cuyas imágenes se encargarían de transportar el mensaje antibelicista a los rincones más remotos del planeta. El primero de esos encuentros sucedió en la suite presidencial de un hotel en Amsterdam y quedó registrado en el documental Bed Peace; pocos días después, las cámaras debieron trasladarse a Montreal.



Cuentan que Winston Churchill trazó en la cama parte de la estrategia que desplegaron los aliados en la Segunda Guerra Mundial; un modelo de ese mueble lleva su nombre, como a otro se le impuso el de Luis XIV, de quien los historiadores de menudencias dicen que tenía más de cuatrocientas en su Palacio de Versalles. La lista sigue.

La historia no escrita de la cama es inevitablemente imprecisa. Los hombres antiguos durmieron tendidos en el piso sobre un colchón de hojas, paja o cuero de animal. En algún momento la cama se eleva unos pocos centímetros del suelo, no sabemos si para evitar la amenaza de alimañas (protección que más adelante reforzarán los tules de la cama con dosel) o como señal de prestigio. En las culturas antiguas y en el mundo de los grandes señores, la cama va consolidándose como mobiliario de lujo; entre persas, griegos y etruscos aparecen muebles enchapados en marfil, carey y metales preciosos. 

El hombre común deberá esperar tiempos mejores y aguardará hasta el siglo XVIII para que nazca como espacio el dormitorio; hasta entonces, el camastro en que se tiende durante la noche está a un costado de la sala; apenas amanece, sirve como diván.


Matías Rivas, el editor chileno, lo resume de esta bella manera: "Si tuviera que determinar a qué obedece esa pulsión por habitar mi cama, creo que la respuesta más certera sería: por melancolía. La cama es un refugio, un nido y un nicho. Quedarse en cama sirve para protegerse del frío, de la resolana o de cualquier pretexto climático que nos afecte. Obviamente, también para soslayar a los demás. 

Es una manera de inclinarse por el aburrimiento y la vida mental, en vez de la acción y el tráfago. Como no tengo la premura histérica de llenar el tiempo, ni creo en que valga la pena molestarse en ello, prefiero la posición horizontal, el desierto de sábanas blancas que nos devuelve a la soledad y nos obliga a recogernos y recordar".
V. H. G.